No es soledad, es el síntoma de vivir sin comunidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esteban Sánchez Moreno, Catedrático de Sociología (en excedencia), Universidad Complutense de Madrid

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Seamos sinceros: no encontrará usted consenso a la hora de definir la soledad. Una perspectiva bastante extendida señala que es la evaluación (por tanto, un juicio, un proceso subjetivo) que hacen las personas de la diferencia que existe entre las relaciones sociales que tiene y la que desearía tener. Cuando la persona siente que tiene menos relaciones sociales de las que le gustaría y esta percepción viene acompañada de sufrimiento y malestar, entonces aparece la soledad (a veces, etiquetada con un “no deseada”).

Ese elemento subjetivo significa que se puede mantener contacto y conexión con pocas personas, pero no sentir soledad. A la inversa, se puede estar solo en medio de una agenda pantagruélica de contactos. De hecho, solemos diferenciar soledad (sensación negativa y subjetiva) de aislamiento (una condición objetiva de escasez radical de relaciones sociales).

Algunos autores distinguen entre soledad social (la que se deriva de la insatisfacción con las relaciones sociales que se mantienen) y soledad emocional (la que ocurre al carecer de confidentes, de una relación de intimidad, de máxima confianza).

Por otro lado, la soledad puede ser deseada, buscada, reconfortante: es la solitud que permite el disfrute de la ausencia de otras personas. También puede identificar un sentido trágico del ser humano y, por tanto, definir nuestra existencia. Es, por tanto, compleja.

Y acecha a cualquiera, porque es muy probable que experimentemos la soledad en primera persona en algún momento de la vida. En efecto, sabemos que soledad y edad tienen una relación en forma de U, ya que es frecuente entre las personas jóvenes (incluyendo adolescentes) y entre las personas que superan los 75 años. Pero la forma de esa relación es imperfecta.

En el estudio Redes para la Vida, realizado por la plataforma de ayuda y asesoramiento a mayores Emancipatic y la Universidad Complutense de Madrid, se halló que el porcentaje de personas que experimentan soledad en la antesala de la jubilación era superior al de las personas que ya habían cumplido los 65. En estas últimas, el porcentaje era del 9 %, mientras que para las personas entre 60 y 64 años era de 16.6 % y para las personas entre 55 y 59 era de casi el 24 %.

No es algo nuevo ni una enfermedad

“La soledad es la nueva pandemia”. Seguro que usted ha escuchado y leído esa expresión (o su variante, en forma de epidemia) en numerosas ocasiones, en la televisión, en las noticias, en la radio, en las redes, en las conversaciones con sus amigos y vecinos. Sentimos ir a contracorriente: no es cierto.

Es verdad que la soledad se ha convertido en un problema de salud pública. Como indica la estimación de la Organización Mundial de la Salud (2025), una de cada seis personas en el mundo se ve afectada por ella. En España, el Observatorio de la Soledad no Deseada señala que afecta a una de cada cinco.

Además, la soledad se relaciona con una mayor probabilidad de sufrir diferentes enfermedades, incluidas por supuesto las enfermedades mentales. Por ejemplo, un informe del Joint Research Centre de la Unión Europea señala que las personas mayores que sufren carencias sociales enfrentan un incremento de los riesgos para su salud, incluyendo el riesgo de mortalidad prematura, equivalente a fumar o a la obesidad.

Pero, a pesar de todo ello, insistimos: la soledad no es una nueva pandemia. Y no lo es, al menos, por dos importantes motivos.

En primer lugar, tenga en cuenta que la soledad no es algo nuevo. De hecho, se puede mencionar la obra de Robert S. Weiss titulada Loneliness, publicada en 1973, como el inicio del estudio sistemático de la soledad. Por cierto, ni siquiera tenemos evidencia empírica concluyente de que afecte hoy a más población que hace veinte o treinta años, aunque sospechamos que va a más.

En segundo lugar, le sugerimos que no piense en la soledad como una enfermedad, tampoco como una enfermedad mental. No lo es. No se trata solo de una cuestión de precisión terminológica, sino de evitar desenfocar el análisis, ya que medicalizar el lenguaje de la soledad supone perder de vista su origen y naturaleza: lo social.

Hablamos de un problema social, y entre sus efectos encontramos importantes consecuencias en la salud de las personas que lo experimentan. Buena prueba de ello es que el boom de la soledad es impulsado por una pandemia, esta sí, la de la covid-19. Recuerde que cuando comenzó la pandemia, la única forma de controlarla no fue un fármaco o una tecnología: fueron medidas sociales. Mejor dicho, el fomento de la (a)socialidad, del distanciamiento, de la contención (incluso negación) de las relaciones con los demás. El encierro, la distancia de seguridad, la máscara, el grupo burbuja.

Y fue entonces cuando quebró nuestra sociabilidad, cuando nos percatamos –como individuos y como sociedades– de lo importante que es la soledad en nuestras vidas. Una conclusión se deriva de ello, y no es otra que la convicción de que el reciente descubrimiento de la soledad pone de manifiesto su naturaleza patentemente social.

Un proceso social colectivo

Entonces, la soledad no es una enfermedad, no es una pandemia. Entonces, ¿qué es?
Defendemos que se trata de un proceso social, colectivo. Emerge de las grietas que se están extendiendo en el edificio de la comunidad. Consiste en el truncamiento de las interacciones sociales, el debilitamiento de la conexión social. Es la erosión de lo cotidiano y la dificultad para encontrar a quién recurrir en momentos inesperados.

La soledad se deriva de las dificultades crecientes que encontramos para incorporarnos a actividades que cohesionan en torno a un propósito compartido. Este propósito no es necesariamente una empresa de gran vigor, sino que puede ser sencillamente el sentido del día a día.

Si entendemos así la soledad, cobra sentido el debate en torno a si las redes sociales vinculan o aislan, a la perplejidad ante la creciente desaparición de las relaciones en torno al pequeño comercio en los barrios de las ciudades o la participación en entidades vecinales, ONG, asociaciones, etc.

En el estudio Redes para la Vida, antes mencionado, preguntamos si las personas participaban en alguna entidad vecinal, cultural, social (a través de voluntariado, por ejemplo), de gente mayor o parroquial, y analizamos la asociación de esta participación con la soledad: el 12.7 % de las personas que participaban sentía soledad, significativamente por debajo del 17.1 % de individuos que no participaban en ninguna entidad. Compartir espacios y actividades con un significado común nos aleja de la soledad.

La importancia de los amigos

Solo podemos comprender la experiencia subjetiva de la soledad de manera plena si pensamos en las condiciones sociales en las que vivimos. En nuestra línea de investigación en la Universidad Complutense tratamos de identificar los marcadores sociales de la soledad.

Hemos encontrado que el apoyo que los hijos y las hijas dan a sus progenitores que han superado los 65 años puede estar en el origen de la soledad porque las diferencias generacionales incluyen diferentes visiones sobre lo que deben ser las relaciones sociales. Por ello, las relaciones de amistad pueden llegar a ser más importantes que las relaciones paternofiliales durante el proceso de envejecimiento.

También parece bastante claro que el estatus socioeconómico modela la experiencia de la soledad, incrementándola entre aquellas personas con menores ingresos y nivel educativo. Lo mismo cabe decir de las personas con discapacidad y de las personas LGBTIQ+. Un último ejemplo: las personas migrantes, sobre todo las extranjeras, se ven afectadas en mayor proporción por la soledad.

Por todo ello, le invitamos a pensar la soledad como la expresión de la fragmentación social. Por necesidad, la experiencia de las personas nos indica su existencia, pero lo cierto es que su origen está íntimamente ligado al modelo de sociedad en el que nos encontramos y su incapacidad para ofrecer experiencias compartidas.

