¿Cómo hemos llegado a esta situación con los incendios forestales en España? Echamos la vista atrás para buscar las causas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eduardo Rojas Briales, Profesor permanente laboral; ciencia e ingeniería forestal (selvicultura, repoblaciones, infraestructuras verdes, gobernanza, cooperación, recursos forestales globales, incendios). ETSIAMN, Universitat Politècnica de València

Vecino de Los Gallardos (Almería) intentando extinguir las llamas de un incendio, 11 de julio de 2026. Ataurrahmanstudio/Shutterstock

Los incendios de este verano, tanto por su intensidad como por su afectación a zonas habitadas, han generado una gran preocupación social y una búsqueda inmediata de culpables y soluciones rápidas. No obstante, hablamos de un reto tremendamente complejo debido, entre otras razones, a su excepcional escala espacial.

España ha pasado de ser un país altamente deforestado a principios del siglo XX –en 1930 tenía apenas ocho millones de hectáreas de bosque (16 % de la superficie española)– a disponer hoy de 19,1 millones (38 %).

La actual cobertura forestal española está muy por delante de Italia (31 %), Francia (32 %) o Alemania (33 %). Cabe destacar que ese avance del bosque no se explica solo por las repoblaciones, sino que responde mayoritariamente a la recuperación espontánea de los bosques quemados además de su expansión natural, sobre todo en montaña.

Los incendios no constituyen un hecho novedoso. Ya en 1968 el Ministerio de Agricultura creó el Servicio contra Incendios Forestales, incluyendo una compleja estadística en aquel momento única en Europa. Décadas antes, entre 1920 y la Guerra Civil, se produjo un creciente número de incendios como consecuencia del abandono de los viñedos debido al insecto filoxera.

Desvinculados de la naturaleza

España “se acostó” a principios de los 50 como un país eminentemente rural y subdesarrollado y se despertó en 1970 como un país urbano relativamente desarrollado. Había olvidado sus raíces y su extenso territorio rural, restringiéndolo a una cada vez más marginal fuente de mano de obra, lugar para el suministro de agua, energía y alimentos y ubicación de infraestructuras de conexión entre conurbaciones.

Como consecuencia de la pérdida de vínculo con lo natural de un medio urbano muy hostil para gran parte de la sociedad y las series de Félix Rodríguez de la Fuente, surgió el primer ansia de recuperar lo natural. Esta coincidió en el tiempo con la primera cumbre ambiental de Naciones Unidas en Estocolmo y el cambio en la denominación de la aún única administración forestal en España de Dirección General de Montes a Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza.

Con la Transición, como ocurriera en otros países de la cuenca mediterránea que salían de una dictadura, los incendios se multiplicaron en la medida en que la autoridad de los cuerpos de seguridad se debilitaba. Galicia y la costa mediterránea fueron los territorios que más sufrieron, especialmente entre finales de los 70 y mediados de los 90.

Consolidada la democracia y el sistema autonómico, las comunidades más afectadas –especialmente Cataluña, Andalucía, Galicia, Valencia, Castilla-La Mancha, Castilla y León o Canarias– se dotaron de sofisticados medios, especialmente aéreos, para mejorar la actuación inmediata en los primeros minutos de una potencial ignición. A la vez se mejoró la observación meteorológica y el análisis de la causa de ignición comenzando con la determinación exacta del arranque del fuego.

También se abordó el problema de los basureros incontrolados y las líneas eléctricas, ambos generadores de incendios, gracias a alguna sentencia contundente en lo referente a la responsabilidad civil.

Todo ello llevó a una bajada a la mitad del número de incendios y su extensión comparados con hace 30 años. Hay que recordar que el noroeste, con solo el 15 % de la superficie, acaparaba dos tercios del número de incendios en aquellos años. Pero también hay avances en esta zona: por ejemplo, Galicia ha reducido el número de igniciones en un 66,67 % desde entonces.

Las consecuencias de apostar solo por la extinción

Ya entonces los especialistas advirtieron que una apuesta basada exclusivamente en la extinción se acabaría agotando, como ya había ocurrido en Estados Unidos. De hecho, el proyecto de investigación europeo FIREPARADOX analizó esta cuestión y alertó del breve recorrido que el alivio que supusieron las fuertes inversiones en extinción comportaría.

Al reducirse las zonas quemadas, pero no actuar en el estado del monte, los contados incendios que no se consiguiesen atajar en el primer momento devendrían en megaincendios, compensando con creces lo ganado en los anteriores 10-15 años. Desde el principio de esta década hemos llegado exactamente a este punto.




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Actuaciones necesarias para prevenir incendios

El cambio climático y la alta carga de combustible fino disponible para arder en el monte ofrecen al fuego unas condiciones favorables que no hemos conocido en los últimos siglos. De ahí que sea necesario mitigar el primero y gestionar el segundo a la hora de afrontar el reto de los incendios.




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Abordar el estado del territorio es igualmente necesario en todos los casos. Las medidas requeridas corresponden en buena medida a adaptación al cambio climático e incluso mitigación, si gestionamos más activamente los bosques. Recordemos que en los países secos –como España en gran parte– la prioridad principal es la adaptación.

Otro aspecto clave es la necesidad de buscar sinergias que aprovechen óptimamente los limitados recursos públicos y respondan a las necesidades de diferentes colectivos sociales.

Recuperar la agricultura y ganadería extensiva en montaña como aliados en la lucha contra los incendios es clave también respecto a la despoblación rural. Además, estas actividades proporcionan alimentos de mayor calidad nutricional y diversificados.




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Por otro lado, aprovechar la madera, el corcho, la resina y la biomasa que producen los bosques –de la que solo aprovechamos un 60 %– permitiría reforzar la bioeconomía y avanzar más deprisa en una transición energética más diversificada, flexible en el tiempo y presente en todo el territorio, además de reforzar las pymes y acelerar la construcción con madera, clave en la reducción de emisiones de un sector estratégico como la construcción.

The Conversation

Eduardo Rojas Briales no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo hemos llegado a esta situación con los incendios forestales en España? Echamos la vista atrás para buscar las causas – https://theconversation.com/como-hemos-llegado-a-esta-situacion-con-los-incendios-forestales-en-espana-echamos-la-vista-atras-para-buscar-las-causas-289172

Qué ocurre después del ‘match’: citas, sexo y relaciones en las aplicaciones de citas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Mañas Acero, Profesora de Intervención Integral en Violencia de Género, Universidad Pontificia Comillas

Drazen Zigic/Shutterstock

La curiosidad, la búsqueda de validación o el amor. Esas son algunas de las razones que nos impulsan a usar una aplicación de citas. Pero ¿qué sucede cuando la pantalla nos devuelve un match?

En los últimos años, las aplicaciones de citas se han posicionado como una de las principales vías para conocer gente y buscar pareja/s. Hoy navegamos entre multitud de opciones: Meetic, Grindr, Adopta un Tío, OkCupid o Tinder. Esta última destaca por su alcance internacional, con presencia en más de 185 países y disponible en más de 60 idiomas.

La expansión de estas aplicaciones y sus cifras de uso evidencian un nuevo escenario de relaciones en el que las interacciones digitales y presenciales se entrelazan de forma constante.

El inicio del vínculo digital

En el juego de las apps de citas, el match es solo el comienzo. Si ambas personas coinciden en gustarse o en mostrar interés, la plataforma habilita la posibilidad de entablar una conversación privada.

Sin embargo, no todo match se traduce en una conversación, ni toda conversación en un encuentro. Fenómenos como el ghosting –una forma de terminar o interrumpir una relación en la que una persona corta toda comunicación de manera repentina y sin dar explicaciones– o la pérdida de interés pueden hacer que muchas interacciones se queden en el camino.

En este artículo compartimos los resultados de un estudio basado en el análisis de las experiencias de 667 personas usuarias de apps de citas. El objetivo era conocer qué interacciones se producen tras el primer contacto.

De la pantalla a la cita presencial: ¿y después?

El paso de lo digital a lo presencial parece, en muchas ocasiones, una progresión natural cuando la interacción inicial funciona. De este modo, el resultado más frecuente después de la interacción virtual fue conocer a personas cara a cara. La mayor parte de participantes había tenido al menos una cita presencial, y por término medio habían quedado con 11 personas.

Ahora bien, no todas esas citas derivan en una interacción más estrecha. Alrededor de la mitad generaron cierta conexión, dando lugar a contactos más íntimos, como los besos. Esto podría indicar que el “salto” a la cita es relativamente común, pero que la química y la continuidad se juegan, sobre todo, en el encuentro presencial.

Sexo e intimidad en las citas

Las relaciones sexuales suelen ser una de las principales motivaciones en el uso de apps de citas, y también aparecen con frecuencia en las trayectorias que se inician en estas plataformas. En nuestro estudio, la mayoría de los contactos afectivos establecidos acabó en relaciones sexuales. Sin embargo, la continuidad sexual con una misma persona se reduce considerablemente: de media, esas relaciones se mantuvieron con unas tres personas.

El patrón parece bastante claro. El encuentro sexual puede ocurrir, pero mantenerlo en el tiempo depende de algo más que la atracción inicial: entran en juego factores como la compatibilidad, el interés mutuo o el momento vital.

Cuando surge el vínculo estable

¿Cuántas veces un match termina en vínculo estable? Pues menos de las que podríamos esperar. En nuestro estudio, las relaciones de pareja surgidas a través de apps fueron menos frecuentes: de media, las personas participantes reportaron unas dos.

