La melodía del cariño, Gotas de lluvia o Felices por siempre: ¿cómo salir del laberinto de la fragmentación política en Perú?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim, Universidad de Navarra

Keiko Fujimori lidera el recuento de votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Perú. Joel Salvador/Shutterstock

El panorama de los resultados preliminares en el Perú, con el escrutinio avanzando hacia tres cuartas partes de las actas, confirma una sospecha que ha sobrevolado toda la campaña: estamos ante un déjà vu institucional que agrava las heridas de 2021.

Con un récord histórico de 35 candidatos presidenciales, el elector peruano se ha visto forzado a navegar en un océano de siglas vacías y personalismos, donde la deliberación informada fue sustituida por ruido electoral. Los resultados anticipados de la primera vuelta confirman lo que las encuestas ya insinuaban: un sistema político sin partidos sólidos, difícil de predecir y que opera como un sistema caótico.

Al escribir estas líneas, a 48 horas de terminada la jornada del domingo, apenas se ha contabilizado el 75 % de la votación. Keiko Fujimori lidera con un 17 %, seguida de cerca por Rafael López Aliaga con 13 % –ambos de derechas–. Detrás, en una secuencia poco distinguible, aparecen Jorge Nieto, de centro izquierda (12 %); Roberto Sánchez Palomino, izquierdista afín al expresidente Pedro Castillo (10 %); Ricardo Belmont (10 %); Carlos Álvarez Loayza (8 %), y Alfonso López Chau (8 %). Siete candidatos en nueve puntos porcentuales.

Al otro extremo de la cola están otros 28 candidatos presidenciales, que se repartieron cerca del 20 % del electorado. El histórico APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) apenas logró alcanzar el 1 %, mientras que 14 candidatos y sus partidos tuvieron votaciones tan exiguas que no alcanzaron el 0,5 %.

Los “New Kids on the Block”: partidos de temporada

Perú es el caso emblemático de la hiperfragmentación partidista. Los datos históricos revelan un patrón inquietante en Latinoamérica: en los años electorales o preelectorales surgen tres veces más partidos políticos que en periodos de calma institucional. Esta proliferación no responde a una vitalidad democrática, sino a una estrategia oportunista incentivada por el calendario electoral.

Haciendo referencia a la banda estadounidense de los 80 y 90 cuyo nombre traducido al español era “Los chicos nuevos del barrio”, estos New Kids on the Block son, en esencia, plataformas de campaña efímeras o flash parties que carecen de raigambre ideológica y solidez organizativa.

En el escrutinio peruano vemos como ejemplo el del humorista Carlos Álvarez Loayza (País para Todos), que capitalizó el fenómeno presentándose como el outsider que “viene de fuera” para captar el voto de sectores desencantados.

La relación de nombres de los partidos parece más una lista de música popular que una arquitectura institucional: el partido Obras de Ricardo Belmont, el País Para Todos de Loayza, Juntos por el Perú, Ahora Nación u otros como La melodía del cariño, Gotas de lluvia, La magia del encuentro, El aroma de la confianza, El tejido de la vida, Alcanzar el infinito, Amanecer de nuevo, El mapa de los sueños o Felices por siempre.

No nombran ideologías: evocan sensaciones. La dinámica es facilitada por la ciberpolítica, donde el uso de redes sociales permite a candidatos desconocidos articular apoyos masivos de forma veloz, pero con estructuras de “maletín” que difícilmente garantizan gobernabilidad.

Mariposas peruanas con aleteos impredecibles

“Es más fácil predecir las trayectorias de un péndulo doble que los resultados de las elecciones de Perú”, comentaba mi colega mexicano Arturo García-Portillo, un avezado consultor político. La metáfora del péndulo es ilustrativa, pues a diferencia de un péndulo simple y predecible por lo regular, el péndulo doble exhibe un comportamiento caótico: pequeñas diferencias en las condiciones iniciales generan trayectorias radicalmente distintas.

El célebre “efecto mariposa”, el aleteo de un evento menor –llámese debate, escándalo o video viral– puede desencadenar consecuencias finales desproporcionadas. Y no porque sea irracional el elector, sino porque está operando en un entorno de hiperfragmentación que multiplica las variables y reduce la capacidad de anticipación.

Cada candidato adicional no solo suma una opción, sino que introduce nuevas interacciones, nuevas transferencias potenciales de voto, nuevas trayectorias posibles.

Incluso el propio acto de votar pareció alinearse con esta lógica caótica. Además de la lentitud del conteo, ocurrió que en Lima quince locales de votación quedaron inoperativos por falta de material electoral, dejando a cerca de 66 000 ciudadanos, distribuidos en 211 mesas, sin poder ejercer su derecho.

La solución del árbitro electoral fue excepcional y polémica: extender la jornada 24 horas y permitir que esos electores votaran al día siguiente. Elección que, en los hechos, se partió en dos tiempos. Una escena difícil de imaginar en sistemas más institucionalizados: ciudadanos votando cuando los resultados ya eran, en gran medida, conocidos.

El tiempo electoral dejó de ser simultáneo. Con ello se alteró un principio básico en la competencia democrática y se erosionó la reputación institucional del árbitro electoral.

Lo menos malo

El llamado a la segunda vuelta es para el 7 de junio, cuando Keiko se enfrentaría al conservador López Aliaga, alias “Porky”, empresario que fue un medianamente exitoso alcalde de Lima. ¿Podrá ser la oportunidad de Keiko Fujimori en su cuarto intento?

Entre ambos candidatos suman 30 puntos, lo que indica que 7 de cada 10 peruanos no votaron por ninguno de ellos en primera vuelta. Exactamente igual que lo ocurrido en 2021.

Existe amplio espacio para negociaciones y alianzas, pero ante un escenario de tal volatilidad, en matemáticas electorales dos más dos rara vez suman cuatro. Ningún candidato puede garantizar la lealtad de sus votantes tras un apoyo para la segunda vuelta.

Un análisis preelectoral en redes sociales indicaba que mientras Keiko Fujimori lideraba en intención de voto, arrastraba un rechazo digital cercano al 46,96 %, mientras que López Aliaga tenía un rechazo del 27 %. Es decir, Keiko encabeza la competencia, pero también capitaliza el rechazo. Su presencia en segunda vuelta redefine la elección como dilema. Una vez más, y como ocurrió en 2021, el país se organizará en torno al “mal menor”.

Para que no vuelva a pasar

Si Perú aspira a romper este ciclo de inestabilidad, donde el parlamento termina siendo un mosaico de 10 o 15 facciones incapaces de sostener a un presidente o garantizar un mínimo de gobernabilidad, es imperativo repensar las reglas del juego electoral. La fragmentación del sistema de partidos es una dimensión ligada directamente a la forma en que se compite.

Reducir por la vía reglamentaria el número de partidos políticos es posible, en función de criterios de representatividad y bases electorales regionales. Otra propuesta hacia el futuro sería el transitar hacia un sistema de voto ranqueado o “votación suplementaria”. Sería relativamente fácil cambiar ligeramente el sistema electoral en ese sentido.

Funciona así. Si ningún candidato obtiene más del 50 % de los votos de primera opción, todos excepto los dos candidatos principales son eliminados y se les añaden los votos que hayan obtenido como segunda opción. Curiosamente, Perú ya aplica el voto preferencial en niveles legislativos, pero lo omite donde más se necesita: en la elección presidencial para garantizar una aceptabilidad más amplia del mandatario

El sistema puede ser muy fácil de llevar a la práctica, teniendo métodos automatizados o semiautomatizados de conteo. Como gran ventaja se ahorra la elección de segunda vuelta y la polarización artificial de la sociedad. Bajo esta lógica, el elector no elige una única opción, sino que ordena sus preferencias (primera, segunda, tercera opción). Esto alteraría radicalmente los incentivos de la comunicación política. Principalmente, encarece la agresión: atacar virulentamente a un adversario se vuelve irracional, ya que el candidato necesita ser la segunda o tercera opción de los seguidores de su rival para ganar.

Por otro lado, el método premia la moderación: obligaría a los actores a reconocer que el electorado no está dividido en bloques monolíticos, sino en una constelación de preferencias superpuestas. Así también se reduciría la polarización de la segunda vuelta: al agregar preferencias desde el inicio, se evita el enfrentamiento binario de odios y se premia el consenso.

Mientras el sistema premie el ruido, el Perú no elegirá a sus mejores opciones, sino a las más estridentes.