The Conversation

Esteban Sánchez Moreno recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través del proyecto de investigación TÍTULO: Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España: redes de apoyo, recursos psicosociales y bienestar en personas mayores de origen latinoamericano (EnDiversidad60+), con referencia PID2023-151042OB-I00
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Lorena Patricia Gallardo Peralta recibe fondos de el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través del proyecto de investigación TÍTULO: Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España: redes de apoyo, recursos psicosociales y bienestar en personas mayores de origen latinoamericano (EnDiversidad60+), con referencia PID2023-151042OB-I00 .

ref. No es soledad, es el síntoma de vivir sin comunidad – https://theconversation.com/no-es-soledad-es-el-sintoma-de-vivir-sin-comunidad-270542

Un año después del apagón: ¿por qué millones de personas se quedaron también sin agua corriente?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Molinos Senante, Investigadora Instituto de Procesos Sostenibles, Universidad de Valladolid

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El 28 de abril de 2025, a las 12:33 horas, se produjo el mayor apagón eléctrico en Europa en más de dos décadas, que afectó a más de 58 millones de personas en España, Portugal y Andorra. Además de la ausencia de luz, muchos de estos ciudadanos se encontraron con otro problema que, en principio, podríamos no relacionar con el primero: al abrir el grifo, no salía agua.

Sin electricidad, el agua dejó de llegar a las viviendas. Esto revela una dependencia invisible que rara vez aparece en el debate público: el suministro de agua no puede existir sin electricidad.




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Cada gota consume kilovatios de energía

En España, el consumo energético medio del ciclo integral del agua (captación, potabilización, distribución, alcantarillado y depuración) se sitúa en torno a 1 kilovatio hora (kWh) por metro cúbico de agua. Para una familia de cuatro personas donde cada uno consume 150 litros de agua al día, eso representa un consumo energético mensual de 18 kWh. Esto equivale aproximadamente al consumo eléctrico mensual de un televisor encendido cuatro horas al día o a realizar una carga de lavadora al día durante todo el mes.

Sin generadores de respaldo o sistemas autónomos, un corte eléctrico paraliza todo el sistema urbano del agua en minutos. El apagón puso a prueba esta vulnerabilidad a escala peninsular. Afortunadamente, el sector superó el problema: los principales operadores urbanos activaron planes de contingencia que permitieron mantener el servicio mediante grupos electrógenos y operación manual cuando los sistemas digitales perdieron conectividad. Una lección doble: la resiliencia es posible, pero depende de haberla planificado antes del fallo.

Instalaciones de agua que también generan electricidad

Lejos de ser un problema sin solución, el sector del agua en España acumula experiencias que muestran el camino en el largo plazo. La clave está en transformar las instalaciones del ciclo urbano del agua de simples consumidoras de energía en productoras netas.

Dos líneas de actuación tienen ya evidencia sólida en este sentido:




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  • Digitalización y detección de pérdidas. El PERTE de Digitalización del Ciclo Urbano del Agua, financiado por la Unión Europea, ha movilizado más de 550 millones de euros en subvenciones para la digitalización de redes, implementación de sensores de detección de fugas y monitorización del ciclo del agua en tiempo real.

    Reducir las pérdidas en red no solo ahorra agua, sino también la energía que se consume para bombearla. Y esa energía ahorrada es exactamente la que hace falta cuando la red eléctrica falla.

Un apagón que para otros es cotidiano

El Día Mundial del Agua de este año, celebrado el 22 de marzo bajo el lema “Donde fluye el agua, crece la igualdad”, puso sobre la mesa una cifra que conviene no perder de vista: 2 100 millones de personas siguen sin acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Para ellas, lo que en la península ibérica duró unas horas es una realidad permanente.




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El apagón ibérico demostró que incluso en países con infraestructura avanzada el agua puede dejar de fluir en minutos cuando falla la energía. Para más de una quinta parte de la humanidad, esa interrupción no es una emergencia puntual: es la norma. España tiene las herramientas y la experiencia para construir un ciclo urbano del agua más resiliente. Aplicarlas no es solo una cuestión de eficiencia técnica. Es una condición para garantizar un derecho humano básico, aquí y en cualquier parte del mundo.

The Conversation

María Molinos Senante recibe fondos de Agencia Española de Investigación y Unión Europea

ref. Un año después del apagón: ¿por qué millones de personas se quedaron también sin agua corriente? – https://theconversation.com/un-ano-despues-del-apagon-por-que-millones-de-personas-se-quedaron-tambien-sin-agua-corriente-280079

El mercado eléctrico español 12 meses después del apagón

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Peñarrubia, Profesor Titular, Universidad de Murcia

Calles desiertas de Málaga durante el apagón. Eduardo Frederiksen/Shutterstock

El 28 de abril de 2025, la España peninsular sufrió un apagón eléctrico total. Se inició a las 12:32 horas y también afectó a Portugal, Andorra y el sur de Francia. El restablecimiento del servicio tardó un número variable de horas, dependiendo de las zonas pero, en su conjunto, el suceso tuvo un fuerte impacto económico.

Sobre las causas, el reciente informe de la Red Europea de Gestores de Redes de Transporte de Electricidad (ENTSO-e) ha acotado mucho (que no cerrado) el debate. Pero sobre las consecuencias es incluso más difícil establecer un consenso: primero, porque se miden y mezclan conceptos distintos, y segundo, porque el año transcurrido ha estado tan repleto de otros eventos con fuerte impacto en el sector energético que resulta complejo separar causalidades.




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Los costes

En lo referente al coste del apagón, las primeras estimaciones, como las de la CEOE o Caixabank lo situaron en el entorno de los 1 600 millones de euros, un 0,1 % del PIB anual de España. Un año después, esa sigue pareciendo una cifra razonable.

La cara más visible de este coste son las indemnizaciones, reclamaciones y expedientes sancionadores que todavía no han terminado de concretarse pero que sumarán, en cualquier caso, varios cientos de millones de euros. A ese coste cuantificable en procesos administrativos y judiciales hay que sumar otros, como los aproximadamente 50 millones que costó reestablecer el servicio, y los cerca de 666 millones de la operación reforzada, que implica tener disponibles más centrales convencionales (ciclos combinados, nucleares o hidráulicas) para poder utilizarlas ante cualquier desequilibrio del sistema. Esto ha encarecido el precio de la factura eléctrica de los consumidores españoles.

Además, los costes siguen creciendo, ya que se mantiene el incremento de la aportación de las centrales de ciclo combinado en el mix eléctrico español.

Los precios

Recurrir más a las centrales de ciclo combinado para reducir los riesgos de un nuevo apagón tiene un coste. La propia Redeia lo cuantifica en un 4,7 % sobre un precio medio de 77,07 €/MWh, que es de donde se obtiene el coste global anterior de 666 millones. Quizás más relevante que ese efecto directo sea la perspectiva a más largo plazo de la evolución de los precios de la electricidad, que en los últimos tiempos ha estado marcada por la guerra de Ucrania y las respuestas que generó en cada país, los que ha llevado a una amplia dispersión en los precios de las cuatro mayores economías de la Unión Europea.

La interconexión

Estas diferencias responden tanto a diferencias en marcos regulatorios como a las barreras al flujo de energía entre países. Las interconexiones, que deberían contribuir a una producción más eficiente y una distribución más robusta, han avanzado poco este último año. ¿La razones? Estas inversiones requieren mucho más tiempo para diseñarse, aprobarse e implementarse, y, si nos referimos a la conexión con Francia desde el sistema ibérico, la parte que sufrió el apagón es la que ya tenía más interés en impulsar la conexión.

Dentro de ese marco hay que considerar como positivo el avance de la conexión por mar en el golfo de Bizkaia y los proyectos de conexión con Italia.




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Los riesgos

La crisis de Oriente Medio ha afectado por múltiples vías a los mercados energéticos globales. Para entender su efecto sobre los mercados de electricidad hay que partir de que los combustibles fósiles son materia prima para la producción de electricidad y, a la vez, un sustituto final de la misma.

Como insumo, el aumento del precio del gas y el petróleo ha impactado más donde son más relevantes en la producción de electricidad y donde esa subida tiene mecanismos adicionales de contagio, como pueden ser los mercados marginalistas, en los que la fuente de energía más cara marca el precio del resto.

Un efecto secundario no desdeñable de ese aumento es el impulso que da a la instalación de fuentes renovables. En 2025 han superado, por primera vez en un siglo a nivel global, a la producción de electricidad con carbón. La generación de electricidad con fuentes limpias ya no es solo una cuestión de ecología, ni siquiera de economía, ahora es también una cuestión de soberanía y de seguridad nacional.

