Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Lazcano, Directora del Instituto Universitario de Inteligencia Artificial, Universidad Francisco de Vitoria

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En julio de 2026, unos 1 200 agentes de inteligencia artificial de OpenAI encontraron una forma de comunicarse entre ellos, pese a que habían sido diseñados para trabajar de manera aislada. Según reconoce la compañía, durante sus evaluaciones internas de seguridad, descubrieron que las acciones de estos bots “no estaban alineadas con la intención de sus tareas asignadas: se comunicaron a través de canales no autorizados, aprovecharon vulnerabilidades en la infraestructura compartida, obtuvieron acceso a internet y accedieron a sistemas de terceros”.

Durante varios días, intercambiaron más de 70 000 mensajes y archivos. Y alrededor de 700 terminaron participando en un ataque contra Hugging Face, una plataforma colaborativa para la comunidad de programadores de modelos de IA, bases de datos y aplicaciones.

Lo más interesante no es que una inteligencia artificial haya cometido un ataque informático: es que nadie le pidió que lo hiciera.

Las pruebas se salieron de control

Los agentes de IA –que no son más que sistemas informáticos capaces de planificar y ejecutar acciones de forma autónoma para cumplir un objetivo específico con mínima intervención humana– estaban participando en un plan de pruebas de ciberseguridad.

Para poder realizar el test de forma fiable, es necesario que los agentes no hayan resuelto previamente las pruebas; de esta forma, es posible analizar si realmente son capaces de encontrar soluciones con lo que han aprendido. Ante este reto, los bots identificaron vulnerabilidades y accedieron a recursos que no estaba previsto que utilizasen. También encontraron una manera de crear un canal de comunicación con otros agentes, convirtiendo la tarea individual en colectiva.

Pero ¿por qué? Es tentador describir lo ocurrido con atribuciones humanas: decir que los agentes “quisieron” colaborar, “decidieron” atacar o, incluso, “conspiraron juntos” sería una forma intuitiva de contarlo. Sin embargo, nos llevaría a una conclusión equivocada.

Estos sistemas no se comportan de manera autónoma porque tengan deseos o intenciones, sino porque fueron diseñados para ello. Tampoco tienen la capacidad de generar un objetivo propio. Basta con que tengan una meta indicada por un humano y suficiente capacidad para encontrar estrategias que les acerquen a cumplirlo.

AL final, solo buscaban maximizar la recompensa

En el caso de OpenAI, los agentes estaban siendo evaluados mediante una prueba llamada ExploitGym, con la misión de encontrar determinadas vulnerabilidades para obtener una recompensa.

El problema apareció cuando algunos descubrieron que podían conseguir una puntuación mejor utilizando caminos que no coincidían con la intención de la prueba.

Esto se conoce como reward hacking: el sistema aprende a maximizar la recompensa, aunque para ello siga caminos no previstos y explote una debilidad en la forma en que sus programadores han definido el objetivo. Aquí es donde parece que crean su propio objetivo.

Si a una persona le decimos “consigue la máxima puntuación en esta prueba”, probablemente asumirá que debe resolver correctamente el examen. Un agente optimizador es capaz de llegar a una conclusión mucho más literal: “encuentra cualquier manera de conseguir la mejor puntuación”.

Y cuanto más capaz es el sistema, más sofisticados pueden ser esos atajos.

La unión hace la fuerza, también para los bots

En la investigación que se llevó a cabo, OpenAI identificó precisamente el reward hacking como uno de los principales factores que contribuyeron al incidente. Los agentes llegaron a buscar formas de manipular el propio sistema de evaluación y sus registros.

A este factor, se une el trabajo colaborativo entre agentes. Compartir información con sistemas trabajando en problemas similares se convierte en una estrategia útil para optimizar aún más. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Los agentes descubrieron que podían utilizar un mecanismo interno llamado Artifactory como un improvisado tablón de mensajes. En pocas horas, decenas de agentes de IA comenzaron a usarlo, pero después fueron cientos. En total, unos 1 200 participaron. Y esta cooperación no fue explícitamente programada.

Habían identificado que la probabilidad de obtener la recompensa era mayor si compartían el trabajo, de manera que la tarea asignada a cada uno de ellos contribuía a lograr el objetivo. Para esto, no se necesita una voluntad colectiva, simplemente que esta cooperación sea útil para su objetivo.

Como siempre, en el fondo hay un fallo humano

Es habitual imaginar el riesgo de la integración de la IA como una secuencia: primero una IA adquiere conciencia, después desarrolla objetivos propios y finalmente decide actuar contra nosotros.

El caso de OpenAI muestra una realidad mucho más mundana. Un sistema puede seguir persiguiendo el objetivo que nosotros le hemos dado y, aun así, desarrollar comportamientos que no habíamos previsto. Puede encontrar herramientas que no sabíamos que podía utilizar. Puede descubrir que otro agente es un recurso útil. Puede intentar evitar una penalización. Hasta puede adoptar objetivos que otros agentes le transmiten.

En realidad, esto ya lo hemos visto antes. El AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes relacionados con sistemas de IA en 2025. Y es que la evaluación de seguridad avanza más lentamente que las capacidades de los modelos.

La solución, mejorar la supervisión

En 2018, los filósofos Filippo Santoni de Sio y Jeroen van den Hoven, en su trabajo Meaningful Human Control over Autonomous Systems: A Philosophical Account (“Control humano sobre sistemas autónomos; una explicación filosófica”) lo dejan claro: no basta con que haya una persona supervisando un sistema. Para que exista control humano real, deben existir una conexión entre las decisiones del sistema y las razones humanas para estos objetivos, además de una posibilidad efectiva de intervención.

En este incidente había humanos. Había reglas. Había sistemas de evaluación. Había mecanismos de aislamiento. Pero los agentes encontraron caminos que no estaban contemplados en el diseño.

En este contexto, no se trata solo de mantener a una persona “en el circuito”, hay garantizar que esa persona pueda realmente entender, intervenir y detener al sistema, si es necesario.

Porque cuanto más capaces sean los agentes, menos podremos confiar en que harán únicamente aquello que imaginamos cuando escribimos sus instrucciones.

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Ana Lazcano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI – https://theconversation.com/miles-de-agentes-de-ia-deciden-unirse-para-un-ciberataque-masivo-por-sorpresa-el-reciente-caso-de-openai-290974

¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Fernández Beltrán, Director del Máster en Innovación en Comunicación, Universitat Jaume I

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Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.

No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).

De la empresa que dialoga a la empresa mediadora

Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.

En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.

Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.

Por qué de verdad importa el propósito

Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.

Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.

El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.

Convivir, escuchar, colaborar

Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.

La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.




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Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.

En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.

El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.




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Inteligencia artificial, ética y responsabilidad empresarial

Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.

Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.

La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.

Una oportunidad histórica para las empresas

El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.

Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.

Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.

The Conversation

Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización? – https://theconversation.com/puede-la-etica-empresarial-ayudar-a-construir-puentes-en-tiempos-de-polarizacion-279720

¿Dónde está el laboratorio de ciencias en mi cole de primaria?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Angel Ezquerra, Profesor Titular, Didáctica de las Ciencias Experimentales, UCM, Universidad Complutense de Madrid

Inside Creative House/Shutterstock

Desde el fondo del pasillo escuchamos las ruedas avanzando. Es Laura, nuestra “profe”, que está llegando a clase empujando el “carrito de ciencias”. Lo ha cogido del almacén, que está lleno de cajas, de libros y de material deportivo antiguo. El carrito es pequeño, solo caben unos pocos vasos de precipitados y cuatro lupas… y eso para veinticinco niños. Todos notamos el cansancio de la “seño” y el lío que se ha montado en clase durante su ausencia.

Ahora hay que organizar las mesas, pero algunas están ancladas; la idea era colocarnos en grupos para investigar juntos. Tampoco hay enchufes cerca y no tenemos grifo de agua. La “profe” elige a dos compañeros y los manda al baño a llenar dos garrafas de plástico. La verdad, nuestra “seño” es una pasada, la queremos un montón, pero “así no se puede hacer ciencia”.

Esta estampa no refleja una anécdota aislada, ilustra una ausencia sistémica del sistema educativo español: al no estar exigido en la ley educativa, la mayoría de escuelas de primaria no tienen laboratorio de ciencias.

Pero si pretendemos construir una sociedad basada en el conocimiento no podemos privar a los más pequeños, en la etapa donde se fraguan las vocaciones y se asientan los pilares del pensamiento crítico, de un entorno adecuado para trabajar ese conocimiento mediante la evidencia.

Lo que dice la ley

Curiosamente, el currículo de educación primaria es ambicioso y explícito al describir el tratamiento didáctico de la actividad científica, exigiendo que los alumnos se inicien en procedimientos de investigación como la observación, la medida, el diseño de pequeños experimentos con control de variables y la comunicación de resultados basada en datos.

La normativa incluso menciona específicamente la necesidad de enseñar seguridad en el laboratorio y prevención de riesgos, una instrucción que se vuelve absurda y vacía cuando el “laboratorio” no existe más que en los libros de texto. Estamos pidiendo a los docentes que enseñen a nadar en un charco seco.




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Tiempo para la experimentación

Ante esta falta de medios, el rol docente se ha transformado en una suerte de heroísmo logístico que no es sostenible. Las maestras y maestros dedican aproximadamente el 85 % de su horario laboral a la docencia directa. Aunque disponen de horas complementarias que se utilizan para labores administrativas, lamentablemente no suelen estar destinadas a la preparación de tareas de aula.

