Por qué es mejor tener un sistema sanitario que no deje a nadie fuera

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miriam Navarro Beltrá, Médica especialista en medicina de familia y comunitaria. Técnico superior, Ministerio de Sanidad (España)

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El pasado marzo, el Ministerio de Sanidad español aprobó un real decreto para recuperar la universalidad del Sistema Nacional de Salud (SNS). Si bien esta noticia es positiva, la reforma generó críticas que argumentaban que la ampliación del derecho a la asistencia sanitaria al colectivo de personas migrantes en situación administrativa irregular podría suponer una mayor tensión en el SNS, saturando los centros de salud y los hospitales.

Sin embargo, hay que entender la universalidad de los sistemas sanitarios no solo como una cuestión de derechos humanos, sino también como una de las características que permiten garantizar su sostenibilidad.

La universalidad en el sistema sanitario

En los últimos 40 años, el SNS se ha configurado a través de diferentes normas sanitarias (la Ley General de Sanidad, la Ley de Cohesión y Calidad del SNS y la Ley General de Salud Pública) con la universalidad como uno de sus pilares fundamentales. Este principio se vio quebrado en 2012 con una reforma legislativa. Esta, apelando a la racionalización del gasto público, excluyó a las personas migrantes en situación administrativa irregular de la atención sanitaria, salvo algunas excepciones como los menores de edad o las embarazadas.

Las consecuencias de la reforma fueron tangibles. En los tres años tras su aprobación, se produjeron 246 muertes por encima de lo esperado para el mismo periodo entre personas migrantes en situación administrativa irregular. En 2018 se trató de recuperar la universalidad con la aprobación de un nuevo real decreto-ley, pero el contenido de la norma y su aplicación desigual entre comunidades autónomas mantuvo situaciones de exclusión sanitaria.

La última reforma de marzo de 2026 tiene como objetivo recuperar la universalidad del sistema. El texto incluye novedades importantes, como la ampliación de opciones para acreditar la residencia en España,, el reconocimiento provisional del derecho desde la presentación de la solicitud o su validez en todo el territorio sin necesidad de iniciar el procedimiento en caso de cambio de residencia a otra comunidad o ciudad autónoma. Esto conlleva una simplificación de los trámites y la reducción de barreras administrativas para facilitar el reconocimiento del derecho a la atención sanitaria.




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Estado de salud de la población migrante y uso del sistema sanitario

La evidencia muestra que, en términos generales, este grupo tiene mejor salud y, por tanto, acude menos al sistema sanitario que la población autóctona. En este sentido, el Ministerio de Sanidad ha elaborado un informe analizando esta cuestión en España a partir de los datos públicos a nivel nacional. Del informe destacan algunas conclusiones.

Por un lado, la población nacida en España presenta una prevalencia superior para la mayoría de los problemas de salud incluidos en el análisis (16 de 21 problemas de salud) en comparación con la población de otras regiones. Esto es especialmente llamativo en las alteraciones del metabolismo lipídico, los trastornos relacionados con la ansiedad, el asma y las infecciones respiratorias agudas, donde la diferencia es superior a los veinte puntos, seguido del abuso de drogas, los accidentes cerebrovasculares, los trastornos depresivos, las neoplasias malignas o la obesidad, entre otros.

Por otro, las personas nacidas en España presentan también una proporción mayor de problemas de salud crónicos. Entre un 24 % y un 38 % más que otros grupos si se analizan las personas con al menos un problema de salud crónico, y entre un 14 % y un 65 % más al analizar la presencia de tres o más enfermedades crónicas.

Las personas migrantes registran un menor uso del sistema sanitario en comparación con las personas nacidas en España. La población migrante muestra una menor tasa de interconsultas y de procedimientos (incluyendo aquellos diagnósticos y terapéuticos), y un menor consumo de medicamentos que la población nacida en el país. Además, las personas migrantes reportan un menor uso de los servicios de atención primaria y de las consultas hospitalarias, mientras que acuden más a los servicios de urgencias.

Las barreras que encuentran estas personas para acceder al sistema hacen que algunas consulten cuando tienen problemas de salud graves que requieren de una atención de urgencia, especialmente cuando el acceso a los niveles asistenciales que permiten una continuidad asistencial, como es la atención primaria, está limitado.

Un estudio llevado a cabo en Zaragoza observó que la tasa de visitas a atención primaria entre las personas migrantes en situación irregular era inferior, incluso, que la de las personas nacidas en España de clase social baja. Lo cual muestra que el estatus administrativo supone un determinante del acceso al sistema sanitario importante.

El menor uso del sistema sanitario por parte de la población migrante se explica también por el “efecto del migrante sano”. Las personas migrantes suelen tener un mejor estado de salud que la población autóctona al ser una población más joven y en su etapa activa desde el punto de vista laboral. A medida que aumenta el tiempo de estancia en el país, su estado de salud se va pareciendo más al de la población local al verse expuestos a los mismos factores de riesgo, padecer peores condiciones socioeconómicas y tener más barreras de acceso a los servicios públicos.




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Cuatro motivos para defender la universalidad del sistema sanitario

  1. Es más eficiente: limitar el acceso a la atención primaria y a los programas preventivos desplaza la atención sanitaria hacia la atención de urgencia por una mayor gravedad, lo que supone más costes para el sistema.

  2. Se vuelve más justo: el SNS dejó de financiarse a través de las cotizaciones a la Seguridad Social en 1997. En la actualidad, cualquier persona, migrante o no, que resida en España y pague, por ejemplo, los impuestos derivados del consumo, contribuye a la sostenibilidad del sistema sanitario).

  3. Protege mejor la salud: los sistemas universales permiten hacer una mejor vigilancia epidemiológica y estar mejor preparados ante la aparición de brotes y emergencias de salud pública.

  4. Es más democrático y ético: la universalidad ayuda a construir sociedades más cohesionadas , reforzando la confianza institucional, y equitativas, al reducir las desigualdades en salud vinculadas con las barreras en el acceso a los servicios sanitarios.

Garantizar el acceso a todas las personas a los sistemas sanitarios no solo es una cuestión moral. La evidencia nos demuestra que los sistemas universales conllevan mejores resultados para la sociedad en su conjunto y contribuyen a la sostenibilidad del propio sistema. Debemos unirnos y trabajar para construir una sanidad de todos y para todos).

The Conversation

Formo parte del equipo del Gabinete de la Secretaría de Estado de Sanidad (Ministerio de Sanidad) que ha elaborado el informe “Estado de salud y uso del sistema sanitario por la población migrante en España”.

Formo parte del equipo del Gabinete de la Secretaría de Estado de Sanidad (Ministerio de Sanidad) que ha elaborado el informe “Estado de salud y uso del sistema sanitario por la población migrante en España.

– ref. Por qué es mejor tener un sistema sanitario que no deje a nadie fuera – https://theconversation.com/por-que-es-mejor-tener-un-sistema-sanitario-que-no-deje-a-nadie-fuera-284265

La crispación política también enferma: así afecta al bienestar emocional de los jóvenes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Rojo Martínez, Profesor del Departamento de Ciencia Política, Universidad de Murcia

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Con frecuencia escuchamos en nuestras conversaciones que “oír hablar de política me pone enfermo”. Más allá de esta frase hecha, ya hay investigaciones que apuntan a que el ambiente de crispación política pasa factura a la salud de las personas y a sus relaciones sociales.

Por ejemplo, una encuesta asoció la percepción de mayor polarización partidista con hasta un 57 % más de probabilidades de depresión y ansiedad, y un trabajo posterior del mismo grupo encontró que quienes perciben más polarización acumulan hasta dos días más de mala salud física y mental al mes.

Otro interesante hallazgo viene de la mano del equipo de la profesora de Psicología Brett Ford, de la Universidad de Toronto. Estos investigadores solicitaron a unos voluntarios que anotaran cada noche cómo les hacía sentir la política. En el 81 % de los días, solo pensar en un acontecimiento político bastaba para desencadenar fatiga, insatisfacción vital o síntomas depresivos.

Sobre la consolidación de la política como potencial estresor ya advirtió la American Psychological Association. Su informe de 2017 Stress in America: Coping with Change detectó un aumento de las conversaciones sobre política en las sesiones clínicas tras la primera victoria de Donald Trump. Algo más de la mitad de sus asociados indicaron que el clima político se había convertido en un disparador de ansiedad y malestar. Pero este malestar no se queda solo en la mente: algunos trabajos han documentado incluso consecuencias fisiológicas.

La mayor parte de estos hallazgos provienen de Estados Unidos; en España apenas hay pruebas que confirmen esta relación.

Para comenzar a explorarla pusimos en marcha el proyecto europeo POLEMO (Managing Political Emotions), financiado por la alianza de universidades EUniWell (Universidad Europea del Bienestar), en el que participaron 2 446 estudiantes de las universidades de Murcia y Santiago de Compostela.

Hostilidad y ansiedad para los universitarios

Les preguntamos a los participantes qué emociones sienten cuando leen noticias o escuchan hablar de política y con qué intensidad las experimentan, en una escala de 1 a 5. El resultado está claramente inclinado hacia lo negativo: más de tres de cada cuatro (77 %) dice sentir bastante o mucha (4-5) preocupación; dos de cada tres (67 %), vergüenza, y un 63 %, enfado. Más de la mitad (53 %) reconoce experimentar desprecio con esa misma intensidad y casi uno de cada dos (47 %), miedo. Las emociones positivas, en cambio, casi no aparecen: solo un 8 % dice sentir esperanza u orgullo con intensidad; un 7 %, entusiasmo, y un 5 %, tranquilidad.

