“¿Y si no me invitan a salir?” El miedo paralizante de muchos adolescentes a ser excluidos del grupo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Rocío Gómez-Juncal, Profesora e investigadora en el Área de Psicología, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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“¿Y si no me invitan?” “¿Y si me dejan en visto y no me responden?” “Subieron la foto y yo ni siquiera sabía que había plan”… Para muchos niños, niñas y adolescentes estas preguntas no son simples temores, son emociones profundas que marcan su día a día. Pertenecer al grupo, ser aceptado y sentirse parte de algo es tan importante como el aire que respiran. Sentirse “diferente” o excluido puede provocar tristeza, ansiedad y una sensación de no valer lo suficiente.

Estas experiencias también impactan a madres, padres y cuidadores, que muchas veces no saben cómo ayudar. Pero lo que a simple vista parece una herida social, también puede convertirse en una valiosa oportunidad para fortalecer la autoestima, cultivar habilidades sociales y aprender a gestionar las emociones.

¿Por qué duele tanto la exclusión?

El grupo de iguales en la adolescencia se convierte en el centro y la clave para la socialización emocional y cognitiva. Si antes los padres y madres eran sus referentes, ahora quedan en un segundo plano en favor de los grupos de pertenencia donde quieren encajar y hacerse visibles y relevantes.

Los grupos de pares en la adolescencia influyen directamente en la motivación, el compromiso escolar y la percepción de eficacia personal y modelan sus actitudes y conductas en función de las normas que marca el grupo, lo que puede fortalecer o debilitar su autoestima según el nivel de aceptación que experimenten.

Cuando un joven se siente excluido, lo que se pone en juego no es solo su lugar en el grupo, sino su valía personal, el cuestionamiento de su propia identidad. Esto se siente más grave si el entorno familiar o escolar no valida su experiencia y dolor y no ofrece un apoyo emocional adecuado.

Varios estudios nos ofrecen evidencias de que los adolescentes tienden a alinearse con sus pares para evitar el rechazo, pero esto puede tener costes personales cuando sienten que deben renunciar a quienes son para ser aceptados. Además, la presión por ajustarse a las normas del grupo puede llevar a conductas de conformismo que limitan la autenticidad personal.

¿Estamos seguros de cómo nos ven los demás?

El miedo a sentirse excluido pasa por creer saber cómo nos perciben los demás. Pero ¿y si estamos equivocados? La autopercepción social –es decir, la imagen que creemos proyectar en los demás– influye profundamente en nuestra autoestima, nuestras relaciones y en la forma en que nos desenvolvemos socialmente.

Muchas veces, un adolescente puede sentirse ignorado o rechazado sin que realmente lo esté, puede estar interpretando señales ambiguas a través del filtro de su propia inseguridad, y esto puede alimentar miedos, generar ansiedad social e incluso aislamiento.

Según algunos autores, los adolescentes con una percepción inexacta sobre cómo los valoran sus compañeros tienden a sufrir más rechazo, aislamiento y problemas emocionales. En especial, los que tienen un estatus social rechazado o negligido –aquellos que son sistemáticamente ignorados o excluidos por sus compañeros– suelen mostrar una menor precisión a la hora de interpretar si realmente son aceptados o rechazados.

Esta tendencia a interpretar el mundo social desde unas “gafas” negativas de rechazo alimenta un círculo vicioso: como se sienten ninguneados, actúan con inseguridad o evitación, lo que a su vez dificulta aún más que puedan integrarse en el grupo.

## Sentirse fuera… desde dentro de casa

A todo esto tenemos que añadir que hoy sentirse excluido no es algo que tenga que ocurrir en persona. El uso de redes sociales puede amplificar esa percepción al exponer al adolescente constantemente a eventos sociales a los que no ha sido invitado, aumentando la comparación social y el impacto emocional. Esta sobreexposición alimenta la comparación, la inseguridad y la idea de no “pertenecer”. El escenario digital multiplica las oportunidades para sentirse “fuera”, incluso desde casa.

Pero la simple demonización de las redes sociales no nos ayudará a comprender un fenómeno tan complejo. Además de la identidad personal analógica debemos comprender el lenguaje y reglas de la identidad digital: supervisar el uso, establecer límites y fomentar un consumo crítico de redes puede prevenir impactos negativos en la autoestima.

