Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Díaz Cobos, Profesor del departamento de didácticas aplicadas, sección Educación Física: movimiento, motricidad, actividad física, cognición y aprendizaje, Universitat de Barcelona
Un bebé de entre seis y doce meses se sienta, se inclina, alcanza un objeto, lo gira, lo golpea, lo sacude, lo observa, lo lleva a la boca y, sin que nadie se lo pida, vuelve a empezar. A simple vista, podría parecer que “solo juega”. En realidad, está haciendo algo mucho más relevante: está construyendo las bases neuromotoras y cognitivas sobre las que se sostendrá su aprendizaje futuro.
La pregunta no es menor: ¿de qué es capaz un niño en esta etapa… y qué le estamos ofreciendo para que pueda desplegarlo?

Dariopadovani/Wikimedia Commons, CC BY
Un principio básico del desarrollo infantil es que el cerebro temprano no se organiza a partir de información abstracta, sino a partir de la experiencia corporal. El esquema sería: experiencia → sinapsis → pensamiento → aprendizaje.
Este encadenamiento es especialmente sensible en la primera infancia, entre los 0 y los 3 años. Y es aquí donde la obra de la pedagoga británica Elinor Goldschmied (1910-2009) resulta hoy más actual que nunca.
Qué hace un niño pequeño cuando nadie le “enseña” a jugar
Para entender por qué Goldschmied sigue siendo relevante, basta con observar con atención al niño pequeño. Un bebé no “consume” estímulos: actúa. Explora, prueba, toca, sacude, golpea… y decide. Decide qué objeto tomar, cuánto tiempo sostenerlo, qué ocurre si lo deja caer, si pesa, si suena, si es frío o cálido.
En el fondo, se activa una pregunta tan simple como estructurante: ¿qué es esto? Y, de manera implícita, otras igual de importantes: ¿qué hace?, ¿qué busca?, ¿qué le interesa?, ¿qué aprende?, ¿qué piensa?
Objetos con peso, textura y volumen
El desarrollo no avanza por instrucciones externas, sino por una exploración interna sostenida. Y esa exploración necesita un mundo que responda: objetos con resistencia, con peso, con textura, con volumen y con variaciones reales. Cuando la experiencia se empobrece, cuando el niño pasa demasiado tiempo inmóvil frente a estímulos visuales rápidos, no solo se pierde movimiento. Se pierden oportunidades de atención profunda, de coordinación y de autorregulación.
La investigación reciente respalda esta idea. Se ha mostrado cómo una mayor exposición temprana a pantallas se asocia con peores resultados en funciones ejecutivas como la atención sostenida y el control inhibitorio, procesos estrechamente vinculados al aprendizaje posterior. Desde una perspectiva neuroeducativa, no se trata de un efecto directo de la tecnología, sino del desplazamiento de experiencias corporales activas necesarias para el desarrollo cognitivo.
Leer más:
Pensar antes de hablar: cómo controlar la mente permite a los niños desarrollar el lenguaje
Una propuesta pedagógica simple y precisa
Goldschmied formuló una idea que, leída hoy, parece pensada para la era digital: si queremos proteger el desarrollo temprano, debemos ofrecer situaciones en las que el niño pueda explorar con el cuerpo entero, con libertad y con materiales bien elegidos. Su propuesta más conocida, la cesta de los tesoros, responde exactamente a este principio.
No es una actividad vistosa ni una manualidad. Es una situación pedagógica cuidadosamente preparada. Un cesto bajo, estable y sin asas, presentado como propuesta única, sin competir con otros estímulos, sin interferencias constantes.
En su interior, una selección deliberada de objetos, no juguetes cerrados ni electrónicos, que ofrecen múltiples posibilidades de acción. Goldschmied fue especialmente precisa en la selección de materiales. La cesta funciona si los objetos han sido elegidos con criterio. No vale cualquier cosa.
Materiales cuidadosamente elegidos
El adulto no dirige el juego, pero sí diseña las condiciones: escoge materiales y cualidades que permitan una exploración rica, segura y variada. Los materiales cotidianos y naturales (madera, metal, tela, cuero, vidrio, cerámica o papel) ofrecen lo que una pantalla no puede ofrecer: peso, temperatura, rugosidad, elasticidad, olor y sonidos reales. Esta diversidad no es decorativa; es el mecanismo que obliga al sistema sensorial y motor a ajustarse, a afinar y a comparar.
Los objetos no están ahí para entretener, sino para responder. Para abrir experiencias. Para permitir que el niño descubra, por sí mismo, qué puede hacer con el mundo. Esta propuesta se inscribe dentro del enfoque conocido como juego heurístico, centrado en la exploración autónoma de materiales cotidianos y naturales en la primera infancia.
Experiencias motrices y funciones ejecutivas
Desde el punto de vista cognitivo, estas experiencias activan procesos de resolución de problemas, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Estudios recientes indican que las experiencias motrices ricas y variadas en edades tempranas se asocian con un mejor desarrollo de las funciones ejecutivas, especialmente cuando implican toma de decisiones y variabilidad motriz.
Leer más:
¿Aprendemos mejor si nos movemos? La relación entre el ejercicio físico y el aprendizaje
Experimentar vs ‘entretener’
Cuando para que un niño no se “aburra” le ofrecemos un vídeo en una pantalla, este estímulo intenso no le exige ajuste postural, coordinación corporal o regulación del propio movimiento. Por esta razón organizaciones como la Organización Mundial de la Salud insisten en limitar estrictamente el uso de pantallas en los primeros años de vida y priorizar el juego activo, el sueño y la interacción con el entorno físico.
La propuesta de Goldschmied no se sostiene solo por los objetos, sino por el rol del adulto. Este selecciona materiales, prepara el entorno y garantiza seguridad, pero no dirige la acción. Observa, registra e interpreta.
Esta presencia estable y poco intrusiva favorece la autonomía y la autorregulación. Cuando el adulto interviene constantemente, el niño depende de la regulación externa. Por eso, si el adulto de pronto no está accesible, el niño lo reclama y se “aburre” solo. Pero cuando el entorno es rico y la intervención es ajustada, el niño sostiene la atención, explora con mayor profundidad y construye conocimiento propio.
La arquitectura corporal del pensamiento
Un niño que pasa largos periodos inmóvil frente a un dispositivo no solo pierde movimiento. Pierde contacto con aquello que estructura el pensamiento temprano: la exploración manual y oral, la coordinación corporal, la gravedad, el desequilibrio, la repetición y la creación. En términos funcionales, pierde parte de la arquitectura corporal del pensamiento.
Por eso, la pedagogía de Elinor Goldschmied no es una mirada al pasado, sino una respuesta profundamente contemporánea. La primera infancia no se construye con píxeles. Se construye con manos ocupadas, objetos reales, movimiento libre y vínculos humanos estables.
Goldschmied lo formuló con claridad. La ciencia actual lo demuestra. La decisión, ahora, es educativa.
![]()
Gabriel Díaz Cobos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. En lugar de una pantalla, una ‘cesta de los tesoros’: Elinor Goldschmied y su propuesta para el desarrollo infantil – https://theconversation.com/en-lugar-de-una-pantalla-una-cesta-de-los-tesoros-elinor-goldschmied-y-su-propuesta-para-el-desarrollo-infantil-275859
