¿Gafas amarillas de 200 euros? Toda la verdad sobre el ‘biohacking’ visual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Antonio Matamoros, Investigador posdoctoral, Universidad Complutense de Madrid

En los últimos meses, conocidos futbolistas y otras figuras populares han desatado la polémica en redes sociales luciendo llamativas gafas de cristales amarillentos o anaranjados. El “qué” de esta tendencia es la promesa de mejorar el sueño y el rendimiento mediante el bloqueo de luz azul. El “quiénes” son influencers y marcas de estilo de vida que han convertido un accesorio en una supuesta herramienta de salud.

Sin embargo, esta fiebre por el llamado biohacking ocurre ahora mismo en un mercado digital donde el bombo o hype publicitario a menudo llega más lejos que la evidencia científica. ¿Qué hay realmente detrás de estas afirmaciones? La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, estamos ante un producto más cercano a la moda que a la ciencia.

Los ojos no sirven solo para ver

Para entender por qué generan tanto interés estas gafas, hay que empezar explicando algo poco conocido: no todas las neuronas del ojo sirven para ver imágenes. Algunas tienen una función completamente distinta, que es decirle al cerebro si es de día o de noche. Se llaman células ganglionares intrínsecamente fotosensibles (ipRGC) y contienen un pigmento especial llamado melanopsina, que reacciona ante la luz azul. Su trabajo no es reconocer formas ni colores, sino medir la intensidad de la luz del entorno.

Existen varios tipos, y cada uno cumple una función vital: regular el sueño, mantener el estado de alerta o controlar el tamaño de la pupila. En conjunto, actúan como sensores que sincronizan nuestro reloj biológico interno con el ciclo del sol.

Son, sin saberlo, las células que deciden cuándo tenemos sueño.

Por qué el uso de dispositivos por la noche no nos deja dormir

El interés por las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles ha crecido junto con la preocupación por el efecto de las pantallas en el sueño. Si usted es de los que revisa TikTok o Instagram en la cama antes de dormir, hay una explicación fisiológica clara: la luz de la pantalla activa estas células. Les manda una señal equivocada al cerebro, diciéndole que todavía es de día. Nuestro cuerpo lleva millones de años sincronizado con el sol, pero nuestros hábitos modernos han roto esa coordinación.

Mientras esas neuronas siguen activas, el cuerpo no arranca los mecanismos naturales que inducen el sueño. Es decir: no podemos dormir porque nuestra biología cree que aún no toca. En esa contradicción, nuestra necesidad de usar pantallas y el deseo de descansar, es donde han proliferado las soluciones comerciales mágicas.

El negocio de vender plástico a precio de oro

Y aquí entran las famosas “gafas de fototerapia” de 200 euros. El argumento de las marcas es sencillo: si la luz azul es el problema, su producto sirve de escudo. Sin embargo, gastar una fortuna en este tipo de accesorios supone comprar un objeto de diseño que carece totalmente de las características técnicas necesarias para ser un dispositivo de salud.




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Existe una diferencia enorme entre un filtro de corte selectivo y unas gafas de colorines comerciales. El primero es un dispositivo sanitario diseñado con precisión para bloquear longitudes de onda concretas y proteger retinas con patologías reales, como son la degeneración macular asociada a la edad o la retinosis pigmentaria. Por el contrario, las gafas que promocionan los influencers suelen ser simples tintes coloreados sobre plástico.

La diferencia no es solo de precio. Un filtro de corte selectivo, a la venta en algunas ópticas, pasa por mediciones rigurosas en un laboratorio. Se comprueba que bloquea exactamente lo que dice bloquear. Para conseguirlo, la lente incorpora en su propia masa unas moléculas llamadas cromóforos, compuestos orgánicos que absorben selectivamente la radiación según sus propiedades espectrales. El filtrado no está, pues, en un barniz o coloreado superficial que puede degradarse con el tiempo, sino integrado en el material.

Según el uso previsto, estos filtros tienen distintos “puntos de corte”: a 400 nanómetros (milmillonésimas parte de metro, nm) bloquean toda la radiación ultravioleta; a 450 nm eliminan además la franja violeta del espectro visible; y a 500 nm cortan también buena parte del azul. Cada corte estará indicado para una patología diferente. Las gafas de moda no tienen ese control y no es un detalle menor: usar un tinte de mala calidad puede ser peor que no llevar nada.

Porque la fotofobia, las migrañas o los trastornos graves del sueño requieren diagnósticos realizados por profesionales de la salud, no soluciones estandarizadas vendidas como biohacking.

En definitiva, el revuelo por las gafas de 200 euros es el ejemplo perfecto de cómo la promoción publicitaria puede vencer temporalmente a la ciencia. Debemos recordar la idea clave: nuestro reloj biológico tiene ojos que regulan nuestra vida de forma mucho más sutil y compleja de lo que una marca de moda nos quiere hacer creer. Al final del día, la mejor “gafa” para dormir bien sigue siendo, sencillamente, apagar la luz.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Nuevas olas en la Costa Azul: el cine español desembarca en Cannes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Endika Rey, Profesor agregado de cine en la Facultad de Filología y Comunicación, Universitat de Barcelona, Universitat de Barcelona

Foto del rodaje de _La bola negra_ con Guitarricadelafuente delante de las cámaras. Carla Oset / Movistar +

El pasado 9 de abril, día en que el Festival Internacional de Cine de Cannes hizo pública la programación de su 79 edición, los principales medios de España abrieron con la misma noticia: el certamen francés tendría en 2026 una presencia nacional tan numerosa como insólita. El dato era objetivamente cierto. La sección oficial a competición contaba, por primera vez en su historia, con tres películas distintas provenientes de España: Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, y La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo.

Anuncios posteriores confirmaron que aquello no era un espejismo; muchas otras producciones o coproducciones nacionales aparecían también en diversas secciones paralelas del festival. Tanto la Semana de la Crítica (con Viva de Aina Clotet), como Cannes Premiere (The end of it de María Martínez Bayona y Aquí de Tiago Guedes), Una cierta mirada (El deshielo de Manuela Martelli y La más dulce de Laïla Marrakchi) o las proyecciones especiales del festival (Ceniza en la boca de Diego Luna o Rehearsals for a Revolution de Pegah Ahangarani) contaban con películas dirigidas o coproducidas por españoles.

Una mujer abraza a otra mientras ambas están sentadas en un sofá.
Bárbara Lennie y Victoria Luego en un fotograma de Amarga Navidad que anuncia también su participación en Cannes.
Movistar+

El propio Thierry Fremaux, delegado general del festival, aseguró en la rueda de prensa posterior al anuncio que se notaba que existía un movimiento real en el último cine español. Pero ¿qué ha sucedido para que este 2026 España desembarque de una manera tan tajante en el festival de cine más importante del mundo?

Los caminos que llevan a 2026

La edición de Cannes 2025 ya confirmó en parte el éxito de una cinematografía como la española con la selección de dos películas tan distintas como Sirāt de Oliver Laxe y Romería de Carla Simón en su sección oficial. Sin embargo, también entonces la noticia fue recibida con asombro. Hasta entonces, en lo que llevábamos de siglo sólo cuatro cineastas españoles (Marc Recha, Isabel Coixet, Albert Serra y Pedro Almodóvar) habían formado parte de la sección oficial del festival.

¿A qué se debe este éxito repentino? Más allá de la previsible calidad que puedan tener las películas seleccionadas, las razones de esta irrupción responden a una suma de factores que no pueden resumirse con una única fórmula.

El primer motivo es el más evidente: cada una de las películas seleccionadas ha seguido su propio camino distinto al resto. En el caso de Cannes 2026, y limitándonos a las cintas en sección oficial, si hablamos de Almodóvar, por ejemplo, lo extraño habría sido no encontrarlo en competición. Desde Todo sobre mi madre, en 1999, seis películas suyas han tenido su estreno internacional en el festival y es un sospechoso habitual de La Croisette.

