La situación en la antigua Roma era muy distinta: asistir al teatro era gratuito. También lo era ir a ver un combate de gladiadores o una carrera de carros.
Palcos VIP en la Roma antigua
Estos espectáculos o “juegos” (ludi) eran ofrecidos al pueblo por individuos de gran fortuna, que asumían personalmente todos los gastos de la organización. El objetivo de estas personas era aumentar su popularidad y obtener reconocimiento social. Los habitantes de Roma esperaban acudir cada año (gratuitamente) a una serie de espectáculos que se celebraban como parte de sus festividades religiosas (los Juegos Megalesios en abril, los Juegos Romanos en septiembre, los Juegos Plebeyos en noviembre…).
Así pues, el cambio de mentalidad entre el espectáculo antiguo y moderno es muy importante, especialmente en lo que refiere a su explotación económica. No obstante, esta diferencia no impidió que ya en la República romana surgieran discusiones similares a las que hoy provoca el Mundial.
Por ejemplo, no tiene nada de nuevo reservar a los miembros más prominentes de la sociedad una serie de asientos separados del resto del público. En el año 194 a.e.c. se decidió que durante los espectáculos las primeras filas de asientos estarían reservadas para los senadores, la élite política y económica de Roma. Esto no fue bien recibido por muchos.
El historiador Tito Livio recogió una de las quejas planteadas entonces: “¿Por qué al rico le molestaba sentarse al lado de un pobre?”. La localidad ocupada se había convertido en un símbolo de la propia posición social.
Asientos reservados
Pasado un siglo, la medida seguía siendo polémica. El hecho de que el orador Cicerón, dependiendo del contexto inmediato en que hablaba, pudiera tanto alabarla como criticarla es buena muestra de ello.
En el 67 a.e.c. se dio un paso más en esta dirección. Una ley reservó también una serie de filas de asientos a los “caballeros” (equites), otra de las élites económicas de Roma junto a los senadores.
Según las fuentes antiguas, esta ley fue considerada por el pueblo como “una afrenta”. Nos han llegado incluso noticias de intercambios de insultos en las gradas entre caballeros y miembros de la plebe a este respecto.
La división de las gradas entre grupos sociales acabó consolidándose con el paso del tiempo y con nueva legislación. Los mejores asientos quedaron reservados para los VIP de la antigua Roma.
Fallida oportunidad de negocio
Otras medidas no tuvieron el mismo éxito. Este es el caso del intento, en el siglo II a.e.c., de anular el carácter gratuito de los espectáculos. Para comprender esta tentativa debemos tener en cuenta que en la ciudad de Roma no hubo teatros o anfiteatros permanentes hasta muy tarde.
El teatro de Pompeyo es del 55 a.e.c. y el Coliseo del 80 e.c. Previamente, los juegos tenían lugar en estructuras temporales de madera o en espacios abiertos como el foro.
Con ocasión de una serie de combates gladiatorios que se iban a celebrar en el foro en el 122 a.e.c., varios magistrados vieron una oportunidad de hacer negocio. Construyeron gradas y aunciaron que iban a cobrar la entrada a las butacas. Podemos imaginar que las estructuras de madera bloquearían la visión a todo aquel que no se encontrase sentado en ellas. Por lo tanto, los ciudadanos tenían dos opciones: abonar el precio o no ver las luchas de gladiadores.
Ante esta situación, el tribuno de la plebe Gayo Sempronio Graco decidió actuar. Primero, ordenó a los magistrados que retirasen los graderíos para que “los pobres pudiesen ver desde allí sin pagar”. Ante la negativa que recibió, decidió acudir al foro, la noche previa a la celebración del espectáculo, con una cuadrilla de obreros. Cuando amaneció, las gradas habían desaparecido. Gayo Graco las había desmontado y, así, el espectáculo volvía a ser gratuito. Según el biógrafo Plutarco, el pueblo le consideró por esta acción “un hombre íntegro”.
Activista romano
La acción de Graco no fue mera demagogia. Se enmarcaba dentro de un programa político y económico más amplio. Por ejemplo, entre sus diversas iniciativas estuvo la promoción de una ley para distribuir trigo a precio subvencionado entre la población de Roma. El rechazo de la mayoría senatorial a estas políticas, en un contexto de polarización, fue, de hecho, lo que le llevó a la muerte. Por tanto, su maniobra aquella noche fue más bien activismo ideológico.
Hace mucho tiempo que las gradas reflejan las jerarquías sociales y económicas. Sin embargo, la explotación económica del acceso a los espectáculos es un fenómeno mucho más reciente. La comparación entre los “juegos” antiguos y el fútbol moderno nos permite comprender cómo ha evolucionado el pensamiento económico en los últimos 2 000 años.
Carlos Suárez Cortés recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación.
Silvia Lacorte no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El equipo de la Selección Española de Fútbol ha empezado a usar en este Mundial chalecos y calzado con tecnología de material de cambio de fase (PCM). Real Federación Española de Fútbol.
Los chalecos refrigerantes de la Selección española se han convertido en una de las imágenes más comentadas del Mundial 2026. Numerosos titulares los han descrito como “chalecos de hielo” o “chalecos de gel”. Pero estas denominaciones confunden más de lo que aclaran: “hielo” induce a error y “gel” se queda en la apariencia.
Su interés no está en ser una prenda fría para soportar mejor el calor antes de saltar al campo, sino en la tecnología de gestión térmica que incorporan. En un partido disputado con altas temperaturas, el calor acumulado puede acelerar la fatiga, reducir la capacidad de repetir esfuerzos y afectar a la toma de decisiones. Estos chalecos buscan precisamente limitar ese impacto: no aplican frío de forma brusca, sino que absorben calor del cuerpo de manera controlada mientras su material interno cambia de estado. Ese matiz explica por qué pueden enfriar de forma más estable, cómoda y prolongada… y por qué su interés va más allá del fútbol.
La Selección Española de Fútbol estrena este Mundial chalecos de material de cambio de fase para protegerse del calor.
¿Hielo? No, algo mucho más inteligente
Las cualidades en las que supera al hielo son algunas más. El agua a 0 °C es demasiado agresiva para la piel: quema, irrita y, aun peor, provoca vasoconstricción. Los vasos sanguíneos se contraen, el flujo en la piel se reduce y el calor, en lugar de salir, queda atrapado. El remedio se vuelve contraproducente. Además, se derrite en pocos minutos y pierde eficacia casi tan rápido como la consigue.
Sin embargo, el PCM actúa de forma muy distinta. Mantiene su temperatura constante mientras se funde. Enfría durante horas. No daña la piel ni provoca el temido efecto rebote. Y pesa un 20 % menos que el agua, algo que para un futbolista en pleno esfuerzo no es una anécdota. Además, se recarga en media hora en una nevera y aguanta miles de usos sin perder un ápice de rendimiento.
Eso sí, el PCM que se incluye en los chalecos no es naturalmente un gel, sino que se formula con aditivos que lo espesan y evitan que se derrame al fundirse. Además, esta tecnología, desarrollada por empresas como la neerlandesa Inuteq –e integrada por Adidas en su sistema Climacool– es 100 % de origen vegetal y biodegradable.
Los compartimentos del chaleco son la clave
El PCM no elimina el calor, sino que lo gestiona con precisión. Para lograrlo, el sistema consta de tres elementos, empezando por el chaleco portador, una prenda ligera y ajustable con compartimentos independientes distribuidos por el torso. Esa compartimentación es clave: permite que el calor se reparta de forma homogénea entre todos los paquetes. Si el material estuviera concentrado en una única bolsa, las zonas más expuestas al calor corporal se calentarían antes que las internas, se fundirían de forma desigual y se desperdiciaría gran parte de su capacidad. Pero, al dividirlo en unidades más pequeñas, cada paquete recibe calor de manera equilibrada y el enfriamiento es más eficiente y duradero.
