El hormigón y el cambio climático estrangulan las playas de Andalucía, pero la solución no son más espigones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Prieto Campos, Investigador Doctor, Universidad de Sevilla

Playa de Málaga. Xbrchx/Shutterstock

Cada temporal fuerte deja imágenes parecidas: playas sin arena y paseos marítimos descalzos por el avance del mar “de golpe”. Pero ese “golpe” visible suele apoyarse en un proceso mucho más lento: un litoral cada vez más influido por la acción humana, justo cuando el nivel del mar sube y los episodios extremos aprietan.

Andalucía es un claro ejemplo de este fenómeno. En esta región conviven dos fachadas diferenciadas:

  • Una atlántica baja y arenosa, con playas extensas y sistemas dunares bien desarrollados.

  • Una mediterránea más abrupta, con playas más cortas (a menudo en forma de calas) que se alternan con acantilados y aportes sedimentarios torrenciales y discontinuos.

Dicho de forma simple: el Atlántico suele disponer de más arena y más espacio; el Mediterráneo, de menos sedimento y menor margen para absorber cambios.

Erosión costera: ni desastre ni excepción

Las playas son un sistema altamente dinámico: buscan continuamente un equilibrio constante entre su morfología, los materiales que las forman y las condiciones impuestas por los agentes externos. Se mantienen gracias al intercambio de arena entre playa y duna y al transporte a lo largo de la costa (la llamada “deriva litoral”).

Así, las dunas cumplen un papel clave como reserva sedimentaria y como amortiguador: durante temporales ceden arena a la playa y disipan parte de la energía del oleaje.

La erosión es, al igual que la acumulación de sedimentos, un proceso natural y común a nivel global. Cuando la erosión es constante, el sistema litoral tiende a adaptarse migrando hacia el interior. Es el llamado “espacio de acomodación”: ese colchón de espacio tierra adentro del que dispone la costa para ajustarse a nuevas condiciones. Es algo normal y no hay problema en que esto ocurra.

La costa ahora está limitada por muros

Sin embargo, cuando las reservas naturales de sedimentos se sellan o se fijan mediante edificaciones, paseos o muros, el sistema pierde su capacidad de reajuste natural. Entonces, el mar utiliza su única reserva disponible: la propia playa. Y aquí es donde comienzan los problemas: pérdida (progresiva o súbita) de arena, con la consecuente exposición directa al oleaje de infraestructuras, como los paseos marítimos y edificaciones.

La ocupación del frente costero ha crecido desde mediados del siglo XX. En Andalucía, la longitud de playas afectadas por construcciones pasó de 40 km a 240 km entre 1956 y la actualidad. El dato es contundente: más de un tercio de las playas andaluzas (37,5 %) se encuentra bajo la influencia directa del hormigón, de las cuales más del 80 % se encuentra en la fachada mediterránea.

Efectos de la subida del nivel del mar

A esa rigidez se suma el aumento del nivel medio del mar. En series de medidas recientes se observan tasas de pocos milímetros por año: 3,81 milímetros/año en Huelva (1998–2024), 3,32 mm/año en Cádiz (1961–2018) y 2,45 mm/año en Málaga (1993–2024). Una tasa cercana a 4 mm/año equivale a 4 centímetros por década.

Aunque esos 4 centímetros parecen poco, en playas con pendientes suaves –cerca del 1 %– esos 4 cm pueden traducirse, por pura geometría, en un desplazamiento potencial de unos 4 metros hacia tierra cada diez años. La cifra exacta varía según oleaje y sedimentos, pero la idea es potente: milímetros verticales pueden convertirse en metros horizontales.

A ello se le unen los temporales, porque el cambio climático no actúa por una sola vía. Un mar más alto funciona como una “tarima” sobre la que se “montan” los temporales: con el punto de partida más elevado, la misma tormenta penetra más e impacta más tierra adentro en el perfil de playa. Si además los episodios extremos son más frecuentes o intensos, el sistema tiene menos tiempo para recuperarse entre golpes.




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Playas que desaparecen

En zonas donde tradicionalmente hay mucha erosión, se han construido infraestructuras de estabilización (como los espigones) para supuestamente frenar la desaparición de las playas. Sin embargo, estas dan una falsa sensación de seguridad, a menudo reforzada por las propias Administraciones públicas.

Una playa que hoy parece “estable” puede ser un espejismo. En algunos tramos, la obra no elimina la erosión, solo impide que se manifieste en la posición visible de la línea de costa, afectando a su estabilidad sedimentaria. Así ocurre, por ejemplo, con el sector occidental de la playa de Torre del Mar (Vélez-Málaga), Balerma (El Ejido) y los Cerrillos (Roquetas de Mar) en la vertiente mediterránea; y El Portil (Punta Umbría), Matalascañas (Almonte) y Punta Montijo (Chipiona) en su homóloga atlántica, entre muchas otras. En la mayoría de estas playas destaca la presencia de infraestructuras de estabilización.

Torre del Mar, Málaga.
BearFotos/Shutterstock

Entonces, ¿más arena o más costa?

Cuando llegan los daños, la reacción habitual es “reparar” la playa: aportar arena y reforzar defensas. A veces es inevitable a corto plazo, pero como estrategia única suele ser pan para hoy y hambre para mañana si no se restaura la dinámica natural del sistema.




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Dos líneas ayudan a orientar la gestión. La primera es respetar el espacio donde sea posible: proteger y restaurar dunas, evitar nuevas construcciones en primera línea, planificar asumiendo que la costa necesita moverse. La segunda es priorizar por tramos, porque no todas las playas cuentan con el mismo aporte de sedimento ni el mismo margen de migración.

La erosión no es un fallo: es parte del funcionamiento normal de la costa. Con un mar que sube, temporales más exigentes, menos sedimento disponible por la regulación de las cuencas hidrográficas y un litoral “rigidizado” por la construcción, la pregunta ya no es si la costa cambiará, sino si la ordenación del territorio permitirá que lo haga de forma natural… o si seguirá chocando contra un muro.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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El material sin el que no existirían las películas de Hollywood

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Diaz Marcos, Profesor departamento materiales y microscopista , Universitat de Barcelona

Serhii Yushkov/Shutterstock

A veces, la historia avanza por caminos inesperados. Uno de esos giros curiosos tuvo lugar a mediados del siglo XIX y comenzó con un objeto aparentemente trivial: una bola de billar. Aquella pequeña pieza acabaría desencadenando una historia digna de película.

La necesidad de sustituir el marfil utilizado para fabricar las bolas de billar llevó a la invención de un material nuevo y extraordinario: el celuloide. Considerado el primer plástico semisintético, este material no solo abrió el camino a la futura era de los plásticos, sino que también sería clave en los primeros sistemas para capturar y proyectar imágenes en movimiento. Sin él, probablemente el cine –e incluso Hollywood– no existirían tal como los conocemos.

De las bolas de billar a Hollywood

A mediados del siglo XIX, el billar se había convertido en una auténtica moda y movía enormes cantidades de dinero. Uno de sus grandes referentes era Michael Phelan, probablemente el jugador más famoso de la época.

Pero el éxito del juego escondía un problema inesperado: la gran cantidad de marfil necesaria para fabricar las bolas. En 1867, The New York Times advertía del riesgo de que los elefantes acabaran “contados entre las especies extinguidas” debido a la demanda de sus colmillos. Para encontrar una alternativa, Phelan ofreció una recompensa extraordinaria: 10 000 dólares en oro a quien descubriera un sustituto adecuado para el marfil. Sin saberlo, aquella recompensa acabaría vinculada al nacimiento de la era de los plásticos… y del cine.