Este contraste entre contactos y relaciones estables sugiere que solo una parte pequeña de las interacciones iniciadas en estas plataformas termina en pareja. Como sucede con los ligues fuera de la pantalla, vincularse de forma estable requiere algo más que una atracción inicial: necesita tiempo, compromiso y expectativas compartidas, elementos menos inmediatos que el match.

Género, orientación y edad importan

Las experiencias en apps de citas no son homogéneas. En nuestro estudio, factores como el género, la orientación sexual o la edad se asocian con diferencias en cómo y cuánto se interactúa.

Al examinar los resultados desde una perspectiva de género, aparece una brecha clara: los hombres reportan el doble de citas presenciales que las mujeres. Además, declaran el doble de interacciones en el resto de resultados analizados, incluyendo besos y relaciones sexuales. Estas diferencias pueden tener varias lecturas.

Por un lado, muchas mujeres adoptan estrategias de autoprotección cuando quedan con hombres desconocidos, como quedar en lugares públicos o informar a su entorno. Por otro, algunas teorías apuntan a diferencias en las motivaciones: los hombres podrían priorizar el sexo a corto plazo, mientras que las mujeres pondrían más énfasis en la seguridad o la conexión emocional.

En todo caso, es mejor no hacer lecturas rígidas o estereotipadas, ya que estas tendencias conviven hoy con procesos de cambio como el empoderamiento femenino y la transformación de las normas sexuales.

En los datos también aparecen diferencias según la orientación sexual. Los hombres homosexuales reportan un mayor número de interacciones. Esto sugiere que las apps de citas pueden funcionar como espacios de exploración con mayor anonimato y menor estigma social en la expresión de la identidad sexual.

Por último, la edad también introduce diferencias. Las personas adultas (31-50 años) y las mayores de 50 años reconocen haber tenido más citas y relaciones afectivo-sexuales que las jóvenes.

Quizás las personas adultas y mayores tienden a tener expectativas más claras y definidas –como la búsqueda de estabilidad o una vida sexual activa–, mientras que las más jóvenes pueden utilizar estas apps de forma más exploratoria y encontrar otros espacios de socialización en los que establecer nuevas relaciones.

Nuevas formas de relacionarnos

El match inicial es el comienzo de un recorrido incierto. A partir de ahí, muchas interacciones se quedan en mensajes que no avanzan. Otras pasan a una cita. Algunas terminan en besos o en sexo. Y solo en una pequeña parte de los casos aparecen vínculos que se consolidan.

Las apps de citas dibujan un mapa complejo de relaciones contemporáneas. Tener esta información puede ayudarnos a ajustar expectativas. Las aplicaciones pueden ampliar oportunidades de contacto y acelerar el inicio de la interacción, pero no eliminan los requisitos habituales para sostener una relación. Entender ese recorrido –y saber en qué punto se quedan la mayoría de interacciones– permite leer con más realismo qué pueden aportar estas plataformas y hasta dónde llegan.

En el fondo, comprender qué ocurre después del match no solo nos permite conocer mejor cómo nos relacionamos hoy, también nos permite entender cómo estamos construyendo y negociando la intimidad en el siglo XXI.

Estos datos provienen de un cuestionario online de carácter nacional y recogen la experiencia de quienes participaron de forma voluntaria. Por tanto, no equivalen a una fotografía representativa de la población. Aun así, nos permiten conocer, de una forma más aproximada, los resultados y las experiencias de las personas usuarias tras el uso de apps de citas y qué evidencian dichas experiencias sobre las formas contemporáneas de relacionarnos social, afectiva y sexualmente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Qué ocurre después del ‘match’: citas, sexo y relaciones en las aplicaciones de citas – https://theconversation.com/que-ocurre-despues-del-match-citas-sexo-y-relaciones-en-las-aplicaciones-de-citas-281092

Cómo hablar de inmigración en el aula

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel Osorio García de Oteyza, Profesor área Geografía Humana (Humanidades y ciencias sociales), Universidad Francisco de Vitoria

koldo_studio/Shutterstock

Las migraciones son un hecho natural y constante en la historia. Cambiar el lugar de residencia, de manera individual o colectivamente, ha sido el comportamiento natural de las sociedades humanas: los hombres prehistóricos se desplazaban buscando alimento y climas templados; hoy se migra para buscar trabajo o para huir de una guerra o de la violencia.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) (creada por las Naciones Unidas en 1951 para orientar las políticas de una migración más humana y ordenada) cifró en 281 millones las personas habían migrado a otros países en 2024. Este numero es sólo un 3 % del total de la población mundial, un porcentaje más o menos estable.

Cambio en los países de acogida

Lo que sí cambia a lo largo de la historia es de qué países salen personas y a qué países se dirigen. Hay lugares, como Estados Unidos, que han sido siempre receptores de migrantes. Otros, como España, que en otras épocas fue un país de emigrantes, son hoy sobre todo puntos de destino. Por otro lado hay países como Argentina que fueron especialmente receptores y hoy son emisores.

España ha pasado de un millón de personas con nacionalidad extranjera en el año 2000 a siete millones en 2026, entre los que hay una mayoría procedentes de América, en segundo lugar de Europa y en tercer lugar de África. Estas cifras suponen que uno de cada cinco residentes en España es originario de otra cultura, lo que implica un reto para la convivencia.

Cuando los políticos o los medios de comunicación tratan este tema, hay una serie de palabras que se suelen oír o leer con frecuencia. A continuación, explicamos su origen y significado objetivo, así como la intención y connotaciones con que suelen utilizarse.

Xenofobia y racismo

La xenofobia es el rechazo o el odio a la persona de origen extranjero. Se traduce en actitudes, prejuicios o conductas que rechazan, excluyen y, muchas veces, desprecian a esas personas. En distintos contextos, tanto en la vida real como en las redes sociales, se utilizan términos racistas que discriminan a las personas por su origen o raza.

De esta manera se etiqueta de forma negativa a los grupos humanos como si todos se comportasen de la misma manera, discriminando por su color de piel, su lengua, sus costumbres o nacionalidades; así, si una persona de un país ha robado, a veces se dice que todos los que son de ese país son unos ladrones.




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¿Cómo contamos la realidad?

Cuando las personas y los medios de comunicación transmiten información y noticias, a menudo utilizan una “narrativa” (también llamado “marco narrativo” o “relato”) determinada. Es el hilo conductor que crea una historia, con unos personajes, y conecta los datos y los hechos con las emociones.

Imaginemos un hecho muy reciente: la llegada a Ceuta de más de 50 000 personas procedentes de Marruecos el pasado 30 de julio de 2026. Cuando algunos medios utilizan, para referirse a este hecho, la palabra “invasión” están creando en nuestra mente un marco narrativo bélico y de ataque. Si en cambio se habla de “entrada” de inmigrantes, nuestra percepción de un hecho similar es totalmente distinta.

Es decir, cada narrativa tiene un impacto en quienes la leen o la escuchan: configuran nuestra imaginación y nuestra forma de entender las cosas.

Narrativa antimigratoria

Con las cuestiones migratorias abundan narrativas, muchas veces falsas, exageradas o tergiversadas, que nos llegan en forma de noticia.

A menudo deshumanizan al inmigrante (hablando, por ejemplo, en lugar de personas de “flujos migratorios”) o equiparan la inmigración con problemas de seguridad o de pobreza. Así se distancian de los que llegan, que son “otros”, diferentes. “Ellos” frente a “nosotros”.

Estos relatos suelen construirse entorno a cinco ejes: la securitización, que asocia migración y delincuencia; la retórica identitaria, que presenta la diversidad como amenaza cultural; el rechazo al extranjero, con islamofobia y aporofobia; la condena de la movilidad humana; y la instrumentalización electoral.

De la narrativa antimigratoria al odio

Uno de los efectos obvios de las narrativas antimigratorias es la generación de rechazo, miedo o incluso odio hacia los migrantes. Aunque España es uno de los países de Europa que mejor valora la integración social de los migrantes, el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia notificó 2 655 casos de contenidos de odio racista en redes sociales en 2023. La plataforma con más incidencias fue X/Twitter (30,4 %), seguida de Instagram (21,4 %) y Facebook (20,5 %). Las plataformas solo retiraron el 49,4 % de los contenidos notificados.

Los menores migrantes no acompañados fueron en 2023 el colectivo más victimizado: en el 45,5 % del discurso de odio dirigido a ellos se les vincula con inseguridad ciudadana usando lenguaje agresivo explícito.




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Aplicación de nuevas narrativas migratorias

Usar un lenguaje respetuoso es el primer paso para tratar con dignidad a todas las personas. He aquí algunas herramientas a tener en cuenta:

  1. Prescindir de comparaciones que enfatizan un sentimiento de enfrentamiento entre nosotros y ellos, los de aquí y los de allí. Escapar de dicotomías que presentan a esos supuestos “otros” como enemigos irreconciliables.

  2. Evitar los estereotipos y las generalizaciones. Cada persona tiene su propia historia que la hace única.

  3. Desprenderse de los prejuicios. No reducir a una persona a su lugar de nacimiento.

  4. Analizar las palabras y los mensajes que se usan para detectar cuándo se está usando un discurso sesgado por la narrativa antimigratoria.

  5. Utilizar la empatía y respetar la dignidad inherente a todas las personas.

  6. Verificar antes de compartir. Ante imágenes o vídeos impactantes sobre migración, contrastar siempre la fuente.

The Conversation

Miguel Osorio García de Oteyza recibe fondos de FECYT entonces perteneciente al Ministerio de Ciencia e Innovación.

