¿Por qué los peces no tienen pelo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

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Un delfín, un salmón y un lobo marino no se parecen en casi nada cuando se observa su piel. El salmón está cubierto de escamas superpuestas y mucosidad. El delfín tiene una piel lisa, prácticamente sin pelo. El lobo marino, en cambio, conserva uno de los pelajes más densos del reino animal. Los tres son vertebrados acuáticos. Las diferencias no son anecdóticas: revelan una regla básica de la evolución que suele sorprender, incluso, a quienes creen entenderla bien.

La respuesta está en cientos de millones de años de historia evolutiva y muestra cómo un mismo problema –proteger y aislar el cuerpo– puede resolverse de formas radicalmente distintas según el punto de partida evolutivo.

Los peces tienen escamas porque nunca necesitaron pelo

El pelo es un rasgo distintivo de los mamíferos. Evolucionó una sola vez, en el linaje de los sinápsidos, el grupo de amniotas que incluye a todos los mamíferos y sus antepasados, que se originó hace más de 300 millones de años. Pero el linaje es una cosa y el rasgo es otra: los fósiles más antiguos que sugieren la presencia de pelo datan de hace unos 250 millones de años, a partir de heces fosilizadas –coprolitos– de terápsidos hallados en Rusia. Y las primeras impresiones claras de pelaje corresponden a mamíferos del Jurásico, hace unos 165 millones de años.

Lo que sí sabemos con certeza es que el pelo ya estaba plenamente establecido cuando los tres grandes linajes de mamíferos actuales (monotremas, marsupiales y placentarios) divergieron.

Los peces se separaron del linaje que daría origen a los vertebrados terrestres hace unos 375–400 millones de años, mucho antes de que apareciera el pelo. No lo perdieron: nunca lo tuvieron. En su lugar, desarrollaron escamas, estructuras duras incrustadas en la piel que proporcionan protección mecánica sin comprometer la movilidad.

Las escamas de los peces no son equivalentes al pelo de los mamíferos, ni siquiera a las escamas de los reptiles. Comparten el nombre, pero no el origen, ni la estructura. En los peces, estas cubiertas forman parte de la dermis y tienen una base mineralizada de hueso, dentina o sustancias similares al esmalte. En los reptiles, las cubiertas externas derivan de la epidermis y están formadas por queratina.

Existen distintos tipos de escamas en los peces, adaptadas a funciones diferentes. Un ejemplo llamativo es el de tiburones y rayas, cuyas escamas placoideas –pequeñas estructuras similares a dientes– reducen la resistencia hidrodinámica con tal eficacia que han inspirado diseños industriales. Mientras, en los peces óseos, las escamas son finas, flexibles y superpuestas, compuestas principalmente de un tejido rico en colágeno, llamado elasmodina, recubierto por una capa ósea.

A esto se suma la mucosidad que recubre la piel de los peces. Su capa viscosa no es un simple lubricante: reduce la fricción, dificulta la entrada de patógenos y ayuda a regular el intercambio de sales con el entorno acuático. Es una solución evolutiva completamente independiente a problemas que los mamíferos, en tierra, resolvieron de otra manera.

El pelo es para la vida terrestre

Cuando los vertebrados colonizaron la tierra firme, las reglas físicas cambiaron. El agua conduce el calor unas 25 veces mejor que el aire, de modo que atrapar una fina capa de aire junto a la piel se convirtió en una ventaja enorme. Eso es exactamente lo que hace el pelo.

El pelaje funciona como aislante porque mantiene aire inmóvil cerca del cuerpo, reduciendo la pérdida de calor. Además, protege de la radiación solar, de la abrasión y de los parásitos y, en algunos casos, cumple funciones sensoriales muy precisas: las vibrisas de las focas, por ejemplo, pueden detectar el rastro hidrodinámico de un pez que pasó segundos antes.

Todos los mamíferos tienen pelo en algún momento de su desarrollo. Incluso las ballenas forman folículos pilosos durante la gestación. El pelo no es un accesorio: es una sinapomorfía –un carácter derivado compartido– que define al grupo entero.

Volver al mar planteó un dilema

Tras la desaparición de los grandes reptiles marinos hace unos 66 millones de años, los océanos ofrecían nichos ecológicos que diversos linajes de mamíferos acabarían ocupando, aunque la relación causal exacta entre aquella extinción y la radiación de mamíferos marinos sigue siendo objeto de debate.

A partir del registro fósil y las reconstrucciones filogenéticas, los científicos infieren que algunos mamíferos terrestres que vivían cerca de costas, ríos y estuarios empezaron a explotar recursos acuáticos. El proceso fue gradual y ocurrió varias veces de forma independiente: los linajes que darían lugar a ballenas y delfines lo iniciaron hace unos 50 millones de años, los manatíes poco después y las focas más tarde. Los fósiles más antiguos de pinnípedos datan del Oligoceno tardío, hace unos 27–30 millones de años.

En tierra, el pelaje funciona porque atrapa aire. En el agua, esa capa de aire se comprime y pierde eficacia. La conductividad térmica del pelaje mojado y comprimido se aproxima a la del agua misma, mientras que la grasa subcutánea no se comprime y mantiene su capacidad aislante, incluso a grandes profundidades. Además, suaviza el contorno del cuerpo y reduce el gasto energético al nadar.

Así que la selección natural no «eligió» entre pelo y grasa. Simplemente, favoreció, generación tras generación, aquello que funcionaba mejor en un entorno acuático. Cuanto mayor era el tiempo pasado bajo el agua, mayor era la ventaja de sustituir el pelo por una gruesa capa de grasa.

Las ballenas completaron la transición

Los cetáceos representan el extremo de este proceso. A lo largo de millones de años, perdieron casi todo su pelo, conservando apenas algunos folículos alrededor del hocico. En algunas especies, como las ballenas boreales, estas estructuras parecen haberse reutilizado como sensores del movimiento del agua.

El rastro de esta transformación queda escrito en el genoma. La tasa de pérdida de genes de queratina capilar en cetáceos supera significativamente la tasa basal en otros mamíferos. Muchos genes que antes producían proteínas del pelo han quedado inactivos, convertidos en fósiles moleculares. Ya no había presión selectiva para mantenerlos y la evolución los dejó degradarse.

En otros mamíferos acuáticos, como manatíes e hipopótamos, se observan procesos similares. Este fenómeno se conoce como evolución convergente: linajes no emparentados que, ante presiones ambientales similares, llegan de forma independiente a soluciones parecidas. La pérdida del pelo no ocurrió una sola vez, sino repetidamente, cada vez que un linaje de mamíferos volvió al agua.

Las focas están a medio camino

Los pinnípedos ilustran una situación intermedia. Siguen dependiendo de la tierra para reproducirse y descansar, y su aislamiento térmico refleja esa doble vida.

Leones marinos en Óblast de Sahalinskaya, Rusia.
Shchipkova Elena/Shutterstock

Los lobos marinos conservan un subpelaje extremadamente denso –los osos marinos ártícos, por ejemplo, tienen aproximadamente 300 000 pelos por pulgada cuadrada, entre los pelajes más densos de cualquier pinnípedo–. Las focas verdaderas, en cambio, dependen mucho más de la grasa subcutánea: en elefantes marinos, la capa de grasa puede superar los 15 centímetros de grosor. La transición evolutiva del pelo a la grasa en pinnípedos sigue un gradiente claro, con los otarios en el extremo dominado por el pelo y los fócidos en el extremo dominado por la grasa. Cuanto mayor es el compromiso con la vida acuática, menor es la dependencia del pelo.

No es una escala de «mejor» a «peor», sino de ajuste progresivo a condiciones físicas distintas.

La evolución no planifica

Peces, focas y ballenas viven en el agua, pero sus cubiertas corporales no son variaciones de un mismo diseño. Las escamas y la mucosidad de los peces evolucionaron en el agua y nunca dejaron de ser eficaces. El pelo apareció en tierra y no funcionaba bien al volver al mar. La grasa subcutánea fue la alternativa que mejor funcionaba con los materiales disponibles.

No es una línea recta ni una mejora progresiva. Son historias evolutivas diferentes que confluyen en un mismo entorno, sin compartir las mismas soluciones.