El reto lo resolvió John Wesley Hyatt, con la ayuda de su hermano. Su solución fue el celuloide, obtenido a partir de celulosa derivada del algodón y plastificada con alcanfor. Este material podía calentarse, moldearse y volver a moldearse, motivo por el cual se considera uno de los primeros termoplásticos.

Hyatt lo promocionaba con una frase que resume bien el espíritu de la época: “Así como el petróleo ayudó a la ballena, el celuloide ha dado al elefante un respiro”. Más allá de la retórica, el descubrimiento fue revolucionario. Como señala el historiador Jeffrey Meikle en American Plastic, al sustituir materiales escasos o caros, el celuloide contribuyó a democratizar muchos productos para una clase media en expansión.

Utilización en el cine

Curiosamente, el celuloide tuvo una vida breve en el mundo del billar. Sin embargo, su nombre quedaría ligado para siempre a otro ámbito: el cine.

En 1880, el empresario George Eastman, fabricante de cámaras fotográficas, visitó a Hyatt con una idea clara: sustituir las pesadas placas de vidrio de la fotografía por un soporte más ligero. El celuloide resultaba ideal.

Gracias a este material, Eastman pudo colocar la emulsión fotográfica en una cinta larga y flexible enrollada en un carrete, lo que permitía tomar múltiples fotos con una cámara compacta. Así nació, en 1888, la primera Kodak, que popularizó la fotografía y transformó la manera en que las personas registraban su vida cotidiana.

Pocos años después, el uso del celuloide como soporte para película fotográfica –impulsado por desarrollos como el de Hannibal Williston Goodwin– abrió definitivamente la puerta al cine.

Sobre este nuevo material flexible trabajarían los hermanos Lumière, hijos de un reconocido fotógrafo de Lyon. A finales del siglo XIX, su familia ya poseía una de las fábricas fotográficas más importantes de Europa.

Imagen de una cinta de una película antigua.
Imagen de una cinta de una película antigua.
Prawny/Pixabay

Los Lumière: el inicio del cine

Louis y Auguste Lumière fueron más allá de la fotografía. Inspirados por los avances en óptica y mecánica, desarrollaron el cinematógrafo, un ingenioso dispositivo que utilizaba película perforada de 35 milímetros. Mediante una manivela, capturaba imágenes sucesivas que luego podían proyectarse sobre una pantalla.

Cada escena duraba solo unos segundos, pero era suficiente para provocar una sensación completamente nueva: ver la realidad en movimiento. Así comenzó la historia del cine.

La fábrica de los hermanos Lumière se convirtió, de hecho, en el primer estudio cinematográfico. Allí se filmó La sortie de l’usine Lumière, estrenada el 28 de diciembre de 1895 en el Salon Indien del Grand Café de París. Para el público de la época, ver imágenes en movimiento proyectadas en una pantalla fue una auténtica revelación.

Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895.
Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895, hecho por Marcellin Auzolle.
Wikimedia Commons, CC BY-SA

La base de estas primeras películas hizo posible aquel milagro técnico y mereció el honor de dar nombre a esta nueva industria naciente: la industria del celuloide.

En pocos años, el cine se convirtió en un fenómeno de masas que democratizaba el acceso al espectáculo. En la pantalla, el público podía reír con Buster Keaton o escuchar, por primera vez, voces como la de Al Jolson, en los inicios del cine sonoro.

Los peligros del primer cine

Sin embargo, el mismo material que había impulsado el séptimo arte escondía riesgos importantes. La película de nitrocelulosa era extremadamente inflamable: podía descomponerse o incendiarse a temperaturas relativamente bajas y, además, liberaba gases tóxicos durante su degradación.

Este peligro provocó numerosos incendios en salas de proyección y almacenes de películas, y también ha contribuido a la pérdida de una enorme parte del patrimonio cinematográfico. Diversos expertos del sector han señalado que menos de la mitad de las películas rodadas antes de 1950 han llegado hasta nuestros días, y solo una pequeña fracción del cine mudo se ha conservado.

Algunos accidentes fueron especialmente dramáticos. En 1897, durante el Bazar de la Charité de París, una proyección cinematográfica terminó en incendio cuando una llama entró en contacto con película de nitrocelulosa. La tragedia causó más de un centenar de víctimas y evidenció los peligros de aquel nuevo espectáculo tecnológico.

La solución llegaría desde la propia industria. A principios del siglo XX, Kodak introdujo un soporte alternativo basado en acetato de celulosa, mucho más seguro que la nitrocelulosa utilizada hasta entonces. Aquel cambio marcaría el inicio del declive del celuloide en el cine.

Aun así, su legado es inmenso. El celuloide hizo posible el nacimiento del cine moderno y, al mismo tiempo, abrió la puerta a una nueva familia de materiales que transformarían profundamente la sociedad contemporánea: los plásticos.

Si algún día existe un Óscar honorífico para los materiales, el celuloide probablemente sería el primero en recibirlo. Al fin y al cabo, sin él quizá el cine nunca habría llegado a convertirse en la gran fábrica de historias y sueños que hoy conocemos.

The Conversation

Jordi Diaz Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El material sin el que no existirían las películas de Hollywood – https://theconversation.com/el-material-sin-el-que-no-existirian-las-peliculas-de-hollywood-278113

Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorenzo Antonio Justo Cousiño, Profesor de la Facultad de Fisioterapia. Fisioterapeuta, Doctor en Neurociencia, Universidade de Vigo

Danzas populares en Valencia. Kynamuia/Shutterstock

Está demostrado que bailar es una actividad que “pone en danza” diversas dimensiones del ser humano: físicas, cognitivas, emocionales y sociales.

En primer lugar, requiere que mantengamos la atención, nos sincronicemos con la música y ejecutemos diferentes tipos de pasos. Pero además, facilita la expresión y regulación de emociones, así como una mayor interacción social. En el caso de la población mayor, promueve la participación tanto de las personas sanas como la de aquellas que adolecen de limitaciones.

Terapia de danza

La ciencia ha evidenciado que el baile genera importantes cambios en el cuerpo: favorece la estimulación del sistema sensoriomotor, el ejercicio cardiovascular, la coordinación motora y la activación de redes cerebrales ligadas al movimiento y la cognición.

Se llama terapia de danza a una intervención de psicoterapia a que emplea el movimiento y el baile para mejorar la salud y el bienestar del individuo. Este concepto surgió en la década de 1940 cuando sus creadores, en gran parte bailarines y bailarinas, se percataron de los beneficios psicológicos de su actividad.

Un estudio realizado en Finlandia reveló que incorporar terapia de danza al tratamiento habitual de la depresión provoca una mejoría mucho mayor que con una terapia convencional aislada. En este punto es necesario recordar que cualquier intervención en una patología psicológica debe ser abordada por psicólogos o psiquiatras y que una intervención basada en movimiento (ejercicio terapéutico) ha de ser pautada por fisioterapeutas.

Cerebros más moldeables

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro de adaptarse y cambiar en base al aprendizaje, experiencias o reparación de lesiones. Se ha observado que la danza mejora esta propiedad: tiene la capacidad de integrar movimiento y sonido y favorece la conexión entre los dos hemisferios del cerebro. Además, los movimientos complejos del baile estimulan múltiples áreas cerebrales: motoras, sensoriales y cognitivas.

