Corrupción, responsabilidad política y democracia: lo que cuestan los escándalos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Jiménez Sánchez, Catedrático de Ciencia política, Universidad de Murcia

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En las últimas semanas, dos autos judiciales de la Audiencia Nacional han sacudido la actualidad política española. El juez José Luis Calama ordenó registrar el despacho del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y varios locales vinculados a empresas de su entorno, en el marco de una investigación por indicios de tráfico de influencias y otros presuntos delitos.

Una semana más tarde, el juez Santiago Pedraz ordenó el registro de la sede nacional del PSOE en el contexto de una investigación sobre la posible financiación por el partido de una operación de acoso y destrucción de pruebas para desvirtuar investigaciones en marcha contra líderes de este partido.

Ninguno de estos hechos implica en estos momentos una culpabilidad establecida. Son indicios, no certezas. Pero su impacto sobre la opinión pública es inmediato, y sus consecuencias para la salud democrática merecen un análisis sereno, más aún cuando estas investigaciones se suman a otros casos en marcha como los que afectan a dos exsecretarios de organización del mismo partido, José Luis Ábalos y Santos Cerdán.

¿Confiamos en los políticos?

Esta acumulación de escándalos –reales, presuntos, confirmados o archivados– tiene consecuencias institucionales que los datos miden con precisión. Según el Standard Eurobarometer 104 de otoño de 2025, el último disponible, solo el 17 % de los españoles confía en los partidos políticos, frente al 81 % que declara no confiar en ellos. La confianza en el gobierno nacional se sitúa en torno al 28-30 %.

Estas cifras no son solo un termómetro del estado de ánimo: tienen efectos concretos. Cuando los ciudadanos perciben que las reglas del juego no se aplican a todos por igual, el incentivo para cumplirlas se debilita. Cuando los votantes creen que todos los partidos son igualmente corruptos, el voto pierde eficacia como mecanismo de rendición de cuentas. Y cuando las empresas perciben que el acceso a contratos públicos depende más de las conexiones que de la calidad de la oferta, la competencia real se deteriora: el Eurobarómetro flash sobre empresas de 2025 recoge que el 75 % de las empresas españolas detectó conflictos de interés en licitaciones públicas.

En democracias como la alemana, las escandinavas o la neerlandesa, los políticos afectados por un escándalo, incluso cuando son meros investigados, sin condena alguna, o los superiores de quienes lo están siendo, suelen dimitir de sus cargos públicos. No porque asuman ninguna culpabilidad penal, sino por una razón que los propios afectados suelen explicar con claridad: no quieren que las sospechas sobre su conducta personal contaminen la autoridad de la institución que representan ni erosionen la confianza ciudadana en ella.

La dimisión, en este contexto, no es una derrota sino un acto de servicio público. Es la expresión de que el cargo se ejerce en nombre de los ciudadanos y que, cuando ese ejercicio se ve comprometido por las circunstancias, lo correcto es apartarse para que la institución no sufra.

Esta cultura de la responsabilidad política no es un lujo moral: tiene efectos medibles sobre la confianza institucional. Los países donde funciona con regularidad son precisamente los que presentan niveles más altos de confianza en los partidos, en los gobiernos y en los parlamentos.

La relación causal no es sorprendente: cuando los ciudadanos ven que los políticos anteponen el interés institucional al propio, la confianza se mantiene incluso en momentos de escándalo. Y si lo que ven es resistencia, negación y supervivencia a cualquier precio, la desconfianza se generaliza y se vuelve difícil de revertir.

España ha tenido casos excepcionales de responsabilidad política voluntaria, pero no ha desarrollado una cultura sistemática en este sentido. El patrón dominante ante los escándalos ha sido la resistencia: aferrarse al cargo mientras el proceso judicial no lo impida formalmente, exigir sentencia firme como única condición de salida y tratar cualquier llamada a la dimisión como un ataque político.

El resultado está en los datos: niveles de confianza institucional entre los más bajos de la Unión Europea y una percepción de impunidad que se retroalimenta.

El caso de Estonia

La evidencia comparada ofrece, sin embargo, una perspectiva menos fatalista. Países que han superado situaciones similares –Estonia es el ejemplo más reciente en el contexto europeo– lo han hecho combinando dos tipos de cambio: por un lado, reformas institucionales concretas en materia de profesionalización de la administración pública, transparencia, financiación de partidos y contratación pública; y por el otro, el desarrollo progresivo de una cultura política donde la responsabilidad ante los ciudadanos no se reduce a sobrevivir entre elecciones.

Los dos elementos son necesarios: las reformas sin cultura de rendición de cuentas se vacían de contenido; la cultura sin reformas institucionales carece de los instrumentos para materializarse.

Los datos de encuestas muestran que los españoles no han aceptado la corrupción como un mal inevitable. De hecho, la rechazan con más intensidad que la media europea. Ese rechazo, sostenido y mayoritario, es el principal activo con el que cuenta la democracia española para salir de este círculo.

Lo que falta no es sensibilidad cívica. Lo que falta es que ese rechazo se traduzca en dos cosas a la vez: reformas institucionales que cambien los incentivos estructurales y una nueva cultura política en la que dimitir cuando las circunstancias lo aconsejan sea visto como un signo de fortaleza democrática, no de debilidad personal.

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Fernando Jiménez Sánchez ha disfrutado de proyectos de investigación financiados por entidades públicas (Unión Europea, Agencia Estatal de Investigación) mediante proyectos de investigación obtenidos en concurrencias competitivas. Es miembro del capítulo español de Transparency International y pertenece a su consejo asesor y al de la Fundación Hay Derecho. Ambas organizaciones son asociaciones cívicas sin ánimo de lucro.

ref. Corrupción, responsabilidad política y democracia: lo que cuestan los escándalos – https://theconversation.com/corrupcion-responsabilidad-politica-y-democracia-lo-que-cuestan-los-escandalos-284249

Cuando la tecnología convierte el cuerpo del deportista en datos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

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Durante años, millones de espectadores han visto a futbolistas profesionales quitarse la camiseta para celebrar un gol. Ahora, si lo hacen, reciben como sanción una tarjeta amarilla. Por eso, es difícil ver lo que hay debajo… salvo ocasiones especiales, como la que ocurrió el pasado 26 de abril en un partido entre el Racing de Santander y el Ceuta, donde un jugador rompió la camiseta a otro y la cámara siguió a este último para hacernos partícipes del cambio de prenda. Es entonces cuando los espectadores del encuentro se preguntan, entre la curiosidad y el meme: ¿por qué lleva debajo una especie de “sujetador deportivo”?

La respuesta corta es que no es un sujetador. La larga (y mucho más interesante, hasta el punto de dedicarle este artículo) es que se trata de un arnés o chaleco de compresión. A simple vista parece una prenda íntima deportiva. Sin embargo, es una de las mejores metáforas del deporte contemporáneo: el cuerpo de un atleta ya no se entrena solo; hoy también se mide, se traduce y se convierte en datos.

Arnés de compresión, analítica móvil

En la práctica, ese arnés que usan los futbolistas no es un mero detalle estético, sino una oficina portátil de analítica deportiva. Aloja, en la parte alta de la espalda, un pequeño dispositivo GPS y otros sensores. Su función es registrar la distancia recorrida, la velocidad máxima, el número de esprints, aceleraciones, desaceleraciones y carga de trabajo, entre otras variables. También, en algunos casos, se combina con bandas de frecuencia cardiaca u otros sistemas biométricos.

¿Y es legal? El fútbol ha integrado de forma reglada la monitorización corporal. La International Football Association Board (IFAB) permite los sistemas electrónicos de seguimiento (EPTS) en competición oficial, siempre que sean seguros, estén homologados y cuenten con la aprobación del organizador. También la UEFA los admite en el campo con autorización arbitral.

Estamos normalizando el cuerpo monitorizado. Pero en este caso, se da una paradoja: mientras en el fútbol los sensores forman parte del paisaje cotidiano, en otros deportes la tecnología sigue siendo un territorio ambiguo, sospechoso o directamente prohibido.

El ejemplo más reciente lo protagonizó Carlos Alcaraz en el Open de Australia 2026, cuando la jueza de silla le obligó a quitarse una pulsera Whoop que llevaba bajo la muñequera antes de su partido contra Tommy Paul. Alcaraz explicó después, con naturalidad, que se trataba de una herramienta para controlar descanso, carga y recuperación, pero que “son reglas del torneo” y que no pasaba nada: “se quita y a funcionar”.

El cuerpo como laboratorio

En el deporte de élite, la frontera entre competir y monitorizarse hace tiempo que se desdibujó. Así, los clubes de fútbol, especialmente en las grandes ligas europeas, llevan años usando sistemas GPS de seguimiento para saber cuánto corre un jugador, cómo corre, cuándo acelera, cuándo cae su rendimiento y cuánto tarda en recuperarse.

En este ámbito, la promesa de estos dispositivos es tan sencilla como poderosa: si el cuerpo deja huellas medibles, esos datos pueden ayudar a prevenir lesiones, dosificar esfuerzos y optimizar rendimiento. Y, en una industria en la que un desgarro muscular puede costar semanas, millones y una temporada, cualquier información es una ventaja. Sobre todo, en el fútbol.