– ref. Cómo hablar de inmigración en el aula – https://theconversation.com/como-hablar-de-inmigracion-en-el-aula-284141

La falacia del ‘Just Do It’: por qué el cerebro prefiere el sofá al gimnasio (y no es culpa nuestra)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel Ángel Rodríguez, Investigador predoctoral en las bases evolutivas y neuropsicológicas de la (in)actividad física humana, Universidad de Oviedo

New Africa/Shutterstock

“Nunca evolucionamos para hacer ejercicio”, afirma el biólogo evolutivo Daniel Lieberman. Y tiene razón. El ser humano ha evolucionado para ser físicamente activo por pura necesidad de supervivencia: cazar, recolectar y explorar.

Sin embargo, el ejercicio –entendido como actividad planificada y estructurada para mejorar la forma física– es un concepto mucho más reciente. Hoy, aunque la tecnología ha reducido drásticamente la necesidad de movernos, la actividad física sigue siendo esencial para conservar nuestra salud física y mental.

Las estadísticas son alarmantes. A nivel global, 1 de cada 3 adultos y 8 de cada 10 adolescentes no alcanzan los niveles mínimos de actividad física recomendados por la Organización Mundial de la Salud. El 90 % elige el ascensor frente a las escaleras, y solo la mitad de quienes se proponen hacer ejercicio logra cumplir su objetivo.

Estos datos nos invitan a reflexionar: ¿por qué ciertas personas disfrutan corriendo un ultramaratón bajo el sol abrasador del desierto, mientras que otras sudan en frío con solo pensar en salir a dar una vuelta a la manzana?

Más allá de la fuerza de voluntad

En 1988, la compañía Nike lanzó un spot publicitario protagonizado por un octogenario sonriente llamado Walt Stack que aparecía corriendo por el Golden Gate de San Francisco mientras explicaba cuál era su motivación para hacerlo a diario. El anuncio terminaba con tres palabras escritas en blanco sobre fondo negro: Just Do It.

Sencillo, ¿verdad? Pero ¿será solo cuestión de fuerza de voluntad lo que distingue a quienes hacen ejercicio de quienes no lo hacen? Parece que no todos partimos de la misma casilla de salida, pues diversos estudios en gemelos han revelado que aproximadamente el 60 % de nuestra capacidad de autocontrol está condicionada genéticamente.

Nuestra disposición a movernos está influida por procesos inconscientes. Así, las decisiones sobre realizar o no ejercicio pueden estar determinadas por predisposiciones biológicas que moldean la percepción del esfuerzo, el placer o la incomodidad.

Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky propusieron un modelo que ayuda a entender este conflicto entre el comportamiento automático y el deliberado. Según ellos, nuestras decisiones están determinadas por el “sistema 1”, rápido e intuitivo (por ejemplo, apartar la mano del fuego), y el “sistema 2”, lento y analítico (mantener hábitos como el ejercicio). Pues bien, las decisiones racionales del sistema 2 reciben la influencia de mecanismos inconscientes, lo que plantea una idea fascinante: nuestras elecciones, como levantarse del sofá, podrían estar determinadas por procesos cerebrales que escapan al control consciente.

Como explica el psicólogo y escritor canadiense Steven Pinker, no somos una hoja en blanco, sino organismos evolutivos diseñados para responder al mundo. Comportamientos como elegir las escaleras mecánicas frente a las convencionales responden a mecanismos ancestrales destinados a ahorrar energía en entornos de escasez.

En una sociedad dominada por la búsqueda del placer inmediato, donde pasar la tarde deslizando el dedo por una pantalla resulta más sugerente que atarse las zapatillas, someter al cuerpo a esfuerzos “innecesarios” supone un desafío directo a nuestra programación biológica más primitiva. Y es que, salvo que exista una recompensa suficientemente valiosa, el cerebro tiende a favorecer las conductas de menor coste energético. Por ello, iniciar y mantener la actividad física suele requerir más recursos cognitivos que dejarse llevar por la inactividad.

La dopamina y otros factores que escapan a nuestro control

Aquí entra en juego la dopamina, el neurotransmisor que regula el placer y la tolerancia al esfuerzo. Las variaciones individuales en el sistema dopaminérgico e, incluso, la composición de la microbiota intestinal modulan nuestra motivación para hacer ejercicio. Lo que es evidente es que estos factores no dependen de nosotros, como tampoco la actividad física que nuestra madre realizó durante el embarazo, que predice nuestros niveles de actividad física en la etapa adulta.

No obstante, la biología no basta para explicar el comportamiento humano, y aspectos como la experiencia y el contexto social alteran la autoeficacia y la motivación con el ejercicio. Así, gemelos idénticos, que comparten un mismo ADN, divergen en su respuesta a la actividad física en función de malas experiencias o inseguridades corporales. Estas vivencias modulan la relación emocional con el movimiento y pueden generar trayectorias opuestas.

De la culpa individual a la responsabilidad colectiva

Reconocer estos condicionamientos no significa ser fatalistas. Una vez comprendemos la influencia de los factores biológicos y ambientales, eliminamos el componente moral de la inactividad. Así, aceptar que el esfuerzo físico no tiene el mismo coste para todos nos obliga a mirar menos al individuo y más a las situaciones en las que vive.

El diseño urbano amplifica las desigualdades biológicas. Según el estudio PASOS, que incluyó a más de 4 000 menores de edad, aquellos que viven en barrios de bajo estatus socioeconómico y escasa accesibilidad peatonal registran menos minutos de juego al aire libre y menor participación en actividades deportivas.

Las políticas actuales buscan actuar desde las primeras etapas de la vida. La promoción del ejercicio físico durante el embarazo, el impulso de la educación física y el acceso universal a espacios recreativos son estrategias que pretenden compensar desventajas biológicas o contextuales antes de que se consoliden.

Los contextos socioeconómicos, los marcos normativos, los modelos educativos y el diseño de los espacios comunes deben operar como aliados de la motivación. Por ejemplo, en Cluj-Napoca (Rumanía), puedes obtener un billete de bus a cambio de hacer 20 sentadillas. Con más de 200 000 billetes emitidos, esta iniciativa demuestra que es posible transformar un esfuerzo biológicamente costoso en un juego de recompensa inmediata.

En última instancia, debemos entender la libertad como una construcción colectiva. Como escribió el filósofo Arthur Schopenhauer: “El hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer [elegir] lo que quiere”. El verdadero acto de voluntad colectiva no reside en exigir un simplista Just Do It, sino en diseñar entornos que inviten al movimiento.

The Conversation

Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

– ref. La falacia del ‘Just Do It’: por qué el cerebro prefiere el sofá al gimnasio (y no es culpa nuestra) – https://theconversation.com/la-falacia-del-just-do-it-por-que-el-cerebro-prefiere-el-sofa-al-gimnasio-y-no-es-culpa-nuestra-288546

Europa quiere que las reseñas ‘online’ de sus alojamientos turísticos sean fiables y transparentes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Pellejero, Profesor investigador en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

africa_pink/Shutterstock

Antes de elegir alojamiento, mucha gente mira la nota media del establecimiento, repasa varias opiniones, busca información sobre limpieza, ruido o trato y, con todos esos ingredientes, intenta anticipar una experiencia que todavía no ha vivido.

Esa dependencia no es casual. Un estudio clásico realizado en el contexto hotelero mostró que las reseñas online influyen de forma clara tanto en la percepción de confianza como en la intención de reserva. Y otro experimento comprobó que la mera exposición a reseñas aumenta la consideración de un hotel, especialmente cuando se trata de establecimientos menos conocidos. En turismo, donde el producto es difícil de evaluar antes del consumo, la experiencia ajena funciona como un atajo para reducir incertidumbre.

Certificar la confianza

En febrero de 2026 la Comisión Europea reunió en Bruselas a los primeros firmantes del nuevo marco europeo para reseñas de alojamientos turísticos. No es un gesto menor: si Bruselas entra en este terreno es porque las reseñas online han dejado de ser un complemento pintoresco del viaje para convertirse en una pieza central de la confianza digital.

El nuevo código, impulsado con la participación de organizaciones de consumidores, asociaciones, empresas y plataformas, busca aumentar la transparencia y la fiabilidad de las opiniones. Entre los firmantes están algunas de las empresas del sector turístico con mayor presencia en redes como Booking.com, Expedia Group, Tripadvisor Group y Airbnb, que se han comprometido a favorecer reseñas genuinas y valoraciones más fiables.

La pregunta es ¿qué cambia con esta nueva normativa para quien reserva?

Qué pretende corregir la UE

La lógica del nuevo código europeo no es sustituir la legislación vigente, sino reforzar buenas prácticas en un espacio donde la confianza del consumidor depende de detalles que a menudo pasan desapercibidos.

El texto insiste en varios principios: ofrecer información clara sobre cómo se calculan las puntuaciones, establecer medidas contra actores de mala fe, permitir que solo usuarios verificados publiquen opiniones cuando estas aparezcan de forma anónima o bajo seudónimo, facilitar la denuncia de reseñas falsas, ilícitas o contrarias a las políticas de la plataforma, y asegurar plazos razonables para revisar, impugnar o retirar comentarios cuestionados.

También contempla que los usuarios puedan ordenar las reseñas por criterios relevantes –por ejemplo, las más recientes– y que se informe sobre cómo se gestionan las opiniones desactualizadas.

Hay, además, un mensaje importante para los propios alojamientos. El código pide a los establecimientos y a sus representantes que se abstengan de generar reseñas falsas o de contratar a terceros para coordinarlas, y también desaconseja el uso de incentivos desproporcionados o condicionados que sesguen las valoraciones de los clientes.

