La cumbre de la OTAN confirma el apoyo a Ucrania, pero evidencia la asimetría de la relación transatlántica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ángel López Jiménez, Profesor de Derecho Internacional Público, Universidad Pontificia Comillas

Mijansk786/Shutterstock

La reciente Cumbre de Ankara de la OTAN (7 y 8 de julio) se ha ajustado al guión establecido si atendemos en el documento suscrito por los jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros. Más allá de la performance del atrabiliario presidente estadounidense, Donald Trump, impresentable desde la perspectiva diplomática e impredecible en su hoja de ruta, los objetivos marcados inicialmente se han suscrito.

La inversión en necesidades básicas para la defensa se incrementó durante el pasado año 2025 en 140 000 millones de dólares, con el anuncio de compras adicionales por un valor de 50 000 mil millones más. Estas inversiones van destinadas a la consecución de los objetivos planteados en numerosos ámbitos: inteligencia, defensa aérea y antimisiles. Todo ello en un único plan integrado, que incluye sistemas no tripulados y modelos que utilizan la IA en la interconexión en tiempo real del conjunto de efectivos militares sobre el terreno (nube de guerra transatlántica interoperable).

Este modelo le está dando a Ucrania unos resultados muy satisfactorios en los últimos meses del conflicto bélico con Rusia. La capacidad operativa se incrementa gracias a los denominados señuelos electrónicos y al corte del acceso ruso a _Starlink _.

Apoyo sostenido a Ucrania

Por lo que respecta a la continuidad del apoyo a Kiev –la declaración final de la cumbre confirma a Rusia como amenaza–, se consolida la aportación de 70 000 millones de dólares por parte de los aliados. Este aporte se basa, fundamentalmente, en el compromiso de la UE y en la compra de material bélico a Estados Unidos.

Asimismo, se sigue apoyando la soberanía e integridad territorial de Ucrania, algo difícilmente compatible con el último acuerdo de paz propuesto por el propio Trump para acabar con la agresión de Rusia.

El único elemento novedoso ha sido la promesa realizada por Trump (veremos como se sustancia) de conceder las licencias de fabricación de baterías antiaéreas Patriot para que Ucrania puede producirlas en su territorio. De hecho, esta concesión podría integrarse en el marco de una cooperación bilateral en la que Kiev tiene mucho que aportar a Estados Unidos. Concretamente, en todo lo relacionado con la tecnología, producción y diseño para la industria de los drones.

En el marco del conflicto que Trump mantiene con Irán, una intervención tan aventurada y poco meditada como de compleja conclusión, el único compromiso que ha conseguido arrancar a los aliados de la OTAN ha sido la petición de que Teherán respete la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Es decir, volver a la situación previa al uso ilegal de la fuerza armada estadounidense.

Relaciones trasatlánticas

¿En qué punto se encuentran las relaciones transatlánticas en el marco de la OTAN y qué podemos esperar en el futuro?

Hay que recordar que este vínculo es solo uno de los que afectan a la mayoría de los Estados miembros de la organización regional (a excepción de Canadá y el Reino Unido, que no pertenecen a la Europa continental). Los otros vectores interconectados y afectados por las tensiones derivadas de la pulsión imperial de la actual administración estadounidense son la Unión Europea y cada uno de los socios de la OTAN, a partir de la relación bilateral con Estados Unidos.

El paraguas multilateral (tan denostado por Trump) ofrece una protección a los Estados miembros de la OTAN y la UE. Lo que nació como escudo frente a la agresión de terceros ha virado en redondo y ahora protege frente a la volatilidad del comportamiento errático del presidente estadounidense. Este puede pasar del insulto zafio al halago condescendiente en función de la subordinación expresa de los líderes (entendidos estos como súbditos) del resto de países aliados.

Cualquier escenario sobre la evolución de la OTAN durante lo que resta de mandato presidencial en Estados Unidos queda empañado por la figura omnipresente del líder y por una diplomacia que oscila entre el caos y la pandereta. La sombra de Trump desdibuja y trasciende a los objetivos de los miembros y aliados.

El nulo respeto por el ordenamiento jurídico internacional, como han demostrado las intervenciones en Venezuela y en Irán, las permanentes injerencias en la soberanía territorial de otros Estados (Groenlandia, Cuba, México) y la carrera por hacerse con el control de las “tierras raras” en competencia con China están redefiniendo unas relaciones asimétricas que impregnan al seno de la propia OTAN.

Trump ha escenificado en Ankara una soledad solo interrumpida por la compañía de su fiel escudero y secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y de Turquía, como Estado anfitrión. Sus demandas de apoyo a los aliados en su unilateralismo ilegal contra Irán, así como el uso de las bases militares conjuntas para estas acciones, colocó a cada uno de estos países en una posición incómoda.

Respaldar a Estados Unidos equivalía a convertirse en marionetas de la política exterior depredadora orquestada por Washington. La misma que se alinea coyunturalmente con Putin, Xi Jinping y Netanyahu, volviéndose cómplice de los crímenes de guerra y potenciales genocidios en curso.

Señales de agotamiento frente a la dependencia de EE.UU.

Los miembros de la OTAN tienen una dependencia extrema de Estados Unidos en materia de inteligencia, disuasión nuclear, capacidad industrial en la esfera militar (individual y conjunta), defensa antimisiles, facilitadores estratégicos, sistemas satelitales, mandos conjuntos, cultura estratégica y voluntad política. Pero también empiezan a evidenciar un agotamiento frente a esta dependencia e indicios de querer pasar de los discursos a los hechos para superarla. En concreto, Canadá ha dado la espalda a Estados Unidos adjudicando un contrato de suministro de 12 submarinos al grupo alemán TKMS, con posible intervención de la empresa española Navantia.

Hacer de la necesidad virtud no significa plegarse a la política “del palo y del palo” del principal sostenedor de la OTAN. En un ejercicio de política errática, las continuas amenazas e insultos de Trump hacia España se han traducido, paradójicamente, en el fortalecimiento de la presencia militar estadounidense en la base de Rota, con nuevos buques y efectivos humanos.

¿Qué deberíamos de pedir a la OTAN?

Reformular los objetivos de la alianza con criterios claros, fiables y realistas frente a los desafíos actuales no debe de servir únicamente para ganar tiempo en la construcción de esa autonomía estratégica al margen de Estados Unidos. Hay que pensar en el futuro. Afortunadamente, la Presidencia de Trump acabará y su concepto de una política exterior basada en un desmedido interés económico que arrincona a los supuestos aliados debería pasar a la historia como el recuerdo de una nefasta etapa en las relaciones transatlánticas y en la propia trayectoria de Estados Unidos.

The Conversation

José Ángel López Jiménez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La cumbre de la OTAN confirma el apoyo a Ucrania, pero evidencia la asimetría de la relación transatlántica – https://theconversation.com/la-cumbre-de-la-otan-confirma-el-apoyo-a-ucrania-pero-evidencia-la-asimetria-de-la-relacion-transatlantica-287214

El Mundial como ‘guerra sin disparos’: ¿cómo influyen las metáforas en nuestra manera de vivir el fútbol?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rubén Conde Rubio, Investigador predoctoral en formación en el área de Lengua Española, Universidad Carlos III

Inauguración del Mundial de 2026 en el estadio Azteca de Ciudad de México. Omar David Sandoval Sida/Wikimedia Commons, CC BY-NC-SA

Para cualquier aficionado al fútbol, incluso para quienes, sin serlo, siguen las vicisitudes del Mundial, que los comentaristas deportivos y los medios de comunicación se refieran al terreno de juego como un campo de batalla donde hay líneas defensivas, pugnas y estrategias no es ninguna sorpresa. De hecho, la mayoría ni pensamos en ello.

Este tipo de metáforas frecuentes entorno a las competiciones deportivas en general y el Mundial futbolístico en particular parecen obvias y naturales. Pero su uso tiene un efecto más allá de la comprensión de lo que está pasando en cada partido. Es decir, las palabras con las que se nos cuentan los partidos afectan a cómo nuestro cerebro afronta cada eliminatoria.

En su libro Metáforas de la vida cotidiana (1980), George Lakoff y Mark Johnson propusieron una idea que revolucionó la forma de entender el lenguaje y el pensamiento: no solo usamos metáforas como recurso poético, sino que pensamos y actuamos a través de ellas.

Que el lenguaje condiciona el pensamiento no es solo una teoría filosófica. Investigaciones recientes demuestran, por ejemplo, que si a un grupo de personas se les describe el aumento de la criminalidad de su ciudad como una bestia salvaje, tienden a proponer soluciones punitivas (más policía y cárceles). Sin embargo, si ante los mismos datos exactos se les describe el crimen como un virus, los participantes proponen soluciones sociales y preventivas (más educación y sanidad).

El partido como batalla

El cerebro humano busca coherencia en el marco metafórico que se le presenta. En el caso del fútbol, el vocabulario deportivo que consumimos a diario altera nuestra reacción ante lo que vemos en el campo.




Leer más:
¿Cómo el ‘blanco’ se convirtió en una metáfora de las cosas buenas?


El escritor George Orwell ya habló de las competiciones deportivas como “guerras sin disparos”. Cuando un partido de fútbol se presenta como una batalla en la que hay que vencer al rival, nuestro cerebro asume inconscientemente los roles de ese escenario: el equipo contrario deja de ser un grupo de compañeros de profesión para convertirse en el “enemigo”; el campo no es una zona de recreo, sino un campo de batalla donde hay líneas defensivas, pugnas y estrategias.

