Doce días, 82 entrevistas y una lección: la ciencia en directo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Corell Almuzara, Catedrático de inmunología, Universidad de Sevilla

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En doce días he respondido más de ochenta veces a las mismas preguntas sobre el brote del crucero MV Hondius. He dibujado más de veinte infografías para televisiones, radios y pódcasts. Y he comprendido que algo ha cambiado, definitivamente, en lo que la sociedad espera de los científicos.

El hantavirus dejó de ser una palabra desconocida o remota. Aprendimos que se asocia a roedores, regiones australes o manuales de enfermedades infecciosas, y ocupó titulares, tertulias, informativos, redes sociales y conversaciones familiares. Cuando cuento que he atendido 82 entrevistas en esos doce días, lo digo y todavía no me lo creo del todo.

Como inmunólogo y divulgador, lo viví desde un lugar poco habitual: no desde la distancia tranquila del despacho, sino desde el centro mismo de la demanda informativa. Pedí permiso a los estudiantes para contestar el teléfono durante las clases –sabían que era RTVE, Telecinco, Antena 3, el ABC, la COPE o la SER– y les daba igual. Pero cuando el lunes llegué después de haber concedido una entrevista a Jordi Wild en su pódcast The Wild Project –un espacio que quizá muchos académicos no consideran prioritario–, varios estudiantes exclamaron entusiastas: “¡Enhorabuena profesor, le ha entrevistado Jordi Wild!”

Entonces me di cuenta de que yo también era viejo. Este formato llega a una audiencia más joven y masiva que las televisiones convencionales: en once días supera las 800 000 reproducciones.

La pizarra de la cocina

El segundo o tercer día comprendí que las palabras no bastaban. Cada entrevista repetía la misma escena: el periodista preguntaba si el hantavirus era contagioso, yo respondía que sí pero con matices, mencionaba que requería contacto íntimo, y veía en la cara del presentador la duda de qué significaba exactamente “íntimo” en un contexto de salud pública.

Decidí dibujarlo. Una noche, en la cocina de mi casa de Sevilla, abrí un programa de diseño y, con ayuda de un par de herramientas de inteligencia artificial generativa, dibujé las seis situaciones de contacto íntimo que sí suponen riesgo de contagio del virus Andes en el contexto de un crucero: compartir camarote, compartir cama, tener un contacto íntimo o muy cercano, cuidar al enfermo sin protección, manipular ropa o fluidos contaminados o procurar atención sanitaria sin EPI adecuado.

La frase de cierre se escribía sola: “No es cruzarse en un pasillo o compartir brevemente un espacio.”

Esquema de 6 contactos humanos de riesgo.
Elaboración propia

A la mañana siguiente, esa imagen estaba en tres platós de televisión. Para el final del segundo día, había sido reproducida por una agencia de noticias internacional. Y al cabo de la semana, era ya el referente visual que la mayoría de los españoles asociaba a su entendimiento del riesgo de contagio.

Acabé preparando más de veinte infografías sobre cuestiones que cambiaban casi a diario: qué diferencia había entre las cepas americanas y euroasiáticas, los contactos humanos de riesgo, por qué algunos pacientes empeoraban bruscamente o por qué la palabra “letal” no debía confundirse con “pandémico”.

Hubo un día en que no pude comer. Varios días dormí apenas tres horas. Y de esas 82 entrevistas, solo una me ofreció remuneración. Las demás ni lo insinuaron. Yo tampoco lo pedí. No porque el esfuerzo fuera pequeño –fue desmesurado–, sino porque entendí que, en ese momento, estaba realizando un servicio público. Pero este es otro melón que tenemos que abordar en algún momento: el valor relativo que le dan a la ciencia (y a los científicos) los medios de comunicación.

La ciencia en directo no tiene red

Uno de los aprendizajes más duros de estos días es que la ciencia, cuando entra en directo, pierde la esencia de su espacio natural. La ciencia necesita datos, contraste, revisión, prudencia y tiempo. Esto colisiona con lo que nos demandan: la televisión necesita claridad inmediata. La radio necesita frases comprensibles. Las redes sociales necesitan síntesis. Los medios digitales necesitan titulares. Y la ciudadanía necesita respuestas.

El problema es que, en una crisis sanitaria, no siempre hay respuestas sencillas o completas: ¿por qué un país exige una PCR confirmatoria y otro acepta una primera prueba? ¿Por qué unas cuarentenas son obligatorias y otras recomendadas? ¿Cuál es el día cero de una exposición? ¿Qué hacemos con personas que estuvieron en contacto con un caso antes de saber que era un caso? ¿Qué pasa si aparecen síntomas durante la repatriación? ¿Hay que aislar a todos, a algunos o a nadie?

Estas preguntas pueden parecer sencillas cuando se formulan en un plató. No lo son. Combinan biología, salud pública, derecho sanitario, logística internacional, capacidad hospitalaria, criterios de laboratorio, diplomacia y percepción social del riesgo.

Si a esto sumamos que algunos periodistas –afortunadamente los menos– intentan manipular al entrevistado para obtener la respuesta que buscan y tensan aún más el a veces bochornoso desentendimiento entre administraciones, el científico se encuentra en un terreno que no es el suyo.

La otra cadena de transmisión: el miedo

En una zoonosis hay una cadena de transmisión biológica, pero también una cadena de transmisión emocional. El miedo se transmite. La sospecha se transmite. Los bulos se transmiten. La crispación política se transmite. Y, a veces, lo hacen más rápido que el propio virus.

Durante estos días tuve que desmentir ideas absurdas, como que el hantavirus pudiera transmitirse por insectos o que un barco fondeado supusiera un riesgo para la población general por la llegada de roedores nadadores. Algunas de esas afirmaciones no nacían de la ciudadanía anónima, sino de espacios de responsabilidad pública. Cuando la desinformación se reviste de autoridad, el daño se multiplica.

En una intervención en TVE señalé precisamente el riesgo de que los bulos saltaran al terreno político y aumentaran innecesariamente la alarma social. La escena tuvo además un punto humano: tuve que abandonar el programa porque llegaba tarde a clase. Silvia Intxaurrondo, la conductora del programa, lo convirtió en un pequeño homenaje a la docencia y a la divulgación científica. Resume bien estos días: del plató al aula, de la alarma mediática a la obligación cotidiana de seguir enseñando.

He atendido a medios de todas las orientaciones ideológicas. Lo he hecho deliberadamente. En una crisis sanitaria, el científico no puede comunicar solo en espacios afines: hay que hablar allí donde está la ciudadanía. En general, me he sentido querido, buscado y respetado. También ha habido momentos incómodos. Algún entrevistador me trató con modos inadecuados. Y algunas productoras tienen “enganchado” al invitado a la videoconferencia demasiado tiempo antes de tu participación –lo que llaman “estar prevenido”–, sin entender que eso te resta minutos de sueño, de estudio, de comer o de ir al baño.

La comunicación científica no debería ser una prueba de resistencia personal. Pero muchas veces lo es.

La infografía como vacuna contra el ruido

En estos doce días comprobé de nuevo algo que ya había aprendido durante la pandemia: una buena imagen puede explicar en segundos lo que una entrevista tarda varios minutos en ordenar. Por eso preparé más de veinte infografías. No eran adornos. Eran herramientas de precisión comunicativa.

La divulgación visual no simplifica la ciencia si se hace bien. La vuelve accesible. Y en una crisis, hacer accesible la información no es un lujo: es una intervención de salud pública.

No me quejo de haber hecho 82 entrevistas. Las hice porque creo que había que hacerlas. Me preocupa más que hayamos normalizado que esta disponibilidad extrema de los científicos se sostenga sobre voluntarismo, vocación y sacrificio personal. La sociedad necesita expertos disponibles, sí. Pero también necesita cuidar a quienes sostienen esa conversación pública.

The Conversation

Alfredo Corell Almuzara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Doce días, 82 entrevistas y una lección: la ciencia en directo – https://theconversation.com/doce-dias-82-entrevistas-y-una-leccion-la-ciencia-en-directo-282882

¿Nos impide la inteligencia emocional estallar ante una grosería? Esto es lo que dice la ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Irini Mavrou, Associate professor, Universidad Nebrija; UCL

PeopleImages/Shutterstock

A menudo damos por sentado que la forma en que respondemos a un comentario grosero dice algo definitivo sobre nosotros: nuestra personalidad, nuestra cultura, incluso el idioma que hablamos. Si alguien reacciona con calma, suponemos que es una persona paciente. Si responde con brusquedad, podríamos pensar que tiene mal genio.

Pero nuestra investigación sugiere que hay algo más inmediato en juego. En momentos de tensión, interactúan varios factores, y cómo nos sentimos “en ese momento” a menudo determina nuestra respuesta tanto como –y a veces más que– quiénes somos en general.

En nuestro estudio de 2025, publicado en Journal of Pragmatics, exploramos cómo las personas bilingües responden a la descortesía en el lugar de trabajo. Nuestros hallazgos cuestionan una suposición común: que los rasgos estables, como la inteligencia emocional, pueden predecir de forma fiable cómo gestionarán las personas las interacciones difíciles.

En cambio, descubrimos que el estado de ánimo momentáneo tiene un efecto medible en cómo respondemos a la grosería, mientras que los rasgos estables influyen más en la decisión de interactuar. La inteligencia emocional, como rasgo general, no predijo estas respuestas de la forma que cabría esperar.

Trabajamos con 104 personas bilingües en español e inglés. Los participantes completaron primero un cuestionario para medir la inteligencia emocional. A continuación, se les indujo un estado de ánimo positivo o negativo mediante vídeos diseñados para provocar respuestas emocionales. Por último, respondieron a diez situaciones laborales que implicaban descortesía, tanto en español (su lengua materna) como en inglés (su segunda lengua).

Las situaciones incluían críticas directas, comentarios sarcásticos y formas más sutiles de descortesía, como no dar las gracias por un regalo o no ofrecer comentarios tras una presentación.

Este diseño nos permitió plantear tres preguntas clave:

  • ¿Influye la inteligencia emocional en cómo respondemos a la descortesía?

  • ¿Influye nuestro estado de ánimo actual en nuestras elecciones lingüísticas?

  • ¿Reaccionamos de forma diferente en nuestra lengua materna y en nuestra segunda lengua?

Inteligencia emocional: menos decisiva de lo esperado

Una hipótesis central era que las personas con mayor inteligencia emocional manejarían la descortesía de forma más constructiva. Eso no ocurrió. No hubo correlaciones significativas entre las puntuaciones generales de inteligencia emocional y los tipos de respuestas que dieron los participantes.

¿A qué podría deberse? Nuestros resultados apuntan a una distinción importante: la inteligencia emocional no es lo mismo que la moralidad, el carácter o la adhesión a las normas sociales. Ante la grosería, es posible que los participantes se guiaran menos por su capacidad para procesar emociones y más por sus códigos morales personales.

