Jubilados que supervisan obras en Europa y mayores que trabajan sin otra opción en América Latina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos José Monroy Barrero, Sociólogo, Mg Estudios Sociales, Doctorando en Estudios Sociales, Universidad de La Sabana

En Bolonia (Italia), los jubilados que observan obras públicas con las manos detrás de la espalda adquirieron un nombre: umarell (“hombrecillo”, en dialecto local). En 2018, el municipio inauguró una Piazzetta degli Umarells para homenajear a esos pensionados que monitorean el trabajo ajeno.

En Lima, Julia, una adulta mayor de 67 años, trabaja tres noches por semana vendiendo golosinas en el distrito de Santa Anita para poder cubrir los costos de comida y medicinas.

Las dos escenas parecen locales y desconectadas, pero representan un fenómeno global y vinculado. ¿Cómo se resignifican la productividad y la jubilación en sociedades que envejecen bajo condiciones institucionales y laborales tan desiguales como las de Europa y América Latina?

La era de los individuos

La tensión por seguir siendo visible y pertenecer a la sociedad adopta motivaciones distintas en un mundo moderno que ha vinculado el valor social al trabajo y al ingreso económico. Durante décadas, la vejez parecía situarse fuera de ambos. Sin embargo, en la práctica, edad, productividad, necesidad y reconocimiento se cruzan de formas cada vez más complejas.

Frente a esta realidad, la teoría de la individuación postulada por el sociólogo de origen peruano Danilo Martuccelli permite comprender qué está sucediendo. En un capítulo de su libro La era de los individuos, sostiene que la sociología debe lograr traducir fenómenos colectivos en experiencias personales analizando “los tipos de individuos que son estructuralmente fabricados en una sociedad”.

Es decir, la jubilación puede leerse como una prueba de individuación. Termina un rol que durante décadas ordenó ingresos, reconocimiento y vínculos, mientras la persona debe reconstruir su lugar social. El retiro es también una reorganización biográfica, que pone contra las cuerdas las cajas sociológicas tradicionales y desdibuja roles estáticos.

El trabajo en esta étapa de la vida cobra un nuevo sentido al operar como un soporte dinámico y no lineal. Un nuevo estatus laboral más allá de las relaciones contractuales, que invita a redefinir los apoyos institucionales, familiares y educativos para brindar un mayor bienestar al individuo que envejece dentro de su sociedad.

La antropología de la vejez cuestiona que jubilación y pasividad sean equivalentes. Las fronteras del curso de vida no dependen sólo de la edad cronológica; muchas veces están vinculadas a roles de participación comunitaria. El umarell no representa a todos los jubilados italianos, pero permite observar una posibilidad. Terminado el empleo, la experiencia puede transformarse en presencia cívica y pertenencia al territorio.

Proyecto de vida más allá del empleo formal

Y no es un caso aislado. Una revisión sistemática de 54 estudios identificó que, después del retiro de un empleo formal, aparecen nuevas trayectorias de empleo parcial, emprendimientos y voluntariados como alternativas para el proyecto de vida de las personas.

La jubilación transforma la identidad, las relaciones con pares y la organización cotidiana del tiempo. La planificación, las redes de apoyo y la actividad comunitaria pueden favorecer el bienestar, mientras que una salida abrupta de la vida productiva puede asociarse con problemas de salud e incertidumbre económica. Seguir activo es un recurso de adaptación y no necesariamente una señal de precariedad.

Envejecimiento en Europa y América Latina

Europa muestra una transición con mayor anticipación demográfica. Según Eurostat, a 1 de enero de 2025 99 millones de personas de la Unión Europea tenían 65 años o más. Este segmento representaba el 22 % de la población frente al 17 % en 2005. Las personas de 80 años o más sumaban el 6 % y la edad media europea alcanzaba 44,9 años. Italia registraba en ese momento la más alta de la Unión: 49,1 años.

Por su parte, América Latina y el Caribe avanzan también hacia una estructura más envejecida, pero desde condiciones laborales distintas. Según el portal de datos estadísticos CEPALSTAT, en 2024 la región contaba con aproximadamente 65,4 millones de personas de 65 años o más, equivalentes al 9,9 % de su población, mientras que para 2050 se proyectan cerca de 138 millones, el 18,9 % del total regional.

A partir de estas realidades, se despliegan dos formas de envejecer activamente. Por un lado está el umarell, que observa voluntariamente una obra. Por el otro, la vendedora mayor que trabaja para financiar sus medicamentos.

Ambos son personas activas, pero la actividad no significa lo mismo. Martuccelli sostiene que los procesos de individuación difieren entre sociedades y propone, precisamente, estudiar cómo procesos estructurales distintos producen experiencias individuales diferentes.

En Europa vemos individuos con menores niveles de precariedad, que pueden fortalecer sus comunidades participando en procesos ciudadanos. En contraste, la experiencia de Julia, la vendedora limeña, ratifica la existencia masiva de jubilados informales: personas que alcanzan la edad social del retiro, pero continúan trabajando porque la jubilación efectiva resulta insuficiente o nunca llegó.

El estigma de la informalidad

El acceso a pensiones no siempre está garantizado cuando las trayectorias laborales han transcurrido en la informalidad y la capacidad de acción de los estados resulta limitada para garantizar una cobertura amplia de servicios y suficiente en términos económicos.

Resignificar la productividad exige dotar de nuevo sentido también a la jubilación. La longevidad está erosionando la antigua frontera que separaba de manera tajante una vida productiva de otra supuestamente pasiva. La actividad económica en edades avanzadas puede surgir de motivaciones muy diferentes. Como hemos visto, algunos son empujados por pensiones insuficientes o falta de oportunidades laborales, pero otros son atraídos por la autonomía, la flexibilidad o el deseo de continuar desarrollando capacidades, hasta configurar formas de “retiro híbrido”.

En estos casos, pensión, emprendimiento y trabajo se superponen. Tales actividades pueden permitir a las personas mayores sentirse “valiosos y útiles a la sociedad”, aportando experiencia y conocimientos acumulados.

Valor social del mayor

No todas las formas de seguir activo significan lo mismo. En Europa, el desafío consiste cada vez más en encontrar formas de seguir participando después de la jubilación. En América Latina, esa pregunta convive con otra más básica: garantizar que jubilarse sea realmente posible.

Una sociedad que envejece no debería preguntarse únicamente cómo mantener productivas a las personas durante más años, sino cómo asegurar que puedan elegir de qué manera quieren seguir estando en la sociedad. El verdadero progreso no consistirá en hacer que los mayores trabajen más tiempo, sino en separar definitivamente el valor social de una persona de su capacidad de generar ingresos.

The Conversation

Carlos José Monroy Barrero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Jubilados que supervisan obras en Europa y mayores que trabajan sin otra opción en América Latina – https://theconversation.com/jubilados-que-supervisan-obras-en-europa-y-mayores-que-trabajan-sin-otra-opcion-en-america-latina-288681

‘Kafkiano’, ‘esperpéntico’, ‘surrealista’: guía de urgencia para describir un mundo que se ha vuelto loco

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Nisa Cáceres, Profesor Titular de Filología Inglesa, Departamento de Filología y Traducción, Universidad Pablo de Olavide

Detalle del panel central de _El jardín de las delicias_, de El Bosco. Museo del Prado

Imaginemos las siguientes escenas. En la oficina alguien dice que “la reunión de ayer fue surrealista”. Leemos en el periódico lo “grotesca” que es la vida pública española. El informativo adjetiva como “kafkiana” la situación de los afectados por un fallo administrativo. Y unos amigos denominan “esperpéntico” o “absurdo” el último escándalo político o judicial.

El problema del desgaste semántico

Todos entendemos, a grandes rasgos, qué quieren decir. Y, sin embargo, han empleado –quizás sin saberlo– cinco términos extraordinarios como si fueran sinónimos de “raro”, “incomprensible” o “muy malo”.

No es exactamente un error, sino el resultado de un proceso de desgaste semántico. En él, las palabras pierden algunos rasgos específicos y se vuelven más abstractas o generales. Cuando un término da a entender algo que el idioma cotidiano no puede expresar solo, los hablantes lo adoptan de manera instintiva, aunque desconozcan su origen.

Y aunque en ese instinto hay muy buen olfato lingüístico, a menudo se olvida el rico universo de significados que estas expresiones esconden. Conocer el lenguaje del caos es aprovechar las mejores herramientas que el arte y la literatura han dado al idioma, ¿las descubrimos?

Surrealista

El surrealismo, según la Real Academia, es un movimiento artístico que intenta sobrepasar lo real mediante lo irracional, simbólico y onírico. Sirva de ejemplo la obra de, entre otros, Dalí, Buñuel y Leonora Carrington.

Hoy en día, la actualidad es una competencia feroz de relatos descontextualizados, con sesgos y noticias falsas. A ello contribuye la irrupción de la IA, pues recrea y supera lo real con una facilidad pasmosa. Estas imágenes nos inquietan y provocan extrañeza porque nos hacen dudar de qué es auténtico y qué no lo es. Por eso las llamamos surrealistas, ya que están “por encima” de la realidad. Y no son nada inocentes, pues la manipulan ética y estéticamente. Surrealistas serían, entre otros calificativos, las fotografías generadas por IA que el presidente de los EE. UU. cuelga en sus redes.

Captura de pantalla de una publicación de Donald Trump en su red social Truth en la que, con ayuda de la IA, incrusta a George Washington en una reunión con Trump y su gabinete.
Captura de pantalla de una publicación de Donald Trump en su red social Truth en la que, con ayuda de la IA, incrusta a George Washington en una reunión con Trump y su gabinete.
Truth

Kafkiano

¿A quién no se le ha pasado una fecha tope para realizar un trámite, mientras que la administración, con frecuencia, incumple sus propios plazos? O ¿quién, para dar de baja un contrato, no ha lidiado con la pesadilla de un servicio de atención al cliente automatizado?

Si nos sentimos atrapados e indefensos ante leyes arbitrarias o de una lógica circular e irrefutable, tal vez “kafkiano” sea nuestra mejor opción. A los personajes de las novelas de Franz Kafka les alienan las instituciones y los laberintos burocráticos. Igual que dickensiano, dantesco, orwelliano o berlanguiano, remite a rasgos concretos del autor (Dickens, Dante, Orwell o Luis García Berlanga respectivamente). A estos adjetivos se les denomina “epónimos”.