Esta crisis no solo afecta al coste de la electricidad según su origen, también afecta a la demanda de electricidad al ser, cada vez más, una energía sustituta de las energías fósiles, por ejemplo, en la movilidad. El crecimiento del mercado de vehículos eléctricos, los centros de datos y el propio crecimiento de la economía mundial incrementan la demanda global de energía eléctrica.




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La eficiencia

Un elemento central en todo este proceso es el aumento en la eficiencia de los sistemas de almacenamiento eléctrico. Si las baterías de coche brindan más autonomía y son más baratas y fáciles de recargar, la mejora en las baterías estacionarias (instalaciones fijas diseñadas para soportar procesos profundos y reiterados de carga y descarga) son un espaldarazo al cambio a las energías renovables.

El gran problema al que se enfrenta el crecimiento de las energías renovables –en particular la eólica y la fotovoltaica– es el de una oferta no gestionable, que implica que cuanta más energía limpia generan menos vale, lo que las atrapa en un bucle que limita su cuota en el conjunto del sistema.

Las baterías estacionarias, junto con otros sistemas de almacenamiento como las centrales reversibles, permiten acumular energía cuando el sistema ofrece precios cercanos a cero para luego verterla. Incluso dos veces al día, porque con frecuencia los precios diarios tienen dos valles: uno por exceso de oferta a plena luz y otro (menor y más aleatorio) por falta de demanda en la noche.

Un último elemento a considerar es la enorme capacidad inversora china en el sector de la energía eléctrica. Sus empresas han acumulado un importante exceso de capacidad (en plantas de producción de células fotovoltaicas, baterías y coches), lo que ayuda a la transición energética global sin graves tensiones en los precios ni el suministro.

La lección

Aunque la experiencia del apagón eléctrico de hace un año ha tenido un precio en la factura eléctrica de los españoles –el 5 % de sobrecoste asociado a la producción reforzada y el 0,1 % del PIB asociado directamente al apagón– ha quedado ensombrecido por la crisis energética actual. No obstante, todos estos eventos reiteran la necesidad de contar con un suministro eléctrico seguro.

The Conversation

Diego Peñarrubia es miembro de Greenpeace, PSOE y UGT, sin ocupar ni haber ocupado ningún puesto en la dirección de ninguna de estas organizaciones.

ref. El mercado eléctrico español 12 meses después del apagón – https://theconversation.com/el-mercado-electrico-espanol-12-meses-despues-del-apagon-281405

Ahora que el mundo se enfrenta a otra crisis, ¿por qué las empresas e instituciones siguen resistiéndose al teletrabajo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Aloisi, Associate Professor of European and comparative Labour Law, IE University

Chay_Tee/Shutterstock

A las 21:00 h, las tiendas, los restaurantes y las cafeterías cierran sus puertas en toda la ciudad de El Cairo, donde se ha impuesto un toque de queda estricto para mitigar la crisis energética desencadenada por el conflicto en el golfo Pérsico. La medida puede resultar difícil de aplicar entre una población acostumbrada a veladas largas y animadas, pero las perspectivas distan mucho de ser tranquilizadoras. Los informes indican que las gasolineras se están quedando sin combustible, lo que hace temer que la emergencia se prolongue más de lo previsto.

Algunas zonas de África y Asia parecen ir por delante de Europa a la hora de hacer frente a la escasez de recursos. Ya se han adoptado muchas medidas decisivas: un día obligatorio de teletrabajo en Egipto, un día libre semanal adicional en Sri Lanka, una semana laboral de cuatro días para los trabajadores del sector público en Filipinas, el cierre de los campus universitarios en Bangladés, controles del consumo de combustible en Myanmar y apagones periódicos en Sudán del Sur.

Aunque las restricciones de suministro pueden ser menos graves en Europa, esto no significa que esté a salvo. El responsable de energía de la UE, Dan Jørgensen, lo ha reconocido y ha advertido de que Europa se enfrenta a una “situación muy grave” sin un final claro a la vista.

Ha señalado las recomendaciones de la Agencia Internacional de la Energía. Entre ellas se incluyen trabajar desde casa siempre que sea posible, reducir los límites de velocidad en las autopistas, fomentar el uso del transporte público y evitar los desplazamientos innecesarios.

La UE se dispone ahora a presentar una iniciativa no vinculante para promover el teletrabajo como forma de aliviar la crisis energética mediante la reducción de los desplazamientos al trabajo y del consumo energético en las oficinas.

A pesar de las firmes recomendaciones y restricciones, la retórica predominante es que estos tiempos drásticos exigen medidas drásticas –aunque temporales– y que, una vez que la crisis actual pase, todo volverá a la normalidad. Si esto nos resulta demasiado familiar, es porque ya hemos pasado por ello antes.

Déjà vu en la respuesta a la crisis

Los paralelismos con las medidas adoptadas para combatir la pandemia de covid-19 son sorprendentes, pero hay un elemento que destaca: el teletrabajo.

El teletrabajo se está movilizando una vez más como respuesta a la crisis, lo que refuerza la idea de que solo circunstancias excepcionales pueden justificar cambios en los patrones de trabajo.

En 2020, el objetivo era “aplanar la curva de contagios”, mientras que hoy en día los edificios de oficinas se dejan infrautilizados para reducir el consumo energético. Sin embargo, la actual confusión de medidas desiguales recuerda bastante a los años de la pandemia. Los líderes institucionales, empresariales, sindicales y políticos parecen haber sido tomados por sorpresa una vez más.




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Mientras tanto, los efectos de la guerra se están materializando en forma de estanflación (inflación sin crecimiento), junto con una contracción del comercio mundial en un contexto de creciente presión ecológica. Estas presiones convergentes nos obligan a replantearnos la organización del trabajo, al tiempo que hacen que la inversión estructural en sostenibilidad sea más viable políticamente.

En resumen, cada vez es más difícil justificar la resistencia a métodos de trabajo “menos ortodoxos” que podrían reducir la dependencia de la energía procedente de combustibles fósiles.

Igualmente preocupante es el riesgo de que las experiencias de los trabajadores con condiciones más flexibles se vean condicionadas por este enfoque errático e impulsado por la emergencia: se les envía de vuelta a casa cuando los gobiernos o las empresas se enfrentan a una presión creciente, y se les llama inmediatamente para que regresen a la oficina una vez que esta termina.

Al inicio de la pandemia, gobiernos, empresas y ciudadanos de a pie se vieron sumidos en la incertidumbre. Los padres se vieron repentinamente obligados a compaginar el trabajo con el cuidado de los hijos y la educación, mientras que los nuevos empleados improvisaban escritorios provisionales en ruidosos pisos compartidos.

Con la actual crisis del petróleo, el patrón se repite. Pero el éxodo de las sedes centrales está impulsado menos por la protección de la salud pública o el compromiso con mejores condiciones laborales, y más por consideraciones de reducción de costes a corto plazo.




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Obligación de volver a la oficina

En el debate público, la cuestión del teletrabajo se ha polarizado profundamente, en gran parte debido a la postura adoptada por algunos directores ejecutivos –entre ellos, los líderes de Amazon, X y Goldman Sachs–, que han impuesto estrictas obligaciones de vuelta a la oficina. En algunos casos, estas obligaciones se han utilizado incluso como mecanismo para fomentar las dimisiones voluntarias, reduciendo de hecho la plantilla sin recurrir a despidos formales.

Una mujer con una camiseta verde habla durante una reunión en línea desde su casa
Algunas empresas permiten el teletrabajo, pero solo bajo ciertas condiciones.
LightField Studios/Shutterstock

Cada vez más se empuja a los trabajadores a volver a la oficina, o se les concede el teletrabajo solo bajo condiciones cuidadosamente calibradas –muchos acuerdos excluyen el teletrabajo los lunes y viernes, por ejemplo– para garantizar que la flexibilidad no se traduzca en libertad de movimiento.

Además, solo un número limitado de empresas ha invertido el tiempo y los recursos necesarios para crear entornos de trabajo que estén verdaderamente equipados para el trabajo fuera de las instalaciones. Las investigaciones apuntan a una profunda y persistente desconfianza hacia la autonomía de los trabajadores sin supervisión, que se refleja cada vez más en el uso de tecnologías de vigilancia como el seguimiento de las pulsaciones de teclas, las capturas de pantalla periódicas y el escaneo de correos electrónicos.

