¿Cuál era la condición física de Michael Jackson en los últimos días de su vida?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

Fotograma del documental _This is it_. Sony Pictures

El estreno de Michael, el biopic dirigido por Antoine Fuqua y protagonizado por Jaafar Jackson, vuelve a poner en circulación una vieja pregunta: ¿cómo era, en términos físicos, la vida cotidiana de Michael Jackson?

Ahora que el cine revive su legado, vuelve el interés por examinar no solo el mito, sino los datos concretos sobre su condición física en sus últimos años; especialmente en 2009, el año que falleció, cuando preparaba su regreso con la gira This Is It. En ese momento, el artista mantenía una actividad física exigente y una dieta relativamente ligera, al tiempo que vivía con una calidad de vida profundamente deteriorada por el insomnio y la medicalización.

No era un hombre incapacitado

La primera paradoja radica en la condición física de Michael Jackson en 2009: no era, según la documentación forense, un hombre ni mucho menos incapacitado. La autopsia oficial, realizada tras su muerte el 25 de junio de ese año, reveló que medía aproximadamente 175 centímetros y pesaba 62 kilogramos, un índice de masa corporal de alrededor de 20,1 kg/m², dentro de un rango considerado aceptable.

El documento no afirma que sus músculos mostraran, por ejemplo, “signos de vigor” ni diagnostica de forma expresa desnutrición severa. Lo que sí indica es que presentaba muy poca grasa subcutánea abdominal, un dato consistente con una complexión delgada y con escasas reservas grasas. En otras palabras, la autopsia no dibuja un cuerpo atlético en sentido estricto, pero tampoco uno terminal o físicamente colapsado.

El informe forense del Condado de Los Ángeles fue aún más revelador: Michael estaba realizando “ejercicio extenuante diario” como preparación para los conciertos programados. Este detalle no es anécdota: refleja una rutina que incluía horas de baile, coreografías complejas y acondicionamiento cardiovascular. Esto coincide perfectamente con los que se puede ver en los ensayos de This Is It, capturados en vídeo y presenciados por el equipo técnico.

La agencia Reuters y otros medios recogieron el testimonio del fotógrafo Kevin Mazur, quien lo retrató menos de 48 horas antes de su muerte. Mazur lo describió como alguien “lleno de energía”, alegre, interactuando con el equipo y capaz de ensayar alrededor de una docena de canciones con pausas breves solo para ajustar música, luces y coreografía. Las imágenes de esos días muestran a un artista delgado, sí, pero funcional: saltos precisos, giros rápidos y una presencia escénica intacta.

Estimaciones sobre su gasto energético diario

¿Qué significa eso en términos de gasto energético? Aunque no hay datos personalizados, sí es posible hacer una estimación con herramientas estándar de fisiología del ejercicio. El Compendio de Actividades Físicas asigna 5 MET (1 MET equivale al consumo de aproximadamente 1 kcal por hora por cada kg de peso corporal) a ensayos de danza moderna, jazz o ballet, y 6,8 MET a actuaciones escénicas vigorosas.

Un cálculo razonable situaría su gasto energético total diario en torno a 2 800-3 100 kcal durante los ensayos intensos de This Is It. Esa cifra resulta de sumar un gasto basal de unas 1 470 kcal, el coste de la actividad física derivado de varias horas de ensayo y baile, y la termogénesis inducida por la dieta, estimada en torno al 10 % del gasto basal. En jornadas especialmente exigentes, el total podría acercarse incluso a 3 300 kcal diarias.

Dieta: controlada pero insuficiente para el desgaste

Su dieta no parece la de una estrella entregada al exceso en esos últimos meses, sino la de alguien intentando llegar ligero y funcional a los ensayos. Su chef personal, Kai Chase, explicó que el patrón general era de comidas frescas y relativamente ligeras. La mañana podía empezar con bebidas de fruta, granola y almendra, mientras que para el almuerzo o la cena había ensaladas con pollo o atún sellado. La lógica parecía clara: sostener la energía sin pesadez.

Ese tipo de alimentación encaja con las exigencias de un artista cuyo instrumento de trabajo era el cuerpo entero. El estilo de Jackson dependía de coordinación, velocidad, control postural y resistencia para cada uno de los conciertos. En ese contexto, una dieta ligera podía favorecer el rendimiento escénico, aunque también resulta plausible que fuera escasa para compensar un gasto físico elevado y una situación de estrés crónico.

La autopsia añade aquí un matiz importante. No permite reconstruir una última comida concreta ni identifica alimentos específicos en el estómago. Lo que sí indica es que el estómago contenía 70 gramos de líquido oscuro, y que en el contenido gástrico se detectaron propofol y lidocaína, dos compuestos anestésicos.

La fragilidad subyacente: insomnio y medicalización

Aquí emerge la segunda paradoja, más trágica: tener capacidad de rendimiento no equivale a tener buena calidad de vida. La misma documentación forense que muestra a Jackson en preparación física activa también apunta a una situación profundamente precaria. Según el relato del forense del condado de Los Ángeles, que recoge información comunicada por el detective S. Smith, Jackson se había quejado de deshidratación y de no poder dormir. La autopsia concluyó que la causa de la muerte fue intoxicación aguda por propofol, a lo que contribuyó la ingesta de benzodiacepinas.

Conviene ser precisos. La autopsia no demuestra anatómicamente una “deshidratación severa”, pero sí incorpora la referencia a esa queja en la reconstrucción del caso. Y tampoco habla de un estómago en el que solo hubiera píldoras, sino de un líquido oscuro con presencia de propofol y lidocaína. Más que una escena de alimentación normal o recuperación física, el informe dibuja la de un organismo profundamente atravesado por la farmacología.

El contraste es clave para entender su final. Un individuo puede conservar aptitud escénica (bailar, ensayar, responder al trabajo coreográfico) y, al mismo tiempo, vivir en un equilibrio muy precario. Michael parecía mantener la capacidad de ejecutar trabajo físico exigente, pero estaba atrapado en una dinámica de insomnio, dependencia farmacológica y presión profesional que comprometía seriamente su bienestar.

El cuerpo detrás del mito

Visto así, el caso del cantante ofrece una lección más amplia sobre la cultura del rendimiento. Tendemos a interpretar delgadez, energía visible y capacidad de trabajo como sinónimos de salud. Pero la evidencia disponible sugiere algo más complejo: en sus últimos días convivían un entrenamiento real, una alimentación aparentemente cuidada y una fragilidad extrema. El cuerpo que aún podía ensayar era también un cuerpo sometido a una gran tensión fisiológica y farmacológica.

Por eso, quizá el dato más revelador no sea cuántas calorías gastaba Michael Jackson al día, una cifra que nunca conoceremos con precisión, sino la contradicción que encarnaba: la de un artista capaz de parecer invencible mientras su vida cotidiana se volvía cada vez más vulnerable. Su caso recuerda que la excelencia escénica puede convivir con un deterioro silencioso.

Y es que, a veces, el mito oculta precisamente aquello que más convendría mirar: el coste humano de sostener durante décadas la obligación de ser extraordinario.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cuál era la condición física de Michael Jackson en los últimos días de su vida? – https://theconversation.com/cual-era-la-condicion-fisica-de-michael-jackson-en-los-ultimos-dias-de-su-vida-281059

Un “lobo solitario” asalta la pirámide sagrada de Teotihuacán y siembra el terror en vísperas del Mundial 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

El ataque armado registrado después del mediodía del 20 de abril en la Pirámide de la Luna de la zona arqueológica de Teotihuacán no solo deja un saldo trágico –dos fallecidos, una ciudadana canadiense y el agresor, y 13 heridos–. También fractura la narrativa de seguridad que México ha intentado proyectar de cara a la Copa del Mundo FIFA 2026, que inicia en menos de dos meses.

Este hito sangriento no fue perpetrado por las estructuras previsibles del crimen organizado, sino por un “lobo solitario”. Un hecho que marca una transición inquietante en la percepción social de la violencia: el paso del “narcocrimen” territorial al terrorismo de masas aleatorio.