Encontrar el formulario A-38 en la Casa que Enloquece (una oficina administrativa) es una situación kafkiana que se retrata en la película Las doce pruebas de Astérix.

Absurdo

En latín, “surdus” significaba ‘sordo’, y “absurdus” era ‘disonante, que suena mal’. Ahora lo absurdo brota cuando chocan la lógica, la realidad y nuestra propia capacidad para entender qué ocurre. En Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll imaginó un mundo en el que el acto mismo de comunicarse es inestable, como se plasma en la célebre “merienda de locos” en la que Alicia tiene que hacer frente a una conversación confusa e ilógica en la que ella no comprende nada.

¿Quién no ha sentido un desconcierto parecido leyendo cientos de mensajes acumulados de un grupo de WhatsApp?

Hoy en día, abandonados al entorno digital y sin ver muchas veces a nuestros interlocutores, renunciamos al tono y contexto emocional, fundamentales para saber, entre otras cosas, si nos están mintiendo. En este mismo vacío de multitudes ausentes, las redes sociales diseminan reacciones. Luego estas recirculan y se fragmentan hasta que el significado desaparece.

Curiosamente, en Esperando a Godot (1952) –la pieza teatral de Samuel Beckett definida como “teatro del absurdo”– no ocurre nada. El tiempo se detiene. Los personajes hablan sin cesar hasta que el significante se disocia del significado. Mientras tanto, la tensión por entender qué ocurre nunca se resuelve y la respuesta nunca llega.

Grotesco

Acuñado para describir la mezcla de plantas, humanos y animales en la Domus Aurea de Nerón, el adjetivo “grotesco” permite identificar algo muy complejo. Rara vez la realidad es estable o comedida, ni tampoco blanca o negra. De ahí que fusione opuestos o incompatibles, como el humor y la muerte. Por consiguiente, nuestra respuesta emocional ante la atracción y la repulsión es híbrida e incómoda.

Lo grotesco aglutina una estética, una retórica y una longeva tradición artística. Autores como Quevedo, Swift, Dickens, Joyce o Margaret Atwood lo usan, entre otros menesteres, para enaltecer nuestros sentidos entumecidos. Esto explica que el escritor Salman Rushdie compare lúcidamente las obras (grotescas) del Bosco y Goya con la situación internacional actual.

Esperpéntico

Es un término tan profundamente español que “esperpento” ya existía en el diccionario de la RAE de 1914 como sinónimo coloquial de “persona ridícula” o “cosa de mal aspecto” antes de que Ramón del Valle-Inclán lo convirtiera en un concepto estético literario.

El origen de la metáfora era real: en la calle Álvarez Gato de Madrid había una ferretería cuya fachada exhibía un espejo cóncavo y otro convexo que deformaban a quien pasaba por delante. Para Valle-Inclán simbolizaban la realidad española, una tragedia ridícula con héroes caricaturescos. Con acierto, hoy denominamos así desde exageradas tendencias de moda e instituciones disfuncionales a decisiones judiciales incomprensibles, pasando por situaciones en las que la realidad parece superar a la ficción.

El mundo al revés

De las tradiciones literarias y festivas adoptamos el motivo y la frase “el mundo al revés”. Durante el carnaval se invertían las jerarquías –ricos y pobres– y se relajaban las normas religiosas. Eso tenía lógica, pues liberaba tensión social.

Hoy nos causan desazón hechos y actitudes que contradicen la lógica, como que las fuerzas del orden cometan delitos y los representantes políticos no den la imagen de ejemplaridad que se les presupone. O que compartamos nuestra intimidad, pero luego temamos ser vigilados por empresas o gobiernos.

“El lobito bueno”, poema de José Agustín Goytisolo, interpretado por Paco Ibañez, en el que se describe “un mundo al revés”.

Las palabras como diagnóstico

Resulta significativo que estos términos sean casi intercambiables, fruto del desgaste semántico. Parece que el mundo actual, tan saturado de impresiones contradictorias e incomprensibles, los valida y precisa todos al mismo tiempo. Necesitamos el diccionario completo del caos.

Y hay una ironía que Kafka, Dalí y Valle-Inclán habrían apreciado: las palabras que inventaron, nutrieron o transformaron para describir situaciones e individuos insoportables se han vuelto tan cotidianas que casi no las sentimos. Como si el idioma mismo se hubiera acostumbrado a lo extraordinario. Eso, quizás, es lo más absurdo de todo.


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The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ‘Kafkiano’, ‘esperpéntico’, ‘surrealista’: guía de urgencia para describir un mundo que se ha vuelto loco – https://theconversation.com/kafkiano-esperpentico-surrealista-guia-de-urgencia-para-describir-un-mundo-que-se-ha-vuelto-loco-280659

¿Y si le preguntamos a los pacientes antes de decidir qué investigar?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Barberá Tomás, Científico Titular del CSIC, Estudios de Ciencia e Innovación, INGENIO (CSIC – UPV)

TippaPatt/Shutterstock

En una sala de reuniones, pacientes, cuidadores, médicos e investigadores anotan las preguntas que más les inquietan acerca de una enfermedad rara. No están debatiendo un tratamiento concreto ni evaluando un ensayo clínico, sino que tratan de responder a una pregunta anterior y más básica: ¿qué debería investigar la ciencia?

Y es que la investigación biomédica tiene un problema que tal vez debería discutirse más a menudo: no siempre se investiga lo que más importa a quienes sufren las enfermedades. En 2014, un artículo ya clásico publicado en The Lancet alertaba del “desperdicio” (waste) de recursos y esfuerzos de investigación que se produce cuando se ignoran las necesidades de los potenciales usuarios de los resultados científicos. Las razones para este desajuste entre investigación y necesidades son múltiples: la inercia académica, los incentivos de publicación, los intereses económicos… El resultado es que, a veces, quedan sin respuesta preguntas básicas que afectan a la vida diaria de los pacientes.

En las enfermedades raras, este problema se amplifica. Hablamos de patologías que, por definición, afectan a menos de 1 de cada 2 000 personas. Los recursos disponibles para investigarlas son escasos y cada euro invertido en una línea de investigación es un euro que no se destina a otra. En este contexto, elegir bien las prioridades no es un lujo: es una necesidad urgente.

Que opinen los que saben

La pregunta entonces es clara: ¿quién decide qué se investiga? Tradicionalmente, esa decisión ha recaído en los propios investigadores y en las agencias de financiación. Pero existe una alternativa que lleva dos décadas demostrando su valor: preguntar directamente a los pacientes.

En 2004 se fundó en el Reino Unido la James Lind Alliance (JLA), una iniciativa financiada por el Instituto Nacional de Investigación en Salud británico. Su objetivo es sencillo pero transformador: reunir a pacientes, cuidadores y profesionales sanitarios para que, juntos, identifiquen las diez preguntas de investigación más importantes sobre una enfermedad concreta. El método se ha aplicado ya a más de 170 patologías en diversos países.

Pero el método JLA exige un gran esfuerzo y compromiso. El proceso estándar requiere entre 12 y 18 meses, un grupo coordinador de pacientes, clínicos e investigadores, encuestas abiertas, talleres de depuración y sesiones de consenso. Es riguroso, pero también costoso en tiempo y recursos, algo especialmente difícil de asumir para las pequeñas asociaciones de pacientes de enfermedades raras. Además, aunque estas priorizaciones sin duda tienen un valor muy importante, no siempre encuentran eco inmediato y directo en las políticas de investigación.

Una herramienta más ágil

Desde la Red de Enfermedades Raras del CSIC (RER-CSIC) nos propusimos adaptar ese método a la realidad de las asociaciones de pacientes en España. La idea era concentrar la esencia del proceso en un solo taller de media jornada, reuniendo en una misma sala a pacientes y cuidadores por un lado, y a expertos clínicos e investigadores como facilitadores.

El formato es participativo y estructurado: tras una breve introducción, cada asistente escribe en notas adhesivas las preguntas o incertidumbres que considera más relevantes. Se agrupan, se discuten en ronda abierta y finalmente se vota de forma privada. El resultado es un listado de prioridades construido desde abajo, desde la experiencia vivida de la enfermedad.

Los talleres reúnen a grupos pequeños, de entre 15 y 20 personas, lo cual es una limitación evidente. Sin embargo, en el ámbito de las enfermedades raras las comunidades de pacientes son, por definición, reducidas. Y lo que se busca no es una muestra estadísticamente representativa, sino un grupo que refleje la diversidad de perfiles y experiencias dentro de la asociación que participa en el taller.

En 2025, la RER-CSIC organizó dos talleres piloto de “Prioridades de Investigación” en colaboración con asociaciones de pacientes. El primero reunió a 19 personas en la sede central del CSIC en Madrid para abordar la telangiectasia hemorrágica hereditaria (HHT). El segundo taller se celebró en el marco del X Simposio Científico de la Enfermedad de Lafora, en Valencia. En ambos casos este ejercicio fue recibido positivamente por las asociaciones.

Más allá de los resultados

Ahora bien, es importante ser prudentes con las expectativas que se generan. El resultado de estos talleres es un documento interno para las asociaciones de pacientes, una herramienta que les puede ser muy útil en sus relaciones con grupos clínicos e investigadores. Pero no se trata de una lista que vaya a incorporarse de forma inmediata a las políticas de investigación. Cambiar las estructuras que determinan qué se investiga y cómo se financia es un proceso largo, porque esas estructuras están profundamente asentadas. Lo que estos talleres ofrecen es un paso firme en la dirección del cambio, pero queda mucho camino por recorrer.

Finalmente, más allá del listado de prioridades que estos talleres permiten identificar, creemos que hay algo valioso en el proceso mismo. Cuando una asociación de pacientes se detiene a reflexionar colectivamente sobre cuáles son sus verdaderas necesidades de investigación, se abre la posibilidad de un ejercicio de empoderamiento: la comunidad puede articular mejor su propia voz en este asunto.

Nuestro objetivo desde la RER-CSIC para 2026 es realizar más talleres con nuevas asociaciones de pacientes y elaborar un informe que dé cuenta de la experiencia acumulada hasta ahora. Pero la ambición va más allá: queremos difundir lo que llamamos una “cultura de la priorización” en el ámbito de las enfermedades raras en España. Porque decidir qué investigar no debería ser una tarea exclusiva de investigadores y financiadores.