Este deporte es, por naturaleza, un deporte de cargas repetidas y de gestión colectiva. El preparador físico necesita saber si el extremo ha hecho demasiados esprints, si el mediocentro ha acumulado demasiadas desaceleraciones o si el lateral está entrando en una zona de riesgo muscular. El dato no reemplaza al ojo experto. Pero lo complementa. O, mejor dicho, lo disciplina.

Lo que antes era intuición (apreciaciones como “hoy está cargado” u “hoy llega justo”) ahora pueden expresarse en dashboards, semáforos de fatiga y curvas de recuperación.

La tecnología aceptada y sospechosa a la vez

Pero ¿por qué nadie se escandaliza cuando un futbolista lleva un sensor en el pecho, pero sí se genera polémica cuando un tenista luce una pulsera en la muñeca? La respuesta, desde luego, no es tecnológica. Es cultural y reglamentaria.

El fútbol ha integrado estos sistemas principalmente en los entrenamientos y, cuando se usan en competición, se hace dentro de un ecosistema donde el control externo ya es parte del juego: presupuestos elevados, banquillos amplios, cuerpo técnico numeroso, análisis en tiempo real, sustituciones tácticas y una larga tradición de lectura colectiva del rendimiento.

El tenis, en cambio, conserva una narrativa mucho más individualista. El jugador aparece como una figura casi autosuficiente, encerrada en la pista, limitada en la comunicación con su equipo y sometida a normas estrictas contra el coaching encubierto. En ese contexto, cualquier dispositivo corporal plantea una sospecha inmediata: ¿solo mide? ¿Transmite? ¿Puede convertirse en una vía de información externa? ¿Y recibir información?

Eso es precisamente lo que ocurrió con la pulsera de Alcaraz. La Whoop no tiene pantalla y su función principal es registrar variables fisiológicas como frecuencia cardiaca, esfuerzo, recuperación o sueño, sin mostrar datos tácticos en directo al jugador. Aun así, la jueza de silla ordenó retirarla. La polémica fue mayor porque Alcaraz ya la había usado en rondas previas, y el propio CEO de la compañía calificó la medida de “ridícula”, defendiendo que el dispositivo no ofrecía ayuda competitiva inmediata. ¿Qué significa esto? El problema no era lo que el dispositivo hacía, sino lo que podría llegar a representar.

No son esteroides, pero tampoco son neutrales

El fundador de Whoop resumió la polémica con una frase que ha llenado titulares en los periódicos de medio mundo: “los datos no son esteroides”. La frase funciona bien como titular o como estrategia comercial. Pero, también, simplifica demasiado.

Es verdad: un sensor no dopará a nadie. Ni aumenta la masa muscular, ni acelera la recuperación química, ni altera directamente el rendimiento fisiológico, pero eso no significa que sea neutral.

Los datos son poder; es el oro del siglo XXI. Y, en el deporte de élite, el poder casi siempre se traduce en “ventaja”.

Un equipo que conoce mejor la carga interna de un jugador puede ajustar mejor sus descansos. Un tenista que monitoriza con precisión cómo responde su cuerpo al calor, al estrés o a la acumulación de partidos puede planificar mejor su recuperación. Un cuerpo técnico que detecta señales tempranas de fatiga tiene más margen para intervenir antes de la lesión.

Por eso, desde el punto de vista de la regulación, la pregunta es qué tipo de ayuda constituyen y cuándo dejan de ser aceptables estos dispositivos. ¿Es legítimo recoger datos que se analizarán después del partido? Probablemente sí. ¿Es legítimo recibir información en tiempo real desde el banquillo o desde la grada? Ahí el debate cambia. ¿Y si el dispositivo no muestra nada al jugador, pero transmite a su equipo? ¿Y si esa información modifica decisiones tácticas durante el encuentro?

Del músculo al algoritmo

Lo más interesante del arnés de los futbolistas y de la pulsera de Alcaraz no es el gadget en sí. Es lo que ambos cuentan sobre una transformación más profunda. El deportista contemporáneo no solo entrena: se cuantifica. Su sueño se puntúa; su recuperación se indexa; su estrés se convierte en un número; su capacidad de sprint se traduce en una curva… En definitiva, su cuerpo es un sistema de datos interoperables.

Esto tiene ventajas evidentes: mejor prevención, mejor individualización y menos intuición ciega. Pero, también, introduce una nueva forma de dependencia. Cuando el cuerpo se convierte en panel de control, el riesgo es olvidar que no todo lo importante se deja medir. Hay días en que un jugador está “bien” según el dispositivo y mal según sus sensaciones. Y otros en los que compite por encima de lo que la métrica aconsejaría.

La prenda más política del deporte

Sin embargo, el episodio de Alcaraz recuerda que esa lógica no está distribuida de forma homogénea. Mientras que hay deportes que han naturalizado la monitorización, algunos todavía la miran con recelo y otros la abrazan en el entrenamiento y la prohíben en competición. Pero todos, tarde o temprano, tendrán que decidir dónde trazan la línea entre el cuidado legítimo del cuerpo y la ventaja tecnológica.

El futuro del deporte quizá no se juegue solo en el gimnasio o en la pista. También se juega, literalmente, por debajo de la camiseta.

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Paula Lamo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando la tecnología convierte el cuerpo del deportista en datos – https://theconversation.com/cuando-la-tecnologia-convierte-el-cuerpo-del-deportista-en-datos-281542

León XIV convierte su visita a España en un gesto diplomático de alto voltaje: ¿por qué es tan importante su intervención en el Congreso?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mariola Urrea Corres, Profesora Titular de Derecho Internacional y de la Unión Europea, Universidad de La Rioja

El viaje de León XIV a España tendrá lugar del 6 al 12 de junio. De carácter apostólico, la visita contempla la presencia del sumo pontífice en Madrid, Barcelona y Canarias. León XIV quiere hacer efectiva así la voluntad del papa Francisco cuando planteó su deseo de visitar Canarias en plena crisis migratoria de 2024.

Han pasado ya quince años desde el último viaje de un papa a España. Aquella visita de Benedicto XVI a Madrid para participar en la Jornada Mundial de la Juventud no fue de Estado, a diferencia de la de León XIV, como refleja la agenda que ya se ha hecho pública. Ahí se detalla la pluralidad de actos religiosos y encuentros que mantendrá el sumo pontífice. También se describe la recepción que le brindarán los reyes en su calidad de anfitriones o el encuentro que mantendrá con el presidente del Gobierno en la Nunciatura.

La novedad tendrá lugar el 8 de junio, cuando León XIV intervendrá en una sesión conjunta del Congreso de los diputados y el Senado en la sede de la primera cámara.

Otros mandatarios en las Cortes Generales

La presencia de un mandatario en las Cortes Generales y la oportunidad de dirigirse a sus señorías es un honor reservado a quienes visitan España bajo la fórmula diplomática de viaje de Estado. El conjunto de presidentes o jefes de Estado que han disfrutado de esta distinción está documentado con detalle en el archivo del Congreso.

La primera intervención de esta naturaleza fue protagonizada el 14 de octubre de 1977 por el presidente de México, José López Portillo. El listado de mandatarios que han visitado, firmado en el libro de honor y pronunciando discursos en el Congreso, en el Senado o en una sesión conjunta de ambas cámaras es muy larga. Basta mencionar a título de ejemplo la intervención de la reina de Inglaterra, Isabel II, en 1988, la de los reyes de Suecia (1983) o la de los de Nepal (1983).

También Jacques Chirac (1999), primer presidente de la V República de Francia; el rey de Marruecos, Mohamed VI (2000); Jatami-Ardakani, presidente de Irán (2002); Nicolás Sarkozy, presidente de Francia (2009); Lula da Silva, presidente de Brasil (2003); Mahmud Abas, primera persona en ocupar el cargo de primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina (2017); Marcelo Rebelo de Sousa, presidente de Portugal (2018); Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania (2022), o el Sultán de Omán (2025) pudieron dirigirse a sus señorías en persona (salvo Zelenski, que lo tuvo que hacer por videoconferencia).

Ninguno de los papas que ha visitado antes España ha intervenido, sin embargo, ante las Cortes Generales. Pontífices como Francisco sí tuvieron la oportunidad de hacerlo en el Congreso de los Estados Unidos, en 2024. El papa Benedicto XVI pudo dirigirse al parlamento británico en 2010 y Juan Pablo II lo hizo ante el parlamento polaco en 1999. Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y el papa Francisco también dictaron sendos discursos ante la Asamblea General de Naciones Unidas y Francisco fue invitado a intervenir en el Parlamento Europeo (2014).

España, como es sabido, es un Estado aconfesional en los términos que detalla el artículo 16 de la Constitución (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”). Dicha aconfesionalidad ha sido calificada por el Tribunal Constitucional como una suerte de laicidad positiva que impone a los poderes públicos la obligación de mantener relaciones de cooperación con la Iglesia católica y con otras confesiones religiosas, aunque la sociedad española sea ya una sociedad fuertemente secularizada.

