La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier José Pérez Flores, Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna, Universidad de La Laguna

SeventyFour/Shutterstock

En la última década, la salud mental ha ganado mucha presencia en el debate público. Se habla de ella en empresas, instituciones y redes sociales. Esto ha ayudado a reducir el silencio y el estigma y también ha recordado algo importante: pedir ayuda no debería dar vergüenza.

Sin embargo, esta mayor visibilidad también tiene riesgos. Hoy hablamos mucho de salud mental, pero no siempre sabemos a qué nos referimos.

Un término amplio y ambiguo

La idea de “salud mental” es un término amplio y ambiguo. Históricamente, deriva del movimiento por la “higiene mental”, surgido a comienzos del siglo XX. Su objetivo inicial fue mejorar el trato a las personas con trastornos mentales. Con el tiempo, aquel interés se amplió: empezó a incluir la prevención, la vida en comunidad y la promoción del bienestar.

Todos estos objetivos son importantes, pero no son exactamente lo mismo. Por eso, hoy la expresión “salud mental” reúne ideas distintas. Algunas veces se usa para hablar de bienestar; otras, de malestar; y otras, para referirnos a trastornos mentales.

La Organización Mundial de la Salud la define como un estado de bienestar. Dicho estado permite afrontar el estrés, desarrollar el potencial propio, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. Es una definición útil, pero puede resultar poco precisa.

Esta falta de precisión también aparece en las investigaciones. Por ejemplo, un trabajo reciente identificó 34 modelos teóricos diferentes que intentaban explicar los problemas de salud mental. Algunos modelos daban más peso al cuerpo, mientras que otros se centraban en la mente, la sociedad, la cultura o la experiencia personal. Varios incluso eran contradictorios entre sí.

El peso de una mirada demasiado biológica

No todos esos modelos influyen por igual en la sociedad y la cultura. Hoy domina una mirada biológica e individual del malestar. Desde esa visión, el problema se sitúa en la persona: el sufrimiento se explica por el cerebro y su química, los genes y la falta de autocontrol.

Esa mirada puede ser útil en algunos casos, ya que nadie puede negar que somos organismos biológicos y que lo que sentimos también ocurre en el cuerpo. El problema aparece cuando esa explicación ocupa todo el espacio. Entonces se dejan fuera otros factores importantes.

Las condiciones laborales pueden generar sufrimiento, igual que pueden hacerlo la falta de apoyo, los problemas económicos, la vivienda y las relaciones personales. Si olvidamos ese contexto corremos el riesgo de convertir muchos problemas de la vida en problemas médicos.

Este proceso, llamado medicalización, ocurre cuando experiencias humanas que son parte de la vida se entienden y tratan como si fueran enfermedades. La tristeza, la angustia y la sobrecarga pueden necesitar atención, pero no son, por sí mismas, trastornos mentales. A veces indican que algo no va bien. Pueden señalar una situación injusta, una pérdida, un exceso de exigencia o una falta de apoyo.

Por eso, las emociones no son solo molestias. También son señales que nos invitan a mirar el entorno y a preguntarnos qué nos está afectando.

El riesgo opuesto: idealizar el sufrimiento

También existe el riesgo contrario. A veces no convertimos el malestar en enfermedad, sino en una identidad atractiva.

Esto ocurre cuando el sufrimiento se presenta de forma idealizada. En esos casos, ciertos problemas de salud mental aparecen como signos de sensibilidad, creatividad o autenticidad. Así, dejan de verse como experiencias complejas o como problemas que pueden dañar la vida diaria. Incluso pueden parecer rasgos especiales o deseables.

Esta idealización puede tener consecuencias como frenar la búsqueda de ayuda o, incluso, reforzar el malestar en vez de aliviarlo.

Muchas veces no hay mala intención detrás de esto. Puede surgir del deseo de visibilizar el sufrimiento, o puede ayudar a reducir el estigma y a encontrar una comunidad. El problema aparece cuando la visibilidad se convierte en admiración. Entonces, el malestar deja de ser algo que necesita cuidado y pasa a funcionar como una marca personal.

Las etiquetas clínicas pueden usarse como identidades rápidas: los síntomas se transforman en rasgos estéticos y el sufrimiento se vuelve una forma de singularidad.

No hace falta hablar más, sino mejor

Frente a estos riesgos, no basta con hablar más de salud mental, sino hacerlo mejor. También es importante una mayor alfabetización. Este concepto se refiere a los conocimientos y creencias que ayudan a reconocer el malestar, darle relevancia, manejarlo, prevenirlo y saber cuándo pedir ayuda. Incluye conocer señales de alerta, saber dónde buscar información fiable y qué recursos pueden ayudar en cada caso.

Pero la alfabetización no debería limitarse a aprender nombres de diagnósticos, porque saber más de salud mental no consiste solo en conocer etiquetas. Implica entender cómo se cuida el bienestar y mirar el papel que juegan factores como el trabajo, la vivienda, la educación, las relaciones y la exclusión social.

Hablar mejor de salud mental exige usar un vocabulario más preciso. No es lo mismo estar cansado que estar deprimido. No es lo mismo pasar una mala etapa que tener un trastorno mental.

Tampoco todo sufrimiento se resuelve igual. Algunas situaciones necesitan descanso y otras requieren apoyo social, cambios en el entorno o ayuda profesional.

En definitiva, hablar de salud mental no debería consistir en etiquetarlo todo, ni servir para embellecer el sufrimiento. El reto es aprender a diferenciar qué necesitamos en cada situación. Quizá aquí está lo difícil: aprender ahora, para usarlo cuando lo necesitemos. Porque no debemos esperar al sufrimiento para actuar; debemos actuar ahora, para que el sufrimiento no nos desborde en el futuro.

The Conversation

Javier José Pérez Flores no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos – https://theconversation.com/la-salud-mental-es-mas-popular-que-nunca-pero-no-siempre-sabemos-de-lo-que-hablamos-283318

Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

La participación de Christophe Galfard en el ciclo de conferencias de Fundación Telefónica el pasado mes de marzo fue posible gracias a la colaboración con el Foro de la Cultura. Irene Medina., CC BY-SA

El físico y divulgador Christophe Galfard (París, 1976) estudió en Cambridge, donde se doctoró bajo la dirección de Stephen Hawking, y desde entonces ha dedicado buena parte de su vida a traducir los misterios del cosmos a un lenguaje que cualquiera pueda entender. Ha pasado por los pasillos de la física teórica más exigente y por los escenarios de la divulgación científica, donde el universo se cuenta como una historia. Hoy vive entre París y el resto del mundo, entregado a escribir libros, dar conferencias y explicar la ciencia en radio, televisión y documentales, con la ambición de acercar la cosmología contemporánea al gran público.

Quizás, por eso habla de agujeros negros y del origen del tiempo con la misma naturalidad con la que otros hablan de novelas o viajes. Entre ecuaciones, metáforas y recuerdos de su maestro, Galfard insiste en que comprender el universo no es solo un desafío intelectual, sino también una experiencia típicamente humana. “La física”, dice, “no es solo un conjunto de fórmulas. Es una manera de mirar el mundo, de preguntarse de dónde venimos y qué lugar ocupamos en esta inmensidad”.

¿De dónde viene su interés por el espacio?

Mi interés en las estructuras ocultas de la naturaleza empezó muy temprano. Es un tema que considero fascinante: la idea de qué está ahí fuera en el espacio, descubrir las leyes que funcionan en todo, comprender la historia del universo… es algo genial.

¿Cree que estudiar el universo es, de alguna forma, una manera de sumergirse en cuestiones filosóficas como el sentido de la vida?

Muchos interrogantes que durante mucho tiempo pertenecieron al ámbito de la filosofía ahora se han convertido en problemas científicos, en interrogantes accesibles a la ciencia. Uno de ellos es el origen de la vida, que es el tema de mi próximo libro. La idea es mirar dentro de nosotros mismos, dentro del mundo que nos rodea, entender cómo las estrellas forman la materia. En el último siglo averiguamos que todos los organismos de la Tierra están hechos de las mismas moléculas.

