¿Por qué nos atrae más “una hamburguesa sin carne” que una “hamburguesa de guisante”? El curioso efecto de las etiquetas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Arancha Larrañaga, Profesora adjunta de Marketing Estratégico y Retail. Investigadora en temas de sostenibilidad y comportamiento del consumidor, Universidad Pontificia Comillas

Sheila Fitzgerald/Shutterstock

Imagine que está en el supermercado frente al lineal de productos vegetales. Ante usted tiene dos paquetes casi idénticos: uno se anuncia como “hamburguesa sin carne” y el otro como “hamburguesa de soja”. Aunque ambos son productos 100 % vegetales, es muy probable que el primero le resulte más apetecible, especialmente si usted es un consumidor habitual de alimentos cárnicos.

Este fenómeno no es casualidad ni una simple preferencia estética. En una investigación reciente hemos analizado el efecto de la precisión de las etiquetas sobre la percepción del producto. En un momento en el que el mercado plant-based (alimentos a base de plantas) se expande pero encuentra techos de adopción –solo representa el 2,4 % del mercado total de comidas y bebidas en la UE–, entender la psicología detrás del nombre es clave para la transición hacia dietas más sostenibles.

El laberinto del etiquetado: legalidad y salud

El debate sobre cómo llamar a estos productos no es nuevo. Como se analizó en The Conversation, existe una intensa batalla legal sobre si se puede denominar “hamburguesa” a un producto sin carne. Mientras que en el sector lácteo términos como “leche de soja” fueron prohibidos en favor de “bebida vegetal”, en octubre de 2024 el Tribunal de Justicia de la UE dictaminó que los Estados no pueden prohibir términos como “salchicha” o “hamburguesa” para vegetales, siempre que el etiquetado sea claro.

Más allá de la legalidad, el consumidor también se enfrenta al reto nutricional, porque otra cuestión fundamental es si estas alternativas vegetales son realmente más saludables que la carne. Estudios previos comparando casi mil productos muestran que, aunque suelen tener mejor perfil nutricional en el sistema Nutri-Score (más fibra, menos grasas saturadas), a menudo son alimentos ultraprocesados con niveles elevados de sal y azúcar.

Sin embargo, la nueva investigación demuestra que, incluso si el producto es saludable y legal, la forma en que se nombra el ingrediente principal puede activar barreras psicológicas insospechadas.

El experimento: cuando la claridad no ayuda

Para entender este mecanismo, realizamos un experimento con 300 participantes en España, a quienes se presentó cuatro tipos de etiquetas para una misma hamburguesa vegetal, variando su nivel de abstracción:

  1. Abstracta: “Hamburguesa sin carne” (se enfoca en lo que no tiene).

  2. Intermedia: “Hamburguesa vegetal” (término general).

  3. Concreta: “Hamburguesa de soja” o “Hamburguesa de guisante” (identifica el ingrediente específico).

Los resultados fueron reveladores: las etiquetas concretas, especialmente la de guisante, redujeron el atractivo del producto, la percepción de su sabor y la intención de compra. ¿Por qué ser más preciso y transparente sobre los ingredientes genera rechazo? La respuesta está en un concepto llamado “afinidad por la carne”.

Disparadores semánticos

La afinidad por la carne es el vínculo emocional, de placer y satisfacción que muchas personas sienten al comer productos animales. Es el ancla que impide que muchos den el paso hacia una dieta vegetal, incluso conociendo los beneficios ambientales.

Nuestra investigación descubrió que las etiquetas concretas actúan como disparadores semánticos que subrayan la naturaleza “sustitutiva” del producto. Al leer un ingrediente específico, el consumidor recuerda inmediatamente que aquello no es carne real. Y esto activa una resistencia defensiva: el producto se percibe como algo “no natural” o un “engaño industrial”, lo que se conoce como “la paradoja del análogo”.

En cambio, etiquetas más abstractas como “sin carne” facilitan la fluidez de procesamiento; es decir, son más fáciles de entender y permiten al consumidor relacionar el producto con una experiencia familiar de sabor y uso sin activar comparaciones negativas.

Un resultado particularmente interesante es que esta resistencia no afecta a todos por igual: en nuestro estudio, los hombres mostraron una resistencia ligeramente más fuerte a las etiquetas concretas. Para muchos varones, la carne es un pilar de su identidad. Cuando una etiqueta detalla con excesiva claridad que están ante una “hamburguesa de guisante”, se produce una amenaza a su identidad social, provocando una respuesta defensiva que debilita el atractivo del producto.

Lecciones para el futuro: dividir el mensaje

¿Significa esto que debemos ocultar los ingredientes? En absoluto. La transparencia es un derecho del consumidor y una obligación legal. Sin embargo, los resultados sugieren estrategias más inteligentes para fomentar el consumo de proteínas vegetales:

  • En el frontal, la experiencia: las marcas deberían utilizar un lenguaje más abstracto y sugerente en la parte delantera del paquete (“hamburguesa sabrosa sin carne”), apelando al formato culinario y al placer.

  • En el reverso, la precisión: la información técnica y detallada sobre los ingredientes (soja, guisante) debe quedar para la parte posterior, satisfaciendo la necesidad de claridad informativa sin activar la resistencia emocional inicial.

  • Evitar prohibiciones contraproducentes: estos resultados también invitan a reflexionar sobre el papel de la regulación. Limitar el uso de términos tradicionalmente asociados a la carne en productos vegetales podría generar efectos no deseados. Si se fuerza el uso de denominaciones más concretas y menos familiares para el consumidor, podría reforzarse la distancia psicológica hacia este tipo de productos, especialmente entre quienes muestran un mayor apego a la carne.

En conclusión, el lenguaje evoluciona con la sociedad. Si queremos que las alternativas vegetales dejen de ser un nicho y se conviertan en una opción real para la mayoría, debemos entender que una etiqueta es mucho más que una lista de ingredientes. Por eso, a veces avanzar exige no solo informar con claridad, sino también comunicar con inteligencia.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

Marko Aliaksandr/Shutterstock

Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

Una pregunta final difícil de esquivar

Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

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Víctor Hugo Pérez Gallo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones – https://theconversation.com/la-ilusion-de-libertad-en-internet-8-maneras-en-las-que-la-red-moldea-nuestras-decisiones-280116

El final del ‘síndrome de alienación parental’: lo que la reforma cambia y lo que no

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan José Guardia Hernández, Profesor lector de Derecho Administrativo, Universitat de Barcelona

El 5 de mayo de 2026 el Consejo de Ministros del Gobierno de España aprobó el anteproyecto de reforma de la Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (LOPIVI). Uno de los cambios previstos es la prohibición del uso del denominado “síndrome de alienación parental” (SAP).

El SAP fue formulado en 1985 por el psiquiatra estadounidense Richard Gardner, quien lo describió como un trastorno infantil característico de los conflictos por la custodia. Se caracterizaría por una “campaña difamatoria” del menor contra uno de los progenitores, sin fundamento suficiente y provocada por la influencia o adoctrinamiento ejercido por el otro progenitor.