Esta estructura mental legitima comportamientos que en otro contexto serían inaceptables. La hostilidad en las gradas o la agresividad en el campo aparecen bajo el paraguas de la “defensa de los nuestros”. No es solo vocabulario: es un filtro cognitivo que determina nuestra respuesta emocional ante una victoria o una derrota.

El delantero de la selección portuguesa Cristiano Ronaldo y el jugador croata Luka Modric disputan un balón.
El delantero de la selección portuguesa Cristiano Ronaldo y el jugador croata Luka Modric disputan un balón.
Fanny Schertzer. Wikimedia Commons., CC BY-SA

En el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas, himnos y fronteras.

Al adoptar este lenguaje bélico, el fútbol canaliza instintos tribales y nacionalistas muy profundos. Nos identificamos con los equipos nacionales por una cuestión de supervivencia simbólica de nuestra identidad. Por eso una derrota en un Mundial se llora como una tragedia nacional y una victoria saca a millones de personas a celebrar en las calles; el lenguaje nos ha convencido de que estaba en juego el honor del país.

El campo de fútbol como tribunal

Recurrir a la terminología judicial para hablar de un partido de fútbol introduce una dimensión moral. En el plano cognitivo, estamos convirtiendo el terreno de juego en un tribunal de justicia. Bajo este marco mental, una falta no es un simple lance del juego, sino un delito que exige un castigo o una pena máxima (el penalti).




Leer más:
El ‘var’ en el Mundial: la tecnología amenaza la belleza del fútbol


Esta metáfora explica la intensidad de nuestras reacciones: cuando el árbitro se equivoca en contra de nuestro equipo no sentimos que hayamos tenido mala suerte, sino que hemos sido víctimas de una injusticia. La reciente incorporación del VAR (el videoarbitraje) no ha hecho más que reforzar esta idea, actuando como una especie de “Tribunal Supremo tecnológico” al que se apela buscando una verdad objetiva e inapelable.

Un juez de línea levanta el banderín por fuera de juego.
Un juez de línea levanta el banderín por fuera de juego.
Darz Mol. Wikimedia Commons, CC BY-SA

El equipo como un edificio

En los últimos años, las retransmisiones se han llenado de equipos que construyen desde atrás, de paredes para romper líneas —tirar túneles es para los más habilidosos— y de muros infranqueables de equipos que han puesto el autobús, metáfora tan visual como el catenaccio italiano o el cerrojazo español.

Los propios jugadores también tienen su papel dentro de la obra. Por eso, los jugadores más importantes son considerados los pilares fundamentales del equipo. Y para evitar que el equipo se desmorone, es necesario contar con centrocampistas destructores que presionen en la fase de construcción del rival.




Leer más:
¿Por qué usamos metáforas del espacio cuando queremos explicar el paso del tiempo?


La elección de estas metáforas arquitectónicas e industriales tampoco es azarosa; refleja a la perfección cómo se ha intelectualizado y racionalizado el deporte moderno. Al hablar de un equipo en términos de muros, pilares, bloques o fases de construcción, estamos transformando lo que originalmente era un juego de calle, caótico y espontáneo, en una obra de ingeniería donde todo debe estar hipercalculado.

Bajo esta perspectiva, el entrenador deja de ser un simple alineador para convertirse en el arquitecto del equipo. Como daño colateral, esta metáfora tiende a deshumanizar a los jugadores: ya no son individuos expresándose con un balón, sino piezas que deben encajar en un engranaje o los cimientos que sostienen el sistema.

¿Y si el fútbol fuera una sinfonía?

Llegados a este punto, cabe preguntarse qué ocurriría si decidiéramos cambiar las metáforas con las que narramos el fútbol. Si realmente el lenguaje moldea el pensamiento, cambiar nuestras palabras modificaría nuestra forma de experimentar un Mundial.

Imaginemos que adoptamos la metáfora del fútbol como una sinfonía. En lugar de ataques, hablaríamos de coreografías o movimientos. Los jugadores no serían arietes ni destructores, sino solistas o directores de orquesta. Un regate no sería una humillación al enemigo, sino una floritura compartida.

Las implicaciones psicológicas y sociológicas de este cambio de vocabulario serían profundas, pues ambos equipos pasarían a ser colaboradores necesarios para que la obra maestra pudiera existir; después de todo, sin un conjunto que dé una buena réplica, el partido no es más que un ensayo vacío.

Si asimiláramos este vocabulario, nuestra percepción cambiaría radicalmente: aplaudiríamos las buenas jugadas del rival porque enriquecen la sinfonía global, la agresividad en las gradas perdería todo su sentido y la frustración por la derrota se transformaría, simplemente, en la melancolía de una obra que ha llegado a su fin.

The Conversation

Rubén Conde Rubio no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El Mundial como ‘guerra sin disparos’: ¿cómo influyen las metáforas en nuestra manera de vivir el fútbol? – https://theconversation.com/el-mundial-como-guerra-sin-disparos-como-influyen-las-metaforas-en-nuestra-manera-de-vivir-el-futbol-287073

Los Gallardos: la gravedad de algunos incendios ya no se mide en hectáreas, sino en vidas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Medina Morales, Profesor de Geografía, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Coches calcinados por el incendio que tuvo lugar en Los Gallardos (Almería) el 9 de julio de 2026. RTVE

El incendio de Los Gallardos (Almería) ocurrido el pasado 9 de julio ha provocado una tragedia de enorme impacto humano y social. Más allá de las cifras provisionales de fallecidos, desaparecidos y heridos, y de las circunstancias concretas del suceso, que deberán ser aclaradas por la investigación oficial, esta tragedia plantea una pregunta de mayor alcance: ¿seguimos utilizando los indicadores adecuados para medir la gravedad de los incendios forestales?

Tradicionalmente, el balance de una campaña se ha basado principalmente en el número de incendios registrados, la superficie quemada y la capacidad de los servicios de extinción para controlar las llamas. Estos indicadores siguen siendo imprescindibles, pero resultan insuficientes cuando el fuego alcanza territorios habitados y pone en peligro directamente a la población.

En un contexto de cambio climático y estrés territorial, el objetivo principal de la gestión de una emergencia ya no está únicamente en apagar el incendio a través de la suma de medios técnicos, sino en que no haya víctimas mortales.

Andalucía venía de campañas favorables

Los datos oficiales del Plan INFOCA, el instrumento de la Junta de Andalucía para la defensa contra los incendios forestales, muestran que esta comunidad ha mantenido durante el último quinquenio una capacidad de respuesta operativa elevada.

Entre 2021 y 2025, el número de intervenciones forestales osciló entre las 613 y las 876 anuales, sin una tendencia claramente creciente. Del mismo modo, el porcentaje de conatos se mantuvo en valores elevados, entre el 75,5 % y el 82 %. Esto significa que aproximadamente cuatro de cada cinco incendios fueron controlados antes de superar una hectárea.

La evolución de la superficie afectada, sin embargo, presenta una variabilidad mucho mayor. Mientras que en 2023 apenas se quemaron 1 827 hectáreas, en 2022 se superaron las 15 500 debido a varios grandes incendios forestales que concentraron la mayor parte de la superficie afectada.

Este comportamiento pone de manifiesto una realidad ampliamente observada en los incendios mediterráneos: el riesgo no viene determinado por un aumento continuado del número de incendios sino por la aparición de unos pocos incendios de comportamiento extremo, capaces de generar gran parte de los daños ambientales, económicos y sociales de cada campaña. Una tendencia que también hemos identificado en nuestras investigaciones sobre la evolución de los incendios forestales en Gran Canaria.

En este contexto, el fuego en Los Gallardos no debe interpretarse automáticamente como la consecuencia de una falta generalizada de medios de extinción. La investigación oficial deberá esclarecer cómo evolucionó el incendio y qué factores condicionaron su desarrollo. Lo que sí podemos afirmar es que la creciente complejidad de estos grandes incendios obliga a complementar la capacidad de extinción con una mayor atención a la vulnerabilidad del territorio, la planificación de las evacuaciones y la comunicación del riesgo para proteger a la población.




Leer más:
Grandes incendios… ¿forestales?


Cuando el territorio cambia las consecuencias

En Los Gallardos encontramos una configuración territorial diferente. El paisaje combina vegetación natural, matorral, parcelas agrícolas, caminos rurales, urbanizaciones y viviendas aisladas. No estamos únicamente ante un incendio que avanza por una superficie forestal, sino ante un fuego que puede entrar directamente en los lugares donde vive la población.

Desde la geografía denominamos interfaz urbano-forestal a los espacios en los que las viviendas, las carreteras, los jardines, los cultivos y el monte aparecen mezclados. En estas zonas, gestionar la emergencia no consiste solo en detener las llamas. También hay que localizar a personas distribuidas en un territorio disperso, hacerles llegar instrucciones claras y organizar evacuaciones por una red viaria que puede ser limitada, desconocida o quedar rápidamente comprometida.

La dispersión residencial multiplica la complejidad. Evacuar un núcleo urbano compacto no es lo mismo que proteger viviendas aisladas conectadas mediante caminos secundarios, pistas rurales o accesos privados.

Comunicar no es únicamente enviar una alerta

La comunicación del riesgo adquiere aquí un peso decisivo. Las herramientas de alerta permiten hacer llegar un aviso a miles de personas en pocos segundos. Sin embargo, recibir una alerta no garantiza que la población adopte la conducta más segura.