The Conversation

La autora es consultora política en DatastrategIA

ref. La melodía del cariño, Gotas de lluvia o Felices por siempre: ¿cómo salir del laberinto de la fragmentación política en Perú? – https://theconversation.com/la-melodia-del-carino-gotas-de-lluvia-o-felices-por-siempre-como-salir-del-laberinto-de-la-fragmentacion-politica-en-peru-280203

La banca social convierte al sector financiero en motor de sostenibilidad y bienestar colectivo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Yolanda Cotelo Ouréns, Profesora- Departamento de Economia, Universidade da Coruña

MAFPHOTOART8/Shutterstock

En un momento en que la ciudadanía observa con desconfianza al sistema financiero, marcado por crisis recurrentes, desigualdades sociales persistentes y el desafío climático, surge una pregunta clave: ¿puede la banca ponerse realmente al servicio de la sociedad?

Mi investigación doctoral sugiere que así es: hay un conjunto diverso de instituciones que demuestran que otra banca no solo es posible, sino que ya funciona.

A este conjunto lo denominamos banca social, un concepto que recoge modelos bancarios cuyo objetivo no se limita a maximizar beneficios, sino que incorpora de manera explícita objetivos ambientales, sociales y de gobernanza. Aunque no es una idea nueva, adquiere un significado renovado en un mundo que exige instrumentos financieros capaces de impulsar un desarrollo más sostenible e inclusivo.

Ahora bien, para comprender el potencial de la banca social es necesario mirar primero al funcionamiento del sistema financiero actual: entender por qué el modelo dominante resulta insuficiente, cómo se materializan estas alternativas y qué implicaciones tienen realmente para la vida cotidiana de la ciudadanía.

El papel activo de la banca

Durante décadas, la intermediación financiera se explicó casi en exclusiva desde una lógica técnica que concebía a los bancos como meros conectores entre ahorro e inversión. Según esta visión clásica, el dinero que una persona deposita en su cuenta –por ejemplo, María– se presta a otra –digamos, José–, que lo utiliza para financiar su propio proyecto.

Sin embargo, hoy en día los bancos no se limitan a mover el dinero de unas personas a otras. Un ejemplo sencillo: cuando un banco decide promover hipotecas con tipos de interés muy bajos o financiar masivamente proyectos inmobiliarios, no solo está “gestionando intercambios”, sino influyendo en el precio de la vivienda, en la expansión urbana y en las oportunidades económicas de miles de familias. Lo mismo ocurre cuando lanza fondos de inversión centrados en energías renovables o combustibles fósiles: esas decisiones favorecen el crecimiento de unas actividades frente a otras.

Todo ello pone de relieve, como muestran los trabajos en sociología económica y economía institucional, que las decisiones financieras no son neutras: moldean oportunidades, asignan riesgos y condicionan el rumbo de la economía real, contribuyendo a crear –o a destruir– no solo valor económico sino también social y ambiental. Ignorar estos efectos colectivos tiene costes reales, que se hicieron evidentes en la crisis financiera de 2007–2008, con la pérdida de viviendas, deterioro ambiental y un aumento de la inseguridad económica.

En este contexto, resulta fundamental preguntarse qué modelos bancarios asumen de forma explícita esta responsabilidad.

Crear valor

La banca social se refiere al conjunto de modelos bancarios que orientan sus decisiones a generar un impacto positivo en la sociedad, el medio ambiente y la economía. Sin embargo, uno de los principales obstáculos para comprender mejor este fenómeno es la pluralidad de denominaciones empleadas en el debate público. En este contexto aparecen términos como banca ética, banca alternativa, banca sostenible o banca basada en valores, utilizados a menudo de forma intercambiable y confusa.

Para trascender esta confusión terminológica resulta útil desplazar el foco desde las etiquetas declarativas hacia las prácticas concretas: no tanto cómo se definen estas entidades, sino cómo orientan efectivamente su actividad.

Tres caminos hacia una banca con impacto

A partir del análisis de distintas entidades financieras españolas, definimos tres grandes formas de integrar los objetivos ambientales, sociales y económicos:

  1. La vía de la inclusión financiera. En este caso, el propio modelo de negocio de la entidad está orientado a responder directamente a necesidades sociales concretas. Por ejemplo, ofreciendo crédito al consumo a personas con bajos ingresos. Este enfoque guarda similitudes con la tradición de las antiguas cajas de ahorro, centradas en la proximidad y la función social.

  2. La vía de la economía social. Aquí, el banco no actúa tanto como proveedor directo de crédito social, sino como intermediario que canaliza recursos hacia organizaciones especializadas en generar impacto social. Un ejemplo sería la financiación de entidades que conceden microcréditos o gestionan programas para colectivos vulnerables. Este modelo se asemeja más al funcionamiento de las cooperativas de crédito.

  3. La vía basada de la práctica bancaria. En este caso, el compromiso social y medioambiental se integra de forma sistemática en la operativa cotidiana del banco: en la evaluación de riesgos, en la política de inversión o en la relación con los clientes. No se trata de productos aislados, sino de una forma estructural de hacer banca en la que la sostenibilidad guía las decisiones del conjunto de la organización. En este sentido, es la vía más afín a la forma en que los bancos tradicionales pueden incorporar la sostenibilidad en su actividad.

Qué indican estos resultados

La banca social no es un conjunto de prácticas cosméticas ni un modelo homogéneo, sino un ecosistema diverso de instituciones que comparten principios comunes y los adaptan a su organización y su entorno.

Esta pluralidad es una fortaleza: permite que la sostenibilidad se materialice de formas distintas y viables a largo plazo, ajustadas a realidades locales y organizativas diferentes.

Al mismo tiempo, los resultados subrayan un mensaje clave para los responsables públicos: la sostenibilidad financiera no depende solo de las decisiones de los bancos, sino también del marco institucional en el que operan.

La importancia para la ciudadanía

Por lo tanto, la banca social no es un debate técnico reservado a especialistas. Afecta directamente a cuestiones que interesan a cualquier ciudadano. Cuando un banco evalúa un préstamo decide, en cierto modo, qué tipo de economía y de sociedad se está construyendo.

En un contexto marcado por la transición ecológica, las tensiones geopolíticas y la desigualdad creciente, avanzar hacia un sistema financiero más sostenible se convierte en una condición necesaria para afrontar los grandes retos colectivos. La banca social demuestra que esa transformación no solo es deseable, sino también posible.

The Conversation

Yolanda Cotelo Ouréns ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia, Innovacion y Universidades y la Agencia Estatal de Investigacion para desarrollar esta línea de trabajo (PRE2020-093649; PID2019-106273RB-I00; PID2022-139315OB-I00).

ref. La banca social convierte al sector financiero en motor de sostenibilidad y bienestar colectivo – https://theconversation.com/la-banca-social-convierte-al-sector-financiero-en-motor-de-sostenibilidad-y-bienestar-colectivo-271430

‘Los dinosaurios’: el rigor científico choca con una narración problemática

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Viktor Baranov, Investigador Ramon y Cajal, en ambito de Ecologia y Paleontologia de insectos y cambio global, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Imagen de la serie _Los dinosaurios_. Netflix

La nueva serie documental de Netflix, Los dinosaurios, ha demostrado ser un éxito mundial y logró acumular 10,4 millones de visualizaciones en la semana posterior a su estreno a principios de marzo de 2026.

En la página web de reseñas Rotten Tomatoes la serie cuenta con un porcentaje de aprobación del 100 % por parte de la crítica y un 74 % de valoración positiva por parte del público. Pero el éxito de esta serie pone de relieve cómo el legado colonial de la paleontología aún puede distorsionar la percepción pública de la naturaleza y de nuestro pasado.

‘Los dinosaurios’: éxito cinematográfico y… ¿científico?

¿Quiénes están detrás de este éxito? Dos nombres propios saltan a la vista. El primero que reconocen los espectadores es Morgan Freeman. El actor fue elegido para narrar el viaje en inglés, y su trabajo aporta un tono distintivo y envolvente que ha sido señalado como uno de los grandes aciertos de la producción.

Pero la serie también se debe al espectáculo cinematográfico. No en vano detrás de ella se halla uno de los cineastas con mayor influencia en Hollywood de las últimas décadas: Steven Spielberg, productor ejecutivo. Que el director de Parque Jurásico vuelva al territorio de los dinosaurios –aunque esta vez sea en formato documental– tiene una carga simbólica enorme. Pero esto también se traduce en que algunas escenas parecen creadas para los seguidores de los éxitos de la saga jurásica. Sin ir más lejos, ciertos diseños siguen la misma línea de aquellos filmes, con el fin de resultar familiares para el público mayoritario.

Una escena de la miniserie Los dinosaurios.