The Conversation

David Barberá Tomás recibe fondos del Miinisterio de Ciencia e Innovación y de la Comisión Europea

– ref. ¿Y si le preguntamos a los pacientes antes de decidir qué investigar? – https://theconversation.com/y-si-le-preguntamos-a-los-pacientes-antes-de-decidir-que-investigar-280159

El algoritmo no sabe cómo te sientes, pero sí cómo hacerte sentir

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

A las once y media de la noche, una persona abre una red social después de un día difícil. Se detiene ante un vídeo sobre agotamiento, vuelve a ver otro sobre rupturas y termina leyendo una historia triste. A la mañana siguiente, cuando ve que su pantalla parece haberse llenado de ansiedad, nostalgia y conflictos, piensa: “El algoritmo sabe cómo me siento”.

En realidad, no lo sabe como una persona cercana. No comprende el cansancio, la tristeza o el miedo. Hace algo distinto: observa conductas, calcula probabilidades y aprende qué estímulos consiguen detenernos. No necesita acceder a nuestra vida interior para intervenir en ella. Le basta con registrar qué miramos, cuánto tiempo permanecemos, qué repetimos, qué compartimos y cuándo regresamos.

El algoritmo no lee la mente, lee el comportamiento

Cada interacción deja una señal. Pulsar “Me gusta” es la más evidente, pero no necesariamente la más informativa. También cuentan el tiempo de visualización, la velocidad de desplazamiento, las búsquedas, los comentarios y los contenidos que abandonamos.

Con esos rastros, los sistemas construyen predicciones. Un trabajo sobre señales afectivas en recomendadores de redes sociales mostró que es posible anticipar si una publicación resultará entretenida, inspiradora, informativa o irritante. Otros estudios han comprobado que el lenguaje compartido en Facebook puede aportar información para predecir posteriormente indicadores de depresión registrados en historias clínicas.

Esto no significa que la tecnología diagnostique de manera infalible nuestras emociones. La emoción depende del contexto, la cultura y la historia personal. Una sonrisa puede expresar alegría, cortesía, nerviosismo o disimulo. Una revisión exhaustiva sobre reconocimiento facial advirtió que los movimientos del rostro no permiten identificar estados emocionales universales con la precisión que a menudo promete la industria. Los algoritmos trabajan con probabilidades: clasifican señales, pero no experimentan sentimientos.

De la predicción a la recomendación

El paso decisivo se produce cuando la predicción se convierte en recomendación. Las plataformas no muestran todo lo publicado: ordenan miles de contenidos y deciden cuáles van a ocupar los primeros segundos de nuestra atención. Esa selección modifica el entorno emocional que habitamos.

Lo negativo dispone de una ventaja competitiva. Un análisis de más de 370 millones de impresiones de titulares encontró que las palabras negativas aumentaban la probabilidad de hacer clic. El resultado no demuestra que queramos vivir enfadados o asustados, sino que la amenaza, el conflicto y la pérdida captan con rapidez nuestra atención.

La exposición tampoco es emocionalmente neutra. Un experimento con usuarios de Facebook, mostró cómo, al reducirse la presencia de publicaciones positivas o negativas en el muro de noticias de un usuario, se producen luego pequeños cambios en el lenguaje emocional de lo que este usuario publica después.

En su momento, este estudio generó un debate ético al alterar los contenidos del muro de noticias para provocar una reacción emocional, pero también mostró que la arquitectura de una plataforma puede influir en la expresión afectiva de sus usuarios.

La indignación viaja más deprisa

No todas las emociones tienen el mismo rendimiento algorítmico. Las que generan alta activación –indignación, miedo, entusiasmo o asombro– favorecen la respuesta inmediata. En redes políticas, el lenguaje moral y emocional se difunde más que el neutral. Otro estudio encontró que la hostilidad hacia el grupo contrario era un predictor especialmente potente de interacciones.

El problema aparece cuando el sistema aprende que la confrontación funciona. Una auditoría publicada en 2025 comparó un ranking basado en engagement con un orden cronológico. El algoritmo amplificaba contenido emocionalmente cargado y hostil hacia el adversario político. Lo más revelador es que los usuarios no afirmaban preferir ese contenido cuando se les preguntaba directamente.

Lo que nos hace reaccionar no siempre coincide con lo que valoramos. Podemos detenernos ante una humillación, discutir o compartir una noticia irritante y considerar que una experiencia nos ha hecho sentir peor. Sin embargo, para un sistema que interpreta cada reacción como interés, la protesta puede parecer entusiasmo y el enfado, satisfacción.

Una tristeza pasajera puede convertirse en una dieta informativa repetitiva

La relación entre persona y algoritmo no avanza en una sola dirección. Elegimos contenidos según nuestro estado de ánimo, pero esos contenidos también pueden modificarlo. Un estudio formado por cuatro experimentos encontró una relación bidireccional: las personas con peor estado emocional consultaban información más negativa y esa navegación, a su vez, empeoraba el ánimo.

El recomendador puede intensificar el circuito. Si una persona triste se detiene ante contenidos tristes, el sistema aprende que esa temática “funciona” y ofrece más. La plataforma devuelve una versión concentrada de un estado quizá transitorio. Lo que empezó como una noche mala puede convertirse en una dieta informativa repetitiva.

La investigación sobre interacción entre humanos e inteligencia artificial ha mostrado además que pequeños sesgos pueden ser adoptados y amplificados por los usuarios. En una serie de experimentos con 1 401 participantes, las personas modificaron sus juicios emocionales y sociales después de interactuar repetidamente con modelos sesgados, a menudo sin ser conscientes de esa influencia.

El algoritmo no tiene intenciones

Hablar de manipulación algorítmica puede llevarnos a imaginar una máquina que desea enfadarnos. Esa imagen es incorrecta. El algoritmo no tiene intenciones: optimiza una función. El verdadero problema es qué se le ha pedido maximizar.

Cuando el éxito se mide mediante clics, minutos de uso, comentarios o retornos, el sistema busca contenidos capaces de producir esas conductas. La emoción se convierte en un recurso económico: no porque la plataforma conozca nuestra verdad psicológica, sino porque necesita anticipar nuestra próxima acción.

Esto explica por qué la personalización puede sentirse íntima aunque sea estadística. El sistema no sabe quiénes somos; sabe qué estímulos aumentan la probabilidad de que continuemos conectados. Confundir engagement con bienestar equivale a confundir que alguien no pueda apartar la mirada con que esté disfrutando.

No es solo proteger los datos: importa qué se deduce de ellos

La misma capacidad puede utilizarse con otros fines. Los recomendadores podrían priorizar contenidos que los usuarios consideren valiosos, introducir diversidad emocional o permitir elegir entre objetivos: informarse, relajarse, aprender o distraerse. El estudio sobre señales afectivas en sistemas de recomendación citado anteriormente logró reducir contenidos que infringían normas y aumentar aquellos que los usuarios consideraban útiles.

En salud mental existen resultados prometedores, aunque limitados. Un ensayo aleatorizado con jóvenes mostró que un agente conversacional basado en principios de terapia cognitivo-conductual podía reducir síntomas depresivos tras dos semanas de interacción. Estas herramientas no sustituyen a un profesional, pero muestran que la personalización emocional no tiene por qué orientarse exclusivamente a retener la atención.

La alternativa no es eliminar los algoritmos, sino discutir sus objetivos. Necesitamos saber por qué vemos un contenido, disponer de controles comprensibles, diferenciar preferencias declaradas de reacciones impulsivas y evaluar los efectos sobre el bienestar, no solo sobre el consumo.

Durante años hemos hablado de privacidad como el derecho a proteger nuestros datos. En la era de la recomendación algorítmica, debemos ampliar esa idea. También importa qué se deduce de esos datos, cómo se utilizan nuestras vulnerabilidades y qué ambientes emocionales se construyen a nuestro alrededor.

La alfabetización digital ya no consiste únicamente en detectar noticias falsas o proteger una contraseña. También exige preguntarnos por qué una plataforma insiste en mostrarnos aquello que nos indigna, entristece o reconforta. Y exige que las empresas asuman que una emoción no es simplemente una señal de rendimiento.

Los algoritmos quizá no sepan cómo nos sentimos. Pero pueden aprender qué nos altera, ofrecérnoslo de nuevo y convertir nuestra reacción en el dato que alimentará la siguiente recomendación. Recuperar el control comienza por comprender ese circuito y reclamar que la tecnología no solo compita por nuestra atención, sino también por merecerla.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


The Conversation

Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El algoritmo no sabe cómo te sientes, pero sí cómo hacerte sentir – https://theconversation.com/el-algoritmo-no-sabe-como-te-sientes-pero-si-como-hacerte-sentir-293258

¿Hasta qué punto es útil una alerta meteorológica para evitar daños por inundaciones?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Jato Espino, Investigador Sénior / Profesor en Ingeniería y Gestión Ambiental, Universidad Internacional de Valencia

RTVE

Cuando llega un aviso de inundación, la lluvia ya está en camino. Poco puede hacerse entonces para cambiar el territorio o evitar que el agua se desborde. Pero aún quedan decisiones capaces de salvar vidas: suspender las clases, cerrar una carretera, cancelar un evento o pedir a la población que permanezca en casa.

Los avisos permiten reducir el número de personas y bienes expuestos al agua. Sin embargo, tienen un límite. No pueden hacer que una vivienda sea más resistente ni cambiar en unas horas una carretera, un puente o una red de drenaje. Por eso, la prevención de las inundaciones empieza mucho antes de que llegue el aviso.

La alerta como última línea de defensa

Cuando faltan unas horas para una inundación, la prevención cambia de naturaleza. Ya no se trata de actuar sobre el territorio, sino de evitar que las personas y algunos bienes queden expuestos al agua.

Un aviso a tiempo permite tomar decisiones que todavía están al alcance: suspender una actividad, cerrar una carretera o evacuar una zona. Para que funcione, sin embargo, no basta con emitir un mensaje. La predicción debe ser suficientemente precisa, el aviso debe llegar a quienes están expuestos y debe ofrecer información que permita actuar. El tiempo disponible es una de las condiciones esenciales.