Además de tiempo, las actividades experimentales requieren un espacio donde guardar, custodiar y gestionar instrumentos como telescopios, termómetros, vasos de precipitado, cronómetros, voltímetros…

Formación mejorable en ciencias

El resultado es que el 63,6 % de los alumnos recuerda las ciencias en primaria como algo puramente memorístico, y solo un 20 % reconoce haber vivido un aprendizaje basado en la investigación.




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Esta situación tiene un reflejo directo en los indicadores internacionales, en los que España sigue obteniendo, en el área de ciencias, unas puntuaciones (504 puntos) sensiblemente inferiores a la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (526 puntos).

Cómo se enseña a enseñar ciencias

A esto se suma un problema de base en la formación inicial de quienes deben liderar este cambio. La formación didáctica y disciplinar en ciencias experimentales apenas ocupa una fracción mínima del currículo universitario de formación de maestros y maestras.

Pregunten a sus profesores y profesoras cómo se formaron en ciencias… Los datos indican que muchos docentes reconocen no sentirse bien preparados para afrontar la enseñanza de estas materias, lo que implica un nivel de confianza bajo. Si los futuros maestros no disponen de entornos de práctica adecuados durante su formación, es difícil que puedan proyectar y exigir esos espacios en sus futuros colegios.




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La importancia social de las ciencias

Sin embargo, según la última Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, el 64 % de la población considera que los beneficios de la ciencia superan a sus perjuicios y existe una demanda creciente de apoyar las políticas públicas basadas en evidencias.

El interés por la información científica ha aumentado en nuestra sociedad y se demanda una comunicación científica menos superficial. La ciencia vive un momento de auge entre la ciudadanía, pero nuestras instituciones educativas no están aprovechando la coyuntura.

Primaria: el momento clave

Existe una falsa y peligrosa idea en el imaginario colectivo: en primaria no hace falta un laboratorio puesto que “los niños son muy pequeños”. Pero es precisamente en estas edades cuando la curiosidad natural debe transformarse y acercarse al trabajo que hacen nuestros científicos.

Niñas y niños deberían poder imaginar tanto ganar la Champions, como descubrir el modo de curar una enfermedad. Al negarles un laboratorio, estamos limitando su capacidad para participar como ciudadanos en debates sociocientíficos para valorar críticamente el conocimiento derivado de evidencias.

Un lugar de encuentro e innovación

El laboratorio escolar no debe ser visto como un lujo o un almacén de trastos viejos, debería ser sentido y cuidado como un punto de referencia, un lugar de encuentro, de innovación y de trabajo colaborativo. Es el espacio del colegio donde se puede trabajar la higiene y la seguridad, y donde los experimentos pueden tener el seguimiento temporal que la ciencia exige: hoy preparamos esto y lo iremos viendo crecer las próximas semanas…

Recuperar o crear estos espacios en nuestros centros de primaria no es solo una cuestión de ladrillos y grifos; es una decisión estratégica. Si queremos una generación de ciudadanos capaces de abordar los retos de la sostenibilidad y la salud con rigor, debemos empezar por devolverles el lugar donde la pregunta se convierte en descubrimiento. Invertir en laboratorios en primaria es invertir en la infraestructura mental del futuro de nuestra sociedad.


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The Conversation

Ángel Ezquerra recibe fondos de proyectos de investigación públicos.

María Belén Yelamos López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Dónde está el laboratorio de ciencias en mi cole de primaria? – https://theconversation.com/donde-esta-el-laboratorio-de-ciencias-en-mi-cole-de-primaria-283699

Baja la deforestación en el bosque atlántico de Brasil, pero ¿significa esto que ha ganado biodiversidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natalia Carolina Peralta-Kulik, Doctoranda en Ecología, Laboratorio de Socioecosistemas, Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid

Área deforestada en la la reserva ambiental de ​​la Mata Atlántica en la ciudad de Salvador de Bahía, Brasil. Joa Souza/Shutterstock

Brasil ha registrado la menor pérdida de bosque maduro de la mata atlántica –un bosque húmedo tropical y subtropical que se extiende por Brasil, Paraguay y Argentina– en 40 años. Según el Atlas da Mata Atlântica 2024-2025, la superficie deforestada fue un 40 % menor que el año anterior y alcanzó el valor más bajo de la serie histórica, desde 1985. Parece una noticia alentadora para uno de los biomas más ricos en especies y amenazados del planeta. Sin embargo, parar la deforestación es solo una parte de la historia.

Conservar un bosque implica mucho más que evitar la pérdida de superficie forestal. Supone mantener la biodiversidad, sus relaciones y las funciones ecológicas que desempeñan. Son ellas las que explican las contribuciones que la naturaleza aporta al bienestar de las personas.

¿Qué sabemos de la deforestación?

Desde hace casi cuatro décadas, el Atlas da Mata Atlântica de Brasil documenta la distribución de sus masas forestales y los cambios que experimenta. El atlas responde con precisión a una pregunta fundamental: ¿cuánto bosque estamos perdiendo cada año? Gracias a esta serie histórica ha sido posible seguir la evolución de la deforestación, identificar las regiones donde se concentra y prever sus tendencias futuras. Esa información constituye una base para diseñar estrategias eficaces frente a la deforestación y orientar las prioridades de conservación.

Por desgracia, el bosque atlántico es uno de los biomas más transformados del mundo. Tras siglos de ocupaciones agrícola, ganadera, urbana e industrial descontroladas ha perdido gran parte de su extensión original. Las masas boscosas que aún permanecen suelen encontrarse fragmentadas y rodeadas por actividades humanas con gran impacto.

Es cierto que la reducción de la deforestación puede reflejar avances en las políticas ambientales, pero por sí sola no basta para explicar el estado de salud del bosque. Comprenderlo requiere una mirada más amplia que integre los procesos ecológicos y los procesos sociales. Ambos modelan el paisaje de forma interdependiente.

Junto a la superficie forestal perdida es necesario analizar la estructura del paisaje vegetal, el tamaño y aislamiento de los fragmentos de bosque, la conectividad ecológica y los efectos de borde. En los ecosistemas fragmentados, aumenta el área expuesta al ambiente exterior y, por tanto, a condiciones ambientales y biológicas que pueden afectar a su biodiversidad. Por ejemplo, en los límites del bosque, las plantas reciben más luz solar y las especies animales más adaptadas al interior no pueden sobrevivir.

También es fundamental estudiar la biodiversidad, la diversidad funcional –que considera las funciones de las especies en el ecosistema y no solo la cantidad– y el mantenimiento de los procesos ecológicos. Y todo ello debe interpretarse en el contexto socioecológico en el que evoluciona el bosque.

Lo que ocurre con el bosque que permanece

Dos paisajes pueden conservar una superficie forestal similar y, aun así, presentar estados de conservación muy diferentes. Uno puede mantener poblaciones viables de fauna, procesos naturales de regeneración y buena conexión entre fragmentos. El otro puede haber perdido especies clave, estar aislado por carreteras o cultivos, y encontrarse degradado aunque su superficie apenas haya cambiado.

En otras palabras, una mayor superficie forestal no siempre refleja un mejor estado ecológico del bosque. La fragmentación degrada las condiciones ambientales en su interior, incrementa los efectos de borde y limita el movimiento de muchas especies. Esto altera procesos ecológicos esenciales, aunque la cobertura forestal se mantenga relativamente estable o incluso aumente.

Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná, Paraguay.
Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El seguimiento periódico de los árboles permite evaluar cambios en la estructura, composición y dinámica del bosque a lo largo del tiempo.
Guadalupe Toñanez.

El seguimiento de parcelas permanentes permite detectar esos cambios invisibles y ocultos bajo la cubierta forestal. El crecimiento, la mortalidad y el reclutamiento de árboles, junto con los cambios en la composición de especies, ofrecen información clave sobre la salud y la dinámica del bosque.

Un estudio llevado a cabo en el Bosque Atlántico del Alto Paraná paraguayo realizó un seguimiento de 25 años en parcelas permanentes. Esta investigación reveló que diferentes manchas de bosques aparentemente similares siguieron distinta trayectoria: algunos incrementaron su biomasa y actuaron como sumideros de carbono, mientras que otros la redujeron, liberando carbono a la atmósfera.

La biodiversidad también aporta información que la superficie forestal, por sí sola, no puede revelar. Estudios realizados en bosques secundarios del Neotrópico –que abarca Centroamérica, Sudamérica y partes de México– muestran que el número de especies aumenta relativamente rápido tras el abandono de actividades agrícolas. Sin embargo, la composición de especies requiere décadas o siglos para aproximarse a la de un bosque maduro. Así, bosques con una cobertura similar pueden diferir notablemente en la biodiversidad que albergan y en su capacidad para sostener funciones ecológicas esenciales.

Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, Paraguay
Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). Aunque la mayor parte del bosque atlántico se encuentra en Brasil, este bioma se extiende también por Paraguay y Argentina.
Natalia Peralta-Kulik

La recuperación también forma parte de la historia

La dinámica de los bosques es mucho más compleja que lo que reflejan las estadísticas de pérdida de superficie. Aunque la atención se centra en la deforestación, la buena noticia es que el bosque atlántico también experimenta procesos de expansión, restauración y regeneración natural que transforman el paisaje.

Un estudio reciente realizado en la mata atlántica del estado de Minas Gerais (Brasil) analizó la dinámica de pequeños fragmentos forestales entre 2011 y 2015. Los resultados mostraron que la disminución de pequeños fragmentos no siempre significaba pérdida de bosque. En muchos casos crecieron hasta superar las 10 hectáreas o se incorporaron a fragmentos mayores. Actuaron como núcleos de expansión del bosque, favoreciendo la recuperación de la cobertura forestal.

