Source: The Conversation – (in Spanish) – By Helena Rodríguez Somolinos, Investigadora Científica del Dpto. de Estudios Griegos y Latinos, Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (ILC – CSIC)

El 9 de febrero se celebra el Día Mundial de la Lengua Griega. Es una fecha oportuna para recordar a una de las personas que más ha hecho por su conservación y estudio, y más ha ayudado a los estudiantes de griego desde 1843: Henry George Liddell. Infinitamente más conocida es su hija Alice Liddell, la niña que inspiró a Lewis Carroll la fantástica historia que su autor tituló Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas.

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Pero la gran hazaña de Henry George Liddell es mucho más desconocida. Años antes de convertirse en el padre de Alice, siendo un joven y brillante licenciado de Oxford, se comprometió a llevar a cabo una gigantesca empresa: la redacción del Greek English Lexicon de Oxford, cuya primera edición en la Oxford University Press es de 1843. Lo hizo junto a su compañero Robert Scott, los dos de 23 años, y sus nombres quedaron para siempre unidos a ese volumen.
Un arduo trabajo
Cuando recibieron el encargo en 1834, era un clamor en Oxford la necesidad de disponer de un diccionario de griego equivalente al Handwörterbuch der griechischen Sprache de Passow (Leipzig 1831). Este era el primero que utilizaba como lengua de salida una lengua moderna –el alemán– en vez del latín. También era el primer diccionario de autoridades que podríamos llamar “moderno”, por la voluntad de organizar las entradas más allá del orden cronológico.
Liddell y Scott se encerraron a trabajar, y pronto vieron que era necesario superar el modelo. En sólo nueve años consiguieron que viera la luz la primera edición, lo que, contemplado desde la perspectiva actual, supone una labor hercúlea. Además, cuando una lo conoce a fondo, no puede sino admirar el profundo conocimiento del griego que poseían, su intuición y madurez para establecer y definir los significados y la voluntad de ofrecer artículos estructurados, mucho antes de los inicios de la lingüística moderna.

H.R.
En algunas cartas Liddell deja traslucir el enorme esfuerzo y la dedicación constante que durante años le supuso la confección del diccionario. Desde las cinco de la mañana hasta las nueve y media de la noche, cuando se acostaba, sólo paraba para desayunar, comer, dar un pequeño paseo y cenar. A mediados de 1842 escribía a Scott: “Te alegrará saber que casi he terminado con Π (pi), ese monstruo de dos piernas, (…) que se ha estado burlando de mis visiones despierto y dormido durante muchos meses”.
El escritor inglés Thomas Hardy compuso un poema, en el que Liddell y Scott dialogan al terminar el diccionario en 1843 y que refleja en tono amable ese esfuerzo. Al parecer, el peso de las decisiones y del trabajo fue del primero, aunque se cuenta que una vez publicado, cuando alguien le señalaba un error o inexactitud en alguna entrada del diccionario, él continuaba caminando impertérrito mientras decía: “ese parágrafo lo escribió Scott”.
Puntos fuertes y puntos débiles
El diccionario presenta una maravillosa concisión en definiciones, traducciones y ejemplos, y ofrece un intento de clasificación semántica. Incluso contiene algunas discretas notas de fino humor británico, al parecer no siempre conscientes.
Pero, como diccionario que se sigue usando porque no hay ningún sustituto completo, adolece de enormes defectos para los usuarios actuales. Algunos se deben a sus planteamientos y otros a que, por su antigüedad, no registra muchos avances posteriores, decisivos en el conocimiento de la lengua griega. Tampoco abarca, lógicamente, el enorme volumen de textos que han aparecido, y siguen apareciendo, desde finales del XIX.
Porque esta es una de las más sorprendentes características del vocabulario griego: su carácter abierto e infinito, ya que los textos en ese idioma no constituyen un corpus cerrado. Se publican continuamente nuevos hallazgos, que con frecuencia transmiten palabras no documentadas antes u otro tipo de información léxica relevante. Ejemplos recientes son los 100 versos recuperados en un papiro con restos de dos tragedias perdidas de Eurípides o un escrito completo del médico Galeno que se sabía perdido, hallado hace unos años en una biblioteca de Tesalónica.
Una vida en Oxford
Liddell no se casó hasta 1846, una vez terminado su opus magnum, con Lorina Reeve, con quien tuvo 10 hijos. Alice, nacida en 1852, fue la cuarta. Su vida estuvo siempre ligada a Oxford, primero en la Westminster School, y desde 1855 como decano del Christ Church College, cargo que conservó durante treinta y seis años. Él mismo se convirtió en una verdadera institución, y acometió una serie de reformas liberales para hacer el College más abierto y moderno, por las que es justamente reconocido.

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No sólo trabajó incansablemente para la primera edición; pasó su vida entera recogiendo documentación para las posteriores. Vivió hasta los 87 años y murió meses antes de que apareciera la octava, en 1898, once años después de Scott.
La novena y última (1941) se sigue utilizando en la enseñanza universitaria y la investigación en todo el mundo, en papel o en sus versiones electrónicas. Aunque se intentó corregir sus errores y añadir materiales en dos suplementos (1968 y 1996), el mundo académico británico es consciente de que habría que rehacerlo por completo. Pero no es fácil decidirse a emprender semejante tarea, como sabemos muy bien los redactores del Diccionario Griego-Español en curso de elaboración en el CSIC, que mejora y amplía el diccionario inglés, y es a día de hoy su único sustituto para las partes publicadas.
Para entender en qué consiste esta tarea, incluso disponiendo de financiación estable, basta con releer el prólogo a la primera edición de 1843. Allí Liddell y Scott se permitieron un pequeño desahogo para reivindicar la labor del lexicógrafo, citando unas célebres palabras de Samuel Johnson, autor del diccionario de inglés más utilizado hasta finales del siglo XIX:
“Entre estos desdichados mortales (los que se afanan en los oficios más humildes, que no reciben aplausos por sus aciertos, pero sí deshonra y castigo por sus errores), se encuentra el escritor de diccionarios; a quien la humanidad ha considerado, no como el alumno, sino como el esclavo de la ciencia, el pionero de la literatura, condenado únicamente a eliminar los desperdicios y despejar los obstáculos de los caminos por los que el saber y el genio avanzan hacia la conquista y la gloria, sin dedicar una sonrisa al humilde trabajador que facilita su progreso. (…) el lexicógrafo solo puede esperar escapar del reproche, e incluso esta negativa recompensa se ha concedido hasta ahora a muy pocos”.
El Liddell-Scott es más que un mero diccionario, es un monumento cultural. Sirvió de modelo a otros diccionarios posteriores de lenguas antiguas y modernas, y muy en particular al Oxford English Dicionary. Así se ve en la película Entre la razón y la locura, sobre la creación de este último, donde el personaje del decano Liddell interviene brevemente.
Tras su muerte, Henry George Liddell recibió merecidos homenajes por sus grandes contribuciones a la universidad de Oxford y por su incansable labor lexicográfica. Su cuerpo descansa, junto a los de Lorina y su hija Edith, en la Christ Church Cathedral, cuya restauración él mismo impulsó. Y su estatua preside una de las entradas al gran patio del Christ Church College.
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Helena Rodríguez Somolinos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. El padre de Alicia y las maravillas de la lengua griega – https://theconversation.com/el-padre-de-alicia-y-las-maravillas-de-la-lengua-griega-274450
