El planeta negro TrES-2b, un mundo de eterna oscuridad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola Andalucía

El planeta más oscuro, TrES-2, localizado en el campo de visión del telescopio espacial Kepler. NASA/Ames/JPL-Caltech, CC BY

¿Puede existir un planeta tan oscuro que parezca desaparecer en el espacio? Aunque ningún planeta conocido absorbe literalmente toda la luz que recibe, algunos se acercan sorprendentemente a ese límite. Y entre ellos destaca TrES-2b.

TrES-2b, situado a unos 750 años luz de la Tierra, es un gigante gaseoso de tamaño similar a Júpiter que ostenta un récord sorprendente: es el planeta más oscuro jamás descubierto. Aunque supera los 1 100 °C y emite un tenue resplandor rojizo, su atmósfera, rica en vapor de sodio, óxido de titanio y posiblemente partículas de hollín, absorbe casi toda la luz que recibe, haciéndolo más negro que el carbón.

Su estudio ha revelado hasta qué punto la atmósfera de un planeta puede modificar su apariencia y ha abierto una ventana a algunos de los ambientes más extremos conocidos fuera del Sistema Solar.

El fin del brillo

Durante mucho tiempo, los astrónomos asumieron que los planetas gigantes gaseosos serían relativamente brillantes. Al fin y al cabo, en nuestro Sistema Solar, Júpiter y Saturno reflejan una parte apreciable de la luz solar gracias a las nubes presentes en sus atmósferas. Sin embargo, el descubrimiento de exoplanetas ha demostrado que la naturaleza puede producir mundos muy diferentes.

TrES-2b fue descubierto en 2006 mediante el método del tránsito, que detecta la disminución de brillo de una estrella cuando un planeta pasa por delante de ella.




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Las observaciones realizadas posteriormente revelaron una característica inesperada: el planeta reflejaba una cantidad extraordinariamente pequeña de luz visible. De hecho, es tan oscuro que refleja menos del 1 % de la radiación que recibe.

La explicación más probable de este fenómeno combina varios factores. En primer lugar, las altísimas temperaturas de TrES-2b impiden la formación de nubes brillantes que podrían reflejar la luz estelar. Además, la atmósfera contiene átomos de sodio y potasio gaseosos, y otras moléculas capaces de absorber eficazmente la radiación visible. Sin superficies sólidas ni nubes reflectantes, gran parte de la luz penetra en las capas profundas de la atmósfera y queda atrapada en forma de calor.

Este resultado sorprendió a la comunidad científica porque incluso muchos de los cuerpos más oscuros conocidos presentan una reflectividad superior. En términos visuales, TrES-2b sería más oscuro que el carbón y comparable a algunos de los materiales artificiales más absorbentes desarrollados por el ser humano.

El albedo: medir la oscuridad de un mundo

La propiedad que permite cuantificar cuánta luz refleja un objeto se denomina albedo. Un albedo de 1 corresponde a un cuerpo que refleja toda la luz, mientras que un albedo de 0 indicaría que toda la luz incidente es absorbida.

Los planetas cubiertos por nubes brillantes suelen presentar albedos elevados. Venus, por ejemplo, refleja gran parte de la radiación solar gracias a su espesa capa de nubes de ácido sulfúrico. La Tierra también posee un albedo relativamente alto debido a las nubes, los océanos y las superficies heladas.

TrES-2b se sitúa en el extremo opuesto. Su albedo es tan bajo que apenas devuelve luz al espacio. Esta característica lo convierte en uno de los mejores ejemplos conocidos de lo que popularmente podría denominarse un “planeta negro”.

Sin embargo, conviene matizar que no es completamente invisible. Debido a las enormes temperaturas que alcanza, el planeta emite una tenue luz rojiza generada por su propio calor. Es decir, aunque absorbe casi toda la luz que recibe de su estrella, también brilla ligeramente por la energía acumulada en su atmósfera.




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Absorción térmica extrema

La oscuridad de TrES-2b no es solo una curiosidad visual. También tiene consecuencias importantes para su clima.

Cuando un planeta refleja poca luz, absorbe una mayor proporción de la energía procedente de su estrella. Este fenómeno favorece una absorción térmica extrema, elevando la temperatura atmosférica hasta valores superiores a los mil grados Celsius.

La energía absorbida modifica la química de la atmósfera, altera los patrones de circulación y puede dificultar aún más la formación de nubes reflectantes. Los investigadores creen que podría existir un “mecanismo de retroalimentación”: la ausencia de nubes reduce el albedo; el bajo albedo incrementa la absorción de energía; y las altas temperaturas dificultan de nuevo la aparición de nubes.

El resultado es una atmósfera extraordinariamente caliente y oscura, muy distinta de cualquier entorno planetario presente en nuestro Sistema Solar.

Más allá de TrES-2b

Los planetas negros permiten estudiar cómo interactúan la radiación, la química atmosférica y la dinámica climática en condiciones extremas. También ayudan a mejorar los modelos utilizados para interpretar las observaciones de exoplanetas lejanos.

A medida que los telescopios actuales y futuros sean más precisos, es probable que aparezcan nuevos ejemplos de planetas extremadamente oscuros. Y podremos detectarlos, aunque parezcan desaparecer confundiéndose en la oscuridad del universo.

The Conversation

Carlos Vázquez Monzón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El planeta negro TrES-2b, un mundo de eterna oscuridad – https://theconversation.com/el-planeta-negro-tres-2b-un-mundo-de-eterna-oscuridad-284671

Los cuatro motivos que explican los desastrosos resultados de España en el último informe PISA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Solano Altaba, Profesora de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación Universidad CEU San Pablo, Universidad CEU San Pablo

Rido / Shutterstock

España ha caído a mínimos históricos en las tres competencias que evalúa el trianual Informe PISA elaborado por la OCDE: matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Además, queda por debajo de la media y las puntuaciones descienden aún más que otros países. Y eso sin tener en cuenta que el sesgo es siempre positivo, como revela el que hayan expulsado a Cataluña de la medición porque se ha demostrado que excluía de las pruebas a un número elevado no autorizado de estudiantes.

Estos desastrosos resultados parecen responder a varios motivos: un sistema educativo que no fomenta el esfuerzo, la irrupción de las pantallas con la consecuente pérdida de atención y la reciente aparición de la IA, en la que muchos estudiantes delegan el proceso que les permitiría aprender.

Un batacazo sin paliativos

Los datos indican que un alumno de 15 años en 2025 lee como uno de 13 en 2022. Los estudiantes españoles están a curso y medio de los ingleses. Y la brecha con los países vecinos no para de agrandarse. En España tenemos muchos menos alumnos excelentes que los sistemas más competitivos (sólo un 4 %), a la vez que arrastramos muchos más alumnos mediocres con bajo rendimiento (un 24 %).

¿Cómo se ha llegado hasta esta situación? El camino es tan complejo que sería un error poner el foco de atención en un único factor. Además, los informes PISA no son perfectos y no siempre sirven para corregir el rumbo de las políticas educativas de los estados participantes.

Con todo y con eso, la marcada tendencia bajista de todos los indicadores muestra la urgencia de plantear soluciones para evitar toparnos con toda una generación perdida que llegará al mercado laboral en menos de una década.

En este cóctel molotov del desastre educativo, destacan cuatro elementos sobre los que podemos intervenir para evitar una catástrofe mayor que se extienda en el tiempo: aumentar el grado de exigencia, fomentar el valor del esfuerzo, recuperar el foco de atención y poner límites al mal uso de la inteligencia artificial.

La exigencia como derecho

Cuando se habla del derecho a la educación, se circunscribe en demasiadas ocasiones a la controvertida polémica alrededor de la libertad de elección de centro educativo o al debate sobre el presupuesto destinado a esta área, con consecuencias como la ratio de alumnos por profesor. Pero el origen de ese derecho es el del derecho a aprender, a saber más, a mejorar, a tener más oportunidades profesionales, a estar mejor preparados para la vida adulta. Y para que se cumpla este compromiso constitucional, es imprescindible garantizar ese aprendizaje.