¿Cómo se entrelazan lo macrocósmico y lo microcósmico? ¿Aprender sobre el universo nos ayuda también a aprender sobre las partículas más diminutas?

La relación entre lo grande y lo pequeño se ve muy bien en los agujeros negros. Son lugares del universo que eran enormes y, al colapsar, encogieron, se volvieron extremadamente pequeños. También vemos esta relación en el Big Bang, en los átomos y en el futuro del universo. Comprender el universo nos ayuda a saber más sobre las partículas más pequeñas, sobre cómo está construida la naturaleza en nuestro planeta, por ejemplo. El universo es un todo y nosotros somos pequeñas criaturas humanas intentando echar un vistazo a eso tan grande.

¿Qué es el tiempo? ¿Es una ilusión?

Vivimos en el tiempo, por eso es difícil decir que sea una ilusión. Aunque el concepto de tiempo que percibimos con nuestro cerebro no es el mismo que el concepto de tiempo en física. El que usamos en astrofísica nos ayuda a estudiar el movimiento de los objetos y a predecir dónde están las cosas o donde estaban en el pasado.

La pregunta de cuándo empezó el tiempo, y cuándo terminará, es muy profunda, y no tenemos todavía una respuesta definitiva. Pero, para simplificar, desde mi punto de vista como físico puedo decir que el tiempo no es una ilusión.

¿Y existe el tiempo infinito?

No tenemos un solo ejemplo de algo que pueda ser infinito. Cero. El tiempo que conocemos es finito.

Entonces, ¿el concepto de un universo infinito o materia infinita no es una posibilidad real en la ciencia?

Es lo mismo. No conocemos nada que sea infinito en el universo. El único infinito que existe aparece en las matemáticas, pero no podemos decir que haya nada equivalente en la realidad. El universo que observamos con los telescopios es finito.

¿Y no hay nada más allá?

Podemos decir que vemos el final con los telescopios. Es lo que se llama horizonte cósmico o límite del universo observable, o sea, la distancia máxima desde la cual la luz ha tenido tiempo de llegar a la Tierra desde el Big Bang. Es lo más lejos que podemos ver usando la luz. ¿Hay algo más allá? No lo sabemos.

Quizá en el futuro, cuando tengamos telescopios de aun mayor alcance…

No. No con luz.

Usted estudia el origen del universo. ¿Lo que ha aprendido hasta ahora le lleva a pensar que la vida comenzó por accidente?

Es imposible responder esa pregunta. No tenemos una respuesta todavía para el origen del universo. Sabemos que hay billones y billones de planetas en todas partes y la Tierra es uno de ellos. De todas las posibilidades, en la Tierra se dieron justo las necesarias para que surgiera la vida tal y como la conocemos. Pero… ¿y en los demás planetas? No lo sabemos. Seguramente hay más planetas en el universo que granos de arena en todas las playas de la Tierra.

Mientras busca las respuestas, ¿no le resulta tentador forjarse una idea o imaginar cómo pudo surgir el universo?

La idea de la ciencia no es dar una respuesta inmediata. El objetivo es construir el camino para poder llegar a esa respuesta. Para hacer eso, empleamos un lenguaje, que por el momento son las matemáticas… aunque quizá en el futuro cambie. Necesitamos encontrar leyes en la naturaleza. Al intentar comprender todos estos principios, podemos acercarnos a comprender qué sucedió en el origen. Pero no hemos llegado a eso todavía.

Nuestro papel como científicos no es sugerir que el comienzo fue de esta u otra manera. Por ejemplo, nuestros antepasados creían que los humanos habían sido creados por Dios o que la Tierra había sido hecha en siete días… Ahora sabemos que eso no es correcto. Quizá, en el futuro, podamos tener una respuesta para cómo se creó todo. Pero está claro que debemos ser humildes y aceptar que nuevos descubrimientos pueden llevarnos más allá de lo que conocemos y que eso puede ser completamente distinto a lo que creíamos.

¿Todo es relativo?

La idea científica de relatividad es muy diferente de lo que consideramos relativo en el lenguaje común. En el lenguaje cotidiano, significa que todo el mundo puede pensar o decir lo que quiera. Sin embargo, en física, quiere decir que podemos obtener resultados diferentes, pero aun así están relacionados. La relatividad en física nos dice que conocemos cuál es ese nexo y cómo ir de una respuesta a otra.

Entonces, ¿existe en ciencia algo parecido a la verdad absoluta?

Bueno… hay cosas que sabemos sobre los agujeros negros, por ejemplo, que podemos decir que son verdad, en un contexto. No de forma general. Pero, si la tecnología sigue mejorando y obtenemos detalles cada vez más finos del universo, quizá sí podamos. Hace siglos, la gente pensaba que la Tierra era plana; era una verdad absoluta para ellos. Eso va cambiando y evolucionando con el tiempo. De igual manera, la tecnología puede ayudarnos a ver cosas nuevas en el futuro que cambien nuestra forma de interpretar la materia o la estructura del universo.

Quizá, en el futuro, reconozcamos que estábamos tan equivocados hoy como quienes en la Edad Media pensaban que la Tierra era plana…

Estar equivocado en ciencia no es lo que la gente cree. Puedes equivocarte en la idea, o en cómo interpretas algo, pero no puedes equivocarte en los resultados experimentales. Son los datos y los datos están ahí. Por ejemplo, Newton ha sido reemplazado por Einstein, pero Newton sigue siendo correcto. No está equivocado. Sus teorías funcionan. Todavía las usan los ingenieros espaciales para enviar cohetes al espacio. Usan lo que nos enseñó Newton, no les hace falta Einstein.

¿Cómo cree que puede ser la vida extraterrestre?
O es como la vida en la Tierra, que no entendemos bien cómo se originó, o es completamente diferente y no tenemos ni idea de qué esperar.

¿Pero no tiene una hipótesis? ¿Cómo se la imagina? ¿Quizá como pequeños organismos?

Podrían ser muy pequeños, algo así como bacterias, y eso haría difícil que los encontremos en Marte, donde tal vez viven bajo su superficie. Si son organismos grandes, tienen que estar muy lejos de la Tierra… En cualquier caso, como ocurre en nuestro planeta, la vida extraterrestre puede ser muy diversa.

¿Y por qué debería importarnos a la gente de a pie si hay o no vida extraterrestre?

Por muchas razones. Lo primero es que somos curiosos. Si estamos solos en el universo o no marca una diferencia. Si encontramos más vida que la de la Tierra, entonces podemos aprender mucho sobre nosotros mismos, sobre la vida inteligente, sobre la tecnología.

¿Es posible encontrar mini agujeros negros en la Tierra?

No. Están solo en el espacio. Muy lejos de la Tierra.

¿Y materia oscura?

Esa es una de las incógnitas del universo. Todavía no sabemos de qué está hecha. Sí, podría estar entre nosotros, no lo sabemos.

¿De ella habla en su bestseller El universo en tus manos (Blackie Books, 2020)?
Sí. Es un viaje al multiverso, a los agujeros negros, al futuro del universo.

¿Cómo será ese futuro?

Bueno, tenemos distintas posibilidades. Podría estar expandiéndose a un ritmo desacelerado. O, en el polo opuesto, podría ir encogiéndose y caminando hacia el colapso. Esto es lo que se llama el Big Crunch, lo contrario del Big Bang.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.


The Conversation

ref. Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas” – https://theconversation.com/christopher-galfard-el-universo-que-observamos-con-los-telescopios-es-finito-el-infinito-solo-existe-en-las-matematicas-282897

Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María José Miranda Martel, Profesora Contratada Doctora. Directora de Transferencia de Conocimiento y Relaciones con Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Fotograma de una reunión del equipo Spotlight en la película homónima, con Michael Keaton (el segundo por la izquierda) interpretando a Walter Robinson. Participant Media

En 1970, el periódico The Boston Globe creó Spotlight, una unidad dedicada a la investigación a largo plazo, durante meses o años, de problemas complejos (racismo, el problema de acceso a la vivienda, precariedad sanitaria, desigualdades).

