Por qué usted y su vecino tienen diferente opinión sobre las políticas climáticas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oxana Soimu, Associate Researcher, Universidad de Deusto

Sylverarts Vectors/Shutterstock

¿Por qué algunas personas apoyan con ímpetu políticas para frenar el cambio climático mientras que otras se muestran escépticas o priorizan otros problemas? ¿Es solo una cuestión de estar informado o de confianza en lo que dice la ciencia? Nuestra investigación dice que no. La forma en que valoramos las políticas ambientales parece que está muy influida por quiénes somos, dónde vivimos, qué ideología tenemos o cuánto ganamos al mes.

En el marco del proyecto DECIPHER encuestamos a más de 1 500 personas de distintos países europeos, desde profesionales expertos hasta ciudadanos sin formación técnica, para saber qué temas consideran más importantes al diseñar políticas ambientales y los resultados fueron reveladores: nuestras preocupaciones ambientales no son tan compartidas como solemos creer.

Lo ambiental también es social

Solemos pensar que las decisiones ambientales deben ser como fórmulas de laboratorio, pero en realidad están impregnadas de valoraciones humanas. Por ejemplo: las mujeres valoran mucho más que los hombres temas como la igualdad de género o la protección de colectivos vulnerables. Las personas con menores ingresos dan más importancia al acceso al agua, la salud o la educación.

Quienes se identifican con ideas progresistas priorizan la equidad social, mientras que los sectores conservadores ponen el foco en la estabilidad económica o la seguridad.

Estas diferencias no significan que unos estén “equivocados” y otros “acertados”, sino que cada grupo ve la sostenibilidad desde su propia experiencia de vida. Y eso debería tenerse en cuenta al hacer políticas.

¿Y si el problema es que siempre escuchamos a los mismos?

En los procesos donde se definen las prioridades ambientales, suelen participar mayoritariamente personas con altos niveles educativos, ingresos medios-altos y profesiones técnicas. Esto deja fuera muchas voces y, con ellas, muchas preocupaciones reales. Es lo que se conoce como el sesgo “WEIRD” (por sus siglas en inglés): las decisiones las toman personas occidentales, educadas, industrializadas, ricas y en democracias.

Cuando esto ocurre, se priorizan temas como las emisiones o la innovación tecnológica, pero se deja en segundo plano aquello que preocupa a buena parte de la población: la pobreza, el acceso a lo esencial, como a los servicios básicos, o la equidad social, que sigue siendo un anhelo.




Leer más:
Justicia climática también es garantizar el acceso a la energía en los países en desarrollo


Hay puntos en común

A pesar de las diferencias, también hallamos un fuerte consenso en torno a temas como la salud, la educación, el agua o la seguridad alimentaria. Estos aspectos fueron valorados como “muy importantes” por casi todos los encuestados, sin importar su género, ideología o ingresos.

Estos temas pueden ser claves para construir políticas climáticas que sumen apoyos, en lugar de dividir. Si se explican bien, pueden servir como “puertas de entrada” a acciones más ambiciosas. Asimismo, para que las políticas ambientales funcionen y sean justas, no basta con tener buenos datos. También hay que escuchar y fortalecer los mecanismos de participación ciudadana como jurados populares.

Al final, lo que descubrimos en nuestro estudio es muy claro: la gente no mira los problemas ambientales de manera objetiva, sino con las lentes de su propia realidad. Una persona con trabajo estable no ve el cambio climático igual que alguien que lucha por pagar el alquiler y tener la nevera llena. Y es entendible. Lo importante es reconocer esa diversidad y tejer políticas que recojan esa rica pluralidad.




Leer más:
El cambio climático acentúa la pobreza energética de verano


La batalla contra el cambio climático no puede ganarse sin comprender cómo piensan y qué valoran las personas. Así, no es suficiente perfeccionar dispositivos o establecer metas de carbono neutro; hace falta vincular las decisiones políticas con la realidad social. Nuestro estudio muestra que cada postura hacia el cambio climático brota de una identidad social. Por eso no se pueden diseñar las políticas a ciegas y se deben escuchar esas voces diversas para caminar hacia un mañana más verde y más justo.

The Conversation

Oxana Soimu recibe fondos del Programa Horizon Europe y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto.

Aitziber Mugarra recibe fondos del Programa Horizon Europe (Grant Agreement Nº 101056898) y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto. Las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA). Ni la Unión Europea ni la autoridad que concede la subvención se responsabilizan de ellas.

Cruz Enrique Borges has received funding from the European Union’s Horizon Europe research and innovation programme under grant agreement No 101056898. The views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or European Climate, Infrastructure and Environment Executive Agency (CINEA). Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.

Leandro Ferrón recibe fondos del Programa Horizon y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto.

ref. Por qué usted y su vecino tienen diferente opinión sobre las políticas climáticas – https://theconversation.com/por-que-usted-y-su-vecino-tienen-diferente-opinion-sobre-las-politicas-climaticas-260138

‘Deportación’, ‘invasión’, ‘emergencia’, ‘reemplazo’… Así se fabrican las palabras del miedo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Dolores Porto Requejo, Profesora Titular de Filología Inglesa, Universidad de Alcalá

forestpath/Shutterstock

Las palabras son poderosos instrumentos capaces de conformar la realidad que nos circunda. El nombre que damos a las cosas configura el modo en que se perciben. No es lo mismo hablar de “estrategia de rearme” en Europa que de “mejorar nuestra seguridad”, y no es lo mismo un “plan de deportación” de inmigrantes que un “plan de remigración”.

Toda palabra funciona como un pequeño interruptor en nuestra mente que conecta ideas más o menos dispares, pero que, sobre todo, activa silenciosamente emociones de las que apenas somos conscientes.

El término “deportación” inspira un rechazo automático, posiblemente relacionado con imágenes subyacentes de deportaciones a campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial, pero “remigración” nos evoca sensaciones más positivas, como de “vuelta a casa” después de una “migración”. Sólo si nos detenemos un momento para interpretarlas con calma, veremos que ambas expresiones se refieren a una misma realidad.

Es muy fácil inocular una emoción a través del lenguaje. No hace falta ser un experto, hasta su hijo pequeño sabe cómo “tocarle la fibra” cuando quiere convencerle de algo, y eso que nadie le ha hablado todavía de la Retórica de Aristóteles y del pathos como una de las claves del discurso persuasivo. Los publicistas lo saben, y también los políticos, además de los manipuladores y los diseminadores de desinformación.

Emociones que no admiten argumentos

La cuestión es que las emociones, una vez activadas por determinadas expresiones, son difíciles de ignorar y rara vez pueden contrarrestarse mediante argumentaciones. Apelar a las emociones es, pues, un recurso clásico que sigue funcionando. Y de entre todas las emociones que podemos evocar en la comunicación, las negativas (miedo, ira, tristeza, asco) suelen ser más intensas y perdurables, y por ello son también las más poderosas.

Biológicamente predispuestos para sobrevivir, el miedo nos es útil porque nos permite detectar y reaccionar ante un peligro, incluso si no es real, sino sólo sugerido, como una sombra en la pared. Por eso es una emoción tan inmediata y tan intensa y, como sabe cualquier comunicador, hacen falta muy pocas palabras para activarlo. En los tiempos de la covid se viralizaron mensajes totalmente irracionales que calaron en una sociedad atemorizada. A pesar de los numerosos desmentidos, respaldados por datos científicos, resultaba difícil resistir la fuerza de los bulos basados en el miedo.

En estos días, son los discursos del miedo al inmigrante los que se han multiplicado en los medios de comunicación. Cuando oímos hablar de una inmigración “masiva” o incluso de una “invasión” de inmigrantes, identificamos una posible amenaza y nos ponemos en estado de alerta.