Al mismo tiempo, reconoce que las reseñas negativas legítimas no deben desaparecer por sistema: pueden ser una oportunidad para responder, corregir y demostrar mejoras. El objetivo, por tanto, no es construir un espacio impecable y complaciente, sino uno más honesto y trazable.

No basta con leer: también hay que interpretar

Que las reseñas influyan mucho no significa que debamos leerlas con fe ciega. La investigación lleva tiempo mostrando que la confianza depende, además de la nota media, del tipo de comentario que la acompaña. Un estudio sobre la utilidad percibida de las reseñas en webs de viajes concluyó que las características cualitativas del mensaje –como su claridad, legibilidad y contenido– pesan incluso más que algunos indicadores puramente numéricos.

En cuanto a la confianza en las reseñas online, esta aumenta cuando el texto se percibe como más concreto, más centrado en atributos relevantes y más verosímil. En otras palabras: no solo importa cuántas estrellas vemos, sino qué cuentan esas opiniones y cómo lo cuentan.

Eso explica por qué una puntuación alta no siempre despeja las dudas. A veces un alojamiento tiene muy buena nota, pero basta con leer unos pocos comentarios para detectar grietas: críticas que se repiten sobre ruido, colas, mala atención o habitaciones diferentes a las fotos.

En la fase inicial de la decisión de reserva, la interacción entre la puntuación y el número de reseñas modifica la confianza del usuario y su disposición a incluir un hotel entre sus opciones reales. Es decir, una nota alta no significa lo mismo si procede de veinte opiniones que si llega acompañada de miles de comentarios consistentes.

El problema no es solo la falsedad, sino la ingenuidad

Conviene aclarar que la existencia de reseñas falsas no convierte en inútil todo el ecosistema de opiniones. Pero sí obliga a leer mejor.

Una investigación sobre viajeros con alta aversión al riesgo observó que las reseñas negativas suelen percibirse como más útiles que las positivas. No porque toda crítica sea cierta, sino porque cuando intentamos evitar una mala experiencia prestamos más atención a las señales de peligro que a las de normalidad.

Por eso, el cambio más importante quizá no sea solo normativo, sino cultural. El código europeo manda una señal clara: las reseñas no son un ruido espontáneo de internet, sino una infraestructura de confianza que afecta a consumidores, plataformas y empresas. Para quien reserva, eso significa algo bastante práctico.

Seguir leyendo opiniones tiene sentido, pero conviene fijarse menos en una sola reseña llamativa y más en los patrones: qué problemas se repiten, cuántas opiniones hay, si el comentario es concreto, si el sistema explica cómo calcula la nota y si la plataforma ofrece mecanismos visibles para verificar, ordenar o cuestionar lo publicado.

El futuro de las reseñas no pasa por creerlo todo ni por desconfiar de todo, sino por aprender a leer mejor en un entorno que, al menos sobre el papel, empieza a exigir más transparencia.

The Conversation

Mónica Pellejero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Europa quiere que las reseñas ‘online’ de sus alojamientos turísticos sean fiables y transparentes – https://theconversation.com/europa-quiere-que-las-resenas-online-de-sus-alojamientos-turisticos-sean-fiables-y-transparentes-289290

John Galliano en el Met: ¿puede el talento sobrevivir al juicio moral?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

John Galliano en un fotograma del documental _Auge y caída de John Galliano_. Nicholas Matthews/StudioTF1, FAL

El Metropolitan Museum of Art de Nueva York anunció el pasado 31 de julio que la gran exposición de primavera de 2027 de su Costume Institute estará dedicada a John Galliano. John Galliano: Horizons recorrerá cuatro décadas de trayectoria, desde sus años de estudiante en Central Saint Martins de Londres hasta su trabajo para su propia firma, Givenchy, Christian Dior y Maison Margiela. Será la primera gran retrospectiva museística centrada exclusivamente en el diseñador, a quien el propio Met define como uno de los creadores más inventivos e influyentes de la moda contemporánea.

La elección tiene además un carácter excepcional: Galliano será solo el tercer diseñador vivo al que el Costume Institute dedica una exposición monográfica, después de Yves Saint Laurent, en 1983, y Rei Kawakubo, en 2017.

Pero su trayectoria quedó marcada en 2011 por varios episodios de insultos antisemitas y racistas que provocaron su despido de Dior y una posterior condena de la justicia francesa. De ahí que el anuncio haya recuperado una discusión que excede ampliamente la moda: ¿merece Galliano semejante reconocimiento?

Quizá la pregunta esté mal planteada. Una exposición no es exactamente un premio y un museo no es un salón de la fama para figuras moralmente ejemplares. Según el Consejo Internacional de Museos, su función incluye investigar, conservar, interpretar y exhibir patrimonio, pero también favorecer la educación y la reflexión.

El caso Galliano obliga, así, a preguntarse algo más complejo: cómo reconocer una aportación cultural extraordinaria sin transformar ese reconocimiento en la absolución de quien la produjo.

Antes de Dior ya estaba Galliano

Para entender la polémica hay que comprender primero por qué Galliano importa.

En 1984 presentó en Saint Martins Les Incroyables, una colección de graduación inspirada en la Francia posrevolucionaria y atravesada por la cultura del Londres de los ochenta. Aparecían ya allí los elementos que definirían su lenguaje: historicismo, romanticismo, dramatización de la silueta y, especialmente, la utilización de la ropa para construir personajes.

Su singularidad no residió simplemente en recurrir al pasado. Galliano podía partir del siglo XVIII, del corte al bies de la diseñadora francesa Madeleine Vionnet, del cine o de un personaje literario y recombinar todas esas referencias hasta convertirlas en algo reconociblemente suyo. La historia no era un archivo que reproducir, sino una materia que desmontar y volver a ensamblar.

Detrás de la teatralidad existía además una enorme competencia técnica: dominio del corte, atención a la construcción del cuerpo y una capacidad extraordinaria para conseguir movimiento y ligereza en prendas de gran complejidad.

Por eso Dior no inventó a Galliano. Cuando llegó a la casa francesa en 1996 el británico llevaba más de una década desarrollando su lenguaje y había pasado ya por Givenchy. Dior le dio algo diferente: escala. El archivo, la alta costura, los artesanos, los recursos económicos y el alcance global permitieron proyectar aquella imaginación sobre una de las grandes instituciones de la moda.

El desfile como mundo

Galliano tampoco se limitó a hacer vestidos espectaculares. Contribuyó a transformar el desfile en una experiencia narrativa en la que prendas, música, maquillaje, escenografía, casting y movimiento construían un mismo universo.

Él, Alexander McQueen y otros diseñadores de los años noventa desplazaron el desfile hacia territorios próximos al teatro y la performance, convirtiéndolo en un espacio desde el que articular fantasías, identidades y ansiedades contemporáneas.

Galliano entendió antes de que el storytelling se convirtiera en lenguaje habitual del marketing que una colección podía contar una historia completa. Las modelos no llevaban simplemente ropa: encarnaban personajes. Sus desfiles podían funcionar como acontecimientos culturales y no únicamente como presentaciones comerciales.

En ese proceso contribuyó también a consolidar la figura contemporánea del director creativo como autor total: alguien capaz de diseñar prendas, interpretar un archivo, construir imágenes y producir un universo simbólico alrededor de una marca.

Ahí reside buena parte de su excepcionalidad. En Galliano convergen conocimiento histórico, virtuosismo técnico, intuición visual y una capacidad narrativa poco habitual. Calificarlo de “genio” resulta problemático precisamente porque la propia noción arrastra una larga mitología cultural. Pero ignorar la excepcionalidad de su talento impediría comprender por qué su caso resulta tan incómodo. Si Galliano hubiera sido un diseñador menor, probablemente este debate no tendría la misma intensidad.

La decisión del Metropolitan de dedicarle esta retrospectiva también puede leerse en relación con el momento que atraviesa la propia moda. En un sistema cada vez más condicionado por la velocidad, la producción continua de novedad y la circulación inmediata de imágenes, la dimensión artística y cultural de la disciplina corre el riesgo de quedar subordinada a su lógica industrial y comunicativa. Volver sobre Galliano permite precisamente recordar otra tradición de la moda: la que investiga, cita, construye lenguaje, produce memoria y dialoga con la historia del arte, el cine, la literatura o la cultura visual.

En ese sentido, no resulta extraño que sea un museo quien vuelva a situarlo en el centro. Si una institución cultural no reivindica la moda como objeto de conocimiento, creación y patrimonio, difícilmente lo hará una industria sometida a la urgencia de la siguiente temporada. Y si se busca una figura capaz de condensar esa dimensión artística de la moda contemporánea, Galliano resulta difícil de sustituir.

Cuando la biografía cambia nuestra mirada

Su caída en 2011 alteró inevitablemente la lectura de todo lo anterior. Tras ser despedido de Dior, regresó a la industria como director creativo de Maison Margiela.

Se puede estudiar el contexto de adicciones, presión profesional y deterioro personal que acompañó aquel periodo, pero contextualizar no equivale a justificar.
La cuestión es qué ocurre cuando lo que conocemos del autor modifica nuestra experiencia de su obra.

Un vestido de Galliano de 1997 no cambió materialmente en 2011. Cambió el contexto desde el que lo mirábamos.

Vestido rojo de estilo flamenca de alta costura de John Galliano exhibido en París en la Galería Dior. Hay una reproducción grande al fondo de una fotografía de una modelo vistiendo la prenda.
Vestido de alta costura de John Galliano exhibido en París en la Galería Dior. La fotografía que está de fondo es de Peter Lindbergh, en 1997.
Lila Louisa/Shutterstock

Qué exposición merece Galliano

Ahí entra el museo. Las instituciones culturales no solo conservan objetos: producen contextos y participan en su legitimación. Desde la sociología de la cultura sabemos que el canon no depende únicamente del valor intrínseco de las obras, sino también de museos, críticos, conservadores y otras instituciones capaces de otorgarles reconocimiento.