Décadas después, su manera de trabajar ofrece lecciones muy concretas para las unidades de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) de las empresas; no solo sobre cómo organizarse, sino también sobre cómo liderar equipos sometidos a presión e incertidumbre. Ambas dimensiones aparecen en la película Spotlight de forma inseparable.

Fuente: HBO Latinoamérica, YouTube.

Spotlight (2015) relata cómo el grupo de investigación del mismo nombre destapó los abusos sexuales de sacerdotes en la ciudad de Boston y, sobre todo, su encubrimiento sistemático por parte de la Iglesia católica estadounidense. No se trataba de un caso aislado sino de un problema estructural que los periodistas fueron capaces de ver gracias a una forma de trabajar muy particular y a un líder –Walter Robby Robinson, interpretado en el filme por Michael Keaton– cuya manera de dirigir merece analizarse.

El liderazgo: exigir, equilibrar y proteger

Robinson no es un líder carismático pero sí profundamente eficaz. Su equipo confía en él porque trabaja al mismo nivel de rigor que exige. Eso genera un modelo de conducta más potente que cualquier incentivo externo. Su exigencia al equipo no es una presión arbitraria, sino que establece un estándar claro sobre qué significa hacer bien las cosas. La exigencia solo funciona acompañada de propósito.

No obstante, más allá del rigor y la exigencia, también se preocupa por su equipo, por su carga de trabajo y su vida personal. Este tipo de liderazgo, que promueve el bienestar y la salud mental en las organizaciones, actúa como un amortiguador entre los riesgos laborales y sus consecuencias negativas. Los líderes que cuidan no son solo más humanos: son estructuralmente más eficaces para mantener el rendimiento bajo presión.

Seis hombres y una mujer posan con un trofeo en sus manos
Reparto de la película Spotlight en la gala de los premios del sindicato de actores (SAG) en su edición de 2016. De izquierda a derecha: Billy Crudup, Brian d’arcy James, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, John Slattery, Michael Keaton y Liev Schreiber.
Featureflash Photo Agency/Shutterstock

Como líder, Robinson protege a su equipo tanto de las presiones externas como, cuando es necesario, de la propia dirección del periódico. Si los miembros de un equipo saben que su líder los respalda proponen ideas con más valentía y colaboran con más profundidad. Un estudio realizado con 580 empleados de empresas tecnológicas confirma que los tres componentes de la seguridad psicológica en los grupos –colaboración y comprensión, intercambio de información y equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe– tienen un impacto positivo y significativo sobre el rendimiento innovador individual.

Además, sabe cuándo ceder. Entiende que defender su objetivo no puede implicar una confrontación permanente con su equipo. Ese equilibrio entre defender y ceder es una de sus mayores fortalezas, y probablemente la más difícil de desarrollar.

Por último, en procesos largos y con avances poco visibles como los de una unidad de investigación periodística, no hay que olvidar que una función fundamental del liderazgo es evitar que el trabajo pierda significado. Eso hace Robinson y, así, su equipo no solo sabe qué tiene que hacer sino que entiende por qué merece la pena hacerlo.

Su liderazgo podría resumirse en estas seis premisas:

  1. Liderar dando ejemplo.

  2. Exigir con propósito.

  3. Considerar que liderar es también cuidar.

  4. Proteger al equipo.

  5. Buscar el equilibrio entre exigencia y concesión.

  6. Mantener el sentido.

Favorecer la innovación: del periodismo a la empresa

Más allá del periodismo, hay seis principios del proceso de trabajo en Spotlight que la I+D+i empresarial reconocería como propios:

  1. Trabajar sobre lo importante, no sobre lo urgente. El grupo de investigación periodística no responde a la agenda del día. Elige temas que requieren tiempo y profundidad. Las organizaciones que gestionan la innovación con lógicas de eficiencia operativa cometen el mismo error que un periódico que pretende hacer una investigación profunda a golpe de titulares. La autonomía potencia la conducta innovadora, pero, cuando viene acompañada de una presión excesiva, ese efecto desaparece.

  2. Autonomía alineada, no desconexión. La película muestra cómo el equipo Spotlight tiene libertad para investigar, pero no actúa al margen de la dirección del periódico. Una causa típica de fracaso es la desconexión entre lo que produce el equipo y lo que necesita la organización. La autonomía también implica saber decir “todavía no”: el equipo no publica hasta tener un caso sólido, igual que una unidad de innovación no debería escalar un proyecto hasta que esté maduro.

  3. Una cultura empresarial que haga posible el trabajo. Las empresas suelen crear unidades de innovación sin adaptar el entorno que las rodea. En cambio, en The Boston Globe, la redacción entiende que Spotlight opera de otra manera. No hay presión por producir ni por la visibilidad del trabajo. Se sabe que los equipos donde las personas se sienten seguras para proponer, disentir y equivocarse innovan más. La cultura empresarial no es el contexto de la innovación, sino una de sus condiciones.

  4. Orientación al impacto, no a la actividad. El éxito de Spotlight no se mide por el número de artículos publicados, sino por los cambios que generan: investigaciones judiciales, reformas legales, transformaciones institucionales. Un fallo muy común en los laboratorios de innovación es la falta de medición del impacto real de sus hallazgos. Contar proyectos o prototipos no es lo mismo que medir si algo ha cambiado.

  5. Pensamiento sistémico y definición dinámica del problema. Las investigaciones de Spotlight documentan hechos, pero también identifican patrones. El objetivo es entender por qué ocurre algo, no solo describirlo. En las empresas, muchas iniciativas fracasan no por falta de soluciones, sino por partir de un encuadre equivocado del problema.

    Un estudio con 579 equipos de innovación reveló que los que comenzaron con poca claridad sobre el problema y la fueron ganando durante el proceso lograron una tasa de implementación del 80 %, frente al 50 % de los que partieron con ideas más fijas. En la película podemos ver cómo el equipo de Spotlight tardó meses en entender que el problema no era un sacerdote abusador, sino un sistema de encubrimiento. Ese proceso de descubrimiento fue lo que hizo posible el impacto.

  6. Cuestionar lo establecido. Las unidades de I+D+i más relevantes no solo mejoran lo existente: introducen preguntas que tensionan supuestos y formas de operar. A veces esas preguntas son incómodas porque señalan errores del pasado, tal y como también muestra la película. Su valor no está solo en encontrar respuestas. sino en saber hacerse las preguntas correctas.

Una lección inesperada

El grupo de investigación Spotlight de The Boston Globe no es una unidad de innovación en sentido empresarial. No desarrolla productos ni trabaja con metodologías ágiles, indispensables en la empresa para mantener la competitividad. Sin embargo, lo que muestra la película coincide con lo que la investigación académica lleva años señalando que son las condiciones necesarias para generar impacto real en las organizaciones.

En definitiva, la película explica en imágenes, mucho mejor que muchos manuales de diseño organizacional, no solo cómo funciona la innovación, sino también qué tipo de liderazgo la hace posible.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo – https://theconversation.com/spotlight-los-equipos-de-investigacion-periodistica-como-modelo-de-innovacion-y-liderazgo-281302

Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Alfonso Revenga Frauca, Director experto, Grado de Nutrición Humana y Dietética, Universidad Internacional de Valencia; Universidad San Jorge

Inspiration GP/Shutterstock

Pocas frases se repiten tanto en torno al peso corporal como esta: “me he cargado el metabolismo”. Muchas personas que han perdido kilos y los han recuperado sienten que cada intento fallido les deja peor que antes: con más grasa, menos músculo, más hambre, menos gasto energético y una capacidad cada vez menor para volver a adelgazar. Esa idea ha convertido al llamado “efecto yoyó” en una amenaza casi irreversible.

Según esta narrativa, bajar peso para después recuperarlo no solo sería frustrante, sino también metabólicamente peligroso. Incluso se ha popularizado la idea de que sería preferible no intentar adelgazar antes que exponerse a un ciclo de “pérdidas y ganancias”.