Esto quedó claramente de manifiesto en los comentarios de los participantes con puntuaciones más bajas en inteligencia emocional que optaron por no responder en absoluto a la grosería. Sus respuestas incluían afirmaciones como:

“Mejor no responder que decir algo de lo que me arrepienta”

“No querría rebajarme a su nivel y ser sarcástico”

En otras palabras, alguien que pudiera sentir ira y careciera de las herramientas para regularla podría, aun así, optar por la moderación debido a sus valores. Desde una perspectiva sociocognitiva, la inteligencia emocional puede influir en cómo las personas evalúan internamente la ofensa, pero las normas sociales y la ética personal parecen prevalecer a la hora de decidir lo que realmente dicen.

Esto se hace eco de hallazgos anteriores que indican que, en situaciones de conflicto, la cultura y las normas suelen prevalecer sobre los rasgos emocionales, y la inteligencia emocional actúa únicamente como mediadora.




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Sociabilidad: el rasgo que importa

Aunque la inteligencia emocional general no predijo las respuestas, sí lo hizo una faceta concreta: la sociabilidad. Este rasgo está relacionado con la confianza en la interacción social y la asertividad.

Los participantes menos sociables eran más propensos a permanecer en silencio ante una falta de educación, mientras que los más sociables tendían a responder, a menudo de forma asertiva. Optar por no responder puede ser una forma de lidiar con la grosería: puede significar que la persona se sintió ofendida pero decidió no mostrarlo, o que no quería expresar sus sentimientos abiertamente.

Este hallazgo cuestiona la idea de que nuestras respuestas a la descortesía son un simple “ojo por ojo” recíproco. En cambio, la agencia personal puede influir a la hora de decidir si interactuamos o no.




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El estado de ánimo: el predictor más fuerte

Mientras que los rasgos de personalidad eran predictores débiles, el estado de ánimo resultó ser un factor poderoso. Los participantes con un estado de ánimo negativo protagonizaron contraataques más ofensivos, mientras que aquellos con un estado de ánimo positivo mostraron una mayor aceptación de la descortesía.

Pero la historia es más sutil de lo que parece a primera vista. Aunque las personas con un estado de ánimo negativo respondían de forma ofensiva con mayor frecuencia, las respuestas ofensivas de quienes tenían un estado de ánimo positivo eran a veces más directas, contundentes y con un lenguaje más duro. Esto sugiere que el buen humor puede reducir la preocupación por las expectativas sociales, lo que conduce a menos arrebatos, pero más severos.

Estos patrones concuerdan con investigaciones psicológicas que muestran que el estado de ánimo afecta al cuidado con el que procesamos las normas sociales. Los estados de ánimo negativos pueden desencadenar un procesamiento más restringido y socialmente consciente, mientras que los estados de ánimo positivos pueden conducir a una adhesión menos estricta a las normas.

No hay diferencias entre idiomas

Uno de los resultados más sorprendentes fue lo que no ocurrió. Esperábamos que los participantes fueran más tolerantes con la falta de cortesía en inglés –su segunda lengua–, partiendo de la base de que una segunda lengua conlleva menos carga emocional. En cambio, las respuestas fueron sorprendentemente similares en ambos idiomas.

Esto puede deberse a:

  • Transferencia pragmática: los participantes aplicaron los mismos patrones de respuesta social de su lengua materna a su segunda lengua

  • Alto dominio del inglés: todos los participantes tenían un nivel de dominio del inglés de intermedio alto o superior

  • La influencia de las creencias personales y la identidad social, que prevalecen sobre las diferencias lingüísticas.

En resumen, cuando las personas se sienten ofendidas, parecen recurrir al mismo conjunto de herramientas pragmáticas, independientemente del idioma que utilicen.




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Implicaciones para el lugar de trabajo

Nuestro estudio tiene claras implicaciones para la comunicación en el lugar de trabajo.

Las recientes conversaciones sobre el bienestar y la salud mental han fomentado la transparencia sobre el estado de ánimo en entornos profesionales. Y esta franqueza no es un asunto trivial: nuestro estado de ánimo afecta realmente a cómo nos comunicamos bajo estrés. Una mañana tensa, una reunión desastrosa o preocupaciones personales pueden hacernos más propensos a responder con dureza a un compañero. Un buen día, sin embargo, puede hacernos más tolerantes o, en ocasiones, más directos.

Para el aprendizaje de idiomas y la comunicación intercultural, los hallazgos son igualmente importantes. Enseñar normas pragmáticas o culturales en una segunda lengua puede no ser suficiente. Comprender cómo interactúan las emociones, la personalidad y las normas sociales es clave para gestionar los conflictos entre idiomas.

El título de nuestro estudio, “Cómo somos frente a cómo nos sentimos”, resume su mensaje principal. Ante una grosería, cómo nos sentimos en ese momento puede importar más que la personalidad. La inteligencia emocional no predijo las reacciones de forma directa. Es probable que el estado de ánimo y la sociabilidad se combinaran con la moral personal y las normas sociales para dar forma a lo que los participantes dijeron realmente.

En la vida cotidiana, esto significa que nuestra respuesta seca a un correo electrónico descortés puede que no diga mucho sobre nuestro carácter, pero sí dice mucho sobre si nos hemos saltado el almuerzo, hemos dormido mal o hemos tenido un trayecto al trabajo frustrante.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Nos impide la inteligencia emocional estallar ante una grosería? Esto es lo que dice la ciencia – https://theconversation.com/nos-impide-la-inteligencia-emocional-estallar-ante-una-groseria-esto-es-lo-que-dice-la-ciencia-283617

¿Son moralmente correctas las políticas arancelarias, la persecución de inmigrantes o su regularización? Francisco de Vitoria tiene la respuesta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Jiménez Castaño, Profesor permanente laboral de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Salamanca, Universidad de Salamanca

Protesta en Minneapolis, Minnesota, Estados Unidos, en enero de 2026, tras la muerte de Renee Good, tiroteada por agentes del ICE. Alejandro Díaz Manrique

Aunque vivió entre 1483 y 1546, el burgalés Francisco de Vitoria es reconocido como uno de los precursores de la teoría de los derechos humanos y de las relaciones internacionales. Aprovechando que en este 2026 celebramos el quinto centenario de la fundación de la Escuela de Salamanca, el movimiento intelectual que él mismo puso en marcha gracias a su docencia en la universidad del río Tormes, queremos recuperar una tesis central de su pensamiento: el ius communicationes o derecho a la comunicación.

Este principio aparece por primera vez en su Relección sobre los indios de 1539 y será clave para justificar la presencia española en América. Además, también es de gran utilidad para analizar casos tan actuales como el cierre del estrecho de Ormuz, la regularización de inmigrantes aprobada en España o la política arancelaria del gobierno de Donald Trump.

El alcance global de la sociabilidad natural del ser humano

Estatua a un hombre religioso con un libro en la mano colocada delante de una iglesia.
Estatua a Francisco de Vitoria en Salamanca.
Luis Rogelio HM/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Para nuestro autor, el ser humano es una criatura que, debido a su frágil condición natural, viene al mundo en desventaja respecto a otros animales. Sin embargo, el hecho de estar dotado de razón y lenguaje le confiere una dignidad superior al del resto de criaturas y una oportunidad única para superar dichas carencias a través de la cooperación con sus semejantes.

Los individuos se agrupan así en sociedades en las que, intercambiando el fruto de su trabajo, pueden cubrir sus necesidades básicas y prestarse ayuda recíprocamente. Esto va más allá de la mera satisfacción egoísta de necesidades materiales: gracias a la palabra, la convivencia y el reconocimiento mutuo se crea una amistad natural entre los habitantes de una misma república.




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Ahora bien, esta simpatía natural que siente el ser humano hacia sus semejantes, ese respeto hacia la dignidad de sus iguales, no se agota dentro de las fronteras nacionales en las que desarrolla su vida. Nos agrupamos en repúblicas para hacer que la prestación del mutuo socorro sea más práctica y eficiente, pero la amicitia desborda estos límites y se extiende por todo el orbe. Así lo señalaba Vitoria en su Relección sobre el poder civil de 1528.

En este sentido, se puede afirmar que la humanidad es una y que el carácter global de nuestra especie condiciona las relaciones entre individuos y entre pueblos.

Relación del ius communicationis con el derecho natural y de gentes

La ley natural es aquella con la que Dios hace que la naturaleza siga su voluntad. Determina que el sol salga todos los días o que los seres vivos nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran.

Ahora bien, Dios habla a cada criatura de acuerdo con su propia esencia, algo que, en el caso del ser humano, implica su racionalidad. Así, aquellas personas que se toman la molestia de reflexionar al actuar saben que tienen que procurar su propia conservación, pero sin hacer a los demás lo que no les gustaría que les hicieran a ellos.

Esto último vuelve a poner de relieve la sociabilidad natural del hombre y demuestra que esta ley natural es un antecedente claro de nuestros actuales derechos humanos. Para Vitoria, la ley natural debe aplicarse en cada país a través de la ley civil que ordena la convivencia entre los miembros de una misma sociedad.

Mientras que el derecho natural atañe a todos los hombres y mujeres, el derecho de gentes rige las relaciones entre los pueblos. Es decir, como no existe una sociedad de naciones, estas deben coordinarse sin la oportunidad de acudir a ningún poder superior. Por tanto, las normas que, de acuerdo con la ley natural, pueden garantizar la pacífica coexistencia entre naciones deben componen el derecho de gentes.

En este sentido, el ius communicationis, el derecho a la libre comunicación, sería un derecho de gentes porque garantiza eficientemente la ayuda mutua entre toda la humanidad.

Sobre el derecho a la libre circulación de las personas

Una primera formulación del ius communicationis permite la libre circulación de personas. A juicio de Vitoria, cualquier individuo puede moverse por el mundo siempre y cuando no viole las leyes civiles de la sociedad receptora.

Y no solo eso. La nación que los recibe está también obligada a hospedar a los viajeros y, en caso de causa motivada, albergarlos y protegerlos. Aquí entrarían, por ejemplo, situaciones que dieran pie a la solicitud de asilo político o la acogida de personas sin recursos.




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Incluso si no se diera ninguno de los casos anteriores, Vitoria asegura que cualquiera que resida largo tiempo en una sociedad receptora –o sus descendientes– tendría derecho a que se le concediese la ciudadanía. Lo más interesante es que ningún gobernante podría impedir esta libre circulación de personas; el que lo hiciese se convertiría en tirano y podría ser sancionado por la comunidad internacional.

Así, el pensamiento de Vitoria colisiona con el trato que el gobierno de Trump está dando a los inmigrantes en territorio estadounidense y, sobre todo, el comportamiento del ICE. También contradice a aquellos que en España criminalizan a los inmigrantes, proponen excluirlos de las coberturas y ayudas sociales o se oponen a la acogida de menores. En cambio, la regularización de quienes demuestran tener arraigo en otro país que no es el suyo y haber contribuido al desarrollo económico encajaría con su propuesta.

Si la humanidad es una y todos tenemos la obligación de socorrer a nuestros iguales, negarle ayuda al prójimo sería contrariar la voluntad de Dios.

Sobre el derecho a la libre circulación de las ideas y las cosas

Pero no solo aseguramos nuestra supervivencia y la del resto de la humanidad permitiendo que las personas transiten entre naciones. El libre comercio de mercancías e ideas también contribuye a ello.