No olvidemos tampoco que la filosofía de Netflix se basa en el espectáculo para todos los públicos. La plataforma busca contenido que resuene tanto a nivel local como internacional, produciendo historias en múltiples países para satisfacer gustos diversos.

A la hora de hablar del aspecto científico, entre los asesores se ha contado con personas con reputación internacional en el campo, como Susannah Maidment o Dean Lomax. Su trabajo merece un enorme respeto y reconocimiento. Además, es genial que la serie ponga de relieve muchas especies de animales extintos poco conocidas por el público.

Esto se aprecia especialmente en el primer episodio, donde el Marasuchus lilloensis es el protagonista. También se muestran los Tanystropheus e Hyperodapedon (llamado “Rynchosaurus” en la serie). Aunque estos tres reptiles provienen de diferentes rincones de la Tierra y de distintas épocas del período Triásico, sigue siendo asombroso verlos porque demuestran cuán diferentes eran los vertebrados del Triásico y cuán extraños. En comparación, los dinosaurios nos resultan familiares y casi fáciles de imaginar.

Imagen del Rhynchosaurus en _Los dinosaurios_.
Imagen del Rhynchosaurus en Los dinosaurios.
Netflix

Un marco científico riguroso y una representación innovadora del comportamiento animal –en algunas ocasiones– son las mayores fortalezas de la serie.

Peligros del sensacionalismo en la divulgación

Sin embargo, la narración excesivamente dramática, con el uso de un vocabulario y unos matices inapropiados, es uno de sus mayores defectos. De hecho, parece que se busca dramatizar eventos y conceptos que ya son de por sí dramáticos, despojándolos de parte de su asombro natural.

Por ejemplo, se dice que los dinosaurios “tenían el destino de triunfar y dominar la Tierra”, en oposición a los “reptiles”, enmarcados como fracasos biológicos que lo perdieron todo. Sin embargo, la evolución a gran escala no funciona así: no hay destino, solo azar. Los “reptiles” de los que trata la serie son en su mayoría pseudosuquios –un grupo que incluye a los cocodrilos modernos y a parientes evolutivos de los dinosaurios–. Fueron y siguen siendo animales altamente exitosos según prácticamente cualquier métrica biológica.

La serie presenta el éxito evolutivo de los dinosaurios como una especie de “destino manifiesto”, en lugar de la serie de coincidencias afortunadas que suceden en la evolución en general. Esto refuerza ideas erróneas en el público, como la noción de que la evolución es una fuerza dirigida con un objetivo, en vez de un proceso basado en eventos contingentes donde la selección actúa sin propósito predefinido. Aquí el lenguaje importa mucho: es posible explicar conceptos complejos de forma accesible pero sin sacrificar la precisión del mensaje.

Además, los episodios de la nueva serie se titulan “Ascenso”, “Conquista”, “Imperio” y “Caída”, lo cual reduce 180 millones de años de historia de la Tierra a una comparación con estados humanos. Aplicar el lenguaje de la guerra y la construcción de naciones a la evolución es un problema antiguo: la gente habla del “ascenso de dinastías” de organismos, de la “dominancia” o la “victoria” de un grupo sobre otro.

Un dinosaurio se mueve en el mar.
Otra de las imágenes de la serie Los dinosaurios.
Netflix

La serie utiliza con frecuencia un lenguaje imperialista y militarista para describir la evolución, hablando del “imperio” de los dinosaurios o de su “conquista” del planeta. Esto refleja hasta qué punto las lógicas coloniales, desarrolladas durante el siglo XIX, siguen influyendo en la comunicación científica.

El lado oscuro de la historia de la paleontología

La paleontología moderna surgió como una ciencia impulsada por la colonización. Por ejemplo, la expansión hacia el oeste de Estados Unidos en el siglo XIX desencadenó las “Guerras de los Huesos”: una feroz competencia por describir especies de dinosaurios en las tierras de las que se había expulsado por la fuerza a la población nativa americana.

Con episodios tan horribles en el pasado de la especialidad, es fundamental no impregnar los medios paleontológicos modernos de una retórica centrada en la conquista y la construcción de imperios. Este lenguaje distorsiona la realidad de la naturaleza ante la percepción pública.

La naturaleza puede ser bastante cruel desde nuestro punto de vista, pero sus condiciones no son resultado de la malicia ni el deseo de conquista, sino simplemente de la presión por acceder a recursos escasos en sistemas habitados por múltiples especies. Además, los sistemas naturales están interconectados, son interdependientes y cooperativos: desde la polinización hasta el mutualismo entre peces payaso y corales pasando por el cuidado entre cachalotes no emparentados.

Debemos asegurarnos de que los documentales, con toda su licencia artística, no distorsionan la percepción de la naturaleza en tiempos de crisis global de biodiversidad, ya que nosotros también somos interdependientes con ella.


Este artículo se ha escrito con la colaboración de Francisco Javier Millán, periodista, escritor y profesor de producción cinematográfica.


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The Conversation

Viktor Baranov no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Los dinosaurios’: el rigor científico choca con una narración problemática – https://theconversation.com/los-dinosaurios-el-rigor-cientifico-choca-con-una-narracion-problematica-279815

¿Existe un ‘Viagra femenino’… o estamos haciendo la pregunta equivocada?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Vargas Guerrero, Director y Docente del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias, Universidad Europea

Yuriy Maksymiv/Shutterstock

Durante décadas, los problemas de disfunción sexual se abordaron principalmente como un problema masculino, un interés que alcanzó su punto álgido con la llegada de la Viagra.

Desde entonces, la conversación ha estado marcada por una comparación constante: si los hombres tienen una solución farmacológica eficaz, ¿por qué no existe algo equivalente para las mujeres?

La pregunta parece lógica, pero parte de una premisa discutible: que el deseo sexual funciona del mismo modo en todos los casos y puede abordarse de forma equivalente. Sin embargo, la evidencia muestra que se trata de un fenómeno complejo, con diferencias en cómo se expresa y se regula según la persona y el contexto.

Entonces, ¿existe realmente el Viagra femenino? ¿Y es esa la pregunta más útil?

El problema no es (solo) biológico

En el caso de la disfunción eréctil, los mecanismos vasculares tienen un papel claro. Fármacos como el sildenafilo (Viagra) actúan directamente sobre ese proceso. Pero el deseo sexual no responde a un único mecanismo.

En consulta, es habitual encontrar que su disminución no tiene una causa única, sino que aparece en la intersección de múltiples factores: estrés sostenido, sobrecarga mental y de cuidados, dinámicas de pareja deterioradas, falta de comunicación sexual y expectativas poco realistas sobre cómo “debería” ser el deseo.

De hecho, uno de los motivos más frecuentes de consulta en terapia de pareja no es la ausencia de deseo en sí, sino la discrepancia sobre el mismo: cuando una persona desea más o menos que la otra.

Este desajuste suele generar interpretaciones que agravan el problema y se manifiestan con frases como “Si no tiene deseo, es que ya no le atraigo”, “Debería apetecerme más” o “Algo va mal en mí o en la relación”

Tales creencias pueden aumentar la presión, la evitación y, paradójicamente, reducir aún más el deseo.

Desde este enfoque, el problema no está tanto en el cuerpo como en la dinámica relacional que se construye alrededor del deseo.

¿Qué es el sildenafilo femenino y para quién va dirigido?

El llamado sildenafilo femenino no es un medicamento específico aprobado para mujeres, sino el uso del mismo principio activo de la Viagra (sildenafilo) en este grupo.

Originalmente desarrollado para tratar problemas cardiovasculares, este fármaco actúa como vasodilatador, aumentando el flujo sanguíneo en los genitales. En hombres, facilita la erección; en mujeres se ha planteado que podría favorecer la excitación física.

En la práctica, su uso se ha explorado en mujeres con dificultades en la excitación o en la respuesta sexual, especialmente cuando existe un componente fisiológico (por ejemplo, vascular o asociado al uso de determinados fármacos).

No obstante, no se trata de una “pastilla para el deseo” ni de una solución generalizada para la disminución de la libido, sino de una intervención limitada a casos muy concretos y aún en debate.

¿Qué dice la ciencia?

La evidencia científica disponible sugiere que sus beneficios son, en el mejor de los casos, modestos. Algunos ensayos clínicos han observado mejoras moderadas en la respuesta fisiológica genital, como el aumento de la lubricación o del flujo sanguíneo, en mujeres con disfunción sexual de origen vascular o asociada al uso de antidepresivos.

