Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Martín Freire-Lista, Geólogo. Investigador Ramón y Cajal. Atracción de talento. Especialista en patrimonio cultural, Instituto Geológico y Minero de España (IGME – CSIC)

A más de 3 000 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera kirgui de Ferganá, los grabados rupestres del valle de Saimaluu Tash cuentan la historia de una población que se resiste a perder sus tradiciones ancestrales. No lo hacen con palabras, sino con imágenes: mapas de situación y migración de ungulados, así como escenas de caza ilustran las piedras de este valle glaciar.
Son los petroglifos de Saimaluu Tash (piedra estampada en kirguís), uno de los conjuntos de arte rupestre más grandes y mejor conservados del mundo, con decenas de miles de grabados que abarcan desde la Edad del Bronce hasta el periodo túrquico.
Estos petroglifos no son solo arte: son vestigios de la memoria de una cultura nómada a punto de desaparecer. Reflejan escenas cinegéticas, mapas y lugares apropiados para la caza y el pastoreo, combinado influencias locales e indoeuropeas. Las representaciones más frecuentes son principalmente íbices y ciervos. También aparecen lobos, zorros, jabalíes, así como figuras antropomórficas, escenas de caza y agrícolas y animales domesticados como caballos, camellos, vacas, yaks y perros.

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Además, en ellos se pueden observar senderos en zigzag, indicando rutas de tránsito de animales cinegéticos. Estos grabados parecen tener una ubicación comunicativa. Por lo tanto, estas piedras ofrecen un registro excepcional de la evolución de la caza y sus útiles. Son testigos de un tiempo en que pastores y agricultores de altura dejaron su visión grabada en las piedras para quien supiera leerla, aportando un testimonio excepcional sobre la tradición nómada centro asiática.
Una misión científica para proteger
En este paisaje de glaciares, morrenas y praderas de altura, el equipo internacional multidisciplinar que dirijo desarrolla un estudio pionero: analizar las piedras que sirven de soporte a estos grabados. Los geólogos Ramón Jiménez y Javier Luengo, del Centro Nacional Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), están analizando su petrografía y porosidad. Con los resultados se podrán explicar las características petrofísicas que han permitido el grabado de arte rupestre y su conservación.
Analizando el color y la rugosidad de los mismos grabados se podrá obtener información sobre las técnicas utilizadas y su edad relativa. Además, utilizando técnicas de termoluminiscencia en los restos de cazuelas cerámicas encontradas en la excavación arqueológica a 1,70 metros y espectroscopía de masas en los carbones encontrados al lado de estas cazuelas, se podrá conocer la edad de los petroglifos.
La geomorfóloga Julia García-Oteyza Ciria estudiará la formación de las morrenas y las datará para reconstruir la evolución glaciar del valle y relacionarla con los periodos de ocupación nómada en los que se realizaron los grabados. Esto permitirá determinar no solo cómo se acumularon las piedras, sino también cómo el relieve influyó en las que se elegían para ser grabadas, ya que se puede observar una gran concentración de petroglifos en la acumulación de piedras longitudinal al valle, pero también existen miles de bloques dispersos con grabados rupestres.
Estas piedras, acumuladas por procesos glaciares durante miles de años, presentan una brillante pátina de color oscuro. Al raspar esta pátina, resurge un color pardo, generando un contraste cromático que permitió la creación y conservación del arte rupestre. Los biólogos Sergio Pérez-Ortega, científico titular del Real Jardín Botánico (CSIC), y Asunción de los Ríos, investigadora científica del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), especialistas en diversidad de líquenes y microorganismos asociados a sustratos líticos, analizarán mediante métodos moleculares la composición biológica y el desarrollo de estas pátinas para comprender los procesos que, sin proponérselo, han hecho más visibles los petroglifos.

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El proyecto cuenta con un pilar fundamental: la arqueóloga Aidai Sulaimanova, que actúa como enlace entre el IGME-CSIC y las instituciones kirguisas, aportando además el marco histórico y cultural necesario para interpretar los hallazgos. Su participación garantiza que el trabajo científico esté alineado con las necesidades de preservación y valorización del patrimonio local.
Este conocimiento será esencial para plantear estrategias de conservación frente a amenazas como la meteorización, el cambio climático o el creciente turismo. Después de todo, la investigación pretende sentar las bases científicas para proteger el lugar e incluirlo en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Mirar al pasado para proteger el futuro
El valle glaciar de Saimaluu Tash es un escenario singular: depósitos morrénicos, lagos en forma de corazón, laderas esculpidas por la erosión, y un microclima que, paradójicamente, ha ayudado a preservar los grabados. Al investigar en él no solo queremos conocer la historia geológica de las piedras, sino entender el contexto que permitió que estos grabados rupestres se hayan conservado casi intactos durante miles de años. Después de todo, la historia geológica del valle está entrelazada con la historia humana que estos representan.
Aunque su difícil acceso, a seis horas de camino por un sendero y nueve meses al año bajo nieve, ha protegido los grabados, las huellas del cambio climático y el vandalismo empiezan a ser visibles. La nieve, la altura y el aislamiento son aliados, pero no eternamente. De hecho, el glaciar que originó este espectacular paisaje está desapareciendo.

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Hoy en día, las comunidades nómadas de Kirguistán conservan un estilo de vida ancestral basado en el pastoreo y la convivencia en las montañas. Cada verano, las familias se desplazan a los pastos altos y levantan sus yurtas, hogares circulares tradicionalmente de fieltro. Allí crían caballos, vacas, yaks y ovejas que pastan en las praderas.
Los que viven en los alrededores de Saimaluu Tash mantienen hoy una relación más territorial que ritual con los antiguos grabados rupestres. Aunque continúan usando esos mismos pastos y montañas, ya no se instalan en Saimaluu Tash en verano, pues la zona está protegida. Más que como parte activa de sus prácticas tradicionales, su vínculo actual con los petroglifos es de respeto e identidad: reconocen el sitio como un legado de sus antepasados y un símbolo cultural de la región.
Ahora, más de siglo después de la primera visita del pintor, etnógrafo y topógrafo Nikolay Gavrilovich Khludov en 1902, la ciencia española, en colaboración con expertos kirguises, vuelve a escuchar el mensaje grabado en las piedras de Saimaluu Tash hace miles de años. El reto es doble: descifrarlas y, sobre todo, asegurarnos de que sigan hablando durante muchos más milenios.
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David Martín Freire-Lista es un contratado Ramón y Cajal. Atracción de Talento del IGME-CSIC. Esta publicación es parte del contrato RYC2023-042760-I, financiada por MCIU/AEI/10.13039/501100011033 y por el ESF+
– ref. En las alturas de Kirguistán buscamos descifrar y proteger los grabados rupestres del valle de Saimaluu Tash – https://theconversation.com/en-las-alturas-de-kirguistan-buscamos-descifrar-y-proteger-los-grabados-rupestres-del-valle-de-saimaluu-tash-265416