Ausente de los manuales

Pero ¿qué validez científica se le concede? En medicina, un síndrome es un conjunto de síntomas o comportamientos que suelen aparecer juntos de forma repetida y que permiten identificar un determinado problema o trastorno. Los síndromes pueden tener causas muy distintas –genéticas, neurológicas, ambientales o incluso todavía desconocidas–, pero lo característico es que ciertos síntomas tienden a presentarse asociados de manera habitual y no por simple casualidad.

Algunos síndromes cuentan con amplio reconocimiento científico y aparecen en los principales manuales médicos internacionales, mientras que otros siguen siendo discutidos porque no existe suficiente consenso entre los especialistas. Esto es precisamente lo que ocurre con el síndrome de alienación parental, cuya consideración como síndrome clínico no está aceptada de forma generalizada en la comunidad científica.

Los dos principales manuales internacionales utilizados para clasificar enfermedades y trastornos mentales son el Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE). El DSM es elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría y la CIE, por la Organización Mundial de la Salud.

Cuando un problema aparece reconocido en estos manuales suele entenderse que existe un amplio grado de aceptación científica y clínica internacional sobre su existencia y características. El SAP no ha sido incluido en ninguno de ellos.

Una prohibición ya existente

La propia LOPIVI establece que los poderes públicos adoptarán las medidas necesarias para impedir el uso del SAP. La reforma actualmente en tramitación parece, por tanto, reforzar una orientación que en buena medida ya estaba presente. Diversos estudios sostienen que las alegaciones de “alienación parental” pueden funcionar, en determinados procedimientos, como estrategia procesal para desacreditar denuncias de violencia o abuso.

El uso del SAP corre el riesgo de desoír las manifestaciones del menor –y del progenitor denunciante– bajo la premisa de que responderían exclusivamente a una supuesta manipulación psicológica. A ello se añade que las propias actuaciones de protección o cautela del progenitor denunciante pueden reinterpretarse como nuevas formas de “programación” del menor, generando un razonamiento circular difícilmente verificable desde el punto de vista pericial.

Sin embargo –y este es el punto central–, el rechazo del SAP como categoría clínica no implica negar la existencia, en ocasiones, de dinámicas familiares profundamente tóxicas. La comunidad científica y jurídica admiten la existencia de conductas de manipulación deliberada o descalificación sistemática de un progenitor hacia el otro capaces de ocasionar daños psicológicos al menor y de constituir formas de abuso emocional infantil.

La cuestión central reside, por tanto, en el diagnóstico diferencial. El rechazo del menor hacia uno de los progenitores puede obedecer tanto a procesos de manipulación como a experiencias reales de maltrato físico o psicológico, negligencia, abandono o abuso sexual. Distinguir adecuadamente ambas situaciones constituye una tarea particularmente compleja.

Para abordar ese diagnóstico diferencial, el DSM-5 ya contiene categorías clínicas y reconocidas internacionalmente que permiten describir situaciones familiares conflictivas sin recurrir a un modelo especialmente controvertido como el SAP.

Los múltiples orígenes de un conflicto

Los conflictos familiares que llegan a los juzgados suelen estar condicionados por múltiples factores, entre ellos las dificultades de conciliación, el elevado coste de la vivienda, la precariedad laboral o la inseguridad económica. Reformar únicamente el procedimiento sin actuar sobre esas variables supone intervenir sobre el síntoma, pero no sobre algunas de las causas que alimentan la conflictividad familiar.

En España, además, los horarios laborales y sociales particularmente tardíos –favorecidos también por el actual huso horario y por jornadas prolongadas– reducen el tiempo efectivo para la vida familiar, dificultan el acompañamiento cotidiano de los menores, limitan la supervisión del uso de pantallas y la prevención temprana del consumo de contenidos pornográficos y afectan al descanso y al cuidado de los hijos.

¿Qué puede cumplir el sistema?

El anteproyecto inicia ahora su tramitación parlamentaria. Lo prudente es distinguir entre tres planos: lo que el texto legal establece, lo que el Gobierno afirma que la reforma conseguirá y lo que las condiciones materiales del sistema permitirán realmente alcanzar.

Las medidas previstas pueden responder a problemas reales. Sin embargo, también corren el riesgo de permanecer en un plano simbólico si no van acompañadas de recursos suficientes y capacidad técnica adecuada.

La cuestión decisiva no es si la reforma resulta políticamente atractiva o técnicamente impecable, sino si dentro de unos años el sistema contará con equipos psicosociales suficientes para escuchar de forma adecuada a una niña de ocho años y para distinguir, con el rigor exigible, entre un rechazo inducido y un rechazo basado en experiencias reales de violencia, negligencia o abuso.

El derecho no puede limitarse a reaccionar frente a las consecuencias del conflicto familiar, sino que debe atender también a algunos de los factores estructurales que favorecen la fragilidad de los vínculos familiares y el incremento de la conflictividad contemporánea.

Si verdaderamente se pretende reforzar la protección del menor, el debate no debería agotarse en la respuesta procesal o sancionadora, sino extenderse asimismo a políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones materiales y culturales que permiten la estabilidad de la familia: la conciliación entre vida familiar y laboral, una organización más humana y racional de los horarios; la protección de los menores frente a la exposición temprana a la pornografía y el acceso a contenidos que pueden afectar negativamente a su desarrollo afectivo y moral; un mercado de vivienda que ofrezca posibilidades reales de acceso a las familias recién constituidas, y el acceso a una educación de calidad en un marco de pluralismo educativo.

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Juan José Guardia Hernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El final del ‘síndrome de alienación parental’: lo que la reforma cambia y lo que no – https://theconversation.com/el-final-del-sindrome-de-alienacion-parental-lo-que-la-reforma-cambia-y-lo-que-no-282440

El espejismo de los detectores de inteligencia artificial: por qué no son útiles ni justos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Faraón Llorens Largo, Catedrático de Ciencia de la Computación e Inteligencia Artificial, Universidad de Alicante

HAKINMHAN/Shutterstock

Un estudiante entrega un trabajo brillante. Pero resulta demasiado bien escrito, demasiado estructurado, demasiado “perfecto”. Enseguida surge la sospecha: quizá lo ha hecho una inteligencia artificial. El primer impulso es usar un detector de textos generados por inteligencia artificial. Lo aplicamos sobre el trabajo, y esta herramienta nos responde que se trata de un texto con un 87 % de probabilidades de haber sido generado por una máquina. Entonces damos rienda suelta al sesgo de automatización que nos hace asumir acríticamente las decisiones automatizadas. Caso cerrado. Sentencia dictada.

¿O no? El caso no está cerrado. Este veredicto informático no solo es poco fiable; es, sobre todo, injusto.

Los detectores de inteligencia artificial parecen una solución lógica, pero tienen dos problemas fundamentales. El primero es técnico: no funcionan bien. El segundo problema es más relevante: aunque funcionaran perfectamente, no resolverían el verdadero problema.