Son necesarios muchos argumentos y un esfuerzo consciente por interpretar cifras y datos objetivos para comprender que la inmigración de que nos hablan ni es “masiva” ni es “invasiva”, pero una vez instalada, la sensación de miedo no nos abandona fácilmente. Es más, algunos líderes políticos o de opinión alimentan este miedo asociando a la idea de inmigración palabras con fuertes resonancias emocionales, presentando la situación como una “emergencia” demográfica para evitar un inminente “reemplazo” poblacional, o una progresiva “destrucción” de nuestra identidad y apelando al derecho a “sobrevivir” como pueblo.

Las representaciones mentales configuradas por estos términos en nuestra mente, sin datos objetivos o argumentos explícitos, condicionan nuestra percepción de la realidad. ¿Quién no reaccionaría ante una “emergencia”? ¿Cómo no defenderse cuando nuestra “supervivencia” está amenazada?

En la narrativa del miedo, una vez identificado el peligro, la reacción instintiva es defenderse y protegerse. Se multiplican entonces los llamamientos para “salvar” la nación, “proteger a nuestras hijas” (no a las “víctimas” o a las “mujeres”, que son conceptos más abstractos y generales), “recuperar” las calles (como si estuvieran invadidas) o a la necesidad de “más muros y menos moros” (aprovechando la aliteración para hacer del mensaje un eslogan más memorable). Es fácil ver en estas reacciones de “defensa” el germen de los discursos de odio.

La confrontación virulenta como estrategia

Existe una percepción generalizada de que los discursos de odio son cada vez más frecuentes y más virulentos, a pesar del rechazo casi unánime a los mismos y de los esfuerzos por parte de los investigadores para intentar desvelar los resortes que los disparan.

La creciente polarización, tanto ideológica como afectiva, en el discurso público parece ser uno de esos resortes. La creación de bandos opuestos, nosotros versus ellos, y la normalización de discursos basados en el conflicto y la confrontación nos presentan una sociedad fragmentada y ponen en peligro la armonía y el bienestar social. Pero también las estrategias del miedo y de la construcción discursiva del otro como una amenaza, menos evidentes y reconocidas hasta ahora, son un detonante de los discursos de odio.

Es importante aprender a reconocer las expresiones, a veces manipuladoras, que intentan hacernos ver la realidad en términos de peligro inminente (metáforas, asociaciones repetidas de ideas, hipérboles). Identificarlas es el primer paso para “resistir” el miedo que las palabras intentan activar antes de que este se convierta en discursos de odio.

The Conversation

M DOLORES PORTO REQUEJO ha formado parte del proyecto “Polarización y Discursos Digitales. Perspectivas críticas y socio-cognitivas” (PID2020-119102RB-I00) y es miembro de la Red Temática sobre Comunicación Conflictiva y Mediación (CoCoMInt; RED2022-134123-T), ambos financiados por la Agencia Estatal de Investigación.

ref. ‘Deportación’, ‘invasión’, ‘emergencia’, ‘reemplazo’… Así se fabrican las palabras del miedo – https://theconversation.com/deportacion-invasion-emergencia-reemplazo-asi-se-fabrican-las-palabras-del-miedo-261314

¿Es mejor ducharse por la mañana o por la noche? Una microbióloga da la respuesta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Primrose Freestone, Senior Lecturer in Clinical Microbiology, University of Leicester

Ducharse es una parte importante de una buena rutina de higiene. Valerii_k/ Shutterstock

Es un viejo debate. Mientras que los entusiastas de la ducha matutina defenderán que es la opción ganadora, ya que ayuda a despertarse y empezar el día con energía, los fieles a la ducha nocturna argumentarán que es mejor relajarse antes de acostarse.

Pero ¿qué dicen realmente las investigaciones? Como microbióloga, tengo una respuesta clara a esta pregunta.

Una rutina fundamental

En primer lugar, es importante destacar que ducharse es una parte integral de cualquier rutina de higiene, independientemente de cuándo prefiramos hacerlo. No solo nos ayuda a eliminar la suciedad y la grasa de nuestra piel, lo que puede ayudar a prevenir erupciones cutáneas e infecciones, sino que también elimina el sudor, origen del mal olor corporal.

Aunque muchos piensen que ese mal olor es causado por el sudor, en realidad lo producen bacterias que viven en la superficie de nuestra piel. El sudor fresco, de hecho, no tiene olor. Pero las bacterias que viven allí, concretamente los estafilococos, lo utilizan como fuente directa de nutrientes. Cuando descomponen el sudor, liberan un compuesto que contiene azufre llamado tioalcohol, responsable del familiar aroma acre que desprendemos.

¿De día o de noche?

Durante el día, el cuerpo y el cabello acumulan contaminantes y alérgenos (como el polvo y el polen), además de la acumulación habitual de sudor y grasa sebácea. Aunque algunas de estas partículas quedan retenidas en la ropa, otras se transfieren a las sábanas y las fundas de almohada.

Además, el sudor y el aceite de la piel favorecen el crecimiento de las bacterias que componen el microbioma cutáneo, microorganismos que también pueden transferirse de nuestro cuerpo a las sábanas.

Ducharse por la noche puede eliminar algunos de los alérgenos, el sudor y la grasa acumulados durante el día, por lo que acabarán menos en las sábanas.

Sin embargo, incluso si se ha duchado antes de acostarse, seguirá sudando durante la noche, independientemente de la temperatura. Los microbios de la piel se alimentarán de los nutrientes del sudor, y eso significa que, por la mañana, habrá depositado microorganismos en las sábanas. Probablemente también se despertará con algo de olor corporal.

Una mujer se lava el pelo en la ducha.
Una ducha nocturna puede ayudar a eliminar la suciedad y la mugre del día, pero es posible que no olamos del todo bien a la mañana siguiente.
leungchopan/ Shutterstock

Lo que anula especialmente los beneficios de la ducha nocturna es no lavar la ropa de cama con regularidad. Los microbios que causan el olor presentes en las sábanas pueden transferirse al cuerpo limpio mientras dormimos.

Además, ducharse por la noche tampoco impide que se desprendan las células de la piel. Esto significa que pueden convertirse en fuente de alimento para los ácaros del polvo doméstico. Si no lavamos las sábanas con regularidad, puede producirse una acumulación de células muertas que alimentarán a más ácaros del polvo. Los excrementos de estos pequeños arácnidos pueden provocar alergias y agravan el asma.

En cambio, las duchas matutinas ayudan a eliminar las células muertas de la piel, así como el sudor o las bacterias que se han acumulado en las sábanas durante la noche. Esto es especialmente importante si las sábanas no se han lavado antes de acostarse.

Si nos duchamos por la mañana, nuestro cuerpo estará más libre de microbios cutáneos adquiridos durante la noche cuando nos pongamos ropa limpia. También empezaremos la jornada con menos sudor del que se alimentan las bacterias generadoras de olores, lo que probablemente nos ayudará a oler mejor durante más tiempo a lo largo del día en comparación con alguien que se ducha por la noche.

Veredicto de microbióloga

En suma: como microbióloga, soy partidaria de ducharse por la mañana.

Por supuesto, cada uno tiene sus propias preferencias. Sea cual sea la hora que elija, recuerde que la eficacia de la ducha depende de muchos aspectos de su higiene personal, como la frecuencia con la que lava las sábanas.

Por lo tanto, independientemente de si prefiere ducharse al despertarse o al acostarse, es importante limpiar la ropa de cama con regularidad. Debe lavar las sábanas y las fundas de almohada al menos una vez a la semana para eliminar todo el sudor, las bacterias, las células muertas de la piel y los aceites sebáceos que se han acumulado en ellas.

El lavado también eliminará las esporas de hongos que puedan estar creciendo en la ropa de cama, junto con las fuentes de nutrientes que estos microbios productores de olores utilizan para crecer.