Santuario de identidad

Teotihuacán no debe entenderse meramente como un activo turístico, sino como un locus religiosus y político que ha sobrevivido milenios. Cuando la violencia alcanza la Pirámide de la Luna, no solo se dañan las estructuras físicas: se profana un santuario de la identidad. No en vano, Teotihuacán, en lengua nahua, quiere decir “lugar donde se hacen los dioses”. Y, como explica Eduardo Matos Moctezuma, representa el origen de “toda una serie de manifestaciones que tendrán presencia definitiva en sociedades posteriores”.

El Estado mexicano ha operado bajo la premisa de que los recintos arqueológicos son zonas de excepción, protegidas por un respeto tácito y una vigilancia especializada del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Este organismo, del que dependen 194 zonas arqueológicas y el Museo Nacional de Antropología, premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025, ha emitido un escueto comunicado anunciando el cierre de Teotihuacán “hasta nuevo aviso”.

El simbolismo de la vulnerabilidad

Teotihuacán es el segundo sitio arqueológico más visitado de México y un baluarte del patrimonio mundial. Según la UNESCO, la integridad de un sitio de esta categoría no se limita a su conservación material, sino a su función como espacio de diálogo y paz.

Al transformarse en un escenario de crimen, el enclave pierde su valor de uso social y se convierte en un símbolo de la pérdida de control simbólico del territorio. El daño trasciende lo humano para convertirse en un golpe al corazón de la identidad nacional.

Si el Estado no puede garantizar la paz en “el lugar donde los hombres se convierten en dioses”, la percepción de ingobernabilidad se extiende a todo el territorio nacional.

Históricamente, la violencia en México ha sido interpretada bajo la lente de la “nota roja”, como se conoce popularmente a la información sobre sucesos, y el enfrentamiento entre carteles. La irrupción de un tirador masivo en un recinto sagrado rompe la burbuja de seguridad del turista.

El visitante ya no teme quedar atrapado en un fuego cruzado entre bandas; ahora teme ser el blanco directo de una patología social atomizada, similar a los fenómenos vistos en centros comerciales, lugares de culto o escuelas de Estados Unidos.

La mutación del miedo: Del “narcocrimen” al “lobo solitario”

La literatura sociológica contemporánea expone y sugiere que México enfrenta una violencia fruto de patrones relacionales que se teje en las interacciones de vida cotidiana. Un modelo que se normaliza y se socializa a través de los vínculos comunitarios y las dinámicas institucionales.

Esta visión de la violencia relacional conecta con el narcotráfico, cuyas motivaciones son económicas y territoriales. En cambio, el “lobo solitario” busca el máximo impacto mediático y el colapso simbólico. Por ello, la transición del “narcocrimen” al “lobo solitario” representa un cambio de paradigma en la criminología mexicana.

Mientras que el “narcocrimen” suele seguir una lógica de mercado (territorialidad, rutas, ajustes de cuentas), la figura del tirador masivo o “lobo solitario” se rige por la anomia y la búsqueda de una catarsis mediática a través del terror. La violencia aleatoria lleva más allá la frontera de ese terror. El “lobo solitario” es impredecible y ataca en los momentos de mayor esparcimiento. Un quiebre en la percepción del turista internacional, que había aprendido, erróneamente o no, a navegar la realidad de países con crimen organizado evitando zonas de conflicto u horarios de riesgo.

Esta vulnerabilidad aleatoria es psicológicamente más devastadora que el crimen focalizado, ya que anula cualquier estrategia de prevención individual, generando un sentimiento de desamparo que ahuyenta incluso al viajero más experimentado. Pasamos de una violencia con motivo a una violencia con mensaje, donde el mensaje es que nadie está a salvo.

El cisne negro del Mundial 2026

Esta transición es crítica para la percepción pública. Mientras que la sociedad mexicana ha desarrollado mecanismos de resiliencia (y a veces normalización) ante el crimen organizado, no tiene defensas psicológicas contra el asesinato en masa impredecible en sitios de ocio y cultura.

En la teoría del riesgo, un cisne negro es un evento sorpresivo de gran impacto que, a posteriori, se intenta racionalizar. El tiroteo en Teotihuacán es precisamente eso para la Copa del Mundo de fútbol 2026.

Con una derrama proyectada de 60,000 millones de pesos (cerca de 3.500 millones de dólares), la economía mexicana ha apostado gran parte de su crecimiento anual a este evento.

El peligro real no es solo el evento en sí, sino la reacción en cadena en la diplomacia consular. Países como Estados Unidos y Canadá, socios organizadores del Mundial, poseen sistemas de alertas de viaje altamente sensibles.

Un incidente en un sitio de interés mundial puede reclasificar a México en niveles de alerta que prohíben o desaconsejan el viaje a ciudadanos extranjeros, lo que activaría cláusulas de cancelación masiva en seguros de viaje y patrocinios.

Estamos ante la economía del miedo: un fenómeno donde el valor de un destino se desploma no por la falta de infraestructura, sino por la percepción de que el costo de la visita podría ser la vida.

Este fenómeno genera un terrorismo de baja intensidad que paraliza la movilidad social y, por ende, el flujo turístico.

Economía en riesgo

México, junto con Estados Unidos y Canadá, se prepara para la mayor cita deportiva de la historia, pero el turismo es una industria de percepciones. El impacto económico de un tiroteo en Teotihuacán no se limita a la cancelación de boletos para la zona arqueológica. Afecta a la marca país.

Si el Estado no puede garantizar la seguridad en un recinto custodiado por el INAH y fuerzas federales, surge la pregunta inevitable: ¿están seguras las sedes de la FIFA? La economía del miedo podría desviar el flujo de divisas hacia las sedes del norte, dejando a México con estadios llenos pero corredores turísticos vacíos.

Un llamado a la reflexión y al debate

Este hito sangriento obliga a las autoridades y a la sociedad a replantear los protocolos de seguridad de cara a 2026. No basta con blindar los estadios; es necesario proteger los nodos culturales que dan sentido a la visita del extranjero.

La seguridad en sitios de patrimonio mundial no debe ser vista solo como una medida policial, sino como una estrategia de defensa de la soberanía simbólica y económica.

¿Estamos ante el fin de la “excepcionalidad” de los sitios culturales mexicanos frente a la violencia? ¿Es este el inicio de una era donde el terrorismo individual eclipsará al crimen organizado como principal amenaza a la paz pública?

El debate está abierto, y la respuesta definirá no solo el éxito del Mundial 2026, sino el futuro de México como destino cultural global.

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Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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La mitad de una bolsa de patatas fritas es aire

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge E. Olmos Cornejo, Profesor de Ingeniería Agroindustrial, Universidad de Guadalajara

¿Qué secretos oculta una bolsa de patatas fritas? Bermix Studio / Unsplash. , CC BY-SA

Esa sensación de decepción al abrir una bolsa de patatas fritas y encontrarla a medias es una experiencia que une a consumidores de todo el mundo. Sin embargo, ese espacio vacío no es una estafa comercial, sino una precisa solución de ingeniería que garantiza que el producto llegue crujiente a su boca.

No es aire, es el “guardaespaldas” de su aperitivo

Aunque lo llamamos aire, las bolsas se inflan con nitrógeno. El aire común tiene mucho oxígeno y eso daña la comida, pues oxida las grasas de las patatas en pocos días.

El resultado de esa oxidación es un sabor rancio. Además, las patatas pierden su textura crujiente y se ablandan. Por eso, el nitrógeno, un gas inerte y que no reacciona con el alimento, es la solución perfecta. Su función principal no solo reside en desplazar al oxígeno, manteniendo el sabor original fresco durante meses, sino que también impide que crezcan microbios que necesitan aire para vivir.

El escudo invisible contra los golpes

Además de conservar el sabor, ese gas tiene una misión física vital: funciona como un cojín que protege el contenido durante el transporte. Las patatas fritas son extremadamente frágiles y se rompen con facilidad.

Piense en el viaje que realiza una bolsa, que pasa por camiones, almacenes, cajas y estantes de supermercado. Sin ese colchón de gas a presión, la bolsa se aplastaría, y en lugar de patatas enteras, usted recibiría un montón de migas y polvo.

