El puertorriqueño Bad Buny saliendo de un partido de baloncesto celebrado en el Madison Square Garden, Nueva York. GlobeTrotPix/Shutterstock
Los escándalos corporativos, los discursos percibidos como artificiales y la desconfianza social debilitan la credibilidad de directivos y marcas. Si en los últimos años la legitimidad de algunas organizaciones se ha visto erosionada por crisis de reputación y confianza, al mismo tiempo, empleados y consumidores –y especialmente las generaciones más jóvenes– exigen a las empresas coherencia, transparencia y posicionamiento claro.
Ya no basta con declarar valores, se espera que se traduzcan en decisiones y comportamientos visibles. Así, la autenticidad ha dejado de ser un atributo deseable para convertirse en una ventaja competitiva para las organizaciones.
En este contexto, gana fuerza el estilo de liderazgo auténtico, que se basa en la autoconciencia, la transparencia en las relaciones y una base ética sólida, y va más allá de un concepto atractivo. Diversos estudios sobre el tema muestran sus efectos reales en las organizaciones: alinear valores y acciones favorece la confianza y el compromiso, facilita el liderazgo en entornos complejos, y mejora el bienestar de los empleados y la sostenibilidad organizativa en contextos inciertos.
Mientras las empresas invierten recursos en parecer auténticas, algunos referentes fuera del mundo corporativo lo consiguen sin aparente esfuerzo. No es una cuestión de comunicación sino de coherencia. Y, en ese terreno, el caso del músico puertorriqueño Bad Bunny ofrece una lección inesperada para el liderazgo auténtico en las organizaciones.
Bad Bunny: autenticidad sin estrategia aparente
La trayectoria de Bad Bunny es un buen ejemplo de autenticidad. Lejos de adaptarse a las normas dominantes de la industria musical, ha construido su propuesta desde una coherencia sostenida entre la identidad personal, el discurso público y las decisiones profesionales.
“Nunca he hecho una canción pensando: ‘Esto es para el mundo, esto es para captar al público gringo’, nunca. Hago canciones como si solo fueran a escucharlas los puertorriqueños”.
Al mantener el uso del español en un mercado global, adoptar una estética que desafía normas de género y posicionarse sin ambigüedades sobre cuestiones sociales, el artista no parece seguir una estrategia de autenticidad, simplemente actúa en coherencia con lo que es.
Desde la perspectiva organizativa, el caso del puertorriqueño puede leerse como una forma de liderazgo basada en valores, donde la coherencia no es solo una cuestión ética, sino también un activo estratégico.
Este modelo obliga a replantear la autenticidad como recurso competitivo para las organizaciones. La confianza que generan los líderes coherentes no es un intangible difuso: tiene efectos directos sobre el compromiso y el desempeño. Así lo señaló, en 2015, la experta en liderazgo Herminia Ibarra al desarrollar el concepto de paradoja de la autenticidad. Esto es, que los avances profesionales exigen salir de la zona de confort y, a la vez, desencadenan un fuerte impulso para proteger la identidad propia. Según Ibarra, estos momentos son un aprendizaje para el liderazgo eficaz pues permiten evolucionar y crear un estilo personal que se ajuste a las necesidades cambiantes de las organizaciones.
En segundo lugar, pone el foco en la cultura organizativa. Cuando los valores, las prácticas y la comunicación están alineados, la organización gana legitimidad. En sectores como el turismo o los servicios –donde la experiencia depende en gran medida de la percepción del cliente– esa coherencia se traduce en propuestas que se perciben como más reales, tal y como plantearon los expertos en diseño organizacional B. Joseph Pine II y James H. Gilmore al hablar sobre la economía de la experiencia.
Al mismo tiempo, el propio modelo de liderazgo está cambiando. El perfil del líder distante pierde terreno frente a figuras más visibles, cercanas y capaces de posicionarse en cuestiones sociales. Este giro refleja una transformación más amplia en las expectativas sobre las organizaciones. En este contexto, diferenciarse no siempre implica adaptarse, sino reforzar lo propio, algo especialmente relevante para marcas territoriales y destinos turísticos, como subraya la Organización Mundial del Turismo.
El riesgo de intentar “gestionar” la autenticidad
Sin embargo, aquí aparece un riesgo importante. A medida que la autenticidad gana protagonismo, algunas organizaciones intentan gestionarla como si fuera una técnica más. El resultado suele ser el contrario al buscado y aparecen discursos artificiales que erosionan la confianza. Así, cuanto más se intenta proyectar autenticidad como parte de la estrategia empresarial, mayor es el riesgo de ser percibido como inauténtico.
Además, la autenticidad no está exenta de tensiones. Puede entrar en conflicto con objetivos como la eficiencia, el control o la coherencia estratégica. No es un recurso que pueda imponerse ni diseñarse de forma instrumental. Requiere coherencia sostenida en el tiempo, incluso cuando implica asumir costes.
El auge de referentes como Bad Bunny no responde a una moda pasajera sino a un cambio más profundo. En un contexto de creciente desconfianza se buscan comportamientos más coherentes y la legitimidad del liderazgo ya no depende solo de la posición jerárquica, sino de la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio J. Ruiz Alcaraz, Profesor de Inmunología de la Universidad de Murcia e investigador del Grupo de Inmunidad Innata del IMIB, Universidad de Murcia
El sistema inmunitario humano depende de una coordinación exquisita entre distintos tipos de células para proteger al organismo frente a patógenos como virus o bacterias y, al mismo tiempo, no atacar a los tejidos propios. En este delicado contexto, las células dendríticas desempeñan un papel central, ya que actúan como el principal vínculo entre la inmunidad innata, que supone la primera línea defensiva –inmediata, pero no siempre eficaz–, y la inmunidad adaptativa, compuesta por un sistema de defensa más especializado.
Desde su hallazgo y la descripción de sus funciones, que supuso el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2011 para el inmunólogo canadiense Ralph M. Steinman, estas células han sido reconocidas como iniciadoras clave de la respuesta inmunitaria específica. Así se denomina la activación de una serie de células (linfocitos T y B) capaces de atacar a cada patógeno de la forma más apropiada y de guardar memoria inmunitaria para recordarlo y activarse de forma rápida si la misma amenaza vuelve a aparecer.
Pero además de actuar como “agentes de aduanas” (es decir, controlando qué entra en nuestro organismo y dando la voz de alarma cuando hay peligro), las células dendríticas están implicadas en patologías autoinmunes, cáncer y procesos alérgicos. A ello hay que sumar que actualmente son el punto de partida para desarrollar nuevas estrategias terapéuticas.
Origen y desarrollo de las células dendríticas
Las células dendríticas se originan a partir de células madre de la médula ósea, de las que surgen poblaciones con una notable diversidad. A grandes rasgos, se distinguen las células dendríticas convencionales y las células dendríticas plasmocitoides, cada una con sus funciones definidas dentro de la respuesta inmunitaria.
Las convencionales están altamente especializadas en la presentación de las sustancias que el sistema inmunitario identifica como extrañas (antígenos) a los linfocitos T, iniciando así la reacción defensiva frente a los intrusos.
En cambio, las células dendríticas plasmocitoides destacan por su capacidad para producir grandes cantidades de interferones de tipo I, proteínas capaces de combatir infecciones virales, lo que las convierte en un elemento crucial de nuestra inmunidad innata frente a los virus.
Las células dendríticas se distribuyen estratégicamente en tejidos que están en contacto directo con el entorno, actuando como sensores tempranos de peligro. Son especialmente abundantes en la piel, donde reciben el nombre de células de Langerhans, así como en las mucosas respiratorias, intestinales y genitourinarias.
En esas ubicaciones capturan antígenos procedentes de microorganismos, partículas ambientales o células dañadas. Tras la captación de la sustancia sospechosa, las células dendríticas migran hacia los órganos linfoides secundarios, como los ganglios linfáticos y el bazo. Allí presentan a los linfocitos T sus “informes aduaneros” sobre la presencia de elementos extraños, lo que desencadena la respuesta inmunitaria adaptativa.