The Conversation

Primrose Freestone no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es mejor ducharse por la mañana o por la noche? Una microbióloga da la respuesta – https://theconversation.com/es-mejor-ducharse-por-la-manana-o-por-la-noche-una-microbiologa-da-la-respuesta-261622

Cinco consejos a tener en cuenta antes de usar el metaverso en el aula

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Conde Melguizo, Investigador en el grupo ECSiT, Tecnología e Innovación para la Sociedad, la Cultura y la Educación, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Halfpoint/Shutterstock

Los docentes de las diferentes etapas educativas sentimos a menudo cierta presión por introducir en nuestra práctica elementos tecnológicos innovadores. No sólo por ofrecer metodologías más atractivas y cercanas a las generaciones que enseñamos, ya nativas digitales, sino porque desde las propias leyes se invita y demanda que la alfabetización digital y tecnológica se incorpore a todas las asignaturas.

Por esta razón, cuando en 2021 la gran compañía tecnológica estadounidense Facebook se convirtió en Meta y cambió el plan estratégico al desarrollo de su propio metaverso –entendido como un mundo virtual, inmersivo e interactivo–, el interés que desató la propuesta (un análisis del histórico de búsquedas con Google Trends muestra un ascenso súbito de la búsqueda del término “metaverso” en todo el mundo en esa semana) también se trasladó al mundo académico.

Pero su aplicación en las labores docentes no está exenta de problemas y dudas.

El metaverso aún no es para todos

Pese al potencial que ofrece el metaverso en el aula, no debemos olvidar que otro de los ejes educativos estratégicos es la inclusión. La ley nos invita a utilizar el “diseño universal de aprendizaje”, inspirado en el diseño arquitectónico universal, para plantear modelos de enseñanza que atienden a la diversidad del alumnado, ofreciendo adaptaciones que, si bien están pensadas para quienes las necesitan, también benefician al conjunto del grupo al facilitar un aprendizaje significativo.

Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si esa herramienta es aplicable en contextos educativos diversos. En primer lugar, debemos considerar la brecha digital: ¿todo el alumnado tiene acceso a los dispositivos necesarios? ¿Cuentan con las competencias digitales adecuadas? En segundo lugar, muchas plataformas que usan el metaverso se sustentan en tecnologías de realidad extendida (virtual, aumentada o mixta) que, en la práctica, no garantizan que estudiantes con trastornos o discapacidad puedan acceder a ellas.

¿Aprendemos con el uso del metaverso?

Otro aspecto fundamental a la hora de incluir actividades del metaverso en el aula es definir cómo vamos a medir su impacto en el aprendizaje y cómo contrastaremos sus resultados con otros métodos, ya sean innovadores o tradicionales. A este respecto, hemos llevado a cabo un proyecto de investigación con el objetivo de evaluar la calidad científica de los trabajos publicados sobre metaverso y educación entre 2008 y 2024 en España.

Los resultados no son positivos. Los datos recabados no permiten saber con certeza si el metaverso mejora los procesos de aprendizaje, dado que una parte significativa de las publicaciones analizadas no parecen cumplir suficientemente con los estándares científicos.




Leer más:
Educación y tecnología en el siglo XXI


Por ejemplo, gran parte de los trabajos no especifican aspectos como la muestra, la metodología y las técnicas empleadas. Los datos de muchas de estas experiencias no son accesibles, lo que impide realizar revisiones sistemáticas periódicas para evaluar la evolución de la calidad científica en este campo y el impacto real del metaverso en el aprendizaje.

Además, no existe una muestra de experiencias docentes suficientemente transversal a las distintas etapas educativas, especialmente las obligatorias.

Lo que hay que tener en cuenta

A la luz de este contexto, proponemos una serie de requisitos para la incorporación del metaverso a las actividades del aula:

  1. El metaverso es una herramienta. Como tal, es un medio y no un fin. El objetivo no debe ser introducirlo en clase, sino que debemos definir un objetivo de aprendizaje donde lo identifiquemos como una palanca útil y novedosa.

  2. Hay vida fuera de Meta. Existen numerosos universos virtuales, algunos muy populares entre el alumnado, como Roblox, que también pueden utilizarse didácticamente. Debemos buscar el más adecuado, no el más famoso o espectacular. Igualmente, las tecnologías para crear metaversos también son múltiples. Por ejemplo, la fotografía 360º puede dar lugar a espacios de aprendizaje con tecnología más accesible que la realidad virtual o aumentada que también permiten un uso didáctico inmersivo.

  3. Es imprescindible valorar la accesibilidad de la herramienta seleccionada. Donde hay una brecha social o de aprendizaje, una nueva tecnología puede hacerla aun más evidente.

  4. Compartir nuestras experiencias en publicaciones abiertas permite a los docentes aprendamos unos de otros en un área donde por su novedad no puede haber aun expertos o guías definidas.

  5. Finalmente, es necesario que el docente se forme no sólo en el uso del metaverso, sino también en metodologías y técnicas científicas para evaluar su impacto educativo de manera fundamentada a lo largo del tiempo.

Las nuevas tecnologías son un medio para mejorar el proceso de aprendizaje, no un fin en si mismo: aunque incorporar el metaverso suscite un interés, no debemos apresurarnos sin comprobar su verdadera utilidad. Esperamos que los cinco puntos expuestos sirvan de guía para los docentes que deseen trabajar con esta herramienta en su aula.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cinco consejos a tener en cuenta antes de usar el metaverso en el aula – https://theconversation.com/cinco-consejos-a-tener-en-cuenta-antes-de-usar-el-metaverso-en-el-aula-257486

¿Por qué las creencias, religiosas o no, generan bienestar?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Esteban Ruiz, Profesor Titular de Biología Celular, Universidad de Jaén

metamorworks/Shutterstock

Tener convicciones profundas –ya sean creencias religiosas, espirituales, filosóficas o existenciales– es una experiencia universal y profundamente humana. Estas formas de interpretación del mundo pueden funcionar como refugio, como marco para dar sentido a la vida o como sostén frente al dolor.

Aunque algunas de estas certezas suelen quedar fuera del ámbito científico, sí que podemos estudiar el impacto subjetivo y emocional que, desde el punto de vista neurobiológico, generan las prácticas contemplativas asociadas a ellas.

Cabe decir que si bien hay prácticas, como la oración o la meditación, que presentan una intención espiritual e implican la adhesión a creencias (ya sea en lo divino, en valores profundos o en uno mismo), otras, como la meditación secular o de atención plena (mindfulness), no se basan en creencias religiosas.

Y más allá de su contexto cultural o simbólico, estas actividades están profundamente arraigadas en nuestra neurobiología, pues activan circuitos cerebrales que promueven el bienestar emocional y físico, tal y como demuestran diferentes estudios científicos recientes.

No obstante, los mismos mecanismos cerebrales que refuerzan creencias beneficiosas pueden, en ciertos casos, alimentar el fanatismo y bloquear la apertura al diálogo. En este sentido, hay estudios que apuntan a que las creencias radicales se asocian a fallos metacognitivos, es decir, a una menor capacidad para cuestionar las propias ideas.

El cerebro premia la creencia

En un artículo publicado en The Conversation, José R. Alonso, catedrático de Biología Celular y Neurobiólogo, escribía: “La mayoría de los neurocientíficos y psicólogos que han trabajado en el tema coinciden: las creencias en lo sobrenatural están enraizadas en los procesos cognitivos normales”.

Alonso citaba un trabajo en el que se detectó que durante el rezo se producía un aumento significativo de la activación del núcleo caudado, una zona del cerebro relacionada con el sistema de recompensa. Esto apoya la hipótesis de que la oración estimula el sistema dopaminérgico y el circuito de recompensa cerebral.

Nuevas evidencias lo respaldan. En un estudio de revisión reciente se indica que las experiencias religiosas o espirituales intensas dependen de la interacción entre el núcleo accumbens, una estructura cerebral con un papel fundamental en los sistemas de recompensa, motivación y placer, y dos redes cerebrales que configuran un patrón cerebral similar al que se observa en momentos de disfrute estético, conexión interpersonal o motivación profunda.