Ahí aparece el límite de la alerta. Cuanto más cerca está el agua, menos decisiones siguen siendo posibles. Con horas de margen todavía puede cambiarse dónde están las personas o determinados bienes. Con minutos, el margen se estrecha y la alerta pasa a cumplir sobre todo una función de protección de la población.

La alerta es, por tanto, una última línea de defensa. Puede reducir la exposición cuando la inundación es inminente, pero no puede cambiar en ese momento las condiciones que hacen vulnerable al territorio.

Un aviso de inundación en la pantalla de un móvil
Alerta de emergencia.
Tony Webster/Flickr, CC BY

Qué puede cambiar un aviso y qué ya no

Un aviso de inundación puede cambiar algo fundamental: la ubicación de las personas y de algunos bienes cuando llega el agua. Un vehículo puede sacarse de una zona inundable, una mercancía puede trasladarse a una planta superior y una actividad puede suspenderse. Sin embargo, una alerta no puede cambiar en unas horas la ubicación de una vivienda, elevar un transformador o aumentar la capacidad de una red de drenaje.

Esta diferencia es importante porque exposición y vulnerabilidad no son lo mismo. La primera indica qué personas y bienes se encuentran en el camino del agua. La segunda mide cuánto daño pueden sufrir cuando el agua los alcanza. Una alerta puede reducir la primera; para reducir la segunda hacen falta medidas de adaptación que normalmente requieren meses o años.

La evidencia disponible confirma que las medidas anticipadas pueden evitar parte de los daños, especialmente sobre bienes que pueden protegerse o trasladarse. Pero su efecto depende del tiempo disponible, de que el aviso llegue a tiempo y de que existan medidas que todavía puedan ejecutarse. La literatura científica señala que la cuantificación de los daños evitados sigue siendo limitada.

Por ello, una alerta no compensa una mala prevención. Puede corregir temporalmente una parte de la exposición, pero no puede eliminar la vulnerabilidad acumulada durante años de decisiones sobre dónde construir, cómo diseñar las infraestructuras o qué nivel de protección ofrecer.




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El margen de actuación se construye con años de antelación

La capacidad de reaccionar durante una inundación depende también de decisiones tomadas mucho antes. Dónde se permite construir, cómo se diseñan las infraestructuras o qué zonas se reservan para absorber agua condiciona los daños que podrá causar una inundación futura. La planificación territorial es, de hecho, una herramienta fundamental para reducir la exposición a largo plazo.

También existe un margen intermedio. Los planes de emergencia, los protocolos de evacuación, los sistemas de comunicación y los ejercicios de preparación permiten que una alerta se convierta en una respuesta rápida cuando llega el momento. No reducen necesariamente el peligro, pero sí pueden aumentar la capacidad de respuesta.




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La diferencia entre estos horizontes es fundamental. Con años de antelación se puede decidir cómo adaptar el territorio. Con meses o días se pueden preparar recursos y organizar la respuesta. Con horas se pueden cerrar actividades, evacuar personas o proteger algunos bienes. Con minutos, las opciones son mucho menores.

Por eso, un aviso no debe entenderse como una medida aislada. Es la última pieza de una cadena de prevención y preparación que empieza mucho antes. La gestión del riesgo de inundación combina precisamente planificación, prevención, protección, preparación y respuesta.

Los límites de las alertas

Un aviso puede salvar vidas y reducir daños cuando llega a tiempo. Cuando se recibe con suficiente antelación, permite reducir la exposición de las personas, suspender actividades, evacuar zonas y proteger determinados bienes.

Aunque estas actuaciones pueden evitar parte de los daños, su alcance está marcado por el reloj. Cuanto más cerca está la inundación, menos cosas pueden cambiarse. Y muchas de ellas solo podían haberse cambiado mucho antes de que llegara el aviso.

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Daniel Jato Espino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Hasta qué punto es útil una alerta meteorológica para evitar daños por inundaciones? – https://theconversation.com/hasta-que-punto-es-util-una-alerta-meteorologica-para-evitar-danos-por-inundaciones-293447

Paradoxe d’abondance : l’Amazonie française manque d’eau potable

Source: The Conversation – in French – By Adrien Selles, Hydrogéologue BRGM Montpellier, BRGM

Dépôt sédimentaire au nord de Grand-Santi en 2021. L’eau chargée de matière organique prend cette couleur de cola et lessive le sable. Adrien Selles, Fourni par l’auteur

L’ESSENTIEL

  • L’Amazonie est un des territoires les plus arrosés de la planète, mais le nombre de jours de sécheresse y augmente et l’accès à l’eau potable est un réel problème.

  • Les raisons ne sont pas seulement hydrologiques : la manière d’habiter le territoire et de s’approvisionner en eau est très différente pour les communautés le long des fleuves et celles des zones urbanisées sur la côte.

  • Les ressources en eau souterraine, qui pourraient venir en complément de l’eau des fleuves, sont très mal connues en Guyane française, avec un réseau de capteurs environ 20 fois moins dense qu’en France hexagonale.


Alors que le phénomène El Niño de 2026 est en phase d’être potentiellement le plus fort jamais enregistré, les sécheresses en Amazonie se font de plus en plus fréquentes. En 2024, la préfecture de Guyane a déclenché le plan Orsec pour organiser des ponts aériens d’eau en bouteilles vers des villages du Haut-Maroni en manque d’eau potable.

Pourtant nous sommes en Amazonie, l’un des territoires les plus arrosés de la planète, avec 3 000 millimètres de pluie par an et 112 000 kilomètres de cours d’eau, soit un quart du réseau hydrographique national français. Ce paradoxe n’est ni une anomalie ni une malchance. Il révèle une double réalité du territoire guyanais encore insuffisamment intégrée dans les stratégies d’aménagement : un littoral urbanisé menacé par la salinité et un intérieur isolé, dont les ressources en eau demeurent, aujourd’hui encore, largement méconnues.

Pour comprendre cette crise, il faut revenir à la géographie humaine du territoire. Depuis des siècles, les peuples amérindiens (Wayana, Kalina, Arawak, Wayampi) ainsi que les communautés bushinengue, descendants des esclaves africains ayant fui les plantations coloniales, ont organisé leur vie entière autour des fleuves : source d’eau, garde-manger, voie de transport. À partir du XXᵉ siècle, l’urbanisation a construit un autre modèle, avec des captages sur les cours d’eau et des lacs artificiels, des usines de traitement et des réseaux de distribution à grande échelle sur tout le littoral. Deux approches fondamentalement différentes.

Après la pluie rafraîchissante dans le village d’Antecume Pata sur le Haut-Maroni en 2021.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

Sur le littoral, une eau abondante mais instable

Sur le littoral, où vit l’essentiel de la population, l’eau potable provient principalement des cours d’eau (fleuves et criques). Mais cette ressource est loin d’être stable. En période sèche (de juillet à novembre), le débit des cours d’eau diminue, laissant l’océan Atlantique avancer dans les estuaires sous l’effet des marées.

L’eau salée peut ainsi remonter sur plusieurs dizaines de kilomètres à l’intérieur des terres le long des fleuves et rendre l’eau impropre à la consommation.

Ce phénomène d’intrusion saline, accentué par la montée du niveau de la mer et des sécheresses de plus en plus longues (de 25 jours aujourd’hui [référence 1991-2020] à 33 jours en médiane dans un climat réchauffé de + 3,5 °C selon les projections), oblige à déplacer les zones de captage en amont. Cela nécessite également de renforcer les traitements de l’eau, d’augmenter et de sécuriser les capacités de stockage avec des coûts que les collectivités locales peinent à assumer.

Schéma du système d’alimentation en eau potable et les aléas des zones urbanisées du littoral.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

Des rapports de la Cour de compte de 2025 et du Sénat, publiés en 2025, l’ont chiffré sans ambiguïté : en Guyane, les financements consacrés à l’eau potable et à l’assainissement se sont révélés inférieurs de 73 % aux besoins identifiés. Dans aucune autre région de France hexagonale un tel écart ne serait toléré.

Les eaux souterraines sont parfois mobilisées en complément. Mais dans ces zones côtières, les nappes sont, elles aussi, exposées au risque de salinisation, surtout en cas de surexploitation ou de diminution de la recharge liée à une baisse de l’infiltration des eaux de pluie.

Si les enjeux du littoral sont historiquement beaucoup documentés sur le territoire, la situation de l’intérieur des terres, plus isolées et plus difficiles d’accès, reste comparativement peu étudiée. Pourtant, c’est là que se joue une partie décisive de l’avenir hydrique du territoire avec le paradoxe entre eau disponible et eau utilisable.

Dans l’intérieur des terres, une eau dégradée

Plus loin en amont sur le territoire, l’accès à l’eau potable est tout autre. Les populations isolées de Grand-Santi, de Maripasoula ou d’Antecume Pata dépendent encore largement de l’eau du fleuve, parfois traitée sommairement, parfois utilisée brute. Cette dépendance a un coût : l’eau de surface, souvent turbide et fortement contaminée sur le plan microbiologique, impose des filières de traitement complexes et onéreuses, difficiles à maintenir dans des villages isolés où l’approvisionnement en réactifs de désinfection est lui-même problématique.




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Déplacement en pirogue sur le Maroni en direction d’Apatou, en 2021.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

C’est dans ce contexte que les eaux souterraines, naturellement mieux protégées des pollutions de surface et nécessitant un traitement plus léger, sont apparues comme un moyen de limiter ces coûts, avant de devenir, au fil du temps, un axe de recherche stratégique pour sécuriser durablement l’accès à l’eau potable dans l’intérieur des terres.

Modes d’alimentation en eau des villages isolés et les menaces associés.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

Ainsi, les forages dans les alluvions en bordure des fleuves se sont multipliés avec des pompes automatiques ou à motricité humaine. Mais ces nappes souterraines sont directement tributaires de l’évolution des fleuves : en crue, l’eau se charge en sédiments et inonde les forages tandis que, en période estivale, l’eau se raréfie. Autrement dit, ce sont des nappes fragiles et vulnérables aux aléas hydrologiques et climatiques.




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Plus loin des fleuves, les roches cristallines du socle amazonien prennent le relais. Ces roches contenant de l’eau (des aquifères) sont dites « de socle » et sont massives, avec des fractures discontinues et profondément imprévisibles, comme en Bretagne armoricaine, où l’eau ne se cache que dans des failles difficiles à localiser depuis la surface.

