¿Se puede medir el sufrimiento humano? Una pregunta incómoda para la medicina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José María Domínguez Roldán, Profesor de Bioética de la Facultad de Ciencias de la Salud y de la Vida, Universidad CEU Fernando III

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En la práctica clínica contemporánea pocos conceptos resultan tan decisivos y, a la vez, tan elusivos como el de sufrimiento. A pesar de su centralidad en la medicina, particularmente en los ámbitos de la enfermedad grave, la cronicidad y el final de la vida, la literatura muestra una notable pobreza en su clasificación. Esta carencia no es meramente académica: tiene consecuencias directas en la toma de decisiones clínicas, éticas y jurídicas.

En España, la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia introduce un elemento de singular relevancia. En los dos supuestos habilitantes para solicitarla, figura como criterio la existencia de un “sufrimiento intolerable”. Esta formulación, aparentemente clara, encierra dificultades de primer orden: ¿cómo se mide el sufrimiento? ¿Qué tipo de sufrimiento se está considerando? ¿Bajo qué criterios puede calificarse como intolerable o irreversible?

El primer problema es conceptual. Como ya señalara el médico estadounidense Eric J. Cassell, el padecimiento no se identifica exclusivamente con el dolor físico ni se limita a él, sino que constituye una amenaza percibida para la integridad de la persona en su conjunto. De ahí se deriva una afirmación capital: no sufren los cuerpos, sino las personas. Esa idea obliga a renunciar a cualquier intento de reducir el sufrimiento a parámetros exclusivamente biológicos y a reconocer su carácter radicalmente impersonal.

Sin embargo, esta ampliación conceptual introduce una segunda dificultad: es una experiencia subjetiva. A diferencia de otros parámetros clínicos (un dato analítico o una prueba de imagen), no se puede cuantificar directamente. Solo puede ser referido por quien lo experimenta. Y lo que constituye una fuente de sufrimiento para una persona puede no serlo para otra. Esta subjetividad hace que su valoración clínica sea indirecta y mediada por la interpretación.

Las tres dimensiones del sufrimiento

Ante esta complejidad, resulta imprescindible avanzar hacia una clasificación, aunque sea de carácter operativo. Desde una perspectiva médica integradora cabe distinguir, al menos, tres dimensiones relevantes del sufrimiento:

  • Orgánico. Este es derivado de alteraciones físicas y medibles: dolor, falta de aire, fatiga crónica, etc. Posee una base biológica identificable y, en principio, susceptible de intervención terapéutica. Sin embargo, la relación entre lesión y sufrimiento es compleja: el dolor no siempre genera un sufrimiento proporcional, y no todo sufrimiento se debe a un daño orgánico.

  • Emocional o psicológico. Vinculado a estados afectivos como la ansiedad, la depresión, el miedo y la culpa. Este tipo de padecimiento puede coexistir con una enfermedad orgánica o presentarse de forma relativamente autónoma. Su relevancia es indiscutible en contextos como el diagnóstico de enfermedad grave y la pérdida de autonomía.

  • Existencial o espiritual. Este es, probablemente, el más difícil de estudiar. Se refiere a la percepción de pérdida de sentido, de identidad o de dignidad. Aparece de forma paradigmática en situaciones de enfermedad avanzada, dependencia o vulnerabilidad extrema. Nos recuerda que el ser humano es, en esencia, un Homo patiens.

A estas dimensiones cabe añadir otras complementarias. Por ejemplo, el sufrimiento social, derivado del aislamiento o la pérdida de rol. O el moral, asociado a conflictos de valores. En conjunto, estas formas configuran una experiencia multidimensional que no puede fragmentarse sin empobrecer su comprensión.

El sufrimiento invisible

Conviene subrayar, además, que el sufrimiento no se limita a los escenarios clínicos clásicos. Está presente en múltiples situaciones humanas, muchas de ellas invisibles o insuficientemente reconocidas.

Un ejemplo relevante es el suicidio. En España, según datos oficiales, en 2024 se registraron 3 953 defunciones por esa causa. La cifra, por sí sola, revela que el sufrimiento, especialmente el de naturaleza psíquica, constituye un fenómeno mucho más amplio, profundo y extendido de lo que a menudo se reconoce en el debate público.

El padecimiento que conduce al suicidio no siempre es visible ni fácilmente objetivable, pero su realidad es incuestionable.

¿Tratable o irreversible?

Otro problema es la dificultad para diferenciar entre el sufrimiento tratable y el considerado irreversible.

Desde un punto de vista clínico, la irreversibilidad suele asociarse con la evolución de una enfermedad o con la ausencia de alternativas terapéuticas eficaces. Sin embargo, cuando el sufrimiento es de naturaleza psicológica o existencial, esta categoría se vuelve extraordinariamente incierta. La historia clínica muestra que las experiencias de sufrimiento intenso pueden modificarse con el tiempo, mediante intervención terapéutica, acompañamiento o cambios vitales.

Finalmente, merece atención específica el sufrimiento asociado a la enfermedad mental. Se trata de una modalidad singular, caracterizado por su intensidad y, en ocasiones, por su dificultad para ser comunicado. Con frecuencia, además, es objeto de sospecha o de infravaloración social, lo que añade una carga adicional al propio padecimiento.

En definitiva, el sufrimiento humano no es una magnitud fácilmente medible, sino una experiencia compleja, multidimensional y profundamente personal. La medicina debe resistir la tentación de simplificarlo. El derecho, cuando lo utiliza como criterio decisivo, debe hacerlo con plena conciencia de sus límites. Porque allí donde intentamos medir, el sufrimiento nos recuerda que comprender sigue siendo, en último término, la tarea esencial.

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José María Domínguez Roldán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Así aumentan la contaminación urbana los semáforos mal gestionados

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrique Baquero, Investigador del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente (BIOMA) y profesor de la Facultad de Ciencias, Universidad de Navarra

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La contaminación urbana causada por el tráfico no solo depende del número de vehículos: la composición de la flota, el tipo de vía, la ventilación urbana y –de manera crucial– la gestión del tráfico influyen de forma significativa. Además del CO₂, son contaminantes importantes el dióxido de nitrógeno (NO₂), el monóxido de carbono (CO) y las partículas finas (sobre todo hasta 2.5 micrómetros o PM₂.₅), que tienen efectos graves sobre la salud respiratoria y cardiovascular.

Estas partículas provienen tanto de emisiones directas —como el desgaste de frenos, neumáticos y la propia combustión de los hidrocarburos— como de la resuspensión del polvo acumulado en las calzadas.

Congestión urbana y emisión de contaminantes

La congestión urbana se produce cuando la demanda de tráfico supera la capacidad de las vías. Esto reduce la velocidad media, aumenta el tiempo de viaje y eleva tanto las emisiones como el consumo de combustible, especialmente cuando predominan las situaciones de paradas y arranques (conocidas en inglés como stop-and-go).

En escenarios con un volumen de tráfico similar, la fluidez del tráfico determina el impacto sobre la calidad del aire. Una gestión eficiente de la circulación de vehículos puede reducir las emisiones tanto globales como los picos de contaminación, aunque la magnitud de este efecto depende de factores como la composición del parque móvil, la geometría urbana y la meteorología.




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Intersecciones y semáforos

Las intersecciones reguladas por semáforos suelen convertirse en puntos calientes de contaminación, ya que concentran colas de vehículos, frenadas y arranques en espacios reducidos. El número de paradas por vehículo y la variabilidad de la velocidad son predictores relevantes de las emisiones.