La función más característica de las células dendríticas es, como señalábamos antes, la presentación de antígenos. Tras capturarlos mediante distintos mecanismos, los procesan en su interior y los colocan en su superficie asociados a moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad (MHC).
Además de presentar antígenos, las células dendríticas proporcionan señales para activar a los linfocitos T y secretan citoquinas –pequeñas proteínas que actúan como señales de alarma– con el fin de determinar el tipo de respuesta defensiva más conveniente. Dependiendo de su estado de activación y del microambiente, pueden inducir respuestas proinflamatorias frente a patógenos o promover tolerancia inmunológica, un mecanismo esencial para prevenir la autoinmunidad y las reacciones alérgicas y favorecer la aceptación de trasplantes. Esta capacidad reguladora sitúa a las células dendríticas también como piezas clave del equilibrio inmunológico.
Implicación en enfermedades humanas
La alteración en la función de las células dendríticas se asocia con numerosas enfermedades. En el caso de dolencias autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico, la esclerosis múltiple, la artritis reumatoide o la enfermedad inflamatoria intestinal, una activación inapropiada puede favorecer que se reconozcan como extraños los pasaportes propios y se desencadene un “fuego amigo” inmunitario.
En el caso de las alergias, las células dendríticas pueden promover una activación exagerada de linfocitos T frente a antígenos ambientales inofensivos (polen, polvo, ciertos alimentos, etc.). En lo referente al cáncer, los tumores suelen interferir en la maduración y función de las células dendríticas, propiciando su evasión del sistema inmunitario. De manera similar, la disfunción de estas células contribuye a que las respuestas inmunitarias contra los patógenos causantes de infecciones crónicas sean ineficaces.
Potencial terapéutico y aplicaciones futuras
El conocimiento detallado de la biología de las células dendríticas ha impulsado el desarrollo de terapias inmunológicas innovadoras. Una de las estrategias más prometedoras es el diseño de vacunas para combatir el cáncer. Según este enfoque, las células dendríticas del propio paciente se cargan con antígenos tumorales específicos y son reintroducidas para estimular una respuesta inmunitaria precisa contra las células cancerosas.
Paralelamente, se están investigando terapias que aprovechan la capacidad de nuestras protagonistas para inducir tolerancia, con aplicaciones potenciales en el tratamiento de enfermedades autoinmunes y en la prevención del rechazo en trasplantes. La idea es restaurar el equilibrio inmunitario sin necesidad de recurrir a una inmunosupresión generalizada del paciente, que puede desencadenar efectos colaterales como la aparición de infecciones oportunistas.
A medida que se profundiza en su estudio, las células dendríticas se consolidan como protagonistas clave en el desarrollo de la medicina del futuro.
Antonio J. Ruiz Alcaraz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología, Universidad de Salamanca
Un trabajador sanitario examina a un niño en busca de ébola durante un brote de 2019 en la República Democrática del Congo.Vincent Tremeau/UNICEF
La velocidad inusual con la que se está propagando el virus del Ébola Bundibugyo puede ser debida a una combinación crítica de factores biológicos, logísticos y sociales. Aquí explicamos algunos de ellos.
1. Detección tardía
Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los ministerios de salud declararon la emergencia a mediados de mayo, las cifras de casos sospechosos y muertes ya eran alarmantes. De ahí la sospecha de que el virus estuvo circulando semanas antes de difundirse la confirmación oficial.
El patógeno pasó desapercibido por dos razones: porque los síntomas iniciales (fiebre, dolores musculares y debilidad) pueden ser confundidos con enfermedades locales comunes como la malaria, y porque los tests rápidos de detección dieron falsos negativos. Lo segundo se explica porque esas pruebas estaban dirigidas a detectar el virus del Ébola Zaire, el que origina brotes con más frecuencia, en lugar del Ébola Bundibugyo.
2. La actividad minera es determinante
Los yacimientos auríferos de Ituri o los de coltán en Kivu del Norte y Kivu del Sur atraen a miles de trabajadores locales, comerciantes y transportistas que se desplazan constantemente. Esta actividad minera acelera la propagación del Ébola debido a la alta movilidad de los mineros hacia otras regiones y países fronterizos.
Además, el hacinamiento en asentamientos informales y la falta casi total de infraestructura de agua y saneamiento empeora la situación, ya que los campamentos mineros artesanales, y en muchas ocasiones ilegales, suelen caracterizarse por un crecimiento urbano descontrolado y densamente poblado. La falta de infraestructura básica de vivienda obliga a las personas a vivir en espacios reducidos y poco higiénicos, lo que multiplica el riesgo de transmisión por contacto directo con fluidos corporales.
3. Deforestación
La deforestación causada por la minería destruye y fragmenta el hábitat de los animales reservorios naturales del virus del Ébola, obligándolos a desplazarse hacia los márgenes de los bosques o a los asentamientos humanos en busca de alimento. Este estrechamiento del espacio compartido aumenta drásticamente las probabilidades de que un humano interactúe con los fluidos de un animal infectado.
Al mismo tiempo, la apertura de caminos forestales y el establecimiento de campamentos mineros informales o ilegales introducen a miles de personas en zonas vírgenes de la selva, creando una zona de contacto directo que dispara el riesgo de transmisión zoonótica.
4. Inseguridad y guerra
La combinación de inseguridad crónica y conflicto armado en la provincia de Ituri y otras zonas de la República Democrática del Congo, como Kivu del Norte, actúa como un catalizador perfecto para la propagación del virus. Las milicias armadas, que se financian mediante la explotación y el contrabando de minerales como el oro o el coltán, exacerban la crisis impidiendo que los equipos médicos rastreen los contactos de los contagiados, bloqueando la llegada de ayuda humanitaria y forzando incluso a la retirada de las organizaciones sanitarias. Así, un recurso económico se convierte en el motor de una catástrofe epidemiológica y humanitaria.
5. Desplazamientos y movimientos transfronterizos
Como señalábamos en el punto anterior, la provincia de Ituri ha sido el escenario en los últimos años de una intensa violencia intercomunitaria y enfrentamientos armados, que han obligado a cientos de miles de personas a huir de sus hogares. Las familias que escapan de la violencia se ven obligadas a hacinarse en campos de desplazados internos o a refugiarse en comunidades de acogida, donde aislar a los enfermos es casi imposible.
Adicionalmente, localidades como Mongbwalu, una importante zona minera rica en oro y uno de los epicentros actuales de los casos de ébola, atraen a una enorme masa de trabajadores altamente móviles. Los mineros ilegales se desplazan sin cesar entre campamentos, zonas rurales y centros urbanos, transportando el virus sin saberlo. La proximidad con Uganda y Sudán del Sur, así como la permeabilidad de las fronteras, implica un flujo diario y constante de comerciantes, transportistas y familias.
6. Desconfianza social y prácticas funerarias tradicionales
Las milicias suelen difundir teorías de conspiración entre la población local, afirmando que el ébola es un invento del Gobierno o de Occidente para exterminarlos o robarles el oro. Esto origina desconfianza hacia las instituciones y retrasa el rastreo de contactos y el aislamiento. También propicia que las comunidades escondan a los enfermos en lugar de llevarlos a los centros de salud.
La sensación de desconfianza aumenta con la súbita llegada de misiones humanitarias, que lleva a la población a percibir la enfermedad como un negocio político o una invención extranjera. Como consecuencia, las familias suelen ocultar a los enfermos, enterrar a sus muertos en la clandestinidad y rechazar con hostilidad los protocolos médicos establecidos hace unos años, vistos como profanaciones insensibles que impedían el tránsito espiritual del difunto.
Por otra parte, los ritos funerarios ancestrales, que implican lavar, vestir y abrazar el cadáver, actúan como potentes focos de contagio debido a la altísima carga viral que presentan los cuerpos tras la muerte.
Para intentar cambiar esta situación, las autoridades sanitarias han implementado una estrategia de “Entierros Dignos y Seguros”, que permiten la observación del rostro y el acompañamiento religioso a distancia. Así se demuestra que la empatía cultural y la participación comunitaria son tan indispensables como las vacunas para contener una epidemia.