Foca común.
Wikimedia Commons., CC BY

Esto nos lleva a una idea clave de la biología evolutiva: la evolución no anticipa, no optimiza y no rediseña desde cero. Trabaja con lo que ya existe. Los peces nunca “necesitaron” pelo. Los mamíferos no recuperaron escamas al volver al mar. La selección natural no busca la solución ideal, sino la que funciona lo suficientemente bien.

Las focas siguen a medio camino. Las ballenas han llegado casi al final. Los peces nunca emprendieron ese viaje. Tres formas de vivir en el agua, tres pieles distintas y una misma lección incómoda: en evolución, la historia importa tanto como el entorno.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué los peces no tienen pelo? – https://theconversation.com/por-que-los-peces-no-tienen-pelo-279250

El dilema sobre el modelo Bukele: ¿es lícito conseguir la seguridad de un país a cualquier precio?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Martí Barrachina, Profesora colaboradora en criminología, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Detenidos en formación antes de ser escoltados a sus celdas en un centro de alta seguridad de Tecoluca, El Salvador. youledtayif/Shutterstock

El llamado “modelo Bukele” –en referencia a Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019, y convertido en referente de las políticas de mano dura– constituye uno de los fenómenos penales recientes más discutidos a nivel global. Sus resultados en reducción de la violencia han sido ampliamente difundidos aunque, en paralelo, ha recibido críticas contundentes por sus implicaciones en materia de derechos humanos y garantías democráticas.

El modelo genera, así, adhesiones y rechazos intensos, haciendo que el debate se mantenga en esa dicotomía más de lo deseable. Quienes lo apoyan suelen aceptar sus peligrosos excesos; quienes lo rechazan a menudo eluden una pregunta delicada: ¿qué alternativa se le ofrece a quien lleva décadas viviendo bajo una violencia que el Estado no ha sabido contener?

Antes de Bukele: violencia y fracaso institucional

Durante décadas, El Salvador registró niveles de violencia extraordinariamente elevados, situándose entre los países con mayores tasas de homicidio del mundo. Esta violencia –continuada y estructural– estaba vinculada al control del territorio que ejercían las pandillas (las maras), conocidas internacionalmente por el uso de tatuajes visibles en el rostro, además de en otras partes del cuerpo.

Las pandillas no solo cometían homicidios: imponían un régimen de dominación basado en la extorsión, la amenaza y el miedo constante, condicionando la vida diaria de la población.

En El Salvador, era (es) normal tener amigos o familiares asesinados, vivir en casas protegidas por concertinas, encontrarse con personal de seguridad armado en la entrada de una farmacia o un restaurante y tener que pagar periódicamente una cantidad de dinero a la pandilla del barrio para vivir allí o tener un negocio.

En este escenario, marcado también por elevados niveles de pobreza y corrupción, las respuestas estatales previas a Bukele no lograron revertir el problema. A pesar de la alternancia política entre gobiernos de izquierdas y derechas, las estrategias implementadas –incluyendo operativos policiales y militares intensivos– no consiguieron desmantelar las estructuras criminales y, en muchos casos, generaron efectos negativos adicionales, como abusos y deterioro de la confianza institucional.

Es en este contexto de violencia crónica y agotamiento social donde debe situarse la estrategia impulsada por el presidente de El Salvador.

Luces y sombras del modelo

A partir de 2019, y especialmente tras el régimen de excepción de 2022 –que implicó una suspensión prolongada de garantías constitucionales y una ampliación extraordinaria del poder punitivo estatal–, el Estado salvadoreño desplegó una política de control penal intensivo basada en detenciones masivas, el encarcelamiento generalizado y el endurecimiento del sistema penitenciario.

Retrato oficial de Nayib Bukele (2019)
Wikimedia Commons, CC BY

Esta política ha llevado a El Salvador a registrar la tasa de encarcelamiento más alta del mundo, con cifras que superan los 1 600 presos por cada 100 000 habitantes. Para dimensionar la cifra: Cuba, segunda del ranking, tiene la mitad; España, alrededor de 116.

Los resultados de la estrategia, sin embargo, han sido contundentes, al menos en términos de seguridad. Las cifras oficiales indican una reducción drástica de los homicidios, acompañada del descenso de otros delitos, como la extorsión. Además, los indicadores de percepción de seguridad confirman este cambio: una gran parte de la población afirma sentirse segura en su vida cotidiana, algo impensable en años anteriores.

Estos resultados ayudan a explicar por qué el modelo ha recibido un apoyo significativo dentro de El Salvador y también fuera de él, especialmente en Latinoamérica, donde algunos sectores de la población lo perciben como una respuesta posible a la violencia en sus propios países.

Así, actores políticos de Costa Rica, Argentina, Chile o Guatemala han planteado ya medidas inspiradas en él. Ahora bien, este apoyo convive con sectores crecientes de la población que cuestionan esta estrategia por sus costes en derechos y garantías.

En esta línea, Bukele y su modelo han sido objeto de críticas severas. Organizaciones y académicos han denunciado detenciones arbitrarias, encarcelamiento de personas inocentes y graves limitaciones al debido proceso en el marco del régimen de excepción. También se ha cuestionado la fiabilidad de las estadísticas oficiales, señalando cambios en los criterios de recuento de homicidios que podrían sobredimensionar la reducción de la violencia.

A ello se suman preocupaciones por el gran deterioro institucional y democrático derivado de la concentración de poder y la “deriva autoritaria” de Bukele –que incluye la persecución y encarcelamiento de periodistas y activistas–, así como dudas sobre la sostenibilidad de una estrategia basada en el encarcelamiento masivo en un contexto de pobreza persistente.

Más allá del todo o nada: el incómodo vacío de alternativas

La discusión sobre el caso de El Salvador suele plantearse en una lógica de todo o nada: se acepta el modelo por sus resultados en seguridad o se rechaza por sus elevados costes. Sin embargo, ambas posiciones resultan, de algún modo, insuficientes.

El problema de la primera es más visible: minimiza sus gravísimas implicaciones, expuestas anteriormente. El problema de la segunda –que a menudo pasa desapercibido– es que elude una cuestión incómoda: no existen alternativas que, a día de hoy, hayan demostrado ser eficaces para reducir de manera rápida niveles extremos de violencia en países con las características de El Salvador y parte de la región latinoamericana.

Los enfoques preventivos –educación, reinserción, policía comunitaria…– cuentan con un amplio respaldo empírico, pero su aplicación requiere tiempo y presenta límites importantes en escenarios donde las estructuras criminales ejercen un control consolidado sobre el territorio y la vida cotidiana, y donde cada día de espera se traduce en muertes.

Ignorar este problema contribuye, paradójicamente, a reforzar el atractivo de modelos como el salvadoreño. Una parte relevante de su apoyo no se explica por su legitimidad, sino por la percepción de que es la única opción que ha ofrecido resultados visibles. Reconocer esta realidad no equivale a legitimar el modelo; es el punto de partida para combatirlo.

El reclamo real de mano dura

Desde contextos alejados de la violencia resulta más sencillo rechazar estrategias ilegítimas, porque hacerlo no implica continuar viviendo amenazado. Pero para quienes padecen esa realidad de forma cotidiana, la urgencia reduce drásticamente el margen de elección: se prioriza sobrevivir hoy sobre las garantías que deberían proteger el mañana.

Comprender esta lógica –sin validarla– es indispensable para entender por qué determinados sectores de la población formulan demandas de mano dura en estas situaciones y por qué líderes con propuestas extremas e ilegítimas logran una base de apoyo real.

En este sentido, si se quiere evitar que la excepcionalidad punitiva se consolide como única opción políticamente creíble, no basta con denunciar sus costes: es imprescindible construir alternativas realistas y operativas que, además de normativamente deseables, sean también eficaces en contextos de violencia estructural. De lo contrario, el riesgo es su expansión a otros países, con costes democráticos inaceptables y sin garantía de resultados.

The Conversation

Marta Martí Barrachina no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Mejorar los coches autónomos imitando al cerebro humano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Hernández Cámara, Profesor e investigador. Departamento de Ingeniería Electrónica & Laboratorio de Procesado de Imágenes, Universitat de València, Universitat de València

La conducción autónoma con inteligencia artificial aún tiene algunos retos que salvar. Samuele Errico Piccarini / Unsplash., CC BY-SA

Conducir por una carretera de montaña y que, de repente, nos envuelva una niebla densa es una situación de máxima tensión. Automáticamente, agudizamos la vista, entrecerramos los ojos para distinguir a los otros coches. Los seres humanos somos muy buenos gestionando estos cambios. Sin embargo, para la inteligencia artificial que guía a los coches autónomos actuales, esta misma escena puede ser una pesadilla.