Además, las frenadas y los arranques repetidos aumentan la emisión de partículas por desgaste de frenos y neumáticos, y favorecen la resuspensión del material acumulado en la calzada. En algunos casos, soluciones como las rotondas o el calmado del tráfico —por ejemplo, rugosidad en la calzada, barreras horizontales o elementos visuales en los laterales— pueden reducir las paradas. No obstante, su efectividad, entre entre el 30 y el 60 %, depende del diseño urbano y de las condiciones de seguridad vial.

Los ciclos de detención y aceleración generados por semáforos no sincronizados, junto con una conducción agresiva, pueden aumentar las emisiones hasta un 60 %.

Este efecto resulta especialmente perjudicial en zonas urbanas densas, donde la proximidad entre los focos emisores y la población expuesta incrementa el riesgo sanitario. Las concentraciones locales de NO₂ y PM₂.₅ pueden elevarse de forma considerable, con consecuencias graves para la salud: exacerbación del asma, empeoramiento de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y aumento del riesgo cardiovascular, especialmente en niños, personas mayores y pacientes con enfermedades preexistentes.

Por tanto, la gestión del tráfico no debe evaluarse solo en términos de capacidad viaria o tiempo de viaje, sino también por su impacto sobre la exposición de la población a estos contaminantes.

Monitorización avanzada y semáforos inteligentes

Existen sistemas avanzados capaces de medir la contaminación en tiempo real mediante cámaras de tráfico, sensores ambientales y modelos de dispersión de contaminantes.

La acumulación de contaminantes depende en gran medida de la morfología urbana: la altura de los edificios, la presencia y forma de árboles y setos, la longitud de las calles o su orientación respecto a los vientos dominantes pueden favorecer o dificultar la dispersión. Por ello, algunas vías e intersecciones son especialmente sensibles a la concentración de contaminantes emitidos por los vehículos. Los modelos que integran estos factores permiten identificar puntos críticos donde la dispersión es baja y donde resulta prioritario actuar para mejorar la fluidez del tráfico.

Estas herramientas permiten detectar tramos e intersecciones en los que la conducción con arranques y paradas genera emisiones mucho mayores que una circulación más estable. La monitorización avanzada es útil para diseñar intervenciones de movilidad urbana, ajustar los ciclos semafóricos, priorizar el transporte público y restringir el tráfico en momentos críticos. Así, no solo se identifica el problema, sino que también se puede intervenir sobre los puntos más problemáticos.

Los semáforos inteligentes ajustan los tiempos de espera y circulación en función de la demanda real de tráfico. Estos sistemas pueden reducir las emisiones al disminuir el número de detenciones, suavizar las aceleraciones y mejorar la fluidez del tráfico. Esto también ayuda a reducir el consumo de combustible.

Los porcentajes de mejora varían según la ciudad y el tipo de vía. Sin embargo, la principal ventaja de los semáforos inteligentes es que reducen los episodios de conducción más contaminantes: no solo agilizan el tráfico, sino que también mejoran su eficiencia.

¿Y si no hay semáforos?

La eliminación de semáforos en algunos entornos urbanos, como en la ciudad de Drachten, en Países Bajos, ha mejorado la fluidez del tráfico y reducido las emisiones al eliminar detenciones innecesarias.

Sin embargo, esta solución no es aplicable a todas las ciudades ni a todas las intersecciones. Su viabilidad depende de factores como la intensidad del tráfico, la velocidad de circulación, la seguridad vial y la protección de peatones y ciclistas. Por tanto, no puede afirmarse que eliminar semáforos reduzca siempre la contaminación. Lo que sí puede sostenerse es que una gestión del tráfico adaptada al contexto urbano, con o sin semáforos, puede mejorar la fluidez y reducir las emisiones.

En definitiva, no solo importa cuántos vehículos circulan, sino también cómo lo hacen. La forma en que se mueve el tráfico influye directamente en las emisiones de CO₂, NO₂, CO y PM₂.₅, así como en la exposición de la población a estos contaminantes. Las intersecciones y los corredores congestionados concentran tanto las emisiones como a las personas expuestas.

Una gestión eficiente de los semáforos puede ser clave para mejorar la calidad del aire y la salud pública, además de optimizar la eficiencia del tráfico.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Así aumentan la contaminación urbana los semáforos mal gestionados – https://theconversation.com/asi-aumentan-la-contaminacion-urbana-los-semaforos-mal-gestionados-282619

900 años de Urraca I de León: querer fue su poder

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Alberto Moráis Morán, Director del Departamento de Patrimonio Artístico y Documental/ Profesor Titular, Universidad de León

Retrato de la reina Urraca I de León pintado por Carlos Múgica y Pérez en el siglo XIX. Museo del Prado

La Historia Compostelana, importantísima crónica redactada en la sede jacobea durante el primer tercio del siglo XII, recoge una declaración de viva voz de Urraca I: “(…) El emperador Alfonso, al acercarse la hora de su muerte, me entregó en Toledo todo su reino (…)”.

Muerto el infante Sancho Alfónsez en la batalla de Uclés un año antes, tras el fallecimiento del rey Alfonso VI, debía reinar ella, la hija primogénita (Sahagún, 1080-Saldaña, 1126), viuda de Raimundo de Borgoña desde 1107. Así, por primera vez en la Europa latina una mujer se convertía en soberana propietaria de un reino.

Efigie de Urraca I sobre un caballo.
Efigie de Urraca I del Tumbo A.
Archivo de la catedral de Santiago de Compostela.

El 1 de julio de 1109, sin acompañamiento ni mediación masculina, Urraca I comenzó a gobernar Hispania, integrada por los reinos de León, Galicia, Castilla y Toledo, el condado de Portugal y los dominios de Campos y las Extremaduras. Las acciones y circunstancias de la Inperatrix moldearon en el regnum legionense formas inéditas de gobierno de profundo alcance histórico y cultural.

Del trono al rechazo historiográfico

En el desarrollo del gobierno de Urraca I hubo dos asuntos determinantes. Por un lado, el Infantazgo, una institución feudal específica de León había sido gestada por Ramiro II y su hija Elvira y que asignaba a una mujer célibe de la familia real la gestión de un vasto patrimonio y la memoria política del linaje. Por otro lado, fue esencial la reactivación en el inicio de su reinado de las relaciones con la todopoderosa Orden de Cluny –vínculo heredado de sus padres, Alfonso VI y Constanza de Borgoña–.

Urraca I necesitaba neutralizar las aspiraciones sobre la Corona leonesa de su cuñado Enrique de Borgoña, quien pretendía destronar a la soberana con el respaldado de la gran abadía borgoñona. Así, con un propósito estratégico, Urraca I ya había entregado a Cluny el monasterio gallego de San Vicente de Pombeiro. En 1120 la reina donó además a Cluny la iglesia de San Nicolás de Villafranca.

Urraca I había sido educada en el principio del buen gobierno por Pedro Ansúrez y su esposa Elo Alfonsez, y también por los presbíteros Pedro y Sancho y el canónigo burgalés Domingo Falcóniz. A lo largo de los diecisiete años que mediaron entre su coronación y su muerte, la reina se rigió por una inquebrantable voluntad de ejercer su autoridad.

En 1109 asumió desposarse con Alfonso I de Aragón: “(….) después de la muerte de mi padre (…) me casé contra mi voluntad con el sanguinario y cruel tirano aragonés, uniéndome a él en nefando y execrable matrimonio”. Sin embargo, tras un año y una desastrosa convivencia entre ambos (esposos y reinos), se separó del Batallador con el consentimiento de la curia regia.