La única manera de consolidar ese proceso formativo es con exigencia. Porque está demostrado que la manera de aprender requiere del esfuerzo cognitivo (Damasio, 2021): análisis, síntesis, repetición, práctica a través de distintos formatos, validación de los contenidos con pruebas de evaluación… Y este proceso no es fácil ni cómodo para el estudiante, que suele preferir cualquier otra actividad lúdica o más sencilla de llevar a cabo (Kahneman, 2013). Como bien explica Gregorio Luri en uno de sus más famosos libros, la escuela no es un parque de atracciones (Luri, 2022).

El problema se agrava si, como ha sucedido en España, se tratan de tapar las elevadas tasas de fracaso escolar con leyes educativas que fomentan la promoción de curso incluso sin haber alcanzado las competencias necesarias en todas las materias. Es decir, se admite que el sistema no será capaz de preparar de manera al menos suficiente a todos los alumnos, pero para evitar que se queden atrapados en las aulas de la educación obligatoria, se les va dejando pasar de curso sin que aprendan lo que tienen que saber.

Esa bajada sustancial del nivel de exigencia no es nueva en nuestras leyes educativas, pero está más acusada en la vigente, la Lomloe. Y la consecuencia no sólo ha sido el aumento del número de estudiantes con bajo rendimiento, sino una percepción generalizada de todos los alumnos de que no hace falta esforzarse demasiado para promocionar. Para no dejar a nadie atrás se ha frenado al conjunto.

Recuperar el foco de atención

Los resultados del último Informe PISA, con datos evaluados de 2025, se esperaban con enorme interés porque se entendía que los de 2022 estaban distorsionados por el efecto de la pandemia. La realidad ha sido tremenda y, por extendida entre muchos países, fuertemente corroborada: hemos ido a peor. Uno de los motivos es que las diferentes condiciones de vida de los alumnos durante los confinamientos hicieron bajar los niveles de exigencia. Otro es la coincidencia de la covid-19 con la apresurada y poco meditada digitalización de las aulas en todas las etapas educativas.

No se puede demonizar el uso de la tecnología en el aula, muy necesaria en determinadas circunstancias e imprescindible para garantizar la correcta formación de los estudiantes en destrezas y habilidades que les serán exigidas en el entorno laboral. Pero tampoco se puede caer en el error de negar que aquella digitalización sin límites abrió la puerta a que niños y adolescentes sin suficiente control aún de sus impulsos tuvieran delante de ellos una variadísima oferta de entretenimiento (IAB, 2026) que distrajo su atención (Solano-Altaba, 2025).

Además, son ya abundantes los estudios científicos que demuestran que nos encontramos ante un verdadero problema de salud pública (Martínez-González, 2023) causado por el riesgo de adicción que produce el uso de pantallas y, en particular, de redes sociales.




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El problema de las pantallas va más allá del momento de su uso puntual, que puede llegar a controlarse bien prohibiendo la presencia de dispositivos, bien limitando su uso con determinadas técnicas. Pero mientras haya ciertas horas de uso, aunque sea para mero entretenimiento, el problema de la atención seguirá ahí. La razón fundamental es que va deteriorando nuestra capacidad para prestar atención de manera sostenida a tareas que producen pocos picos de dopamina (Hari, 2023). Si los alumnos utilizan para estudiar, las posibilidades de dejar de prestar atención son elevadas (Fournier, y otros, 2026). Además de que puede generar problemas de salud mental (Haidt, 2024), especialmente entre niños y adolescentes, que afecten a su capacidad de aprendizaje.

La delegación cognitiva es peligrosa

Hay un último elemento fundamental que se ha colado ya, aunque con poca concreción estadística, en los últimos resultados del Informe PISA: la irrupción de la IA como herramienta habitual en las rutinas de estudio y trabajo de los alumnos. Un reciente estudio con una amplia muestra representativa, midió el desempeño de estudiantes que usaban IA frente a los que no la usaban. En la entrega de tareas puntuales, aquellos que usaban IA puntuaban por encima de sus compañeros. Sin embargo, fracasaban a la hora de completar los exámenes de final de curso. Es decir, cuando se trabaja con IA, el aprendizaje no es significativo.

En cierto modo, la IA sobreprotege porque hace fácil lo difícil y resuelve problemas complejos sin esfuerzo y con resultados muy satisfactorios. Los estudiantes que la utilizan corren el riesgo de perder la confianza en sus propias capacidades, ver mermada su autoestima y generar una profunda dependencia. Además, no logran desarrollar pensamiento crítico porque no tienen con qué contrastar los resultados aportados por la IA y quedan al albur de las decisiones tomadas por algoritmos que escapan a su control.

El cóctel molotov del desastre educativo está en plena ebullición. De nosotros depende solventar el problema generado a la generación que ahora está estudiando y evitar que se repita en las venideras.

Trabajos citados
Damasio, A. (2021). Sentir y saber. Barcelona: Destino.
Fournier, H., Fournel, A., Osiurak, F., Koenig, O., Pâris, F., Gaujoux, V., & Ringeval, F. (2026). Attention hijacked: How social media notifications disrupt cognitive processing. Computers in Human Behavior(179), 108926. doi:https://doi.org/10.1016/j.chb.2026.108926
Haidt, J. (2024). La generación ansiosa. Bilbao: Deusto.
Hari, J. (2023). El valor de la atención. Madrid: Península.
IAB. (2026). Estudio de Redes Sociales 2026. Madrid: IAB. Obtenido de https://iabspain.es/estudio/estudio-redes-sociales-2026-iab-spain/
Kahneman, D. (2013). Pensar rápido, pensar despacio. Madrid: Debolsillo.
Luri, G. (2022). La escuela no es un parque de atracciones. Barcelona: Ariel.
Martínez-González, M. Á. (2023). Salmones, hormonas y pantallas. Madrid: Planeta.
Solano-Altaba, M. (2025). Pantallas, qué remedio. Madrid: Palabra.

The Conversation

María Solano Altaba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Los cuatro motivos que explican los desastrosos resultados de España en el último informe PISA – https://theconversation.com/los-cuatro-motivos-que-explican-los-desastrosos-resultados-de-espana-en-el-ultimo-informe-pisa-291487

Por qué la ausencia de las Torres Gemelas también es una seña de identidad del ‘skyline’ neoyorquino

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elizabeth Musgrave, Associate Professor of Architecture, Bond University


Joe Sohm/Visions of America/Universal Images Group via Getty Images

A las 10:28 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el perfil urbano de Nueva York cambió de forma repentina y dramática. El mundo observaba con horror cómo en las pantallas de televisión se derrumbaban la Torre Norte del World Trade Center y, luego, la Torre Sur. El ataque provocó la muerte de casi 3 000 personas y la devastación de todo un barrio.

Los resilientes neoyorquinos respondieron a este impactante suceso y a sus consecuencias con entereza, e iniciaron rápidamente los procesos necesarios para establecer monumentos conmemorativos y planificar y construir nuevas torres.

El hecho de que las estructuras que sustituirían a las Torres Gemelas fueran tan esperadas pone de manifiesto el profundo vacío que estas dejaron y la importancia del perfil urbano como depositario de una memoria cívica colectiva.

La configuración del perfil urbano

La imagen del perfil de Nueva York –tanto antes como después del 11-S– es inmediatamente reconocible y memorable por la densidad de sus altísimos rascacielos. Sin embargo, este perfil presenta una visión idealizada de la ciudad, alejada de la crudeza que se vive a pie de calle.

Para quienes consideran la ciudad su hogar, las imágenes del horizonte de Nueva York despiertan recuerdos profundamente arraigados.

Para otros, el horizonte evoca historias contadas a través de la literatura, los musicales y el cine: formas de arte que consolidan su lugar en nuestra conciencia colectiva.