Cuando se permite, el teletrabajo se ha convertido en un caldo de cultivo para estas herramientas de monitoreo remoto de empleados, lo que refuerza la percepción de que el trabajo a distancia no es más que una concesión a regañadientes.




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El teletrabajo beneficia a todos

Las pruebas cuestionan este enfoque anticuado. El economista de Stanford Nick Bloom demuestra que el trabajo a distancia híbrido se ha consolidado como una “nueva normalidad”. En Estados Unidos, se ha estabilizado en torno al 28 % de los días laborables remunerados a partir de 2025-2026 –un aumento espectacular respecto al nivel prepandémico de apenas el 5 %– sin repercusiones económicas negativas.

En Europa también abundan los experimentos con visión de futuro. Los empleadores de todos los sectores están probando modalidades más flexibles –desde políticas ilimitadas de trabajo desde cualquier lugar hasta semanas laborales más cortas– para atraer y retener el talento.

Lograr un modelo de trabajo verdaderamente funcional y beneficioso más allá de las instalaciones de la empresa requiere un grado significativo de inventiva de abajo arriba. Pero la promesa estancada de una revolución en la gestión también podría hacerse realidad mediante un marco jurídico más favorable.

A nivel de la UE, ese proceso ya se ha puesto en marcha tras el llamamiento a la acción del Parlamento Europeo en 2021. Hasta ahora se han organizado dos rondas de consulta con los interlocutores sociales, con el objetivo de introducir el derecho de los trabajadores a desconectarse y garantizar un teletrabajo “justo”.

La visión que sustenta la consulta parece estar marcada por una combinación de preocupaciones legítimas, aunque a menudo exageradas. El trabajo a distancia se considera un catalizador de la disponibilidad permanente en línea y una amenaza para la seguridad y la salud. Sin embargo, lo que falta en gran medida es un intento más ambicioso de aprovechar este momento político como una oportunidad para replantearse la organización del tiempo de trabajo.

Los marcos normativos actuales siguen anclados en un modelo lineal, rígido, jerárquico y sesgado hacia los hombres. Lo que la realidad exige, en cambio, es una transición hacia formas más asincrónicas, sostenibles, colaborativas y empoderadoras de organizar el tiempo y el espacio.




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Dejar de improvisar, empezar a anticipar

Las instituciones a todos los niveles podrían ir más allá de las buenas intenciones y empezar a practicar lo que predican. Según la encuesta de la OCDE y la UE de 2024 sobre los funcionarios públicos, aproximadamente dos de cada cinco (37,2 %) nunca trabajan a distancia, mientras que solo uno de cada cinco (22,6 %) lo hace entre uno y dos días a la semana.

Frecuencia del teletrabajo por país, según los resultados de la Encuesta de la UE/OCDE de 2024 a los funcionarios de la administración central.
Encuesta estándar de la UE/OCDE a los funcionarios de la administración central

Sin embargo, el teletrabajo voluntario –ya sea habitual u ocasional– se asocia con mayores niveles de bienestar. Esto es especialmente relevante para los trabajadores que desempeñan funciones administrativas o prestan servicios al ciudadano por teléfono, para quienes la presencia en la oficina a menudo no es una necesidad.

Si hablar de teletrabajo en tiempos de crisis parece frívolo, también lo es aferrarse a formas obsoletas de organizar el trabajo. Trabajadores que se desplazan a la oficina solo para participar en llamadas de Zoom con clientes, directivos atrapados en el tráfico solo para llegar a un cubículo y enviar correos electrónicos, consultores que llegan en avión para una presentación de diez minutos: todo esto refleja una cultura retrógrada que hace tiempo que debería haber desaparecido. También pone de manifiesto los límites de un modelo que da por sentado que los recursos del mundo son ilimitados.

Las generaciones más jóvenes ya no están dispuestas a cambiar la libertad y el sentido de propósito por la asistencia y la conformidad. Ahora cabe esperar un mayor grado de madurez directiva.

La reconfiguración de los flujos de colaboración, las estructuras de trabajo y los patrones organizativos no debe considerarse una solución temporal, sino una inversión a largo plazo (con efectos positivos en términos de productividad). Dentro de este cambio, replantearse el tiempo de trabajo debe ser el siguiente paso para romper tabúes arraigados.

Hoy en día, mientras los lugares de trabajo se enfrentan a su tercera crisis en seis años, la verdadera pregunta no es si el teletrabajo debería ser la norma, sino por qué hace falta otro desastre más para transformar la forma en que organizamos nuestra vida laboral.

The Conversation

Antonio Aloisi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ahora que el mundo se enfrenta a otra crisis, ¿por qué las empresas e instituciones siguen resistiéndose al teletrabajo? – https://theconversation.com/ahora-que-el-mundo-se-enfrenta-a-otra-crisis-por-que-las-empresas-e-instituciones-siguen-resistiendose-al-teletrabajo-281200

Enseñar la medicina a través del arte: la escultura anatómica en la universidad española

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Chloe Sharpe, Profesora e investigadora en Historia del Arte., UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Modelo que pertenece a una serie de cuatro piezas que muestran un parto. Escayola policromada, c.1863-78, de Juan Samsó. Museo de la Historia de la Medicina de Cataluña.

Imagine una persona que siente que le ha salido un bulto en el costado. Va al médico, angustiada, y este, al palpar, dice: “Eso no es un bulto, es una costilla flotante”. La anécdota es simpática para contar en la sobremesa (y bromear sobre la posible hipocondría del aludido) porque ha sido fácil para el especialista detectar el problema y tranquilizar al paciente. Sin embargo, esta sabiduría, que damos por hecha, se ha adquirido con el tiempo. Después de todo, esperamos que los médicos que nos diagnostican, tratan y operan hayan adquirido un profundo conocimiento del cuerpo humano y sus enfermedades.

Pero no siempre ha sido fácil acceder a ese aprendizaje. Antes de internet, del vídeo e incluso de la fotografía en color, ¿cómo se formaba esa experiencia? En cierto sentido… con arte.

Escultores para formar a médicos

Junto a las disecciones, los modelos anatómicos desempeñaron un papel fundamental en la enseñanza de la medicina: reproducían con gran fidelidad –en tres dimensiones, en color y a escala natural– el cuerpo humano y sus patologías.

Anfiteatro y colección de modelos anatómicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid
Anfiteatro y colección de modelos anatómicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid, postal, fotografía de Hauser y Menet, c. 1916.
Fundación Joaquín Díaz/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Durante los siglos XVIII y XIX fue habitual que las instituciones médicas reunieran colecciones anatómicas destinadas a museos didácticos. En España, esta práctica se formalizó mediante un Real Decreto de 1862, que obligó a las siete universidades –ocho a partir de 1876– a crear plazas públicas de escultores anatómicos y sus asistentes, encargados de producir estas piezas.

Sin embargo, pese a ser durante más de un siglo los únicos escultores con puesto estable en la universidad, su trabajo fue poco valorado y hoy permanece casi olvidado.

Los museos anatómicos creados en España en el siglo XVIII, vinculados a los reales colegios de cirugía, se inspiraron en modelos italianos como La Specola de Florencia, con sus célebres figuras en cera de Clemente Susini. Estas piezas privilegiaban la anatomía de un cuerpo a menudo idealizado y, en el caso de las venus anatómicas, con una dimensión erótica dirigida al espectador masculino.

Venus anatómica.
Venus anatómica hecha por Clemente Susini, cera, 1780-1782.
Museo di Palazzo Poggi, Bologna/Wikimedia Commons, CC BY

Con el fortalecimiento de las facultades de Medicina y sus museos, este enfoque cambió ligeramente. A mediados del siglo XIX, se consolidaron los conceptos binarios de subjetividad y objetividad y este último se convirtió en el ideal de la práctica médica; el realismo pasó a ser su principal aliado. En ese contexto, la escultura anatómica se orientó hacia la representación directa de la enfermedad, abarcando desde las patologías más comunes hasta las más excepcionales. Paralelamente, la cera fue sustituida progresivamente por la escayola, más económica y resistente.

