Biometría de la conducta: cuando nuestros últimos diez “me gusta” nos delatan

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcos Rodríguez Vega, Investigador en inteligencia artificial, Universidad de La Laguna

La forma en que usamos las aplicaciones digitales hace que pueda obtenerse un retrato robot muy exacto de quiénes somos. Emily Rand & LOTI / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

En la escena de un crimen, un pelo puede situar en el lugar a una persona. En la red, sus diez últimos “me gusta” no solo dejan constancia de dónde estuvo y a qué hora, permiten perfilarle, anticiparle y empujarle a tomar decisiones. El ADN sirve para identificarle en un sentido biométrico y administrativo; la huella digital sirve para reconstruir su vida cotidiana: hábitos, relaciones, rutinas.

Lo decisivo no es el dato aislado, sino la combinación de varios rastros pequeños. Es un juego de identificación automático, que no pregunta “¿quién es usted?”, sino “¿a qué hora se conecta?”, “¿desde dónde?”, “¿qué mira después?”, “¿cuánto tiempo pasa en esa publicación?”. No hace falta acertar al cien por cien en las respuestas: con una probabilidad alta ya, es suficiente para tratarle como “la misma persona”.

Es precisamente en esa certidumbre estadística donde reside el verdadero poder. Es tentador pensar que nuestra identidad solo se limita a lo que pensamos o, en el caso administrativo, a un expediente. Sin embargo, para la maquinaria productiva y extractivista de datos, somos estrictamente lo que hacemos.

Y, cuando una empresa u organismo puede predecir nuestra próxima acción, también puede insistir con un estímulo, un anuncio con una determinada frase que apela a un sentimiento que nos empuja a un “es por aquí”. Esa presión es la antesala de una biometría algo más volátil: la de la conducta.

Biometría invisible: la conducta

Por esto es importante expandir el concepto de biometría: ya no es solo un pelo, la huella dactilar o el iris. La conducta forma parte de lo que somos y, bajo la lógica del mercado, se ha convertido en la materia prima más codiciada.

Para entender la magnitud de esta intrusión, primero debemos saber cómo funciona la biometría convencional a nivel matemático. Un lector de huellas o un escáner de iris no almacena una fotografía literal de esa parte del cuerpo. Lo que hace es convertir la anatomía en un problema geométrico y probabilístico. El algoritmo identifica puntos claves o patrones en la textura y, luego, los traduce a un modelo matemático que crea unas características numéricas.

La identificación, entonces, se reduce a comparar esas características con las almacenadas ya en una base de datos, calculando las similitudes entre ambas. Si las diferencias son pocas, el sistema asume que ha habido una coincidencia en la base de datos.

Como dicta la norma fundamental del mercado, donde hay un recurso cuantificable surge inmediatamente una industria dispuesta a privatizarlo. La biometría anatómica abrió una veta inmensa de especulación y mercantilización del cuerpo. Lo presenciamos con esas empresas que desplegaron escáneres en metros, centros comerciales y barrios obreros ofreciendo dinero por escanear el iris de los transeúntes o, incluso peor, ofreciendo un servicio de fotografía del ojo en el que se pagaba por obtener un retrato de tu iris.

Aprovechándose del desconocimiento y la ingenuidad de las personas, estas empresas compraron identidades inmutables a precio de saldo.

‘Brokers’ de intimidades

Este tipo de negocios siguen en nuestras calles y ahora se ha intensificado, ampliándose a la mercantilización de nuestra conducta. El engranaje técnico de este nuevo mercado lo operan los brokers de datos, empresas apenas legales que comercializan nuestro perfil conductual. Se escudan afirmando que sus bases de datos están desprovistas de nombres propios, pero la anonimización es un mito matemático en la era del big data. Gracias a las reglas de asociatividad y a la combinatoria, basta con cruzar un código postal, una fecha de nacimiento, el género y cómo mueve el ratón para aislar un perfil inequívoco.

Para mantener este mercado en perpetuo movimiento, instituciones y empresas imponen campañas invasivas. Nos obligan a usar códigos QR en la hostelería o descargar aplicaciones específicas para aparcar o acceder a un descuento, incluso usar códigos QR para acceder a horarios del transporte público, embudos diseñados para generar dependencia y succionar datos (qué servicio usamos, cuándo, dónde, etc) en tiempo real, que luego se venden al mejor postor.

La solución no es resignarse ni caer en la moralina del “deberíamos leer mejor los términos de uso”. Es necesaria una política estructural que desactive esa infraestructura que vive de rastrearnos y, en última instancia, nos polariza y nos aísla para la manipulación.

La neutralidad de la red debe entenderse en su sentido más amplio: significa garantizar que ninguna empresa pueda usar nuestros datos de navegación o ni pueda alterar, filtrar o manipular nuestra experiencia online.

La neutralidad como trinchera

Frente a esta vigilancia, la exigencia política pasa por prohibir la existencia de brokers digitales para que no especulen con nuestra conducta y para exigir la máxima transparencia en el funcionamiento de los algoritmos, que ahora son opacos pero dictan nuestras decisiones y acabar con la recopilación masiva de datos.

En caso contrario, el ecosistema digital se vuelve precario para el proletariado digital –que somos todos sus usuarios– y extrae valor de su atención. Recuperar el control no es una utopía inalcanzable, sino una alternativa real.

Salvaguardar nuestra identidad y nuestra privacidad hoy es tecnológicamente viable, las herramientas existen. La verdadera cuestión reside en el dilema político al que nos enfrentamos: ¿exigiremos a nuestros órganos estatales y corporativos que prioricen nuestra integridad o se permitirá por omisión que las plataformas digitales sigan ejerciendo un control invisible e impune sobre nuestras vidas?

The Conversation

Marcos Rodríguez Vega no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Biometría de la conducta: cuando nuestros últimos diez “me gusta” nos delatan – https://theconversation.com/biometria-de-la-conducta-cuando-nuestros-ultimos-diez-me-gusta-nos-delatan-276017