Gracias al comercio, las sociedades tienen acceso a bienes desconocidos o que escasean en su territorio. Lo mismo sucede con el intercambio de conocimientos. Vitoria piensa fundamentalmente en la libre predicación del Evangelio en América por parte de los españoles, pero su tesis puede hacerse extensiva a otros casos. Tampoco en esta situación pueden los gobiernos impedirle a sus ciudadanos que comercien con extranjeros o reciban las ideas que estos quieran transmitirles pacíficamente. Si lo hiciesen se estarían oponiendo al derecho natural y de gentes y podrían ser coaccionados por el resto de naciones para que cesaran en su actitud.




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Relacionar la actualidad con lo que se ha señalado hace un momento no es complicado. Resuena en las prácticas arancelarias que dificultan el libre comercio entre Estados Unidos y el resto de los países o en el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Trump e Irán. También en el control de internet que ejercen algunos Estados.

De hecho, algunos estudiosos creen que el ius communicationis de Vitoria podría ser útil todavía para reglar internacionalmente el flujo de información en la red o para legislar una futura colonización del espacio.

No está mal para alguien que elaboró estos pensamientos hace cinco siglos.


Este artículo surge de la colaboración con la Fundación Ignacio Larramendi, institución centrada en desarrollar proyectos relacionados con el pensamiento, la ciencia y la cultura en Iberoamérica con el objetivo de ponerlos a disposición de todo el público.

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The Conversation

David Jiménez Castaño recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través de un proyecto de investigación del programa Generación de Conocimiento.

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Francisco de Vitoria y el dominio colonial en América

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Izaskun Álvarez Cuartero, Catedrática de Historia de América, Universidad de Salamanca

Detalle de la tabla 13 de la serie de pinturas sobre la conquista española de México, obra de los artistas novohispanos Juan González y Miguel González, pintada en 1698. El detalle representa la coronación de Ixtlilxochitl II como tlatoani de Texcoco en 1520, tras la detención del anterior tlatoani, Cacamatzin. Wikimedia Commons

Este año se celebra el quinto centenario del inicio de la docencia de Francisco de Vitoria como catedrático de prima de Teología en la Universidad de Salamanca y, por consiguiente, la conmemoración del inicio de la Escuela de Salamanca. El dominico impartió varias relecciones que habrían de convertirse en la piedra angular del debate sobre la presencia de los castellanos en América.

Estatua de Francisco de Vitora en Salamanca.
Estatua de Francisco de Vitora en Salamanca.
Raúl Hernández González/Wikimedia Commons, CC BY

La relectio (lección que se repetía para profundizar con mayor reflexión en una materia) fue un método habitual en la práctica docente de Vitoria. Las relecciones relacionadas con los asuntos de las Indias fueron cuatro: la Relectio prior de Indis recenter inventis (Relección primera de los indios últimamente descubiertos), conocida abreviadamente como Relectio de Indis (Sobre los indios), fue pronunciada originalmente en 1539, aunque algunas fuentes la sitúan un año antes.

En ese mismo curso pronunció la Relectio posterior de iure belli Hispanorum in barbaros (Relección segunda de los indios o del derecho de guerra de los españoles a los bárbaros), a la que siguieron De temperatia (Sobre la templanza) y Relectio de magia (Sobre la magia). Sus discípulos recopilaron las notas y apuntes para publicar póstumamente estas lecciones, un texto que dio lugar a una primera edición editada en 1557 por el impresor Jacques Boyer en Lyon.

La recepción historiográfica de Francisco de Vitoria (1483-1546) se ha inclinado a consolidar una imagen hagiográfica, que lo presenta como defensor de los indígenas y fundador del derecho internacional, en disputa con la figura de Hugo Grocio. Esta circunstancia, sin embargo, resulta no solo limitante y reduccionista, sino que tampoco obedece a una lectura minuciosa de los textos recogidos por sus discípulos.

La aproximación dominante a su obra continúa siendo, en gran medida, conservadora y acrítica. Y así, favorece un discurso que omite deliberadamente los mecanismos jurídicos y teológicos que encierran las relecciones de Vitoria para dar luz verde a la ocupación y dominio de las Indias.

Deber de intervenir, derecho de llegar

Una de las omisiones más llamativas en los estudios sobre la colonización en Vitoria es la exclusión sistemática de De temperatia, lección que no puede ir separada de De Indis, porque ambas están íntimamente relacionadas.

En De temperatia se abordan los sacrificios humanos y la antropofagia. El argumento central es que dichas prácticas violaban el derecho natural al atentar contra la vida y la dignidad humanas. Por tanto, los estados cristianos tenían el derecho y el deber de “caridad” de intervenir para proteger a las víctimas inocentes. Este razonamiento constituye uno de los títulos de dominación más firmes del entramado discursivo de Vitoria; es, sin duda, la llave maestra que permitió modular y legitimar el régimen virreinal. Su persistente omisión en los análisis dedicados a su obra no es inocente: suprime la arquitectura argumentativa más eficaz sobre la que descansa la justificación de la colonización.

Grabado de gente retratada cortando y cocinando a seres humanos.
La tesis de Vitoria en la que se consideraba que había que proteger a la gente de los sacrificios humanos y la antropofagia se utilizó para investir a los colonizadores de autoridad para gobernar sobre los indígenas.
Wikimedia Commons

El segundo dispositivo discursivo central en su obra es el ius communicationis, el derecho a viajar y comerciar que el dominico esgrimió para legitimar la llegada y presencia castellana en América. Según esto, si las poblaciones originarias se oponían, violaban el derecho natural, lo que a su vez legitimaba la guerra justa. Este binomio y la articulación de ambas tesis –intervención castellana para impedir los sacrificios y el derecho que otorgaba el ius communicationis– construyó una coherente justificación colonial para las ambiciones de la monarquía hispánica.

Llama la atención que esta lectura esté ausente de las celebraciones de Vitoria, más centradas en auparlo como fundador del Derecho internacional por ser responsable de De Indis. Aquí afirmaba que los dueños legítimos de sus tierras eran los naturales y que ni el papa ni el emperador tenían derecho universal sobre América, una tesis revolucionaria para la época, desde luego.

De temperatia y De ius communicationis, así como De magia posterior, una de las relecciones menos conocida, sirvieron de bloque monolítico para luchar contra los sacrificios rituales, la antropofagia y la extirpación de las idolatrías. Llama la atención que estos tres textos continúen vivos en la actualidad en el espejismo imperial del imaginario español.

Cómo definía a los indígenas

El elemento más revelador de la argumentación vitoriana, y el que mejor ilustra su función colonial efectiva, es el uso que hace de las categorías jurídicas de amens y miser. El término amens, proveniente del latin a-mens, designaba en el derecho romano y medieval a quien carecía de capacidad racional suficiente para gobernarse a sí mismo. Era el equivalente a la interdicción civil por enfermedad mental. El amens no podía celebrar contratos, administrar sus bienes, ni tomar decisiones jurídicamente válidas sin la intermediación de un tutor.

Imagen a color de diferentes personas tocando diferentes instrumentos de percusión.
Aztecas tocando diferentes tambores en una imagen del Códice florentino.
Wikimedia Commons

Lo que Vitoria realiza con este concepto es de una eficacia jurídica notable: coloca a los indígenas en el límite de esa categoría sin declararlos formalmente amentes. En la “cuestión cuarta” de De Indis señala que los bárbaros “no son amentes, sino que a su modo tienen el uso de la razón”, para afirmar luego, en el “Tercer título legítimo”, que “distan muy poco de los niños, por lo cual no son aptos para constituir o administrar una república legítima”. La argucia conceptual es precisa al situarlos en esa zona liminal y produce el mismo efecto jurídico que la amentia plena, justificando que otros los gobiernen.

Frente a este paradigma, el miser designa al hombre desamparado, cuya vulnerabilidad no remite a la ausencia de razón, sino a una situación circunstancial de desamparo. Para Bartolomé de las Casas, el indígena era racional y se hallaba en estado de miseria a causa de la violencia colonial, no por defecto de sus naturales. La tutela que se deriva del estatuto de miser es, por tanto, provisional y exige reparación. Si el indígena es amens, la tutela es indefinida e irremediable.

Esta distinción estructura el núcleo del debate sobre su naturaleza en la primera modernidad colonial. En la práctica, predominó la lógica de Vitoria. Sin embargo, la legislación adoptó el lenguaje más compasivo del miser, que convertía a las poblaciones indígenas en personae miserabile. La distancia entre el lenguaje compasivo y la función colonial real es, en última instancia, el terreno que una lectura crítica de Vitoria está obligada a cartografiar.


Este artículo surge de la colaboración con la Fundación Ignacio Larramendi, institución centrada en desarrollar proyectos relacionados con el pensamiento, la ciencia y la cultura en Iberoamérica con el objetivo de ponerlos a disposición de todo el público.

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The Conversation

Izaskun Álvarez Cuartero es miembro de la Asociación Española de Americanistas.

ref. Francisco de Vitoria y el dominio colonial en América – https://theconversation.com/francisco-de-vitoria-y-el-dominio-colonial-en-america-283174

¿Nunca gana al Monopoly? La economía y las finanzas explican por qué algunos jugadores dominan siempre la partida

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Álvaro Melón Izco, Profesor Permanente Laboral de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de La Rioja

Andronos Haris/Shutterstock

Casi todo el mundo ha vivido la misma situación: una partida de Monopoly que empieza como entretenimiento familiar y termina con un jugador acumulando propiedades, dinero y poder mientras el resto cae lentamente en la bancarrota. Aunque solemos pensar que todo depende de la suerte de los dados, las matemáticas y las finanzas cuentan una historia muy distinta.

El Monopoly no es simplemente un juego de azar. Es un modelo simplificado de cómo funciona realmente la inversión y la acumulación de riqueza.

El tablero no es tan aleatorio como parece

La mayoría de los jugadores asume que todas las casillas tienen la misma probabilidad de ser visitadas. Pero eso es falso.

Las reglas del juego generan zonas mucho más transitadas que otras. La principal razón es la cárcel, que funciona como un auténtico atractor probabilístico (el estado al que tiende a evolucionar un sistema a lo largo del tiempo, basándose en la probabilidad). Es decir, a la cárcel se puede llegar de muchas formas: cayendo en la casilla correspondiente, sacando tres dobles seguidos o mediante cartas de “Suerte” y “Caja de comunidad”. Esto provoca que las casillas situadas a continuación reciban muchas más visitas que otras partes del tablero.

Además, no todos los resultados de los dados son igual de probables. Al lanzar dos dados, el 7 es la suma que más aparece, seguido del 6 y el 8. Eso hace que determinadas calles tengan una frecuencia de paso mucho mayor.

Como puede observarse, las calles naranjas y rojas –situadas justo después de la cárcel– concentran una parte muy importante del tráfico del tablero.

La razón es puramente matemática. Con dos dados existen 36 combinaciones posibles. El número 7 puede obtenerse de seis maneras distintas (1+6, 2+5, 3+4, etcétera), mientras que el 2 y el 12 solo tienen una combinación posible. Por eso el 7 aparece mucho más veces durante una partida.