El odio merece una mención aparte: un tercio de los estudiantes (34 %) afirma sentirlo con intensidad al pensar en política. Y este dato es especialmente relevante porque es la antesala de comportamientos intolerantes o de exclusión más preocupantes que los creados por el simple desacuerdo.

Estas siete emociones pueden agruparse en tres bloques diferenciados: uno de hostilidad (odio, enfado, desprecio, vergüenza), otro de ansiedad (miedo, preocupación, ansiedad) y uno positivo (orgullo, entusiasmo, esperanza, tranquilidad).

Con esta muestra exploratoria queda claro que para los estudiantes entrevistados la política es, sobre todo, una actividad que genera hostilidad y ansiedad. Este cóctel emocional puede resolverse de dos maneras, y ninguna es especialmente buena para la convivencia democrática. Por un lado está la desafección, dejar de participar y desengancharse de la política al ser fuente de vivencias negativas. Y por otro, la radicalización, culpar al rival del malestar que provoca la actualidad política e incrementar la hostilidad para tratar de derrotarlo y superar el estado emocional desagradable.

El impacto emocional de la derrota electoral

Una forma de calibrar cuánto puede llegar a pesar la política en el bienestar emocional de alguien pasa por plantearle un escenario concreto de máxima tensión: ¿qué pasaría si mañana mismo tu partido perdiera las elecciones con claridad y gobernara uno con ideas muy distintas a las tuyas? Formulamos esta pregunta a los estudiantes y los resultados nos sorprendieron. Más de la mitad (51 %) anticipa que esa derrota tendría un impacto alto en su bienestar emocional (7 o más sobre 10).

Esto sugiere que las elecciones, el momento político por excelencia, se viven cada vez más como escenarios de alta activación emocional. Eventos que la gente vive de forma visceral y personal, donde no solo están en juego unos escaños, también la felicidad de los simpatizantes de cada grupo.

Cuando la victoria de los nuestros se siente así de importante para el propio bienestar, cuando existe una fuerte percepción de amenaza para los propios intereses, el riesgo es que crezca la disposición a que nuestro grupo gane, cueste lo que cueste.

En definitiva, estos resultados nos animan a pensar que una política menos tóxica, es decir, una confrontación partidista más saludable y con menos dinámicas que no aportan nada, no solo será buena para las instituciones, sino también para el bienestar emocional de la ciudadanía.

The Conversation

Los autores de este artículo reciben fondos de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.

Alejandro Soler Contreras recibe fondos del Plan Propio de la Universidad de Murcia para el desarrollo de su Contrato Predoctoral FPU.

Los autores de este artículo reciben fondos de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.

María Isabel López Palazón recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (Gobierno de España) a través de la Universidad de Murcia, en el marco del programa FPU, así como de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.

– ref. La crispación política también enferma: así afecta al bienestar emocional de los jóvenes – https://theconversation.com/la-crispacion-politica-tambien-enferma-asi-afecta-al-bienestar-emocional-de-los-jovenes-285310

Soledad, IA y mayores: lo que la ciencia dice y lo que aún no sabe

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sacramento Pinazo-Hernandis, Profesora titular de Psicología Social en Universidad de Valencia, Universitat de València

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La soledad lleva con nosotros toda la vida, pero durante décadas pocos se molestaron en medirla. Afortunadamente eso está cambiando y, en un contexto de investigación emergente, la inteligencia artificial (IA) aparece como una herramienta prometedora, aunque limitada, para acompañar a quienes más solos están.

Hablar de epidemia de soledad induce a error porque sugiere que el problema es reciente, creciente y urgente en un sentido de emergencia. Ninguna de las tres cosas es cierta. Las tasas de soledad han sido estables en las últimas décadas. Lo que sí es nuevo es que ahora la investigamos con rigor.

En España, no fue hasta 2001 cuando se publicó uno de los primeros trabajos científicos serios sobre la soledad en personas mayores, un tema prácticamente invisible en la academia. En 2017 dirigí una tesis doctoral que puso el foco en las mujeres mayores que viven solas, un colectivo con décadas de invisibilidad estadística. También publicamos La soledad de las personas mayores, un volumen que diferencia con claridad los conceptos de vivir solo, estar aislado y sentirse en soledad, tres realidades distintas que en el debate público se confunden con demasiada frecuencia.

Poco a poco, el campo fue construyendo un cuerpo de conocimiento propio. Es desde ahí, y no desde el pánico, desde donde tiene sentido preguntarse qué puede aportar la IA.

Cuatro tecnologías y resultados diferentes.

Nuestra revisión sistemática, publicada este año, analizó cuatro tipos de tecnologías basadas en IA aplicadas a la soledad en personas mayores:

  1. Robots sociales: dispositivos físicos capaces de reconocer emociones, mantener conversaciones y simular una presencia humana.
  2. Asistentes de voz inteligentes: permiten interacciones a través de lenguaje natural desde casa.
  3. Sistemas de telepresencia: conectan en tiempo real a personas distantes mediante pantallas y cámaras con control remoto.
  4. Agentes conversacionales como chatbots: ofrecen interacción textual o vocal continua, disponible a cualquier hora.

Todas ellas son tecnologías distintas y también lo son sus resultados. Y son los robots sociales los que muestran resultados más consistentes.

Los estudios que reportaron reducciones significativas de la soledad coincidían en un factor clave: la necesidad de interacciones frecuentes, sostenidas y personalizadas. Los que no encontraron efectos eran, en su mayoría, intervenciones cortas, con bajo contacto o protocolos estandarizados aplicados por igual a personas con historias de vida y necesidades muy distintas.

La conclusión es clara: cuanto más se centra la intervención en la persona, más funciona. Cuanto más se estandariza, menos sirve.

Hay un patrón que se repite: las mejoras aparecen mientras dura el estudio y se desvanecen cuando termina. La baja frecuencia de uso diluye el efecto hasta hacerlo insignificante. La ausencia de personalización es uno de los factores que más debilita los resultados.

La falta de acceso amplía la soledad

Uno de los hallazgos más incómodos del estudio es que la tecnología llega menos a quienes más la necesitan. Quienes viven más aislados, en zonas rurales, con menor nivel educativo y sin red de apoyo cercana, son quienes encuentran más barreras para usar estas tecnologías. Estas no son solo individuales, sino psicosociales: incluyen la confianza en uno mismo, la autoeficacia percibida, la alfabetización digital y, sobre todo, la disponibilidad de alguien que acompañe el aprendizaje.

En zonas como Campoo-Los Valles, en Cantabria, donde hemos trabajado directamente con personas mayores en situación de soledad, la barrera a veces es más básica: ni llega el wifi. La conclusión es que diseñar soluciones tecnológicas sin resolver primero el problema del acceso no reduce la soledad, la amplía.

La pregunta es ética y no retórica

¿Queremos que una máquina nos acompañe o preferimos invertir en comunidad humana? La pregunta tiene implicaciones directas de política pública y gasto sanitario. La evidencia muestra beneficios reales, pero también límites que obligan a ser prudentes.

El riesgo no es la IA en sí sino utilizarla como excusa para no invertir en los vínculos que de verdad protegen: la presencia de otro ser humano que te ve, te escucha y al que le importas y te importa.

La IA puede ser un puente, pero no debería convertirse en el destino.

Lo que aún no sabemos.

La ciencia avanza, pero quedan lagunas importantes: escasos estudios europeos, poca investigación de calidad en España, ausencia de estudios a largo plazo y una brecha digital que convierte en invisibles a quienes más solos están.

La tecnología avanza más rápido que la evidencia, y por eso conviene ser precisos. La IA no cura la soledad. Puede, en el mejor de los casos, reducirla un poco para quienes no tienen otra alternativa. Eso no es poco, pero el objetivo debe ser que no sea la única opcion.

La soledad no ha llegado de repente. Lleva con nosotros toda la vida, aunque durante décadas nadie en España se molestara en medirla ni en estudiarla en serio. El problema es que no es una epidemia, sino un desafío antiguo y persistente que, por fin, estamos aprendiendo a investigar con rigor.

La urgencia es real, pero no exige respuestas de emergencia: exige respuestas sostenidas, centradas en las personas y construidas sobre evidencia.

The Conversation

Sacramento Pinazo-Hernandis no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Soledad, IA y mayores: lo que la ciencia dice y lo que aún no sabe – https://theconversation.com/soledad-ia-y-mayores-lo-que-la-ciencia-dice-y-lo-que-aun-no-sabe-282301

Vacaciones en la ciudad: ¿qué necesitamos para un ocio infantil de calidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Rodrigo Moriche, Prof. Ayudante Doctor del departamento de Pedagogía – Directora Escuela UAM de Animación, Universidad Autónoma de Madrid

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Campamentos, actividades deportivas, escuelas urbanas, semanas con los abuelos, jornadas de teletrabajo o vacaciones repartidas entre distintos momentos del verano forman parte de las estrategias con las que muchas familias intentan acompañar a sus hijos e hijas durante un periodo mucho más largo que las propias vacaciones laborales.