Existe una coherencia en estas narrativas y en los significados que encarnan. El hecho de que tanta gente llegue a conclusiones similares es una muestra de la fuerza de la identidad neoyorquina.

En 1853, Elisha Otis inventó un dispositivo de seguridad para ascensores que hacía que estos se detuviesen automáticamente si se rompían las cadenas o cuerdas que los accionaban. Este invento impulsó una competición por la altura, ya que animó a propietarios y arquitectos a construir más allá de los seis pisos habituales. Se inició así una trayectoria ascendente que simbolizaba el progreso, el éxito empresarial y el estatus.

Uno de los primeros ejemplos de esta batalla tuvo lugar a partir de la década de 1870 entre propietarios de periódicos ubicados en la llamada “Newspaper Row”, la “hilera de la prensa”. El edificio del Tribune (1875), de once plantas con una torre del reloj y una aguja que alcanzaba los 79 metros, fue superado poco después por el World Building (1890), que alojaba el ya desaparecido diario The New York World. Este tenía doce plantas con una cúpula clásica sobre un tambor extruido que elevaba su altura hasta los 110 m.

Fotografía en blanco y negro
La ‘Newspaper Row’ de Manhattan fotografiada en 1895, en la que se aprecian el Ayuntamiento, el edificio del New York World, el edificio del Tribune y el edificio del Times.
Geo. P. Hall & Son/The New York Historical/Getty Images

Apenas 20 años después, la construcción de estructuras de acero permitió que el glamuroso edificio Woolworth’s (1911-1913), diseñado por Cass Gilbert en estilo neogótico, alcanzara unos asombrosos 241 metros.

El Chrysler (1931), de 319 m, con una aguja y adornos art déco inspirados en el automóvil del mismo nombre, fue superado muy poco después por el Empire State Building (1930-1931), con una azotea a 380 m y una antena que llegaba hasta los 443 m.

La trayectoria ascendente del perfil urbano de Nueva York quedó plasmada desde finales del siglo XIX gracias al rápido desarrollo de la fotografía, especialmente a través de las panorámicas. Estas imágenes, junto con el auge del turismo transatlántico, contribuyeron a difundir la mitología de Nueva York.

Fotografía en blanco y negro del perfil urbano.
Midtown Manhattan fotografiado en 1938, con el Empire State Building (a la izquierda) y el Edificio Chrysler.
Archivo del NY Daily News a través de Getty Images

Los nuevos símbolos

En 1962, Minoru Yamasaki fue elegido arquitecto del World Trade Center y presentó la maqueta de unas Torres Gemelas de 110 plantas en 1964. La más alta, la Torre Norte, alcanzaría los 417 m, o 527 m incluyendo la antena.

Sin embargo, estas relucientes torres, técnicamente innovadoras, fueron objeto de burlas por parte de muchos arquitectos de la época. En 1966, el New York Times informó de que se argumentaba que “esos gigantes de tejado plano destruirían la belleza del romántico perfil urbano del bajo Manhattan con sus agujas”.

Sin embargo, cuando se terminaron de construir en 1970-1971, su minimalismo y pureza y su coherente concepción estructural les confirieron una elegancia esbelta.

Vista de las torres de Manhattan, con el Empire State Building en primer plano y las Torres Gemelas al fondo.
El horizonte de la ciudad de Nueva York con el recién terminado World Trade Center en 1974.
Jean-Erick Pasquier/Gamma-Rapho vía Getty Images

Rápidamente se convirtieron en el par de edificios más reconocibles de un área considerada el centro de las finanzas mundiales.

Eran los escenarios utilizados en películas y series para situar la acción en el tiempo y el espacio, y llegaron incluso a sustituir al Empire State Building como el edificio al que Kong se retira en el remake de 1976 de King Kong.

Al atacar las Torres Gemelas, los terroristas de Al Qaeda eligieron lo que consideraban el símbolo más emblemático del “imperio del mal” que, según ellos, era Estados Unidos. Para los neoyorquinos, la destrucción de las Torres Gemelas supuso un ataque a su integridad e identidad.

Afrontar la pérdida

La pérdida de las Torres Gemelas fue catastrófica, pero la respuesta fue inmediata. Para los líderes cívicos y empresariales era de suma importancia que Nueva York recuperara su posición como hogar del edificio más alto de Estados Unidos. El One World Trade Center, diseñado por David Childs, de Skidmore Owings & Merrill, cumplió este requisito.

Inaugurado en 2014, el One WTC es un prisma biselado que alcanza una altura de 541 m –o 1 776 pies, en conmemoración de la firma de la Declaración de Independencia–. Sin embargo, los críticos arquitectónicos la han considerado una obra poco notable.

Personas difuminadas caminan por un paseo fluvial.
El Bajo Manhattan visto desde el río Hudson en agosto de 2026, con el One World Trade Center elevándose sobre la ciudad.
Mario Tama/Getty Images

En 2031, al One WTC se sumará, en el horizonte, el Two WTC, diseñado por Norman Foster, de Foster and Partners, y actualmente en construcción.

Cabe destacar que ni el One ni el Two WTC se encuentran en los emplazamientos de las antiguas Torres Gemelas. Los huecos en el espacio donde se alzaban permanecen vacíos, y sus huellas están ocupadas por el Memorial del 11-S: dos piscinas alimentadas por cortinas de agua de 9 m de altura, que fluyen hacia un vacío central que simboliza “la ausencia hecha visible”.

Un niño contempla el estanque conmemorativo de la torre sur
El Memorial del 11-S, fotografiado en agosto de 2026, se extiende hacia abajo en el lugar donde antaño se alzaban las Torres Gemelas.
Angela Weiss/Getty Images

Nuevos recuerdos

Veinticinco años después, la terrible violencia del 11-S se ha incorporado a la mitología de Nueva York. Las imágenes del horizonte de la ciudad establecen ahora una distinción entre el “antes” y el “después”.

Una imagen anterior al 11-S evoca recuerdos de aquel terrible suceso, pero también, posiblemente, nostalgia por lo que parece una época más sencilla, antes de que los teléfonos móviles y las redes sociales se generalizaran, y antes de la “guerra contra el terrorismo” que parece no tener fin.

El tiempo dirá si las nuevas torres se convierten en iconos. Sea como sea, el horizonte de Nueva York perdura. Aunque cambia continuamente sigue manteniendo su relevancia como faro del progreso y almacenando relaciones que profundizan en la memoria cultural compartida.


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The Conversation

Elizabeth Musgrave no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Por qué la ausencia de las Torres Gemelas también es una seña de identidad del ‘skyline’ neoyorquino – https://theconversation.com/por-que-la-ausencia-de-las-torres-gemelas-tambien-es-una-sena-de-identidad-del-skyline-neoyorquino-291411

Los migrantes en el discurso periodístico ceutí: ¿víctimas o villanos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Hanae Trola Skalli, Docente del Área de Lingüística General / Instituto de Investigación en Lingüística Aplicada (ILA) de la Universidad de Cádiz, Universidad de Cádiz

Migrantes marroquíes en las calles de Ceuta el pasado 30 de agosto. RTVE

A lo largo del mes de agosto, Ceuta se ha convertido en el escenario de un episodio migratorio de dimensiones excepcionales. Más de 70 000 personas accedieron irregularmente a la ciudad entre finales de julio y principios de agosto, a nado o bordeando a pie el espigón fronterizo con Marruecos. Durante las semanas siguientes las llegadas, los fallecimientos, la seguridad y la respuesta institucional ocuparon (y siguen ocupando) buena parte de la actualidad local.

En este contexto, la prensa ha desempeñado un papel fundamental a la hora de contar lo sucedido. Para convertir los acontecimientos en noticia, el periodista debe decidir qué cuenta, qué destaca y cómo denomina a los actores implicados. Esto no significa que invente los hechos, sino que todo relato periodístico implica una forma de organizar y presentar la información. Esta cuestión adquiere especial importancia cuando hablamos de migración, porque las palabras y expresiones utilizadas influyen en la imagen que se ofrece de las personas migrantes y de quienes intervienen en estos sucesos.