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Una solución técnicamente frágil

A diferencia del plagio tradicional, donde se compara un texto con fuentes existentes, aquí no hay un original contra el que contrastar. Se intenta distinguir entre texto estadísticamente humano y texto estadísticamente generado por una máquina para parecer humano. Una línea de separación difícil de trazar y cada vez más borrosa.

Además, hay razones para pensar que esta frontera desaparecerá. Cuanto mejores sean los modelos generativos, más indistinguible será su producción de la humana. Detectar el uso de inteligencia artificial será como intentar diferenciar entre dos textos igualmente plausibles, una tarea que llevada al extremo se parece a lanzar una moneda al aire. Puro azar.

El coste de equivocarse

Podríamos aceptar que los detectores se equivocan en algunos casos. Pero en educación, esos casos particulares importan mucho. Como todos los clasificadores, los detectores de texto escrito con inteligencia artificial cometerán errores de dos tipos: los falsos positivos y los falsos negativos.

Un falso positivo, es decir, acusar de fraude a un estudiante que ha hecho el trabajo, tiene consecuencias graves: ansiedad, indefensión y, en muchos casos, una acusación imposible de refutar.

Por otro lado, un falso negativo, no detectar a quien sí ha usado IA, tiene un efecto más difuso pero igualmente dañino al recompensar a los que no cumplieron con su compromiso académico: erosiona la confianza en el propio sistema educativo y los estudiantes perciben que el esfuerzo no compensa y la motivación se va deteriorando.




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Los sistemas se pueden ajustar para minimizar los falsos negativos o los falsos positivos, pero no los dos a la vez. (Por ejemplo: o ajustamos el sistema que detecta cáncer de pecho en radiografías para que no se le escape ningún posible caso, a costa de sobrediagnosticar, o dejamos que se le escapen casos).

Así, usar estos sistemas siempre implicará aceptar uno de los dos tipos de injusticia. Si minimizamos los falsos negativos estaremos apostando por una evaluación basada en el control: priorizamos que no se nos “cuele” ninguno aunque algunos de los detectados no sean realmente textos escritos por la IA.

Por el contrario, si nos importa más no caer en falsos positivos estaremos abogando por una evaluación que prime el aprendizaje y que minimice la penalización por error a un estudiante que sí ha hecho el esfuerzo de escribir su trabajo.

Un problema mal planteado

Sin embargo, incluso si resolviéramos los problemas técnicos y éticos (por ejemplo, optando por que se nos colara algún texto artificial para no penalizar injustamente), seguiríamos sin abordar lo esencial.

Muchas tareas académicas tienen sentido porque implican esfuerzo cognitivo: escribir una redacción, preparar un informe o resolver un ejercicio requiere tiempo y trabajo. Y ese esfuerzo es precisamente lo que genera aprendizaje.




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La inteligencia artificial no sólo puede estar provocando calificaciones injustas: es que ha roto la relación entre esas tareas y el esfuerzo cognitivo que suponían. Esto cambia completamente el sentido de la evaluación. Cuando se utilizan herramientas de IA, el aprendizaje puede no estar ocurriendo.

El espejismo de la detección

Los detectores ofrecen algo muy tentador: una sensación de control. Permiten pensar que el problema está acotado, que basta con identificar a quienes cometen fraude incumpliendo las reglas. Pero esa sensación es engañosa.

Tal como dice el chiste, estamos buscando las llaves bajo la farola, no porque las hayamos perdido ahí, sino porque es donde hay luz. Es decir, intentamos detectar el aprendizaje en el lugar donde sabemos mirar, sin preocuparnos si esto necesariamente implica que se esté dando.

La dependencia de productos finales (un texto, un informe, una solución) como evidencia de aprendizaje ya era discutible: ¿sirven realmente para garantizar que un estudiante conoce un tema? Ahora es, directamente, insuficiente. Por eso, invertir esfuerzos en mejorar la detección resulta, en el mejor de los casos, irrelevante. Y en el peor, una distracción.




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Cuando la solución agrava el problema

El uso sistemático de detectores desplaza la relación educativa hacia la sospecha. En lugar de fomentar la corresponsabilidad del estudiante en su aprendizaje, introduce una lógica de vigilancia en la que el estudiante pasa a ser un potencial infractor, ignorando la presunción de inocencia, y el docente, un vigilante.

Esto no solo tiene implicaciones éticas. También afecta al aprendizaje. La confianza, la autonomía y la responsabilidad son difíciles de desarrollar en un entorno donde la prioridad es evitar ser acusado. Así, paradójicamente, al intentar proteger la integridad académica, podemos estar erosionando las condiciones que la hacen posible.

Cambiar de dirección

En lugar de preguntarnos “¿Cómo detecto si un estudiante ha usado IA?”, podríamos preguntarnos “¿Cómo diseño una evaluación en la que usar IA sin aprender no sirva de nada?”.

Esto implica, por ejemplo, diseñar tareas donde el valor no esté únicamente en el resultado final, sino en el proceso seguido. O plantear actividades que requieran interacción, contexto o toma de decisiones que no puedan delegarse fácilmente.

No es una solución simple ni inmediata. Pero, a diferencia de la detección, apunta al núcleo del problema: un replanteamiento de los métodos de evaluación. Y esto, aunque incómodo, puede ser una oportunidad.

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Marc Alier Forment recibe fondos de investigación en proyectos competitivos financiados por entidades publicas.

Faraón Llorens Largo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El espejismo de los detectores de inteligencia artificial: por qué no son útiles ni justos – https://theconversation.com/el-espejismo-de-los-detectores-de-inteligencia-artificial-por-que-no-son-utiles-ni-justos-281246

Catástrofe invisible: peces invasores en los ríos mediterráneos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Cano-Barbacil, Investigador postdoctoral en ecología, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Originaria de América del Norte, la perca sol (_Lepomis gibbosus_) fue introducida en la península ibérica entre 1910 y 1913. Kuttelvaserova Stuchelova/Shutterstock

Los resultados de un reciente estudio en el que analizamos la presencia de peces introducidos en los ríos de la región mediterránea son alarmantes: hay más de 150 especies invasoras en el territorio. Y su llegada está estrechamente vinculada a las actividades humanas. De estas especies, 106 han logrado establecer poblaciones, es decir, se mantienen por sí mismas sin intervención humana.

Los países con mayor número de peces invasores son Italia, España y algunos estados balcánicos. En ciertos sistemas acuáticos, la magnitud de este fenómeno resulta especialmente llamativa. En el río Segura (España) o en el lago Pamvotis (Grecia), más del 70 % de las especies de peces presentes son introducidas, lo que refleja hasta qué punto se ha transformado la composición original de estas comunidades.

Sospechosos habituales

Las especies más extendidas en la región mediterránea son la gambusia, establecido ya en 21 países, y la carpa, en 20. La perca sol, presente en 16 países, es la tercera en la lista.