La primera de ellas es la red por defecto, cuya función resulta esencial para la vida mental interna, la construcción del sentido del yo y la preparación del cerebro para responder de manera flexible a las demandas del entorno.

Y la otra sería la red de saliencia. Imprescindible para la adaptación al entorno, permite que el cerebro se enfoque en lo verdaderamente importante, regulando el cambio entre diferentes modos de pensamiento y conectando emociones, cuerpo y cognición para una respuesta flexible y efectiva.

Efectos similares al amor, el sexo o la música

En esta misma línea, investigadores de la Universidad de Utah mostraron que las experiencias religiosas y espirituales encienden el núcleo accumbens de manera similar a estímulos como el amor, el sexo o la música. Además, observaron activación en la corteza prefrontal medial, implicada en la valoración y la toma de decisiones morales.




Leer más:
‘Decidido’, de Robert Sapolsky: la ilusión del libre albedrío


En otro análisis de imágenes de resonancias funcionales cerebrales se detectó que cuando las personas devotas sienten lo que denominan “el espíritu”, al rezar o leer textos sagrados, también se activan la corteza orbitofrontal medial y el córtex cingulado anterior, zonas clave en la evaluación emocional y el control de la atención. Cabe decir que el córtex cingulado anterior resuelve el conflicto emocional suprimiendo la actividad de la amígdala, estructura clave en las emociones.

Lo más sorprendente es que esa actividad cerebral parece preceder subjetivamente al momento en que la persona reconoce su conexión espiritual. Esto sugiere que el cerebro no solo acompaña dichas experiencias, sino que puede anticiparlas, activándose antes incluso de que seamos conscientes de ellas.

Creencias que dan sentido, conexión… y salud

Una de las funciones más potentes de las creencias profundas es que otorgan sentido a nuestra vida, incluso en los momentos más difíciles. Esta función no es meramente narrativa, sino que tiene efectos biológicos reales.

Por ejemplo, en un metaanálisis con más de 136 000 participantes se demostró que las personas con mayor propósito en la vida (el cual que puede surgir de una convicción religiosa, filosófica, espiritual o existencial) tenían un riesgo un 17 % menor de mortalidad por cualquier causa y también menor incidencia de eventos cardiovasculares, incluso tras ajustar por edad, sexo y salud física.

Asimismo, un estudio publicado en 2025 con más de 85 000 adultos mostró que un propósito elevado se asocia a mejores valores de función pulmonar y a un 9 % de menor riesgo de deterioro respiratorio con el tiempo.

Por otro lado, estudios recientes muestran que la diversidad de fuentes de significado (familia, trabajo, espiritualidad, comunidad) se asocia a mayor resiliencia, satisfacción vital y menor riesgo de depresión. Las personas con múltiples fuentes de sentido afrontan mejor el estrés y los cambios vitales.

Estos resultados sugieren que percibir que nuestra vida tiene dirección y propósito contribuye no solo al bienestar psicológico, sino también a una mejor salud física y mayor longevidad.

Una interpretación relevante desde otra cultura es el concepto japonés de ikigai, que podríamos traducir como aquello que da sentido a la existencia; es decir, lo que nos motiva a levantarnos cada mañana. Una revisión de 86 trabajos científicos concluyó que el ikigai se asocia con una reducción de los síntomas depresivos, mayor satisfacción con la vida, menos riesgo de mortalidad y menos discapacidad funcional, además de mejoras en la conexión social y en la participación en actividades.

¿Y si no soy creyente?

Lo interesante es que estos efectos no son exclusivos de quienes tienen fe religiosa. Como hemos apuntado, muchas personas no creyentes experimentan bienestar mediante formas de espiritualidad laica como la meditación, la contemplación de la naturaleza, la práctica de la gratitud o el compromiso ético con una causa.

Así, se ha demostrado que tanto las creencias religiosas como las no religiosas activan la corteza prefrontal ventromedial, relacionada con la recompensa, la autorrepresentación y la motivación. Las convicciones religiosas, en particular, muestran mayor activación en regiones asociadas a la gestión emocional y la autopercepción.

Lo importante no es tanto el contenido de la creencia como su función psicológica y biológica, pues ofrece estructura y la posibilidad de conectar con algo que da sentido a la experiencia vital. Creer es un fenómeno con raíces profundas en el cerebro, en las emociones y en nuestra necesidad de sentido.

En definitiva, existen evidencias científicas que confirman que las experiencias religiosas y espirituales activan consistentemente las redes cerebrales de recompensa, saliencia y atención, reforzando la idea de que el bienestar derivado de las creencias tiene una base neurobiológica robusta.

Entender estos procesos puede ayudar al desarrollo de terapias (meditación, mindfulness) que permitan potenciar las experiencias de bienestar y reducir la depresión o la ansiedad.

The Conversation

Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación de la Universidad de Jaén (PAIUJA-EI_CTS02_2023), de la Junta de Andalucía (BIO-302), y está parcialmente financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID2021-122991NB-C21.

Sergio Iglesias Parro recibe fondos de la Universidad de Jaén (PAIUJA-EI_CTS02_2023), y de la Junta de Andalucía (BIO-302).

ref. ¿Por qué las creencias, religiosas o no, generan bienestar? – https://theconversation.com/por-que-las-creencias-religiosas-o-no-generan-bienestar-260511

La salud mental de los adolescentes: un síntoma de una sociedad vulnerable

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marino Pérez Álvarez, Psicólogo, académico y ensayista, Universidad de Oviedo

La crisis de salud mental es ya una característica del siglo XXI, identificado también como “el siglo de la soledad”. En un principio, las personas mayores eran quienes más sufrían las crisis de salud mental y soledad por razones que parecían obvias. También resultaba esperable en otras franjas de la vida adulta (los 30, 40 y 50 años); a cada década, su crisis: trabajos precarios, hipotecas, primeros divorcios, chequeos médicos, etcétera.

Sin embargo, hoy en día la crisis de salud mental por antonomasia se asocia principalmente con los niños, los adolescentes y jóvenes, edades cada vez más fluidas entre sí y las que peor están ahora (no en vano son conocidas como la “generación ansiosa”).

Los estudios muestran que del 35 % al 50 % de los escolares y estudiantes universitarios presentan síntomas de ansiedad y depresión. Otros problemas –como las adicciones, anorexia, bulimia, conductas autolesivas, ideas suicidas y suicidios o TDAH– van igualmente en aumento. La hospitalización de adolescentes por salud mental crece y empieza en edades más tempranas.

La crisis de salud mental que afecta a la infancia, la adolescencia y la juventud es doblemente paradójica. Por un lado, ocurre en la sociedad del bienestar y, por otro, aflige a las mejores edades de la vida, que reciben cuidados de bienestar emocional como nunca.

Una explicación común enfatiza el estrés al que, se supone, están sometidas las nuevas generaciones. Se suele invocar la presión escolar (tareas, exámenes, evaluaciones), el cambio climático (ecoansiedad) y las redes sociales.

Es difícil ver la presión escolar como explicación, ya que los contextos educativos cuidan de que nada perturbe el bienestar de los escolares, evitando correcciones y suspensos y, en su lugar, prodigando beneplácitos.

Las propias universidades se han convertido en “espacios seguros” para que nada contravenga las opiniones de los estudiantes, cuando debieran ser precisamente lugares “inseguros” para las opiniones previas en aras de nuevos conocimientos, incluidos aquellos que desafían lo dado por sabido.

La ecoansiedad –en realidad ansiedad ante las noticias, sin duda preocupantes, sobre el cambio climático– es también difícil de ver como explicación de la crisis de salud mental, pese a que la refieren el 84 % de los jóvenes de 16 a 25 años. La ecoansiedad es más una posición ética y política que propiamente un padecimiento psicológico.