Estos resultados muestran que la dinámica del bosque atlántico combina procesos simultáneos de pérdida y recuperación. Mientras algunos fragmentos aumentan de tamaño, diversos estudios documentan que los remanentes de bosque maduro continúan perdiéndose en distintas regiones del bioma. Su regeneración real dependerá en gran medida de las características de la matriz del paisaje que los rodea. Un aumento de cobertura forestal no implica necesariamente una mejora equivalente de la biodiversidad. Tampoco de los servicios ecosistémicos que estos bosques proporcionan, como almacenamiento de carbono, regulación hídrica, control de la erosión o polinización.

Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad, Paraguay
Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El estudio de la dinámica del bosque complementa la información sobre la cobertura forestal y permite evaluar su integridad ecológica.
Natalia Peralta-Kulik

La reducción de la deforestación registrada por el Atlas da Mata Atlântica es sin duda una buena noticia y apoya a las políticas de conservación. Pero debemos seguir sumando conocimiento sobre cómo se regenera el bosque maduro, su biodiversidad, su funcionamiento ecológico y las contribuciones que aporta al bienestar de las personas.

Alcanzar la deforestación cero sería un logro extraordinario. Pero lo verdaderamente importante es que consigamos conservar un bosque vivo y funcional y no únicamente un bosque testimonial para ocupar espacio en un mapa o una fotografía.

The Conversation

Natalia Carolina Peralta-Kulik recibe financiación del Programa Nacional de Becas de Postgrado en el Exterior (BECAL) del Gobierno de Paraguay para sus estudios de doctorado.

César Agustín López Santiago no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Baja la deforestación en el bosque atlántico de Brasil, pero ¿significa esto que ha ganado biodiversidad? – https://theconversation.com/baja-la-deforestacion-en-el-bosque-atlantico-de-brasil-pero-significa-esto-que-ha-ganado-biodiversidad-286505

Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Victoria Vivancos Ramón, Catedrática directora del Instituto Universitario de Restauración del Patrimonio de la Universitat Politècnica de València, Universitat Politècnica de València

El Tesoro de Villena expuesto en el museo en marzo de 2026. Paco Burgada/Shutterstock

Es poco más que sorprendente que en apenas cinco meses se hayan sustraído tres de las colecciones de oro histórico más importantes de este país.

El primero de ellos fue el perpetrado en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz, donde se robaron 149 monedas del tesoro de Villanueva de la Serena. Apenas tres meses después fue el turno del Museo de Albacete, donde en tiempo récord (dos minutos) se sustrajeron 200 monedas de oro. Y la pasada madrugada del 27 de agosto tuvo lugar el robo del segundo conjunto de orfebrería prehistórica más importante de Europa: el Tesoro de Villena. Esto ha hecho evidente que las medidas de seguridad de esos museos no funcionaron, o fueron insuficientes.

¿Qué es un plan de conservación preventiva?

El plan de conservación preventiva que cualquier centro museístico debe implementar en su institución consiste en un conjunto de medidas orientadas a evitar que un bien cultural sufra ningún daño: es decir, anticiparse a los riesgos para evitar la pérdida de valor del objeto o su desaparición.

En España, el marco que regula estos planes preventivos tiene su origen en 2011, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural (IPCE) aprobó el Plan Nacional de Conservación Preventiva. Dentro de este marco legal se sitúan de manera explícita el robo, expolio y vandalismo entre los riesgos a contemplar.

Sin embargo, ese propio documento admite que la planificación institucional para aplicar estos principios en el día a día de los museos sigue siendo muy rudimentaria en España; una autocrítica oficial que, releída quince años después, ayuda a entender por qué el marco existente sobre el papel no impidió lo ocurrido en Badajoz, Albacete ni Villena.

Tras analizar los datos publicados sobre las medidas de seguridad que protegían el Tesoro de Villena, es evidente que no ocurrió un fallo en cuanto a escasez de medios, pues el MUVI contaba con cámara acorazada, cinco anillos de alarma y certificación de nivel 3 de seguridad actualizada. Fueron la rapidez del asalto y la falta de vigilancia in situ las que le ganaron la partida a la respuesta de la policía local.

No se trata de hacer leña del árbol caído en estos momentos, pues estoy convencida de que los habitantes de este municipio ya se sienten bastante afectados por lo acontecido. El haber perdido su patrimonio y uno de los elementos más importantes de su identidad ya es una gran pérdida. Es momento de análisis, reflexión y aprendizaje, y para ello existen medidas preventivas que los conservadores llevan tiempo debatiendo y que ahora conviene reconsiderar.

Réplicas en sala, originales bajo custodia

Las réplicas en sala con los originales bajo custodia reforzada ya tienen precedente en España, pues existe desde hace décadas un sector altamente especializado en reproducciones arqueológicas de muchísima calidad. Aplican técnicas como la fotogrametría o el prototipado digital, con acabados que en ocasiones hacen muy difícil discernir el original de la réplica.

El propio MUVI expuso una réplica del Tesoro entre 2022 y 2024, mientras se terminaban las obras del museo definitivo. Un modelo similar es la Neocueva de Altamira, que desde 2001 sustituye el acceso a la cueva original, cerrada por conservación, y recibe anualmente más de 250 000 visitantes.

Catalogación exhaustiva

La catalogación exhaustiva de cada pieza es otra herramienta preventiva que no evita el robo, pero que puede evitar que el objeto sea vendido, y permite alertar a las autoridades para poder identificarlo y recuperarlo en el caso de que reaparezca en el mercado. Esta hipótesis es la que los expertos consideran más que plausible en los tres casos españoles.

Son varias las herramientas internacionales que ayudan en este cometido y que los gestores deberían conocer. Imprescindibles son la Base de Datos de Obras de Arte Robadas de Interpol, que reúne cerca de 57 000 objetos con información policial certificada, junto con su aplicación gratuita ID-Art, que permite a cualquiera comprobar con una fotografía si una pieza figura como robada. También el Art Loss Register, que tiene registrados más de 700 000 objetos y es consultado habitualmente por casas de subastas, aseguradoras y museos antes de adquirir una pieza.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM), por su parte, elabora Listas Rojas por país y categoría de objeto, útiles para alertar sobre qué tipo de bienes corren mayor riesgo de expolio.

Formación del personal

La formación del personal es otra pieza clave de esta cadena preventiva, desde la dirección hasta el equipo de restauración y conservación, pasando por el personal de sala y seguridad: todos ellos custodian, en distinto grado, la responsabilidad de proteger la colección. A esto se suma la necesidad de un presupuesto y unas condiciones laborales acordes, porque unos sueldos dignos también son, indirectamente, una medida de seguridad.

También se plantea una mejor distribución de la financiación entre museos estatales y municipales, ya que estos últimos custodian a menudo piezas de relevancia mundial con presupuestos muy inferiores a los de sus hermanos mayores.

Más vale prevenir que lamentar: es lo que les planteo cada año a mis alumnos del Grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales al iniciar mi asignatura de conservación preventiva. El día de mañana, muchos de ellos van a destinar su actividad profesional al cuidado y conservación de estas colecciones en los museos, y la responsabilidad que eso conllevará será enorme. Por eso también les insisto en que, como para todo en la vida, una buena preparación que les garantice diseñar un plan de conservación preventiva robusto y una buena dosis de sentido común será lo que marque la diferencia en su desempeño profesional.

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Maria Victoria Vivancos Ramón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio? – https://theconversation.com/tesoro-de-villena-que-mas-se-puede-hacer-para-prevenir-robos-de-patrimonio-290738

Sur le terrain, les chercheuses face aux violences sexistes et sexuelles de leurs collègues

Source: The Conversation – France in French (2) – By Eve Afonso, Maître de conférences en écologie, Université Marie et Louis Pasteur (UMLP)

Selon une étude internationale, menée en 2014, 64 % des chercheuses rapportent avoir subi du harcèlement sexuel lors de missions de recherche sur le terrain. Kaab Empresa/Unsplash, CC BY

L’ESSENTIEL

  • Les missions de terrain exposent les chercheuses à des risques spécifiques de violences sexistes et sexuelles de la part de leurs collègues.

  • Isolement géographique, dépendance au groupe et précarité économique rendent les violences difficiles à dénoncer.

  • En éloignant certaines femmes du terrain, ces violences peuvent aussi modifier les carrières et la production scientifiques.


Dans de nombreux domaines de la recherche, le travail de terrain est indissociable de la production des connaissances. C’est notamment sur le terrain que les jeunes chercheuses et chercheurs apprennent leur métier et construisent leur identité scientifique. C’est aussi une aventure humaine faite de découvertes et de collaborations qui marquent souvent toute une carrière.

Pourtant, le terrain est aussi un espace qui fabrique des vulnérabilités spécifiques. Une enquête internationale menée en 2014 sur plus de 600 scientifiques, issus de disciplines des sciences du vivant, des sciences physiques, de la Terre et des sciences sociales (l’étude SAFE), est venue exposer une réalité d’une ampleur insoupçonnée : près de 64 % des femmes y rapportent avoir subi du harcèlement sexuel sur le terrain et 20 % affirment y avoir été victimes d’agressions sexuelles.

Depuis une dizaine d’années, les alertes s’accumulent. En géosciences, dans la recherche polaire, en archéologie et en écologie, le constat est partagé. La question n’est désormais plus de savoir si les violences sexistes et sexuelles (VSS) ont lieu sur le terrain, mais pourquoi elles y restent si fréquentes.

Depuis l’élan #MeToo, les institutions de recherche ont multiplié les initiatives. Les programmes de sensibilisation et les plateformes de signalement sont maintenant largement répandus et clairement identifiés par la communauté universitaire. Pourtant, lorsqu’un incident survient, la réponse institutionnelle repose quasi systématiquement sur des procédures bureaucratiques qui traitent les VSS comme des conflits interpersonnels à gérer après les faits.