Una nueva revisión

Pero una revisión crítica publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology invita a replantear esa conclusión. Sus autores revisan la evidencia disponible sobre el denominado weight cycling –los ciclos repetidos de pérdida y recuperación de peso– y concluyen que no hay pruebas sólidas de que este fenómeno, por sí mismo, cause un daño clínico duradero en personas con obesidad.

La clave está en el matiz: no significa que recuperar peso sea deseable, ni que cualquier dieta sea una buena idea. Pone de relieve algo más concreto: la evidencia actual no permite afirmar que adelgazar y volver a ganar kilos “rompa” el metabolismo o deje necesariamente a la persona peor que al principio.

La distinción es importante porque el miedo al “efecto yoyó” puede convertirse en una barrera para buscar ayuda, iniciar cambios o retomar estrategias de salud después de haber recuperado el peso. Y, en un contexto en el que la obesidad es una enfermedad crónica y recividante, transmitir que cada intento fallido produce un daño irreversible puede añadir culpa, fatalismo y abandono.

Qué sabemos, y qué no, sobre perder y recuperar peso

Parte de la confusión procede de cómo se han interpretado muchos estudios observacionales. Las personas que han vivido más ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso suelen presentar también más dificultad para mantener las pérdidas, mayor grado de adiposidad o más años de exposición a la obesidad. Si en estos grupos se observan más alteraciones metabólicas, no siempre es fácil saber qué es causa y qué es consecuencia.

Dicho de otro modo: que una persona con peor salud metabólica haya hecho más dietas no demuestra que las dietas hayan causado ese deterioro. Puede ocurrir lo contrario: que una mayor adiposidad, una historia más prolongada de exceso de peso o la presencia previa de factores de riesgo expliquen tanto la mayor frecuencia de intentos de adelgazamiento como los peores resultados de salud.

Miedo (injustificado) a perder músculo

Uno de los temores más extendidos a la hora de ponerse a dieta es la pérdida de masa muscular. Al adelgazar, el cuerpo no pierde solo grasa; también puede perder una parte de masa magra. El miedo asociado al “efecto yoyó” radica en que, al recuperar el peso, se recupere sobre todo grasa y no músculo, generando una composición corporal cada vez más desfavorable.

Sin embargo, según la revisión mencionada, los datos disponibles no muestran de forma consistente una pérdida desproporcionada y permanente de masa magra atribuible al weight cycling en sí mismo. El resultado dependerá de muchos factores: el peso final alcanzado, la cantidad de proteína de la dieta, el tipo de intervención, el nivel de actividad física y, especialmente, la presencia o ausencia de entrenamiento de fuerza.

Algo parecido ocurre con el gasto energético. La idea popular dice que cada dieta deja el metabolismo “más lento”, pero el gasto metabólico está muy condicionado por el tamaño corporal y la composición del cuerpo. Si una persona pesa menos, necesita también menos energía para mantenerse; si recupera kilos, su gasto vuelve a ajustarse. Esa adaptación no equivale necesariamente a una avería metabólica permanente.

El problema es mantenerse

Ahora bien, desmontar el mito del metabolismo roto no significa trivializar la recuperación de peso. Cuando una persona adelgaza, puede mejorar su presión arterial, glucosa, lipidemia, movilidad, descanso o calidad de vida. Y si recupera los kilos perdidos, parte de esos beneficios puede reducirse o desaparecer, devolviendo a la persona hacia su punto de partida metabólico. Pero eso no demuestra que el ciclo de pérdida y recuperación haya producido un daño adicional.

Y esta es una de las ideas más relevantes del artículo: el problema principal no sería haber intentado adelgazar, sino la dificultad de sostener en el tiempo una pérdida de peso suficiente y saludable.

Este matiz también es relevante en la era de los nuevos fármacos para la obesidad, como los agonistas del receptor GLP-1 (como el Ozempic) y otros tratamientos homólogos. En muchos casos, estos medicamentos logran pérdidas de peso importantes, pero al suspenderlos puede producirse una recuperación parcial o total. Interpretar esa recuperación como prueba de que el tratamiento “estropea” el metabolismo sería simplificar demasiado. Puede indicar, más bien, que la obesidad requiere estrategias de tratamiento crónicas, igual que ocurre con otras enfermedades de esa índole.

El mensaje práctico: ni miedo ni dietas milagro

La conclusión no debería ser que las dietas yoyó no importen. Importan, y mucho: suelen ir acompañadas de frustración, culpa, pérdida de confianza, abandono de hábitos saludables y deterioro de la relación con la comida. También pueden reflejar intervenciones mal planteadas: regímenes excesivamente restrictivos, objetivos poco realistas, falta de seguimiento profesional o enfoque exclusivo en la báscula.

En cualquier caso, no deberíamos transmitir que haber recuperado peso significa haber fracasado de forma irreversible. Muchas personas que logran mantener una pérdida de peso relevante a largo plazo han tenido intentos previos. En salud, los cambios rara vez siguen una línea recta.




Leer más:
Los alimentos ultraprocesados podrían no ser el enemigo público número uno de nuestra dieta


El mejor enfoque teórico-práctico consiste en sustituir la lógica de la dieta temporal por la lógica del tratamiento sostenible. Esto implica plantear objetivos realistas, preservar la masa muscular, evitar restricciones extremas, promover alimentos saciantes y nutritivos, dormir mejor, moverse más y contar con apoyo profesional cuando sea posible. En suma, priorizar la adherencia por encima de cualquier otra variable.

También significa entender que el peso corporal está regulado por sistemas biológicos potentes. Tras perder peso, el cuerpo puede aumentar el hambre, reducir parcialmente el gasto energético y favorecer la recuperación. Eso no es una prueba de debilidad personal, sino una respuesta adaptativa. Por eso, mantener el peso perdido suele requerir estrategias de largo plazo, no solo fuerza de voluntad.

Una intervención bien diseñada debería incluir suficiente proteína, entrenamiento de fuerza, actividad física regular, satisfacción dietética, educación alimentaria, seguimiento continuado y apoyo psicológico o conductual si es necesario. En algunas personas, también puede requerir tratamiento farmacológico o cirugía bariátrica. La elección depende del grado de obesidad, las comorbilidades (presencia de varias enfermedades al mismo tiempo), la historia clínica y las preferencias de la persona.

Fuera fatalismos

Conviene abandonar el fatalismo: haber recuperado peso no significa que el metabolismo esté roto. Tampoco significa que no merezca la pena volver a intentarlo. Supone que la estrategia anterior no fue suficiente, no fue sostenible o no contó con los apoyos adecuados.

La revisión publicada no absuelve a las dietas milagro, ni convierte el efecto rebote en algo inocuo. Lo que hace es desmontar una idea más concreta y paralizante: que adelgazar y recuperar peso daña inevitablemente el metabolismo.

Porque en obesidad, como en tantas otras áreas, un intento fallido no debería interpretarse como el final del camino, sino como información para diseñar el siguiente paso.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias – https://theconversation.com/nuevo-estudio-sobre-las-dietas-yoyo-el-problema-no-es-intentarlo-es-seguir-malas-estrategias-283628

Cuando un algoritmo opaco decide si un preso está listo para reinsertarse

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miquel Julià-Pijoan, Profesor de Derecho Procesal, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

Hari Sucahyo/ Shutterstock

El uso de herramientas algorítmicas en el ámbito penitenciario español plantea problemas jurídicos relevantes. Una investigación periodística reveló que las prisiones españolas continúan utilizando un instrumento diseñado a comienzos de la década de 1990 que no ha sido actualizado de manera sustancial desde entonces para decidir cuándo conceder permisos de salida. El dato no es menor: se trata de una herramienta que influye de forma directa en decisiones con impacto inmediato sobre derechos fundamentales de las personas privadas de libertad.

Pero el problema va más allá de la obsolescencia tecnológica. Incluso cuando estos instrumentos han sido revisados o sustituidos por modelos más recientes, persisten déficits estructurales de gran calado jurídico. La opacidad del funcionamiento interno, la falta de explicaciones de los criterios utilizados y la dificultad de someter los resultados a un control jurisdiccional efectivo siguen siendo constantes.