Las redes sociales sí, efectivamente, están exacerbando el malestar psicológico de los niños, adolescentes y jóvenes notablemente desde 2012, cuando se generaliza su uso. Sin embargo, las redes sociales no explican la crisis, que ya venía de antes. La recrudecen, pero no la crean.

Estrés y vulnerabilidad

El estrés siempre es relativo a la vulnerabilidad, de modo que una misma situación puede ser estresante para unos e irrelevante, o incluso un reto, para otros. La vulnerabilidad se suele entender en términos de predisposición genética y del neurodesarrollo, lo que da lugar a la explicación vulnerabilidad-estrés.

La vulnerabilidad en esta explicación se deduce a partir de los malestares dados. Tienes depresión porque eres vulnerable y eres vulnerable porque tienes depresión. Una explicación tautológica.

Sin embargo, las nuevas generaciones parecen ser ciertamente más vulnerables que las anteriores. Más allá de la genética, del neurodesarrollo y de cualquier supuesta avería mental, la vulnerabilidad se ha de buscar en otro sitio: en la sociedad. Vivimos en una sociedad que nos hace vulnerables.

La sociedad puede estar haciendo vulnerables a las nuevas generaciones sin querer, incluso queriendo lo contrario: que no sean vulnerables, sino que tengan autoestima y sean felices. Los problemas no se deben a averías de la mente o el cerebro infantil. Los mal llamados “trastornos mentales” no están dentro de los niños, adolescentes y jóvenes, sino dentro de la sociedad en la que se crían y desarrollan: una sociedad vulnerable. La propia crisis de salud mental sería un síntoma de la sociedad.

La sociedad vulnerable se define por dos características que se retroalimentan entre sí: por un lado, la sobreprotección (cómo se cría y educa a los niños) y, por otro, la cultura del diagnóstico (conforme a la cual, cualquier malestar entra fácilmente en el radar clínico).

La sobreprotección a base de consentimiento, el allanamiento del camino para que el niño no tenga tropiezos, la insuflación de autoestima mediante la adulación (“eres especial”, etcétera) suele justificarse en la idea (cierta) de que los niños son vulnerables.

Sin embargo, si tratas a alguien como vulnerable, acaba siéndolo. Como dice Goethe:

“Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”.

Sin ninguna base científica, y contra el sentido común, nuevas generaciones de padres han asumido que todo lo que no sea satisfacer los deseos de los niños podría causarles algún trauma. Partiendo de la idea de que los niños saben lo que quieren, educar se ha convertido en acompañar.

Se prepara el camino para el niño, pero no al niño para el camino de la vida que siempre tendrá piedras, charcos, subidas, bajadas, encrucijadas, etcétera. Se tienen, por así decirlo, niños inflados de autoestima, sobreprotegidos, sin apenas haberse expuesto a las dificultades que siempre depara la vida. Vulnerables a los inconvenientes de turno.

De forma creciente –desde la década de 1990– se ha ido estableciendo toda una cultura del diagnóstico (también conocida como cultura de la terapia), que facilita la entrada de malestares propios de la vida en el radar clínico. Hitos de esta cultura se encuentran en la serie Los Soprano (1999-2007) y en la película Una terapia peligrosa (1999), donde los hombres más duros de la mafia van a psicoterapia, así como en el célebre show televisivo estadounidense de Oprah Winfrey (1986-2011) con un formato tipo “sesión de psicoterapia”. Más que un hito, The Oprah Winfrey Show crea toda una “cultura de confesión” de problemas psicológicos que parecía tener un efecto terapéutico en sí misma.

Desde entonces, tener problemas psicológicos e ir a psicoterapia dejó de ser un estigma para ser una moda en nuestros días. Está por ver el impacto de la miniserie Adolescencia; si, por ejemplo, su enfoque centrado en el entramado social –en vez de en la víctima– supondrá una mirada social más que únicamente psicológica individual.

Lo cierto es que hoy por hoy el idioma clínico se ha apoderado del sufrimiento en detrimento de otros idiomas posibles como el social, el político, el moral y el existencial, que podrían abordar los problemas en otra dimensión menos centrada en el individuo como “enfermo mental”.

Permítase responder a esta pregunta retórica. Los diagnósticos tranquilizan a los padres porque suponen que sus hijos tienen algo –ansiedad, depresión, trastorno de déficit de atención e hiperactividad– que explicaría su malestar (inexplicable de otro modo, pues no les falta de nada). En los centros escolares cobra nuevo protagonismo el bienestar emocional.

Los profesionales de la salud están desbordados. Los niños, adolescentes y jóvenes están encantados con los diagnósticos, ya que los hacen visibles. “Antes diagnosticado que invisible”, pareciera ser el lema. Para los políticos, nada como tener ciudadanos diagnosticados de algo, de modo que ya tienen bastante con lo suyo. Y para la sociedad es perfecto, puesto que así se privatizan problemas que ella misma genera como algo que tienen los individuos. ¿Dónde está el problema?

¿Qué hacer?

Por lo pronto, pensar más allá de la crisis misma como si fuera algo que nos ha caído no se sabe de dónde y ni por qué. De acuerdo con lo expuesto, la crisis se explicaría por la sociedad vulnerable que hemos creado. Mientras que, por un lado, se sobreprotege a los niños haciéndolos más vulnerables –en vez de menos, como se supone–, por otro el idioma clínico se ha apoderado de malestares que nunca faltan. Por si fuera poco, el diagnóstico pasó de estigma a moda, siendo ahora poco menos que un privilegio.

Como quiera que el malestar es real –otra cosa es cómo se ha hecho real–, las ayudas psicológicas son necesarias. Hay dos frentes: el inmediato del caso y el preventivo. El caso dado debe ser atendido y valorado. La mejor ayuda sería una que trate de normalizar el malestar, situándolo en el contexto de las circunstancias y cambiar estas en lo posible, en vez de centrarse en explorar sentimientos y supuestos traumas, lo que no dejaría de ser una forma más de “mirarse el ombligo”.

Con miras a la prevención –pensando ya en las generaciones futuras–, sería hora de revisar la educación sobreprotectora y la cultura clínica que tiende a patologizar problemas inherentes a la vida sin tratar de cambiar la sociedad.

Una cosa es segura: la solución no pasa por más psicólogos y psiquiatras, que siempre serán pocos.


Este artículo se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la Generación Alfabeta.


The Conversation

Marino Pérez Álvarez colabora con Telos, la revista que edita Fundación Telefónica.

ref. La salud mental de los adolescentes: un síntoma de una sociedad vulnerable – https://theconversation.com/la-salud-mental-de-los-adolescentes-un-sintoma-de-una-sociedad-vulnerable-261228

Mario Vargas Llosa y Carmen Martín Gaite: el premio literario que revolucionó la literatura en español

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Nila Martínez Díaz, Profesor Acreditado Contratado Doctor Filología Hispánica, Universidad Villanueva

Branko Devic/Shutterstock/Librería Nobel/Wallapop

En 1962, Mario Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros. Carmen Martín Gaite, con su novela Ritmo lento, quedó finalista.

En 2025, cuando conmemoramos el centenario de la escritora salmantina y tenemos reciente la muerte del Premio Nobel, nos detenemos en este instante clave de la historia de la literatura hispánica en el siglo XX para intentar entender cómo se construyó el canon de la novela española contemporánea.

Un nuevo galardón

Carlos Barral creaba en 1958 el Premio Biblioteca Breve. El poeta y editor decidió instaurar este galardón para potenciar el enfoque innovador, experimental y transgresor del catálogo de la editorial.

Como él mismo explicó, el premio se otorgaría a una novela que “debía contarse entre las que delatan una auténtica vocación renovadora o entre las que se presumen adscritas a la problemática literaria y humana estrictamente de nuestro tiempo”.