Nada de todo lo expuesto cuestiona ni la pertinencia ni la relevancia de la intervención del papa ante las Cortes Generales. Él es el sumo pontífice de la Iglesia católica, pero también tiene la condición de jefe de Estado como dejamos expuesto en “Franciscus: pontífice, jefe de Estado y diplomático” (https://theconversation.com/franciscus-pontifice-jefe-de-estado-y-diplomatico-254965)

Esta última consideración resulta trascendente ante un escenario internacional de extrema complejidad en el que León XIV se ha posicionado de manera clara a favor de un orden basado en reglas, algo que le ha costado el reproche directo del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

La intervención de León XIV en una sesión conjunta del Congreso y Senado no puede analizarse solo como un honor protocolario. Que un pontífice solicite dirigirse a los representantes de la soberanía popular eleva el propósito de la visita apostólica y dota al mensaje que quiera compartir de una mayor significación institucional y política.

Una intervención histórica

Más allá de lo que el discurso de León XIV pueda reiterar sobre la doctrina de la Iglesia en relación con la paz y el rechazo al uso de la fuerza, resulta particularmente interesante apuntar también aquellos otros temas que podrían estar presentes en una intervención histórica llamada a incidir en el debate nacional. De todas las cuestiones a abordar al menos dos podrían estar llamadas a tener un espacio en su discurso.

El primer tema es el de la migración y su abordaje no resulta una cuestión menor por cómo se vaya a interpretar lo que el papa pudiera llegar a expresar por quienes hacen del migrante su particular chivo expiatorio. El segundo, más espinoso, está vinculado con los abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes. El reciente acuerdo logrado entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal para reparar el daño provocado a las víctimas no impide un acto de reconocimiento del dolor causado que bien podría expresarse ante los representantes de la soberanía popular, junto al compromiso del Sumo Pontífice en primera persona de contribuir a generar una cultura dentro de la Iglesia capaz de evitar que estas situaciones se repitan y encuentren espacios para ser encubiertas.

La intervención ante las Cortes Generales del papa León XIV constituye, sin duda, un hecho de relevancia histórica que adquiere un mayor significado debido a la magnitud de los desafíos que representa para todos el nuevo (des)orden mundial.

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Mariola Urrea Corres no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. León XIV convierte su visita a España en un gesto diplomático de alto voltaje: ¿por qué es tan importante su intervención en el Congreso? – https://theconversation.com/leon-xiv-convierte-su-visita-a-espana-en-un-gesto-diplomatico-de-alto-voltaje-por-que-es-tan-importante-su-intervencion-en-el-congreso-282442

La huella que deja el litio de las baterías en los océanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pamela Ruiz Rodriguez, Profesora de Biología Celular, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

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El litio se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la transición energética debido a sus propiedades físico-químicas: es ligero, poco denso en estado sólido, presenta un elevado potencial electroquímico y una excelente conductividad eléctrica y térmica. Y eso lo convierte en materia prima clave de las baterías de coches eléctricos, teléfonos móviles y sistemas de almacenamiento de energías renovables.

Su imagen está asociada a un futuro limpio y descarbonizado. Sin embargo, como ocurre con muchos avances tecnológicos, su uso masivo plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con el litio cuando acaba en el medio ambiente, especialmente en el mar?

Estudios recientes realizados con organismos marinos muestran que este metal, considerado durante mucho tiempo poco problemático, puede dejar una huella biológica relevante en los ecosistemas marinos, incluso a concentraciones similares a las que ya se detectan en la naturaleza.

Un contaminante emergente y poco vigilado

A diferencia de otros metales ampliamente estudiados, como el mercurio o el plomo, el litio no suele figurar en los listados clásicos de contaminantes ambientales. Su impacto ecológico ha recibido mucha menos atención. Sin embargo, su producción se ha disparado en las últimas décadas y su tasa de reciclaje sigue siendo baja




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Gran parte del litio acaba en vertederos o se libera a través de aguas residuales, que los sistemas de depuración no eliminan eficazmente. Esto facilita que alcance ríos, estuarios y océanos. En condiciones naturales, las concentraciones de litio en el agua de mar son bajas. Pero en zonas con fuerte presión humana o cerca de explotaciones mineras se han registrado valores notablemente más altos.

La cuestión es si estas concentraciones, sin ser letales, pueden afectar a la salud de los organismos marinos a largo plazo. Para disipar dudas, distintos estudios han utilizado especies clave de la cadena trófica marina, como copépodos, erizos de mar, quisquillas, mejillones o poliquetos. Su diversidad en estrategias alimentarias y fases del ciclo vital permite evaluar mejor los efectos del contaminante en diferentes niveles del ecosistema.




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Más allá de la mortalidad: efectos invisibles

El litio no siempre provoca efectos inmediatos o visibles. En muchos casos, las concentraciones actuales no causan mortalidad masiva en los organismos marinos, pero sí generan efectos subletales que pueden comprometer su salud a largo plazo.

En concreto, producen alteraciones en enzimas relacionadas con el estrés oxidativo, en procesos de detoxificación y en mecanismos asociados al sistema nervioso. Tal y como ya se ha visto en investigaciones anteriores y también en las nuestras, en embriones de erizo de mar, la exposición al litio puede ralentizar el desarrollo o inducir malformaciones, incluso cuando no se produce la muerte de los organismos.




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El tiempo importa tanto como la dosis

El efecto del litio no depende únicamente de la concentración, sino también del tiempo de exposición. A medida que pasan las semanas, las respuestas biológicas se vuelven más intensas y afectan a niveles cada vez más complejos, tanto bioquímicos como enzimáticos, pasando por alteraciones celulares, hasta daños visibles en tejidos.

Cuando todos estos indicadores se analizan de forma conjunta, el resultado es claro: el estrés biológico aumenta de manera progresiva y sostenida. Es decir, exposiciones prolongadas a litio, incluso en niveles moderados, pueden generar efectos acumulativos.

Este tipo de impactos, menos evidentes pero persistentes, plantea un riesgo ecológico importante, ya que puede afectar a la reproducción, el crecimiento y la supervivencia de las especies. A largo plazo, los cambios pueden alterar el equilibrio de los ecosistemas y el funcionamiento de las cadenas tróficas.

Además, estos resultados cuestionan la idea de que todos los materiales asociados a la transición energética sean ambientalmente inocuos. El litio es indispensable para reducir las emisiones de carbono, pero su ciclo de vida completo —incluyendo su destino final— debe evaluarse con rigor.

Una transición energética verdaderamente sostenible

Los estudios no apuntan a un riesgo inmediato de colapso de los ecosistemas marinos, pero sí lanzan una advertencia clara: el litio es un contaminante emergente que merece atención, seguimiento y regulación. Entender sus efectos a largo plazo, especialmente en combinación con otros factores como el calentamiento global o la exposición simultánea a múltiples contaminantes, será clave para avanzar hacia una transición energética completa.

Porque la transición no consiste solo en cambiar las fuentes de energía, sino en garantizar que las soluciones adoptadas no generen nuevos problemas ambientales.

El litio seguirá siendo esencial para el futuro energético. Pero su historia en los océanos aún se está escribiendo. Comprenderla a tiempo será fundamental para que la transición sea realmente sostenible.

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Pamela Ruiz Rodríguez recibe fondos de Gobierno Vasco.

Laura Noguera Sánchez recibe fondos de Universidad del País Vasco.

Urtzi Izagirre Aramayona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La huella que deja el litio de las baterías en los océanos – https://theconversation.com/la-huella-que-deja-el-litio-de-las-baterias-en-los-oceanos-280331

‘Ps ns bro’: ¿el lenguaje digital adolescente afecta a cómo escriben y comprenden en la escuela?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Belda Torrijos, Lingüística aplicada, Universidad CEU Cardenal Herrera

Luna A. Safitri/Shutterstock

Imaginemos una interacción entre dos personas, A y B, que sucede por escrito:

A: Que entra en el examen?
B: El que estamos dando de lengua y los dos últimos de historia
A: Na es imposible estudiar todo eso para mañnaa

Vista en esta pantalla, en el contexto de un artículo divulgativo, claramente choca. Probablemente tendremos que leerlo dos veces para entenderlo bien. En la pantalla del móvil de cualquier adolescente, no sorprende nada.

La mayoría de jóvenes y adolescentes se comunican cotidianamente, en cientos de mensajes digitales que envían y reciben a través de aplicaciones de mensajerías, con abreviaturas, sin tildes, sin signos de puntuación y con muchísimos emoticonos y anglicismos.

Pero ¿hasta qué punto este lenguaje afecta su capacidad de expresarse por escrito de manera más formal y sin faltas de ortografía cuando el medio es otro (un examen, un trabajo de clase)?

Del entorno digital al formal

Captura de pantalla anonimizada de un chat de participantes en el trabajo de 2º ESO.
Mónica Belda Torrijos.

La rapidez con la que se interactúa en redes favorece mensajes breves y simplificados, donde la corrección ortográfica suele quedar en un segundo plano. Los adolescentes utilizan emoticonos, imágenes, audios, vídeos cortos, stickers… para transmitir emociones, estados de ánimo o comunicarse. Las redes sociales han ampliado las posibilidades de interacción y han creado nuevos espacios de comunicación donde antes solo dependían de la escritura tradicional.