Mais à la différence de la Bretagne, où soixante ans de forages et de recherche ont permis de cartographier progressivement ces ressources, le sous-sol guyanais reste largement une terra incognita hydrogéologique.

En 2007, le réseau de surveillance ne comptait que sept piézomètres (des forages mesurant le niveau des nappes souterraines), soit un piézomètre pour 12 000 kilomètres carrés contre un piézomètre pour 290 kilomètres carrés en Hexagone avec 1 900 points de suivi. En 2026, il y en a désormais 16. Les données manquent, les modèles numériques sont absents, et chaque forage est une tentative quasi à l’aveugle qui peut fournir plusieurs centaines de litres par seconde ou rien.

Dans un contexte où la logistique d’acheminement du matériel coûte déjà une fortune, un forage infructueux peut représenter des dizaines de milliers d’euros perdus pour une commune.

Zone protégée dite des « Abattis Cottica », sur le Maroni en aval de Grand-Santi, en 2021.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

Faute de ressources souterraines suffisamment connues et facilement utilisables, les populations de l’intérieur restent dépendantes des fleuves et des criques. Mais cette ressource est aussi sous pression.

L’orpaillage, omniprésent dans l’intérieur des terres, agit comme une véritable fabrique de boue : il détruit les berges, sature les cours d’eau en sédiment et contamine durablement les écosystèmes et les populations. L’orpaillage détruit 100 kilomètres de cours d’eau par an en Guyane. Là où les rivières étaient couleur soda (d’un brun caramel) mais limpides, l’eau se trouble en couleur chocolat tandis que la vie moderne dans les villages isolés (décharges, assainissement défaillant, forte utilisation et stockage de carburant) apporte son lot de bactéries et d’hydrocarbures. Et les conséquences de l’exploitation aurifère ne ralentissent pas avec le prix de l’or passé à plus de 150 $ le gramme début 2026, contre 20 $ le gramme dans les années 1980.

Une diversification dépendante de la recherche

Le changement climatique aggrave une situation déjà tendue sur les deux fronts. Les projections climatiques pour la Guyane indiquent des sécheresses plus longues et plus intenses, des crues plus brutales et une variabilité saisonnière accrue.




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Un paradoxe saisissant dans ce territoire que les Amérindiens appelaient autrefois Wayampi, la « Terre d’eaux abondantes ».

Dans ce contexte, la diversification des sources d’alimentation en eau potable permettrait de réduire le coût et la vulnérabilité des ressources pour la population. Le développement de la connaissance et de la recherche sur les eaux souterraines du socle devient un enjeu majeur pour apporter un complément solide aux captages d’eau de surface.

Les aquifères du socle granitique, s’ils étaient davantage étudiés, pourraient offrir une ressource plus stable, moins exposée aux pollutions de surface et aux variations hydrologiques. Améliorer leur identification, comprendre leur fonctionnement et mieux estimer leur potentiel représente une voie stratégique pour diversifier et sécuriser l’approvisionnement en eau potable.

C’est de plus un défi qui dépasse les frontières de l’Amazonie française et qui offre des opportunités de coopération avec nos voisins sud-américains. Avec ses institutions scientifiques, ses partenariats de recherche existants et l’appui de financements européens, la Guyane française dispose des atouts pour devenir un pôle de référence régional sur la gestion de l’eau en Amazonie, à condition que l’effort de connaissances engagé ces dernières années se poursuive dans la durée.

Un débarcadère au village de Taluen, sur le Maroni, en 2021.
Adrien Selles, Fourni par l’auteur

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Paradoxe d’abondance : l’Amazonie française manque d’eau potable – https://theconversation.com/paradoxe-dabondance-lamazonie-francaise-manque-deau-potable-292622

Les nouveaux besoins (géopolitiques) de l’entreprise

Source: The Conversation – in French – By Florent Parmentier, Secrétaire général du CEVIPOF. Enseignant, Sciences Po

Les entreprises, à commencer bien sûr par les plus grandes et les mieux intégrées dans les divers mécanismes de la mondialisation, doivent évoluer en permanence pour que leurs responsables, à tous les niveaux, puissent prendre les décisions les plus appropriées et les mieux informées. Ces informations ne peuvent être simplement les réalités économiques du moment ; il est indispensable d’articuler processus économiques et grandes tendances géopolitiques, tant les secondes impactent les premiers. Mais comment identifier les informations pertinentes, comment les récolter, les classer par ordre d’importance, les interpréter ? Cette question centrale se trouve au cœur de Chief Geopolitical Officer. Agir en entrepreneur, penser en géopoliticien, de Cyrille Bret, Laurent Célérier et Florent Parmentier, qui vient de paraître aux éditions Valeurs ajoutées. Extrait.


La nouvelle donne exige un véritable examen de conscience business : les entreprises ont de nouveaux besoins, proprement géopolitiques, qui ne peuvent être satisfaits par les outils et pratiques traditionnels de veille stratégique ou de gestion des risques. Car tirer des conséquences efficaces du retour de la géopolitique est difficile tant que ces besoins ne sont pas identifiés et explicités. Ces besoins diffèrent radicalement de ceux des décennies précédentes : il ne s’agit plus simplement de « surveiller l’environnement politique » ou de « gérer les risques pays », mais de développer une véritable intelligence géopolitique opérationnelle, capable d’orienter les décisions stratégiques et de faire surgir des opportunités.

Quels sont à grands traits les nouveaux besoins des entreprises face à la géopolitisation de l’économie ?

Le premier d’entre eux est une sélection appropriée de l’information au sens large, des signaux faibles aux communiqués officiels, des réglementations en gestation aux discours programmatiques de candidats : dans l’océan informationnel géopolitique où des milliers d’événements se produisent quotidiennement à travers le monde, les entreprises ont besoin qu’on leur fournisse les éléments qui concernent directement leurs secteurs, leurs concurrents, leurs marchés et leurs réglementations.

Mais la sélection de l’information brute — y compris par des moteurs de recherche automatisés sophistiqués par l’IA — ne suffit pas. Les sociétés ont besoin de bien plus que de revues de presse spécialisées, de bases de données professionnelles ou de points d’actualité généralistes qui noient l’essentiel dans l’accessoire. Elles ont besoin de véritables briefs ciblés et actionnables sur les évolutions géopolitiques précises à court et moyen terme des conditions réelles d’opération et d’activité.

L’espoir suscité par les outils d’IA est important : rapidité, sélectivité, pertinence et faibles coûts sont espérés. Mais la production d’une information pertinente, qualifiée et contextualisée demande à la fois des outils de recherche automatisés et des analyses humaines. La division du travail est assez claire : aujourd’hui l’IA peut collecter, sélectionner, vérifier et synthétiser des données géopolitiques. Mais il revient aux analystes géopolitiques de l’entreprise de transformer ces données en informations, puis en recommandations.

Prenons un exemple : les acteurs des marchés réglementés (pharmacies, assurances, etc.) surveillent les évolutions juridiques des États qui abritent leurs principaux marchés. Jusqu’à une date récente, ils se fiaient à des agences spécialisées qui produisaient des briefs thématiques à partir de revues de presse, de contacts avec les parlementaires et les diplomates, de publications officielles et de communiqués officiels. L’espoir est aujourd’hui d’automatiser largement la recherche des textes, messages, posts et discours pertinents pour déceler les évolutions réglementaires en fonction du rapport de force international.

Mais qui prétendra qu’un post de Donald Trump sur Truth Social donne, à lui seul, une indication sur le calendrier, les orientations et les contenus des évolutions réglementaires ? La collecte et la sélection de l’information géopolitique pertinente sont l’affaire de ces moteurs de recherche, des rédactions, des cabinets… mais leur application stricte et personnalisée aux entreprises concernées relève de la direction d’entreprise. Pour passer à l’information opérationnelle, les entreprises ont assurément besoin de nouveaux talents, de savoir-faire extérieurs et de personnels entraînés.

Face aux tempêtes géopolitiques, les entreprises ont aussi besoin de conseils opérationnels géopolitiques. Le flux d’informations, aussi sélectif et pertinent soit-il, ne peut pas suffire, car il reste descriptif et non pas prescriptif. Les entreprises ont besoin de suggestions multiples et concrètes pour se protéger de chocs géopolitiques, pour faire évoluer des produits et pour exploiter certains événements géopolitiques comme opportunités stratégiques.

Ce besoin d’analyse opérationnelle dépasse les capacités des directions de la stratégie ou des risques. Les personnels de ces divisions sont formés à évaluer des probabilités d’événements isolés (coup d’État, catastrophe naturelle, défaut de paiement), mais rarement capables de relier ces risques entre eux ou de les traduire en décisions business. Là encore, l’IA peut accélérer le repérage des précédents, mais elle ne peut pas encore émettre une prévision qualifiée et une recommandation innovante : c’est de la responsabilité des managers de l’entreprise.

Par exemple, de plus en plus d’États sont engagés dans l’élaboration et les déploiements d’arsenaux de sanctions internationales : contre la Russie, contre l’Iran, contre Cuba, contre le Myanmar, etc. Ces outils visent à créer un rapport de force politique par des canaux économiques. Les entreprises ont d’abord besoin de savoir à l’avance les types de sanction envisagés, les cibles et les secteurs. Mais elles ont aussi besoin de suggestions pour orienter les sanctions avant leur adoption, pour réagir à leur mise en vigueur, pour atténuer leur impact et pour prospérer malgré elles. À cela s’ajoute un besoin croissant de formation stratégique : développer en interne une culture géopolitique, capable d’anticiper les risques, de lire les signaux faibles et de préparer les équipes à naviguer dans un environnement international instable.

Enfin, ce dont les entreprises ont besoin aujourd’hui est une capacité de prévision afin de favoriser le développement à moyen terme de l’entreprise. La géopolitique contemporaine n’apparaît chaotique que parce qu’elle est envisagée en profane ou analysée rétrospectivement sans méthode prédictive. La scénarisation géopolitique est, elle, de nature à aider à la décision stratégique en construisant des futurs possibles cohérents plutôt qu’en prédisant un futur unique improbable. Les entreprises ont besoin de prospective géopolitique structurée, pas de futurologie intuitive. Il ne s’agit pas de prédire ce qui va se passer, exercice vain dans un monde complexe, mais de cartographier les futurs plausibles et leurs implications différenciées pour l’entreprise.