Esta idea coincide con los resultados obtenidos en nuestras investigaciones sobre la implantación de ES-Alert, el sistema de alerta a la población ante emergencias graves (como incendios o inundaciones) en España. El estudio mostró que, aunque el sistema fue ampliamente aceptado por la población, una parte significativa de los participantes consideró que los mensajes podían ser más claros y manifestó que su respuesta dependería del tipo de emergencia. Esto pone de relieve que la eficacia de una alerta no depende únicamente de su difusión, sino también de cómo es comprendida e interpretada por quienes la reciben.

Este reto es todavía mayor en territorios donde conviven población local, residentes extranjeros, turistas y personas que desconocen la red de carreteras o los procedimientos de protección civil. Los mensajes deben ser sencillos, accionables, coherentes y, cuando resulte necesario, difundirse en diferentes idiomas.

Un mismo aviso, respuestas diferentes

Antes de actuar, las personas se formulan preguntas, aunque sea de manera inconsciente: ¿el peligro es realmente grave?, ¿me afecta a mí?, ¿tengo tiempo para marcharme?, ¿es más seguro quedarme?, ¿puedo abandonar mi vivienda?, ¿por dónde debo salir? Estas decisiones se producen bajo presión, con información incompleta y en un periodo de tiempo muy reducido.

Esta cuestión también aparece en investigaciones desarrolladas por nuestro grupo y presentadas en el Congreso Internacional de Riscos de Portugal. Estos trabajos ponen el foco en la relación entre la percepción del peligro, la interpretación de la información oficial y la adopción de conductas de autoprotección.

Por eso, la eficacia de una alerta no debe evaluarse únicamente comprobando si el mensaje fue enviado o recibido. También hay que estudiar si fue comprendido, si generó confianza y cuánto tiempo transcurrió hasta que la población actuó.




Leer más:
¿Por qué algunas personas reaccionan ante un aviso de emergencia y otras no?


Preparar a la población antes del incendio

La comunicación durante la emergencia es esencial, pero comienza mucho antes de que aparezca el fuego. La población debe conocer previamente los riesgos del territorio, las rutas de evacuación y las conductas básicas de autoprotección.

Esto requiere cartografiar las viviendas dispersas, planificar evacuaciones, realizar simulacros, identificar a las personas especialmente vulnerables y adaptar los mensajes a los distintos perfiles sociales y culturales.

Los incendios forestales seguirán exigiendo inversión en prevención, gestión del territorio y medios de extinción. Pero también es necesario dedicar más atención al comportamiento humano.

Todavía debemos esperar a que la investigación oficial determine qué ocurrió en Los Gallardos. No sería responsable anticipar fallos ni señalar responsabilidades. Sin embargo, la tragedia ya nos recuerda una lección fundamental: un incendio no se mide únicamente por las hectáreas que quema, sino también por las personas que pone en peligro y por la capacidad del sistema para ayudarlas a tomar decisiones seguras.

The Conversation

Fernando Medina Morales no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Los Gallardos: la gravedad de algunos incendios ya no se mide en hectáreas, sino en vidas – https://theconversation.com/los-gallardos-la-gravedad-de-algunos-incendios-ya-no-se-mide-en-hectareas-sino-en-vidas-287390

La selección: terremoto en Venezuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elba Astorga, Editora de Economía, The Conversation

Un rescatista trabaja en el lugar donde se derrumbó un edificio tras los fuertes terremotos mientras continúan las operaciones de búsqueda, rescate y recuperación en La Guaira. ttanni/Shutterstock

“Qué triste está la ciudad, perdida ya de su fe, pero destruida será el día de San Bernabé. Quien lo viviere lo verá”. Con esa tétrica cantinela, el mendigo caraqueño Raposanta anunciaba, en los primeros meses de 1641, la próxima destrucción de la capital de la entonces Capitanía General de Venezuela. Llegó el 11 de junio, día de San Bernabé, y cuentan las crónicas que:

“Entre las ocho y media y las nueve de la mañana, tembló la tierra grandemente e hizo en esta ciudad de Santiago de León de Caracas y en su puerto de La Guaira un destrozo miserabilísimo. No hubo casa, una ni ninguna, que no viniese totalmente al suelo o no hiciese tan grande sentimiento que se pueda en muchos tiempos vivir. La iglesia mayor se abrió por diferentes partes, (…) cayó parte de la iglesia del convento de Las Monjas, cayó casi toda la iglesia de San Francisco…”.

Ese fue el primer terremoto documentado en la ciudad de Caracas, con 74 años de fundada, y se estima que tuvo una magnitud de entre 7,5 y 8.

El 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, se concatenaron tres tremendas sacudidas sísmicas en tres puntos distintos del país en lo que se conoce como el Terremoto de Venezuela. Ocurrido en plena guerra de Independencia, hubo quien adujo que se trataba de un castigo divino por intentar subvertir el orden establecido desde España. Ha quedado para los libros de historia la imagen de Simón Bolívar encaramado sobre los escombros arengando a las gentes:

“Si la Naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Se estima que la magnitud de esos tres seísmos fue de entre 6,2 y 7.

Pintura en la que muchas personas se lamentan sobre los restos de otros seres humanos.
Oleo sobre tela Terremoto de 1812, del pintor venezolano Tito Salas.
Wikimedia Commons

El último gran terremoto de Caracas, antes del 24-J, ocurrió el 29 de julio de 1967. De magnitud 6,6, hizo colapsar varios edificios en la capital y La Guaira, y hubo 240 fallecidos.

A las 18.04 horas del 24 de junio de 2026, día de San Juan y aniversario de la batalla de Carabobo (1821), la más importante en la guerra de Independencia de Venezuela, volvió a moverse el suelo venezolano. Dos grandes terremotos, de 7,2 el primero y 7,5 el segundo, sacudieron la tierra durante tres minutos eternos. Todos hemos sido testigos, en vivo o vía redes y pantallas desde cualquier lugar del mundo, del grado de destrucción alcanzado. A dos semanas del terremoto ya hay más 3 800 personas muertas y cerca de 17 000 heridas. Y, aunque no hay estimaciones oficiales del número de desaparecidos, se llega a hablar de en torno a los 50 000.

El norte de Venezuela es una de las regiones con mayor actividad sísmica del norte de América del Sur porque allí confluyen la placa del Caribe y la de Sudamérica.

Haití (que sufrió un enorme seísmo en 2010) al norte y Venezuela al sur están situados en los límites de ambas placas, que se mueven lateralmente en una falla de cizalla: una fractura en la corteza terrestre donde dos bloques de roca se desplazan horizontalmente uno respecto al otro, en direcciones contrarias.

La cuestión es que el grueso de la población de Venezuela se concentra en los estados de la franja norte del país, por lo que en ellos conviven vulnerabilidad sísmica y densidad de población.

La magnitud del desastre es tal que se ha decretado el estado de emergencia a escala nacional y La Guaira ha sido calificada “zona de desastre”, por la cantidad de viviendas derrumbadas e infraestructuras colapsadas. Además, los daños han obligado al cierre del aeropuerto de Maiquetía, el más importante del país.

La cuestión que se plantea ahora es cuál es la calidad real, cómo es el mantenimiento y qué condiciones de uso tienen las construcciones en Venezuela. En La Guaira y en Caracas, decisiones de construcción discutibles, ampliaciones informales y ausencia de programas sostenidos de mantenimiento han provocado el colapso de muchas infraestructuras en este gran terremoto de 2026.

Ante esta tragedia, hemos visto desde muy pronto la movilización de la ciudadanía venezolana: desde los primeros rescates improvisados y sin medios a las pocas horas de los derrumbes pasando por la organización de cocinas colectivas, la recaudación de insumos, el transporte de medicamentos y materiales. Esta enorme movilización no ha ocurrido solo dentro del territorio venezolano: también han participado los miembros de la diáspora venezolana, casi 8 millones de personas que en la última década se vieron obligadas a abandonar el país por razones políticas o de pobreza y falta de oportunidades.

La reconstrucción del país será una tarea de la patria global o no será. Una característica fundamental de la Venezuela de 2026 es que su sociedad ya no coincide con su territorio sino que lo sobrepasa.

Sin embargo, no nos engañemos: en estas dos semanas no todo ha sido bondad. En las zonas afectadas por los seísmos se han producido robos y saqueos. En medio del caos, han coincidido tres elementos esenciales para que se produzca un delito: infractores motivados, objetivos valiosos y accesibles, y la ausencia de guardianes eficaces y control social. Así, el caos elimina la barrera del riesgo y maximiza la oportunidad de beneficio: el espacio público, antes regulado, se convierte temporalmente en un escenario de total impunidad.

A más de dos semanas de los terremotos del día de San Juan, se abre el largo camino hacia la recuperación de la confianza y la reconstrucción de las regiones afectadas. La ayuda humanitaria seguirá siendo necesaria y vale la pena conocer las distintas opciones disponibles para decidir cómo ayudar a Venezuela desde España de forma segura, responsable y eficaz.

The Conversation

– ref. La selección: terremoto en Venezuela – https://theconversation.com/la-seleccion-terremoto-en-venezuela-287150

Por qué seguimos pensando que nuestra vida es una ‘odisea’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Sevilla-Vallejo, Profesor Contratado Doctor en Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidad de Salamanca

Matt Damon como Ulises y Zendaya como Atenea en la última adaptación de la _Odisea_. Universal Pictures

Cuando Christopher Nolan estrene su versión de la Odisea, millones de espectadores volverán a encontrarse con cíclopes, naufragios, sirenas y dioses caprichosos. Sin embargo, la verdadera razón por la que el poema de Homero sigue fascinándonos casi tres mil años después quizá no tenga que ver con sus monstruos ni con sus aventuras. Su legado más profundo podría ser otro: enseñarnos a interpretar nuestra propia vida como una historia.