Hoy en día, los sistemas de inteligencia artificial de visión son extremadamente precisos en buenas condiciones. Un coche autónomo puede reconocer peatones, señales y otros vehículos con una gran precisión en un día soleado. Pero tienen un grave problema: son muy frágiles ante los cambios ambientales. Si cae la noche, llueve o aparece la niebla, las imágenes cambian drásticamente. Las inteligencias artificiales estándar, a menudo, se vuelven ciegas ante estas variaciones, incapaces de detectar obstáculos que un conductor humano vería sin problemas.

En nuestra investigación en la Universitat de València, nos planteamos una posible solución: en lugar de enseñar a la IA millones de imágenes de cada clima posible, decidimos imitar la biología. ¿Qué mecanismo biológico permite a nuestro cerebro ver tan bien en condiciones tan diferentes?

El “control de volumen” del cerebro humano

En nuestro cerebro, las neuronas no trabajan de forma aislada. Utilizan una forma de adaptación fascinante conocida en neurociencia como normalización divisiva.

Para entenderla sin utilizar matemáticas, podemos imaginarla como un sistema de “control de volumen” automático, donde las neuronas trabajan en equipo. Por ejemplo, supongamos que una neurona mira una zona muy oscura de la imagen, como un coche negro por la noche. En este caso, las neuronas vecinas “suben el volumen” a esa señal débil. Así, logran amplificar esos pequeños detalles para hacerlos más visibles. Si miramos una luz fuerte, sucede el efecto contrario. El cerebro baja el volumen de la señal para no deslumbrarnos.

Este mecanismo biológico es el que nos permite adaptarnos y ver perfectamente en condiciones muy distintas. El problema es que las inteligencias artificiales modernas, buscando ser más rápidas y precisas, han dejado de lado esta inspiración biológica.

La inteligencia artificial en el simulador de conducción

En nuestro estudio, tomamos algunas de las inteligencias artificiales más utilizadas para procesar imágenes y le añadimos capas para simular este mecanismo del cerebro. Básicamente, les obligamos a que sus neuronas se comunicaran y ajustaran al entorno. Exactamente igual que hace nuestro cerebro.

Queríamos comprobar si esta imitación biológica hacía los coches más seguros. Para ello, sometimos tanto a la inteligencia artificial estándar como a nuestra modificación inspirada en el cerebro a distintas pruebas. Utilizamos bases de datos de conducción real en ciudades europeas, imágenes de conducción nocturna en Suiza y distintos simuladores de conducción virtual. De esta manera, pudimos comparar cómo respondían ante diferentes niveles de niebla, oscuridad y variaciones de luz.

Una respuesta más robusta y predecible

Los resultados demostraron que imitar a la biología y nuestro cerebro funciona. Tras su entrenamiento, las dos inteligencias artificiales conducían de forma perfecta. Pero, al introducir la niebla y la oscuridad, el sistema tradicional comenzó a fallar. Incluso perdió la capacidad de distinguir los coches de la carretera o de los edificios.

Por el contrario, la IA equipada con el mecanismo inspirado en el cerebro demostró una gran robustez. Incluso en condiciones de niebla o en plena noche, logró mejoras superiores al 20 % respecto a su contraparte tradicional. Analizamos cómo veía el mundo esta nueva máquina por dentro y comprobamos que hacía exactamente lo que esperábamos. Estaba rescatando y amplificando los detalles de los vehículos ocultos en la niebla que, si no, serían invisibles. Con ellos, su desempeño se volvió más estable frente a los cambios de condiciones meteorológicas.

Aprender de la naturaleza

Como sociedad, confiar el mundo a la inteligencia artificial plantea grandes retos. Por ejemplo, a la hora de garantizar la seguridad de los pasajeros y peatones en los coches autónomos. No es suficiente con que los sistemas inteligentes funcionen en condiciones ideales. Necesitamos que sean totalmente seguros en el mundo real y aseguren la vida de los peatones y conductores en cualquier clima.

Nuestra investigación demuestra que la clave para hacer una inteligencia artificial más segura, robusta y adaptable puede estar más cerca de lo que parece. No es necesario utilizar ordenadores más potentes o muchos más datos. A veces, basta con mirar a los millones de años de evolución que han dado forma a nuestro cerebro.

En muchos casos, la naturaleza ya ha resuelto algunos de los problemas a los que hoy se enfrenta la inteligencia artificial hoy en día. Solo tenemos que aprender de ella.

The Conversation

Pablo Hernández Cámara recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

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¿Por qué azul significa ‘triste’ en inglés, pero ‘borracho’ en alemán? Colores, metáforas e idiomas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Olga Koreneva Antonova, Ayudante doctora, Facultad de Traducción/Interpretación, Área de Filología alemana, Universidad Pablo de Olavide

Pixel-Shot/Shutterstock

“Para gustos, colores”, dice un refrán español. Pero aunque “sobre gustos no hay nada escrito”, todos decimos a veces que nos hemos quedado “en blanco”, que cierta persona es una “oveja negra” y otra se puso “colorada”. Alguien que va “de punta en blanco” en España “alucinaría en colores” al saber que una expresión parecida en italiano –di punto in bianco– significa otra cosa totalmente distinta: “de repente”.

¿Por qué usamos colores cuando queremos expresar nuestras emociones? Según los lingüistas, recurrimos al lenguaje metafórico para expresar y definir el mundo que nos rodea y nuestro mundo interior. En este segundo caso, y dado que nuestros estados anímicos y emociones son intangibles o abstractos y difíciles de explicar, a menudo los expresamos a través de otros conceptos e ideas –apariencias externas más evidentes y que podemos percibir con los sentidos (como la vista)–. Por eso usamos los colores para transmitir mejor cómo nos sentimos por dentro.

Amarillo: locos, cobardes y falsos

Mientras que en Rumanía cuando uno tiene miedo se pone blanco como la pared (s-a făcut alb ca varul), un inglés se acobarda poniéndose amarillo (to be yellow), al igual que un hablante de farsi o persa (ز ترس زرد کرده بود).

El mismo color presume adquirir un alemán envidioso (gelb von Neid sein), mientras que un árabe habla de una sonrisa amarilla (سامة صفراء) cuando ve una sonrisa falsa, igual que un brasileño (sorriso amarelo). En cambio, el minuto amarillo para un croata es un momento de locura: žuta minuta.




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Azul: triste, hambriento o borracho

Mientras que los angloparlantes confiesan estar tristes o azules (to be blue), un catalán hambriento diría estar blau de fam. Para un alemán, estar de ese color significa estar bebido (blau sein) y hacer azul (blau machen) es hacer “pellas” o faltar a clase.

Un noruego pregunta a un turista perdido: er du blå? (¿eres “azul” o nuevo por aquí?); y un japonés también utiliza esta metáfora para alguien inexperto: 隣の芝生は青く見える. Pero si un turco da cuentas azules (mavi boncuk dağıtmak) es porque quiere complacer a alguien, todo lo contrario al francés que, cuando tiene mucho miedo, puede que diga avoir une peur bleue (“tener miedo azul”).

Rojos de vergüenza, ira o envidia

Damos en el blanco si afirmamos que cada cultura y lengua utiliza los colores de forma diferente y le da un valor distinto. Así, mientras que los rumanos se enfadan poniéndose negros (negru de supărare), un alemán ve rojo (rot sehen), al igual que un portugués (ficar vermelho de raiva, “rojo de rabia”).

Un tailandés se pondría colorado de vergüenza (หน้าแดง, “cara roja”), igual que un turco “yüzü kızarmak”, un polaco (czerwony jak burak , “rojo como una remolacha”) o un griego ruborizado (kokkinizo). A un chino, en cambio, se le ponen los ojos rojos de envidia: 红眼病.




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Todos esas expresiones que incluyen el color rojo coinciden con los usos en español (idioma en el que se puede estar rojo de ira pero también de vergüenza). Sin embargo, en ruso, una mujer roja (красна девица) no transmite enfado o timidez. Significa algo positivo: mujer guapa, ya que el color rojo es el que se vestía en los días festivos y se asociaba con la belleza. Igualmente, en China y la India ese color se reserva a la ceremonia nupcial para la novia.