7. El papel de la orografía
La orografía accidentada y selvática de la provincia de Ituri es un factor determinante indirecto en la propagación del ébola, ya que aísla a las comunidades rurales y dificulta el acceso de los equipos médicos. Las carreteras, de tierra, son escasas y se vuelven intransitables con las lluvias.
Este aislamiento geográfico no frena la movilidad humana local, pero sí paraliza la respuesta médica al volver extremadamente lento y complejo el transporte de muestras biológicas, el rastreo diario de contactos y el traslado de pacientes hacia los centros de tratamiento. Es un escenario que además alimenta la desconfianza y la resistencia comunitaria ante la llegada tardía de los equipos sanitarios.
A esto hay que añadir que la especial orografía de la zona no dispersa el movimiento humano de forma homogénea en todas direcciones, sino que lo restringe y canaliza, porque obliga a las personas a transitar por pasillos geográficos y fluviales específicos. El relieve accidentado termina funcionando como una cinta transportadora que lleva el virus del Ébola directamente desde el aislamiento rural hasta las puertas de las grandes ciudades.
8. Ausencia de vacunas y tratamientos específicos
La vacuna Ervebo (rVSV-ZEBOV) ha sido el pilar fundamental para frenar los últimos brotes activos en África, mediante la “estrategia de vacunación en anillo” (administrándola a quien tiene más riesgo de infectarse). Por desgracia, esta inmunización y las terapias con anticuerpos monoclonales, mAb114 (Ansuvimab; Ebanga) y REGN-EB3 (Inmazeb), están diseñadas específicamente para el virus del Ébola Zaire; de momento, no existen vacunas y tratamientos específicos contra el Ébola Bundibugyo.
Esta circunstancia desvía el peso de la respuesta médica hacia la salud pública tradicional y el cuidado de soporte intensivo. La contención del brote pasa a depender del aislamiento temprano de los pacientes, un rastreo de contactos extremadamente riguroso, el uso estricto de equipos de protección para el personal sanitario y la implementación de entierros seguros.
9. Transmisión hospitalaria y deterioro de las infraestructuras sanitarias
Las infraestructuras sanitarias de las zonas afectadas sufren debilidades estructurales crónicas debido a la pobreza y al conflicto armado. La afluencia masiva de pacientes satura a los hospitales, que sufren una grave escasez de personal capacitado y de materiales básicos.
Han sido notificadas defunciones de trabajadores sanitarios, lo que apunta a que el virus se ha transmitido durante la atención a las personas infectadas. Al carecer de zonas de aislamiento reales, espacios para el triaje seguro y equipos de protección, los centros sanitarios pueden convertirse en focos de transmisión de la enfermedad, multiplicando los contagios entre los pacientes y el personal sanitario.
10. Ecoturismo
La recomendación de los principales organismos de salud y de los ministerios de exteriores es evitar por completo los viajes no esenciales a la región. La restricción y la drástica caída del ecoturismo –ligado, por ejemplo, a la observación de animales emblemáticos como el okapi o los gorilas de montaña– juegan un doble papel en la gestión de la crisis: la ausencia de turistas mitiga de forma inmediata los riesgos de una catástrofe epidemiológica global, pero eso priva también a la región de los recursos financieros clave para sostener la vigilancia sanitaria.
Menos personas transitando por áreas silvestres significa menos oportunidades de que ocurran nuevos eventos de zoonosis, o de que personas infectadas introduzcan el virus en poblaciones de simios no humanos, como los gorilas de montaña, algo que sería catastrófico para la supervivencia de los animales. Sin embargo, también provoca que las comunidades locales pierdan el empleo y los ingresos derivados del ecoturismo (guías, hospedaje, venta de artesanías, etc.), y que se vean obligadas a recurrir a economías de subsistencia como la minería ilegal o la caza furtiva de animales salvajes en la selva para la alimentación o comercialización local.
Dado que el manejo y consumo de carne infectada es una de las principales vías de inicio de brotes de ébola, la necesidad económica aumenta paradójicamente el riesgo de exposición al virus.
Teniendo en cuenta este escenario y la concurrencia de diversos elementos, variables o circunstancias, el riesgo para la región es elevado, y es muy probable que las cifras de casos sospechosos y fallecimientos sigan aumentando.
Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Aroa Otero Rodríguez, Investigadora en el departamento de Psicología Evolutiva y Comunicación, Universidade de Vigo
Es probable que muchos lectores recuerden haber tenido que realizar una prueba en sus clases de educación física en el instituto que era, para muchos de nosotros, temida y odiada a partes iguales: el llamado “test de Cooper”. Consiste en correr sin parar durante 12 minutos, y tomarse el pulso antes y después para compararlo.
Esta prueba, diseñada en EE UU para el ámbito militar, se usa desde 1968 para evaluar la condición física cardiorrespiratoria, es decir, la capacidad que tiene nuestro cuerpo para transportar y utilizar oxígeno mientras caminamos o corremos. Una persona con buena condición cardiorespiratoria puede correr o caminar largas distancias con menos fatiga, mientras que una persona con una baja condición puede quedarse sin aire fácilmente incluso con esfuerzos moderados.
La condición física cardiorrespiratoria se considera un indicador clave tanto de la salud física y mental como del rendimiento académico en preadolescentes y adolescentes. Sin embargo, no está tan claro que el test de Cooper sea la mejor herramienta para predecir la condición física cardiorrespiratoria en preadolescentes y adolescentes.
En un metanálisis revisé, junto a mis colegas, veinte estudios al respecto de la idoneidad de esta prueba para adolescentes. Y he podido comprobar que las investigaciones no tienen bases sólidas: la mayoría están hechas con escasos participantes, falta preparación previa y los métodos están poco estandarizados.
Falta de precisión
Por ejemplo, casi no se ha estudiado el “error” de la prueba ni cuánto puede variar un resultado de forma natural. No se conoce con precisión cuánto puede cambiar el resultado del test de Cooper simplemente por factores normales del día a día, como el cansancio, la motivación, el clima o el estado físico momentáneo de la persona. Por ello, resulta difícil saber si una mejora en el resultado se debe realmente a un aumento de la condición física o simplemente a una variación normal de la prueba. Tampoco existen pautas claras sobre cómo puede una persona mejorar su rendimiento en la prueba.
Aunque medir pulsaciones antes y después de correr 12 minutos sí que nos da información sobre la capacidad aeróbica (la capacidad de nuestro cuerpo para usar oxígeno al hacer ejercicio), no permite hacer predicciones exactas de la condición física real como la medida en un laboratorio.
Además, existen otros factores que tienen un impacto en sus resultados y que no están relacionados con la salud cardiorrespiratoria. Por ejemplo, algo muy determinante en adolescentes: la motivación. En el contexto de una clase de educación física y ante todo el resto de compañeros muchos adolescentes pueden no esforzarse al máximo. En cuanto a niños menores de 12 años, ni siquiera hay estudios que determinen su idoneidad.
Alternativas más eficientes
Existen otras alternativas al test de Cooper para evaluar la capacidad cardiorrespiratoria de forma más adecuada según la edad o el nivel de condición física. Por ejemplo, el test Course Navette: una prueba de carrera de ida y vuelta de 20 metros al ritmo de señales sonoras que aumentan progresivamente la velocidad.
O la batería de pruebas ALPHA-Fitness, validadas en el ámbito europeo y diseñadas para contextos escolares, que incluye el test de 20 metros y otros indicadores de salud física. Para personas con menor condición física o en etapas preadolescentes, el test de Rockport o test de la milla (caminar 1 609 km lo más rápido posible) representa una opción menos exigente y más segura, ya que no requiere esfuerzos máximos.
¿Cuál es su utilidad?
Pero ¿para qué sirve determinar el nivel de resistencia o la salud cardiorrespiratoria en la clase de Educación Física?
Los resultados de este tipo de pruebas no son, lógicamente, evaluables en el sentido tradicional. La resistencia y su mejora depende de factores como el descanso, la alimentación, el nivel de actividad física diaria, la genética o la motivación hacia el ejercicio.
La evaluación debería valorar otros aspectos igual o más importantes que la resistencia o la condición cardiorrespiratoria: la participación, la constancia, la actitud, el interés por mejorar o el progreso individual respecto al punto de partida. No se trata de premiar solo al alumnado con mejores capacidades físicas, sino de promover una relación positiva y saludable con la actividad física.