Por eso, la bolsa suele verse tan inflada. No es para aparentar que hay más producto, sino para crear una cámara de seguridad. Ese espacio vacío permite que las bolsas se apilen sin que las patatas sufran daños.

Una bolsa de patatas posee delgadas capas superpuestas, cada una con una misión para proteger el contenido de la oxidación y la humedad.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

Más que una simple bolsa de plástico

El envase también es una pieza clave de tecnología. No se trata de una bolsa de plástico común como las que usamos para la basura: en realidad, se trata de una estructura formada por varias capas delgadísimas.

Cada capa tiene una función específica. Mientras que una impide que entre la humedad del ambiente para que las patatas no se ablanden, otra bloquea la luz del sol, evitando que las grasas se degraden por la iluminación.

La capa metálica brillante que vemos al abrir la bolsa suele ser aluminio, material que actúa como una barrera total contra el exterior. Gracias a esta ingeniería de materiales, el “guardaespaldas” de nitrógeno puede cumplir su misión durante meses.

Aprenda a leer la etiqueta: el peso es lo que cuenta

Es importante que el consumidor no se sienta engañado por el tamaño del envase. La ley obliga a los fabricantes a indicar claramente el contenido neto en la bolsa, un dato que representa el peso real del alimento que usted va a consumir.

El volumen extra de gas es un servicio de protección; no influye en el precio final del producto, que se calcula por gramos. Por eso, dos bolsas de diferentes marcas pueden parecer de distinto tamaño pero contener la misma cantidad.

Así que la próxima vez que vaya al supermercado, compare el peso neto de los envases. Verá que la cantidad de producto suele ser justa con lo que marca la etiqueta. El “aire” que tanto nos molesta es solo ingeniería trabajando para nosotros.

El peso de una bolsa de patatas –y no su tamaño– es lo que debemos mirar para saber qué cantidad de producto estamos comprando.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

El misterio de las bolsas que “explotan” en el avión

Quizás haya notado algo extraño al viajar en avión o al subir a una montaña con una bolsa de patatas: el envase parece estar a punto de reventar. Este fenómeno es una prueba física de la presión del gas en su interior.

A gran altura, la presión del aire exterior disminuye, mientras que la presión del nitrógeno dentro de la bolsa se mantiene igual. Esto hace que el envase se infle todavía más, como si fuera un globo.

Los ingenieros agroindustriales deben prever estos cambios de presión durante el diseño. Si la bolsa no fuera lo suficientemente resistente, se abriría durante el transporte en zonas altas. Es otra capa de ciencia invisible que garantiza que su snack llegue intacto.

El reto de reciclar un sándwich de materiales

Tanta tecnología tiene un precio para el medio ambiente. Como hemos visto, estas bolsas no son de un solo material, sino que conforman un sándwich de diferentes capas de plásticos y metales unidas entre sí.

Esta estructura multicapa dificulta mucho su reciclaje. Al estar los materiales tan pegados, las plantas de tratamiento comunes no pueden separarlos fácilmente.

Por eso, el siguiente gran reto de la ingeniería agroindustrial es diseñar envases más sostenibles. Se está trabajando en materiales que protejan igual de bien, pero que sean biodegradables o más sencillos de reciclar. Por otro lado, como consumidores, nuestra tarea es depositar siempre estos envases en el contenedor amarillo para fomentar su correcto tratamiento.

Ciencia invisible en su despensa

Como ingenieros, nuestro trabajo es garantizar que los alimentos no solo sean seguros, sino que mantengan su calidad desde la fábrica hasta su mesa. La agroindustria utiliza estas herramientas invisibles para que un producto tan frágil pueda disfrutarse en cualquier lugar y momento.

Así, detrás de cada bocado crujiente hay años de investigación en química de gases, física de materiales y logística industrial.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Cómo convertir los restos de uva en un filtro que limpia antibióticos del agua

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Salvador Cotillas Soriano, Profesor Titular de Universidad. Departamento de Ingeniería Química y de Materiales. Facultad de Ciencias Químicas, Universidad Complutense de Madrid

Los hospitales están diseñados para curar, aunque también generan un problema ambiental. En sus aguas residuales acaban restos de medicamentos que el cuerpo humano no ha metabolizado, junto con desinfectantes y otros productos químicos. Entre esos compuestos, hay antibióticos de última generación que, una vez liberados al medio ambiente, pueden tener consecuencias indeseadas.

Cuando estos fármacos alcanzan ríos y suelos, incluso en concentraciones muy bajas, pueden alterar las comunidades microbianas naturales. Este proceso favorece la aparición y la propagación de bacterias resistentes a los antibióticos, uno de los grandes retos sanitarios del siglo XXI. Por eso, reducir la presencia de estos compuestos en las aguas residuales no es solo una cuestión ambiental, sino también un problema de salud pública.

Uno de los antibióticos más preocupantes es el meropenem. Se trata de un fármaco que se utiliza en hospitales para tratar infecciones graves: en muchos casos, es la última opción terapéutica disponible cuando otros antibióticos han dejado de ser eficaces. Su valor clínico es incuestionable, pero también lo es su persistencia en el medio acuático: los tratamientos convencionales de depuración no siempre consiguen eliminarlo por completo antes de que el agua sea devuelta al entorno.

De residuo agrícola a aliado ambiental

En este contexto, nuestra investigación, dentro del grupo INPROQUIMA de la Universidad Complutense de Madrid y en colaboración con la Universidad Politécnica de Madrid, propone una solución basada en la economía circular. La idea es sencilla: convertir un residuo agrícola abundante en un material capaz de eliminar antibióticos del agua antes de que lleguen al medio ambiente.

El punto de partida son los raspones de uva, los restos leñosos del racimo que quedan tras la vendimia. En las regiones vitivinícolas, se generan grandes cantidades de este residuo cada año, cuyo aprovechamiento suele ser limitado. A menudo, se destina a compostaje o se desecha, pese a tratarse de una biomasa rica en carbono y con una estructura adecuada para aplicaciones ambientales.

La elección de los raspones de uva no es casual. Además de ser abundantes y locales, presentan características que los hacen especialmente interesantes para su transformación en materiales porosos. Al tratarse de un residuo vegetal lignocelulósico, puede convertirse mediante procesos relativamente simples en un material estable, con una estructura interna capaz de interactuar con distintos contaminantes. Esto permite desarrollar soluciones de bajo coste y menor impacto ambiental, sin recurrir a materiales sintéticos ni a procesos complejos.

A partir de los raspones de uva se produce biochar, un material carbonoso obtenido mediante pirólisis, es decir, calentamiento en ausencia de oxígeno. El biochar tiene una estructura porosa y una gran superficie interna, dos características clave para capturar contaminantes disueltos en el agua. Además, puede someterse a un proceso de activación suave que mejora aún más su capacidad de interacción con otras moléculas.

Atrapar antibióticos antes de que lleguen al río

El biochar obtenido a partir de residuos de uva presenta propiedades especialmente adecuadas para atrapar antibióticos como el meropenem. Pero más allá de su comportamiento en condiciones ideales de laboratorio, el aspecto clave era comprobar si funcionaría en un escenario más realista.

Para ello, realizamos ensayos con un agua que simulaba un efluente hospitalario, con una composición salina similar a la que se encuentra en este tipo de vertidos. Este es un entorno especialmente exigente, ya que las sales y otras sustancias presentes compiten entre sí y dificultan los procesos de eliminación de contaminantes.

Aun así, el biochar fue capaz de eliminar completamente el meropenem en un amplio rango de concentraciones. Este resultado indica que el material mantiene su eficacia también en aguas complejas, una condición imprescindible para pensar en aplicaciones prácticas en el tratamiento de aguas residuales.

Además, el proceso mostró un efecto adicional interesante: este compuesto también redujo parcialmente la salinidad del agua, capturando algunos de los iones disueltos. Aunque este no era el objetivo principal del estudio, podría contribuir a mejorar la calidad del efluente tratado y facilitar etapas posteriores de depuración o reutilización del agua.

