Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Viqueira Gutiérrez, Directora Máster Formación Profesorado Secundaria, Universidad Internacional de Valencia
La adolescencia es una etapa de profundas transformaciones físicas, psicológicas y sociales. En este contexto, los trastornos de la conducta alimentaria se han convertido en una preocupación creciente de salud pública, afectando a un porcentaje relevante de jóvenes en todo el mundo: a entre aproximadamente el 5,5 % y el 17,9 % de las mujeres y a entre el 0,6 % y el 2,4 % de los hombres jóvenes han experimentado un trastorno de la conducta alimentaria a lo largo de la vida.
Lejos de reducirse a una simple preocupación estética o a “modas”, se trata de trastornos mentales con causas variadas y complejas, que implican una alteración persistente en los hábitos alimentarios y en la percepción del propio cuerpo.
Trastornos más frecuentes en la adolescencia
Entre los más habituales en la etapa adolescente están la anorexia nerviosa, caracterizada por una restricción extrema de la ingesta y un miedo intenso a ganar peso; la bulimia nerviosa, con episodios de atracones seguidos de conductas purgativas, como vómitos autoinducidos o ejercicio excesivo; y el trastorno por atracón, marcado por ingestas compulsivas sin conductas compensatorias posteriores.
Estas condiciones pueden aparecer desde los primeros años de la adolescencia y se observan tanto en chicas como en chicos, aunque muchas veces queden infradiagnosticados en estos últimos.
Señales de alarma
Identificar estos trastornos en sus etapas iniciales es crucial para una intervención temprana. Algunas señales incluyen:
• Cambios en los hábitos alimentarios o evitar comidas en grupo.
• Preocupación excesiva por el peso o las calorías.
• Fluctuaciones importantes de peso.
• Aislamiento social y descenso del rendimiento escolar.
• Comportamientos extremos, como ejercicio compulsivo o purgas.
La evidencia muestra que cuanto antes se detecten estas señales, mejor es el pronóstico y menor el riesgo de complicaciones a largo plazo.
Factores de riesgo
El desarrollo de un trastorno de conducta alimentaria no responde a una única causa, sino a la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. La presión por cumplir idealizados estándares corporales (amplificada por las redes sociales) favorece la insatisfacción corporal entre adolescentes.
Además, características como el perfeccionismo, baja autoestima o experiencias de acoso escolar pueden incrementar la vulnerabilidad, así como cambios familiares o situaciones estresantes. Aunque tradicionalmente se han visto más en mujeres adolescentes, la diversidad de perfiles ha aumentado y hoy también se identifican casos en jóvenes varones y de distintas realidades sociales.
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Consecuencias psicológicas, físicas y académicas
Las repercusiones de estos trastornos van más allá de la alimentación. A nivel físico, pueden provocar malnutrición, alteraciones hormonales, problemas cardiovasculares y hasta poner en riesgo la vida. A nivel psicológico, se asocian con ansiedad, depresión, pensamientos obsesivos y baja autoestima.
El impacto académico también es considerable: dificultades de concentración, mayor absentismo y rendimiento escolar deteriorado son comunes, lo que afecta el desarrollo educativo y las oportunidades futuras.
El papel de la familia y la escuela
Adultos de referencia en la familia y la escuela son quienes pueden observar los primeros signos de alerta de un trastorno alimentario; además tanto el hogar como el centro educativo son espacios clave para intervenir de manera preventiva y de apoyo. Relaciones familiares complicadas o disfuncionales (como poca cohesión, falta de comunicación abierta o niveles altos de conflicto) se asocian con un mayor riesgo de desarrollar y mantener conductas alimentarias problemáticas.
Esto no significa que la familia sea la causa, sino que la calidad del ambiente relacional influye en la forma en que un adolescente percibe su cuerpo, regula sus emociones y afronta el estrés. Espacios familiares donde se fomente el diálogo, se promueva la empatía y se reduzca la presión por la apariencia corporal pueden actuar como factores de protección importantes.
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Del mismo modo, la escuela tiene un papel crucial en identificar cambios de comportamiento, ofrecer apoyo emocional y promover programas educativos que integren salud mental, educación sobre alimentación saludable y aceptación del cuerpo.
La colaboración institucional entre docentes, orientadores escolares y equipos sanitarios facilita una detección temprana y un acompañamiento más eficaz. Por ejemplo, programas que fomentan la autoestima y la resiliencia han demostrado reducir factores de riesgo asociados a los trastornos de conducta alimentaria, especialmente cuando se implementan como parte de la educación regular.
Romper mitos para facilitar la ayuda
A pesar de la evidencia científica acumulada, estos trastornos de conducta aún están rodeados de mitos que dificultan la percepción real del problema. Un error común es pensar que se trata de una “fase”, de una elección o de una preocupación superficial por el peso. Nada más lejos de la realidad: son trastornos de salud mental complejos con raíces biológicas, psicológicas y sociales que requieren un abordaje profesional y multidisciplinar.
Además, existen otros mitos ampliamente extendidos, como la creencia de que los TCA solo afectan a mujeres adolescentes, cuando también se presentan en varones y en otras etapas de la vida; o que solo son graves cuando hay un peso corporal muy bajo, lo que invisibiliza cuadros clínicamente severos en personas con normopeso o sobrepeso. Asimismo, atribuir el trastorno a la responsabilidad individual o familiar refuerza el estigma y puede retrasar la búsqueda de ayuda.
Romper estos mitos es fundamental para fomentar una cultura de comprensión y apoyo que facilite la detección precoz y el acceso al tratamiento. Normalizar conversaciones sobre salud mental y alimentación —por ejemplo, en los medios de comunicación, en el ámbito educativo y en las familias— puede disminuir la vergüenza y la culpa que sienten muchos adolescentes antes de buscar ayuda profesional.
¿Cómo y cuándo se recuperan?
La recuperación de los trastornos de la conducta alimentaria es posible, aunque suele requerir un enfoque multidisciplinar y sostenido en el tiempo. Los tratamientos combinan atención médica para supervisar la salud física; apoyo psicológico para abordar los patrones de pensamiento y las emociones relacionadas con la alimentación; educación nutricional para establecer hábitos saludables; y trabajo con el entorno social, incluyendo familia, amigos y escuela, para garantizar un acompañamiento constante.
Además, la integración de programas de prevención y sensibilización en los centros educativos y la promoción de redes de apoyo comunitarias pueden fortalecer la resiliencia de los adolescentes y reducir el riesgo de recaídas.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Cuando la comida se convierte en un problema: trastornos de la conducta alimentaria en la adolescencia – https://theconversation.com/cuando-la-comida-se-convierte-en-un-problema-trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-la-adolescencia-272655

