Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jesús Rodríguez de Guzmán, Profesor de Psicología del desarrollo y de la educación, Universidad de Cantabria

Punch es una encantadora cría de macaco nacida en un zoológico, cerca de Tokio. Los vídeos que se han difundido aferrándose a un oso de peluche, editados e incluso adulterados mediante IA, no permiten completar el contexto real de la historia.
Sabemos que el mono nació en cautividad. Por algún motivo que desconocemos no pudo criarse con la madre y fueron separados tras el parto. También ignoramos cuánto tiempo transcurre entre la separación y el intento de vuelta al grupo que pretenden los cuidadores.
Parece evidente que nuestro protagonista tiene conciencia de especie, no necesariamente de parentesco, y se acerca a sus congéneres. Entre ellos puede, o no, estar la madre. Punch reconoce a los otros macacos, pero no sabe si entre ellos están sus hermanos o su madre; la cual, por otra parte, no tiene por qué recordar al vástago que le fue retirado poco después de nacer.
En ese contexto, hipotético, no es raro que Punch sea rechazado: no deja de ser un desconocido que se acerca al grupo. Una posible amenaza o, cuando menos, un competidor, una boca más que alimentar.
Cierto que la psicología es deudora de la etología. O sea, que la investigación con animales nos permite conocer y entender mejor nuestro comportamiento, pero no siempre es acertado interpretar la conducta animal desde parámetros de la conducta de las personas.
Qué es el apego
Hace más de 60 años se identificaron en humanos, y otros mamíferos, comportamientos de aproximación, representaciones mentales, recuerdos y sentimientos de seguridad (o ansiedad ante la separación) establecidos entre el bebé y quien lo atiende. Diferentes corrientes de la psicología identifican el apego como el principio del desarrollo afectivo y emocional.
Por eso, los cuidadores de Punch, ante el rechazo del grupo, le facilitan un peluche. Los sentidos y la percepción del pequeño macaco le informan: vista, tacto y, quizás, olfato indican que ese prototipo tiene mucho en común con un miembro de su especie.
Si, además, el peluche estuviera calefactado hasta la temperatura corporal de la madre, tuviera un reloj que hiciera tic-tac –imitando el latido que Punch percibía antes del parto– y un pezón artificial que le suministrara alimento, el vínculo maternofilial estaría consolidado.
El psicólogo británico John Bowlby (1907-1990), de orientación psicoanalista, defendió la importancia del vínculo afectivo que el bebé establece durante los primeros meses de vida, sobre todo, con la madre. Analiza los problemas psicosociales y de adaptación que surgen cuando se rompe o no se establece el apego, como puede ocurrir, por ejemplo, con menores institucionalizados.
El dilema entre la madre de alambre y la de felpa
En los años 50, el psicólogo estadounidense Harry Harlow diseñó un experimento con macacos rhesus que hoy bordearía los límites éticos de la investigación con animales.
Separados de la madre al nacer, los monos eran enjaulados en un espacio en el que tenían a su alcance dos prototipos “maternos”. La primera madre era de alambre, fría y llena de aristas, pero tenía una tetina que le suministraba alimento. La textura de la segunda era más acogedora: el armazón estaba recubierto de felpa acolchada y la expresión de la cara era más similar a la de un mono. La diferencia es que no tenía pezón.
El pequeño rhesus aprendió pronto a alimentarse de la progenitora de alambre, pero, después, ya saciado, prefería el contacto de la felpa. Para complicar más la situación, y el trauma del bebé macaco, Harlow introdujo en la jaula un terrible artefacto, de aspecto amenazador y ruidoso, provocando el pánico del mono.
Si la madre de felpa estaba disponible era en ella donde el mono se cobijaba, y si no lo estaba optaba por acurrucarse, pasivo y asustado, en un rincón.
En tiempos de disputa entre psicoanalistas y conductistas, Harlow parecía dar la razón a Bowlby: el contacto con la figura materna es más importante, incluso, que la necesidad primaria de alimentarse y, en situación de peligro, se busca el cobijo materno, aun siendo ineficaz.
La evolución y el conductismo interpretarían los resultados de otra manera: el condicionamiento operante explica la rapidez con la que el mono aprende a alimentarse de una madre de alambre. Saciado el hambre, el estímulo pierde eficacia y entra en juego la impronta evolutiva, que supone una ventaja adaptativa para los mamíferos: se orienta hacia algo parecido a una madre rhesus, un torso mullido, casi peludo, en el que buscar un nutritivo pezón que ponga en marcha el reflejo de succión del bebé, clave para su supervivencia. Obviamente, no lo consigue, por eso volverá a la mamá de alambre al sentir hambre.