Profesionales entre arte y medicina

El acceso a una plaza de escultor anatómico exigía una doble formación, artística y anatómica, y tribunales mixtos de Bellas Artes y Medicina. Era un perfil difícil de sostener en un puesto poco reconocido y mal remunerado. Como lamentaba el doctor Ángel Pulido en 1883, quien lo ocupaba “renuncia a ser pintor, escultor y médico, para convertirse en un ser híbrido, mezcla de todo a la vez” sin el prestigio ni de unos ni de otros.

Aun así, la precariedad del mundo artístico llevó a numerosos escultores a trabajar en facultades de Medicina. Muchos de ellos llegaron a destacar en el ámbito artístico, con premios en las exposiciones nacionales de Bellas Artes, obra adquirida por el Estado y presencia en museos como el Prado o el Museo Nacional de Arte de Cataluña, además de encargos para monumentos públicos. Sus nombres aparecen en archivos universitarios y, ocasionalmente, en las firmas de las piezas conservadas.

Así, el archivo de la Universidad Complutense de Madrid revela la presencia en la facultad madrileña de reconocidos escultores como Maximino Sala, Miguel de la Cruz, José Ortells o José Pérez (“Peresejo”). A ellos se suman artistas vinculados a Santiago de Compostela, como Juan Sanmartín y Francisco Asorey, o a Granada, con Francisco Morales. El caso más destacado es Barcelona, donde trabajaron Juan Samsó, Rosendo Nobas, Torquato Tasso, Dionisio Renart y Enric Monjo.

Sin embargo, esta faceta anatómica apenas figura en sus biografías, al considerarse marginal respecto al “verdadero” arte. Es el caso de Samsó, activo en la Facultad de Barcelona entre 1863 y 1878, que compaginó la producción de modelos anatómicos –tumores, malformaciones y partos– con una exitosa participación en exposiciones nacionales.

Nobas, su sucesor, creó La Cuádriga de la Aurora, un gran monumento publico bañado en oro, mientras fabricaba series en yeso pintado que mostraban el antes, durante y después de operaciones quirúrgicas. También dejó un singular testimonio del cruce entre arte y medicina en la sepultura de mármol del anatomista Jaime Farreras Framis. En ella, un esqueleto envuelto en un sudario aparece con un realismo sobrecogedor.

Escultura de un esqueleto cubierto con una tela.
Escultura de la tumba del doctor Jaime Farreras Framis realizada por Rosendo Nobas en mármol en torno a 1887.
Cementerio de Montjuïc, Barcelona/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Patrimonio olvidado

Basta con ojear los inventarios de los museos anatómicos del siglo XIX para comprobar que la mayor parte de las piezas se ha perdido, por extravío, deterioro o destrucción. Aunque el patrimonio conservado ha quedado, en general, en manos de las universidades, la mayoría de estos museos han sido desmantelados. Entre todos ellos, destaca el Museo de Anatomía Javier Puerta como un caso excepcional de supervivencia.

En Barcelona, las piezas conservadas acabaron en el Museo de la Historia de la Medicina de Cataluña, donde permanecen casi inaccesibles al público. El cierre inminente del Museo Olavide de modelos dermatológicos pone de manifiesto la fragilidad de este patrimonio.

Se trata, sin embargo, de un legado esencial para comprender cómo se concebían el cuerpo y la enfermedad en el siglo XIX. Y también, y no es menos importante, para completar la historia de la escultura en España.


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Chloe Sharpe no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Enseñar la medicina a través del arte: la escultura anatómica en la universidad española – https://theconversation.com/ensenar-la-medicina-a-traves-del-arte-la-escultura-anatomica-en-la-universidad-espanola-277109

Cuando el transhumanismo se convierte en eugenesia: el caso de Jeffrey Epstein

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Leandro Gaitán Mántaras, Doctor en Filosofía, Universidad de Navarra

La investigación científica en la mejora de la raza humana puede conllevar grandes dilemas éticos. Bhautik Patel / Unsplash., CC BY

El pasado 30 de enero de 2026, el Departamento de Justicia de EE. UU. autorizó la publicación de un archivo masivo: 3,5 millones de páginas, 180 000 fotos y 2 000 vídeos que, según la ONU (2026), “contienen evidencia inquietante y creíble de tráfico y esclavitud sexual de mujeres y niñas a gran escala, tortura, desaparición forzada, tratos inhumanos y degradantes, y asesinato”.

Estos delitos, añade el organismo, se cometieron en un contexto de supremacismo, misoginia extrema, mercantilización y deshumanización sistemática. Los archivos mencionan a figuras de alto perfil de la élite occidental –políticos, empresarios, científicos, celebridades– y sugieren la existencia de una red de complicidades que acentúa el carácter estructural y la gravedad institucional de los hechos.

Fascinado por el transhumanismo

Sin embargo, más allá de los titulares escandalosos, emerge un componente ideológico menos explorado pero decisivo: el profundo compromiso de Epstein con el pensamiento transhumanista y la investigación científica orientada a la “mejora humana” (human enhancement).

Foto policial de Jeffrey Epstein (2006).
Foto policial de Jeffrey Epstein (2006).
Wikimedia Commons, CC BY

Este escenario nos sitúa ante un interrogante ineludible: ¿puede una determinada forma de entender al ser humano contribuir a erosionar o eliminar los límites morales que lo protegen? Más concretamente, ¿hasta qué punto la cosmovisión transhumanista de Epstein pudo haber funcionado como marco legitimador de su conducta?

Según un artículo del New York Times publicado en 2019, Epstein mostró durante años una recurrente fascinación por el transhumanismo, entendido como el intento de mejorar la especie humana “mediante tecnologías como la ingeniería genética o la inteligencia artificial”. No se trataba de una curiosidad superficial: invirtió millones de dólares en investigación sobre la dinámica evolutiva, la cognición como computación, el moldeamiento de la conducta, las tecnologías de rejuvenecimiento y superlongevidad, y las interfaces hombre-máquina.

Entre 1998 y 2008, el magnate pederasta donó más de 9 millones de dólares a la Universidad de Harvard, incluyendo financiación clave para el Programa de Dinámica Evolutiva, según explica un informe reciente publicado en Nature. También donó, entre 2002 y 2017, más de 7,5 millones de dólares al MIT Media Lab –que investiga en muchas áreas muy distintas, una de ellas, cómo alargar la vida humana– y apoyó a organizaciones como Humanity+ (antes Asociación Transhumanista Mundial) y a investigadores vinculados al movimiento transhumanista.

A diferencia de la filantropía orientada a la búsqueda de estatus, reconocimiento social o expansión del prestigio personal, Epstein hacía sus donaciones muy discretamente y, en ocasiones, de manera completamente anónima.

Sus contribuciones, lejos de dispersarse, se concentraban en áreas científicas convergentes y con un perfil inequívocamente transhumanista. A esta estrategia de financiación se suman algunos proyectos personales que permiten vislumbrar con mayor claridad su visión del ser humano.

Una raza humana superior

En efecto, Epstein expresó su intención de utilizar su rancho de Nuevo México (una mansión de 3 000 hectáreas) como base para experimentos genéticos, incluyendo un plan para inseminar simultáneamente a veinte mujeres y “sembrar la raza humana” con su ADN. Se creía poseedor de una genética privilegiada y superior, según revelaba el citado artículo del New York Times.

También se interesó por la creación de un repositorio de material genético (Repository for Germinal Choice) de premios Nobel y por la criónica (congelación de cuerpos o cerebros humanos a temperaturas extremadamente bajas inmediatamente después de la muerte legal, con la esperanza de que la tecnología futura pueda reanimarlos), como modo de recuperar y prolongar la vida tras la muerte.

Asimismo, según relata el psicólogo Steven Pinker, Epstein criticó los esfuerzos por combatir el hambre y mejorar la asistencia sanitaria a los pobres argumentando que ello incrementaba el riesgo de superpoblación. Esa visión delata una transición peligrosa hacia la subordinación de la vida humana a criterios de eficiencia técnico-instrumental.