Sin embargo, su efecto sobre el deseo sexual –una dimensión más compleja– es escaso o inexistente. Como ya se ha apuntado, las principales revisiones científicas coinciden en que dicho deseo es multifactorial y está influido por factores biológicos, psicológicos y sociales, por lo que una intervención exclusivamente farmacológica suele resultar insuficiente.

En paralelo, se han desarrollado fármacos específicos como la flibanserina o la bremelanotida, aprobados en Estados Unidos para el llamado trastorno del deseo sexual hipoactivo. Actualmente en revisión, esta categoría clínica se caracteriza por una disminución persistente del deseo que genera malestar.

En cualquier caso, sus beneficios son limitados y no están exentos de efectos secundarios como somnolencia, mareos o náuseas. Esto ha generado un debate en la comunidad científica sobre si las ventajas compensan los riesgos, el coste y las expectativas que generan.

El riesgo de medicalizar el deseo

Más allá de sus efectos clínicos, el uso de este tipo de fármacos plantea implicaciones sociales relevantes. Puede generar expectativas poco realistas, reforzar la idea de que el deseo debe ser constante y lineal o promover la creencia de que cualquier disminución debe “corregirse” médicamente con una pastilla.

Desde la práctica clínica, uno de los riesgos más relevantes es precisamente ese: convertir cualquier variación del deseo en un problema que debe corregirse.

El deseo no es constante ni lineal. Fluctúa a lo largo del tiempo y está profundamente influido por el contexto vital y relacional. Cuando se interpreta como una obligación —algo que “debería” estar siempre presente—, puede generar más malestar que soluciones.

Repercusiones desde una perspectiva de género

Incorporar una perspectiva de género permite entender mejor el contexto en el que surgen estos tratamientos.

Históricamente, la sexualidad de las mujeres ha sido invisibilizada o reducida a funciones reproductivas y, en ocasiones, medicalizada. En este marco, la búsqueda de un “equivalente femenino” de la Viagra parte de una comparación que puede resultar engañosa: la disfunción eréctil masculina suele tener un componente vascular importante, mientras que el deseo sexual no responde a un único mecanismo biológico.

Existe además el riesgo de patologizar formas diversas y legítimas de vivir el deseo. Factores como la sobrecarga de cuidados, el estrés o las desigualdades estructurales influyen de manera significativa en la vida sexual, pero rara vez se abordan desde el ámbito biomédico.

¿Qué alternativas existen?

El problema no siempre reside en el cuerpo, sino también en el contexto.

Alternativas como la educación sexual realista, el trabajo sobre expectativas y creencias, la mejora de la comunicación y las dinámicas de pareja –es decir, la forma en la que se comunican, se relacionan, negocian el deseo y construyen la intimidad–, e incluso intervenciones específicas en terapia sexual pueden resultar más adecuadas en muchos casos.

Estas aproximaciones no ofrecen soluciones inmediatas, pero sí abordan las causas que con más frecuencia están en la base del problema.

¿Y si la clave está en cambiar la pregunta?

El reto pasa por comprender la complejidad del deseo y evitar reduccionismos que puedan resultar contraproducentes.

Quizá la cuestión no sea si existe un “Viagra femenino”, sino por qué seguimos buscando soluciones simples para fenómenos complejos.

Comprender el deseo en toda su dimensión —biológica, psicológica y relacional— no solo es más coherente con la evidencia, sino también más útil para abordar las dificultades que pueden surgir en este ámbito.

The Conversation

Alberto Vargas Guerrero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Existe un ‘Viagra femenino’… o estamos haciendo la pregunta equivocada? – https://theconversation.com/existe-un-viagra-femenino-o-estamos-haciendo-la-pregunta-equivocada-254432

Cuando cambiar de pareja es la mejor opción

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Canal, Científico Titular. Departamento de Biología Evolutiva, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca) Jesús Cobaleda /Shutterstock

Entender cómo se forman y mantienen las parejas reproductoras es un elemento central en el estudio de la biología evolutiva. Charles Darwin ya apuntó que, además de luchar por la supervivencia, los animales compiten por reproducirse, y que las circunstancias que determinan con quién criar y cuándo hacerlo moldean la evolución de las especies. De hecho, influyen directamente en el éxito reproductor de cada individuo y, por lo tanto, en los genes que se transmiten de generación en generación.

En muchas aves longevas como cigüeñas, albatros, cisnes o rapaces, mantener la misma pareja durante años, o incluso durante toda la vida, tiene claras ventajas. Entre otras cosas, la experiencia compartida reduce los conflictos, mejora la coordinación y aumenta la eficacia a la hora de sacar adelante a las crías. Sin embargo, en especies de vida mucho más corta, como paseriformes y especies migratorias, las condiciones ecológicas y vitales son muy diferentes. Y es posible que las estrategias reproductoras no funcionen de la misma manera.

Para estas aves, cada primavera es una carrera contrarreloj. Hay que regresar desde los cuarteles de invierno a las áreas de reproducción, conseguir un territorio y pareja, sacar adelante a los pollos y volver de nuevo a las áreas de invernada. Todo ello en apenas unos meses.

Los papamoscas crían con una nueva pareja cada año

Bajo tanta presión, se podría pensar que criar con la misma pareja año tras año supondría la mejor opción para asegurar una reproducción exitosa. Al fin y al cabo, repetir pareja ahorraría tiempo y energía al no tener que buscar un nuevo compañero o compañera. Y la familiaridad entre los miembros que se conocen debería mejorar la coordinación en tareas importantes, como defender el territorio o alimentar a las crías.

Sin embargo, nuestro estudio recién publicado no apoya esa idea. Basado en casi 40 años de seguimiento continuo de papamoscas cerrojillos, una pequeña ave migratoria de larga distancia que pesa alrededor de 12 gramos y recorre aproximadamente 3 000 km entre sus zonas de reproducción e invernada, muestra que muy pocos individuos, apenas el 3,5 %, crían con la misma pareja al año siguiente. La mayoría, cuando regresan de África para reproducirse, terminan criando con una nueva pareja –a pesar de que la del año anterior sigue viva y anda criando cerca–.

En este trabajo analizamos, en términos reproductivos, qué ocurre antes y después de que un individuo mantenga o cambie de pareja. En concreto, examinamos si este cambio de pareja afectaba a la fecha en que los papamoscas comenzaban a criar, al número de huevos que ponían y a la cantidad de pollos que lograban sacar adelante.

Los resultados indican que tanto los machos como las hembras que cambiaron de pareja sacaron adelante más pollos en la temporada siguiente al cambio. Con independencia de la edad de los individuos o el tipo de hábitat de cría.




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Ventajas de cambiar de pareja varias veces a lo largo de la vida

En una especie de vida corta como el papamoscas cerrojillo, cuya esperanza de vida es de unos 3 años, cada temporada de cría es determinante. Si tenemos en cuenta todos los retos a los que tiene que enfrentarse este pequeño paseriforme migrador a lo largo de un año, no resulta sorprendente que la probabilidad de que ambos miembros de la pareja sobrevivan y coincidan al año siguiente en el mismo bosque sea baja.

En ese contexto, retrasar el inicio de la reproducción esperando a la pareja del año anterior puede ser más costoso que empezar con una nueva. Sobre todo porque la calidad y cantidad del alimento necesario para sacar adelante a los pollos disminuye rápidamente a medida que avanza la primavera. Cambiar de pareja podría, entre otras ventajas, permitir iniciar la reproducción antes, acceder a un mejor territorio o encontrar un consorte más compatible. Y eso podría traducirse en un mayor número de pollos que consiguen salir adelante.

En conjunto, nuestros resultados muestran que los vínculos de pareja en aves no son rígidos, sino estrategias flexibles que se ajustan año a año en función del ambiente para maximizar el éxito reproductor.




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Estudios a largo plazo para conservar la biodiversidad

Más allá de estos resultados, el estudio pone de manifiesto la gran importancia de los estudios a largo plazo en poblaciones naturales. Sólo mediante el seguimiento continuado de los organismos, ya sean animales o plantas, año tras año, es posible describir comportamientos sutiles pero decisivos que, de otro modo, pasarían desapercibidos.

En un mundo dominado por la inmediatez, también en la ciencia, es tentador buscar respuestas rápidas. Sin embargo, muchos procesos fundamentales en ecología y evolución necesitan años, o incluso décadas, para observarse. Los estudios a largo plazo nos permiten entender cómo responden los individuos al cambio climático, qué factores influyen en su envejecimiento, qué señales influyen en el éxito reproductor o cómo afectan las modificaciones del hábitat a su supervivencia. Procesos que, en conjunto, son fundamentales para entender cómo se mantienen y adaptan las poblaciones en un mundo cambiante.