Si analizamos los antecedentes de Sorogoyen, As Bestas, su anterior película, formó parte de Cannes Premiere con una gran recepción. Y, entre otros muchos premios, aquel año se llevó el César de la academia francesa a la mejor película extranjera.

Javier Ambrossi y Javier Calvo, por su parte, debutan este año en el certamen con tan sólo su segunda película. Pero lo hacen recién salidos del estreno de una serie como La Mesías, originalmente programada por otro festival de clase A como San Sebastián y emitida por el canal Arte en Francia con considerable éxito.

Confluencia de factores

En resumen, las tres han recorrido caminos distintos. Es cierto que todas ellas tienen cosas en común que pueden contribuir a explicar su selección: estrellas como Javier Bardem, Penélope Cruz, Glenn Close o el propio Almodóvar garantizando buenas alfombras rojas; coproductores franceses como Le Pacte o Pathé que aseguran una buena primera puerta de entrada en el festival; un Movistar+ que recientemente giró hacía una ambiciosa estrategia de producción original de cine y está detrás de las tres cintas en mayor o menor medida; importantísimos agentes de ventas franceses como Goodfellas en el caso de Sorogoyen y los Javis…

Una mujer joven y un hombre caminan entre las dunas.
Victoria Luego y Javier Bardem en un fotograma de El ser querido.
Movistar +

Pero en realidad es posible que parte del éxito de esta selección ni siquiera provenga de sus características concretas, sino del sentimiento de ola que genera el último cine español.

Las políticas públicas como factor

Hace apenas diez años las políticas públicas españolas cambiaron el modo en que apoyaban al cine español. Las ayudas a la amortización que, hasta entonces, se entregaban a las películas basándose en su éxito en taquilla, se modificaron para ser entregadas “sobre proyecto”, es decir, antes o durante la producción de la película. El Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), además, dividió sus ayudas en dos: las generales (enfocadas en fortalecer la industria apoyando películas de vocación comercial) y las selectivas (más dirigidas a lo cultural, artístico o emergente).

La llegada de Beatriz Navas en 2018 al frente del ICAA, así como la labor de Ignasi Camós como su sucesor desde 2023, consiguieron aumentar la partida económica para las ayudas. Duplicaron o incluso triplicaron algunas dotaciones en pocos años, pero también modificaron sustancialmente el modo en que esas ayudas eran otorgadas y, en consecuencia, el tipo de cine que se hace en España.

Aspectos como la presencia de mujeres en puestos de responsabilidad de los proyectos se convirtieron en factores determinantes para conseguir una buena puntuación de cara a la ayuda. También, por ejemplo, se potenció la presencia de productoras independientes en las selectivas, cambiando en parte la propia configuración industrial y social del cine español. Todo ello, sumado al hecho de darle más peso a las comisiones de expertos que valoran parte de los proyectos desde unos criterios cualitativos –centrados en valores narrativos y estéticos–, ha provocado que el cine español reciente se haya diversificado de manera contundente.

Un hombre alto con pelo largo y traje sostiene un premio.
Oliver Laxe en Cannes 2025 tras recibir el Premio del Jurado, exaequo, por Sirât.
Getty Images/Movistar +

No es el único motivo del cambio. El ICAA también ha potenciado convocatorias para que los certámenes internacionales tengan mayor acceso al visionado de cine español. A su vez, desde el ICEX se ha intensificado la promoción e internacionalización de las empresas de cine españolas con propuestas como “Audiovisual from Spain”. Por supuesto también existen políticas públicas autonómicas reseñables que han contribuido de manera considerable al incremento de voces y miradas.

También podríamos mencionar la proliferación de escuelas de cine que han abierto su enseñanza a otras perspectivas y han supuesto una diversificación de ópticas y enfoques. Esto se suma a múltiples programas de residencias y mentorías que han formado una nueva generación con aspiraciones autorales tanto desde el guion y dirección como desde la producción.

Tampoco puede obviarse la evidente profesionalización que ha vivido el sector audiovisual en España con la incorporación de nuevos agentes como las plataformas, incentivos y los consiguientes puestos laborales. O el peso que han adquirido determinadas industrias culturales internacionales en el propio país y que han derivado en una mayor visibilidad del cine español fuera de sus fronteras.

Cruce de escenarios

Las razones de esta nueva percepción sobre el cine español son múltiples y variadas. Todavía queda mucho por hacer, pero la transformación del sistema y sus mecanismos de producción, sumada a una industria que ha visto la necesidad de venderse fuera de nuestras fronteras, así como a la llegada de una nueva generación dispuesta a lanzar propuestas fuera del molde, explican en parte este éxito.

En este caso hablamos de tres títulos con vocación industrial y gran presupuesto, con algunos directores ya previamente consolidados que no son un reflejo exacto de ese nuevo cine independiente. No obstante, también son tres cintas que han recibido ayudas gubernamentales públicas, que cuentan con equipos formados en ese contexto y que, en definitiva, forman parte de ese todo heterogéneo, desigual, múltiple, dispar y apasionante que es el (nuevo) cine español.

En ese sentido, Cannes 2026 ya es, sin duda, un triunfo para los equipos de Almodóvar, Sorogoyen y Ambrossi & Calvo, pero también para todos los demás. El hecho de contar con nuevos exploradores permite ahondar en geografías inexploradas y eso hace que, independientemente del resultado que deje el palmarés de Cannes 2026, ya podamos decir que el mapa de futuro del cine español se está redibujando.


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The Conversation

Endika Rey no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Resiliencia aparente y riesgo real en el mercado mundial de hidrocarburos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eszter Wirth, Profesora de Economía Internacional (ICADE), Universidad Pontificia Comillas

shutterstock

Aunque el Brent superó los 120 dólares por barril la semana pasada, sigue lejos de los 150-200 dólares previstos para un estrecho de Ormuz cerrado durante meses. Además, la economía global ha mostrado una resiliencia notable, con un impacto limitado en la vida cotidiana y las bolsas cerca de máximos.

Algunos analistas optimistas confían en un ajuste similar al de 2022, tras la invasión de Rusia a Ucrania, cuando el petróleo alcanzó 129 dólares sin provocar una recesión global. Sin embargo, la actual disrupción en Ormuz implica una pérdida de oferta mucho mayor, tensionando tanto a importadores como a productores de hidrocarburos.

¿El principio del fin de la OPEP?

La semana pasada, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) perdió a su tercer miembro más importante, Emiratos Árabes Unidos (EAU), que anunció abruptamente su salida en un momento en el que los países del Golfo deberían cooperar ante un conflicto en el que son víctimas colaterales. Pero los desacuerdos entre Arabia Saudí y EAU no son nuevos: ambos reinos compiten para convertirse en centros de negocios líderes de Oriente Medio y ejercer su influencia en Yemen, Sudán y el cuerno de África. Paralelamente, tras la firma de los Acuerdos de Abraham, en 2020, Emiratos Árabes es, entre los países del Golfo, el que mejor relación ha forjado con Israel mientras que Arabia Saudí es mucho más hostil.

La OPEP, un cartel creado en 1960 para reforzar el control sobre el petróleo de los países productores, alcanzó su mayor poder en 1973, pero fue perdiendo influencia con la aparición de nuevos productores, como EE. UU. y varios países latinoamericanos (Ecuador, Colombia), más allá de Venezuela, país socio fundador de la organización.

En 2016, la OPEP se amplió con otros socios –entre ellos Rusia– para formar la OPEP+, aunque con frecuentes tensiones por las cuotas de producción, y bajo el liderazgo de facto de Arabia Saudí, que actúa como productor regulador gracias a su capacidad ociosa (la diferencia entre su producción máxima potencial y su producción efectiva).