Para quienes permanecen en la ciudad, el verano se convierte en una experiencia peculiar. La actividad escolar desaparece, muchos amigos se marchan temporalmente, algunos servicios reducen sus horarios y las rutinas cambian por completo. Mientras los adultos trabajan (en un frenesí, a menudo, de calendarios, llamadas, cambios de horario y búsqueda de alternativas que permitan organizar la vida cotidiana), niños, niñas y adolescentes viven un tiempo tan fundamental para su desarrollo como los días de clases.

¿Cómo viven los niños el verano?

Cuando hablamos de conciliación pocas veces nos detenemos a pensar cómo viven los niños y adolescentes ese tiempo sin escuela. Porque no necesitan únicamente supervisión: necesitan jugar, descansar, relacionarse con otras personas, desarrollar progresivamente su autonomía, descubrir nuevos intereses y participar en experiencias significativas. El verano constituye un tiempo especialmente valioso para todo ello.

Hasta la ley de protección de la infancia de España, por ejemplo, advierte de que proteger no es únicamente evitar situaciones de riesgo, sino también garantizar entornos seguros y oportunidades adecuadas para su desarrollo personal, social y emocional.

¿Cómo podemos podemos hacerlo en una ciudad en los meses de más calor?

Espacios urbanos de ocio

Aunque la organización del verano suele recaer principalmente sobre las familias, otros actores también influyen en cómo se vive este periodo: las empresas, que pueden contribuir mediante fórmulas de flexibilidad horaria, adaptación de jornadas o modalidades de teletrabajo; y las administraciones y organizaciones responsables de una oferta de ocio adecuada.

Bibliotecas, centros culturales, polideportivos, centros juveniles, ludotecas, asociaciones vecinales y proyectos de ocio educativo pueden desempeñar un papel fundamental. No solo porque ofrecen actividades, sino porque generan oportunidades para encontrarse con otras personas, mantener rutinas positivas, participar en propuestas culturales o deportivas y seguir formando parte de la vida comunitaria durante el verano.




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Algunos ejemplos pueden encontrarse en numerosas ciudades españolas. Barcelona ha impulsado una amplia red de refugios climáticos en bibliotecas, centros cívicos y equipamientos municipales para ofrecer espacios seguros durante los episodios de calor.

Valencia desarrolla cada verano escuelas municipales y actividades deportivas dirigidas a la infancia y la adolescencia, mientras que Zaragoza, Sevilla y Bilbao programan campamentos urbanos y actividades culturales en bibliotecas y centros cívicos, así como propuestas de ocio educativo que mantienen activa la vida comunitaria durante los meses estivales.




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A ello se suman las iniciativas de miles de asociaciones vecinales, entidades juveniles y organizaciones de tiempo libre que organizan talleres, actividades deportivas, espacios de encuentro y proyectos de participación en los barrios. Estas experiencias muestran que el verano puede convertirse en una oportunidad para fortalecer los vínculos comunitarios, favorecer la participación y ampliar las oportunidades educativas más allá del ámbito escolar.

Muchas familias organizan el verano en función de los recursos existentes en su barrio o municipio. Por ello, una oferta suficiente y cercana, en la que se coordinen los servicios de educación, juventud, cultura, deporte y servicios sociales, puede marcar una diferencia importante en la experiencia cotidiana de niños, niñas y adolescentes.

Veranos en ciudades cada vez más cálidas

A los desafíos tradicionales de la conciliación se suma una cuestión cada vez más presente: el impacto de las altas temperaturas. Las olas de calor son más frecuentes e intensas que hace apenas unas décadas. Durante buena parte del verano, muchas ciudades registran temperaturas que dificultan el uso habitual de calles, plazas y espacios abiertos, especialmente en las horas centrales del día.

Esta realidad obliga a pensar el bienestar infantil también desde las condiciones ambientales en las que se desarrolla la vida cotidiana. Disponer de parques con sombra, zonas verdes accesibles, espacios de juego adaptados y equipamientos climatizados se ha convertido en una necesidad creciente.

En este contexto han adquirido especial relevancia los llamados refugios climáticos. Bibliotecas, centros culturales, centros juveniles, polideportivos y otros equipamientos públicos pueden ofrecer espacios seguros y confortables durante los episodios de calor extremo. Al mismo tiempo, estos lugares pueden seguir desempeñando funciones educativas, culturales y de socialización.




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La adaptación de las ciudades al cambio climático exige también repensar los espacios urbanos desde la perspectiva de la infancia: más sombra, más vegetación, más espacios de encuentro y más equipamientos abiertos durante los meses estivales.

Una nueva mirada sobre el verano

Quizá ha llegado el momento de dejar de entender el verano únicamente como un problema de calendario o como un periodo que hay que llenar de actividades mientras los adultos trabajan. Además de preguntarnos cómo conciliar, conviene preguntarnos cómo queremos que vivan el verano quienes pasan buena parte de estos meses en la ciudad.

Las respuestas no pasan necesariamente por crear nuevos recursos, sino por fortalecer y coordinar mejor los que ya existen. Ampliar la programación estival de bibliotecas y centros culturales, abrir instalaciones deportivas durante más horas, consolidar programas municipales de ocio educativo, reforzar los refugios climáticos, facilitar medidas de flexibilidad laboral y mejorar la coordinación entre los distintos servicios públicos son algunas de las iniciativas que pueden contribuir a mejorar la experiencia estival de la infancia.

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Mª Pilar Rodrigo Moriche no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Vacaciones en la ciudad: ¿qué necesitamos para un ocio infantil de calidad? – https://theconversation.com/vacaciones-en-la-ciudad-que-necesitamos-para-un-ocio-infantil-de-calidad-286683

Las brisas marinas del Mediterráneo ya no refrescan como antes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Shalenys Bedoya Valestt, Investigadora predoctoral, climatología, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Vista del mar Mediterráneo desde la catedral de Palma de Mallorca. Al Carrera/Shutterstock

Quienes viven a orillas del Mediterráneo conocen bien la sensación. Es mediodía en pleno mes de julio, el asfalto quema y el aire parece estancado. De repente, las hojas de los árboles empiezan a moverse. Se ha despertado la brisa. Ese viento fresco que llega del mar ha sido, durante siglos, nuestro aire acondicionado natural, un alivio indispensable para soportar los rigores del verano. Pero algo está cambiando. Cada vez lo sentimos menos.

No es solo una percepción. Los datos lo confirman: la ventilación natural del Mediterráneo se está debilitando.

En nuestro estudio, publicado recientemente en Scientific Reports, aportamos evidencias a escala regional de que, en un clima cada vez más cálido, las brisas marinas se están volviendo más débiles y más frecuentes en la cuenca del Mediterráneo occidental. Para ello, hemos analizado los datos correspondientes a 41 años (1981–2021) procedentes de 39 estaciones meteorológicas en Francia, Italia, España y el norte de África.

Cuatro décadas de cambios

En nuestro trabajo, hemos observado dos patrones claros:

  • Un debilitamiento en la intensidad: desde la década de 1980, la velocidad (intensidad) de la brisa marina ha disminuido casi un 11 % de media, especialmente durante los meses de primavera y verano.

  • Un probable cambio en su estacionalidad: por el contrario, la frecuencia de aparición de las brisas ha aumentado, sobre todo en invierno, con un incremento de aproximadamente un 10 % por década.

El calentamiento regional debilita la brisa del Mediterráneo

En España, la situación es aún más pronunciada. En las Islas Baleares y la costa mediterránea peninsular, este viento ha perdido en torno a un 17 % de su fuerza. Ciudades como Barcelona, Palma de Mallorca y Castellón presentan brisas marinas incluso un 25 % más débiles que en la década de los ochenta.

Podríamos pensar que lo lógico sería que ocurriese lo contrario. Sabemos que la región mediterránea ha experimentado un calentamiento sin precedentes y es considerada un “punto caliente” del cambio climático con cada vez más episodios extremos de calor. Actualmente, el mar y la tierra se calienta entre un 20 % y un 40 % más rápido que el resto del planeta.

Dado que la tierra se calienta más deprisa que el océano, se están produciendo cambios significativos en la dinámica atmosférica y oceánica. Como resultado, la diferencia de temperatura entre la tierra y el mar se está intensificando. Este contraste térmico es el principal desencadenante de las brisas marinas en todo el mundo.

Por tanto, cabría pensar que un mayor contraste térmico resultase en vientos más fuertes. Sin embargo, en el caso de la brisa, la respuesta no está en la superficie, sino en las capas altas de la atmósfera.

El efecto tapadera durante las olas de calor

El calentamiento global está alterando la distribución de las masas de aire a gran escala, como por ejemplo en la corriente en chorro (vientos que circulan a gran velocidad y altitud). Esto favorece que los sistemas de alta presión (dorsales anticiclónicas) se queden estacionarios sobre el Mediterráneo con mayor asiduidad. Estos sistemas no sólo aportan una gran estabilidad atmosférica, sino que, además, atraen masas de aire tropical continental muy cálido sobre la región, generando olas de calor cada vez más frecuentes e intensas.

