Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sofía Blanco Moreno, Profesor ayudante doctor, Área de Comercialización e Investigación de Mercados, Universidad de León
Pasamos varias horas al día expuestos a contenido de marca: publicaciones en Instagram, historias, vídeos, blogs o newsletters que nos acompañan mientras descansamos, buscamos inspiración o simplemente hacemos scroll. Pero ¿qué efecto tiene realmente todo ese contenido en nuestro bienestar? ¿Nos hace sentir mejor o solo nos empuja a consumir más?
Un grupo de investigadoras de la Universidad de León nos planteamos una pregunta poco habitual en marketing: ¿puede el contenido que publican las marcas contribuir a la felicidad de las personas, en particular de las mujeres? La respuesta no es tan simple como un “Sí” o un “No”, pero los resultados muestran algo claro: el marketing no solo influye en lo que compramos, sino también en cómo nos sentimos y en cómo nos relacionamos con las marcas y con nuestro entorno.
Dos formas de felicidad: sentir placer y encontrar sentido
Cuando hablamos de felicidad solemos pensar en emociones positivas inmediatas: disfrutar, pasarlo bien, sentir alegría. Esta es la llamada felicidad hedónica, ligada al placer, al entretenimiento y a las emociones agradables del momento.
Pero existe otra forma de bienestar menos visible y más profunda: la felicidad eudaimónica, relacionada con el sentido de la vida, el crecimiento personal, los valores y la sensación de estar haciendo “lo correcto” o de pertenecer a algo significativo.
Ambas dimensiones forman parte del bienestar humano, pero no funcionan igual ni producen los mismos efectos. Y aquí es donde entra en juego el contenido que crean las marcas.
Qué tipo de contenido nos hace sentir bien y por qué
El estudio, basado en una encuesta a mujeres consumidoras, analiza cómo el contenido de marcas –especialmente marcas locales– influye en estas dos formas de felicidad.
Por un lado, el contenido hedónico es aquel que entretiene, emociona o genera disfrute: imágenes atractivas, historias cercanas, experiencias agradables de compra, mensajes que transmiten cercanía o diversión. Este tipo de contenido hace que “nos apetezca” una marca, que nos resulte atractiva, que nos genere deseo.
Por otro lado, el contenido eudaimónico apela a valores más profundos: apoyar el comercio local, sentirse orgullosa de consumir productos de proximidad, identificarse con la historia de una marca, percibir que ese consumo encaja con la propia identidad y forma de vivir. Este contenido no solo gusta sino que inspira, compromete y moviliza.
La clave está en que cada tipo de felicidad activa comportamientos distintos.
El contenido de marca no solo informa o entretiene: también influye en el bienestar emocional y en las acciones reales de consumo. Fuente: elaboración propia
Desear no es lo mismo que actuar
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es la diferencia entre desear una marca y actuar en consecuencia. Aunque solemos pensar que ambas cosas van de la mano, no siempre es así.
La felicidad hedónica –el disfrute, la emoción positiva– está más relacionada con el deseo: “Me gusta esta marca, me apetece, me atrae”. Es el tipo de bienestar que nos hace seguir una cuenta en redes sociales o sentir simpatía por una marca.
Sin embargo, la felicidad eudaimónica –el sentido, los valores compartidos– es la que impulsa a la acción: visitar una tienda, comprar de forma recurrente, recomendar el negocio, implicarse con la marca. Es lo que transforma el interés en compromiso.
Dicho de otro modo: el placer despierta el deseo, pero el sentido impulsa la acción.
El papel de las marcas locales y el orgullo de lo cercano
Este efecto es especialmente relevante en el caso de las marcas locales. Frente a las grandes marcas globales, los negocios de proximidad suelen conectar más fácilmente con valores como la identidad, la comunidad o el apoyo al entorno cercano.
Para muchas mujeres, consumir marcas locales no es solo una decisión económica, sino también emocional y ética: sentirse parte de una comunidad, apoyar el desarrollo local o reforzar un estilo de vida alineado con sus valores personales.
Cuando el contenido de estas marcas transmite inspiración, orgullo o sentido de pertenencia, no solo mejora la percepción de la marca, sino que también contribuye al bienestar de las consumidoras.
El consumo local no es solo una decisión económica: también tiene un impacto emocional y social en el bienestar de las consumidoras. Fuente: elaboración propia
‘Marketing’, bienestar y perspectiva de género
El estudio aporta además una perspectiva de género relevante. Las mujeres consumen más contenido de marketing digital, dedican más tiempo a informarse y comparar marcas, y muestran una mayor sensibilidad hacia los valores que estas transmiten.
En un contexto en el que la salud mental y el bienestar emocional son temas centrales del debate social, resulta especialmente importante analizar cómo el marketing afecta –positiva o negativamente– a estos aspectos. El contenido de marca no es neutro: puede generar presión, comparación constante o frustración, pero también puede fomentar emociones positivas, autoestima y conexión social.
¿Qué pueden aprender las marcas y los consumidores?
Los resultados invitan a repensar el papel del marketing. No todo el contenido tiene que centrarse en vender de forma directa. Las marcas que aspiran a generar relaciones duraderas deberían preguntarse:
¿Queremos despertar deseo o fomentar compromiso?
¿Estamos ofreciendo solo placer inmediato o también sentido y valores?
¿Nuestro contenido contribuye al bienestar o solo a la saturación informativa?
Para los consumidores, entender estos mecanismos también es clave. Nos ayuda a ser más conscientes de por qué nos atraen ciertas marcas y de cómo nuestras emociones influyen en nuestras decisiones diarias.
Más allá del consumo
En definitiva, el marketing puede hacer algo más que vender productos: puede influir en cómo nos sentimos, en cómo actuamos y en cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Cuando el contenido conecta con valores, identidad y propósito, puede convertirse en una fuente de bienestar, especialmente para las mujeres y en el contexto del consumo local.
La pregunta ya no es solo qué compramos, sino cómo y por qué lo hacemos. Y ahí, el contenido de marca tiene mucho que decir.
Sofía Blanco Moreno no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En una serie sobre hockey de élite se espera velocidad, golpes y épica de vestuario. Más que rivales tiene todo eso. Pero la escena que mejor explica por qué importa no ocurre durante un partido, sino en la intimidad: preguntas sencillas –“¿qué quieres hacer?”, “¿así está bien?”, “¿tienes miedo?”– dichas con naturalidad durante un encuentro sexual.
Este detalle abre un interrogante: ¿qué modelos de masculinidad produce el deporte profesional, también en la intimidad entre hombres? ¿Y qué cambia cuando el consentimiento deja de ser un supuesto y se convierte en conversación? Más allá de la trama, la serie permite observar tres cuestiones relevantes sobre consentimiento, masculinidad y cultura deportiva.
1. El consentimiento verbal cuestiona ciertas masculinidades
El deporte profesional sigue siendo, en muchos contextos, un espacio donde la masculinidad se organiza en torno a tres imperativos: resistir, rendir y no mostrar fisuras. Desde hace décadas, la sociología del deporte describe este entorno como un laboratorio de dureza, disciplina y control emocional. Los trabajos de Michael Messner muestran cómo estos espacios premian el dominio y la fortaleza, mientras que la vulnerabilidad a menudo se percibe como un riesgo para el prestigio.
En este marco cultural, preguntar o confirmar no es solo una práctica interpersonal de cuidado. También es un gesto que altera la lógica habitual de la masculinidad dominante. La pregunta “¿te va bien?” desplaza el centro de gravedad de la escena: el deseo ya no aparece como una conquista individual, sino como una coordinación entre dos personas.
Connor Storrie y Hudson Williams en una escena de Más que rivales. Warner Bros. Discovery
No es lo mismo entender el consentimiento como un momento puntual –un sí inicial– que concebirlo como un proceso que puede matizarse o interrumpirse. Esta segunda opción exige habilidades que muchas formas de socialización masculina han entrenado poco: nombrar lo que ocurre, escuchar o ajustarse al otro sin interpretarlo como un fracaso.
La serie sugiere así una idea a menudo ignorada: la masculinidad también se aprende en la intimidad. En contextos donde “no desentonar” sigue siendo una norma viril, formular una pregunta puede resultar culturalmente más disruptivo de lo que parece.
2. El armario no es solo privado
Una de las aportaciones clásicas de la teoría queer fue mostrar que el “armario” no es solo una experiencia psicológica individual. También es una estructura social que regula quién puede ser visible, cuándo y a qué precio. Esta idea quedó formulada en Epistemology of the Closet, de Eve Kosofsky Sedgwick.
En el deporte profesional, esta regulación tiene consecuencias concretas: puede afectar a la reputación, los patrocinios, la relación con el vestuario, el trato mediático o incluso la continuidad de una carrera deportiva.
Más que rivales sugiere que la aceptación simbólica no elimina necesariamente estos costes. La visibilidad sigue distribuida de manera desigual: hay trayectorias que pueden sostenerla con mayor facilidad que otras, y contextos en los que hablar todavía implica riesgos.
Esta estructura también influye en la cultura del consentimiento. No porque el armario lo sustituya, sino porque condiciona los marcos comunicativos en los que se produce. Si hablar abiertamente en la vida pública tiene costes, parte de esa economía del silencio puede trasladarse a la intimidad: evitar preguntas para no complicar la situación o recurrir a ambigüedades.
La serie muestra que incluso bajo esta presión se puede construir una intimidad que no dependa ni del control ni del silencio.
3. Entre hombres tampoco hay un único guión sexual
En el debate público, el consentimiento se presenta a menudo como una fórmula universal aplicable a cualquier encuentro sexual. Sin embargo, la investigación sobre relaciones entre hombres gais, bisexuales y queer muestra una realidad más compleja: existen códigos sexuales situados que varían según los espacios y las formas de socialización sexual.
Una revisión reciente de varios investigadores señala que entrar en determinados ambientes sin conocer estos códigos puede aumentar la vulnerabilidad y que normas asociadas a la masculinidad hegemónica –como el control o la evitación emocional– siguen operando en el sexo entre hombres.