Impacto sobre la salud
Usar el nivel de resistencia como referencia de partida permite ajustar las actividades y la programación no solo según el curso, sino según el alumno o alumna en cuestión. Por ejemplo, si se organizan juegos de equipo, relevos o circuitos, se debería ajustar el nivel de exigencia según el resultado del test.
Poner a un grupo de adolescentes a correr durante 12 minutos sin preparación previa ni continuidad posterior tiene un impacto muy limitado sobre la salud. Una única prueba no mejora la resistencia ni crea hábitos saludables por sí sola.
Para que exista un beneficio real, este tipo de actividades debería formar parte de un trabajo continuado, adaptado a la edad y acompañado de una explicación sobre por qué el ejercicio físico es importante para la salud y el bienestar.
Aroa Otero Rodríguez es miembro de Partido Popular.
Cada día, se retiran toneladas de residuos sólidos de bombas, colectores y estaciones de tratamiento de aguas residuales. Una parte importante de esta basura está formada por toallitas húmedas. Lo que para millones de personas es un simple gesto cotidiano, tirarlas por el inodoro, se ha convertido en uno de los grandes problemas invisibles del saneamiento urbano.
En conjunto, el impacto económico de las toallitas húmedas en España supera los 230 millones de euros al año. Solo el Canal de Isabel II retira en la Comunidad de Madrid más de 30 000 toneladas anuales de residuos sólidos, con un coste cercano a los 13 millones de euros. Pero el problema no termina en las alcantarillas: muchas de estas toallitas acaban llegando a ríos y mares a través de vertidos y desbordamientos, dejando imágenes cada vez más frecuentes en riberas y playas, lo que genera un impacto considerable sobre la fauna.
Los hitos de la higiene personal
El papel higiénico es un producto tan cotidiano que apenas pensamos en él, salvo cuando escasea en situaciones excepcionales, como ocurrió durante la pandemia de covid-19. Sin embargo, su aparición supuso una auténtica revolución en la higiene personal y en la vida urbana moderna.
Antes de su expansión, la población utilizaba lo que tenía más a mano: hojas, paja, trapos, periódicos, esponjas o, simplemente, agua. El papel higiénico industrial comenzó a comercializarse a mediados del siglo XIX, popularizándose en el siglo XX con la llegada de los baños interiores y las redes modernas de alcantarillado. Este hecho transformó hábitos cotidianos, infraestructuras urbanas y estándares de higiene.
Su éxito no se debía únicamente a la comodidad. La verdadera innovación estaba en el comportamiento del material. El papel higiénico debía ser lo suficientemente resistente para usarse, pero también lo bastante frágil para deshacerse rápidamente al entrar en contacto con el agua. El saneamiento moderno se construyó, en parte, sobre esa fragilidad deliberada.
Aquella revolución también tuvo costes ambientales importantes asociados al consumo masivo de papel, agua y recursos forestales. Pero, a diferencia de otros productos higiénicos posteriores, el papel higiénico estaba diseñado para integrarse razonablemente bien en las infraestructuras de saneamiento.
Las toallitas húmedas aparecieron comercialmente a finales de los años cincuenta. En un primer momento se utilizaron para la limpieza de manos en restaurantes o durante viajes. Posteriormente, se popularizaron para la higiene infantil. Y ya en las primeras décadas del siglo XXI, comenzaron a comercializarse de forma masiva para uso adulto en el baño.
Las toallitas tomaron el relevo del papel higiénico por un dechado de virtudes: suavidad, limpieza, frescura y cuidado de la piel. La publicidad las presentó como una evolución más cómoda y sofisticada de la higiene cotidiana. Sin embargo, no heredaban el comportamiento material del papel higiénico, y ahí reside gran parte del problema.
Las toallitas no desaparecen
Aunque las primeras generaciones de toallitas húmedas incorporaban una proporción importante de fibras sintéticas, actualmente muchas están fabricadas con viscosa, pulpa de celulosa o algodón. Se trata de materiales potencialmente biodegradables, pero biodegradable no significa necesariamente “desintegrable” en condiciones reales del saneamiento urbano.
La clave está en el diseño. Mientras que el papel higiénico está pensado para perder resistencia rápidamente en contacto con el agua, las toallitas están diseñadas justo para lo contrario: mantener su integridad mientras se utilizan. Deben resistir humedad y fricción sin romperse.
En el hogar esto suele pasar desapercibido. La toallita desaparece aparentemente sin problemas al tirar de la cisterna. Pero durante su recorrido por tuberías y colectores, esa mayor resistencia mecánica favorece que se enreden con otras fibras y residuos, formando acumulaciones que terminan provocando averías y atascos.
Además, incluso cuando están fabricadas con fibras vegetales, su degradación ambiental puede prolongarse durante años. En condiciones secas, algunas pueden tardar décadas en descomponerse completamente, frente a los pocos meses que suele necesitar el papel higiénico.
El impacto económico es enorme. En España, el mantenimiento y limpieza asociados a este problema cuestan cientos de millones de euros cada año. Pero además, muchas toallitas terminan llegando a ríos y mares, donde pueden ser ingeridas por fauna acuática o acumularse en las riberas convirtiéndose en un residuo visible y persistente.
La paradoja dermatológica
La popularidad de las toallitas húmedas se apoya en una idea muy concreta: son más suaves y cuidadosas con la piel que el papel higiénico convencional. Y, en parte, es cierto. La humedad reduce la fricción y puede resultar beneficiosa en situaciones puntuales, como irritaciones o determinadas afecciones dermatológicas.
Sin embargo, eso no significa que su uso intensivo esté exento de riesgos. Muchas toallitas contienen conservantes, fragancias, tensoactivos, lociones o compuestos antibacterianos que pueden alterar la barrera cutánea o provocar dermatitis y alergias en personas sensibles.
Por ello, numerosos dermatólogos recomiendan moderación, especialmente con productos perfumados o destinados a un uso muy frecuente. La sensación de frescura o limpieza absoluta no siempre equivale a una mejora real para la salud de la piel.
Las toallitas húmedas no son una anomalía. Son el resultado lógico de una sociedad acostumbrada a la comodidad del usar y tirar. Del mismo modo que ocurre con pañales, compresas, cápsulas monodosis o numerosos productos desechables, la comodidad inmediata suele ocultar costes ambientales e infraestructurales que permanecen fuera de la vista del consumidos.
En España, la normativa prohíbe arrojar estos productos al inodoro, incluso cuando algunos se comercializan como “desechables por el váter”. Su destino correcto es el contenedor de la fracción resto. Además, en los últimos años se han endurecido las obligaciones de etiquetado y se han multiplicado las campañas de concienciación impulsadas por administraciones públicas y empresas gestoras del agua.
Sin embargo, el problema persiste. En parte, porque existe una contradicción difícil de resolver: el valor comercial de las toallitas reside precisamente en aquello que las hace problemáticas para el saneamiento. Son resistentes, duraderas y eficaces mientras están mojadas.
Quizá el futuro de la higiene pase por soluciones distintas, desde productos realmente desintegrables hasta tecnologías ya habituales en otros países como los inodoros con agua integrados en muchos hogares japoneses. Tal vez, esa sea la tercera revolución higiénica.
Mientras tanto, el reto sigue siendo el mismo: entender que incluso los gestos más cotidianos tienen consecuencias materiales. Y que aquello que desaparece de nuestra vista no desaparece necesariamente del entorno.
Jorge Rodríguez-Chueca recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para la financiación de proyectos de investigación relacionados con el tratamiento de las aguas.
El desbordamiento de un río causado por las fuertes lluvias del fenómeno de El Niño destruyó hogares y vías ferroviarias en el distrito de Chaclacayo, Lima, Perú, el 19 de marzo de 2017.Joseph Moreno M/Shutterstock
El Niño es un fenómeno climático recurrente con efectos en todo el planeta, con una fase fría (denominada La Niña), una neutra y una cálida (El Niño, propiamente). En la primavera boreal de 2026 estamos en una fase neutra, tras una Niña no muy pronunciada, pero los modelos de predicción a unos meses vista nos anuncian, con alta probabilidad, que a mediados de año entraremos en una fase Niño. Este Niño podría convertirse hacia finales de año en uno muy intenso. Se ha llegado a hablar, expresivamente, de un super-El Niño. Pero ¿qué efectos podría tener? ¿Se ha producido algún evento similar en el pasado?