Ese aire más cálido se sitúa en las capas medias de la atmósfera, creando una barrera atmosférica que suprime cualquier movimiento vertical del aire cerca del suelo. Como la brisa necesita que el aire caliente de la tierra ascienda libremente para que el aire fresco que viene del mar sea impulsado hacia la costa, al tener esa “tapadera” encima, la circulación se comprime verticalmente (se aplana), reduciendo la velocidad del viento a nivel del suelo.

Esquema ilustrativo del efecto tapadera durante las olas de calor
Esquema del efecto tapadera durante las olas de calor. La subsidencia (hundimiento) de masas de aire cálido sobre la capa límite planetaria (la zona inferior de la atmósfera más cercana al suelo) actúa como una barrera estable (tapadera) que achata y debilita la circulación de la brisa.
Shalenys Bedoya Valestt, CC BY-NC-SA

Los datos muestran que, durante las olas de calor atmosféricas, la brisa es un 8 % más débil en Baleares y cerca de un 5 % en la Península, en comparación al resto de días estivales. Estos hallazgos nos deben preocupar ahora más que nunca, ya que el debilitamiento de la brisa marina está impulsado precisamente por los mismos eventos extremos que debería aliviar: olas de calor cada vez más intensas, prolongadas y frecuentes.




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Gráfico de barras de la velocidad de la brisa marina en verano en situación de ola de calor y sin ola de calor en diferentes regiones
Velocidad de la brisa marina en verano y el debilitamiento que ejercen las olas de calor sobre su intensidad.
Shalenys Bedoya-Valestt, CC BY-SA

Cambio en la estacionalidad

Las brisas marinas son vientos locales generalmente asociados a los meses del verano. Sin embargo, en la región mediterránea también pueden ocurrir en invierno, aunque en menor frecuencia.

Nuestros resultados sugieren que la mayor ocurrencia invernal de brisa que estamos teniendo puede ser una respuesta en cascada a la dinámica atmosférica. Concretamente a la expansión del anticiclón de las Azores (un gran y persistente sistema de alta presión sobre el océano Atlántico) y a una tendencia hacia fases positivas de la Oscilación del Atlántico Norte o NAO+ (un patrón de presión atmosférica que favorece un tiempo seco y estable en el Mediterráneo). Esto se traduce en una mayor frecuencia de anticiclones invernales sobre el Mediterráneo occidental.

Los cielos despejados y los vientos de fondo débiles resultantes crean las condiciones adecuadas para desencadenar brisas marinas durante los meses más fríos. Por otro lado, algunas estaciones meteorológicas detectaron menos días de brisa en verano. Podríamos estar observando un posible desplazamiento en la estacionalidad de las brisas desde el pico del verano hacia el invierno.

Impactos en la sociedad

Los cambios en las brisas marinas conllevan riesgos significativos para los entornos costeros y de interior, así como para las sociedades que los habitan:

  • Mayores extremos térmicos: a medida que las brisas de verano se debilitan y se desplazan al invierno, su efecto de enfriamiento natural disminuye justo cuando más se necesita: durante las olas de calor severas. Estos vientos locales son ahora demasiado débiles para penetrar y enfriar las zonas de interior. Esto amenaza con exacerbar el estrés térmico urbano y aumentar los riesgos para la salud pública.

  • Peor calidad del aire: mientras que los vientos fuertes dispersan la contaminación atmosférica, unas brisas más débiles y frecuentes pueden atrapar y recircular los contaminantes a lo largo de la costa y el interior durante días, empeorando la exposición de ciudades densamente pobladas.

  • Efectos en las precipitaciones: los cambios en estos vientos pueden afectar el transporte de humedad, influyendo en la convección profunda de verano (la responsable de las tormentas severas). Además, otros estudios sugieren que los cambios antropogénicos en el uso del suelo han dejado a las brisas con menos agua disponible para transportar hacia el interior. Por lo tanto, unas brisas más débiles que transportan menos vapor de agua podrían fracasar a la hora de desencadenar las tormentas estivales, necesarias para mantener el ciclo hidrológico en regiones que ya de por sí son secas y áridas.

Nuestros hallazgos señalan las brisas marinas como un elemento crítico, pero históricamente poco explorado, del cambio climático regional. A medida que el Mediterráneo se sigue calentando, depender únicamente de modelos climáticos globales a gran escala (que a menudo tienen dificultades para capturar vientos costeros tan localizados) no es suficiente.

Al analizar las observaciones regionales a largo plazo, obtenemos una imagen mucho más clara de cómo están cambiando las brisas marinas. Esta comprensión es necesaria para evaluar correctamente los riesgos asociados al cambio climático y proporcionar una base realista para las estrategias de mitigación y adaptación en la costa mediterránea.

The Conversation

Shalenys Bedoya Valestt recibe fondos del programa Santiago Grisolía financiado por la Generalitat Valenciana para la realización de tesis doctorales (GVA-CIGRIS/2021/131).

César Azorín Molina dirige esta investigación financiada por la Generalitat Valenciana mediante el programa PROMETEO para Grupos de Investigación de Excelencia (GVA-CIPROM/2023/38). El trabajo también recibe fondos del programa ThinkInAzul apoyado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU) con financiación europea NextGenerationEU (PRTR-C17.I1) y de la Generalitat Valenciana (THINKINAZUL/2021/018); del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) y la Comisión Europea (NextGenerationEU) a través de la Plataforma Temática Interdisciplinar Clima del CSIC (PTI-Clima); así como del proyecto RED-CLIMA 2 (LINCGLOBAL – CSIC, LINCG24042). Además, este estudio cuenta con el respaldo de la Unidad Asociada CSIC-Universidad de Vigo: Grupo de Física de la Atmósfera y del Océano.

– ref. Las brisas marinas del Mediterráneo ya no refrescan como antes – https://theconversation.com/las-brisas-marinas-del-mediterraneo-ya-no-refrescan-como-antes-287795

¿Cuál es el mayor reto científico que aún no hemos podido resolver?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By M Rut Jiménez Liso, Catedrática de Universidad del área de Didáctica de las Ciencias Experimentales, Universidad de Almería

Saber de dónde surge la consciencia es uno de los grandes interrogantes por resolver. SvetaZi/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por Rodrigo Alonso Martín, de 16 años, desde el IES José Martín Recuerda, Motril (Granada).


Podríamos irnos a las grandes preguntas de la ciencia, cuya respuesta todavía no tenemos del todo, como de dónde surge el universo, si hay o ha habido vida en otros planetas, qué es y qué caracteriza a la materia oscura, cómo surgió la vida a partir de materia inerte o cómo conseguir revertir el calentamiento global.

Sin embargo, si nos quedamos en estos grandes interrogantes, podríamos tener sensación de estar ante algo inalcanzable y utópico, mientras que la pregunta inicial y la actividad científica va de retos y de su equilibrio con la habilidad de quienes los resuelven.

El truco está en cómo plantear el problema

Como si se tratara de un videojuego, si el reto supera mucho a la habilidad de quien juega, sentirá ansiedad o frustración. Por el contrario, si la habilidad supera al reto aparece el aburrimiento. En ambos casos, existe el riesgo de abandonar el juego, que solo “engancha” cuando están equilibrados reto y habilidad. Es lo que se conoce como teoría del flujo, propuesta por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi.

Pues bien, con la actividad científica pasa igual: necesitamos simplificar los problemas que tratamos de resolver para equilibrar el reto con nuestras habilidades. Por tanto, el mayor reto no son las grandes preguntas sino cómo las abordamos y cómo nos vamos aproximando a la complejidad.

A veces, conocemos información sobre un agujero negro lejano, pero nos cuesta mucho trabajo entender qué le pasa a una molécula dentro de un cazo de agua hirviendo, porque nos falta comprender el proceso complejo y verlo en su conjunto con todas las variables que influyen.

Grandes revoluciones científicas

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, se produjo la gran revolución química con la superación de la teoría del flogisto –teoría científica obsoleta basada en una sustancia hipotética que representa la inflamabilidad– a favor de la conservación de la masa y el concepto de elemento químico.

De igual manera, podemos identificar el comienzo del siglo XX como la última gran revolución física, con la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, o sus finales como la revolución del ADN y la biotecnología.

¿Y ahora? Todo apunta a que este siglo XXI ha inaugurado la era de la neurociencia y de la inteligencia artificial, con nuevos interrogantes: ¿cómo surge la conciencia? ¿Es posible lograr una inteligencia artificial general, como la humana?

Terreno abonado para los bulos

Esas revoluciones pueden producir mucha incertidumbre entre la ciudadanía. No es fácil vivir inmersos en la complejidad y, en vez de dividir el problema y convertirlo en algo alcanzable (equilibrio reto-habilidad), hay quienes se apartan y toman atajos rápidos y fáciles. Así ganan fuerza los bulos que inundan nuestras redes sociales y las conversaciones familiares.

Por ejemplo, ante la observación de que el suelo que se extiende a mi alrededor es plano, puedo sacar la conclusión de que la Tierra es plana. La actividad científica consiste, precisamente, en plantearse un reto: ¿cómo puedo demostrarlo –o desmentirlo–?

En este caso, quizá, podría abordarse respondiendo a un problema concreto, por ejemplo, un barco que sale del puerto de Almería ¿se hace cada vez más pequeño hasta que ningún teleobjetivo puede verlo? Ahora viene el juego de lo sencillo: ¿qué razonamiento puede explicar eso y otros fenómenos relacionados?

