Pornografía, agresiones sexuales y sumisión química: ¿cómo se relacionan?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Prego Meleiro, Farmacéutico epidemiólogo. Investigador y profesor en Dpto. Salud Pública y Materno-Infantil de la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid

La violencia sexual facilitada por drogas incluye aquellas agresiones en las que el perpetrador se aprovecha de personas inconscientes o incapacitadas por los efectos de sustancias psicoactivas, consumidas voluntaria o involuntariamente. Usualmente, se emplea el término sumisión química para referirse a este fenómeno, diferenciando entre sumisión química oportunista y proactiva.

La sumisión química ha recibido especial atención en la opinión pública a raíz del caso Pelicot, en el que decenas de hombres violaron a una mujer drogada mientras su marido grababa las agresiones. En España, sucesos de este tipo traen a nuestra memoria el caso de La Manada de Pozoblanco, destapado durante la instrucción de la agresión perpetrada en los sanfermines de 2016: la policía encontró la grabación de otra agresión sexual a una joven inconsciente en el teléfono de uno de los acusados.

El impacto social de este tipo de sucesos se plasmó en la serie Alba, que narra la experiencia de una joven agredida, mientras está inconsciente, por un grupo de chicos, quienes graban todo en vídeo. Más allá de la ficción, un estudio reciente indica que una de cada dos mujeres y uno de cada cuatro hombres han sufrido violencia sexual facilitada por drogas en contextos de fiesta.

El modelo hegemónico de pornografía incluye también escenas de violencia sexual mediante sumisión química, como parte de un repertorio más amplio de contenidos violentos. Un nuevo estudio del Observatorio Universitario de Violencia Sexual Facilitada por Drogas analiza la relación entre este tipo específico de agresiones y el consumo de pornografía.

Acceso temprano y reiterado

La pornografía está ampliamente extendida entre la población juvenil. Dos de cada tres jóvenes de entre 18 y 35 años admiten consumirla: el 44,2 % de los hombres la ven a diario o dos o tres veces por semana, mientras que el 27,2 % de las mujeres la consumen menos de una vez al mes. Además, hay que tener en cuenta que la edad media de primer acceso a esos contenidos se sitúa en los 10 años.

La mitad de los jóvenes cree que ve demasiada pornografía y reconoce que ha intentado reducir el consumo sin éxito. Un 40 % afirma que dicho consumo le afecta negativamente en ámbitos como el rendimiento académico o laboral. En algunos usuarios, el visionado repetido puede generar habituación, derivando en la búsqueda progresiva de contenidos de mayor intensidad, de forma similar a la tolerancia observada en adicciones con sustancia. Hablamos de comportamientos en la órbita del trastorno de conducta sexual compulsiva.

Una fuente de desinformación sexual

La pornografía es percibida por muchos jóvenes como una fuente de educación sexual, ante la ausencia de una orientación de calidad. Solo el 12 % está plenamente satisfecho con la educación sexual recibida en su centro educativo. La mitad reconoce utilizar el porno como fuente de inspiración en sus relaciones, en línea con lo indicado en estudios en otros países. Sin embargo, la pornografía puede actuar también como una fuente de desinformación sexual, al difundir mensajes engañosos sobre el consentimiento y mostrar escenas que degradan y cosifican a las mujeres.

Pornografía y violencia sexual facilitada por drogas

El 41 % de los jóvenes reconocen consumir pornografía con contenido violento, degradante o humillante, mientras que el 33 % afirma que es habitual encontrarse con violaciones o abusos sexuales. Respecto a la combinación de pornografía y agresiones sexuales mediante sumisión química, el 22,2 % de los hombres y el 11,3 % de las mujeres reconocen ver escenas que involucran a personas dormidas, inconscientes o bajo los efectos del alcohol u otras drogas.

Este tipo de contenido alimenta la cultura de la violación: presenta como algo erótico y sexualmente excitante las agresiones perpetradas contra mujeres en estado de inconsciencia, conceptualizando como sexo lo que en realidad es violencia sexual.

Cultura de la violación

Sabemos que que la exposición a pornografía violenta puede moldear el comportamiento sexual, reforzando la percepción de conductas violentas como normativas. Esto se relaciona no solo con cometer agresiones, sino también con un mayor riesgo de sufrir violencia sexual. Un tercio de los jóvenes en España piensa que consumir porno configura fantasías sobre perpetrar o sufrir agresiones sexuales.

El citado estudio del Observatorio Universitario de Violencia Sexual Facilitada por Drogas muestra la existencia de una correlación específica entre la violencia sexual por sumisión química y el consumo de pornografía con escenas de violencia sexual facilitada por drogas. Así, la probabilidad de haber cometido una agresión es cuatro veces mayor entre quienes consumen este tipo de contenidos. La relación no se limita a los agresores, sino que se correlaciona también con un mayor riesgo de haber sufrido ese tipo de agresiones.

Resulta crucial generar una mirada crítica sobre el modo en el que se representan las relaciones sexuales en la pornografía. Aunque los jóvenes son relativamente críticos, los contenidos sobre prácticas violentas permean el imaginario colectivo, generando estereotipos asentados sobre la violencia.

Para prevenir la normalización de las conductas sexuales violentas, es necesario implementar intervenciones educativas integrales, que aborden críticamente el impacto de la pornografía como fuente de (des)información sexual. Asimismo, debemos visibilizar y valorar la importancia del consentimiento en las relaciones, también en relación a la incapacidad para consentir que se deriva de los efectos del alcohol y otras drogas.

Finalmente, es necesario replantear las responsabilidades y obligaciones de las plataformas de distribución de pornografía, mejorando la vigilancia, filtrado y eliminación de contenido violento.

The Conversation

Pablo Prego Meleiro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Pornografía, agresiones sexuales y sumisión química: ¿cómo se relacionan? – https://theconversation.com/pornografia-agresiones-sexuales-y-sumision-quimica-como-se-relacionan-274666