Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Alvarado, Associate professor, Universidade de Vigo
El 19 de marzo de 2003, la aviación estadounidense bombardeó Bagdad iniciando la operación Iraqi Freedom. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación Furia Épica contra Irán.
Separadas por 23 años, ambas ofensivas comparten idénticos mecanismos de fabricación del consenso bélico. La amenaza de destrucción masiva se presenta como inminente e incontestable. Sin debate parlamentario ni aval del Consejo de Seguridad de la ONU, la escalada impide cualquier deliberación pública fundada.
No se trata de una coincidencia, sino de la reedición de una misma arquitectura propagandística articulada en torno a cuatro ejes: la construcción de la amenaza, la diabolización del adversario, el control del relato y las promesas de cambio sin planificación viable para el día después de las bombas.
Las democracias son vulnerables a la “inflación de amenazas” cuando el poder ejecutivo controla el flujo de informaciones y neutraliza el escrutinio público. En 2002, el gobierno del primer ministro británico, Tony Blair, publicó un documento que afirmaba que Irak podía desplegar armas de destrucción masiva “en 45 minutos”. El Comité de Inteligencia del Parlamento británico concluyó que era deliberadamente inexacto.
Un plagio de una tesis doctoral
En febrero de 2003, ese documento, el Dodgy Dossier, resultó ser un plagio de una tesis doctoral, sin valor probatorio. El secretario de Estado de EE. UU., Colin Powell, mostró ante la ONU imágenes satélite que resultaron falsas, mientras el jefe de la Comisión de Monitoreo, Verificación e Inspección de las Naciones Unidas, Hans Blix, y la AIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica) eran desacreditados por contradecirlas.
La Biblioteca Presidencial Bush reconoce hoy que esos arsenales no existían. El pasado 1 de marzo, la Casa Blanca justificó los ataques contra Irán alegando una “inminente amenaza nuclear” nunca confirmada.
La construcción de la amenaza resulta más efectiva si se asocia a un rostro. La administración Bush sustituyó a Ossama bin Laden por Saddam Hussein como “enemigo público número uno” en los meses previos a la invasión, vinculándolo al 11-S sin evidencia alguna.
Cuando el Congreso aprobó el uso de la fuerza militar, el 66 % de los estadounidenses ya creía que Saddam Hussein había participado en los atentados. La técnica no era nueva: Bush padre comparó a Saddam con Hitler durante la primera Guerra del Golfo.
El “eje del mal”, del que Irán forma parte, funciona como metonimia del nazismo que clausura la diplomacia y legitima cualquier deriva.
Presentar al enemigo como monstruo
Donald Trump afirmó que el recientemente asesinado Alí Jameneí era “una de las personas más malvadas de la historia”. Presentar al enemigo como monstruo produce una realidad en la que cualquier acción queda justificada.
Los “halcones” de la Casa Blanca Dick Cheney (entonces vicepresidente), Donald Rumsfeld (secretario de Defensa) y Paul Wolfowitz (subsecretario de Defensa) tejieron un aparato paralelo de producción del relato bélico. El periódico New York Times reveló la creación del Office of Strategic Influence por el secretario de Defensa y Douglas Feith, subsecretario de Defensa para Asuntos Políticos, para difundir información favorable en medios extranjeros. Formalmente disuelto, Rumsfeld reconoció meses después que sus actividades continuaban.
La administración Trump reproduce esa lógica con medios más sofisticados. Pete Hegseth gestiona la narrativa de guerra desde el Pentágono, mientras Fox News, Breitbart y el ecosistema de la derecha radical operan como burbuja informativa donde la desinformación se amplifica sin verificación y cristaliza en narrativa dominante.
La fotografía de guerra sirvió en gran medida para legitimar la invasión de Irak, no como instrumento de fiscalización independiente. El sistema de periodistas embedded –integrados en unidades militares, con desplazamientos y acceso a fuentes, vigilados por el ejército– limitó estructuralmente la capacidad de verificación editorial.
Las instantáneas de torturas en Abu Ghraib tardaron meses en hacerse públicas. Las imágenes de los féretros de soldados estadounidenses estuvieron directamente prohibidas. El control de lo visible es siempre el primer campo de batalla. En el conflicto con Irán, el bombardeo de la escuela de Minab –con un elevado número de muertos, la mayoría niñas– no fue reconocido como responsabilidad estadounidense y solo tras filtraciones a agencias internacionales.
Tanto en Irak como en Irán, el objetivo declarado es el cambio de régimen, pero ninguna de las dos operaciones diseñó el día siguiente. Las tropas tomaron las grandes ciudades sin instrucciones claras ni interlocutores y el gobierno Bush llegó a la posguerra iraquí sin un plan realista ni estructura civil capaz de gestionarla.
Paul Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición en Irak, dirigió la reconstrucción, sin haber pisado Iraq, con un discurso centrado en privatizar la industria. Ahmed Chalabi, presidente del Congreso Nacional Iraquí financiado por la CIA, carecía de respaldo real dentro del país.
Reza Pahlavi reproduce en Irán ese mismo patrón: hijo del último sha, lleva medio siglo en el exilio, divide a la oposición y el propio Trump reconoció no saber “cómo le irá dentro de su propio país”.
La táctica propagandística se repite
La puesta en escena del triunfo es inseparable del guión propagandístico. La Plaza Firdos estaba casi vacía cuando las cámaras, cuidadosamente emplazadas, encuadraron el derribo de la estatua de Saddam Houssein como celebración multitudinaria. A bordo del Abraham Lincoln, Bush Jr. sancionó en mayo de 2003 el fin de una guerra que duraría ocho años más.
Hoy, la Casa Blanca difunde vídeos que mezclan bombardeos reales con fotogramas de Superman e Iron Man, presentando la destrucción como inocuo espectáculo. Los ataques refuerzan el nacionalismo iraní, como ocurrió en la guerra Irán-Irak de 1980-1988.
La Operación Ajax de 1953, la última vez que Washington instaló un gobernante en Teherán, terminó 26 años después en Revolución Islámica.
Fabricar la ficción que apuntala una guerra es sencillo. Ninguna potencia ha logrado controlar lo que viene después
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David Alvarado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. De Saddam a Jameneí: el guión que conecta Irak 2003 con la guerra en Irán 2026 – https://theconversation.com/de-saddam-a-jamenei-el-guion-que-conecta-irak-2003-con-la-guerra-en-iran-2026-278488