Este tipo investigaciones genera el conocimiento básico que luego sostiene la gestión y conservación de la biodiversidad. Y aunque no siempre sabemos qué preguntas nos ayudarán a responder en el futuro, su valor radica precisamente en eso, en la generación de conocimiento que algún día necesitaremos, aunque aún no lo sepamos.

Esta primavera, como cada año desde 1984, volveremos a los bosques de La Hiruela para seguir estudiando una a una las casi 200 parejas de papamoscas cerrojillo que crían allí. En una sociedad dominada por las prisas, la naturaleza nos recuerda una vez más que muchas de las cosas importantes se cocinan a fuego lento.

The Conversation

David Canal es científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Esta investigación forma parte de un estudio a largo plazo que, a lo largo de los años, ha contado con financiación de distintos proyectos del Ministerio de Ciencia del Gobierno de España (bajo sus diferentes denominaciones institucionales). En particular, David Canal ha sido financiado por la Comunidad de Madrid, a través de las Ayudas de Atracción de Talento Investigador (proyecto 2022‑T1_AMB‑24), y por el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Agencia Estatal de Investigación (MCIN/AEI; proyecto PID2022‑141763NA‑I00).

ref. Cuando cambiar de pareja es la mejor opción – https://theconversation.com/cuando-cambiar-de-pareja-es-la-mejor-opcion-279622

El precio del petróleo que muestran los mercados financieros no es el que pagan las refinerías

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

Westlight/Shutterstock

Cuando los medios anuncian que el petróleo cotiza a 96 dólares por barril están hablando de un contrato financiero negociado en una pantalla: el futuro llamado ICE Brent de primer mes (también Brent front-month o ticker B), que representa un compromiso de compra o venta para una entrega teórica en las semanas siguientes. Ese número es real pero está incompleto.

El precio que paga una refinería por un cargamento físico de crudo –los cientos de miles de barriles que llegan en un superpetrolero al puerto de Algeciras o al de Róterdam, por ejemplo– responde a una lógica distinta, construida sobre calidades del crudo, primas geográficas y las valoraciones diarias de dos empresas que casi nadie conoce fuera del sector: Platts y Argus, las dos agencias independientes que establecen los precios de referencia (benchmarks) para el petróleo físico y productos refinados.

Esta distinción en los precios del crudo, habitualmente invisible para el gran público, importa especialmente ahora: la crisis en el estrecho de Ormuz ha abierto una brecha sin precedente entre el precio financiero y el precio físico del petróleo, con consecuencias directas para la inflación, los márgenes de refino y, en última instancia, el precio de la gasolina en los surtidores europeos.

Futuros y físico: dos mercados que hablan idiomas distintos

Los contratos de futuros sobre el crudo Brent cotizan en Intercontinental Exchange (ICE) Futures Europe, en Londres, el mercado de referencia global para la negociación de energía, gas natural, emisiones y materias primas agrícolas.

La función de estos contratos es doble: permiten a los productores y los compradores cubrirse del riesgo de volatilidad en los precios, y atraen a inversores financieros que aportan liquidez, aunque no tengan intención de tocar un solo barril. Cuando vence el contrato, la mayoría de estos acuerdos se liquidan en efectivo. Solo una fracción mínima acaba en entrega real.

El mercado físico, en cambio, es opaco por diseño. Las transacciones de cargamentos reales no son públicas. Por eso existe el Dated Brent: la valoración diaria que publican S&P Global Platts y Argus Media a partir de las transacciones reportadas por los propios operadores durante una ventana de media hora al cierre de la sesión londinense. Este número –y no el futuro del ICE– es el que aparece en los contratos de suministro de la mayoría de las refinerías del mundo, habitualmente expresado como “Dated Brent ± un diferencial en dólares por barril”.

La calidad como determinante del precio real

Ese diferencial depende fundamentalmente de la calidad del crudo, que depende de dos variables críticas: la densidad –medida en grados API, a mayor gradación menor densidad– y el contenido en azufre. Un crudo ligero y dulce (light & sweet, alto API, bajo azufre) produce más gasolina y diésel por barril con menor coste de procesamiento. Por eso cotiza con prima. En cambio, un crudo pesado y ácido (heavy & sour) requiere refinerías más sofisticadas y produce más fuelóleo, de menor valor: de ahí su descuento estructural.

El Brent del mar del Norte (38 API, 0,37 % azufre) es el crudo de referencia. El Arab Light saudí se negocia con apenas descuentos, mientras que los del petróleo Maya mexicano (22 API, 3 % azufre) pueden superar los 15 dólares por barril. Los del Merey venezolano son de más de 20 USD/bbl por su alta densidad y contenido de azufre.

El resultado es que el precio del petróleo del que hablan los titulares de los medios generalistas no es uno: es una familia de precios diferenciados por origen, calidad y logística. Una refinería que paga 79,50 dólares por un barril de Urals (el petróleo ruso de referencia) cuando el Brent cotiza a 82 no está comprando más barato: está pagando lo que vale ese crudo específico para su configuración de refino y sus condiciones de transporte.

Una excepción relevante: cuando los futuros sí entran en el precio físico

El mecanismo Dated Brent no es universal, aunque se aplica cerca del 60 % del crudo mundial. Un caso especialmente relevante es el del crudo Arab Light, producido por Saudi Aramco: su precio oficial de venta mensual (Official Selling Price u OSP) se fija con un diferencial (prima o descuento) sobre el precio establecido en los mercados de referencia, por regiones, y es anunciado mensualmente por la propia petrolera saudí.

Para Asia, el OSP de Aramco se referencia al precio promedio de los crudos de Dubái y Omán. Para EE. UU., utiliza el índice ASCI (Argus Sour Crude Index), basado en crudos del golfo de México. Diferentes regiones, estrategias de precios distintas para el mismo crudo, lo que explica por qué las disrupciones logísticas –como el cierre del estrecho de Ormuz– afectan de manera asimétrica a los compradores según su situación geográfica. La lógica de precios OSP + diferencial es universal, pero la referencia sobre la que se calcula ese diferencial, no.

La brecha abierta en Ormuz

El cierre efectivo del estrecho de Ormuz a causa de la guerra entre Estados Unidos-Israel e Irán ha convertido el mecanismo de precios petroleros en un asunto de primera plana. El 2 de abril de 2026, el Dated Brent alcanzó 141,36 dólares por barril –el nivel más alto desde 2008, según datos de S&P Global Platts–, mientras que el futuro ICE de junio cerraba a 109,03 dólares: una diferencia de más de 32 dólares entre el petróleo físico y el contrato financiero. El 8 de abril, el Dated Brent marcó un máximo histórico de 144,42 dólares. Dos días después, tras el anuncio de tregua entre EE. UU. e Irán, el precio del petróleo físico se situó en torno a 131 dólares mientras el papel cotizaba alrededor de los 96.

Esta divergencia, lejos de ser una anomalía técnica, tiene consecuencias macroeconómicas directas. Las refinerías europeas que compraron crudo físico en esos momentos pagaron 35 dólares más por barril de lo que sugieren los titulares financieros. Esa diferencia se trasladará a los precios de los combustibles con un retardo de semanas, no de meses.

Plataformas como Trading Economics.com muestran solo el precio del futuro ICE (y lo advierten en letra pequeña). La oficina de estadística y análisis del Departamento de Energía de EE. UU.(EIA) publica para el Brent europeo un spot price (el precio pactado para transacciones inmediatas) con varios días de retraso, no el Dated Brent. El diario económico Financial Times y la agencia Reuters distinguen ambos precios en sus secciones de materias primas, especialmente en momentos de tensión geopolítica o económica.

La valoración diaria del Dated Brent de Platts solo es accesible mediante suscripción de pago a S&P Global Commodity Insights, a través de su plataforma Platts Global Alert, o redistribuido, por ejemplo, vía la agencia económica Bloomberg.

Estas particularidades informativas explican en gran medida por qué el gran público confunde el precio del futuro con el precio físico real.

Una implicación para el debate público

La confusión entre el precio financiero y el precio físico del petróleo no es inocua. Cuando los responsables de política energética, los medios y el público observan los futuros ICE, y ven 96 dólares, están ignorando que las refinerías pagan 131 por el crudo físico.

Pero hay una segunda capa de confusión igualmente extendida: el precio de la gasolina, el gasóleo o el queroseno para el cliente (antes de impuestos) no depende del valor absoluto del Brent, sino del crack spread, que es la diferencia de precio entre el petróleo crudo y los productos refinados (es decir, su margen de beneficio) y es la cifra clave para la economía del refino. Una refinería puede pagar más por el crudo y ver cómo sus márgenes se amplían si el crack spread del diésel sube más deprisa (o viceversa).