El lingüista Teun A. van Dijk ha estudiado ampliamente este fenómeno. Una de sus propuestas más conocidas es el llamado “cuadrado ideológico”, que ayuda a explicar cómo el discurso puede presentar de manera diferente al grupo con el que nos identificamos –“nosotros”– y a otros grupos que percibimos como externos –“ellos”–. En los discursos sobre inmigración, esta distinción puede situar a la sociedad receptora en el primer grupo y a las personas migrantes en el segundo.

Según los trabajos de Van Dijk, esta forma de presentar a unos y otros puede manifestarse de varias maneras: se pueden destacar aspectos negativos de “ellos”, asociándolos con la ilegalidad y la falta de adaptación, mientras se resta importancia a aspectos positivos como sus aportaciones sociales o económicas.

Del mismo modo, pueden destacarse aspectos positivos de “nosotros”, relacionados con la solidaridad, la tolerancia o la ayuda, y atenuarse otros negativos, como el racismo, la discriminación o los prejuicios.

El análisis de las noticias

Para analizar el discurso de la prensa ceutí, examinamos las noticias publicadas entre el 30 de julio y el 31 de agosto en la sección “Frontera” de dos periódicos locales: El Faro de Ceuta y Ceuta Actualidad. Al revisar las expresiones que aparecen con mayor frecuencia, encontramos “entrada masiva”, “crisis migratoria” o “atención humanitaria”.

El análisis cualitativo muestra que las personas migrantes no aparecen representadas siempre de la misma manera. Por una parte, encontramos formulaciones relacionadas con el desbordamiento y la amenaza. Por ejemplo: “Es el reflejo de lo que siempre se ha llamado invasión. ¿Cómo va a soportar Ceuta esta presión?”“.

En este caso, términos como “invasión” o “presión” ponen el foco en el impacto de la llegada de miles de personas y presentan a los migrantes como un colectivo numeroso que desborda la ciudad.

Sin embargo, en las mismas noticias también encontramos expresiones que acercan al lector a sus circunstancias individuales: “Algunos han rebuscado entre contenedores de basura en busca de algo que comer” o “Hay chicos que quieren volver y niños que preguntan por sus madres”.

Las personas son las mismas, pero cambia la forma de mostrarlas: ya no aparecen únicamente como parte de un grupo que llega y desborda la ciudad, sino como personas con hambre, miedo y vínculos familiares.

En otras noticias, la atención se centra en las consecuencias humanas de la migración, como en el siguiente ejemplo: “Existe otra realidad que crece con el paso de las horas: la de las familias que desconocen qué ha ocurrido con sus seres queridos después de que intentaran cruzar a nado o por vía marítima hasta la ciudad autónoma”.

En este caso, el foco deja de estar en el grupo y se acerca a las personas y a sus historias: personas desaparecidas y familiares que esperan noticias. Estos ejemplos muestran que los migrantes no aparecen siempre de la misma manera en la prensa ceutí. En ocasiones se presentan como una colectividad que cruza, presiona o desborda y, en otras, como menores, familias o personas concretas en situaciones de vulnerabilidad.

Una realidad con muchos protagonistas

Dicho lo anterior, nuestro análisis muestra algo más. La entrada irregular no es el único foco de las noticias publicadas por ambos periódicos, ni los migrantes son sus únicos protagonistas. Durante el mes de agosto aparecen de forma recurrente otros temas: la gestión de la frontera, las relaciones entre España y Marruecos, las exigencias a los responsables políticos y las reacciones de los propios ceutíes.

Esta variedad de asuntos muestra que las críticas no se concentran en un único actor. En las noticias analizadas aparecen distintos protagonistas a los que se responsabiliza de determinados problemas o actuaciones. Así, encontramos referencias a cargos políticos, a la actuación de las autoridades marroquíes y a comportamientos incívicos de grupos de la propia ciudad.

Los datos y el análisis de los dos periódicos locales muestran, por tanto, una realidad más compleja que una simple división entre dos grupos enfrentados.
Preguntarnos si los migrantes son únicamente “víctimas” o “villanos” puede dejar fuera buena parte de esta complejidad: los distintos actores que intervienen, las responsabilidades que se les atribuyen y las diferentes situaciones que conviven en un mismo acontecimiento.

El análisis de las noticias muestra precisamente que la forma de presentar a los distintos protagonistas cambia según el aspecto de la realidad en el que se pone el foco. Así, víctima y villano no son tanto dos respuestas como dos formas posibles de mostrar una realidad mucho más amplia.

The Conversation

Realicé un periodo de prácticas de 3 meses en el periódico mencionado Ceuta Actualidad (en 2018).

– ref. Los migrantes en el discurso periodístico ceutí: ¿víctimas o villanos? – https://theconversation.com/los-migrantes-en-el-discurso-periodistico-ceuti-victimas-o-villanos-290670

La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

Querido lector, querida lectora:

Lo que tiene entre las manos, delante de los ojos, en la pantalla, cada vez que entra en The Conversation, es un artículo de lujo. Dada la invasión de contenidos fabricados con inteligencia artificial en los medios de comunicación, es un verdadero privilegio poder acceder a una plataforma donde los autores son expertos de carne y hueso.

Porque, por si alguien tenía dudas a estas alturas, en The Conversation en español no admitimos artículos escritos con IA. Huelga decir que sería una falta de respeto pretender que lectores y editoras dedicáramos más tiempo a leer un texto del que su supuesto autor ha invertido en escribirlo. No vamos a entrar en debates sobre la capacidad de la máquina para redactar y fundamentar la información, ni sobre lo eficiente y rápido que es que lo haga, sobre eso de que luego será supervisado por la persona que va a firmarlo… ni sobre sus sesgos, ni sobre su contribución al empobrecimiento del lenguaje.

Lo que pasa es que preferimos apostar por las sofisticadas, sorprendentes e inigualables habilidades de expresión y de creatividad del cerebro humano.

Y es que nuestros autores, antes que investigadores o profesores de universidad, son personas. Eso significa que parten de su experiencia real –fruto de su interacción física con el entorno– y de una motivación propia –casi siempre cambiar el mundo para mejor con sus investigaciones–. Son dos cosas que una IA no puede tener.

Un algoritmo nunca se ha bañado en ese mar sin el que no podría vivir el biólogo Antonio Figueras, cronista de las maravillas y peligros que acechan al océano, como la muerte de toneladas de mejillones en Galicia este año. También vive cerca de una playa preciosa nuestra autora Paula Lamo, escritora de relatos de ficción e ingeniera decidida a hacernos entender que el aprendizaje automático no es nada sin un soporte físico para existir, con sus exigencias de energía y materias primas.

Otra cosa que no puede hacer la IA es dar a luz, como sí ha hecho Cristina de Juana, que además de madre es arqueóloga convencida de que ayudarnos unos a otros es el mejor camino y autora de un artículo sobre el parto asistido en la prehistoria. Tampoco puede emocionarse mirando al cielo, como le ocurre al astrofísico Miguel Ángel Aloy, cuando nos habla de lo que podrá ver el telescopio Nancy Grace Roman. ¿Y creen que a un chatbot le importa si protegemos nuestra privacidad cuando jugamos a videojuegos? Ni de lejos tanto como a Marta Beltrán, informática experta en protección de datos. Por la misma razón, un modelo de lenguaje nunca se irá al campo a tumbarse en un escondite a la espera de fotografiar una libélula, joya viva de la prehistoria, como han hecho la bióloga Patricia Casanueva y el ingeniero agroforestal Luis Fernando Sánchez.

Así podría seguir citando a todos nuestros queridos autores, con las peculiaridades y el corazoncito de cada uno, si no fuera porque nuestra compañera Claudia Lorenzo –que además de editora de Cultura es el hada madrina que les lleva cada sábado a su buzón La selección– está harta de decirnos que no nos pasemos de 500 palabras.