Último tráiler oficial de la Odisea de Nolan.

Hoy es habitual escuchar expresiones como “he aprendido de mis errores”, “esa experiencia me cambió para siempre”, “necesitaba encontrar mi camino” o “ya no soy la misma persona que era entonces”. Todas ellas comparten una idea aparentemente sencilla: que la vida tiene una dirección y que las experiencias contribuyen a transformarnos. Sin embargo, esta forma de comprender la existencia no es universal ni inevitable. Es también una construcción cultural. Y una de sus raíces más influyentes se encuentra en la Odisea.

El primer gran relato de transformación

A diferencia de la Ilíada, centrada en la guerra y la gloria heroica, la Odisea cuenta un regreso. Ulises desea volver a su hogar, Ítaca, después de la guerra de Troya, pero el viaje se prolonga durante años. En el camino pierde compañeros, comete errores, supera peligros y se enfrenta continuamente a situaciones que ponen a prueba quién es. La historia no trata únicamente de llegar a casa. Trata de convertirse en alguien capaz de regresar. Por eso muchos estudiosos consideran que la Odisea inauguró un modelo narrativo extraordinariamente duradero: el del personaje que abandona su mundo conocido, atraviesa una serie de pruebas y regresa transformado por la experiencia.

Desde entonces, innumerables relatos han reproducido esta estructura. La encontramos en novelas, películas, series y videojuegos. También aparece en historias tan diferentes como El Señor de los Anillos, Harry Potter, Star Wars o muchos videojuegos de aventuras contemporáneos. Pero su influencia va más allá de la ficción.

Cuando contamos nuestra vida como un viaje

Durante las últimas décadas, diversas investigaciones sobre identidad narrativa han mostrado que las personas construyen parte de su identidad mediante relatos sobre sí mismas.

Pintura en la que un hombre de barba blanca habla, de pie, ante un hombre más joven agachado que lo mira.
Tiresias le cuenta a Ulises cómo será su futuro, en un cuadro de Henry Fuseli.
Albertina/Google Art Project

El psicólogo Dan McAdams propuso que no solo tenemos recuerdos o rasgos de personalidad: también elaboramos narraciones que ayudan a dar coherencia y significado a nuestra experiencia. Cuando alguien explica cómo superó una enfermedad, cómo cambió tras una ruptura o qué aprendió de una etapa difícil, suele organizar esos acontecimientos siguiendo estructuras narrativas reconocibles.

Y una de las más poderosas es precisamente la que encontramos en la Odisea. Las dificultades dejan de ser simples obstáculos para convertirse en pruebas. Los errores pasan a formar parte de un aprendizaje. El sufrimiento adquiere sentido porque contribuye a una transformación personal. La vida comienza a interpretarse como un recorrido. No es casualidad que palabras tan populares hoy como “crecimiento personal”, “resiliencia” o “desarrollo” remitan, de una u otra forma, a la idea de un viaje.

El regreso importa más que la aventura

Hay un aspecto especialmente llamativo en el poema homérico. Ulises no regresa siendo exactamente la misma persona que partió, pero tampoco se convierte en alguien completamente diferente.

La transformación consiste en integrar las experiencias vividas sin perder la propia identidad. Este equilibrio sigue siendo una de las grandes preguntas humanas. Cambiamos constantemente: estudiamos, trabajamos, nos enamoramos, perdemos seres queridos, atravesamos crisis y descubrimos nuevas facetas de nosotros mismos. Sin embargo, seguimos sintiendo que existe una continuidad entre quienes fuimos y quienes somos. La identidad narrativa intenta explicar precisamente ese fenómeno.

Según diversos estudios en psicología y ciencias humanas, las personas no recordamos simplemente hechos aislados: los conectamos, les atribuimos significado y los incorporamos a una historia sobre quiénes somos. Gracias a ello, experiencias muy distintas pueden formar parte de una misma trayectoria vital.

La Odisea ofrece uno de los primeros modelos culturales para resolver ese desafío. El viaje de Ulises no solo representa una sucesión de aventuras, sino un proceso de interpretación de la experiencia. Cada encuentro, cada pérdida y cada obstáculo contribuyen a redefinir la relación del personaje con los demás y consigo mismo. Lo importante no es únicamente lo que le ocurre, sino cómo esas vivencias terminan integrándose en la persona que llega a Ítaca.

Pintura en la que se ve un barco con hombres remando y otro atado a un mástil que observa a unas mujeres que se esconden tras un árbol.
Ulises intentando evitar escuchar el canto de las sirenas, según Otto Greiner.
Bridgeman Art Library

Quizá por eso seguimos identificándonos con este relato. La mayoría de nosotros no lucharemos contra cíclopes ni escucharemos el canto de las sirenas, pero todos intentamos comprender qué significado tienen las pruebas que hemos atravesado y qué papel desempeñan en la historia de nuestra vida. Como Ulises, buscamos una forma de regresar a nosotros mismos después del cambio.

Lo que quizá vivamos de nuevo con la Odisea de Nolan

Cuando la nueva adaptación llegue a los cines, es probable que la conversación pública se centre en los efectos visuales, el reparto o la fidelidad al texto clásico.

Pero existe otra lectura posible. Quizá la vigencia de la Odisea no dependa tanto de sus aventuras extraordinarias como de algo mucho más cercano. Seguimos regresando a ella porque habla de una experiencia que todos compartimos: la necesidad de dar sentido a nuestra vida mediante historias.

Tres mil años después, seguimos buscando nuestra Ítaca. Seguimos enfrentándonos a pruebas que nos cambian. Y seguimos intentando responder a la misma pregunta que acompaña a Ulises durante todo su viaje: quiénes somos después de todo lo que nos ha ocurrido.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


The Conversation

Santiago Sevilla-Vallejo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Por qué seguimos pensando que nuestra vida es una ‘odisea’ – https://theconversation.com/por-que-seguimos-pensando-que-nuestra-vida-es-una-odisea-285011

¿Cómo queda el tablero de la defensa europea tras el reajuste táctico de la OTAN en Ankara?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat, Catedrático de Ciencia Política, Universitat de Barcelona

Para los aliados de Estados Unidos, las cumbres de la OTAN de ahora consisten en un ejercicio para contener daños y evitar reproches de Donald Trump. La “relación especial” entre la superpotencia estadounidense y la Unión Europea (UE) está tocada, pues ya no se puede dar por descontado el apoyo de Washington.

La cumbre de la Alianza Atlántica celebrada los días 7 y 8 de julio en Ankara (Turquía) ha tenido lugar sin la perspectiva del cese el fuego en Irán y en Ucrania, lo que muestra que el poder disuasorio de los EE UU es menor de lo que se suponía. Ambos conflictos continuarán.

En consecuencia, esta cumbre no ha sido más que un reajuste táctico que apenas ha conseguido renegociar el reparto de la carga, en particular por lo que se refiere a Ucrania.

Lo que ha puesto en evidencia es que Europa sigue en su laberinto. Se resiste a claudicar, como sí hace el secretario general de la OTAN, el europeo Mark Rutte, pero es incapaz de avanzar en su integración federal, un paso necesario para construir su propia defensa.

Las amenazas de Trump: Groenlandia y retirada de efectivos

Trump ha conseguido enemistarse con los principales líderes europeos, pues persiste en sus improcedentes aspiraciones anexionistas de Groenlandia y amenaza con retirar efectivos de Europa. Por todo ello, esta cumbre, que debería haber servido para establecer una mejor relación entre Estados Unidos y sus aliados europeos, no ha resuelto bien el deterioro anterior debido a que Trump no asume el multilateralismo y lo fía todo a la incontestable superioridad militar de su país.

El presidente estadounidense pretende un cambio del régimen global en el mundo para imponer con más fuerza la hegemonía de su país y contener a China, su verdadera obsesión. Sus principales quejas siguen siendo la insuficiente inversión militar europea y la ausencia de apoyo incondicional en la guerra contra Irán por parte de sus socios de la alianza.




Leer más:
Trump y Putin se reparten el botín de guerra en Ucrania con un plan de paz que pone a la UE contra las cuerdas


El mandatario estadounidense exige dos cosas: que los europeos aumenten la carga presupuestaria militar hasta el 5 % (que ni los Estados Unidos cumplen) y que adquieran el grueso del armamento a su país. Ante esta presión, Europa puede hacer dos cosas: claudicar servilmente como hace Mark Rutte o esforzarse por ser realmente autónoma.




Leer más:
Las tres áreas clave que Europa no debe pasar por alto si quiere mejorar su seguridad


Sin integración no puede haber ejército europeo

Lo cierto es que Europa ni quiere ni puede ir por libre. Por un lado, teme que Washington se descuelgue de la OTAN. Un escenario muy improbable, tanto porque resultaría contradictorio con los intereses estratégicos de los EE. UU. como por las notables dificultades políticas y jurídicas que supondría implementarlo. Por otra parte, Europa tampoco es capaz de profundizar mucho más en su integración federal.

Si la UE aspira a ser un actor geoestratégico mundial e incluso a dotarse algún día de un ejército europeo, el paso congruente sería el de culminar el proceso político de integración. En otras palabras, Europa tiene la solución teórica (los Estados Unidos de Europa), pero resulta imposible llevarla a la práctica porque ni puede ni quiere, toda vez que la mayoría de las élites y de las opiniones públicas nacionales no están preparadas para tal desenlace. En estas circunstancias, solo se puede aspirar a una OTAN 3.0 más europea y con más responsabilidades en su área.