Las especies más ampliamente distribuidas comparten una serie de rasgos comunes: suelen tener una alta capacidad reproductiva y gran tolerancia ambiental. Sus introducciones suelen estar vinculadas a actividades humanas dado su interés comercial o recreativo. Este es el caso de algunos salmónidos, o especies como el siluro, uno de los más buscados en la pesca deportiva de agua dulce en Europa.




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¿Cómo han llegado a nuestras aguas?

Si bien una parte de los peces introducidos en los países mediterráneos provienen de regiones lejanas, como Asia oriental y Norteamérica, la mayoría llegaron de países vecinos. Curiosamente, ha existido un “intercambio” de especies entre países cercanos, favoreciendo una “homogeneización” de la fauna acuática de la región. En España, por ejemplo, especies como el lucio o el alburno han sido introducidas desde Centroeuropa, mientras que alguna especie ibérica como el barbo del Ebro se ha establecido en algunos ríos italianos.

La principal vía de introducción son los escapes de cría en cautividad en piscifactorías o acuarios que terminan llegando al medio natural. También son relevantes las liberaciones intencionadas motivadas por la pesca deportiva o el control biológico, como ocurre con el siluro o la gambusia, respectivamente.

Aunque en menor medida, también existen introducciones accidentales, que ocurre cuando especies son transportadas de forma inadvertida junto a equipos de pesca o en aguas contaminadas.

Economía, embalses y clima: claves en las invasiones biológicas

La presencia de peces introducidos no es producto del azar, sino que está relacionada con diferentes factores ambientales y socioeconómicos. De acuerdo con diversos estudios, los países con mayor producto interior bruto tienden a tener más especies introducidas. En regiones con más comercio, más transporte y un desarrollo más intenso de actividades como la acuicultura o la pesca recreativa se incrementan las oportunidades de introducción.

Del mismo modo, los embalses funcionan como auténticas “puertas de entrada”. Estos ecosistemas profundamente alterados tienen condiciones más favorables para los peces invasores, mejor adaptadas que las autóctonas. Y se ha observado que las zonas con climas más favorables y más hábitats acuáticos disponibles albergan más especies introducidas.




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Un impacto profundo en la biodiversidad

Las especies invasoras afectan a las autóctonas de múltiples maneras. Peces como el siluro actúan como depredadores directos, alimentándose de fauna autóctona. Y otros como la gambusia causan “cascadas tróficas”, compitiendo por los recursos disponibles con la fauna autóctona y también atacándola directamente.

A estos efectos se suman impactos menos visibles, pero igualmente importantes, como la transmisión de enfermedades y parásitos, o la hibridación con especies autóctonas. Además, la presencia de especies introducidas altera las cadenas tróficas y cambia el equilibrio natural de los ecosistemas. Como resultado se produce una pérdida progresiva de biodiversidad global.

Un reto para el futuro

Las invasiones biológicas se han convertido en uno de los grandes desafíos ambientales del siglo XXI. Una vez que una especie introducida logra establecerse en un ecosistema, su erradicación a menudo no es posible o resulta extremadamente difícil y costosa. Por ello, los expertos coinciden en que la clave no está tanto en su eliminación, sino en la prevención de nuevas introducciones.

Esto implica reforzar el control del comercio de especies, regular la acuicultura y la pesca recreativa y desarrollar sistemas de alerta temprana para detectar nuevas introducciones lo antes posible. A ello se suma la necesidad de fomentar la educación y la concienciación pública, ya que algunas de estas introducciones están relacionadas directa o indirectamente con actividades humanas cotidianas. Asegurar el equilibrio de nuestros ecosistemas no es solo una función de las autoridades, es responsabilidad de toda la ciudadanía.

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Carlos Cano-Barbacil recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España (MICIU/AEI/10.13039/501100011033) y FSE+.

Emili García-Berthou recibe fondos para sus proyectos de investigación. Actualmente, de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, MICIU/AEI/10.13039/501100011033) (proyecto PID2023-146173NB-C21)

Francisco José Oliva Paterna recibe fondos de Investigación. Parte del estudio al que hace referencia el artículo queda incluído en las acciones After-LIFE del proyecto LIFE INVASAQUA (Aquatic Invasive Alien Species of Freshwater and Estuarine Systems: Awareness and Prevention in the Iberian Peninsula) (LIFE17 GIE/ES/000515) subvencionado por el Programa LIFE de la Unión Europea. .

ref. Catástrofe invisible: peces invasores en los ríos mediterráneos – https://theconversation.com/catastrofe-invisible-peces-invasores-en-los-rios-mediterraneos-282245

Iluminar mejor no es iluminar más: estrategias para reducir el consumo de la luz en interiores sin perder confort visual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Roberto Alonso González-Lezcano, Catedrático de Universidad en el área de Construcciones Arquitectónicas, Universidad CEU San Pablo

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La iluminación, pese a ser uno de los gastos de energía más constantes en viviendas y oficinas, rara vez se considera como algo importante. Sin embargo, puede suponer alrededor del 10 % al 20 % del uso de electricidad en viviendas y en una proporción mayor en locales comerciales.

Globalmente, el gasto de la iluminación representa casi el 8 % de la energía eléctrica usada mundialmente, según datos de la Agencia Internacional de la Energía. Pero también es uno de los sistemas de consumo con mayor potencial para optimizar: mediante la tecnología adecuada, un diseño inteligente y una buena gestión del encendido, es posible reducir el consumo sin perder confort e incluso mejorando la salud y el bienestar.

Led: eficiencia energética con impacto en el bienestar

Los sistemas led son un gran avance en eficiencia energética, ya que pueden reducir el consumo de la iluminación entre un 50 % y un 80 % frente a tecnologías más antiguas.

Pero su impacto va más allá del ahorro eléctrico. Los led reducen la emisión de calor, lo que merma la carga térmica interior y puede disminuir el uso del aire acondicionado.

Además, el tipo de luz también influye en el cuerpo: afecta al sueño, la atención y el metabolismo. Su efecto depende sobre todo de la intensidad. La luz rica en componente azul (muy habitual en led fríos o pantalla) puede alterar la producción de melatonina y afectar al sueño y a los ritmos circadianos. En cambio, los led cálidos y bien regulados pueden minimizar ese efecto y, además, son mucho más eficientes energéticamente que otras tecnologías.

Iluminar mejor no es iluminar más

Un típico error en edificios es la iluminación total y uniforme: encender las luces de todo el espacio sin considerar el uso real de cada zona. Sin embargo, las necesidades lumínicas son muy diferentes: un pasillo requiere apenas 100–200 lux, mientras que un puesto de trabajo necesita alrededor de 500 lux, según la normativa europea.

Usar estrategias de zonificación puede reducir el consumo entre un 20 % y un 40 % sin afectar al confort visual. A esto se suma la iluminación inteligente mediante sensores de presencia y regulación automática, que puede generar ahorros extra del 20–60 %.

