Las Capitales Europeas de la Cultura: ¿una herramienta de diplomacia cultural en un mundo inestable?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Elena Buslacchi, socio-anthropologue, chercheuse post-doc à L’Observatoire des publics et pratiques de la culture, MESOPOLHIS UMR 7064, Sciences Po / CNRS / Aix-Marseille Université, Aix-Marseille Université (AMU)

El castillo de Trenčín, en Eslovaquia. La ciudad es Capital Europea de la Cultura en 2026, junto con Oulu, en Finlandia. CC BY

En 2026, las ciudades de Trenčín (Eslovaquia) y Oulu (Finlandia) son las seleccionadas para promover la cultura en Europa. Dentro de un lustro, en 2031, España y Malta serán las encargadas de acoger las Capitales Europeas de la Cultura. Nueve ciudades españolas optan a la candidatura (Burgos, Cáceres, Granada, Jerez de la Frontera, Las Palmas de Gran Canaria, Oviedo, Palma, Potries y Toledo) y las finalistas se darán a conocer a mediados de marzo.

En un momento en que el Viejo Continente debe redefinir su papel en el tablero geopolítico mundial, el programa de Capitales Europeas de la Cultura (CEC) se encuentra en una encrucijada. Recientemente, la Comisión Europea abrió una consulta a los ciudadanos para replantearse colectivamente el futuro del programa después de 2033. Su papel como herramienta de diplomacia cultural es ahora más importante que nunca.

Unión a partir de un contexto

Creado en 1985 en un contexto de distensión de la Guerra Fría y de construcción política del proyecto de la Unión Europea, el título de “Capital Europea de la Cultura” se concibió inicialmente para celebrar la diversidad cultural del continente. Desde entonces, se ha convertido en un laboratorio de políticas contemporáneas, pero también en un termómetro de las esperanzas, contradicciones y retos de la propia Europa.

El lanzamiento de las capitales (inicialmente “ciudades”), las CEC, no puede entenderse sin su contexto histórico: el horizonte del fin de la Guerra Fría, en una Europa dividida en la que el telón de acero comenzaba a desmoronarse y la Comunidad Económica Europea (CEE) se ampliaba progresivamente. El programa vio la luz gracias a una conversación fortuita en el aeropuerto entre dos figuras políticas emblemáticas de la época: Jack Lang, entonces ministro de Cultura francés, y Melina Mercouri, actriz comprometida y ministra de Cultura griega.

Ambos tenían una visión ambiciosa: utilizar la cultura como vector de unidad cuando parece seguir siendo un aspecto ignorado del proyecto político europeo. La elección de las primeras ciudades –Atenas, Florencia, Ámsterdam y luego París– reflejaba la aspiración de dar una legitimación simbólica a la futura Unión Europea. Estas capitales históricas, portadoras de un patrimonio artístico e intelectual emblemático, encarnaban una Europa de las artes, la creación y las tradiciones que trascendía las divisiones políticas y económicas.

La cultura como instrumento de regeneración urbana

Y entonces llegó Glasgow (Reino Unido). Era una ciudad industrial en declive, marcada por la desindustrialización y el desempleo endémico. Pero desde finales de los 80, su administración había estado elaborando una estrategia de reactivación del centro de la ciudad con el objetivo de marcar un punto de inflexión simbólico y preparar el terreno para la CEC 1990.

La campaña de promoción “Glasgow’s Miles Better” asociaba de forma pionera los antiguos espacios industriales y la cultura. Su objetivo era revitalizar algunas instituciones culturales (Ópera, Ballet y Orquesta de Escocia, Orquesta Sinfónica de la BBC, Citizen Theatre) y crear un nuevo centro de exposiciones capaz de acoger a artistas y eventos locales e internacionales. El director artístico de la capital, Robert Palmer, futuro autor del primer informe sobre los CEC en 2004, consideró el evento como el punto de partida de un proceso participativo de redefinición “desde abajo” de la cultura local. Este podía incluir tanto la excelencia artística como la tradición histórica, rural e industrial, y retomar la ya consolidada cultura popular y el ocio.

Junto a los grandes conciertos de Luciano Pavarotti y Frank Sinatra, se subieron al escenario toda una serie de asociaciones y pequeños colectivos locales. En Glasgow, 1990 redefinió los límites de la palabra “cultura”, acabando por incluir la historia industrial de la ciudad y permitiendo a su población identificarse con ella. Este efecto regenerador sobre las imágenes y las identidades locales es el legado más fuerte y duradero de la CEC, más allá de los impactos económicos y materiales.

Este caso pionero, junto con otros como Bilbao o Barcelona en España, ha servido de modelo. En otras ciudades europeas, los espacios industriales se transforman en teatros, museos o acogen festivales: la “ciudad creativa” atrae a millones de visitantes y estimula la economía local.

Lille (Francia), CEC 2004, abrió una docena de “casas de la locura” entre su metrópoli y Bélgica, “fábricas culturales” de proximidad instaladas en su mayoría en sitios abandonados o antiguas zonas industriales en desuso. Liverpool (Reino Unido), en 2008, utilizó la CEC para rehabilitar su paseo marítimo y atraer inversiones. A principios de siglo, el programa de las CEC ya no se limitaba a valorar ciudades que brillaban en la escena cultural internacional, sino que se convertía en una verdadera herramienta de transformación urbana, utilizada por territorios en dificultades económicas o sociales para reinventarse y reposicionarse.