RisCanvi en Catalunya

El caso de RisCanvi, utilizado en el sistema penitenciario catalán, es especialmente ilustrativo.

Se trata de una herramienta técnica de apoyo a la decisión penitenciaria: es un algoritmo. Desde su creación, y hasta 2021, se aplicó en más de 89 000 casos y se ha utilizado para decidir cuándo una persona presa en Catalunya podía obtener un permiso de salida o avanzar en su proceso de reinserción. Todo ello a partir de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué riesgo representa que esta persona salga a la calle?

La cuestión que hoy se plantea no es si evaluar el riesgo de reincidencia es legítimo sino cómo se hace, con qué datos y bajo qué garantías. Porque cuando la respuesta la da un algoritmo, el derecho exige algo más que eficacia: exige legalidad, transparencia y no discriminación.

Un sistema decisivo que casi nadie puede examinar

El funcionamiento interno de RisCanvi es profundamente opaco. Se desconoce cómo se combinan las variables, qué peso tiene cada factor o de qué modo se corrigen posibles sesgos. Esta falta de explicabilidad entra en tensión directa con el principio de transparencia algorítmica que el Tribunal Supremo ha reconocido recientemente para los instrumentos utilizados por la Administración.

No se trata de una carencia meramente técnica. Dado el alcance del sistema, la opacidad dificulta seriamente el control de sus resultados y desarticula, en la práctica, el derecho de defensa de las personas afectadas, que no pueden conocer ni impugnar los criterios que han condicionado la decisión.

De hecho, el único aspecto del sistema al que se ha tenido acceso es el listado de variables que analiza. En su versión “completa”, utilizada cuando el riesgo se considera elevado, RisCanvi se basa en 43 variables, todas ellas tratadas como factores de riesgo. Su mera presencia empeora la valoración final y aumenta la probabilidad de una decisión restrictiva del derecho a la libertad.

RisCanvi evalúa un conjunto amplio de factores que incluyen tanto variables conductuales como información de especial sensibilidad. Entre ellas se encuentran la presencia de trastornos mentales, el consumo de alcohol u otras drogas, los intentos de autolesión, el comportamiento sexual, determinados valores personales, la carencia de recursos económicos, la ausencia de apoyo familiar o la existencia de antecedentes delictivos en la familia de origen.

Junto a estas variables, el propio manual del protocolo reconoce la incidencia de cuatro elementos adicionales –sexo, edad, nacionalidad y situación penal– en el cálculo final del nivel de riesgo. En otras palabras, el algoritmo no se limita a evaluar lo que una persona ha hecho, sino que incorpora quién es, de dónde procede y en qué condiciones vive.

¿Un algoritmo que discrimina?

La identificación de estas variables tiene su origen en la investigación psicológica y resulta coherente desde esa óptica. Sin embargo, cuando tales variables se trasladan al ámbito jurídico –y, en particular, condicionan la restricción de derechos fundamentales– dejan de ser una cuestión meramente técnica.

En este contexto, la aplicación de estos instrumentos debe someterse a los principios y garantías establecidos por el ordenamiento jurídico, como la legalidad, la igualdad y la prohibición de discriminación. Es en este punto donde afloran las principales tensiones.

Muchos de estos datos pertenecen a categorías especialmente protegidas por el derecho español y europeo, precisamente porque su uso puede generar estigmatización y trato desigual. La normativa española y la de la Unión Europea sobre protección de datos en el ámbito penal no solo limita su tratamiento, sino que prohíbe expresamente la elaboración de perfiles que produzcan discriminación.

Sin embargo, en RisCanvi estos elementos funcionan como agravantes automáticos: una persona con un trastorno mental, joven, extranjera, con una determinada conducta sexual o una situación económica precaria puede obtener un peor pronóstico que otra en situación comparable que no presenta esas características. Y con ello, se eleva la posibilidad de que se restrinja su derecho a la libertad.

El derecho de la Unión Europea ha sido tajante al respecto: no es lícito establecer un trato desfavorable por estos motivos, ni siquiera cuando se invoquen datos estadísticos. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya rechazó este tipo de razonamientos en ámbitos como el de los seguros, donde se pretendía justificar diferencias por sexo a partir de datos actuariales.

En este sentido, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha insistido en que las decisiones penitenciarias deben basarse en evaluaciones individualizadas, no en atribuciones automáticas derivadas de pertenecer a un grupo.

En una sentencia reciente, el Tribunal puso en duda que diferencias basadas en el sexo –aunque se apoyen en datos empíricos– puedan justificar restricciones en el acceso a permisos penitenciarios. La razón es estructural: el principio de resocialización es universal y no admite modulaciones basadas en características personales protegidas.

Más que tecnología: una cuestión democrática

El debate sobre RisCanvi no es técnico, ni exclusivo de expertos: es una cuestión democrática.

Aceptar que un algoritmo penalice automáticamente ciertas características personales equivale a normalizar una discriminación institucional, revestida de neutralidad científica.

Cuando una herramienta informática condiciona quién puede salir de prisión o avanzar hacia la reinserción, la pregunta decisiva no es si el algoritmo es eficiente, sino si es legítimo.

The Conversation

Miquel Julià-Pijoan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando un algoritmo opaco decide si un preso está listo para reinsertarse – https://theconversation.com/cuando-un-algoritmo-opaco-decide-si-un-preso-esta-listo-para-reinsertarse-271172

La voz bajo juicio: la lingüística detrás del caso Amaia Montero

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela

Amaia Montero en una imagen de la nueva gira de La oreja de Van Gogh. La oreja de Van Gogh/Facebook

Sea por su color, su timbre o por algo que desconocemos, hay voces que se reconocen al instante y forman parte de nuestra memoria colectiva. Por eso, cuando esa voz cambia (o cuando lo percibimos así) la reacción suele ser inmediata.

La reciente reaparición pública de Amaia Montero en los conciertos de La Oreja de Van Gogh ha vuelto a situar su voz en la mirada pública. Como suele ocurrir cuando una cantante regresa a los escenarios, las reacciones se han polarizado. Algunos oyentes hablan de fragilidad, otros perciben cierto descontrol y otros señalan una pérdida de brillo respecto a etapas anteriores. Pero ¿somos realmente objetivos cuando escuchamos voces familiares? ¿Qué significa exactamente que digamos que una voz ha cambiado?

La respuesta no es tan sencilla como parece.

Desde la fonética, la ciencia que estudia la producción y percepción de los sonidos del habla, y desde la lingüística clínica, que analiza las alteraciones de la comunicación humana, sabemos que la percepción de una voz está influida por numerosos factores. Lo que el oyente interpreta como una mejora o un deterioro puede responder a cambios muy distintos entre sí.

Una voz nunca es exactamente la misma

Existe una tendencia a pensar que la voz es una característica fija, una especie de huella sonora inmutable. Sin embargo, se trata de un fenómeno extraordinariamente dinámico. La voz cambia a lo largo de la vida porque cambian también los órganos que la producen y las condiciones en las que se utiliza. La edad modifica progresivamente la musculatura laríngea, la elasticidad de los tejidos y la capacidad respiratoria. A ello se suman los efectos acumulados de décadas de uso profesional, especialmente en perfiles que emplean la voz en grandes audiencias.

En el caso de los cantantes, intervienen factores propios de la práctica vocal: la técnica de emisión, la gestión del esfuerzo, el descanso, el mantenimiento de la voz y la dosificación de su uso a lo largo de giras y grabaciones. A ello se suman las decisiones interpretativas y los distintos estilos que adopta el intérprete. Pequeñas variaciones en cualquiera de estos aspectos pueden traducirse en cambios perceptibles en la voz.

Lo que realmente percibe el oído

Cuando escuchamos una voz solemos describirla mediante términos cotidianos como áspera, apagada, potente o cansada. Aunque parezcan impresiones subjetivas, estos juicios están basados en parámetros acústicos concretos.