El juego de hacer ciencia

Este juego de investigar y hacer ciencia “engancha” a multitud de personas (investigadoras, docentes, estudiantes), no tanto por los grandes descubrimientos que vayamos a producir sino porque “el asombro está en el proceso” –como dice la investigadora Megan Powell Cuzzolino–.

Para ello, cuando enseñamos ciencia, quizá sea mejor no hacer espóiler ni empezar por el final de la película, sino vivir todo el proceso, con preguntas que encierran realidades cercanas para despertar el interés científico. Por ejemplo, si queremos estudiar las cualidades de la vida, podemos plantearnos preguntas como: ¿un garbanzo es un ser vivo?, ¿y una rama recién cortada?, ¿cómo podemos comprobarlo? Para enfrentarnos también nosotros al reto de querer investigarlo y explicarlo.

De esta manera, conocemos las reglas del juego para construir (y evaluar) el conocimiento científico. Y también es el antídoto para impedir que cada vez más personas generen y difundan bulos que ponen en peligro la salud de las personas, los ecosistemas y el planeta, así como los sistemas democráticos.


El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

M Rut Jiménez Liso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cuál es el mayor reto científico que aún no hemos podido resolver? – https://theconversation.com/cual-es-el-mayor-reto-cientifico-que-aun-no-hemos-podido-resolver-285831

El norte de África como frontera del mundo: los secretos de ‘lo maravilloso’ en el Magreb medieval

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina Franco Vázquez, Doctora en Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca

Mapa del mundo cartografiado por Al-Idrisi en 1154. Wikimedia Commons

Entre los siglos IX y XIII, los geógrafos del imperio arabo-islámico describieron el norte de África como un territorio donde lo cotidiano convivía con lo extraordinario. Sus obras no solo hablaban de ciudades, montañas o rutas comerciales. También recogían historias sobre aguas milagrosas, animales imposibles, cuevas misteriosas y paisajes cargados de simbolismo.

Lejos de ser simples supersticiones, estos relatos cumplían una función muy concreta.

El Magreb, un territorio situado en los confines

Durante buena parte de la Edad Media, el Magreb –el territorio que se extendía aproximadamente desde el actual Marruecos hasta Libia– ocupó una posición periférica dentro del Dār al-Islām, el mundo islámico. Desde la perspectiva de los geógrafos que escribían en Bagdad, Damasco o El Cairo, se trataba del extremo occidental del Imperio, una región alejada de los principales centros políticos e intelectuales.

Mapa medieval de la península ibérica, representada como un círculo, y de la costa norte africana.
Mapa del Magreb según al-Istakhrī, alrededor del 934.
Bibliotheeck der Rijksuniversiteit/Wikimedia Commons

Esa condición de frontera marcó profundamente su imagen. Uno de los mejores ejemplos de la imagen marginal del Magreb se encuentra en el texto de Ibn ʿAbd al-Ḥakam del siglo IX Futūḥ Ifrīqīya wa-l-Andalus (“Conquista de Ifrīqīya y al-Andalus”). En él se compara el Imperio arabo-islámico con un pájaro: la cabeza sería La Meca, Medina y Yemen; el pecho, el Šām –actuales Siria, Líbano, Jordania, Palestina– y Miṣr –Egipto–; el ala derecha, Irak y las naciones que están detrás de él; el ala izquierda, Sind –aproximadamente, la actual Pakistán– y, detrás de él, el Hind –India, Pakistán y Bangladés–. La cola sería el Magreb.

El texto termina especificando que la cola es la peor parte del ave, lo que da a entender la poca importancia que se le daba a este territorio dentro del Imperio.

No obstante, casi 300 años después, a principios del siglo XIV, el Kitāb mafāḫr al-barbar (“Libro de las gestas de los bereberes”) recoge un texto muy similar en el que el Mašriq –actuales Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina– sería la cabeza del ave; Yemen, un ala; Šām, la otra ala; Irak, el pecho; y el Magreb, la cola. Pero, aclara, se trata de la cola de un pavo real; es decir, lo mejor de este animal.

Nos encontramos, por tanto, ante un Magreb que ha dejado de ser un espacio que las obras mencionan de pasada para empezar a tener su propia historiografía y autores, enmarcados en un contexto arabo-islámico, que resitúan este territorio y su población.

Este cambio coincide con el desarrollo de textos geográficos escritos por autores del propio Occidente islámico. Gracias a ellos, el Magreb empieza a describirse con mucho más detalle y comienzan a incorporarse tradiciones locales que hasta entonces apenas habían aparecido en las obras geográficas.

Cuando la geografía también contaba maravillas

A diferencia de lo que entendemos hoy por textos o mapas geográficos, sus documentos no pretendían separar estrictamente los hechos comprobables de las creencias populares. El objetivo era reunir todo el conocimiento disponible sobre un territorio.

Por eso, junto a las descripciones de ciudades, montañas o ríos encontramos historias transmitidas por comerciantes, viajeros y habitantes locales. Estas narraciones recibían el nombre de ʿaǧāʾib, “maravillas”, y no se consideraban necesariamente falsas. Eran fenómenos que escapaban a la experiencia habitual y despertaban asombro.

El cosmógrafo persa al-Qazwīnī, uno de los grandes estudiosos de este tipo de relatos en el siglo XIII, explicaba que algo resultaba maravilloso cuando quien lo observaba no era capaz de comprender su causa. Lo extraordinario, por tanto, no dependía solo del fenómeno, sino también del conocimiento de quien lo contemplaba. Lo que hoy explicaríamos mediante la ciencia podía interpretarse entonces como una manifestación del orden creado por Dios.

Un mapa del mundo habitado, extraído de la obra de cosmografía Ajā’ib al-makhlūqāt wa-gharā’ib al-mawjūdāt (‘Maravillas de las cosas creadas y aspectos milagrosos de las cosas existentes’), de Zakariya al-Qazwīnī, en una copia del siglo XVI.
U.S. National Library of Medicine

Cuevas, montañas y mares donde todo parecía posible

No todos los lugares eran igualmente propicios para albergar estas historias. Las maravillas se concentraban sobre todo en espacios de frontera: montañas, cuevas, islas, desiertos y costas.

La cordillera del Atlas aparecía como un escenario donde podían esconderse serpientes gigantes o grutas con cadáveres incorruptos convertidos en talismanes protectores. Algunas fuentes poseían propiedades curativas y determinadas piedras se utilizaban para aliviar enfermedades.

El mar era otro gran escenario de lo oculto. El Mediterráneo se describía como un lugar peligroso, habitado por criaturas monstruosas que amenazaban a los navegantes. El Atlántico representaba prácticamente el final del mundo conocido en la época. Según algunos autores, solo era posible navegar con seguridad cerca de la costa; más allá se extendía un océano repleto de islas inexploradas cuyo número únicamente Dios sabía.

Resulta llamativo que muchos de estos relatos aparezcan precisamente en torno a ciudades, puertos y rutas comerciales. Lejos de surgir en lugares completamente aislados, las maravillas circulaban allí donde coincidían viajeros, mercaderes y peregrinos. Eran espacios privilegiados para el intercambio de noticias… y también de leyendas.

Mucho más que historias fantásticas

Podría pensarse que estos relatos solo buscaban entretener. Sin embargo, cumplían funciones mucho más complejas.

Algunos actuaban como advertencias. Las fuentes envenenadas, las islas malditas o las montañas infestadas de criaturas peligrosas servían para señalar los riesgos de determinados lugares. Otros transmitían conocimientos considerados útiles, como la existencia de aguas medicinales o minerales con propiedades curativas.

Mapa medieval del norte del continente africano.
Mapa de al-Maghrib al-Aqsa y al-Maghrib al-Awsat (Magreb lejano y Magreb central) en la copia manuscrita más antigua que se conserva de la Tabula Rogeriana del cartógrafo y geógrafo Al-Idrisi.
Gallica

Además, estas historias ayudaban a conservar un patrimonio oral que difícilmente habría llegado hasta nosotros por otros medios. Los geógrafos no solo cartografiaban el territorio; también recogían la memoria colectiva de quienes lo habitaban.

Lo que estos relatos nos cuentan hoy

Aunque hoy sepamos que aquellos dragones y monstruos marinos nunca existieron, las historias que los describen siguen siendo extraordinariamente valiosas. No porque nos informen sobre la fauna del Mediterráneo medieval, sino porque nos permiten comprender cómo las sociedades del pasado interpretaban el mundo que las rodeaba.

Para los geógrafos medievales, un mapa no era únicamente una representación física del territorio. También era una forma de ordenar lo desconocido. En ese sentido, las maravillas funcionaban como una herramienta para delimitar los márgenes del mundo y explicar aquello para lo que todavía no existía una respuesta.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de estos relatos. Nos recuerdan que la necesidad de dar sentido a lo ignorado no ha desaparecido. Simplemente han cambiado las herramientas con las que intentamos hacerlo.