El problema surge cuando esos hábitos lingüísticos dejan de limitarse al entorno digital y se trasladan al ámbito académico. Para comprender de qué manera el lenguaje digital repercute en la escritura formal y en la comprensión lectora de los estudiantes, hemos realizado un estudio basado en la observación de interacciones digitales y en la revisión de estudios académicos previos.

De acuerdo con nuestro estudio, se produce un contagio, y los docentes se encuentran con errores frecuentes que se corresponden con la manera de escribir en redes: omisión de tildes, falta o uso incorrecto de signos de puntuación, abreviaturas, contracciones, acortamiento de palabras, textismos (“q haces?”, “k tal?”, “xfa”, “dnd”, “salu2”, “tqm” por “te quiero mucho”), uso de grafías no normativas, repetición (“holaaaa”, “graciaaaas”, “bueeeeno”, “jajajajaja”) u omisión de letras (“pa”, “toa”, “na”, estoy “cansao”), omisión de mayúsculas, anglicismos, extranjerismos, dialectalismos, creación de palabras nuevas, fragmentación de oraciones, problemas de sintaxis, dificultades de cohesión y coherencia textual, menor precisión léxica y empobrecimiento del vocabulario.




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Influencia en la comprensión lectora

Por si fuera poco, no es un fenómeno que afecte solamente a la escritura: en nuestro estudio comprobamos que determinados rasgos del lenguaje digital están asociados a dificultades concretas en la comprensión lectora, cuyo empeoramiento ha quedado reflejado en informes recientes como el de PISA 2022.

La bajada en comprensión lectora observada en este informe afectó a la mayoría de los países, aunque no a todos. El uso intensivo de entornos digitales y redes sociales aparece como uno de los factores que podrían influir, pero los datos de PISA no permiten atribuir la caída exclusivamente a ese fenómeno; también intervienen múltiples causas que interactúan entre sí, entre ellas los cambios en los hábitos de lectura, el aumento del tiempo dedicado a pantallas y diversos factores sociales y culturales.

Por ello, la influencia del lenguaje digital debe entenderse como uno de los factores que podrían contribuir a este fenómeno, dentro de un contexto más amplio.




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La lengua de Whatsapp

A partir de la observación de las interacciones digitales de 90 estudiantes de Educación Secundaria Obligatoria, identificamos varios patrones lingüísticos recurrentes.

  • La omisión de tildes apareció en el 50 % de los mensajes analizados.

  • El uso de abreviaturas estuvo presente en el 45 % de los casos.

  • La fragmentación de oraciones apareció en un 30 %. Se produce cuando no se construyen oraciones cohesionadas, se expresan ideas mediante enunciados separados breves e incompletos: “No hice los deberes. Mucho trabajo, Examen mañana. Nervios”.

  • El uso de emoticonos y stickers alcanzó un 60 %.

  • Detectamos anglicismos en el 25 % de las interacciones, con inserciones léxicas no adaptadas al español.

  • Pudimos observar 976 errores ortográficos, equivalentes al 70,4 % del total; 156 errores gramaticales, un 11,24 %; y 39 errores léxicos, un 6,9 %. A partir de estos datos comprobamos que existe una “transferencia negativa” del lenguaje digital al contexto académico.

Comprobamos también que los errores se transferían al texto académico, contrastando estos errores con los cometidos en exámenes o trabajos escolares. Esta transferencia de la pantalla al contexto formal en la escuela se ha detectado en otros estudios dentro y fuera de España.

En relación con la comprensión lectora, observamos que esta simplificación lingüística afecta especialmente a la capacidad para interpretar y redactar textos complejos.

Aliarse con las tecnologías

Las tecnologías digitales también pueden convertirse en aliadas. Existen aplicaciones educativas que pueden ayudar a reforzar la ortografía y la comprensión lectora mediante metodologías más cercanas a los intereses de los estudiantes.

Estas soluciones incluyen el uso de aplicaciones destinadas a practicar y mejorar la ortografía de manera práctica y repetitiva, además de estrategias didácticas para conectar los intereses digitales de los estudiantes con objetivos académicos y enseñar a diferenciar entre registros formales e informales.

Incluso, animar a los estudiantes a reflexionar sobre la norma digital empleada en plataformas como WhatsApp puede verse como una oportunidad para fortalecer la competencia ortográfica de los adolescentes.

Convivencia de formas de expresión

Las redes sociales han transformado la manera de comunicarse y han dado lugar a nuevas formas de expresión que conviven con la escritura formal.

Esto plantea el desafío de enseñar a los adolescentes a escribir correctamente según el contexto en el que se comuniquen: no se trata de que escriban con perfección en contextos informales en los que prima la comunicación más rápida y emotiva, pero sí que esto no dificulte ni impida un buen aprendizaje de la lengua escrita en cualquier otro contexto.

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Mónica Belda Torrijos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Ps ns bro’: ¿el lenguaje digital adolescente afecta a cómo escriben y comprenden en la escuela? – https://theconversation.com/ps-ns-bro-el-lenguaje-digital-adolescente-afecta-a-como-escriben-y-comprenden-en-la-escuela-282173

¿Erramos al pensar que todo arte urbano mejora la ciudad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Manuel Ros García, Profesor Catedrático Área de Proyectos Arquitectónicos, Universidad CEU San Pablo

‘We dreamt an orchard this way’ es un mural diseñado por la artista Gina Kim como parte de la serie de murales AAPI de Porch Light. El mural se encuentra en la segunda planta del restaurante Vietnam, en el barrio de Chinatown de Filadelfia. Esta llamativa obra de arte fue pintada por el muralista principal Kien Nguyen, con la ayuda de Lucía Michel. Forma parte del programa Mural Arts de Filadelfia. roamer.rat/Shutterstock

Durante años hemos interpretado el arte urbano de forma incompleta. Unos lo reducen a ornamento, reclamo turístico o maquillaje de la ciudad. Otros lo miran con desconfianza, como imposición estética no solicitada. Ambas posturas resultan insuficientes.

La cuestión de fondo no es si un mural gusta más o menos, ni si una escultura urbana se vuelve reclamo fotográfico. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿qué cambia en la experiencia cotidiana de la ciudad una intervención artística?

No hablamos solo de imagen urbana, sino de cómo una ciudad se vuelve más integral, equilibrada y significativa para quienes la habitan. Es decir, nos referimos a calidad de vida. El arte urbano puede (y tal vez debe) introducir belleza cotidiana, serenidad y reflexión, mecanismos de activación simbólica del espacio público en relación con el bienestar subjetivo.

¿Quién interviene el espacio?

Al artista urbano, expuesto a la curiosidad pública, siempre le ha interesado no pasar desapercibido. Tanto en el arte informal (el grafiti) como en el consentido, los autores siempre han reivindicado fervientemente su autoría.

Sin embargo, lo que se busca sobre todo es el efecto sorpresa como noticia asociada al arte urbano. Así, Girl with Balloon, de Banksy, sorprendió porque una imagen mínima, encontrada en la calle, abría una lectura sobre la pérdida, la infancia, la esperanza o la fragilidad.

Una niña dibujada en gris sobre una pared clara mientras observa cómo un globo con forma de corazón se escapa.
Girl with Balloon, de Banksy.
Dominic Robinson/Flickr, CC BY-NC

A su vez, la presencia de nombres reconocidos establece una jerarquía silenciosa. Esta hace que, por ejemplo, Taki 183, Keith Haring, Basquiat, Blek le Rat, Oldenburg, Banksy, OBEY y Kapoor tengan capacidad de intervenir en el espacio público y otros no. No basta con ocupar un muro o producir cualquier imagen, hace falta competencia artística, autorización o negociación, análisis del contexto, responsabilidad urbana y capacidad de generar una experiencia significativa.

Pero además, entre quienes logran dejar huella en el espacio público, no todos consiguen incidir positivamente en la calidad de vida urbana compartida.

Una pregunta más exigente

Ese es precisamente el núcleo del proyecto de investigación AUPART sobre arte urbano y calidad de vida que desarrollamos actualmente. Su punto de partida no da por hecho que cualquier obra de arte urbano mejora automáticamente el bienestar colectivo sino que busca averiguarlo.

La calidad de vida no es una magnitud simple, ni puede atribuirse directamente a un único factor. Según el marco del Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE, depende de condiciones materiales, relaciones sociales, percepción del entorno, seguridad, gobernanza, bienestar subjetivo y experiencia cotidiana del lugar.

Por eso, cuando estudiamos el arte urbano nos preguntamos en qué dimensiones concretas puede influir y bajo qué condiciones puede llegar a afectar. Una obra de no debería evaluarse solo por su calidad formal, su tamaño o su firma, sino por su capacidad de comportarse como mediadora entre el espacio público y la vida urbana.