Variación de la temperatura superficial del océano Pacífico tropical entre febrero y mayo de 2026. NOAA
Una corriente “anómala” en el Pacífico
A partir de la vivencia de los pescadores peruanos del siglo XIX se difundió la existencia de una corriente marina cálida “anómala” que, de vez en cuando, bañaba sus costas. La llamaban El Niño, por su llegada en fechas próximas a las de la Navidad.
Estas aguas cálidas procedentes del Pacífico ecuatorial sustituían de vez en cuando a las habituales aguas frías de las costas de Ecuador al sur de Guayaquil, Perú y el norte de Chile. Aguas normalmente con una temperatura bastante baja debido a la corriente fría de Humboldt, que, de sur a norte, recorre esta fachada sudamericana, y al afloramiento de aguas frías profundas.
Como ejemplo, Antofagasta (Chile), junto al Pacífico, y Río de Janeiro (Brasil), en el Atlántico, se sitúan prácticamente en el mismo paralelo, el trópico de Capricornio. Sin embargo, las temperaturas medias de sus aguas marinas son muy diferentes: unos 18 ºC en la ciudad chilena y 24 ºC en la carioca. Para aquellos pescadores peruanos, la llegada de la corriente cálida de El Niño suponía la desaparición de los peces más abundantes y apreciados; en particular, la anchoveta, que necesita aguas frías ricas en plancton.
En la década de los años 20 del siglo pasado, Gilbert Walker, un físico y climatólogo británico, hizo un descubrimiento atmosférico sorprendente. Sin disponer de satélites artificiales, ordenadores, internet, etc., al analizar muchos datos de presión atmosférica, se dio cuenta de que cuando aumentaba en el Pacífico suramericano, disminuía en el norte de Australia e Indonesia, y al revés. Es decir, ambas regiones planetarias, separadas por miles de kilómetros, estaban “conectadas” en cuanto al comportamiento de la presión atmosférica. Eso es lo que hoy llamamos una teleconexión, una conexión a distancia.
Posteriormente, en honor a Walker, este fenómeno de “balanceo” coordinado de la presión atmosférica en el Pacifico sur se denominó Oscilación del Sur. Pero ¿qué tiene que ver El Niño, como corriente marina, con la Oscilación del Sur, un fenómeno atmosférico?
El Niño, además de producir un impacto negativo en la industria pesquera peruana, da lugar a precipitaciones, a veces torrenciales, en las tierras áridas peruanas y del norte de Chile. Precisamente, en esta región chilena se localiza el desierto más extremo del mundo en cuanto a ausencia de lluvia: el desierto de Atacama. En 1957-1958 ocurrió un Niño muy intenso, con precipitaciones torrenciales en Perú y otros países, y una grave sequía en la India y el sureste asiático, lo que impulsó la investigación sobre el fenómeno.
En la década de los 60, Jacob Bjerknes, de una familia de meteorólogos nórdicos, explicó que el calentamiento del Pacífico sudamericano por El Niño estaba vinculado a la Oscilación del Sur, relacionando así íntimamente el océano y la atmósfera. Cuando el anticiclón tropical del Pacífico sur, con su régimen de vientos alisios asociado, que circulan de Suramérica hacia Australia e Indonesia, se debilitan, las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan y comienzan a desplazarse hacia Centroamérica. Allí se bifurcan, sobre todo hacia el sur, por la costa de parte de Ecuador, Perú y Chile: así se genera El Niño.
Bjerknes demostró que la atmósfera y el océano están acoplados, que lo que ocurre en una de las componentes del sistema climático tiene repercusión en la otra. Al juntar las denominaciones de la componente oceánica y la atmosférica surge la expresión El Niño-Oscilación del Sur (ENOS o ENSO, por sus siglas en inglés).
Este mapa muestra las zonas de temperatura superficial del mar que son más altas (rojo) o más bajas (azul) de lo normal. La gran ‘lengua’ roja que se extiende al oeste de Sudamérica forma parte del patrón característico de calentamiento asociado a El Niño. Este mapa concreto de la NOAA, de 2016, muestra uno de los El Niño más fuertes de los que se tiene constancia. NOAA
El episodio más grave del siglo XX
En 1982-83 se produjo El Niño más intenso del siglo XX, con episodios meteorológicos extremos en bastantes regiones del mundo. Entre ellos cabe citar inundaciones en los países del Pacífico americano citados y en el sur de Estados Unidos, sequías en el nordeste del Brasil y en Indonesia, y un invierno muy suave en las latitudes medias de Europa, Asia y Norteamérica.
A partir de ese momento se observó que, de vez en cuando, las temperaturas del Pacífico ecuatorial mostraban una anomalía negativa, es decir, eran más bajas de lo normal. Al tiempo, el anticiclón del Pacífico sur se reforzaba, junto con los vientos alisios. Tal situación era la opuesta a la de El Niño y se denominó La Niña.
En resumen, El Niño comporta aguas cálidas e inestabilidad y La Niña, más frías de lo normal y una estabilidad reforzada, en los países andinos citados. Se vio que conformaban en el tiempo ciclos recurrentes, pero sin periodicidad fija.
El último Niño intenso del siglo XX ocurrió en 1997-98, con graves inundaciones en California, lo que, por tratarse de una región estadounidense, tuvo de inmediato un gran eco en los medios de comunicación.
El fenómeno El Niño puede causar graves sequías en algunas zonas del planeta y fuertes precipitaciones en otras. NOAA
En la cuenca del Mediterráneo, la señal de El Niño o de La Niña es débil, por la singularidad geográfica de la región, pero, aun así, durante un El Niño muy intenso cabría esperar temperaturas más altas de lo normal y, quizá, una mayor probabilidad de episodios pluviométricos extremos.
En todo caso, lo que parecía una circunstancia exclusiva de las aguas donde faenaban los pescadores peruanos, hoy sabemos que es un fenómeno de acoplamiento de la atmósfera y el océano de alcance global, con repercusiones que pueden llegar a ser catastróficas en regiones alejadas de su origen.
Javier Martín Vide no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Cuando se produce una adaptación, la polémica está servida. Antes de que aparezca, algunos lectores ya difunden su veredicto: “El libro es mejor”. Los rituales comparativos también pertenecen al bando contrario, aunque son menos frecuentes: “La película supera el libro”.
¿Por qué nos atraen y, a la vez, nos generan tanta desconfianza las adaptaciones? Muchas veces estamos predispuestos a la negación, pero, aun así, vamos al cine. La respuesta tiene menos que ver con la calidad objetiva de las películas y más con nuestras expectativas como lectores-espectadores (“lectoespectadores”).
El mito de la fidelidad
Debemos admitir que existe una obsesión por la fidelidad. El público evalúa las películas a partir del “respeto” hacia el libro. Así, una adaptación funciona bien si reproduce escenas, mantiene diálogos intactos o configura a los personajes igual.
Este punto de partida, también adoptado por la crítica normalmente, se apoya en una idea implícita de dependencia. El libro es un producto valioso y el cine una versión empobrecida.
Pensemos en las discusiones en torno a la figura de Heathcliff en Cumbres borrascosas. Estas proceden de la elección de un actor blanco, Jacob Elordi, para interpretar a un personaje etnizado (“un gitano de piel oscura” en el libro). Pero… ¿acaso trata la película de incidir en la marginación racial? ¿O pretende alcanzar otro objetivo?
Es cierto que a las adaptaciones, teóricamente, las denominamos “objetos semióticos secundarios”. Sin embargo, la palabra secundario no significa “menos importante” ni “condicionado”.
Si la película Cumbres borrascosas ha generado malestar por sus transformaciones, sucede lo contrario con Hamnet, donde la técnica del guion y de la dirección han recibido elogios. Se han valorado favorablemente la incorporación de una trama lineal, la concesión de mayor protagonismo a Shakespeare o el manejo de la intensidad emocional.