Esquema del funcionamiento de los chalecos de cambio de fase. Nazaret Ruiz.
El segundo elemento son las cápsulas de PCM que se insertan en los compartimentos. Cada una actúa como una unidad autónoma, fundiéndose a un ritmo controlado. Y, si una se rompe, el daño queda localizado. El tercero es la bolsa de transporte aislante, que mantiene los paquetes a la temperatura adecuada hasta el momento de usarlos.
La evidencia científica respalda su eficacia a la hora de conseguir mayor bienestar y rendimiento en la práctica deportiva. Un estudio comprobó que corredores que utilizaron enfriamiento con PCM en condiciones de calor (33 °C) mostraron menor temperatura central y cutánea, menor frecuencia cardíaca y una velocidad de carrera significativamente mayor con los chalecos que sin ellos.
Con estos resultados, no sorprende que su uso se haya extendido. Se emplea antes del partido –para crear un “colchón térmico” que retrase la fatiga– y en el descanso –para acelerar la recuperación–.
Más allá del fútbol: una tecnología para todos
El calor extremo no es un problema exclusivo del deporte. Trabajadores de la construcción, bomberos, personal sanitario con equipos de protección individual (EPIs), operarios industriales o equipos de rescate sufren un estrés térmico similar al de un futbolista en pleno partido. En todos estos casos, la fatiga por calor reduce la productividad y aumenta el riesgo de accidentes.
Por eso, la tecnología PCM, desarrollada en principio para responder al calor extremo en circuitos y estadios, empieza a salir del deporte de élite. Ya se incorpora a chalecos refrigerantes, cascos y ropa de trabajo.
En la misma línea, su uso podría extenderse a expediciones, eventos multitudinarios o desplazamientos urbanos durante olas de calor. En un contexto de temperaturas cada vez más extremas, la gestión térmica personal está dejando de ser una solución excepcional para convertirse en una necesidad cotidiana. Y este invento práctico y sostenible podría aportar su granito de arena.
Nazaret Ruiz Marín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – in French – By Paula Negron-Poblete, Professeure agrégée à l’École d’urbanisme et d’architecture de paysage, Université de Montréal
La sédentarité est une habitude qui nous guette, et de plus en plus de voix s’élèvent pour nous inciter à adopter des modes de vie plus actifs. Mais qu’est-ce qui pousse vraiment les gens à marcher ? Un quartier peut offrir une très bonne accessibilité à pied à une multitude de destinations, mais seulement quelques parcours spécifiques seront réellement perçus comme favorables à la marche.
À titre de professeure à l’École d’urbanisme et d’architecture de paysage de l’Université de Montréal, je constate d’importantes disparités dans l’accessibilité au sein des territoires. Si l’accessibilité à pied aux commerces et services est nécessaire pour avoir des milieux de vie favorables à la santé, elle n’est pas suffisante. Ce sont la sécurité, le confort et l’attractivité des trajets parcourus qui sont susceptibles d’inciter les gens à marcher.
Accessibilité et marchabilité
La marche est souvent pratique pour rejoindre une épicerie ou un arrêt d’autobus par exemple. On considère qu’une destination est accessible à pied si elle se trouve au plus à 800 mètres de distance. L’indicateur Walk Score permet de connaître l’accessibilité à pied d’une adresse quelconque en fonction de l’offre de services et commerces à distance de marche. On parle aussi de villes de 15 minutes pour faire référence aux environnements qui permettent de rejoindre plusieurs destinations à pied (environ un km) ou à vélo (un peu moins de 5 km) dans ce laps de temps.
Mais le choix de marcher dépend aussi de la sécurité, du confort et de l’attractivité du trajet à parcourir, des facteurs qui varient selon la forme urbaine, le paysage urbain et la personne elle-même, et qui sont particulièrement importants lorsque la marche constitue une activité en soi. On parle alors de marchabilité ou de potentiel de marche.
Assurer des trajets sécuritaires
Un quartier où l’offre commerciale est abondante le long de boulevards très achalandés ou dans des centres commerciaux entourés de vastes stationnements peut offrir plusieurs destinations à moins de 15 minutes à pied. La marche y reste toutefois peu sécuritaire, car les piétons doivent à plusieurs reprises partager l’espace avec les automobiles. Les conditions de sécurité du parcours sont donc faibles en raison des risques accrus d’accident.
Le mauvais état des trottoirs peut également nuire aux déplacements à pied. Pour les individus avec une mobilité plus limitée, des surfaces brisées ou des dalles surélevées augmentent les risques de chutes. Pour les personnes utilisatrices d’un fauteuil roulant, les transitions entre le trottoir et la chaussée aux intersections sont souvent problématiques. Le niveau de sécurité peut aussi varier selon les saisons. Ainsi, des trottoirs enneigés ou glacés peuvent créer des barrières à la marche chez plusieurs personnes, dont les personnes très âgées. Si elle n’a pas d’autre moyen de se déplacer, la personne court un risque d’isolement.
Les attributs du cadre bâti peuvent nuire à la sécurité perçue des trajets à pied. Les bâtiments détériorés, délaissés, avec peu de fenestration renvoient une image de danger. À l’opposé, des parcours à travers des espaces animés tout au long de la journée permettent de recréer une ambiance sécuritaire. Une enquête menée récemment aux États-Unis a montré que les piétons évitent les boulevards avec beaucoup de trafic, mais dans plusieurs quartiers, c’est le long de ces axes qu’on trouve les commerces, obligeant les gens à les fréquenter.
La perception de la sécurité est particulièrement importante pour favoriser la marche chez les enfants. Même si l’école est proche de la maison, la présence de voitures aux abords et les vitesses de circulation élevées nuisent à la sécurité des parcours vers l’école. Des politiques de vision zéro, à l’aménagement de rues-écoles, les interventions sont nombreuses ces dernières années pour assurer des trajets sécuritaires et agréables pour les piétons, notamment les enfants.
Une séparation claire entre le trottoir et les voies de circulation automobile renforce la sécurité des personnes qui marchent. Lorsqu’on y ajoute de la végétation, on améliore aussi le confort et l’agrément du parcours. Le mobilier urbain joue un rôle similaire : la présence régulière de bancs, par exemple, offre aux personnes âgées la possibilité de faire une pause durant le trajet. Enfin, un éclairage pensé pour les piétons (et pas seulement pour les automobilistes), permet de repérer plus facilement d’éventuels obstacles sur le chemin et de se déplacer sereinement après la tombée du jour.
Aux intersections, l’aménagement de saillies de trottoir ou des traverses surélevées permettent aux piétons de franchir la rue au même niveau que le trottoir, améliorant le confort et la continuité du déplacement. Des trottoirs de plus de deux mètres de largeur rendent aussi la marche plus fluide : ils permettent de contourner les obstacles (vélos stationnés, bacs de recyclage au chemin), de marcher en groupe ou de circuler plus facilement en fauteuil roulant.
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À l’inverse, certains aménagements nuisent à la marche, car ils augmentent les risques pour le piéton. C’est le cas des entrées charretières empruntées par les voitures pour accéder aux stationnements hors rue. Ces aménagements sont fréquents dans les milieux plus dépendants de l’automobile, où les stationnements hors rue sont omniprésents.