Un material que puede reutilizarse

La sostenibilidad de cualquier tecnología de tratamiento depende en gran medida de su capacidad de reutilización. Un material que solo puede usarse una vez difícilmente puede considerarse una solución viable a gran escala.

En este caso, el biochar obtenido a partir de residuos de uva puede regenerarse tras captar el antibiótico mediante un procedimiento sencillo. Esto permite recuperar el material y emplearlo de nuevo en varios ciclos consecutivos de tratamiento. Tras varios usos, el biochar mantiene una elevada eficacia y sigue eliminando alrededor del 90 % del antibiótico presente en el agua.

Aunque se observa una ligera pérdida de rendimiento con el número de ciclos, los resultados indican que el material es estable y reutilizable, lo que refuerza su interés desde el punto de vista ambiental y económico.

Pequeñas soluciones para un problema global

Este trabajo se suma a un enfoque cada vez más necesario en el tratamiento de aguas: aprovechar residuos y convertirlos en recursos. Transformar un subproducto agrícola en una herramienta para reducir la contaminación farmacéutica permite cerrar ciclos, disminuir costes y reducir el impacto ambiental asociado tanto a los residuos como a los tratamientos convencionales.

Aún es necesario avanzar hacia pruebas a mayor escala y con aguas residuales reales, donde la composición es más variable y compleja. Mientras, los resultados muestran que materiales sencillos, de origen vegetal y obtenidos mediante procesos poco agresivos pueden contribuir de forma significativa a frenar la dispersión de antibióticos en el medio ambiente.

Combatir la resistencia antimicrobiana no depende solo de cómo usamos los antibióticos en hospitales y centros de salud. También pasa por evitar que sus restos sigan circulando fuera de ellos. Y, en ese camino, desechos tan comunes como los de la uva pueden desempeñar un papel inesperado.

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Salvador Cotillas Soriano recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU/AEI /10.13039/501100011033) y la Unión Europea NextGenerationEU/PRTR a través de la ayuda CNS2022-135764

Ana Hayat Berros recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU/AEI /10.13039/501100011033) y la Unión Europea NextGenerationEU/PRTR a través de la ayuda CNS2022-135764.

Carmen María Domínguez Torre, José Leandro da Silva Duarte y Mario de la Fuente Lloreda no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Cómo convertir los restos de uva en un filtro que limpia antibióticos del agua – https://theconversation.com/como-convertir-los-restos-de-uva-en-un-filtro-que-limpia-antibioticos-del-agua-273820

Pequeños cambios para recuperar el pensamiento profundo en la universidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

Paolo Bona/Shutterstock

“Los estudiantes no atienden”, “usan ChatGPT para todo”… son comentarios y percepciones que se comparten en círculos universitarios. Pero ¿podemos transformar esas sensaciones en algo medible y, sobre todo, en herramientas útiles para el docente?

En nuestro proyecto reciente de formación del profesorado (con 15 docentes de Ingeniería, Derecho, Psicología, Periodismo, Enfermería y Botánica) intentamos precisamente eso: practicar intervenciones mínimas pero eficaces para aumentar la atención en aulas digitalmente saturadas.

Trabajamos con ellos pequeños cambios que ayuden a los estudiantes aumenten a concentrarse y evitar las interrupciones constantes de sus dispositivos, en torno a dos ejes: reducir pantallas en momentos críticos y rediseñar la inteligencia artificial para activar pensamiento crítico. Los resultados están pendientes de publicación, pero la experiencia de prueba ya muestra alta adopción docente y cambios observables en el aula.

Es algo que se está haciendo también en otras universidades para recuperar una competencia hoy más frágil de lo que parece: el pensamiento profundo.

La atención como recurso transaccionable

La economía de la atención “secuestra” nuestro tiempo mental con notificaciones constantes, recompensas instantáneas y contenidos personalizados diseñados para enganchar.

Al estar optimizado para interrumpir, el entorno digital lleva a nuestras mentes en dirección contraria a nuestras necesidades cognitivas en la universidad: concentración sostenida, lectura profunda y tolerancia al esfuerzo.

En un aula con portátiles –o incluso con el smartphone cerca, aunque no se use– la atención puede resentirse: la multitarea con el ordenador perjudica el aprendizaje en clase y la mera presencia del teléfono reduce parte de la capacidad cognitiva disponible. La distracción digital en educación no es anecdótica, sino estructural.


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Enfoque profundo y superficial

En la década de 1970, los investigadores suecos F. Marton y R. Säljö identificaron dos formas distintas de abordar el aprendizaje:

  • El enfoque profundo se caracteriza por buscar el significado personal de la materia, relacionar ideas nuevas con conocimientos previos y examinar la lógica interna de los argumentos.

  • El enfoque superficial se activa cuando el estudiante percibe la tarea como una imposición externa y recurre a la memorización mecánica de datos aislados para cumplir requisitos mínimos. En el contexto actual, el enfoque profundo está sufriendo.

En un entorno de distracción crónica, muchos estudiantes dejan de sufrir interrupciones puntuales y empiezan a reconfigurar su modo habitual de estudiar: de comprender, integrar y relacionar pasan a “cumplir”, memorizar lo mínimo y pasar pantalla.




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Perfiles de riesgo

No ocurre a todos los estudiantes por igual: si miramos solo promedios, no veremos los perfiles en riesgo: aquellos alumnos y alumnas que combinan estrategias de aprendizaje según la presión del momento y que no siempre son capaces de acceder al enfoque profundo.

Podríamos decir que estos estudiantes están aprendiendo “en modo supervivencia”, viéndose empujados a un aprendizaje rápido, eficiente y peligrosamente frágil. El daño no aparece “de golpe” en el examen: se produce antes, en cosas muy concretas como la calidad de los apuntes y la elaboración de las ideas durante la clase.

Trabajar en pantalla

La superficialidad aquí no es falta de inteligencia, sino de condiciones para elaborar: se pierden ideas clave, se conectan menos conceptos y se comprueba menos si se ha entendido. No solo hay más distracción fuera; también menos capacidad para resistirla.

Este patrón se vuelve especialmente problemático en la lectura académica. Los metaanálisis sobre comprensión lectora han encontrado, en promedio, cierta ventaja del papel frente a la pantalla, porque la versión digital hace más fácil dispersarse (interrupciones, navegación, lectura en modo escaneo) y vuelve más frecuente sobreestimar la comprensión, calibrando peor lo que realmente se ha entendido.




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Intervenciones basadas en evidencia

¿Qué puede hacer la universidad ante este problema? La evidencia apunta a varias estrategias complementarias:

  1. Estructurar el uso académico de dispositivos: definir cuándo aportan valor (búsqueda, simulación, actividad guiada) y cuándo estorban (explicación, debate, lectura), con reglas claras de aula.

  2. Entrenamiento en aprendizaje autorregulado: enseñar (y practicar) cómo planificar el estudio, sostener la atención y resistir distracciones. Puede integrarse en asignaturas u ofrecerse como talleres, y ya existen programas universitarios específicos con rutinas entrenables y evaluables.

  3. Entrenamiento atencional con mindfulness o atención plena: se consiguen mejoras en memoria de trabajo y menor divagación mental, lo que puede ayudar a volver al foco cuando el entorno empuja a salir de él

  4. Fricción por diseño: pequeños obstáculos que hacen menos automático distraerse y más fácil seguir la tarea. Por ejemplo, dejar el móvil fuera de alcance, activar la función “No molestar” y programar bloqueos temporales para evitar cambios de pestaña o redes durante 25 minutos.

Un paquete coherente, no acciones sueltas

No hay una medida mágica: la distracción digital varía según contexto y lo eficaz suele ser un paquete coherente de diseño de aula, tareas y cultura, más entrenamiento de competencias. En la práctica, funciona mejor una intervención híbrida: reducir distractores en momentos críticos, estructurar la tecnología cuando aporte valor y entrenar atención/autorregulación para sostener pensamiento profundo.