Con cariño, les deseo que sigan disfrutando de su producto de lujo.

The Conversation

– ref. La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo – https://theconversation.com/la-seleccion-la-inteligencia-humana-es-un-articulo-de-lujo-290226

Mercurio, el enigma cósmico que resolvió Albert Einstein

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra

Cartografía de Mercurio realizada por la Mariner 10 en el periodo 1974‑1975 Mariner 10, Astrogeology Team, U.S. Geological Surve, CC BY

A lo largo de la historia de la ciencia, Mercurio ocupa un lugar de honor: durante siglos, sus características orbitales resultaron inexplicables para la física clásica. Hasta que llegó Albert Einstein.

Visto desde la Tierra, Mercurio ofrece sorpresas constantes. Al girar en una órbita interior mucho más corta y rápida que la nuestra, este planeta adelanta periódicamente al nuestro. Durante los días en que se produce este sobrepaso, parece frenar en el firmamento, invertir su trayectoria y desplazarse en sentido contrario respecto al fondo de estrellas fijas, para luego retomar su curso habitual.

Es el mismo efecto visual que experimentamos al adelantar a un vehículo más lento en la autopista: aunque ambos avanzamos, la diferencia de velocidad hace que el otro coche parezca retroceder. Este movimiento retrógrado sucede tres o cuatro veces al año y dura unas tres semanas en cada ocasión. Es solo una ilusión óptica provocada por la perspectiva.

Un día dura el doble que un año

Sin embargo, las verdaderas rarezas de Mercurio ocurren en su propia física. El planeta completa una órbita alrededor del Sol en solo 88 días terrestres, lo que lo convierte en “el bólido” del sistema solar, viajando a 170 000 km/h en promedio. Su órbita es la más excéntrica de todos los planetas: en el perihelio se acerca a solo 46 millones de km del Sol y en el afelio se aleja hasta casi 70 millones de km. Desde su superficie, nuestra estrella se ve enorme, ocupando un disco con un diámetro angular tres veces mayor que el que vemos en la Tierra.

A pesar de su velocidad orbital, rota sobre su propio eje a un ritmo muy lento: un día sidéreo (una vuelta completa respecto a las estrellas) dura 58,6 días terrestres. Mercurio está atrapado en una resonancia orbital 3:2, es decir, girando tres veces sobre su eje por cada dos vueltas que da al Sol.

El resultado para un hipotético habitante de su superficie es desorientador: el tiempo transcurrido entre un amanecer y el siguiente –el día solar– no son 58 días, sino 176 días terrestres. Es decir, en Mercurio un día dura exactamente el doble que un año.

El fenómeno del amanecer doble

Esta combinación de rotación lenta y traslación rápida genera un fenómeno digno de la ciencia ficción: el amanecer doble. En ciertos lugares de la superficie, el Sol sale por el horizonte, se detiene, retrocede, se oculta casi por el mismo sitio y vuelve a salir poco después. En el lado opuesto ocurre un anochecer doble.

Esto sucede durante los días previos al perihelio, cuando la velocidad de traslación supera momentáneamente a la de rotación y, vista desde la superficie, hace que el movimiento aparente del Sol se invierta durante ocho días terrestres.

La anomalía de la órbita y la solución de Einstein

Más allá de sus amaneceres, la excéntrica órbita de Mercurio ocultaba el mayor enigma de la astronomía del siglo XIX. El planeta muestra una precesión lenta en su perihelio: el punto más cercano al Sol no se repite exactamente en el mismo lugar, sino que dibuja una forma de roseta a lo largo de los siglos.

La física clásica de Isaac Newton explicaba la mayor parte de este bamboleo por el tirón gravitatorio del resto de los planetas, pero las cuentas no cuadraban: quedaba un minúsculo desvío de 43 segundos de arco por siglo sin justificar. Incapaces de dudar de Newton, los astrónomos de la época, liderados por el matemático francés Urbain Le Verrier, concluyeron que la causa debía ser la gravedad de un planeta desconocido, aún más cercano al Sol y oculto por su resplandor, al que bautizaron como Vulcano.

Vulcano jamás existió. En 1915, Albert Einstein publicó las ecuaciones de la relatividad general y demostró que esa precesión anómala era la consecuencia directa de cómo la enorme masa del Sol curva el tejido del espacio-tiempo a su alrededor.

Como Mercurio está tan cerca del Sol, la intensidad de la curvatura hace que la fuerza efectiva de la gravedad sea ligeramente superior a lo que predecía la ley del cuadrado inverso de Newton. Esta curvatura extra modifica la trayectoria de la órbita en cada vuelta, haciendo que el punto más cercano al Sol (el perihelio) avance un poco más en cada revolución.

Cuando Einstein aplicó sus nuevas ecuaciones de campo para calcular el efecto de esta curvatura sobre la órbita de Mercurio, obtuvo exactamente la cifra sobrante: 43 segundos de arco por siglo. No necesitó añadir parámetros ajustables ni inventar un planeta oculto (Vulcano); el valor surgió de manera natural a partir de la geometría del espacio-tiempo.

Mercurio se convirtió así en la primera prueba triunfal de la relatividad, años antes de que el célebre eclipse solar de 1919 confirmara la teoría a escala global.

The Conversation

Javier Armentia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Mercurio, el enigma cósmico que resolvió Albert Einstein – https://theconversation.com/mercurio-el-enigma-cosmico-que-resolvio-albert-einstein-291383

En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alba Puigvert-Santoro, Doctoranda en Derecho, Economía y Empresa, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

La comunicación interna se ha convertido en una función estratégica dentro de las organizaciones. Con los años, ha pasado de ser una vía de transmisión de información a ser una vía de creación de significado para los trabajadores.

Una comunicación interna de calidad se vincula con la satisfacción laboral y el compromiso. Si funciona eficazmente, los empleados se sienten más integrados, actúan como embajadores de la marca y promueven los valores de la organización ante públicos externos.

Sin embargo, la percepción de esta comunicación es un proceso muy subjetivo, que se ve influenciado, entre otros factores, por la diversidad de la plantilla. Esto sugiere que la misma estrategia de comunicación puede ser recibida de manera diferente según el grupo o el contexto organizacional.

Ni muy nuevos ni muy viejos

Cuando una empresa quiere mejorar su comunicación interna, suele pensar primero en los recién llegados: manuales de bienvenida, sesiones de acogida, tutorías para los primeros meses. Tiene sentido: son quienes más dudas tienen. Pero una investigación reciente apunta a que esta atención puede dejar un punto ciego sin atender: los trabajadores con entre 1 y 15 años de antigüedad.

En la organización analizada, la valoración de la comunicación interna por parte de los trabajadores varía bastante según su antigüedad. No son los recién llegados los que se muestran más críticos, ni tampoco los veteranos con décadas de vinculación. Son, sobre todo, esas personas que llevan trabajando en la empresa entre 1 y 15 años (precisamente el grupo que suele representar el grueso de cualquier plantilla).

La satisfacción laboral no es igual en todas las etapas

Encuestamos a 249 trabajadores –personal docente e investigador y personal de administración y servicios– de una universidad catalana. Para ello, utilizamos un cuestionario validado que mide ocho dimensiones distintas de la satisfacción comunicativa: desde el feedback recibido hasta la calidad de las reuniones, pasando por la transparencia sobre las decisiones de la organización.

Los empleados con menos de un año de antigüedad fueron, con diferencia, los más satisfechos. Ellos reciben información constante durante la incorporación. Además, todavía no han tenido tiempo de que sus expectativas se confronten con el día a día. A partir de ahí, la satisfacción tiende a moderarse pero vuelve a subir ligeramente entre quienes llevan más de 15 años.

Este fenómeno no es nuevo en la investigación sobre el mundo laboral: se conoce como efecto resaca. La luna de miel de los primeros meses da paso a un choque entre lo que se esperaba de la organización y lo que realmente se vive.