Pour le plaisir de marcher
La possibilité de croiser d’autres personnes dans la rue est aussi recherchée. Les terrasses publiques, les espaces verts et la présence d’art public contribuent à agrémenter le parcours de marche. Des villes comme Montréal, Vancouver ou Toronto offrent des parcours de marche qui mettent de l’avant l’art mural urbain.
Il est important d’aller au-delà des simples aménagements fonctionnels visant à sécuriser les trajets de marche. Lorsqu’on aménage ou réaménage un espace, c’est aussi l’occasion d’augmenter le plaisir que la marche peut procurer. Une intersection au coin d’une école peut ainsi être transformée grâce à un marquage au sol avec un design original, rendant le trajet à l’école plus ludique et agréable pour les enfants. Favoriser la marche est un travail qui implique plusieurs professionnels de l’aménagement.
Paula Negron-Poblete a reçu des financements du Fonds de recherche du Québec et du Conseil de recherche en sciences humaines. du Canada.
Le match entre le Canada et le Maroc en Coupe du monde a placé la communauté marocaine, très nombreuse au Québec, devant un choix qui peut s’avérer déchirant entre leur pays d’origine et leur pays d’adoption. Ce dilemme, loin de se limiter à cette communauté, révèle le lien complexe entre identité, migration et allégeance sportive au sein de la mosaïque culturelle canadienne.
Si ce message illustre l’enthousiasme suscité par la participation du Canada à domicile, la manière dont l’« équipe du peuple » est perçue par les Canadiens eux-mêmes pendant la Coupe du monde est plus nuancée.
La Coupe du monde représente un moment particulier pour le Canada, où la diversité et la culture sont mises en avant. C’est pourquoi de nombreux Canadiens pourraient arborer plusieurs drapeaux – et pas seulement celui à la feuille d’érable – tout au long de la compétition.
En effet, l’attachement à une équipe sportive n’est pas toujours simple ; il est façonné par l’histoire personnelle et la migration. Si l’on tient compte de la dimension mondiale de la Coupe du monde moderne, les frontières s’estompent encore davantage. Des joueurs sur le terrain aux supporters dans les tribunes, le chevauchement des identités culturelles fait que le choix d’une équipe à soutenir dépend rarement uniquement du lieu où l’on vit actuellement.
Richie Laryea, membre de l’équipe canadienne, a déclaré : « Notre équipe nationale est à l’image de ce qu’est notre pays aujourd’hui. Et c’est très bien ainsi. Elle doit être extrêmement diversifiée. » Mais les Canadiens qui partagent les mêmes origines ethniques que les joueurs de l’équipe nationale ont-ils du mal à décider qui soutenir ?
Le riche multiculturalisme du Canada – et la composition diversifiée de son équipe nationale – font de cette période un moment fascinant pour observer quel pays les Canadiens choisissent de soutenir pendant la Coupe du monde.
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Lors de la Coupe du monde 2018, le Croatia Park de Mississauga est devenu un immense lieu de rassemblement pour les Canadiens d’origine croate venus encourager leur équipe nationale et célébrer leurs racines. Si de telles scènes mettent pleinement en valeur la diversité du Canada, elles soulèvent également une question fascinante : lorsque chacun soutient son pays d’origine, quelle place reste-t-il à l’équipe canadienne elle-même ?
Ces célébrations mettent en lumière une véritable crise d’identité pour certains supporters, maintenant que le Canada est devenu un concurrent régulier sur la scène internationale. Le véritable dilemme survient lorsque les gens se sentent profondément déchirés entre leur pays d’origine et leur pays d’accueil. Les supporters peuvent être confrontés à la décision difficile de choisir quel drapeau hisser – ou quelle patrie occupera la première place s’ils décident d’arborer les deux.
Dans l’univers très compétitif du sport de haut niveau, gagner est tout ce qui compte. À mesure que les équipes sont éliminées et que le tournoi bat son plein, les Canadiens partagés entre deux loyautés peuvent se retrouver tiraillés dans plusieurs directions. Cela peut amener bon nombre d’entre eux à se sentir véritablement tiraillés quant à l’équipe qu’ils « devraient » soutenir.
Une étude portant sur la Coupe du monde 2014 a montré que les supporters peuvent soutenir certaines équipes lorsqu’ils découvrent des liens personnels avec ces nations. Un participant à l’étude, d’origine kenyane, a déclaré : « J’ai été attiré par la Belgique, car leur attaquant est un Belge d’origine kenyane. »
Ce n’est pas tous les jours qu’on a l’occasion d’affronter le pays où l’on a vécu quand on était plus jeune. Mais je dois tout de même y aller avec la mentalité que je dois faire mon travail pour mon pays.
Malgré l’élimination d’Haïti de la Coupe du monde, un débat passionnant persiste : les Canadiens d’origine haïtienne ont-ils été tiraillés quant à leur identité au moment de choisir s’ils devaient soutenir le Canada, Haïti, ou les deux ? À présent, l’attention se porte sur la question de savoir si les origines haïtiennes de David incitent activement la communauté à se rallier derrière l’équipe canadienne pour le reste du tournoi.
Au final, les supporters ne sont pas obligés de choisir une seule équipe : ils peuvent soutenir à la fois les équipes qui représentent leur héritage culturel et la sélection canadienne qui entre dans l’histoire. Parallèlement, le succès du Canada sur le terrain nous pousse à repenser ce que signifie réellement être « Canadien » dans un pays où soutenir ses origines a longtemps été la norme.
Au final, le choix de l’équipe que les Canadiens décident d’encourager offre un aperçu fascinant de la mosaïque culturelle unique du pays.
Alors que les rues canadiennes se remplissent d’une mer colorée de drapeaux du monde entier et que les communautés se rassemblent autour d’une passion commune pour le football, c’est le moment idéal pour réfléchir à notre identité nationale.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Marion Lauwers, Enseignant-chercheur, Institut Catholique de Lille (ICL), Institut catholique de Lille (ICL)
Les femmes restent très sous-représentées dans l’univers du numérique, malgré la multiplication de dispositifs de formation. Comment l’expliquer ? Comment lever les freins ?
L’inclusion des femmes et, notamment, des femmes sorties de l’emploi dans le secteur du numérique est cruciale pour développer des technologies plus justes et égalitaires. Elle est également critique pour la compétitivité européenne. Comme souligné par la Commission européenne, une augmentation de la part des femmes travaillant dans le numérique à hauteur de 45 % d’ici à 2027 permettrait d’améliorer le produit intérieur brut (PIB) de 260 milliards à 600 milliards d’euros.
Cependant, moins de 29 % de femmes travaillent aujourd’hui dans l’univers du numérique. Pis, ce taux semble stagner par rapport à 2025. Les femmes, en France, restent très sous-représentées dans les métiers du numérique.
De nombreux dispositifs de formation visant l’acquisition accélérée de compétences et l’insertion dans les métiers du numérique ont été créés ces dernières années. Certains programmes s’adressent spécifiquement aux femmes issues des milieux les plus défavorisés. Le gouvernement a même fait de la parité dans les métiers de la tech et du numérique une de ses priorités depuis 2023.
Alors, comment mieux accompagner les femmes sorties de l’emploi à se reconvertir dans l’univers du numérique ?
Les entretiens que nous avons menés au sein d’une structure d’accompagnement des femmes, auprès d’accompagnatrices emploi, mettent en évidence l’importance de développer le regard des femmes sorties de l’emploi sur l’univers du numérique.
Nombreuses sont celles qui ne se sentent pas à la hauteur ; elles voient le secteur comme un monde complexe et inaccessible. De plus, ces métiers restent souvent méconnus ou mal connus.