EAU había invertido mucho en ampliar su capacidad de extracción petrolera desde 3 millones de barriles diarios a 5 millones hasta 2027, lo que desconcertó a Arabia Saudí, acusándolo de superar las cuotas pactadas en la OPEP. No es el primer país que se retira del club –ya lo hicieron antes Catar, Ecuador y Angola– y el cartel sobrevivió. Sin embargo, sería muy preocupante si otros miembros siguiesen su ejemplo, como Kuwait, Irak o Venezuela. Y el bloqueo de Ormuz ha sacado a relucir el poder de Irán, otro miembro del club, en detrimento de Arabia Saudí, Kuwait e Irak, cuyas exportaciones petroleras se encuentran paralizadas.




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Verano, refinería y tensiones: el factor EE. UU.

Estados Unidos es un productor sustancial de hidrocarburos pero también un gran importador, por lo que su tasa de apertura comercial lo expone a la volatilidad de los precios internacionales. Además, su territorio presenta desequilibrios en el suministro. La costa Este, la más poblada, dispone de poca capacidad de refino y depende de importaciones. La costa Oeste está relativamente aislada del resto del sistema energético nacional, al carecer de oleoductos que la conecten al golfo de México, y, cuando hay déficit, depende de las importaciones desde Oriente Medio, Asia o América Latina.

A medida que se acerca el verano, el aumento de la demanda (driving season) en EE. UU. podría impulsar el precio del combustible por encima de los 5 dólares por galón (unos 4,27 euros por unos 3,8 litros de combustible). Los líderes iraníes asumen que Donald Trump no podría tolerar tal encarecimiento por su coste electoral en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre, pero subestiman el egoísmo del presidente estadounidense, quien se preocupa menos por las carreras de los congresistas republicanos que por firmar un acuerdo más humillante con Irán que el que firmó Obama en 2015.

Además, Trump podría emplear otra herramienta egoísta: restringir las exportaciones de combustibles estadounidenses para retener la oferta nacional. Esta medida sería un trago amargo para Europa Occidental, que importa grandes cantidades de petróleo refinado estadounidense, sobre todo diésel.

Las refinerías europeas procesan crudo para generar, sobre todo, gasolina (en detrimento del diésel o los combustibles de aviación) pese a que el transporte por carretera europeo depende fuertemente del diésel. Dicho combustible solía comprarse a Rusia pero, desde 2022, las autoridades europeas lo sustituyeron por diésel procedente del golfo Pérsico, la India o EE. UU.

Europa, poco coordinada

La Agencia Internacional de Energía ha advertido de que Europa podría sufrir falta de suministro de combustible para aviones si sus refinerías deciden recortar la producción de queroseno a favor del diésel.

Adicionalmente, Europa tiene que lidiar con una debilidad interna: la falta de coordinación. Los Estados comunitarios no comparten bien la información sobre sus inventarios, lo que dificulta gestionar una crisis en tiempo real, y en algunos casos ni siquiera se sabe con precisión cuántas reservas hay disponibles.

The Conversation

Eszter Wirth no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Pueden ver las plantas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio E. Encina García, Personal del Área de Fisiología Vegetal. Catedrático de Universidad, Universidad de León

Las plantas, a su manera, ven la luz del entorno y, así, regular sus ciclos vitales, como la floración. Ilie Barna / Unsplash., CC BY-SA

Decir que las plantas “ven” es una licencia poética. Obviamente las plantas no tienen retina, ni ojos, ni cerebro y, por tanto, no tienen el tipo de visión que asumimos para otros organismos. Ahora bien, pensemos en una definición amplia del término visión, esa que dice que es la capacidad mediante la cual un organismo capta luz del entorno, la transforma en señales biológicas y la interpreta para representar de manera útil el mundo que lo rodea. En ese sentido, podríamos llegar a convencernos de que las plantas “ven”.

La luz, mucho más que energía

Como organismos fotosintéticos, las plantas son capaces de absorber y utilizar la luz con una sofisticación y eficiencia extraordinaria. Pero, para ellas, la luz no es sólo la energía que alimenta la fotosíntesis, es también información. La luz es una señal ambiental de primer orden sobre la alternancia día-noche, sobre si están rodeadas de competidoras, cuándo deben germinar, abrir los estomas o en qué momento conviene florecer, entre otras cosas.

Un estoma en la epidermis de una hoja tal como se ve al microscopio. Consta de dos células oclusivas unidas entre sí en sus extremos que, juntas, delimitan un poro u ostiolo.
Wikimedia Commons., CC BY

La clave de esta percepción está en los fotorreceptores, biomoléculas que funcionan como sensores capaces de absorber luz y transformar esa información física en respuestas biológicas. Hoy en día, se sabe que las plantas disponen de fotorreceptores especializados en interpretar la información lumínica asociada a rangos discretos de radiación electromagnética. Esto implica que son capaces de interpretar su calidad espectral, es decir, “perciben colores”.

Por ejemplo, los fitocromos están especializados en percibir luz en la región del rojo –longitudes de onda de luz entre 600 y 700nm– y del rojo lejano –entre 700 y 800 nm, justo fuera del rango de la luz visible para los humanos–. Mientras, los criptocromos y las fototropinas y receptores UV-B, son sensibles a la luz azul y ultravioleta. Los fotorreceptores en plantas no se encuentran en estructuras organizadas, se encuentran en tipos celulares muy diversos, que pueden encontrarse en todos los órganos.

Fitocromos: interruptores biológicos de luz roja

Los fitocromos, una amplia familia de fotorreceptores, están entre los mejor caracterizados. Se trata de proteínas unidas una especie de “antena” (cromóforo) capaz de absorber fotones en la zona del rojo y rojo lejano (entre 600 y 800 nm aprox.). La luz modula la actividad del fotorreceptor induciendo cambios en el plegamiento de la proteína.

Se sabe que los fitocromos existen en dos formas interconvertibles: Pr, que absorbe luz roja y Pfr, que absorbe luz roja lejana. La luz roja convierte Pr en Pfr, la forma activa; la roja lejana favorece el proceso inverso.

Cuando el fitocromo está en su forma activa o Pfr, puede desplazarse desde el citoplasma al núcleo celular. Una vez allí, activa o reprime la expresión de una compleja red de genes que controlan programas de desarrollo. De esta manera, actúa como un interruptor reversible que informa a la planta sobre la calidad espectral de la luz que la rodea. Este mecanismo de acción ilustra muy bien el funcionamiento general de todos los fotorreceptores conocidos en plantas.

¿Cómo detectan las plantas a sus vecinas?

Uno de los aspectos más fascinantes es que las plantas pueden detectar a sus vecinas en función del grado de sombreo utilizando como sensores a los fitocromos. Lo logran midiendo la proporción entre luz roja y luz roja lejana. La luz solar directa contiene ambas, pero las hojas absorben mucha luz roja para la fotosíntesis y dejan pasar o reflejan más luz roja lejana.

Así, cuando una planta percibe una caída en la relación rojo/rojo lejano, interpreta que hay otras plantas cerca. Esta lectura del ambiente activa el llamado síndrome de evitación de la sombra. La planta cambia su arquitectura: alarga tallos, modifica la orientación de sus hojas y reduce la ramificación. No está “pensando”, pero está tomando decisiones de desarrollo. Su cuerpo se reorganiza para alcanzar la luz antes o mejor que sus competidoras.

Esta capacidad tiene enormes implicaciones agrícolas. En un cultivo denso, por ejemplo, las plantas invierten demasiada energía en competir por luz en lugar de producir semillas, frutos o biomasa útil. Por eso, comprender los fotorreceptores ayuda a seleccionar variedades más tolerantes al sombreado, capaces de crecer en alta densidad sin activar en exceso respuestas de escape.