Dos relojes distintos: edad y antigüedad

Una segunda idea del estudio tiene que ver con algo que muchas organizaciones dan por sentado: que edad y antigüedad son más o menos lo mismo. No lo son y tratarlas como si lo fueran oculta información valiosa.

En nuestro estudio vemos cómo la edad define la manera en que prefiere comunicarse el trabajador: qué canales le resultan cómodos, qué formatos entiende como cercanos. En cambio, la antigüedad tiene que ver más con la experiencia acumulada dentro de la organización y con cuánto se ha ido puliendo la mirada crítica sobre si lo que la organización dice se corresponde con lo que hace.

Esta distinción se ve con claridad en los datos obtenidos. Los empleados mayores de 55 años puntúan peor la comunicación informal y la calidad de los canales digitales. No puntúan peor en transparencia, ni en si se sienten parte de la organización, ni en la utilidad de las reuniones.

Esto es importante pues no se trata de que los séniors perciban una organización menos transparente, sino de que los canales disponibles no siempre encajan con sus hábitos comunicativos. No es una cuestión de habilidad digital sino de preferencias. Muchos trabajadores de más edad valoran el contacto directo o el correo electrónico por encima de canales más informales o novedosos.

Respecto a la antigüedad, en cambio, la disconformidad se asocia con dimensiones más estratégicas: la información sobre el funcionamiento de la organización, el ambiente comunicativo general, la calidad de las reuniones. Son aspectos de fondo, no de forma.

En conclusión, dos empleados de la misma edad, pero con antigüedades distintas, pueden necesitar vías de comunicación completamente diferentes. Y dos empleados con la misma antigüedad, pero de generaciones diferentes, pueden estar de acuerdo en el fondo, aunque prefieran canales opuestos de comunicación.

Por qué esto puede ser importante

Una política de comunicación interna pensada solo para la acogida de nuevos empleados deja fuera a un grupo de trabajadores potencialmente numeroso que, en este estudio, muestra los niveles más bajos de satisfacción comunicativa.

Esto no significa que se deban abandonar los programas de bienvenida, sino complementarlos con mecanismos pensados para quienes ya llevan un tiempo dentro. Son necesarios espacios de feedback estructurado, mayor transparencia sobre los cambios organizativos, o programas de mentoría. Con estos últimos se aprovecha el conocimiento de los empleados más veteranos para acompañar a quienes están en el intermedio de la travesía.

Estos programas no tienen por qué ser formales ni costosos. A veces basta con emparejar a un empleado de mitad de carrera con alguien de mayor trayectoria para conversaciones periódicas, sin una estructura rígida.

También conviene revisar qué combinación de canales funciona mejor para los distintos colectivos. No se trata de renunciar a las herramientas digitales, sino de mantener alternativas que sigan siendo accesibles para quienes las prefieren.

Una pérdida de talento

Lo que este estudio deja claro es que la comunicación interna no puede diseñarse pensando en una plantilla uniforme. Edad y antigüedad marcan experiencias distintas y quienes llevan entre 1 y 15 años en la organización –la mayoría, en cualquier plantilla– merecen tanta atención como los recién llegados. Ignorar ese punto ciego tiene un coste, pues es allí donde es mayor el desajuste entre lo que se promete y lo que se vive dentro de la organización. Y donde más se juega la confianza a largo plazo.

Como toda fotografía tomada en un momento concreto, este estudio no puede predecir cómo evolucionará la satisfacción de una persona a lo largo de su carrera, pero sí señalar hacia dónde debe mirar una organización que quiera que su comunicación interna abarque a la mayoría de su plantilla.

Al final, hay un coste económico y organizacional en este tema: la rotación es cara, y quien decide marcharse casi nunca lo hace únicamente por el sueldo, sino porque deja de sentir que la organización le toma en cuenta. Además, cada salida supone una pérdida de talento y de conocimiento acumulado que no siempre es fácil de reemplazar.

Perder a alguien que ya lleva años arraigado en la empresa, precisamente porque su sentido de pertenencia y su compromiso empiezan a resentirse, es algo que las organizaciones deberían esforzarse por evitar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también – https://theconversation.com/en-el-trabajo-la-edad-importa-pero-la-antiguedad-tambien-288127

La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Virginia Morandini, Investigadora Ramón y Cajal en Ecología Antártica y Cambio Global, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Base Antártica Española Juan Carlos I. UTM-CSIC

En 1959, en plena Guerra Fría, 12 naciones se sentaron a negociar el futuro de un continente en el extremo sur del planeta y casi completamente cubierto de hielo. El resultado fue el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que estableció que la Antártida debía ser un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Aquel tratado creó un sistema de gobernanza único para un lugar único. Décadas después, para reforzar su protección ambiental, se firmó en Madrid el llamado Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente o Protocolo de Madrid. En él se declaró la Antártida como una reserva natural dedicada a la paz y la ciencia, prohibiendo la explotación de recursos minerales, salvo con fines científicos.

En la actualidad, el tratado cuenta con 58 miembros y su conservación depende de la cooperación internacional y la capacidad de alcanzar acuerdos entre países. Durante más de 60 años, este sistema ha mantenido el continente helado como un espacio excepcional de cooperación científica internacional.

Hoy en día, la Antártida está más vigilada que nunca. Satélites, bases científicas, barcos oceanográficos, sensores remotos y campañas internacionales producen cada año una enorme cantidad de datos sobre el hielo, el océano, el clima y sus ecosistemas. Sabemos más que nunca sobre su fauna, el retroceso del hielo y la contaminación.

Sin embargo, más ciencia no significa necesariamente mejores decisiones.

En un estudio publicado recientemente en People and Nature, planteamos precisamente esta paradoja: la investigación actual en el continente helado produce una gran cantidad de información, pero no siempre genera el conocimiento necesario para guiar su protección.




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Un caso reciente: la pesca de kril

La península antártica es una de las zonas donde coinciden con más intensidad la pesca de kril –pequeños crustáceos marinos– y la presencia de especies que dependen de él, como pingüinos, focas, peces y ballenas. Por eso, a la hora de regular la pesca no basta solo con fijar un límite total de capturas. Si una parte demasiado grande de esta actividad se concentra en una zona especialmente sensible, el riesgo ecológico puede aumentar aunque el cupo total no se haya superado.

Para reducir ese riesgo, desde 2009 la medida CM 51-07 distribuía espacialmente el límite precautorio de captura de kril entre varias subáreas de pesca. Por ejemplo, el límite total para el Área 48 era de 620 000 toneladas por temporada, pero la subárea 48.1, que abarca gran parte de la península antártica, tenía un cupo específico de 155 000. Ese reparto buscaba evitar que la presión pesquera se concentrara excesivamente en esta región a la vez frágil, productiva y codiciada por la actividad pesquera.

En 2024, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, el organismo internacional que regula la pesca en el océano Austral, se reunió para decidir si mantenía ese reparto espacial del cupo de kril. La medida expiró y no se renovó.

En consecuencia, desde la temporada de pesca de 2025, ya no está distribuido el límite de captura de kril entre esas subáreas de pesca. Su expiración se debió a la dificultad de alcanzar un acuerdo entre los países miembros del tratado con la información científica disponible. Este caso mostró hasta qué punto la gestión de la Antártida depende de contar con una base científica sólida, compartida y útil para apoyar decisiones colectivas.

Un pequeño crustáceo semitransparente flotando sobre una roca
Kril antártico.
Tarpan/Shutterstock

Una protección bajo presión

Cuando los datos no son suficientes, no son comparables o no se traducen en acuerdos sólidos, las decisiones pueden acabar reflejando más los bloqueos políticos y los intereses económicos que el principio de precaución.