« Ce qui répondait à leurs attentes, c’était vraiment de savoir de quoi on parle, de quel métier, quelle est la mission de chaque métier, qu’est-ce qu’on fait, à quoi ça sert, avec quels outils, type langage informatique ? C’est vraiment du concret », souligne Astrid, l’une des accompagnatrices d’emploi.
Outre les recommandations classiques – faire découvrir ce qu’est le numérique ou l’importance des rôles modèles ou des mentors –, nos entretiens mettent en lumière l’importance de donner de la visibilité aux formations :
« Avoir des ateliers qui leur permettent de découvrir la formation, c’est bien. Parce que ces personnes-là ne seraient jamais tombées sur les sites [de formation] », rappelle Sylvie, une autre accompagnatrice d’emploi.
Au-delà de la visibilité des formations existantes, il apparaît essentiel de travailler sur l’accessibilité du contenu proposé :
« On [leur] demande par exemple la définition d’un cloud. Pour des personnes qui sont très loin du numérique, ça ne leur parle pas du tout. Même si elles s’en servent tous les jours, elles ne réalisent pas et elles ne savent pas ce que c’est. Il faut le désacraliser », affirme Astrid.
Autocensure technologique
Les femmes concernées cumulent souvent une autocensure technologique, une rupture prolongée de l’emploi, des contraintes familiales et un réseau professionnel fragile. Trop souvent les solutions proposées peinent à lever les barrières des apprenantes.
La plupart des femmes accompagnées ont un accès au numérique réduit leur donnant l’impression qu’une reconversion dans ce secteur est tout simplement impossible.
« On a vraiment un public fragilisé, qui n’a pas obligatoirement les moyens et l’accès au numérique, ça reste encore quelque chose qui est rarissime. Sur le panel de femmes qu’on accompagne, je n’en ai aucune qui a un ordinateur à la maison », souligne Sarah, une autre accompagnatrice d’emploi.
Au-delà des freins matériels, les freins financiers et logistiques sont importants :
« C’est l’argent du coup [qui joue sur la motivation]. Nous, on travaille beaucoup sur des formations qui sont prises en charge par le Conseil régional et qui permettent [à ces personnes] de suivre une formation gratuitement. Les problématiques sont souvent liées au financement et au temps (…). Souvent, ce sont des femmes seules avec enfants ; il y a une réalité du quotidien. Elles ont vraiment besoin de travailler », rappelle Astrid.
Comme souligné par l’une des accompagnatrices :
« Travailler sur les freins qu’il y a en périphérie, autour de cette insertion professionnelle, aide aussi à développer des projets. (…) Nous, on est dans le faire faire. Et justement les ateliers sont là pour apporter cette indépendance », souligne Sarah.
En parallèle, des formations accessibles en version mobile, adaptables et personnalisées, sont nécessaires pour favoriser un apprentissage évolutif. Dans ce sens, un potentiel assez important se dessine autour des plateformes d’apprentissage renforcées par les intelligences artificielles (IA) génératives.
Parcours en étapes
Certaines formations sont fondées sur des effets de modes ou éloignées des opportunités locales, ce qui peut générer encore plus de précarité :
« J’en ai des femmes qui travaillent dans le numérique, qui ont participé à un parcours pendant trois ans et, aujourd’hui, elles ne trouvent pas de boulot de développeur. Elles ont appris une partie, une technologie. Ensuite, il y a eu l’arrivée de l’IA. Et là, du coup, elles ont été larguées », estime Astrid.
Il semble crucial de penser à long terme et d’orienter ces femmes dans des parcours en étapes, en adéquation avec leurs souhaits, leurs capacités et en adéquation avec les besoins réels du marché.
Renforcer les liens entre les Régions, France Travail et les acteurs locaux du marché de l’emploi, ainsi que ceux entre les femmes évoluant dans le numérique apparaît essentiel pour mieux accompagner leur retour à l’emploi. Ces coopérations amélioreraient les orientations vers des opportunités d’insertion professionnelle réelles.
Former oui, mais à quoi et pourquoi ?
De nombreux acteurs prônent la formation et l’accompagnement des femmes au numérique dès le lycée et même avant.
Cette stratégie ne comblera pas les besoins du marché actuels ni ne résoudra à courte échéance le manque de parité dans les métiers du numérique.
S’intéresser aux femmes sorties de l’emploi et/ou souhaitant se reconvertir reste un élément clé pour accélérer la mixité dans l’univers du numérique dès aujourd’hui. Encore faut-il comprendre leurs freins, les lever et s’assurer que l’offre de formation corresponde à leurs attentes et aux besoins du marché.
Cette recherche s’intègre dans un projet plus vaste: « Dispositifs France Formation Innovante NUMérique – Deffinum.
Porté par un consortium représenté par l’Institut Catholique de Lille, la Fédération Nationale des Centres d’Information sur les Droits des Femmes et des Familles (FNCIDFF) et l’association Social Builder en qualité de chef de file.
Une partie de ce projet a été financé par la Banque des Territoires
Abir Karami et Mourad Ellouze ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.
La gestion ne peut pas être réduite à des chiffres. Il s’agit d’une matière vivante, qui crée des dispositifs. Pour mieux comprendre, l’œuvre du philosophe Michel Foucault est éclairante. Décryptage avec la mise en place d’outils dans le cadre de la transition bas carbone.
Cet article est publié dans le cadre d’un partenariat avec laRevue française de gestion, qui a fêté ses 50 ans en 2025.
La gestion n’est pas seulement cette activité, souvent caricaturée, de contrôle, de coordination et d’évaluation des performances. C’est également une activité plus exploratoire de conduite d’actions collectives inédites, comme organiser une transition écologique, numérique ou sanitaire.
Les objectifs, les moyens et les méthodes sont alors inventés chemin faisant. Dans de telles situations, le premier défi pour la recherche est de comprendre ce que gérer peut vouloir dire.
Pour cela, notre article paru dans la Revue française de gestion propose un cadre d’analyse, inspiré des travaux de Michel Foucault, que nous appelons « mise en dispositif ». Pourquoi cette formule et quels en sont les principes ? Pour y répondre, revenons d’abord sur le sens du mot « dispositif », puis sur l’usage qu’en a fait le philosophe, avant d’illustrer son intérêt sur l’exemple de la transition bas carbone.
Les deux sens du terme « dispositif »
Mot très usité dans la langue française, dispositif vient étymologiquement du latin dispositio qui désigne deux choses :
l’action de disposer des éléments en vue d’une finalité,
mais également l’une des dimensions de l’art rhétorique, agencer les arguments de façon à les rendre intelligibles.
Ces deux dimensions se retrouvent dans l’usage courant de la notion : l’assemblage d’éléments formant un tout cohérent en vue de répondre à une fonction ou d’atteindre une finalité (par exemple, on parle de dispositif technique, pédagogique…) et les stratégies rhétoriques qui accompagnent la mise en place de tout dispositif public.
Le terme a depuis longtemps colonisé l’univers de la gestion dans une acception proche du sens commun. Ainsi, un dispositif de gestion est souvent décrit comme un agencement déjà constitué de règles, d’outils et d’acteurs formant un ensemble cohérent en vue d’une finalité, par exemple un dispositif de gestion des compétences.
L’héritage de Michel Foucault
Une telle conception courante est statique. Elle ne dit rien des modalités d’émergence du dispositif : comment et par qui a-t-il été conçu ? En vue de quelles finalités ?