Uno de ellos es el timbre, la cualidad que permite distinguir dos voces incluso cuando emiten la misma nota. Pequeñas modificaciones en la configuración del tracto vocal o en la vibración de las cuerdas vocales pueden alterar significativamente esa sensación sonora.

También influye la estabilidad de la frecuencia fundamental, es decir, la regularidad con la que vibran las cuerdas vocales, relacionado con la percepción de control. Del mismo modo, las características del vibrato, como su amplitud o su velocidad, contribuyen a que una interpretación resulte más firme, más tensa o más relajada para quien la escucha.

Otro aspecto fundamental es la coordinación entre respiración y fonación. La voz depende del flujo de aire que asciende desde los pulmones. Cuando esta coordinación varía, pueden aparecer cambios en la intensidad, la duración de las emisiones o la sensación de esfuerzo vocal.

Por ello, cuando percibimos una voz como inestable, esa impresión puede deberse a distintos fenómenos fisiológicos que generan sensaciones auditivas similares.

La voz también se ‘construye’ en la mente

La lingüística perceptiva lleva décadas mostrando que escuchar no consiste únicamente en recibir información acústica. El oyente interpreta lo que oye a partir de expectativas, recuerdos y experiencias previas.

Cuando una voz forma parte de la memoria colectiva, como ocurre con la de Amaia Montero, la comparamos automáticamente con la imagen sonora que conservamos de ella (especialmente si está ligada a experiencias emocionales intensas). En este proceso interviene un fenómeno bien conocido en percepción: tendemos a considerar como referencia ideal la versión que hemos escuchado repetidamente durante años. Cualquier desviación respecto a ese modelo suele percibirse con especial intensidad.

‘Soñaré’, el primer éxito de La oreja de Van Gogh, tiene 28 años. La voz que recuerda la gente de hace más de veinte años ha cambiado, como han cambiado sus receptores.

Por eso, cuando se afirma que una voz ha perdido calidad, conviene preguntarse qué se está comparando exactamente. A menudo, la valoración mezcla cambios acústicos reales con expectativas construidas a partir de recuerdos.

Escuchar con prudencia

El caso de Amaia Montero ilustra hasta qué punto tendemos a interpretar los cambios vocales como signos evidentes de mejora o deterioro. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja. Como hemos señalado, una voz puede sonar diferente por razones muy diversas: el paso del tiempo, años de uso profesional, modificaciones técnicas, cambios en la respiración, nuevas formas de interpretar o la combinación de varios factores a la vez.

Quizás la principal lección sea que las voces, igual que las personas, se transforman. Esperar que una cantante conserve exactamente la misma sonoridad décadas después supone ignorar la naturaleza cambiante del propio instrumento vocal. Por tanto, la pregunta no es si Amaia Montero suena igual que hace veinte años. Lo que interesa es qué nos dice su voz actual sobre una trayectoria artística (y humana) atravesada por el tiempo y sobre cómo nosotros, como oyentes, la recordamos.

The Conversation

Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, Corpus y densidad de datos. Versión robusta del ‘corpus Koiné’ de habla infantil (PID2024-158897NB-100).

ref. La voz bajo juicio: la lingüística detrás del caso Amaia Montero – https://theconversation.com/la-voz-bajo-juicio-la-linguistica-detras-del-caso-amaia-montero-283914

¿Puede una persona ciega disfrutar de la Alhambra o la Sagrada Familia? La ciencia dice que sí

Source: The Conversation – (in Spanish) – By R. Ignacio Madrid Lopez, Profesor del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universidad de Málaga

Sopotnicki/Shutterstock

“¡Las vistas desde el castillo son impresionantes! El recorrido es muy agradable y, si te lo tomas con calma, puedes disfrutar cada detalle de la arquitectura y los jardines. Destacaría las vidrieras, que al atardecer ofrecen un espectáculo de luces precioso”. (Juan)

“Ha sido increíble, te llevas la sensación de estar dentro de un lugar con mucha historia. El guía describió todos los espacios y pudimos tocar algunas maquetas, relieves y materiales: la piedra fría de los muros, la rugosidad de los sillares y los cambios entre madera, metal y cerámica. Así pudimos entender el uso de cada estancia y cómo se vivía allí”. (Leticia)

Las reseñas anteriores se refieren a la visita de dos viajeros al mismo monumento. Sin embargo, hay algo diferente en la perspectiva de quienes las escriben: Juan tiene 23 años y buena capacidad visual; Leticia, de edad parecida, es ciega.

Las limitaciones que experimentan las personas con discapacidad visual son muy diversas, pero podrían clasificarse en dos grupos: ceguera total y baja visión.

Las personas ciegas son aquellas que no pueden percibir la información visual o que solo tienen una percepción limitada de la luminosidad (por ejemplo, distinguen zonas iluminadas y oscuras sin percibir la forma de los objetos). Las personas con baja visión son aquellas que, incluso con la mejor corrección óptica posible, mantienen limitaciones que afectan a la agudeza, a la sensibilidad al contraste y al color o al tamaño y a la sensibilidad del campo central o la visión periférica.

Turismo sin limitaciones

Podría pensarse que estas limitaciones impiden disfrutar de experiencias turísticas centradas principalmente en la información visual. ¿Cómo podría Leticia percibir la belleza de los juegos de color y volúmenes de la Sagrada Familia o el paisaje de la Alhambra y Sierra Nevada desde el Albaycín?

Sin embargo, nuestra experiencia y el recuerdo que tenemos de ella no están tan directamente asociados al sistema visual como pensamos, sino que se generan en el cerebro como una mezcla sensorial.

Desde las ciencias cognitivas se explica que nuestra memoria no solo guarda imágenes visuales sino representaciones que combinan y conectan varios sentidos. Así, cuando localizamos un objeto dentro del bolso nos hacemos una imagen visual de lo que tocamos. Y cuando compramos un jersey online podemos imaginar su textura antes de que llegue a nuestras manos.

La mayoría de personas con discapacidad visual vieron en algún momento de su vida y aún pueden asociar cualquier información a su memoria visual. Además, incluso las personas ciegas de nacimiento pueden entender el significado de los colores: comprenden que un semáforo en rojo indica no cruzar y que una fruta verde seguramente no esté lista para consumir.

Por tanto, una experiencia puede ser igualmente rica –o incluso más– si se ofrece mediante información auditiva, táctil, olfativa y/o gustativa.

Barreras y oportunidades

El turismo accesible es aquel que fomenta la participación de las personas con discapacidad en las experiencias turísticas, eliminando barreras en entornos, servicios y productos.

Para superar estas barreras se están poniendo en marcha distintas iniciativas. Una de ellas es la formación: entidades como Fundación ONCE, CRUE y el Real Patronato de la Discapacidad editan manuales y estudios para que los futuros profesionales cuenten con formación básica en accesibilidad universal.

Por su parte, ONU Turismo fomenta políticas dirigidas a mejorar la accesibilidad de los destinos. Uno de los resultados es la norma UNE-ISO 21902, que define los requisitos y recomendaciones de los productos y servicios turísticos accesibles.

En España el Real Decreto 193/2023, de 21 de marzo, regula las condiciones básicas de accesibilidad y no discriminación en el acceso y utilización de los bienes y servicios a disposición del público, incluidos los servicios turísticos.

Para las personas con discapacidad visual, estas barreras aparecen cuando no se consideran sus necesidades. En el turismo, se centran en cuatro áreas clave: localización (¿dónde está el lugar u objeto que quiero alcanzar?), orientación (¿dónde estoy y cómo llego hasta allí?), seguridad (¿es seguro desplazarme o tocar ese objeto?) y comunicación (¿cómo accedo a la información?).

Las barreras de comunicación son especialmente relevantes en la discapacidad visual. Para facilitar el acceso a la información turística existen distintos sistemas y estrategias:

  • Señales táctiles y Braille: Los cambios de textura, marcas en paredes o pasamanos y signos en botoneras ayudan a orientarse. El Braille permite acceder al texto mediante el tacto.