Esta distribución de probabilidades tiene enormes consecuencias estratégicas. Los jugadores que salen de la cárcel suelen avanzar entre 6 y 10 casillas, lo que convierte determinadas zonas del tablero en auténticas autopistas de tráfico.

Aplicando el concepto de rentabilidad

Desde el punto de vista económico, una propiedad vale según el dinero que puede generar. Esto parece obvio, pero muchos jugadores cometen el mismo error que muchos inversores en la vida real: confundir precio con rentabilidad.

Las propiedades más caras no siempre son las mejores inversiones. Algunas calles baratas generan proporcionalmente mucho más dinero porque reciben más visitas y permiten recuperar antes la inversión inicial.

Aquí surge un concepto clave de las finanzas: la rentabilidad, que mide cuánto beneficio produce una inversión en relación con el dinero invertido. Y cuando este criterio se aplica al Monopoly, aparecen resultados sorprendentes.

Como se puede observar, algunas propiedades más caras y, por tanto, con mayores ingresos (como las del grupo verde), ofrecen rentabilidades brutas incluso inferiores al 100 %. Mientras, otros grupos de propiedades más baratas y, por consiguiente, con menos ingresos, ofrecen rentabilidades brutas mucho más altas, hasta por encima del 150 %.

El valor esperado

Sin embargo, la rentabilidad por sí sola no basta. Una propiedad puede generar alquileres enormes, pero si casi nadie cae en ella el beneficio real será pequeño. Lo importante es combinar dos elementos:

  • Cuánto dinero genera la casilla.

  • Con qué frecuencia recibe visitas.

En finanzas, esto se conoce como valor esperado. En términos simples:

Ingreso esperado = probabilidad de visita × dinero generado

Este mismo principio se utiliza para valorar inversiones reales, como viviendas de alquiler, centros comerciales o autopistas de peaje.

Cuando se aplica al Monopoly, las conclusiones son claras: las propiedades más valiosas no son necesariamente las más caras, sino las que generan más flujo de caja de forma constante.

El grupo de color más rentable por turno es el de color naranja y la calle Serrano es la casilla más rentable de todo el tablero. Este grupo va seguido de los de color azul claro, azul oscuro y rojo. Por ello, si quiere tener más probabilidades de éxito, debería priorizar la compra de estas propiedades en tu partida.

La rentabilidad marginal

Otro elemento decisivo es saber cuándo construir casas y hoteles. Aquí entra en juego otro concepto económico: la rentabilidad marginal. Es decir, cuánto beneficio adicional genera cada nueva inversión (en el caso del Monopoly, construir una casa adicional).

Los cálculos muestran que la tercera casa suele ser el punto óptimo. A partir de ahí, seguir construyendo sigue aumentando los ingresos, pero cada nueva casa aporta, proporcionalmente, menos rentabilidad que la anterior.

Por eso, muchos jugadores experimentados prefieren extender grupos de tres casas antes que construir hoteles rápidamente.

La escasez también importa

El Monopoly incorpora otra idea económica fundamental: la escasez de recursos. En el juego solo existen 32 casas y 12 hoteles. Eso significa que un jugador puede construir no solo para ganar más dinero, sino también para impedir que los demás crezcan.

Muchos jugadores expertos mantienen varias propiedades con tres o cuatro casas, sin transformarlas en hoteles, para bloquear el mercado inmobiliario del tablero.

Este mecanismo se parece mucho a lo que ocurre en algunos mercados reales: controlar un recurso escaso no solo aumenta beneficios, también limita las oportunidades de los competidores.

¿Cómo ganar al Monopoly?

Aunque el azar influye, los jugadores que mejor entienden estos principios económicos suelen tener más ventaja que el resto. Las estrategias de juego más eficaces suelen ser:

  1. Comprar propiedades desde el principio para controlar el mayor número posible de activos.

  2. Conseguir monopolios o grupos completos de color lo antes posible.

  3. Priorizar las calles con mayor rentabilidad esperada, especialmente las naranjas y rojas.

  4. Mantener liquidez suficiente, hipotecando propiedades poco útiles para seguir invirtiendo.

  5. En fases avanzadas, permanecer en la cárcel puede ser una buena estrategia para evitar caer en monopolios rivales.

Una lección económica disfrazada de juego

Cuando se analiza en profundidad, el Monopoly se parece mucho menos a un juego de azar y mucho más a una simulación simplificada de la economía real: premia a quienes entienden la importancia de la liquidez, la inversión temprana, el flujo de caja y la gestión estratégica de recursos.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que siempre gana la misma persona en casa: no tiene más suerte, simplemente piensa como un inversor.

The Conversation

Álvaro Melón Izco no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Nunca gana al Monopoly? La economía y las finanzas explican por qué algunos jugadores dominan siempre la partida – https://theconversation.com/nunca-gana-al-monopoly-la-economia-y-las-finanzas-explican-por-que-algunos-jugadores-dominan-siempre-la-partida-283189

Affaire Sarkozy : faut-il repenser l’infraction d’association de malfaiteurs ?

Source: The Conversation – in French – By Vincent Sizaire, Maître de conférence associé, membre du centre de droit pénal et de criminologie, Université Paris Nanterre

Nicolas Sarkozy a été condamné en septembre 2025, en première instance, à cinq ans de prison ferme pour « association de malfaiteurs » dans le cadre des soupçons de financement de sa campagne présidentielle de 2007 par la Libye. L’ex-chef de l’État a fait appel de cette décision (à la suite de laquelle il avait passé vingt jours très médiatisés en prison). Ce second procès est en cours, Nicolas Sarkozy reste, entre autres, accusé d’être l’« instigateur » d’une association de malfaiteurs. Au-delà de la gravité des faits reprochés dans cette affaire, que recouvre cette infraction ? Comment est-elle apparue dans la loi française ? A-t-elle sa place dans un État de droit démocratique ?


Comme ce fut le cas en première instance, la poursuite de Nicolas Sarkozy du chef d’association de malfaiteurs en vue de la conclusion d’un pacte de corruption est au cœur de l’accusation formée à son encontre. Comme à l’autonome dernier, ses défenseurs affirment que cette accusation ne reposerait que sur l’existence de relations ou d’amitiés préexistantes, sans la preuve d’un acte matériel de corruption pouvant être reproché à l’ancien locataire de l’Élysée.

D’une certaine façon, ses défenseurs ont raison.

Le délit d’association de malfaiteurs permet d’engager la responsabilité pénale d’une personne sans avoir à établir son implication directe dans la réalisation du crime projeté par l’association : il suffit de démontrer sa participation à l’entente formée à cette fin. Une forme de répression qui, pas plus que l’exécution provisoire d’une condamnation pénale, n’est réservée aux classes dirigeantes. Mais une forme de répression qui, il est vrai, interroge du point de vue des exigences de l’État de droit démocratique.

Un délit créé en réaction autoritaire à la Révolution

Au fondement de l’ordre pénal libéral et républicain proclamé en 1789, il y a en effet la volonté – dans une société désormais fondée sur le primat de la liberté individuelle – de prémunir l’individu de toute forme d’arbitraire des pouvoirs publics. Une protection qui suppose notamment que l’on ne puisse être mis en cause qu’en raison de son propre fait – et non celui d’autrui – et d’actes matériels, non de simples intentions, réelles ou supposées.

Or, en son principe même, le délit d’association de malfaiteurs vient, au moins indirectement, remettre en cause ces garanties. Son introduction dans le Code pénal de 1810 est d’ailleurs l’une des manifestations de la réaction autoritaire aux acquis de la Révolution qui caractérise, pour partie, le Premier Empire. En permettant de retenir la responsabilité pénale de personnes du seul fait de « l’organisation de bandes ou de correspondance entre elles », l’article 266 du Code pénal napoléonien permet ainsi de réprimer une personne aux seuls motifs de son association avec d’autres et aux desseins criminels qu’on leur prête.

Instituée pour lutter contre les « brigands » qui sévissaient à la fin du XVIIIᵉ siècle, cette incrimination va toutefois assez rapidement tomber en désuétude.

En réalité, c’est à la fin du siècle suivant que se forge l’acception contemporaine de l’association de malfaiteurs, qui constitue l’un des outils répressifs adoptés pour lutter contre un mouvement anarchiste alors en plein essor et dont l’action parfois violente va servir de motif à une répression débridée.

En décembre 1893 et juillet 1894, trois lois, bientôt qualifiées de « scélérates », sont adoptées dans le but explicite de donner le maximum de latitude au pouvoir répressif face aux menées anarchistes. Promulguée le 18 décembre 1893, c’est la deuxième qui introduit le délit d’association de malfaiteurs dans sa forme actuelle, la définissant comme « tout groupement formé ou entente établie en vue de la préparation » d’une infraction.

Transposé dans le Code pénal en 1981, ce délit verra son champ d’application étendu en 1994 puis à nouveau en 2001 : ne ciblant initialement que les associations formées en vue de la préparation d’un crime, il vise aujourd’hui toute préparation collective d’un délit puni d’au moins cinq ans d’emprisonnement. En 1996, le législateur introduit parallèlement l’infraction d’association de malfaiteurs terroriste, dont les éléments constitutifs sont les mêmes, la spécificité ne tenant qu’à la nature du projet criminel.

Un risque arbitraire fort

Dès l’origine, ces éléments constitutifs sont rédigés de façon particulièrement large, pour ne pas dire extensive. Ceci favorise une répression tendanciellement arbitraire, en ce qu’elle permet de condamner des personnes non en raison de leur fait personnel, non en raison d’un acte matériel consommé, mais en raison de leur seule association avec des individus impliqués dans la préparation d’un projet délictueux.

La Cour de cassation considère ainsi la responsabilité pénale de la personne engagée par sa seule présence au lieu de réunion habituel d’une organisation criminelle ou sa seule participation à une discussion. En outre, le fait que la personne ignore la nature du projet criminel préparé – voire que ce dernier ne soit pas précisément défini – n’empêche pas de caractériser le délit d’association de malfaiteurs. En d’autres termes, il suffit de fréquenter, fut-ce ponctuellement, des personnes envisageant la réalisation d’une infraction, pour être soi-même mis en cause.

Ce risque d’arbitraire est encore plus exacerbé en matière terroriste. Le propre de cette qualification est en effet de présenter un caractère foncièrement subjectif. Aux termes de l’article 421-1 du Code pénal, un crime ou un délit terroriste est en réalité une infraction de droit commun – tel un meurtre, un enlèvement ou encore des destructions par incendie – mais qui se trouve « en relation avec une entreprise individuelle ou collective ayant pour but de troubler gravement l’ordre public par l’intimidation ou la terreur ». Une définition qui offre aux autorités répressives une marge d’appréciation considérable.

Définir ce qui trouble gravement l’ordre public implique déjà une approche nécessairement subjective, dépendant de la sensibilité relative des pouvoirs publics – et des médias – à tel ou tel fait criminel.