Un ataque frontal de Rusia es inviable

Rusia se ha convertido en el gran pretexto para justificar un rearme sin precedentes, pero la posible amenaza sobre la Europa central y báltica es muy improbable por la enorme sangría militar y económica que está suponiendo la guerra en Ucrania. Vladímir Putin no está en absoluto en condiciones de atacar frontalmente a ningún país de la OTAN.

Tras más de cuatro años de guerra la economía rusa presenta claros síntomas de recesión. Si en todo este tiempo no ha podido conquistar Kiev es impensable que pueda ocupar Varsovia o las capitales bálticas. Otra cuestión podría ser la hipótesis Narva (convertir esta ciudad de Estonia en una “zona gris”) o la del corredor polaco de Suwalki, el punto más frágil de la arquitectura de seguridad europea. Con ello, Rusia pondría a prueba el artículo 5 de la OTAN (el ataque contra un Estado es el ataque contra todos), pero ambas opciones estratégicas plantean demasiados riesgos y parecen muy poco probables.

En todo caso, la presión de Trump ha obligado a los gobiernos europeos e incrementar sus presupuestos militares. No es que la UE gaste poco en defensa (más del 50 % en comparación con Estados Unidos), pero gasta mal por su fragmentación nacional.

Un rearme dividido

La estrategia adoptada es totalmente contraproducente para la soberanía europea porque la perspectiva adoptada es siempre la nacional. El programa ReArmar Europa no prevé la integración efectiva en la producción de armas y mucho menos una organización militar supranacional. El fracaso del caza europeo FCAS (siglas de Future Combat Air System) es todo un paradigma de como los mal entendidos intereses nacionales arruinan los europeos.

Ciertamente, los Estados Unidos y la UE quieren limitar al máximo la influencia rusa en toda Ucrania, pero no desean un colapso brusco del régimen de Putin por lo imprevisible que pudiera ser. La ayuda occidental le permite a Ucrania resistir, pero no vencer. La coartada rusa sirve para justificar el rearme y se ha impuesto el mecanismo por el cual la UE compra armas a los EE. UU. para entregárselas después a Ucrania.

La ayuda militar occidental a Ucrania queda así supeditada a los cálculos estratégicos occidentales y este país está pagando intereses elevados y ha tenido que hacer muchas concesiones económicas. Las buenas noticias para Ucrania son que se ha convertido en una potencia en fabricación de drones y que ha conseguido autorización de Trump para armar los misiles Patriot.

El caso de España

Por último, un apunte sobre el papel de Pedro Sánchez en la cumbre. España ya supera el 2 % y gasta más que algunos países miembros de la OTAN a los que Trump no ha criticado. Es el séptimo país en cumplir los objetivos requeridos pese a no haber asumido formalmente el irreal y arbitrario porcentaje del 5 %. No obstante, los acuerdos militares con los Estados Unidos funcionan sin el menor problema, al igual que las bases de Rota y Morón.

The Conversation

Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo queda el tablero de la defensa europea tras el reajuste táctico de la OTAN en Ankara? – https://theconversation.com/como-queda-el-tablero-de-la-defensa-europea-tras-el-reajuste-tactico-de-la-otan-en-ankara-287217

¿Quiénes son ‘elles’? Género, gramática e inclusión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Bravo, Profesor del Departamento de Lengua Española y Lingüística General, Universidad de Murcia

Andrey_Popov/Shutterstock

El lenguaje inclusivo –aquella forma de comunicar que busca incluir o visibilizar por razones de sexo– es motivo de debate frecuente entre quienes consideran necesario modificar las palabras que usamos para adaptarlas a una realidad cambiante y quienes defienden la corrección y el uso consensuado a lo largo de siglos de evolución.

Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionadas mundo estamos hurra.

Así empezaba el microrrelato del escritor argentino Julio Cortázar Por escrito gallina una, en el que la sintaxis del español se contorsiona en boca de una gallina, tras ser alcanzada por un cohete. Y lo mismo podrían exclamar los defensores del uso del lenguaje inclusivo: ¡Hurra! Porque, a través de los sustantivos colectivos (alumnado, profesorado, el gobierno) y de los desdobles (juezas y jueces, azafatas y azafatos), este lenguaje inclusivo se promueve y defiende desde los poderes públicos.

Sin embargo, en ocasiones, el uso inclusivo del lenguaje se enfrenta a situaciones contradictorias. Por ejemplo, la aparición del morfema -e en sustantivos, adjetivos, artículos y pronombres. Este morfema, aunque se haya creado de la nada y sea muy reciente, es correcto gramaticalmente pero admite dos usos diferentes, con significados también diferentes y, aparentemente, excluyentes.

¿Neutro o no binario?

El primero de los usos lo vemos en las estructuras de desdoble, como en la afirmación de la exministra de Igualdad del Gobierno de España Irene Montero: “Todos los niños, niñas y niñes tienen derecho a ser quienes son”. O en el socarrón “azafatas, azafatos y azafates” del escritor y académico de la lengua Arturo Pérez Reverte. En estos casos, la -o hace referencia a las personas de sexo masculino, la -a a las personas de sexo femenino y la -e a las personas de género no binario. Y así debe interpretarse también en la frase “Eso lo opinan ellos, ellas y también elles”.

El segundo uso lo vemos en:

“Y recuerden amiguites: no estamos confundides, estamos muy segures” (…) “Así mismo queremos convocar a les colegues de toda la provincia de Buenos Aires”. (Ejemplos provenientes de las redes sociales).

La -e aquí ya no se refiere a personas de género no binario sino que se utiliza con intención inclusiva: comprende a colegas del sexo masculino y femenino. Lo que no podemos saber es si, además, comprende a personas de género no binario, aunque esto sea secundario.

¿Qué está pasando? Como vemos, el morfema -e ha desarrollado dos valores incompatibles entre sí: permite referirse a personas del género no binario, pero también a cualquier persona, sin diferenciar por el sexo, por lo que también suele entenderse como género neutro. El primero es un uso exclusivo. El segundo es un uso inclusivo. De aquí se derivan dos problemas, uno comunicativo y otro social.




Leer más:
Ellas, ellos y elles: ¿por qué genera rechazo el lenguaje inclusivo?


Un problema comunicativo y uno social

El problema comunicativo se manifiesta cuando no sabemos con cuál de los valores se está utilizando y, por lo tanto, no podemos estar seguros de lo que se dice. Es lo que sucede con el título La política de todes.

En plural es más frecuente el significado inclusivo, es decir, hace referencia a cualquier persona independientemente del sexo biológico; pero la línea de la editorial en la que este libro está publicado induce a pensar que estamos ante la segunda interpretación, la exclusiva (a las personas de género no binario).

En cuanto al problema social, se plantea porque el colectivo queer y, en general, todas aquellas personas que no se identifican con el género binario (hombre vs. mujer), quieren que este morfema -e se utilice exclusivamente con el significado que permite visibilizarlas. Para estos hablantes, todes en La política de todes dejaría fuera a las personas de género binario.




Leer más:
Comunicar la ciencia con perspectiva de género: un decálogo de buenas prácticas


Usos referenciales y atributivos

Si nos damos cuenta, con la terminación en -e se ha reproducido la misma situación que con la -o: para unos hablantes tiene valor inclusivo, y comprende a todos las personas independientemente de su sexo, mientras que para otros tiene valor exclusivo e identifica al referente por el sexo biológico, sea este masculino, para la -o, o no binario, para la -e.

En ambos casos, el mecanismo lingüístico que está operando es el mismo: estamos pasando de un uso atributivo o descriptivo a un uso referencial. Esta distinción se la debemos al filósofo y matemático Gottlob Frege y tiene que ver con la semántica, es decir, los significados que damos a las palabras.

Podemos hablar de un objeto o una persona de dos maneras: por sus propiedades o atributos generales (un hombre o una mujer cualquiera, en tanto que ser humano) o específicamente como referente (ese hombre específico en ese momento específico). En el primer caso hablamos de un uso atributivo; en el segundo, de un uso referencial.

La película Tienes un e-mail nos sirve para explicarlo. Mientras que Joe Fox es el mismo referente (uso referencial) siempre, cambia la manera en la que se presenta (uso atributivo) para Kathleen Kelly: como el competidor que amenaza su librería (Joe Fox) y como el amigo sensible de internet (NY152) y toda la película gira en torno a que, aunque sabe que Joe Fox es Joe Fox, ignora que es también NY152, hasta que ambos usos convergen.

Si pensamos en “les colegues de Buenos Aires” como cualquier colega, independientemente del sexo, que reside en Buenos Aires, estamos dando al morfema un uso atributivo e inclusivo. En cambio, si no tenemos en cuenta las propiedades sino la referencia, los sujetos específicos a los que nos queremos referir, el uso será referencial y nos estaremos refiriendo únicamente a aquellos colegas no binarios, exclusivamente los que son les y no los o las.

Un cambio en marcha

Desde la lingüística, tanto la -e en español como el pronombre they para el inglés son correctos gramaticalmente. Pero en este momento de la evolución de la lengua, coexisten los dos usos que hemos mencionado: el que distingue tres géneros gramaticales correspondientes a los géneros de las personas hombres, mujeres o no binarias; y un uso neutro y genérico referido a todos los sexos/géneros posibles.

Al mismo tiempo, la lengua mantiene el sistema más antiguo, que conserva -o como genérico. Esta coexistencia explica los problemas comunicativos que hemos visto.