  • Maquetas: Las reproducciones de esculturas, piezas históricas o elementos arquitectónicos (por ejemplo, reproducciones de la Sagrada Familia) ayudan a comprender el espacio mediante la exploración táctil.

  • Audiodescripciones: Tanto las audioguías como las visitas guiadas deben partir de la organización general del espacio y avanzar hacia los detalles, siempre desde la perspectiva de la persona.

  • Tecnologías accesibles: Las herramientas de asistencia, especialmente las basadas en IA, pueden describir entornos. También existen aplicaciones como BeMyEyes, que conectan con personas voluntarias cuando se requiere apoyo humano.

Hacer accesible el turismo no consiste únicamente en eliminar barreras físicas, sino en ampliar nuestra forma de entender la experiencia humana. Cuando un destino incorpora otros sentidos, no solo incluye a más personas, también enriquece la manera en que todos percibimos, recordamos y habitamos el patrimonio cultural.

The Conversation

R. Ignacio Madrid López ha recibido en el pasado fondos de Fundación ONCE para realizar estudios y proyectos sobre discapacidad y accesibilidad.

ref. ¿Puede una persona ciega disfrutar de la Alhambra o la Sagrada Familia? La ciencia dice que sí – https://theconversation.com/puede-una-persona-ciega-disfrutar-de-la-alhambra-o-la-sagrada-familia-la-ciencia-dice-que-si-282087

La ilusión de ascender de clase: por qué la expectativa de ser rico reduce el apoyo a la redistribución

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Antonio Matamoros Lima, Profesor de Psicología Social, Universidad de Huelva

studiostoks/Shutterstock

Los tiempos que corren son extraños: (Existe amplia evidencia]) de las consecuencias psicológicas y sociales negativas de la desigualdad económica y, al mismo tiempo, seguimos sin generar consenso sobre las medidas para reducirla.

Los datos son claros: una pequeña parte de la población acumula cada vez más riqueza mientras millones de personas sienten que llegar a fin de mes cuesta más que hace unos años. Aun así, cuando aparecen propuestas para aumentar la recaudación mediante una subida de impuestos a las grandes fortunas o la aplicación de sistemas fiscales más progresivos, el apoyo social no siempre alcanza niveles de consenso amplio. La pregunta es: ¿por qué hay personas que perciben la desigualdad existente y, aun así, no respaldan –o incluso rechazan– políticas destinadas a reducirla?

La respuesta tiene menos que ver con la economía y más con la psicología social, y es la creencia de que, algún día, también nosotros podremos llegar a lo alto de la pirámide económica.

La falsa promesa de llegar a lo más alto

Existe una idea profundamente instalada en muchas sociedades: la del ascensor social. Hoy se está abajo, pero mañana se puede estar arriba. Sin importar la clase social de procedencia y la situación actual, se mantiene viva la creencia de que esto sigue funcionando para todas las personas.

Y cuando se piensa que el sistema está diseñado para que las personas puedan cambiar de clase social, entonces la riqueza de quienes están arriba deja de verse necesariamente como un problema. Esta idea cambia la manera en la que se interpreta la desigualdad, que incluso puede llegar a considerarse una demostración de que el sistema funciona. El problema es que los datos sobre movilidad social muestran que esa promesa se cumple cada vez menos.

La clave, entonces, no está solo en cómo interpretamos la desigualdad, sino también en cuánto creemos que podemos movernos dentro de ella. En esta línea, nuestra
investigación muestra que quienes perciben más posibilidades de ascender socialmente tienden a apoyar menos la redistribución, mientras que quienes perciben más riesgo de descender socialmente muestran más apoyo a las políticas redistributivas.

El sueño de hacerse rico y la tolerancia a la desigualdad

Analizamos datos de casi 45 000 personas de 29 países y, además, realizamos un estudio específico en España con 1 543 personas. El resultado principal parece lógico: cuanta más desigualdad social percibe una persona, más apoyo muestra hacia los impuestos progresivos. Es decir, piensa que quienes más tienen deberían pagar proporcionalmente más al Estado.

Sin embargo, también encontramos que quienes creían que en un futuro podrían ascender socialmente, mostraban mayor rechazo a subir los impuestos a los más ricos. Pese a percibir la desigualdad económica, sentían que algún día podrían beneficiarse del sistema tal y como está diseñado, aunque, en términos objetivos esa posibilidad de movilidad sea muy pequeña.

El poder de las historias sobre el éxito

Las sociedades modernas están llenas de relatos sobre ascenso social:

  • “El emprendedor que empezó desde abajo y ahora es millonario”.

  • “La famosa empresaria que pasó de no tener nada a tenerlo todo”.

Son historias potentes porque refuerzan la idea de un mundo justo en el que no importa la clase social a la que se pertenezca para llegar a lo más alto, únicamente trabajo y esfuerzo, aunque los datos apunten a lo contrario.

Estas historias alimentan la esperanza de llegar a la cima. Sin embargo, también tienen un efecto secundario menos visible: ayudan a justificar las enormes diferencias económicas. Creemos que llegar arriba depende sobre todo del esfuerzo individual: hace que quienes no avanzan parezcan responsables de su propia situación y que quienes acumulan riqueza parezcan merecerla. De este modo, la desigualdad deja de interpretarse como un problema social y pasa a verse como el resultado natural de las decisiones individuales.

La expectativas de ascender como freno a la redistribución

Uno de los hallazgos más interesantes de nuestro estudio es precisamente ese: las creencias sobre la movilidad social ascendente pueden tener el efecto de mantener estable la desigualdad económica, aunque los datos indiquen que la movilidad social real es mucho menor de lo que la gente cree.

La discusión sobre impuestos y redistribución suele plantearse como un debate
puramente económico, pero también es un debate psicosocial. No basta con mostrar
estadísticas sobre desigualdad, también importa cómo las personas
entienden las clases sociales y las expectativas existentes sobre la movilidad entre clases.

The Conversation

Juan Antonio Matamoros Lima recibe fondos de proyectos I+D Generación de conocimiento: 1) Ref. PID2023-147675NB-I00 concedida por el MCIN/AEI/ 10.13039/501100011033; 2) Ref: PID2022-140252NB-I00 concedida por MICIU/AEI/10.1309/501100011033 and by FEDER, EU.

Guillermo B. Willis Sánchez recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, dentro del programa de proyectos de generación del conocimiento.

Miguel Moya Morales recibe fondos del proyecto “Identidad de clase social: consecuencias sobre la movilidad social y las acciones colectivas” (Ref. PID2023-147675NB-I00) concedida por el MCIN/AEI/ 10.13039/501100011033

ref. La ilusión de ascender de clase: por qué la expectativa de ser rico reduce el apoyo a la redistribución – https://theconversation.com/la-ilusion-de-ascender-de-clase-por-que-la-expectativa-de-ser-rico-reduce-el-apoyo-a-la-redistribucion-283926

¿Cómo compatibilizar un bachillerato que busca habilidades críticas con una PAU que todavía prima la memorización?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucía Sánchez-Tarazaga, Profesora Titular en Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación (MIDE), Universitat Jaume I

Sucede a menudo que un estudiante de instituto saca muy buena nota en Historia pero no recuerda casi nada de lo que había estudiado. O acude a un examen de Química sabiéndose las valencias de cada elemento y su número atómico, y a la semana siguiente, no es capaz de imaginar que las palabras “número” y “atómico” puedan ir seguidas.

Esta contradicción aparente entre resultados académicos y retención real de conocimiento no es excepcional, es un síntoma de un problema más amplio: cómo el objetivo del estudio influye en cuánto y cómo aprendemos. Si dicho objetivo es un examen que nos va a pedir reproducir algo aprendido de memoria, no estudiaremos de la misma manera que si se trata de una evaluación más práctica. Y tampoco se nos va a enseñar igual.