En la crisis actual, los crack spreads de los destilados medios (gasóleo, queroseno) se han disparado de forma independiente al crudo: el gasóleo ha cotizado con primas del orden de 50 dólares sobre el Brent, y el queroseno de aviación ha superado los 200 dólares por barril, según datos de IATA, muy por encima de lo que justificaría solo el precio del crudo.

Entender estas diferencias –crudo, producto, crack spread– es condición necesaria para entender por qué los precios al consumidor (precio antes de impuestos, PAI) se mueven como lo hacen, y por qué la exposición real de la economía europea a la crisis en el Golfo es mucho mayor de lo que los indicadores financieros convencionales sugieren.

Distinguir el precio del papel y del barril no es un ejercicio académico: es una condición necesaria para interpretar correctamente el impacto de las crisis energéticas sobre la inflación, la competitividad industrial y el bienestar de los hogares.

The Conversation

Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El precio del petróleo que muestran los mercados financieros no es el que pagan las refinerías – https://theconversation.com/el-precio-del-petroleo-que-muestran-los-mercados-financieros-no-es-el-que-pagan-las-refinerias-280524

Why is alcohol use declining in Canada?

Source: The Conversation – Canada – By Timothy Naimi, Director, Canadian Institute for Substance Use Research; Professor, Division of Medical Sciences, University of Victoria

Lately, there has been a lot of news about declining alcohol sales in North America, and speculation as to why that might be.

As director of the Canadian Institute for Substance Use Research at the University of Victoria, I consider this an important development and a topic worth exploring given its implications for health and society more broadly.

Is the decline real?

Based on alcohol sales data (which is more reliable than self-reported survey data), the decline appears to be real. According to Statistics Canada, per capita alcohol sales (the average amount sold per person aged 15 years and older) declined for the fourth consecutive year, from 8.3 litres of ethanol (roughly 487 standard drinks per year) in 2020-21 to 6.8 litres (399 standard drinks) in 2024-25, a rather dramatic decline of 18 per cent.

Alcohol sales have also declined recently in the United States, so this is not a Canada-only phenomenon.

Wine bottles on a shelf
The notion of purported benefits from moderate drinking, particularly of wine, has been largely debunked.
(Unsplash/Scott Warman)

Possible contributing factors

There are many possible contributors to consider, some of which overlap with one another:

  • Increasing health concerns? Increased concern about health effects of alcohol, including from socially “moderate” levels of use, may be contributing to reduced use and changing social norms.

    Scientifically, the notion of purported benefits from moderate drinking, particularly of wine, has been largely debunked. Canada’s Guidance on Alcohol and Health found increased risk of an alcohol-caused death at more than two drinks per week.

    The recent U.S. Surgeon General’s report on alcohol and cancer highlighted the growing recognition that alcohol is causally related to seven types of human cancer including cancers of the breast, colon, liver and esophagus. Interest in the sober-curious movement and participation in abstinence periods such as Dry January may partly reflect health concerns.

  • Inflation and affordability?
    Inflation has been relatively high in Canada over the past five years, and the affordability of staples like food has declined. Alcohol is a price-responsive good; most people purchase more of it when they have more disposable income, and less when they are trying to spend less.

  • Post-COVID normalization?
    Canadian alcohol consumption increased during the COVID-19 pandemic. Although the factors behind that increase are not fully understood, it is logical that consumption would decline with the waning of the pandemic. However, consumption has now fallen well below pre-COVID levels.

  • Immigration?
    In recent years, Canada has experienced a large influx of immigrants, many of whom come from countries with lower alcohol use than Canada, like India. While this would contribute to the decline in per-capita use (the average consumption among all people, including non-drinkers), total alcohol sales have also declined, indicating lower consumption among those who are not recent immigrants.

  • The rise of no- and low-alcohol products? There has been an explosion of no- and low-alcohol products, particularly for beer. But it’s unclear to what extent this category is replacing traditional alcohol sales versus adding to overall consumption. Stay tuned.

  • Cannabis substitution for alcohol? Research evidence about whether cannabis use is associated with more or less alcohol use (that is, whether people are using cannabis in addition to alcohol or using cannabis instead of alcohol) is mixed. But cannabis use has been increasing in Canada for some time, and even the 2018 legalization of cannabis for recreational use occurred during a time when alcohol sales were stable or increasing, so this is unlikely to be an important contributor.

  • Reduced use by youth? Although still common across North America, the prevalence of alcohol use among youth has declined over the past decade. Since drinking trajectories tend to persist with age, average consumption would decline over time as yesterday’s youth become a progressively larger share of the adult population.

  • Boycott of U.S. alcohol products? This is not a major contributor. The boycott of U.S. alcohol products came several years after alcohol sales began to decline. Furthermore, there are many non-U.S. product alternatives across all alcoholic beverage types and price ranges.

  • Increased use of GLP-1 agonist medications? The use of GLP-1 agonists such as Ozempic to treat obesity and diabetes has mushroomed. These medications are now used by approximately three million Canadians adults.

    In addition to reducing interest in eating, these medications also reduce interest in alcohol, and are being studied to treat alcohol use disorders. Although the population effect is not fully understood, their widespread use and impacts on consumption may be contributing to alcohol declines among middle-aged and older adults.

Possible impact of the decline

Over time, reductions in consumption should translate into gains for public health and savings for the health-care system and taxpayers, as alcohol-related costs exceed tax revenues. While reductions in alcohol sales adversely affect alcohol-related industries, reallocating dollars spent on alcohol benefits other sectors of the economy.

Ironically, adopting minimum pricing policies for alcohol could both improve public health and increase industry revenues by implementing what amounts to government-sponsored price collusion at the low end of the alcohol market, where profit margins are otherwise low.

Finally, although there has been a clear trend towards lower alcohol use in recent years, future sales may stabilize or reverse course. It remains to be seen whether the current trend is a long-term development or a fleeting one.

The Conversation

Timothy Naimi receives funding from:
BC government;
Health Canada;
SSHRC (Canadian federal government)

ref. Why is alcohol use declining in Canada? – https://theconversation.com/why-is-alcohol-use-declining-in-canada-277962

Canada is producing more graduates than ever — so why is it harder to find a job?

Source: The Conversation – Canada – By David J Finch, Professor, Innovation and Marketing, Mount Royal University; University of Calgary

Canada has a paradox at the heart of its labour market. The country leads the G7 for the most educated workforce and is producing more graduates than ever before. Yet for millions of young Canadians, the path from school to stable work has never been harder.

Between 2022 and 2025, vacancies for jobs requiring a bachelor’s degree and fewer than three years of experience fell by more than half.

About 40 per cent of Canadian graduates are underemployed, and youth unemployment reached 15 per cent in September 2025, more than double the adult rate and the highest in 15 years outside the pandemic.

The familiar diagnosis of a skills gap is not wrong, but it focuses on the wrong problem. The problem isn’t just skills; it’s that the system that converts learning into recognized workplace performance is broken.

Our new report, Entry-Level Employment: The Canary in Canada’s Labour Market Coal Mine, argues that the collapse of entry-level opportunities should not be viewed narrowly as an isolated challenge unique to a generation of young people.

It’s an early warning of broader challenges facing Canada’s labour market. To build a more productive economy, we must start by rebuilding the system that converts learning into recognized performance.

Eroding conversion infrastructure

Entry-level jobs were never just jobs. They were part of a larger system that converted learning into labour-market value. This system delivered four functions: skills were developed and refined under supervision, professional identities were formed, networks were built and capability became visible to employers.

For much of the 20th century, this risk was shared among government, individuals and employers. Governments and individuals funded education, and employers converted this education into workplace value. Employers were prepared to invest in employee development because the return on this investment was measured over decades of employee contribution.

Over the past 30 years, this conversion system deteriorated. The “hire and develop” model of the 20th century has given way to short-term, contract and gig work, which now represents up to one-quarter of Canada’s workforce.

Early research also suggests that the rapid expansion of remote and hybrid work during the COVID-19 pandemic is further diluting this conversion function.

The result is a shift of this conversion role from employers to individuals. As evidence, OECD countries, including Canada, now devote just 0.1 per cent of GDP to workforce training, the lowest level recorded.

Concurrently, over this period, post-secondary attainment in Canada has skyrocketed. However, expanding this educational supply, without scaling the corresponding conversion system, has only accelerated the widening of the conversation gap.

