‘Funcional’, ‘metabólico’… Los apellidos que el entrenamiento no necesita

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel Ángel Puch Garduño, Colaborador en actividades de docencia e investigación, Universidad Complutense de Madrid

Cuando hablamos de entrenamiento, conviene recordar que aludimos a una práctica profundamente arraigada en la historia de la humanidad. Desde tiempos remotos, el ejercicio físico ha sido compañero constante del ser humano.

Susruta.
Grabado de Susruta.
Wellcome Collection/Wikimedia Commons, CC BY

Ejemplo de ello es el caso de Susruta, un médico indio que, ya en el siglo VI a. e. c., prescribía ejercicio físico como herramienta terapéutica. Sus recomendaciones, sorprendentemente cercanas a los principios que hoy respalda la ciencia, abogaban por una práctica regular sin alcanzar el umbral medio de agotamiento.

De modo similar, en la antigua Grecia, Aristóteles, fiel a su doctrina del término medio, sugería un entrenamiento moderado: ni en exceso ni en carencia, sino en la justa medida para fortificar el cuerpo sin quebrantar su vigor.

A la luz de lo expuesto, puede afirmarse que el entrenamiento no es, en absoluto, una novedad; todo lo contrario. Y es precisamente ahí donde se revela el verdadero dilema. En nuestra sociedad, dominada por la urgencia de vender, lo nuevo se convierte en sinónimo de valor.

Por ello, a lo de siempre –al entrenamiento– se le imponen constantemente apellidos. Porque, claro, llamar simplemente “entrenamiento” al “entrenamiento” ya no conquista oídos hambrientos de novedad.

Todo es lo mismo

Estos apellidos no responden a una necesidad conceptual, sino al marketing. En otras palabras, lo que Susruta y Aristóteles ya prescribían hace siglos hoy vuelve recalentado para un mercado que nuca está a dieta de clientes confundidos.

Así pues, en la actualidad pueden hallarse tantos apellidos innecesarios para el “entrenamiento” como empeño se ponga. Todo sea por (re)llenar el concepto. Tómese como ejemplo el famosísimo “entrenamiento funcional”, esa joya del pleonasmo donde cabe preguntarse: ¿existe un entrenamiento no funcional? ¿Uno diseñado para no servir? ¿El antientrenamiento?

Lo mismo ocurre con las versiones de “entrenamiento metabólico o mitocondrial”. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Acaso existe algún entrenamiento capaz de aislar al metabolismo y las mitocondrias?

Y, por supuesto, no podía faltar una de las últimas ofertas del mercado: el “neuroentrenamiento”, una supuesta revolución que estimula el sistema nervioso. Como si antes de su llegada todos los entrenamientos ocurrieran con el cerebro apagado y los nervios en stand-by. O sea, como si mover el cuerpo no fuera ya, desde siempre, una sinfonía neurológica en acción.

Queremos creer

Estos apellidos que se le imponen de forma constante al “entrenamiento” proliferan por diversos motivos. Entre ellos, quizás uno de los más importantes sea que, por naturaleza, los seres humanos no somos escépticos; el hecho de no creer nos exige un esfuerzo mental considerable.

A ello se suma otra gran dificultad: la dependencia del ámbito. Nuestra capacidad para ser escépticos está limitada al ámbito de conocimiento que dominamos. Es decir, no solo es complejo ser escéptico, sino que solo podemos serlo cuando sabemos lo suficiente como para dudar con sentido. Nadie puede dudar sobre lo que se desconoce por completo.

Así que, si un gurú musculoso dice que hace neurotraining cuántico con activación mitocondrial hipermetabólica, y nosotros no tenemos ni idea de qué hace una mitocondria, es difícil contradecirle. ¿Qué otra opción tenemos?

Visto lo anterior, nos enfrentamos a un contratiempo con el lenguaje, uno que surge precisamente de su capacidad para ejercer poder. El científico estadounidense Alan Sokal lo evidenció en un célebre fraude en el que consiguió publicar un artículo académico gracias a su apariencia ideológica y estilo discursivo, pero carente de rigor, lógica y fundamento. Un magnífico ejemplo de cómo el lenguaje puede simular decir algo sin realmente decir nada.

Falsas dicotomías

No obstante, el verdadero problema emerge cuando entendemos que hablar es, en sí mismo, una forma de actuar. Las palabras no se limitan a definir la realidad; la moldean. Así, cuando alguien afirma “esto es un entrenamiento X”, no lo describe, sino que lo legitima, lo instituye y lo hace existir como categoría.

Con el tiempo, estos apellidos terminan configurando aquello que llamamos ciencia. No olvidemos que el lenguaje empleado en un área del conocimiento es lo que construye su propia realidad (“El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”, que diría el filósofo Ludwig Wittgenstein). Cada disciplina fabrica así su propia jerga. El problema es que, cuando el lenguaje científico empieza a inflarse con términos vagos, el juego se vuelve confuso.


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Un ejemplo de confusión lingüística en el ámbito del entrenamiento surge cuando, partiendo de un concepto unitario –“entrenamiento” en este caso–, se generan categorías artificialmente separadas. Así, es habitual oír hablar de “entrenamiento para la salud” y “entrenamiento para el rendimiento” como si se tratara de esferas independientes. Sin embargo, esta distinción carece de lógica, pues mejorar la salud implica mejorar el rendimiento. Tanto es así que, si una persona pierde musculatura y, por ende, la capacidad de caminar, lo que necesita para recuperar su salud es aumentar la fuerza de sus piernas, o sea, mejorar su rendimiento.

Algo similar ocurre al fragmentar el concepto de entrenamiento en fuerza y resistencia. La paradoja es evidente: la maratón, la prueba de resistencia por excelencia, no la gana el más resistente, sino el más rápido, el que aplica más fuerza en menos tiempo; esto es, el más fuerte.

Esta tendencia a retorcer el lenguaje confirma lo ya advertido por Wittgenstein: la necesidad de esclarecer el uso de las palabras para evitar confusiones conceptuales. Porque, no lo olvidemos, cuando el lenguaje pierde precisión, da lugar a malentendidos. Las soluciones a ello pueden ser múltiples, pero quizás la más sencilla sea mirar al pasado, observar a Susruta y Aristóteles y comprender el entrenamiento como lo hicieron ellos: en una sola palabra.

The Conversation

Miguel Ángel Puch Garduño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Funcional’, ‘metabólico’… Los apellidos que el entrenamiento no necesita – https://theconversation.com/funcional-metabolico-los-apellidos-que-el-entrenamiento-no-necesita-274597