Source: The Conversation – (in Spanish) – By Óscar Pindado Jiménez, Doctor en Química Analítica, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)
No hay nada tan maravilloso, sobre todo para los que vivimos en las grandes ciudades, como pararse a respirar el aire del campo, tan limpio y tan libre de contaminación. Esa sensación es la que tenía la primera vez que salí a muestrear una zona rural, hace ya más de 20 años. Era mi primer contacto con la investigación y estaba ansioso por descubrir el mundo, por entenderlo. Sin embargo, lo que mi carrera científica me descubrió a partir de ese día cambió por completo mi idea original. Allí, en el puro campo, estaba rodeado de enemigos invisibles.
Aquel día en mi paseo descubrí tóxicos que están en el aire que respiramos y son cancerígenos: los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH, por sus siglas en inglés). Esperaba encontrármelos en la ciudad, pero ¿por qué los veía en el campo? ¿El aire “puro” no es tan puro?
La respuesta es que ese tóxico propio de la polución urbana estaba en el humo de las chimeneas del pueblo, y sus niveles eran similares a los de la ciudad.
Residuos de antibióticos en los suelos agrícolas
Este solo fue el primer enemigo que encontré. A partir de entonces, la lista ha ido aumentando considerablemente con más sospechosos y, por desgracia, los he encontrado en los lugares más inverosímiles. Ahora trabajamos en encontrar residuos de antibióticos en los suelos agrícolas. Llegan a la tierra fresca desde las granjas que nutren las ciudades.
Los restos de antibióticos proceden del estiércol y los purines que se utilizan en ganadería intensiva. Los excrementos de vacas, cerdos, ovejas y gallinas contienen entre el 30 % y el 80 % de los fármacos con los que los tratan para poder sostener la industria alimentaria.
El jabón con el que nos lavamos
A estos tóxicos los conocemos como contaminantes orgánicos y son muchos más que los que desprende el humo de los coches. La Directiva Marco del Agua de la UE estableció controles sobre una lista de productos químicos persistentes en el medio ambiente que pueden bioacumularse y suponer un riesgo para la salud humana y el medio ambiente.
La lista incluye productos farmacéuticos, productos de cuidado personal, pesticidas, plastificantes y aditivos industriales que se detectan cada vez más en alimentos y el agua, lo que plantea riesgos tanto para el medio ambiente como para la salud humana. Por ejemplo, los residuos de antibióticos en productos lácteos y entornos de acuicultura se han relacionado con la resistencia a los antimicrobianos, y se ha demostrado que los plastificantes persistentes como el bisfenol A y los ftalatos alteran el sistema endocrino en la vida silvestre y también en los humanos.
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El origen de estas sustancias son acciones cotidianas que realizamos todos los días. Los productos de nuestra higiene personal, los medicamentos que tomamos (incluso sin que los tiremos a la basura), los materiales que usamos o nuestra forma de alimentarnos también son responsables de la polución invisible.
Pensemos a lo grande. Una ciudad. Millones de personas. La montaña de fármacos que se consumen y se desechan es inmensa. Aproximadamente 8 500 toneladas de antibióticos consumidos por humanos terminan anualmente en los ríos de todo el mundo tras pasar por sistemas de tratamiento, lo que representa cerca de un tercio del consumo global. Estos residuos, provenientes de aguas residuales urbanas, hospitalarias e industriales, contribuyen a la resistencia antimicrobiana –es decir, que los antibióticos dejen de curar las infecciones que sufrimos– y dañan la vida acuática.
Muchas sustancias que usamos no se degradan y se mantienen en el medio ambiente por mucho tiempo, más del que desearíamos. Lamentablemente, no lo tenemos controlado. Su acumulación constante en la naturaleza genera un caldo de cultivo que favorece las reacciones entre ellos y se pueden formar nuevos compuestos. Hay miles y miles de sustancias que deberíamos controlar. Pero ¿qué podemos hacer para detectar estos contaminantes orgánicos?
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La primera línea de defensa
El primer paso es saber dónde están estas sustancias. Esta es la labor de los químicos analíticos. Nosotros nos encargamos de desarrollar herramientas y dispositivos para medir estos compuestos y, si es necesario, dar la voz de alarma. Sin embargo, a pesar de tener los equipamientos más avanzados, no siempre somos capaces de detectarlos. El motivo es que hay miles y miles de sustancias diferentes. Todas juntas, a concentraciones muy bajas, y cada día tenemos que buscar más y en más sitios.
Analizar contaminantes es similar a hacer un análisis de sangre. La diferencia es que tenemos que desarrollar un método específico y sensible para medir cada contaminante en el medio ambiente. Es lo que llamamos análisis dirigidos. No es tan rápido como medir nuestro nivel de colesterol. Es como buscar una aguja en un pajar, solo que en nuestro caso son miles de agujas (o compuestos) en cientos de pajares.

Por ejemplo, con esta forma de trabajar detectamos los PAH en el aire y somos capaces de encontrar restos de medicinas en las aguas. Pero no es suficiente.
Una forma de entender las limitaciones de los análisis dirigidos es entenderlos como si estuviésemos dando un paseo nocturno, equipados solo con una linterna. Somos capaces de ver lo que alumbra el haz. Si movemos la linterna, veremos otras cosas, pero dejamos de ver lo primero que hemos alumbrado. Estamos condenados a ver solo una pequeña parte.
En el laboratorio nos pasa lo mismo: podemos ver residuos de medicinas en el agua, pero no otros contaminantes que estén en el agua. Incluso si este compuesto es más abundante o peligroso. Son invisibles para nosotros si no los buscamos.
Las gafas para verlo todo
¿No sería genial tener una herramienta que pudiera ver todo?
Los avances de los últimos años en cromatografía y espectrometría de masas han permitido desarrollar estas nuevas herramientas. La forma tradicional es lanzar la caña y esperar a tener suerte. Esto sería el método clásico, el análisis dirigido.
El análisis no dirigido sería como lanzar una red gigante a todo el lago y recogerla. Aquí sacaríamos todos los peces del lago. Sin embargo, ahora tendríamos un problema: el tiempo que tardaríamos en sacar todos los peces y clasificarlos.
En el laboratorio, los nuevos equipamientos que tenemos generan mucha información. Disponemos de muchos datos y necesitamos tiempo para procesarlos. Nos lleva semanas y meses tener una idea de los diferentes contaminantes que hemos encontrado. Pero somos capaces de ver muchos más residuos de medicamentos, pesticidas o las sustancias perfluoralquiladas o PFAS.
Así, podemos detectar cientos de contaminantes en los lugares más insospechados. Hemos dejado de buscar en la oscuridad pero, lo que vemos, es una inmensidad de enemigos invisibles a los que, en algún momento, tendremos que poner límite.
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Óscar Pindado Jiménez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ‘Detectives’ de contaminantes: así logramos identificar cientos de tóxicos invisibles en los alimentos y el medio ambiente – https://theconversation.com/detectives-de-contaminantes-asi-logramos-identificar-cientos-de-toxicos-invisibles-en-los-alimentos-y-el-medio-ambiente-273480