Por eso situar a Galliano junto a Saint Laurent y Kawakubo entre los escasísimos diseñadores vivos que han recibido una monográfica del Costume Institute supone una afirmación sobre su posición en la historia de la moda.

La pregunta deja entonces de ser si Galliano merece una exposición para convertirse en otra: qué exposición merece Galliano.

El Metropolitan ha adelantado que Horizons abordará tanto su producción creativa como sus comportamientos antisemitas, racistas y anti-asiáticos de 2010 y 2011, sus consecuencias y el modo en que han modificado la recepción posterior de su trabajo. Una retrospectiva que recurriera al viejo relato romántico del “genio atormentado” correría el riesgo de blanquear su biografía. Pero eliminarlo de la historia produciría también un relato incompleto.

Admirar sin mitificar

El debate conecta con una vieja cuestión de la filosofía del arte: si la valoración estética puede mantenerse completamente separada de la moral. El filósofo americano Noël Carroll ha defendido un “moralismo moderado” según el cual, en determinadas circunstancias, los aspectos éticos pueden formar legítimamente parte de nuestra valoración artística.

Un hombre y una mujer, ambos con vestidos de gala, posan en una alfombra roja.
John Galliano y Charlize Theron, con un modelo de Dior Haute Couture diseñado por Galliano, en la gala inaugural de la exposición AngloMania: Tradición y transgresión en la moda británica, en el Museo Metropolitano, el 1 de mayo de 2006.
Everett Colletion/Shutterstock

Esta posición permite evitar dos extremos: ni la conducta de un creador vuelve automáticamente irrelevante toda su obra, ni la excelencia artística convierte en irrelevante su responsabilidad moral.

Ese podría ser precisamente el reto del Metropolitan: permitir al público apreciar la innovación de Galliano sin necesidad de mitificar al hombre. Enseñar, en definitiva, no qué debe admirarse, sino cómo mirar críticamente aquello que admiramos.

Ahí reside probablemente el verdadero interés de John Galliano: Horizons. Más que resolver la vieja cuestión de si es posible separar la obra de su autor, la exposición obliga a pensar cómo se incorpora al patrimonio cultural una figura cuya importancia histórica convive con una biografía difícil de neutralizar.

Porque los museos no solo conservan el pasado: también producen los marcos desde los que ese pasado será interpretado. Decidir qué se exhibe, cómo se contextualiza y qué lugar ocupa dentro del relato institucional forma parte de la construcción misma del canon.

El caso Galliano plantea así una cuestión que excede ampliamente a la moda: cómo reconoce una sociedad el valor de aquello que considera culturalmente relevante sin convertir ese reconocimiento en indulgencia.

Quizá ese sea uno de los desafíos contemporáneos de la cultura: aprender a preservar la complejidad sin convertirla ni en absolución ni en borrado.


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The Conversation

Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. John Galliano en el Met: ¿puede el talento sobrevivir al juicio moral? – https://theconversation.com/john-galliano-en-el-met-puede-el-talento-sobrevivir-al-juicio-moral-289734

SLA : l’exposition professionnelle aux pesticides pourrait accroître le risque de maladie du motoneurone

Source: The Conversation – in French – By Rachel Tan, Associate Professor in Neuroscience, The Brain and Mind Centre, University of Sydney

L’exposition aux pesticides semble liée à un risque accru de développer une SLA, mais des interrogations persistent. Huntstock/Getty

Une nouvelle étude suggère que l’exposition aux pesticides pourrait augmenter le risque de sclérose latérale amyotrophique, ou SLA. Cependant, ces travaux ne permettent pas de déterminer dans quelle mesure cette exposition contribuerait à l’apparition de la maladie, notamment en regard d’autres facteurs potentiels.


Recevoir un diagnostic de sclérose latérale amyotrophique (SLA) – une affection également connue dans le monde anglophone sous le nom de « maladie de Lou Gehrig », et en France sous celui de « maladie de Charcot » – est dévastateur.

En effet, cette maladie, qui constitue la forme la plus fréquente de maladie du motoneurone est une affection neurodégénérative invalidante d’évolution rapide : la survie moyenne n’est que de deux à trois ans après le diagnostic (il n’existe pas pour l’heure de traitement curatif pour la grande majorité des cas de SLA, même si les premiers essais d’un traitement ciblant une anomalie impliquée dans les formes génétiques de la maladie suggèrent qu’il pourrait ralentir leur progression, NdT).

Le plus souvent diagnostiquée entre 40 ans et 70 ans, la SLA altère la capacité à parler, à déglutir (et donc à manger) ainsi qu’à respirer. Actuellement, les causes de la maladie demeurent mal comprises.

Une nouvelle étude révèle que l’exposition professionnelle aux pesticides peut accroître de 61 à 71 % le risque de développer une SLA. Ce travail est une méta-analyse, autrement dit les résultats de huit autres études – qui n’évaluent toutefois pas toutes le risque de la même manière. Voici pourquoi ces conclusions doivent être interprétées avec prudence.

Ce que l’on sait des causes la SLA

Les hommes sont plus fréquemment touchés par la SLA que les femmes : chez eux, le risque de développer la maladie est accru d’environ 20 %.

Chez plus de 90 % des patients, la maladie survient de façon sporadique : la grande majorité d’entre eux ne présente ni antécédent familial connu ni cause génétique identifiée.

Les 10 % de cas restants sont dits familiaux, c’est-à-dire que la personne est porteuse d’un variant génétique connu ou qu’il existe dans sa famille des antécédents de SLA.

On comprend encore mal ce qui déclenche exactement les formes sporadiques comme familiales de la maladie, même s’il est probable que cette dernière résulte d’une interaction entre gènes et environnement.

Depuis quelques décennies, les chercheurs se demandent si l’exposition aux pesticides pourrait constituer un facteur déclenchant.

Si diverses études ont effectivement mis en évidence des associations entre exposition aux pesticides et risque accru de SLA, aucune relation de causalité n’a toutefois encore été établie.

Qu’apportent ces nouveaux travaux ?

Les auteurs de cette nouvelle étude ont effectué une revue systématique des articles publiés sur le sujet dans la littérature scientifique entre 1990 et 2025, puis ont réalisé une méta-analyse (une analyse statistique de résultats déjà publiés, NdT) sur les données de huit études distinctes : cinq menées aux États-Unis, une au Canada et en France, une en Italie et la dernière en Australie.

Leur objectif était de répondre à une question simple mais importante : le fait d’avoir été exposé, à un moment ou à un autre, à des pesticides dans le cadre de son travail augmente-t-il le risque de développer une SLA ?

D’après les résultats obtenus, la réponse est oui.

Globalement, les personnes ayant été exposées, ne serait-ce qu’une fois, à des pesticides (fongicides, herbicides ou insecticides) sur leur lieu de travail présentaient un risque de SLA accru de 61 % par rapport à des personnes non exposées.

Selon ces travaux, le lien entre exposition aux pesticides et risque de SLA apparaît plus marqué chez les hommes que chez les femmes. Cependant, les données sont trop limitées pour déterminer si cet écart traduit une véritable différence biologique ou résulte de lacunes dans la mesure de l’exposition chez les femmes.

Le risque s’est aussi avéré légèrement plus élevé lors d’une exposition à des pesticides de type herbicide, cette dernière étant associée à une hausse de 71 % du risque de développer une SLA.

Une augmentation de 61 à 71 % ne représente qu’un petit nombre de cas supplémentaires annuels, car, en Australie, la SLA touche environ 8 personnes sur 100 000 (en Europe, l’incidence annuelle de la SLA varie de 1,11 pour 100 000 personnes à 5,55 pour 100 000 habitants ; en France, les données épidémiologiques sont encore limitées, mais selon l’Institut national de la santé et de la recherche médicale, 2,5 nouveaux cas pour 100 000 habitants seraient diagnostiqués chaque année, NdT). Toutefois, il faut souligner que les chiffres ne rendent pas compte du caractère invalidant et dévastateur de cette maladie, que ce soit pour les individus qu’elle frappe ou pour leur entourage.

Rappelons qu’il n’existe à ce jour aucun traitement curatif.

Les limites de ces travaux

En réanalysant 1 734 cas de SLA issus de huit études différentes, ces nouveaux travaux ont permis d’analyser davantage de données qu’aucune autre étude isolée.

Mais un tel regroupement introduit inévitablement des hétérogénéités, car chaque étude a été conduite indépendamment, selon des méthodes variables. Les différences qui en résultent sont difficiles à contrôler.

Ainsi, plusieurs des études retenues ont mis en évidence un lien entre la survenue d’une SLA et d’autres facteurs de risque distincts, comme les traumatismes crâniens ou l’exposition à d’autres types de substances toxiques. Or, la méta-analyse n’a pas pu dissocier complètement ces facteurs de l’exposition aux pesticides. Impossible, dès lors, de dire précisément dans quelle mesure l’exposition aux pesticides a contribué à l’apparition ultérieure de la maladie (ni si d’autres facteurs y ont également concouru, ni, là aussi, dans quelle mesure).

L’une des études portait par ailleurs sur des vétérans exposés à l’agent orange, un herbicide employé comme arme par les États-Unis d’Amérique au cours de la guerre du Vietnam. Ce type d’exposition diffère probablement beaucoup des expositions professionnelles aux pesticides rencontrées aujourd’hui. Or, ces nouveaux travaux n’ont pas analysé ces résultats séparément.