Una investigación realizada en adultos mayores en los que se comparó el baile frente a una intervención basada en ejercicio repetitivo observó un mayor impacto cerebral asociado a la danza. Esto podría estar asociado a una demanda mucho más variada –cognitiva, física y de coordinación–, lo que podría tener potencial para neutralizar la pérdida de materia gris relacionada con la edad.

También se estudia su efecto en enfermedades neurodegenerativas. De hecho, una publicación reciente describe que la danza es una práctica multitarea que cumple los estándares clínicos requeridos para la enfermedad de Parkinson: capacidad aeróbica, equilibrio, ritmo, marcha, control postural y habilidades cognitivas.

Tradiciones saludables

Pero ¿esto se aplica a todo tipo de bailes? ¿También a los tradicionales y folclóricos? En un estudio de 2025 se explica que cualquier modalidad tradicional que implique desempeño físico tendrá beneficios para la salud. También considera que su eficacia en el ámbito cardiovascular, funcional y metabólico es comparable a la de otras formas de ejercicio estructurado.

La autora, ejecutando un baile tradicional gallego.

Además, las danzas folclóricas ofrecen una ventaja añadida: transmiten identidad e historia. Por ejemplo, el baile tradicional gallego ha sido declarado bien de interés cultural.

Otra publicación reciente refuerza estas ideas, concluyendo que el baile tradicional español (que incluye la jota, el flamenco y las sevillanas) contribuye al bienestar físico y emocional, con un impacto positivo en la calidad de vida. Adicionalmente, la danza tradicional estimula un sentimiento de unidad y acompañamiento en los participantes, ayudando a conectar a las personas.

Entre los beneficios de los bailes tradicionales destacan los cardiovasculares y del equilibrio, ya que incorporan pasos ágiles, cambios de dirección y elevación de la frecuencia cardíaca. También se asocia una mejora en la musculatura, pues muchas modalidades implican movimientos vigorosos que movilizan grandes extensiones corporales.

Las exigencias posturales y la coordinación del movimiento favorecen el equilibrio y la coordinación, mientras que las amplitudes motoras en los diferentes patrones de baile favorecen la movilidad articular.

Para todas las edades

En 2019, un estudio realizado en 130 personas mayores de 60 años demostró que practicar baile tradicional (en este trabajo era griego) durante 32 semanas mejoraba la condición física en todas las pruebas evaluada por el Senior Fitness Test, una batería de 6 pruebas que evalúa la fuerza en miembros, flexibilidad, resistencia aeróbica y equilibrio dinámico.

Acorde a los resultados observados, la danza folclórica se mostró como una herramienta eficaz para mejorar la funcionalidad y prevenir las caídas. Y no es solo cosa de mayores: también ha demostrado efectos positivos en estudiantes de secundaria y universitarios, generando mejorías en el estado de ánimo y la condición física.

Más allá del baile: políticas sanitarias

En la actualidad ya existen programas de salud pública que buscan actuar por medio del baile. Estos proyectos, denominados Dance for Health (Baile para la Salud) son proyectos comunitarios que buscan promover la implicación ciudadana en la salud y en la sociedad por medio del baile.

Dicha iniciativa, que ya ha demostrado altos niveles de participación y adherencia, propone en definitiva a la danza como un método de bajo coste, divertido y culturalmente significativo para favorecer la actividad física en la sociedad.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos – https://theconversation.com/cuando-la-tradicion-se-convierte-en-salud-los-beneficios-de-los-bailes-folcloricos-270892

¿Duermen los parásitos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Erika Pineda Ramírez, investigadora postdoctoral Marie Curie del programa ARISTOS dentro del CIBER-BBN, Instituto de Salud Carlos III

Tero Vesalainen / Shutterstock

Dormir bien no es solo una cuestión de descanso. Nuestro cuerpo funciona siguiendo ritmos diarios precisos que regulan desde la liberación de hormonas hasta la respuesta del sistema inmunitario. Cuando estos ritmos se alteran, por el jet lag o por trabajar de noche, el impacto sobre la salud es evidente. Pero, por extraño que parezca, no convivimos en soledad con ese reloj interno.

Millones de microorganismos habitan en nuestro interior y dependen de nuestro cuerpo para sobrevivir. Estos no habitan un entorno fijo, sino uno que cambia constantemente a lo largo del día: nosotros. Esto plantea una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿los parásitos que causan enfermedades también siguen un horario? Y, si es así, ¿puede el momento del día influir en cómo nos infectan o en cómo los tratamos?

¿Qué es un ritmo circadiano y por qué importa?

Los ritmos circadianos son ciclos biológicos que se repiten aproximadamente cada 24 horas y permiten a los organismos anticiparse a los cambios entre el día y la noche. En los seres humanos regulan procesos como el sueño, el metabolismo, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. En otras palabras, coordinan funciones esenciales para la salud.

Lejos de ser un simple reloj del sueño, el sistema circadiano organiza el funcionamiento del cuerpo en el tiempo. Gracias a él no todas nuestras funciones ocurren al azar: hay momentos del día en los que ciertas respuestas son más eficientes que en otros. Esta organización temporal es clave para mantener el equilibrio fisiológico y responder de forma adecuada a los desafíos externos.

Por eso la hora del día es una variable biológica importante: influye en nuestra fisiología y también en nuestra respuesta frente a las enfermedades, desde infecciones hasta procesos inflamatorios.

El cuerpo humano no es un entorno constante

Debido a este ciclo, para un parásito el cuerpo humano no es un entorno estable. A lo largo del día cambian la disponibilidad de nutrientes, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. Incluso procesos aparentemente constantes, como la liberación de hormonas, siguen patrones rítmicos bien definidos.

Para un organismo que depende completamente de su huésped para sobrevivir y multiplicarse, estas fluctuaciones no son un detalle menor. Infectar un cuerpo por la mañana no es lo mismo que hacerlo por la noche. El parásito se enfrenta a defensas distintas y a condiciones fisiológicas cambiantes, que pueden favorecer o dificultar su supervivencia.

Entender cómo los parásitos se adaptan a este entorno dinámico es clave para comprender mejor el desarrollo de las infecciones.

¿Tienen ritmos circadianos los parásitos?

Durante mucho tiempo se asumió que los ritmos circadianos eran exclusivos de organismos complejos. Sin embargo, en los últimos años se ha acumulado evidencia de que varios parásitos presentan cambios rítmicos en su biología a lo largo del día. Estos cambios afectan a procesos clave como el metabolismo, la replicación o la capacidad de infectar al huésped.

Uno de los ejemplos mejor estudiados es Plasmodium, el parásito causante de la malaria. Su ciclo de replicación dentro de los glóbulos rojos suele alinearse con los ritmos circadianos del huésped. Cuando esta sincronización se altera, el parásito pierde eficacia y la infección es menos exitosa, lo que sugiere que anticipar los cambios diarios del huésped le confiere una ventaja biológica clara.

También se han descrito oscilaciones diarias en otros parásitos como Trypanosoma brucei, responsable de la enfermedad del sueño africana, o Leishmania, causante de la leishmaniasis. En estos organismos se han observado cambios rítmicos que afectan a la expresión génica, al metabolismo y a la interacción con la célula hospedadora. En algunos casos, estos ritmos persisten incluso en condiciones constantes, lo que apunta a la existencia de mecanismos internos de control temporal. En otros, parecen depender más estrechamente de las señales fisiológicas del huésped.

En conjunto, estos ejemplos muestran que los parásitos no son organismos pasivos. Muchos organizan su biología en el tiempo, ya sea mediante relojes internos, mediante la sincronización con el huésped o a través de una combinación de ambos mecanismos.