En el mundo educativo, esta influencia de los métodos de evaluación en las prácticas de enseñanza se conoce como washback o efecto retroactivo de la evaluación. Así, según sean los métodos usados para evaluar, estos pueden llevar a dinámicas en el aula más centradas en reproducir o, en cambio, a procesos más ricos en los que además de contenidos se movilicen y apliquen de forma crítica para resolver tareas, problemas o situaciones complejas (lo que persigue el enfoque denominado “por competencias” o “competencial”).

Brújula o balanza

Esta relación entre evaluación y método de enseñanza fue estudiada por el matemático y doctor en Filosofía Michael Scriven, quien distinguía entre evaluación formativa y sumativa; o lo que podríamos denominar como evaluación “brújula” y “balanza”. La primera orienta sobre el mejor camino a seguir mientras se está recorriendo, la segunda pesa el resultado final una vez que el trayecto ha terminado. Ambas son necesarias, pero no siempre ocupan el mismo espacio ni tienen el mismo impacto.

Esta dualidad entre orientar y certificar es especialmente visible en los dos cursos de bachillerato. Al terminar esta etapa, quienes quieran continuar con estudios universitarios deben realizar un examen de acceso. Esta prueba es tan determinante para el futuro de los adolescentes que el sistema se adapta para prepararles lo mejor posible.

La enseñanza por competencias

Y aquí es donde encontramos el difícil equilibrio con la enseñanza por competencias, que en España está establecida por ley como el marco de referencia para todas las etapas educativas.

Las pruebas de acceso a la universidad –conocidas por diferentes siglas como PAU (Prueba de Acceso a la Universidad), EBAU (Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad) o EvAU (Evaluación de Acceso a la Universidad)– deberían, en teoría, estar diseñadas para medir las competencias del alumnado, pero los cambios no han terminado de materializarse de forma efectiva todavía. Mientras los currículos actuales enfatizan aspectos como la aplicación de los saberes, su contextualización y la resolución de situaciones complejas, estas dimensiones con frecuencia reciben una atención limitada en los exámenes.

Esto crea una tensión estructural entre lo que el currículum de bachillerato establece como objetivos competenciales y lo que se prioriza en las aulas cuando el objetivo es conseguir el mejor resultado en la PAU.

El bachillerato: entre aprender y certificar

El segundo y último curso del bachillerato se configura, por lo tanto, con una fuerte orientación certificadora, pues la PAU ha sido históricamente una prueba con un gran componente memorístico y reproductivo. Y en este contexto, es comprensible que una parte importante de la práctica docente esté orientada a preparar a los estudiantes para una prueba de este tipo.

Ahora bien, ¿se puede compatibilizar esta función certificadora de la PAU con un modelo de enseñanza por competencias que desarrolle aprendizajes más profundos, más contextualizados y más transferibles?

Evaluar competencias para enseñar competencias

El enfoque de competencias entiende el aprendizaje como la capacidad de movilizar conocimientos, habilidades y actitudes. No se trata de saber, de acumular información, sino también de saber qué hacer o cómo actuar según cada contexto.

Es un enfoque que requiere metodologías activas, tareas contextualizadas y sistemas de evaluación diversos que permitan entender los procesos y no solo los resultados finales. Los expertos consideran una prueba “competencial” si está contextualizada, es productiva (es decir, el estudiante produce la respuesta, no la reproduce) y compleja, esto es, que le obliga a movilizar conocimientos distintos.

¿Es la PAU una prueba competencial?

Hemos analizado, en base a esos tres criterios, las pruebas de acceso a la universidad de los últimos diez años (2015-2025) en los sistemas educativos de seis comunidades autónomas: Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Madrid y País Vasco.




Leer más:
Cómo diseñar la PAU para que los resultados de todas las comunidades sean comparables


Lo hemos hecho utilizando la inteligencia artificial para revisar los currículos de bachillerato y analizar las pruebas de acceso a la universidad en una escala del 0 al 100 según cómo de competenciales fueran. El modelo fue entrenado con los contenidos curriculares para identificar el grado de alineación entre las demandas de las pruebas y los aprendizajes prescritos en el currículo.

Los resultados muestran un mayor grado de orientación competencial en las pruebas de acceso a la universidad de Cataluña y el País Vasco, mientras que comunidades como Madrid presentan todavía un amplio margen de mejora. En la Comunidad Valenciana, aunque persisten importantes retos, se observa una evolución positiva hacia un modelo más competencial en los últimos años.

Diferencias por materias

Las diferencias entre materias son especialmente significativas y, además, se mantienen de forma bastante estable en todas las comunidades analizadas. De hecho, la asignatura es más determinante que la comunidad autónoma: hay materias cuyo examen de selectividad es más competencial en todas las comunidades, y otras que tienden a tener un diseño más tradicional, también en todos los casos analizados.

Inglés destaca como la materia cuyas pruebas presentan un mayor grado de orientación competencial, mientras que Matemáticas II se sitúa en el extremo opuesto. Sin embargo, es precisamente esta última asignatura la que registra una evolución más favorable a lo largo de los últimos años.

Química y Biología muestran un comportamiento similar, caracterizado por un nivel relativamente bajo de orientación competencial, aunque acompañado de una tendencia positiva que parece reflejar el trabajo continuado de equipos docentes comprometidos con la mejora de las pruebas en esta dirección. En términos generales, la evolución hacia modelos de evaluación más competenciales constituye una tendencia común a todas las materias analizadas, aunque con ritmos e intensidades diferentes.

La evaluación por competencias: un reto

Para que la educación en el bachillerato pueda enfocarse más hacia competencias que únicamente los contenidos, es importante que se incorpore este tipo de evaluación a la PAU.

Aun así, es posible preparar a los estudiantes para esta prueba de acceso y también ayudarles a desarrollar competencias, siempre que se diversifiquen las maneras de enseñar y evaluar. ¿Cómo podemos hacerlo? Además de las pruebas escritas, se pueden usar más instrumentos e incluir a más agentes en el proceso de recogida de evidencias del aprendizaje, dando la oportunidad a alumnos y alumnas de que demuestren lo que saben y de lo que son capaces de hacer a través de múltiples formas de expresión

De hecho, evaluar en el bachillerato de forma no competencial tiene consecuencias negativas. Limitarse a preparar respuestas para un examen repitiendo o basándose en modelos de años anteriores empobrece la tarea docente y reduce el aprendizaje a una mera preparación técnica. Cuando esto desaparece también aumenta el riesgo de una enseñanza más superficial en la que los aprendizajes fuera de la escuela consolidan diferencias socioeconómicas de partida.

Como apuntaba Scriven, la evaluación puede orientar el proceso o certificar los resultados; el reto es evitar que la balanza caiga siempre hacia uno de los dos lados.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Cómo compatibilizar un bachillerato que busca habilidades críticas con una PAU que todavía prima la memorización? – https://theconversation.com/como-compatibilizar-un-bachillerato-que-busca-habilidades-criticas-con-una-pau-que-todavia-prima-la-memorizacion-283606

A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid

En el mundo, hay una enorme variedad de quesos. Azzedine Rouichi / Unsplash., CC BY-SA

*FALTA AÑADIR A COAUTORA Eulàlia Subirà Y Gerard Remolins QUE SE TIENE QUE REGISTRAR TODAVÍA
*

Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.

Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.

Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.

El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?

La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.

Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.

La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.

Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.

La tecnología prehistórica que salvó vidas

Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.

Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.

El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.

Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.

Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.

Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea

Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.

Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.

En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.

Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.

Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.

The Conversation

Cláudia Gomes recibió financiación para su actividad investigadora a través del proyecto de investigación G/6401400/8000 (Banco Santander-Universidad Complutense de Madrid). Asimismo, este trabajo fue respaldado por el proyecto HAR2015-67323-C2-2-P, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (MICINN), y por el proyecto de investigación SANTANDER-UCM 2017 (PR41/17-21018). No se declararon otros posibles conflictos de interés con entidades o empresas que pudieran beneficiarse de la publicación de este artículo.

César López Matayoshi, Juan F. Gibaja y Sara Palomo Díez no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso – https://theconversation.com/a-nuestros-antepasados-neoliticos-les-encantaba-el-queso-252545