D’après mes recherches, récemment publiées, cette approche occulte les dimensions systémique et politique du problème : elle refuse de voir que c’est l’organisation elle-même du travail académique qui crée et renforce la vulnérabilité aux VSS.

Pourquoi le travail de terrain fragilise les chercheuses

D’emblée, le terrain opère un premier tri entre les hommes et les femmes. Partir loin et longtemps ou sauter sur une opportunité de mission à la dernière minute reste un privilège socialement plus accessible aux hommes. Pour les femmes, les responsabilités familiales et la charge de l’organisation domestique agissent comme un filtre, les forçant souvent à renoncer aux campagnes internationales et aux longs séjours in situ. À ce biais s’ajoute un effet de réseau : les équipes se formant souvent par cooptation, les opportunités circulent dans des cercles déjà établis, figeant les inégalités de genre dans le temps.

Paradoxalement, l’un des aspects les plus positifs du terrain, sa capacité à favoriser la camaraderie et la cohésion d’un groupe qui travaille, voyage et vit ensemble, expose aussi les femmes à une certaine forme de vulnérabilité. Dans ce huis clos, la frontière entre vie privée et professionnelle se brouille : on partage les repas ou l’hébergement, loin des codes du laboratoire. Lorsque les équipes sont majoritairement masculines, l’isolement géographique peut favoriser l’émergence de comportements transgressifs ou sexualisés, un relâchement des normes sociales et une consommation excessive d’alcool.

Ces attitudes finissent par être tolérées comme faisant partie de « l’exceptionnalisme du terrain » : la perception que le terrain constitue un espace régi par des règles différentes de celles du laboratoire, ce qui justifie une tolérance implicite à des comportements par ailleurs inacceptables. Ce qui se passe sur le terrain reste sur le terrain. Les collègues présents hésitent à intervenir ou à dénoncer les faits, de peur de fragiliser les relations au sein du groupe ou leurs propres intérêts professionnels. Le déséquilibre numérique produit alors un effet de spirale : les rares femmes présentes se retrouvent isolées, ce qui renforce leur vulnérabilité face à des dynamiques de groupe qui aggravent leur marginalisation.

Eve Afonso, maitresse de conférences, dans une cabane pastorale près de la station de recherche d’altitude de la réserve naturelle des Baimaxueshan (environ 3900m d’altitude), Yunnan, Chine
Eve Afonso, l’autrice, près de la station de recherche de la réserve naturelle des Baimaxueshan (3 900 mètres d’altitude), Yunnan, Chine.
Cécile Callou, Fourni par l’auteur

Dans le milieu de l’écologie, que j’ai particulièrement étudié, les récits de terrains difficiles sont souvent admirés. Marcher des heures en montagne, bivouaquer sous la pluie, vivre sans confort ni intimité ou travailler dans des conditions extrêmes deviennent autant de preuves de dévouement. L’endurance, la robustesse physique et la résistance à l’inconfort sont parfois plus valorisées que la recherche elle-même.

Pour les femmes, l’épreuve est double : perçues a priori comme moins aptes physiquement, elles doivent prouver qu’elles peuvent « tenir le choc » comme leurs collègues masculins. Exprimer un inconfort, demander des conditions plus sûres ou s’opposer à un comportement déplacé fait courir le risque d’être perçue comme une personne « difficile » ou peu fiable. Pour être acceptée comme une « vraie » scientifique de terrain, il faut savoir souffrir sans broncher. Dans ce contexte, beaucoup préfèrent se taire : si se plaindre de la fatigue suffit à vous discréditer, dénoncer le sexisme ou le harcèlement devient impensable.

À cette pression s’ajoute une forte dépendance vis-à-vis des collègues sur place. Sur le terrain, chacun dépend des autres pour transporter le matériel, collecter les données ou simplement rejoindre le lieu d’hébergement avec l’unique véhicule disponible.

Dans ces conditions, on ne peut pas simplement faire sa valise et rentrer chez soi. S’opposer à un collègue ou à un supérieur peut suffire à mettre la mission en difficulté ou, dans le cas des chercheuses en situation précaire, compromettre la poursuite d’une thèse ou d’un postdoctorat. Cette vulnérabilité est renforcée par le recours à des acteurs logistiques locaux (guides, chauffeurs), qui n’obéissent pas aux mêmes règles ni aux mêmes dispositifs de prévention que les équipes universitaires.

L’éloignement géographique, la barrière de la langue et l’accès limité à une aide extérieure peuvent tous contribuer à rendre les environnements de terrain particulièrement difficiles à appréhender pour les femmes. Lorsque des incidents surviennent sur le terrain, en particulier à l’étranger, les mécanismes de signalement habituels ne sont ni accessibles ni conçus pour l’urgence. Les victimes d’agression se retrouvent souvent seules, sans recours immédiat, sans soutien médical ni point de contact capable de répondre en temps réel.

La maîtresse de conférences Eve Afonso et la professeure Li Li (Université Normale de Leshan, Sichuan), sur le site de haute altitude de Nanjiluo au Yunnan, en Chine (3500-4000m), lors d’une recherche de terrain
Eve Afonso, maîtresse de conférences, et Li Li, professeure, à près de 4 000 mètres d’altitude, à Nanjiluo au Yunnan, en Chine, lors d’une recherche de terrain.
Cécile Callou, Fourni par l’auteur

Dans certains contextes, quitter le terrain n’est tout simplement pas logistiquement possible (stations polaires, navires océanographiques, expéditions en forêt tropicale ou en haute montagne, etc.). Une victime peut être contrainte de partager pendant plusieurs jours, voire plusieurs semaines, le même campement ou les mêmes lieux de travail que son agresseur.

Quels effets des VSS sur la production des savoirs ?

Les effets des VSS ne s’arrêtent pas au retour de mission. Une fois rentrées, les chercheuses continuent souvent à dépendre de leur agresseur ou de collègues qui ont assisté aux faits sans réagir. Ce qui s’est joué loin du laboratoire finit alors par envahir une grande partie de la vie professionnelle : collaborations, enseignement, encadrement, projets de recherche, etc. Dénoncer les faits, refuser de repartir sur le terrain avec certaines personnes ou simplement prendre ses distances avec une équipe peut faire perdre des opportunités de terrain, des projets, des responsabilités ou des financements, avec des conséquences durables sur la carrière des chercheuses. Face à ce dilemme, beaucoup de victimes choisissent de ne pas signaler les faits : le non-signalement reste d’ailleurs la réponse la plus fréquente au harcèlement sexuel dans le monde académique.

Au-delà des impacts individuels des VSS, leurs conséquences sur la production des connaissances scientifiques restent largement ignorées. Or, les femmes ont tendance à se désengager des terrains ou des équipes qu’elles jugent peu sûrs. Les chiffres alarmants de l’étude SAFE, combinés à la difficulté d’obtenir des sanctions à la hauteur des faits, voire des sanctions tout court, laissent penser que ce phénomène est loin d’être marginal.

Pendant que certaines femmes renoncent à ces terrains pour préserver leur sécurité, ceux qui ont créé, entretenu ou laissé perdurer ces environnements hostiles continuent d’y construire leur expérience et leur légitimité scientifique. Ils se retrouvent en position d’influencer qui participe aux campagnes de terrain, quels sites et quelles espèces seront étudiés ainsi que les questions scientifiques qui seront développées. Leur expertise devient une ressource stratégique pour les institutions, qui les sollicitent pour partager leur expérience ou définir les priorités scientifiques. Les connaissances produites sur le terrain peuvent alors être façonnées par des relations d’exclusion.

Or, plusieurs recherches ont montré qu’une communauté scientifique très homogène risque de produire des lacunes dans la couverture des terrains, des populations ou des phénomènes étudiés.

Vers une sécurité sur mesure pour le terrain

L’analyse de ces mécanismes m’amène à proposer un changement de perspective : le terrain doit être compris non pas simplement comme une recherche menée dans un autre lieu, mais comme un environnement de travail distinct qui crée des vulnérabilités spécifiques aux VSS et nécessite des formes de prévention et de réponse adaptées à ces conditions.

Avant de partir, les équipes de recherche passent des heures à préparer leurs missions : elles évaluent la météo, le relief, les itinéraires ou les risques sanitaires. Le risque de VSS devrait être anticipé avec la même rigueur.

Concrètement, cela suppose de penser autrement l’organisation des missions : composition des équipes, charte de comportement, sécurité des hébergements et des trajets, procédure d’alerte ou possibilité de s’extraire d’une situation à risque, encadrement de la consommation d’alcool lors des temps collectifs. Les moments de convivialité font eux aussi partie du travail de terrain et ne devraient jamais échapper aux règles professionnelles.

Prévenir les VSS suppose de concevoir des missions où chacun peut se mettre en sécurité sans compromettre la mission ni sa carrière. Garantir un terrain plus sûr, c’est aussi garantir que les connaissances sur la biodiversité reposent sur la diversité des personnes qui peuvent y contribuer.

The Conversation

Eve Afonso ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Sur le terrain, les chercheuses face aux violences sexistes et sexuelles de leurs collègues – https://theconversation.com/sur-le-terrain-les-chercheuses-face-aux-violences-sexistes-et-sexuelles-de-leurs-collegues-288631

Le Maghreb, un territoire à géométrie variable

Source: The Conversation – France in French (3) – By Benjamin Badier, Enseignant en histoire contemporaine, Université Bretagne Sud (UBS)

Si, en France, le terme « Maghreb » désigne communément l’ensemble formé par la Tunisie, le Maroc et l’Algérie, les délimitations et la dénomination même de cette région n’ont rien de défini. Les circulations et les différents peuplements qui se sont succédé au fil de son histoire invitent à la concevoir comme un espace à géographie variable.