Hoy, esto importa especialmente porque hay una fecha en el horizonte: 2048. El Protocolo de Madrid, que prohibió la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos, podría ser revisado a partir de ese año. Se espera que en el futuro el continente sea físicamente más accesible que cuando se diseñó su actual marco de protección. Las proyecciones indican que las zonas libres de hielo podrían aumentar alrededor de un 25 % hacia finales de siglo, aumentando su accesibilidad y modificando los intereses geopolíticos y económicos sobre el territorio.

Si llegamos a posibles debates sobre recursos minerales, presencia humana o nuevas formas de explotación sin una ciencia integrada, sostenida y aceptada como base común, la protección de la Antártida podría depender más de negociaciones políticas que de una evaluación sólida de los riesgos.




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La opacidad epistémica antártica

En nuestro trabajo usamos el concepto de “opacidad epistémica” para describir una situación aparentemente paradójica: puede haber muchos datos científicos y, aun así, faltar una visión clara, integrada y útil para tomar decisiones.

La opacidad surge cuando la información existe, pero está fragmentada. Cuando los estudios no son comparables entre regiones. Cuando los datos científicos disponibles no responden directamente a las preguntas que deben resolver quienes toman decisiones. O cuando la información científica existe, pero no llega de forma integrada, comprensible y útil a los espacios donde esas decisiones se toman.

En la Antártida, este problema no se debe a la falta de buena ciencia. La investigación antártica ha producido descubrimientos fundamentales para entender el planeta. El problema está en cómo se organiza, financia, coordina y utiliza esa ciencia. Un estudio reciente sobre seguimiento a largo plazo en la Antártida mostró, por ejemplo, que más del 60 % de las investigaciones se centran en megafauna carismática, como pingüinos y mamíferos marinos.

La solución no es simplemente producir más artículos científicos. Es generar conocimiento más integrado, mantenido en el tiempo y conectado con las necesidades de conservación y gobernanza. Esto implica reforzar los seguimientos a largo plazo, armonizar protocolos, coordinar observatorios, compartir datos y asegurar que las regiones y procesos menos visibles también formen parte de la agenda científica.

Afortunadamente, la comunidad científica antártica no es ajena a este problema. En los últimos años han surgido iniciativas internacionales que avanzan en esa dirección: mayor coordinación entre programas, integración de datos, identificación de prioridades comunes y esfuerzos para conectar mejor la ciencia antártica con la toma de decisiones. Son pasos importantes. Pero ¿serán suficientes y llegarán a tiempo?




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Lo que ocurre en la Antártida no se queda allí

La Antártida no está tan aislada como solemos pensar. En la temporada 2024–25 recibió 118 491 turistas, una cifra impensable hace pocas décadas.

No podemos seguir viviendo de espaldas a este continente. Lo que pasa en el resto del planeta llega hasta allí en forma de calentamiento, contaminación, presión pesquera, turismo o enfermedades emergentes. Y lo que ocurre allí puede repercutir en el resto del mundo a través del clima, el océano, el nivel del mar y la biodiversidad.

Mirar hacia la Antártida ya no es solo una cuestión científica o geográfica. Es una forma de preguntarnos si sabremos proteger algo antes de perderlo.

The Conversation

Virginia Morandini no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario – https://theconversation.com/la-paradoja-antartica-nunca-supimos-tanto-sobre-el-continente-helado-pero-quiza-no-sabemos-lo-necesario-284582

Cáncer infantil: una excepción a las reglas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lydia Begoña Horndler Gil, Profesor en inmunología y biología del cáncer, Universidad San Jorge

fizkes/Shutterstock

Cuando una familia recibe la noticia de que su hijo tiene cáncer, una de las primeras preguntas que suele hacerse es: ¿cómo es posible si es un niño?

Lo primero que conviene saber es que no hay culpables. Y lo segundo, que la causa de lo que ha pasado es, en muchos casos, una incógnita. En ese momento, además de la atención sanitaria, el apoyo que procuran a las familias asociaciones como ASPANOA o Cáncer infantil resulta fundamental.

Con sus propias reglas biológicas

Aunque compartan la palabra “cáncer”, los tumores infantiles no pueden considerarse una versión adelantada de los de los adultos. Su origen biológico, los tejidos que afectan y su evolución clínica son diferentes, lo que obliga a estudiarlos y tratarlos como enfermedades con identidad propia.

Mientras que en los adultos predominan los cánceres de pulmón, colon, mama, próstata o estómago, en la infancia los más frecuentes son las leucemias, los tumores cerebrales, los linfomas o los neuroblastomas. Se trata de patologías diferentes que afectan a tejidos distintos y que siguen reglas biológicas propias.

Distribución porcentual de los principales tipos de cáncer infantil. Fuente: Fundación Villavecchia.

Además, el pronóstico suele ser mejor que en muchos tumores de adultos. Aproximadamente ocho de cada diez niños diagnosticados con cáncer sobrevivirán a la enfermedad. En la población adulta, considerando todos los tipos de cáncer en conjunto, la supervivencia ronda el 50 %.

Todo ello nos obliga a entender el cáncer infantil como una entidad independiente. Y es ahí donde surge la primera pregunta: ¿por qué aparece?

No influyen los hábitos

En los adultos sabemos que el tabaco, el alcohol, la obesidad, determinadas infecciones o la exposición prolongada a sustancias tóxicas desempeñan un papel fundamental en la aparición de muchos tumores. Se estima que cerca de un 40 % de los casos en adultos suele ser la consecuencia de décadas de contacto con factores de riesgo.

Pero en los niños la situación es muy diferente, ya que rara vez los cánceres infantiles están relacionados con hábitos o factores ambientales acumulados durante años. A día de hoy sabemos que alrededor de un 5-10 % de los diagnósticos pueden atribuirse a síndromes hereditarios que predisponen a sufrirlos, pero esto deja sin explicar la mayoría de los casos. Tampoco parece fácil atribuirlos simplemente a la “mala suerte”.

Cada vez existen más evidencias de que muchos tienen su origen en alteraciones genéticas y cromosómicas que aparecen durante las primeras etapas del desarrollo –e incluso antes del nacimiento en algunas ocasiones– y que pueden permanecer silenciosas durante años antes de dar lugar a la enfermedad.

Todas estas diferencias tienen consecuencias directas en la práctica clínica, condicionando el diagnóstico, las estrategias terapéuticas y la evolución de los pacientes.

Diferencias con los adultos

Un niño no es un adulto pequeño. Su sistema inmunitario está madurando, sus órganos están desarrollándose y los tejidos donde aparece el tumor son muy distintos a lo que esperaríamos en una persona adulta.

La leucemia mieloide aguda es un buen ejemplo. Históricamente, los modelos más utilizados para estudiarla han sido pacientes de edad avanzada, pero la médula ósea de un niño poco tiene que ver con la de una persona de 70 años. Mientras que en el adulto envejecido la médula pierde progresivamente actividad hematopoyética (formación y desarrollo de células sanguíneas) y se infiltra por el tejido adiposo, en los niños constituye un órgano extraordinariamente activo, diseñado para sostener el crecimiento y con una alta mineralización.

Cada vez hay más evidencias de que ese microambiente condiciona cómo se comportan las células tumorales y cómo responden a los tratamientos los pacientes pediátricos. Algunas células leucémicas pueden encontrar refugio en nichos específicos de la médula ósea, escapar temporalmente a la acción de los fármacos y convertirse más tarde en el origen de una recaída, momento en que la tasa de supervivencia baja rápidamente.

Otra diferencia añadida es que los síntomas del cáncer infantil suelen ser poco específicos y pueden confundirse. Mientras que muchas personas asocian el cáncer en adultos con la aparición de un bulto o una pérdida de peso repentina, en los niños las señales de alarma pueden ser mucho más sutiles. Fiebre persistente, cansancio excesivo, infecciones recurrentes, hematomas frecuentes o dolores óseos son algunas de las manifestaciones que pueden activar las alarmas.