La question de la formation des dispositifs a été précisément le cœur de la réflexion du philosophe Michel Foucault pour étudier la conduite de nouvelles formes d’action collective. Il souligne trois points essentiels de la formation d’un dispositif :
son caractère finalisé et situé, qui répond à une urgence stratégique dans un contexte précis ;
son hétérogénéité (il est composé d’éléments discursifs, spatiaux, instrumentaux, humains, légaux, moraux, etc.) ;
l’activité collective qui constitue le « dispositif » en agençant ces éléments hétérogènes pour leur donner un sens et une capacité à orienter la conduite des acteurs.
Dans notre article, nous mettons en évidence la fécondité du cadre de la « mise en dispositif » pour comprendre les processus d’émergence de nouvelles formes d’action collective. L’accent est particulièrement mis sur l’activité d’agencement d’éléments hétérogènes (discours, instruments, savoirs, rôles des acteurs, architecture…) en vue de finalités révisables.
Nous soulignons également que ce processus de mise en dispositif ne part jamais d’une page blanche. Les nouveaux dispositifs se superposent ou viennent compléter des dispositifs déjà existants pour les articuler et leur donner une nouvelle finalité et un nouveau sens pour les acteurs.
Le point de départ de l’enquête est le suivant. Au milieu des années 2000, les dirigeants du groupe anticipent une évolution réglementaire en Europe : le bilan énergétique des bâtiments va être complété par un bilan carbone. La différence entre énergie et carbone ? L’enjeu n’est plus seulement d’améliorer l’isolation des bâtiments, mais de réduire l’empreinte carbone de leur fabrication, c’est-à-dire le choix des matériaux et des systèmes constructifs. Ceci implique un changement complet des méthodes de construction et des chaînes d’approvisionnement.
Or, à cette époque, le groupe n’a pas d’outils de calcul du carbone et n’a aucune solution à disposition. Plutôt que de décréter de grands objectifs, la direction choisit une voie plus modeste. Elle mandate un expert interne avec l’objectif de concevoir un bilan carbone simplifié, facilement appropriable par les opérationnels. Après une phase de test et de paramétrage, un outil de calcul est mis au point. Tous les chefs de projet ont alors l’obligation de chiffrer des variantes bas carbone, que le client le demande ou pas.
Un calcul qui ait du sens…
Pour que ce calcul ait du sens et produise des effets concrets s’engage un patient travail d’agencement de l’outil à toute une série d’éléments qui le complètent pour en faire un dispositif de gestion cohérent.
Des partenariats sur la conception de matériaux et solutions bas carbone sont lancés et testés sur des sites pilotes. Voici quelques exemples.
Un comité d’innovation bas carbone est créé. Un référentiel sectoriel de comptabilité carbone est construit en même temps qu’un label « bâtiments bas carbone », susceptible de préfigurer la réglementation. La conception de projets pilotes bas carbone permet de montrer la pertinence du concept.
Ce n’est qu’après un long processus de mise en dispositif qu’une feuille de route stratégique est enfin annoncée par le groupe. Elle sera régulièrement révisée au gré des événements et de l’élaboration d’autres dispositifs publics ou concurrents, alimentant, à leur tour, de nouveaux agencements.
La mise en dispositif, c’est cela, un processus multiforme, fruit d’initiatives locales et centrales dont le chercheur a pour mission de reconstituer minutieusement le processus, les effets attendus et inattendus, et les potentiels transformatifs.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Mohamad Fadl Harake, Docteur en Sciences de Gestion, Chercheur en Management Public Post-conflit, Université de Poitiers
La dynamique des organisations n’est pas toujours aisée à décrypter. La preuve avec ce profil particulier. En apprence, il est l’élément clé, la personne essentielle, toujours là pour trouver une solution quand un problème se pose. Et pourtant, dans certains contextes, ce collaborateur « sauveur » loin d’être la solution est surtout le symptôme d’un problème organisationnel majeur.
Dans certaines organisations, la personne qui sauve systématiquement la situation est parfois aussi celle qui a contribué, discrètement, à provoquer la crise. Ce paradoxe n’a rien d’anecdotique, mais correspond à un schéma bien identifié.
Lorsque la situation se dégrade, souvent de manière récurrente, c’est cette même personne qui rétablit l’ordre, parfois de façon spectaculaire. On pourrait la qualifier d’« indispensable ».
Mais des questions restent rarement posées : pourquoi l’organisation a-t-elle si souvent besoin d’être sauvée ? Et pourquoi est-ce presque toujours par la même personne ?
Le syndrome du sauveur renvoie à un schéma organisationnel récurrent. Il ne correspond pas aux formes les plus visibles du leadership toxique (ni supérieur autoritaire ni dirigeant colérique), mais à un profil plus discret, souvent plus coûteux pour l’organisation, celui d’un cadre expérimenté qui contribue à provoquer les crises dont il sera ensuite célébré comme le principal agent de la résolution.
Ce phénomène ne se maintient pas seul. Il s’inscrit dans une structure particulière impliquant trois autres acteurs. Au sommet se trouve souvent un dirigeant affaibli, désengagé, guidé par ses intérêts personnels ou simplement réticent à affronter les conflits. Il s’appuie alors sur le « sauveur » pour gérer les situations difficiles, en échange de sa protection, qui devient alors une ressource essentielle. La littérature décrit ce type de configuration à travers le concept de « triangle toxique », qui associe un leadership destructeur, des suiveurs vulnérables et un environnement propice.
Dans les configurations les plus problématiques, cette relation dépasse la simple dépendance fonctionnelle : le « sauveur » devient un allié stratégique de la direction générale, qui peut trouver dans cette alliance un moyen de préserver son pouvoir ou d’éviter toutes remises en cause du système existant.
Autour du « sauveur » gravite fréquemment un cercle de fidèles, des collaborateurs loyaux mais dépendants, dont l’avancement repose moins sur leurs compétences que sur leur proximité avec lui. Ce favoritisme nourrit une loyauté forte et peu critique. Cette dynamique correspond à ce que la littérature désigne comme du favoritisme relationnel, ou cronyism. Ensemble, ils brouillent les responsabilités, redirigent les décisions et compliquent discrètement le travail de toute personne susceptible de menacer cet équilibre.
La victime est souvent le manager compétent. C’est fréquemment la personne la plus solide sur le plan professionnel, mais aussi celle dont le potentiel est perçu comme une menace. Progressivement associée à des échecs qu’elle n’a pas causés, rarement reconnue pour ses réussites, elle finit souvent par quitter l’organisation. Le coût pour l’entreprise est considérable : temps managérial gaspillé, ressources détournées, climat de travail fragilisé et affaiblissement durable de la performance collective.
Les mécanismes à l’œuvre sont particulièrement reconnaissables pour celles et ceux qui ont déjà été confrontés à ce type de dynamique organisationnelle. Le cycle débute rarement par un sabotage manifeste. Il s’installe à travers une succession d’actions discrètes et difficilement imputables.
Cela peut être une information essentielle retenue au moment opportun, une tâche sensible confiée à un collaborateur loyal mais insuffisamment préparé, ou encore l’abandon progressif d’un processus pourtant éprouvé. Pris isolément, aucun de ces éléments ne constitue une faute grave. Leur efficacité réside précisément dans leur banalité, car ils se confondent avec le bruit de fond d’une organisation déjà complexe ou sous tension.
La crise finit alors par émerger. Un projet échoue, un client exprime son mécontentement, une défaillance opérationnelle survient. C’est à ce moment que le « sauveur » adopte une posture contre-intuitive, puisqu’il choisit d’attendre. Il se retire suffisamment pour laisser la situation se dégrader, tandis que ses alliés orientent progressivement le récit des événements. Le manager compétent, devenu bouc émissaire, se retrouve alors à gérer la crise avec des moyens limités, souvent sans réel soutien.