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Cristina Franco Vázquez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El norte de África como frontera del mundo: los secretos de ‘lo maravilloso’ en el Magreb medieval – https://theconversation.com/el-norte-de-africa-como-frontera-del-mundo-los-secretos-de-lo-maravilloso-en-el-magreb-medieval-285013

Osos, hienas, neandertales y 25 nuevos fósiles de ‘Homo antecessor’: últimas noticias desde Atapuerca

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marina Lozano Ruiz, Profesora del grado de antropología, Universitat Rovira i Virgili; Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES)

Investigadores recuperando un resto humano de _Homo antecessor_ en la campaña de 2026. Marina Lozano/IPHES-CERCA

Excelentes noticias para la paleontología: la campaña de excavación número 48 en los yacimientos de la sierra de Atapuerca (Burgos), llevada a cabo entre el 21 de junio y el 22 de julio, ha deparado hallazgos muy interesantes que nos ayudarán a conocer mejor a nuestros antepasados.

Más de 200 investigadores, investigadoras y estudiantes han participado excavando en diez yacimientos diferentes: Penal, Gran Dolina, Galería, Cueva Fantasma, Sima del Elefante, Galería de las Estatuas, Portalón, Sima de los Huesos y Cueva de El Mirador.

Y no hay que olvidar al equipo que lava los sedimentos que extraemos de esos yacimientos en el río Arlanzón. Allí recuperan los huesos de los animales más pequeños, como roedores, reptiles y anfibios.

Restos de fauna y neandertales

En primer lugar, en el yacimiento de Penal se han encontrado herramientas líticas que se corresponderían con las halladas en el nivel TD6 de Gran Dolina, lo que implicaría que dicho nivel es mucho más extenso de lo que se había pensado hasta el momento. En los niveles TD3 y TD4, la base de Gran Dolina, han aparecido marcas de zarpazos de dos especies de osos que vivieron hace aproximadamente un millón de años.

En la Sima del Elefante hemos recuperado las herramientas líticas –hechas con sílex, cuarcita y cuarzo– más antiguas. Así podremos saber algo más sobre la vida de los grupos humanos en la sierra hace más de 1,3 millones de años. Además, hay que destacar el hallazgo del esqueleto prácticamente completo de un lince.

El yacimiento de Galería ha proporcionado también abundantes restos de fauna, principalmente bisontes y caballos, y de útiles de piedra, entre las que destaca un bifaz de cuarcita. Todo esto confirma que esta cueva habría funcionado como lugar de aprovisionamiento de carne hace unos 300 000 años.

En cuanto a la Cueva Fantasma, el hallazgo de varios útiles de piedra indican que los neandertales habrían ocupado parte de este yacimiento. Otra zona habría sido un cubil de hienas, como prueban los numerosos coprolitos (excrementos fósiles) de dichos carnívoros que hemos encontrado.

Pero la presencia de neandertales en la sierra de Atapuerca no es exclusiva de la Cueva Fantasma, ya que tanto en el exterior como en el interior de Galería de las Estatuas hemos podido identificar evidencias de que también estuvieron en este emplazamiento.

Por lo que respecta a los yacimientos más modernos, en una zona de la Cueva de El Mirador se ha llegado por primera vez a niveles del Paleolítico superior (entre hace unos 35 000 y 10 000 años), aunque no se ha podido precisar, de momento, su antigüedad exacta. Este período está muy poco representado en la sierra de Atapuerca, lo que abrirá nuevas líneas de investigación.

Los tesoros de Gran Dolina

De manera deliberada he dejado para el final los hallazgos del nivel TD6 de Gran Dolina. En parte porque es el yacimiento en el que trabajo desde hace treinta años, y en parte porque ha proporcionado los hallazgos más destacados de esta campaña.

Desde 2023 hemos vuelto a excavar el citado nivel, conocido por proporcionar restos humanos de Homo antecessor, especie que vivió en Atapuerca hace unos 850 000 años y se caracteriza por tener rasgos únicos, como una dentición muy primitiva y una cara muy moderna. En campañas anteriores estuvimos excavando el primer subnivel, TD6-1, que era una letrina de hienas donde encontramos ¡más de 1 600 coprolitos! También aparecieron herramientas líticas, restos de herbívoros e, incluso, algunos restos de Homo antecessor.

Sin embargo, no ha sido hasta esta campaña cuando hemos empezado a destapar el subnivel TD6-2. Como ya se había excavado en otras zonas, sabíamos que alberga un campamento con presencia de restos de la fauna que cazaban aquellos humanos, como ciervos, caballos, bisontes y rinocerontes. Además, hemos encontrado las herramientas líticas de sílex, cuarcita, caliza y arenisca con las que descuartizaban las presas.

Un metacarpo de Homo antecessor recuperado en el nivel TD6 de Gran Dolina.
Marina Lozano/IPHES-CERCA

Aunque, sin duda, lo más destacado es que hemos recuperado 25 nuevos restos óseos y dentales pertenecientes a Homo antecessor. Entre esos vestigios destacan tres dientes, vértebras, huesos de pies y manos, un cúbito bastante completo y fragmentos de otros huesos largos, como húmero y tibia. Con estos nuevos fósiles la cantidad de restos de esta especie ya supera los 200.

Nuevos indicios de canibalismo

A pesar de que acaban de aparecer y en los próximos meses vamos a estudiarlos y analizarlos con todo detalle, ya podemos adelantar alguna información. En primer lugar, sigue confirmándose que los restos de esta especie presentan evidencias de canibalismo. Los huesos están fracturados de manera intencionada, tienen marcas de corte y están mordidos por otros humanos.

Hasta fechas recientes, otra de las peculiaridades de este conjunto de Homo antecessor era que estaba formado por individuos infantiles y juveniles. El más joven tendría unos 2 o 3 años y el mayor, 17.

Un incisivo inferior de Homo antecessor en el nivel TD6-2 de Gran Dolina.
Marina Lozano/IPHES-CERCA

La ausencia de adultos era sorprendente, y en base a esto se formuló la hipótesis de que el canibalismo era el resultado de un conflicto entre dos grupos rivales. Uno de ellos habría atacado a los individuos más jóvenes del otro grupo.

No obstante, los dientes que hemos sacado a la luz desde la campaña de 2024 nos indican la presencia de varias personas adultas, de 20 a 26 años. El número de estos individuos se eleva de 8 a entre 12 y 15.

Basándonos en estas evidencias preliminares, tenemos que afrontar el reto de replantearnos algunas de nuestras hipótesis anteriores. Y mientras analizamos estos nuevos restos, ya empezamos a pensar en qué vamos a encontrar en la campaña de 2027.

The Conversation

Marina Lozano Ruiz recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades por el proyecto PID2024-156477NB-C31

– ref. Osos, hienas, neandertales y 25 nuevos fósiles de ‘Homo antecessor’: últimas noticias desde Atapuerca – https://theconversation.com/osos-hienas-neandertales-y-25-nuevos-fosiles-de-homo-antecessor-ultimas-noticias-desde-atapuerca-287240

¿Cómo cuidar de un cúbit? Guía para mantener vivo al bebé más frágil del universo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ramón Aguado, Doctor en Física Teórica que trabaja en materiales cuánticos en el Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid (ICMM) como Investigador Científico, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Javier Arias/Telos

“Cuida bien al niño / Cuida bien su mente / Dale el sol de Enero / Dale un vientre blanco / Dale tibia leche de tu cuerpo / Todas las hojas son del viento / ya que él las mueve hasta en la muerte / Todas las hojas son del viento / menos la luz del sol”

Cuando Luis Alberto Spinetta, poeta y figura emblemática del rock argentino, interpretaba estos versos en 1973, dedicados a la Muchacha de ojos de papel de otro de sus grandes himnos, probablemente no anticipaba que había escrito, de manera inadvertida, una bella metáfora sobre el desafío central de la computación cuántica al que nos enfrentamos medio siglo después.

Hoja quieta en la rama. Hoja en el viento. Dos formas de estar en el mundo, separadas por un soplo. Un haiku de dos estados: una anclada al árbol, otra danzando en la incertidumbre. Así son los cúbits, la unidad básica de información en computación cuántica. Así es la coherencia cuántica.

La fragilidad del cúbit

El bebé de la canción no es común. Puede ocupar dos habitaciones simultáneamente, manifestar emociones opuestas a la vez y existir en un estado de posibilidades hasta que se observa. Es tan sensible que una mínima variación de temperatura, un rayo de luz o incluso la observación pueden provocar su colapso.

Este bebé es un cúbit. La historia de la computación cuántica es, en esencia, la de quienes buscan preservar estos sistemas el tiempo suficiente para que desplieguen su potencial. Técnicamente, esta propiedad se denomina coherencia cuántica: el intervalo durante el cual el cúbit mantiene su naturaleza cuántica antes de que la decoherencia lo transforme en un bit clásico. Es el momento previo a que la hoja caiga y toque definitivamente el suelo.

Cada laboratorio ha desarrollado su propia guardería altamente tecnológica donde cuidar de estos frágiles bebés: un entorno de protección para los cúbits, con logros y desafíos propios.

Las guarderías de los cúbits son de muchos tipos. Desde el frío extremo de los superconductores hasta el silencio del silicio. Desde los susurros láser de los iones hasta la danza reconfigurable de los átomos neutros. Y por supuesto los cúbits topológicos, casi imposibles de destruir a modo de horrocruxes.

Los bebés nacidos del frío: cúbits superconductores

En Google e IBM, las guarderías adoptan una forma singular: refrigeradores de dilución que descienden del techo como suntuosas lámparas de araña en antiguos palacios. Dentro, a 20 milikelvin, más frío que el espacio interestelar y cercano al cero absoluto, reposan bebés en cunas muy especiales.