Esto no implica que la comunicación no verbal sea problemática en sí misma. En muchos encuentros funciona perfectamente. El problema aparece cuando se da por supuesta en contextos marcados por el alcohol, la presión social, la desigualdad de poder o el miedo a perder estatus.
Por ello, algunos estudios han señalado que parte de las políticas de “consentimiento afirmativo” se diseñaron pensando sobre todo en un guion heterosexual predominante. Ya en un trabajo pionero, Melanie Beres mostraba que la comunicación del consentimiento en relaciones del mismo sexo puede adoptar formas diversas y contextuales.
Más allá de la pantalla
La serie sugiere también un límite importante. La impugnación de la masculinidad tradicional aparece mediada por el prestigio: cuerpos entrenados, fama y capital simbólico, que facilitan la aceptación social, pero también restringen qué vidas pueden ser visibles.
Si en un vestuario de élite una pregunta tan simple como “¿estás bien?” puede resultar extraña, el problema no es la pregunta, sino la cultura patriarcal que aún organiza qué se puede decir, sentir y ser.
Porque, al fin y al cabo, lo que está en juego no es solo quién puede aparecer representado en la pantalla, sino qué tipo de masculinidad seguimos considerando normal dentro –y fuera– del deporte profesional.
Antoni Aguiló Bonet es miembro de Homes Transitant, asociación sin ánimo de lucro dedicada a la reflexión sobre masculinidades.
Source: The Conversation – Canada – By Philip Mai, Co-director and Senior Researcher, Social Media Lab, Toronto Metropolitan University
The Canadian government has reached an agreement with the social media platform TikTok after years of debate over the app’s data practices, particularly those affecting young users. The deal allows TikTok to continue operating in Canada under tighter oversight rather than facing a shutdown.
As social media researchers at the Social Media Lab at Toronto Metropolitan University, we’ve always paid close attention to the state of social media in Canada. We have followed the TikTok ban saga closely since early 2020, when United States President Donald Trump first tried to ban the platform, long before he later came out in favour of keeping it.
While the new agreement does move towards greater oversight of TikTok, major concerns remain. TikTok’s parent company, ByteDance, is based in China and Chinese national security laws can compel companies to co-operate with state authorities. This underlying risk sits beyond the reach of Canada’s safeguards.
The agreement follows a new national security review that reversed an earlier conclusion pointing toward closure of TikTok’s Canadian operations. Instead of a ban, the federal government has chosen a regulatory approach, one that keeps the app available while imposing legally binding conditions. The deal reduces some risks, but it does not resolve deeper questions about ownership, data flows and national security.
So what has TikTok agreed to? And what will the millions of Canadian users, creators, advertisers and cultural groups that rely on the platform notice?
Stronger protections for youth and minors
Under the new rules, TikTok must strengthen its protection of Canadian user data. This includes creating a security “gateway” to control access to that data, adopting privacy-enhancing technologies and allowing independent third-party monitoring to verify how data is handled.
For everyday users, the focus on youth protection is likely to be the most visible change. Stricter age limits could affect livestreaming. Gift features may be more restricted for younger users. Content involving minors is likely to face stricter moderation.
Canadian creators will also feel the impact. Those with audiences largely made up of teenagers may face tighter moderation or additional eligibility checks for certain features and monetization tools. Sponsors may also ask more detailed questions about audience demographics as brands become more cautious about youth-focused content.
Many changes will happen behind the scenes. As TikTok Canada adjusts to the new requirements, its verification processes, advertising tools and moderation systems are expected to become more demanding.
As the government now requires stronger protection of Canadian user data, people who earn money on the platform may encounter extra steps. These may include stricter identity checks, added requirements for business accounts or ad payments and clearer information about where Canadian user data is stored.
Does this make TikTok safer? Compared to what existed before, the agreement does move toward greater oversight. Independent monitoring, if carried out properly, gives the government some visibility into TikTok’s data practices and the commitments are legally binding rather than voluntary.
Canadian data can still leave Canada
Enforcement details are still unclear. The government has said it will appoint an independent monitor, but has not named the monitor, explained how audits will work or detailed what penalties TikTok would face for failing to comply. Without clear consequences, oversight could prove weaker in practice than it appears on paper.
The agreement also stops short of requiring full data localization. Canadian user data does not have to stay entirely within the country. Although technical controls may limit access, data can still move through systems outside Canada. This leaves some exposure to unauthorized access or foreign influence.
Overall, the agreement reflects a compromise. Canada avoided a disruptive ban; TikTok accepted tighter rules to keep operating in a key market. The deal reduces some risks, but it does not resolve deeper questions about ownership, data flows and national security.
Those tensions are likely to resurface as Canada continues to grapple with how to regulate global platforms that play an outsized role in everyday life.
Anatoliy Gruzd receives funding from the Canada Research Chair program (SSHRC).
Philip Mai does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
*Furor teutonicus* représente la bataille de Teutobourg, en l’an 9 de notre ère. Dans une forêt de l’Allemagne actuelle, trois légions romaines tombent dans une embuscade mise en place par une coalition de tribus germaniques et sont massacrées. Paja Jovanović, 1888
La guerre asymétrique, formule devenue omniprésente depuis quelques décennies dans les analyses des conflits contemporains, est en réalité un phénomène aussi ancien que la guerre elle-même. Partout, toujours, des belligérants moins puissants que leurs adversaires ont cherché à employer les moyens les plus variés pour venir à bout de leurs ennemis plus nombreux et mieux équipés.
L’asymétrie fait désormais partie du vocabulaire des états-majors et des autorités politiques engagées sur des théâtres extérieurs. Les publications sur le sujet se sont également fortement multipliées depuis quelques années, et la guerre menée par les États-Unis et Israël contre l’Iran a confirmé, depuis février 2026, l’importance de ce phénomène.
Le terme est désormais tellement utilisé qu’on en oublierait presque qu’il était, il y a encore quelques années, totalement inconnu du grand public, et à peine mentionné dans les cercles d’experts. La situation a fortement changé avec ce que de nombreux observateurs qualifient de période post-guerre froide, née sur les ruines du World Trade Center en septembre 2001, et en marge de la guerre contre le terrorisme et des conflits de basse intensité opposant des puissances à des acteurs beaucoup plus faibles, qu’ils soient étatiques ou non.
Pourtant, ce type de conflit est bien plus ancien que les interventions des forces des États-Unis et de leurs alliés en Afghanistan en 2001 et en Irak en 2003.
Définition de la guerre asymétrique
Étymologiquement inscrite dans la négation, l’asymétrie est indissociable de la symétrie, mais aussi de la dissymétrie, moins souvent évoquée, dont elle se distingue cependant assez nettement. La symétrie caractérise la « juste proportion », notamment en matière d’architecture. Ainsi, la symétrie suppose au moins deux éléments pouvant être comparés. L’asymétrie est l’absence volontaire de symétrie, et la dissymétrie est un défaut de symétrie – généralement par erreur, mais cela peut être volontaire dans certains cas. Dans ces conditions, l’asymétrie semble plus catégorique que la dissymétrie, car la « juste proportion » y est absente et ne peut pas être corrigée.
Au niveau stratégique, la symétrie est perçue comme le combat à armes égales ; la dissymétrie est la recherche par l’un des combattants d’une supériorité qualitative et/ou quantitative (on parle ici de « stratégie du fort au faible ») ; et l’asymétrie correspond à la démarche inverse, qui consiste à exploiter toutes les faiblesses de l’adversaire pour être le plus nuisible possible.
En s’appuyant sur le constat d’un déséquilibre capacitaire, l’asymétrie est donc une stratégie du faible au fort qui consiste à refuser les règles du combat imposées par l’adversaire et à contourner ses forces, rendant ainsi toutes les opérations totalement imprévisibles.
Cela suppose à la fois l’utilisation de forces non prévues à cet effet et surtout insoupçonnables (comme les civils) ; d’armes contre lesquelles les moyens de défense ne sont pas toujours adaptés (dernièrement, les drones) ; de méthodes situées hors du cadre de la guerre conventionnelle (guérilla, terrorisme) ; de lieux d’affrontement imprévisibles (centres-villes, lieux publics) ; et de l’effet de surprise, cette dernière caractéristique étant sans doute la plus importante, car elle permet de réduire le déséquilibre entre les belligérants.
Employant des moyens techniquement simples, l’asymétrie peut ainsi être assimilée à l’« arme du pauvre », dans la mesure où elle permet à de multiples acteurs ne disposant que de moyens très limités d’avoir une capacité de nuisance totalement disproportionnée.
Il est également possible que des acteurs puissants optent délibérément pour une stratégie de guerre asymétrique, confondant même ce concept avec celui de « génie militaire », comme si celui-ci supposait finalement le triomphe au-delà de toutes les espérances, le niveau des forces engagées étant très faible en comparaison aux résultats obtenus. Dès lors qu’elle peut être privilégiée par le faible comme par le fort, la guerre asymétrique est ainsi une ruse déployée à une échelle pouvant varier.
Alternative par défaut ou par choix à une confrontation frontale dite traditionnelle, et réponse à la recherche de dissymétrie par les puissants, la guerre asymétrique se généralise. Compte tenu de l’improbabilité de guerres entre les grandes puissances et de l’implication quasi systématique de ces dernières dans des confrontations entre des acteurs plus faibles, la question de savoir si tous les conflits contemporains sont par nature des guerres asymétriques mérite a minima d’être posée.
La stratégie du faible au fort
La notion de guerre asymétrique trouve dans l’histoire de multiples exemples de sa mise en application, tant au niveau stratégique que tactique.
Sur tous les continents, de nombreux cas nous permettent de vérifier en grandeur nature les résultats obtenus par le choix de l’asymétrie dans des conflits armés. Détail important, il convient de noter que les moyens asymétriques ont été utilisés à la fois par des États et par des groupes non étatiques, quelle que soit leur importance. Mais une chose est certaine : l’asymétrie n’est pas un fait nouveau.