En cualquiera de los dos casos, las comparaciones se vuelven injustas: literatura y cine son artes diferentes que, además, emplean lenguajes y técnicas distintos. Pretender una fidelidad absoluta no solo es imposible, sino conceptualmente erróneo. Una adaptación “literal” sería, paradójicamente, una mala película.
El cine como relectura cultural
Las adaptaciones cinematográficas escogen una obra, reinterpretan su contenido y lo adecuan al público receptor. Por lo tanto, no solo se recupera la historia del libro, sino que esta se recontextualiza culturalmente.
La creatividad humana es hija de su tiempo. Se hace casi imposible realizar una película sobre un clásico sin incorporar, más o menos intencionalmente, los valores y el estilo de vida del presente. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, escribió Italo Calvino.
El aspecto físico de la protagonista de la última versión de La sirenita fue origen de críticas para quienes defendían que la protagonista del cuento era caucásica. Disney
Más que no gustarnos, algunas adaptaciones nos incomodan. No se trata de que traicionen el libro, sino de que lo hacen hablar en otro registro. Las adaptaciones pueden funcionar como un instrumento político que deconstruye los discursos que configuran nuestra manera de pensar.
A este respecto, recordemos las tensiones en torno a la versión de La Sirenita protagonizada por Halle Bailey. Cuando se publicó el tráiler, los espectadores más puristas no simpatizaron con la transformación racial de la figura nórdica del cuento de Andersen. ¿Hubiesen cambiado de opinión sobre el resultado si no se hubiera modificado el color de piel del personaje?
También son las adaptaciones un espejo de la realidad y un termómetro cultural. Volvamos a Cumbres borrascosas y a la elección de Jacob Elordi para Heathcliff. La adaptación se desentiende del trauma social y racial decimonónico. Su reinterpretación del contenido discurre por el camino de una atracción sexual tóxica, fatalista e incompatible a largo plazo. De ahí la elección de dos iconos atractivos, Elordi (Nate Jacobs en Euphoria) y Robbie (Barbie en la película homónima de 2023).
Tampoco deben dejarse de mencionar otros temas que se refuerzan en la película, como las imposiciones de la gestación, la falta de decisión autónoma o las rivalidades estructurales que impiden la sororidad.
La difusión y nuestro horizonte de expectativas
Decíamos que las adaptaciones son “objetos semióticos secundarios” porque implican la difusión de un patrimonio pretérito. En nuestro caso, además, exigen un cambio de medio: pasamos del libro a la pantalla.
Esta transformación motiva la competición entre nuestro imaginario como lectores y las propias imágenes de la película. Afecta, por tanto, a nuestro horizonte de expectativas.
¿Pueden encarnar los actores hollywoodienses a los protagonistas griegos de La Odisea? Esta es la pregunta que se hacen muchos espectadores que dudan de los roles de Matt Damon como Odiseo o Zendaya como Atenea.
Otro tipo de expectativas participan del conservadurismo ideológico. La posibilidad de que el actor trans Elliot Page interprete a Aquiles ha armado revuelo. Hay quienes bautizan a la película como La Wokisea, es decir, La Odisea woke.
Tanto nos condiciona el horizonte de expectativas que, en muchos casos, para que una adaptación funcione necesita que el espectador no reconozca el libro de partida. Basta como ejemplo el éxito de Blade Runner (1982), que viene del libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.
¿Qué hacer ante las adaptaciones?
La respuesta es sencilla: aprender a dialogar con ellas. Hemos comprobado que las miramos con un criterio equivocado. No se trata de pedirles que sustituyan el libro; cuando les exijamos una lectura propia, las disfrutaremos de verdad.
Las adaptaciones no borran las novelas. Al contrario, las releen y nos las acercan. Nos invitan a explorar nuevas perspectivas y a razonar de otro modo. Y sirven, sobre todo, para explicar el pasado a través de las transformaciones del presente.
Ese es su logro: hacer pensar, incomodar, decirnos que la historia se repite pero siempre con nuevos matices.
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Les Académiciens Stéphanie Debette, directrice de l’Institut du Cerveau et Yves Agid, cofondateur de l’Institut, étaient les invités de la Grande Conversation le 20 mai 2026.The Conversation, Fourni par l’auteur
Longtemps négligée, la santé cérébrale s’impose désormais comme un enjeu scientifique, médical et politique majeur. Elle était au cœur du S7, la réunion des académies des sciences des pays du G7 qui se tenait les 18 et 19 mai à Paris. La Grande conversation donne la parole aux porteurs de ce projet, Stéphanie Debette et Yves Agid.
Enjeu majeur de nos sociétés, la santé cérébrale était au programme du S7, un sommet qui réunit les académies des sciences des pays du G7 afin de formuler des recommandations destinées aux dirigeants des grandes puissances économiques mondiales.
À cette occasion, la Grande Conversation, l’émission de The Conversation France et CanalChat Grandialogue, en partenariat avec l’Académie des sciences, réunit deux grandes figures des neurosciences françaises, tous deux Académiciens : Stéphanie Debette, neurologue et directrice générale de l’Institut du cerveau, et Yves Agid, neuropsychiatre et cofondateur de l’Institut du cerveau. Ensemble, ils reviennent sur l’explosion des maladies neurologiques et psychiatriques, les avancées récentes de la recherche et les défis immenses que représente la santé cérébrale pour nos sociétés.
Une personne sur trois sera touchée au cours de sa vie par une maladie du cerveau. Accidents vasculaires cérébraux, maladies neurodégénératives comme Alzheimer ou Parkinson, dépression, troubles psychiatriques : ces pathologies représentent déjà l’une des premières causes de handicap et de mortalité dans le monde. Face à l’augmentation du vieillissement, mais aussi à la progression de certaines atteintes chez les plus jeunes, les chercheurs alertent sur l’urgence d’accélérer la recherche, la prévention et la coopération internationale.
Un satellite se consume en traversant l’atmosphère terrestre. Plusieurs de ces retours de grands satellites se produisent désormais chaque jour. (Agence spatiale européenne/David Ducross), CC BY-SA
Il y a dix ans, l’orbite basse comptait 2 000 satellites actifs. Aujourd’hui, ils sont près de 20 000 et jusqu’à un million pourraient suivre. Une explosion du trafic spatial qui pousse les chercheurs à réclamer des règles internationales plus strictes.
L’essor fulgurant des grandes constellations de satellites au cours de la dernière décennie ouvre la perspective d’un accès quasi universel à l’internet haut débit. Mais cette croissance s’accompagne de risques encore mal compris.
Notre compréhension de l’impact humain sur l’environnement spatial proche de la Terre en est aujourd’hui à un stade comparable à celui des connaissances sur le changement climatique dans les années 1990. Nous savons que l’intensification des activités humaines provoque d’importantes perturbations dans l’environnement spatial, mais nous ignorons encore si un point de bascule est sur le point d’être atteint.
La recherche et les connaissances sur les impacts des activités humaines dans l’espace en sont encore à un stade très précoce. Ainsi, nous ne savons pas vraiment à partir de quel moment certaines altitudes orbitales deviendront tellement encombrées de débris spatiaux qu’elles atteindront leur capacité opérationnelle maximale.
De la même manière, nous savons que les satellites qui se consument lors de leur rentrée dans l’atmosphère terrestre auront des effets importants sur la chimie de la haute atmosphère. Nous savons également que plusieurs de ces retours de satellites se produisent désormais chaque jour, mais les conséquences exactes de ce phénomène restent encore mal comprises.
Une gouvernance spatiale fragmentée
Plusieurs organismes scientifiques conseillent aujourd’hui les pouvoirs publics sur les différents enjeux liés à la durabilité de l’espace. Parmi eux figure le Comité de coordination interagences sur les débris spatiaux, chargé des questions liées à la pollution de l’environnement spatial par les débris.
Autre acteur important : le Centre pour la protection d’un ciel sombre et silencieux de l’Union astronomique internationale, qui coordonne les initiatives destinées à limiter l’impact des satellites sur l’astronomie optique et radio.