El rosa tiene connotaciones positivas en turco (pembe hayaller son “sueños rosas”, sueños bonitos), igual que en hebreo se dice לראות את החיים בורוד, “ver algo de color de rosa”. O sea, como en español: verlo de manera positiva.

Verdes de envidia, inmadurez o miedo

Si un alemán asocia el color verde con las emociones gratificantes (alles im grünen Bereich, todo está en verde o controlado) y un bosnio tiene suerte llegando a las ramas verdes (izaći/doći na zelenu granu), un ruso lo pasa mal poniéndose verde de envidia (позеленеть от зависти), al igual que un brasileño (ficar verde de inveja) o un lituano (pažaliuoti iš pavydo).

Tampoco dirá muchos piropos un español si “pone verde” a alguien, y alguien verde (להיות ירוק) para un israelí es alguien ingenuo e inexperto, igual que para un polaco (nie mieć zielonego pojęcia, “no tener ni una verde idea”).

Estar verde (ਉਹ ਬਹੁਤ ਲਾਲਚੀ ਬੰਦਾ ਹੈ।) significa ser avaro en punjabi; en siamés (Tailandia), “หน้าเขียว” (“cara verde”) existe como metáfora para estar asustado. Un indio celoso (हरा होना, “verde” en hindi) sufriría en China porque tendría que llevar un sombrero verde de cornudo (戴绿帽,乌龟壳).

Podemos ponernos morados de tantos ejemplos metafóricos variopintos: el ser humano se parece más a un camaleón de lo que pensamos.

Entre tanta variedad cromática, un búlgaro se aburre teniendo un día gris (cивото ежедневие) y un croata ve en este tono un poder escondido (“eminencia gris”, siva eminencija): una persona en la sombra que sabe más que un ratón colorado y no es ningún pardillo (pardo, según la RAE, es un color tierra o marronáceo).

Un ejemplo brillante es el color blanco, que suele asociarse con algo limpio, inmaculado y puro. Así la palabra Bielorrusia (Белоруссия) significa “Rusia blanca” en el sentido de auténtica o pura. De blanco se viste en los funerales en China y la India, mientras que el negro simboliza el luto en culturas europeas.

Colores y evolución de los idiomas

Aristóteles postuló que los colores se derivaban de cuatro pilares básicos de la naturaleza: fuego, agua, cielo y tierra. Pero no todos los idiomas distinguen la misma cantidad de colores. Los integrantes de la tribu de los dani (Papúa Nueva Guinea), por ejemplo, se contentan con tan sólo dos: oscuro y claro.

¿Cómo es esto posible? Algunos estudios han demostrado que la variedad de los colores evoluciona de manera paralela a la evolución lingüística: cuando un idioma tiene un vocabulario reducido siempre existen el blanco y el negro, y a medida que se amplía la nomenclatura cromática, van introduciéndose, por este orden, el rojo, el verde o el amarillo, el azul, el marrón, el morado, el naranja, el gris o el rosa. Estos hallazgos apuntan a una base universal biológica y cognitiva en la percepción del color.

En el mundo de la publicidad, nuestra debilidad por los colores se aprovecha en estrategias de marketing ofreciéndonos, por ejemplo, ropa en tonalidades cada vez más exóticos. Para gustos, colores, pero si se decide por un jersey de color “camello”, compruebe antes que no hay ya en su armario otro de color “arena”.

Y colorín colorado…

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Olga Koreneva Antonova no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Los facsímiles protegen la memoria arqueológica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Ávila Rodríguez, PDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Estos visitantes no están realmente en la cueva de Lascaux sino en su facsímil: Lascaux II. Elya/Wikimedia Commons, CC BY-SA

El desarrollo de tecnologías aplicadas al patrimonio ha transformado la manera en que conservamos, estudiamos y mostramos los restos del pasado. Gracias a ellas, hoy es posible hacer copias de piezas con precisión milimétrica. Y, lo más importante, sin necesidad de tocar el original.

Por este motivo, en museos o yacimientos arqueológicos a veces lo que estamos contemplando no tiene siglos de antigüedad: es un facsímil, una herramienta clave para proteger el patrimonio.

¿Qué es un facsímil?

Las piezas patrimoniales de cualquier índole (pintura, escultura, manuscritos, tumbas…) tienen un valor más allá del material. Son tesoros que hay que comprender desde su importancia espiritual, cultural e histórica. Durante siglos, las copias de las obras artísticas y arqueológicas se realizaron manualmente, con mediciones y moldes. Estos métodos requerían el contacto directo con la pieza y podían causar daños irreparables.

Las tecnologías 3D han cambiado radicalmente esta situación. Hoy es posible registrar la forma y la superficie de un objeto mediante escáneres láser o fotografías de alta resolución y generar un modelo digital tridimensional. Ese modelo puede analizarse, almacenarse y, si es necesario, materializarse mediante impresión 3D u otros sistemas de fabricación.

Imagen de una estatua de la Virgen en su versión original y su copia.
La Virgen del acueducto de Segovia (original y facsímil).
3D STOA

El facsímil es así una reproducción extremadamente fiel de un objeto. Su objetivo no es sustituir el original, sino protegerlo, permitir su estudio o su difusión sin ponerlo en riesgo. En este sentido, los facsímiles cumplen una función esencial: registrar el patrimonio.

Cuando la réplica protege el original

Uno de los usos más frecuentes de los facsímiles es evitar el traslado de las piezas extremadamente valiosas o delicadas.

Así sucede, por ejemplo, con la Dama de Elche. Para que no sea necesario mover el original, que forma parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico Nacional, se creó una réplica que permite mostrar la obra en otros espacios sin asumir riesgos de transporte.

Algo similar ocurre con algunos espacios arqueológicos en los que el flujo constante de visitantes puede poner en peligro su conservación. Para preservar los originales se han creado replicas exactas de ellos. Es el caso de las cuevas prehistóricas de Altamira, Ekain o Lascaux, cuyas réplicas permiten experimentar el espacio sin alterar las condiciones ambientales fundamentales para la preservación de sus pinturas rupestres.

También sucede esto con la Tumba de Tutankamón, en el Valle de los Reyes (Egipto), que puede visitarse muy cerca de la auténtica. Aunque es posible acceder a la cámara funeraria decorada original, y la momia de Tutankamón sigue allí (en una urna climatizada), el espacio es pequeño y el tiempo de visita breve por los controles de humedad y CO₂. Por ello, visitar el facsímil hace que el asistente pueda recrearse en los detalles sin perjudicar la conservación del habitáculo.

Facsímil de la tumba de Tutankamón.

Un recurso para la investigación y la educación

Además de permitirnos proteger piezas o espacios singulares, los facsímiles amplían las posibilidades de investigación y divulgación. Los modelos 3D permiten estudiar objetos frágiles sin manipularlos físicamente y compartirlos con científicos de todo el mundo. Pero también pueden utilizarse en contextos educativos donde el contacto directo con el original sería impensable.

Un ejemplo interesante es la reproducción en 3D del cráneo del homínido Homo naledi que se encuentra en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. El fósil original es extremadamente delicado, pero su facsímil puede exponerse al público o utilizarse en actividades educativas, algo que diferentes museos han ido implementando para las labores didácticas y de divulgación.

Las réplicas también permiten algo impensable hasta hace pocos años: tocar el patrimonio. En algunos museos, las reproducciones se emplean en programas de accesibilidad para personas con discapacidad visual, que pueden explorar formas y detalles a través del tacto.

En ocasiones las piezas arqueológicas llegan a los museos incompletas o en fragmentos. En estos casos, las tecnologías digitales posibilitan virtualmente reconstruir íntegramente su forma original y crear facsímiles que devuelvan al público una imagen real de la pieza.

Un ejemplo reciente es la recreación del coloso del emperador Constantino, una escultura monumental del siglo IV que hoy solo se conserva en fragmentos.

También pueden ser de gran ayuda cuando las piezas originales son extremadamente pequeñas, como puso de relieve el Museo Arqueológico de Córdoba con la exposición “Lo que el ojo no ve”.