En medio de severas adversidades, para salvaguardar la integridad territorial de su reino, Urraca I combatió a aragoneses, portugueses y almorávides y desplegó una variada capacidad de negociar, superior al de sus contrincantes (nobles o clérigos), lo que irritaba completamente a estos. Estas transacciones calculadas provocaron un profundo rechazo en cronistas contemporáneos y posteriores, como se lee en la Historia Compostelana. Sucesivos autores religiosos la tacharon de voluble, indolente, temeraria y saqueadora. Además, le imputaron ser causa de inestabilidades políticas y sociales.

Ante esas tergiversaciones, historiadores e historiadoras de las últimas cinco décadas han desprendido la figura de la reina de perfiles prejuiciosos.

Un matronazgo regio

Ahora podemos reconocer en Urraca I un denodado esfuerzo por alejarse de las pretensiones tutelares de algunos aristócratas y eclesiásticos gallegos o castellanos, y encontrar lealtad de otros en Toledo, Tierra de Campos o Asturias.

Su mandato constituyó un novedoso, disruptivo y referencial periodo en el que se inauguró un modo de practicar el poder regio. Se acompañaba este de un sofisticado y complejo proyecto político que utilizaba las artes y la arquitectura para proyectar una imagen que refrendara su soberanía y su ejercicio del poder.

La creación artística concebida durante su gobierno en esos vastos territorios reflejó altos niveles de vanguardia y sofisticación iconográfica y conceptual. Según reflejan los diplomas, la reina retomó el matronazgo y el amor por las artes y los libros heredado de su abuela Sancha, de sus tías Urraca y Elvira o de su madre Constanza.

Espléndidas creaciones

Hasta fechas recientes, el arte hispano de estas áreas en torno al 1100 se había atribuido por defecto a la figura del padre, Alfonso VI, o del hijo, Alfonso VII. Se detectaba entonces un improbable vacío, un silencioso interregno de la creación plástica, donde parecía que la arquitectura, la pintura, la escultura, las artes del libro y la fabricación de bienes de lujo habían cesado. Imposible.

Placa de marfil procedente de la iglesia de Santo Sepulcro de León con la imagen de los peregrinos de Emaús y en ‘Noli me tangere’, Nueva York, Metropolitan Museum.
Marie-Lan Nguyen/Wikimedia Commons, CC BY

Hoy sabemos que entre 1110 y 1130, aproximadamente, se llevaron a cabo en el Reino de León espléndidas creaciones. Retomando las experiencias en el trabajo del marfil de las décadas anteriores, a partir de la primera década del siglo XII emergió una nueva naturalidad y expresividad, con narraciones más complejas y técnicas más depuradas, labras más profundas en el marfil y el hueso, como en las placas que la reina entregó a la iglesia del Santo Sepulcro de León.

Del mismo modo, la escultura de los edificios que patrocinó refleja el trabajo de artesanos de formación internacional, a la vanguardia, que dotaron a las portadas esculpidas del transepto de San Isidoro de León de formas del arte contemporáneo, desde Saint-Sernin de Toulouse hasta Pamplona, de Santiago de Compostela hasta Montefaro.

El control de la imagen, en su vertiente oficial, llegó a cotas excelsas bajo la tutela de la reina. Se entiende así la compleja iconografía de las monedas acuñadas durante su reinado. En ellas, la efigie de la soberana se mostró frontal, tocada con perlas, según el estilo bizantino de las vírgenes talladas en marfil del Museo del Louvre o del Victoria & Albert de Londres. De las cecas de León y Toledo salieron nuevas soluciones figurativas, donde por primera vez en la historia europea se representó a la reina de cuerpo entero o vinculada heráldicamente con un león.

El aniversario de los 900 años de la muerte de Urraca I permite conmemorar a una reina tenaz, gran administradora y promotora de las artes. Pero, sobre todo, a una experimentada política, sagaz en los pactos a los que llegó, beligerante en el campo de batalla e invulnerable ante las épocas convulsas que experimentó. Sobrevivió a guerras, revueltas, viudedad, divorcio, escarnio público, enfrentamientos con su hijo, el futuro rey y a la reticencia de parte del episcopado hispano. Querer fue su poder.

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José Alberto Moráis Morán recibe fondos del Proyecto I+D+i (Agencia Estatal de Investigación) «Arte funerario en las catedrales de León y Castilla (siglos XI‑XV): de la materialidad a la receptividad del patrimonio inmaterial» (Ref. PID2023‑150540NB-100).

Gerardo Boto Varela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. 900 años de Urraca I de León: querer fue su poder – https://theconversation.com/900-anos-de-urraca-i-de-leon-querer-fue-su-poder-282080

Cómo diagnosticar el deterioro cognitivo precozmente con ayuda de la IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Prieto Fernández, Doctora en Ciencias Humanas y Sociales, Universidad Pontificia de Salamanca

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Olvidar una palabra, perder el hilo de una conversación o tardar más en responder no siempre enciende las alarmas. De hecho, el deterioro cognitivo leve –una fase temprana asociada a enfermedades como el alzhéimer– suele pasar desapercibido durante años.

Y ese retraso importa: cuando aparecen los síntomas evidentes, el daño cerebral ya puede ser significativo. Por suerte, algo está cambiando: la inteligencia artificial empieza a detectar señales mucho antes de que sean visibles para médicos, familiares o incluso para la propia persona.

Cuando el lenguaje revela lo que la memoria oculta

Nuestro cerebro deja huella en cómo hablamos. No solo en lo que decimos, sino en cómo lo decimos. En las fases iniciales del deterioro cognitivo leve, aparecen cambios muy sutiles: frases más simples, menor riqueza léxica o pequeñas pausas que antes no existían. Son alteraciones tan finas que el oído humano no suele percibirlas. Sin embargo, los sistemas de inteligencia artificial sí pueden hacerlo.

Estos modelos analizan patrones lingüísticos y acústicos –como la velocidad del habla, la entonación o la complejidad gramatical– para identificar desviaciones respecto al funcionamiento cognitivo esperado. Basta una conversación de unos minutos para que un sistema de inteligencia artificial extraiga cientos de variables –desde características acústicas hasta patrones prosódicos– y construya un perfil cognitivo.

En distintos estudios, el análisis automático del lenguaje ha logrado diferenciar personas con deterioro cognitivo leve de aquellas sin afectación, mostrando una utilidad diagnóstica prometedora, incluso para anticipar qué personas desarrollarán alzhéimer en el futuro.




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La voz como biomarcador invisible

La clave está en que estas herramientas, los “biomarcadores de voz”, capturan cambios que aún no son clínicamente evidentes, como las citadas alteraciones en la velocidad del habla (la persona tarda más en responder o hace más pausas), cambios en la entonación y el ritmo (voz más monótona o menos expresiva), aumento de errores lingüísticos (dificultad para encontrar palabras o uso de términos más vagos) o patrones sutiles en el lenguaje como frases más cortas y simples.

Además, la IA puede detectar cambios en el comportamiento digital, como una menor interacción en el uso del móvil, una reducción en la frecuencia de mensajes o llamadas e incluso dificultades en tareas cotidianas como escribir correctamente, navegar por internet e interactuar con asistentes virtuales. Son indicadores casi imperceptibles en una evaluación clínica tradicional, pero pueden ser detectados precozmente mediante algoritmos de inteligencia artificial.

Este enfoque abre la puerta a una monitorización continua y no invasiva del funcionamiento cognitivo, algo especialmente relevante si tenemos en cuenta que el deterioro cognitivo leve afecta a un porcentaje significativo de la población mayor. Entre un 12 % y un 20 % de las personas mayores de 60-65 años padecen esta condición, y el riesgo aumenta significativamente según se cumplen años.

Promesas y cautelas necesarias

A pesar de su potencial, estas herramientas no están exentas de limitaciones.
En primer lugar, muchos estudios se han realizado con muestras poco diversas, lo que puede afectar a su generalización. También existen riesgos de sesgo algorítmico: el lenguaje y la voz están profundamente influenciados por factores culturales, educativos y sociales.