La luz marca su calendario

Además, la luz a través de los fotorreceptores regula el calendario interno de muchas especies. El cambio de proporción de luz roja/roja lejana en la transición luz-oscuridad puede ser percibida por los fitocromos, lo que permite a las plantas medir la duración relativa del día y la noche. Gracias a ello, algunas especies florecen cuando los días se alargan, otras cuando se acortan. De esa manera, ajustan su ciclo vital a la estación más favorable.

La floración es un momento clave de su ciclo vital y su éxito depende, en buena medida, de interpretar correctamente qué condiciones ambientales son las más favorables.

Mirarlas con otros ojos

Si este artículo ha llegado a ustedes, espero que haya contribuido a que “vean” a las plantas de otra manera, digamos que con “otros ojos”. Quizás ahora piensen que son más que organismos pasivos expuesto al sol.

Las plantas exploran su entorno luminoso, comparan señales, anticipan competencia y ajustan su desarrollo. Son capaces de percibir un mundo de colores invisibles para nuestra experiencia cotidiana. Para ellas, cada amanecer no solo trae energía: trae un libro de instrucciones.

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Antonio E. Encina García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Pueden ver las plantas? – https://theconversation.com/pueden-ver-las-plantas-279774

Estas son las funciones sociales y emocionales que nunca podrá cubrir un chatbot

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Millones de personas conversan con chatbots de forma habitual. Brett Jordan / Unsplash. , CC BY-SA

Millones de personas interactúan a diario con sistemas conversacionales, no solo para resolver dudas o aumentar su productividad, sino también para desahogarse, ordenar pensamientos o sentirse acompañadas.

Lo relevante no es únicamente el avance tecnológico, sino el tipo de vínculo que empieza a emerger. Aplicaciones diseñadas específicamente para ofrecer compañía –como Replika o Character.AI– y herramientas más generalistas como ChatGPT están ocupando un espacio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a las relaciones humanas: el de la interacción emocional cotidiana.

La cuestión ya no es si estas tecnologías pueden conversar de forma convincente sino qué ocurre cuando empezamos a relacionarnos con máquinas que simulan escucharnos, comprendernos y acompañarnos.

Cuando una herramienta se percibe como “alguien”

Desde la psicología social, sabemos que los seres humanos no necesitamos demasiado para activar nuestros mecanismos de interacción social. Basta con que algo responda de forma contingente, coherente y mínimamente personalizada. Este fenómeno, conocido como antropomorfización, describe la tendencia a atribuir mente, intención y emociones a sistemas no humanos.

Los sistemas conversacionales actuales cumplen con creces esas condiciones. Responden rápido, ajustan el lenguaje, recuerdan información previa y simulan estados emocionales. No es que confundamos una IA con una persona; es que nuestro sistema cognitivo no está diseñado para interactuar con entidades que “parecen sociales” sin tratarlas como tales. Como ya mostraron los investigadores de la Universidad de Standford Clifford Reeves y Byron Nass en su informe The Media Equation, tendemos a aplicar normas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando sabemos que no son humanos.

En la práctica, esto significa que hablar con una IA no es una interacción neutra. Es una interacción psicológicamente social, aunque uno de los interlocutores no sea una persona.

El atractivo de una relación sin fricción

Las relaciones humanas son complejas por definición. Implican tiempos de espera, malentendidos, reciprocidad, conflicto y ajuste continuo. Los compañeros artificiales o AI companions eliminan gran parte de esa fricción. Están disponibles en cualquier momento, responden de forma inmediata y rara vez introducen disonancia o desacuerdo.

Desde el punto de vista del aprendizaje, esto genera un entorno especialmente reforzante. Las interacciones tienden a ser satisfactorias o, al menos, no aversivas, lo que incrementa su repetición. Este tipo de dinámica se entiende bien desde los modelos de refuerzo: cuando una conducta (en este caso, interactuar con la IA) produce consecuencias positivas de forma consistente, su probabilidad de repetición aumenta.

Además, la ausencia de evaluación social negativa reduce el coste de exponerse. Sabemos que las personas pueden llegar a compartir más información personal con sistemas automatizados que con otros humanos, precisamente porque perciben menor riesgo de juicio. En otras palabras, la IA ofrece algo difícil de encontrar en la vida cotidiana: escucha constante sin consecuencias sociales inmediatas (posibles juicios, críticas, burlas, etc.).

Qué necesidades emocionales pueden estar cubriendo

En este contexto, no resulta sorprendente que muchas personas empiecen a utilizar estos sistemas para funciones que antes cumplían otras personas. Una de ellas es la regulación emocional básica. Verbalizar pensamientos, ordenar lo que sentimos o recibir una respuesta estructurada puede reducir la activación emocional. Este efecto está bien documentado en la literatura sobre escritura expresiva: poner en palabras la experiencia emocional facilita su procesamiento.

También aparece la sensación de compañía. Aunque sepamos que la IA no tiene conciencia, la interacción continuada puede generar una percepción subjetiva de presencia. Este fenómeno conecta con las relaciones parasociales, donde los individuos desarrollan vínculos emocionales con figuras mediáticas o virtuales, sin reciprocidad real.

A esto se suma la validación. Los sistemas están diseñados para responder de forma comprensiva y ajustada, lo que facilita una experiencia de escucha difícil de sostener en relaciones humanas, en las que el otro también tiene límites, emociones y necesidades.

Lo que no está: reciprocidad, conflicto y reconocimiento real

Sin embargo, hay elementos fundamentales que no aparecen en este tipo de interacción y que son clave para el desarrollo psicológico. El primero es la reciprocidad real. En una relación humana, el otro no está ahí solo para responder. También tiene necesidades, puede retirarse, puede no entendernos o puede no estar de acuerdo. Esa interdependencia es parte esencial del vínculo.

El segundo es el conflicto. Aunque tendamos a evitarlo, el desacuerdo, la frustración y la necesidad de negociación son contextos donde se ponen en juego habilidades fundamentales: tolerancia a la frustración, regulación emocional, empatía recíproca y corregulación interpersonal. En las relaciones humanas, el conflicto obliga a ajustar la propia respuesta al estado emocional del otro. Las interacciones con IA, en cambio, tienden a reducir esta fricción: no solo facilitan la conversación, sino que a veces disminuyen la exposición a información incómoda o discrepante. Esa “fricción de verdad” es precisamente una de las dimensiones problemáticas de la bautizada en inglés como AI sycophancy –“adulación de la IA”–, entendida como la tendencia de los modelos de lenguaje a estar de acuerdo, halagar y validar al usuario.

El tercero es el reconocimiento genuino. Ser validado por otra persona implica una contingencia real, podría no ocurrir. Esa posibilidad es lo que da valor al reconocimiento. En una IA, la validación está garantizada por diseño. No hay riesgo de rechazo, pero tampoco autenticidad en sentido estricto.

Sustitución funcional y dependencia sin conflicto

El escenario más probable no es una sustitución total de las relaciones humanas, sino una sustitución funcional. Es decir, que determinadas funciones –desahogo emocional, toma de decisiones, compañía puntual– empiecen a desplazarse hacia la interacción con sistemas artificiales.

Este cambio es sutil, pero relevante. Reduce la exposición a la complejidad relacional humana y puede favorecer un patrón particular: dependencia sin conflicto. Una forma de relación que no exige adaptación, no genera rechazo y no obliga a revisar el propio comportamiento.