Les empires ne purent s’y soustraire – les barbares qui pillèrent Rome et les révoltés à plusieurs époques dans l’histoire de Chine disposaient de moyens nettement inférieurs à ceux de leurs adversaires – et certaines grandes batailles offrirent même l’occasion aux faibles de vaincre les forts là où les rapports de force ne leur laissaient a priori pas la moindre chance – la victoire écrasante des Anglais sur la chevalerie française à Azincourt en 1415 est sans doute l’exemple le plus significatif, mais il n’est pas isolé.
De manière répétitive et sur des théâtres très différents, on relève la même équation : là où les empires, les royaumes les plus riches et les plus puissants ont voulu exploiter leur supériorité pour s’imposer durablement, leurs adversaires ont développé par défaut des stratagèmes leur permettant de contourner les moyens de cette puissance. C’est ainsi que, tout au long de l’histoire, se sont mises en place des guerres asymétriques, les adversaires étant au final rarement au même niveau.
Seules les batailles du XIXᵉ siècle, inaugurées lors des campagnes napoléoniennes et organisées sur les bases définies par Carl von Clausewitz (introduisant le concept de victoire écrasante en opposition aux « guerres en dentelle » des XVIIᵉ et XVIIIᵉ siècles), et plus encore la Première Guerre mondiale ont été l’occasion d’assister à des guerres réellement symétriques, dans lesquelles les belligérants étaient de force presque égale et ne devaient leur victoire qu’à des circonstances particulières et/ou au génie tactique de leurs généraux. Parfois, ces batailles s’éternisaient, aucun des combattants n’étant en mesure de prendre le dessus, les tactiques et les moyens utilisés étant, approximativement, les mêmes de part et d’autre.
Les déséquilibres capacitaires hérités de la révolution industrielle, des guerres de colonisation et de la décolonisation marquèrent le retour de l’opposition du fort au faible (guerre dissymétrique), et l’utilisation par ce dernier de stratégies de contournement avec des résultats parfois surprenants pour y répondre (guerre asymétrique).
Les guerres d’Algérie et du Vietnam, la résistance à l’occupation soviétique de l’Afghanistan, l’opération en Somalie, la guerre de Tchétchénie ou encore la campagne menée au Kosovo – ou plus exactement les tactiques de camouflage et de leurres observées sur le terrain dans les rangs des forces serbes – sont des exemples plus récents de guerre asymétrique. Cette manière de faire la guerre est contraire aux règles chevaleresques au Moyen Âge, au respect des conventions sociales pendant les siècles modernes, et à une certaine idée de l’éthique et du droit de la guerre dans les périodes plus récentes. En clair, la guerre asymétrique fut longtemps diabolisée et assimilée en Occident à des pratiques indignes des États.
De la Bible aux Mongols, en passant par Sun Tzu
Dans la tradition occidentale, l’origine mythologique de l’asymétrie est cependant plus glorifiante, et peut être attribuée à l’épisode biblique du jeune David, triomphant du Philistin Goliath aux abords de Jérusalem. Face à un géant, disposant par ailleurs d’armes puissantes, le jeune berger s’est servi de son génie pour éviter le combat, utilisant une simple fronde et frappant mortellement son adversaire à la tête. Le rapport de force était totalement déséquilibré, et c’est pourtant le plus faible qui a triomphé. La Bible mentionne que, « ainsi, avec une fronde et une pierre, David fut plus fort que le Philistin ; il le terrassa et lui ôta la vie, sans avoir d’épée à la main ».
Ce combat symbolise la victoire de la bravoure face aux moyens, et de l’intelligence face à la force physique. Dès lors, les fidèles comprennent que, si la cause qu’ils défendent est juste, peu importe les moyens dont ils disposent, ils pourront parvenir à leurs fins pour vaincre leurs adversaires. Pour devenir roi, plus besoin d’être puissant, du moins au vu des critères traditionnels. Seuls comptent le génie et l’aptitude à vaincre n’importe quel type d’adversaire. L’asymétrie est ainsi perçue comme un moyen de récompenser les mérites quand la force brute ne le permet pas, mais elle n’est pas considérée comme un choix stratégique.
Tandis que l’asymétrie correspondait, dans la civilisation occidentale, à une intervention divine offrant la ruse au jeune David, s’est développée en Asie orientale une véritable pensée stratégique proposant l’asymétrie comme moyen de guerre. Au VIᵉ siècle avant notre ère, une époque où la Chine traversait la période chaotique dite des « royaumes combattants », Sun Tzu s’est penché sur les meilleurs stratagèmes permettant de limiter ses propres dégâts, tout en multipliant ceux de l’adversaire, même si celui-ci est plus fort. Sa pensée – dont l’objectif est de faire croire à l’adversaire qu’il maîtrise la situation de manière à pouvoir le duper plus facilement – s’est répandue en Asie orientale, puis progressivement dans le reste du monde.
Après l’œuvre de Sun Tzu, de nombreux autres théoriciens chinois se lancèrent dans la rédaction d’études sur la guerre. Shang Yang, contemporain de Sun Tzu, et sa guerre défensive, ou Sima Qian (fin du IIᵉ siècle avant notre ère) et ses biographies des généraux marquèrent ainsi l’histoire de la guerre dans la civilisation chinoise, avec la nécessité de miser sur les stratégies de contournement quand les conditions de la victoire ne sont pas remplies.
Pour les théoriciens chinois de la guerre, si la victoire reste l’objectif ultime, comme en Occident, les moyens pour y parvenir sont multiples, et passent notamment par la patience et l’analyse rigoureuse des forces et des faiblesses de l’adversaire. Dès lors, même le faible a ses chances contre le fort, à condition de savoir refuser le combat quand celui-ci est perdu d’avance, et de porter ses attaques au bon moment et au bon endroit.
Sun Tzu fut également l’un des premiers stratèges à s’interroger sur « ce qu’il faut avoir prévu avant le combat », faisant des préparatifs et du renseignement l’une des clés de la victoire. Pour lui, un général doit savoir cinq choses avant de s’engager dans la bataille : 1) savoir s’il peut combattre et quand il faut cesser ; 2) savoir s’il faut engager peu ou beaucoup ; 3) savoir gré aux simples soldats autant qu’aux officiers ; 4) savoir mettre à profit toutes les circonstances ; 5) savoir que le souverain approuve tout ce qui est fait pour son service et sa gloire.
Ces différentes recommandations sont particulièrement entendues des acteurs asymétriques, qui comprennent qu’elles doivent impérativement être remplies, d’abord dans un but de survie, et le cas échéant afin de remporter le combat.
L’islam des premiers temps fut de son côté également caractérisé par la stratégie indirecte d’un peuple disposant de moyens rudimentaires, mais parvenant rapidement à vaincre ses adversaires et à étendre son influence. Les Mongols, face à un empire chinois infiniment plus peuplé et nettement plus avancé, mais aussi les Ottomans et les peuples d’Afrique, notamment face aux conquérants occidentaux, développèrent également des stratégies asymétriques avec des résultats spectaculaires.
De la guérilla aux conflits contemporains
C’est avec la guérilla et les théories qui y sont associées puis, plus récemment, avec le terrorisme transnational dont les puissances firent les frais que la guerre asymétrique est progressivement revenue en vogue en Occident.
De l’Espagne dominée par l’empire napoléonien à Che Guevara, en passant par Lawrence d’Arabie ou Mao Zedong, les moyens de guerre proposés dans le cadre de la guérilla sont totalement asymétriques. C’est en s’infiltrant au sein même des territoires adverses qu’ils obtiennent des succès, pas en s’attaquant frontalement à des forces armées supérieures en nombre et en matériel.
La guérilla s’est immédiatement imposée comme l’arme du faible, voire de l’inculte en matière militaire, face au soldat professionnel bien armé, bien entraîné et mené par un général instruit. La guérilla fut aussi et surtout théorisée, sur la base des expériences et des testaments de ces acteurs. Le plus célèbre de ces « nouveaux testaments » de l’asymétrie est incontestablement la Guerre de guérilla, écrit par Che Guevara en 1959, dans lequel est démontré qu’une armée populaire peut battre une armée régulière, quels que soient les moyens dont les « combattants de la liberté » disposent. Guevara considérait qu’il n’est pas nécessaire de s’appuyer sur une large base, mais qu’un petit foyer ou un petit groupe d’idéalistes en armes, établi loin des villes, peut entraîner l’adhésion de tous les mécontents et des révolutionnaires.
Le terrorisme peut-il de son côté être considéré comme une manifestation de guerre asymétrique ? Indiscutablement, l’invisibilité et le caractère imprévisible des attaques terroristes sont asymétriques, car ils se caractérisent par la faiblesse des moyens engagés. Le terrorisme transnational apparaît ainsi comme le degré ultime de la guerre asymétrique, car il s’intègre à l’intérieur même des sociétés qu’il combat, ce qui le rend d’autant plus difficile à détecter et à prévenir.
Le terrorisme transnational et le risque qu’il fait peser sur la sécurité dans les sociétés contemporaines fut à l’origine du regain d’intérêt pour les guerres asymétriques, et c’est sans surprise que, après 2001, ce concept a fait une entrée fracassante dans les réflexions des états-majors, au point d’inspirer des innovations stratégiques, comme la contre-insurrection déployée en Irak, avec des résultats mitigés mais qui confirment une nécessaire adaptation du fort aux pratiques du faible.
Un type de guerre qui n’est pas près de disparaître
La fin de la bipolarité a ouvert le champ à des formes de conflits restées relativement silencieuses tout au long du XXᵉ siècle, dans sa deuxième partie surtout, opposant des adversaires aux moyens limités, soit des États faibles, soit des acteurs non étatiques, et consacrant ainsi ce que certains analystes qualifièrent de « retournement du monde ». Ce regain de violence a poussé Washington, seule superpuissance rescapée de la guerre froide, à s’interroger sur les menaces dont les États-Unis (et par extension le « monde » dans son ensemble) pourraient désormais faire l’objet.
