Más allá de ‘la charla’: la educación sexual depende de todos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Teresa Vélez Barquilla, Personal investigador en Global Education: investigación de nuevos escenarios para la ciudadanía global, Universidad de Cantabria

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Ninguna generación tuvo tanto acceso a información. Sin embargo, esto no ha mejorado nuestro bienestar emocional ni relacional. Tener el mundo en la palma de la mano no garantiza construir relaciones sanas, poner límites, reconocer las emociones, comprender el consentimiento…

El acceso a tanta información ha generado, de hecho, una contradicción: circulan más mensajes que nunca, pero faltan herramientas para interpretarlos críticamente, dotarlos de sentido y convertirlos en aprendizajes para la construcción de vínculos saludables.

Una charla puntual en el aula difícilmente puede contrarrestar el aprendizaje informal y constante que genera la pornificación digital, concepto de la experta española Mónica Alario, que señala cómo lo pornográfico se ha filtrado en la cultura digital.

El currículum sexual invisible

La sexualidad se construye a través de múltiples fuentes y estímulos. No se aprende solo cuando un adulto toma la palabra; se construye en los silencios, en la incomodidad percibida ante ciertos temas o en los comentarios cotidianos que escuchamos en casa, en la escuela y en los medios.

Encontramos modelos de relación en series, películas y redes sociales, donde la empatía se diluye frente a la lógica del consumo. En plataformas como Instagram o TikTok las relaciones se exhiben como escaparates: gestos de cariño convertidos en contenido o rupturas narradas para atraer visitas. Esa lógica de exposición también moldea las primeras nociones sobre la sexualidad.




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Este flujo de contenidos facilita un acceso temprano a la pornografía, cuyos contenidos están alejados del cuidado mutuo y del consentimiento y sostenidos por dinámicas de violencia y explotación sexual.

Expectativas y sobreestimulación

Todo ello está acompañado de una narrativa diseñada para la sobreestimulación cerebral, que moldea las expectativas de los más jóvenes y condiciona su respuesta neurológica mucho antes de su primera experiencia física.

Y, sin duda, el aprendizaje también viene de cómo reacciona la sociedad ante sucesos de violencia sexual. Cuando los medios de mayor alcance cuestionan a la víctima o analizan qué hacía, están lanzando un mensaje pedagógico muy potente. Esta narrativa de burla o sospecha cala muy hondo porque les enseña a desconfiar y a perpetuar el silencio en lugar de fomentar el cuidado.

La paradoja de la supervisión

Es común que familias y profesorado se señalen entre sí cuando algo falla. Las familias se sienten desbordadas por el mundo digital y las escuelas sienten que no pueden asumir más carga educativa.

Parece que, por mucho que vigilemos el dispositivo o demos una charla en clase, no es suficiente. Y aquí es donde aparece lo que podemos denominar la paradoja de la supervisión. Creer que blindar el entorno doméstico protege al menor.




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En un mundo hiperconectado, la educación de un adolescente depende de lo que consumen y comparten sus amistades. De poco sirve que un joven no tenga móvil si en su grupo de iguales el código de conducta lo marca el último vídeo viral o el porno.

Al entender que el problema es del entorno y no de la familia a nivel individual, la culpa se transforma en una responsabilidad compartida.

‘Mi hijo no hace eso’

En mis talleres con familias, escucho a menudo una frase: “Mi hijo no ve esas cosas, no le dejo el móvil”. Ante esto, mi respuesta es siempre doble.

Primero, que la educación sexual debe ser para todas las personas: para quienes cuentan con un entorno presente, pero también para quienes no lo tienen. Si la dejamos en manos de cada familia, reproducimos desigualdades y dejamos fuera a quienes viven en silencio o desinformación. En un mismo aula puede haber adolescentes que hablan abiertamente sobre límites y consentimiento y otros que nunca han tenido ese espacio. La educación sexual debe garantizar que nadie dependa de su suerte o de su contexto para acceder a herramientas de cuidado.

Segundo, debemos entender que estos chicos y chicas se relacionan entre sí y se influyen. Ninguna familia es una isla.

Un ejemplo claro lo vemos en las chicas: aunque consumen menos porno, su sexualidad está influida por él. Sus deseos y prácticas se construyen en relación con chicos que sí han educado su mirada desde ese modelo.

Protegernos juntos

La organización social actual, marcada por el individualismo, nos aleja de la comunidad y nos hace delegar la responsabilidad en “otros”: la escuela, la tecnología o las familias. La violencia que vemos en la sexualidad es un reflejo de nuestra sociedad, no solo de quienes la ejercen.

Para ello, debemos entender que la educación sexual no ocurre en una burbuja, sino en un tejido social donde cada hilo cuenta. Una sesión puntual en la escuela puede profundizar en el consentimiento, pero lo que realmente sostiene ese aprendizaje es lo que ocurre fuera del aula: en la familia y en los entornos informales donde los jóvenes socializan; lo que circula en redes y lo que transmitimos los adultos en el ámbito digital. La sexualidad se aprende sobre todo ahí, en lo cotidiano. Los adultos somos responsables de los modelos de relación que mostramos.

Más allá del entorno doméstico

El reto está en comprometernos con el desarrollo saludable de todos: no solo de nuestros hijos, sino también de sus amistades y de cualquier menor que pasa gran parte de su tiempo en entornos digitales.

Preguntémonos qué discursos circulan, qué imaginarios se normalizan, qué herramientas tienen los jóvenes. Ayudémosles a acceder de manera progresiva a la autonomía digital antes de que aparezcan los conflictos y acompañémosles en el uso. Esto obliga a los adultos a conocer códigos, lenguajes y plataformas –por ejemplo, cómo funcionan TikTok, Twitch o Instagram–, a no intervenir desde titulares virales o alarmas descontextualizadas y a hablar sobre vínculos, poder, intimidad, exposición, responsabilidad…

Necesitamos entornos –familiares, escolares, comunitarios y digitales– donde los jóvenes puedan comprenderse, expresarse y pedir ayuda. Cuando toda la sociedad se implica, la sexualidad deja de estar marcada por la lógica del consumo y puede vivirse desde el respeto.

The Conversation

María Teresa Vélez Barquilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Más allá de ‘la charla’: la educación sexual depende de todos – https://theconversation.com/mas-alla-de-la-charla-la-educacion-sexual-depende-de-todos-275027