A corto plazo, esto puede resultar altamente eficaz para reducir el malestar. A largo plazo, puede limitar el desarrollo de habilidades psicológicas que solo se adquieren en contextos donde hay fricción, incertidumbre y reciprocidad real. Como advierte la investigadora del Massachusetts Institute of Technology Sherry Turkle en su ensayo Alone Together, la tecnología puede ofrecer la ilusión de compañía sin las demandas de la relación, pero eso no es equivalente a una relación.

Una nueva categoría de vínculo

Más que sustituir a las relaciones humanas, los AI companions parecen estar configurando una categoría intermedia: espacios psicológicos de baja exigencia donde es posible hablar, organizarse emocionalmente o sentirse acompañado sin asumir el coste de una relación.

La cuestión no es si debemos utilizar estas herramientas, sino cómo integrarlas sin que desplacen aquello que las relaciones humanas aportan y que no puede ser replicado: la negociación, la diferencia, la imprevisibilidad y, en última instancia, la capacidad de transformarnos a través del otro.

Y es que una conversación que siempre funciona puede ser cómoda. Pero no necesariamente es la que más nos hace crecer.

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Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Tenemos una alarma en casa y no lo sabíamos: cómo el wifi y el 5G ven sin cámaras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Jesus Bernardos Cano, Catedrático del Departamento de Ingeniería Telemática de la Universidad Carlos III de Madrid, Universidad Carlos III

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Cada vez que nuestro teléfono se conecta al router de casa, algo invisible llena el aire. Son ondas de radio que rebotan contra las paredes, los muebles y las personas que habitan ese espacio. Hasta hace poco esas reflexiones se consideraban un problema, un obstáculo que degradaba la calidad de la señal. Hoy los ingenieros e ingenieras de telecomunicaciones han dado la vuelta al argumento: esos rebotes son, en realidad, una fuente de información extraordinaria. Gracias a ellos podemos encontrar nuevas aplicaciones para las redes wifi y 5G.

Estas redes no solo nos conectan al mundo digital. También son capaces de percibir el mundo físico que nos rodea. Es lo que se conoce como Integrated Sensing and Communications (ISAC), que podemos traducir como “comunicaciones y detección integradas”. No es ciencia ficción: se trata de uno de los ámbitos de investigación más activos en telecomunicaciones y será una de las piedras angulares del futuro 6G.

La analogía del radar: ver sin ver

Para entender cómo funciona ISAC pensemos en un radar militar. Un radar emite un pulso de energía, ese pulso golpea un avión y regresa al emisor. Analizando el tiempo que tarda en volver y cómo ha cambiado la señal podemos saber dónde está el avión, a qué velocidad viaja e incluso inferir su tamaño.

El wifi (y lo mismo ocurre con 5G) hace algo parecido, aunque de forma mucho más sutil. El router emite una señal continua que se propaga por toda la vivienda. Cuando una persona camina por el salón, su cuerpo absorbe y refleja parte de esa energía, alterando la señal que recibe cualquier dispositivo conectado a la red. Esas alteraciones –diminutas, pero medibles– son la huella que dejamos en el espacio electromagnético.

Con los algoritmos adecuados esa huella puede interpretarse para conocer nuestra posición, nuestra velocidad e incluso nuestra respiración.

Lo interesante de ISAC es que la misma señal sirve para dos propósitos a la vez: transmitir datos (páginas web, videollamadas, mensajes) y, simultáneamente, actuar como sensor del entorno. Sin hardware adicional. Sin cámaras. Sin micrófonos.

¿De qué sirve todo esto?

La primera y más intuitiva aplicación es que permite controlar la seguridad del hogar sin sacrificar la privacidad. Un sistema basado en wifi detecta la presencia de un intruso sin necesidad de grabar imágenes ni almacenar vídeo: sabe que alguien está ahí y no necesita saber quién. Esto abre la puerta a soluciones de seguridad que los usuarios más reticentes a instalar cámaras podrían aceptar de buen grado.

La segunda aplicación tiene un componente profundamente humano: el cuidado de personas mayores o con movilidad reducida. Sistemas experimentales ya son capaces de detectar una caída en tiempo real y lanzar una alerta al instante. También de monitorizar la frecuencia respiratoria de un paciente durante el sueño sin que lleve ningún sensor encima.

Fuera del hogar, el potencial también es enorme. En el ámbito del transporte, las estaciones base de 5G distribuidas por la ciudad podrían detectar peatones o ciclistas ocultos tras un camión, alertando al vehículo antes de que el conductor (ya sea humano o artificial) pueda verlos. En entornos industriales, la misma infraestructura que comunica a los robots en una fábrica podría vigilar en tiempo real si un operario entra en una zona de riesgo.

El salto al 5G y la promesa del 6G

Las redes 5G multiplican el potencial de la detección inalámbrica por varios motivos técnicos. Operan en frecuencias más altas y utilizan anchos de banda mucho mayores, lo que se traduce en una resolución temporal y espacial incomparablemente superior a la del wifi doméstico. Si este nos dice que “hay alguien en el salón”, el 5G puede llegar a decirnos dónde está esa persona con una precisión de centímetros.

El futuro 6G llevará esta capacidad aún más lejos, integrando la detección como una función nativa de la red y no como un añadido. Se habla ya de redes capaces de construir gemelos digitales del entorno físico en tiempo real: representaciones virtuales de espacios que se actualizan al instante conforme cambia la realidad.

Un campo con mucha investigación

Como ejemplo relevante de investigación en este ámbito cabe mencionar a NEXTONIC. Se trata de un laboratorio de investigación e innovación abierta centrado en las comunicaciones inalámbricas de próxima generación, con especial atención a la integración de capacidades de detección en la propia infraestructura de red.

En este marco destacan dos proyectos. En primer lugar, MultiX explora nuevas técnicas de transmisión y detección simultánea sobre infraestructuras inalámbricas con el objetivo de sentar las bases para los sistemas ISAC del futuro. Por su parte, PRIME-6G aborda desde un punto más experimental soluciones 6G capaces de integrar la comunicación y la detección.

Una tecnología con grandes preguntas abiertas

Como toda tecnología poderosa, ISAC también plantea interrogantes que la sociedad y la comunidad investigadora deberán responder. ¿Quién tiene acceso a los datos de detección? ¿Cómo garantizamos que esta capacidad no se convierta en un instrumento de vigilancia masiva? Los investigadores del campo trabajan en soluciones técnicas, pero el marco regulatorio y el debate público son igualmente necesarios.

Lo que parece claro es que las ondas que nos rodean cada día guardan mucha más información de la que imaginamos. Aprender a leerlas con responsabilidad puede cambiar la forma en que cuidamos nuestra seguridad, nuestra salud y nuestras ciudades.

The Conversation

Este artículo está vinculado a las líneas de investigación del laboratorio NEXTONIC y a los proyectos Horizonte Europa MultiX (Grant Agreement No. No 101192521) y PRIME-6G (Grant Agreement 101272485), donde se exploran nuevas arquitecturas de comunicaciones inalámbricas que integran capacidades de detección para las redes del futuro.

ref. Tenemos una alarma en casa y no lo sabíamos: cómo el wifi y el 5G ven sin cámaras – https://theconversation.com/tenemos-una-alarma-en-casa-y-no-lo-sabiamos-como-el-wifi-y-el-5g-ven-sin-camaras-274879

Is an A still an A? The truth behind grade inflation

Source: The Conversation – Canada – By Christopher DeLuca, Associate Dean, School of Graduate Studies & Professor, Faculty of Education, Queen’s University, Ontario

Recently, a spate of news coverage has raised concerns about grade inflation in schools across Canada.

These concerns stem in part from policies stemming from the COVID-19 pandemic, when there was widespread cancellation of large-scale tests, freezing of grades during school closures and “compassionate” grading practices that accounted for students’ personal situations.




