Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Carlos Velasco, Profesor de Investigación. Grupo "Filosofía Social y Política" (FISOPOL). Jefe del Departamento de Filosofía Teórica y Práctica, Instituto de Filosofía (IFS-CSIC)

Si la terminación de la Guerra Fría supuso el final de un mundo estructurado de manera bipolar –Estados Unidos vs. Unión Soviética–, el unipolarismo, que desde George W. Bush distintos presidentes de los Estados Unidos han ido queriendo imponer, se está desmoronando a ojos vista, si es que no se ha resquebrajado por completo.
En un contexto crecientemente multipolar, el cuestionamiento de determinadas fronteras internacionales y la multiplicación de conflictos bélicos apuntan hacia un revisionismo geopolítico que busca implementar una visión pluricéntrica para la que aún no se dispone de las herramientas adecuadas.
Las relaciones internacionales están cambiando y cada vez resulta más patente el tono involucionista, una cierta vuelta al pasado encarnada en el afloramiento de sombrías figuras autoritarias y el recurso a crueles guerras de anexión como forma de dirimir conflictos entre naciones.
El derecho internacional ha saltado por los aires
Al menos desde que Rusia procedió a invadir Ucrania, Israel la franja de Gaza y los Estados Unidos están interviniendo militarmente en Venezuela, vivimos en un mundo en el que la fuerza bruta pisotea sin escrúpulos el Estado de derecho y en el que los principios democráticos se ven extremadamente jibarizados.
Todas estas graves agresiones constituyen peligrosos precedentes que hacen saltar por los aires el derecho internacional. Eso es así en la medida en que muestran a las claras que cabe vulnerar sin penalización alguna los estándares mínimos que la humanidad se ha dado a sí misma para para impedir la supremacía abusiva del más fuerte y dirimir pacíficamente los diferendos que puedan surgir entre las naciones. La guerra ha quedado rehabilitada como instrumento lícito para solucionar conflictos.
Proliferan los intentos de descafeinar e incluso subvertir el orden internacional regido hasta ahora por un sistema de reglas iguales para todos y de instituciones multilaterales reconocidas. No solo el poder va ocupando el lugar de las reglas, sino que han menguado palpablemente tanto la creencia en los valores universales como la adhesión a la idea de una comunidad internacional. En lugar de la cooperación, prevalece la confrontación: menos colaboración interestatal y más competencia estratégica.
Vuelve así con brío el esquema geopolítico de la política de poder, esto es, el de un mundo hobbesiano en el que la expansión territorial se convierte en objetivo fundamental de las potencias hegemónicas. Es más, a veces parece vislumbrarse el retorno a un nuevo-viejo orden basado en la ley de la selva en el que un número limitado de grandes países actuarían sin cortapisas en el interior de sus respectivas esferas de influencia.
Immanuel Kant cede la batuta a Carl Schmitt, y su noción de los “grandes espacios” imperiales parece cobrar un nuevo e inquietante protagonismo.
El cosmopolitismo como alternativa
El renovado interés por el cosmopolitismo que se experimentó en la posguerra fría trataba de ser una trabada respuesta al desasosiego suscitado por el impacto de la globalización. Su visión del mundo como un todo, como un único horizonte compartido, y la subsiguiente ampliación del espacio de lo político resultaban más que pertinentes para comprender los grandes cambios sociales que se estaban produciendo en todo el planeta.
Aunque ha sido desechado por la gran mayoría de los actuales mandatarios mundiales, el ideal cosmopolita mantiene no sólo un amplio atractivo como marco de interpretación, sino que su subyacente componente normativo se presenta como una sugestiva manera de enfocar y responder a grandes retos que tenga en cuenta las perspectivas de los demás más allá del propio contexto inmediato.
Estamos asistiendo, sin embargo, a ciertos modos de gestionar las crecientes interdependencias y los procesos transnacionales asociados a la globalización que no sólo cercenan en la práctica la legítima autonomía de los Estados soberanos, sino que generan un progresivo vaciamiento democrático de las instituciones políticas.
La democracia más allá de las fronteras nacionales
A la urgencia de articular respuestas más democráticas e inclusivas a los desafíos que plantea la globalización responden una gran parte de las tesis desplegadas por autores tan destacadsos como Jürgen Habermas o Luigi Ferrajoli en las últimas décadas. Ambos están convencidos de la necesidad de construir y organizar democráticamente una sociedad cosmopolita, una sociedad en la que todos los seres humanos se sientan ciudadanos y ejerzan como tales para responder a los desafíos de un mundo efectivamente globalizado.
Son bien conscientes, no obstante, de que unas de las primeras trabas se encontrarían en la resistencia de los Estados nacionales a transmitir derechos de soberanía a organismos supranacionales.
A diferencia de las respuestas que nos brinda el realismo político, que confunde lo realmente existente con lo posible, estos autores nos presentan fórmulas rompedoras y exigentes. Su apuesta por el universalismo, los derechos humanos y las instituciones de gobernanza global que los amparen es, muy probablemente, una de las grandes causas no sólo de nuestro presente, sino también de los tiempos que se avecinan. El tamiz de la historia determinará si son también ideas cargadas de futuro.
Dadas las actuales circunstancias nada favorables al cultivo de la utopía, unas circunstancias en las que la atrofia de la imaginación política campa por sus respetos, es de agradecer que haya quien aún sea capaz de concebir una sociedad internacional razonablemente distinta a la realmente existente, una sociedad plural y abierta a la alteridad, gravitada en torno a la discusión y el consenso, sabedora de su finitud y contingencia, atravesada necesariamente por conflictos y contradicciones.
Es precisamente en estas circunstancias cuando urge reivindicar un sentido ampliado de los deberes de justicia que tenga en consideración los intereses de todas las personas que habitamos el planeta Tierra, una comprensión de la justicia que sobrepase el acotado terreno de cada sociedad encerrada en sus propias fronteras.
Juan Carlos Velasco es autor de Anatomía de la frontera (Madrid: Tecnos, 2025). Su próximo libro llevará por título Democracia sin fronteras (Madrid: Trotta, 2026).
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Juan Carlos Velasco no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado y de sus funciones como Investigador Principal del Proyecto “Desigualdades, privilegios y justicia global – PRIVILEGIA” (PID2022-136448OB-I00), financiado por el Plan Estatal de I+D del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
– ref. Contra la ley de la selva: una alternativa cosmopolita a la geopolítica de las superpotencias – https://theconversation.com/contra-la-ley-de-la-selva-una-alternativa-cosmopolita-a-la-geopolitica-de-las-superpotencias-272914