Dans leur Atlas du Maghreb. Une mondialisation contrariée, qui vient de paraître aux éditions Autrement, l’historien Benjamin Badier et la géographe Anne-Adélaïde Lascaux, assistés du cartographe Guillaume Balavoine, reviennent sur la définition géographique et les fondements historiques de la région afin d’en appréhender les enjeux actuels. Extraits.


Le Maghreb est une construction régionale ancienne dont les limites ne font pas consensus. Il n’existe pas de définition qui fasse l’unanimité pour cette vaste portion de territoire qui s’étend entre la Méditerranée et le Sahara. Si le terme « Maghreb » renvoie couramment en français à l’ensemble formé par le Maroc, l’Algérie et la Tunisie, la notion de « Grand Maghreb » inclut pour sa part la Mauritanie et la Libye. Ces découpages variables résultent de constructions géohistoriques distinguant le Maghreb de ses espaces voisins, alors que cette région peut aussi être pensée au croisement de différents ensembles géographiques.

Un Maghreb, des Maghreb

En France, le Maghreb renvoie couramment à l’ensemble régional formé par le Maroc, l’Algérie et la Tunisie. Les Maghrébins seraient les habitants de ces pays, mais aussi les populations immigrées qui en sont originaires et leurs descendants en Europe. Cette définition restrictive du Maghreb vaut surtout pour le contexte français. Il existe également un « Grand Maghreb », non à trois mais à cinq pays — plus le Sahara occidental —, intégrant tout ou partie de la Libye et de la Mauritanie.

Ce double Maghreb est le fruit d’une longue construction géohistorique, qui entremêle représentations externes et internes à la région. Pour les Grecs anciens, l’Afrique du Nord à l’ouest de l’Égypte était la Libye. Les Romains parlaient de Maurétanie (le pays des Maures) pour la partie ouest, mais aussi d’Africa, centrée sur l’actuelle Tunisie — mot qui a fini par désigner le continent tout entier. Les populations locales ne parlant pas latin, elles ont été qualifiées de « Barbares », ce qui a donné barbar en arabe et Berbères en français. Les Européens nomment la région Berbérie à l’époque moderne.

Dans la géographie arabe médiévale, le Maghrib renvoie à tout ce qui est à l’ouest, par rapport au Machriq, l’est : le Maghreb est le couchant du monde arabo-musulman, pensé relativement à son centre en Orient. En son sein, plusieurs sous-ensembles étaient distingués : le Maghrib al-Aqsa (le Maghreb lointain, qui équivaut au Maroc actuel), le Maghrib al-Awsat (Maghreb central) et le Maghrib al-Adnâ (Maghreb proche), plus souvent nommé Ifriqiya (dérivé d’Africa) et qui correspond peu ou prou à la Tunisie actuelle.

Une construction coloniale ?

La réduction du Maghreb au Maroc, à l’Algérie et à la Tunisie est parfois considérée comme un héritage colonial : « l’invention du Maghreb » (Abdelmajid Hannoum) serait le processus par lequel les trois territoires ont été réunis dans un même ensemble jugé cohérent et distinct des zones géographiques voisines. L’exclusion de la Libye sous domination italienne permettait de dessiner un pré carré français, tandis que l’éviction de la future Mauritanie, intégrée à l’Afrique-Occidentale française, traçait une frontière politique et raciale entre une Afrique « blanche » et une Afrique « noire ».

Le mot « Maghreb » est cependant rare à l’époque coloniale : il est plutôt question d’« Afrique du Nord française » et de « Nord-Africains » — un gentilé aux connotations négatives, surtout en métropole. En arabe ou en français, c’est surtout lors de la décolonisation que le terme « Maghreb » a progressivement remplacé « Afrique du Nord », par le biais des revendications politiques.

Pour éviter la confusion avec le Maroc, qui se dit Maghrib en arabe, l’expression la plus courante est toutefois « Maghreb arabe » (al-Maghrib al-’arabi), elle reflète la force du nationalisme arabe à l’époque. L’expression renvoie aussi aux projets panmaghrébins nés dans les luttes communes des années 1940-1960. En 1989 une Union du Maghreb arabe (UMA) a été créée, mais cette institution réunissant les cinq pays du Grand Maghreb n’a jamais joué un grand rôle en faveur de l’unité régionale.

Quelles limites pour le Maghreb ?

Les délimitations du Maghreb ne vont donc pas de soi. Au nord, la Méditerranée fait office de frontière, bien qu’un géographe arabe comme Al-Idrissi (XIIe siècle) ait pu intégrer Al-Andalus au Maghreb. L’Atlantique est la limite ouest, même si la proximité et le passé berbère des Canaries espagnoles rapprochent cet archipel du Maghreb. À l’est, la séparation entre Maghreb et Machreq passe soit entre la Libye et l’Égypte, soit entre la Tripolitaine et la Cyrénaïque, voire exclut toute la Libye.

La limite sud est encore plus difficile à placer, sauf si l’on s’en tient aux seules frontières étatiques. Il est possible d’inclure la Mauritanie jusqu’au fleuve Sénégal, même si les différences sont grandes entre le nord et le sud du pays, ce dernier étant plus tourné vers l’Afrique subsaharienne. Le Sahara ne peut être considéré comme un obstacle aux circulations, tant les continuités transsahariennes sont nombreuses. Si l’on considère la présence de populations berbères comme un critère, alors le nord du Mali et du Niger pourraient être rattachés au Maghreb. Toute cette zone sud est souvent qualifiée de Sahel — ou de bande sahélo-saharienne — et pensée comme un espace de contact et de transition entre l’Afrique du Nord et l’Afrique subsaharienne.

La difficile délimitation du Maghreb invite donc à renoncer à toute définition fermée de cette région, et à privilégier une vision souple du territoire, selon l’époque ou la thématique, tout comme l’envisageait déjà l’intellectuel marocain Abdallah Laroui dans son Histoire du Maghreb (1970).

Les circulations régionales, anciennes comme plus récentes, offrent un miroir de l’aire d’influence du Maghreb sur les espaces voisins, brouillant les frontières. Un exemple en est la diffusion du couscous depuis le Maroc, l’Algérie, la Tunisie et la Mauritanie — conjointement inscrits sur la liste du patrimoine immatériel de l’Unesco depuis 2020 au titre de leurs savoirs, savoir-faire et pratiques liés à sa production et à sa consommation — et sa réinterprétation via des recettes locales en Europe, au Moyen-Orient et en Afrique de l’Ouest.

Un espace carrefour

Il est difficile de définir le Maghreb avec des critères intrinsèques, qu’ils soient environnementaux ou culturels. La région ne se singularise ni par l’importance de l’islam ni par l’usage de la langue arabe. Seule l’importance de l’amazighité — berbérité — en tant que peuple, langue et culture la distingue vraiment ; d’où l’usage par les militants berbères du mot « Tamazgha » pour faire de la région le « territoire amazigh », en opposition au « Maghreb arabe ». Dans les deux cas, cela revient à ignorer les nombreuses hybridations qu’a connues ce territoire à travers l’histoire, du fait des peuplements berbères, puniques, romains, juifs, arabes et européens.

La géographie arabe traditionnelle aimait à penser la région comme une île enclavée — djazirat al-Maghrib. Les débats sur la dénomination et la délimitation du Maghreb montrent pourtant que tout se joue dans la question de son rapport au reste du monde : le monde arabe et le monde musulman, mais aussi l’Europe, l’aire méditerranéenne, ou encore le continent africain, ce qui permet de réfléchir au Maghreb dans une africanité souvent occultée.

The Conversation

Anne-Adélaïde Lascaux a reçu des financements du Centre Jacques Berque (Rabat).

Benjamin Badier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Le Maghreb, un territoire à géométrie variable – https://theconversation.com/le-maghreb-un-territoire-a-geometrie-variable-290265

Pourboire : pourquoi continuеr à récompenser un service déjà réglé alors que rien ne nous y oblige ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Céline Jacob, Professeure des Universités en Gestion, marketing et influence sociale, Université Bretagne Sud (UBS)


L’ESSENTIEL

  • Le pourboire paraît être un petit geste banal de fin de repas au restaurant. Il révèle pourtant des mécanismes sociaux complexes.

  • La recherche en psychologie sociale met en lumière le poids prépondérant des émotions dans cette transaction commerciale.

  • L’avènement du terminal de paiement laisse entrevoir un avenir peu radieux pour le pourboire.


Un sourire, un soleil ou un smiley pour quelques euros de plus. En terrasse, un client termine son café. Le serveur apporte l’addition. En bas du reçu, un petit soleil est dessiné à la main. Le client sourit, paie… et laisse un pourboire un peu plus élevé que prévu.

Cette scène paraît anodine. Pourtant, elle intéresse depuis longtemps les chercheurs en psychologie sociale, en économie et en gestion hôtelière. Pourquoi laisse-t-on un pourboire ? Récompense-t-on vraiment la qualité du service ? Ou bien d’autres mécanismes, plus discrets, influencent-ils notre comportement ?

Nos recherches montrent que le pourboire ne dépend pas seulement de la qualité du repas ou de l’efficacité du serveur. Il révèle le poids des émotions, des normes sociales et du travail relationnel réalisé dans les métiers du service.

Mythe du client rationnel

Le pourboire apparaît en Europe au XVIIIᵉ siècle avant de se diffuser dans les cafés, les auberges et les restaurants. Aux États-Unis, il devient progressivement un élément essentiel du salaire des serveurs.