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Together, these changes led to a spike in average student grades and spurred ongoing worries about grade inflation.

But these concerns aren’t new. Grades have been steadily rising in the United States and Canada for decades. Harvard University’s grade point average, for example, has risen almost every year since the 1950s. So just how serious is post-pandemic grade inflation?

What is grade inflation?

Grade inflation refers to the tendency for students to receive higher grades over time, on average.

Put simply, work that might have been awarded an 85 per cent in 1990 might now receive 90 per cent. The implicit assumption is that this rise in grades is unearned and that student performance has not actually improved.

If grades lose their signalling power — that is, if students, families, universities and employers cannot trust grades or no longer know what they mean — then selection, promotion and other important decisions get undermined.

The facts behind grade inflation

Most studies about grade inflation find that students’ average grades have increased steadily over time. Grade increases during the pandemic are also well-documented.

For example, between 2019 and 2021, average grades for Grade 12 students in the Toronto District School Board increased six per cent. Between 2016 and 2021, the percentage of A-level students taking the ACT, a standardized test for U.S. college admissions, rose more than 13 per cent.

Our search for published studies that document grade inflation in Canada since the pandemic did not yield any findings: there has been no concrete data from Canadian elementary or secondary schools on grades being inflated since 2021.

Current conversations about grade inflation often zero in on the role of grades in college and university admissions because most post-secondary programs use students’ grades in the admissions process.

As a CBC investigation of data from the Council of Ontario Universities has shown, entry averages for Grade 12 students have been rising for some time. Data from the council show that across 16 universities, the median entry grade rose from 81.4 per cent in 2006 to 88.2 per cent in 2021.

The Winnipeg Free Press reports that at the University of Manitoba, 40 per cent of high school students admitted in 2024 had a grade of at least 95 per cent.

Post-secondary supply and demand

But a rising admissions average is different than grade inflation in elementary and secondary school. Increases in university admission averages are a function of multiple factors, most directly supply and demand.

Let’s take the Ontario data as an example. Between 2005 and 2022, the number of applications to Ontario’s universities rose 86.5 per cent. That’s 344,000 more applications. At the same time, the number of students who went on to register also rose, but only by 31.2 per cent.

That means that even if average grades had stayed the same, students with lower grades were increasingly less likely to get admitted because they are competing with more applicants. Demand is outpacing supply.

Avoiding difficult courses

The current supply and demand issue has real consequences on students’ pressure to get higher grades in secondary school. Sixty-one per cent of American teenagers say they feel pressured to get good grades. That focus on grades increases student anxiety and makes students more likely to avoid difficult courses.

Teachers and university instructors also report pressure to give good grades, especially when grades and graduation rates are used to evaluate performance.

These pressures are longstanding — there has always been pressure on students to perform and on teachers to award high grades — but the increased competition for seats in post-secondary provides additional fodder for grade inflation.

Providing additional provincial funding to increase spaces at universities and colleges could help address these pressures.

Why have grades increased?

There are multiple reasons grades increase. First, in almost every province, the share of people graduating high school has been increasing for years.

More high school graduates means more passing grades, which typically results in higher average grades.

And we want students to learn and achieve. On average, secondary school graduates live longer, earn more money and are less likely to be incarcerated.

Shifts in assessment policies, teaching

Second, teachers’ use of evidence-based teaching and assessment strategies is supporting better learning. Shifts in school assessment policies over the past 20 years help students better understand what the learning goals are and what success looks like. These also encourage feedback to close the gap between where students are and their learning goal.

Assessment policies have also separated assessing learning skills and habits from assessing curriculum content knowledge.

Manitoba’s assessment policy, for example, tells teachers to base grades on students’ actual achievement, not on things like effort, participation or attitude.

Such policies acknowledge that docked marks or zeroes are sometimes needed for late or missing work, but caution that such practices may misrepresent student achievement. If grades and behaviour aren’t reported separately, it becomes difficult to know what a “B-” grade represents, for example. It may mean proficient achievement, or it may mean “C-level work with A-level effort,” “A-level work that’s late” or something else.

Schools have also made evidence-based teaching advances, such as using differentiated instructional strategies and culturally responsive teaching. One expected result from these changes should be higher grades.

Is an A still an A?

The purpose of grades is to communicate student achievement. While that purpose is less important than the main purpose of assessment — to improve student learning — students, parents and other stakeholders still depend on grades to make decisions.

Importantly, and contrary to many people’s understanding, teachers don’t grade on a bell curve. There is no limit to the number of As and the quality of learning it represents. In fact, having more students achieving higher grades is good, if the grades are warranted and accurately reflect what students know and are able to do.

Should we be concerned?

Even though the pandemic created a spike in grades, the lack of research since means we do not accurately know the current state of grade inflation or how grades may be assigned differently across different groups of students (for example, across family income, race or gender).




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While grades are increasing, they continue to hold their signalling power. Grades can still be trusted alongside other measures to make important decisions.

Even when grades rise, we shouldn’t assume that every rise is unearned or indefensible. The full picture is messier than that.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Is an A still an A? The truth behind grade inflation – https://theconversation.com/is-an-a-still-an-a-the-truth-behind-grade-inflation-280653

No more ‘just say no’ — Canadian schools will soon have a roadmap to address student substance use

Source: The Conversation – Canada – By Tonje Mari Molyneux, Research Scientist and Preventive Pedagogy Specialist, University of British Columbia

The message to students used to be simple: “Just say no.”

But in today’s schools, that message is not only outdated, it may be part of the problem.

Across Canada, student substance use is a growing concern. According to the most recent national student survey, 15 per cent of students in Grades 7-12 reported vaping in the past month, and 18 per cent identified using multiple substances at the same time. Many Grade 7 students could not identify the health risks of substances they can easily access.

Schools want to respond more effectively. But many are doing so without a clear roadmap.

New standard based on evidence

A new cross-Canada standard, to be officially launched soon, aims to change that. It sets out what evidence-informed substance use prevention, education and intervention should look like from kindergarten through Grade 12 (K-12).

Rather than prescribing a single program, it provides a shared, evidence-informed framework, outlining the principles, practices and structures that are most likely to make a difference. And it’s designed to complement what provinces, territories and districts are already doing.

But the standard on its own won’t change what happens in schools. Without system-level support, even the best guidance risks sitting on a shelf.

Our national survey of more than 200 K–12 administrators highlights the gap. Nearly 90 per cent reported frequent student substance use challenges in schools, with vaping as the top concern. While almost two-thirds said they were willing to change their approach, far fewer felt they had the evidence, resources or support to do so effectively.

Without clear alternatives, many schools default to familiar responses, particularly zero-tolerance policies that can lead to suspension or expulsion — approaches that can sever the very connections that help buffer young people from substance use harms in the first place.

This isn’t a failing of individual educators. It’s a systems problem.

The new standard responds to the realities young people are navigating today, including the proliferation of vaping, the legalization of cannabis and an increasingly toxic drug supply. Without shared guidance, current approaches vary widely, and many still rely on scare tactics and abstinence-only messaging, which decades of research show don’t have a lasting impact.

The challenge extends beyond the classroom. Our analysis of nearly a decade of Canadian news coverage found that youth substance use is often framed as an individual problem, with young people portrayed as a threat to themselves.

Missing from these narratives are the broader social and structural factors that shape their substance use. This framing makes it harder for schools to adopt approaches that are more supportive, and ultimately, more effective.

How the new standard is different

The new standard was developed through a national partnership between Wellstream: The Canadian Centre for Innovation in Child and Youth Mental Health and Substance Use at the University of British Columbia, the Canadian Centre on Substance Use and Addiction and the Canadian Association of School System Administrators.

Physical Health and Education Canada and the Students Commission of Canada joined to support a robust implementation strategy. Educators, researchers, health professionals and Indigenous interest holders all contributed.