Además, es frecuente la sobreiluminación: algunos proyectos superan los niveles recomendados sin aportar mejoras perceptibles, generando un consumo energético innecesario.

En resumen: necesitamos emplear menos energía, pero mejor adaptada a las personas.




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Beneficios de la luz natural

La luz natural es uno de los recursos más eficientes en los edificios. En el exterior puede superar los 10 000 lux, mientras que en interiores rara vez llega a 500 lux. Aun así, es habitual mantener la luz artificial encendida durante el día, lo que aumenta el consumo energético y reduce la exposición a luz natural.

Un buen diseño que aprovecha la luz natural en oficinas y viviendas puede reducir el consumo de iluminación eléctrica entre un 40 % y un 70 %. Además, mejora el rendimiento, reduce la fatiga visual, mejora el estado de ánimo y ayuda a regular el reloj biológico.

La luz artificial por la noche puede alterar el sueño al reducir la melatonina, la hormona que nos ayuda a dormir. En cambio, la luz natural durante el día favorece un mejor descanso nocturno y un ritmo circadiano más equilibrado. Como cada persona responde de forma distinta, es importante adaptar la iluminación a los usuarios.




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Temperatura de color

Además, la temperatura de color influye en cómo nos sentimos: la luz fría ayuda a estar más atentos, mientras que la luz cálida favorece la relajación y el descanso.

Los sistemas de luz dinámica permiten adaptar la iluminación durante el día, mejorando el confort y evitando usar más luz de la necesaria.

Certificaciones sostenibles: LEED y WELL

En los últimos años, la eficiencia energética en iluminación ha dejado de ser un objetivo aislado para integrarse en sistemas de certificación global que evalúan edificios de forma integral. Entre ellos, destacan dos especialmente relevantes: LEED y WELL.

LEED: eficiencia energética y diseño sostenible

El sistema LEED (Leadership in Energy and Environmental Design) se ha convertido en uno de los estándares más utilizados a nivel mundial para evaluar la sostenibilidad de edificios.

En iluminación, LEED no solo valora el consumo energético, sino también el uso de luz natural, la reducción de carga conectada en iluminación, el uso de control automático y sensores y la calidad lumínica en espacios interiores

Los estudios muestran que los edificios certificados LEED pueden reducir significativamente el consumo energético global, con impactos directos en iluminación y climatización.

En la práctica, LEED impulsa edificios más eficientes energéticamente, donde la iluminación se diseña como un sistema integrado y no como un elemento aislado.

WELL: la iluminación como herramienta de salud

Mientras la certificación LEED se centra en la eficiencia, el estándar WELL Building Standard pone el foco en la salud humana. En el apartado de iluminación, WELL evalúa la exposición a luz natural y su duración diaria, el control del deslumbramiento, la calidad espectral de la luz artificial, la alteración de los ritmos circadianos y la exposición nocturna y la flexibilidad lumínica según actividad y hora del día.

Esto supone un cambio de paradigma: la iluminación deja de ser solo un parámetro técnico para convertirse en un determinante directo del bienestar físico y mental.
Estudios recientes han demostrado que entornos alineados con criterios WELL mejoran la calidad del sueño, reducen la fatiga y aumentan el rendimiento cognitivo.

WELL introduce una idea clave: la iluminación no solo debe ahorrar energía, sino también proteger la salud.




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Diseño de interiores para mejorar la eficiencia energética

El diseño del espacio también es un factor decisivo en el consumo de iluminación. Superficies claras pueden reflejar hasta el 80 % de la luz, mientras que materiales oscuros incrementan la necesidad de iluminación artificial.

Investigaciones han demostrado que decisiones de diseño pasivo pueden reducir entre un 30 % y un 50 % del consumo de iluminación sin cambios tecnológicos. Algunos elementos clave son la orientación hacia luz natural, el uso de materiales reflectantes, el control del deslumbramiento y la integración de iluminación indirecta.

Diseñar bien un espacio puede ahorrar tanta energía como renovar toda la instalación de iluminación.

La iluminación del futuro: eficiente, saludable y certificada

Reducir el consumo de iluminación no depende de una sola tecnología, sino de una estrategia integrada que incluye los puntos mencionados, desde la iluminación led al diseño de los espacios.

No existe un único porcentaje oficial que resuma el ahorro total al aplicar todas esas estrategias juntas, porque depende mucho del tipo de edificio, clima y uso. Pero sí conocemos los rangos. Los proyectos de modernización de la iluminación en edificios de oficinas pueden conseguir reducciones del consumo energético de la luz de entre un 60 % y un 90 %, dependiendo de su nivel de optimización.

Pero la iluminación ya no puede entenderse solo como un consumo energético. Es también un factor clave de salud, productividad y bienestar. Por tanto, el futuro de los edificios no será solo más eficiente, sino también más saludable y certificado bajo criterios que integran energía, salud y diseño.

The Conversation

Roberto Alonso González-Lezcano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Iluminar mejor no es iluminar más: estrategias para reducir el consumo de la luz en interiores sin perder confort visual – https://theconversation.com/iluminar-mejor-no-es-iluminar-mas-estrategias-para-reducir-el-consumo-de-la-luz-en-interiores-sin-perder-confort-visual-280972

El ‘sorteo genético’: ¿por qué el hantavirus es más letal para algunas personas que para otras?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Narcisa Martínez Quiles, Catedrática de Inmunología (UCM) y Especialista en Inmunología (Ministerio de Sanidad), Universidad Complutense de Madrid

peterschreiber.media/Shutterstock

Cuando hablamos de infecciones virales, solemos culpar al patógeno. Sin embargo, en el caso de los hantavirus, virus transmitidos por roedores que pueden causar síndromes cardiopulmonares o renales letales, la gravedad de la enfermedad es, en gran medida, una cuestión de “lotería genética”.

¿Por qué algunas personas solo presentan una infección más leve mientras que otras terminan en cuidados intensivos con una fuga masiva de líquidos en sus pulmones? La respuesta se esconde en nuestro propio ADN; en concreto, en los factores genéticos que controlan la respuesta inmunitaria: la inmunogenética.

La “lotería” de los alelos y la tormenta de citoquinas

Uno de los grandes protagonistas en cómo reaccionamos frente a una infección es el sistema HLA (siglas en inglés de antígenos leucocitarios humanos), que se encarga de mostrarle a nuestras células inmunitarias fragmentos seleccionados del virus. Sin embargo, no todos los seres humanos presentamos el mismo sistema: existen muchas variantes genéticas (alelos) diferentes de estos genes HLA, y algunas parecen influir en la gravedad de la enfermedad.

Se conoce que ciertas de esas variantes, como el alelo HLA-B*08, actúan como un “empujoncito” hacia una enfermedad grave tras la infección con el hantavirus Puumala (común en el norte de Europa y de Rusia), provocando una respuesta inflamatoria exagerada que daña nuestros propios tejidos. Por el contrario, los afortunados portadores del alelo HLA-B*27 tienden a experimentar un curso clínico mucho más leve y controlado, aunque la interpretación de este tipo de estudios no es tan simple.