Mais déterminer si la personne avait également l’intention spécifique d’intimider ou de terroriser autrui par son geste, ouvre inévitablement sur l’arbitraire, a fortiori lorsqu’on se situe au stade des actes préparatoires. On constate ainsi que le recours à l’incrimination d’association de malfaiteurs terroriste permet de mettre en cause des personnes n’ayant aucune implication dans la préparation d’un quelconque projet d’attentat, mais au seul motif de leur adhésion réelle ou supposée à une idéologie perçue comme encourageant la criminalité terroriste (fréquentation d’un lieu de culte où sont tenus des propos belliqueux, liens amicaux avec une personne décrite comme « radicalisée »…). Une fuite en avant répressive qui, en outre, ne fait qu’amenuiser l’efficacité bien comprise de la lutte contre la délinquance.

L’expérience nous enseigne en effet que moins les critères de mise en cause sont précis, plus la répression manque sa cible. Les perquisitions menées sous couvert de l’état d’urgence déclaré en novembre 2015 pour lutter contre la criminalité terroriste, qui pouvaient être ordonnées sans autre critère que l’existence d’une « menace pour l’ordre public », ont permis de mettre en évidence des infractions terroristes dans moins de 1 % des cas et sans jamais permettre de déjouer un projet d’attentat imminent.

Pour une définition plus précise de l’association de malfaiteurs

Pour autant, l’association de malfaiteurs peut aussi être utilisée pour sanctionner – et ainsi prévenir – de véritables projets criminels avant qu’ils ne soient mis à exécution, notamment en matière terroriste.

Mais si l’on veut que l’action des services répressifs cesse de se disperser pour se concentrer sur ces seuls faits, il est nécessaire de définir de façon beaucoup plus stricte l’incrimination de la préparation d’un acte délictueux. D’une part, en la circonscrivant à une liste limitative d’infractions, en privilégiant bien sûr les plus graves d’entre elles (homicides, criminalité organisée…). D’autre part, en ciblant non les relations de la personne, mais uniquement la commission d’actes préparatoires objectivables (acquisition ou confection d’armes ou d’explosifs, transactions financières, actes de repérage…).

Ainsi pourrait se mettre en place une réponse pénale qui, en se conformant davantage aux exigences de l’État de droit démocratique, n’en serait que plus efficace.

The Conversation

Vincent Sizaire est magistrat

ref. Affaire Sarkozy : faut-il repenser l’infraction d’association de malfaiteurs ? – https://theconversation.com/affaire-sarkozy-faut-il-repenser-linfraction-dassociation-de-malfaiteurs-283210

« Je suis venu tuer un meurtrier » : il y a cent ans, l’assassinat de Symon Petlioura à Paris

Source: The Conversation – in French – By Andreï Kozovoï, Professeur des universités, Université de Lille

Scholem Schwarzbard (au centre) s’exprime pendant son procès pour l’assassinat en pleine rue à Paris de Symon Petlioura, à l’issue duquel il sera acquitté.
Gallica.bnf.fr

Réfugié à Paris après le démantèlement par les Soviétiques de la République populaire d’Ukraine, qu’il avait brièvement présidée, Symon Petlioura, alors âgé de 47 ans, a été abattu en pleine rue il y a exactement cent ans. Retour sur le parcours de son meurtrier (finalement acquitté) et sur le contexte de l’époque : la France venait de reconnaître l’URSS et celle-ci chercha à tirer profit du procès, très médiatisé, pour améliorer son image internationale.


Mardi 25 mai 1926, Paris. Peu après 14 heures, un homme de petite taille, de corpulence moyenne, les cheveux blonds coiffés avec une raie sur le côté droit, sort du restaurant Chez Chartier (actuellement le Bouillon Racine), au croisement de la rue Racine et du boulevard Saint-Michel, au cœur du Quartier latin. Ce restaurant, il y vient presque tous les jours, le plus souvent accompagné de sa femme et de sa fille. Mais aujourd’hui, il est seul. Son épouse, malade, est restée à la maison.

L’homme prend la direction du parc du Luxembourg quand il est approché par un inconnu d’une trentaine d’années, les cheveux roux ondulés et rejetés en arrière. Le dévisageant de ses yeux bleus d’acier, l’inconnu l’interpelle : « Tu es Petlioura ? » « Oui, Petlioura », répond notre promeneur ne se doutant de rien. « Alors, défends-toi ! », crie l’inconnu en tirant un coup de feu. L’homme s’écroule. L’inconnu s’approche de sa victime, et tire à cinq reprises à bout portant. « Par pitié, ça suffit », souffle Petlioura avant de perdre connaissance. Emmené à l’hôpital, il décédera deux heures plus tard.

Une dizaine de passants ayant assisté à la scène se jettent sur l’assassin. Roué de coups, il est sauvé du lynchage par l’arrivée des policiers. Ayant repris ses esprits, il décline son identité : Scholem Schwarzbard, Juif né en 1886 à Izmaïl, ville portuaire de Bessarabie, emprisonné pour avoir pris part à la révolution de 1905, exilé en France en 1910 pour y exercer la profession d’horloger. Engagé volontaire lors de la Première Guerre mondiale, Schwarzbard a été naturalisé en 1925. Un homme qui se dit anarchiste, affilié à aucun parti politique et qui n’éprouve aucun remords. « Je suis venu tuer un meurtrier », clame-t-il froidement à la police.

L’homme qu’il vient d’exécuter — car il s’agit bien, dans son esprit, d’une exécution — est Symon Petlioura, ancien leader de l’éphémère République populaire ukrainienne (RPU, 1917-1920). Un homme que Schwarzbard tient pour l’un des principaux responsables des pogromes commis en Ukraine entre 1918 et 1920, pendant la période qu’on a pris l’habitude d’appeler « guerre civile russe », mais qui est aussi, pour les Ukrainiens, une guerre d’indépendance. Les estimations du nombre de victimes des violences antijuives de masse commises durant cette période, bilan encore très disputé, varient de 35 000 à 200 000 — parmi lesquelles une dizaine de proches de Schwarzbard lui-même.

Un procès historique

Le procès de l’assassin de Petlioura s’ouvre le 18 octobre 1927, devant une affluence record. Très médiatisé, se déroulant devant le jury populaire de la cour d’assises de la Seine, il suscite des formes de mobilisation antagonistes.

« Procès des pogromes » selon la formule de l’avocat de Schwartzbard, Henry Torrès, qui défend la thèse du « crime de passion » en raison de la responsabilité, même symbolique, de Petlioura ; « procès de la Guépéou » (ou GPU, successeur de la Tchéka, services secrets et police politique soviétique) pour la communauté ukrainienne en France, mais aussi pour les émigrés socialistes-révolutionnaires russes, qui dépeignent Schwarzbard en marionnette aux mains du gouvernement soviétique. Selon eux, Schwarzbard aurait été manipulé par la GPU pour tuer un ami du maréchal Pilsudski, qui a pris le pouvoir en Pologne à la suite d’un coup d’État en mai 1926. L’assassinat aurait eu pour but d’empêcher les deux hommes d’organiser un soulèvement antibolchevik en Ukraine.

Simon Petlioura (avec le trident sur sa manche) et Józef Piłsudski (au centre) accompagnés de leurs officiers à Ivano-Frankivsk en septembre 1920.
Adam Szelagowski, journal Wiek XX’, Varsovie 1937

L’opinion publique française se passionne pour un procès qui lui fait découvrir, sous un angle dont elle ignorait à peu près tout, l’histoire récente d’un pays, la Russie, pour lequel elle a une fascination ancienne. L’URSS, qui a vu le jour en décembre 1922, suscite un intérêt teinté de forte méfiance : la reconnaissance diplomatique de l’URSS par la France, en octobre 1924, n’a pas apaisé la querelle liée aux « emprunts russes », dettes tsaristes contractées auprès de nombreux petits porteurs que Moscou se refuse à honorer.

Les soupçons planant sur l’arrivée massive d’espions soviétiques sur le sol français — sans parler du rôle occulte du Komintern, l’Internationale communiste, organisation dont le but est la promotion de la « révolution mondiale » et dont le relais, en France, est le Parti communiste français, qui a vu le jour en 1920. Les transfuges soviétiques, issus de représentations diplomatiques et commerciales, dont beaucoup s’installent en France (deuxième destination des exilés politiques après l’Allemagne), entretiennent une atmosphère déjà très tendue dans la capitale, où les forces conservatrices accusent les gouvernements successifs du Cartel des Gauches de pratiquer une politique migratoire laxiste. Pour l’Action française, les immigrés tels que Schwarzbard « volent le travail des Français » ; et la culture de la violence dont ils seraient porteurs les rendrait inassimilables.

Schwartzbard est acquitté le 26 octobre 1927, sous les acclamations du public. Son principal accusateur, Ilya Dobkowski, qui affirmait qu’il avait été manipulé par la Tchéka, ne parvient pas à convaincre les jurés. D’abord favorables à Petlioura, les témoignages se montrent de plus en plus à charge. La déposition d’une infirmière et témoin directe du pogrome de Proskourov (aujourd’hui Khmelnytskyï), l’un des pires massacres de Juifs avant la Seconde Guerre mondiale, orchestré par les hommes de l’ataman Ivan Semesenko, ayant fait au moins 1 500 morts le samedi 15 février 1919, produit un effet impérissable sur les jurés. D’une certaine manière, avec l’acquittement de Schwarzbard, c’est tout le mouvement national ukrainien qui se trouve discrédité pour avoir rendu possibles les pogromes en relayant le mythe « judéo-bolcheviste » selon lequel les ennemis bolcheviks et les Juifs ne font qu’un. Et peu importe si Petlioura avait créé un secrétariat, devenu ministère des Affaires juives, et si avec lui, les Juifs s’étaient vus reconnaître l’ensemble des droits dont jouissaient les autres citoyens ukrainiens.

Pour ses contemporains, le procès Schwarzbard est un procès politique typique de ceux s’étant déroulés à Paris dans les années 1920. On songe par exemple au procès, toujours en 1926, de la fusillade de la rue Damrémont, où le même Torrès défend le communiste Marc-Joseph Bernardon, qui est acquitté ; ou à celui, en 1929, de Georges Benoît, pour tentative d’assassinat du procureur Charles Fachot (sic), qui sera lui aussi acquitté. Dans les années 1930, le contexte changera, et l’assassin du président Paul Doumer, Pavel Gorguloff, sera guillotiné en 1932, alors que le meurtre pouvait aussi, à bien des égards, être qualifié de « crime de passion ».

Il est en même temps, comme l’écrit Virginie Sansico, un procès perçu comme « historique » et d’envergure planétaire. Un juriste de Varsovie, Raphael Lemkin, suivra le procès de très près et les conclusions qu’il en tirera lui serviront quelques années plus tard à forger la notion de génocide. En 1963, la philosophe Hannah Arendt le comparera au procès Eichmann, y voyant un « procès-spectacle », dans le bon sens du terme. Il inspirera la création de la Ligue internationale contre les pogromes, l’ancêtre de la Ligue internationale contre le racisme et l’antisémitisme (LICRA).