Además, surgen importantes cuestiones éticas: ¿quién tiene acceso a estos datos?
¿Cómo se garantiza la privacidad? ¿Qué ocurre si una aplicación detecta riesgo sin supervisión clínica? La detección precoz no siempre es beneficiosa si no va acompañada de un contexto adecuado de intervención y apoyo.




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Hacia un nuevo modelo de diagnóstico

La inteligencia artificial no sustituirá al profesional sanitario, pero sí puede transformar su forma de trabajar. Estas herramientas podrían integrarse como sistemas de cribado en atención primaria, aplicaciones de seguimiento domiciliario o plataformas de telemedicina, facilitando una detección más temprana y accesible.

En un contexto en el que las enfermedades neurodegenerativas siguen aumentando, anticiparse unos años puede marcar la diferencia. En el caso del deterioro cognitivo, el tiempo no solo es oro: es memoria.

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Paula Prieto Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo diagnosticar el deterioro cognitivo precozmente con ayuda de la IA – https://theconversation.com/como-diagnosticar-el-deterioro-cognitivo-precozmente-con-ayuda-de-la-ia-280971

‘Fuerza de voluntad’ perruna: ¿qué les permite autocontrolarse delante de un bistec?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Oswaldo Gamboa Ruiz, Jefe del departamento de psicología básica y neurociencias, Universidad de La Sabana

Pueden esperar el momento de comer, controlar su mordida durante el juego, tolerar el corte de sus uñas o la aplicación de una vacuna e, incluso, detenerse solos antes de cruzar una calle concurrida ante la luz verde de un semáforo. Los perros son parte de nuestra vida cotidiana de una forma tan profunda que, a veces, olvidamos lo extraordinario que resulta su comportamiento.

Cuando vemos conductas de espera o autocontrol ante algo gratificante y de inhibición de la agresión ante algo incómodo, es fácil pensar que tienen una enorme “fuerza de voluntad”. Pero lo que ocurre en realidad es todavía más interesante: los perros poseen mecanismos biológicos y cognitivos que les permiten controlar sus impulsos y adaptarse al mundo social humano.

¿Qué rol tiene el instinto?

Durante mucho tiempo, se pensó que los animales actuaban únicamente por instinto. Sin embargo, hoy sabemos que muchos son capaces de inhibir respuestas inmediatas. Los perros pueden esperar, tolerar la frustración y ajustar su comportamiento según el contexto.

Esta capacidad se conoce como control inhibitorio y tiene bases neurobiológicas compartidas con otros mamíferos, incluidos los seres humanos. En ella, participan regiones cerebrales como la corteza frontal, asociada con la regulación del comportamiento, y neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que regulan emociones, comportamiento y funciones fisiológicas esenciales.

Además, el cerebro canino posee una gran plasticidad, lo que les permite aprender constantemente de la convivencia con las personas a través de las consecuencias de su comportamiento. Por eso, pueden ser entrenados para esperar tiempos cada vez más largos.

Así, el autocontrol no es lo opuesto al instinto: también hace parte de la biología del comportamiento. En la naturaleza, controlar una respuesta puede ser tan importante como ejecutarla. Un depredador que espera el momento adecuado aumenta sus posibilidades de éxito y un animal social que regula su agresividad mantiene relaciones más estables dentro del grupo.

Por tanto, el comportamiento inhibitorio coexiste con las necesidades de obtener territorio, comida, pareja o protección en el cerebro de nuestros compañeros caninos.

Compañeros moldeados por la convivencia

Aunque muchos mamíferos poseen control inhibitorio, en los perros ocurre algo especial. Miles de años de convivencia con humanos favorecieron individuos más atentos a nuestras señales, menos agresivos y más dispuestos a cooperar.

Responden a nuestro tono de voz, a los gestos, a la mirada, a la postura y a la tensión corporal. Hasta son sensibles a cambios sutiles en nuestras emociones. Esa sensibilidad hace que parezca que entienden nuestras intenciones del mismo modo que otro ser humano, pero probablemente lo que hacen es responder a patrones consistentes del ambiente social.

Por ejemplo, cuando un perro espera permiso antes de comer, no necesariamente comprende una norma moral sobre “lo correcto”. Más bien, aprende que ciertas señales humanas se relacionan con consecuencias estables: tranquilidad, recompensa, aprobación o ausencia de interrupciones. Cuanto más consistente es la instrucción, más sólido será el aprendizaje.

En otras palabras, nuestras mascotas no responden al lenguaje humano por su significado abstracto o cultural, sino por las relaciones que establecen entre sonidos, emociones, gestos, contextos y consecuencias.

Entonces, ¿tienen fuerza de voluntad?

La respuesta depende de cómo entendamos ese concepto. En los seres humanos, la fuerza de voluntad suele involucrar deliberación moral, conflicto interno y reflexión consciente sobre normas culturales. No hay evidencia de que los perros experimenten estos procesos del mismo modo que nosotros.

Sin embargo, sí muestran formas complejas de autocontrol. Pueden inhibir respuestas inmediatas, esperar recompensas, tolerar situaciones incómodas y adaptar su conducta a distintos contextos sociales. En términos funcionales, esto se parece mucho a lo que llamamos “resistir un impulso”.

Encaje perfecto entre dos especies

Así, lo que interpretamos como fuerza de voluntad es, en gran parte, el resultado de sistemas biológicos de regulación del comportamiento refinados durante miles de años de convivencia con nuestra especie. Su cerebro, preparado para responder al ambiente físico y social, terminó ajustándose de manera extraordinaria a la vida humana.

Por eso, solemos interpretar sus acciones en términos humanos. Su regulación social es tan compatible con la nuestra que fácilmente atribuimos intenciones morales a lo que hacen. Pero comprender cómo aprenden y cómo controlan su comportamiento no reduce el vínculo que tenemos con ellos; al contrario, nos permite relacionarnos de forma más empática y realista.

Al final, quizá los perros no “reprimen sus impulsos” como imaginamos los humanos. Más bien, son animales profundamente adaptados a convivir con nosotros, capaces de aprender nuestras rutinas, responder a nuestras señales y regular su conducta en un mundo social compartido. Y tal vez esa extraordinaria capacidad de adaptación sea una de las razones por las que han logrado convertirse en nuestros compañeros más cercanos.

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Víctor Oswaldo Gamboa Ruiz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Fuerza de voluntad’ perruna: ¿qué les permite autocontrolarse delante de un bistec? – https://theconversation.com/fuerza-de-voluntad-perruna-que-les-permite-autocontrolarse-delante-de-un-bistec-281151

¿Ser demasiado flexible puede arruinar una empresa? Una paradoja estratégica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

El problema no es si hay que ser flexible, sino qué tipo de flexibilidad necesita cada entorno. A. M. Teixeira/Shutterstock

En 2011, Nokia vivía una crisis existencial. Su CEO, Stephen Elop, comparó la empresa con una plataforma en llamas. La compañía tenía recursos, talento y múltiples opciones estratégicas. Sin embargo, estaba abocada al fracaso.

¿Por qué? Porque intentó ser flexible en todas las direcciones a la vez: desarrolló varios sistemas operativos simultáneamente, mantuvo líneas de producto contradictorias y firmó alianzas incompatibles entre sí. Mientras Nokia deliberaba entre alternativas, Apple y Samsung ejecutaron con velocidad quirúrgica en una sola dirección.