El ser humano como objeto

La cuestión no es, por supuesto, que el transhumanismo conduzca necesariamente a comportamientos criminales. Se trata de una corriente heterogénea con propuestas que van desde posiciones moderadas hasta planteamientos muy radicalizados. Sin embargo, en sus versiones más extremas, introduce la idea potencialmente problemática de que el ser humano, entendido como objeto de mejora, es susceptible de ser diseñado, modificado y, por tanto, manipulado.

Cuando esta lógica es llevada hasta sus últimas consecuencias, el riesgo no es solo técnico, sino antropológico y ético. El mejoramiento biotecnológico puede acabar funcionando como un criterio dominante que condiciona la manera de percibir y tratar a los demás.

Desde esta óptica, el otro ya no es considerado como un fin en sí mismo –dotado de una dignidad que le es inherente–, sino como herramienta u objeto técnico-artificial maleable y, eventualmente, descartable.

Este tipo de racionalidad centrada en el cálculo, la eficiencia y el control, fue analizada críticamente por pensadores como Aldous Huxley, Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, y Herbert Marcuse. Dichos autores sostienen que, cuando ese modelo de racionalidad instrumental o técnica se absolutiza, puede terminar legitimando la subordinación de unas personas a los intereses de otras y desembocar en una ideología tecnocrática y totalitaria que no mira costos humanos.

Peligros de la eugenesia

Con todo, situar los hechos en este contexto ideológico no excluye la necesidad de cautela. Resulta fundamental no incurrir en reduccionismos, pues un caso como el de Epstein difícilmente puede explicarse mediante una sola causa. Factores de orden político, psicológico, social o biográfico pudieron haber desempeñado un papel decisivo en la configuración de su conducta.

Sin embargo, reconocer esta complejidad no impide señalar que determinados marcos de pensamiento pueden contribuir a imaginar –e, incluso, justificar– ciertas prácticas. Las denuncias contra Epstein y sus adláteres no describen únicamente delitos aislados de carácter sexual, sino la existencia de una estructura organizada en la que mujeres y niñas eran tratadas como recursos intercambiables, sometidas a una lógica de uso, selección y descarte.

Sin establecer una relación causal directa, la inquietante convergencia entre esta praxis y una concepción del ser humano como objeto de “mejora” invita, al menos, a una reflexión crítica.

El fenómeno Epstein deja, en este sentido, una advertencia: cuando la racionalidad instrumental se impone como criterio dominante para determinar el valor y el destino de las personas, se abre paso a su cosificación y, en consecuencia, a la legitimación de prácticas que atentan contra su dignidad.

The Conversation

Leandro Gaitán Mántaras no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando el transhumanismo se convierte en eugenesia: el caso de Jeffrey Epstein – https://theconversation.com/cuando-el-transhumanismo-se-convierte-en-eugenesia-el-caso-de-jeffrey-epstein-281035

Por qué sí tiene sentido enseñar Geografía e Historia en inglés

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esther Nieto Moreno de Diezmas, Catedrática y Directora del Departamento de Filología Moderna, Universidad de Castilla-La Mancha

En las últimas décadas, la enseñanza bilingüe se ha expandido con rapidez y ha alcanzado un notable reconocimiento internacional. En España, el modelo está ampliamente implantado: el 41,4 % del alumnado de primaria y el 32,2 % de secundaria participa en programas bilingües cursando materias como Ciencias Sociales, Matemáticas, Educación Plástica, Historia o Física y Química en lengua extranjera.

Este crecimiento ha sido impulsado por las políticas de la Unión Europea que buscan aumentar la exposición a lenguas extranjeras, fomentar el plurilingüismo y favorecer la movilidad, la empleabilidad y la inclusión en todo el territorio europeo.

El caso de Historia

No obstante, su rápida expansión también ha generado debate, especialmente en el ámbito de las Ciencias Sociales. Muchos pueden preguntarse si tiene sentido hablar de The Catholic Monarchs en contextos de habla hispana.

En esta línea, en la Comunidad de Madrid, desde el curso 2024-2025, parte de las asignaturas de Ciencias Sociales y Geografía e Historia ha dejado de impartirse en lengua extranjera en primaria y en secundaria, para enseñarse obligatoriamente en español.

Este cambio plantea un debate interesante: ¿Resulta pedagógicamente beneficioso o limitador impartir contenidos históricos –en especial de la historia del propio país– en una lengua extranjera?

¿Por qué Historia en inglés?

Frente a otras asignaturas, la elección de las Ciencias Sociales para ser impartidas en una lengua extranjera es ideal para el aprendizaje del idioma. En esta materia, el lenguaje es una herramienta central del aprendizaje y se maneja una gran cantidad de vocabulario, expresiones y formas gramaticales.

El alumnado aprende a describir, definir, explicar, evaluar, comparar, justificar y narrar, con lo que hace uso de las funciones cognitivas del discurso. Es así como se contribuye a desarrollar el pensamiento crítico y el lenguaje académico.

Además, a través de estas materias se fomenta un aprendizaje real, significativo y natural del idioma y se promueve la competencia intercultural. Por ello, en la mayoría de los programas bilingües europeos, Ciencias Sociales y Geografía e Historia son las materias más habitualmente impartidas en una segunda lengua.




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Adquisición de los contenidos

La mayoría de las investigaciones indican que la enseñanza bilingüe no perjudica el aprendizaje de las Ciencias Sociales. Por ejemplo, estudios publicados en Finlandia, Chipre y Holanda muestran resultados similares o superiores del alumnado bilingüe.

En España, varias investigaciones identifican rendimientos equivalentes o mejores del alumnado en programas bilingües. Aunque algunos estudios detectan desventajas puntuales para alumnado bilingüe de primaria, investigaciones con muestras muy amplias y controladas concluyen que no existen diferencias significativas y que, al finalizar la secundaria, el alumnado bilingüe puede incluso superar al no bilingüe.




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Estudios longitudinales también detectan progresos más rápidos en Ciencias en programas bilingües. En definitiva, la evidencia sugiere que la educación bilingüe garantiza la adquisición de contenidos con niveles de rendimiento iguales o superiores a los de la enseñanza ordinaria.

Beneficios cognitivos y competencias globales

La enseñanza bilingüe se basa en el Aprendizaje Integrado de Contenidos y Lenguas extranjeras (AICLE/ CLIL). El aprendizaje integrado genera ventajas cognitivas en el alumnado bilingüe. Esto es así debido al doble esfuerzo que se requiere para procesar información en otra lengua, algo que activa y ejercita el cerebro, como muestran diversos estudios.

Así pues, el alumnado bilingüe utiliza más estrategias de aprendizaje, mejora su capacidad para procesar información y muestra niveles superiores en pensamiento crítico y en la competencia de aprender a aprender.

Además, estudiar Ciencias Sociales y Geografía e Historia en otra lengua, permite acceder a fuentes internacionales, mapas, datos comparados y perspectivas históricas diversas. De este modo, promueve la competencia global.




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Guías pedagógicas y de mejora

En cualquier caso, los programas bilingües están en continua evolución y es preciso seguir velando por su calidad. Resulta imprescindible invertir en una formación docente especializada, tanto inicial (en la universidad) como permanente. Es fundamental garantizar la mejora del nivel lingüístico del profesorado, y el dominio de las estrategias pedagógicas y los principios metodológicos del AICLE.

También es necesario contar con un diseño institucional adecuado del programa. El porcentaje de horas de exposición curricular a la lengua extranjera, la provisión docente y la exigencia en el acceso de niveles lingüísticos y de capacitación metodológica del profesorado son factores clave. Proporcionar guías pedagógicas claras, dotar con los recursos necesarios, así como inspeccionar y evaluar estos programas periódicamente es fundamental. Solo así podrá asegurarse que la enseñanza bilingüe cumpla su potencial educativo y equitativo.

The Conversation

Esther Nieto Moreno de Diezmas recibe fondos de la Universidad de Castilla-La Mancha y ha participado en proyectos de investigación financiados por el Ministerio (MICIN)

ref. Por qué sí tiene sentido enseñar Geografía e Historia en inglés – https://theconversation.com/por-que-si-tiene-sentido-ensenar-geografia-e-historia-en-ingles-276460

Los músculos ‘hablan’ con todo el cuerpo: la revolución científica que cambia la visión del ejercicio

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Beatriz Carpallo Porcar, Fisioterapeuta. Personal docente e investigador en el grado de Fisioterapia en la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación iPhysio., Universidad San Jorge

La idea de que el músculo es un simple motor mecánico ha quedado obsoleta gracias a un hallazgo que ha cambiado la fisiología moderna: en realidad, funciona como un órgano endocrino capaz de influir en prácticamente todos los sistemas de nuestro cuerpo.