Estas cunas superconductoras, basadas en circuitos de aluminio, niobio o tántalo, funcionan como átomos artificiales, con niveles de energía cuantizados bien definidos.

Gracias a pioneros como John Clarke, Michel Devoret y John Martinis (galardonados con el Premio Nobel de Física 2025), quienes en los años 80 demostraron que un circuito puede comportarse como un átomo, somos capaces de desdibujar la frontera entre el mundo cuántico microscópico y el mundo clásico macroscópico.

Estos cúbits superconductores son los más veloces. Realizan operaciones lógicas en decenas de nanosegundos. Sin embargo, presentan un inconveniente: son susceptibles al ruido. Al estar compuestos por miles de millones de átomos, cualquier defecto en el material, cualquier fluctuación del campo electromagnético o vibración puede inducir la pérdida de coherencia cuántica. Incluso la radiación infrarroja, las pequeñas trazas radiactivas en los materiales del edificio o los rayos cósmicos que nos atraviesan constantemente impactan contra los cúbits, generando cascadas de partículas que degradan el estado superconductor y hacen que pierdan su coherencia en milisegundos.

En 2019, el procesador Sycamore de Google mantuvo la coherencia de 53 cúbits el tiempo suficiente para lograr la denominada supremacía (o ventaja) cuántica: completar en 200 segundos una tarea que requeriría 10 000 años en los superordenadores más avanzados. Aunque estos resultados fueron cuestionados posteriormente, ejemplifican la intensa competencia en computación cuántica y su potencial. Actualmente, laboratorios de todo el mundo investigan nuevos materiales, perfeccionan técnicas de nanofabricación y desarrollan filtros más eficaces. Por ahora, la decoherencia sigue siendo el principal obstáculo.

Recientemente, Amazon Web Services (AWS) ha introducido una variante fascinante: los cat qubits (“cúbits gato”), bautizados así por el famoso gato de Schrödinger, ese felino imaginario que está vivo y muerto a la vez. Estos cúbits están diseñados para suprimir ciertos tipos de errores de forma natural, actuando como si el gato cuántico tuviera una doble vida protegida. Integrados en su nuevo chip Ocelot, los cat qubits reducen hasta en un 90 % los recursos necesarios para corregir errores, y por tanto las necesidades de escalado masivo, allanando el camino hacia ordenadores cuánticos tolerantes a fallos que podrían llegar años antes de lo previsto.

La guardería del susurro: iones atrapados

Cambiemos de escenario. En laboratorios repletos de espejos y láseres, los bebés son iones de iterbio, calcio o berilio, suspendidos en el vacío mediante trampas de Paul, campos eléctricos que los mantienen sin contacto con superficies sólidas y que crean lo que denominamos como redes de iones atrapados.

Si los superconductores son velocistas, los iones atrapados son fondistas: mantienen la coherencia durante segundos o incluso minutos. Sin embargo, requieren manipulación extremadamente delicada mediante láseres, con pulsos precisos que alteran su estado sin perturbarlos. Estas técnicas son lentas, operando en escalas de microsegundos, lo que limita ciertas operaciones. El calor puede excitar sus vibraciones colectivas (fonones), destruyendo la coherencia, por lo que se emplea enfriamiento láser en un equilibrio delicado. Además, la alineación de los láseres es compleja y se requieren condiciones de ultraalto vacío.

Estos sistemas presentan fidelidades superiores al 99,9 %, lo que los convierte en algunos de los cúbits mejor controlados. Sin embargo, el número de cúbits en los sistemas más avanzados apenas supera la treintena.

El santuario de silicio: cúbits de espín

En salas blancas de Intel o de Delft, donde los técnicos visten a modo de astronautas, los bebés son de silicio. Son electrones atrapados en puntos cuánticos, pequeñas islas semiconductoras en las que electrodos diminutos los controlan. La idea es tan bella como simple: si manipulamos su espín, esa propiedad intrínseca del electrón que actúa como un pequeño imán, tendremos un cúbit.

La ventaja del silicio es su silencio. Purificándolo para eliminar el isótopo ²⁹Si, cuyos núcleos son pequeños imanes aleatorios que generan ruido magnético, obtenemos un entorno casi perfecto. Y lo extraordinario: estos bebés se fabrican con las mismas técnicas que los microchips de nuestros ordenadores, con lo cual podríamos aprovechar décadas de desarrollo de la industria CMOS para imprimir cúbits de espín en grandes obleas de silicio, con la misma tecnología con la que se fabrican los microprocesadores con billones de transistores que tenemos en nuestros dispositivos.

Esta promesa de escalabilidad comienza a cosechar sus primeros frutos: recientemente se han demostrado fidelidades superiores al 99% en cúbits fabricados en obleas industriales.

Sin embargo, operar cúbits de silicio presenta desafíos: pequeñas variaciones en el material provocan que cada espín electrónico responda de manera ligeramente distinta, lo que exige calibraciones individuales. Además, el ruido de carga en las interfaces entre el silicio y sus óxidos puede afectar negativamente la coherencia.

La guardería que se reconfigura: átomos neutros

Cambiemos una vez más de escenario. Dejemos las salas blancas del silicio y viajemos a Boston, a los laboratorios de QuEra, o a California, donde Atom Computing y Microsoft están construyendo una nueva guardería.

Aquí los bebés son átomos neutros de rubidio, cesio, iterbio o estroncio, atrapados con pinzas ópticas: láseres tan enfocados que pueden sostener un solo átomo en su punto focal. Como los átomos no tienen carga eléctrica, son aún más tranquilos que los iones. Pueden mantener la coherencia durante segundos.

Pero lo realmente especial es que se pueden reordenar. Usando matrices de pinzas ópticas generadas con moduladores espaciales de luz, es posible mover los átomos como piezas de ajedrez, acercando a los que necesitan interactuar entre sí. Es la única plataforma en la que la conectividad no está dictada por un cableado fijo, sino que puede reprogramarse sobre la marcha. ¿Cómo se logra que interactúen? Los átomos se excitan a estados de Rydberg: estados en los que el electrón se aleja tanto del núcleo que el átomo se hincha como un globo, hasta hacerse mil veces más grande. En ese estado, los átomos se ven y pueden hablar entre sí.

Estos cúbits enfrentan un desafío fundamental: pueden desaparecer debido a colisiones con gas residual, calentamiento o durante la medición, lo cual provoca que un átomo abandone su pinza óptica. Mientras que en otras plataformas la pérdida de un cúbit detendría el cálculo, en la guardería de átomos neutros han aprendido a hacer algo asombroso: reponer los bebés perdidos sin despertar a los demás. En 2025, un equipo de Atom Computing y Microsoft demostró un sistema que detecta qué átomos faltan y los repone desde un reservorio cercano: una especie de cinta transportadora óptica que repone bebés, a modo de escena de dibujos animados, manteniendo la coherencia por encima del 95 %.

La guardería de luz: cúbits fotónicos

Existe una guardería radicalmente diferente, donde los bebés son de luz. Fotones que viajan por fibras ópticas a temperatura ambiente, sin necesidad de frío extremo ni de vacío. Son las hojas que el viento no puede tumbar: viajan ligeras, imperturbables y pueden recorrer kilómetros sin perder su coherencia. Pero tienen un problema: los fotones apenas interactúan entre sí. Es como tener hojas que nunca se rozan. ¿Cómo hacer que se comuniquen?

La solución tradicional ha sido la interferencia probabilística, pero recientemente se ha dado un paso de gigante con la demostración, por parte de la compañía canadiense Xanadu, de la generación, en un chip fotónico integrado de nitruro de silicio, de estados que distribuyen la información cuántica entre múltiples fotones, con una estructura que permite detectar y corregir errores de forma natural, sin necesidad de agrupar muchos cúbits físicos. Es como si cada bebé de luz llevara incorporado su propio sistema de protección.

Estos estados, denominados GKP, permiten operaciones lógicas deterministas a temperatura ambiente y son ideales para la interconexión de múltiples chips mediante fibra óptica. Aunque es necesario reducir las pérdidas ópticas para lograr tolerancia a fallos completa, este avance señala un camino claro hacia ordenadores cuánticos fotónicos escalables, modulares y aptos para centros de datos.

La guardería soñada: cúbits topológicos

Y luego está la guardería que algunos llevamos años tratando de entender, incluyendo grandes laboratorios como los de Microsoft: la guardería de los cúbits topológicos. Una idea que parece de novela.

Recordemos a Voldemort, el villano de la saga de Harry Potter. Para volverse inmortal, esconde su alma en varios objetos, los horrocruxes, y los dispersa por el mundo. Mientras esos objetos permanezcan intactos, Voldemort no puede morir. Para destruirlo, habría que encontrar y destruir todos y cada uno de ellos.

Los cúbits topológicos funcionan igual. La información no se guarda en un solo lugar, sino troceando un electrón en dos mitades, los modos de Majorana, y separándolas. Cada mitad, por separado, no tiene la información completa; es la relación entre ambas la que codifica el cúbit. Para destruirla, el entorno tendría que afectar ambas mitades simultáneamente. Cualquier perturbación local solo ve una mitad y no puede dañarla.

