Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raquel González Hernández, Profesora sustituta en el área de Didáctica y Organización Escolar. Departamento de Didáctica e Investigación educativa ULL, Universidad de La Laguna
Lucía, de dos años, suele preferir estar sola en la escuela infantil. Cuando se organizan actividades (canciones, bailes o rodar una pelota en grupo), se queda al margen, sentada en un rincón mirando fijamente al suelo o un objeto propio, o se tapa los oídos y gira sobre sí misma repetidamente.
Sus maestras la animan a unirse al círculo diciendo “¡Vamos, Lucía, tienes que participar con todas!”, insistiendo hasta que consiguen convencerla; a veces incluso la toman en brazos para colocarla en medio del grupo. Pero esto aumenta la irritabilidad de la niña, provocando mayor retraimiento.
Los niños y niñas con autismo presentan un funcionamiento neurológico diverso que influye en cómo perciben el entorno, procesan la información sensorial, regulan sus emociones y se relacionan con los demás.
Esto, en la etapa infantil (entre los 0 y los 6 años) afecta a cómo conectan sus emociones con su expresión corporal, y se traduce a menudo en una mayor tendencia al juego solitario, en dificultades para compartir intereses con otras personas y en formas atípicas de mostrar afecto o malestar, como evitar la mirada, buscar los mismos objetos o recurrir a movimientos repetitivos para autorregularse.
Emoción, expresión, cuerpo y juego
En estas edades tan tempranas, es el cuerpo la principal vía de relación con el entorno, y el juego su principal vía de expresión. A través del juego se desarrolla el pensamiento, la creatividad, la autonomía y la socialización.
Una de las metodologías que utilizan el juego como principal herramienta de acompañamiento a niños y niñas con autismo es la psicomotricidad relacional. A continuación explicaremos en qué consiste y cómo se puede aplicar.
Escuchar, comprender y conectar
Las manifestaciones corporales, tanto en la dimensión motriz, como en la cognitiva y la afectivo‑social, proporcionan información valiosa sobre el desarrollo del niño, su bienestar emocional y posibles alteraciones.
En la dimensión motriz se observan, por ejemplo, la coordinación de los movimientos, el equilibrio o la presencia de torpeza y rigidez corporal; en la dimensión cognitiva, la forma en que explora el espacio, mantiene la atención en una actividad o planifica una acción; y en la dimensión afectivo‑social, gestos como acercarse o evitar el contacto, buscar el abrazo del adulto, compartir o no el juego con otros niños y niñas, así como posturas que transmiten seguridad, timidez o malestar.
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Los y las docentes y cuidadoras pueden aprender mucho simplemente observando estos comportamientos: les permite identificar signos de alarma, comprender y acompañar en el desarrollo infantil desde una perspectiva integral.
La psicomotricidad relacional y autismo
La psicomotricidad relacional busca, a través del análisis de la expresividad de cada niño y niña, conectar con sus emociones, ajustando la intervención a sus vivencias corporales. Toma como punto de partida sus competencias y trata de acompañar en la manifestación y transformación de sus necesidades, ayudándole a evolucionar.
A diferencia de enfoques directivos que usan objetivos fijos y muchas palabras e indicaciones para guiar al niño, aquí el psicomotricista se acerca jugando, usa su propio cuerpo para mediar, se fija en lo que hace sin invadirle, y le ofrece opciones que le ayuden a relacionarse mejor con lo que le rodea.
Un entorno que estimule
Así, le da herramientas útiles y con sentido para que su cuerpo sirva para conectar con otros, expresarse y entender el mundo, todo partiendo de su interés y de su propia actividad.
A partir de la observación de cómo el niño usa el espacio, juega con los materiales y se relaciona con otros/as, el psicomotricista crea un entorno que estimula el deseo de comunicarse, compartir y explorar, ampliando las posibilidades de juego y expresión. Esto implica respetar su ritmo, ofrecer materiales que se ajusten a sus intereses sensoriales, participar en el juego de manera respetuosa y ayudarle a tomar conciencia de sí mismo y de las demás personas.
Cuando existe menos integración corporal
Algunos niños y niñas tienen muchas dificultades para relacionarse porque les cuesta sentir y organizar su propio cuerpo. Es decir, no logran percibir bien cómo es su cuerpo ni cómo se mueve. En el caso de niños y niñas con autismo, esto dificulta que puedan iniciar o mantener relaciones, ya que su cuerpo no acompaña su deseo de comunicarse ni les permite percibir o comprender la respuesta de la otra persona.
En estas situaciones, el psicomotricista puede ayudarles a construir una mejor conciencia de su cuerpo. Lo hace acompañándolos en la acción y proponiendo juegos que representen experiencias corporales. Estos juegos les permiten organizarse, reconocer sus límites corporales y, poco a poco, lograr momentos de encuentro con el otro que faciliten la relación y la comunicación.
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Por ejemplo, en un juego de cucú–tras–tras, el psicomotricista acompaña al niño o la niña en la acción, ayudándole a anticipar lo que va a pasar y a reconocer dónde empieza su propio cuerpo y el del otro.
Aislados en sus propias fantasías
Otros niños con autismo, aunque acceden al simbolismo, pueden mostrar una fantasía desbordante que les aísla. El desafío consiste en ofrecer un espacio seguro que les permita organizar y compartir su mundo, conectándolo con la realidad social y emocional que les rodea.
Esto se puede lograr ofreciendo materiales y juegos que vinculen la imaginación con la acción concreta, acompañando sus propuestas sin imponerlas, nombrando y reflejando sus emociones, y favoreciendo interacciones graduales con otros niños y niñas para que la fantasía se conecte con experiencias compartidas.
Por ejemplo, el caso de un niño con autismo que juega solo dentro de una fantasía repetitiva del superhéroe, el psicomotricista le invita a utilizar una tela a modo de capa y, poco a poco, introduce pequeñas interacciones con otros niños y niñas, como pedir ayuda al superhéroe para rescatar a un muñeco o invitar a otro/a niño/a a participar en una misión sencilla, de modo que la fantasía se transforme en una experiencia compartida.
Comenzar por grupos pequeños
La psicomotricidad relacional no solo favorece el desarrollo individual, sino que también proporciona un espacio social rico y significativo donde se promueve la interacción, la cooperación y la empatía.
Las actividades se pueden organizar en parejas o tríos donde resulte posible para el niño con autismo desarrollar un juego compartido y la construcción conjunta de significados, adquiriendo herramientas básicas para la relación. En ocasiones, es posible la ampliación de sus relaciones, accediendo al contexto social que supone jugar en un grupo diverso más numeroso.
Se genera un entorno inclusivo, donde se acoge a la persona tal como es, reconociendo y validando sus características, capacidades y estilos expresivos propios. En definitiva, se crean contextos vivos donde cada niño y niña puede participar, convivir y sentirse parte activa del grupo, construyendo una experiencia de pertenencia, identificación, colaboración y crecimiento mutuo.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. El juego como herramienta de socialización de niños y niñas con autismo – https://theconversation.com/el-juego-como-herramienta-de-socializacion-de-ninos-y-ninas-con-autismo-269570