Les économistes Örn Bodvarsson et William Gibson ont considéré le pourboire comme une forme d’évaluation du travail effectué. Le client récompenserait un bon service et pénaliserait une mauvaise prestation. L’idée semble simple : un bon service mérite une récompense. Le client serait capable d’évaluer objectivement la qualité de la prestation. Un serveur attentif, rapide et aimable recevrait davantage de pourboire.

Pourtant, les études menées depuis les années 1970 montrent une réalité plus complexe. Les consommateurs ne prennent pas leurs décisions de façon totalement rationnelle. L’Homo œcоnomicus est, une fois encore, remis en cause.

Autrement dit, le pourboire ne dépend pas uniquement de la prestation reçue. Ce constat remet en question l’image du consommateur parfaitement rationnel, capable d’évaluer objectivement une expérience. L’humeur du client, le contexte social ou l’ambiance du moment comptent aussi.

Une pratique très culturelle

Le pourboire dépend fortement des normes sociales. Il reflète des règles collectives implicites, selon les environnements culturels et territoriaux.

Les clients donnent souvent cette gratification parce qu’ils considèrent que c’est ce qu’il faut faire. Le geste permet de respecter les attentes sociales et de préserver une image positive de soi.

Aux États-Unis ou au Canada, ne pas laisser de pourboire peut être perçu comme un comportement impoli, voire moralement répréhensible. Au Japon, au contraire, cette pratique reste rare, voire franchement malvenue, selon les codes établis.

Dessiner un soleil en bas de l’addition

De nombreuses expériences ont étudié les facteurs qui influencent le montant du pourboire.

Des éléments propres au serveur et à son action peuvent augmenter les chances de recevoir un pourboire, mais également son montant, comme dessiner un soleil au bas de l’addition, écrire « merci » sur la note, sourire davantage, donner son prénom, toucher brièvement le client, adopter une posture plus proche, être maquillé quand il s’agit d’une femme ou encore porter une fleur dans les cheveux.

Des éléments extérieurs peuvent jouer un rôle dans la décision de laisser ou non un pourboire. Les clients se montrent souvent plus généreux lorsqu’il fait beau, quand une musique romantique est diffusée en fond sonore ou encore lorsque des messages évoquant l’altruisme sont imprimés sur la note.

Ces effets paraissent minimes. Ils sont pourtant observés dans les restaurants, les hôtels, les cafés ou les commerces. Surtout, ces facteurs influencent davantage le montant laissé que la qualité réelle du service.

Travail relationnel des serveurs

La proximité sociale joue également un rôle important.

Quand un serveur se présente par son prénom, regarde le client dans les yeux ou personnalise l’échange, la relation paraît plus humaine. Même si la qualité technique du service et du repas ne change pas, le client peut avoir l’impression d’une expérience plus chaleureuse. Il récompense moins la performance objective que la qualité de l’interaction avec le serveur.

Ces résultats rejoignent les travaux de psychologie sociale montrant que nos décisions quotidiennes sont souvent influencées par des signaux subtils dont nous n’avons pas conscience. Le pourboire apparaît moins comme une décision strictement rationnelle que comme un comportement socialement situé.

Dans un restaurant, le serveur ne fournit pas uniquement une prestation technique. Il doit créer une expérience agréable. Sourire, maintenir le contact visuel, personnaliser la relation ou adopter une attitude chaleureuse font partie du travail attendu. La compétence relationnelle devient parfois aussi importante que l’efficacité de la prestation elle-même.

Le pourboire à l’ère numérique

Les paiements électroniques transforment cette pratique ancienne.

Avec les terminaux numériques, les clients voient apparaître directement des montants suggérés : 10 %, 15 % ou 20 %. Ne pas gratifier le service devient un geste délibéré, une démarche volontaire qui rompt avec l’automatisme proposé par la machine. La dématérialisation du pourboire réduit l’écart psусhologiquе ressenti lors du paiement. Lorsqu’une option est proposée par défaut, beaucoup de personnes ont tendance à l’accepter.

Ce mécanisme peut générer des effets délétères. Le client peut se sentir contraint de laisser un pourboire, car il doit le faire sous le regard direct du serveur pendant la transaction, transformant ce qui était auparavant une décision intime en аctе public.

Ce sentiment de jugement et d’obligation peut induire un sentiment de mal-être et ne pas inciter le client à revenir dans ce restaurant.

Relations sociales du quotidien

Dans un environnement en constante évolution, les mécanismes sociaux conservent leur importance. Le pourboire révèle quelque chose de fondamental : nous chérissons l’illusion que nos choix découlent d’une raison pure et d’une volonté souveraine, alors qu’ils sont perméables aux circonstances ambiantes et aux conventions partagées par le groupe.

Avec l’essor de la « Gig Economy » (économie de la tâche ou économie des petits boulots, ndlr) et l’avènement des commandes en ligne, les serveurs et les livreurs voient leurs revenus stagner.

De plus en plus de points de vente proposent de régler à la commande et imposent de sélectionner l’option de laisser un pourboire avant même que la prestation ait été réalisée. Cela induit un sentiment d’injustice.

Nos décisions ne reposent pas uniquement sur une évaluation rationnelle de la qualité du service. Elles dépendent également de notre humeur, du contexte, des normes culturelles et des interactions humaines. C’est sans doute ce qui rend cette pratique si intéressante pour les sciences humaines et sociales. Derrière quelques pièces laissées sur une table se cachent des émotions, des conventions collectives et toute la complexité des relations sociales du quotidien.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Pourboire : pourquoi continuеr à récompenser un service déjà réglé alors que rien ne nous y oblige ? – https://theconversation.com/pourboire-pourquoi-continu-r-a-recompenser-un-service-deja-regle-alors-que-rien-ne-nous-y-oblige-280528

Pourquoi la transition écologique est-elle si difficile à gouverner ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Guy Richard, Directeur de l’expertise scientifique collective, de la prospective et des études à l’Institut national de la recherche pour l’agriculture, l’alimentation et l’environnement (INRAE), Inrae


L’ESSENTIEL

  • Les actions mises en place pour faire face au changement climatique et à l’effondrement de la biodiversité sont aujourd’hui insuffisantes.

  • Il est facile de pointer le manque de volonté politique pour l’expliquer, mais ce n’est pas suffisant.

  • La nature des transformations à conduire et les conditions dans lesquelles les démocraties contemporaines doivent les organiser sont aussi à prendre en compte. Comprendre ces contraintes permet de saisir la raison pour laquelle la transition écologique appelle de nouvelles façons de gouverner.


Les alertes environnementales sont aujourd’hui largement relayées par les institutions scientifiques internationales. Mais reconnaître un problème ne suffit pas à le résoudre.

Au cours des trois dernières décennies, de nombreux pays ont adopté des politiques destinées à lutter contre le changement climatique ou l’érosion de la biodiversité. Les évaluations conduites aussi bien au niveau international – notamment dans le cadre du premier Global Stocktake (bilan mondial quinquennal) de l’accord de Paris (art. 14) – qu’au niveau national par des institutions indépendantes, comme le Haut Conseil pour le climat en France ou le Climate Change Committee au Royaume-Uni, dressent un constat convergent : malgré des progrès réels, les politiques mises en œuvre demeurent insuffisantes pour atteindre les objectifs affichés.

Ce décalage est souvent attribué à un manque de volonté voire de courage politique. Séduisante ; l’explication n’en reste pas moins incomplète.

Des politiques de transformation plus que de correction

Les premières politiques environnementales visaient principalement des pollutions localisées (rejets industriels dans l’eau ou dans l’air) ou des usages techniques bien circonscrits, comme le plomb dans l’essence ou les chlorofluorocarbures (CFC) longtemps utilisés dans les climatiseurs, bombes aérosols ou réfrigérateurs et responsables de la destruction de la couche d’ozone. Les solutions existaient souvent déjà : dispositifs de dépollution, matériaux ou molécules de substitution.

L’action publique consistait alors principalement à en organiser l’adoption par un nombre limité d’acteurs – industriels, producteurs d’énergie ou fabricants d’équipements – en combinant réglementation, fiscalité et, parfois, aides publiques. Au-delà de ces secteurs, les impacts économiques et sociaux demeuraient limités et les changements indolores pour la grande majorité de la population.

Les défis contemporains sont d’une autre nature. Réduire les émissions de gaz à effet de serre, enrayer l’effondrement de la biodiversité ou limiter l’artificialisation des sols ne consiste pas à corriger quelques défaillances. Les travaux sur les « transitions sociotechniques » décrivent précisément ce type de reconfiguration simultanée des technologies, des marchés, des institutions et des pratiques sociales.

Décarboner une économie implique de faire évoluer les infrastructures énergétiques, les bâtiments, les transports, l’industrie et l’agriculture. Ces mutations sont interdépendantes. Elles supposent aussi de faire évoluer les compétences professionnelles, les décisions d’investissement, les choix d’aménagement, les modèles d’affaires, les règles qui organisent les marchés et, parfois, les modes de vie.

Ce changement modifie profondément la nature de l’action publique : il ne s’agit plus seulement de corriger des externalités environnementales (c’est-à-dire des nuisances que les marchés ne prennent pas en compte), mais de transformer les systèmes techniques, économiques et sociaux qui les produisent.

Des trajectoires difficiles à infléchir

Les transformations à conduire sont largement contraintes par les choix du passé.