Employers aren’t irrational when they require “entry level” candidates with several years of experience. They are adapting to an absence of mechanisms that once allowed them to observe and develop emerging talent directly.

In the vacuum left by a weakening conversion system, they are left to rely on weak proxies of performance, such as academic credentials, school reputation or references. Each of these proxies reinforces systemic advantage, which locks many qualified new workers out of the very experiences that would let them demonstrate performance.

This is the distinction that matters: a skills gap points to missing qualifications; a conversion gap reflects a loss of system-wide ability to turn those qualifications into proven performance.

The canary in the coal mine

Just as the canary warned miners of invisible danger, the accelerating breakdown of the conversion system signals a risk not just for young people, but for the broader labour market.

Working lives now stretch across four or five decades and multiple employers, sectors and technologies. The World Economic Forum estimates that 39 per cent of current skill sets will be outdated within five years.

Converting learning into recognized performance is no longer limited to entry-level employment but is now an ongoing requirement across every job transition, technological shift or re-entry into work.

Yet the infrastructure supporting this conversion was built for an era of stable firms and linear careers. It no longer fits today’s increasingly dynamic labour market.

What needs to change

To rebuild our conversion capacity, our report identifies four priorities:

1. Rebuild structured entry-level pathways.

Structured conversion pathways must be expanded. Apprenticeships, graduate training programs and residencies must move beyond the trades and health care into all occupations. This restores employers as active partners in the conversion function rather than passive consumers of skills.

2. Embed continuous, work-integrated learning.

Continuous work-integrated learning must be expanded across career stages, with flexible opportunities designed to develop skills, generate observable performance, form professional relationships and appropriately share risk. The conversion gap is not a problem confined to the start of a career; it recurs at every transition, displacement and re-entry.

3. Rebalance risk and responsibility.

The legacy conversion system worked because the risk was shared by employers, government and individuals. The collapse of this system forces people to look for alternative conversion pathways to demonstrate performance, including unpaid internships or pursuing additional education.

These alternatives are not based on merit; they’re often rooted in financial capacity, which is a form of systemic privilege. The new conversion system must be designed to unlock the skills of all Canadians from the outset.

4. Build an open-recognition system.

We must develop open-recognition infrastructure. Open recognition establishes a harmonized system for verifying skills that are recognized across the full labour force, regardless of where or how they were developed. Without this, expanding the first three reforms becomes impossible.

The question is not whether Canadians have the education and skills to succeed. They do. The breakdown is converting this education and skills into recognized workplace performance.

Rebuilding the conversion system is how Canada renews productivity, widens opportunity and builds a workforce capable of meeting the demands of the decades ahead.

The Conversation

David Finch receives funding from the Alberta Centre for Labour Market Research. He is also the Director of The Productivity Project, a collaboration of Mount Royal University, the University of Calgary’s School of Public Policy, the Alberta Centre for Labour Market Research, and the LearningCITY Collective.

ref. Canada is producing more graduates than ever — so why is it harder to find a job? – https://theconversation.com/canada-is-producing-more-graduates-than-ever-so-why-is-it-harder-to-find-a-job-279178

Migrer « facilement » au Québec : le mythe à nuancer des privilèges français

Source: The Conversation – in French – By Capucine Coustere, Postdoctoral research fellow, Institute for Research on Migration and Society, Concordia University

Migrer au Québec en tant que ressortissant français est généralement présenté comme un parcours facilité. Accords privilégiés, mobilité encadrée, réseau institutionnel dense : tout semble indiquer une circulation fluide. Pourtant, derrière cette apparente simplicité, le système migratoire produit aussi des formes d’instabilité et de précarité auxquelles les Français n’échappent pas.


Les ressortissants français bénéficient d’un statut à part au Québec. Depuis 1965, la province a noué avec la France une relation « privilégié [e] » faite d’un réseau dense d’accords bilatéraux en matière économique, culturelle, éducative et de mobilité.

En effet, une trentaine d’entre eux visent à faciliter les migrations réciproques d’étude, de stage, de travail et d’installation. Par exemple, ils ont permis la création de l’Office franco-québécois pour la jeunesse, dédié aux mobilités des jeunes dans les deux territoires, facilitent la reconnaisses des diplômes, l’obtention d’un permis de conduire et l’accès à la RAMQ ou encore réduisent les frais de scolarité. Ils produisent donc pour leurs bénéficiaires un véritable privilège de nationalité.

Depuis plusieurs années, les Français forment la première nationalité parmi les nouveaux immigrants, comme les résidents temporaires au Québec, et leur nombre ne cesse de croître. Entre 2016 et 2021, la province a vu une hausse de 36 % de leurs arrivées avec la résidence permanente et de 86 % avec la résidence temporaire, selon les données combinées de Statistique Canada et du gouvernement du Québec.

Or, le statut de résidence temporaire est associé à des droits limités, variables selon le permis temporaire détenu, qui le rendent précarisant. Pour les personnes qui veulent rester, le passage à la résidence temporaire à la résidence permanente est possible, mais c’est un processus très complexe, sélectif, et précarisant.

Au Québec, il leur faut en effet passer un double processus administratif : être sélectionnés par la province, principalement via le Programme de l’expérience québécoise (PEQ), avant d’être admis par le gouvernement fédéral. Or, depuis 2019, le PEQ a connu de nombreuses réformes jusqu’à sa suppression en 2025 par le gouvernement de la Coalition avenir Québec. Les délais de traitement au fédéral ont également été particulièrement longs à partir de 2019 et durant la pandémie.

Dans ce contexte, est-il si facile pour les Français de migrer et de s’installer au Québec ? Je me suis penchée sur cette question à partir de données issues d’une recherche longitudinale qualitative menée entre 2019 et 2022 au Québec.




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Une arrivée facile

Se rendre au Québec est généralement perçu comme facile. Beaucoup ont entendu parler de cette destination par des amis ou sur les réseaux sociaux. Ils bénéficient fréquemment de soutien à différentes étapes des démarches pour s’inscrire aux études, trouver un employeur ou obtenir un permis de résidence temporaire.

Grâce à leur nationalité, ils sont éligibles aux trois permis migratoires du programme Expérience internationale Canada dans des conditions avantageuses (par exemple, deux ans pour le permis vacances-travail et des quotas d’éligibilité élevés).

À l’arrivée, les conditions de séjour s’avèrent souvent bonnes pour ces Français. Aux études, ils ont droit à des frais de scolarité réduits (équivalents à ceux des Canadiens résidant hors Québec au baccalauréat et à ceux des Québécois à la maîtrise et au doctorat) et à la RAMQ (comme seulement 10 autres nationalités).

En emploi, la disponibilité du permis vacances-travail accroît leur chance d’avoir un permis de travail ouvert, permettant de changer librement d’employeur. Trouver un travail, un logement, tout apparaît donc facile pour la plupart.




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Un permis souvent peu flexible

Nuançons un petit peu. Beaucoup arrivent aussi avec un permis de travail fermé, qui empêche de changer d’employeur et produit des conditions de travail non libre. Les droits accessibles varient selon le type de permis. Par exemple, les personnes en visa vacances-travail n’ont pas droit à la RAMQ.

Mais en général, c’est lorsque les Français veulent rester au-delà du premier permis que la situation se gâte. La plupart des permis de travail ouverts ne sont pas renouvelables, imposant d’obtenir un permis de travail fermé. Plusieurs dans ce cas racontent avoir été traités différemment de leurs collègues québécois, notamment en matière d’avancement professionnel. L’employeur n’avait pas besoin de les inciter à rester, le permis les immobilisait déjà.

Tenter d’obtenir un nouveau permis comprend également son lot de risques. Par exemple, les démarches administratives impliquent généralement une étape provinciale et une étape fédérale, ce qui augmente les probabilités d’erreurs et les délais de traitement. Plusieurs se trouvent pour cette raison entre deux permis et perdent le droit à la RAMQ.

Pour celles et ceux qui veulent s’installer au Québec, s’ajoute à cela la difficile transition vers la résidence permanente. Bien sûr, les Français sont a priori mieux positionnés que la plupart des ressortissants d’autres pays pour être sélectionnés, notamment grâce à la maîtrise de la langue française. Toutefois, le processus de sélection, comme les longues démarches administratives, est complexe et précarisant. Fait a priori inattendu au regard des avantages que les accords procurent, plusieurs ont perdu leur statut de résidence et travaillé de manière irrégulière à un moment du processus à cause de la difficulté à naviguer ce complexe système migratoire.