Durante la contracción muscular se liberan cientos de moléculas llamadas mioquinas, sustancias imprescindibles para que el organismo funcione de forma correcta. De ahí nació la idea de que “el ejercicio es medicina”. Sin embargo, este concepto también ha pasado de moda. En realidad, habría que ir más allá y decir que es tan necesario para nuestra salud como respirar o comer, mientras que el sedentarismo y la falta de movimiento constituyen una fuente de enfermedad.

Qué son las mioquinas

Las mioquinas actúan como hormonas que se comunican a través del torrente sanguíneo con distintos órganos como el cerebro, el tejido adiposo, el hígado, el hueso o el sistema inmune. Según una revisión de 2024, son la razón por la que el ejercicio sea beneficioso para el sistema inmunitario.

La mioquina más estudiada hasta el momento es la interleucina‑6 (IL‑6), que se libera durante ejercicios de alta intensidad o de resistencia aeróbica hasta 100 veces más que en reposo. También tienen importancia la irisina, clave para mantener el equilibrio de la grasa corporal, y el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), implicado en la neuroplasticidad y la función cognitiva.




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Y antes de centrarnos en los efectos de esta familia de moléculas, hay que tener en cuenta que el movimiento también estimula que otros órganos liberen las no menos importantes exerquinas. Por ejemplo, una revisión de 2022 revela su participación en la mejora cardiovascular, metabólica, inmune y neurológica. Si nos movemos poco y circulan pocas exerquinas por nuestro organismo, aumenta el riesgo de enfermedad y mortalidad por todas las causas.

Torrente de moléculas benefactoras

A continuación desglosamos cómo actúan las mioquinas en distintas partes de nuestro organismo:

  • Sistema inmune. Publicaciones recientes identifican al menos nueve mioquinas que influyen en el funcionamiento adecuado del sistema inmune. Entre ellas destacan la irisina, la decorina y las interleucinas IL-6, IL-7 o IL-15. Su liberación durante el ejercicio favorece la proliferación y diferenciación de las células de nuestras defensas, lo que potencia la “vigilancia inmunitaria”.

    Además, reducen la inflamación sistémica crónica, factor clave en la prevención de muchas enfermedades metabólicas y cardiovasculares. La IL‑6, por ejemplo, actúa como una señal antiinflamatoria capaz de modular la actividad de los linfocitos, los macrófagos y las células NK.

  • Sistema nervioso y neurocognitivo. El músculo ejerce una influencia directa sobre el cerebro a través de lo que se ha llamado “eje músculo‑cerebro”. La evidencia muestra que moléculas como BDNF, la irisina o la cathepsina B pueden estimular la formación de nuevas neuronas. También tienen efecto en la mejora del aprendizaje y la memoria y se asocian con la protección frente al deterioro cognitivo de enfermedades neurodegenerativas.

    Por ejemplo, la irisina se ha vinculado con un incremento de BDNF en el hipocampo, una región crucial para la memoria. A su vez, la cathepsina B contribuye a procesos de regeneración neuronal y mejora de la cognición.

    Este conjunto de señales químicas explica por qué las personas activas muestran menor riesgo de deterioro cognitivo y mejor salud emocional: el cerebro “escucha” lo que los músculos dicen cuando se contraen, y responde adaptándose y fortaleciéndose.

  • Metabolismo de la glucosa y las grasas. Durante el ejercicio, la IL‑6 desempeña un papel esencial al movilizar ácidos grasos desde el tejido adiposo, principalmente del visceral (el que se acumula en la cavidad abdominal y presenta mayor riesgo). Así favorece la quema de las grasas y contribuye al mantenimiento de los niveles de glucosa en sangre.

    También modula la sensibilidad a la insulina, facilitando que el músculo capte glucosa de manera más eficiente. Este mecanismo explica parte de los beneficios del ejercicio en la prevención de la diabetes tipo 2. En conjunto, el músculo actúa como un “termostato metabólico” que ajusta el gasto energético y establece cuándo movilizar, almacenar o utilizar energía en función de la actividad física.

  • Sistema cardiovascular. Aunque el ejercicio en pacientes cardíacos debe ser prescrito por un profesional sanitario como el cardiólogo o el fisioterapeuta, puede ser muy beneficioso para prevenir enfermedades cardiovasculares. La actividad física induce la liberación de exerquinas que favorecen la vasodilatación, mejoran la función vascular y reducen la rigidez arterial. Esto explica por qué las personas físicamente activas presentan menor riesgo de hipertensión, enfermedades coronarias y fallos cardíacos.

  • Huesos y osteoporosis. El músculo dialoga también con nuestro esqueleto. Varias mioquinas favorecen la formación y remodelación de los huesos, estimulando la actividad de los osteoblastos (células constructoras de hueso) y modulando la densidad mineral ósea. Es un complemento necesario a las cargas mecánicas del ejercicio para prevenir y combatir la osteoporosis.

  • Control tumoral y reducción del riesgo de cáncer. Un artículo publicado en The Lancet Oncology relaciona el sedentarismo como factor de riesgo en más de 10 tipos de cáncer. En parte se explica porque durante el ejercicio se liberan mioquinas que inhiben la proliferación de células cancerosas y reducen el daño en el ADN de las células potencialmente malignas.

    A esto se suma su capacidad de movilizar células del sistema inmune capaces de reconocer y destruir células tumorales en fases tempranas. Una sola sesión de ejercicio aumenta significativamente los niveles de mioquinas con potencial de suprimir el crecimiento de células cancerosas.

En conjunto, toda esta evidencia demuestra que el músculo funciona como un verdadero centro endocrino: cada contracción muscular envía señales que ajustan el equilibrio interno del organismo, lo que confirma que moverse es una necesidad biológica para que nuestros sistemas del cuerpo funcionen correctamente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los músculos ‘hablan’ con todo el cuerpo: la revolución científica que cambia la visión del ejercicio – https://theconversation.com/los-musculos-hablan-con-todo-el-cuerpo-la-revolucion-cientifica-que-cambia-la-vision-del-ejercicio-277572

Global supply chains cause environmental harm, but they can help repair it too

Source: The Conversation – Canada – By Minelle Silva, Professor in Supply Chain Sustainability, University of Manitoba

The COVID-19 pandemic drew attention to how central supply chains are to the global economy. It also exposed the human rights abuses that can occur up and down supply chains before goods arrive in our hands.

By contrast, the environmental impacts of supply chains and the disproportionate burdens they place on the world’s most vulnerable people have been overshadowed in public debate.

Some observers assert these impacts rise to the level of environmental injustice – situations in which supply chains actively harm people, communities and the environment. They argue that the companies managing supply chains should be held responsible for reversing these effects.

When supply chains move beyond traditional markers of performance — efficiency, flexibility and responsiveness — to consider the benefits and harms of their activities, they can become environmentally just. Such supply chains distribute environmental benefits (such as clean air, water or access to land) more fairly while ensuring all stakeholders are included in decision-making.

In our recent research study, my colleagues and I argue that environmental justice should be treated as a core concept of sustainable supply chain management. We identify three pathways that offer practical entry points for businesses and other organizations seeking to address environmental injustice within supply chains.

Expanding due diligence

The first pathway involves incorporating environmental justice into human rights due diligence, the process businesses use to identify and address harms. Due diligence includes identifying and assessing potential harms, taking action, monitoring outcomes and being transparent about how harms are addressed.

While some businesses typically focus on their human rights impacts, they can go further. Environmental justice is closely linked to violence against environmental rights defenders, such as Indigenous land defenders or community activists, who face disproportionate environmental harms and risks and organize to resist them.

Businesses should therefore make public commitments to respect environmental rights defenders, disclose how they assess and act on those commitments, and implement mechanisms for redress if violations occur.

At the global level, the United Nations Environment Programme has recently developed guidelines for conducting human rights due diligence with an environmental perspective to aid businesses in these efforts.

