Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Antonia Paz-Rebollo, Catedrática de Periodismo, Universidad Complutense de Madrid
En el patio del instituto, en el grupo de WhatsApp o en TikTok, la política rara vez se aborda de forma abierta, pero aparece de fondo en bromas, vídeos virales y memes. Esta presencia latente convive con una tendencia frecuente: muchos adolescentes prefieren no hablar de temas políticos o ideológicos. No porque no les importen, sino porque opinar puede “salirles caro”, provocando discusiones desagradables o haciéndoles “ganarse” etiquetas, e incluso quedarse fuera del grupo.
Como hemos podido comprobar en una reciente investigación, muchos jóvenes restringen esas conversaciones a familia o amigos muy cercanos, casi siempre ideológicamente afines. El resultado son pequeñas burbujas donde rara vez se escuchan posiciones contrarias.
Pero cuando hablar de política se evita, no desaparece el conflicto: sencillamente se desplaza a formas más pobres de debate como el sarcasmo, la burla o la descalificación.
Esta situación no contribuye a la socialización democrática, el proceso por el que se aprenden, especialmente en la adolescencia, hábitos básicos de la ciudadanía democrática: informarse, argumentar, escuchar al que piensa diferente y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en agresión.
Siempre acaba en bronca
La falta de debate político con los amigos no nace del desinterés. Al contrario: la política les importa, pero sienten que debatir implica un coste interpersonal alto. En nuestros grupos de discusión, con adolescentes residentes en España entre 16 y 17 años de distintas comunidades autónomas, era frecuente escuchar frases como “Siempre acaba en bronca” o “Es incómodo”.
Un dato relevante para docentes y familias es que muchos adolescentes no perciben la escuela como un lugar eficaz para reducir la polarización. Prefieren evitar el tema en clase antes que arriesgarse a conflictos con compañeros y compañeras.
Una política vivida como distante y poco fiable
Estos jóvenes, que todavía no pueden votar, tienen una imagen crítica de la política. La sienten distante, compleja y, en ocasiones, desconectada de su vida cotidiana. La figura del político aparece asociada a corrupción, oportunismo o falta de honestidad. En nuestras investigaciones escuchamos afirmaciones como: “La mayoría de políticos tiene doble cara y muestran algo que no son y luego no cumplen las promesas”. O “Creo que la política me genera bastante rechazo o falta de confianza”. Y también: “Cuando llegas a tener bastante poder buscas más y te vuelves corrupto”.
Su repertorio de quejas, que combina desconfianza moral y distancia institucional, permite afirmar que algunos jóvenes entienden la política como un espacio devaluado. Y en ese clima, debatir deja de ser atractivo y aumenta la tentación de callar. Si el terreno se percibe “sucio”, exponerse en él parece arriesgado.
Redes sociales: la política disfrazada de entretenimiento
Estos jóvenes describen su actividad digital principalmente como entretenimiento. Ahí aparece un punto clave: aunque algunos muestran cierta conciencia de los algoritmos, esa conciencia no siempre se traduce en prácticas críticas (diversificar fuentes, cuestionar encuadres).
Todo lo contrario, tienden a normalizar los efectos de la exposición reiterada. Identifican X como el espacio donde la confrontación es más intensa, pero subestiman la influencia de las redes sociales que consumen por ocio. En particular, TikTok e Instagram modelan opiniones al mezclar persuasión política y entretenimiento, influyendo de manera más sutil en la construcción de sus opiniones y climas afectivos.
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Memes: ¿broma o algo más?
Muchos adolescentes consideran, por ejemplo, que los memes son formatos eficaces para entender política. El humor y la simplificación ayudan a procesar asuntos complejos y facilitan la identificación grupal. Pero esa misma eficacia tiene reverso: los adolescentes detectan su potencial propagandístico y polarizador y sus efectos negativos como la desinformación o la discriminación, pero los banalizan porque “son solo una broma”.
El humor funciona como amortiguador moral: rebaja la gravedad del mensaje y normaliza el tono agresivo. Poco a poco, insultos y deslegitimaciones se vuelven habituales en la conversación digital.
Los propios adolescentes reconocen que lo que en privado puede parecer una broma, en espacios anónimos escala hacia insultos y discursos de odio. Aún así, algunos lo justifican apelando a la libertad de expresión o a la semejanza con el tono duro de los propios políticos.
Diferencias por territorio y género
El contexto territorial introduce diferencias. En comunidades con fuerte identidad nacional, como Cataluña y el País Vasco, se observa mayor interés y mayor disposición a hablar de política, porque se vive como algo ligado a pertenencia y al futuro personal. No obstante, esa misma implicación puede intensificar la polarización cuando las posiciones se vuelven defensas identitarias.
Las diferencias de género son más moderadas: algunas chicas expresan mayor distancia emocional por temor a conflictos interpersonales, mientras que varios chicos tienden a considerar el conflicto ideológico como parte inherente del debate democrático.
Enseñar a dialogar
Estas conclusiones sugieren que, para fortalecer la socialización democrática de los más jóvenes, no basta con “más información”. Hace falta enseñarles a dialogar, especialmente en entornos escolares, precisamente porque muchos adolescentes no perciben hoy como espacios adecuados para despolarizar.
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¿Cómo se puede conseguir? Fomentando conversaciones con normas explícitas (no insultos, no ridiculización) y dinámicas que separen ideas de identidades (criticar argumentos sin etiquetar a personas). Además de practicar el desacuerdo como habilidad con ejercicios de argumentación y de escucha activa.
También se debería promover la alfabetización mediática que incluya el humor político (qué omite un meme o una broma, qué emociones busca, qué hechos no son verificables, cómo refuerza el “nosotros/ellos”). En otras palabras, ayudarles a entender que el humor político puede reforzar prejuicios, normalizar agresiones y empobrecer la reflexión.
Hablar de política no debería ser “un lío”, sino una manera saludable de aprender a convivir y a respetar las diferencias.
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María Antonia Paz-Rebollo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2023-147506OB-I00.
Ander Rivera-Guerrero recibe fondos del Departamento de Ciencia, Universidades e innovación del Gobierno Vasco.
Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).
Ignacio Nevado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ‘Paso de líos’: los adolescentes creen que hablar de política cuesta amistades – https://theconversation.com/paso-de-lios-los-adolescentes-creen-que-hablar-de-politica-cuesta-amistades-275585