Pero antes de que el sistema HLA entre en acción, se libra una batalla silenciosa en nuestras células que conlleva la producción de interferones, proteínas defensivas que son bloqueadas por el hantavirus Andes, el responsable del brote en el crucero MV Hondius. Si, además de este sabotaje, la persona infectada posee variaciones menos adecuadas (producción elevada o disminuida) en los genes que deben responder a esta alarma (como el gen Mx1, encargado de fabricar una proteína clave para frenar la replicación viral), el patógeno gana una ventaja devastadora desde el primer minuto.

Cuando el sistema inmunitario reacciona ante la invasión masiva, entra en pánico y se desata la denominada “tormenta de citoquinas”, en la que se liberan grandes cantidades sustancias inflamatorias sin control. Pequeñas variaciones en el código genético de los genes que codifican dichas citoquinas, sus receptores o mediadores –como el factor de necrosis tumoral (TNF)– determinan si esta inflamación será benéfica o destructiva.

En los pacientes más graves, esta hiperactivación provoca que las paredes de los vasos sanguíneos pierdan su impermeabilidad, causando las temibles hemorragias y la “fuga capilar” que inunda los pulmones o colapsa los riñones.

Atención también a las mutaciones genéticas en el virus

Aunque no solo las mutaciones de nuestros propios genes influyen en el transcurso de la enfermedad: también lo van a hacer las del propio virus. Antes, hay que recordar cómo se produce la infección.

El receptor principal para las cepas de hantavirus más letales del continente americano, como los virus Andes y Sin Nombre, es una proteína humana llamada protocadherina-1 (PCDH1), que funciona en el control de las uniones entre las células. Este receptor recubre los vasos sanguíneos de nuestros pulmones y también se expresa en el cerebro, los riñones y otros órganos.

En la envoltura externa del virus se encuentran unas pequeñas “espículas”, llamadas glicoproteínas, que se acoplan directamente a ese receptor como si de una llave en una cerradura se tratase.

El ARN del hantavirus está dividido en tres fragmentos –grande (L), mediano (M) y pequeño (S)– y cada uno contiene información para distintas funciones. El “segmento M”, el mediano, es especialmente importante porque codifica para esas glicoproteínas responsables de la entrada viral. Por lo tanto, mutaciones relevantes en el “segmento M” podrían facilitar o dificultar la entrada del virus.

Se sabe que en los humanos hay un aminoácido –fenilalanina F83– en la proteína PCDH1 que es esencial para la entrada del virus. El ratón colilargo, principal sospechoso de hospedar al virus, presenta el mismo aminoácido, mientras que el del ratón común es distinto y por ello no es infectado.

Es decir, el ser humano se ha convertido “por casualidad” en un organismo “hospedador”, con la diferencia de que nuestra respuesta inmunitaria no está tan adaptada al hantavirus como la del ratón.

Y por si fuera poco, el gen PCDH1 posee ciertas variantes que favorecen la hiperreactividad de las vías respiratorias, debido a que la proteína del mismo nombre que produce regula la función de la barrera epitelial de las vías respiratorias a través de mecanismos que aún no están claros. Dichas variantes genéticas podrían tener, pues, un efecto negativo en la infección del hantavirus, aunque no se ha estudiado.

Representación del equilibrio inmunogenético que controla la respuesta inmunitaria frente al hantavirus Andes, que determina el nivel de gravedad de la enfermedad. Figura realizada por Zhiwen Hai y Weihua Yang, contratados predoctorales en la Universidad Complutense de Madrid.

Los roedores y su sistema genético adaptado para sobrevivir

Curiosamente, los verdaderos maestros en la gestión de este virus son los roedores que lo transmiten. A lo largo de miles de años de evolución conjunta, ratones (y topillos) han ajustado su genética para no enfermar.

Algunos estudios revelan que variaciones en los propios genes de inmunidad innata de los roedores hacen que funcionen con una intensidad diferente. Es el caso del gen Mx2 –el equivalente a nuestro Mx1, citado más arriba–, que produce una proteína (MxA) que evita la replicación del ARN viral; o los receptores TLR4, que reconocen proteínas del patógeno. Estas proteínas con variantes diferentes a las humanas permiten al virus y al animal hospedador llegar a un “acuerdo de paz”. Es decir, el sistema inmunitario del roedor mantiene a raya al virus lo justo para no morir, tolerándolo.

En conclusión, sobrevivir a un hantavirus no depende únicamente de la agresividad del intruso, sino de la arquitectura genética del hospedador que lo recibe. Comprender este complejo equilibrio nos acerca cada vez más a proteger mejor a las personas más vulnerables.


Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).


The Conversation

Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El ‘sorteo genético’: ¿por qué el hantavirus es más letal para algunas personas que para otras? – https://theconversation.com/el-sorteo-genetico-por-que-el-hantavirus-es-mas-letal-para-algunas-personas-que-para-otras-282978

El eterno beso de la mujer araña reaparece en una nueva adaptación cinematográfica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Martínez Català, Investigador en formación (personal PDI), Universitat de Lleida

Tonatiuh y Diego Luna en _El beso de la mujer araña_. Cortesía de Mongrel Media

El 15 de mayo llega a las salas de cine españolas un nuevo musical basado en la reconocida novela El beso de la mujer araña, del escritor argentino Manuel Puig. Esta producción, dirigida por Bill Condon y protagonizada por Tonatiuh Elizarraraz y Diego Luna, se suma a las múltiples versiones que la novela inspiró tras su publicación en 1976.

Entre ellas se encuentran propuestas independientes que siguen proliferando en la actualidad, pero también la obra de teatro escrita por el propio Manuel Puig, la imprescindible película de 1985 dirigida por Héctor Babenco o el musical estrenado en Londres en 1992 y en Broadway en 1993 (en el que se basa este nuevo filme).

No cabe duda de que la historia de Molina y Valentín sigue seduciendo a lectores, directores, guionistas y espectadores.

Saltos del tiempo y narrativas

Como ocurre en toda adaptación, cambiar de formato implica traicionar parte del material original. A lo largo de los años, cada acercamiento ha reinterpretado distintos elementos según las posibilidades de su propio lenguaje.

En la adaptación actual, quizá la modificación más significativa sea la temporal. Si la historia narrativa transcurría en 1975, la apuesta de Condon sitúa el inicio de la acción en mayo de 1983, unos meses antes de la caída del régimen militar argentino y de la liberación de, entre otros grupos, artistas, estudiantes, activistas y periodistas encarcelados durante la dictadura. El cambio no es menor: que los acontecimientos se sitúen en este momento condiciona la mirada de la película sobre los personajes y el futuro que les espera.

Tampoco el universo fílmico de la novela escapa a la inevitable alteración. La cotidianidad de los veintidós días que Molina –un homosexual detenido por “corrupción de menores”– y Valentín –un preso político– comparten en la misma celda estaba acompañada originalmente por las seis películas que Molina reconstruía y relataba a Valentín para combatir el encierro.