In Europe, the European Union’s Corporate Sustainability Due Diligence Directive now requires companies to conduct human rights and environmental due diligence across their operations and supply chains. While due diligence has been seen as a way to target international human rights, its effectiveness still relies on how well it’s implemented across different types of supply chains.

Some companies have begun to move in this direction. Coca-Cola, for example, has adopted a zero-tolerance policy on traditional and Indigenous land grabs — a major driver of environmental injustice — within their supply chains, with third-party monitoring.

Similarly, Shell, Kellogg’s and Rio Tinto have all incorporated respect for environmental rights defenders in their human rights policies. Canadian firms, too, have faced growing pressure to adopt similar approaches, though such measures are not yet mandatory.

Building resilient supply chains

The second approach is to incorporate resilience thinking into supply chain strategies to restore and regenerate the communities and environments damaged by supply chain activities.

Resilience thinking suggests that small-scale changes can lead to larger-scale transformations. This perspective is particularly important in the context of climate change.

Greenhouse gas emissions generated along supply chains can remain in the atmosphere for hundreds, if not thousands, of years. Simply reducing emissions is not enough. To achieve climate justice, carbon dioxide must be removed from the atmosphere.

Resilience-focused supply chains can contribute by integrating technologies that remove carbon dioxide from the atmosphere into their operations, such as capturing carbon and storing it within soil or carbonate minerals like limestone in oceans.

Firms in industrialized nations, which are responsible for a disproportionate share of emissions, should be the first to implement these strategies in their supply chains and to finance their adoption in poorer countries.

Such measures can help reduce environmental harms, more equitably distribute environmental benefits and increase the resilience of people and the environments they depend on.

Working with affected communities

The third pathway is to work directly with stakeholders to build fairer supply chains. Environmental harm is rarely caused by just one step in a supply chain, so fixing it requires people working together.

Collaborative initiatives can help by bringing together businesses (sometimes competitors), community representatives, policymakers and civil society organizations.

These collaborations pool resources to tackle issues like human rights abuses, deforestation, climate change and biodiversity loss. However, they are only effective if they place community and environmental concerns ahead of short-term business interests and embrace diverse forms of knowledge, as some mining companies in Australia have begun to do.

It’s only when the communities affected by environmental injustice participate in redress that environmentally just supply chains can have lasting, positive effects.

From sustainability to justice

Business responses to the environmental crisis will remain limited until environmental justice is fully incorporated into supply chain sustainability strategies.

Without this shift, efforts to improve sustainability risk overlooking how environmental harms and benefits are unevenly distributed across communities.

To meaningfully transform supply chains into mechanisms of lasting environmental justice, managers must adopt these three pathways.

When those responsible for the greatest harms to the world’s most vulnerable communities take meaningful action to address them, then they can start to reshape communities, businesses and the world for the better.

Marina Dantas de Figueiredo, academic co-ordinator at CESAR School, co-authored this article.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Global supply chains cause environmental harm, but they can help repair it too – https://theconversation.com/global-supply-chains-cause-environmental-harm-but-they-can-help-repair-it-too-278157

Romeo and Juliet: a ‘Sliding Doors’ production that plays with time to explore what might have been

Source: The Conversation – UK – By Will Shüler, Vice-Dean of Education and Senior Lecturer, School of Performing and Digital Arts, Royal Holloway, University of London

Structurally, Romeo and Juliet is almost a Shakespearean comedy. The Bard’s comic plays tend to turn the world upside down and then neatly restore the social order, usually by means of marriage.

The world of Romeo and Juliet is turned upside down when two adolescents from warring families fall in love, and the world is set right when the families are united in marriage. But then there are three more acts and the plot veers towards tragedy, tallying six deaths by its end.

Robert Icke’s new production of Romeo and Juliet at the Harold Pinter Theatre thoughtfully interrogates the play’s structure by introducing moments of might-have-been throughout. Starring Noah Jupe (Hamnet) and Sadie Sink (Stranger Things) in the respective titular roles, Icke offers glimpses of how the story might have unfolded differently, in a kind of Sliding Doors version of the play.

Early in the production, Lord Capulet (Clark Gregg) gives the invitation list for his party to the Nurse (Clare Perkins). Then time freezes, we move backwards, and Capulet hands the note instead to an illiterate servant, who bumps into Romeo on the street and asks for his help reading it. Romeo learns of the party and decides to attend in order to see his current crush, Rosaline. Had the Nurse been given the task, she would never have needed help reading the list and Romeo would never have met Juliet.

In this way, the production is riddled with tiny moments that could have altered the plot’s trajectory away from tragedy. In doing so, we get to see alternate universes that make up a multiverse. The multiverse has been a regular device in recent popular storytelling, from the Marvel Cinematic Universe to the adult cartoon Rick and Morty.

Plays like Nick Payne’s Constellations, which had a West End revival in 2021, stage a multiverse by showing how the same scene between two characters might have happened in several different ways, across an infinite number of timelines.

I have written about theatrical multiverses, demonstrating that they offer the audience space to reflect upon how things might have gone differently in their own worlds. In 2021, just after the third UK Covid lockdown, the audience of Constellations was likely attuned to contemplating a world in which they did not expect to find themselves.

With the tumultuous state of the world, it can sometimes feel like we are living in the wrong timeline. The popularity of multiverse stories may seen as ways of reconciling living in our own world, that often feels as if it has been turned upside down.

Romeo and Juliet’s multiverse

As Daniel Swift’s programme note attests, Romeo and Juliet is very much about time. The plot is compressed into five days and it includes more references to days of the week, hours and minutes than any of Shakespeare’s other works. This preoccupation with time is emphasised by Hildegard Bechtler’s set design, which includes two moving panels with illuminated clocks, presenting the precise time and date in fair Verona.

Along with helping the audience understand when we see alternate timelines, the constant reminder of time allows us to reflect on just how quickly things escalate for Romeo and Juliet.

The lovers marry within hours of meeting each other and Romeo is already banished in Mantua before they’ve been wedded for a full day. In this way, the clock points to the youthful haste which creates so much waste. This theme is developed in the emphasis on how quickly Lady Capulet (Eden Epstein) was was made a wife and mother (younger than Juliet, and based on the text she could be as young as 26). This comes through in her subtle portrayal of depression at the thought of lost youth and cowardice in the face of her much older husband.

Jupe’s performance is standout. He is able to capture a contemporary take on the lines without losing any of their rhythm and poetry. This is in contrast to Sink, whose staccato delivery and frequent line breaks (perhaps emphasised by the American accent) jar against the poetry.

Kasper Hilton-Hille’s Mercutio – Romeo’s closest confidant – is a convincingly arrogant scamp. Throughout the production he is an active agent of chaos, always looking for trouble, mooning the Nurse and shaking his crotch at the fiery Tybalt (Aruna Jalloh). In fact he has been so relentlessly seeking out trouble across every timeline explored, that it is curious when in his death throes he calls down a plague on both the houses of Montague and Capulet. Surely he himself is to blame for his own demise?

My one criticism of the use of the multiverse in this production relates to the parts of the plot in which it is deployed. Often, Icke’s alternate timelines relate to chance, rather than the decisions made by the characters. For example, a drink is accidentally spilled, preventing Tybalt from attacking Romeo before he meets Juliet at the party. Or a messenger evades quarantine and delivers a letter informing Romeo that Juliet is actually still alive.

But what if it was the decisions of the characters that played out instead? For example, it would have been interesting to see Romeo not take revenge on Tybalt because he values his duty to Juliet over Mercutio. This would elevate the importance of the actions we take over the randomness of external factors. By emphasising happenstance over agency, Icke’s multiverses situate humans as flotsam on the waves of fate.

A more powerful call to action in our turbulent times would be to emphasise that it is the choices we make that can shape whether our story is a comedy or a tragedy.

Romeo and Juliet is at the Harold Pinter Theatre, London until June 20.

The Conversation

Will Shüler does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Romeo and Juliet: a ‘Sliding Doors’ production that plays with time to explore what might have been – https://theconversation.com/romeo-and-juliet-a-sliding-doors-production-that-plays-with-time-to-explore-what-might-have-been-281156