La intuición dominante en management es clara: en entornos turbulentos, las empresas deben ser flexibles. Sin embargo, un estudio reciente, realizado con 399 empresas tecnológicas europeas muestra algo contraintuitivo: la flexibilidad mal calibrada puede destruir el rendimiento que pretende proteger. El problema no es si hay que ser flexible, sino qué tipo de flexibilidad necesita cada entorno.

Dos tipos de flexibilidad

La investigación estratégica distingue dos dimensiones fundamentales de la flexibilidad organizacional de una empresa:

  1. Velocidad: qué tan rápido puede responder y ejecutar cambios. Dell es un ejemplo clásico: ajusta su cadena de suministro casi en tiempo real para adaptarse a la demanda.

  2. Variedad: cuántas alternativas estratégicas puede mantener o generar simultáneamente. IBM ilustra esta dimensión con su amplio portafolio, que abarca desde computación en la nube hasta ciberseguridad y consultoría.

Ambas capacidades son valiosas. El error es suponer que conviene maximizar las dos siempre y al mismo tiempo.

Dos tipos de turbulencia

Parte de la confusión proviene de tratar la turbulencia como un fenómeno único. En realidad, los entornos empresariales pueden ser turbulentos de dos maneras distintas:

  1. Dinamismo (velocidad del cambio): los nuevos competidores, las tecnologías que se vuelven obsoletas en meses, las preferencias de los clientes, que cambian rápidamente, obligan a las empresas a reaccionar. El problema está en la velocidad a la que pueden hacerlo. Ejemplo de estas turbulencias pueden ser la evolución de las redes sociales o la aparición de los smartphones para las empresas del sector.

  2. Complejidad: referida al número de factores interdependientes que afectan cada decisión. Regulaciones múltiples, ecosistemas de socios, cadenas de suministro globales y numerosos grupos de interés. Sectores como el farmacéutico o el energético encajan aquí.

Nuestro estudio muestra un patrón claro: si la velocidad mejora el rendimiento en entornos dinámicos, pero lo empeora en entornos complejos, la variedad mejora el rendimiento en entornos complejos, pero lo empeora en entornos dinámicos. Las diferencias no son triviales: pueden representar varios puntos porcentuales en rentabilidad sobre activos.

¿Por qué la variedad penaliza cuando el mercado cambia muy rápido?

Mantener múltiples opciones estratégicas consume tres recursos escasos:

  1. La atención directiva. La capacidad cognitiva de los equipos de liderazgo es limitada. Cuantas más iniciativas simultáneas, menos foco y peor ejecución en cada una.

  2. El tiempo de construcción. Desarrollar alternativas viables requiere inversión, aprendizaje y desarrollo de capacidades. En mercados que cambian semanalmente, el tiempo dedicado a la opción B puede cerrar la ventana de la opción A.

  3. Costes de coordinación. Cada iniciativa adicional multiplica la complejidad interna: conflictos entre unidades, competencia por recursos y pérdida de claridad estratégica.

En entornos dinámicos, el coste de dispersión supera el beneficio de tener un plan B. En estos contextos, foco y rapidez suelen generar mejores resultados.

La trampa de la velocidad en la complejidad

El error inverso también es frecuente: acelerar decisiones en entornos complejos.
Cuando existen múltiples interdependencias, decidir demasiado deprisa aumenta el riesgo de consecuencias imprevistas. Una decisión aparentemente correcta puede generar efectos en cadena: incumplimientos regulatorios, cuellos de botella o conflictos organizativos.

Imaginemos una farmacéutica que reduce ciclos de validación para ganar velocidad. Opera en un sistema donde interactúan reguladores de varios países, ensayos clínicos distribuidos, cadenas de suministro especializadas y acuerdos de propiedad intelectual. La velocidad sin integración no es agilidad: es temeridad. En entornos complejos, la prioridad no es correr más rápido, sino construir variedad de respuestas y fortalecer mecanismos de coordinación e integración.

Cómo diagnosticar el entorno

La pregunta clave no es “¿debemos ser flexibles?”, sino “¿qué tipo de flexibilidad encaja con nuestro entorno?”. Un diagnóstico inicial puede comenzar con cuatro preguntas:

  1. ¿Con qué frecuencia cambian tecnologías, precios y movimientos competitivos? (dinamismo).

  2. ¿Cuántos actores y dependencias afectan cada decisión importante? (Complejidad).

  3. ¿Cuánto cuesta internamente abrir una opción estratégica adicional?

  4. ¿Existen mecanismos sólidos de coordinación entre unidades?

De forma general, según el tipo de entorno, las reglas a seguir son las siguientes:

  • En un entorno dinámico y relativamente simple: priorizar la velocidad y limitar las iniciativas simultáneas.

  • En un entorno complejo y relativamente estable: invertir en variedad y fortalecer la integración.

  • En un entorno dinámico y complejo: desarrollar la modularidad (que las opciones no interfieran entre sí) y los mecanismos de coordinación robustos.

  • En un entorno estable y simple: la eficiencia operativa puede generar más valor que la flexibilidad.

La evidencia detrás del argumento

Analizamos 399 empresas europeas de manufactura tecnológica y servicios informáticos en 14 países. La flexibilidad estratégica se midió en sus dos dimensiones mediante encuestas a directores de operaciones. Las características del entorno fueron evaluadas por directores ejecutivos. El rendimiento financiero se midió posteriormente mediante rentabilidad sobre activos, lo que refuerza el orden temporal y reduce el riesgo de correlaciones ficticias.

Como toda investigación organizacional, los resultados muestran asociaciones consistentes y teóricamente plausibles, pero no constituyen una receta mecánica universal. Aun así, la evidencia es suficientemente robusta para cuestionar una idea muy extendida: que más flexibilidad siempre es mejor.

Diagnóstico antes que prescripción

Las empresas de alto rendimiento no maximizan la flexibilidad en todas sus formas. Ajustan sus capacidades a las demandas dominantes de su entorno. La lección es sencilla, aunque incómoda: en estrategia organizacional, “depende” no es una evasiva académica. Es la forma rigurosa de decir que primero hay que entender el problema específico antes de aplicar la solución. Como en medicina, el diagnóstico precede a la prescripción. Y, en ocasiones, el tratamiento equivocado puede ser peor que no hacer nada.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Ser demasiado flexible puede arruinar una empresa? Una paradoja estratégica – https://theconversation.com/ser-demasiado-flexible-puede-arruinar-una-empresa-una-paradoja-estrategica-277705

La edad que borra a las mujeres del foco

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Calado Otero, Profesora Contratada Doctora Facultad de Educación, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Iryna Inshyna/shutterstock

En la cultura de la fama, la juventud no solo se idealiza: se convierte en una condición de existencia. Para muchas mujeres del cine, la música o la televisión, el cuerpo y la edad determinan la visibilidad, el reconocimiento y, a menudo, la supervivencia profesional. Envejecer puede significar desaparecer.

Esta realidad fue retratada hace más de veinte años en el documental Buscando a Debra Winger (Rosanna Arquette, 2002), donde actrices como Jane Fonda o Sharon Stone reflexionaban sobre la pérdida de papeles al cumplir 40 o 50 años. Todas coincidían: Hollywood penaliza la madurez femenina.

Mientras los hombres envejecen con prestigio, las mujeres dejan de “servir” cuando ya no encajan en los cánones de juventud y belleza. La artista feminista Yolanda Domínguez ironiza sobre esta desigualdad en Una mujer de la edad de Clooney, contraponiendo el respeto hacia los hombres maduros con la invisibilidad que sufren las mujeres de la misma edad. El mensaje es claro: la edad es un privilegio masculino.