Young people also helped shape this work from the beginning. Youth were part of the technical committee and student voices are embedded as a guiding principle. Research shows that youth-partnered approaches are more relevant, more effective and better aligned with real-world experiences.

Different ages, different strategies

At its core, the standard recognizes a simple but often overlooked reality: What works for a 10-year-old will not work for a 17-year-old.

The new standard is organized around developmental stages and tiers of support. Rather than offering a one-size-fits-all program, it outlines what effective practice looks like in terms of prevention, education and intervention — from building foundational social-emotional skills in early grades to providing targeted supports for older students who are already using substances.

The evidence is clear that effective approaches must evolve with development. Younger children benefit most from building personal competencies. Early adolescents respond to social norms approaches. Older adolescents require strategies focused on social influence and navigating life transitions.

Our own overview of systematic reviews and meta-analysis confirmed that existing programs tend to produce only modest effects, partly because success is often defined too narrowly as abstinence. The new standard broadens this lens, emphasizing outcomes such as well-being, school connectedness and help-seeking.




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It also calls for a shift away from punitive responses. When a student is found vaping, suspension may remove the behaviour temporarily, but it doesn’t address the underlying issue and can push them further away from help. In fact, long-term research shows that practices such as exclusionary discipline and increased police presence in schools are associated with higher rates of substance use over time.

Instead, the new standard emphasizes restorative approaches and support plans that prioritize health, safety and continued engagement in school.

What schools need to make this work

Even the strongest standard cannot succeed without the right conditions for implementation.

Educators are already stretched thin. Without dedicated time, resources and training, this risks becoming another well-intentioned but underused initiative.




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To support implementation, the standard is accompanied by a self-assessment tool that helps schools identify where their existing practices align with the evidence and where there are opportunities to grow. Rather than functioning as an audit, it’s designed to support continuous improvement, allowing schools to set priorities based on their own context.

But meaningful change will require new tools and investment: time for professional learning, dedicated staff roles and stronger partnerships between education and health systems.

Supporting materials are in development to help bridge this gap. They include training resources, informational materials for school boards, families and students, a network of experienced practitioners and briefs showing how the standard connects to existing international, national and provincial frameworks.

The message to students can no longer be reduced to “just say no.”

Supporting young people today requires approaches that reflect the complexity of their lives — grounded in evidence, connection and care. Schools are ready to move beyond outdated responses. Now education systems must support them in doing so.

Reg Klassen, executive director at Canadian Association of School System Administrators and Ryan Fahey, manager, programs and education, at Physical and Health Education Canada co-authored this story.

The Conversation

This initiative was supported by funding from the Canadian Institutes for Health Research and the Canadian Centre on Substance Use and Addiction through its federal funding. The standard was developed under the management of CSA Group.

Emily Jenkins receives funding from the Canadian Institutes of Health Research through their Canada Research Chairs program.

ref. No more ‘just say no’ — Canadian schools will soon have a roadmap to address student substance use – https://theconversation.com/no-more-just-say-no-canadian-schools-will-soon-have-a-roadmap-to-address-student-substance-use-280336

New research highlights how wildfires are harming fish

Source: The Conversation – Canada – By Philip N. Owens, Professor and FRBC Endowed Research Chair in Landscape Ecology, University of Northern British Columbia

As we transition into spring, wildfires are on the minds of many Canadians. In fact, wildfires have already started in some parts of the country.

Over the last decade, the land burned in Canada and many other parts of the world has increased, resulting in more socially and economically disastrous wildfires. Predictions indicate the Canadian situation could worsen over the next few decades as the climate warms and soils and forests get drier.

While the impacts on humans, forests and the animals that live in them are the most observable effects, wildfires also have devastating impacts on aquatic life, especially fish. Many of these occur during and shortly after the fire is out, but others can continue for years, and potentially, decades.

We recently published research conducted in British Columbia into how wildfires are affecting water resources and fish habitat. We used a rainfall simulator to instigate surface runoff and soil erosion at various sites impacted by the 2023 North Lucas Lake wildfire. We showed that erosion is much worse on severely burned and steep slopes.

More water in rivers

One of the immediate impacts on fish after a wildfire comes from the increase in water draining from the burned land and entering rivers. Without thick forest cover to store and use rainfall, more water runs off over the soil towards rivers.

In some situations, soil can become water-repellent, as gases from the burning vegetation enter and condense below the topsoil, forming a barrier and limiting the amount of rainfall that can infiltrate.

Erosion damage and burned trees in a forested area
Runoff and erosion following a wildfire in the Deadman River watershed, B.C.
(Philip Owens/UNBC), CC BY

The lack of vegetation also means that more heat from the sun reaches the snowpack, which causes snowmelt to occur faster and earlier. This adds to the amount of water entering rivers and also changes the annual timing of spring melt.

The increased supply of runoff entering rivers increases the volume and velocity of water, which can be problematic for fish, including young salmon that, in spring, may be emerging from spawning gravels. These shifts in timing can result in less flow in late summer and fall, a time when adult salmon return to spawn in their natal streams.




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More sediment and debris

Roots normally hold the soil together. However, when forests are burned, the soil loses that support system. Our research shows that the lack of vegetation on hill slopes and the increase in runoff also cause more soil erosion.

This eroded sediment gets washed into rivers, increasing the turbidity, or cloudiness, of the water. That can pose serious problems for fish that rely on sight to hunt. Particles in the water column can scratch exposed membranes and tissues, such as gills, eyes and skin, leading to physical damage and impaired function. In extreme cases, it can clog tissues and organs.

Some of the sediment gets deposited on the channel bed. This can smother important food sources, such as insect larvae, snails and worms, and fill in spaces in the gravels where salmon, sturgeon and other species would typically lay their eggs.

The blockage of these spaces in the channel bed prevents water from flowing through the gravels, which should deliver dissolved oxygen and remove harmful carbon dioxide from the gravels. This essentially leads to suffocation.

And there are often debris flows and landslides after wildfires in hilly and mountainous areas, sometimes many years later. This adds further sediment and debris, and in extreme cases can dam rivers, blocking fish stock passage, as happened at the Chilcotin River in British Columbia in 2024.

Another issue is the impact on water temperatures in rivers. Trees provide shade, but when they are gone, sunlight heats the water. Water temperatures are key to the health and survival of many fish and other species, with higher temperatures being a key stressor.




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Harmful chemicals

four images of alevin with yolk sacs. One is healthy, the other three exhibit various deformities like a twisted tail and yolk edema.
Comparisons between healthy young Chinook salmon and those with deformities after being exposed to wildfire sediment and higher water temperatures at the Quesnel River Research Centre.
(Smriti Batoye/Quesnel River Research Centre), CC BY-NC-ND

Wildfires can cause chemicals to be flushed into rivers. Nutrients like nitrogen and phosphorus, while not necessarily toxic, can cause changes in aquatic ecology and fish size in high concentrations due to wildfires.

They also contribute to harmful algal blooms in rivers and lakes. Evidence suggests that nutrients contained in wildfire ash is being deposited on lakes.

There are also often spikes in metals and organic contaminants in rivers and lakes after a fire. While these are natural byproducts of a fire, our research shows that they concentrate in soils and sediments following wildfires. We have determined that these chemicals can change fish behaviour, cause deformities or, at extreme levels, be toxic to fish.

Studies have also shown that fire retardants — chemicals used to control and extinguish fires — can be toxic to rainbow trout.

Protecting fish

It’s not a hopeless situation. Communities, organizations and Indigenous Peoples are developing innovative ways to help protect and remediate rivers and lakes following wildfires.