Une résolution rapide
Puis, lorsque la situation devient critique, le « sauveur » intervient. La résolution est généralement rapide, précisément parce qu’il maîtrise déjà les leviers de sortie de crise. Cette logique rappelle le phénomène de Munchausen at work, où un individu provoque ou entretient un problème afin d’être ensuite reconnu pour sa capacité à le résoudre.
C’est cette répétition qui transforme l’épisode en cycle plutôt qu’en incident isolé. Le bouc émissaire s’affaiblit ou quitte l’organisation. Les fidèles du « sauveur » consolident leur position. Le dirigeant, convaincu de la valeur de la personne qu’il identifie comme un sauveur, va lui donner encore plus d’autonomie.
L’organisation retrouve alors un équilibre seulement apparent. Derrière un calme précaire restauré, se prépare souvent la crise suivante et, avec elle, la nécessité d’un nouveau sauvetage.
Pourquoi ce cycle se prolonge-t-il ?
On pourrait penser qu’un système aussi fragile finirait par s’effondrer sous le poids de ses contradictions. Pourtant, c’est rarement le cas. Cette résilience tient moins au hasard qu’à l’architecture même de l’organisation.
Le syndrome du sauveur est difficile à détecter précisément parce qu’il produit, en apparence, des résultats. Les crises sont résolues, les indicateurs de performance demeurent suffisamment acceptables pour éviter toute remise en question approfondie. Vue de l’extérieur, cette dynamique peut même être perçue comme une preuve de compétence. Cela aide à comprendre pourquoi certains profils narcissiques ou fortement centrés sur leur autopromotion accèdent plus facilement au pouvoir. En effet, ils excellent souvent davantage dans l’art d’être sélectionnés que dans l’exercice réel du leadership).
Les circuits de remontée d’information sont souvent compromis. Toute critique visant le « sauveur » remonte vers un dirigeant auprès duquel il est devenu indispensable. La sortie de ce cycle devient d’autant plus difficile lorsque les mécanismes de protection institutionnelle jouent en sa faveur.
Dès lors que la direction générale tire elle-même bénéfice du maintien de cet équilibre (par intérêt, faiblesse, corruption ou simple volonté de préserver le statu quo) les alertes sont neutralisées et toute tentative de changement devient structurellement coûteuse. Le partage des connaissances se dégrade lui aussi, puisque l’information est concentrée plutôt que diffusée, la rétention du savoir devenant parfois une véritable stratégie de pouvoir).
Impuissance apprise généralisée
Un effet plus discret s’installe également sur le plan psychologique. Les collaborateurs apprennent à ne plus résoudre les problèmes de manière autonome, car l’initiative devient risquée tandis que la déférence apparaît plus sûre. Une forme d’impuissance apprise peut alors émerger, avec des effets durables sur la performance.
Le coût réel apparaît souvent là où les indicateurs classiques regardent peu. Les équipes ne s’effondrent pas nécessairement (le « sauveur » veille précisément à l’éviter), mais elles cessent peu à peu d’exprimer leurs désaccords ou de signaler les erreurs. Lorsque les problèmes ne remontent plus, l’apprentissage collectif se dégrade et la performance finit par s’éroder.
Il convient toutefois d’éviter toute généralisation excessive. Tous les leaders capables de résoudre des crises ne relèvent pas de cette logique. La différence essentielle se lit dans la trajectoire. Les leaders efficaces cherchent à réduire leur caractère indispensable. Ils documentent les processus, délèguent les responsabilités et développent les compétences de leurs équipes. Le « sauveur », à l’inverse, renforce la dépendance organisationnelle. Chaque crise résolue consolide son emprise et rend la suivante un peu plus probable, jusqu’à ce que l’organisation finisse par croire qu’aucune solution n’est possible sans lui.
Briser le cercle infernal
Quelques repères simples permettent pourtant d’identifier des signaux souvent visibles, mais rarement interprétés comme tels, et peuvent aider à enrayer cette dynamique.
Le premier consiste à examiner systématiquement l’origine des crises autant que leurs modalités de résolution. Lorsque les perturbations et les solutions convergent, de manière récurrente, vers une même personne, ce schéma mérite une attention particulière.
Le deuxième concerne la circulation des connaissances. Il est utile d’évaluer la capacité de transfert des savoirs au sein de l’organisation. Lorsqu’un individu résiste activement au partage de ses pratiques ou peine à expliquer pourquoi ses fonctions ne pourraient être assurées en son absence, il ne s’agit pas nécessairement d’expertise. Cela peut aussi révéler un pouvoir fondé sur la dépendance.
France Inter, 2020.
Le troisième signal réside dans l’analyse des départs. Les pertes de talents se concentrent souvent autour de certaines personnes plutôt qu’autour de services entiers. Ces départs sont rarement dépourvus de causes structurelles.
Au-delà de ces indicateurs, la création de véritables espaces de parole constitue sans doute le levier le plus efficace pour modifier durablement cette situation. Ces dispositifs doivent permettre aux collaborateurs de signaler des dysfonctionnements en dehors des circuits hiérarchiques habituels, dans des conditions de sécurité psychologique suffisantes pour s’exprimer sans crainte de représailles.
L’efficacité de ces mécanismes ne repose d’ailleurs pas uniquement sur leur usage effectif. Leur simple existence peut déjà produire un effet dissuasif, en limitant la capacité d’un acteur à monopoliser l’information ou à entretenir une dépendance organisationnelle. En définitive, la question la plus révélatrice n’est peut-être pas : « Que ferions-nous sans cette personne ? », mais plutôt : « Pourquoi personne d’autre ne peut-il accomplir cette fonction ? »
Lorsqu’aucune réponse convaincante n’émerge, il est possible que le cycle soit déjà installé. Lorsqu’il devient difficile d’imaginer la survie d’une organisation sans une figure héroïsée, ce sentiment mérite d’être interrogé. Il peut traduire une expertise réelle ou une admiration légitime. Mais il peut aussi révéler la forme la plus aboutie d’une dépendance soigneusement construite.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Industria petroquímica en el Camp de Tarragona.Mahdi Gheitasi
¿Viviría cerca de un complejo petroquímico? Es muy probable que responda negativamente por los riesgos para la salud que asociamos a estas instalaciones. Normalmente pensamos en grandes accidentes, emisiones tóxicas o contaminación, pero para las personas que habitan próximas a ellas, el riesgo también forma parte de la vida diaria. Se percibe a través de olores fuertes, ruido constante y cambios en el paisaje.
Estos factores afectan a la sensación de seguridad en las ciudades y en los barrios, y también influyen en el bienestar y en cómo se valora la calidad del entorno. En este sentido, el riesgo industrial no aparece solo en momentos de crisis. Se construye de forma continua en el contacto diario con el entorno industrial.
Para evaluar cómo las personas perciben esa inseguridad y sus efectos, hemos llevado a cabo un estudio comparativo en el Camp de Tarragona (España) y Teherán (Irán). El trabajo revela que el impacto de estas instalaciones va mucho más allá de la contaminación o los accidentes. El riesgo industrial no es solo un problema técnico o ambiental, sino también una experiencia social cotidiana que influye en cómo las comunidades urbanas perciben y habitan su entorno.