La peu crédible théorie de « la main de Moscou »

La théorie de la responsabilité des services secrets soviétiques dans le meurtre de Petlioura, toujours d’actualité pour une partie de la communauté ukrainienne, ne peut aujourd’hui être sérieusement défendue au regard de la documentation disponible. Et ce, même si par la suite, l’implication du KGB dans l’élimination de dirigeants nationalistes ukrainiens, à commencer par Stepan Bandera en 1959 à Munich, ne fait évidemment aucun doute.

Il ne convient pas non plus de voir dans l’acquittement de Schwarzbard une anomalie judiciaire résultant d’une quelconque opération d’influence du Parti communiste français. Entre 1914 et 1923, quatre assassinats politiques très médiatisés avaient été commis à Paris ; lors des procès qui suivirent, tous les assassins avaient été acquittés malgré leurs aveux. Le cas le plus mémorable est sans doute l’acquittement, en 1919, de Raoul Villain, l’assassin de Jean Jaurès. L’acquittement de meurtriers est aussi avéré dans un contexte autrement moins favorable pour l’accusée : dans cet Empire qui a vu naître Schwarzbard et Petlioura, la révolutionnaire russe Vera Zassoulitch avait été acquittée en avril 1878 du meurtre du général Fiodor Trepov.




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La thèse d’après laquelle la « main de Moscou » aurait influencé le verdict paraît d’autant plus improbable que le contexte de l’automne 1927 est précisément très défavorable aux Soviétiques, avec de fortes tensions franco-soviétiques en raison de « l’affaire Rakovsky », du nom de l’ambassadeur soviétique, Christian Rakovsky, devenu persona non grata après la découverte de sa participation à une déclaration de l’opposition (trotskiste) appelant à l’insurrection dans les colonies françaises.

Instrumentalisation par l’URSS

Ceci étant dit, on ne peut nier que les autorités soviétiques aient utilisé le procès de Schwarzbard à des fins politiques, pour tenter de présenter au monde leur régime comme moderne et civilisé — l’antithèse d’un tsarisme structurellement antisémite. Une image censée contrer la propagande du bolchevik au couteau entre les dents.

Le pouvoir soviétique autorise en effet la collecte de témoignages, dûment identifiés par les rabbins locaux, censés démontrer l’implication de Petlioura dans les violences antijuives de la guerre civile, témoignages envoyés ensuite à Paris pour être cités au procès. Cette opération sert aussi un objectif de propagande intérieure : les Juifs de Russie y voient la preuve que le pouvoir soviétique est de leur côté. Ceux qui hésitaient encore intentent des procès à d’anciens pogromistes, dont ceux ayant participé au massacre de Proskurov, qui se retrouvent en prison ou condamnés à mort. En été 1926, dix anciens policiers tsaristes sont jugés à Polotsk, dans la région de Vitebsk, en Biélorussie soviétique, pour des faits s’étant déroulés vingt-deux ans plus tôt, en 1904-1905. Le pouvoir communiste autorise ces procès, car ils s’inscrivent dans le narratif d’un tsarisme fondamentalement antisémite et ne concernent pas les exactions commises par l’Armée rouge pendant la guerre civile.

D’autre part, Moscou se saisit du procès Schwarzbard pour s’en prendre à toutes les organisations nationalistes ukrainiennes, qu’elles se revendiquent de Petlioura ou pas. La focalisation sur la responsabilité de Petlioura permet aussi aux autorités soviétiques de passer sous silence la nature éminemment plurielle des responsabilités dans les violences — moins à mettre sur le compte de Petlioura (responsable, mais non coupable, la différence est de taille), que sur celui des atamans de la RPU et surtout de leurs soldats, habitués à voir dans les Juifs, depuis la Première Guerre mondiale, autant de traîtres potentiels, et depuis 1917, sensibles au mythe du « judéo-bolchevisme » ; sans oublier l’implication des voisins immédiats des victimes, mus par des considérations souvent bassement matérielles.

Les pogromes ont surtout été rendus possibles en raison d’un contexte d’anarchie, et non à la suite d’un programme d’extermination découlant d’une idéologie antisémite propagée par les dirigeants, comme ce sera le cas quand l’Allemagne nazie organisera l’Holocauste en s’appuyant sur une partie des populations locales d’Europe centrale et orientale.

Voir dans cette récupération du procès Schwarzbard la confirmation de la thèse selon laquelle l’assassinat aurait été commandité par la GPUest, encore une fois, infondé. D’abord, parce que le soutien des Juifs par les autorités soviétiques est, on le sait, éphémère : dès la fin de la NEP, à la fin des années 1920, le mot « pogrome » disparaît du vocabulaire officiel pour laisser la place à l’euphémisme « actions de banditisme », des manifestations parmi d’autres de la « contre-révolution ». Et d’autre part, parce que loin de calmer les tensions, le procès parisien entraîne un regain d’antisémitisme en Ukraine soviétique : Elissa Bemporad parle d’un pic de violences en 1926, avec le retour d’accusations qu’on pensait définitivement reléguées au passé — celles du meurtre rituel d’enfants chrétiens.

À moyen et long terme, le mythe « judéo-bolcheviste » se voit renforcé : il fera le lit des massacres antijuifs de la Seconde Guerre mondiale. L’assassinat de Petlioura en fait un martyr ; un siècle plus tard, son héritage controversé n’a pas fini de susciter la polémique et de créer des tensions au sein de la communauté internationale.

Mais comme le prouve l’exemple de la France où la mémoire de la Révolution demeure clivante, cet héritage n’est nullement un obstacle à la formation d’un État démocratique — à condition de laisser les historiens faire leur travail…

The Conversation

Andreï Kozovoï ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. « Je suis venu tuer un meurtrier » : il y a cent ans, l’assassinat de Symon Petlioura à Paris – https://theconversation.com/je-suis-venu-tuer-un-meurtrier-il-y-a-cent-ans-lassassinat-de-symon-petlioura-a-paris-283660

Révolution dans l’isolation : des laines végétales acoustiques et résistantes au feu

Source: The Conversation – France (in French) – By Clément Piégay, Chercheur en acoustique environnementale, Cerema

Trouver un matériau protégeant du bruit, du froid, de la chaleur, mais qui soit également résistant aux flammes sans utiliser de traitements polluants, et si possible produit localement… de récentes recherches ont peut-être trouvé ce Saint-Graal. Elles démontrent le potentiel des laines végétales que l’on peut désormais traiter contre le feu avec des solutions non toxiques et qui ont également l’immense bénéfice de stocker le CO₂ atmosphérique.


C’est un fléau qu’on ignore trop souvent : selon l’Organisation mondiale de la santé, la pollution sonore constitue le deuxième facteur de morbidité environnementale en Europe, juste après la pollution atmosphérique. L’Agence européenne de l’environnement précise, elle, qu’en 2019 au moins 20 % de la population européenne était exposée à des niveaux de bruit considérés comme nocifs pour la santé humaine.

Une étude récente de l’Ademe évalue enfin à 124,1 milliards d’euros par an le coût social et sanitaire des bruits de transport et de voisinage dans les logements français, en partie imputable à la mauvaise qualité de l’isolation des bâtiments.

Face à cette réalité, le secteur du bâtiment joue un rôle clé dans la lutte contre les nuisances sonores. Il est également indissociable de l’objectif de neutralité climatique fixé par l’Union européenne pour 2050. En effet, en Europe, avec trois bâtiments sur quatre construits avant 1980, souvent sans réglementation acoustique ni thermique, le secteur de la construction représente à lui seul 40 % de la consommation énergétique et environ 36 % des émissions globales de dioxyde de carbone (CO₂) à l’échelle européenne.

Dans ce contexte, l’amélioration de l’isolation, tant acoustique que thermique, des bâtiments existants et neufs s’impose donc comme un défi majeur, à l’échelle française, européenne et même mondiale.

Face à ces enjeux sanitaires et environnementaux, les matériaux biosourcés, comme les laines végétales émergent comme une solution particulièrement adaptée aux exigences actuelles et aux attentes des pouvoirs publics (Loi de transition énergétique pour la croissance verte, Réglementation environnementale 2020 etc.).

Les laines végétales, un matériau aux nombreux atouts

Panneaux de laine de chanvre posés dans le cadre d’une rénovation d’un bâti traditionnel alsacien
Panneaux de laine de chanvre posés dans le cadre d’une rénovation d’un bâti traditionnel alsacien.
Fourni par l’auteur

Les laines végétales appartiennent à la famille des isolants biosourcés qui regroupent des panneaux isolants fabriqués à partir de fibres organiques renouvelables d’origine végétale (lin, chanvre…) ou animales (laine de mouton, par exemple). Ces panneaux, pouvant être constitués d’un ou de plusieurs types de fibres pour combiner leurs propriétés, présentent de nombreux atouts et apparaissent, aujourd’hui, comme le type d’isolant offrant la solution la plus respectueuse de l’environnement.

En effet, la biomasse végétale, produite par photosynthèse à partir du CO₂ prélevé dans l’atmosphère, permet de stocker durablement du carbone dans les matériaux de construction, contribuant ainsi à la réduction des émissions de gaz à effet de serre. Par ailleurs, la grande variété d’espèces utilisables permet de valoriser des ressources disponibles localement réduisant ainsi l’empreinte écologique liée au transport. Sur le plan agricole, les cultures dont proviennent les fibres végétales, comme celle du chanvre, par exemple, peu gourmand en eau et dont la France est le premier producteur européen, favorisent la régénération des sols, limitant le recours aux engrais et renforçant leur durabilité.

Panneaux de laines végétales.
Différents panneaux de laines végétales.
Fourni par l’auteur

Enfin, les laines végétales se distinguent également par d’excellentes propriétés d’isolation thermique liées à leur porosité élevée. La nature même des fibres, capables d’absorber une partie de l’humidité de l’air, confère aux laines des propriétés thermorégulatrices contribuant à la stabilité de l’humidité et de la température à l’intérieur des bâtiments pour le confort des occupants tout au long de la journée. Une qualité de plus en plus importante, surtout en été.

Des performances remarquables et notamment en acoustique

Les performances acoustiques des laines végétales ne sont pas en reste. Grâce à leur porosité élevée, les laines végétales présentent une absorption acoustique élevée correspondant à leur capacité à absorber l’énergie d’une onde sonore. En effet, en pénétrant dans la structure fibreuse des laines, les ondes acoustiques subissent une dissipation de leur énergie par des effets visqueux (frottement de l’air présent dans les matériaux sur les parois des fibres) et thermiques (échanges de température entre l’air piégé au sein des matériaux et les fibres).

Propagation schématique d’une onde sonore en interaction avec un matériau et tube de Kundt permettant de caractériser les propriétés acoustiques des matériaux. Fourni par l’auteur.
Fourni par l’auteur

Résultat : l’onde réfléchie en surface voit son énergie considérablement réduite par rapport à l’onde incidente initiale, ce qui est une propriété recherchée lorsque l’on vise à améliorer la qualité acoustique d’une salle. Ces propriétés sont mesurables en laboratoire grâce à un dispositif appelé tube de Kundt.

Concernant les propriétés en transmission liées à l’isolation acoustique, des études récentes démontrent que les laines végétales, une fois intégrées dans des systèmes de parois conventionnelles, offrent des performances généralement équivalentes à celles des isolants minéraux traditionnels (laine de roche, laine de verre,…).