El monstruo que entra en la jaula es automáticamente evaluado como una amenaza ante la que tendría dos opciones, luchar o huir, ambas imposibles en ese contexto. Así entraría en juego el paradigma de la indefensión aprendida, muy relacionada con la depresión: lo que ocurra en esta situación no depende de mi respuesta, no puedo hacer nada para evitar sus consecuencias, por tanto, no tengo más opción que la pasividad.
El apego en una “situación extraña”
Más tarde, la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth diseñó a finales de la década de 1960 un elegante experimento con el que aplicó la teoría del apego a los humanos.
En la “situación extraña”, Ainsworth ubicó a los bebés en un espacio en el que ejercen su influencia dos fuerzas contrapuestas. Por una parte, la figura de apego –no necesariamente la madre– cercana, hace que el pequeño se sienta seguro a la vez que puede gatear y moverse libremente por la habitación. Por otra, juguetes de formas y colores atractivos llaman la atención del bebé, incitándolo a explorar el entorno. Se añade a la escena una persona desconocida cuya actitud no es ni amenazante ni reconfortante para el niño.
La investigación analiza la respuesta del pequeño ante la tensión que ejerce el impulso de acercarse a explorar los juguetes, a la vez que necesita certificar la seguridad que le da la presencia cercana de la figura de apego. En el siguiente paso, la mamá se marcha sin avisar y se registran las distintas respuestas que dan los pequeños ante el abandono. Poco después la figura de apego regresa a la habitación y se vuelve a analizar el comportamiento del bebé.
Las respuestas de los pequeños ante las distintas situaciones dan lugar a distintos tipos de apego. La investigadora describió en primer lugar el apego seguro, presente en más del 60 % de la muestra estudiada. Se caracteriza por interés por explorar con confianza el entorno mientras la madre está presente, sabiendo que puede volver, cuando necesite, a su “base segura”. También interactúan con el extraño cuando está presente la figura de apego, pero no le servirá de consuelo cuando la madre se marche.
El abandono provocará enfado, aflicción, llanto y una respuesta manifiesta de malestar que cederá poco después del regreso de la madre. El pequeño “perdonará el abandono” cuando, de nuevo, empiece a dejarse llevar por el impulso de explorar el entorno; comprobando periódicamente, eso sí, que la madre no vuelve a marcharse.
Cualquier otra reacción, de acuerdo con la investigadora, sería una muestra de un apego inseguro, ansioso, evitador, desorganizado o desorientado. Son manifestados por bebés que no se interesan por explorar el entorno, no son capaces de separarse mínimamente de la figura de apego, o, por el contrario, no se inmutan ante su marcha, aceptan igualmente a la persona extraña, o responden de forma indiferente, ambigua o desproporcionada cuando la madre regresa.
Después de la infancia
Una psicóloga contemporánea, Begoña Delgado, profesora de la UNED, ha estudiado cómo se trasvasa la relación de apego de los padres a los iguales, y de estos a la pareja.
Al finalizar la infancia, el vínculo se desplaza de la familia hacia la pandilla.
Las amigas y amigos son refugios a los que regresar tras incursiones, a veces arriesgadas, en un entorno que supone, a la vez, un reto, una oportunidad y una necesidad para el desarrollo adolescente, de acuerdo con el clásico trabajo del profesor Oliva.
Al final de la adolescencia los componentes del apego se traspasan a la relación de pareja, sin que la familia haya dejado de ser la base segura desde la que explorar el mundo. La relación de pareja estará influida por el modelo afectivo desarrollado con la figura de apego, ya que es en la relación familiar donde se aprendió, o no, la cercanía emocional y los intercambios físicos que se darán, con otro significado, en la pareja.
La calidad del apego, primero en familia y después en la relación de amistad, predice las características de la relación de pareja.
Así las cosas ¿de quién somos y a quién necesitamos en la etapa adulta como figura de apego? Será la persona que anime a desenvolvernos con confianza ante los nuevos retos y riesgos, con la garantía de que siempre estará disponible como base segura a la que volver.
Esa figura que Punch anda buscando.
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Jesús Rodríguez de Guzmán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Punch, el apego y nuestra relación de pareja – https://theconversation.com/punch-el-apego-y-nuestra-relacion-de-pareja-276901