En la primera versión cinematográfica se seleccionó Destino como único film, inventado por Puig expresamente para la novela. En este retorno a la pantalla, en cambio, Molina le cuenta a Valentín un musical con ecos de La mujer pantera, la primera que, en el libro, inicia la costumbre de relatar las historias que Molina ha visto en la sala. En la narración, Jennifer López interpreta a Aurora, la directora de la revista de moda Charm, la más famosa de Sudamérica. En su búsqueda del amor verdadero cobrarán protagonismo Armando y Kendall –trasuntos de Valentín y Molina–.

Una mujer de vestido verde se va ante la mirada de un hombre en una imagen con colores saturados.
Diego Luna y Jennifer Lopez en El beso de la mujer araña.
Cortesía de Roadside Attractions

La inclusión del musical cinematográfico dentro de la propia película lleva a los dos presos a tratar los mismos temas que la novela proponía: el deseo, la construcción de una identidad a veces contradictoria, la dignidad, la homosexualidad, la necesidad de imaginar otros mundos para sobrellevar la privación de libertad, los amores a contracorriente, etc. Quienes conocen la novela comprobarán con satisfacción que la reducción en el número de filmes, lejos de suponer una condensación simplificadora, reorganiza las líneas temáticas sin abandonar los conflictos principales.

Quizá el conflicto que más sobresale es la homosexualidad. Manuel Puig introdujo en el libro notas a pie de página que contenían los discursos médicos y psicológicos más extendidos de entonces sobre el tema. Se utilizan ahora solo dos apuntes de dichas notas, uno verbalizado por Valentín y el otro por Molina. La selección es breve, pero reafirma la carga crítica del autor y resulta lo suficientemente llamativa como para no pasar desapercibida para el espectador.

También los personajes secundarios conservan su esencia narrativa, así como la mujer araña, quien, fundida ahora parcialmente con la mujer pantera, mantiene su valor simbólico. Y el mismo efecto producen los protagonistas: a pesar de que la personalidad de cada uno está más definida desde el principio, permanece fiel a la que Manuel Puig concibió.

El vínculo entre los personajes

Donde la adaptación demuestra una verdadera fidelidad es en la relación que se forja entre Valentín y Molina. Más allá de las diferencias ideológicas que al inicio los separaban, la fuerza emocional de la obra nace del vínculo que ambos construyen en un espacio marcado por la violencia, la represión y la vigilancia.

Un hombre le cura la cara a otro dentro de una celda.
Tonatiuh y Diego Luna en El beso de la mujer araña.
Cortesía de Mongrel Media

Buena parte de esta fuerza reside en la manera en que cada personaje logra, gracias a la influencia del otro, desprenderse de ideas que parecían inamovibles. Por ello, el mayor riesgo que entraña adaptar una historia tan profundamente íntima y humana como esta es deformar el espíritu que la hizo inolvidable.

Sin embargo, la propuesta de Condon, cincuenta años después de la publicación de la novela, no solo lo mantiene intacto, sino que encuentra nuevas formas de explorar las emociones que encendió aquella primera lectura, recordándonos por qué seguimos regresando, eternamente, a ese beso de la mujer araña.


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The Conversation

Laura Martínez Català ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España como beneficiaria de una beca predoctoral FPI.

ref. El eterno beso de la mujer araña reaparece en una nueva adaptación cinematográfica – https://theconversation.com/el-eterno-beso-de-la-mujer-arana-reaparece-en-una-nueva-adaptacion-cinematografica-282655

Cuando el petróleo sube, pero las monedas caen: el papel oculto del riesgo político

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Simón Sosvilla-Rivero, Catedrático de Análisis Económico, Universidad Complutense de Madrid

En economía solemos asumir una regla sencilla: cuando suben los precios de las materias primas (petróleo, gas, metales), las monedas de los países que las exportan deberían fortalecerse. Tiene sentido. Si un país vende más caro lo que produce ingresa más divisas, mejora su balanza comercial y su moneda se aprecia.

Pero los acontecimientos de los últimos años han puesto esta lógica patas arriba. La invasión rusa de Ucrania en 2022 o las tensiones actuales en el golfo Pérsico han mostrado un patrón desconcertante: los precios de las materias primas se disparan y, sin embargo, las monedas de muchos países productores no suben. A veces, incluso caen.

En un estudio reciente intentamos entender por qué. Y la clave está en un factor que suele quedar en segundo plano: el riesgo político.

Cuando la teoría deja de funcionar

Durante décadas, la relación entre materias primas y divisas parecía sólida. Países como Canadá, Australia o Noruega veían cómo sus monedas se fortalecían cuando el petróleo o los metales subían de precio. Era un mecanismo casi automático: mejores términos de intercambio, mayores expectativas de crecimiento, más inversión.

Sin embargo, esa relación ya no es tan estable como parecía. El estudio muestra que, en momentos de tensión geopolítica, el vínculo puede debilitarse o incluso invertirse. Eso fue exactamente lo que ocurrió al inicio de la guerra en Ucrania: el petróleo y los productos agrícolas se encarecieron, pero las monedas de varios países exportadores se depreciaron.

¿Por qué ocurre algo tan contraintuitivo?

El riesgo político como interruptor invisible

La aportación central de nuestra investigación es clara: el riesgo político actúa como un interruptor que puede cortar la relación tradicional entre materias primas y divisas.

La cuestión es que, cuando estalla un conflicto o aumenta la tensión internacional, suceden dos cosas a la vez. Por una parte, los precios de las materias primas suben porque los mercados temen interrupciones en el suministro. Por la otra, el miedo de los inversores también aumenta, y, con él, la prima de riesgo (la rentabilidad adicional que los inversores exigen por comprar activos de riesgo, como monedas o deuda pública, de un país en comparación con otro considerado más seguro).

Ese miedo tiene consecuencias muy concretas pues, cuando se percibe mayor probabilidad de crisis o eventos extremos, los inversores exigen más rentabilidad para asumir riesgos, y parte del capital huye hacia activos refugio como el dólar o los bonos estadounidenses.

El resultado es paradójico: aunque un país exportador gane más por sus recursos naturales, su moneda puede debilitarse si el entorno político se vuelve incierto.

El espejo del presente: tensiones en el golfo Pérsico

Lo que ocurre hoy en el golfo Pérsico, una región esencial para el suministro global de gas y petróleo, encaja perfectamente con este patrón. Cada vez que aumenta la tensión militar en la zona, los mercados anticipan posibles interrupciones y se produce una subida de los precios del crudo. Pero también aumenta la incertidumbre global, por lo que los inversores buscan refugio para su dinero. Y, cuando esto pasa, el dinero no suele quedarse en las monedas de países percibidos como vulnerables, incluso aunque sean ricos en recursos naturales.

Por eso, en el contexto actual no es extraño ver, en pleno boom de precios, se observan depreciaciones en las monedas de los exportadores energéticos.

