El culo nos hizo humanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Pocas partes de nuestra anatomía recaban más atención que nuestro trasero.

Foco de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio de la naturaleza.

_Venus del espejo_, de Diego Velázquez.
Venus del espejo, de Diego Velázquez.
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diego_Vel%C3%A1zquez_-_Rokeby_Venus.jpg, CC BY

Pero no se confundan, mi veneración no va solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.

Monos culones

El diseño del trasero humano es bastante peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal, los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más musculosos y más proyectados dorsalmente.

Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.

Un culo nuevo que revolucionó nuestra historia

La bipedestación supuso una remodelación total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le vino encima del tronco y la cabeza.

Además de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto, lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y mejoró nuestra estabilidad.

Pero en anatomía, los cambios nunca son aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos, piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.

Para empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra, algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.

Sí, tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.

Por su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.

Estables sobre dos patas

El tercer glúteo, el menor, pasa de tener una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos. Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso del cuerpo la presiona.

Los glúteos medio y menor consiguieron estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente, facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que tienen para trepar.

En esta auténtica revolución arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.

La guinda del pastel

Pero no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.

De eso se encarga el elemento remodelador por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera “grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion, fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.

Por si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas tiene propiedades protectoras frente a la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades cardiovasculares. La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un “invento” redondo.

Ya sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.

The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El culo nos hizo humanos – https://theconversation.com/el-culo-nos-hizo-humanos-276003