Varios obreros trabajan en la reconstrucción de una escultura colosal de un emperador romano.
La Factum Foundation trabaja en la reconstrucción del Coloso de Constantino, 2022.
Oak Taylor-Smith Factum Foundation –

Un registro para el futuro

En 2025 la UNESCO lanzó el Museo Virtual de Bienes Culturales Robados, cuyo principal objetivo es combatir el tráfico ilícito de piezas arqueológicas, sensibilizar al público y facilitar su recuperación. Creado en colaboración con la INTERPOL, incluye más de 200 ejemplares de museos, templos y yacimientos.

Todos los objetos depositados en museos cuentan con un registro lo más detallado posible (especialmente si son singulares o de gran valor), que incluye una descripción, sus medidas y dibujos o fotografías. En muchos casos esto ha permitido que, aunque se hayan robado piezas muy relevantes a nivel patrimonial, sea posible reconstruirlas de manera virtual mediante el procesamiento de imágenes y, a partir de ahí, trabajar para su modelado en 3D.

Lo ideal, sin embargo, sería que todas fuesen escaneadas en el momento en que son depositadas en el museo. El escaneado en alta resolución crea un documento digital extremadamente preciso que conserva información sobre la forma, textura y estado de conservación de una pieza en un momento concreto. Esto permite monitorizar su deterioro a lo largo del tiempo o incluso reconstruirla si llegara a sufrir daños o sustracción.

Una sala de exposiciones virtual que muestra tres pinturas, bajo el logo de la UNESCO.
Una de las imágenes de la página web del Museo Virtual de Bienes Culturales Robados.
UNESCO

En un contexto global marcado por conflictos, desastres naturales y tráfico ilegal de antigüedades, estos registros digitales pueden convertirse en una herramienta fundamental para preservar la memoria material del pasado. Y, también, en una gran ayuda para que las agencias internacionales dedicadas a la recuperación de patrimonio puedan identificarlas en el mercado.

El reto de la transparencia

Actualmente, en algunos museos encontramos que las reproducciones no están claramente identificadas. Para no generar confusión sobre qué es original y qué no lo es debemos avanzar en protocolos que regulen la producción de facsímiles y cómo se van a presentar al público.

Aunque un facsímil nunca va a sustituir al objeto original, puede convertirse en su mejor aliado para garantizar que el patrimonio llegue intacto a las generaciones futuras. Los bienes culturales son la base de nuestra propia identidad, las raíces que legitiman nuestro mundo, y, por tanto, todas las acciones encaminadas a conservarlos deben ocupar parte de nuestro presente.


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The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los facsímiles protegen la memoria arqueológica – https://theconversation.com/los-facsimiles-protegen-la-memoria-arqueologica-278493

Si la digitalización hace al lujo más visible, accesible e inmediato, ¿lo debilita?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Sanz López, Profesor Ayudante Doctor del Departamento de Administración Financiera y Contabilidad, Universidad Complutense de Madrid

eversummerphoto/Shutterstock

El lujo ya no se define únicamente en boutiques silenciosas ni en talleres artesanales. Hoy también se construye en pantallas, algoritmos y experiencias digitales.

Redes sociales, comercio electrónico e inteligencia artificial están transformando no solo cómo se vende el lujo, sino cómo se entiende. La exclusividad sigue siendo su núcleo, pero su significado está cambiando.

Cuando el lujo vivía de la distancia

Durante décadas, el lujo vivió de mantener las distancias. Su fuerza no estaba solo en lo que se vendía, sino en la dificultad de acceder a ello. La escasez, la artesanía y la exclusividad construían algo más que un producto: un universo simbólico. El sociólogo y economista Thorstein Veblen explicó hace más de un siglo esa lógica del lujo como una forma de “consumo conspicuo”, una manera de exhibir posición social a través de lo que se posee.

Por eso, durante mucho tiempo, internet parecía una amenaza. El entorno digital es abierto, inmediato y masivo. El lujo, en cambio, se ha definido históricamente por lo contrario. Redes sociales, comercio electrónico o inteligencia artificial parecían herramientas demasiado expuestas para un sector que había hecho del control de la imagen y de la distancia su principal capital.




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Las marcas de lujo evitaron estos canales por miedo a perder su aura de exclusividad. Sin embargo, esa resistencia se ha quebrado. Y no porque el lujo haya dejado de creer en la exclusividad, sino porque ha entendido que el deseo ya no se construye igual que antes.

Las conversaciones sobre moda, prestigio y estilo ya no pasan solo por las boutiques, los desfiles o las revistas especializadas. Suceden también en las pantallas. Un ejemplo: el vídeo de lanzamiento del bolso Chanel 25, protagonizado por la actriz australiana Margot Robbie, tuvo en tres semanas casi 8 millones de visualizaciones solo en Instagram.

La exclusividad cambia de lugar

La cuestión es que, con su entrada en el mundo digital, ha cambiado la percepción del lujo. A primera vista podría parecer que se ha diluido su esencia: si se vuelve más visible, más accesible y más inmediato, cabría pensar que la exclusividad se debilita. Pero el lujo no reside meramente en el objeto. También está en el relato, en la experiencia y en el modo en que una marca construye una relación singular con su cliente. Y ahí es precisamente donde la tecnología ha abierto una nueva fase.




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La exclusividad ya no depende de restringir el acceso, sino de ofrecer experiencias personalizadas, recorridos de compra diferenciados y formas nuevas de autenticidad. La inteligencia artificial permite adaptar recomendaciones y atención. El blockchain introduce mecanismos de trazabilidad y verificación. El comercio electrónico no necesariamente banaliza el producto: puede reforzar una compra discreta, informada y cuidadosamente escenificada.

Lo decisivo no es la herramienta, sino el desplazamiento que produce. El lujo no abandona su lógica tradicional de valor simbólico, estatus y diferenciación, lo traslada al entorno digital. La clave ya no es la dificultad de acceso, sino la calidad de la experiencia una vez dentro.

Materialización del cambio

Este movimiento se muestra a través de webs sumamente cuidadas, la incorporación de realidad aumentada o la oferta de probadores virtuales a los clientes. El proceso de digitalización ha llevado a algunas marcas a usar la gamificación como otra forma de interacción con los clientes.

Además, mediante blockchain se han reforzado las comprobaciones de autenticidad e historia de cada pieza. No se trata de experimentos aislados, sino de respuestas a una misma pregunta: ¿cómo seguir siendo deseable en un entorno donde todo circula?

Las marcas también han reforzado la atención al cliente mediante canales directos (WhatsApp, llamadas o asistentes virtuales) o el uso de las plataformas para compartir contenidos de la marca.




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El lujo después de la digitalización

La paradoja final es que el lujo ha tenido que acercarse a las tendencias globales para seguir siendo exclusivo. Aunque el ecosistema digital parecía incompatible con sus códigos, ha encontrado allí nuevas formas de representarse.

La digitalización del lujo no es una moda pasajera: hablamos de un cambio estructural. Las empresas que no integren la tecnología en su estrategia corren el riesgo de quedarse atrás. Pero el éxito no dependerá solo de adoptar herramientas digitales, sino de hacerlo sin perder la esencia que define al lujo.

En este nuevo lujo, ser exclusivo ya no es tanto resultar inaccesible como ser capaz de ofrecer experiencias singulares, reconocibles y deseables en medio de una visibilidad cada vez mayor.

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Francisco José Sanz López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Si la digitalización hace al lujo más visible, accesible e inmediato, ¿lo debilita? – https://theconversation.com/si-la-digitalizacion-hace-al-lujo-mas-visible-accesible-e-inmediato-lo-debilita-278765

Leer textos complejos y escribir a mano: las únicas tecnologías que garantizan el aprendizaje profundo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel Barbas, Profesor del Departamento de Teoría de la Educación y Pedagogía Social, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

La historia de la evolución humana está indisolublemente ligada a la de la tecnología. Cada nueva herramienta facilita o permite alcanzar habilidades nuevas, algo que ayuda a nuestro progreso como especie. Por eso, los avances tecnológicos suelen aterrizar en el ámbito educativo con grandes promesas.

Es el caso de la digitalización: la incorporación de dispositivos, plataformas educativas y recursos interactivos en las aulas impulsó importantes inversiones públicas y reformas en numerosos países.

Tras el entusiasmo inicial, hoy tenemos evidencias de que la incorporación de dispositivos digitales, por sí sola, no garantiza mejoras en el aprendizaje. En cambio, tecnologías antiguas como la lectura en papel o la escritura manual siguen siendo especialmente eficaces para comprender, organizar la información y construir conocimiento.