En définitive, reconnaître ces trois besoins et admettre que les solutions traditionnelles ne peuvent les satisfaire constitue le préalable indispensable à toute entreprise « géopolitiquement lucide ».

Agir en entrepreneur, mais penser aussi en géopoliticien

Pour le moment, la plupart des entreprises se sont contentées, sauf exception, d’une géopolitique de comptoir, non documentée, non centrée sur le secteur de l’entreprise et éloignée des conditions réelles de fonctionnement des entreprises.

Cet extrait est issu de Chief Geopolitical Officer. Agir en entrepreneur, penser en géopoliticien, de Cyrille Bret, Laurent Célérier et Florent Parmentier, qui vient de paraître à Valeurs ajoutées éditions.
VA éditions

En somme, les entreprises ont vécu dans une logique exclusivement économique de la fin de la guerre froide à la décennie 1990. Elles ont désormais besoin d’un aggiornamento car elles ne peuvent plus se contenter d’une culture géopolitique de base, extérieure et approximative. Elles ont un besoin de professionnalisation de l’expertise géopolitique. Cela ne signifie surtout pas que les dirigeants d’entreprises doivent se faire géopoliticiens et que toute entreprise doit se prendre pour un centre de recherche. Le développement endogène de l’entreprise est le premier objectif et la première responsabilité de ses salariés et de ses actionnaires.

Cela ne signifie pas non plus que les responsables des risques dans les entreprises ne sont aujourd’hui pas pertinents : ils ont seulement d’autres professions. Professionnaliser la géopolitique d’entreprise, cela veut tout simplement dire qu’il faut l’opérationnaliser : réaliser des analyses géopolitiques rigoureuses et centrées sur l’activité, le secteur et la nature de l’entreprise ; puis lancer des actions d’entrepreneur sans naïveté sur l’environnement géopolitique d’activité. Penser (aussi) en politique pour agir (avant tout) en entrepreneur.

Les entreprises ne vivent pas la fin de la mondialisation. Elles entrent plutôt dans une nouvelle phase de la mondialisation, beaucoup plus politique qu’économique. Les entreprises ne doivent pas se résigner à ce constat, elles doivent en tirer les conséquences. Il en va de leur (sur) vie. Et de leur prospérité !

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Les nouveaux besoins (géopolitiques) de l’entreprise – https://theconversation.com/les-nouveaux-besoins-geopolitiques-de-lentreprise-291889

Qui décide du menu dans nos assiettes ? Enquête sur l’influence discrète des lobbys agroalimentaires

Source: The Conversation – in French – By Joan Cortinas Munoz, Enseignant chercheur en sociologie, Sciences Po

Est-ce vraiment de votre faute si vous avez fini le paquet de chips ? Bermix Studio/Unsplash, CC BY

L’ESSENTIEL

  • L’industrie agroalimentaire mène une action politique organisée et largement invisible pour peser sur notre alimentation.

  • Une enquête reconstitue les coulisses de cette influence, de la recherche scientifique jusqu’à l’Assemblée nationale.

  • Mieux documenter des liens d’intérêts et favoriser la recherche et la prévention aiderait à rééquilibrer les rapports de force.


Familier des Français, le Nutri-Score a survécu à une bataille féroce, opposant pouvoirs publics et industrie agroalimentaire. Mis en place à partir de 2015, le logo coloré placé sur l’emballage des produits alimentaires rend d’un coup d’œil visible leur qualité nutritionnelle. Mais au-delà de cette avancée, un ensemble de mesures sur la qualité nutritionnelle a été abandonné sous la pression des industriels, comme la taxation des produits trop sucrés, l’encadrement de leur publicité ou le caractère obligatoire du logo. Au niveau européen, la Commission européenne s’était engagée en 2022 à proposer un logo nutritionnel harmonisé, qui n’a jamais vu le jour.

Comme l’a révélé notre enquête Des lobbys au menu. Les entreprises de l’agroalimentaire contre la santé publique (Raisons d’agir, 2022_), ces épisodes n’ont rien d’exceptionnel. Ils donnent à voir les activités politiques intenses et patiemment organisées à travers lesquelles l’industrie agroalimentaire pèse sur les décisions publiques, souvent bien avant qu’elles ne soient prises ou même conçues. Les acteurs économiques les plus actifs en la matière mobilisent organisations spécialisées, professionnels aguerris et budgets conséquents pour veiller au grain.

La variété des stratégies déployées dans les univers de la science, de la politique, des médias, de la philantropie ou de la justice dessinent un espace vaste et cohérent, où des structures financées par les entreprises orientent les institutions publiques et la perception du public.

Bien au-delà des seuls conflits d’intérêts

L’enjeu n’est pas seulement sanitaire et technique : il est aussi culturel et démocratique. L’influence s’exerce presque toujours hors de tout cadre transparent, et cette opacité alimente la défiance envers les décideurs comme envers les industriels.

Face à ces dynamiques, traiter au cas par cas les liens et les conflits d’intérêts, comme le fait la réglementation française actuelle, revient rarement à agir à la bonne échelle : on se borne à identifier, à gérer ou à sanctionner des situations individuelles sans que les sources de ces ambiguïtés soient mises au jour ou vraiment limitées. Une lecture d’ensemble, au contraire, donne la juste mesure des mécanismes collectifs qui produisent les conflits d’intérêts individuels. Elle plaide pour une régulation plus transversale, calibrée sur les stratégies de l’industrie.

Jouer sur le terrain des savoirs

Ces stratégies se déploient d’abord dans le domaine de la connaissance. En amont de toute politique publique, l’industrie cherche à façonner les connaissances disponibles. Elle finance de la recherche et tisse des liens avec des scientifiques, ce qui lui permet de favoriser certains savoirs au détriment d’autres, jugés moins avantageux. Lors de notre enquête, une responsable d’agence sanitaire le raconte à propos des édulcorants. Les études financées sur leurs bénéfices sont si abondantes qu’il ne subsiste presque aucune donnée disponible sur leurs risques.

Lorsque des connaissances désavantageuses sont produites vient ensuite la fabrication du doute, une méthode que l’industrie du tabac a théorisée dès les années 1950 et qui consiste à réclamer toujours plus de preuves, à souligner les incertitudes propres à toute science et à contester la validité des études gênantes. Lorsqu’un chercheur du CNRS avance, à partir de modèles animaux, que le sucre pourrait être addictif, l’organisation qui défend les producteurs de sucre lui oppose aussitôt que l’étude n’a été « réalisée que sur des rats », argument déjà employé en 2006 par le Comité des salines de France pour rabaisser les recommandations de réduction du sel à de « simples extrapolations ».

Et si un consensus se dégage, il est toujours possible de recadrer le débat afin de déplacer un problème abordé d’un point de vue scientifique vers d’autres enjeux, en produisant des arguments économiques, culturels, juridiques, éthiques ou politiques, qui relativisent la portée des résultats. La consommation de produits gras est mauvaise pour la santé, mais n’est-ce pas une affaire de plaisir ou de liberté ? Les souvenirs de notre enfance ou l’expression de notre culture ne valent-ils pas mieux que des risques établis dans d’obscurs laboratoires ?

Une technique éprouvée consiste à déplacer la responsabilité sur le consommateur, plutôt que sur le producteur. Face au Nutri-Score, l’industrie a promu une notion concurrente, la « diversité alimentaire », qui reporte l’attention sur les comportements du mangeur plutôt que sur la composition de ce qu’il achète. De tels glissements s’opèrent lorsque toute régulation de la nutrition est présentée comme un enjeu de liberté ou comme une défense du patrimoine gastronomique français. Les perceptions en sont modifiées, et les scientifiques apparaissent hors sujet.

Des arguments qui remontent jusqu’aux élus

Ces arguments ne valent toutefois que s’ils atteignent ceux qui décident, et une bonne part du travail consiste à les faire circuler au plus près des responsables publics. Dîners sur mesure, colloques au Parlement, rencontres ad hoc permettent aux uns de s’informer et aux autres de faire passer des messages.

Parmi mille autres exemples, en mars 2019, un « petit-déjeuner débat » réunit au cœur de Paris des parlementaires, des industriels et des professionnels de la communication, à l’invitation du Club de la table française, instance créée par une agence indiquant être spécialisée en « stratégie institutionnelle et affaires publiques », formulation feutrée pour indiquer des activités de lobbying. Avec le groupe d’études Gastronomie de l’Assemblée nationale, ces instances discrètes mettent en relation les représentants de la filière avec plus de 300 députés.

L’influence passe aussi par des alliances nouées loin des arènes politiques, du côté de l’opinion et des médias. Des voyages de presse tous frais payés emmènent des journalistes visiter une usine de production laitière près de Grenade en Espagne, et des publireportages vantent dans la presse régionale le rôle d’une filière dans l’emploi local. En mai 2018, la place de la République se transforme ainsi en pâturage, avec vaches, grillades et stands sur les races bovines, pour permettre à la filière élevage-viande de célébrer sa contribution à la « biodiversité ».

Il arrive enfin que les acteurs économiques se substituent au décideur, en rédigeant par exemple les textes à voter. Lors des débats sur la loi Agriculture et alimentation, un même amendement autorisant l’épandage de pesticides par drones a été déposé 12 fois, mot pour mot, par des députés de groupes opposés.

De manière plus radicale encore, et cette fois loin de l’Assemblée nationale, des acteurs économiques ne se contentent plus de peser sur la décision publique : ils en prennent la place. Ils assurent eux-mêmes la conception ou la mise en œuvre, totale ou partielle, de programmes d’action publique. Localement, des producteurs de sodas ou de friandises sucrées financent ainsi des équipements sportifs ou des programmes d’activité physique. L’opération est doublement rentable : elle les installe en partenaires de la lutte contre l’obésité, et elle fait porter la prévention sur la dépense d’énergie des consommateurs – le « Bouger » du slogan « Manger-Bouger » – plutôt que sur la composition des produits qu’ils vendent.

Le crédit et le discrédit comme armes

Un dernier registre d’activité politique des industriels joue sur l’image publique. Il s’agit de construire une économie du crédit et du discrédit. En s’associant à des causes valorisées, une marque bénéficie de leur respectabilité.