Situación de la industria petroquímica (en rojo) en el Camp de Tarragona (en negro). Mahdi Gheitasi, CC BY-SA
El riesgo como parte de la vida diaria
Con el fin de entender este fenómeno, empleamos una encuesta en línea asociada a un sistema de información geográfica para localizar las respuestas en un mapa. Se pidió a los residentes que identificaran las áreas que percibían como fuentes de riesgo tecnológico, así como las ubicaciones que consideraban potencialmente afectadas por accidentes industriales. Además, se recopiló información sociodemográfica como la edad, el género, el nivel educativo y los ingresos.
El Camp de Tarragona concentra alrededor de 30 empresas químicas y petroquímicas en dos grandes zonas industriales próximas a áreas residenciales, constituyendo uno de los principales clústeres petroquímicos del sur de Europa.
En Teherán, la refinería de petróleo, establecida en 1968 al sur de la ciudad, se ha ido integrando progresivamente en una trama urbana en expansión. Originalmente construida en una zona relativamente aislada, hoy se encuentra rodeada por usos residenciales, industriales e incluso agrícolas como resultado de la rápida expansión urbana tras la Revolución Islámica. La refinería continúa operando a plena capacidad y sigue siendo un componente crítico del sistema energético de Irán.
Situación de la refinería de petróleo en Teherán. Mahdi Gheitasi
Aunque ambas regiones están fuertemente marcadas por la actividad petroquímica, sus trayectorias urbanas, patrones de crecimiento y formas de integración entre industria y ciudad son claramente diferentes. Esto influye en la percepción social del riesgo y en la relación entre paisaje, industria y salud.
Cómo se percibe el riesgo industrial
Las diferencias en la percepción del riesgo entre ambas regiones son claras. En el Camp de Tarragona, la mayoría de las personas percibe un riesgo alto o muy alto. El 57,82 % se sitúa en estas categorías, mientras que el 26,53 % expresa una preocupación media. Solo el 13,38 % considera el riesgo bajo. El 2,27 % lo percibe como muy bajo o inexistente.
En conjunto, la percepción se concentra en los niveles altos. Esto ocurre en un territorio con una fuerte presencia de actividad petroquímica.
Industria petroquímica en el Camp de Tarragona. Mahdi Gheitasi, CC BY
En Teherán, la percepción del riesgo está más repartida. El 24,54 % reporta niveles altos o muy altos, el 29,09 % señala un nivel medio, el 18,64 % lo considera bajo y el 13,64 %, muy bajo. El 14,09 % no percibe riesgo. Esto muestra que la población interpreta su exposición de formas más variadas.
Refinería de petróleo de Teherán. Mahdi Gheitasi
¿Quién percibe más riesgo?
En ambas regiones, la percepción del riesgo no se distribuye de forma uniforme. Las mujeres tienden a expresar más preocupación que los hombres. En Teherán, ellas son mayoría entre las personas encuestadas y concentran gran parte de quienes perciben un riesgo alto o muy alto.
La edad también influye en la percepción, ya que las personas mayores suelen mostrar más preocupación que las más jóvenes. El nivel educativo es otro factor relevante, ya que los individuos con más estudios suelen identificar más riesgos ambientales y de salud relacionados con la actividad industrial.
Estos resultados sugieren que la percepción del riesgo no depende solo de la cercanía a las industrias: también está relacionada con factores sociales y demográficos.
Mapear el riesgo industrial en la ciudad
En el Camp de Tarragona, el riesgo se concentra cerca de las principales zonas petroquímicas. Destacan Tarragona, La Canonja y La Pobla de Mafumet. Los residentes identifican estas áreas como las principales fuentes de riesgo tecnológico.
En Teherán, la percepción del riesgo se concentra en el sur y el oeste de la ciudad, zonas próximas a la refinería y a barrios residenciales. Algunas áreas militares en el este también se perciben como zonas de riesgo, lo cual indica que dicho riesgo no se asocia solo a la actividad industrial.
En ambos casos, el riesgo no se limita a las zonas industriales, sino que se extiende a los barrios y áreas urbanas cercanas.
Cuando el riesgo industrial se integra en la ciudad
El riesgo ya no se limita a las fábricas o a zonas industriales claramente definidas. También forma parte de la vida cotidiana en la ciudad. La infraestructura urbana, el crecimiento de las ciudades y las condiciones ambientales influyen en esta percepción. La experiencia de vivir cerca de la industria también es clave.
A medida que las ciudades crecen alrededor de estos espacios, la frontera entre lo industrial y lo urbano se vuelve cada vez menos clara. La distancia física ya no explica por sí sola cómo se percibe el riesgo en el territorio.
Comprender estas percepciones es fundamental, ya que el riesgo industrial depende de cómo las personas interpretan y viven los lugares donde residen.
Mahdi Gheitasi forma parte del equipo de investigación del proyecto RESTAURA, que recibe financiación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España a través del proyecto PID2020-114363GB-I00.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Izquierdo-Pulido, Catedrática del Departamento de Nutrición, Ciencias de la Alimentación y Gastronomía, Universitat de Barcelona
El magnesio se ha convertido en uno de los suplementos estrella. Las motivaciones para consumirlo son múltiples: dormir mejor, reducir el estrés, evitar calambres, tener más energía o prevenir carencias. Las redes sociales han amplificado su popularidad y muchas personas lo toman con la idea de que es una solución sencilla para sentirse mejor. El problema es que a menudo se confunden funciones fisiológicas reales con beneficios clínicos que, en personas sanas, están poco demostrados.
Pero ¿qué dice realmente la ciencia?
Un suplemento no mejora una dieta pobre
El magnesio es un mineral esencial. Participa en centenares de reacciones enzimáticas y es necesario para el metabolismo energético, la función muscular y nerviosa, la síntesis de proteínas, el mantenimiento de los huesos y el equilibrio electrolítico.
Una ingesta insuficiente puede asociarse a fatiga, debilidad o alteraciones neuromusculares. Pero una cosa es que el magnesio sea imprescindible y otra muy diferente es que suplementarlo resulte útil para todo el mundo. En nutrición, más no siempre quiere decir mejor. De hecho, el beneficio de un suplemento, ya sean vitaminas o minerales, es claro cuando hay un déficit; en cambio, el efecto es mucho menos evidente cuando las necesidades ya se cubren con la alimentación.
Las mejores fuentes dietéticas de magnesio son los cereales integrales, las verduras de hoja verde, las legumbres, los frutos secos, las semillas y el cacao puro. En muchas personas, incorporar más de estos alimentos tendría más sentido que añadir una cápsula. Un suplemento no mejora una dieta pobre: la sustituye de manera ilusoria. Confiar en que una píldora compensará lo que no comemos es engañarse a uno mismo. Y una idea que, por desgracia, resulta muy rentable para quien la vende.
En la Unión Europea hay alegaciones de salud autorizadas para el magnesio: que contribuye a reducir el cansancio, al metabolismo energético normal y a la función muscular y nerviosa. Son declaraciones ciertas en sentido fisiológico, pero no significan que un suplemento de magnesio actúe como un energizante o relajante universal. Indican, simplemente, que el organismo necesita este mineral para funcionar bien.
Promesas del magnesio versus qué dice la ciencia
También se ha popularizado la idea de que cada problema requiere una forma concreta de magnesio: citrato para el estreñimiento, bisglicinato para el sueño, malato para el cansancio, treonato para el cerebro.
Es cierto que las distintas sales varían en su absorción y tolerancia digestiva, pero demostrar que una sal concreta es clínicamente superior para dormir o para reducir el estrés en personas sanas es otro tema. Este “recetario de sales” es hoy más una estrategia de marketing que una conclusión científica.