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El conocimiento necesita estructura

Comprender no consiste solo en acceder a información. Supone poder relacionar datos, situarlos en un contexto, articularlos en una secuencia y darles sentido.

Autores como el psicólogo estadounidense Jerome Bruner, el filósofo francés Paul Ricoeur o el investigador Walter Fisher han señalado que una parte fundamental de nuestra comprensión del mundo se organiza a través de estructuras narrativas.

No entendemos un proceso histórico, un problema científico o un conflicto social mediante datos aislados, sino integrando la información en relatos que explican qué ocurre, por qué y cómo se relacionan los distintos elementos entre sí. Este tipo de comprensión difícilmente puede construirse a partir de fragmentos breves o contenidos discontinuos. Requiere textos que desarrollen ideas, establezcan relaciones y permitan seguir un hilo argumental.

Por qué seguimos leyendo libros

Precisamente por eso la lectura es una práctica cultural que ha acompañado a las sociedades durante siglos. Como recuerda la escritora Irene Vallejo, los libros han sido durante más de dos mil años una de las principales herramientas para conservar, transmitir y elaborar conocimiento.

No es casual que hayan perdurado. Algunas herramientas sobreviven porque están especialmente bien adaptadas a las necesidades humanas, y ese es el caso del libro. Del mismo modo que seguimos utilizando la cuchara, la rueda o el lápiz, la lectura de textos largos sigue siendo una de las formas más eficaces para comprender realidades complejas.




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La escritura responde a una lógica similar. Elaborar un texto propio –y especialmente hacerlo a mano– obliga a organizar las ideas, establecer relaciones y dar forma a un discurso coherente. Más allá de de registrar información, se trata de estructurarla. Y en ese proceso, la comprensión se consolida.

Qué dice la investigación

En cierto sentido, estamos ante una paradoja: cuanto más se ha extendido la tecnología en las aulas, más evidente se ha vuelto la importancia de prácticas como la lectura en papel o la escritura manual.

Un metanálisis ampliamente citado ha mostrado que la comprensión de textos complejos tiende a ser mayor cuando se leen en formato impreso, especialmente cuando la lectura exige atención sostenida.




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Expertos como la psicóloga Maryanne Wolf ha advertido de que la lectura en entornos digitales favorece la fragmentación, lo que dificulta el desarrollo de una lectura profunda capaz de integrar ideas y construir significados.

Algo similar ocurre con la escritura. Diversas investigaciones han mostrado que escribir a mano favorece una elaboración más activa de la información, mientras que el uso del teclado tiende a fomentar la transcripción literal.

El giro de algunos sistemas educativos

En este contexto, algunos de los sistemas educativos que lideraron la digitalización están revisando su rumbo.

El caso de Suecia es uno de los más citados. Tras años de apuesta por los dispositivos digitales, el Gobierno ha impulsado medidas para reforzar el uso de libros impresos y la escritura a mano, en parte como respuesta a la preocupación por la comprensión lectora.

En una línea similar, otros países europeos han introducido restricciones al uso de dispositivos móviles en las aulas o han promovido un uso más limitado de las pantallas en las primeras etapas educativas. En Dinamarca, Finlandia o los Países Bajos, estas medidas se han vinculado a la mejora de la atención, respaldadas por recomendaciones de organismos internacionales como la UNESCO.

En España, distintas comunidades autónomas han introducido restricciones al uso de teléfonos móviles en las aulas. Algunas iniciativas educativas están reforzando prácticas como la lectura en papel o la escritura manual, por ejemplo, a través de la integración de las bibliotecas escolares en los proyectos educativos o de la recuperación de cuadernos y materiales impresos en el aula.

Ni nostalgia ni rechazo: recuperar lo esencial

Lo que está en juego no es una vuelta al pasado ni un rechazo de la tecnología. Las herramientas digitales han ampliado enormemente el acceso a la información y ofrecen posibilidades valiosas. Pero ese avance no elimina la evidencia, cada vez más clara, de que hay prácticas —como leer textos complejos y escribir a mano— que siguen siendo fundamentales. Por eso, más que una marcha atrás, lo que estamos viendo es un ajuste.

En un contexto educativo cada vez más marcado por la digitalización, el desafío no parece ser elegir entre pantallas o papel, sino reconocer que no todas las formas de conocimiento se construyen igual, y que algunas siguen necesitando –quizás ahora más que nunca– tiempo, continuidad y atención sostenida en la lectura y la escritura.

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Ángel Barbas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Así mostramos con luz ultravioleta que nos lavamos las manos peor de lo que creemos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marina Gómez de Quero Córdoba, Profesora Lectora en Grado en Enfermería, Universitat Rovira i Virgili

solarseven/Shutterstock

En los hospitales y otros entornos asistenciales persiste un problema básico que sigue provocando miles de infecciones cada año: una higiene de manos insuficiente. Lavarse las manos parece un gesto simple y cotidiano, pero continúa siendo uno de los puntos débiles en la prevención de las infecciones nosocomiales –aquellas adquiridas en centros sanitarios–. Con el objetivo de concienciar sobre este problema cada 5 de mayo se celebra el Día Mundial de la Higiene de Manos.

Sabemos que las manos actúan como vehículo directo de transmisión de microorganismos entre pacientes, superficies y procedimientos clínicos. Es algo conocido desde al menos el siglo XIX, cuando el médico de origen alemán Ignaz Semmelweis descubrió la importancia de que los obstetras desinfectaran adecuadamente sus manos. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que hoy seguimos lavándonolas incorrectamente.

Ver el error para comprender el riesgo

Un reciente estudio que hemos realizado un equipo de enfermeras evaluó una estrategia pedagógica innovadora. Esta se basaba en el uso de luz ultravioleta para visualizar, en tiempo real, las zonas de la mano que no se limpian correctamente durante la higiene con solución hidroalcohólica.

Para ello se utilizó un dispositivo portátil de irradiación ultravioleta que permite introducir ambas manos y observar de forma inmediata las áreas correctamente desinfectadas y aquellas que permanecen contaminadas. Bajo esta luz, lo que normalmente es invisible se vuelve evidente: los errores en la técnica de lavado aparecen ante los propios ojos.

Dispositivo portátil utilizado para observar la desinfección de las manos.

Un aspecto relevante de esta investigación es que el dispositivo utilizado no procede de la industria tecnológica. Fue diseñado, construido y patentado por las cuatro enfermeras autoras del citado trabajo a partir de la experiencia directa en la práctica clínica. Así pudimos detectar una necesidad clara: los métodos tradicionales de enseñanza no lograban que el alumnado interiorizara la importancia real de la higiene de manos.

Las zonas que más olvidamos lavar

Los resultados del estudio mostraron que incluso personas con formación sanitaria previa dejaban sin limpiar zonas clave de la mano. Las áreas más frecuentemente descuidadas fueron: las yemas de los dedos, el centro de la palma y los pulgares.

Lo novedoso de este estudio es que gracias a la simulación en el aula los propios estudiantes detectan sus errores e integran el aprendizaje. Así estarán más concienciados en su futuro laboral del gran problema de esta higiene de manos a la hora de atender pacientes.

Tras visualizar sus propios errores y repetir el lavado, los estudiantes dedicaron más tiempo al procedimiento y consiguieron aumentar significativamente la superficie limpia. Como resultado pasaron de una mediana del 61 % al 70 %. Además, el porcentaje de participantes que alcanzó una higiene adecuada (≥70 % de superficie limpia) casi se duplicó.

Concienciación: el verdadero cambio de comportamiento

Más allá de los datos cuantitativos, el estudio exploró la experiencia subjetiva de los estudiantes. La mayoría coincidió en un punto clave: creían que se lavaban bien las manos correctamente, hasta que vieron que no era así gracias a la luz ultravioleta.

La visualización directa del error generó un impacto emocional y cognitivo profundo. Los participantes describieron una mayor conciencia del riesgo que supone una higiene deficiente y una mejor comprensión del papel de sus propias manos como vector de transmisión de infecciones nosocomiales.

Este aspecto es crucial. La higiene de manos no falla por desconocimiento teórico, sino por una falsa sensación de seguridad.

Una herramienta sencilla con un gran impacto

Las infecciones nosocomiales siguen siendo un problema de salud pública de primer orden; muchas de ellas causan daño en los pacientes pese a ser prevenibles. La correcta higiene de manos continúa siendo la medida más eficaz, económica y sencilla para reducirlas.