En 2026, la fondation Groupe Casino lance, en partenariat avec Ulule, la deuxième édition du programme « Retisser les liens du quotidien » pour soutenir les associations qui créent du lien social. L’opération n’a rien d’isolé : l’ensemble des entreprises de notre corpus d’enquête apparaissent liées à une centaine d’associations, le plus souvent dans le sport et la lutte contre la pauvreté. Le soutien est réel, mais le bénéfice l’est aussi : en s’affichant aux côtés de causes reconnues, ces entreprises en empruntent la respectabilité.

Le revers de la médaille consiste à faire taire les gêneurs. Dans les cas extrêmes, des chercheurs ou des militants sont poursuivis en justice, dans une stratégie de bâillonnement. Le chercheur Pierre Meneton a été attaqué pour avoir dénoncé le poids du « lobby du sel », la militante Valérie Murat a été condamnée à 125 000 euros pour « dénigrement » après avoir révélé la présence de pesticides dans des vins certifiés « Haute valeur environnementale », et l’application Yuka a été poursuivie par des industriels de la charcuterie. À chaque fois, le débat quitte le terrain de la santé pour celui du tribunal, et le critique est sommé de se défendre comme un fautif. Sans aller jusqu’aux poursuites, il suffit bien souvent d’en brandir la menace, ou de distiller plus insidieusement des rumeurs de conflit d’intérêts, voire de renvoyer la personne critique à de prétendues « obsessions » hostiles à l’alimentation ou à un extrémisme « hygiéniste », par exemple.

Rendre visible le travail d’influence

Ces activités politiques sont si variées et parfois si insidieuses qu’il paraît décourageant d’en réguler la portée. Leur caractère systémique rend cependant plusieurs options possibles. Nous en proposons deux, qui ne feront sans doute pas l’unanimité chez ceux qu’elles concernent.

Une première proposition serait de doter le secteur agroalimentaire d’un répertoire de transparence équivalent à celui qui existe pour le médicament. La base Transparence Santé, née après le scandale du Mediator, oblige les industriels à déclarer tous leurs liens avec les professionnels de santé ainsi que les montants associés. Elle peut être étendue au secteur agroalimentaire et concerner l’ensemble d’acteurs – chercheurs, décideurs, associations, etc. – qui interagissent avec lui.

La seconde proposition s’inspirerait du Fonds de lutte contre les addictions, alimenté notamment par les taxes sur le tabac. Un élargissement du dispositif ferait contribuer les industriels d’une alimentation qui participe à la mauvaise santé d’une partie des Français au financement de la recherche en nutrition et d’actions de prévention autonomes, indépendantes de l’industrie.


Cet article est publié dans le cadre de la Fête de la science (qui a lieu du 2 au 12 octobre 2026), dont The Conversation France est partenaire. Cette nouvelle édition porte sur la thématique « Saveurs savantes ». Retrouvez tous les événements de votre région sur le site Fetedelascience.fr.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Qui décide du menu dans nos assiettes ? Enquête sur l’influence discrète des lobbys agroalimentaires – https://theconversation.com/qui-decide-du-menu-dans-nos-assiettes-enquete-sur-linfluence-discrete-des-lobbys-agroalimentaires-291634

TDAH et alimentation : pourquoi certains cerveaux peinent à s’arrêter de manger

Source: The Conversation – in French – By Hanane Desruets Badouh, Psychologue psychothérapeute, laboratoire de recherche C2S, Université de Reims Champagne-Ardenne (URCA)


L’ESSENTIEL

  • Des liens se font jour entre le trouble du déficit de l’attention avec ou sans hyperactivité (TDAH) et l’alimentation.

  • Le fait de présenter un TDAH pourrait accroître la vulnérabilité à certains troubles de la conduite alimentaire, comme la boulimie.

  • Des travaux sont menés pour identifier les mécanismes à l’œuvre au niveau du cerveau, comme les situations à risque au quotidien.


Un paquet de biscuits entamé en début de soirée et vidé sans vraiment s’en rendre compte, une envie soudaine de manger déclenchée non pas à cause de la faim, mais à la suite d’une journée épuisante ou d’une émotion difficile à gérer… ces situations, bien connues dans les troubles des conduites alimentaires, concernent aussi des troubles neurodéveloppementaux tels que le trouble du déficit de l’attention avec ou sans hyperactivité (TDAH).

Le TDAH est un trouble complexe qui touche environ 5 % des enfants et 3 % des adultes dans le monde. En France, le TDAH concerne environ 3,5 % des enfants et 2,9 % des adultes, selon les données épidémiologiques retenues par la Haute Autorité de santé.

Il bénéficie d’une visibilité récente. Cela s’explique surtout par une meilleure connaissance et donc un repérage plus précis des personnes qui, auparavant, passaient sous les radars du dépistage clinique.

Explorer les liens entre TDAH et alimentation

Cette meilleure compréhension permet aussi de mettre en lumière des difficultés longtemps restées au second plan, notamment celles liées à l’alimentation. Faire ses courses, acheter les bons produits, préparer un repas équilibré peut demander un effort considérable pour une personne avec TDAH. Ainsi, beaucoup finissent par se tourner vers des solutions rapides, comme le grignotage ou la restauration rapide.

Mais, comment la nourriture peut-elle devenir une récompense immédiate ou une stratégie de régulation émotionnelle, jusqu’à favoriser chez certains profils des conduites proches des troubles du comportement alimentaire ? faisons le point.

Un cerveau attiré par le bénéfice immédiat ?

Le cerveau des personnes atteintes de TDAH fonctionne différemment dans la manière de traiter les récompenses. Sans entrer dans le détail des processus neurobiologiques, on peut dire que le cerveau TDAH a tendance à surévaluer ce qui est disponible immédiatement au détriment de ce qui sera bénéfique plus tard.

En d’autres termes, le cerveau TDAH préfère le « tout de suite » au « plus tard ». Les chercheurs parlent d’« impulsivité d’attente » qui correspond à la difficulté à attendre lorsqu’une gratification est immédiatement accessible.

La nourriture s’intègrerait parfaitement dans ce mécanisme. Elle est visible, concrète, accessible et procure rapidement du plaisir ou un soulagement. À l’inverse, les bénéfices d’une alimentation équilibrée restent trop éloignés dans le temps pour peser lourd dans la balance au moment où le paquet de biscuits est là, sur la table.

Certaines études montrent qu’en présence d’images d’aliments, les personnes ayant des symptômes élevés de TDAH et davantage de perte de contrôle alimentaire présentent une activation plus importante des régions cérébrales liées à la motivation et à la récompense. D’autres études, en revanche, ne trouvent pas de différence notable.

La nourriture ne serait donc pas automatiquement une « super-récompense » pour toutes les personnes avec un TDAH mais elle pourrait l’être dans certaines situations.

Quand l’inattention perturbe la gestion des repas

Les difficultés attentionnelles joueraient également un rôle perturbateur. En effet, une personne hyperfocalisée sur une tâche peut tout simplement oublier de manger ou ne pas percevoir les premiers signaux de faim. Lorsque la faim s’impose enfin, souvent de façon intense, les ressources de contrôle sont déjà épuisées par la fatigue ou la surcharge mentale liées à la tâche précédente.

Dans cet état, les signaux extérieurs prendraient facilement le dessus. Ainsi, une odeur ou un aliment visible, deviennent rapidement saillants. C’est ce que les chercheurs appellent la « réactivité alimentaire ». Elle désigne la tendance à consommer de la nourriture lorsqu’elle est disponible ou particulièrement attirante, même après un repas.

Dans une étude menée sur 548 enfants, dont 396 enfants porteurs d’un TDAH, cette réactivité était significativement plus élevée chez les enfants avec TDAH. De plus, le TDAH apparaissait comme l’hypothèse la plus probable pour expliquer une grande partie du lien observé entre inattention et masse grasse.

Cela ne signifie pas pour autant que le TDAH cause directement la prise de poids. Il suggère plutôt une réaction en chaîne : l’inattention désorganise les repas, la faim s’intensifie, les capacités de contrôle s’affaiblissent et l’environnement alimentaire devient plus difficile à ignorer.

Des travaux de recherche récents ont par ailleurs montré que les difficultés d’inhibition et de contrôle émotionnel étaient associées à davantage de comportements alimentaires qualifiés d’« addictifs » chez plus de 1 000 enfants et adolescents avec un TDAH, sachant que le concept d’« addiction à l’alimentation » est discuté dans la communauté scientifique.

Manger pour apaiser, stimuler ou récompenser

Au-delà du plaisir immédiat, la nourriture peut aussi remplir une fonction de régulation émotionnelle. Les personnes avec un TDAH vivent souvent les frustrations du quotidien plus intensément : le stress, l’ennui ou la surcharge mentale peuvent être plus difficiles à apaiser.

Dans ces moments, manger offre un réconfort rapide. Un aliment apprécié détourne momentanément l’attention de l’émotion négative et diminue ainsi la tension intérieure. Ce sentiment de soulagement, aussi bref soit-il, suffit souvent pour que le cerveau mémorise l’association entre émotion difficile et nourriture.

Ce mécanisme de régulation émotionnelle appelé « alimentation émotionnelle », transforme la nourriture en source d’apaisement face à l’adversité. Une revue systématique portant sur 41 publications a montré que les émotions négatives expliquent une partie importante du lien entre symptômes du TDAH et comportements alimentaires problématiques.




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L’alimentation émotionnelle peut être favorisée par une tendance à agir impulsivement sous l’effet d’émotions négatives, appelée urgence négative. Lorsqu’une émotion négative devient intense, certaines personnes peuvent être amenées à agir rapidement pour en diminuer l’inconfort. La nourriture peut alors constituer une réponse immédiatement accessible pour tenter d’apaiser cet état émotionnel. Le soulagement temporaire éventuellement ressenti après la prise alimentaire pourrait, par un mécanisme de renforcement négatif, favoriser la répétition de ce comportement lors de situations émotionnelles similaires.

Mais manger ne sert pas toujours à se calmer. Dans des travaux de recherche publiés en 2026, les adultes présentant un TDAH interrogés décrivent la nourriture comme une stimulation face à l’ennui, une récompense après un effort ou une façon de rechercher un goût ou une texture particulière. Ainsi, une même crise peut donc répondre à plusieurs besoins : apaiser, stimuler et récompenser.