La economía de la atención no se vence con un cartel: se gestiona con diseño y con habilidades que permitan al estudiante pensar largo, leer profundo y argumentar con rigor.

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José Manuel de Haro García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Pequeños cambios para recuperar el pensamiento profundo en la universidad – https://theconversation.com/pequenos-cambios-para-recuperar-el-pensamiento-profundo-en-la-universidad-275584

La comida no es (solo) alimento, es cultura

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio de Tomás Lombardía, Profesor de Nutrición, Universidad Francisco de Vitoria

El all i pebre está profundamente asociado a la cultura de la Comunidad Valenciana, sobre todo a la zona de la Albufera, donde tiene un vínculo muy fuerte con la tradición. Es un plato que se disfruta en familia los fines de semana y muchos restaurantes de la zona lo incluyen entre las especialidades de la casa. Tradicionalmente, eran los propios pescadores quienes lo preparaban con la anguila fresca que acababan de capturar, y así ha ido pasando generación tras generación.

La reciente propuesta de la posible prohibición de la pesca de anguilas y angulas en la Comunidad Valenciana ha generado un intenso debate que trasciende el ámbito medioambiental. Este escenario plantea un dilema complejo donde las recomendaciones de los organismos científicos, orientadas a la protección de la especie, entran en conflicto con la preservación de la tradición gastronómica local.




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Ante esta situación, tanto las autoridades como la sociedad se enfrentan al reto de encontrar fórmulas que garanticen la sostenibilidad sin desatender los vínculos históricos y sociales que estos recursos representan para el patrimonio cultural.

El mundo en el que comemos

La trayectoria de la humanidad está intrínsecamente ligada a la evolución de su alimentación. Este proceso, que comenzó con la recolección de recursos básicos y se transformó gracias al dominio del fuego y las herramientas, fue determinante en nuestro desarrollo social y biológico. A través de esta evolución, el acto de comer dejó de ser una necesidad estrictamente biológica para convertirse en una manifestación cultural compleja.

Dibujo de dos mujeres cenando juntas y compartiendo plato.
Dos mujeres de la etnia Meitei (noreste de la India) cenando juntas y compartiendo plato.
Hantre Hunpham Manipur Lamkoi Wari

En este contexto, el debate sobre la pesca de la anguila no es solo una cuestión de gestión ambiental, sino que también invita a reflexionar sobre la continuidad de ciertos referentes culinarios. Si la gastronomía es uno de los elementos que configuran nuestra identidad, la posible desaparición de platos como el all i pebre valenciano representaría una transformación en el patrimonio compartido que ayuda a definir a una comunidad.

Esta evolución no es solo un fenómeno biológico o nutricional, sino una profunda expresión social moldeada por un conjunto de conocimientos, creencias y ritos que el ser humano adquiere como miembro de una comunidad. Como bien afirmaba el jurista y crítico gastronómico francés del siglo XVIII Jean Anthelme Brillat-Savarin: “Dime lo que comes, y te diré quién eres”.

En esta misma línea, la historiadora Almudena Villegas señala que la gastronomía es, en esencia, la cultura del comer. Advierte así que cuando perdemos un producto o una técnica culinaria estamos perdiendo una parte de nuestra propia historia.

Esta sentencia cobra hoy más vigencia que nunca, pues los alimentos que elegimos del entorno, la forma en que los transformamos y los códigos que gobiernan la mesa funcionan como un espejo de la sociedad en la que vivimos. La alimentación, por tanto, arroja luz sobre nuestra historia y nuestras prioridades colectivas.

El mundo en el que vivimos

Sin embargo, en un mundo cada vez más interconectado, nos enfrentamos al desafío de la globalización alimentaria. Si observamos la diversidad que existe entre lo que consumen familias de diferentes rincones del planeta, como se documentaba en el libro Hungry Planet, la comida es uno de los últimos reductos de la identidad cultural. Por ello, la pérdida de un producto local o de una receta tradicional no debe verse únicamente como un cambio de dieta, sino como una amenaza a la subsistencia de la diversidad cultural.

Este dilema no es exclusivo de las tierras valencianas. En Galicia, el debate sobre la sostenibilidad del pulpo y la implementación de vedas genera una tensión constante entre el motor económico-turístico y la supervivencia del recurso. Del mismo modo, el mundo observó con preocupación cómo la presión sobre el atún rojo obligó a imponer cuotas drásticas que cambiaron para siempre nuestra forma de consumir este alimento.

Gente cortando pulpos después de haberlos cocido para preparar pulpo a la gallega.
En Galicia el pulpo no es solo un alimento, sino parte de su cultura.
Octavian Rosca/Shutterstock

La sobreexplotación de la angula y la presión sobre la anguila adulta exigen medidas urgentes para evitar su extinción. Sin embargo, aunque es el punto que más fácilmente se puede regular, el foco no debe caer únicamente en el consumo del producto. Es imperativo que las políticas de conservación también aborden los problemas estructurales que asfixian a la especie: la contaminación de las aguas –que degrada los ecosistemas donde desovan y crecen–, la fragmentación de sus hábitats –que impide su ciclo migratorio vital– y el mercado negro –que elude cualquier control de sostenibilidad–.

El mundo que cambia

Por otro lado, no debemos olvidar que la gastronomía no es un dogma inmutable, sino un proceso dinámico que fluye y se moldea según las circunstancias políticas, climáticas y sociales de cada época. La resiliencia de nuestra cultura culinaria se encuentra, precisamente, en su capacidad de adaptación.

En el caso del all i pebre, es vital entender que la esencia del plato, como su propio nombre indica, reside en el equilibrio entre el ajo y el pimentón, que dan el sabor a la salsa. Ante la escasez de anguila, la receta puede variar utilizando otros pescados blancos de textura similar que respeten el guiso y mantengan en el recetario tradicional valenciano, como son el rape o la raya.

Un plato de _all i pebre_ típico de la Albufera valenciana que se cocina con anguila.
El all i pebre puede sobrevivir incluso sin anguila.
Fernando Sanchez Cortes/Shutterstock

Paralelamente, el consumo de la angula debe ser objeto de una profunda reflexión ética. En un contexto de vulnerabilidad extrema para la especie, su degustación ha pasado de ser una costumbre popular a un artículo de lujo insostenible. Por ello, cada vez más cocineros y referentes del sector se están movilizando, liderando una renuncia consciente a su venta y consumo. Esta “resistencia gastronómica” no busca borrar el pasado, sino transformar el presente para asegurar que el futuro de nuestros ríos no sea solo un recuerdo en un libro de recetas.

Podemos concluir diciendo que, antes de sacrificar un símbolo de nuestra identidad, debemos garantizar que el entorno natural sea capaz de mantener la vida. Solo mediante un equilibrio real entre la sostenibilidad biológica y la protección del patrimonio alimentario podremos asegurar que las futuras generaciones sigan sabiendo quiénes son a través de lo que comparten en la mesa.


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The Conversation

Ignacio de Tomás Lombardía no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Siete razones por las que la geología es imprescindible en la transición energética

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana María Alonso-Zarza, Catedrática de Petrología y Geoquímica. Facultad de CC. Geológicas, Universidad Complutense de Madrid

Sin el conocimiento geológico, ni la tecnología que usamos a diario, ni las energías renovables ni los materiales de construcción serían posibles. Newsshooterguy/Shutterstock

“¿Qué han hecho los romanos por nosotros?”, la célebre pregunta irónica de la película La vida de Brian evoca la obra pública clásica: carreteras, acueductos y cimentaciones que sostuvieron imperios. De la misma manera, con motivo del Día Mundial de la Tierra, celebrado el 22 de abril, podemos preguntarnos: ¿qué ha hecho la geología por nosotros? Y, de cara al futuro, ¿qué puede hacer?

El crecimiento de la población y el aumento del consumo están acercando a nuestra especie a los límites planetarios de sostenibilidad: mayor demanda de agua, energía y materias primas, junto a emisiones de gases de efecto invernadero que aceleran el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

Todo ello obliga a una transición energética justa en la que la geología tiene mucho que decir. No se trata solo de una ciencia básica, sino que aporta el conocimiento imprescindible para conocer y gestionar los recursos de forma sostenible, anticipar y mitigar riesgos y diseñar políticas de descarbonización eficaces para que nuestra especie tenga un futuro sostenible en nuestro planeta.