Dans un contexte marqué par une remise en cause de plus en plus prononcée de la puissance américaine, tant dans ses aspects politico-diplomatiques que militaires (les expériences de l’Irak et de l’Afghanistan ont renforcé ce phénomène), la guerre asymétrique semble avoir de beaux jours devant elle et impacte ainsi considérablement les conflits contemporains. Le cas de l’opération menée par Israël et les États-Unis en Iran vient le confirmer.
Barthélémy Courmont ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
You’re scheduled for surgery next week. You’ve likely looked up your surgeon’s credentials, years of experience and perhaps even patient reviews. You want reassurance that your surgeon has steady hands, deep expertise and a thorough command of the procedure. Technical skills feels like the thing that matters most.
But there’s another question most patients never think to ask: How well does your surgeon lead a team?
It might sound like an odd thing to consider, but in the operating room, surgery is rarely a solo act. Surgeons work alongside anesthesiologists, nurses and medical residents who must co-ordinate closely, often under intense pressure, to deliver care.
When something unexpected happens and the team needs to pivot quickly, how a surgeon leads matters in ways most patients rarely see or even think about.
Despite decades of evidence showing the benefits of inspiring, people-focused leadership, those qualities alone were not enough in complex, high-stakes operations where conditions can change rapidly.
Two different leadership styles
Leadership researchers have long distinguished between two main approaches to leading teams: transformational and directive leadership.
Transformational leadership is people-focused, meaning it emphasizes inspiration, building trust, encouraging open communication and helping people feel valued and motivated.
Directive leadership is task-focused. It involves giving clear instructions, co-ordinating actions, enforcing procedures and ensuring everyone knows their role in real time.
Transformational leadership has been widely studied and positively linked with better team performance, stronger morale and improved outcomes across many workplace settings. As a result, it is often examined on its own as a driver of effective leadership.
But our research suggests the picture is more complicated in environments where the stakes are high.
Complexity changes everything
Not all surgeries are alike.
Some procedures are relatively routine and predictable. An appendectomy, for example, typically follows established protocols with predictable demands and roles. In these situations, everyone on the team knows what to do and when to do it.
But surgeries don’t always go according to plan.
A routine surgery can suddenly become complicated if a patient becomes unstable, while more complex procedures may involve unexpected challenges from the start.
In these moments, the usual script may no longer be enough to guide the team. This is when leadership becomes far more important.
Situational leadership
To make sense of this, we drew on a concept from psychology called situational strength — how much a situation provides information about appropriate or desirable behaviour.
Routine surgeries are considered “strong situations.” Protocols, prior training, roles and expectations are so clear that the situation itself largely guides behaviour with little-to-no leadership required.
More complex or unpredictable surgeries can create “weak situations.” Protocols may not fully cover what’s unfolding. Roles become ambiguous and prior training no longer suffices. The team needs real-time guidance on what to prioritize, who should act and how to co-ordinate under pressure.
In these moments, leadership becomes critical precisely because the situation no longer provides all the answers.
Our research found that during these high-complexity moments, the benefits of transformational leadership only emerged when it was combined with directive leadership.
When surgeons paired people-focused leadership with task-focused leadership, their teams reported feeling significantly safer about speaking up, raising concerns and flagging problems as they arose, otherwise known as psychological safety.
More reported errors can signal better care
One of the more counter-intuitive findings involved surgical errors. Teams that reported higher psychological safety actually had more observed errors during surgery, not fewer.
At first glance, that sounds like worse performance. In reality, it may signal the opposite.
And our data support this interpretation: teams with higher psychological safety had fewer severe complications after patients were discharged. More errors caught earlier and corrected in the operating room meant better outcomes beyond it.
But a closer look reveals that many programs focus on developing a single leadership style or approach rather than helping surgeons learn how to flexibly combine different leadership behaviours as situations change.
Our findings suggest this flexibility matters.
This has implications well beyond the operating room. Financial trading floors, emergency response teams, military units and any environment where conditions shift rapidly and errors carry serious consequences all share the same basic challenge for leaders.
The leaders who perform best in these environments don’t master one leadership style. Rather, they learn to combine and adapt approaches when it matters most.
Steve Granger receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Julian Barling receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada, and the Borden Chair of Leader at the Smith School of Business.
Michaela Scanlon receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Nick Turner receives research funding from Cenovus Energy Inc., Haskayne School of Business’s Future Fund, and the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada (SSHRC).
La grosería, ya sea real o percibida, puede afectar profundamente a la cooperación, la confianza y la cultura en el lugar de trabajo. Sin embargo, los juicios sobre lo que consideramos borde no se limitan a palabras o frases concretas que denotan falta de respeto, sino que están determinados por el procesamiento emocional del oyente, su atención a las señales no verbales y su postura moral subyacente.
En entornos multilingües, esta complejidad se agrava, ya que los malentendidos no surgen únicamente de las lagunas de vocabulario o los errores gramaticales. De hecho, a menudo tienen más que ver con nosotros mismos –nuestros propios juicios emocionales y morales sobre lo que otros dicen y hacen– que con las palabras que se pronuncian.
Si se comunica con frecuencia en su segunda lengua, se habrá encontrado con esto a menudo. Es posible que alguien le hable con calma, claridad y sin ningún atisbo de mala voluntad, pero aun así le deje con una sensación incómoda: “No ha dicho nada malo… pero me ha parecido borde”.
Nuestra investigación arroja luz sobre este fenómeno al analizar la intersección entre la pragmática (cómo se utiliza el lenguaje en contexto), la investigación sobre las emociones, el bilingüismo y la psicología moral.
En un estudio reciente, publicado en Lingua, examinamos cómo las personas que utilizan su primera y segunda lengua valoran la falta de educación en las interacciones laborales. Nuestros hallazgos revelan que los juicios sobre la grosería no son puramente lingüísticos, ni siquiera exclusivamente culturales; están profundamente ligados a las emociones y a las intuiciones morales.
Valoración de la descortesía en el lugar de trabajo
Reclutamos a 55 hablantes nativos (L1) de inglés y a 45 hablantes de español cuya segunda lengua (L2) era el inglés. Los participantes vieron una serie de vídeos que mostraban interacciones en el lugar de trabajo con peticiones, interrupciones, desacuerdos y órdenes. Tras ver cada clip, se les pidió que:
Valoraran lo descortés que les parecía la interacción.
Describieran las emociones que experimentaron.
Completaran un cuestionario para medir sus valores morales.
El uso de vídeos en lugar de diálogos escritos permitió a los participantes responder al tono de voz, la expresión facial y los gestos; es decir, las mismas señales en las que nos basamos en los lugares de trabajo reales. Esto es crucial, ya que investigaciones anteriores muestran que los usuarios de una L2 tienden a basarse en mayor medida en la información visual, como el lenguaje corporal, al procesar interacciones en una lengua extranjera.
En primer lugar, los hablantes de una segunda lengua son más sensibles a la falta de educación. Los hispanohablantes que utilizaban el inglés como segunda lengua tendían a calificar las mismas interacciones como más descorteses que los hablantes nativos de inglés. Es importante destacar que esto no significa que malinterpretaran el lenguaje.
Una explicación es que los hablantes de un segundo idioma pueden sobreestimar lo ofensivo, un patrón observado anteriormente con lenguaje tabú o cargado de emotividad en contextos de L2. Algunos fragmentos también incluían palabrotas o intercambios tensos, lo que suponía una posible “señal de alarma” para los receptores de la L2 en situaciones que los hablantes nativos eran capaces de interpretar con más matices.
Otra explicación radica en la atención: dado que procesar el habla en una L2 implica un mayor esfuerzo cognitivo, es posible que los participantes se basaran más en las expresiones faciales y los gestos. Interpretar estas señales como indicios de tensión o conflicto pudo haber dado lugar a valoraciones más altas de descortesía.
También es posible que los hablantes de una segunda lengua sean más sensibles a las señales que interpretan como descorteses y estén más atentos a posibles faltas de respeto, tal vez debido a una incertidumbre subyacente sobre las normas culturales o pragmáticas.
El segundo hallazgo fue que las reacciones emocionales son sorprendentemente similares entre los grupos. A pesar de las diferencias en la percepción de la descortesía, ambos grupos informaron de respuestas emocionales similares ante comportamientos que consideraban maleducados.
Esto es importante porque cuestiona la idea de que las personas sienten menos emociones cuando utilizan una segunda lengua. De hecho, las emociones fueron tan intensas en la L2 como en la L1. Muchas de estas emociones reflejaban la moralidad e incluían la empatía, la ira ante comportamientos dañinos y preocupaciones sobre la justicia y el respeto.
Las acciones que violaban los fundamentos morales del daño y el cuidado (por ejemplo, situaciones en las que se trataba a alguien de forma irrespetuosa o se ignoraba el bienestar de alguien) desencadenaban reacciones emocionales especialmente intensas. La ira se reveló como una de las emociones dominantes, especialmente en los vídeos en los que los participantes percibían acoso, sexismo u opresión.
Nuestros hallazgos tienen una serie de implicaciones tanto científicas como prácticas.
En primer lugar, revelaron un marco moral compartido entre diferentes culturas. Las reacciones emocionales ante la falta de educación parecen tener su origen en valores morales similares en todos los grupos lingüísticos. Esto proporciona una base común sobre la que los empleadores y los formadores interculturales pueden trabajar para fomentar una mejor comunicación.
Nuestro estudio también hace hincapié en la necesidad de ir más allá de la competencia lingüística a la hora de aprender y enseñar. Comprender la grosería no consiste solo en conocer el vocabulario, sino también en interpretar las señales sociales y emocionales en su contexto.