Economía y abstracción

El sistema con tres géneros plantea algunas preguntas interesantes. Una de ellas es si desde el punto de vista de la economía del lenguaje es sostenible. En general, la palabra no es la cosa, es decir, la expresión la mesa no es una mesa, es un signo para referirnos a la realidad; no podemos referirnos a todas y cada una de las realidades. No tenemos una palabra para cada uno de los infinitos tipos de mesas que existen, y tenemos que recurrir a mecanismos lingüísticos para precisarlo (de tres patas, redondas, cuadradas…)

De la misma manera, cabría especular con que dentro del colectivo queer las personas trans no se identifiquen con la -e y quieran reivindincar un morfema propio. Podría añadirse otro morfema, que añadiría complejidad en el sistema. Las lenguas avanzan en fases o estadios; a veces soluciones distintas coexisten y solo el tiempo nos dirá cuál permanece. Aunque lo que sabemos es que los hablantes tienden a evitar este tipo de complejidad.

The Conversation

Ana Bravo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Quiénes son ‘elles’? Género, gramática e inclusión – https://theconversation.com/quienes-son-elles-genero-gramatica-e-inclusion-281395

Escudo cuántico: ¿quién protege nuestros secretos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pino Caballero Gil, Catedrática de Universidad en Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial, Universidad de La Laguna

Nuestros secretos podrían quedar expuestos en cuanto aparezcan los primeros ordenadores cuánticos de gran potencia. Esta es la carrera contrarreloj que hoy libran las personas expertas en criptografía por la ciberseguridad en la era cuántica.

Han pasado 30 años desde que la coautora de este artículo publicó el primer libro en español dedicado íntegramente a la criptografía: Introducción a la criptografía (Editorial Ra-Ma, 1996). En aquel momento todo era nuevo, y la seguridad de la información, una disciplina exótica incluso en el entorno académico, invisible para el gran público. Por eso, un libro que llevaba en su título la palabra “criptografía” solo podía entenderse como un tratado sobre mensajes secretos del más allá. Aquella obra pionera, llena de algoritmos matemáticos, se mostraba en muchas librerías en las estanterías dedicadas a los fenómenos paranormales. Resulta paradójico que, tres décadas después, esa materia se haya convertido en el pilar que sostiene nuestra civilización digital.

Hoy, la seguridad online es tan importante como la seguridad a pie de calle. Los sistemas criptográficos consiguen sostener el sistema en una trepidante carrera contra quienes, a veces, consiguen hackearlos. Pero… ¿y en el futuro? La computación cuántica que se avecina, con un alcance casi ilimitado, ¿reforzará la seguridad o la pondrá en riesgo?

Asistimos, de nuevo, a una revolución en materia de ciberseguridad. Nos enfrentamos al auge de aquello que, hasta hace apenas una década, se consideraba casi ciencia ficción: la computación cuántica.

El ocaso de la criptografía actual

Imaginemos que la seguridad de casi todas nuestras comunicaciones, ya sean bancarias, por internet, correo electrónico, internet de las cosas, tarjetas inteligentes, etc., dejara de ser segura de repente. El caos generado sería de dimensiones colosales.

Eso podría fácilmente ocurrir dentro de unos pocos años si no se sustituyen urgentemente los dos algoritmos criptográficos más utilizados en todas las tecnologías actuales: el llamado RSA (siglas de Rivest, Shamir y Adleman, sus inventores) y los basados en curvas elípticas. En ambos casos, el funcionamiento se basa en dos claves: una pública y otra privada, conectadas mediante una función matemática unidireccional. Con la clave privada es muy fácil crear la clave pública, pero extremadamente difícil hacer lo contrario: conseguir la clave privada a partir de la pública. Esa dificultad se debe a que requiere resolver un problema matemático difícil, lo que hace que la contraseña sea segura.

Sin embargo, cuando haya un ordenador cuántico con capacidad suficiente para resolver esos problemas difíciles en poco tiempo, estaremos en peligro. Y ya existen los algoritmos cuánticos necesarios para comprometer la base de la criptografía de clave pública actual. Uno de ellos es el algoritmo de Shor.

Shor tiene la habilidad de encontrar patrones ocultos en los números. Esto le permite resolver los problemas de la factorización y del logaritmo discreto en los que se basa RSA, o los basados en curvas elípticas. Su viabilidad contra los algoritmos criptográficos de clave pública actuales está supeditada a desarrollos en la computación cuántica que aún no están del todo conseguidos. Es decir, ya existe el algoritmo, ahora falta la máquina. Hay dos obstáculos críticos: el número de cúbits y el control de la decoherencia cuántica. Esta última destruye la superposición antes de completar el cómputo, corrompiendo el resultado.

Uno de los chips cuánticos más potentes hoy en día tiene poco más de 1 100 cúbits físicos (con ruido y errores). Sin embargo, aunque teóricamente bastarían unos pocos miles de cúbits lógicos (sin ruido ni errores) para romper el cifrado RSA con 2 048 bits de clave, la fragilidad de los sistemas cuánticos actuales eleva la cifra necesaria hasta cientos de miles de cúbits físicos. Romper la criptografía elíptica con 256 bits de clave requiere un tercio de los recursos cuánticos necesarios para romper RSA-2048, pero tampoco es viable hoy en día.

Si el algoritmo de Shor compromete la criptografía de clave pública, otro algoritmo cuántico, el algoritmo de Grover (1996), puede utilizarse para poner a prueba la criptografía de clave secreta.

Grover y la clave secreta

En este tipo de criptografía, los participantes usan la misma clave secreta para cifrar y descifrar los mensajes. De hecho, el actual estándar de cifrado simétrico, presente en multitud de tecnologías, es el algoritmo AES (Advanced Encryption Standard).

El algoritmo de Grover es, en esencia, un algoritmo cuántico de fuerza bruta. Mientras que un ordenador clásico tendría que probar una a una cada posibilidad de clave secreta para intentar encontrar la correcta, el algoritmo de Grover se aprovecha de la superposición cuántica y el entrelazamiento entre cúbits para descubrir la clave de una manera mucho más rápida.

Sin embargo, la protección contra el algoritmo de Grover es muy sencilla: basta con duplicar el tamaño de la clave, sin necesidad de cambiar el algoritmo de cifrado. Por el contrario, el algoritmo de Shor nos obliga a buscar alternativas matemáticas completamente nuevas, que fundamentan la criptografía postcuántica.

Aunque todavía no existen ordenadores cuánticos suficientemente potentes como para ejecutar los algoritmos de Shor y Grover contra los tamaños de claves criptográficas actuales, ya podemos afirmar que no estamos a salvo, pues se están interceptando y almacenando datos cifrados con la intención de descifrarlos cuando exista un ordenador cuántico capaz de vulnerar esos sistemas criptográficos. Este tipo de estrategia se conoce como “harvest now, decrypt later” (“cosechar ahora, descifrar después”).

Si seguimos utilizando criptografía que no está preparada para resistir ataques cuánticos, nuestros secretos actuales serán descubiertos en cuanto aparezcan los primeros ordenadores cuánticos de gran potencia.

Transición postcuántica

Cambiar todas nuestras tecnologías hacia una criptografía resistente a la computación cuántica representa una de las mayores transformaciones de infraestructura en la historia de la ciberseguridad moderna. Este movimiento global busca proteger nuestras comunicaciones digitales frente a la amenaza cuántica. Para lograrlo, pueden adoptarse tres enfoques: utilizar exclusivamente computación clásica, emplear tecnologías cuánticas o combinar ambas. En el primer caso hablamos de criptografía postcuántica; en el segundo, de criptografía cuántica; y en el tercero, de criptografía híbrida cuántica.

Para anticiparse al escenario de vulnerabilidad que plantea la computación cuántica, el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos (NIST, por sus siglas en inglés) inició en 2016 un proceso de estandarización sin precedentes para seleccionar los algoritmos de criptografía postcuántica que protegerán nuestras infraestructuras digitales en las próximas décadas.

Tras años de evaluación y escrutinio, y un concurso científico internacional, en agosto de 2024 publicó los primeros estándares oficiales de criptografía postcuántica.

La seguridad de los algoritmos estándares postcuánticos se fundamenta en que, aunque están diseñados para ejecutarse en ordenadores clásicos, se basan en problemas matemáticos que, según el conocimiento actual, resisten tanto ataques clásicos como cuánticos.

El núcleo de esta nueva generación de algoritmos se apoya principalmente en la criptografía basada en retículos. Los estándares ML-KEM (derivado de CRYSTALS-Kyber) para el cifrado y ML-DSA (derivado de CRYSTALS-Dilithium) para firmas digitales sustituyen los problemas numéricos tradicionales de la factorización y el logaritmo discreto por estructuras geométricas en espacios de cientos o miles de dimensiones. Mientras que los ordenadores cuánticos destacan en la búsqueda de periodicidades numéricas, no se conoce actualmente ningún algoritmo cuántico o clásico eficiente capaz de resolver estos problemas de retículos de alta dimensión.

Sin embargo, la adopción de estos estándares plantea retos técnicos significativos. Las claves y firmas postcuánticas suelen ser considerablemente más grandes que las clásicas, lo que obliga a actualizar protocolos de red y optimizar el almacenamiento. No obstante, la publicación de estos estándares en 2024 marcó el inicio de la era de la llamada criptoagilidad o capacidad de actualizar rápidamente los sistemas criptográficos ante nuevos avances científicos.