La Maison folie de Wazemmes, en Lille.
Wikimédia, Karlsupart, CC BY

Este cambio marcó una evolución en las políticas urbanas, en las que la cultura se percibía cada vez más como una palanca de desarrollo económico, al igual que las infraestructuras o las políticas de atractivo. Las CEC se convirtieron en un instrumento de esta política, capaz de atraer financiación pública y privada, crear puestos de trabajo en los sectores cultural y turístico y mejorar la imagen de ciudades a menudo estigmatizadas.

Laboratorio de las transiciones contemporáneas

Sin embargo, este enfoque recibió críticas. Los primeros estudios reflexivos realizados sobre las CEC, a principios de la década de 2010, subrayaban cómo estas podían también exacerbar las desigualdades sociales y espaciales si no iban acompañadas de políticas públicas inclusivas.

En Marsella (Francia), en 2013, la cuestión se hizo pública con la organización de una verdadera programación alternativa, es decir, eventos paralelos que denunciaban los efectos secundarios e indeseables de la programación oficial. Si bien la CEC de Marsella seguía siendo la expresión de la regeneración observada en años anteriores, también representó el momento en que la inclusión social emergió como un tema central de estos megaeventos.

El programa de las CEC siempre ha sabido integrar la crítica –entre otras cosas gracias a la propia mecánica del proyecto, que a menudo permite encontrar en los jurados de selección de las nuevas CEC a personas que han desempeñado un papel clave en las anteriores–. La participación, que se había cuestionado con motivo de Marsella-Provenza 2013, se convirtió así en un elemento imprescindible de las sucesivas CEC: en Matera-Basilicata (Italia) 2019, la implicación de los ciudadanos fue uno de los ejes fundamentales del proyecto.

A finales de la década de 2010, las Capitales Europeas de la Cultura se convirtieron también en un foro para los grandes retos del siglo XXI y en un espacio de experimentación de las transiciones ecológicas, sociales y digitales. Rijeka, en Croacia, CEC 2020, ilustra esta evolución.

La ciudad, marcada por un pasado industrial e importantes flujos migratorios, centró su programa en las cuestiones de la migración y las minorías, en respuesta a las crisis humanitarias que atraviesa Europa. Los proyectos culturales puestos en marcha –exposiciones, residencias de artistas, debates públicos reunidos bajo el lema “Puerto de la diversidad”– tenían como objetivo fomentar el diálogo intercultural y cuestionar las múltiples identidades de la Europa contemporánea.

Del mismo modo, en Francia, Bourges, futura CEC en 2028, basó su candidatura en la transición ecológica. El proyecto “Bourges, territorio del futuro” planteó el reto de la neutralidad carbónica de la visita, utilizando la CEC como catalizador de la acción climática a nivel local.


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2033 y más allá

Aunque las CEC están programadas por ahora hasta 2033, el futuro del título es objeto de debate. La Comisión Europea ha lanzado una consulta pública para imaginar las CEC del mañana, en un contexto marcado por crisis geopolíticas y medioambientales.

Las CEC 2025, Chemnitz (Alemania) y Nova Gorica/Gorizia (Eslovenia), han elaborado un “Libro blanco para el futuro de las CEC”, basándose en las observaciones pasadas y futuras. Se proponen cuarenta recomendaciones para influir en el proceso de reforma del programa en el ciclo posterior a 2034.

Entre sus temas clave, el libro blanco insiste en la voluntad de reforzar la dimensión europea. Esto podría hacerse introduciendo un criterio de selección fundamental basado en esa identidad, haciendo hincapié en los valores europeos en la programación, desarrollando una estrategia de marca unificada y reforzando la cooperación transfronteriza.

El proceso de selección y seguimiento, considerado demasiado burocrático, también se cuestiona, y la recomendación principal es dar prioridad a un seguimiento alentador en lugar de punitivo. Se cuestiona el legado del evento: las ciudades deberían ser responsables del cumplimiento de las promesas realizadas en sus candidaturas y los gobiernos nacionales deberían implicarse más en el apoyo a las ciudades durante y después de su año capital. La difusión de buenas prácticas, la evaluación por pares y la tutoría entre las antiguas y futuras CEC, que ya existen de manera informal, deberían reconocerse e institucionalizarse, en particular mediante la posible creación de una plataforma central respaldada por las instituciones europeas.

El reto consiste ahora en conciliar su papel simbólico y estratégico, velando por que las próximas ediciones no se limiten a celebrar, sino que tengan como objetivo reforzar la participación democrática y la solidaridad transnacional en un panorama geopolítico cada vez más fragmentado.

The Conversation

Maria Elena Buslacchi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las Capitales Europeas de la Cultura: ¿una herramienta de diplomacia cultural en un mundo inestable? – https://theconversation.com/las-capitales-europeas-de-la-cultura-una-herramienta-de-diplomacia-cultural-en-un-mundo-inestable-277145