Esta apuesta modernizadora implicaba no pocos riesgos que Barral supo afrontar con el coraje y el pragmatismo necesarios para conseguir posicionar al galardón como uno de los más relevantes de la literatura en lengua española.

Sin saberlo, estaba contribuyendo al desarrollo del denominado boom latinoamericano.

La novela rompedora

Imagen de un hombre hablando.
Mario Vargas Llosa en 1988.
Universitätsarchiv St.Gallen / Regina Kühne, CC BY-SA

Cuatro años más tarde, un joven y desconocido escritor peruano se hizo con el premio. Se llamaba Mario Vargas Llosa. Aunque no tenía a sus espaldas más que unos cuantos ensayos y algún que otro ejercicio de crítica literaria, su novela, breve y corrosiva con la tradición, no podía maridar más y mejor con los presupuestos del premio Biblioteca Breve. La ciudad y los perros era un artefacto literario ambicioso y agresivo, estructurado sobre el desafío del fragmento y marcado a fuego por la denuncia de la violencia institucional.

Premiando este relato, Barral perseguía la publicación de una nueva narrativa hispánica, emisaria de los vientos renovadores que soplaban desde América Latina y que entraba sin miedos ni complejos en dialéctica con las vanguardias europea y norteamericana. Laurear a Vargas Llosa significaba apostar por ese boom que ya alboreaba.

La cuestión es ¿por qué se otorgó el segundo puesto a Ritmo Lento? ¿Qué lugar quedaba para una novela diametralmente opuesta al relato ganador?

Dos formas de sacudir la literatura

La ciudad y los perros y Ritmo lento no pueden ser novelas más distintas. La primera está ambientada en un colegio militar de Lima y, gracias a una estructura narrativa fragmentaria, el relato despliega ante el lector una constelación de voces que articulan una feroz crítica a las instituciones autoritarias. Por la profundidad psicológica de sus personajes, por su violencia real y simbólica y por su voluntad de ruptura formal, heredada de su maestro William Faulkner, Vargas Llosa llegaba para plantearnos una historia dura y valiente contada de una forma distinta.

Una mujer con abrigo y boina mira a la cámara.
Carmen Martín Gaite en la presentación del libro La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa, en 1995, en Casa de América.
Casa de América/Flickr, CC BY-NC-ND

Por el contrario, Carmen Martín Gaite se adentraba con Ritmo lento en la conciencia de un anciano que, desde la reclusión de un psiquiátrico, hacía balance de su existencia. La novela utiliza la introspección como motor narrativo para proponer al lector una narración focalizada en el tiempo interno del personaje, en la estela de Virginia Woolf en La señora Dalloway –de la que Martín Gaite sería, por cierto, traductora al español– o Italo Svevo en La conciencia de Zeno.

Focalizada en la subjetividad, el monólogo interior y la atención por el detalle, la novela de Martín Gaite no parecía encajar, a priori, en los estándares marcados por Barral. Sin embargo, era una provocación para el establishment literario de la época y, quizás por ello –debió pensar Barral– merecía quedar finalista.

Porque el de Martín Gaite era también un texto escrito para subvertir, desafiar y turbar. De hecho, ella y su amigo Luis Martín Santos fueron los primeros escritores españoles en disputarle la supremacía al realismo imperante de la narrativa española de posguerra. Tiempo de silencio y Ritmo Lento constituyen “dos intentos aislados por volver a centrar el relato en el análisis psicológico de un personaje”, como la escritora escribió en su “nota” a la tercera edición de la novela. Leída desde hoy, Ritmo Lento representa una apuesta igual de bizarra que la de Vargas Llosa, pero menos sobresaliente.

El jurado premió la potencia narrativa de la obra del peruano. Pero otorgando a Martín Gaite ese segundo lugar lo que estaba poniendo sobre el tapete de la historia literaria no era solamente una elección estética, sino dos formas de estar y de pensar en la literatura.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.


Rescatar el instante

Volver la vista al palmarés del Biblioteca Breve de 1962 no es un ejercicio de arqueología literaria. Es también la interpretación de un momento literario que marcaría los destinos de la literatura hispánica contemporánea.

Para Vargas Llosa constituyó el pistoletazo de salida para una carrera que le conduciría al Nobel. Para Martín Gaite, en cambio, fue el espaldarazo necesario para continuar escribiendo desde los márgenes y con una fidelidad inquebrantable hacia lo narrado en voz baja.

Ahora podemos interpretar ese momento como una intersección en las trayectorias de dos grandes de la narrativa hispánica. O, lo que es lo mismo, dos modos simbólicos de entender la literatura.

The Conversation

Alicia Nila Martínez Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Mario Vargas Llosa y Carmen Martín Gaite: el premio literario que revolucionó la literatura en español – https://theconversation.com/mario-vargas-llosa-y-carmen-martin-gaite-el-premio-literario-que-revoluciono-la-literatura-en-espanol-260871

“Yo no bebo mucho, bebo lo normal”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorena Botella-Juan, Investigadora posdoctoral en el Área de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de León

View Apart/Shutterstock

Es muy posible que el título de este artículo le sea familiar. Quizá alguna vez haya estado en una conversación con personas de su entorno y al sacar a relucir el tema del alcohol usted o un conocido ha dicho algo como: “Bueno, a ver, que yo tampoco bebo mucho, bebo lo normal”. O puede que algo del tipo: “Yo, si eso, me bebo unas cañas el fin de semana con los colegas. Y si se lía la cosa, pues igual algo más. Es lo normal, ¿no?”.

Pero realmente, ¿puede ser normal beber alcohol, considerando que se trata de una sustancia adictiva? Según la Real Academia de la Lengua Española, una de las acepciones de “normal” es: “Dicho de una cosa que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”. Si consideramos las normas sociales de España, donde el alcohol es una droga legal y donde el 72,9 % de la población de más de 15 años lo ha probado alguna vez; y teniendo en cuenta que uno de los principales motivos para consumir es socializar, pues entonces sí: beber unas cañas el fin de semana es totalmente normal.

Lo que dice la estadística

Pero si nos ponemos rigurosos, debemos recurrir a algo más científico. Tomándome algunas licencias, voy a emplear un concepto estadístico que nos encanta a los epidemiólogos: la distribución normal.

La distribución normal se representa con una curva en forma de campana simétrica y la suelen describir muchas características físicas (peso, altura) y biomédicas (tensión arterial, glucosa en sangre) en las poblaciones. Nos dice que la media (la suma de todos los valores entre el total de valores) de una variable o medida (por ejemplo, el peso corporal de un grupo de personas) está en el centro.

Esquema de la distribución normal.
Lorena Botella Juan

Para establecer dicha distribución, también necesitamos conocer la desviación estándar (DE), que se calcula con una fórmula menos amigable y nos da una idea de lo dispersos que están los datos respecto a la media. Este segundo parámetro estadístico nos indica que el 68 % de los valores estarán a 1 DE de la media y el 95 %, a 1,96 DE. Así, la mayoría personas se agrupará en la zona central con valores cercanos a la media, y poco a poco se irán dispersando hacia los extremos, donde menos individuos tendrán valores poco frecuentes.

Pero esto… ¿qué tiene que ver con el alcohol?

De acuerdo con los datos de la encuesta Europea de Salud en España en 2020, el 65,4 % de los españoles había bebido alcohol en el último año (74,6 % de hombres y 56,8 % de mujeres). Entre los datos de esta encuesta también encontramos la media (11,98 gramos) y la DE (11,40 gramos) del consumo diario de alcohol de personas que beben al menos un día a la semana. Considerando esos valores podemos simular la distribución normal del consumo diario de alcohol en España.

Para ponernos más en situación, el Ministerio de Sanidad indica que 10 gramos de alcohol son una unidad de bebida estándar (UBE). Esto equivaldría a un chupito, media copa de vino o una caña. Si miramos nuestra distribución normal, la media de consumidores beben más o menos una UBE al día (11,98 gramos). Entonces, es probable que muchas personas españolas que toman una cañita al día entren dentro de nuestra normalidad. Efectivamente: beben lo normal. Sin embargo, ¿nos interesa ser normales?