En Mujeres, envejecimiento y cultura de la belleza (Generations, 2017), la socióloga Laura Hurd Clarke asegura que el envejecimiento se convierte en una anomalía que debe corregirse: no se trata de vivir más, sino de parecer no haber vivido. El documental A los 25 empieza el declive (Cecilia Fernández Medina, 2012) amplía esta crítica: “El cuerpo humano alcanza su máximo rendimiento a los 25; después, empieza a decaer”. Esa frase resume una obsesión global.

La industria cosmética y quirúrgica –valorada en más de 400 000 millones de dólares para 2030, según P&S Intelligence– alimenta el mito de la juventud eterna mientras se lucra con la inseguridad femenina.

A golpe de filtro

En los últimos años, esta presión se ha intensificado con la exposición digital. Plataformas como Instagram o TikTok funcionan como escaparates donde la juventud se fabrica a golpe de filtro. Según una investigación difundida por ScienceDaily (2021), el 90 % de las mujeres jóvenes utiliza filtros o edita sus fotos antes de publicarlas y el 94 % reconoce sentir presión por mantener una imagen idealizada.

Para las celebridades, cuya carrera depende del cuerpo, el escrutinio es doble: deben ser “auténticas”, pero sin mostrar los signos del tiempo.

El cine reciente también lo evidencia. En La sustancia (2024), Demi Moore encarna a una actriz que recurre a un experimento para recuperar su juventud, metáfora brutal de una industria que devora a las mujeres cuando ya no cumplen con el ideal.

En The last showgirl (2024), Pamela Anderson interpreta a una bailarina que se enfrenta al final de su carrera cuando su cuerpo deja de “vender”.

Ambas ficciones reflejan el mismo patrón: el cuerpo femenino como objeto de consumo y obsolescencia programada.

Esta crítica ha llegado también desde el activismo. En la campaña “Visibilizando lo invisible” por el 25-N (Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres) de 2025, abordábamos en el vídeo “Taylor ya no encaja” el edadismo estético y la presión corporal en la fama. A través de una historia inspirada en letras de Taylor Swift, el trabajo planteaba cómo la comparación social, el miedo a envejecer y la pérdida de valor simbólico afectan a las mujeres en la cultura de la celebridad. Las frases del vídeo –extraídas de canciones– son un espejo emocional de esa lucha interna: entre la exigencia de perfección y la búsqueda de autenticidad.

Pero esta presión no es solo estética: es también una cuestión de mirada y poder. Tal y como aseguro en Liberarse de las apariencias: género e imagen corporal, la mayoría de los relatos audiovisuales siguen escritos y dirigidos desde la perspectiva masculina: las mujeres son representadas, no representadoras.

En consecuencia, su experiencia del tiempo, el deseo o la corporalidad aparece distorsionada o silenciada. No es solo que las actrices desaparezcan al envejecer: es que las miradas femeninas apenas encuentran espacio en las pantallas.

Frente a esta lógica emergen nuevas formas de resistencia. Movimientos digitales como #ProAge, #BodyNeutrality o #GreyHairDontCare reivindican la diversidad corporal y la belleza no normativa. Como dice este estudio, muchas mujeres mayores desafían el mandato de la juventud reapropiándose de su imagen y visibilizando otras formas de ser y mostrarse.

Éxito personal y apariencia física

Pero los cambios individuales no bastan. Según el Estudio 136 del Instituto de las Mujeres, el 87 % de las mujeres reclama diversidad de edades en los medios y más del 90 % pide desvincular el éxito personal de la apariencia física.

Reconocer el derecho de las mujeres a envejecer –también a las visibles, a las famosas, a las que nos miran desde las pantallas– no es un gesto estético: es un acto político. En una cultura que premia lo joven y desecha lo vivido, envejecer con dignidad y seguir ocupando el espacio público puede ser, hoy, el acto más revolucionario de todos.

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María Calado Otero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La edad que borra a las mujeres del foco – https://theconversation.com/la-edad-que-borra-a-las-mujeres-del-foco-272469

¿Puede Estados Unidos reeditar la invasión de bahía de Cochinos? El derecho internacional dice que no

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julián Santana Silva, Profesor Asociado del área de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

La invasión de bahía de Cochinos entre el 17 y 20 de abril de 1961 sigue presente en la memoria histórica como el intento frustrado de Estados Unidos por derrocar al Gobierno cubano. Más allá de la anécdota histórica o del estudio estratégico de aquel fracaso, nace en estos días un interrogante que va más allá de lo político y recae en el marco legal que rige a las naciones.

Actualmente, una intervención no se mediría solo por su éxito táctico, sino bajo el prisma del derecho internacional. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado. Esto plantea un desafío jurídico fundamental. ¿Puede un Estado intervenir militarmente en otro? ¿Qué excepciones, como la legítima defensa o el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, reconoce el ordenamiento internacional para justificar tal acción?

Pilar legal del sistema global

La prohibición del recurso a la fuerza, consagrada de forma imperativa en el Artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, supone uno de los pilares del derecho internacional contemporáneo. Este precepto fundamental obliga a todos los Estados miembros a abstenerse de recurrir a la amenaza o al empleo de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier nación.

Consolidada como norma estructural y columna vertebral del sistema global, la prohibición se apoya en el principio de igualdad soberana, garantizando que cada Estado pueda decidir libremente su rumbo sin coacciones externas.

Esta protección también se recoge con detalle en el sistema regional mediante el Artículo 19 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el cual consagra un principio de no intervención absoluto.

Mientras que la norma de la ONU se enfoca primordialmente en la agresión armada, el citado Artículo 19 prohíbe que cualquier Estado o grupo de Estados intervenga, directa o indirectamente, en los asuntos internos o externos de otro, sin importar el motivo.

Tiene una cobertura más extensa, pues excluye explícitamente no solo el uso de las armas, sino cualquier injerencia o tendencia que atente contra la personalidad del Estado o sus elementos políticos, económicos y culturales. Así, la OEA establece un blindaje jurídico contra cualquier tipo de coacción. Esto garantiza que la soberanía no sea vulnerada por presiones de carácter no militar.

El caso nicaragüense

La importancia de esta norma fue ratificada históricamente por la Corte Internacional de Justicia en el caso Nicaragua contra Estados Unidos (1986). En su fallo, la Corte determinó que la prohibición del uso de la fuerza no es solo una obligación contractual de la Carta, sino un principio esencial del derecho internacional consuetudinario y del jus cogens (normas imperativas).

Al condenar acciones como el minado de puertos y el apoyo logístico a fuerzas insurgentes, el tribunal reafirmó que estas actividades violan la soberanía territorial y el compromiso ineludible con la paz internacional.

Aunque la Carta de las Naciones Unidas establece una prohibición general del uso de la fuerza, el ordenamiento jurídico internacional reconoce excepciones estrictas y limitadas para salvaguardar la paz. El fundamento de esas excepciones se encuentra en el Artículo 51, que consagra el derecho inmanente de legítima defensa, ya sea individual o colectiva.

Aun así, esta facultad solo se activa ante un “ataque armado” previo, lo que dificulta muchísimo la justificación legal de una invasión preventiva. Según la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia, cualquier respuesta defensiva debe observar rigurosamente los principios de necesidad y proporcionalidad para ser considerada legítima.

La segunda vía legal es la fuerza colectiva autorizada exclusivamente por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas bajo el Capítulo VII de la Carta. Este órgano posee la responsabilidad primordial de mantener la paz, para lo que puede autorizar acciones militares si las medidas diplomáticas o económicas resultan inadecuadas.

En un hipotético caso entre Cuba y Estados Unidos, esta autorización es jurídicamente improbable debido al papel del veto, que permite a cualquier miembro permanente (EE. UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia) bloquear decisiones sobre cuestiones sustantivas. En definitiva, el derecho internacional contemporáneo está diseñado para prohibir las guerras unilaterales. El recurso a las armas ha de ser siempre excepcional y bajo supervisión multilateral.