Le TDAH, facteur de vulnérabilité des troubles de la conduite alimentaire

Ces mécanismes ne concernent pas toutes les personnes avec un TDAH de la même manière. Dans une étude menée auprès d’adultes consultant pour une obésité, 28,6 % de ceux ayant un TDAH répondaient aux critères d’« addiction à l’alimentation », contre 9,1 % des participants sans TDAH. Ces chiffres concernent une population clinique spécifique et ne peuvent donc pas être extrapolés à l’ensemble des personnes avec un TDAH.

Par ailleurs, on rappellera que le concept d’« addiction à l’alimentation » reste lui-même discuté : il ne constitue pas un diagnostic officiel, mais décrit une relation de dépendance d’un individu vis-à-vis de certains aliments riches en graisse ou en sucre.

Au-delà de ce concept, l’association entre le TDAH et les troubles des conduites alimentaires a été explorée par une métanalyse regroupant plus de 33 000 participants. Les résultats montrent que les personnes avec un TDAH avaient environ 3,8 fois plus de risques de présenter un trouble du comportement alimentaire.

Cette association concernait notamment la boulimie (définie comme une absorption d’une grande quantité de nourriture dans un temps restreint, associée à un sentiment de perte de contrôle, ndlr) et l’hyperphagie boulimique (qui se caractérise par des épisodes récurrents de crises de boulimie, mais sans le recours aux comportements compensatoires inappropriés caractéristiques de la boulimie, ndlr).

Ces résultats ne signifient pas que le TDAH conduit nécessairement à un trouble alimentaire, mais qu’il peut constituer un facteur de vulnérabilité.

Identifier les situations à risque pour activer les bons leviers

Dans ce contexte, dire à une personne qu’elle « manque de volonté » est non seulement faux, mais contre-productive. La honte et la culpabilité engendrées par cette réflexion risquent de renforcer le comportement alimentaire problématique.

Il serait plutôt utile d’identifier les situations à risque : repas sautés, périodes d’hyperfocalisation, fatigue, ennui, émotion difficile, présence immédiate d’un aliment attirant. À partir de là, des stratégies concrètes deviennent alors possibles : régulariser les repas, prévoir des options simples pour les moments où cuisiner paraît trop coûteux en énergie, éviter les états de faim extrême, aménager son environnement alimentaire et développer d’autres façons de réguler les émotions.

En résumé, le cerveau ne cherche pas mécaniquement du sucre pour « fabriquer de la dopamine ». Ce qu’il cherche avant tout, chez certaines personnes avec un TDAH, c’est une réponse rapide, accessible et efficace à un état intérieur. Comprendre cette fonction invite plutôt à se demander ce que cherche la personne à apaiser, à stimuler ou à réguler ? C’est souvent à partir de cette question qu’il devient possible de retrouver davantage de contrôle.


Cet article est publié dans le cadre de la Fête de la science (qui a lieu du 2 au 12 octobre 2026), dont The Conversation France est partenaire. Cette nouvelle édition porte sur la thématique « Saveurs savantes ». Retrouvez tous les événements de votre région sur le site Fetedelascience.fr.

The Conversation

Hanane Desruets Badouh ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. TDAH et alimentation : pourquoi certains cerveaux peinent à s’arrêter de manger – https://theconversation.com/tdah-et-alimentation-pourquoi-certains-cerveaux-peinent-a-sarreter-de-manger-292036

Quel est l’impact des décisions de la BCE sur les ménages modestes ?

Source: The Conversation – in French – By Matthieu Picault, Professeur de Finance , LEM-CNRS 9221, IÉSEG School of Management


L’ESSENTIEL

  • La nouvelle hausse de l’inflation a poussé la Banque centrale européenne (BCE) à augmenter ses taux directeurs – 2,5 % pour le taux de dépôt.

  • Entre lutte contre l’inflation, baisse des crédits et réduction de l’activité, les hausses de ces taux ont des conséquences pour les ménages modestes.

  • En luttant contre l’inflation, la BCE peut contribuer à ralentir l’économie française et d’augmenter le chômage.


Entre août 2025 et août 2026, les prix payés par les ménages ont progressé de 2,4 % sur le territoire national. Ce regain d’inflation contraste avec le repli observé depuis le pic de 2022, année où l’invasion de l’Ukraine par la Russie avait porté l’inflation annuelle à un niveau record de 5,2 %.

Cette inflation vient affecter le pouvoir d’achat des ménages les plus modestes, disposant d’un niveau d’épargne plus faible et avec un niveau de vie relativement faible – appartenant aux 20 % des ménages les plus faibles pour l’Insee et 40 % pour la Drees.

Pour contrôler cette inflation et remplir son objectif premier de maintenir la stabilité des prix, la Banque centrale européenne (BCE) relève son taux directeur pour le refinancement des banques à 2,65 % et le taux de dépôt à 2,5 % en septembre 2026.

Mais quels sont les enjeux réels d’une telle décision pour les ménages modestes, plus exposés dans leur vie quotidienne à une hausse des prix ?

Si notre étude souligne que les décisions prises par la BCE concernent en premier lieu les banques, principaux vecteurs de transmission de la politique monétaire, elles exercent également une influence sur la consommation des ménages par le canal du crédit bancaire.

Faciliter ou limiter les crédits

Afin de maintenir la stabilité des prix, la BCE dispose de différents outils. Le principal : le taux de refinancement des banques.

Concrètement, quand une banque souhaite prêter de l’argent à un ménage avec un projet d’investissement, elle doit disposer des fonds nécessaires. Si ce n’est pas le cas, une option est d’emprunter auprès de la banque centrale. Le taux appliqué à cet emprunt est le taux de refinancement – actuellement de 2,65 %. Les ménages empruntent ensuite à un taux plus élevé, incluant une prime de risque destinée à couvrir le risque de non-remboursement et une marge permettant à la banque de couvrir ses coûts et générer un bénéfice.

Quand l’inflation est faible, la BCE instaure une politique monétaire expansive, ou accommodante. Le taux de refinancement est plus faible, facilitant l’octroi de crédit par les banques. À l’inverse, pour lutter contre une inflation importante, ce taux est plus élevé. Il restreint à dessein la capacité des banques à obtenir des liquidités et de facto à prêter aux ménages. C’est ce qu’on appelle une politique monétaire restrictive.

Perte de pouvoir d’achat

Dans un contexte inflationniste accompagné d’une hausse des taux d’intérêt, les ménages perdent simultanément deux leviers pour maintenir leur consommation : la capacité d’emprunt, rendue plus coûteuse, et le pouvoir d’achat, rogné par la hausse des prix.

Ce second levier pourrait être préservé si les revenus progressaient au même rythme que les prix. Or, en France, les revenus progressent moins vite que les prix. La conséquence ? Une perte réelle de pouvoir d’achat. En 2023, les 10 % des Français les plus pauvres subissent une contraction de leur niveau de vie de -1 %. Pour ces ménages les plus modestes, qui ne peuvent ni emprunter ni puiser dans une épargne insuffisante, ce décrochage entre revenus et prix est particulièrement brutal.




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C’est précisément pourquoi l’objectif de stabilité des prix poursuivi par la BCE revêt une importance sociale. En cherchant à contenir l’inflation, elle limite la dégradation du pouvoir d’achat de ceux qui n’ont aucun autre filet de protection.

Moins d’emplois et moindres salaires

Si la politique monétaire de la BCE influence directement le pouvoir d’achat des ménages par le canal du crédit aux particuliers, elle affecte indirectement leur quotidien via le marché du travail. Comment ? En facilitant ou en restreignant l’accès au crédit pour les entreprises.

Une entreprise qui évolue dans un contexte où l’obtention d’un crédit est aisée pourra plus facilement investir, embaucher ou mieux rémunérer ses salariés. A contrario une politique monétaire restrictive, dans un contexte inflationniste, augmente dans un premier temps les coûts du crédit aux entreprises.

Entre juillet 2021 et juillet 2023, alors que le taux directeur de la BCE passe de 0 à 4 %, le taux d’emprunt des entreprises françaises augmente de 1,08 % à 4,42 %. Une entreprise n’empruntant plus investit moins. À cette baisse d’investissements s’ajoutent des coûts de production élevés, une demande pour les biens et services en baisse due à la diminution du pouvoir d’achat, le tout contribuant à une chute du chiffre d’affaires menant à des destructions d’emplois.

Les ménages les plus modestes sont les plus exposés aux fluctuations du marché du travail, notamment au chômage.

Par exemple, les jeunes sont les premiers à subir les changements de cycle économique induits par la politique monétaire.

Les chiffres l’attestent en France : entre le dernier trimestre 2024 et le deuxième trimestre 2026 (dernière donnée disponible), le taux de chômage des jeunes entre 15 et 24 ans (selon la mesure du BIT) a augmenté de 5 points, passant de 16,6 % à 21,6 %. Sur la même période, le taux de chômage de l’ensemble des actifs, indépendamment de leur âge, ne progresse que de 0,8 %.

Augmentation des inégalités de patrimoine

En plus de leurs revenus et de leurs emplois, la politique monétaire influence le patrimoine des ménages.

Ainsi, la compression des taux de crédit, tombés à 1,06 % en décembre 2021, favorise la demande de biens immobiliers, poussant les prix à la hausse. Au troisième trimestre 2022, le prix des logements anciens progresse de + 6,4 % sur un an.

Or, 30 % des ménages les moins dotés possèdent moins de 40  000 euros de patrimoine, composé quasi exclusivement de livrets d’épargne réglementée et sans exposition à l’immobilier. Ils ne bénéficient pas de cette hausse des prix immobiliers, et la valeur de leur patrimoine n’en est pas accrue.

Compte tenu de ces disparités, les effets de la politique monétaire de la BCE peuvent détériorer la situation des ménages modestes en creusant les inégalités de patrimoine existantes.

En définitive, l’inflation n’affecte pas le pouvoir d’achat des ménages modestes de manière isolée ; elle interagit avec la réponse de la politique monétaire pour produire un effet cumulatif. La politique monétaire agit moins comme un simple correctif que comme un amplificateur des dynamiques de prix, avec des répercussions particulièrement marquées pour les ménages les plus modestes.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Quel est l’impact des décisions de la BCE sur les ménages modestes ? – https://theconversation.com/quel-est-limpact-des-decisions-de-la-bce-sur-les-menages-modestes-284478