La prima de riesgo: cuando el miedo pesa más que la economía

En nuestro trabajo conectamos este fenómeno con la teoría de los desastres raros: en tiempos normales los mercados se comportan de forma racional y predecible, mientras que en tiempos de crisis, el miedo domina.

En resumen: en épocas tranquilas, manda el efecto positivo del comercio, y en épocas turbulentas, lo hace la prima de riesgo. Y cuando prevalece la prima de riesgo, la lógica económica clásica deja de ser suficiente.

Este cambio de dinámica tiene implicaciones importantes para distintos actores. En primer lugar, a los inversores ya no les basta con seguir la evolución del precio de las materias primas como el petróleo para anticipar movimientos en los mercados de divisas, porque el riesgo político puede alterar por completo esa relación.

Para los gobiernos, la lección es que la estabilidad institucional y la credibilidad política pueden ser tan valiosas como los propios recursos naturales a la hora de sostener la fortaleza de una moneda.

Y para los analistas geopolíticos, este fenómeno demuestra que los mercados financieros no reaccionan a los conflictos únicamente de forma directa —por ejemplo, mediante subidas en los precios de la energía—, sino también de manera indirecta y más profunda. La incertidumbre política puede alterar relaciones económicas que tradicionalmente parecían estables, como la existente entre las materias primas y las monedas de los países exportadores, transformando las tensiones geopolíticas en episodios de volatilidad económica y financiera.
En un mundo marcado por tensiones crecientes, las relaciones económicas tradicionales ya no funcionan de manera automática.

Más volatilidad

Por lo tanto, el encarecimiento del petróleo o del gas ya no garantiza una moneda fuerte para los países exportadores. En un entorno de incertidumbre global, el riesgo político puede romper ese vínculo y convertir un boom energético en una fuente adicional de volatilidad.

La lección es clara: en los mercados globales, la política pesa tanto como la economía (y a veces mucho más).

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cuando el petróleo sube, pero las monedas caen: el papel oculto del riesgo político – https://theconversation.com/cuando-el-petroleo-sube-pero-las-monedas-caen-el-papel-oculto-del-riesgo-politico-282519

How not to say you’re sorry: Why governments keep getting apologies wrong

Source: The Conversation – Canada – By Reza Hasmath, Professor in Political Science, University of Alberta

In December 2025, the parliament of Victoria — Australia’s second-most populous state — delivered a formal apology to First Peoples for laws and policies that “took land, removed children, broke families, and tried to erase culture.”

The motion, introduced by Premier Jacinta Allan as a milestone in Victoria’s ongoing treaty process, passed by a vote of 56-27. The opposition coalition voted against it and has pledged to repeal the underlying treaty legislation within 100 days if it wins November’s state election.

The apology was barely out of the premier’s mouth before its credibility was contested.

For Canadians watching from a distance, the parallels are hard to miss. And the pattern is the point: across democracies, the cost of apologizing badly can exceed the cost of staying silent.

The apology paradox

In my research on government apologies, the explanation is psychological as much as political. Governments apologize to restore their own trustworthiness, but apologies only succeed when they focus squarely on rehumanizing victims.

That inversion is the apology paradox, and it has practical implications for whether reconciliation is successful.

The canonical case is Willy Brandt’s 1970 Kniefall, when the West German chancellor unexpectedly knelt before the Warsaw Ghetto memorial. The silent gesture is still remembered 55 years on, long after Germany’s formal verbal apologies have faded. It was well-received because Brandt absorbed a political cost without trying to extract a benefit.

Analyses on political apologies have found effective apologies function as a costly signal: when governments sacrifice something tangible, such as political capital, money or policy commitments, victimized communities see genuine contrition.

Other research identifies four ingredients of a complete apology: acknowledging the wrong, accepting responsibility, expressing remorse and committing to concrete reparations. Most government apologies fail that test.

Consider F.W. de Klerk’s 1997 statement to South Africa’s Truth and Reconciliation Commission.

On its face, it was comprehensive: “Apartheid was wrong. I apologize…” Under questioning, however, de Klerk distanced National Party leadership from torture, murder and rape by state agents, and did not commit to any material amends.

Victims rejected it. De Klerk sought a position of pride rather than shame: the apology tried to rehumanize the apologizer without addressing what victims had suffered. That is almost always a sign of a sub-standard apology.

Learning from Canada

Canada has its own experiences with weak apologies. In 1998, Jean Chretien’s government responded to findings about residential schools with a Statement of Reconciliation read by junior minister Jane Stewart at a lunchtime ceremony. The prime minister was absent.

The content was not the problem; the symbolism told Indigenous Canadians the government was not serious. A decade later, Stephen Harper apologized in Parliament, alongside a $1.9-billion settlement, an independent assessment process and a Truth and Reconciliation Commission.

Harper publicly credited a political rival, NDP Leader Jack Layton, with persuading him, an admission that surprised observers. Harper’s earlier apology to Chinese Canadians for the Head Tax went further, reframing Chinese immigrants’ “back-breaking labour” as essential to building the country.

The Head Tax apology was generally received positively across Chinese Canadian and broader Canadian communities. However, some Chinese Canadians remained skeptical of the government’s motives and focused on whether the structural disadvantages rooted in the Head Tax era had truly been addressed.

In other words, victimized groups wait to see whether words will lead to real change. It is also important to acknowledge that the Head Tax was a limited grievance involving a defined group of victims, while residential schools were part of an ongoing colonial relationship with effects that endure today. Some apologies are therefore far more difficult than others.

When apologies face criticism

That difficulty is amplified by a nationalism trap. For citizens who strongly identify with national identity, acknowledging past injustice can feel like personal indictment, fuelling backlash that erodes the apology in victims’ eyes.

Brandt faced exactly this as conservative opposition questioned his patriotism. In Australia, Victoria’s coalition opposition has framed the First Peoples treaty as a divisive imposition, and that criticism, not the apology’s wording, may determine whether it survives.




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There is a structural risk to further consider. Promising to do better raises the standard the apologizer will be judged against. When Canada ultimately failed to implement the Truth and Reconciliation Commission’s recommendations, when violence against Indigenous women continued, when over-representation in the criminal justice system persisted, Harper’s from years earlier apology lost credibility. Trust, once broken twice, becomes exponentially harder to restore.




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Hence the paradox: an apology must be costly to improve the reputation of the apologizer, but an apology made with that benefit in mind lowers the cost and signals self-interest. The best way to apologize involves making the victims the primary focus, not the apologizing state. Apologies that prioritize rehumanizing victims prove more effective at rehumanizing apologizers too.

That is the test Victoria now faces, and one Canada keeps facing. The Victorian premier’s words last December were strong. Whether that apology leads to meaningful change depends less on what was said than on whether the treaty institutions survive November. Canadians should watch carefully.

The Conversation

Reza Hasmath does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How not to say you’re sorry: Why governments keep getting apologies wrong – https://theconversation.com/how-not-to-say-youre-sorry-why-governments-keep-getting-apologies-wrong-282778