No hay consumo sin riesgo

Pues la verdad es que, en este caso, no: lo normal no tiene por qué coincidir con lo saludable. Que el consumo de alcohol en España esté tan normalizado (o más bien banalizado) no quiere decir que no sea perjudicial. Actualmente, la evidencia científica y la propia Organización Mundial de la Salud lo tienen claro: “Ninguna forma de consumo de alcohol está exenta de riesgos”.

Ahora bien, tampoco todas las formas de consumo producen el mismo impacto en salud. Un consumo de “bajo riesgo” sería una UBE para mujeres al día y dos para los hombres (las mujeres y los hombres no toleran igual el alcohol por sus diferencias corporales, pero este es otro tema). Aunque el alcohol es un tóxico, en pequeñas dosis nuestro sistema hepático y otros pueden detoxificarlo correctamente, haciendo que no suframos tanto. No obstante, esto se complica si caemos en patrones de “alto riesgo”.

Atracones con consecuencias

¿Qué cree que es peor, tomar todos los días una bebida o beber un solo día muchas bebidas? Seguro que también le suena la frase: “No, hombre, si yo solo bebo los fines de semana”. Bueno, pues lo importante es cómo bebemos. Y eso implica qué cantidad ingerimos y con qué frecuencia lo hacemos.

De esta forma, beber solamente un día a la semana, pero hacerlo en atracón (conocido como binge drinking), tomando muchas bebidas (5 para hombres y 4 para mujeres) en un corto periodo de tiempo, ocasiona un grandísimo impacto negativo en la salud. Nuestro cuerpo no puede con tanta intoxicación repentina y, además, se agravan las consecuencias (daños a terceros, posibles caídas, riesgo de coma etílico y un larguísimo etcétera).

Así que las personas que están más a la derecha de la curva normal y beben más que la media –aunque sean menos numerosas– o aquellas cuyo consumo medio semanal se ajusta a la normalidad, pero lo hacen en forma de atracón, se encuentran en un alto riesgo para su salud, incluido el de adicción al alcohol. Recordemos que es una sustancia que causa 15 000 muertes al año en España.

En conclusión, cuando vuelva a escuchar que alguien “bebe lo normal”, seguramente tenga razón, pero lo normal, en el caso del alcohol, es perjudicial para la salud. Así que… ¿prefiere ser normal o estar sano?

The Conversation

Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

ref. “Yo no bebo mucho, bebo lo normal” – https://theconversation.com/yo-no-bebo-mucho-bebo-lo-normal-260979

¿Cómo medir si un barrio es acogedor? La respuesta la tienen los vecinos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Leandro Ferrón, Investigador científico, Universidad de Deusto

Para muchos especialistas, la sostenibilidad urbana es un sueño cargado de tecnologías disruptivas e imágenes futuristas: autos eléctricos y autónomos, edificios que autorregulan su temperatura o drones que entregan pedidos a domicilio.

Pero cuando se trata de preguntar a los residentes sobre sus preferencias, las respuestas se enfocan más en cuán agradable y confortable les resulta su barrio que en las prioridades establecidas por expertos técnicos y urbanistas.

Justo de eso trata un proyecto de investigación reciente ejecutado en Europa bajo el nombre Advanced Energy Performance Assessment towards Smart Living in Building and District Level (SmartLivingEPC). Esta iniciativa propone un giro hacia lo local y lo participativo mediante el desarrollo de un marco de evaluación urbana novedoso que busca medir qué tan “acogedor” es un barrio desde la mirada de quienes viven allí. Es decir, que pone en primer plano las preferencias y necesidades cotidianas de los vecinos frente a las soluciones tecnológicas más complejas y, muchas veces, alejadas de la vida diaria.




Leer más:
¿Cómo podemos medir la sostenibilidad de la ciudad donde vivimos?


Prioridades de los vecinos frente a las técnicas

Pero ¿por qué necesitamos un enfoque diferente de la sostenibilidad urbana? La mayoría de los instrumentos que actualmente usamos para evaluarla, como las certificaciones internacionales LEED o BREEAM, buscan aplicar marcos con la mirada más amplia posible, incluyendo aspectos técnicos, ambientales, de gobernanza y sociales. Sin embargo, la importancia que se le da a cada uno de estos aspectos en la calificación final está en todos los casos predefinidos por expertos, casi ignorando las prioridades reales de los residentes.

Esto genera un escenario en el que las intervenciones tecnológicas o normativas se presentan como ideales desde las perspectivas de la ingeniería o la gestión pública, pero no responden a la pregunta ¿pueden estas soluciones garantizar la calidad de vida de quienes habitan el barrio? Y menos a una: ¿están alineadas con la cultura, la identidad o las aspiraciones de los vecinos para facilitar su adopción?

Para abordar estas preguntas, investigadores de la Universidad de Deusto llevamos a cabo un estudio en el que participaron cerca de 600 personas de 18 países europeos, lo que permitió obtener una visión representativa y diversa de preferencias comunitarias. El objetivo residía en identificar mediante una encuesta qué aspectos eran realmente importantes para los residentes no especializados.




Leer más:
La ciudad no termina en la superficie: el papel del suelo en la sostenibilidad urbana


Participación ciudada: clave de la sostenibilidad urbana

Los resultados evidenciaron una clara diferencia entre las opiniones de los expertos y de los vecinos con respecto a qué aspectos son prioritarios para mejorar la comodidad urbana. Mientras los especialistas valoran más tecnologías avanzadas, como infraestructura para vehículos eléctricos o sistemas inteligentes de gestión energética, los residentes prefieren aspectos más concretos e inmediatos, como la proximidad a servicios esenciales como centros médicos, escuelas y transporte público, la calidad del aire y la eficiencia energética de las viviendas.

Sin lugar a duda, el aporte más relevante de esta investigación es la premisa de que no hay transición energética posible si no es a través de la participación ciudadana.




Leer más:
¿Cómo rediseñamos las ciudades surgidas del ‘boom’ inmobiliario?


El desafío de la transición hacia ciudades de cero emisiones

Según el equipo de investigación, esta metodología convocante e inclusiva garantiza la incorporación de un aspecto tan relegado como la identidad colectiva en las políticas de planificación urbana europea, en un contexto marcado por iniciativas ambiciosas como el European Green Deal, el Fit55 o la New European Bauhaus, que buscan activamente transformar ciudades y barrios en lugares más sostenibles, inclusivos y bellos.

El gran reto de la transición hacia ciudades de cero emisiones para el 2030 ya no se basa en tecnología, sino las fórmulas para lograr la aceptación por parte de la ciudadanía de iniciativas sostenibles. Esta nueva propuesta metodológica aborda de lleno el desafío, proponiéndonos centrar nuestros esfuerzos en profundizar valores como el sentido de pertenencia y de co-responsabilidad ciudadana en el diseño de barrios, apuntando a la construcción de comunidades más comprometidas y accionadas hacia la transición tanto energética como ecología.

The Conversation

Leandro Ferrón recibe fondos del Programa Horizon y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto.

Aitziber Mugarra recibe fondos del Programa Horizon Europe y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto. Las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA). Ni la Unión Europea ni la autoridad que concede la subvención se responsabilizan de ellas.

Cruz Enrique Borges has received funding from the European Union’s Horizon Europe research and innovation programme under grant agreement No 101069639. The views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or European Climate, Infrastructure and Environment Executive Agency (CINEA). Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.