El uso de herramientas visuales como la luz ultravioleta mejora la técnica y conciencia del error. Ver cómo una zona aparentemente limpia permanece contaminada bajo la luz ultravioleta cambia la forma en que se entiende el cuidado sanitario.

Este tipo de intervenciones educativas tiene un potencial de aplicación mucho más amplio. La lista incluye hospitales, centros sociosanitarios e incluso otros entornos comedores escolares y de la industria alimentaria. Invertir en concienciación es una estrategia directa de prevención.

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Marina Gómez de Quero Córdoba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Así mostramos con luz ultravioleta que nos lavamos las manos peor de lo que creemos – https://theconversation.com/asi-mostramos-con-luz-ultravioleta-que-nos-lavamos-las-manos-peor-de-lo-que-creemos-276028

El parásito de la leishmaniasis aprendió a burlar a la medicina, pero estamos creando armas para vencerlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Martín Escolano, Investigador predoctoral (PFIS) en Instituto de Biomedicina de Sevilla, Universidad de Sevilla

Si tiene perro, es muy probable que la palabra Leishmania le produzca un escalofrío. Cada año, miles de dueños vacunan o ponen collares a sus mascotas para protegerlas de la picadura del flebótomo, un insecto parecido a un mosquito diminuto que transmite ese parásito causante de la leishmaniasis.

Pero no es solo un problema veterinario. Nos enfrentamos a una de las enfermedades tropicales desatendidas más importantes del mundo: afecta a más de 12 millones de personas y pone en riesgo a 1 000 millones más en casi cien países. En humanos, puede causar úlceras en la piel y en órganos internos, resultando mortal si no se trata.

A pesar de esta amenaza global, los médicos se enfrentan a un problema frustrante: los medicamentos que usamos llevan décadas anticuados, son muy tóxicos y, cada vez más, fracasan. Los pacientes a menudo sufren recaídas meses o años después de un tratamiento que parecía exitoso. ¿Por qué no logramos curar definitivamente la leshmeniasis? La respuesta es clara: durante un siglo, hemos subestimado la asombrosa inteligencia biológica de este parásito.

Leishmania es un parásito que utiliza diferentes estrategias para ocultarse en nuestro cuerpo y resistir tanto a nuestro sistema inmune como a la medicina tradicional.
Elaborado por los autores

El insecto no es un simple “taxi”

Hasta hace poco, pensábamos que el insecto que transmite la enfermedad era un mero medio de transporte. Hoy sabemos que su interior es un auténtico laboratorio evolutivo.

Para empezar, se ha descubierto que dentro de los fletóbomos los parásitos intercambian material genético entre sí. Tienen una especie de “reproducción sexual” que les permite mezclar sus genes y crear superparásitos híbridos, capaces de resistir a múltiples medicamentos a la vez.

Además, cuando el insecto nos pica, no se limita a inyectar a Leishmania: su saliva contiene un potente cóctel de sustancias químicas que actúan como un anestésico para nuestras defensas. Al mismo tiempo, el parásito libera pequeñas “cápsulas” llenas de toxinas que penetran en nuestras células antes que él, con el fin de boicotear las resistencias. Es un ataque coordinado perfecto.

Un maestro del disfraz y el escondite

Una vez dentro de nuestro cuerpo, Leishmania despliega tácticas dignas de una película de espías.

Cuando detectamos una infección, rápidamente llegan los neutrófilos, unas células inmunitarias que actúan como fuerzas de choque. En lugar de huir, el parásito se deja devorar por ellos. Pero no muere: utiliza al neutrófilo como un “caballo de Troya”. Escondido en su interior, viaja de forma indetectable hasta llegar a los macrófagos, las células inmunitarias donde realmente quiere vivir y multiplicarse.

Y aquí no acaba su capacidad de camuflaje. Tradicionalmente se creía que el parásito solo vivía en esas células de nuestras defensas. Hoy sabemos que es capaz de invadir células de la grasa (adipocitos) o de la piel (fibroblastos). Estos lugares actúan como auténticos “búnkeres” donde los medicamentos no logran penetrar en cantidad suficiente, permitiendo al parásito vivir escondido durante años.

La táctica de “hacerse el muerto”

Aunque probablemente lo más fascinante para explicar por qué fallan los tratamientos es la existencia de parásitos “durmientes”.

La mayoría de los antibióticos y fármacos están diseñados para destruir células que están activas y multiplicándose. Leishmania lo sabe. Por eso, una parte de los parásitos entra en un estado de hibernación profunda: detienen su metabolismo casi por completo y, simplemente, esperan. Como no están activos, la quimioterapia pasa de largo sin hacerles daño. Cuando el paciente termina el tratamiento, estos parásitos despiertan y vuelven a atacar, provocando las temidas recaídas.

La estrategia de ‘One Health’

Entender todo esto cambia por completo las reglas del juego. Ya no basta con matar al parásito en una placa de laboratorio: necesitamos estrategias mucho más sofisticadas.

Una de las claves de futuro es la estrategia One Health (Una Salud), que entiende que la salud humana, animal y de ecosistema están conectadas. En lugares como el sur de Europa, los perros son el principal reservorio doméstico de la enfermedad. Desarrollar vacunas veterinarias que no solo protejan al perro, sino que también bloqueen la capacidad del parásito para reproducirse en el insecto que lo pica, es fundamental para cortar de raíz la transmisión de la infección a humanos.

Armas del futuro: nanotecnología y calor

En el caso de las personas, la ciencia está diseñando nuevas armas. Si el parásito se esconde en búnkeres de grasa, la solución pasa por la nanomedicina. Es decir, se trata de crear nanopartículas microscópicas que actúen como misiles teledirigidos, capaces de llevar el fármaco exactamente al escondite del parásito.

Para formas de la enfermedad cutáneas, se están probando terapias físicas sorprendentes. Dado que Leishmania es muy sensible a los cambios de temperatura, el uso controlado de calor o frío extremo sobre las úlceras está logrando curaciones espectaculares sin necesidad de someter al paciente a fármacos tóxicos.

Leishmania ha demostrado que es un superviviente, capaz de manipular a insectos, a perros y a nuestro sistema inmunológico. Sin embargo, al desentrañar por fin sus trucos de magia, la ciencia está lista para arrinconarlo. El camino hacia una cura definitiva pasa, inevitablemente, por conocer a nuestro enemigo mejor de lo que se conoce a sí mismo.

The Conversation

Clotilde Marín Sánchez recibe fondos de Universidad de Granada, Proyectos de Cooperación Universitaria al Desarrollo del Plan Propio de Cooperación (CICODE).

Rubén Martín Escolano recibe fondos de la Comunidad de Madrid (2023-T1/SAL-GL28980), del Instituto de Salud Carlos III (PI24CIII/00003), y de la Agencia Estatal de Investigación (PID2024-157358OB-C21), de las cuales recibe financiación para llevar a cabo sus proyectos de investigación.

Javier Martín Escolano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El parásito de la leishmaniasis aprendió a burlar a la medicina, pero estamos creando armas para vencerlo – https://theconversation.com/el-parasito-de-la-leishmaniasis-aprendio-a-burlar-a-la-medicina-pero-estamos-creando-armas-para-vencerlo-280496

Que nous disent les anciennes voitures du métro de Montréal sur ce que la métropole est devenue ?

Source: The Conversation – in French – By Guillaume Ethier, Professeur en théories de la ville, rapports espace-société, Université du Québec à Montréal (UQAM)

En 60 ans, le métro de Montréal est passé de symbole de la modernité à patrimoine du quotidien. Que révèle notre attachement à ses voitures bleues quant à notre vision de la ville ?


Le 26 décembre 1966, le métro de Montréal entrait dans l’histoire. Quelques mois seulement après son inauguration, et suivant des années de controverses quant à son utilité pour une ville de cette taille, la métropole était paralysée ce jour-là par une importante tempête de neige qui allait révéler tout l’intérêt d’un réseau de transport entièrement souterrain.

Le lendemain, la tempête fait les manchettes, et le Devoir indique en frontispice : « […] il semble que le métro ait connu un surcroît de popularité au cours de la fin de semaine : il fait toujours presque chaud sous terre ! »

Ainsi allait entrer dans l’imaginaire montréalais l’idée qu’il s’agit d’un moyen de transport fiable, moderne, indépendant des tractations de la vie urbaine en surface, et reliant – sans qu’un manteau soit nécessaire – le bureau, les magasins, les divers lieux de divertissement et la maison.