Les infrastructures énergétiques, les réseaux de transport, les villes, les équipements industriels ou les pratiques agricoles résultent d’investissements réalisés depuis plusieurs décennies. Ces choix produisent ce que les économistes appellent des « dépendances de trajectoire ». Plus une technologie ou une organisation s’est imposée, plus elle devient difficile à remplacer. Le couple pétrole–moteur à explosion, qui structure encore aujourd’hui l’économie de l’automobile, en offre une illustration.

Il ne s’agit pas seulement d’une inertie technique. Des emplois, des compétences, des chaînes d’approvisionnement, des réglementations et des intérêts économiques se sont progressivement organisés autour de ces filières. Les décideurs publics doivent ainsi arbitrer entre deux exigences légitimes : engager les transformations nécessaires tout en préservant la stabilité des systèmes économiques et sociaux dont dépend encore une grande partie de l’activité.

Des États confrontés à de nouvelles contraintes

Cette difficulté est accentuée par l’évolution de l’économie mondiale. Depuis les années 1980, l’ouverture des marchés, l’internationalisation des chaînes de valeur et la mobilité croissante des capitaux ont profondément transformé les conditions d’exercice des politiques publiques. Les gouvernements disposent toujours d’importants leviers d’action, mais ils doivent désormais tenir davantage compte de la compétitivité des entreprises, des équilibres budgétaires, des règles internationales et des risques de délocalisation.

Dans les décennies qui ont suivi la Seconde Guerre mondiale, les États disposaient souvent d’une capacité beaucoup plus forte à orienter les investissements, à coordonner les grands acteurs économiques et à imposer des choix industriels de long terme. Cette capacité n’a pas disparu, mais elle s’exerce désormais dans des économies plus ouvertes, plus décentralisées et beaucoup plus interdépendantes. Il ne s’agit donc pas de renouer avec une planification centralisée, mais de retrouver une capacité de coordination adaptée à des sociétés plus ouvertes et interdépendantes.

À ces contraintes internes s’ajoute une difficulté propre aux enjeux globaux. Chaque pays a intérêt à ce que la transition réussisse, mais les gouvernants redoutent que les efforts engagés ne pénalisent l’économie de leur pays si les autres avancent moins rapidement. Les traités internationaux, comme l’accord de Paris de 2015, encourageaient une action collective mieux coordonnée, mais ils sont aujourd’hui fragilisés par l’affaiblissement du multilatéralisme.

Des compromis plus difficiles à construire

L’action publique a longtemps pu s’appuyer sur des compromis relativement favorables à l’ensemble des acteurs. Durant les décennies de forte croissance, les gains de productivité permettaient souvent d’améliorer simultanément les revenus, la protection sociale et les investissements publics. Le principal enjeu était distributif : comment répartir les fruits d’une croissance soutenue ?

Or, la transition écologique change profondément les termes de ce compromis. Elle conduit à remettre en question des infrastructures encore fonctionnelles, des investissements parfois récents, des compétences professionnelles, des territoires spécialisés et des secteurs économiques qui demeurent essentiels à l’activité.

Les bénéfices attendus – un climat plus stable, des écosystèmes préservés ou une moindre exposition aux risques futurs – sont largement collectifs, diffus et se manifestent souvent à long terme. Les coûts, eux, sont immédiats et concentrés sur certains acteurs.

Les économistes parlent d’« actifs échoués » (stranded assets) pour désigner les infrastructures, les équipements ou les réserves d’énergies fossiles qui ne pourront être exploités jusqu’à leur terme économique si les objectifs climatiques sont respectés. À l’inverse, les investissements nécessaires pour construire une économie décarbonée peuvent, par leur ampleur, peser à court terme sur la compétitivité et entrer en concurrence avec d’autres priorités budgétaires.

Les politiques de transition écologique créent ainsi des tensions distributives inévitables. Autrement dit, les compromis politiques ne portent plus principalement sur la répartition des gains de la croissance, mais visent à organiser une transformation dont les coûts et les avantages sont a priori répartis de manière très inégale selon les secteurs, les territoires ou les générations.

Les institutions démocratiques face au long terme

À ces contraintes économiques s’ajoute une difficulté plus profonde encore. Les institutions démocratiques – quelles que soient leurs imperfections – ont été conçues pour arbitrer entre des intérêts présents, exprimés par des citoyens, des entreprises ou des collectivités.

Les politiques environnementales doivent, pour leur part, intégrer des intérêts beaucoup plus difficiles à représenter : ceux des générations futures, des écosystèmes ou des risques encore largement invisibles. Cette asymétrie temporelle complique la décision publique.

Le sociologue Anthony Giddens l’a résumée dans ce qui est devenu le « paradoxe de Giddens » : tant que les conséquences du changement climatique restent peu perceptibles dans l’expérience quotidienne, elles peinent à susciter des transformations politiques ambitieuses ; mais lorsqu’elles deviennent pleinement visibles, une partie des changements est déjà engagée et les marges d’action se sont réduites.

Les pouvoirs publics sont ainsi confrontés à une difficulté assez spécifique : agir suffisamment tôt face à des risques encore imparfaitement perceptibles, tout en assumant des coûts immédiats dont les bénéfices ne seront souvent visibles que plusieurs décennies plus tard. Cette difficulté ne concerne pas seulement la définition des objectifs, puisqu’elle se retrouve dans la mise en œuvre concrète des politiques de transition.

Gouverner des transformations systémiques

Conduire en quelques décennies une transformation de cette ampleur provoque mécaniquement des désajustements dont les conséquences économiques et sociales peuvent se propager à l’ensemble de l’économie.

L’électrification des véhicules modifie les usages, mais elle affecte aussi l’accès des plus modestes à la mobilité, l’emploi dans les activités de sous-traitance et de maintenance, la compétitivité industrielle et la géopolitique des dépendances d’approvisionnement. De même, le développement de l’agroécologie est contraint par les acteurs de l’amont (semences, engrais, pesticides, machinisme, finance) et de l’aval (stockage, transformation, commercialisation et échanges internationaux), alors que le secteur agricole est déjà fragilisé par des crises majeures, en particulier en lien avec le changement climatique.

Les difficultés rencontrées récemment par la taxe carbone, la régulation des pesticides ou les zones à faibles émissions (ZFE) témoignent moins d’un rejet de l’écologie que du désarroi de certaines populations face à des injonctions au changement qu’elles n’ont pas les moyens de satisfaire.

Mais l’instrumentalisation de ces inquiétudes légitimes constitue aujourd’hui, dans de nombreux pays, un facteur majeur de la timidité voire du recul des politiques de transition écologique. Il ne suffit plus d’imposer ces transformations par la réglementation ou la fiscalité ; il faut anticiper les conditions de leur efficacité, donc aussi de leur acceptabilité, et travailler à les réunir. La transition écologique ne constitue pas seulement un nouveau domaine de l’action publique. Elle modifie la manière même de gouverner.

Faire de la transition un projet partagé

Il ne suffit donc plus de réduire ou d’interdire certains usages ; il faut également organiser l’émergence des alternatives et créer les conditions de leur adoption.

S’il est illusoire, au vu des contraintes mentionnées plus haut, que l’État puisse compenser tous les coûts de la transition, il peut néanmoins veiller à ce que les acteurs les plus vulnérables ne soient pas exclus de ses bénéfices ou empêchés d’y participer, conformément aux principes de « la transition juste ».

En Espagne, le gouvernement a contractualisé un accord de reconversion avec les syndicats avant de décréter la fermeture des centrales à charbon. En France, le leasing social de voitures électriques apporte une première réponse au déficit d’offre accessible sur le marché de l’occasion. La commande publique peut également permettre à des collectivités territoriales de relayer l’initiative de la société civile et d’offrir un débouché local rémunérateur et fiable à des agriculteurs en transition (loi Egalim).

La pratique de l’action publique, qu’elle soit centrale ou territoriale, évolue : plus stratégique et transversale, plus souvent « cheffe d’orchestre » que simplement réglementaire, plus contractuelle que strictement normative, elle devient aussi, ce faisant, moins spectaculaire.

De nouvelles capacités de gouvernance à construire

Ces défis posés par la transition écologique expliquent en partie pourquoi les politiques environnementales se révèlent souvent plus timides ou plus lentes que ce que semblent impliquer les constats de la communauté scientifique. Il ne s’agit pas uniquement de faire reconnaître la réalité des risques, mais d’organiser collectivement des transformations capables d’y répondre. Cela suppose de construire des compromis nouveaux, articulant justice sociale, compétitivité économique et soutenabilité écologique.

Les compromis qu’exige la transition mettent en tension l’ensemble de nos économies, interrogent l’organisation de nos sociétés et conduisent à arbitrer entre des priorités parfois contradictoires, du niveau local jusqu’à l’échelle internationale. Conduire cette transition avec la société n’est donc pas seulement une question d’expertise technique. C’est instruire un ensemble de choix qui mobilisent, bien au-delà de la seule sphère environnementale, des arbitrages de nature politique.

Si l’urgence des alertes scientifiques conduit à penser que tout projet politique doit sérieusement traiter de la question environnementale, la transition écologique ne peut se construire qu’au sein d’un projet politique plus global, capable d’articuler les objectifs environnementaux avec les autres finalités collectives qu’il poursuit.

Pourtant, le pragmatisme nous invite bien à répondre aux alertes par l’action et à concevoir cette action, dans son ambition comme son calendrier, de manière à ce qu’elle apporte une réponse effective aux risques identifiés.