Cuando una obra funciona o fracasa

Dos proyectos con recorrido que han funcionado como mediadores han sido el Mural Arts de Filadelfia (EE. UU.), que incorpora numerosas obras que han tenido impacto en la comunidad, o el Inside Out Project impulsado por el artista urbano francés JR, que ya tiene recorrido internacional.

En nuestro estudio hemos analizado, por ejemplo, el caso de Julia, la escultura de Jaume Plensa en la plaza de Colón de Madrid. Con los resultados actualmente en proceso de revisión por pares, sería exagerado afirmar que mejora la calidad de vida en términos absolutos. Pero sí se puede interpretar como un factor de mediación urbana, una presencia artística de alta visibilidad que puede modificar la experiencia del entorno, la percepción de seguridad, el valor simbólico del lugar o la relación afectiva con esa plaza.

Fotografía de una escultura de una cabeza de mujer gigante, casi plana por los lados.
Retrato de Julia en la plaza de Colón de Madrid.
ColorMaker/Shutterstock

Ahora bien, una obra de gran valor artístico también puede fracasar socialmente si no encaja con las prácticas del espacio donde se implanta. Es el caso de Tilted Arc, de Richard Serra, una placa sólida de acero de unos 36 metros de largo instalada en 1981 en Federal Plaza, Nueva York.

La pieza fue criticada no solo por razones estéticas, sino por su efecto sobre el uso cotidiano del lugar (algo que se pretendía al instalarla, por otra parte, pero que no gustó). Al dividir la plaza, provocó que el cruce habitual de los ciudadanos por ella tuviese que modificarse y generó objeciones de seguridad y circulación. Fue retirada en 1989 tras una larga controversia pública e institucional.

No basta con verla

A menudo se cree que introducir arte urbano equivale por sí mismo a regenerar un entorno. Por ejemplo, en Wynwood, Miami (EE. UU.), el arte urbano mural generó visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una creciente comercialización, a murales por encargo cada vez más normalizados y a preocupaciones por la gentrificación desbocada y la pérdida de la comunidad creativa que le dio origen. Hubo éxito icónico y económico, pero eso no significó que hubiese regeneración social.

Entrada a una tienda y paredes pintadas.
En el barrio de Wynwood de Miami, sus murales son una atracción turística que cuenta hasta con una tienda propia.
Bada1/Shutterstock

Tampoco Mural Istanbul, en la capital turca, fue más allá. El proyecto sólo abordó el plano estético del activismo artístico, y fue interpretado como alienación social con el único pretexto de llamar la atención sobre un área de la ciudad olvidada.

Autores como los urbanistas Malcolm Miles, Ann Markusen y Anne Gadwa, el historiador de arte Miwon Kwon o el arquitecto Kevin Lynch ya advirtieron, desde perspectivas distintas, que el valor del arte público no puede separarse de la sociedad, las instituciones y el territorio que lo hacen posible.

No solo importa que la gente vea una obra. También es esencial que la recuerde, la comprenda, la aplique a su manera de entender el entorno, la analice, la evalúe y, en último término, se sienta capaz de idear algo a partir de ella. Así sucedió con el proyecto Heerlen Murals, en Países Bajos. Tras el declive minero, la ciudad utilizó el muralismo comunitario para fomentar la regeneración social y urbana, mejorar la imagen de barrios deprimidos y activar la participación entre diferentes grupos ciudadanos.

Más allá de decorar la ciudad

Por sí solo, el arte urbano no puede mejorar totalmente la vida en la ciudad. Pero sí puede contribuir a reforzar ciertas dimensiones de la calidad de vida. Y lo logra si fortalece el vínculo con el lugar, si favorece la interacción social, si refuerza la identidad compartida, si hace más comprensible el entorno y si logra aceptación cívica y respaldo institucional.

Con ello, el artista deja de ser solo productor de imágenes y se convierte en alguien capaz de activar vínculos entre la obra, el lugar y la comunidad, haciendo que el espacio público exprese memoria, valores o formas compartidas de pertenencia.

Tras los disturbios en los barrios periféricos de París en 2005, JR inició el proyecto ‘Retratos de una generación’. Fotografió y pegó retratos monumentales de jóvenes de esos barrios en la ciudad. Buscaba cambiar la imagen mediática del ‘joven peligroso’ por un rostro concreto, frontal, humano, exageradamente visible. La calle dejaba de hablar sobre ellos y empezaba a mostrarles.

Si aspiramos a ciudades más habitables, inclusivas y culturalmente vivas, debemos preguntarnos en qué condiciones una intervención artística puede producir efectos positivos verificables en el espacio público y la vida comunitaria.

Eso obligaría a preparar mejor cada intervención, diagnosticar su pertinencia social, comprobar si el lugar la necesita, analizar el contexto y asumir que el impacto del arte urbano no se mide sólo por decorar la ciudad, sino por transformar la relación de una comunidad con el lugar que habita y por reconocer el valor del espacio público como motor de aprendizaje social. Conformarse solo con tener algo bonito dejaría pasar la oportunidad de mejorar.


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Juan Manuel Ros García recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades
El articulo se enmarca dentro del proyecto nacional que se está desarrollando y del que soy Investigador Principal, con numero de referencia y título: PID2023-151204OB-I00 “La presencia del arte urbano en el espacio público de la ciudad como factor de influencia en la mejora de la calidad de vida de la población tras la pandemia de COVID-19” MICIU-AEI-10.13039-501100011033 y por FEDER, UE

ref. ¿Erramos al pensar que todo arte urbano mejora la ciudad? – https://theconversation.com/erramos-al-pensar-que-todo-arte-urbano-mejora-la-ciudad-280771

La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier José Pérez Flores, Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna, Universidad de La Laguna

SeventyFour/Shutterstock

En la última década, la salud mental ha ganado mucha presencia en el debate público. Se habla de ella en empresas, instituciones y redes sociales. Esto ha ayudado a reducir el silencio y el estigma y también ha recordado algo importante: pedir ayuda no debería dar vergüenza.

Sin embargo, esta mayor visibilidad también tiene riesgos. Hoy hablamos mucho de salud mental, pero no siempre sabemos a qué nos referimos.

Un término amplio y ambiguo

La idea de “salud mental” es un término amplio y ambiguo. Históricamente, deriva del movimiento por la “higiene mental”, surgido a comienzos del siglo XX. Su objetivo inicial fue mejorar el trato a las personas con trastornos mentales. Con el tiempo, aquel interés se amplió: empezó a incluir la prevención, la vida en comunidad y la promoción del bienestar.

Todos estos objetivos son importantes, pero no son exactamente lo mismo. Por eso, hoy la expresión “salud mental” reúne ideas distintas. Algunas veces se usa para hablar de bienestar; otras, de malestar; y otras, para referirnos a trastornos mentales.

La Organización Mundial de la Salud la define como un estado de bienestar. Dicho estado permite afrontar el estrés, desarrollar el potencial propio, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. Es una definición útil, pero puede resultar poco precisa.

Esta falta de precisión también aparece en las investigaciones. Por ejemplo, un trabajo reciente identificó 34 modelos teóricos diferentes que intentaban explicar los problemas de salud mental. Algunos modelos daban más peso al cuerpo, mientras que otros se centraban en la mente, la sociedad, la cultura o la experiencia personal. Varios incluso eran contradictorios entre sí.

El peso de una mirada demasiado biológica

No todos esos modelos influyen por igual en la sociedad y la cultura. Hoy domina una mirada biológica e individual del malestar. Desde esa visión, el problema se sitúa en la persona: el sufrimiento se explica por el cerebro y su química, los genes y la falta de autocontrol.

Esa mirada puede ser útil en algunos casos, ya que nadie puede negar que somos organismos biológicos y que lo que sentimos también ocurre en el cuerpo. El problema aparece cuando esa explicación ocupa todo el espacio. Entonces se dejan fuera otros factores importantes.

Las condiciones laborales pueden generar sufrimiento, igual que pueden hacerlo la falta de apoyo, los problemas económicos, la vivienda y las relaciones personales. Si olvidamos ese contexto corremos el riesgo de convertir muchos problemas de la vida en problemas médicos.

Este proceso, llamado medicalización, ocurre cuando experiencias humanas que son parte de la vida se entienden y tratan como si fueran enfermedades. La tristeza, la angustia y la sobrecarga pueden necesitar atención, pero no son, por sí mismas, trastornos mentales. A veces indican que algo no va bien. Pueden señalar una situación injusta, una pérdida, un exceso de exigencia o una falta de apoyo.

Por eso, las emociones no son solo molestias. También son señales que nos invitan a mirar el entorno y a preguntarnos qué nos está afectando.

El riesgo opuesto: idealizar el sufrimiento

También existe el riesgo contrario. A veces no convertimos el malestar en enfermedad, sino en una identidad atractiva.

Esto ocurre cuando el sufrimiento se presenta de forma idealizada. En esos casos, ciertos problemas de salud mental aparecen como signos de sensibilidad, creatividad o autenticidad. Así, dejan de verse como experiencias complejas o como problemas que pueden dañar la vida diaria. Incluso pueden parecer rasgos especiales o deseables.

Esta idealización puede tener consecuencias como frenar la búsqueda de ayuda o, incluso, reforzar el malestar en vez de aliviarlo.