¿Por qué estos ritmos importan para la infección?

Que los parásitos presenten ritmos diarios no es una simple curiosidad biológica. Estas oscilaciones pueden tener consecuencias directas sobre cómo se desarrolla una infección. Si el metabolismo o la replicación del parásito varían a lo largo del día, también puede hacerlo su capacidad para invadir tejidos o evadir la respuesta inmunitaria.

El sistema inmune humano tampoco funciona de manera constante. Muchas de sus respuestas siguen patrones circadianos, lo que significa que la interacción entre huésped y parásito cambia con el tiempo. Diversos estudios sugieren que la carga parasitaria o la gravedad de los síntomas pueden variar según la hora, introduciendo una dimensión temporal clave en el estudio de las infecciones.

Esta dimensión temporal no solo afecta a la infección, sino que podría influir también en el tratamiento. En otras áreas de la medicina ya se ha demostrado que la eficacia y la toxicidad de algunos fármacos dependen de la hora de administración, un enfoque conocido como cronoterapia. En el caso de las infecciones parasitarias, la evidencia creciente sobre ritmos en huésped y parásito plantea la posibilidad de que el momento del tratamiento modifique su impacto.

Entonces, ¿realmente duermen los parásitos?

Aún no sabemos si los parásitos duermen en un sentido comparable al humano. Lo que sí está cada vez más claro es que muchos de ellos organizan su biología en el tiempo, adaptándose a los ritmos del huésped o siguiendo patrones propios. Ignorar esta dimensión temporal limita nuestra comprensión de las infecciones y de su tratamiento.

Tal vez los parásitos no duerman como nosotros. Pero, sin duda, viven pendientes del reloj. Concretamente, del nuestro.

The Conversation

Erika Pineda Ramírez recibe fondos de la UE a través de una beca Postdoctoral Marie Curie dentro del programa ARISTOS del CIBER

ref. ¿Duermen los parásitos? – https://theconversation.com/duermen-los-parasitos-272932

Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mahmoud Nabil, Postdoctoral Researcher, Universidad Pablo de Olavide

EAKARAT BUANOI/Shutterstock

Escuchamos que las energías renovables pueden salvar el planeta. Pero, asumiendo que de hoy a mañana toda la demanda energética se pudiera cubrir con fuentes renovables, ¿bastaría para garantizar un futuro sostenible?

La respuesta es no. Y la razón no es tecnológica, sino económica. El sistema mundial funciona bajo un modelo basado en la producción ilimitada, el consumismo y el crecimiento perpetuo. Mientras ese modelo siga intacto, ninguna fuente de energía podrá evitar que sigamos agotando los recursos del planeta.

Una dependencia que nos define y nos asfixia

Cada gran salto tecnológico desde la Revolución Industrial ha dependido de los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas natural se convirtieron en el motor de todos los aspectos de nuestra vida. Pero su impacto va más allá de lo técnico: el control de estos recursos ha moldeado alianzas, provocado conflictos y condicionado el ascenso y declive de naciones enteras.

El coste ambiental es ya innegable. Cerca del 80 % de las emisiones de CO₂, proceden de la quema de combustibles fósiles, acelerando un calentamiento global cuyas consecuencias son cada vez más visibles: olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales y subida del nivel del mar. Estos fenómenos no solo amenazan ecosistemas, sino que agravan la inestabilidad social, los desplazamientos forzados y los conflictos.

El desafío es doble: reducir emisiones mientras se satisface una demanda energética global que no deja de crecer.




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Energía renovable, demanda insaciable

La luz solar que recibe la Tierra en una hora bastaría para cubrir toda la demanda energética de un año. Y la tecnología para aprovecharla avanza rápido: las celdas solares de silicio han alcanzado una madurez impensable hace dos décadas, tecnologías emergentes como las celdas de perovskita prometen procesos de fabricación más sencillos, y los costes de la energía fotovoltaica han caído más de un 90 % en la última década.

Pero la demanda energética sigue creciendo exponencialmente, mucho más rápido que la solución. La pregunta entonces no es solo cómo producimos energía, sino cuánta necesitamos y por qué la necesitamos en cantidades cada vez mayores.

El motor del problema: producir más, consumir más, crecer siempre

El modelo económico capitalista depende absolutamente del crecimiento perpetuo. El progreso se mide a través del producto interior bruto (PIB). Más producción, más consumo, más PIB. Pero como dicta la lógica y argumentan investigadores como Tim Jackson y Jason Hickel, el crecimiento material infinito en un planeta con recursos finitos es físicamente imposible.

Los datos lo confirman: el uso de energía y el PIB siguen estrechamente acoplados a nivel global, y los intentos de “desacoplar” el crecimiento del uso de recursos han resultado ineficaces. Producimos más eficientemente, sí, pero el sistema exige que produzcamos siempre más.

La economía conoce bien esta paradoja: el efecto rebote. Cuando una tecnología se vuelve más eficiente, reduce el coste por unidad de uso, lo que acaba estimulando un mayor consumo total. La eficiencia, por sí sola, no puede contrarrestar un sistema cuya supervivencia depende de que consumamos cada vez más.

Este efecto llegaría incluso a la propia energía solar. Si volvemos a la suposición del principio, que toda la demanda se cubre con renovables, el problema no desaparecería. Impulsados por el modelo económico, la gente consumirá más y la industria producirá más, alimentando una extracción de materiales sin límite aparente.

Todo esto nos acerca a lo que se define como la transgresión de los “límites planetarios”: extraemos más de lo que el planeta puede regenerar. La huella material de la economía global se ha triplicado desde 1970. El precio a pagar es la degradación ambiental y la explotación de las regiones más vulnerables, todo bajo la promesa de una prosperidad que nunca llega a todos.




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La energía no solo debe ser limpia; debe ser justa

La justicia nunca debe quedar fuera. Los materiales para fabricar paneles solares y baterías, como el indio, la plata, el cobre, el cobalto o las tierras raras, no aparecen de la nada. Se extraen en países del Sur Global, bajo condiciones laborales precarias y con escasa supervisión ambiental.

Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, los salares de litio en Argentina, Bolivia y Chile, la minería de tierras raras en el sudeste asiático o la explotación de oro en Sudán muestran cómo la demanda de materiales “verdes” puede reproducir dinámicas coloniales.

Mientras que los costes humanos y ambientales se concentran en el Sur Global, los beneficios económicos fluyen al Norte Global. Si la expansión de las renovables reproduce este modelo extractivo, la transición energética se convertirá en una nueva forma de explotación en lugar de un avance colectivo.

Cambiar la fuente no basta: hay que cambiar el sistema

El avance científico es esencial, pero el desafío energético va mucho más allá de los laboratorios. Está enraizado en un modelo que premia la acumulación, normaliza el consumismo y externaliza sus costes hacia los ecosistemas y las comunidades más vulnerables, Cambiar de fuente energética es necesario pero insuficiente.

El desafío energético no es solo un problema técnico con solución técnica: es un problema sistémico. Requiere replantearnos qué entendemos por progreso, para quién producimos y a costa de qué. Las decisiones que se tomen hoy a nivel político, económico y estructural definirán no solo la trayectoria del cambio climático, sino la naturaleza del mundo que emerja de esta transformación. Energía renovable sin cambiar el sistema económico es una promesa vacía de futuro sostenible.