Son muchas las razones por las que la geología es una ciencia imprescindible para la transición ecológica, pero estas son algunas de las más significativas.

1. Mapas geológicos para conocer el subsuelo

Los mapas geológicos son la radiografía del subsuelo: muestran la disposición de las rocas y las estructuras y los recursos geológicos, entre otros. Es una herramienta para la investigación de recursos minerales y del agua y permite decidir dónde y cómo ubicar infraestructuras o minimizar los riesgos naturales.

2. Agua subterránea: el recurso que condiciona todo

Los recursos hídricos no solo son los ríos, lagos o casquetes de hielo. Bajo la superficie terrestre, los acuíferos (agua subterránea) alimentan ciudades, cultivos, industrias, ecosistemas, etc.

La geología identifica dónde están los acuíferos, cómo se recargan y qué volúmenes son sostenibles, y permite diseñar medidas de protección y recarga artificial.




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3. Extracción de minerales y materias primas

El teléfono móvil puede contener hasta unas cincuenta materias primas distintas. Sin el conocimiento geológico, la tecnología que necesitamos a diario, las energías limpias o los materiales de construcción no serían posibles.

Sin embargo, hay una hipocresía ambiental evidente: se reclama energía renovable y tecnología avanzada, pero se rechaza la minería necesaria para obtener los minerales críticos por sus impactos. Superar esa paradoja pasa por reconocer nuestra dependencia de esos recursos y exigir, al mismo tiempo, prácticas extractivas sostenibles, transparentes y socialmente responsables.




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Una enorme mina a cielo abierto
Chuquicamata (Chile) es una de las minas a cielo abierto más grandes del mundo. En ella se extrae cobre, oro y molibdeno.
Diego Delso/Wikimedia Commons, CC BY-SA

4. Obtención, almacenamiento y recuperación de energía

Son muchos los aspectos en los que la geología contribuye al abastecimiento seguro y sostenible de energía. Nos referiremos a tres de ellos.

Los combustibles fósiles siguen suministrando una parte importante de la energía global. Su explotación sostenible exige experiencia geológica para caracterizar y modelizar yacimientos, estimar su vida útil y diseñar métodos de extracción que minimicen impactos.

La energía geotérmica aprovecha el calor interno de la Tierra y es inagotable. Incluye desde soluciones de baja entalpía (bombas de calor y climatización eficiente mediante el subsuelo somero) hasta recursos de alta entalpía para generación eléctrica en zonas geológicamente activas.

Los conocimientos geológicos son la salvaguarda de cualquier proyecto de almacenamiento subterráneo de hidrógeno, gas natural o CO₂. Estos almacenes son seguros si las características geológicas son adecuadas.




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5. El potencial del geoturismo

La geodiversidad (rocas, minerales, fósiles, suelos y formas del relieve) es el archivo de la historia de la Tierra y una fuente clave de información para anticipar cambios ambientales y gestionar recursos.

Programas como los Geoparques Mundiales de la UNESCO demuestran que el patrimonio geológico es un motor local de desarrollo: actúan como aulas vivas donde las comunidades vinculan su economía al territorio mediante geoturismo, rutas educativas y productos locales, revitalizando zonas rurales.




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6. Anticipar y mitigar riesgos en desastres naturales

Los peligros naturales (terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, deslizamientos, subsidencia, oleajes extremos y otros fenómenos impulsados por el clima) forman parte de la dinámica terrestre y pueden causar daños severos cuando afectan a ciudades e infraestructuras. Ya lo vimos con la dana valenciana en 2024, entre otros desastres.

La geología ofrece la base científica para comprender estos procesos, anticipar sus impactos y mitigar los riesgos: combinando conocimiento geológico profundo con tecnologías avanzadas se pueden diseñar medidas de prevención y planificación territorial que hacen a las comunidades más seguras y resilientes.

7. Planificación territorial informada

Una planificación del territorio que incorpora el conocimiento del subsuelo optimiza líneas de transporte, abastecimiento de aguas, ubicación de viviendas e infraestructuras; compatibiliza usos productivos y de conservación y contribuye a mitigar los riesgos.

¿Por qué todo esto importa ahora?

La geología, a menudo invisible en las decisiones políticas y de planificación, está en todas partes: condiciona el terreno donde construimos, el agua que bebemos y los riesgos que nos pueden afectar.

El conocimiento geológico es un bien público esencial para la toma de decisiones informadas y el desarrollo sostenible. La diferencia es decisiva: sin geología, el desarrollo se asienta sobre terreno frágil. Con ella, se construye resiliencia, equidad y un futuro sostenible.

En definitiva, solo conociendo nuestro planeta podremos conseguir que las consecuencias de nuestro sistema de vida sean los mínimos y que la Tierra siga siendo habitable para nuestra especie.

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Ana María Alonso-Zarza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Siete razones por las que la geología es imprescindible en la transición energética – https://theconversation.com/siete-razones-por-las-que-la-geologia-es-imprescindible-en-la-transicion-energetica-280925

¿Por qué la mitad de una bolsa de patatas fritas es aire?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge E. Olmos Cornejo, Profesor de Ingeniería Agroindustrial, Universidad de Guadalajara

¿Qué secretos oculta una bolsa de patatas fritas? Bermix Studio / Unsplash. , CC BY-SA

Esa sensación de decepción al abrir una bolsa de patatas fritas y encontrarla a medias es una experiencia que une a consumidores de todo el mundo. Sin embargo, ese espacio vacío no es una estafa comercial, sino una precisa solución de ingeniería que garantiza que el producto llegue crujiente a su boca.

No es aire, es el “guardaespaldas” de su aperitivo

Aunque lo llamamos aire, las bolsas se inflan con nitrógeno. El aire común tiene mucho oxígeno y eso daña la comida, pues oxida las grasas de las patatas en pocos días.

El resultado de esa oxidación es un sabor rancio. Además, las patatas pierden su textura crujiente y se ablandan. Por eso, el nitrógeno, un gas inerte y que no reacciona con el alimento, es la solución perfecta. Su función principal no solo reside en desplazar al oxígeno, manteniendo el sabor original fresco durante meses, sino que también impide que crezcan microbios que necesitan aire para vivir.

El escudo invisible contra los golpes

Además de conservar el sabor, ese gas tiene una misión física vital: funciona como un cojín que protege el contenido durante el transporte. Las patatas fritas son extremadamente frágiles y se rompen con facilidad.

Piense en el viaje que realiza una bolsa, que pasa por camiones, almacenes, cajas y estantes de supermercado. Sin ese colchón de gas a presión, la bolsa se aplastaría, y en lugar de patatas enteras, usted recibiría un montón de migas y polvo.

Por eso, la bolsa suele verse tan inflada. No es para aparentar que hay más producto, sino para crear una cámara de seguridad. Ese espacio vacío permite que las bolsas se apilen sin que las patatas sufran daños.

Una bolsa de patatas posee delgadas capas superpuestas, cada una con una misión para proteger el contenido de la oxidación y la humedad.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

Más que una simple bolsa de plástico

El envase también es una pieza clave de tecnología. No se trata de una bolsa de plástico común como las que usamos para la basura: en realidad, se trata de una estructura formada por varias capas delgadísimas.

Cada capa tiene una función específica. Mientras que una impide que entre la humedad del ambiente para que las patatas no se ablanden, otra bloquea la luz del sol, evitando que las grasas se degraden por la iluminación.

La capa metálica brillante que vemos al abrir la bolsa suele ser aluminio, material que actúa como una barrera total contra el exterior. Gracias a esta ingeniería de materiales, el “guardaespaldas” de nitrógeno puede cumplir su misión durante meses.

Aprenda a leer la etiqueta: el peso es lo que cuenta

Es importante que el consumidor no se sienta engañado por el tamaño del envase. La ley obliga a los fabricantes a indicar claramente el contenido neto en la bolsa, un dato que representa el peso real del alimento que usted va a consumir.