Muchas veces no hay mala intención detrás de esto. Puede surgir del deseo de visibilizar el sufrimiento, o puede ayudar a reducir el estigma y a encontrar una comunidad. El problema aparece cuando la visibilidad se convierte en admiración. Entonces, el malestar deja de ser algo que necesita cuidado y pasa a funcionar como una marca personal.

Las etiquetas clínicas pueden usarse como identidades rápidas: los síntomas se transforman en rasgos estéticos y el sufrimiento se vuelve una forma de singularidad.

No hace falta hablar más, sino mejor

Frente a estos riesgos, no basta con hablar más de salud mental, sino hacerlo mejor. También es importante una mayor alfabetización. Este concepto se refiere a los conocimientos y creencias que ayudan a reconocer el malestar, darle relevancia, manejarlo, prevenirlo y saber cuándo pedir ayuda. Incluye conocer señales de alerta, saber dónde buscar información fiable y qué recursos pueden ayudar en cada caso.

Pero la alfabetización no debería limitarse a aprender nombres de diagnósticos, porque saber más de salud mental no consiste solo en conocer etiquetas. Implica entender cómo se cuida el bienestar y mirar el papel que juegan factores como el trabajo, la vivienda, la educación, las relaciones y la exclusión social.

Hablar mejor de salud mental exige usar un vocabulario más preciso. No es lo mismo estar cansado que estar deprimido. No es lo mismo pasar una mala etapa que tener un trastorno mental.

Tampoco todo sufrimiento se resuelve igual. Algunas situaciones necesitan descanso y otras requieren apoyo social, cambios en el entorno o ayuda profesional.

En definitiva, hablar de salud mental no debería consistir en etiquetarlo todo, ni servir para embellecer el sufrimiento. El reto es aprender a diferenciar qué necesitamos en cada situación. Quizá aquí está lo difícil: aprender ahora, para usarlo cuando lo necesitemos. Porque no debemos esperar al sufrimiento para actuar; debemos actuar ahora, para que el sufrimiento no nos desborde en el futuro.

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Javier José Pérez Flores no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos – https://theconversation.com/la-salud-mental-es-mas-popular-que-nunca-pero-no-siempre-sabemos-de-lo-que-hablamos-283318

Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

La participación de Christophe Galfard en el ciclo de conferencias de Fundación Telefónica el pasado mes de marzo fue posible gracias a la colaboración con el Foro de la Cultura. Irene Medina., CC BY-SA

El físico y divulgador Christophe Galfard (París, 1976) estudió en Cambridge, donde se doctoró bajo la dirección de Stephen Hawking, y desde entonces ha dedicado buena parte de su vida a traducir los misterios del cosmos a un lenguaje que cualquiera pueda entender. Ha pasado por los pasillos de la física teórica más exigente y por los escenarios de la divulgación científica, donde el universo se cuenta como una historia. Hoy vive entre París y el resto del mundo, entregado a escribir libros, dar conferencias y explicar la ciencia en radio, televisión y documentales, con la ambición de acercar la cosmología contemporánea al gran público.

Quizás, por eso habla de agujeros negros y del origen del tiempo con la misma naturalidad con la que otros hablan de novelas o viajes. Entre ecuaciones, metáforas y recuerdos de su maestro, Galfard insiste en que comprender el universo no es solo un desafío intelectual, sino también una experiencia típicamente humana. “La física”, dice, “no es solo un conjunto de fórmulas. Es una manera de mirar el mundo, de preguntarse de dónde venimos y qué lugar ocupamos en esta inmensidad”.

¿De dónde viene su interés por el espacio?

Mi interés en las estructuras ocultas de la naturaleza empezó muy temprano. Es un tema que considero fascinante: la idea de qué está ahí fuera en el espacio, descubrir las leyes que funcionan en todo, comprender la historia del universo… es algo genial.

¿Cree que estudiar el universo es, de alguna forma, una manera de sumergirse en cuestiones filosóficas como el sentido de la vida?

Muchos interrogantes que durante mucho tiempo pertenecieron al ámbito de la filosofía ahora se han convertido en problemas científicos, en interrogantes accesibles a la ciencia. Uno de ellos es el origen de la vida, que es el tema de mi próximo libro. La idea es mirar dentro de nosotros mismos, dentro del mundo que nos rodea, entender cómo las estrellas forman la materia. En el último siglo averiguamos que todos los organismos de la Tierra están hechos de las mismas moléculas.

¿Cómo se entrelazan lo macrocósmico y lo microcósmico? ¿Aprender sobre el universo nos ayuda también a aprender sobre las partículas más diminutas?

La relación entre lo grande y lo pequeño se ve muy bien en los agujeros negros. Son lugares del universo que eran enormes y, al colapsar, encogieron, se volvieron extremadamente pequeños. También vemos esta relación en el Big Bang, en los átomos y en el futuro del universo. Comprender el universo nos ayuda a saber más sobre las partículas más pequeñas, sobre cómo está construida la naturaleza en nuestro planeta, por ejemplo. El universo es un todo y nosotros somos pequeñas criaturas humanas intentando echar un vistazo a eso tan grande.

¿Qué es el tiempo? ¿Es una ilusión?

Vivimos en el tiempo, por eso es difícil decir que sea una ilusión. Aunque el concepto de tiempo que percibimos con nuestro cerebro no es el mismo que el concepto de tiempo en física. El que usamos en astrofísica nos ayuda a estudiar el movimiento de los objetos y a predecir dónde están las cosas o donde estaban en el pasado.

La pregunta de cuándo empezó el tiempo, y cuándo terminará, es muy profunda, y no tenemos todavía una respuesta definitiva. Pero, para simplificar, desde mi punto de vista como físico puedo decir que el tiempo no es una ilusión.

¿Y existe el tiempo infinito?

No tenemos un solo ejemplo de algo que pueda ser infinito. Cero. El tiempo que conocemos es finito.

Entonces, ¿el concepto de un universo infinito o materia infinita no es una posibilidad real en la ciencia?

Es lo mismo. No conocemos nada que sea infinito en el universo. El único infinito que existe aparece en las matemáticas, pero no podemos decir que haya nada equivalente en la realidad. El universo que observamos con los telescopios es finito.

¿Y no hay nada más allá?

Podemos decir que vemos el final con los telescopios. Es lo que se llama horizonte cósmico o límite del universo observable, o sea, la distancia máxima desde la cual la luz ha tenido tiempo de llegar a la Tierra desde el Big Bang. Es lo más lejos que podemos ver usando la luz. ¿Hay algo más allá? No lo sabemos.

Quizá en el futuro, cuando tengamos telescopios de aun mayor alcance…

No. No con luz.

Usted estudia el origen del universo. ¿Lo que ha aprendido hasta ahora le lleva a pensar que la vida comenzó por accidente?

Es imposible responder esa pregunta. No tenemos una respuesta todavía para el origen del universo. Sabemos que hay billones y billones de planetas en todas partes y la Tierra es uno de ellos. De todas las posibilidades, en la Tierra se dieron justo las necesarias para que surgiera la vida tal y como la conocemos. Pero… ¿y en los demás planetas? No lo sabemos. Seguramente hay más planetas en el universo que granos de arena en todas las playas de la Tierra.

Mientras busca las respuestas, ¿no le resulta tentador forjarse una idea o imaginar cómo pudo surgir el universo?

La idea de la ciencia no es dar una respuesta inmediata. El objetivo es construir el camino para poder llegar a esa respuesta. Para hacer eso, empleamos un lenguaje, que por el momento son las matemáticas… aunque quizá en el futuro cambie. Necesitamos encontrar leyes en la naturaleza. Al intentar comprender todos estos principios, podemos acercarnos a comprender qué sucedió en el origen. Pero no hemos llegado a eso todavía.

Nuestro papel como científicos no es sugerir que el comienzo fue de esta u otra manera. Por ejemplo, nuestros antepasados creían que los humanos habían sido creados por Dios o que la Tierra había sido hecha en siete días… Ahora sabemos que eso no es correcto. Quizá, en el futuro, podamos tener una respuesta para cómo se creó todo. Pero está claro que debemos ser humildes y aceptar que nuevos descubrimientos pueden llevarnos más allá de lo que conocemos y que eso puede ser completamente distinto a lo que creíamos.

¿Todo es relativo?

La idea científica de relatividad es muy diferente de lo que consideramos relativo en el lenguaje común. En el lenguaje cotidiano, significa que todo el mundo puede pensar o decir lo que quiera. Sin embargo, en física, quiere decir que podemos obtener resultados diferentes, pero aun así están relacionados. La relatividad en física nos dice que conocemos cuál es ese nexo y cómo ir de una respuesta a otra.

Entonces, ¿existe en ciencia algo parecido a la verdad absoluta?

Bueno… hay cosas que sabemos sobre los agujeros negros, por ejemplo, que podemos decir que son verdad, en un contexto. No de forma general. Pero, si la tecnología sigue mejorando y obtenemos detalles cada vez más finos del universo, quizá sí podamos. Hace siglos, la gente pensaba que la Tierra era plana; era una verdad absoluta para ellos. Eso va cambiando y evolucionando con el tiempo. De igual manera, la tecnología puede ayudarnos a ver cosas nuevas en el futuro que cambien nuestra forma de interpretar la materia o la estructura del universo.