The Conversation

Mahmoud Nabil no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible – https://theconversation.com/las-energias-renovables-son-esenciales-pero-no-suficientes-para-un-futuro-justo-y-sostenible-277592

Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Ángeles Quesada Cubo, Investigadora predoctoral FPU, Universidad Pablo de Olavide

Matej Kastelic/Shutterstock

Para un docente universitario, impartir clase en un aula medio vacía puede ser una experiencia descorazonadora. Una reacción habitual es achacar la ausencia de los estudiantes a un desinterés por la asignatura. Pero no acudir a una clase no siempre indica apatía. A veces esconde una decisión racional. Cuando una clase se percibe como tiempo de baja rentabilidad, la asistencia cae, aunque el interés por la asignatura exista.

Esto ocurre cuando la sesión repite lo que ya está en el campus virtual. También sucede cuando no ofrece nada que no pueda estudiarse en casa. Los estudiantes que deciden no ir al aula no dejan de aprender, sino que dejan de ver razones para estar físicamente en el aula.

¿Qué aporta ir a clase?

En un reciente estudio hemos explorado tres experiencias de innovación docente con una idea simple: si queremos que el alumnado vuelva, el aula debe volver a significar algo. La evaluación combinó observación del profesorado con cuestionarios anónimos y voluntarios.

Los resultados permiten extraer una conclusión incómoda, pero útil. El absentismo no se combate con reproches. Se combate con diseño pedagógico.

Evitar la rutina

El punto de partida es conocido, pero conviene decirlo sin rodeos. La clase magistral puede ser valiosa. Sin embargo, cuando se convierte en rutina, tiende a empujar al alumnado a un papel pasivo.

En ese marco, la presencia deja de aportar una diferencia clara. La asistencia se vuelve prescindible. Las tres metodologías probadas intentan lo contrario. Buscan convertir la sesión presencial en un espacio donde ocurren cosas que no pueden trasladarse a un simple documento.




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Explicar la teoría en formato pódcast

En la primera propuesta se pidió al alumnado transformar conceptos teóricos en pódcasts divulgativos. El cambio parece menor. Sin embargo, obliga a tomar decisiones intelectuales importantes.

Hay que elegir la idea central. También hay que sostenerla con argumentos, buscar ejemplos y construir un relato comprensible. En la práctica, explicar para que otra persona comprenda, actúa como un detector de lagunas.

Si un concepto no se ha entendido bien, eso se nota al intentar contarlo. Por eso los estudiantes que participaron en nuestro proyecto valoran esta metodología, que combina síntesis conceptual y creatividad.

La tarea deja de consistir en repetir contenidos. Pasa a reconstruirlos con sentido propio. Al mismo tiempo, la experiencia sirve de advertencia importante: un pódcast no consiste solo en hacer algo con audio. Debe acompañarse de pautas claras, fuentes fiables, criterios de calidad y una planificación temporal. Si no es así, puede vivirse como una carga extra o quedarse en una divulgación superficial.

Construir un manual didáctico

La segunda metodología consistió en construir de forma colaborativa un manual didáctico de la asignatura. Cada grupo trabajó una parte del temario. El resultado final funcionó como material común para estudiar, debatir y mejorar.

Aquí el cambio no es solo de formato. También es un cambio de lógica. El alumnado no produce un trabajo para entregarlo y olvidarlo. Produce un recurso que vuelve al grupo y organiza el curso. Esa utilidad compartida transforma la implicación. Convierte la asistencia en parte del proceso de producción y no en un simple trámite.




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Los universitarios que participaron consideraron que esta actividad mejoraba su interés por asistir a clase. También mejoró su relación con el profesorado.

Cuando la clase se vive como un lugar donde se construye algo en común, desconectarse cuesta más. La asistencia deja de ser una obligación externa. Pasa a ser una necesidad interna del propio proceso de aprendizaje y compromiso grupal.

Cuando el alumnado lidera la clase

La tercera propuesta se basó en la metodología conocida como clase invertida. El alumnado asume un rol protagonista al preparar y exponer los contenidos. El profesorado, guía, corrige y aporta coherencia.

El potencial es evidente. Aparecen la conversación y el debate, y disminuye el monólogo. Sin embargo, también surgen condiciones que conviene atender. Parte del grupo expresó reticencias. Señaló el riesgo de cometer errores. También mencionó desigualdades en la capacidad de exposición y la falta de evaluación o reconocimiento de esas intervenciones.

La clase invertida funciona cuando el diseño protege la calidad: esto implica entrenar habilidades como la síntesis, la búsqueda de fuentes y la exposición. También exige fijar criterios de rigor y mantener un papel docente visible, que garantice estructura y corrección.

Cuando estas condiciones se cumplen, el protagonismo del alumnado no sustituye al profesorado, sino que amplía su impacto.

Lo que hace que asistir merezca la pena

Con matices, las tres experiencias apuntan en la misma dirección. La asistencia mejora cuando el aula ofrece algo irreemplazable. Puede ser debate real, producción compartida o práctica guiada.

La tecnología puede ayudar. Sin embargo, no produce resultados por sí sola. Lo decisivo es el protagonismo del alumnado y el sentido de la tarea.

Hay un último elemento que suele olvidarse en los debates públicos sobre docencia: la continuidad. Estas metodologías requieren tiempo, acompañamiento y estabilidad organizativa para consolidarse.

No son soluciones rápidas contra el absentismo. Son formas de reconstruir el sentido de la presencialidad. Esto exige que el profesorado universitario tenga estabilidad laboral y que la calidad de la docencia se valore tanto como la investigación.

Al final, la pregunta más productiva para cualquier universidad no es por qué el alumnado no viene. Es qué ocurre en esa clase para que venir merezca realmente la pena.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario – https://theconversation.com/esta-clase-merece-la-pena-como-combatir-el-absentismo-universitario-276935

Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Montserrat López Melero, Profesora contratada Doctora de Derecho Penal, Universidad Europea Miguel de Cervantes

LightField Studios/Shutterstock

Hay personas a las que parece que nada les afecta. Ni una mala noticia, ni una pérdida de un ser querido, ni siquiera una alegría intensa. No es frialdad deliberada ni falta de educación emocional: es lo que la psicología denomina indiferencia afectiva.

Se trata de un rasgo poco visible, a menudo malinterpretado, que condiciona la forma de sentir, relacionarse y reaccionar ante el mundo de estas personas. Comprenderlo es clave para no confundir distancia emocional con insensibilidad ni silencio con distanciamiento deliberado.

La indiferencia afectiva también es conocida como desapego emocional y se refiere a una actitud de distanciamiento y falta de reacción emocional ante estímulos que normalmente provocarían una respuesta emocional en otras personas.

Quienes lo sufren tienden a mostrar una escasa afectividad, lo que supone que rara vez experimentan emociones intensas, ya sean positivas o negativas.

Este rasgo puede ser una característica inherente de la personalidad o puede desarrollarse como un mecanismo de defensa ante experiencias traumáticas o situaciones de estrés prolongado. En algunos casos, la indiferencia afectiva es voluntaria y consciente. En otros puede ser involuntaria y, por tanto, difícil de controlar.

Las señales de alerta

Las personas que exhiben indiferencia afectiva presenta una serie de comportamientos y actitudes que las distinguen y que es importante que seamos capaces de detectar:

  • Falta de empatía. La persona puede tener dificultad para comprender y compartir los sentimientos de los demás, lo que conllevaría conflictos interpersonales.

  • Respuesta emocional plana. A menudo, las reacciones emocionales son menos intensas o completamente ausentes, pueden parecer personas desinteresadas o apáticas en situaciones que normalmente provocarían una respuesta emocional.

  • Relaciones superficiales. Tienden a establecer relaciones interpersonales menos profundas, ya que su capacidad para conectar emocionalmente con otros es limitada.