Cuando la supervivencia no es el único objetivo

Además, cuando pensamos en los tratamientos contra el cáncer solemos asumir que el objetivo principal es lograr la supervivencia de la persona afectada. Sin embargo, si el paciente es un niño, el objetivo no se reduce solo a la supervivencia, sino a reducir al máximo los efectos asociados tanto a la enfermedad como a los tratamientos utilizados.

Muchos de las opciones terapéuticas actuales, como la quimioterapia o la radioterapia, pueden producir efectos secundarios importantes. En un paciente adulto, estas secuelas pueden tener un impacto diferente debido al momento vital en el que aparece la enfermedad. En cambio, cuando la terapia se administra durante la infancia, es inevitable preguntarse qué consecuencias tendrá décadas después: ¿afectará al crecimiento?, ¿condicionará la función cardíaca o endocrina?, ¿podrá limitar la fertilidad o la posibilidad de tener hijos en el futuro?, ¿influirá en la calidad de vida cuando el paciente alcance la edad adulta?…

Muchos grupos de investigación trabajamos para conocer y comprender esas diferencias, con el objetivo de desarrollar tratamientos cada vez más precisos y personalizados que permitan a los pacientes no solo superar la enfermedad, sino desarrollar una vida plena y completa. Porque vivir no debería limitarse a sobrevivir.

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Lydia Begoña Horndler Gil recibe financiación para su investigación por parte de ASPANOA, la asociación que atiende a los niños con cáncer en Aragón.

– ref. Cáncer infantil: una excepción a las reglas – https://theconversation.com/cancer-infantil-una-excepcion-a-las-reglas-285018

Cómo evitar las micotoxinas en los alimentos que comemos: lo que dice la ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natalia Martínez Reyes, Colaborador honorífico del Departamento de Biología Molecular, Universidad de León

Cereales y verduras suelen tener micotoxinas, aunque no deberían llegar a nuestra mesa si sobrepasan los límites establecidos por los el sistema de control sanitario. Sarah Chai/Pexels, CC BY

Las micotoxinas son compuestos tóxicos producidos de forma natural por diversas especies de hongos. Podemos encontrarlas en alimentos tan cotidianos como el pan, la pasta, el café, el cacao, los frutos secos o algunas especias.

Aunque nos exponemos a ellas de forma habitual, los sistemas de control alimentario en Europa mantienen sus niveles bajos y seguros. Pero ¿qué podemos hacer en casa? ¿Sirve de algo cocinar los alimentos? ¿Los productos ecológicos tienen más micotoxinas? ¿Hay alimentos que conviene evitar? La evidencia científica ofrece respuestas que, a menudo, contradicen la intuición.

Difíciles de eliminar por completo

Aspergillus, uno de los géneros de hongos micotoxigénicos más relevantes. Se observan al microscopio las hifas, que son los filamentos que componen el moho, y los cuerpos fructíferos, que parecen flores, donde se forman las esporas para la reproducción.
Igor Siwanowicz/Howard Hughes Medical Institute

Las micotoxinas pueden crecer sobre los cultivos antes de la cosecha o durante el almacenamiento. Aparecen, sobre todo, en productos de origen vegetal: cereales, pan, pasta, arroz, maíz, frutos secos, café, cacao, especias, frutas desecadas o cacahuetes. También pueden estar en zumos y bebidas alcohólicas. Y es prácticamente imposible evitarlas totalmente.

En España y en el resto de la Unión Europea, existe un sistema de protección que combina el autocontrol de la industria alimentaria con inspecciones oficiales y sistemas de alerta rápida para retirar los lotes que superan los límites legales. Gracias a ello, la inmensa mayoría de los alimentos comercializados cumplen la normativa.

Eso sí, los estudios muestran que la mayoría de la población española presenta rastros de distintas micotoxinas o de sus metabolitos en la orina. Aunque no debemos confundir presencia con riesgo. En la gran mayoría de los casos, los niveles se encuentran muy por debajo de las dosis preocupantes.




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¿Los alimentos ecológicos tienen más micotoxinas?

Podría pensarse que la menor utilización de fungicidas favorecería la presencia de hongos en los cultivos ecológicos. Pero los estudios no muestran diferencias consistentes entre alimentos ecológicos y convencionales. En algunos trabajos, se detectan concentraciones superiores en productos ecológicos, sobre todo, en zumos y bebidas y, en otros, ocurre lo contrario.

También se han visto leves diferencias entre alimentos integrales o refinados, y de producción artesanal o industrial. Pero no son consistentes ni relevantes, ya que todos los alimentos deben cumplir la normativa, independientemente del tipo de procesado.

¿Sirve cocinar para eliminarlas?

En general, no. Las micotoxinas son moléculas sorprendentemente resistentes al calor. Hornear pan, cocinar pasta o recalentar alimentos en el microondas apenas modifica su presencia.

Algunos procesos industriales más agresivos, como la extrusión o tratamientos alcalinos, sí consiguen reducir algunas micotoxinas. Sin embargo, esa desaparición no siempre equivale a una detoxificación real. En algunos casos, lo que ocurre es que se transforman en otros compuestos cuya toxicidad aún se está investigando.

Lo que sí podemos hacer en casa

Aunque no podamos detectar las micotoxinas a simple vista en casa, sí podemos evitar que los hongos crezcan en nuestros alimentos.

La primera medida consiste en conservar los productos de despensa en lugares frescos y secos. La humedad favorece el desarrollo de los mohos y aumenta la probabilidad de que estos produzcan nuevas toxinas durante el almacenamiento doméstico.

Por otro lado, si un alimento presenta moho visible, lo recomendable es desecharlo. Cortar la parte afectada no suele ser suficiente en alimentos blandos como pan, fruta o mermeladas.

También es recomendable adquirir siempre los alimentos a través de comercios fiables, donde los controles de calidad son sistemáticos.




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¿Conviene dejar de comer ciertos alimentos?

Algunos estudios detectan que personas con dietas pobres en frutas y verduras presentan menos biomarcadores de micotoxinas. Pero esos mismos patrones dietéticos se asocian a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, obesidad o cáncer. En conjunto, la evidencia indica que mantener una dieta variada y rica en vegetales es mucho más beneficioso para la salud que intentar evitar por completo los alimentos que pueden contener trazas de micotoxinas.

De modo que la mejor estrategia sigue siendo una dieta variada y equilibrada. Así, evitaremos exponernos en exceso a una sola fuente posible de contaminación. Además, el consumo de verduras puede protegernos de los efectos tóxicos de estos compuestos.

En el caso de los niños pequeños, que comen más en relación a su peso, el riesgo es mayor si se les expone prematuramente a alimentos como el pan, las galletas o la pasta. Por eso, los límites legales de micotoxinas para los alimentos infantiles son más restrictivos.

Algo parecido ocurre con el cacao. Un estudio reciente, realizado en España, detectó aflatoxinas en este alimento con relativa frecuencia, especialmente en el cacao en polvo. Los autores concluyeron que, en niños con un consumo elevado, la exposición podría justificar un seguimiento más estrecho y apoyar futuras medidas regulatorias.

La prevención empieza mucho antes de llegar a nuestra cocina

Las decisiones que más reducen la exposición a micotoxinas no se toman en casa, sino en el campo y a lo largo de toda la cadena alimentaria. La gestión agrícola, las condiciones de almacenamiento, los controles analíticos y la legislación constituyen las principales barreras frente a estos contaminantes.

Como consumidores, nuestro papel es más sencillo: conservar correctamente los alimentos, desechar aquellos con moho visible, comprar en establecimientos de confianza y mantener una dieta variada. Perseguir una exposición nula no solo es imposible, sino que podría llevarnos a abandonar alimentos cuyo beneficio para la salud es mayor que el riesgo que representan estas sustancias cuando se mantienen dentro de los límites establecidos.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Cómo evitar las micotoxinas en los alimentos que comemos: lo que dice la ciencia – https://theconversation.com/como-evitar-las-micotoxinas-en-los-alimentos-que-comemos-lo-que-dice-la-ciencia-286098