Quizá, en el futuro, reconozcamos que estábamos tan equivocados hoy como quienes en la Edad Media pensaban que la Tierra era plana…

Estar equivocado en ciencia no es lo que la gente cree. Puedes equivocarte en la idea, o en cómo interpretas algo, pero no puedes equivocarte en los resultados experimentales. Son los datos y los datos están ahí. Por ejemplo, Newton ha sido reemplazado por Einstein, pero Newton sigue siendo correcto. No está equivocado. Sus teorías funcionan. Todavía las usan los ingenieros espaciales para enviar cohetes al espacio. Usan lo que nos enseñó Newton, no les hace falta Einstein.

¿Cómo cree que puede ser la vida extraterrestre?
O es como la vida en la Tierra, que no entendemos bien cómo se originó, o es completamente diferente y no tenemos ni idea de qué esperar.

¿Pero no tiene una hipótesis? ¿Cómo se la imagina? ¿Quizá como pequeños organismos?

Podrían ser muy pequeños, algo así como bacterias, y eso haría difícil que los encontremos en Marte, donde tal vez viven bajo su superficie. Si son organismos grandes, tienen que estar muy lejos de la Tierra… En cualquier caso, como ocurre en nuestro planeta, la vida extraterrestre puede ser muy diversa.

¿Y por qué debería importarnos a la gente de a pie si hay o no vida extraterrestre?

Por muchas razones. Lo primero es que somos curiosos. Si estamos solos en el universo o no marca una diferencia. Si encontramos más vida que la de la Tierra, entonces podemos aprender mucho sobre nosotros mismos, sobre la vida inteligente, sobre la tecnología.

¿Es posible encontrar mini agujeros negros en la Tierra?

No. Están solo en el espacio. Muy lejos de la Tierra.

¿Y materia oscura?

Esa es una de las incógnitas del universo. Todavía no sabemos de qué está hecha. Sí, podría estar entre nosotros, no lo sabemos.

¿De ella habla en su bestseller El universo en tus manos (Blackie Books, 2020)?
Sí. Es un viaje al multiverso, a los agujeros negros, al futuro del universo.

¿Cómo será ese futuro?

Bueno, tenemos distintas posibilidades. Podría estar expandiéndose a un ritmo desacelerado. O, en el polo opuesto, podría ir encogiéndose y caminando hacia el colapso. Esto es lo que se llama el Big Crunch, lo contrario del Big Bang.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.


The Conversation

ref. Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas” – https://theconversation.com/christopher-galfard-el-universo-que-observamos-con-los-telescopios-es-finito-el-infinito-solo-existe-en-las-matematicas-282897

Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María José Miranda Martel, Profesora Contratada Doctora. Directora de Transferencia de Conocimiento y Relaciones con Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Fotograma de una reunión del equipo Spotlight en la película homónima, con Michael Keaton (el segundo por la izquierda) interpretando a Walter Robinson. Participant Media

En 1970, el periódico The Boston Globe creó Spotlight, una unidad dedicada a la investigación a largo plazo, durante meses o años, de problemas complejos (racismo, el problema de acceso a la vivienda, precariedad sanitaria, desigualdades).

Décadas después, su manera de trabajar ofrece lecciones muy concretas para las unidades de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) de las empresas; no solo sobre cómo organizarse, sino también sobre cómo liderar equipos sometidos a presión e incertidumbre. Ambas dimensiones aparecen en la película Spotlight de forma inseparable.

Fuente: HBO Latinoamérica, YouTube.

Spotlight (2015) relata cómo el grupo de investigación del mismo nombre destapó los abusos sexuales de sacerdotes en la ciudad de Boston y, sobre todo, su encubrimiento sistemático por parte de la Iglesia católica estadounidense. No se trataba de un caso aislado sino de un problema estructural que los periodistas fueron capaces de ver gracias a una forma de trabajar muy particular y a un líder –Walter Robby Robinson, interpretado en el filme por Michael Keaton– cuya manera de dirigir merece analizarse.

El liderazgo: exigir, equilibrar y proteger

Robinson no es un líder carismático pero sí profundamente eficaz. Su equipo confía en él porque trabaja al mismo nivel de rigor que exige. Eso genera un modelo de conducta más potente que cualquier incentivo externo. Su exigencia al equipo no es una presión arbitraria, sino que establece un estándar claro sobre qué significa hacer bien las cosas. La exigencia solo funciona acompañada de propósito.

No obstante, más allá del rigor y la exigencia, también se preocupa por su equipo, por su carga de trabajo y su vida personal. Este tipo de liderazgo, que promueve el bienestar y la salud mental en las organizaciones, actúa como un amortiguador entre los riesgos laborales y sus consecuencias negativas. Los líderes que cuidan no son solo más humanos: son estructuralmente más eficaces para mantener el rendimiento bajo presión.

Seis hombres y una mujer posan con un trofeo en sus manos
Reparto de la película Spotlight en la gala de los premios del sindicato de actores (SAG) en su edición de 2016. De izquierda a derecha: Billy Crudup, Brian d’arcy James, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, John Slattery, Michael Keaton y Liev Schreiber.
Featureflash Photo Agency/Shutterstock

Como líder, Robinson protege a su equipo tanto de las presiones externas como, cuando es necesario, de la propia dirección del periódico. Si los miembros de un equipo saben que su líder los respalda proponen ideas con más valentía y colaboran con más profundidad. Un estudio realizado con 580 empleados de empresas tecnológicas confirma que los tres componentes de la seguridad psicológica en los grupos –colaboración y comprensión, intercambio de información y equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe– tienen un impacto positivo y significativo sobre el rendimiento innovador individual.

Además, sabe cuándo ceder. Entiende que defender su objetivo no puede implicar una confrontación permanente con su equipo. Ese equilibrio entre defender y ceder es una de sus mayores fortalezas, y probablemente la más difícil de desarrollar.

Por último, en procesos largos y con avances poco visibles como los de una unidad de investigación periodística, no hay que olvidar que una función fundamental del liderazgo es evitar que el trabajo pierda significado. Eso hace Robinson y, así, su equipo no solo sabe qué tiene que hacer sino que entiende por qué merece la pena hacerlo.

Su liderazgo podría resumirse en estas seis premisas:

  1. Liderar dando ejemplo.

  2. Exigir con propósito.

  3. Considerar que liderar es también cuidar.

  4. Proteger al equipo.

  5. Buscar el equilibrio entre exigencia y concesión.

  6. Mantener el sentido.

Favorecer la innovación: del periodismo a la empresa

Más allá del periodismo, hay seis principios del proceso de trabajo en Spotlight que la I+D+i empresarial reconocería como propios:

  1. Trabajar sobre lo importante, no sobre lo urgente. El grupo de investigación periodística no responde a la agenda del día. Elige temas que requieren tiempo y profundidad. Las organizaciones que gestionan la innovación con lógicas de eficiencia operativa cometen el mismo error que un periódico que pretende hacer una investigación profunda a golpe de titulares. La autonomía potencia la conducta innovadora, pero, cuando viene acompañada de una presión excesiva, ese efecto desaparece.

  2. Autonomía alineada, no desconexión. La película muestra cómo el equipo Spotlight tiene libertad para investigar, pero no actúa al margen de la dirección del periódico. Una causa típica de fracaso es la desconexión entre lo que produce el equipo y lo que necesita la organización. La autonomía también implica saber decir “todavía no”: el equipo no publica hasta tener un caso sólido, igual que una unidad de innovación no debería escalar un proyecto hasta que esté maduro.

  3. Una cultura empresarial que haga posible el trabajo. Las empresas suelen crear unidades de innovación sin adaptar el entorno que las rodea. En cambio, en The Boston Globe, la redacción entiende que Spotlight opera de otra manera. No hay presión por producir ni por la visibilidad del trabajo. Se sabe que los equipos donde las personas se sienten seguras para proponer, disentir y equivocarse innovan más. La cultura empresarial no es el contexto de la innovación, sino una de sus condiciones.

  4. Orientación al impacto, no a la actividad. El éxito de Spotlight no se mide por el número de artículos publicados, sino por los cambios que generan: investigaciones judiciales, reformas legales, transformaciones institucionales. Un fallo muy común en los laboratorios de innovación es la falta de medición del impacto real de sus hallazgos. Contar proyectos o prototipos no es lo mismo que medir si algo ha cambiado.

  5. Pensamiento sistémico y definición dinámica del problema. Las investigaciones de Spotlight documentan hechos, pero también identifican patrones. El objetivo es entender por qué ocurre algo, no solo describirlo. En las empresas, muchas iniciativas fracasan no por falta de soluciones, sino por partir de un encuadre equivocado del problema.

    Un estudio con 579 equipos de innovación reveló que los que comenzaron con poca claridad sobre el problema y la fueron ganando durante el proceso lograron una tasa de implementación del 80 %, frente al 50 % de los que partieron con ideas más fijas. En la película podemos ver cómo el equipo de Spotlight tardó meses en entender que el problema no era un sacerdote abusador, sino un sistema de encubrimiento. Ese proceso de descubrimiento fue lo que hizo posible el impacto.