La ciencia matiza cada una de estas promesas. El sueño es uno de los reclamos más populares: el magnesio interviene en la excitabilidad neuromuscular y en procesos de relajación, lo que le proporciona una base biológica plausible.
Aun así, la evidencia clínica es bastante limitada: un ensayo clínico reciente en adultos con mala calidad del sueño apunta a una reducción modesta del tiempo necesario para conciliar el sueño. No obstante, hacen falta más estudios clínicos, con muestras más amplias y medidas objetivas del sueño, antes de poder afirmar con solidez que el magnesio mejora la calidad del descanso. De hecho, la Unión Europea no tiene aprobada ninguna declaración de propiedades saludables que relacione este mineral con la mejora del sueño.
Con los calambres musculares para algo parecido. Las revisiones disponibles no muestran un beneficio claro en personas que los experimentan de forma habitual, y la idea de que “el magnesio elimina los calambres” es demasiado simplista.
En cuanto a la energía, el organismo no funciona como un depósito que se llena indefinidamente: si las necesidades ya están cubiertas, añadir más magnesio no produce más energía. El beneficio esperable es corregir una deficiencia, no convertir un mineral en un estimulante.
En personas con enfermedad renal o que toman determinados medicamentos el riesgo es mayor. Además, puede interferir con algunos antibióticos y fármacos para la osteoporosis si se toman al mismo tiempo.
Todo junto invita a una reflexión más amplia. En una población sana, la mayoría de complementos alimentarios no son necesarios si la dieta es suficiente, completa y equilibrada. Algunos pueden ser útiles en situaciones concretas –déficits diagnosticados, necesidades aumentadas o indicaciones clínicas–, pero eso no justifica su uso generalizado.
El problema no es solo el producto, sino también el mensaje que lo acompaña. La idea de que una cápsula puede compensar la falta de sueño, el estrés crónico o unos hábitos poco saludables resulta muy atractiva desde el punto de vista comercial, pero responde más a intereses de mercado que a necesidades reales de salud pública.
El magnesio no es una moda sin fundamento: es un nutriente esencial con funciones muy importantes. La pregunta no debería ser “¿qué suplemento me falta?”, sino “¿realmente lo necesito o simplemente me lo han vendido bien?”. La mejor recomendación sigue siendo la que parece “menos atractiva”, pero también la más sólida: primero, los alimentos y, solo cuando sea necesario, una suplementación bien indicada por un profesional sanitario.
Maria Izquierdo-Pulido recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.
Isabella Parilli Moser recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.
Maria Fernanda Zeron Rugerio recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By César San Juan, Profesor de Psicología Criminal. Dpto. Psicología Social, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Desde tiempos remotos, la cultura popular ha atribuido a la Luna llena la capacidad de alterar el comportamiento humano y desatar impulsos violentos. De hecho, la palabra “lunático” tiene ese origen. Sin embargo, la investigación científica no ha encontrado pruebas sólidas de que este cuerpo celeste rocoso condicione nuestro comportamiento.
Donde sí encontramos evidencia empírica, y cada vez más robusta, es en la relación entre las altas temperaturas y el incremento de la violencia. No es la Luna lo que debería preocuparnos. Es el Sol.
El calor como detonante: qué dice la ciencia
Recientes estudios sobre la relación entre temperatura y crimen ha producido hallazgos tan reveladores como inquietantes. Un metaanálisis publicado en Environmental Health Perspectives, que analizó estudios publicados entre 1946 y 2023, concluyó que las temperaturas elevadas se asocian de forma consistente con mayores tasas de criminalidad, especialmente de carácter violento. Y en Finlandia , la temperatura ambiente explicó el 10% de la varianza en la tasa de crimen violento a lo largo de más de una década, con un aumento del 1,7% por cada grado centígrado adicional.
Otro estudio sobre 44 ciudades estadounidenses entre 2005 y 2022 encontró que el riesgo de ser víctima de un delito era especialmente alto en aquellas localidades donde las temperaturas se desviaban de sus registros históricos.
¿Cómo se explican estos hallazgos? Por un lado, la hipótesis temperatura-agresión sostiene que el calor produce un estrés fisiológico que incrementa la irritabilidad, reduce el autocontrol e induce impulsividad. Por otra parte, la teoría de las actividades rutinarias sugiere que, cuando hace calor, la gente sale más, cambia sus hábitos, y aumentan las oportunidades de encuentro entre potenciales agresores y posibles víctimas.
Lejos de ser mutuamente excluyentes, probablemente ambos mecanismos actúan en paralelo.
Violencia en el hogar: el espacio privado no es más seguro
El efecto del calor no se limita al espacio público. La violencia intrafamiliar y, de forma especialmente preocupante, la violencia de género siguen un patrón estacional bien documentado. En Estados Unidos, el Bureau of Justice Statistics constató que las tasas de violencia en la pareja son significativamente más altas en verano (un 12%) que en el resto del año.
En España, las cifras son especialmente elocuentes. Según datos del Ministerio de Igualdad, se observa una pauta estacional persistente: los meses con mayor concentración de víctimas son los de verano y las vacaciones navideñas. Esta doble estacionalidad –verano y Navidad– revela algo crucial: no es solo el calor lo que importa (o el frío) sino la convivencia forzosa. Las vacaciones implican más horas compartidas entre víctima y agresor, un mayor aislamiento de la mujer respecto a su red de apoyo social y posibles tensiones económicas añadidas.
Sea como fuere, es imprescindible subrayar un matiz fundamental: el calor no “crea” maltratadores. La violencia de género es un problema estructural, arraigado en dinámicas de poder y control. Lo que las altas temperaturas pueden hacer es aumentar las probabilidades de que un potencial agresor pierda el control de sus impulsos. El factor ambiental actúa como desencadenante, no como causa.
La sombra del cambio climático
Si la temperatura y la violencia están vinculadas, el cambio climático añade una dimensión preocupante a este panorama. Un estudio publicado en Environmental Research Letters en el 2020 combinó modelos estadísticos de crimen con 42 modelos climáticos globales y proyectó que Estados Unidos podría sufrir entre 2,3 y 3,2 millones de crímenes violentos adicionales entre 2020 y 2099, dependiendo del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero.
La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja. Las regiones con mayor vulnerabilidad social, menor acceso a climatización y tejidos urbanos más densos –las llamadas “islas de calor” urbanas– experimentarán este efecto con mayor intensidad. La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja.
La “buena” noticia es que estas proyecciones son sensibles al escenario de emisiones. Los mismos modelos muestran que un calentamiento limitado a 1,5ºC (el umbral del Acuerdo de París) implicaría daños significativamente menores que un escenario de emisión sin restricciones. Dicho de otro modo, cada décima de grado que se evite no solo preserva glaciares y ecosistemas: también puede salvar vidas en los barrios más vulnerables de nuestras ciudades.
La Luna, con toda su carga poética y simbólica, no altera las estadísticas criminales. El aumento de la temperatura terrestre sí lo hace. La evidencia acumulada en décadas de investigación criminológica, epidemiológica y psicológica dibuja un panorama meridiano: el calor extremo incrementa la agresión en el espacio público, amplifica el riesgo de violencia intrafamiliar y, con la llegada del cambio climático, amenaza con convertirse en un factor de inseguridad de primera magnitud.
Entender estos patrones puede ayudarnos a diseñar políticas públicas más eficaces: reforzar los servicios de atención a víctimas de violencia de género durante los meses estivales, intensificar la presencia policial en momentos y espacios de mayor riesgo, o integrar la variable climática en los modelos de prevención del delito.
César San Juan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.