Por lo tanto, los educadores deben formar a las personas para la comunicación real. Los estudiantes de una segunda lengua pueden beneficiarse de un debate explícito sobre cómo los gestos, el lenguaje tabú y el tono emocional pueden malinterpretarse cuando la atención se centra solo en una parte de la interacción.
Este tipo de formación también debe adaptarse a los diferentes contextos. Las culturas orientales, por ejemplo, tienden a ser de “alto contexto”, lo que significa que los hablantes pueden preferir un lenguaje indirecto y cauto, o lo que los lingüistas llaman “atenuación”. Sin embargo, las personas de culturas de “bajo contexto”, como Rusia, pueden considerar que el lenguaje explícito y directo es más honesto y, por lo tanto, más educado.
Tener una mayor conciencia de las reglas lingüísticas culturales y personales que siguen nuestros colegas nos permite evitar ofender sin querer. Sería imposible aprender las normas lingüísticas de todas y cada una de las sociedades, pero podemos derribar barreras siendo más conscientes de estas diferencias, tanto al hablar como al ser interpelados en un segundo idioma.
La moral importa
Es tentador pensar que los juicios sobre la educación son puramente culturales o lingüísticos. Pero nuestro estudio muestra que las emociones morales –los sentimientos instintivos que nos dicen que algo está bien o mal– son fundamentales en la percepción del comportamiento grosero, incluso cuando hablan en una segunda lengua.
Cabe destacar que los participantes en nuestro estudio hicieron comentarios morales frecuentes y espontáneos sobre lo que veían, describiendo comportamientos como misóginos, de acoso o injustos. Esto demuestra que nuestras evaluaciones de la falta de cortesía suelen girar en torno a cuestiones más profundas de orden moral, incluso cuando solo somos observadores de una interacción.
A medida que los lugares de trabajo se globalizan cada vez más, será vital comprender no solo el lenguaje, sino también las perspectivas emocionales y morales que las personas aportan a la comunicación. Los malentendidos no son solo errores de pronunciación: pueden derivarse de cómo interpretamos los gestos, procesamos las emociones y aplicamos nuestro juicio moral a lo que vemos.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rosa Marcela Ramos Hidalgo, Vicedecana de Relaciones Internacionales y Profesora de Relaciones Internacionales, Universidad de Murcia
Las narrativas estratégicas son procesos comunicativos que se emplean para persuadir a la opinión pública y que permiten moldear y gestionar las percepciones de la ciudadanía. En los conflictos contemporáneos, estas narrativas no solo explican las decisiones políticas, sino que también buscan legitimar la acción militar. Cada actor implicado construye su propio relato para justificar sus objetivos.
La guerra en Irán no es una excepción: Estados Unidos, Israel, Irán y sus respectivos líderes políticos compiten por imponer interpretaciones que presenten sus decisiones como necesarias, legítimas o inevitables.
Si bien el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado continuamente señales confusas sobre el fin o la duración de la intervención en Irán –la operación Furia Épica–, también ha presentado la contienda como un imperativo de la seguridad global y de la restauración de un orden regional estable.
Trump decidió atacar a Irán y lo anunció desde su red social Truth. Días más tarde, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, lo confirmó. Declaró que la guerra tiene como objetivo defender al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes del régimen iraní, así como derrocar a los ayatolás. Todo ello sin la búsqueda de consenso previo ante la opinión pública y sin el permiso del Congreso estadounidense.
A su vez, Israel sostiene que estas operaciones, realizadas de manera conjunta y planificada con EE. UU., son consideradas preventivas y representan un acto de defensa proactiva contra el terrorismo de Estado. El presidente de Israel, Benjamin Netanyahu, anunció en televisión la operación bautizada como León Rugiente, haciendo alusión a un imaginario histórico y épico de guerra.
Trump informa a través de su red social
Bajo esta visión, ambos gobiernos coinciden en que el uso de la fuerza es necesario para garantizar las rutas comerciales y atacar a un actor que consideran irracional y desestabilizador. Cuesta entender que Donald Trump considere a Irán ahora un actor peligroso cuando él mismo reconoció en su red social –Truth Social– en junio de 2025 el éxito de las operaciones que Estados Unidos llevó a cabo sobre el país y que tuvieron como resultado la aniquilación total de las instalaciones nucleares iraníes.
Analizando las palabras usadas por los gobiernos de ambos países en entrevistas, comunicados y redes sociales a favor de la maquinaria de esta confrontación se observa el despliegue de una gestión comunicativa que usa a las grandes tecnológicas –en su mayoría de capital estadounidense– y que logra que sus mensajes tengan repercusión en agencias de noticias y medios internacionales.
Sin embargo, el Gobierno iraní no cuenta con la misma tecnología, pero parece compensarlo con tener mayor control sobre los medios informativos nacionales. Se trata de un régimen que no permite libertad de prensa y las agencias de noticias están totalmente alineadas al mensaje del gobierno.
Mensajes al mundo en farsi, iglés, árabe y español
A su vez, recurre al uso de canales occidentales populares (X, Facebook, YouTube o TikTok) para enviar mensajes claros no solo a sus ciudadanos en farsi, sino también al resto del mundo usando los los idiomas más hablados: inglés, árabe y español.
Las declaraciones de las autoridades emplean una narrativa cuidadosa y coherente de resistencia existencial que apela a aspectos morales. Ponen énfasis en que los ataques recibidos, calificados reiteradamente como ilegales y contrarios al derecho internacional, van dirigidos al “pueblo iraní”, lo que diluye la idea de que van en contra del régimen.
Irán reafirma el derecho del control de su territorio y usa canales como Facebook a través de los cuales el ministro de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, responsabiliza –en inglés– a Estados Unidos de las consecuencias de la guerra y reclama su derecho a la defensa conforme a los principios de la carta de las Naciones Unidas.
Irán justifica constantemente sus agresiones a terceros países como herramientas legítimas de disuasión ante su soberanía fuertemente agredida, a décadas de sanciones económicas y sabotajes externos por parte del imperialismo estadounidense y al expansionismo sionista.
Así, los tres países llevan una gestión estratégica desde el ámbito comunicativo muy centrada en redes sociales y medios digitales, compartiendo datos de inteligencia e imágenes del daño causado al enemigo como prueba de éxitos obtenidos que refuerzan la moral de sus propias tropas.
De igual modo, minimizan la destrucción de instalaciones propias y los daños colaterales para que parezcan acciones quirúrgicas y bien planificadas en contra de objetivos justificados.
Neutralizar el relato del enemigo
Al observar los mensajes y sus contextos se puede percibir que hay una clara intención de instrumentalizar lo que se ve en los medios como sinónimo de victoria. Los tres países buscan influir en la percepción de la opinión pública mundial, así como generar mayor confianza en las propias fuerzas militares. Esto, a su vez, permite desanimar al adversario ante lo inevitable de su derrota. Autoridades de Washington, Teherán y Tel Aviv presentan narrativas que buscan neutralizar el relato del enemigo calificándolo de propaganda o desinformación.
En definitiva, en paralelo a los ataques militares en Oriente Medio se lleva a cabo una guerra de información y propaganda que genera una lucha por el relato sobre lo que sucede casi tan importante como los hechos mismos.
Esta narrativa se disemina a través de vídeos, declaraciones y redes sociales en un ecosistema donde también conviven las opiniones y vídeos no oficiales subidos a las redes por parte de la población que padece estas agresiones en los demás países del golfo Pérsico.
Son acciones de censura y propaganda en una era donde hay un exceso de fuentes informativas y múltiples canales para informarse e interpretar lo que está sucediendo en esa zona con costes o ventajas políticas para los involucrados.
Rosa Marcela Ramos Hidalgo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Conservative Leader Pierre Poilievre, head of Canada’s official opposition, recently became the first Canadian political leader to appear on the controversial Joe Rogan Experience podcast.
Poilievre had been asked to sit for an interview with Rogan amid the federal election campaign in April 2025, but was reportedly advised by his team to pass since Rogan was, and remains, a polarizing and contentious figure. Nonetheless, Rogan’s podcast is one of the world’s longest running, averaging 11 million listeners per episode and ranked No. 1 globally on Spotify in 2025.
Whether his efforts worked remains to be seen, but could there be unintended consequences to Poilievre’s appearance on the podcast? Did he spread any harmful disinformation about Canada and North America to a massive audience that, while possibly popular among his base, could be detrimental to Canadians in general?
Our findings show that manosphere influencers spread toxic content about marginalized populations, including dangerous misinformation about health, politics, immigration and the environment. The Joe Rogan Experience is part of this ecosystem.
While recent coverage of the podcast episode in news media has focused on tariffs, Canada-U.S. relations and a shared love of fitness, we found misinformation on immigration, the health and environmental consequences of Alberta’s oilsands, seed oils, safer drug supply measures and the causes of inflation.
1. Immigration
Poilievre, citing no evidence, told Rogan that Canada admits one million immigrants per year.
But information from the Canadian government website shows that targets for temporary residents — students and work visa holders — make up 385,000 people for 2026, while permanent resident targets are at 380,000 people. Combined, that’s significantly fewer than the number cited by Poilievre.
Inflating immigration numbers is a known rhetorical tactic in far-right online spaces, where it functions to fuel anxieties about demographic change. Repeating it on a platform with millions of listeners legitimizes a distortion that creates division and harms racialized communities.
Canada’s immigration system is not without criticism and immigrants often face challenges. (Unsplash)
2. Oilsands
Poilievre told Rogan that Alberta’s oilsands have very few health or environmental consequences, stating that it has “no impact to groundwater … no impact to the environment” and that people who live near the oilsands are “very healthy.”
But a 2024 report on the Athabasca oilsands released by scientists at the University of British Columbia suggest significant environmental and health impacts from the oilsands, meaning that, at best, Poilievre oversold the safety of oil development. His characterizations don’t reflect scientific research and they sideline those most affected.
One of Rogan’s favourite topics is health and diet, so it wasn’t surprising to hear him discuss seed oils with Poilievre. They talked about how beef tallow or butter is better for people’s health than foods made from seed oils.