In British Columbia, the BC Salmon Restoration and Innovation Fund has funded projects to support salmon, including the Pacific Salmon Foundation’s Wildfire Playbook. This resource compiles best practices and offers guidance to integrate salmon into wildfire recovery planning.

The Skeetchestn Indian Band is partnering with the Pacific Salmon Foundation and others using collaborative, multidisciplinary monitoring and research to understand how the Deadman River watershed is recovering following a catastrophic wildfire in 2021, and to help guide restoration priorities.

Elsewhere, others have investigated how beavers and artificially constructed beaver dams can protect aquatic ecosystems after wildfire.

Wildfires will continue to be part of our future. Knowing their impact on rivers and lakes will help communities make informed decisions around protecting fish and other aquatic life, and ultimately, sustain resilient watersheds.

Smriti Batoye, a postdoctoral fellow at UNBC’s Quesnel River Research Centre, co-authored this article.

The Conversation

Philip N. Owens receives funding from the BC Salmon Restoration and Innovation Fund, Ecofish Research Ltd, Forest Renewal British Columbia, Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada, Nechako Environmental Enhancement Fund and the University of Northern British Columbia.

Ellen Petticrew receives funding from the British Columbia Salmon Restoration and Innovation Fund, Forest Renewal British Columbia, Natural Sciences and Engineering Canada, and the University of Northern British Columbia.

Jason Raine receives funding from the BC Salmon and Restoration Fund, Environment and Climate Change Canada, Forest Renewal BC, Natural Resources Canada: Multi-Partner Research Initiative, NSERC Alliance and the University of Northern British Columbia.

Kristen Kieta receives funding from the BC Salmon Restoration and Innovation Fund.

ref. New research highlights how wildfires are harming fish – https://theconversation.com/new-research-highlights-how-wildfires-are-harming-fish-281127

What the Montreal Canadiens’ hockey playoff run reveals about faith, belonging and the sacred

Source: The Conversation – Canada – By Dr. Matt Hoven, Professor and Kule Chair at St. Joseph’s College, University of Alberta

With the Montreal Canadiens now competing in the second round of the Stanley Cup Playoffs against the Buffalo Sabres, their fans, often described as les fidèles (the faithful), continue to show devotion for their beloved team, les Glorieux, in perhaps surprising ways.

One rabbi posted a prayer for the Canadiens on his Facebook page. A church in St-Jean-sur-Richelieu, Que., hosted watch parties for every playoff game. Some fans in Habs jerseys were even seen crawling up the steps to St. Joseph’s Oratory in the past.

The jerseys are called la sainte flanelle (the holy cloth), while some players wearing them are given otherworldly nicknames. Former NHL goaltenders Patrick Roy and Carey Price are called “St. Patrick” and “Jesus Price.” The late great Guy Lafleur was known as le démon blond.

These acts might look strange to outsiders. But as scholars of religion, we think they reveal something about why hockey matters so much to fans. People often find the religious or spiritual in everyday life, and hockey is no different.

We have written books about connections among sport, spirituality and religion, and told the story of “Hockey Priest” Father David Bauer, who sought higher ideals in the game.

We’re currently drafting a book about what matters most in hockey, centred around three things: beauty, belonging and believing. Together, these explain what is so out-of-the-ordinary and enchanting about hockey, and why it can move people so deeply.

Beauty

Plato, writing in the Phaedrus, described beauty as the thing that “causes the soul to grow wings.” He meant there is something transcendent about beauty, and that our appreciation of beautiful things carries us to higher truths.

Beauty lies at the heart of our attraction to hockey. Skilful displays on the ice — like stickhandling, booming shots and toe-drags — can lift our spirits. Seeing beauty come alive on the ice takes people beyond the humdrum of regular life and toward something transcendent or special.

Players like Lane Hutson stir a sense of wonder. Hutson’s skating and spatial intelligence have been exceptional in the playoffs. In Game 3 of the first round against Tampa Bay, he fielded a pass from Alexandre Texier and scored on a slap shot to win it for the Canadiens in overtime.

Montreal Canadiens’ Lane Hutson delivers a game-winning slap shot in overtime during Game 3 against Tampa Bay.

Beauty is also seen in hockey’s personalities and unforgettable stories. In March 2025, after Brendan Gallagher’s mother died from a battle with Stage 4 brain cancer, a fan reached out to him on social media.

She had won his 2022 Hockey Fights Cancer jersey — the one on which he had written “I Fight For Mom” — at a Canadiens Children’s Foundation auction, and offered to give it back. He accepted, and in April 2025, the two met on the Bell Centre ice for a jersey swap.

It was a beautiful moment of humanity between the two.

Belonging

Belonging is a core spiritual need. When people feel part of a community, they have a greater sense of meaning, self-worth and hope. Hockey, at its best, enhances that sense of belonging.

Even the Canadiens’ nickname, the Habs (or les Habitants), refers to the early French settlers of Québec. The team has always carried a community’s identity, for better or for worse.

This playoff run has provided striking examples of the sport bridging real divides. On May 5, just before Game 1 of the Sabres-Canadiens series, Niagara Falls, on the Canada-U.S. border, glowed in the colours of both teams: the Horseshoe Falls in red and white for the Canadiens, the American Falls in blue and gold for the Sabres. Hockey has the power to unite even amid bitter political division.

The falls were not the only example of this. A week earlier, during Game 5 of the Eastern Conference First Round between the Sabres and the Boston Bruins, the microphone cut out for singer Cami Clune during “O Canada.” Immediately, the crowd at Buffalo’s KeyBank Center stepped in themselves.

As a border city, Buffalo is the only NHL team to play both national anthems before every home game regardless of opponent as a sign of respect and connection.

This mattered more than it might have in another year and in a different political context. Just months earlier, during the 4 Nations Face-Off, fans jeered opposing anthems on both sides of the border. The Buffalo moment was a different kind of answer.

Believing

Researchers have shown that people find the sacred in many different things, including religion, gardening, music and sport. Wherever people find the sacred, they experience a sense of the extraordinary, ineffability and deeper meaning.

Psychologist Kenneth I. Pargament, in fact, defines spirituality as “the search for the sacred.” Philosophers Hubert Dreyfus and Sean Kelly argue that many people have lost the ability to experience the sacred in this secular age, and that sport is one of the few places where people still encounter wonder and beauty.




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The thirst for meaning, beauty and wonder doesn’t go away. Hockey is one place where many seem to find a sense of mystery and uplifting hope, passion and awe. Discovering the sacred in hockey helps fans feel a part of something bigger than themselves; something that has meaning beyond the ordinary minutia. Intense moments in sport can bring fans an implicit sense of meaning.

The answer to meaning and happiness may not be a complicated big picture but in these smaller moments of discovering the sacred. But a word of caution: as Paragament and his team have found, when we discover the sacred in something, there are implications for our everyday lives.

Fans organize their schedules around game time. They invest in the team by buying jerseys, tickets and merchandise. They defend their teams fiercely against criticism. And when their team loses, particularly in an elimination game, the grief can be devastating.

That deep sense of loss is intensified for those who experience a sense of the sacred in hockey and their team. This intersection of spirituality with the meaning of hockey can explain why a loss can be more devastating that might seem understandable. For many people, hockey is more than just a game.

Right now, two Montréal teams are competing for championships. The Canadiens and the Sabres are tied after two games. The Victoire — Montréal’s PWHL team — are tied 1-1 with the Minnesota Frost in their semifinal, after captain Marie-Philip Poulin scored a triple-overtime winner on May 6.

Whether either team manages to bring a trophy home, the devotion surrounding both is already extraordinary.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. What the Montreal Canadiens’ hockey playoff run reveals about faith, belonging and the sacred – https://theconversation.com/what-the-montreal-canadiens-hockey-playoff-run-reveals-about-faith-belonging-and-the-sacred-282227