Ces résultats marquent une étape décisive dans l’adoption des matériaux biosourcés dans la construction, ouvrant la voie à une utilisation plus large et plus ambitieuse de ces solutions durables dans le secteur du bâtiment.

Un domaine en plein essor

À l’heure actuelle, selon l’Association des industriels de la construction biosourcée, les matériaux d’isolation biosourcés représentent 11 % du marché français de l’isolation en 2023 avec une progression spectaculaire de 95 % en volume depuis 2016. Cette croissance soutenue devrait se poursuivre et même s’amplifier dans les prochaines années, portée par les objectifs de la RE2020 et de la loi Climat et résilience qui imposera, dès 2030, l’utilisation de matériaux biosourcés ou bas carbone dans au moins 25 % des rénovations lourdes et des constructions publiques.

Cependant, un frein limite encore l’essor de l’utilisation des matériaux biosourcés : leur réaction face au feu. En effet, les composés végétaux sont par nature combustibles. Pour répondre aux exigences imposées par la réglementation incendie, leur utilisation répond à des règles techniques de mise en œuvre et ils peuvent faire l’objet d’un traitement d’ignifugation afin de retarder l’apparition de la flamme. Mais les traitements à base de bore et de sels d’ammonium fréquemment utilisés ont été restreints pour des questions de toxicité.

Pour respecter la nature des fibres végétales utilisées dans les laines d’isolation et conserver leurs intérêts environnementaux, des traitements alternatifs bio-inspirés sont possibles et font l’objet de recherches. Par exemple, une solution à base d’acide phytique (formé pendant la maturation des graines dans les végétaux) et d’urée a été récemment testée sur des laines isolantes à base de fibres de chanvre.

Ce traitement par pulvérisation, compatible avec le procédé industriel de fabrication des isolants, modifie la réaction de pyrolyse (décomposition du matériau sous l’action de la chaleur) des fibres en créant une couche protectrice résiduelle charbonnée stable. Cette couche formée à la surface des laines permet de protéger la partie saine des matériaux et de stopper la propagation de la flamme, sans altérer les performances thermiques, de régulation de l’humidité et acoustiques des laines végétales.

À gauche, échantillon de laine de chanvre traité avec un mélange d’acide phytique et d’urée ; au centre, échantillon traité après essais au cône calorimètre ; à droite présentant une couche charbonnée protectrice
À gauche, échantillon de laine de chanvre traité avec un mélange d’acide phytique et d’urée ; au centre, échantillon traité après essais au cône calorimètre (à droite) présentant une couche charbonnée protectrice.
Fourni par l’auteur

Vers des isolants biosourcés toujours plus performants

Le développement de ces nouvelles générations de traitements permet d’utiliser de nouveaux procédés de fabrication à faible impact environnemental et sanitaire. De plus, les recherches actuelles visent également à optimiser les performances acoustiques en basses fréquences (BF) pour des panneaux d’épaisseur réduite inférieure à 5 centimètres, afin de proposer des isolants superoptimisés combinant légèreté, efficacité et sécurité incendie.

Ces innovations pourraient révolutionner l’usage des matériaux biosourcés, en les rendant compétitifs même dans des applications exigeantes, tout en respectant leur vocation écologique. Les recherches en cours ouvrent de fait la voie à des solutions techniques directement utilisables, en s’appuyant sur des méthodes peu coûteuses et adaptées à une production industrielle.


Cet article a été co-écrit avec Philippe Glé (UMRAE – Cerema Strasbourg) et Thomas Schatzmayr Welp Sá (UMRAE – Cerema Strasbourg).

The Conversation

Clément Piégay a reçu des financements de l’ANR.

Sandrine Marceau a reçu des financements de l’ADEME, l’ANR et l’Union Européenne.

ref. Révolution dans l’isolation : des laines végétales acoustiques et résistantes au feu – https://theconversation.com/revolution-dans-lisolation-des-laines-vegetales-acoustiques-et-resistantes-au-feu-280206

Pollution extrême en Asie du Sud : quand les pratiques agricoles brouillent les observations satellites

Source: The Conversation – France (in French) – By Selviga Sinnathamby, Doctorante en télédétection et physique de l’atmosphère, Sorbonne Université

Chaque année, en octobre-novembre, des épisodes de pollution intense sont observés dans une vaste région s’étalant de l’est du Pakistan au Bangladesh et longeant l’Himalaya. Une étude récente montre qu’ils sont liés au brûlage de déchets agricoles et que l’intensité de la contamination dépend des conditions météorologiques. Elle met également en évidence que les paysans connaissent les heures de passage des satellites utilisés par les autorités locales pour surveiller les quantités brûlées, ce qui complique le suivi des pollutions.


Le 18 novembre 2024, le Taj Mahal était plongé dans un brouillard opaque, ne laissant apparaître que l’ombre du mausolée. Au même moment, à 200 kilomètres au nord, des niveaux de particules fines dépassant 60 fois les seuils limites définis par l’Organisation mondiale de la santé étaient enregistrées à New Delhi. Mortels, ces taux de pollution ont alors entraîné la fermeture de plusieurs écoles et le confinement des personnes les plus vulnérables dans la capitale indienne.

Ce nuage de pollution, aussi appelé « smog », s’était formé en réalité dès la fin du mois d’octobre précédent. Il a persisté pendant le mois suivant, comme le montrent les images du satellite états-unien VIIRS, où un nuage grisâtre est visible depuis l’est du Pakistan jusqu’au nord de l’Inde, le 9 novembre 2024.

Images VIIRS (de gauche à droite) pour les 1er octobre, 26 octobre et 9 novembre 2024. Les nuages apparaissent en blanc, et la pollution en gris.“ zoomable=”true”/>

Ce n’est pas la première fois que cette région connaît de tels <a href=
Selviga Sinnathamby, Fourni par l’auteur

pics de pollution extrêmes à cette période de l’année. Ceux-ci coïncident en effet avec le brûlage des résidus agricoles, une pratique largement répandue chez les agriculteurs de la plaine indogangétique (vaste région s’étalant de l’est du Pakistan au Bangladesh et longeant l’Himalaya).

Ma thèse de doctorat porte sur le suivi de la pollution atmosphérique en Asie à partir d’observations satellitaires. En partant de cet événement, j’ai cherché à mieux comprendre le mécanisme de formation des épisodes de pollution dans cette région et, notamment, à voir quel facteur, de l’étendue des surfaces brûlées ou de la météorologie, influençait le plus l’intensité de ces épisodes d’une année à l’autre.

Les raisons du brûlage des déchets agricoles

La plaine indogangétique a connu au cours de ces dernières décennies un essor industriel et économique qui s’est accompagné d’une forte croissance démographique. Ces activités intenses contribuent à la dégradation de la qualité de l’air dans la région.

Carte de la plaine indogangétique avec ses régions administratives et ses principales villes.
Adapté par Selviga Sinnathamby, Fourni par l’auteur

Une autre source de pollution est le secteur agricole, élément vital de l’économie régionale. La vaste plaine fertile est considérée comme la principale région nourricière d’Asie du Sud, générant près de la moitié de la production céréalière consommable. Elle doit en grande partie cette productivité à la révolution verte survenue la fin des années 1960, qui a généralisé et intensifié la culture par rotation du riz et du blé dans certains États indiens, tels que le Pendjab et l’Haryana.

Le riz est semé en mai puis récolté en octobre-novembre, tandis que le blé est semé en novembre et récolté en avril-mai. Ce calendrier agricole est calé sur la mousson, où les pluies généreuses de juin à septembre arrosent les terres et aident les plants de riz, gourmands en eau, à se développer.

Ces cultures génèrent toutefois de grandes quantités de paille. Si une partie peut être utilisée pour nourrir le bétail ou à des fins domestiques, la majorité de ces déchets, en particulier ceux provenant de la riziculture, est brûlée.




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Plusieurs raisons l’expliquent.

  • D’une part, la paille de riz a une utilisation limitée dans la vie courante, contrairement aux autres déchets agricoles, et ne sert pas pour l’alimentation du bétail, par exemple.

  • D’autre part, les agriculteurs indiens sont pressés par le temps : le court délai entre la récolte du riz et le semis du blé demande un nettoyage rapide des champs. Le brûlage à champ ouvert est vu alors comme une solution simple, efficace et surtout économique pour les agriculteurs, qui sont bien souvent contraints financièrement.

La fenêtre temporelle entre les deux cultures s’est encore réduite depuis 2009, avec la mise en place de lois de protection des nappes phréatiques au Pendjab et dans l’Haryana. En effet, une des conséquences de la Révolution verte est la surexploitation des eaux souterraines à cause de l’irrigation massive, ce qui a conduit à des pénuries en eau, vers la fin des années 1990. Ces lois visent alors à ralentir l’épuisement des nappes phréatiques, en obligeant les agriculteurs à retarder le semis du riz afin d’aligner sa croissance avec la mousson.

Cartes de l’intensité totale des feux agricoles pendant la mousson (à gauche) et pendant les mois d’octobre et de novembre (à droite), en moyenne, sur la période 2007-2024. Plus la valeur est foncée, plus l’intensité radiative en mégawatts (MW) est forte.
Selviga Sinnathamby, Fourni par l’auteur

Même si l’état des nappes phréatiques s’est considérablement amélioré depuis 2009, ces lois ont davantage favorisé le recours au brûlage des résidus agricoles et, par conséquent, ont participé à la détérioration de la qualité de l’air régionale. Les feux allumés lors de cette pratique impactent négativement la santé des 600 millions d’habitants de la plaine indogangétique puisqu’ils émettent de nombreux polluants dans l’air, tels que les particules fines et le monoxyde de carbone (CO).

Une surveillance insuffisante de la pollution

Pour prévenir la population de ces pics de pollution, il est essentiel de suivre les niveaux de polluants dans la région. En Inde, il a fallu attendre 2014 pour que le gouvernement lance la surveillance automatique de la qualité de l’air dans tout le pays. Même si le nombre des stations de surveillance est passé de 30 à plus de 500 en dix ans, elles se concentrent principalement dans les zones urbaines et connaissent bien souvent des problèmes techniques.

La surveillance de la qualité de l’air dans la région a également été impactée par le retour de l’administration Trump aux États-Unis, qui a cessé de communiquer les mesures faites au niveau de ses ambassades depuis mars 2025.

Dans ce contexte, les observations réalisées depuis l’espace permettent de surveiller de manière continue et régulière la composition atmosphérique, et ce, depuis près de deux décennies. C’est notamment le cas des instruments français IASI, qui survolent la Terre à bord des satellites européens Metop depuis 2007 et qui mesurent en particulier les concentrations journalières de CO provenant des feux.

Pour notre étude, nous avons analysé cette série de mesures longue de plus de dix-huit ans, conjointement aux réanalyses des vents de surface et à l’intensité des feux agricoles fournies par les instruments MODIS, embarqués sur les satellites de la Nasa.