Canada is also the largest exporter of canola oil in the world, so when Poilievre failed to push back against Rogan’s health misinformation, he tacitly supported an idea that harms the very trade he was purportedly aiming to bolster with his appearance on the podcast.
Poilievre told Rogan that inflation during and following the COVID-19 pandemic was a direct result of the previous Liberal government’s actions. He said:
“Like back during COVID when all these governments were printing money and all the politicians and bankers said ‘Oh, this is great. Well, look at all this money we get to spend.’ I’d walk around communities and I’d have like mechanics say, you know, we’re going to have inflation. And I would say, yeah, it makes sense to me… And sure enough, all that money filtered into the economy, bid up all the goods we buy, and everybody got smoked with higher prices.”
Does it matter if Poilievre is spreading misinformation about Canada on Rogan’s podcast? We believe it does.
Poilievre aspires to become prime minister and should aim to lead the country in ways that benefit all Canadians, including canola farmers, immigrants, people who use drugs and the communities that are currently polluted by oil development.
Making false accusations about drug-related crime or unmitigated drug trafficking reinforces the case for greater governmental oversight of citizens. It also justifies, to some extent, the false narratives cited by the U.S. in its retaliatory actions against Canada, including tariffs.
By promoting politically expedient misinformation on a show like Joe Rogan’s, Poilievre risks eroding Canadians’ shared understanding of public health, environmental challenges and social cohesion — all issues he should be working to address.
At a time when democratic communication is strained by misinformation and deepening polarization, Canadians should expect better from their political leaders, regardless of party.
Jaigris Hodson receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada
Brianna I. Wiens receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Nick Ruest receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Shana MacDonald receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Source: The Conversation – in French – By Octave Moreau, Doctorant au laboratoire Histoire Territoires Mémoires (Histémé), Université de Caen Normandie
En Ukraine, en Palestine ou dans le golfe Persique, la guerre aérienne est au centre des conflits contemporains. Expérimentée lors de la Grande Guerre et dans les colonies puis systématisée, sans succès, lors de la Seconde Guerre mondiale afin d’y mettre rapidement fin en faisant chuter les régimes bombardés, l’arme aérienne a cependant toujours été pensée comme une arme de destruction contre les populations civiles.
Depuis le 28 février 2026 et le déclenchement de la guerre israélo-américaine contre l’Iran, les populations civiles sont les premières victimes du conflit. Le bilan s’élève déjà, a minima, à 2 000 personnes tuées, dont quelque 150 écolières de la ville de Minab, dans le sud du pays.
Cette situation n’est pas une exception. En effet, les conflits de ces dernières années – notamment en Ukraine et en Palestine – sont avant tout des guerres aériennes. À rebours de la rhétorique militariste qui affirme que les bombardements sont de plus en plus « précis », ces conflits s’inscrivent dans l’histoire de la guerre aérienne où ce sont, en premier lieu, les civils qui sont tués par les bombes.
Une arme de destruction massive pour la paix universelle ?
L’aéronef tel que dessiné et imaginé par Francesco Lana de Terzi. Wikimédia
L’imaginaire qui entoure l’arme aérienne est, historiquement, celui d’une arme de destruction massive, pouvant raser des villes et anéantir des populations entières. En 1670, par exemple, Francesco Lana de Terzi, un jésuite et naturaliste italien, alors qu’il proposait un projet d’aéronef sur le modèle d’un bateau volant, met en garde ses contemporains sur les capacités de destruction d’une telle machine.
La montgolfière de 1783 des frères Montgolfier. Wikimedia
Un siècle plus tard, l’invention des frères Montgolfier permet à l’être humain de s’élever dans le ciel. Dans la foule, Heyne, un lieutenant du génie prussien, est impressionné par les capacités militaires qu’offre la montgolfière, mais il est persuadé que, comme tous les pays belligérants seront soumis au même risque de destruction, « on va s’entendre rapidement sur des règles empêchant l’utilisation des aérostats comme instruments de terreur ».
Au XIXᵉ siècle, les progrès de l’aviation – la montgolfière s’avère finalement trop compliquée à diriger pour pouvoir bombarder – font naître l’espoir d’une paix universelle. En effet, certains intellectuels, comme Victor Hugo par exemple, croient que l’aviation permettra de mettre en relation les différents peuples de la planète et rendra obsolète la guerre, puisque tous les pays auront la capacité de détruire et pourront être détruits par l’arme aérienne. Cette doctrine s’apparente à la pax atomica qui allait régir la seconde moitié du XXᵉ siècle.
Cet imaginaire est renforcé, à la fin du XIXᵉ et au début du XXᵉ siècle, par la publication de nombreux ouvrages futuristes où la paix universelle n’est atteinte qu’après des guerres aériennes internationales contre des peuples considérés comme « inférieurs ». C’est par exemple le cas dans The Last War or the Triumph of the English Tongue (1898), de Samuel W. Odell, où les États-Unis bombardent, avec « un feu qui ne peut être éteint », les populations non anglophones afin de créer les États-Unis du monde et garantir « la paix éternelle ».
Les premiers bombardements et le tournant de la Grande Guerre
Loin de garantir une paix universelle, le premier bombardement de l’histoire apportera la démonstration que l’arme aérienne permet la pleine réalisation de la guerre totale.
Le 1er novembre 1911, Guilio Gavotti, chargé d’une mission de reconnaissance, décide de se munir d’une bombe et de la larguer sur l’oasis d’Aïn Zara, où, la veille, il avait repéré un attroupement de combattants. Toutefois, au-delà d’être un lieu de rassemblement potentiel pour insurgés, la petite oasis, située à une quinzaine de kilomètres de Tripoli, est surtout un système économique et social, un lieu de vie pour la population civile. Dès lors, en plus d’inscrire dans le réel une nouvelle arme pour faire la guerre, Gavotti instaure également un nouveau type de cible : une cible hybride où se mêlent indistinctement les objectifs militaires et la population civile.
Durant la Grande Guerre, l’aviation s’impose progressivement comme une arme indispensable. D’abord outil de reconnaissance, elle permet également d’attaquer des cibles au-delà du front : des infrastructures militaires, mais également les villes comme Paris, Rouen, Londres…
Le 1er avril 1918, au Royaume-Uni, est créée la première force aérienne indépendante : la Royal Air Force (RAF). Cependant, dès la fin de la « Der des ders », la RAF doit prouver son utilité, garante de son indépendance. C’est ainsi que, après le traumatisme de la guerre des tranchées, l’aviation se présente comme une arme capable de préserver la vie des soldats… au détriment de celles des civils. Elle doit donc permettre à la couronne britannique de maintenir l’ordre dans ses colonies sans avoir besoin d’envoyer des troupes au sol, grâce à des opérations de « police bombing ». C’est cette doctrine qui est encore en vigueur aujourd’hui lorsque des États (les États-Unis ou Israël, par exemple) veulent maintenir ou imposer leur ordre international sans risquer la vie de leurs soldats.
Durant l’entre-deux-guerres, les forces coloniales, ne pouvant atteindre directement les insurgés qui se dissimulaient facilement dans la nature, visent les espaces socio-économiques des populations colonisées pour annihiler la contestation. Le 18 octobre 1925, par exemple, en réponse à l’insurrection syrienne contre l’empire colonial, l’aviation française bombarde les quartiers musulmans de Damas. Ces différents éléments illustrent également la dimension structurellement raciste de l’arme aérienne qui est d’abord massivement utilisée contre les populations considérées comme « non civilisées » et pouvant donc être bombardées.
Depuis la première convention de La Haye de 1899, signée à l’issue de la première Conférence pour la paix, les populations civiles européennes sont effectivement, en théorie, protégées contre le risque de bombardements. Toutefois, les puissances coloniales refusent que l’arme aérienne soit définitivement interdite afin de ne pas entraver leur capacité d’innovation militaire. Les bombardements aériens sont ainsi considérés comme légitimes – y compris lorsqu’ils atteignent des civils – uniquement s’ils sont dirigés contre un objectif militaire.
En plus de préserver la vie des soldats au détriment de celles des civils, la puissance de l’arme aérienne repose sur un – supposé (car il n’est confirmé par aucune étude scientifique) – facteur psychologique. En effet, selon Hugh Trenchard, fondateur de la RAF et théoricien de la guerre aérienne, « l’effet moral d’un bombardement est vingt fois plus important que les effets matériels ». Il espère même que les bombardements pousseront les populations à se révolter et à renverser leur gouvernement. Dès lors, ce postulat – qui structure encore aujourd’hui la guerre aérienne – nécessite de bombarder les villes et donc les civils.
Cette certitude est renforcée par Giulo Douhet, théoricien de l’arme aérienne, qui affirme en 1921 dans la Guerre de l’air, que « par sa capacité de destruction quasiment illimitée, elle peut décider à elle seule de l’issue d’une guerre », reprenant l’imaginaire qui entoure l’arme aérienne depuis sa genèse. C’est ainsi que, afin de rester en adéquation avec le droit international, les forces aériennes élargissent progressivement la notion d’« objectif militaire » à des villes entières – et donc aux civils.
Le bilan de la Seconde Guerre mondiale et l’ère des missiles
À partir de la fin des années 1930, la guerre aérienne devient une réalité pour les Européens. Les bombardements se multiplient durant la guerre d’Espagne (Durango, Guernica, Barcelone), puis surtout pendant la Seconde Guerre mondiale.
Les stratèges aériens, aussi bien de la Luftwaffe que de la RAF ou de l’United States Army Air Forces (USAAF) – qui ont massivement investi dans des appareils lourds quadrimoteurs –, sont persuadés que les bombardements permettront de briser le moral de la population et de rapidement remporter la guerre. Ils attaquent ainsi directement les villes. Celles-ci deviennent, au cours du conflit, des objectifs militaires, ce qui permet aux militaires d’affirmer qu’ils effectuent des attaques de précision.