¿Y si hay motivos humanitarios?

En la actualidad, el debate sobre una intervención humanitaria cobra una relevancia fundamental bajo el principio de la “responsabilidad de proteger” (R2P), adoptado en la Cumbre Mundial de 2005.

Este concepto sostiene que la comunidad internacional tiene la responsabilidad de proteger a las poblaciones de crímenes atroces cuando el Estado falla en su deber primordial. No obstante, no existe un acuerdo generalizado sobre la legalidad de una intervención humanitaria unilateral, ya que varios Estados piden mayores aclaraciones sobre el marco jurídico para la acción colectiva y el uso de la fuerza militar. Permanece también un riesgo crítico de instrumentalización política, ya que los intereses de potencias poderosas pueden sesgar la aplicación de estos programas de protección.

En definitiva, desde una perspectiva jurídica contemporánea, invocar la democracia, los derechos humanos o un cambio de régimen no constituye una base legal suficiente para justificar acciones armadas unilaterales fuera de los marcos multilaterales establecidos.

Tampoco son legales las intervenciones indirectas

La invasión de bahía de Cochinos se puede utilizar como ejemplo de intervención indirecta. En este tipo de actuaciones, el uso de la fuerza no se manifiesta como una guerra formal, sino mediante operaciones encubiertas. En 1961, Estados Unidos no desplegó sus tropas directamente, sino que financió, entrenó y brindó apoyo logístico a grupos armados en bases secretas, como la de Puerto Cabezas en Nicaragua.

Este precedente es vital para comprender que el derecho internacional no solo regula invasiones declaradas, sino toda injerencia externa. Al respecto, el fallo de la Corte Internacional de Justicia en el caso Nicaragua contra Estados Unidos reafirmó que el apoyo a fuerzas irregulares vulnera el principio de no intervención. Por tanto, la legalidad internacional prohíbe cualquier acción que, mediante el respaldo a insurgentes, atente contra la soberanía e independencia política de un Estado.

Blindaje jurídico de Cuba

En definitiva, el derecho internacional no tiene el poder de acabar con las guerras, pero sí fija un marco estricto que distingue la legalidad de la ilegalidad en el uso de la fuerza.

Bajo el ordenamiento jurídico vigente, una intervención en Cuba sería muy difícil de justificar. La prohibición general de agresión, la carencia de un ataque armado previo que autorice la legítima defensa y la parálisis del Consejo de Seguridad ante un veto casi seguro blindan la soberanía de la nación.

Incluso invocar la protección de derechos humanos o un cambio de régimen carece de base legal suficiente para acciones unilaterales fuera de marcos multilaterales.

Sesenta años después de bahía de Cochinos, el desafío ha cambiado de lo táctico a lo normativo. Hoy por hoy, el problema quizá ya no sea un desembarco en Cuba, sino un desembarco fuera del derecho internacional.

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Julián Santana Silva no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Puede Estados Unidos reeditar la invasión de bahía de Cochinos? El derecho internacional dice que no – https://theconversation.com/puede-estados-unidos-reeditar-la-invasion-de-bahia-de-cochinos-el-derecho-internacional-dice-que-no-282820

Tuskegee o cuando la ciencia se olvidó de lo más importante: las personas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Roura Ferrer, Profesor agregado Facultad de Medicina, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

Un médico extrae sangre de un paciente como parte del estudio de la sífilis de Tuskegee. National Archives Atlanta, GA (Gobierno de los Estados Unidos)

En 1932, en Alabama, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos inició un estudio que pretendía observar la evolución natural de la sífilis en población afroamericana rural. La investigación, desarrollada en torno al Instituto Tuskegee, reclutó a 600 hombres pobres, la mayoría jornaleros analfabetos. Los participantes, de los cuales 399 estaban infectados, fueron engañados: nunca se les explicó el verdadero objetivo del experimento ni se les informó de que padecían sífilis, tan sólo “sangre mala”. Incluso, cuando años más tarde la penicilina se consolidó como tratamiento eficaz, se les negó deliberadamente.

Hoy el llamado “experimento de Tuskegee” se considera uno de los mayores escándalos éticos de la investigación biomédica moderna. Pero más allá de la indignación histórica que aún provoca, el caso sigue planteando una cuestión incómoda: ¿cómo pudo mantenerse durante cuarenta años un estudio así en una sociedad que ya conocía principios básicos sobre investigación en seres humanos?

La Declaración de Helsinki, impulsada por la Asociación Médica Mundial en 1964, establecía que el bienestar de la persona debía prevalecer sobre los intereses de la ciencia y la sociedad. Sin embargo, Tuskegee demostró que las normas éticas pueden existir sobre el papel, aunque la práctica real continúa alejándose de ellas.

Cuando el fin justifica los medios

El estudio comenzó en una época marcada por profundas desigualdades raciales y sociales, y pretendía comprender la evolución clínica de la sífilis no tratada. Pero su diseño partía de una relación profundamente desigual entre investigadores y participantes.

Los hombres reclutados fueron atraídos con promesas de asistencia médica gratuita, comidas y ayudas para el entierro. En realidad, muchos fueron sometidos a procedimientos diagnósticos dolorosos sin comprender su finalidad. Lo más grave ocurrió después de 1947, cuando la penicilina pasó a ser el tratamiento estándar: lejos de administrarla, los responsables del estudio evitaron activamente que los pacientes accedieran a ella.

El experimento solo terminó en 1972, tras una filtración periodística que desencadenó una enorme reacción pública. Para entonces, decenas de personas habían muerto y muchas familias habían sufrido las consecuencias de la enfermedad.

La pregunta ética resulta inevitable: ¿cómo pudieron tantos profesionales justificar durante décadas semejante conducta? Probablemente la respuesta no se encuentre únicamente en la ausencia de regulación, sino también en la capacidad de las instituciones para normalizar decisiones inaceptables cuando se amparan en el prestigio científico, la burocracia o la supuesta utilidad colectiva.

El nacimiento de la bioética moderna

Tuskegee no fue el único episodio que obligó a replantear la investigación con seres humanos. Tras la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Núremberg revelaron los experimentos realizados por médicos nazis en campos de concentración. De aquel horror surgió el Código de Núremberg (1947), primer intento de establecer límites éticos universales para la investigación biomédica.

Posteriormente, la Declaración de Helsinki reforzó principios esenciales como el consentimiento informado, la proporcionalidad riesgo-beneficio y la protección de las personas vulnerables. Más tarde, el escándalo de Tuskegee impulsó en Estados Unidos el conocido Informe Belmont, que consolidó tres pilares de la bioética contemporánea: respeto por las personas, beneficencia y justicia.

Estos principios siguen guiando hoy a los comités de ética y a la regulación internacional de los ensayos clínicos. Sin embargo, las preguntas esenciales continúan siendo muy parecidas: ¿quién asume los riesgos?, ¿quién obtiene los beneficios?, ¿hasta qué punto los pacientes comprenden realmente aquello a lo que consienten?

La confianza perdida

Una de las consecuencias de Tuskegee fue la desconfianza generada hacia las instituciones sanitarias. La relación entre ciencia y sociedad se basa en la confianza, y ésta no se alcanza únicamente con resultados, sino también con transparencia, honestidad y respeto.

La pandemia de covid-19 mostró hasta qué punto la percepción pública sobre vacunas, ensayos clínicos o decisiones sanitarias está condicionada por factores éticos. Cuando la ética es una mera formalidad, existe riesgo de convertir a las personas en simples medios para lograr avances científicos.