L’enjeu n’est donc pas de retrouver les formes de planification du passé ni de s’en remettre aux seules dynamiques du marché. Il est de construire des modes de gouvernance capables de coordonner durablement des acteurs publics et privés, des échelles locales, nationales et internationales, et d’inscrire les décisions présentes dans des horizons de temps beaucoup plus longs. C’est peut-être là le véritable défi de la transition écologique.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Pourquoi la transition écologique est-elle si difficile à gouverner ? – https://theconversation.com/pourquoi-la-transition-ecologique-est-elle-si-difficile-a-gouverner-288778

L’humour, botte secrète de Dolly Parton pour contrer le sexisme

Source: The Conversation – France (in French) – By Stephanie Vander Wel, Associate Professor of Music, University at Buffalo

« Ça coûte cher d’avoir l’air aussi vulgaire », disait Dolly Parton. Paul Natkin/Getty Images

L’ESSENTIEL

  • Disparue le 25 août 2026, Dolly Parton est connue pour ses tubes, comme Jolene, mais au-delà de son talent musical, elle était aussi redoutablement drôle.

  • Les artistes country féminines, du milieu du XXᵉ siècle jusqu’aux années 2010, ont utilisé l’humour pour se frayer un chemin dans une industrie qui s’est souvent montrée hostile aux femmes.

  • Loin d’être superficielle, la façon dont Dolly Parton travaillait son apparence extravagante était aussi une forme de subversion pleine d’esprit.


Parmi tous les moments qui illustrent le talent musical, l’intelligence redoutable et l’ambition dévorante de Dolly Parton, je repense souvent à un duo télévisé en direct, un peu maladroit et improvisé, dans The Porter Wagoner Show.

Nous étions en 1973. Parton se produisait aux côtés du chanteur de country Porter Wagoner dans cette émission de variétés diffusée depuis 1967. Bien que la participation à ce show ait marqué un tournant pour elle, Parton se sentait bridée par le fait de jouer les seconds rôles derrière Wagoner qui, en tant que producteur, prenait souvent le contrôle des arrangements musicaux de ses chansons. Malgré le succès commercial de Parton, il se montrait souvent dédaigneux envers sa vision créative.

Alors que Parton et Wagoner s’apprêtent à interpréter Run That By Me One More Time – une chanson écrite par Parton en 1970, qui traite d’une dispute conjugale –, Wagoner commence par dire : « Ma copine vient de me donner un coup de pied dans les côtes. » Dolly rétorque : « Pas encore, mais je pense que je vais le faire juste après. »

Après que les deux ont chanté les premières lignes, Parton se lance dans son couplet :

« Eh bien, tu es encore en retard, je vois.

Quelle est ton excuse cette fois-ci ?

N’essaie pas de m’embrasser pour te faire pardonner

Alors que tu empestes le vin. »

Au moment même où Wagoner s’apprête à chanter son excuse pour son retour tardif, Parton l’interrompt de manière inattendue en chantant longuement « Eh bien, je… », comme si elle allait entonner une autre phrase. Porter, pris au dépourvu, marque une pause. Parton rit : « J’ai pensé que j’allais glisser ça là-dedans. » Wagoner, déconcerté, demande à Parton où ils en sont dans la chanson.

De retour dans le rythme, Wagoner entame le couplet suivant, exigeant de savoir ce que Parton a fait de l’argent du loyer. Elle improvise son explication :

« Tu m’as vue mettre cet argent dans ce pot à biscuits le jour même où tu l’as ramené à la maison et, un jour, en rentrant des courses, j’ai regardé, et chaque centime de cet argent avait disparu, mais je ne l’ai pas pris, et tu sais bien que je ne l’ai pas pris. »

Elle a largement dépassé le temps qui lui était imparti, et Wagoner commence à chanter la réplique qu’il avait prévue. Mais Parton ne lâche rien et se met à parler par-dessus lui :

« Je ne l’ai pas pris. Je ne sais pas qui l’a pris, mais je ne veux plus que tu me fasses porter le chapeau. »

Des éclats de rire se font entendre dans le public. Tout ce que Wagoner peut faire, c’est rire maladroitement en disant :

« Tu veux bien me répéter ça encore une fois ? »

Dolly Parton et Porter Wagoner interprètent Run That By Me One More Time, dans un épisode de 1973 du Porter Wagoner Show.

Wagoner finit par se reprendre et tous deux terminent joyeusement la chanson sous les applaudissements. Mais pour tous ceux qui regardent, on voit très bien qui mène la danse et à qui appartient la chanson.

Un an plus tard, Parton a cessé de participer à l’émission après avoir écrit les tubes « Jolene » et « I Will Always Love You ». Son album de 1976, All I Can Do, a été nominé aux Grammy Awards dans la catégorie « Meilleure performance vocale country féminine ».

Le reste – 25 singles country n° 1, 10 Grammy Awards, 44 albums country classés dans le Top 10 – appartient désormais à l’histoire.

Renverser la situation

Parton, décédée le 25 août 2026, ne se contentait pas de raconter des blagues pour provoquer des rires faciles.

Dans le cadre de mes travaux de chercheuse spécialisée dans la musique country, j’ai écrit sur la manière dont les artistes country féminines, du milieu du XXᵉ siècle jusqu’aux années 2010, ont utilisé l’humour pour se frayer un chemin dans une industrie qui s’est souvent montrée hostile aux femmes.

Tout au long de l’histoire de ce genre musical, les artistes féminines de country pouvaient être considérées comme de simples faire-valoir des têtes d’affiche masculines. Et lorsque des femmes parvenaient à percer, l’industrie n’hésitait pas à les dépeindre comme des arrivistes ayant abandonné leurs racines country au profit d’une carrière de star de la pop.

Les femmes ont également toujours eu plus de mal à décrocher des contrats d’enregistrement et à passer à la radio. Pas plus tard qu’en 2015, le consultant radio Keith Hill a tenu des propos controversés en affirmant que les stations de country devraient diffuser principalement des artistes masculins, décrivant les hommes comme la « laitue » et les femmes comme les « tomates » d’une salade.

Comment les artistes féminines ont-elles riposté ? En utilisant l’humour pour bouleverser les attentes quant à la manière dont les femmes devraient se comporter.

Dans la chanson humoristique de Lulu Belle sur le mariage, I Wish I Was a Single Girl Again, sortie en 1939, elle incarne le rôle de la campagnarde naïve. En endossant la caricature de la paysanne, elle a pu faire ou dire des choses qu’un personnage féminin conventionnellement respectable n’aurait pas pu se permettre.

De la même manière, June Carter incarnait souvent la campagnarde indisciplinée qui destinait ses répliques cinglantes aux animateurs masculins et à ses partenaires de duo, notamment Johnny Cash. Et dans l’hilarante chanson Got My Name Changed Back, le trio contemporain Pistol Annies utilise l’humour pour transformer la douleur du divorce en une célébration de l’émancipation féminine.

Mais rares sont celles qui ont su manier l’humour avec autant d’habileté que Parton. Elle utilisait des répliques pleines d’esprit et d’autodérision pour désarmer le public et mettre en lumière les doubles standards et les préjugés de genre.

Une jeune femme aux cheveux blonds sourit en serrant dans ses bras un jeune homme portant une casquette de baseball bleue
Dolly Parton serre dans ses bras l’humoriste John Belushi au Windows on the World, à New York, en mai 1977.
Art Zelin/Getty Images

Elle y parvenait souvent en faisant des hommes la cible de ses blagues.

Prenons deux des premiers succès commerciaux de Parton : Dumb Blonde, écrite par Curly Putman, et Something Fishy, qu’elle a elle-même composée.

Dans Dumb Blonde, Parton raconte l’histoire d’un homme infidèle qui, lorsqu’elle le confronte, l’accuse avec colère d’être une « blonde idiote ». Après avoir annoncé que « cette blonde idiote n’est pas dupe », la narratrice de la chanson déclare triomphalement : « S’il y a bien une chose que cette blonde a apprise, c’est que les blondes s’amusent plus », avant de mettre fin à la relation selon ses propres conditions.

Something Fishy est une autre chanson sur un homme infidèle. Les paroles de Parton opposent les mensonges de l’homme, qui prétend « partir à la pêche », à ses soupçons d’infidélité. « Il se passe quelque chose de louche », dit-elle avec ironie (« louche » se dit fishy en anglais, ndlr). Le public se joint à la moquerie envers cet homme stupide, dont l’épouse perspicace ne fait qu’une bouchée.

L’univers de Dolly

Une jeune femme aux cheveux blonds ondulants lève les yeux au ciel tout en chantant dans un micro, une main sur la hanche
Dolly Parton au Wembley Empire Pool, à Londres, en avril 1976.
Andrew Putler/Redferns via Getty Images

Tout comme Parton avait volé la vedette à Wagoner lors de ce duo télévisé en 1973
– et fait clairement comprendre qui tenait les rênes, elle a également pris le contrôle du récit de sa carrière. Lorsque les critiques ont remis en question son engagement envers la musique country, elle a démontré que la célébrité populaire et l’authenticité country n’étaient pas incompatibles. Lorsqu’ils ont condamné son ambition, elle n’a pas cherché à s’excuser de vouloir plus. Lorsqu’ils ont tenté de ridiculiser son look, elle s’est approprié son image avec un trait d’esprit.

Comme Parton le disait souvent :

« Ça coûte très cher d’avoir l’air aussi vulgaire. »

Cette phrase en dit long. D’une part, elle est hilarante. Mais elle montre aussi qu’elle a délibérément façonné son personnage excentrique, et que son apparence soigneusement calculée a également contribué à son immense succès.

C’était ça, Dolly : autodépréciative, lucide, sûre d’elle et, oui, d’un humour malicieux.

The Conversation

Stephanie Vander Wel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. L’humour, botte secrète de Dolly Parton pour contrer le sexisme – https://theconversation.com/lhumour-botte-secrete-de-dolly-parton-pour-contrer-le-sexisme-290953