Image de NGC 6302, connue sous le nom de « nébuleuse du Papillon », prise par le télescope spatial Hubble. Le télescope est de plus en plus perturbé par les constellations de satellites en orbite basse autour de la Terre. (NASA)
Comme le GIEC, un IPSS devrait s’appuyer sur plusieurs groupes de travail chargés de fournir aux décideurs des synthèses scientifiques transparentes et accessibles. L’un d’eux devrait se consacrer aux sciences physiques de l’environnement orbital. Il s’agirait notamment d’étudier l’état de l’orbite basse terrestre en tant que ressource limitée : évolution des débris spatiaux et des risques de collision, effets de la météorologie spatiale, ou encore modélisation d’un trafic spatial soutenable à l’avenir.
Un satellite se désintègrant en orbite. (ESA/ID&Sense/ONiRiXEL), CC BY-SA
Un autre groupe de travail devrait se concentrer sur les impacts environnementaux et sociétaux des grandes constellations de satellites. Il pourrait évaluer l’appauvrissement de la couche d’ozone stratosphérique causé par les émissions des lancements de fusées, les effets de l’augmentation des retours de satellites dans l’atmosphère, les modifications de la chimie atmosphérique ainsi que les risques accrus d’accidents pour les populations. Il aurait également pour mission de mesurer l’impact de ces constellations sur l’astronomie au sol.
Enfin, un groupe de travail consacré aux politiques publiques et aux mesures d’atténuation pourrait jeter les bases de normes internationales claires concernant la désorbitation des satellites en fin de mission, le retrait actif des débris spatiaux et de nouvelles exigences en matière de licences prenant en compte le risque « systémique » d’une constellation, plutôt que le risque posé par chaque satellite pris individuellement.
L’empreinte du trafic spatial
L’IPSS pourrait aussi être complété par un groupe de travail consacré à l’empreinte du trafic spatial. Inspiré de la Task Force du GIEC sur les inventaires nationaux de gaz à effet de serre, cet organisme aurait pour mission de développer des méthodologies standardisées permettant aux États de mesurer et déclarer leur « empreinte de trafic spatial » — c’est-à-dire la pression exercée par leurs objets spatiaux sur la sécurité et la durabilité de l’orbite basse terrestre.
À l’instar du rôle joué par le GIEC dans l’évaluation des modèles climatiques, l’IPSS devrait également fournir une expertise indépendante sur les affirmations concernant la désintégration contrôlée des satellites — autrement dit la manière dont les satellites sont retirés du service puis désorbités en toute sécurité. Cela impliquerait d’évaluer l’efficacité réelle des technologies de désorbitation, mais aussi notre capacité à suivre les satellites et à estimer précisément leur position.
En mettant en place dès aujourd’hui une approche internationale coordonnée, l’IPSS contribuerait à concilier les immenses promesses des activités commerciales spatiales avec les risques environnementaux qu’elles engendrent — de la même manière que le GIEC pour le climat terrestre face aux activités humaines.
Peter Brown a reçu des financements du Conseil de recherches en sciences naturelles et en génie du Canada, de la National Aeronautics and Space Administration (NASA) des États-Unis, de l’Agence spatiale européenne, de Ressources naturelles Canada et de Recherche et développement pour la défense Canada.
Quelle sont les parcours des personnes immigrées et de leurs descendants en France ? Quelles discriminations ressenties ? Plus largement, quelle est la place de l’immigration dans la société française ? Pour répondre à quelques-unes de ces questions, l’Institut national d’études démographique (Ined) et l’Insee ont mené l’enquête « Trajectoires et Origines 2 »), inédite par son ampleur. Un ouvrage collectif issu de cette enquête menée en 2019-2021, à rebours de certaines idées reçues sur l’immigration, vient de sortir aux Éditions de l’Ined. Entretien avec Cris Beauchemin, qui a codirigé l’ouvrage.
The Conversation : Quels sont les objectifs de cette enquête « Trajectoires et Origines 2 » (TeO2) et quelle méthodologie avez-vous mise en place pour les atteindre ?
Cris Beauchemin : Le but était de dresser un tableau aussi complet que possible de la position des immigrés et de leurs descendants dans la société française. Notre principal instrument : la réalisation d’une nouvelle enquête avec l’Insee, qui renouvelle celle réalisée dix ans après TeO1, sur un nouvel échantillon. C’est une enquête unique par son ampleur, portant sur plus de 27 000 personnes, âgées de 18 à 59 ans, qui ont répondu aux enquêteurs de l’Insee lors d’entretiens durant souvent plus d’une heure.
La collecte, longue, a duré de juillet 2019 à janvier 2021. Cette enquête comporte deux particularités par rapport aux enquêtes classiques de statistique publique. La première est d’être multi-thématique – portant sur l’emploi, le logement, la famille, la santé, les discriminations, les pratiques culturelles, politiques, et religieuses, etc. ce qui fait sa grande richesse. La deuxième est que les immigrés et leurs descendants sont surreprésentés dans l’échantillon afin d’offrir des effectifs suffisants pour pouvoir faire des analyses en fonction des différentes origines.
Enfin, nouveauté de TeO2 par rapport à TeO1, cette enquête permet d’identifier et d’étudier la troisième génération, celle qui a au moins un grand-parent immigré. En raison de l’histoire de l’immigration, cette troisième génération est essentiellement composée de personnes d’origine européenne : nos enquêtés sont des adultes et leurs grands-parents immigrés sont nécessairement arrivés il y a plusieurs décennies, à une époque où la migration était essentiellement européenne.
Quelle contribution de l’immigration au peuplement de la France et quelle « photographie » TeO2 donne-t-elle des origines des Français ?
C. B. : Le principal résultat à retenir est que si l’on additionne les immigrés, les descendants de deuxième génération (ayant au moins un parent immigré) et la troisème génération (ayant au moins un grand-parent immigré), un tiers des Français a un lien direct avec l’immigration. Plus précisément, parmi les 18-59 ans, 13 % sont immigrés et, respectivement, 11 % et 10 % ont au moins un parent ou un grand-parent qui a immigré.
Fourni par l’auteur
Si on ajoute les personnes en couple avec une personne immigrée ou un enfant d’immigré(s), 41 % des individus ont un lien familial fort à l’immigration, soit par ascendance, soit par alliance. L’immigration est donc une composante centrale de la société française. Elle s’y fond au fil des générations par le biais des unions. Parmi les enfants d’immigrés, un sur deux a un parent de la population majoritaire (c’est-à-dire ni immigré ni enfant d’immigré). Quant aux petits-enfants d’immigrés, 95 % ont au moins un grand-parent qui n’est pas immigré.
Dans une perspective historique, quelle évolution est observée dans la composition de l’immigration en France ?
C. B. : La part des immigrés dans la population a augmenté – ce sont les recensements qui nous renseignent sur le sujet –, notamment depuis le début des années 2000.
Fourni par l’auteur
Mais ce qui a surtout évolué, c’est la composition de la population immigrée. L’immigration procède par « vagues », ce que montre très bien un graphique de notre premier chapitre (voir ci-contre).
Principalement non européenne avant 1960, l’immigration s’est peu à peu diversifiée. Les « vagues » se succèdent : le haut de la « vague » d’arrivée des Belges se situe avant 1900, ils ont été suivis par les Italiens et les Polonais au milieu du XXᵉ siècle, puis par les Espagnols et les Portugais dans les années 1970. L’immigration européenne s’est développée seulement à partir des années 1960, d’abord avec les Algériens. Sont ensuite venus les Marocains, les Tunisiens, les Turcs, les Subsahariens et les Asiatiques, surtout depuis les années 2000.
L’inquiétude de certains discours actuels qui relaient l’idée que l’immigration non européenne suivrait une progression inédite dans l’histoire de l’immigration n’est pas fondée. Certes, le graphique montre bien que l’immigration en provenance d’Afrique subsaharienne est en augmentation, mais – alors que la courbe cumule les originaires de tout le continent – elle n’atteint pas le niveau des seuls Italiens au milieu du XXᵉ siècle.