Oxana Soimu recibe fondos del Programa Horizon Europe y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto. Las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA). Ni la Unión Europea ni la autoridad que concede la subvención se responsabilizan de ellas.

ref. ¿Cómo medir si un barrio es acogedor? La respuesta la tienen los vecinos – https://theconversation.com/como-medir-si-un-barrio-es-acogedor-la-respuesta-la-tienen-los-vecinos-259644

¿Cómo de fuerte es la interacción fuerte que evita que nos desintegremos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Llorente Merino, Investigador en Física de Partículas, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)

Canal de Gravelines (1890), del pintor francés Georges Seurat, fundador del neo-impresionismo (o puntillismo), técnica que “desintegra” la realidad en pequeños puntos. Wikiart/Georges Seurat, CC BY

La interacción fuerte es la responsable de la estabilidad de la materia. O sea, de que nosotros mismos, con todo lo que nos rodea, no nos desintegremos. Hablamos de la más intensa de las cuatro interacciones fundamentales de la naturaleza. A distancias muy pequeñas, es aproximadamente 100 veces más intensa que la fuerza electromagnética, unas 106 veces mayor que la fuerza débil y 1038 veces más fuerte que la gravedad que nos sujeta a la Tierra y construye el universo tal y como lo conocemos.

La interacción fuerte se conoce bastante bien, pero no con total exactitud. Para investigarla, los físicos nucleares han llevado a cabo cientos de experimentos a lo largo de los años. Y las últimas medidas tomadas en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN, han cuantificado con gran precisión la intensidad de la interacción fuerte a energías cada vez más altas. Del orden de 7 teraelectronvoltios, y subiendo.

La distancia importa

Su acción sobre las partículas elementales que componen el núcleo atómico, quarks y gluones, depende en gran medida de la distancia entre esas partículas: su intensidad aumenta a medida que se separan en el espacio y se desvanece en las distancias cortas. La explicación de esta propiedad, conocida como “libertad asintótica”, valió un premio Nobel en 2004.

La interacción fuerte es tan intensa que las distancias necesarias para que deje de operar resultan realmente inalcanzables. Nunca llega a ser cero, de ahí el término libertad asintótica (una curva que se aproxima indefinidamente a una recta o a otra curva, sin llegar a encontrarse con ella). Y justamente por ser “asintótica”, aún hoy se sigue explorando a distancias cada vez más cortas.

La otra cara de la misma moneda es el efecto de “confinamiento”. Cuando dos quarks se separan lo suficiente entre sí, la energía aumenta lo suficiente como para crear nuevos quarks que, inmediatamente, se asocian a los primeros. Esto conlleva que estas partículas no se puedan observar de forma aislada sino “confinadas” en grupos de dos o más quarks llamados hadrones.

Como la cuerda de una guitarra

Así como una cuerda de guitarra más corta produce notas más agudas (mayores frecuencias), explorar distancias más pequeñas entre partículas requiere energías mayores, ya que la resolución espacial en física cuántica está limitada por el principio de incertidumbre. Es por esto que, para estudiar las interacciones a muy corta distancia, necesitamos colisionadores de muy alta energía. El más potente jamás construido, el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) de Ginebra, sigue recogiendo datos cada vez más precisos sobre el comportamiento de las interacciones fundamentales. Y resulta que, toda vez que se comparan con la teoría, se ajustan a ella con sorprendente exactitud.

Los chorros de hadrones

Las medidas experimentales de los procesos que tienen lugar en el LHC consisten, a menudo, en determinar la probabilidad de que ocurran en función de ciertas variables.

Ejemplos de estas variables serían la energía o el momento de las partículas que podemos observar en nuestros experimentos. Sin embargo, ya hemos visto cómo los quarks (y gluones) están afectados por la propiedad del “confinamiento”.

Esto implica que cuando una de estas partículas se crea tras una colisión en el LHC, lo que se observa no es una partícula aislada, sino un chorro que arrastra decenas de partículas distintas que han perdido la capacidad de interactuar fuertemente entre ellas.

El estudio de las propiedades de estos chorros de hadrones (llamados jets en inglés) proporciona una de las maneras más directas de estudiar la interacción fuerte.

Chorro de hadrones (jet) resultante tras colisionar haces de protones en el experimento CMS del CERN.
Quantumdiaries, CC BY

El parámetro más fundamental de la física de partículas

La cromodinámica cuántica, QCD por sus siglas en inglés, es la teoría que describe la interacción fuerte. Contiene un parámetro, la constante de acoplamiento αs, que cuantifica cómo de intensa es esta interacción. Es decir, define la probabilidad de que dadas dos partículas a cierta distancia, interaccionen fuertemente dando lugar a otras.

Las sucesivas potencias de este parámetro, posiblemente el más fundamental de la física de partículas, permiten describir matemáticamente la teoría con diferentes grados de aproximación. Cada uno de estos grados, llamados “órdenes perturbativos”, va apilándose sobre los anteriores como bloques de piedra en una catedral, permitiéndonos acercarnos de forma cada vez más precisa a la verdad: las distribuciones de probabilidad que podemos medir experimentalmente.

Dos resultados clave en 20 años de trabajo

Basándose en medidas del ángulo entre las direcciones de producción de chorros hadrónicos, la colaboración o experimento ATLAS del LHC publicó en 2023 una de las medidas más precisas hasta la fecha de la constante de acoplamiento αs. Esta constante se determinó en el rango de energía de varios teraelectronvoltios. Esto equivale a escalas de distancia miles de veces más pequeñas que el radio de un protón, entre 0,87 y 0,88 femtómetros (1 femtómetro son 10-15 m), mientras que los nuevos resultados lo reducen a 0,84 femtómetros.

Una de las claves de la enorme precisión obtenida fue el uso de predicciones teóricas a tercer orden en cronodinámica cuántica. Para que estos desarrollos se materializaran, fueron necesarios veinte años de intenso trabajo teórico desde la publicación previa del cálculo a segundo orden. Además, hicieron falta decenas de millones de horas de cálculo paralelo por computador para obtener la predicción. Tal es la envergadura de la tarea.

Algo más recientemente, a finales de 2024, un grupo de físicos de cinco países ha publicado el estudio de la intensidad de la interacción fuerte con mayor alcance hasta la fecha. En este estudio se ha determinado la constante de acoplamiento a escalas de energía un 70 % más altas que las obtenidas previamente en la colaboración ATLAS, gracias a la combinación de distintas medidas experimentales.

Estas medidas, que combinan resultados a tres energías de colisión protón-protón en dos experimentos distintos, cuantifican la probabilidad de producir dos chorros hadrónicos en diferentes condiciones. La comparación de estos datos con la mejor aproximación teórica de la que se dispone, a tercer orden, permite determinar la intensidad de la fuerza fuerte a distancias tan pequeñas que no habían sido accesibles hasta ahora.

Medir la interacción fuerte para buscar nueva Física

Comprender con precisión la interacción fuerte es una de las claves de la física de partículas a día de hoy y cada vez somos capaces de alcanzar resultados más precisos en condiciones más extremas.

De momento la teoría se sigue ajustando con enorme precisión a los datos experimentales, pero al adentrarnos en territorio inexplorado podría dejar de ser así. Si, eventualmente, se encontrasen desviaciones suficientemente grandes entre la teoría y los datos podríamos estar ante el descubrimiento de nuevas partículas desconocidas. Estas nuevas partículas hipotéticas, necesariamente muy pesadas, se acoplarían a los quarks y gluones ya conocidos a través de la interacción fuerte, provocando tales desviaciones.

Sólo realizando experimentos más precisos a energías más altas se podrá seguir arrojando luz sobre estas cuestiones. Entre tanto, no vamos a desintegrarnos, ni nosotros ni el universo.

The Conversation

Javier Llorente Merino recibe fondos del programa de Atracción de Talento de la Comunidad de Madrid.

ref. ¿Cómo de fuerte es la interacción fuerte que evita que nos desintegremos? – https://theconversation.com/como-de-fuerte-es-la-interaccion-fuerte-que-evita-que-nos-desintegremos-259473