  • Independencia emocional. Son personas con una alta autosuficiencia y menos dependientes de validación y del apoyo emocional de los demás.

Experiencias traumáticas o factores biológicos

¿Pero existe alguna causa concreta para tener indiferencia afectiva? No, las causas son variadas y complejas y tienen que ver con algunos motivos como estos:

  • Factores biológicos. Las diferencias en la química cerebral y la función neurológica pueden influir en la capacidad de una persona para experimentar y expresar emociones. Un ejemplo bien podría ser el del famoso asesino en serie estadounidense Edmund Emil Kemper III, quien mostró una notable indiferencia afectiva y frialdad emocional, lo que se ha atribuido en parte a factores biológicos, aunque también a factores psicológicos.

  • Experiencias traumáticas. La exposición a eventos traumáticos, especialmente en la infancia, conlleva el desarrollo de mecanismos de defensa que incluyen el desapego emocional y, por tanto, indiferencia. Richard Kuklinski The Iceman podría ser un caso que responde a estas causas. El comportamiento de este asesino a sueldo, que mostró una notable indiferencia afectiva hacia sus víctimas, se ha atribuido en parte a las experiencias traumáticas que vivió durante su infancia –abusos físicos y emocionales por parte de sus padres–.

  • Entorno familiar. Criarse en un entorno familiar donde la expresión emocional no es muy valorada o es reprimida contribuye a tener indiferencia afectiva. Un caso notable es el de Aileen Wuornos, una asesina en serie estadounidense que tuvo una infancia extremadamente difícil, marcada por el abandono y el abuso. Creció en un entorno familiar disfuncional, lo que contribuyó a su desarrollo de indiferencia afectiva y comportamientos violentos.

  • Trastorno de la personalidad. Algunos trastornos como el esquizoide puede incluir indiferencia afectiva como síntoma central. Un caso emblemático es el de José Bretón, que acabó con la vida de sus dos hijos de 6 y 2 años en 2011.

Terrorismo y ausencia de sentimientos

La indiferencia afectiva no solo se encuentra entre muchos asesinos, sino también en los terroristas. Estos casos son más complejos y multifacéticos si cabe, dado que este rasgo se caracteriza por una falta de interés y participación emocional, lo que conlleva a la disminución de la reactividad y ausencia de sentimientos.

En los terroristas internacionales de corte yihadista, por ejemplo, se observan factores sociales, psicológicos y biológicos que influyen en la construcción de su personalidad, por lo que la indiferencia –junto con otros rasgos de la personalidad, como la agresividad– contribuye a la incapacidad de adaptación y la facilidad para realizar actos delictivos. La complejidad de la radicalización dificulta la explicación de la misma únicamente por la presencia de la indiferencia afectiva.

Podemos señalar algunas consecuencias de la indiferencia afectiva que son interesantes, tanto positivas como negativas. Respecto de las positivas, tener una falta de implicación emocional puede permitir una evaluación más objetiva y racional en situaciones en las que hay que tomar alguna decisión, y esto es ventajoso en contextos profesionales.

Por otro lado, al no verse afectadas por los altibajos emocionales, las personas con indiferencia afectiva pueden mantener una estabilidad emocional que les permite manejar el estrés y las adversidades de una manera más efectiva.

Por último, la independencia emocional puede llevar a una mayor autosuficiencia y capacidad para trabajar de una manera autónoma sin necesidad de constante apoyo en los demás.

Respecto de las negativas, la falta de empatía y conexión emocional pueden dificultar la formación de relaciones profundas con otros, lo que conlleva sentimientos de aislamiento y soledad. Además, la indiferencia afectiva puede resultar en una comunicación menos efectiva, ya que las señales emocionales y la reciprocidad juegan un papel significativo en la interacción del ser humano.

Por último, las personas con indiferencia son percibidas como frías, insensibles o distantes, y eso afecta negativamente a las relaciones personales.

Como conclusión, la indiferencia afectiva es un rasgo de la personalidad que tiene ventajas y desventajas, si bien puede ofrecer una mayor estabilidad emocional y capacidad para tomar decisiones racionales, aunque también limita la capacidad para conectar emocionalmente con otras personas. Comprender esto y sus implicaciones ayuda a aquellos que poseen este rasgo de la personalidad a manejar sus interacciones y a empatizar.

The Conversation

Montserrat López Melero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva – https://theconversation.com/ni-frialdad-ni-insensibilidad-que-es-realmente-la-indiferencia-afectiva-247075

¿Qué pueden hacer Europa y España para afrontar una crisis energética como la actual?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Linares, Profesor de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI, Universidad Pontificia Comillas

GreenOak/Shutterstock

La actual crisis energética desatada por el ataque a Irán por parte de Israel y EE. UU., y que se parece a la creada en Europa por la invasión rusa de Ucrania, nos recuerda que los combustibles fósiles ocasionan más problemas además de su contribución al cambio climático: su concentración en zonas geográficas concretas, y el poder de mercado que pueden ejercer algunas de estas regiones, resultan en amenazas para la seguridad energética, que se pueden manifestar tanto en la cantidad disponible como en los precios de estos combustibles.

En ocasiones como la actual (o como en la invasión de Ucrania), el problema se origina inicialmente por la cantidad: el bloqueo del estrecho de Ormuz impide la salida de buques de petróleo y metaneros (que transportan gas natural licuado, ese que precisamente permitió a Europa sobrevivir tras el cierre de los gasoductos rusos), reduciendo significativamente la oferta de estos combustibles en el mercado.

Una crisis de precios global

Según la Agencia Internacional de la Energía, la guerra en Oriente Medio está provocando la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo. Frente a una demanda global aproximada de 100 millones de barriles por día (mbd) de petróleo y de 570 000 millones de metros cúbicos (570 bcm) de gas natural licuado, los buques que pasaban por el estrecho de Ormuz transportaban un 20 % del petróleo y un 21 % del gas natural licuado.

Esta menor disponibilidad de oferta se traduce, directamente, en un aumento del precio, reflejo de la escasez. El petróleo cotiza estos días en 100 dólares/barril, mientras que el gas natural en Europa ha alcanzado precios de hasta 40-50 euros/MWh (casi el doble de los altos precios que ya teníamos desde la invasión de Ucrania y la recuperación post-covid).

Es importante subrayar que esta crisis de precios afecta a todos los países, sean o no productores de combustibles fósiles, aunque de forma asimétrica dentro del país. Por ejemplo, los consumidores de Estados Unidos, que es básicamente independiente en términos energéticos gracias a su producción de petróleo y gas natural, sufrirán también la subida de precios de gasolinas (algo menos la de gas natural, que es un mercado no tan global como el del petróleo). Evidentemente, sus productores aumentarán sus beneficios.

Consecuencias para Europa y España

En el caso de Europa, o de China, no sólo hay un problema de precios, también un problema de escasez: esos barcos de petróleo que llegaban desde Oriente Medio ya no llegan, y habrá que buscar alternativas. Porque estas regiones no tienen recursos propios que puedan movilizar, como sí tienen los estadounidenses.

Europa depende en un 73 % de los combustibles fósiles (un 90-95 % importado) para su suministro energético. En España, y a pesar de los avances recientes en renovables, el consumo final de energía sigue siendo en un 70 % fósil (importado al 100 %), con el transporte alimentado casi por completo por el petróleo.