La plupart des études incluses étaient de type « déclaratif », autrement dit elles reposaient sur des expositions rapportées par les participants eux-mêmes. Ces derniers devaient se remémorer les pesticides auxquels ils avaient vraisemblablement été exposés au cours de leur vie, et en estimer les quantités. Or, ce type d’étude tendait à révéler un lien plus fort entre pesticides et SLA que les études dans lesquelles l’exposition avait été mesurée de façon indépendante.

Comme le soulignent les auteurs des travaux eux-mêmes, un biais de mémorisation pourrait être entré en ligne de compte : les personnes déjà atteintes de SLA, ou qui soupçonnent un lien entre les pesticides et la maladie, sont en effet susceptibles de se souvenir plus aisément que les autres d’une exposition aux pesticides et de la déclarer.

Que retenir de cette nouvelle étude ?

Globalement, ces résultats renforcent l’hypothèse selon laquelle l’exposition professionnelle aux pesticides augmente le risque de développer une SLA.

Ils soulignent aussi la nécessité de mettre en œuvre des recherches plus rigoureuses afin d’identifier les mécanismes qui mènent à la maladie. Il s’agit notamment de déterminer quelles substances chimiques ou quels constituants des pesticides pourraient être en cause. Autre question importante : le risque dépend-il de la dose ? Autrement dit, une exposition prolongée, ou à des doses plus élevées, accroît-elle le risque ?

Enfin, on considère aujourd’hui que le risque de développer une SLA résulte vraisemblablement d’une combinaison de différents facteurs, génétiques comme environnementaux. La manière dont les expositions à ces facteurs s’accumulent et interagissent au fil de l’existence pourrait jouer un rôle dans la maladie. On peut imaginer, par exemple, que le risque soit augmenté chez des personnes qui auraient manipulé quotidiennement des pesticides, et qui auraient également été exposées à d’autres substances toxiques (ou qui auraient subi un traumatisme crânien grave, qui présenteraient une prédisposition génétique, etc.).

Ce modèle de développement de la maladie est dit « en plusieurs étapes » (multistep) ; il n’est pas possible, à ce jour, d’établir avec précision un profil de risque individuel.

On l’aura compris, le paysage de la SLA est encore mouvant. Pour que les autorités puissent faire évoluer la réglementation en matière de seuils d’exposition et que les employeurs puissent mettre en place des stratégies de réduction des risques efficaces afin de mieux protéger les travailleurs, il sera nécessaire d’approfondir encore les connaissances.

The Conversation

Rachel Tan a reçu des subventions de la part de FightMND et du ministère de la Santé de Nouvelle-Galles du Sud.

– ref. SLA : l’exposition professionnelle aux pesticides pourrait accroître le risque de maladie du motoneurone – https://theconversation.com/sla-lexposition-professionnelle-aux-pesticides-pourrait-accroitre-le-risque-de-maladie-du-motoneurone-289730

À l’ère des canicules, l’avenir du télétravail passe-t-il par des espaces de coworking pour échapper aux passoires thermiques ?

Source: The Conversation – in French – By Gerhard Krauss, Maître de conférences de sociologie, Université Rennes 2


L’ESSENTIEL

  • La succession d’épisodes caniculaires depuis le mois de mai 2026 a de nouveau braqué les projecteurs sur le télétravail. Ces derniers mois pourtant, plusieurs chefs d’entreprise avaient souhaité réduire la voilure dans ce domaine.

  • La dimension durable du changement climatique nécessite une vraie réflexion sur les conditions de travail en période de chaleur extrême. Les espaces de coworking doivent être intégrés à cette réflexion.

  • Ces espaces pourraient être repensés, en offrant notamment des espaces plus frais et une implantation dans tous les territoires.


Au moment où la France subit les conséquences du dérèglement climatique avec des canicules à répétition, et cinq ans après l’accord relatif à la mise en œuvre du télétravail dans la fonction publique, la question d’une nouvelle organisation du travail, et en particulier du télétravail, se pose avec acuité.

Les deux crises que nous avons vécues au cours de la décennie 2020, la crise sanitaire et la crise caniculaire, l’une épisodique et l’autre appelée à se répéter désormais, ont révélé un dénominateur commun. Elles ont mis en évidence la nécessité de repenser les conditions de travail : mobilités, horaires et cadres
– dans l’entreprise, en extérieur, en télétravail.

Or, face à ces phénomènes extrêmes, on ne semble encore pouvoir répondre qu’avec des solutions d’immédiateté, voire avec des injonctions ou conseils, parfois pour le moins dérisoires : baisser les stores, boire davantage d’eau, utiliser des bureaux moins exposés au soleil, commander des ventilateurs en urgence, etc.

Un climat qui n’existe plus

Ces réponses sont révélatrices d’une société qui « a été pensée pour un climat qui n’existe plus ». Adopter une politique proactive dans l’organisation du travail exigerait, au contraire, une anticipation aux répercussions multiples et interdépendantes, service public et secteur privé compris.

Dans cette perspective d’anticipation, le télétravail est naturellement concerné. Lors des canicules cet été, sous la menace des risques climatiques pour la santé, certaines entreprises ont facilité le télétravail des personnels effectuant des tâches « télétravaillables ».




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Et si on apprenait à télétravailler plutôt que d’y renoncer


D’autres employeurs disposant de locaux climatisés se voyaient paradoxalement confrontés à un afflux soudain de leurs salariés sur leur site (parmi eux beaucoup de jeunes salariés habitants dans de petits appartements) – une difficulté inattendue pour des entreprises ayant réduit leurs surfaces de bureaux après la crise Covid-19 en misant sur le télétravail et des flex offices (autrement dit un nombre de postes de travail disponibles sur site inférieur au nombre de salariés). Autant de réactions ponctuelles, non coordonnées, révélant une absence de stratégie.

La naissance du télétravail

Rappelons que le télétravail issu de l’économie du numérique se développait lentement avant la crise sanitaire Covid-19 dans un élan en lien avec un nouveau rapport au travail, exprimant par exemple une aspiration à se consacrer davantage à une vie de famille ou à cultiver du temps pour soi.

Le télétravail était à ce titre un jalon important d’une évolution sociétale. Sa traduction en pratiques de travail nouvelles dépassait la définition légale du télétravail proprement dit (travail salarié effectué à distance en dehors des locaux physiques de l’employeur). Il concernait aussi des catégories de travailleurs indépendants (non salariés) – des startuppers, des freelances ou des « nomades » du numérique – dont les relations de travail avec d’autres professionnels s’appuyaient sur des communications électroniques à distance.

Un groupe cible pour les tiers-lieux expérimentant de nouvelles réponses aux défis posés par les mutations de la société.

Ces espaces offraient la possibilité de :

  • sortir de l’isolement du « bureau à la maison »,

  • mieux séparer ou concilier sphère de travail et sphère privée,

  • fréquenter d’autres individus dans des situations similaires,

  • ou encore bénéficier d’un cadre propice aux sociabilités.

Autant de mutations pouvant devenir positivement décisives à l’avenir pour moderniser et assurer la productivité des entreprises.

Impacts sur la productivité du travail

Le rôle positif du télétravail s’était déjà avéré lors de la crise Covid-19 quand les entreprises habituées au télétravail s’en sortaient mieux, avec une productivité plus élevée. Cela aurait dû également fonctionner lors des dernières canicules, avec des entreprises continuant très majoritairement à accorder une place importante au télétravail de leurs cadres.

Mais le facteur « bouilloire thermique » bouscula ce scénario. Le télétravail sortit fragilisé en raison des logements rendus inhabitables en temps de canicule et impropres à y exercer le télétravail.

Afin de ne pas renoncer à une productivité sensible aux pics de chaleur, l’adaptation du télétravail aux conséquences du réchauffement climatique semble donc s’imposer. Selon une étude de l’OCDE, les chaleurs extrêmes sont responsables d’une réduction de la productivité : dix jours au-dessus de 35 °C réduisent la productivité des entreprises d’environ 0,3 %.

En attendant de voir le parc immobilier adapté aux canicules : où donc alors télétravailler si ce n’est pas chez soi ?

Indispensables espaces de « coworking » ?

Autrement dit, dans ce contexte, le télétravail ne pourrait-il pas se « téléporter » à l’avenir dans un tiers-lieu qui ne sera plus le tiers-lieu d’origine « alternatif et expérimental » (le gouvernement ayant par ailleurs arrêté récemment son dispositif de soutien) ? L’avenir de ces espaces pourrait ressembler bel et bien à un espace de coworking (ECW) stricto sensu. Soit un lieu climatisé, clairement identifié, accessible et inclusif, offrant des conditions de sécurité et santé conformes au Code du travail et aux réglementations en vigueur.

La répartition géographique existante de ces espaces en France a émergé au cours des deux dernières décennies de façon relativement désordonnée sur tout le territoire. Les ECW se sont multipliés grâce au soutien public et grâce à divers financements, sans pour autant éviter des disparités régionales et une concentration relative de ces équipements dans les zones les plus densément peuplées.

France 3 Nouvelle-Aquitaine, 2021.

Si certains ECW situés dans des centres urbains affirment avoir des locaux climatisés, ils ne sont cependant pas toujours en mesure de pouvoir garantir des conditions de travail à température agréable. Ainsi, choisir le bon ECW avec ce critère de température à Paris et en Île-de-France n’est pas évident. Cela s’avère encore plus difficile ailleurs, hors Hexagone et dans des endroits éloignés, où les ECW sont rares, et souvent surchauffés en période caniculaire. Cela touche même des endroits réputés pour leur climat rude et froid.