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Un système migratoire précarisant

Alors, facile le processus migratoire pour les Français au Québec ? Un peu plus que pour les autres, mais pas tant.

La situation est sans doute plus compliquée encore depuis 2023. D’abord, obtenir la résidence permanente au Québec est très incertain, notamment avec la disparition du PEQ et la faible sélection de candidats dans le seul dispositif d’immigration économique restant, le Programme de sélection des travailleurs qualifiés (PSTQ).

Le programme favorise la maîtrise de la langue française, mais il est si sélectif, imprévisible et long, que les aspirants candidats qui le peuvent ont plutôt intérêt à déménager dans une autre province, où l’accès à la résidence permanente des francophones est favorisé.

Par ailleurs, depuis 2023, le gouvernement fédéral a réduit les cibles de la résidence temporaire. Cela rend d’autant plus difficile d’obtenir ou de renouveler un permis temporaire pour venir au Québec et y rester durant la transition vers la résidence permanente.

Ces réformes risquent de réduire l’attractivité du Québec pour les Français et d’augmenter les risques de précarisation et de départ indésiré de celles et ceux déjà sur place. Cette situation n’est pas unique, les personnes à statut temporaire au Québec sont très fortement impactées par ces réformes en général.

Est-ce donc la fin de « l’âge d’or » pour les Français dans la Belle Province ? Cela reste à voir, tant ils continuent à être avantagés pas les accords et la priorité donnée à la maîtrise de la langue française. Il est cependant certain qu’ils ne sont pas immunisés contre les effets restrictifs et précarisant du système migratoire québéco-canadien.

La Conversation Canada

La recherche servant de base à cet article a été financée par une bourse doctorale du Fond de recherche du Québec – Société et culture (FRQSC). Capucine Coustere détient une bourse postdoctorale du Fond de recherche du Québec – Société et culture (FRQSC) afin de la poursuivre. Elle est également chercheuse affiliée au projet Bridging Divides, au centre de recherche CELAT et au partenariat Voies vers la Prospérité.

ref. Migrer « facilement » au Québec : le mythe à nuancer des privilèges français – https://theconversation.com/migrer-facilement-au-quebec-le-mythe-a-nuancer-des-privileges-francais-279914

How ‘books for development’ campaigns reveal an unjust global order

Source: The Conversation – Canada – By Jody Mason, Associate Professor, Department of English, Carleton University

The gutting of the United States Agency for International Development (USAID) in 2025 has had catastrophic consequences,
including in South Sudan where amid ongoing war, an estimated 33 million people require humanitarian assistance.

The federal government in Canada has similarly slashed foreign aid in response to the economic fallout of U.S. President Donald Trump’s trade war.

International aid groups have met such policy decisions with regret.

This regret is understandable. At the same time, many Western powers avoid acknowledging that the broad liberal international consensus that emerged after the Second World War — and shaped modern development — was built on global inequality.

In Prime Minister Mark Carney’s 2026 speech to the World Economic Forum, he only tentatively alluded to disparities and inequalities when he acknowledged “the story of the international rules-based order was partially false … ”

In Books for Development: Canada In the Late Twentieth-Century World I argue that this “partially false” story helped to elaborate Canada’s late 20th-century image as both benevolent and innocent regarding internal colonialism.

Language of ‘development’

What social scientist Wolfgang Sachs has called the “age of development” emerged in the decade following the Second World War.

Scholars point to U.S. President Harry Truman’s 1949 inaugural address as a key moment in this post-Second World War history.

The speech referred to a U.S. obligation to make its scientific and industrial progress available for the “improvement and growth of underdeveloped areas.”

The classification of the world’s population into “developed” and “underdeveloped” came to shape the post-war order and its international institutions, such as the United Nations.

Critiques of developmentalism began to emerge in the 1960s from what was then called the “Third World.” In the context of the Structural Adjustment Programs after the economic crises of the late 1970s, post-development theorists such as Sachs and Gilbert Rist amplified this kind of criticism.

They argued that developmentalism was premised on related and false claims — that global inequalities were without cause and “underdeveloped” nations could catch up to their “developed” counterparts.

‘Developmentalism’ and books

In Books for Development, I examine how the book became a dominant symbol of the age of development through the efforts of the new international institutions, and the United Nations Education Scientific and Cultural Organization (UNESCO), in particular.

Orange book cover says Books for development and shows graphic image of books in a cirlce.
Books for Development: Canada in the Late Twentieth-Century World.
(McGill-Queen’s University Press)

This had implications both in Canadian foreign policy and in relationships with Indigenous Peoples in Canada.

In the context of post-Second World War development, books, though typically framed as “good,” nonetheless often played a harmful role.

In the post-war decades, UNESCO focused on literacy initiatives and improving global access to books, partly through its research on conditions in global publishing.

As Robert Escarpit reported in a 1982 study for UNESCO, “decolonization often stimulated book production less in the new nations than in the old colonizing countries.” The latter, he notes, now “had to meet the new demands from their former colonies for literacy campaigns or educational development.”

At their worst, book development programs undercut domestic publishing initiatives in newly independent nations in Africa, the Caribbean and elsewhere.

Canada’s role

Canada played a significant role in post-war development linked to the book.

The deep involvement of educationalist and liberal internationalist J.R. Kidd at UNESCO is a key element of this history.

As historian Kevin O’Sullivan has shown, Canadians drew on a longstanding book-centric Protestant missionary and service tradition to become leaders in the late 20th-century non-governmental organization (NGO) movement.

In addition to Kidd’s roles at UNESCO, he was also one of the founders of Canada’s first NGO, the Overseas Book Centre. Founded in 1959, this book donation program sent Canadian books to Global South nations.

Book donation schemes like those undertaken by the Overseas Book Centre undermined local book publishing initiatives in recipient nations. The organization’s self-assessments later confirmed this problem, and led to a reorientation of its efforts (and a renaming, in 1982, as the Canadian Organization for Development in Education).

Serving Canada’s interests

Kidd’s book- and literacy-related work often used UNESCO’s new international stage to argue for what he called Canada’s “special mission” in international development.

Canada was presented as a model and potential friend for newly decolonizing nations because of its recent experience as a colony of Britain (a status that changed with Confederation).

While historians of Canada’s post-war myth-making have pointed to the disingenuousness of claims that Canada was a “friend of the Third World,” these claims also served to make internal colonialism illegible on the international stage.

Adult literacy

Beginning in the later 1960s, Canada’s international development efforts began to shape NGO and government relations with Indigenous Peoples.

Developmentalist-influenced initiatives linked to books, literacy and education were focused on Indigenous communities. They were part of a longer history of consolidating settler liberal rule via education, exemplified most notoriously in Canada’s Residential School system.




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For instance, Canada’s longest running adult literacy program, Frontier College, began addressing its efforts to Indigenous Peoples at the end of the 1960s, when it began to ship magazines to schools run by the Department of Indian Affairs and Northern Development. The goal was to aid the department’s policy of integrating Indigenous Peoples into what it called “the Canadian way of life.”

‘The Fourth World’

Indigenous leaders, activists and writers such as as George Manuel (Secwépemc) responded to such initiatives by adapting Third World anti-imperialist revisions of developmentalist thought to their own settler colonial situation.

Manuel’s 1974 book, The Fourth World: An Indian Reality, co-authored with Michael Posluns, was published during Manuel’s tenure (1970-1976) as leader of the National Indian Brotherhood. The book positions economic development at the core of any possible political sovereignty:

“Self-government … without an economic base simply creates the economic colonialism we are witnessing throughout much of Asia and Africa today.”

For Manuel, this “economic base” would come from the land. As he observed, usurping the basis of traditional Indigenous economies — land — was the primary obstacle to contemporary economic development.

Structural conditions of injustice

The Fourth World extends this thinking to the National Indian Brotherhood’s 1972 policy paper, Indian Control of Indian Education. Change at the level of education, Manuel argued, would not be sufficient (even if it meant Nations could control hiring, curriculum and so on). He saw education as fundamentally tied to the question of economic development, which he understood to be contingent on a land base.

Like the broader development framework, the approach applied to Indigenous Nations after 1965 failed to name the structural conditions of injustice. It perpetuated the status quo and, viewed more negatively, it cloaked the very political and economic conditions that created it.




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Canada’s relationships with other nations, including Indigenous Nations, cannot be premised on what Carney called a “partially false” story.

The Conversation

Jody Mason receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada. She is a member of the New Democratic Party of Canada.

ref. How ‘books for development’ campaigns reveal an unjust global order – https://theconversation.com/how-books-for-development-campaigns-reveal-an-unjust-global-order-276594