Cet article fait partie de notre série Nos villes d’hier à demain. Le tissu urbain connaît de multiples mutations, avec chacune ses implications culturelles, économiques, sociales et – tout particulièrement en cette année électorale – politiques. Pour éclairer ces divers enjeux, La Conversation invite les chercheuses et chercheurs à aborder l’actualité de nos villes.

Le métro de Montréal aujourd’hui

Le temps a depuis fait son œuvre, et la modernité, cette conception de la ville – née en Europe dans les années 1920 – selon laquelle il faut faire table rase du passé et rationaliser le fonctionnement urbain par la construction de grands projets (tours à logements, autoroutes, parcs industriels, métros, etc.), s’est considérablement essouflée.

Des projets structurants continuent bien sûr d’être érigés, mais jamais de manière aussi unilatérale, et sans tenir compte des réalités locales, comme à l’apogée du modernisme. Mise en branle à Montréal au lendemain de la Deuxième Guerre mondiale, cette idéologie mène notamment à la construction de l’autoroute Ville-Marie et à l’ancienne tour de Radio-Canada, et par conséquent à la destruction du tissu urbain traditionnel pour cause prétendue d’insalubrité.




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Malgré les revers des années 1960, le métro reste une composante importante de l’imaginaire patrimonial de Montréal, et semble ainsi conserver une cote d’amour que peu de projets urbanistiques modernes possèdent. Depuis le retrait des voitures originales MR-63 en 2018, le programme de requalification des voitures mis en place par la Société de Transport de Montréal a permis de sauver plusieurs de ces artéfacts patrimoniaux à travers, notamment, l’œuvre « Seuils » de Michel de Broin, et le projet de pavillon de MR-63. Cette démarche a d’ailleurs montré tout l’intérêt de ces équipements obsolètes pour réfléchir à notre propre rapport au progrès.

De fait, leur réutilisation a soulevé une question qui restait, jusqu’à présent, largement inexplorée en recherche : que pensent les Montréalais et Montréalaises du métro et de ses voitures bleues ? Une étude que nous avons réalisée en partenariat avec l’organisme MR-63, qui compte recycler des voitures de métro dans l’architecture d’un nouveau pavillon culturel à Griffintown, nous a permis de nous interroger sur le rapport complexe que les citoyens entretiennent avec cette icône de la métropole.

Voici quatre constats tirés de cette étude basée sur une recherche en archives (articles de journaux, romans, chansons, guides touristiques, etc.), des entretiens de groupe et un sondage.

Un symbole de l’Âge d’or de la ville, bémols compris

Nos entretiens de groupe montrent que le métro de Montréal est perçu comme un symbole des années 1960 qui porte encore ses valeurs originales (ouverture sur le monde, optimisme) malgré un certain désenchantement par rapport à la foi dans le progrès caractéristique de cet Âge d’or de Montréal.

Rappelons à cet effet que sa construction a coïncidé avec la tenue de l’exposition universelle de 1967, une étape cruciale dans la modernisation de la ville. Les entrevues ont ainsi révélé son association à une certaine nostalgie qui résonne avec la vie intime des gens, leurs souvenirs de jeunesse liés au métro et leur amour pour Montréal.




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Or, cette nostalgie pour une époque de choix audacieux n’est pas naïve : elle s’accompagne d’un regard critique sur les affres d’un développement urbain tous azimuts qui n’a pas donné que de bons coups, comme la multiplication des autoroutes métropolitaines qui date pourtant de la même époque. D’ailleurs, un mégaprojet de l’ampleur du métro de Montréal des années 1960 ne pourrait tout simplement pas être reproduit à notre époque. Le métro est à cet égard perçu comme un symbole d’optimisme, une réussite de l’époque des grands projets.


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Un trait d’union de la vie quotidienne

Peu d’artéfacts patrimoniaux sont autant intégrés à la vie de tous les jours que le métro de Montréal. Ce rôle central peut expliquer la place qu’il occupe dans la culture pour exprimer la quotidienneté, comme dans la chanson Tous les palmiers de Beau dommage, où le métro Beaubien devient la destination finale au terme d’un long voyage.

Le métro occupe donc une place privilégiée pour de nombreux Montréalais et visiteurs en connectant entre eux les différents pôles du tissu urbain : santé, éducation, affaires, commerce, culture et milieux de vie. « C’est ce qui connecte les gens », indique une participante aux groupes de discussion.

Il existe toutefois un côté plus sombre à l’image du métro. Dans de nombreuses œuvres littéraires, le métro évoque la monotonie de la vie moderne, un sentiment relayé par de nombreux Montréalais interviewés, et pour qui l’expérience du métro n’est qu’un intermède entre deux destinations. La mise en valeur des anciennes voitures MR-63, comme dans l’œuvre Seuils de l’artiste québécois Michel de Broin, où il est possible de traverser une série de portes du métro, rappelle bien qu’il s’agit d’un passage obligé de la vie montréalaise, et ce, que ce moment soit apprécié ou non.


Un patrimoine vécu à travers les cinq sens

Les participants aux groupes de discussion associent fortement le métro à un paysage sensoriel fait de sonorités (les trois notes de l’indicatif sonore), d’odeurs (les freins en bois de merisier recouverts d’huile d’arachide), de sensations kinesthésiques (le roulement sur pneumatique) et d’images (le logo du métro) auxquelles les Montréalais et Montréalaises sont attachés.




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Le métro est également décrit comme une expérience, une séquence d’ambiances, plutôt que comme un objet pensé comme un tout univoque. L’impression qu’en ont ses usagers est donc contrastée, même pour une seule personne.

Un espace véritablement « public »

Le métro de Montréal n’échappe pas aux problèmes d’insécurité qui affligent les métros de toutes les métropoles, avec notamment une hausse de 15 % des agressions recensées entre 2023 et 2025.

L’itinérance, l’insalubrité et l’insécurité sont par exemple des thèmes associés à l’image actuelle du métro dans notre sondage en ligne. En groupes de discussion, ces divers problèmes tendent cependant à être nuancés en comparaison avec d’autres métros.

Le métro de Montréal est par ailleurs pensé comme un espace public possédant des attributs matériels pouvant susciter des interactions sociales positives. L’aménagement des véhicules est décrit par plusieurs participants aux groupes de discussion comme des « salons » dans lesquels les interactions sociales peuvent survenir. Divers points de rencontre dans le réseau du métro (comme la pastille à Berri-UQAM) font aussi partie de l’imaginaire de Montréal, sans oublier l’unicité architecturale de chaque station qui en fait des points de repère dans les quartiers qu’ils desservent.

Ce que nous enseigne la voiture MR-63

L’amour des Montréalais et des Montréalaises pour leur métro est donc une affaire complexe, faite de sensations physiques, de souvenirs et d’avis divers. Les anciennes voitures requalifiées rappellent cet imaginaire, mais offrent de plus un pas de recul intéressant par rapport au chemin parcouru depuis 60 ans : ces équipements obsolètes nous renvoient en effet l’image d’une époque où des choix ambitieux ont eu à la fois des effets destructeurs et des bienfaits durables, comme le métro.

Cette distance critique par rapport au passé n’est pas sans rappeler les durs choix collectifs qui restent à faire pour adapter la ville aux changements climatiques, mais tout en s’assurant de protéger ce qui existe déjà et qui mérite d’être conservé. La voiture MR-63, maintenant retraitée, a peut-être plus que jamais des enseignements à nous prodiguer.

La Conversation Canada

Guillaume Ethier a reçu un financement du Fonds de recherche du Québec – Société et culture (FRQSC) pour réaliser cette recherche partenariale avec l’organisme MR-63, nommé dans cet article.

Alicia Fortin-St-Gelais a reçu un financement du Fonds de recherche du Québec – Société et culture (FRQSC) pour réaliser cette recherche partenariale avec l’organisme MR-63, nommé dans cet article.

ref. Que nous disent les anciennes voitures du métro de Montréal sur ce que la métropole est devenue ? – https://theconversation.com/que-nous-disent-les-anciennes-voitures-du-metro-de-montreal-sur-ce-que-la-metropole-est-devenue-279042