Les différentes campagnes de bombardements (Blitz sur le Royaume-Uni ou raids alliés sur l’Europe occupée) sont, cependant, un échec absolu. Le moral de la population n’a jamais été brisé par les attaques aériennes et les productions économiques n’ont jamais été ralenties, y compris au plus fort des bombardements. Ce sont pourtant plus de 600 000 civils qui sont tués par les bombes en Europe. À la fin de la guerre, il est rapidement fait le constat que les bombardements ont été « la plus grande erreur stratégique de la guerre ».
Lors du procès de Nuremberg, les Alliés retirent mêmes les condamnations concernant les bombardements nazis afin que le droit international ne restreigne pas l’utilisation de l’arme aérienne. Face au triste bilan de l’offensive aérienne, les militaires considèrent alors que les bombardements ont été un échec, car leur capacité de destruction n’était tout simplement pas assez élevée. Dès lors, les attaques atomiques, couplées aux vols des premiers missiles, font rentrer l’arme aérienne dans une nouvelle ère.
Toutefois, pour les civils, l’expérience de la violence de la guerre aérienne forme un continuum. Ainsi, les Normands, alors qu’ils ont été massivement bombardés entre l’été 1940 et septembre 1944 par les forces aériennes alliées, relient leur expérience aux différents bombardements des conflits contemporains.
C’est, par exemple, le cas d’Henri Bernard qui, en 1947, comparait le bombardement allié de Saint-Lô (Manche) dont il avait été témoin à celui de Guernica par la Luftwaffe. En 1994, lors du 50e anniversaire du Débarquement et de la Libération, Jean Quellien, éminent spécialiste du 6 juin 1944, introduisait les veillées du Mémorial de Caen en expliquant que les Caennais, qui avaient vécu les attaques aériennes de 1944, étaient particulièrement sensibles au sort des habitants plongés dans le siège de Sarajevo. Enfin, ces dernières années, dans le cadre de notre thèse, nous avons pu constater que les témoins des bombardements alliés en Normandie faisaient systématiquement le rapprochement de leur expérience avec celles des civils ukrainiens, palestiniens et aujourd’hui iraniens.
En effet, d’un point de vue matériel, l’expérience de la guerre aérienne – qu’elle soit orchestrée à base de bombardiers quadrimoteurs, de missiles de croisière ou de drones – est relativement similaire pour les civils. L’incertitude de l’attaque propre aux bombardements aériens ; le bruit de l’alarme, des appareils et des bombes ; l’expérience de l’abri dans les caves, les métros, les théâtres, les écoles ; la saturation des sens lors de l’explosion ; l’odeur du soufre et du brûlé ; les espaces de la quotidienneté qui deviennent des ruines ; et enfin, l’expérience de la mort est similaire face aux bombes de 1937 à Guernica ou celles de 2026 à Minab.
Définir des objectifs légitimes « après » les frappes aériennes
En somme, les pertes civiles ne sont jamais des « dommages collatéraux ». Au contraire, par définition, l’arme aérienne est une arme de destruction ayant vocation à détruire des cibles où des civils sont massivement présents.
Les militaires sont, de plus, persuadés – à tort – que l’arme aérienne peut briser le moral de la population et permettre de renverser des régimes. C’était l’espoir des dirigeants alliés contre le Troisième Reich ; c’est aujourd’hui l’espoir de Donald Trump en Iran. Or, les bombardements permettent surtout de préserver la vie des soldats en détruisant partiellement des objectifs, nécessitant toujours de nouvelles opérations, au détriment de la vie des civils.
Dès lors, si l’arme aérienne est aujourd’hui, d’un point de vue technique, beaucoup plus puissante qu’au début du XXᵉ siècle, la rhétorique militariste, afin de légitimer son utilisation en garantissant des bombardements de précision, redessine surtout les objectifs militaires après les frappes.
C’est ainsi que, à en croire les communiqués israéliens, les hôpitaux de la bande de Gaza abritaient des quartiers généraux du Hamas, et que l’école iranienne de Minab sera probablement présentée, à terme, comme un important centre de commandement des gardiens de la révolution. Quant aux populations civiles, elles demeurent structurellement les principales victimes de la guerre aérienne.
Octave Moreau ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Barthélémy Courmont, Directeur du master Histoire — Relations internationales, Institut catholique de Lille (ICL)
*Furor teutonicus* représente la bataille de Teutobourg, en l’an 9 de notre ère. Dans une forêt de l’Allemagne actuelle, trois légions romaines tombent dans une embuscade mise en place par une coalition de tribus germaniques et sont massacrées. Paja Jovanović, 1888
La guerre asymétrique, formule devenue omniprésente depuis quelques décennies dans les analyses des conflits contemporains, est en réalité un phénomène aussi ancien que la guerre elle-même. Partout, toujours, des belligérants moins puissants que leurs adversaires ont cherché à employer les moyens les plus variés pour venir à bout de leurs ennemis plus nombreux et mieux équipés.
L’asymétrie fait désormais partie du vocabulaire des états-majors et des autorités politiques engagées sur des théâtres extérieurs. Les publications sur le sujet se sont également fortement multipliées depuis quelques années, et la guerre menée par les États-Unis et Israël contre l’Iran a confirmé, depuis février 2026, l’importance de ce phénomène.
Le terme est désormais tellement utilisé qu’on en oublierait presque qu’il était, il y a encore quelques années, totalement inconnu du grand public, et à peine mentionné dans les cercles d’experts. La situation a fortement changé avec ce que de nombreux observateurs qualifient de période post-guerre froide, née sur les ruines du World Trade Center en septembre 2001, et en marge de la guerre contre le terrorisme et des conflits de basse intensité opposant des puissances à des acteurs beaucoup plus faibles, qu’ils soient étatiques ou non.
Pourtant, ce type de conflit est bien plus ancien que les interventions des forces des États-Unis et de leurs alliés en Afghanistan en 2001 et en Irak en 2003.
Définition de la guerre asymétrique
Étymologiquement inscrite dans la négation, l’asymétrie est indissociable de la symétrie, mais aussi de la dissymétrie, moins souvent évoquée, dont elle se distingue cependant assez nettement. La symétrie caractérise la « juste proportion », notamment en matière d’architecture. Ainsi, la symétrie suppose au moins deux éléments pouvant être comparés. L’asymétrie est l’absence volontaire de symétrie, et la dissymétrie est un défaut de symétrie – généralement par erreur, mais cela peut être volontaire dans certains cas. Dans ces conditions, l’asymétrie semble plus catégorique que la dissymétrie, car la « juste proportion » y est absente et ne peut pas être corrigée.
Au niveau stratégique, la symétrie est perçue comme le combat à armes égales ; la dissymétrie est la recherche par l’un des combattants d’une supériorité qualitative et/ou quantitative (on parle ici de « stratégie du fort au faible ») ; et l’asymétrie correspond à la démarche inverse, qui consiste à exploiter toutes les faiblesses de l’adversaire pour être le plus nuisible possible.
En s’appuyant sur le constat d’un déséquilibre capacitaire, l’asymétrie est donc une stratégie du faible au fort qui consiste à refuser les règles du combat imposées par l’adversaire et à contourner ses forces, rendant ainsi toutes les opérations totalement imprévisibles.
Cela suppose à la fois l’utilisation de forces non prévues à cet effet et surtout insoupçonnables (comme les civils) ; d’armes contre lesquelles les moyens de défense ne sont pas toujours adaptés (dernièrement, les drones) ; de méthodes situées hors du cadre de la guerre conventionnelle (guérilla, terrorisme) ; de lieux d’affrontement imprévisibles (centres-villes, lieux publics) ; et de l’effet de surprise, cette dernière caractéristique étant sans doute la plus importante, car elle permet de réduire le déséquilibre entre les belligérants.
Employant des moyens techniquement simples, l’asymétrie peut ainsi être assimilée à l’« arme du pauvre », dans la mesure où elle permet à de multiples acteurs ne disposant que de moyens très limités d’avoir une capacité de nuisance totalement disproportionnée.
Il est également possible que des acteurs puissants optent délibérément pour une stratégie de guerre asymétrique, confondant même ce concept avec celui de « génie militaire », comme si celui-ci supposait finalement le triomphe au-delà de toutes les espérances, le niveau des forces engagées étant très faible en comparaison aux résultats obtenus. Dès lors qu’elle peut être privilégiée par le faible comme par le fort, la guerre asymétrique est ainsi une ruse déployée à une échelle pouvant varier.
Alternative par défaut ou par choix à une confrontation frontale dite traditionnelle, et réponse à la recherche de dissymétrie par les puissants, la guerre asymétrique se généralise. Compte tenu de l’improbabilité de guerres entre les grandes puissances et de l’implication quasi systématique de ces dernières dans des confrontations entre des acteurs plus faibles, la question de savoir si tous les conflits contemporains sont par nature des guerres asymétriques mérite a minima d’être posée.
La stratégie du faible au fort
La notion de guerre asymétrique trouve dans l’histoire de multiples exemples de sa mise en application, tant au niveau stratégique que tactique.
Sur tous les continents, de nombreux cas nous permettent de vérifier en grandeur nature les résultats obtenus par le choix de l’asymétrie dans des conflits armés. Détail important, il convient de noter que les moyens asymétriques ont été utilisés à la fois par des États et par des groupes non étatiques, quelle que soit leur importance. Mais une chose est certaine : l’asymétrie n’est pas un fait nouveau.
Les empires ne purent s’y soustraire – les barbares qui pillèrent Rome et les révoltés à plusieurs époques dans l’histoire de Chine disposaient de moyens nettement inférieurs à ceux de leurs adversaires – et certaines grandes batailles offrirent même l’occasion aux faibles de vaincre les forts là où les rapports de force ne leur laissaient a priori pas la moindre chance – la victoire écrasante des Anglais sur la chevalerie française à Azincourt en 1415 est sans doute l’exemple le plus significatif, mais il n’est pas isolé.