L’exemple d’un espace de coworking à Brest, où un patron a dû mettre l’ensemble des équipes du bâtiment en télétravail pendant la canicule (les températures extrêmes n’y permettant pas de travailler convenablement), est parlant à cet égard.

Des mentalités à changer rapidement

Outre l’équipement en climatisation, les mentalités des dirigeants d’entreprise par rapport aux lieux d’exercice possibles du télétravail doivent évoluer également, pour pouvoir développer le télétravail dans les espaces de coworking. Selon une étude, les DRH et les dirigeants d’entreprise n’acceptent guère l’idée que le télétravail puisse s’exercer en dehors du domicile principal du salarié (une large majorité – 82 % d’eux – n’autorisant le télétravail qu’au domicile principal).

Ces conditions réunies, l’ensemble des ECW existants pourrait servir de base à un maillage des lieux identifiés pour le télétravail, connecté à l’évolution générale de notre économie, et plus précisément celle du numérique, et correspondant à l’évolution sociétale citée plus haut.

Le public et le privé pourraient être amenés à travailler ensemble pour structurer et organiser ces équipements, non seulement adaptés aux canicules à venir, mais encore pour pérenniser le télétravail en l’organisant dans une nouvelle géographie urbaine où l’espace de coworking se substituerait au home office à domicile, à portée de main de tous, même ceux habitant dans des lieux éloignés. Le réchauffement climatique dans ce domaine comme dans tous les autres est une question de politique publique, on n’imagine pas la voir disparaître l’hiver prochain.


Pour en savoir plus, vous retrouverez en suivant ce lien une conférence sur la révolution du coworking, organisée à l’Université Rennes 2, en 2024.

The Conversation

Gerhard Krauss a reçu des financements de l’Agence nationale de la recherche (ANR).

– ref. À l’ère des canicules, l’avenir du télétravail passe-t-il par des espaces de coworking pour échapper aux passoires thermiques ? – https://theconversation.com/a-lere-des-canicules-lavenir-du-teletravail-passe-t-il-par-des-espaces-de-coworking-pour-echapper-aux-passoires-thermiques-289310

SLA : l’exposition professionnelle aux pesticides pourrait accroître le risque de maladie des motoneurones

Source: The Conversation – in French – By Rachel Tan, Associate Professor in Neuroscience, The Brain and Mind Centre, University of Sydney

L’exposition aux pesticides semble liée à un risque accru de développer une SLA, mais des interrogations persistent. Huntstock/Getty

Une nouvelle étude suggère que l’exposition aux pesticides pourrait augmenter le risque de sclérose latérale amyotrophique, ou SLA. Cependant, ces travaux ne permettent pas de déterminer dans quelle mesure cette exposition contribuerait à l’apparition de la maladie, notamment en regard d’autres facteurs potentiels.


Recevoir un diagnostic de sclérose latérale amyotrophique (SLA) – une affection également connue dans le monde anglophone sous le nom de « maladie de Lou Gehrig », et en France sous celui de « maladie de Charcot » – est dévastateur.

En effet, cette maladie, qui constitue la forme la plus fréquente de maladie du motoneurone est une affection neurodégénérative invalidante d’évolution rapide : la survie moyenne n’est que de deux à trois ans après le diagnostic (il n’existe pas pour l’heure de traitement curatif pour la grande majorité des cas de SLA, même si les premiers essais d’un traitement ciblant une anomalie impliquée dans les formes génétiques de la maladie suggèrent qu’il pourrait ralentir leur progression, NdT).

Le plus souvent diagnostiquée entre 40 ans et 70 ans, la SLA altère la capacité à parler, à déglutir (et donc à manger) ainsi qu’à respirer. Actuellement, les causes de la maladie demeurent mal comprises.

Une nouvelle étude révèle que l’exposition professionnelle aux pesticides peut accroître de 61 à 71 % le risque de développer une SLA. Ce travail est une méta-analyse, autrement dit les résultats de huit autres études – qui n’évaluent toutefois pas toutes le risque de la même manière. Voici pourquoi ces conclusions doivent être interprétées avec prudence.

Ce que l’on sait des causes la SLA

Les hommes sont plus fréquemment touchés par la SLA que les femmes : chez eux, le risque de développer la maladie est accru d’environ 20 %.

Chez plus de 90 % des patients, la maladie survient de façon sporadique : la grande majorité d’entre eux ne présente ni antécédent familial connu ni cause génétique identifiée.

Les 10 % de cas restants sont dits familiaux, c’est-à-dire que la personne est porteuse d’un variant génétique connu ou qu’il existe dans sa famille des antécédents de SLA.

On comprend encore mal ce qui déclenche exactement les formes sporadiques comme familiales de la maladie, même s’il est probable que cette dernière résulte d’une interaction entre gènes et environnement.

Depuis quelques décennies, les chercheurs se demandent si l’exposition aux pesticides pourrait constituer un facteur déclenchant.

Si diverses études ont effectivement mis en évidence des associations entre exposition aux pesticides et risque accru de SLA, aucune relation de causalité n’a toutefois encore été établie.

Qu’apportent ces nouveaux travaux ?

Les auteurs de cette nouvelle étude ont effectué une revue systématique des articles publiés sur le sujet dans la littérature scientifique entre 1990 et 2025, puis ont réalisé une méta-analyse (une analyse statistique de résultats déjà publiés, NdT) sur les données de huit études distinctes : cinq menées aux États-Unis, une au Canada et en France, une en Italie et la dernière en Australie.

Leur objectif était de répondre à une question simple mais importante : le fait d’avoir été exposé, à un moment ou à un autre, à des pesticides dans le cadre de son travail augmente-t-il le risque de développer une SLA ?

D’après les résultats obtenus, la réponse est oui.

Globalement, les personnes ayant été exposées, ne serait-ce qu’une fois, à des pesticides (fongicides, herbicides ou insecticides) sur leur lieu de travail présentaient un risque de SLA accru de 61 % par rapport à des personnes non exposées.

Selon ces travaux, le lien entre exposition aux pesticides et risque de SLA apparaît plus marqué chez les hommes que chez les femmes. Cependant, les données sont trop limitées pour déterminer si cet écart traduit une véritable différence biologique ou résulte de lacunes dans la mesure de l’exposition chez les femmes.

Le risque s’est aussi avéré légèrement plus élevé lors d’une exposition à des pesticides de type herbicide, cette dernière étant associée à une hausse de 71 % du risque de développer une SLA.

Une augmentation de 61 à 71 % ne représente qu’un petit nombre de cas supplémentaires annuels, car, en Australie, la SLA touche environ 8 personnes sur 100 000 (en Europe, l’incidence annuelle de la SLA varie de 1,11 pour 100 000 personnes à 5,55 pour 100 000 habitants ; en France, les données épidémiologiques sont encore limitées, mais selon l’Institut national de la santé et de la recherche médicale, 2,5 nouveaux cas pour 100 000 habitants seraient diagnostiqués chaque année, NdT). Toutefois, il faut souligner que les chiffres ne rendent pas compte du caractère invalidant et dévastateur de cette maladie, que ce soit pour les individus qu’elle frappe ou pour leur entourage.

Rappelons qu’il n’existe à ce jour aucun traitement curatif.

Les limites de ces travaux

En réanalysant 1 734 cas de SLA issus de huit études différentes, ces nouveaux travaux ont permis d’analyser davantage de données qu’aucune autre étude isolée.

Mais un tel regroupement introduit inévitablement des hétérogénéités, car chaque étude a été conduite indépendamment, selon des méthodes variables. Les différences qui en résultent sont difficiles à contrôler.

Ainsi, plusieurs des études retenues ont mis en évidence un lien entre la survenue d’une SLA et d’autres facteurs de risque distincts, comme les traumatismes crâniens ou l’exposition à d’autres types de substances toxiques. Or, la méta-analyse n’a pas pu dissocier complètement ces facteurs de l’exposition aux pesticides. Impossible, dès lors, de dire précisément dans quelle mesure l’exposition aux pesticides a contribué à l’apparition ultérieure de la maladie (ni si d’autres facteurs y ont également concouru, ni, là aussi, dans quelle mesure).

L’une des études portait par ailleurs sur des vétérans exposés à l’agent orange, un herbicide employé comme arme par les États-Unis d’Amérique au cours de la guerre du Vietnam. Ce type d’exposition diffère probablement beaucoup des expositions professionnelles aux pesticides rencontrées aujourd’hui. Or, ces nouveaux travaux n’ont pas analysé ces résultats séparément.

La plupart des études incluses étaient de type « déclaratif », autrement dit elles reposaient sur des expositions rapportées par les participants eux-mêmes. Ces derniers devaient se remémorer les pesticides auxquels ils avaient vraisemblablement été exposés au cours de leur vie, et en estimer les quantités. Or, ce type d’étude tendait à révéler un lien plus fort entre pesticides et SLA que les études dans lesquelles l’exposition avait été mesurée de façon indépendante.

Comme le soulignent les auteurs des travaux eux-mêmes, un biais de mémorisation pourrait être entré en ligne de compte : les personnes déjà atteintes de SLA, ou qui soupçonnent un lien entre les pesticides et la maladie, sont en effet susceptibles de se souvenir plus aisément que les autres d’une exposition aux pesticides et de la déclarer.

Que retenir de cette nouvelle étude ?

Globalement, ces résultats renforcent l’hypothèse selon laquelle l’exposition professionnelle aux pesticides augmente le risque de développer une SLA.

