Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esther Coz, Científica Titular en la Unidad de Caracterización y Control de la Contaminación Atmosférica, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)
Por primera vez, se incorpora a la legislación europea el carbono negro como un contaminante de control obligatorio. Está en la atmósfera desde las primeras hogueras de la humanidad, es altamente lesivo para el organismo y un calefactor radical de la atmósfera. La buena noticia es que desaparecería rápido si dejásemos de emitirlo.
La fina piel de aire
Vivimos confinados en una burbuja de una delicadeza extrema. La vida en la Tierra depende de una capa de aire tan fina que, en proporción, se parece a la piel de una manzana. Esta envoltura invisible nos regala el oxígeno y nos separa del vacío. Hoy, sin embargo, este espacio vital está saturado de contaminantes que no vemos.
La fragilidad atmosférica es una emergencia sanitaria de primer orden. Según el informe State of Global Air 2024, la contaminación del aire es el segundo factor de riesgo de mortalidad global. Provoca 8,1 millones de muertes anuales, superando los estragos del tabaquismo.
Según la Organización Mundial de la Salud, casi toda la humanidad respira aire que supera los límites de seguridad. Aquí entra en juego un componente clave: el carbono negro.
Un enemigo con dos rostros
El carbono negro u hollín es un producto de la combustión incompleta de combustibles fósiles, biocombustibles y biomasa especialmente dañino. Actúa en dos frentes críticos de forma simultánea.
Desde el punto de vista de la salud, sus partículas son diminutas y penetran profundamente en el sistema respiratorio. Pero el daño va mucho más allá de los pulmones. Pueden entrar en la sangre, traspasando la barrera alveolar. Así, inflaman las arterias, dañan el corazón y aceleran los procesos de desarrollo y envejecimiento neuronales.
Desde la perspectiva climática, este contaminante es un calefactor atmosférico extraordinario. A diferencia del principal agente de calentamiento global, el dióxido de carbono (CO₂), que actúa de forma gradual, las partículas de carbono negro absorben la radiación solar con gran eficacia. Calientan el aire al instante y aceleran el deshielo cuando se depositan sobre los glaciares.
Sin embargo, este impacto inmediato ofrece una oportunidad única. A diferencia del CO₂, que permanece siglos en la atmósfera, el carbono negro desaparece en pocos días si dejamos de emitirlo. Esto se traduce en una mejora casi instantánea en la calidad del aire y el clima.
El fin de la invisibilidad legal
El ser humano convive con este hollín desde la aparición del fuego. Sin embargo, su impacto se volvió global y peligroso tras la Revolución Industrial. El uso masivo de combustibles fósiles y las quemas descontroladas de biomasa han saturado nuestra atmósfera. Paradójicamente, el carbono negro ha permanecido durante décadas en una sombra regulatoria.
Esta situación ha cambiado con una nueva Directiva de la Unión Europea aprobada a finales de 2024 —la Directiva (UE) 2024/2881—. Por primera vez, se incorpora el carbono negro como un contaminante de control obligatorio. La norma impulsa una infraestructura científica avanzada en casi todo el continente. Los países deben establecer los llamados “supersitios” de monitorización.
Estos centros irán más allá de medir el peso de las partículas en suspensión. Su tecnología permitirá identificar características específicas. Pasaremos de pesar la contaminación a entender qué estamos respirando realmente.
Tráfico e incendios: el color de la combustión
La peligrosidad del carbono atmosférico depende de cómo se queme la materia. En el tráfico rodado, los motores generan un carbono negro muy puro. Sus partículas forman racimos microscópicos que atrapan la luz solar con fuerza y entran con facilidad en nuestro organismo. Esto contribuye directamente a elevar la temperatura de la atmósfera urbana.
En los grandes incendios forestales, la dinámica es diferente. Cuando el fuego es intenso, el carbono emitido es similar al de los coches. Pero cuando el incendio pierde energía y solo quedan rescoldos, la forma de las partículas cambia. Aparece entonces el denominado “carbono marrón”.
Estas partículas marronáceas también calientan el planeta, pero absorben preferentemente la luz ultravioleta. Visualmente, este componente crea una huella óptica distinta al hollín de las ciudades. La tecnología de los supersitios permitirá vigilar ambas variantes para proteger mejor a la población.
Cuidar la vida
Esta nueva ley europea supone una victoria de la ciencia sobre la invisibilidad. Al vigilar este contaminante, Europa reconoce que el carbono negro es un enemigo de doble filo. Es un riesgo para nuestros pulmones y un acelerador del cambio climático.
Entender que el humo de un escape o de un incendio altera todo el ecosistema es vital. Ese conocimiento nos permite valorar la importancia de la atmósfera que nos rodea. Es el primer paso para sanar esa fina piel de aire que nos regala la vida.
Proteger este espacio es protegernos a nosotros mismos. Cada medida para limpiar el aire refuerza el escudo que nos separa del vacío. Es nuestra responsabilidad cuidar la burbuja que garantiza nuestra existencia.
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Esther Coz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. El carbono negro que respiramos: de la hoguera ancestral a la nueva ley europea – https://theconversation.com/el-carbono-negro-que-respiramos-de-la-hoguera-ancestral-a-la-nueva-ley-europea-275273