Escudo cuántico

Si la computación cuántica está llamada a ser el arma definitiva para vulnerar los sistemas de cifrado actuales, resulta natural y necesario buscar en las mismas leyes de la física una línea de defensa. La distribución cuántica de claves (QKD, por sus siglas en inglés) se alza como una de las aplicaciones más maduras y prometedoras de las tecnologías cuánticas aplicadas a la ciberseguridad. Es un método de comunicación cuántica que permite a dos partes generar de forma segura una clave secreta compartida y aleatoria. La QKD aprovecha las leyes de la mecánica cuántica para establecer las bases de una seguridad teórica perfecta garantizando que cualquier intento de interceptación sea físicamente detectable debido a la perturbación de un sistema al ser medido y al teorema de no clonación.

Sin embargo, el despliegue de la QKD a escala global se enfrenta a desafíos prácticos, como los elevados costes de implementación, las limitaciones de alcance físico de la fibra óptica y la compleja integración con las infraestructuras de red ya existentes.

Este escenario ha impulsado el desarrollo de arquitecturas híbridas bajo el paradigma de la criptoagilidad, que permite combinar criptografía tradicional (como el actual estándar AES), criptografía postcuántica (como los estándares postcuánticos del NIST) y criptografía cuántica basada en QKD allí donde sea viable. Esta simbiosis dota a las organizaciones de una resiliencia tecnológica que evita la dependencia exclusiva de una única solución emergente.

En estos días, el catálogo de criptografías primitivas se extiende hacia protocolos que aseguran la identidad y consiguen niveles de eficiencia impensables con la criptografía tradicional.

Entre ellos destacan las firmas digitales cuánticas, que garantizan la autenticidad y no repudio de los mensajes mediante las leyes de la física. Las pruebas cuánticas de conocimiento nulo y la autenticación cuántica de identidad ofrecen soluciones robustas y seguras para autenticar la identidad sin revelar ningún tipo de información sobre la clave privada del usuario. Por último, una de las fronteras más prometedoras es el bloqueo de datos cuánticos, que permite proteger volúmenes masivos de información mediante claves extremadamente cortas. Estas son las soluciones en las que trabajamos. A día de hoy, completan un ecosistema donde la física blinda las comunicaciones futuras.

En paralelo, trabajamos en el aprendizaje automático cuántico (QML, Quantum Machine Learning). El QML es una disciplina que fusiona la computación cuántica con el aprendizaje automático clásico para procesar grandes cantidades de información. Aunque todavía se encuentra en una fase exploratoria, estos modelos podrían identificar patrones de amenaza que resultan invisibles para la inteligencia artificial clásica.

Finalmente, dado que el mantenimiento de hardware cuántico propio es extremadamente costoso y complejo, la computación cuántica en la nube se ha consolidado como la forma más práctica y eficiente de acceder a estos recursos. Este modelo democratiza el uso de procesadores cuánticos reales sin necesidad de grandes inversiones en infraestructura física. Esto favorece el prototipado rápido de nuevas soluciones de seguridad y fomenta una investigación colaborativa global, indispensable para anticiparse a los ataques.

Geopolítica de la cuántica

La investigación en cuántica ha dejado de ser un nicho académico para transformarse en un asunto estratégico que redefinirá el poder mundial en el siglo XXI. Las potencias ya compiten por el control de lo que se perfila como la próxima infraestructura crítica mundial, con un impacto comparable al del petróleo.

Estados Unidos y China lideran esta carrera cuántica. El ecosistema estadounidense se basa en una simbiosis descentralizada entre respaldo estatal y sector privado. Gigantes como IBM, Google y Microsoft lideran la inversión, dominando el panorama de las patentes en software y hardware cuántico.

China, por el contrario, se enfoca hacia una estrategia centralizada y sin inversión privada, aunque con niveles de inversión pública que superan a los de Estados Unidos. Apuesta por la computación cuántica y ha tomado la delantera en comunicaciones cuánticas seguras mediante satélites, una ventaja decisiva en ciberdefensa y espionaje.

Europa, pese a su excelencia académica y programas como la Estrategia de la Europa Cuántica (Comisión Europea, 2025), se enfrenta a la fragmentación de sus mercados y a un menor flujo de capital privado.

La hegemonía cuántica representa una carrera hacia una nueva forma de poder. La nación que domine su tecnología y aplicaciones tendrá una capacidad de influencia sin precedentes. La soberanía cuántica será un factor determinante en las alianzas y conflictos internacionales del futuro.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Escudo cuántico: ¿quién protege nuestros secretos? – https://theconversation.com/escudo-cuantico-quien-protege-nuestros-secretos-283304

Un recorrido por las matemáticas de los balones de fútbol desde los primeros campeonatos hasta el Mundial del 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antônio José Lopes "Bigode", Fundador, Sociedade Brasileira de Educação Matemática (SBEM)

El Adidas Trionda es el balón oficial de la Copa Mundial de Fútbol de 2026. UKinUSA/Flickr, CC BY-SA

En época de Mundial, hay mucho que decir sobre la relación entre el deporte más popular del planeta, el fútbol, y las matemáticas. Además de las proporciones del terreno de juego, el sistema de puntuación, las estadísticas de los partidos y las probabilidades asociadas a los resultados, hay aspectos curiosos que suelen pasar desapercibidos para los aficionados. Uno de ellos es la evolución de los balones de fútbol y la geometría aplicada a su diseño.

Fue en la Inglaterra del siglo XIX donde surgieron los primeros equipos organizados (1857) y, pocos años después, las reglas modernas del fútbol (1863), dando origen a este deporte que se extendió por todo el mundo. Existen registros que indican que los pueblos mesoamericanos ya practicaban juegos similares al fútbol actual en el siglo XV.

Los balones de los primeros campeonatos oficiales estaban hechos de cuero y cosidos a mano. En ellos ya se podían observar patrones de naturaleza geométrica. Con la necesidad de una producción a escala industrial, resultó conveniente que su superficie estuviera recubierta por módulos iguales que encajaran entre sí, como se puede ver en los balones utilizados entre las décadas de 1930 y 1960.

Un balón de fútbol antiguo en un expositor de museo
El modelo T (con doce módulos en t) fue uno de los modelos usados durante la Copa Mundial de la FIFA de 1930, celebrada en Uruguay.
Oldelpaso/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Parece una esfera perfecta, pero no lo es

A primera vista, un balón de fútbol parece una esfera perfecta, recubierta de cuero, goma y otros materiales. Hay desde balones improvisados hechos con telas, como los antiguos balones de calcetín, hasta aquellos fabricados con compuestos altamente tecnológicos, como el poliuretano empleado en los balones oficiales.

Hoy en día, su superficie está formada por la unión de módulos planos que, cosidos o pegados, constituyen un revestimiento que adopta una forma “esférica” cuando se infla. Cuanto más refinado es el diseño de estos módulos, más se aproxima el balón a una esfera.

En 1970, durante el Mundial celebrado en México, se produjo un gran avance en el diseño de estos balones con el Telstar. Fue con el Telstar y su ingenioso diseño con el que Brasil cautivó al mundo al conquistar su tercer título mundial de fútbol en el Estadio Azteca, coronando una racha de títulos en tan solo 12 años (1958, 1962 y 1970).

El balón Telstar.
El balón Telstar.
2010 World Cup – Shine 2010/Flickr, CC BY

El modelo geométrico adoptado en el Telstar se basa en un sólido llamado icosaedro truncado. En matemáticas, los sólidos geométricos son figuras tridimensionales con longitud, anchura y altura. Los cubos, los prismas, las pirámides y la propia esfera son ejemplos de sólidos geométricos.

El clásico balón del Mundial de 1970 se basa en el icosaedro truncado, que tiene 32 caras formadas por polígonos regulares: 20 hexágonos y 12 pentágonos. Recortados y cosidos del revés, estos módulos forman la superficie exterior del balón. Al inflarse, esta envoltura adopta una forma muy parecida a la de una esfera. Este modelo se convirtió en un icono del fútbol mundial y se utilizó durante seis Copas del Mundo consecutivas, desde 1970 hasta 2002.

Un dato impresionante es que esta figura tridimensional forma parte de los sólidos arquimedianos, cuya descripción se atribuye tradicionalmente al matemático griego Arquímedes (287 a.e.c – 212 a.e.c.) y que fue representada magistralmente hace unos 500 años, en el Renacimiento, por Leonardo da Vinci, el gran genio de las artes y la invención. Da Vinci ilustró con decenas de figuras poliédricas el libro De Divina Proportione, publicado en 1509. Escrita por el matemático Luca Pacioli (1445-1517), la obra se considera un clásico sobre las proporciones.

Cuando Da Vinci dibujó los poliedros platónicos y arquimedianos, no existían ni la informática gráfica ni la inteligencia artificial. Solo contaba con su imaginación, sus extraordinarias habilidades y sus pinceles. Cinco siglos más tarde, los ordenadores han sustituido a los pinceles, pero los principios de la geometría siguen siendo los mismos. Lo que ha cambiado son las herramientas utilizadas para aplicarlos.

La revolución del diseño

Durante más de tres décadas, el icosaedro truncado se mantuvo como referencia para el diseño de los balones oficiales. A partir de la década de 2000, sin embargo, la geometría de los balones tomó un rumbo diferente, impulsada por tecnologías de vanguardia como el modelado por ordenador, capaz de tener en cuenta variables como el peso, la velocidad, la resistencia al aire, los nuevos materiales y los procesos de fabricación.

Para los amantes de las matemáticas, resulta interesante observar cómo los balones modernos reflejan los avances de la geometría. Al fin y al cabo, la historia reciente de los balones oficiales también puede entenderse como la búsqueda de construir, con un número cada vez menor de módulos, una superficie que, una vez inflada, se aproxime lo máximo posible a una esfera perfecta.