  6. Cuestionar lo establecido. Las unidades de I+D+i más relevantes no solo mejoran lo existente: introducen preguntas que tensionan supuestos y formas de operar. A veces esas preguntas son incómodas porque señalan errores del pasado, tal y como también muestra la película. Su valor no está solo en encontrar respuestas. sino en saber hacerse las preguntas correctas.

Una lección inesperada

El grupo de investigación Spotlight de The Boston Globe no es una unidad de innovación en sentido empresarial. No desarrolla productos ni trabaja con metodologías ágiles, indispensables en la empresa para mantener la competitividad. Sin embargo, lo que muestra la película coincide con lo que la investigación académica lleva años señalando que son las condiciones necesarias para generar impacto real en las organizaciones.

En definitiva, la película explica en imágenes, mucho mejor que muchos manuales de diseño organizacional, no solo cómo funciona la innovación, sino también qué tipo de liderazgo la hace posible.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo – https://theconversation.com/spotlight-los-equipos-de-investigacion-periodistica-como-modelo-de-innovacion-y-liderazgo-281302

Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Alfonso Revenga Frauca, Director experto, Grado de Nutrición Humana y Dietética, Universidad Internacional de Valencia; Universidad San Jorge

Inspiration GP/Shutterstock

Pocas frases se repiten tanto en torno al peso corporal como esta: “me he cargado el metabolismo”. Muchas personas que han perdido kilos y los han recuperado sienten que cada intento fallido les deja peor que antes: con más grasa, menos músculo, más hambre, menos gasto energético y una capacidad cada vez menor para volver a adelgazar. Esa idea ha convertido al llamado “efecto yoyó” en una amenaza casi irreversible.

Según esta narrativa, bajar peso para después recuperarlo no solo sería frustrante, sino también metabólicamente peligroso. Incluso se ha popularizado la idea de que sería preferible no intentar adelgazar antes que exponerse a un ciclo de “pérdidas y ganancias”.

Una nueva revisión

Pero una revisión crítica publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology invita a replantear esa conclusión. Sus autores revisan la evidencia disponible sobre el denominado weight cycling –los ciclos repetidos de pérdida y recuperación de peso– y concluyen que no hay pruebas sólidas de que este fenómeno, por sí mismo, cause un daño clínico duradero en personas con obesidad.

La clave está en el matiz: no significa que recuperar peso sea deseable, ni que cualquier dieta sea una buena idea. Pone de relieve algo más concreto: la evidencia actual no permite afirmar que adelgazar y volver a ganar kilos “rompa” el metabolismo o deje necesariamente a la persona peor que al principio.

La distinción es importante porque el miedo al “efecto yoyó” puede convertirse en una barrera para buscar ayuda, iniciar cambios o retomar estrategias de salud después de haber recuperado el peso. Y, en un contexto en el que la obesidad es una enfermedad crónica y recividante, transmitir que cada intento fallido produce un daño irreversible puede añadir culpa, fatalismo y abandono.

Qué sabemos, y qué no, sobre perder y recuperar peso

Parte de la confusión procede de cómo se han interpretado muchos estudios observacionales. Las personas que han vivido más ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso suelen presentar también más dificultad para mantener las pérdidas, mayor grado de adiposidad o más años de exposición a la obesidad. Si en estos grupos se observan más alteraciones metabólicas, no siempre es fácil saber qué es causa y qué es consecuencia.

Dicho de otro modo: que una persona con peor salud metabólica haya hecho más dietas no demuestra que las dietas hayan causado ese deterioro. Puede ocurrir lo contrario: que una mayor adiposidad, una historia más prolongada de exceso de peso o la presencia previa de factores de riesgo expliquen tanto la mayor frecuencia de intentos de adelgazamiento como los peores resultados de salud.

Miedo (injustificado) a perder músculo

Uno de los temores más extendidos a la hora de ponerse a dieta es la pérdida de masa muscular. Al adelgazar, el cuerpo no pierde solo grasa; también puede perder una parte de masa magra. El miedo asociado al “efecto yoyó” radica en que, al recuperar el peso, se recupere sobre todo grasa y no músculo, generando una composición corporal cada vez más desfavorable.

Sin embargo, según la revisión mencionada, los datos disponibles no muestran de forma consistente una pérdida desproporcionada y permanente de masa magra atribuible al weight cycling en sí mismo. El resultado dependerá de muchos factores: el peso final alcanzado, la cantidad de proteína de la dieta, el tipo de intervención, el nivel de actividad física y, especialmente, la presencia o ausencia de entrenamiento de fuerza.

Algo parecido ocurre con el gasto energético. La idea popular dice que cada dieta deja el metabolismo “más lento”, pero el gasto metabólico está muy condicionado por el tamaño corporal y la composición del cuerpo. Si una persona pesa menos, necesita también menos energía para mantenerse; si recupera kilos, su gasto vuelve a ajustarse. Esa adaptación no equivale necesariamente a una avería metabólica permanente.

El problema es mantenerse

Ahora bien, desmontar el mito del metabolismo roto no significa trivializar la recuperación de peso. Cuando una persona adelgaza, puede mejorar su presión arterial, glucosa, lipidemia, movilidad, descanso o calidad de vida. Y si recupera los kilos perdidos, parte de esos beneficios puede reducirse o desaparecer, devolviendo a la persona hacia su punto de partida metabólico. Pero eso no demuestra que el ciclo de pérdida y recuperación haya producido un daño adicional.

Y esta es una de las ideas más relevantes del artículo: el problema principal no sería haber intentado adelgazar, sino la dificultad de sostener en el tiempo una pérdida de peso suficiente y saludable.

Este matiz también es relevante en la era de los nuevos fármacos para la obesidad, como los agonistas del receptor GLP-1 (como el Ozempic) y otros tratamientos homólogos. En muchos casos, estos medicamentos logran pérdidas de peso importantes, pero al suspenderlos puede producirse una recuperación parcial o total. Interpretar esa recuperación como prueba de que el tratamiento “estropea” el metabolismo sería simplificar demasiado. Puede indicar, más bien, que la obesidad requiere estrategias de tratamiento crónicas, igual que ocurre con otras enfermedades de esa índole.

El mensaje práctico: ni miedo ni dietas milagro

La conclusión no debería ser que las dietas yoyó no importen. Importan, y mucho: suelen ir acompañadas de frustración, culpa, pérdida de confianza, abandono de hábitos saludables y deterioro de la relación con la comida. También pueden reflejar intervenciones mal planteadas: regímenes excesivamente restrictivos, objetivos poco realistas, falta de seguimiento profesional o enfoque exclusivo en la báscula.

En cualquier caso, no deberíamos transmitir que haber recuperado peso significa haber fracasado de forma irreversible. Muchas personas que logran mantener una pérdida de peso relevante a largo plazo han tenido intentos previos. En salud, los cambios rara vez siguen una línea recta.




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El mejor enfoque teórico-práctico consiste en sustituir la lógica de la dieta temporal por la lógica del tratamiento sostenible. Esto implica plantear objetivos realistas, preservar la masa muscular, evitar restricciones extremas, promover alimentos saciantes y nutritivos, dormir mejor, moverse más y contar con apoyo profesional cuando sea posible. En suma, priorizar la adherencia por encima de cualquier otra variable.

También significa entender que el peso corporal está regulado por sistemas biológicos potentes. Tras perder peso, el cuerpo puede aumentar el hambre, reducir parcialmente el gasto energético y favorecer la recuperación. Eso no es una prueba de debilidad personal, sino una respuesta adaptativa. Por eso, mantener el peso perdido suele requerir estrategias de largo plazo, no solo fuerza de voluntad.

Una intervención bien diseñada debería incluir suficiente proteína, entrenamiento de fuerza, actividad física regular, satisfacción dietética, educación alimentaria, seguimiento continuado y apoyo psicológico o conductual si es necesario. En algunas personas, también puede requerir tratamiento farmacológico o cirugía bariátrica. La elección depende del grado de obesidad, las comorbilidades (presencia de varias enfermedades al mismo tiempo), la historia clínica y las preferencias de la persona.

Fuera fatalismos

Conviene abandonar el fatalismo: haber recuperado peso no significa que el metabolismo esté roto. Tampoco significa que no merezca la pena volver a intentarlo. Supone que la estrategia anterior no fue suficiente, no fue sostenible o no contó con los apoyos adecuados.

La revisión publicada no absuelve a las dietas milagro, ni convierte el efecto rebote en algo inocuo. Lo que hace es desmontar una idea más concreta y paralizante: que adelgazar y recuperar peso daña inevitablemente el metabolismo.

Porque en obesidad, como en tantas otras áreas, un intento fallido no debería interpretarse como el final del camino, sino como información para diseñar el siguiente paso.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias – https://theconversation.com/nuevo-estudio-sobre-las-dietas-yoyo-el-problema-no-es-intentarlo-es-seguir-malas-estrategias-283628