En haut : cartes des concentrations de CO mesurées par IASI, en moyenne, du 5 au 11 novembre pour 2011, 2017 et 2024. En bas : cartes d’intensité des feux agricoles observée par MODIS et les vents de surface moyens issus des réanalyses météorologiques pour la même période.
Selviga Sinnathamby, Fourni par l’auteur

Nos résultats montrent que les vents de surface influencent considérablement l’intensité des épisodes de pollution. En 2024, des vents exceptionnellement faibles ont persisté pendant près d’une semaine, favorisant alors l’accumulation du CO au sein de la région. On a observé des conditions similaires en 2017, mais pendant plus de deux semaines. Au contraire, en 2011, des vents plus forts ont contribué à atténuer la pollution alors que des feux agricoles plus intenses aient été détectés.

Des feux passés sous les radars

Notre travail met néanmoins en évidence une intensification des pics de CO, malgré une diminution des feux observés par MODIS ces dernières années.

Plusieurs hypothèses nous amènent à penser que les agriculteurs ont changé leur façon de gérer les résidus. La principale semble être une conséquence directe de l’interdiction de leur brûlage dans certains États indiens, comme Le Pendjab et l’Haryana, depuis 2015. Des amendes sont infligées aux agriculteurs qui pratiquent le brûlage des déchets agricoles. Une autre hypothèse serait liée à l’adoption de variétés de riz à croissance rapide, ce qui laisse plus de temps aux agriculteurs de gérer les résidus.

Intensité totale des feux agricoles allumés en octobre et novembre dans les États indiens du Pendjab et de l’Haryana, telle que détectée par les satellites de la NASA (MODIS). Les feux semblent diminuer mais les concentrations du monoxyde de carbone, traceur des feux, ne suivent pas la même tendance.
Selviga Sinnathamby, Fourni par l’auteur

En réalité, la surprise vient du fait que les agriculteurs brûlent les résidus en dehors du passage des satellites américains pour échapper aux sanctions. Une récente étude démontre, à l’aide de satellites géostationnaires qui sondent la région quasiment toutes les heures, qu’en 2024 les feux ont été allumés en fin d’après-midi, soit bien après le passage de MODIS vers 13 h 30

Même si cette découverte prête à sourire, elle n’enlève en rien la gravité de la situation : on estime à une fourchette de 44 000 à 98 000 le nombre de morts prématurées, entre 2003 et 2017, liées à l’exposition à la pollution émise par ces feux agricoles.

Le gouvernement indien essaie, à sa façon, de lutter contre la pollution de l’air en instaurant des tours « anti-smog » ou bien en déclenchant des pluies artificielles, à New Delhi par exemple. Or, ces solutions peinent à convaincre la population locale : des manifestations contre la dégradation de la qualité de l’air ont eu lieu pour la première fois en novembre 2025 à New Delhi.

The Conversation

Cathy Clerbaux a reçu des financements du CNES et de Eumetsat pour mener à bien les travaux de son équipe de recherche

Sarah Safieddine et Selviga Sinnathamby ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. Pollution extrême en Asie du Sud : quand les pratiques agricoles brouillent les observations satellites – https://theconversation.com/pollution-extreme-en-asie-du-sud-quand-les-pratiques-agricoles-brouillent-les-observations-satellites-280423

Pourquoi l’écoute est la compétence citoyenne la plus importante de l’ère numérique

Source: The Conversation – France (in French) – By Sara Kells, Director of Program Management at IE Digital Learning and Adjunct Professor of Humanities, IE University

Dans un monde saturé de prises de parole, la véritable rareté est peut-être devenue l’attention sincère portée aux autres. Halfpoint/Shutterstock

Les démocraties modernes défendent ardemment la liberté d’expression, mais négligent souvent une condition pourtant essentielle du débat public : la capacité à écouter réellement ce que disent les autres.


Dans une conversation ordinaire aujourd’hui, il n’est pas difficile de sentir le moment où quelqu’un cesse d’écouter. Son attention se déplace, sa réponse arrive trop vite, ou son regard dérive vers un écran qui attend à proximité. L’échange continue, mais quelque chose d’essentiel a déjà été perdu. Nous nous exprimons, plus que jamais, à travers plateformes, appareils et espaces numériques. Mais nous écoutons-nous réellement les uns les autres ?

Le débat public contemporain tend à se concentrer sur la parole. Les questions de savoir qui peut parler, ce qui devrait être régulé et si la liberté d’expression est menacée dominent les discussions sur la vie numérique. Ce sont évidemment des enjeux importants, mais ils reposent sur une hypothèse que nous examinons rarement : celle selon laquelle être entendu serait une conséquence naturelle du fait de parler.

Les Athéniens de l’Antiquité comprenaient que la parole démocratique exigeait deux choses à parts égales : le droit de parler et le courage de dire la vérité. Mais ces deux idéaux dépendent de la présence de quelque chose que les Athéniens évoquaient rarement de manière explicite, parce que, dans l’agora, cela allait simplement de soi : un auditoire disposé à accueillir sincèrement ce qui était dit. La parole et l’écoute ne sont pas des préoccupations concurrentes. Elles constituent les deux faces d’une même pratique civique, et il est impossible de défendre l’une sans se soucier de l’autre.

Aujourd’hui, nous consacrons une énergie considérable à protéger et à étendre le droit de parler. Nous accordons bien moins d’attention à ce qui se passe du côté de ceux qui reçoivent cette parole.

Ce que l’écoute exige réellement

L’écoute n’est pas une activité passive. Elle ne consiste pas simplement à se taire, pas plus qu’elle ne se réduit au fait d’entendre des mots passer. Bien écouter, c’est se confronter à la parole d’autrui comme à quelque chose de porteur de sens, qui mérite d’être compris, interprété et auquel il est possible de répondre selon ses propres termes.

Les philosophes parlent ici de « réception attentive » (uptake) : la volonté de recevoir avec justesse ce que quelqu’un a dit avant d’y réagir. Cela signifie consacrer assez de temps à un argument pour en saisir véritablement le sens, plutôt que de répondre à une version simplifiée ou déformée de celui-ci. Cela implique de distinguer ce qu’une personne a effectivement affirmé de ce que nous avons supposé qu’elle voulait dire. Cela revient aussi à considérer celui qui parle comme un participant à un échange commun, et non comme un obstacle à écarter.

C’est plus difficile qu’il n’y paraît. Nous avons tendance à écouter pour répondre plutôt que pour comprendre. Nous guettons le moment où nous pourrons répliquer, la faille dans l’argumentation, l’ouverture qui nous permettra d’imposer notre propre point de vue. Ce n’est pas de l’écoute. C’est de l’attente.

Cette distinction est essentielle dans une vie démocratique. Lorsque les citoyens réagissent à des caricatures d’opinions opposées plutôt qu’aux opinions elles-mêmes, le débat public perd sa capacité à produire autre chose que du bruit. Le désaccord devient une mise en scène. L’argumentation se transforme en théâtre. Et la possibilité d’une véritable persuasion – celle de changer réellement d’avis à la lumière de ce qu’une autre personne a dit – disparaît silencieusement.

Les environnements numériques rendent l’écoute plus difficile

Les plateformes qui accueillent aujourd’hui l’essentiel de nos conversations publiques n’ont pas été conçues pour favoriser l’écoute. Elles ont été pensées pour générer de l’engagement – ce qui est tout autre chose.

L’engagement, tel qu’il est mesuré par les grandes plateformes de réseaux sociaux, correspond aux clics, aux partages, aux réactions et au temps passé. Les contenus qui suscitent des émotions fortes – en particulier l’indignation, la colère morale ou le scandale – obtiennent généralement de bons résultats selon ces critères. Ceux qui invitent à une réflexion attentive, beaucoup moins.

Le résultat est un environnement informationnel qui récompense systématiquement les formes de communication les moins propices à une véritable écoute : rapides, affirmatives, chargées émotionnellement et conçues pour provoquer une réaction plutôt que pour susciter une réponse réfléchie.

À cela s’ajoute la manière dont les algorithmes nous présentent les contenus. Nous rencontrons rarement des arguments dans leur forme complète, exprimés par ceux qui les défendent et replacés dans le contexte où ils ont été formulés. À la place, nous sommes le plus souvent confrontés à des fragments, des captures d’écran, des résumés ou des paraphrases, souvent choisis précisément parce qu’ils sont faciles à rejeter ou à ridiculiser. Autrement dit, nous sommes entraînés à interagir avec des caricatures. Or les caricatures n’exigent pas d’écoute. Elles n’exigent qu’une réaction.

Les conséquences pour la vie démocratique sont sérieuses. Un espace public dans lequel chacun parle en permanence sans avoir réellement le sentiment d’être entendu n’est pas un espace sain. C’est un espace où les frustrations s’accumulent, où les positions se durcissent et où le terrain commun nécessaire aux décisions collectives devient de plus en plus difficile à trouver. Ce n’est pas seulement un problème technologique. C’est un problème civique. Et il appelle une réponse civique.

Comment enseigner (et pratiquer) l’écoute

La bonne nouvelle, c’est que l’écoute, contrairement à la conception des algorithmes, est une chose sur laquelle nous pouvons agir directement. C’est une compétence, et les compétences peuvent s’enseigner.

Dans les contextes éducatifs, cela signifie créer des espaces où les étudiants pratiquent délibérément l’écoute attentive. Les enseignants peuvent, par exemple, organiser des débats dans lesquels les étudiants doivent reformuler l’argument d’un camarade de manière satisfaisante avant d’en proposer une critique. Cette pratique instaure un environnement où une participation équitable devient une exigence structurelle plutôt qu’une considération secondaire, et où le désaccord est envisagé comme une occasion de comprendre plutôt que de l’emporter.

La même discipline s’applique au-delà des discussions en direct. On peut demander aux étudiants d’écouter un podcast, de regarder une vidéo ou de lire un article avec une seule consigne en tête : êtes-vous capable d’exposer honnêtement son argument avant de décider si vous êtes d’accord avec lui ?

Ce ne sont pas de simples exercices scolaires. Ce sont des répétitions de la vie démocratique.

Ces habitudes peuvent aussi être cultivées en dehors du cadre éducatif. Avant de répondre à quelque chose qui vous provoque ou vous agace, prenez un instant pour vous demander si vous avez réellement compris l’argument en question. Avant de critiquer une position, reformulez-la dans des termes que son défenseur reconnaîtrait comme justes. Distinguez ce qu’une personne a effectivement dit des suppositions que vous faites sur les raisons pour lesquelles elle l’a dit. Ce sont de petits ajustements, mais pratiqués avec constance, ils transforment la qualité des échanges.

Une démocratie qui apprend uniquement aux citoyens à parler librement n’a accompli que la moitié du travail. Dans la Grèce antique, l’agora n’était pas une scène. C’était un lieu d’échange. Retrouver cet esprit – dans les salles de classe, dans les conversations et dans les espaces numériques que nous partageons désormais – commence par une compétence plus discrète et plus exigeante : apprendre à véritablement écouter.

The Conversation

Sara Kells ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi l’écoute est la compétence citoyenne la plus importante de l’ère numérique – https://theconversation.com/pourquoi-lecoute-est-la-competence-citoyenne-la-plus-importante-de-lere-numerique-282171