La llegada del balón Jabulani, fabricado por Adidas, ejemplifica este proceso y consolida una ruptura con el modelo de su predecesor. En lugar de los 32 módulos tradicionales, su superficie pasó a estar formada por solo ocho paneles moldeados tridimensionalmente, unidos mediante procesos de termosoldadura (thermal bonding). La reducción del número de costuras hizo que la superficie fuera más uniforme y acercó aún más el balón a una esfera ideal. El Jabulani se estrenó en el Mundial de 2010, en Sudáfrica.

Un balón de fútbol en el que pone 'adidas' y 'JABULANI' expuesto
Balón Jabulani de Adidas.
Warrenski/Flickr, CC BY-SA

Brazuca y Trionda

El número de módulos se redujo a seis en el diseño del balón Brazuca, la estrella del Mundial de 2014, celebrado en Brasil. Además de la reducción de las costuras, estos módulos presentan una simetría y unas curvaturas cuidadosamente calculadas para distribuir mejor las tensiones provocadas por el inflado del balón. El resultado fue una superficie más regular y un comportamiento aerodinámico más estable.

El balón Trionda, que se utiliza en el Mundial de 2026, celebrado en México, Estados Unidos y Canadá, representa un paso más en esta evolución.

Un balón Trionda de color blanco, rojo y verde
Balón Trionda.
User34790/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Cuenta con solo cuatro módulos de contornos curvos, similares a la forma de un bumerán. El encaje de estas cuatro piezas es suficiente para formar todo el revestimiento del balón.

Para diseñar este módulo, los ingenieros y diseñadores utilizaron principios geométricos similares a los que exploraron los mosaicistas moriscos en la ornamentación de edificios públicos y religiosos de Andalucía, como la Alhambra de Granada.

Estos artesanos desarrollaron formas capaces de cubrir completamente una superficie mediante la repetición, sin dejar espacios vacíos ni superposiciones. Siglos más tarde, esos mismos principios inspiraron los famosos mosaicos creados por el artista holandés Maurits Cornelis Escher (1898-1972).

Observar la historia de los balones y los Mundiales desde esta perspectiva ayuda a comprender cómo las matemáticas están en todas partes. Aparecen en la arquitectura de los estadios, en las formas geométricas de los balones y en las soluciones creadas por diseñadores e ingenieros. En cada Copa Mundial, los nuevos retos dan lugar a nuevas ideas, demostrando que el fútbol, el arte, la tecnología y la geometría pueden jugar en el mismo equipo.

The Conversation

Antônio J. L. Bigode es consultor invitado en el ámbito de la Educación Matemática del Ministerio de Educación de Brasil (PNAIC, PCN), así como de las consejerías de educación estatales y municipales, fundaciones, institutos y organizaciones no gubernamentales. Es autor de colecciones didácticas para la educación básica y de libros para la formación del profesorado, y ha sido galardonado con el Premio Jabuti.

– ref. Un recorrido por las matemáticas de los balones de fútbol desde los primeros campeonatos hasta el Mundial del 2026 – https://theconversation.com/un-recorrido-por-las-matematicas-de-los-balones-de-futbol-desde-los-primeros-campeonatos-hasta-el-mundial-del-2026-287134

La trampa del ‘fast tech’: por qué reemplazamos nuestro teléfono móvil con tanta frecuencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ricardo Sotaquira-Gutierrez, Profesor Asociado e Investigador de la Facultad de Ingeniería, Universidad de La Sabana

¿Y si nos propusiéramos conservar el mismo smartphone, al menos, durante cuatro años, que es el tiempo que hay entre un Mundial de fútbol y el siguiente? Omar Ramadan / Unsplash., CC BY-SA

¿Cuántos de nosotros tenemos hoy en día el mismo smartphone que teníamos en el Mundial de fútbol del 2022? Seguramente pocos. La mayoría cambiamos de teléfono mucho antes de que termine su vida útil. Consumimos productos electrónicos de manera cada vez más acelerada y los reemplazamos prematuramente. Esta tendencia se conoce como fast tech, tecnología rápida y desechable, y está acarreando graves daños a nuestro ambiente.

El nombre fast tech se deriva de otro patrón de consumo, la fast fashion o “moda rápida” –la compra continua y compulsiva de prendas–, motivada por las tendencias fugaces y el marketing.

¿Pero cuál es exactamente el impacto del reemplazo acelerado de teléfonos inteligentes? Para hacernos una idea, en la fabricación de un smartphone, se generan entre 50 y 80 kilogramos de CO₂. Eso implica que su producción global anual es responsable de entre 60 y 65 millones de toneladas de CO₂. Estas emisiones equivalen a las producidas en el año por el uso de unos 14 millones de automóviles de gasolina.

La brecha entre lo que podría durar y lo que dura un teléfono

Llamamos “vida útil potencial” al tiempo durante el cual un producto puede funcionar correctamente. Para el caso de un teléfono móvil, algunos de los principales fabricantes establecen que un smartphone nuevo puede recibir actualizaciones de su software durante seis o siete años.

Sin embargo, análisis recientes muestran que los consumidores renovamos nuestro smartphone, en promedio, cada tres años. Menos de la mitad de lo previsto por los diseñadores. ¿Será este drástico acortamiento atribuible solo a debilidades del ecosistema económico y legal?

Por supuesto, hay que tener en cuenta que tanto el hardware como el software de un equipo específico pueden sufrir deterioros que disminuyan su vida útil. En tal caso, los usuarios que busquen extender de nuevo la vida de su dispositivo dependerán de servicios de reparación y de repuestos ofrecidos por el fabricante o el mercado. Así, el grado de desarrollo que tenga la economía circular del sector incide sobre la duración efectiva de nuestros móviles.

Esta duración depende también de la existencia o la ausencia de normas en un país sobre asuntos como el derecho a la reparación o la protección contra la obsolescencia planificada.

Fomentar la circularidad y establecer regulaciones estrictas para el sector ayudaría a conservar nuestros equipos más de tres años. Pero esto no bastaría: hay factores que tienen que ver con los propios consumidores.

Cómo nos damos cuenta de que envejece nuestro teléfono

Tendemos a creer que la decisión de renovar nuestro teléfono inteligente resulta de algún análisis de coste-beneficio que hacemos explícita o implícitamente. Al contrario, investigaciones recientes han mostrado que, a menudo, no seguimos un curso racional para la decisión. Más bien estamos condicionados por un juego de factores sociales, emocionales y de novedad.

Nuestro comportamiento se entiende mejor si imaginamos que cada persona lleva una cuenta del “valor mental” de su teléfono. Cada día, ese valor mental se va erosionando, entre otras razones por aspectos estéticos. Por ejemplo, un nuevo arañazo en la pantalla o un daño en el cuerpo del equipo por una caída, por minúsculos que puedan ser, hacen que se reduzca del valor mental.

La disminución del valor de mercado del teléfono no es la misma que experimenta nuestro valor percibido: la pérdida en la contabilidad mental es más radical. Cada vez que viene a nuestra mente el defecto, baja aún más el valor.

Siempre el mismo teléfono…

Otro mecanismo similar tiene que ver con la saciedad estética y funcional. La sorpresa positiva que despertó en nosotros el teléfono cuando lo compramos pierde fuerza con el paso del tiempo. Nosotros percibimos todos los días el mismo producto, sin cambios en su exterior y funcionalidad. Nos vamos saciando. Y esta saciedad gradual reduce continuamente el valor percibido de nuestro smartphone.

Además, estas formas de deterioro del valor mental se acentúan porque los teléfono inteligentes tienen también un valor simbólico. No son simples herramientas útiles: para muchos usuarios son también símbolos de estatus. Su valor percibido depende del grupo social al que pertenezca la persona. En este contexto, un defecto estético o la pérdida de novedad del equipo hacen que el teléfono se desvalorice más rápidamente.

Finalmente, consideremos el efecto de los nuevos modelos que llegan cada año e inundan vallas y anuncios. Las diferencias entre la nueva versión y el modelo anterior suelen ser menores, incluso resultan difíciles de apreciar en la experiencia del usuario común. Sin embargo, son amplificadas en las estrategias de lanzamiento del producto. Es una ola de novedad, pero la percibimos como un “tsunami” cuando los diques han perdido su altura inicial. Y suma más erosión al valor del producto.

Repensando el reemplazo prematuro de smartphones

El consumo de teléfonos nuevos cada tres años no es una condición irreversible. Se requieren cambios en el diseño de los teléfonos, en las estrategias de negocios de los fabricantes y en las normas de los países. Esto promovería una producción y un consumo más sostenibles. Pero también los consumidores necesitamos cambiar nuestra percepción y nuestros hábitos de reemplazo.

Antes de renovar un equipo, podemos consultar información que nos brinde una imagen más objetiva de su condición actual. Podemos practicar hábitos de cuidado que lo mantengan en buenas condiciones. Y todo ello podría contrarrestar nuestras dinámicas mentales de desvalorización.

Le propongo un reto: si cambia de smartphone este año, no lo haga de nuevo hasta el próximo Mundial de fútbol. Tal vez sea una métrica simple, pero, extendida a millones de consumidores, podría influir en ese sistema sobre el que ningún consumidor tiene control directo. Este reto podría reducir emisiones, ahorrar recursos y disminuir desperdicios electrónicos.

The Conversation

Ricardo Sotaquira-Gutierrez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La trampa del ‘fast tech’: por qué reemplazamos nuestro teléfono móvil con tanta frecuencia – https://theconversation.com/la-trampa-del-fast-tech-por-que-reemplazamos-nuestro-telefono-movil-con-tanta-frecuencia-284048