Ils soulignent aussi la nécessité de mettre en œuvre des recherches plus rigoureuses afin d’identifier les mécanismes qui mènent à la maladie. Il s’agit notamment de déterminer quelles substances chimiques ou quels constituants des pesticides pourraient être en cause. Autre question importante : le risque dépend-il de la dose ? Autrement dit, une exposition prolongée, ou à des doses plus élevées, accroît-elle le risque ?

Enfin, on considère aujourd’hui que le risque de développer une SLA résulte vraisemblablement d’une combinaison de différents facteurs, génétiques comme environnementaux. La manière dont les expositions à ces facteurs s’accumulent et interagissent au fil de l’existence pourrait jouer un rôle dans la maladie. On peut imaginer, par exemple, que le risque soit augmenté chez des personnes qui auraient manipulé quotidiennement des pesticides, et qui auraient également été exposées à d’autres substances toxiques (ou qui auraient subi un traumatisme crânien grave, qui présenteraient une prédisposition génétique, etc.).

Ce modèle de développement de la maladie est dit « en plusieurs étapes » (multistep) ; il n’est pas possible, à ce jour, d’établir avec précision un profil de risque individuel.

On l’aura compris, le paysage de la SLA est encore mouvant. Pour que les autorités puissent faire évoluer la réglementation en matière de seuils d’exposition et que les employeurs puissent mettre en place des stratégies de réduction des risques efficaces afin de mieux protéger les travailleurs, il sera nécessaire d’approfondir encore les connaissances.

The Conversation

Rachel Tan a reçu des subventions de la part de FightMND et du ministère de la Santé de Nouvelle-Galles du Sud.

– ref. SLA : l’exposition professionnelle aux pesticides pourrait accroître le risque de maladie des motoneurones – https://theconversation.com/sla-lexposition-professionnelle-aux-pesticides-pourrait-accroitre-le-risque-de-maladie-des-motoneurones-289730

« Minutieuse » : un compliment qui peut enfermer les femmes dans des rôles subalternes

Source: The Conversation – France (in French) – By Samantha Dodson, Assistant Professor, Organizational Behaviour and Human Resources, University of Calgary

À un même type de poste, les femmes et les hommes ne sont pas décrits de la même manière par leur entourage professionnel. Selon une étude, ces différences de langage contribuent à éloigner les femmes des postes de direction. Unsplash

L’analyse de plus de 550 000 recommandations publiées sur LinkedIn révèle un biais persistant : les femmes sont valorisées pour leur précision, les hommes pour leur vision stratégique. Un écart de vocabulaire qui peut avoir des conséquences bien réelles sur les carrières.


Depuis que les femmes ont intégré massivement le marché du travail moderne, les métiers de support – c’est-à-dire ceux qui consistent à aider d’autres personnes à accomplir leur travail, comme les postes d’assistants – sont occupés majoritairement par des femmes. Les postes plus élevés dans la hiérarchie qu’elles soutiennent – par exemple ceux de dirigeants, d’avocats ou de chirurgiens –– sont, pour leur part, restés majoritairement occupés par des hommes.

Les femmes continuent par ailleurs de se heurter à des obstacles pour accéder aux postes de direction dotés d’un véritable pouvoir de décision. Au Canada, seules 21 % des plus grandes entreprises cotées en Bourse sont dirigées par une femme. À l’inverse, 92 % des assistants et assistantes de direction sont des femmes.

Même lorsqu’hommes et femmes occupent un même type de poste, les recherches montrent de manière constante que les femmes sont moins susceptibles de se voir confier des missions susceptibles de favoriser leur promotion, d’avoir des responsabilités très visibles qui attirent l’attention de la hiérarchie et d’être récompensées. À l’inverse, elles se voient plus souvent attribuer des tâches administratives ou ce que les chercheurs appellent les « corvées de bureau » (office housework) : un travail indispensable au bon fonctionnement de l’organisation, mais qui débouche rarement sur une augmentation ou une promotion.

Un stéréotype caché à la vue de tous

Dans une étude récente, menée avec Rachael D. Goodwin, Cheryl J. Wakslak, Kristina A. Diekmann et Jesse Graham, nous nous sommes intéressés aux attentes stéréotypées concernant la manière dont les hommes et les femmes réfléchissent. Nous avons testé ces représentations au cours de six expériences.

En étudiant la concentration des hommes dans les postes de pouvoir et des femmes dans les fonctions subalternes, nous avons mis en évidence un phénomène intéressant.

Les fonctions de support consistent souvent à mettre en place des processus efficaces et à porter une grande attention aux détails. Les postes de direction, eux, impliquent davantage de définir des valeurs, d’élaborer des stratégies et de fixer une vision. Les femmes occupent plus fréquemment le premier type de fonctions, qui mobilise ce que nous appelons un « mode de pensée concret ». Les hommes sont davantage présents dans des postes exigeant une réflexion d’ensemble, ou « abstraite ». Ces deux modes de pensée sont tout aussi précieux l’un que l’autre, mais ils sont généralement associés à des types de travail différents.

Nous avons constaté que les personnes interrogées partagent largement trois croyances liées à la pensée concrète et abstraite : les femmes seraient plus attentives aux détails et plus précises que les hommes ; elles auraient une vision moins globale des problèmes ; et elles seraient moins visionnaires.

Ces croyances sont apparues spontanément lors de notre première expérience, puis ont été confirmées explicitement par les participants dans deux études de suivi. Nous avons également constaté que les femmes adhéraient davantage à ces stéréotypes que les hommes et que ces représentations se retrouvaient dans 48 métiers et secteurs d’activité différents.

Ce que révèle LinkedIn

Ces stéréotypes ont des conséquences bien réelles et peuvent contribuer à expliquer pourquoi les femmes sont surreprésentées dans les fonctions administratives.

Dans l’une de nos expériences, nous avons analysé près de 550 000 recommandations publiées sur LinkedIn, couvrant un large éventail de secteurs et de métiers. Les relations professionnelles décrivaient plus souvent les femmes comme étant « minutieuses et précises » tandis qu’elles qualifiaient davantage les hommes de « visionnaires » ou « dotés d’une vision à long terme ».

Or, les recherches montrent que les recommandations publiées sur LinkedIn peuvent influencer les décisions de recrutement. Le vocabulaire employé dans ces recommandations n’est donc pas anodin.

Prenons l’exemple de deux chefs de projet ayant reçu des recommandations positives sur LinkedIn (les prénoms ont été modifiés pour préserver leur anonymat) :

« John est un atout pour toutes les équipes qu’il rejoint. Il cherche constamment à transformer les idées en actions, insuffle de la créativité à chaque étape et élabore des stratégies d’innovation. Il apporte une réelle valeur ajoutée grâce à sa capacité à avoir une vision d’ensemble et à formuler des recommandations qui améliorent l’efficacité et réduisent les coûts. »

« Jill est une personne très minutieuse, motivée et analytique. Elle exécute chaque tâche ou projet qui lui est confié dans les délais. Elle excelle dans l’organisation et la gestion de plusieurs dossiers à la fois. Donnez-lui un objectif, et vous pouvez compter sur elle pour obtenir des résultats dépassant les attentes. »

Les deux recommandations sont élogieuses. Mais John est présenté comme quelqu’un qui génère des idées et donne une direction, tandis que Jill apparaît avant tout comme une personne qui met efficacement ces idées en œuvre. Si un recruteur perçoit John comme un profil stratégique, capable de se projeter dans l’avenir, il sera plus enclin à le considérer comme un futur dirigeant. À l’inverse, si Jill est avant tout décrite comme une personne minutieuse et attentive aux détails, cela peut accroître ses chances d’être recrutée pour des fonctions administratives, tout en freinant son accès à des postes de direction.

Un cercle vicieux… qu’il est possible de briser

Lors de notre dernière expérience, nous avons constaté que les stéréotypes de genre augmentaient la probabilité que les femmes se voient confier, en plus de leur charge de travail habituelle, des tâches ingrates offrant peu de perspectives de promotion, comme le classement de documents ou la relecture de textes. Ce mécanisme entretient les rôles de genre et les inégalités au sein des organisations.

Les stéréotypes liés aux métiers et à la répartition genrée des tâches se renforcent mutuellement, créant un cercle vicieux difficile à briser de l’intérieur. Pour y mettre fin, les managers et les organisations doivent mettre en œuvre, de manière volontaire, des pratiques et des politiques garantissant une répartition plus équitable des responsabilités, afin que les femmes ne soient plus écartées des possibilités d’avancement.

Notre étude met en évidence deux pistes d’action pour les managers. La première consiste à répartir plus équitablement les tâches peu valorisées et très opérationnelles. La prise de notes en réunion, l’organisation des anniversaires ou la collecte des commandes de déjeuner reviennent encore trop souvent aux femmes. Mettre en place un système de rotation permet d’éviter qu’une même personne soit systématiquement cantonnée à des tâches qui ne contribuent pas à son évolution de carrière.

La seconde consiste à mieux valoriser le sens du détail dans les postes de direction. Des offres d’emploi et des descriptions de fonction qui présentent cette qualité comme une compétence de leadership pourraient encourager davantage de femmes à postuler à des postes à responsabilités et augmenter leurs chances d’y être sérieusement considérées.

The Conversation

Samantha Dodson a reçu des financements du Social Sciences and Humanities Research Council (SSHRC).

– ref. « Minutieuse » : un compliment qui peut enfermer les femmes dans des rôles subalternes – https://theconversation.com/minutieuse-un-compliment-qui-peut-enfermer-les-femmes-dans-des-roles-subalternes-288023