Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia Catalá Mesón, Profesora Titular de Universidad del Area de Psicología Social, Universidad Rey Juan Carlos
La lactancia materna suele presentarse como una decisión íntima y puramente biológica. Sin embargo, en la práctica está atravesada por normas culturales, expectativas sociales y discursos institucionales que moldean lo que se considera una “buena maternidad”. Más que un acto individual, se convierte en un espacio donde confluyen ciencia, moral y presión social. Lejos de ser un gesto neutro, la lactancia refleja las tensiones culturales que atraviesan la maternidad; el cuerpo de las mujeres sigue siendo, en muchos sentidos, un territorio regulado por miradas ajenas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda mantener la lactancia hasta los dos años o más, siempre que madre e hijo así lo deseen. Las campañas de salud pública insisten, con razón, en sus ventajas nutricionales e inmunológicas. Pero el consenso científico convive con una dimensión social menos visible: la carga simbólica que recae sobre las mujeres cuando amamantan… o cuando no lo hacen.
El inicio: entre el ideal y la realidad
Durante el embarazo las mujeres reciben un discurso ampliamente difundido: “La lactancia es lo mejor para el bebé”. La afirmación, repetida en hospitales, consultas y conversaciones cotidianas, apenas deja espacio para el matiz. Dar el pecho se asocia no solo a salud, sino también a responsabilidad y compromiso materno. Se presenta como lo natural, lo saludable y casi una obligación moral.
Diversos estudios han señalado cómo el conocido lema “breast is best” (el pecho es mejor) puede derivar en procesos de moralización de las decisiones maternas. Esto desplaza el debate desde la evidencia científica hacia el terreno del juicio social.
La experiencia real es diversa. Hay mujeres que no pueden amamantar por motivos físicos, otras que no desean hacerlo y otras que lo intentan y se enfrentan a dolor, grietas, mastitis y agotamiento.
En muchos contextos, además, los permisos de maternidad resultan insuficientes y los espacios de extracción en los lugares de trabajo son escasos e inadecuados. Se promueve la lactancia, pero no siempre se garantizan las condiciones estructurales para sostenerla. También están aquellas mujeres para quienes la lactancia funciona sin dificultades (sin dolor y sin complicaciones) y que, aun así, deciden no continuar. Porque incluso cuando todo va bien, seguir o dejarlo también es una elección.
Cuando la experiencia no encaja con el ideal (porque duele, porque no funciona o simplemente porque se decide dejarlo), la frustración puede transformarse en culpa. No tanto por lo que ocurre en el cuerpo, sino por la distancia entre lo vivido y lo que se esperaba. Así, lo que debería ser un gesto de cuidado termina convirtiéndose en una medida del compromiso materno.
La duración: siempre bajo examen
Con el paso de los meses el foco cambia, pero el juicio permanece. Si decides dejarlo pronto surgen las preguntas: “¿No es demasiado pronto? Con lo bueno que es…”. Si continúas más allá de lo esperado, también: “¿Todavía le das el pecho? ¿No es ya muy mayor?”.
Paradójicamente, las mujeres que optan por mantener la lactancia más allá del primer o segundo año o que practican lactancia en tándem (amamantando a dos hijos de distintas edades) tampoco quedan al margen de la crítica. En estos casos el debate ya no gira en torno a la salud, sino a la incomodidad social. La edad del niño, la duración y la simultaneidad de las tomas se convierten en objeto de comentario. Es como si existiera una medida implícita de lo normal.
Parece existir un calendario invisible que marca cuándo una madre debería empezar y cuándo debería terminar. Salirse de ese guión, antes o después, implica exponerse a miradas, opiniones y juicios.
La lactancia se convierte así en un terreno de evaluación constante: se cuestiona su ausencia, su interrupción y, en algunos casos, su prolongación. Este fenómeno se inscribe en lo que la socióloga Sharon Hays denominó “maternidad intensiva”. Se trata de un modelo cultural que eleva los estándares de dedicación materna y sitúa sobre las mujeres la responsabilidad principal del bienestar infantil.
La decisión individual queda condicionada por expectativas externas que rara vez reconocen la diversidad de experiencias y contextos. Esa presión no es neutra. La exposición constante a opiniones y expectativas externas puede generar inseguridad, necesidad de justificarse y una sensación persistente de estar haciendo algo mal, incluso cuando la decisión ha sido reflexionada y consciente. Lo íntimo se convierte en un espacio atravesado por la mirada ajena.
El final: el silencio del destete
Tarde o temprano, toda lactancia termina. Sin embargo, su final rara vez recibe la misma atención que su inicio. El destete no es solo una transición alimentaria. Es también el cierre de una etapa de contacto cotidiano, de mirada y de consuelo.
Muchas mujeres describen esta etapa como ambivalente: alivio por recuperar cierta autonomía y, al mismo tiempo, tristeza por cerrar un ciclo.
Esa experiencia casi no se nombra. No hay campañas que acompañen esa transición. Se celebra el inicio de la lactancia, pero el final ocurre en silencio. Muchas madres atraviesan el destete con dudas e inseguridades, preguntándose si han tomado la decisión correcta.
En un contexto donde la lactancia se ha convertido en símbolo de entrega absoluta, dejar el pecho puede sentirse como perder algo más que una práctica. Puede sentirse como dejar de ser imprescindibles.
Recuperar la dimensión de elección
Plantear estas tensiones no implica cuestionar la lactancia en sí misma. Al contrario: supone protegerla de convertirse en un mandato moral. Informar sobre sus beneficios es necesario. Imponerla simbólicamente, no.
Una conversación más amplia debería incorporar no solo recomendaciones sanitarias, sino también condiciones laborales, redes de apoyo y salud mental materna. También debería reconocer que el vínculo entre madre e hijo no se reduce a una práctica concreta ni se mide en meses de lactancia.
Quizá el desafío no sea decidir cuánto tiempo debe durar la lactancia, sino cómo garantizar que cada mujer pueda tomar esa decisión con información, apoyo y sin culpa. Porque una maternidad acompañada no se construye desde la presión, sino desde el respeto a la diversidad de experiencias.
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Este artículo se deriva del proyecto I-MARTERNA, financiado por la Comunidad de Madrid y la Universidad Rey Juan Carlos en el marco del convenio para la promoción de la investigación y transferencia de tecnología 2023–2026 (Código: 2023/00423/017, Línea A: Doctores emergentes).
– ref. La lactancia materna: cuando una elección libre se transforma en mandato social – https://theconversation.com/la-lactancia-materna-cuando-una-eleccion-libre-se-transforma-en-mandato-social-275174