El volumen extra de gas es un servicio de protección; no influye en el precio final del producto, que se calcula por gramos. Por eso, dos bolsas de diferentes marcas pueden parecer de distinto tamaño pero contener la misma cantidad.

Así que la próxima vez que vaya al supermercado, compare el peso neto de los envases. Verá que la cantidad de producto suele ser justa con lo que marca la etiqueta. El “aire” que tanto nos molesta es solo ingeniería trabajando para nosotros.

El peso de una bolsa de patatas –y no su tamaño– es lo que debemos mirar para saber qué cantidad de producto estamos comprando.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

El misterio de las bolsas que “explotan” en el avión

Quizás haya notado algo extraño al viajar en avión o al subir a una montaña con una bolsa de patatas: el envase parece estar a punto de reventar. Este fenómeno es una prueba física de la presión del gas en su interior.

A gran altura, la presión del aire exterior disminuye, mientras que la presión del nitrógeno dentro de la bolsa se mantiene igual. Esto hace que el envase se infle todavía más, como si fuera un globo.

Los ingenieros agroindustriales deben prever estos cambios de presión durante el diseño. Si la bolsa no fuera lo suficientemente resistente, se abriría durante el transporte en zonas altas. Es otra capa de ciencia invisible que garantiza que su snack llegue intacto.

El reto de reciclar un sándwich de materiales

Tanta tecnología tiene un precio para el medio ambiente. Como hemos visto, estas bolsas no son de un solo material, sino que conforman un sándwich de diferentes capas de plásticos y metales unidas entre sí.

Esta estructura multicapa dificulta mucho su reciclaje. Al estar los materiales tan pegados, las plantas de tratamiento comunes no pueden separarlos fácilmente.

Por eso, el siguiente gran reto de la ingeniería agroindustrial es diseñar envases más sostenibles. Se está trabajando en materiales que protejan igual de bien, pero que sean biodegradables o más sencillos de reciclar. Por otro lado, como consumidores, nuestra tarea es depositar siempre estos envases en el contenedor amarillo para fomentar su correcto tratamiento.

Ciencia invisible en su despensa

Como ingenieros, nuestro trabajo es garantizar que los alimentos no solo sean seguros, sino que mantengan su calidad desde la fábrica hasta su mesa. La agroindustria utiliza estas herramientas invisibles para que un producto tan frágil pueda disfrutarse en cualquier lugar y momento.

Así, detrás de cada bocado crujiente hay años de investigación en química de gases, física de materiales y logística industrial.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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¿Por qué en español es ‘Ormuz’ y no ‘Hormuz’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María-Teresa Cáceres-Lorenzo, Profesora e investigadora de la ULPGC, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

AustralianCamera/Shuttesrtock

En estos días en que vivimos pendientes del cierre o apertura del estrecho de Ormuz, por lo que afecta a nuestro bolsillo y al futuro y presente de miles de vidas humanas, el que más y el que menos habrá buscado en la red dónde está ese dichoso estrecho. Entonces, quizá se haya percatado de que mientras en español se escribe “Ormuz”, en inglés lleva hache.

Este mínimo detalle no es una cuestión exclusivamente ortográfica, y está relacionado con cientos de años de historia, estudios toponímicos y lingüísticos, por lo que vale la pena bucear un poco en la historia y en la lingüística para comprender el porqué.

Origen farsi o persa

Su nombre original es persa o farsi, هرمز (Hormoz), y se empleaba sobre todo para denominar a una isla y a un reino entero situado en el golfo Pérsico. El reino de Ormuz fue creado por los príncipes árabes sobre el siglo X, más tarde pasó a poder de Persia, y a principio del siglo XVI los portugueses tomaron la plaza y la mantuvieron hasta 1622. Ese año, ya bajo soberanía del rey Felipe IV de España, los persas –ayudados por los ingleses– retomaron el control del reino y de todo el estrecho.

Mapa de Ormuz del siglo XVI, de la obra Civitates Orbis Terrarum, un atlas con mapas y dibujos de 546 ciudades editada por Georg Braun y Frans Hogenberg.
Braun e Hogenberg. Civitates Orbis Terrarum, 1572, CC BY

Durante todo ese periodo, las noticias que llegaban a la Península desde esta zona del mundo las traían los lusitanos y castellanos que integraban la Monarquía Hispánica (1580-1640). Los mapas y los escritos de la época emplearon con más frecuencia la forma sin hache, “Ormuz”, y desde entonces es tradición que, en español, portugués, catalán o francés, se utilice esta forma, aunque en los dos últimos idiomas se acepta como apropiada también la grafía Hormuz.

En cambio, en los idiomas germánicos, inglés, alemán, sueco, noruego, neerlandés, etc., la forma recomendada es con hache. Aunque en mapas antiguos ingleses es corriente encontrarlo escrito sin esa letra.

Detalle de un mapa de Persia del año 1892, donde se ve el topónimo sin hache.
George Courzon. The Royal Geographical Society (con el Institute of British Geographers), CC BY

En el Diccionario Panhispánico de Dudas aparece cómo se tiene que utilizar este topónimo en español panhispánico:

“Forma tradicional española del nombre de este estrecho situado en el golfo Pérsico. No debe usarse en español la grafía ‘Hormuz’, empleada en otras lenguas como el inglés”.

Topónimos: más que palabras

Los nombres que identifican los territorios son palabras cargadas de información extralingüística. Establecer las normas sobre el uso de estos nombres de lugares es necesario debido a la cambiante realidad geopolítica, la influencia de los medios de comunicación y la globalización.

Sus cambios constantes harían muy complicada la comunicación, por eso las academias de la lengua española (ASALE, formada por 23 corporaciones de América, España, Filipinas y Guinea Ecuatorial) establecen criterios para la hispanización de los topónimos que no estén escritos en español, con su traducción y adaptación, de acuerdo con las normas ortográficas de nuestro idioma.

Por ejemplo, se recomienda usar en español nombres como Ciudad del Cabo (en lugar de Cape Town), o Nueva York (en lugar de New York). En cambio se aceptan algunas grafías no adaptadas pero asentadas en el uso (Washington, Copenhague). Se reconocen los cambios oficiales, sin renunciar a las formas tradicionales si existen, que siempre tendrán preferencia (Calcuta, no Kolkata, Moldavia, no Moldova).

Si se produce un verdadero cambio de nombre y no una reividicación de las formas locales de este, es decir, si el cambio de nombre no representa únicamente reforzar el mismo término con grafía vernácula, se recomienda el uso del nuevo topónimo (Burkina Faso, que sustituye al antiguo Alto Volta, Sri Lanka en lugar de Ceilán).

¿Qué pasó con la h de Ormuz?

Ormuz, al ser un vocablo tradicional y plenamente asentado en el uso por preferencia de los hablantes, se integra en el primer criterio y no debe variar su grafía histórica, que es sin hache.

Esta letra representaba originariamente en la lengua latina un fonema aspirado que pronto desapareció, aunque se mantuvo en nuestro sistema ortográfico sin sonido, con la excepción de la aspiración en determinadas voces de origen extranjero, como hámster o dírham, y que en algunas zonas españolas y americanas se registra como rasgo dialectal.

Curiosamente, aunque durante los siglos XVI y XVII su grafía era siempre sin hache, se alternaba Ormus con Ormuz. A lo largo de estas centurias la ortografía no se había fijado aún. Esto se regularizó más tarde aceptándose exclusivamente la forma actual.

Portada de la Relación de la batalla de Nuño Alvarez contra la Armada de Holanda y de Inglaterra en el estrecho de Ormuz de 1626.
Archivo Histórico Nacional.

Palabras de origen persa

Existen en el español otras palabras de origen persa perfectamente asentadas que han tenido historias diferentes. Algunas se conocen desde antiguo ya que fueron introducidas a través del árabe (“alfajor”, “alquequenje”, “auge”, “bazar”, “diván”, “espinaca”), o a partir de otras lenguas que lo tomaron del persa (por ejemplo, “farsi” y “pijama”, que llegaron al español a partir del inglés, y este las tomó del persa; o “lila”, procedente del francés, que lo adoptó de la misma lengua).