Esto supone que las industrias españolas pueden ver comprometido su suministro de combustible, pero sobre todo, que van a tener que pagar más por su energía, igual que los hogares. La principal vía de impacto es el precio del gas, tanto directamente como vía precios eléctricos (el precio del gas es clave para determinar el precio de la electricidad). Pero además el precio del petróleo afecta a los que utilizan transporte por carretera o avión.

¿Qué podemos hacer?

Lo primero que puede hacerse para tratar de paliar esta evidente vulnerabilidad sería tratar de reducir nuestra dependencia de estos combustibles fósiles tan volátiles en precio y concentrados en cantidad. Una razón más para tratar de seguir avanzando en la transición energética hacia fuentes descarbonizadas –sin emisiones de CO₂ o metano– que, afortunadamente, no tienen este problema (al menos no en cuanto al combustible).

De hecho, la respuesta europea a la crisis del gas ruso fue la iniciativa conocida como RePowerEU con los objetivos de impulsar el ahorro de energía, la diversificación del suministro y la producción de energía limpia.

A corto plazo, podemos pensar también en otras medidas para tratar de que el golpe a las familias y a las empresas no sea tan duro. La primera sería poner más petróleo y gas en el mercado, liberando las llamadas reservas estratégicas. La Agencia Internacional de la Energía ha acordado liberar 400 millones de barriles de petróleo, pero esto sólo equivale a 20 días de suministro vía Ormuz.




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La Agencia Internacional de la Energía libera 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas y provoca un efecto rebote en los mercados


Distintos agentes han propuesto en España otras opciones por si la guerra se alarga: reducir impuestos, bonificar el consumo (como los famosos 20 céntimos por litro de combustible aplicados en España en el 2022), eliminar el precio del CO₂ o volver a la “excepción ibérica” o tope al precio del gas.

Todas estas medidas arreglan algo, pero desbarajustan otras cosas. Por ejemplo, la bonificación al consumo estimula la demanda (justo lo contrario que queremos hacer en momentos de escasez), aparte de que también puede ser capturada por los productores al no bajar los precios tanto como la bonificación o subir el precio y quedarse una parte del descuento. El tope al gas tiene problemas similares. Las bajadas de impuestos, por su parte, son muy regresivas, benefician más a las personas ricas que a aquellas con menos recursos.

La Comisión Europea, tras la crisis de Ucrania, propuso una serie de medidas en caso de una emergencia de precios, en parte para tratar de imponer cierto sentido común y en parte para evitar que cada Estado miembro hiciera la guerra por su cuenta (distorsionando de paso el mercado único). Su recomendación a corto plazo: que las ayudas se focalizaran en los consumidores vulnerables y fueran a tanto alzado, es decir, ni descuentos, ni bonificaciones, ni reducciones de impuestos, sino plantearse como ayudas fijas que no cambien el precio del producto.

No estaría mal volver a estas recomendaciones europeas y, como señalaba antes, seguir impulsando la transición energética, porque es la mejor forma de evitar más sustos en el futuro.

The Conversation

Aunque gran parte de las investigaciones de Pedro Linares están financiadas por empresas, ONGs e instituciones públicas relacionadas con el sector energético y medioambiental, declaro que los resultados, conclusiones y opiniones de mis publicaciones no representan ni han sido influidas por estas entidades.

ref. ¿Qué pueden hacer Europa y España para afrontar una crisis energética como la actual? – https://theconversation.com/que-pueden-hacer-europa-y-espana-para-afrontar-una-crisis-energetica-como-la-actual-278221

Lo que la guerra de Irán esconde: la búsqueda de la hegemonía estadounidense sobre los recursos fósiles

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando De Llano Paz, Profesor Titular de Universidad en Departamento de Empresa. Línea de investigación: Economía de la Energía, Universidade da Coruña

Refinería de petróleo en Bahréin. Dr Ajay Kumar Singh/Shutterstock

La guerra entre Israel-EE. UU. e Irán evidencia una desgarradora realidad implícita. El discurso político de Donald Trump, normalmente despachado mediante la simple dicotomía de “buenos (nosotros) y malos (ellos)” esconde, en la mayoría de los casos, la lucha desatada por el acceso a los recursos energéticos y su control.

Se demostró con la firma del acuerdo con Ucrania para acceder a las reservas de minerales críticos y, más recientemente, con la intervención en Venezuela para aumentar el control de su producción petrolera.

Una de las claves de la intervención en Venezuela es el hecho de que las reservas probadas venezolanas son de en torno al 17 % de las reservas totales mundiales. Sin duda es un recurso apetitoso para las empresas petroleras estadounidenses y su potencial expansión y crecimiento.

Ahora, le ha tocado a Irán y, por extensión, a la región de Oriente Medio. Estos territorios atesoran prácticamente cerca de la mitad de las reservas mundiales de petróleo y del 40 % de las de gas natural. Irán dispone de una cuota del 12 % de las reservas mundiales de crudo, así como del 3,3 % de la producción y del 4 % del comercio marítimo de este recurso.

El dato relevante es la identificación del principal cliente de este petróleo: China compra la mayor parte de la producción petrolera iraní. En cuanto al gas natural, podríamos decir que sufre un “cuello de botella”, ya que se le reconoce el 17 % de las reservas mundiales y produce en torno al 5% del gas, pero tan sólo alcanza el escaso 1 % del comercio global. La razón no es otra que Irán carece de infraestructura para la conversión en gas natural licuado que permita su exportación por vía marítima.

Ormuz marca la respiración de Oriente Medio y de los mercados

Un elemento crítico en esta guerra está siendo el estrecho de Ormuz, enclave geoestratégico para el comercio mundial tanto de petróleo y gas como de otras mercancías claves para las economías mundiales. Así, más de una cuarta parte del comercio mundial del petróleo y una quinta parte del de gas natural transita por Ormuz.

El estrecho es vital para países como el propio Irán, Kuwait, Catar y Baréin, ya que es su única ruta marítima para la exportación de petróleo. Si ampliamos el análisis, el crudo iraní supone casi el 12 % del total exportado en la región de Oriente Medio, ocupando el cuarto puesto en relevancia. Concretamente, Arabia Saudí alcanza una cuota del 31 % del petróleo exportado por la región, Irak del 18 %, Emiratos Árabes Unidos del 16 % e Irán cierra la lista de grandes exportadores con un 11,9 %.

Del otro lado, el de la demanda, la región de Asia-Pacífico es la más afectada por el conflicto. Más del 80 % del petróleo que transita por Ormuz tiene ese destino, principalmente China, India y Japón. De hecho, más del 75 % de las importaciones japonesas de petróleo pasan por Ormuz. Pero el bloqueo del estrecho impacta también a otros mercados y cadenas de suministro (cereales, componentes industriales para automoción, fertilizantes, compuestos activos para productos farmacéuticos, etc.). Adicionalmente, la situación bélica y de inestabilidad eleva el precio de los seguros marítimos, y con ellos, el precio final de los productos importados.

Inestabilidad geopolítica: la mecha para el alza y la volatilidad en los precios

Esta situación bélica está teniendo un efecto directo sobre los precios del petróleo y, por tanto, sobre los combustibles. La escalada de precios del petróleo ha conducido a que, en los primeros 10 días de marzo, la subida haya estado entre el 20 y el 50 %.

Tras alcanzar valores superiores a los 110 dólares (precios que no se veían desde 2022, con la invasión rusa de Ucrania), se ha producido una bajada en el precio del barril hasta situarlo entre 90 y 100 dólares. Esta moderación se debe, en parte, al anuncio del presidente Trump de que la guerra contra Irán estaba “casi terminada”.