Pero estos modos no aparecen en un único material. Nacen en la frontera, en la región de contacto entre un semiconductor, como el arseniuro de indio, y un superconductor. Es en esa delgada línea donde el semiconductor se encuentra con el superconductor, donde la física permite que un electrón se parta en dos mitades separadas. Por eso estos cúbits son híbridos por naturaleza, criaturas que no serían posibles sin la combinación de ambos mundos.

Paradójicamente, esta imposibilidad de acceder a la información de forma local ha generado una de las controversias más intensas de la física moderna. Durante años, múltiples experimentos han mostrado señales que podrían interpretarse como modos de Majorana, pero también podrían explicarse por otros fenómenos más mundanos. La comunidad científica ha debatido acaloradamente si esas señales eran los primeros pasos de un bebé topológico o si eran simplemente sombras proyectadas en las paredes de la guardería.

Posiblemente hayamos contribuido a cerrar esta controversia para siempre. En colaboración con QuTech Delft hemos demostrado recientemente que es posible observar el estado de una cuna con Majoranas durante más de un milisegundo. Utilizando una técnica llamada capacitancia cuántica, logramos mecerla y detectar en tiempo real si está “llena” o “vacía”, sin destruir la información.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


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Ramón Aguado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo cuidar de un cúbit? Guía para mantener vivo al bebé más frágil del universo – https://theconversation.com/como-cuidar-de-un-cubit-guia-para-mantener-vivo-al-bebe-mas-fragil-del-universo-288138

Cómo la minería ilegal de oro ha provocado un repunte de la malaria en la Amazonía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniela de Angeli Dutra, Lecturer in Zoology, Bangor University

Los precios del oro se encuentran en máximos históricos, y esto nos preocupa. Pero como ecólogos especializados en enfermedades, no es la inestabilidad económica lo que nos alarma, sino el hecho de que un aumento de la minería de este metal precioso podría tener un impacto devastador en la salud humana.

Nuestro equipo de investigadores de la Universidad de Stanford, la Universidad Federal de Mato Grosso y la Universidad Federal de Minas Gerais, en Brasil, ha determinado y cuantificado los efectos de la minería ilegal de oro en el reciente repunte de malaria en el territorio yanomami de la Amazonía brasileña, que sumió a esta población indígena aislada en una devastadora crisis sanitaria a principios de la década de 2020.

Un impulso gubernamental a la extracción

Cuando Jair Bolsonaro asumió la presidencia de Brasil en 2019, convirtió la desregulación medioambiental en un pilar fundamental de su programa, alegando que las protecciones medioambientales y de las tierras indígenas obstaculizaban el desarrollo económico del país. También transfirió la competencia en materia de demarcación de tierras indígenas de la Fundación Nacional del Indígena (FUNAI) al Ministerio de Agricultura.

Además, promulgó decretos destinados a desregular las actividades mineras a pequeña escala en la región amazónica. Los decretos no hacían distinción entre la minería regulada (y, por lo tanto, legal) fuera del territorio indígena y la minería dentro de las tierras indígenas, que es universalmente ilegal. Así, los mineros ilegales inundaron el territorio yanomami.

En enero de 2023, cuando Lula da Silva se aseguró la presidencia como sucesor de Bolsonaro, el número de mineros de oro ilegales en el territorio yanomami –el territorio indígena más grande de la Amazonía– había aumentado hasta los 20 000, lo que supone aproximadamente dos tercios de la población local yanomami.




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La malaria y la crisis sanitaria de los yanomami

Semanas después de que Lula da Silva asumiera el cargo, el medio de comunicación independiente Sumaúma publicó un reportaje en el que se citaban cifras impactantes sobre enfermedades y desnutrición entre los yanomami. Acompañado de imágenes del sufrimiento del pueblo yanomami, el informe motivó al presidente a declarar una crisis humanitaria.

El doctor Andre Siqueira, investigador del instituto Oswaldo Cruz (Fiocruz) y miembro del equipo de médicos enviado al territorio tras la declaración de la crisis, aseguró: “Las condiciones de la población eran devastadoras”. Casi todas las personas a las que se les hicieron pruebas dieron positivo en malaria.

Cómo la minería contribuye a la transmisión de la malaria

El reportaje de Sumaúma y el Instituto Sociaombiental informe en el que se basaba, relacionaban la afluencia de mineros de oro ilegales durante la Administración de Bolsonaro con la crisis sanitaria de los yanomami y la proliferación de la malaria.

Como investigadores que nos centramos en cómo las tendencias en el uso del suelo contribuyen a la propagación de parásitos, sospechábamos que la minería de oro y la malaria no eran factores independientes que contribuyeran a la misma crisis, sino parte de un sistema de causa y efecto que está devastando el territorio y a su población.

La minería ilegal de oro puede impulsar la malaria de múltiples maneras. En primer lugar, cuando los mineros talan bosques y abren brechas a lo largo de las riberas de los ríos para acceder a los yacimientos de oro, crean los focos de reproducción ideales para la especie de mosquito que transmite la malaria en la Amazonía.

En segundo lugar, cuando los mineros se desplazan al territorio, posiblemente desde zonas de alta incidencia de la malaria en toda Sudamérica, pueden llevar el parásito al territorio y aumentar su transmisión.

Por último, los mineros de oro a pequeña escala suelen utilizar mercurio para extraer partículas de oro de forma barata y sencilla. Este mercurio se vierte en los cursos de agua de toda la región, envenenando a las personas que dependen de los ríos para obtener agua y pescar, lo que debilita su sistema inmunológico y las hace más susceptibles a la infección por malaria.

Un análisis exhaustivo de los datos sobre las condiciones sanitarias y ambientales en la Amazonía recopilados por el Ministerio de Salud de Brasil nos permitieron no solo establecer con certeza la relación que los pueblos indígenas sospechaban desde hacía tiempo, sino también cuantificarla, haciéndola concreta y susceptible de actuación.

Nos sorprendieron los resultados. La relación era mucho más fuerte de lo que sospechábamos. Descubrimos que cada aumento del 0,03 % en la actividad minera provocaba un aumento del 20-46 % en los casos de malaria entre uno y dos años después, lo que se tradujo en un aumento del 300 % de la malaria en el territorio yanomami entre 2016 y 2023.

Comprender la asociación entre la minería de oro y la malaria que subyace a la crisis sanitaria de los yanomami es solo una pieza del rompecabezas. Esperamos que esta investigación sirva como herramienta para empoderar a las comunidades indígenas con información sobre su salud y para orientar las políticas que protejan tanto la salud humana como el medio ambiente. Nuestros datos indican que la prevención de la minería ilegal en las tierras indígenas puede proteger su salud y otros importantes patrimonios naturales y culturales.




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Mejorar el acceso a la atención sanitaria

El Gobierno de Lula está llevando a cabo importantes iniciativas para expulsar a los mineros de oro ilegales y establecer centros de salud en el territorio yanomami. Aunque las hospitalizaciones por malaria han disminuido ligeramente desde 2023, las tasas de malaria entre los yanomami siguen siendo elevadas debido al efecto retardado que identificamos en nuestra investigación y a la dificultad de acceso a diagnósticos y tratamientos oportunos en regiones remotas.

Los investigadores están dando pasos importantes para cerrar esta brecha de accesibilidad. Un equipo internacional ha desarrollado “malakits”, que permiten a los miembros de la comunidad sin formación médica formal diagnosticar y tratar la malaria in situ. Estos esfuerzos revisten una importancia fundamental, dado que los efectos retardados de la minería ilegal de oro seguirán provocando una elevada incidencia de la malaria a menos que las comunidades tengan un amplio acceso al tratamiento.

También es importante garantizar los derechos plenos sobre la tierra de las poblaciones indígenas y empoderarlas para que defiendan sus territorios. Se ha demostrado que esta es una de las formas más eficaces de luchar contra la deforestación y proteger los ecosistemas.

Abordar la crisis de la malaria requiere diversificar la economía rural amazónica con miras a la sostenibilidad, de modo que las personas tengan opciones más allá de la minería y la tala. Brasil está dando pasos hacia este objetivo con el reciente lanzamiento de un plan nacional de desarrollo de la bioeconomía.

Los consumidores informados pueden dar prioridad a la compra de oro reciclado o abstenerse por completo de comprar oro para enviar un mensaje de que la extracción ilegal de oro no compensa el coste humano que conlleva. Al igual que con la campaña de los diamantes de sangre a principios de la década de 2000, el cambio real puede venir de la difusión de la información sobre el coste humano y medioambiental de la minería ilegal y de la exigencia de cadenas de suministro éticas.

Los llamamientos para proteger la región amazónica suelen hacerse en términos medioambientales. Queremos defender que salvar a la población de la Amazonía es también un imperativo de salud global. Proteger la selva, invertir en los derechos territoriales de los pueblos indígenas, fomentar oportunidades económicas saludables para las comunidades rurales y cuestionar el papel del oro en nuestra economía global forman parte de la prevención de la propagación continuada de una de las enfermedades infecciosas más mortíferas del mundo.

The Conversation

Daniela de Angeli Dutra contaba con la financiación de una beca del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos concedida a la profesora Erin Mordecai.

Riley Casagrande no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Cómo la minería ilegal de oro ha provocado un repunte de la malaria en la Amazonía – https://theconversation.com/como-la-mineria-ilegal-de-oro-ha-provocado-un-repunte-de-la-malaria-en-la-amazonia-282991