En el tránsito de algunos de estos vocablos desde su origen hasta su llegada al español, el persa fue en ocasiones un intermediario: por ejemplo, “naranja” procede el árabe hispánico naranga, y este del árabe, quien lo tomó del persa, que a su vez lo recogió del sánscrito.

Otros términos persas se han hecho populares en los últimos años, desde la mitad del siglo XX, y se han ido incorporando a los diccionarios progresivamente. Algunos ejemplos de estos son “ayatolá”, una de las más altas autoridades religiosas entre los chiítas islámicos, y “sah”, rey de Persia o del Irán, añadidos al diccionario de la lengua española en 1992. La voz “chador” (velo con que las mujeres musulmanas se cubren la cabeza y parte del rostro) se incluyó en 2001.

Términos persas de actualidad

Al igual que ocurre con Ormuz, la actualidad está haciendo que hablemos de otros topónimos persas. Muchos de ellos ya eran conocidos y tenían formas tradicionales, como “Isfahán”, conocida históricamente como “Ispahán”, pero que en los medios de comunicación aparece de manera más similar a la pronunciación persa de اصفهان (Esfahān). En este caso, la forma tradicional española está siendo desplazada por la primera, ambas con la aspiración etimológica de la h. En cambio, en otro topónimo persa, “Teherán”, no la aspiramos.

Como podemos ver, la evolución de los topónimos extranjeros depende de que exista una tradición creada por el uso continuado de una determinada forma en los textos. En el caso de Ormuz, los portugueses iniciaron esa costumbre de escribir el topónimo sin hache y se mantuvo durante siglos en español, de ahí su preferencia. En otros casos en que no existe una forma tradicional tan asentada, la aceptación de un topónimo depende en mayor medida de las coyunturas históricas y políticas.

La h del término persa Hormoz no ha sido adoptada en los mapas o textos desde el siglo XVI hasta la actualidad, como sí se incorporó en Teherán o Ispahán, aunque una se pronuncia aspirada y la otra sea muda. Pese a las excepciones, las normas ortográficas para los topónimos en el siglo XXI están claras y es importante emplearlas correctamente para la cohesión del español panhispánico.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Por qué en español es ‘Ormuz’ y no ‘Hormuz’? – https://theconversation.com/por-que-en-espanol-es-ormuz-y-no-hormuz-280974

¿Por qué algunos animales pueden regenerar patas enteras y los mamíferos no?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Esteban Ruiz, Profesor titular de Biología Celular, Universidad de Jaén

Hay aspectos de nuestra biología que asumimos como inevitables. Por ejemplo, que si perdemos un brazo o una pierna, no volverán a crecer.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en todo el reino animal. Hay gusanos capaces de regenerar su cuerpo completo, peces que reconstruyen sus aletas –e incluso órganos como el corazón– y anfibios, como las salamandras, en los que crecen patas enteras tras una amputación.

En cambio, los mamíferos apenas logramos cerrar una herida y, cuando lo hacemos, suele ser a costa de formar una cicatriz. Aunque existe cierta capacidad de regeneración en las extremidades de los mamíferos, incluidos los humanos, esta se limita prácticamente a la punta de los dedos, y solo cuando la lesión se produce en condiciones muy concretas.

Pero esta aparente limitación podría no ser tan definitiva. Dos trabajos publicados recientemente en Science, junto con una perspectiva que los integra, apuntan a que los mamíferos podrían conservar una capacidad regenerativa latente que está bloqueada por su entorno.

El tejido decide: cicatriz o regeneración

Durante mucho tiempo se ha pensado que la capacidad de regenerar estructuras complejas dependía fundamentalmente de los genes. Según esta idea, los mamíferos habríamos perdido, a lo largo de la evolución, los programas necesarios para reconstruir tejidos completos.

Sin embargo, los nuevos resultados obligan a replantear este enfoque. La regeneración no sería solo una propiedad genética, sino el resultado de la interacción entre las células y el entorno en el cual se encuentran. En otras palabras, el contexto tisular puede determinar si una herida cicatriza o si inicia un proceso regenerativo.

Uno de los estudios se centra en el modelo de la regeneración de la punta del dedo en un ratón. Los investigadores observaron que los tejidos que cicatrizan son rígidos y están dominados por colágeno, mientras que los tejidos capaces de regenerar presentan una matriz extracelular más laxa y rica en moléculas como el ácido hialurónico.

Estas diferencias biomecánicas no son triviales, dado que condicionan directamente el comportamiento celular y la activación de programas genéticos de reparación. De hecho, cuando los investigadores modificaron experimentalmente el entorno tisular para estabilizar la cantidad de ácido hialurónico, observaron una reducción de la fibrosis y una promoción de la regeneración, incluso en zonas donde normalmente no se produce.

Esto apunta a una idea clave: en determinados modelos experimentales, la cicatriz podría no ser el destino inevitable de una herida, sino una consecuencia del entorno en el que se repara.

El oxígeno como interruptor biológico

El segundo estudio aborda la regeneración desde otra perspectiva, pero llega a una conclusión complementaria. Dado que los renacuajos de rana viven en ambientes con menor disponibilidad de oxígeno que los mamíferos terrestres, los investigadores analizaron el papel de este factor en la regeneración.

Al comparar las extremidades en desarrollo de ambas especies, encontraron que los niveles de oxígeno actúan como un auténtico interruptor biológico. En condiciones de bajo oxígeno (hipoxia), se activa el factor HIF1A, lo que favorece la proliferación y migración celular y facilita la expresión de genes asociados a la regeneración.

Por el contrario, en condiciones normales de oxígeno, características de los mamíferos, estos procesos quedan bloqueados. Además, el oxígeno también influye en la estructura del ADN mediante cambios epigenéticos que determinan si los genes regenerativos están activos o silenciados.

En este contexto experimental, basado en extremidades embrionarias in vitro, los autores muestran que es posible activar respuestas tempranas asociadas a la regeneración en tejidos de mamífero, más que inducir una regeneración completa.

Ambos trabajos apuntan en la misma dirección: los mamíferos podrían no carecer completamente de los programas regenerativos. Más bien estos no se estarían activando en las condiciones habituales en las que viven, un entorno biológico que favorece la cicatrización frente a la regeneración.

Un nuevo paradigma en biología

El cambio conceptual que sugieren estos resultados es importante. La regeneración no sería una capacidad completamente ausente en los mamíferos, sino un estado dinámico que depende de factores como la rigidez del tejido, la composición de la matriz extracelular, la disponibilidad de oxígeno y la regulación epigenética.

No obstante, conviene ser cautos. En estos estudios no se ha logrado la regeneración completa de extremidades en mamíferos. Los trabajos se centran en modelos experimentales –como la regeneración de la punta del dedo o de tejidos cultivados en laboratorio– y analizan principalmente las fases iniciales del proceso.

Implicaciones médicas

Aun con estas limitaciones, las implicaciones son relevantes. Si el entorno tisular puede modificarse de forma controlada, podrían abrirse nuevas vías en medicina regenerativa, como mejorar la cicatrización evitando la fibrosis, favorecer la regeneración ósea o tratar enfermedades asociadas a alteraciones en la reparación de tejidos, como ocurre en la diabetes.

En definitiva, el problema quizá no sea que los mamíferos no podamos regenerar, sino que aún no sabemos cómo crear las condiciones para hacerlo. Como recordaba el médico y ensayista Lewis Thomas, “somos profundamente ignorantes sobre la naturaleza”. Tal vez estemos empezando a entender que algunas de nuestras aparentes limitaciones biológicas no son tan definitivas como creíamos.

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Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID-156228NB-I00, y de la Consejería de Salud y Consumo, Junta de Andalucía (PIP-0113-2024).

Oscar H. Ocaña Terraza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué algunos animales pueden regenerar patas enteras y los mamíferos no? – https://theconversation.com/por-que-algunos-animales-pueden-regenerar-patas-enteras-y-los-mamiferos-no-280920