De manière répétitive et sur des théâtres très différents, on relève la même équation : là où les empires, les royaumes les plus riches et les plus puissants ont voulu exploiter leur supériorité pour s’imposer durablement, leurs adversaires ont développé par défaut des stratagèmes leur permettant de contourner les moyens de cette puissance. C’est ainsi que, tout au long de l’histoire, se sont mises en place des guerres asymétriques, les adversaires étant au final rarement au même niveau.
Seules les batailles du XIXᵉ siècle, inaugurées lors des campagnes napoléoniennes et organisées sur les bases définies par Carl von Clausewitz (introduisant le concept de victoire écrasante en opposition aux « guerres en dentelle » des XVIIᵉ et XVIIIᵉ siècles), et plus encore la Première Guerre mondiale ont été l’occasion d’assister à des guerres réellement symétriques, dans lesquelles les belligérants étaient de force presque égale et ne devaient leur victoire qu’à des circonstances particulières et/ou au génie tactique de leurs généraux. Parfois, ces batailles s’éternisaient, aucun des combattants n’étant en mesure de prendre le dessus, les tactiques et les moyens utilisés étant, approximativement, les mêmes de part et d’autre.
Les déséquilibres capacitaires hérités de la révolution industrielle, des guerres de colonisation et de la décolonisation marquèrent le retour de l’opposition du fort au faible (guerre dissymétrique), et l’utilisation par ce dernier de stratégies de contournement avec des résultats parfois surprenants pour y répondre (guerre asymétrique).
Les guerres d’Algérie et du Vietnam, la résistance à l’occupation soviétique de l’Afghanistan, l’opération en Somalie, la guerre de Tchétchénie ou encore la campagne menée au Kosovo – ou plus exactement les tactiques de camouflage et de leurres observées sur le terrain dans les rangs des forces serbes – sont des exemples plus récents de guerre asymétrique. Cette manière de faire la guerre est contraire aux règles chevaleresques au Moyen Âge, au respect des conventions sociales pendant les siècles modernes, et à une certaine idée de l’éthique et du droit de la guerre dans les périodes plus récentes. En clair, la guerre asymétrique fut longtemps diabolisée et assimilée en Occident à des pratiques indignes des États.
De la Bible aux Mongols, en passant par Sun Tzu
Dans la tradition occidentale, l’origine mythologique de l’asymétrie est cependant plus glorifiante, et peut être attribuée à l’épisode biblique du jeune David, triomphant du Philistin Goliath aux abords de Jérusalem. Face à un géant, disposant par ailleurs d’armes puissantes, le jeune berger s’est servi de son génie pour éviter le combat, utilisant une simple fronde et frappant mortellement son adversaire à la tête. Le rapport de force était totalement déséquilibré, et c’est pourtant le plus faible qui a triomphé. La Bible mentionne que, « ainsi, avec une fronde et une pierre, David fut plus fort que le Philistin ; il le terrassa et lui ôta la vie, sans avoir d’épée à la main ».
Ce combat symbolise la victoire de la bravoure face aux moyens, et de l’intelligence face à la force physique. Dès lors, les fidèles comprennent que, si la cause qu’ils défendent est juste, peu importe les moyens dont ils disposent, ils pourront parvenir à leurs fins pour vaincre leurs adversaires. Pour devenir roi, plus besoin d’être puissant, du moins au vu des critères traditionnels. Seuls comptent le génie et l’aptitude à vaincre n’importe quel type d’adversaire. L’asymétrie est ainsi perçue comme un moyen de récompenser les mérites quand la force brute ne le permet pas, mais elle n’est pas considérée comme un choix stratégique.
Tandis que l’asymétrie correspondait, dans la civilisation occidentale, à une intervention divine offrant la ruse au jeune David, s’est développée en Asie orientale une véritable pensée stratégique proposant l’asymétrie comme moyen de guerre. Au VIᵉ siècle avant notre ère, une époque où la Chine traversait la période chaotique dite des « royaumes combattants », Sun Tzu s’est penché sur les meilleurs stratagèmes permettant de limiter ses propres dégâts, tout en multipliant ceux de l’adversaire, même si celui-ci est plus fort. Sa pensée – dont l’objectif est de faire croire à l’adversaire qu’il maîtrise la situation de manière à pouvoir le duper plus facilement – s’est répandue en Asie orientale, puis progressivement dans le reste du monde.
Après l’œuvre de Sun Tzu, de nombreux autres théoriciens chinois se lancèrent dans la rédaction d’études sur la guerre. Shang Yang, contemporain de Sun Tzu, et sa guerre défensive, ou Sima Qian (fin du IIᵉ siècle avant notre ère) et ses biographies des généraux marquèrent ainsi l’histoire de la guerre dans la civilisation chinoise, avec la nécessité de miser sur les stratégies de contournement quand les conditions de la victoire ne sont pas remplies.
Pour les théoriciens chinois de la guerre, si la victoire reste l’objectif ultime, comme en Occident, les moyens pour y parvenir sont multiples, et passent notamment par la patience et l’analyse rigoureuse des forces et des faiblesses de l’adversaire. Dès lors, même le faible a ses chances contre le fort, à condition de savoir refuser le combat quand celui-ci est perdu d’avance, et de porter ses attaques au bon moment et au bon endroit.
Sun Tzu fut également l’un des premiers stratèges à s’interroger sur « ce qu’il faut avoir prévu avant le combat », faisant des préparatifs et du renseignement l’une des clés de la victoire. Pour lui, un général doit savoir cinq choses avant de s’engager dans la bataille : 1) savoir s’il peut combattre et quand il faut cesser ; 2) savoir s’il faut engager peu ou beaucoup ; 3) savoir gré aux simples soldats autant qu’aux officiers ; 4) savoir mettre à profit toutes les circonstances ; 5) savoir que le souverain approuve tout ce qui est fait pour son service et sa gloire.
Ces différentes recommandations sont particulièrement entendues des acteurs asymétriques, qui comprennent qu’elles doivent impérativement être remplies, d’abord dans un but de survie, et le cas échéant afin de remporter le combat.
L’islam des premiers temps fut de son côté également caractérisé par la stratégie indirecte d’un peuple disposant de moyens rudimentaires, mais parvenant rapidement à vaincre ses adversaires et à étendre son influence. Les Mongols, face à un empire chinois infiniment plus peuplé et nettement plus avancé, mais aussi les Ottomans et les peuples d’Afrique, notamment face aux conquérants occidentaux, développèrent également des stratégies asymétriques avec des résultats spectaculaires.
De la guérilla aux conflits contemporains
C’est avec la guérilla et les théories qui y sont associées puis, plus récemment, avec le terrorisme transnational dont les puissances firent les frais que la guerre asymétrique est progressivement revenue en vogue en Occident.
De l’Espagne dominée par l’empire napoléonien à Che Guevara, en passant par Lawrence d’Arabie ou Mao Zedong, les moyens de guerre proposés dans le cadre de la guérilla sont totalement asymétriques. C’est en s’infiltrant au sein même des territoires adverses qu’ils obtiennent des succès, pas en s’attaquant frontalement à des forces armées supérieures en nombre et en matériel.
La guérilla s’est immédiatement imposée comme l’arme du faible, voire de l’inculte en matière militaire, face au soldat professionnel bien armé, bien entraîné et mené par un général instruit. La guérilla fut aussi et surtout théorisée, sur la base des expériences et des testaments de ces acteurs. Le plus célèbre de ces « nouveaux testaments » de l’asymétrie est incontestablement la Guerre de guérilla, écrit par Che Guevara en 1959, dans lequel est démontré qu’une armée populaire peut battre une armée régulière, quels que soient les moyens dont les « combattants de la liberté » disposent. Guevara considérait qu’il n’est pas nécessaire de s’appuyer sur une large base, mais qu’un petit foyer ou un petit groupe d’idéalistes en armes, établi loin des villes, peut entraîner l’adhésion de tous les mécontents et des révolutionnaires.
Le terrorisme peut-il de son côté être considéré comme une manifestation de guerre asymétrique ? Indiscutablement, l’invisibilité et le caractère imprévisible des attaques terroristes sont asymétriques, car ils se caractérisent par la faiblesse des moyens engagés. Le terrorisme transnational apparaît ainsi comme le degré ultime de la guerre asymétrique, car il s’intègre à l’intérieur même des sociétés qu’il combat, ce qui le rend d’autant plus difficile à détecter et à prévenir.
Le terrorisme transnational et le risque qu’il fait peser sur la sécurité dans les sociétés contemporaines fut à l’origine du regain d’intérêt pour les guerres asymétriques, et c’est sans surprise que, après 2001, ce concept a fait une entrée fracassante dans les réflexions des états-majors, au point d’inspirer des innovations stratégiques, comme la contre-insurrection déployée en Irak, avec des résultats mitigés mais qui confirment une nécessaire adaptation du fort aux pratiques du faible.
Un type de guerre qui n’est pas près de disparaître
La fin de la bipolarité a ouvert le champ à des formes de conflits restées relativement silencieuses tout au long du XXᵉ siècle, dans sa deuxième partie surtout, opposant des adversaires aux moyens limités, soit des États faibles, soit des acteurs non étatiques, et consacrant ainsi ce que certains analystes qualifièrent de « retournement du monde ». Ce regain de violence a poussé Washington, seule superpuissance rescapée de la guerre froide, à s’interroger sur les menaces dont les États-Unis (et par extension le « monde » dans son ensemble) pourraient désormais faire l’objet.
Dans un contexte marqué par une remise en cause de plus en plus prononcée de la puissance américaine, tant dans ses aspects politico-diplomatiques que militaires (les expériences de l’Irak et de l’Afghanistan ont renforcé ce phénomène), la guerre asymétrique semble avoir de beaux jours devant elle et impacte ainsi considérablement les conflits contemporains. Le cas de l’opération menée par Israël et les États-Unis en Iran vient le confirmer.
Barthélémy Courmont ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.