Reste que, aujourd’hui, l’immigration est très diversifiée. Parmi les 18-59 ans, d’après les résultats de TeO2, les immigrés européens sont minoritaires (28 %). Le Maghreb représente un tiers des immigrés, les Subsahariens, environ 20 %, l’Asie, 16 %.
Que dit TeO2 des positions sociales et des pratiques culturelles des personnes immigrées et de leurs descendants ? Observe-t-on une égalisation progressive, une homogénéisation des positions sociales et des pratiques culturelles entre les descendants d’immigrés et ce que vous appelez la « population majoritaire » c’est-à-dire les personnes ni immigrées ni enfants d’au moins un immigré ?
C. B. : Le grand résultat de l’enquête est précisément qu’il y a un hiatus entre l’intégration socioéconomique et l’intégration socioculturelle. Alors que des difficultés d’accès à l’emploi notamment persistent d’une génération à l’autre, on observe une nette convergence vers la population majoritaire sur une grande variété d’indicateurs socioculturels, comme les pratiques linguistiques (le fait de parler le français à la maison avec ses enfants), les pratiques de fécondité ou les normes sociales (par exemple sur le travail des femmes ou la tolérance vis-à-vis de l’homosexualité ou de l’avortement).
Fourni par l’auteur
Ainsi, en génération deux et trois, on arrive à des positions qui sont très similaires à celles de la population majoritaire. On l’observe bien avec les réponses données à la question « En pensant à votre histoire, votre culture familiale et votre identité, de quelle(s) origine(s) vous considérez-vous ? ». Les secondes générations qui ne s’identifient pas à la France ne sont pas plus nombreuses que les personnes de la population majoritaire.
Vous évoquez une « identité à traits d’union », qu’entendez-vous par là ?
C. B. : C’est l’idée que les immigrés et que leurs enfants n’abandonnent pas leur bagage socioculturel, mais qu’ils le combinent à de nouvelles pratiques et de nouveaux sentiments d’appartenance qu’ils adoptent dans l’environnement français qui, lui-même, est divers. On retrouve cette « identité à traits d’union » dans le fait que les immigrés et leurs descendants s’identifient souvent à la fois à leur pays et à la France. C’est le cas de 17 % des immigrés (en plus des 15 % qui ne s’identifient qu’à la France) et de 33 % de leurs enfants (en plus des 39 % pour la France seule).
Et cette homogénéisation observée en matière de valeurs ne se retrouve donc pas au plan socioéconomique ?
C. B. : Les résultats sont nuancés. Ils sont positifs quand on compare les positions sociales des immigrés et de leurs enfants. Les mobilités sociales ascendantes sont plus fréquentes dans les familles immigrées que dans la population majoritaire, parce que les parents sont souvent de position sociale assez modeste.
Du point de vue de l’éducation, le tableau est aussi assez positif. Les personnes de la deuxième génération, dans leur ensemble, parviennent à des niveaux d’éducation très proches de la population majoritaire (la proportion des femmes ayant au moins un bac + 3 est de 26 % pour les majoritaires et de 27 % pour les filles d’immigrés), même s’il existe des inégalités selon l’origine. Selon le stéréotype bien connu, les Asiatiques, par exemple, performent et sont hyperdiplômés par rapport à la moyenne (48 % des femmes ont un au moins un bac + 3). Mais ce qu’on dit beaucoup moins et qui est nouveau par rapport à Teo1, c’est que les personnes de deuxième génération d’origine subsaharienne sont aussi plus souvent titulaires d’une licence ou équivalent que la population majoritaire. C’est davantage qu’en population majoritaire, aussi bien chez les femmes (32 % contre 26 %) que chez les hommes (27 % contre 23 %).
D’ailleurs, sur l’éducation, un autre élément que l’on retrouve dans l’enquête, qui va sans doute à l’encontre des idées reçues, est que les primo-arrivants sont beaucoup plus diplômés que par le passé. Pouvez-vous nous détailler ce résultat ?
C. B. : En effet. Parmi les immigrés arrivés avant 1989, seuls 29 % avaient atteint l’enseignement supérieur avant d’entrer en France. Pour ceux arrivés après 2009, la proportion est à 53 % ! Cela ne veut pas dire que tous les immigrés sont extrêmement diplômés : par rapport à la population majoritaire, ils sont à la fois plus fréquemment sans diplôme et aussi plus souvent plus diplômés. Typiquement, les hommes subsahariens de première génération sont plus souvent titulaires d’une licence ou équivalent que les hommes de la population majoritaire (35 % contre 23 %).
Et donc, pour revenir aux inégalités observées au plan socioéconomique ?
C. B. : Elles sont flagrantes sur le marché de l’emploi. Toutes choses égales par ailleurs, on observe un surchômage très important chez les minorités visibles, notamment les originaires du Maghreb et d’Afrique subsaharienne, aussi bien chez les hommes que chez les femmes. Par exemple, les immigrés d’origine maghrébine ont un risque de chômage augmenté de + 6,2 points de pourcentage par rapport aux hommes de la population majoritaire qui ont des profils comparables. Et l’écart est de +11,7 points pour les femmes. Chez les descendants, qui ont pourtant grandi en France, les écarts persistent. Et des pénalités salariales sont aussi observées. Ces écarts étaient déjà observés dans TeO1. La situation ne s’est pas améliorée.
Cela s’explique essentiellement par la persistances des discriminations. Le chapitre 11 montre qu’il y a une corrélation très forte entre les situations de désavantage sur le marché de l’emploi et les déclarations de discrimination des enquêtés. Cela corrobore les études fondées sur d’autres méthodes de mesure des discrimination, comme des testings (méthode utilisée pour détecter et prouver des discriminations, NDLR) par exemple, mis en place sur le marché de l’emploi ou sur le marché du logement.
Vos résultats montrent globalement une augmentation des discriminations. Comment l’expliquer ?
C. B. : L’ouvrage comporte un chapitre sur les expériences de discrimination et de racisme. Tous motifs confondus (origine, sexe, handicap et autres motifs officiels de discrimination qui peuvent justifier un recours auprès de la défenseure des droits), les discriminations ont en effet nettement progressé entre TeO1 et TeO2. C’est un résultat qui s’explique essentiellement par le surcroît de déclarations de sexisme dans un contexte post #MeToo.
Dans l’enquête figurent aussi des questions sur l’expérience du racisme. Il n’a pas augmenté parmi les minorités les plus visibles, parce qu’il a déjà atteint depuis longtemps des niveaux très élevés : dans TeO2, 36 % parmi les immigrés d’Afrique subsaharienne et 50 % parmi leurs descendants. Chez les ultramarins, la proportion est de 39 % en première génération, 47 % en deuxième génération.
Il y a une augmentation des déclarations de racisme et de discrimination entre la première et la deuxième génération. C’est un phénomène bien connu qu’on appelle le paradoxe de l’intégration. Les personnes de deuxième génération sont nées en France, ont été socialisés en France, sont allées à l’école en France ; elles ont en conséquence plus d’exigences à l’égard du modèle républicain que les premières générations et une plus grande sensibilité qui les conduit à déclarer des faits racistes ou discriminatoires quand elles les subissent.
Quelles pistes de recherche sont à explorer à la suite de l’enquête TeO2 ?
C. B. : La question majeure va de nouveau tourner autour du hiatus entre l’intégration socioculturelle et l’intégration socioéconomique. Idéalement, si on croit au modèle républicain, on voudrait ne plus relever d’inégalités et de discriminations selon l’origine ou l’apparence. La question pour TeO3 sera de déterminer si la société a progressé de ce point de vue-là ou bien si les pénalités socioéconomiques continuent à se transmettre d’une génération à l’autre.
Propos recueillis par Françoise Marmouyet.
L’enquête TeO2 a été rendue possible par le soutien financier de nombreuses institutions, outre l’Insee et l’Ined : le commissariat général à l’égalité des territoires (CGET), la CNAF, la Défenseure des droits, la Dilcrah, le département des statistiques, des études et de la documentation (DSED) du ministère de l’intérieur, le DEPS du ministère de la culture, la Dares du ministère du travail, l’Injep, le secrétariat d’État à l’égalité entre les femmes et les hommes, France Stratégie et Progedo.
Cris Beauchemin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.