Por ello, la ética biomédica no debe entenderse como un obstáculo añadido a la investigación, sino como una condición indispensable de su credibilidad.

Nuevos desafíos, viejas preguntas

El legado de Tuskegee resulta especialmente relevante en una época marcada por el avance acelerado de la inteligencia artificial, la secuenciación genética o el análisis masivo de datos sanitarios. Las amenazas actuales rara vez adoptan la forma explícita de los experimentos del siglo XX, pero pueden aparecer en algoritmos discriminatorios, cesiones masivas de datos clínicos o investigaciones realizadas en poblaciones vulnerables.

Por ello, la investigación biomédica ya no se enfrenta solo al riesgo de causar daño físico directo. También debe responder a cuestiones relacionadas con privacidad, autonomía, equidad y a un acceso justo a los beneficios de la innovación científica.

En este contexto, los comités éticos desempeñan un papel fundamental. Su función no consiste únicamente en aprobar o rechazar proyectos, sino en recordar que el progreso científico pierde legitimidad cuando ignora la dignidad humana.

La historia demuestra que ningún sistema está completamente inmunizado frente a los abusos. Precisamente por ello, la vigilancia ética debe ser constante y adaptarse al ritmo de las nuevas tecnologías biomédicas.

La ciencia debe tener reglas

Existe una tentación recurrente en la historia de la medicina: pensar que un posible beneficio futuro justifica determinados sacrificios presentes. Tuskegee representa uno de los ejemplos más extremos de esa lógica.

Pero la experiencia histórica ha demostrado que separar ciencia y ética acaba deteriorando ambas. Una investigación basada en el engaño o la desigualdad no solo resulta moralmente inaceptable; también erosiona la confianza pública necesaria para el desarrollo científico.

Quizá la principal lección de Tuskegee sea que la ética debe siempre formar parte de la propia cultura científica. Porque la pregunta esencial nunca debería ser qué puede hacerse técnicamente, sino también bajo qué condiciones.

Aún hoy debería avergonzarnos que, incluso después de los crímenes contra la humanidad y pseudociencia del régimen nazi y la Declaración de Helsinki de 1964, pudieran llevarse a cabo investigaciones que vulneraban tan gravemente la dignidad humana. El caso Tuskegee debe permanecer como un recordatorio permanente para que bioética e investigación biomédica avancen siempre juntas. Sólo así el progreso científico se acompaña de la mejor de las calidades humana y asistencial.

The Conversation

Santiago Roura Ferrer recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación y del Instituto de Salud Carlos III, que dedica exclusivamente a investigaciones en el área de estudio de las enfermedades cardiovasculares. Asimismo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y declara carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Tuskegee o cuando la ciencia se olvidó de lo más importante: las personas – https://theconversation.com/tuskegee-o-cuando-la-ciencia-se-olvido-de-lo-mas-importante-las-personas-282597

Meta’s new tools allow parents to better supervise their kids’ social media accounts. Will they work?

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Lisa M. Given, Professor of Information Sciences & Director, Social Change Enabling Impact Platform, RMIT University

Cottonbro Studio/Pexels

Tech giant Meta recently announced a set of new features to give parents greater oversight of how their children use Facebook, Instagram, Messenger and Horizon.

This follows the company’s announcement earlier this month that it is expanding age assurance checks to filter 13-to-17-year-old users into teen accounts in the United States and other countries, following Australia’s rollout in 2025. Meta is also implementing new age checks and easier reporting of underage users to support account removals.

These changes come as Meta faces increasing pressure internationally to do more to keep kids safe on its platforms.

So what exactly are the changes? And will they likely work to reduce online harm?

Enlisting AI to search for clues

Meta’s new age checks will use “visual clues” about a user’s age, such as height and bone structure, alongside analysis of social media posts and interactions, to estimate a person’s age.

Using new techniques powered by artificial intelligence (AI), the company will scan photos, videos and content on users’ profiles – including bios, captions, and comments – to estimate their age. By looking for clues such as mentions of birthday parties or school grades, Meta plans to deactivate accounts for those believed to be under 13.

However, given the known limitations of age assurance technologies, and the compliance concerns raised with Australia’s social media ban, many underage children remain active on social media platforms. What is unclear about these new “clues” is whether and how teens may be able to circumvent these new controls by ensuring their platform content gives the appearance of older, adult material.

Meta’s new process for reporting underage accounts is likely intended to address this concern.

Easier reporting of underage accounts will augment content scanning, providing another avenue to identify underage accounts. This will also use AI, alongside human reviewers. Meta says this will ensure reports are “addressed with more speed and reliability”.

Meta explains that users who are reported to be underage, inaccurately, will be able to undergo age checks to retain their accounts.

A consolidated ‘Family Centre’

Meta’s new “Family Centre” will consolidate parental supervision tools for Facebook, Instagram, Horizon, and Messenger in one place.

Through the “Family Centre”, Meta will start sending parents notifications when their teens add new topics and interests across platforms – such as photography, sports, or beauty.

Meta says this will enable parents to “stay informed” and have “meaningful conversations” with their children about the general topics they follow.

However, under Australia’s social media restrictions, children under 16 are not allowed to hold social media accounts.

This means, in Australia, topic access will only be available to parents of teens aged 16 and 17 on Instagram and Facebook. But this access will not be automatic. Parents will need to send an invitation to their teens, asking to supervise their accounts, which teens must accept.

This means children can refuse to provide access and not provide topic visibility to their parents.

This is an important limitation. It means children can retain privacy for their account content if they choose. Under article 16 of the United Nations’ Convention on the Rights of the Child, every child has the right to privacy and the right to get information from the internet and other sources.

For those who accept a parent’s invitation, Meta’s changes may introduce some privacy risks. But limiting access to general topics does preserve some privacy, as specific conversations and materials cannot be accessed.

Parents will need to be proactive

This new parental supervision feature will only be successful if parents and teens choose to use it. Parents will need to be proactive, to request access and (if approved by the teen) review the topics. Parents will also need to start conversations with their children to determine the nature of the content within those general topics.

For example, a 2025 study showed a link between frequent social media use and negative body image. It highlighted the need for “support from parents […] to mitigate these effects”.

But a general topic such as “beauty” cannot distinguish between helpful makeup tips and content promoting unrealistic beauty ideals. Similarly, a general topic such as “sports” cannot discern potentially harmful gender stereotypes affecting young athletes.

Understanding the potential risks and harms of social media content requires parents to actively view – and discuss – that content with their teens.

In 2024, Meta’s then global affairs chief Nick Clegg explained that “even when we build these controls, parents don’t use them”.

A 2023 evidence review showed that while parents with higher levels of digital literacy are more likely to use safety controls, the results of doing so are mixed. While some studies show beneficial outcomes when safety controls are used (for example, reducing risks such as cyberbullying), others show no positive outcomes, or even adverse effects (for example, increasing family conflict).

Given Australia’s eSafety Commissioner has put several social media companies on notice for compliance concerns with Australia’s social media ban, it may come as no surprise Meta is introducing these changes.

Yet, their success relies significantly on parents’ abilities – and children’s willingness – to engage with these controls. Given the technical limitations of age assurance technologies, and teens’ determination to remain on social media platforms, these are likely not foolproof solutions.

The Conversation

Lisa M. Given receives funding from the Australian Research Council and the eSafety Commissioner. She is a Fellow of the Academy of the Social Sciences in Australia and a Fellow of the Association for Information Science and Technology.

ref. Meta’s new tools allow parents to better supervise their kids’ social media accounts. Will they work? – https://theconversation.com/metas-new-tools-allow-parents-to-better-supervise-their-kids-social-media-accounts-will-they-work-283073