También ha influido el anuncio de liberación de 400 millones de barriles, provenientes de las reservas estratégicas de los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Esta operación tendrá “un plazo adecuado a las circunstancias nacionales de cada país miembro y se complementarán con medidas de emergencia adicionales por parte de algunos países”. En todo caso, con un Ormuz bloqueado y las acciones militares activas, esta liberación puede convertir en anecdótica e irrelevante.

La guerra que Israel-EE. UU. e Irán están librando en Oriente Medio presenta un elemento diferencial que va a alargar sus efectos negativos sobre la economía mundial: la destrucción de infraestructuras de extracción y procesamiento de combustibles fósiles.

Así, mientras que el cierre temporal del estrecho de Ormuz tiene efectos negativos sobre los mercados, los ataques contra instalaciones y equipos pueden convertir el daño en estructural y prolongar la crisis de suministro.

Líder en producción y consumo y actor principal en el mercado petrolero

Estados Unidos es el líder mundial en producción petrolera (22 % del total), doblando la cuota del segundo, Arabia Saudí, y del tercero, Rusia (en torno al 11 % cada uno). Además, es el principal país consumidor petrolero (20 %), seguido por China (15 %). Por otro lado, la cuota estadounidense en el mercado de exportación de petróleo alcanza aproximadamente el 10 % sobre el total, tan sólo por detrás de Arabia Saudí (15 %) y Rusia (12 %) (que, pese a las sanciones, no ha dejado de exportarlo, fundamentalmente a China).

Con estos datos, y conociendo el perfil del presidente y magnate Donald Trump, no cuesta entender que, por desgracia para la legalidad internacional, estas intervenciones en política exterior son sólo negocios y Trump quiere la mayor parte del pastel petrolero.

The Conversation

Fernando De Llano Paz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Lo que la guerra de Irán esconde: la búsqueda de la hegemonía estadounidense sobre los recursos fósiles – https://theconversation.com/lo-que-la-guerra-de-iran-esconde-la-busqueda-de-la-hegemonia-estadounidense-sobre-los-recursos-fosiles-277873

¿Por qué seguimos sin fiarnos de los ‘sellos verdes’ cuando viajamos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia Martínez García de Leaniz, Profesora Titular – Comercialización e Investigación de Mercados, Universidad de Cantabria

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Nos los encontramos por todas partes: en el folleto de la oficina de turismo, en la web del hotel, en un cartel junto a una playa: sellos “verdes”, “medallas” vinculadas con la sostenibilidad, logotipos que aseguran que tal destino “lo está haciendo bien”. Sin embargo, y pese a la proliferación de este tipo de certificaciones, su influencia real en las decisiones de los turistas no siempre es la que la industria imagina.

Un nuevo estudio muestra una paradoja: los viajeros más responsables no son necesariamente quienes más confían en estos sellos y, por el contrario, los que afirman viajar de manera menos sostenible confían más en ellos. El resultado: una desconexión entre los esfuerzos de certificación y la percepción real del viajero.




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El problema no es el sello, sino quien lo emite

La investigación apunta a un elemento decisivo: la confianza no nace del sello, sino de la entidad que lo otorga. Al turista no le basta una etiqueta “verde”. Quiere saber quién ha verificado que ese destino cuida su entorno, a su población local y su economía. Y, sobre todo, quiere reconocer el nombre. Cuando identifica al certificador, la percepción cambia: el destino parece más fiable, el compromiso más creíble y la elección más segura.

En cambio, cuando el logo no resulta familiar, el efecto se diluye. O peor: genera sospecha. En un contexto en el que el greenwashing se ha vuelto una preocupación global, la repetición de sellos desconocidos puede sonar más a decoración superficial que a responsabilidad.

La confianza transforma el sello en una señal creíble

Los resultados del trabajo muestran una especie de cadena emocional. El viajero reconoce a la entidad certificadora. Ese reconocimiento genera confianza. La confianza hace que perciba el destino como verdaderamente responsable. Y esa percepción aumenta su preferencia real por viajar allí.

El sello, por sí solo, no mueve la decisión. La confianza, sí. Destinos con prácticas sostenibles, pero poca transparencia sobre quién las verifica, pierden una oportunidad crucial: convertir la sostenibilidad en un argumento de valor, no solo en un reclamo visual.

El comportamiento responsable también importa… pero no igual en todas partes

El estudio también revela que los turistas responsables (aquellos que ya viajan intentando minimizar su impacto) tienden a valorar más los destinos sostenibles. Pero esto ocurre con más intensidad entre los viajeros estadounidenses que entre los españoles. En España, muchos turistas entienden su responsabilidad como un compromiso personal, no como algo que un sello pueda validar. En Estados Unidos, en cambio, la certificación se interpreta como una herramienta de garantía externa, útil para evaluar lo que no se ve.

¿Qué deberían hacer los destinos turísticos?

Los destinos turísticos deberían replantear su estrategia y centrarse menos en acumular sellos y más en explicar con claridad quién los emite, cómo funcionan y por qué son fiables. Resulta esencial dar visibilidad a la entidad certificadora, ya que el turista necesita identificar un organismo concreto para otorgarle confianza: los logos por sí solos no transmiten credibilidad.

También es fundamental describir de manera transparente el proceso de certificación, aportando información sobre qué aspectos se evalúan, con qué frecuencia se auditan y qué ocurre si un destino no cumple los criterios establecidos. Por último, la sostenibilidad no debe presentarse como una etiqueta aislada, sino como un relato coherente que muestre acciones reales, impactos medibles y beneficios visibles para las comunidades locales.




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¿Y qué pueden hacer los turistas?

Para viajar de forma sostenible, el turista puede adoptar algunas pautas básicas que facilitan decisiones más informadas. Es recomendable comprobar quién certifica realmente un destino y no quedarse únicamente con el sello, así como revisar, cuando sea posible, qué aspectos se evalúan y con qué nivel de exigencia. También conviene desconfiar de etiquetas vagas o poco explicadas y fijarse en los destinos que muestran acciones concretas y resultados verificables.

Atender a las experiencias de otros viajeros puede aportar información útil sobre prácticas ambientales o sociales observadas directamente. Y finalmente, mantener hábitos responsables como reducir residuos, elegir opciones locales o respetar los espacios naturales, contribuye a reforzar la coherencia entre el comportamiento del viajero y la sostenibilidad que espera encontrar en el destino.

Más que logos: un nuevo contrato de confianza con el turista

La sostenibilidad en turismo es, cada vez más, una expectativa generalizada. El viajero quiere destinos que cuiden su entorno, su cultura y a sus residentes. Pero también quiere saber que lo que se le promete tiene base real. El estudio deja una lección clara: los sellos importan, pero solo cuando el turista confía en quien los respalda.En un mundo saturado de mensajes “verdes”, la verdadera diferenciación no está en acumular logos, sino en demostrar credibilidad.

The Conversation

El trabajo de investigación que ha dado lugar a estos resultados ha sido financiado por la Agencia Estatal de Investigación, Proyecto PID2022-140160NB-I00, Ministerio de Ciencia e Innovación, Fondo Europeo de Desarrollo Regional y la Agencia Estatal de Investigación. Proyecto PID2022-140160NB-I00, financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033 / FEDER, UE.

Maria del Mar García de los Salmones Sánchez y Ángel Herrero Crespo no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. ¿Por qué seguimos sin fiarnos de los ‘sellos verdes’ cuando viajamos? – https://theconversation.com/por-que-seguimos-sin-fiarnos-de-los-sellos-verdes-cuando-viajamos-274729