También necesitamos ofrecer espacios de encuentro cara a cara donde puedan relacionarse sin la presión de mostrarse perfectos ni compararse todo el tiempo. Pero aquí debemos hacer algo de autocrítica: ¿estamos creando entornos seguros donde puedan desconectarse de las redes y conectarse de verdad con otros? Tal vez, como adultos, aún tenemos ese reto pendiente.

Así podemos ayudarles

El impulso natural es querer proteger, evitar el dolor, dar soluciones rápidas. Pero en lugar de borrar la dificultad, el verdadero desafío es enseñarles a enfrentarla con herramientas emocionales y sociales sólidas. No se trata solo de hacer que se sientan bien, sino de ayudarles a construir una base interna que los sostenga, incluso cuando las cosas no salgan como esperaban. ¿Pero cómo hacerlo? He aquí algunas pistas:

  • Frases como “no es para tanto” o “ya se te pasará” pueden invalidar su dolor. En su lugar, hay que reconocer que lo que sienten es legítimo para fortalecer la confianza emocional. Los jóvenes requieren de figuras adultas disponibles emocionalmente y capaces de contener y acompañar sus emociones.

  • Ayudar a niños y adolescentes a descubrir y valorar sus talentos, intereses y cualidades personales les permite sostener su identidad incluso en contextos de rechazo. Activar los recursos internos permite afrontar la adversidad de forma constructiva.

  • Es esencial ofrecer y crear espacios donde los jóvenes puedan practicar habilidades como iniciar una conversación, compartir, pedir ayuda o resolver conflictos sin sentirse juzgados, poniendo en práctica sus identidades de una forma libre.

  • Un paso clave es ayudarles a comprender que no encajar en un grupo específico no significa no encajar en ningún grupo. La presión por encajar y parecerse en los grupos de adolescentes puede ser muy fuerte, pero el desarrollo de una identidad autónoma protege frente a esta presión.

Las relaciones familiares cálidas y empáticas son el amortiguador más potente frente al impacto del rechazo social. Una niña o un niño que se siente querido y respetado en casa será más resistente al rechazo externo. Como subraya el psicólogo José Cantón Duarte y sus colaboradores (2011), el autoconcepto positivo y la seguridad emocional se forjan primero en el vínculo con los adultos significativos. Pero ¡ojo! Eso no implica sobreprotegerlos, sino demostrar aceptación incondicional como forma de tratar al otro.

Ahí que estar ahí

Ser excluido duele. Duele mucho. Pero ese dolor no tiene por qué definir el futuro de un menor. Con el acompañamiento adecuado, ese momento difícil puede convertirse en una experiencia transformadora de autoconocimiento y autoaceptación.

No se trata de evitar que sufran, sino de estar ahí, presentes, con escucha real, paciencia y herramientas que les permitan entender que no están solos, que su valor no depende de un grupo, una invitación o una pantalla.

Porque cuando los adultos educan con empatía, información y presencia afectiva, ayudan a formar jóvenes más seguros, empáticos y capaces de construir relaciones sanas y duraderas.

The Conversation

María Rocío Gómez-Juncal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. “¿Y si no me invitan a salir?” El miedo paralizante de muchos adolescentes a ser excluidos del grupo – https://theconversation.com/y-si-no-me-invitan-a-salir-el-miedo-paralizante-de-muchos-adolescentes-a-ser-excluidos-del-grupo-268068

Dolores Albarracín, psicóloga: “Contradecir una teoría conspirativa suele reforzarla”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation

Comprender cómo se forma nuestra actitud ante las cosas, y si es posible cambiarla, resulta esencial en sociedades marcadas por la polarización, la desinformación y la incertidumbre. La psicóloga Dolores Albarracín, catedrática en la Universidad de Pensilvania (EE. UU.), experta en actitudes, comportamiento y desinformación y referente mundial en persuasión, analiza los mecanismos que influyen en nuestras decisiones, el auge de las teorías conspirativas, el papel de los medios y los desafíos psicológicos y tecnológicos contemporáneos.

Nacida en Argentina, está centrada en comprender la teoría de las actitudes, en cómo los individuos evalúan su entorno y cómo las predisposiciones aprendidas influyen en su comportamiento.

Usted, que ha investigado profundamente el tema, ¿cuáles diría que son hoy sus aportaciones más relevantes para comprender fenómenos como la resistencia a los cambios?

Gran parte de la literatura científica se ha encargado de ver cómo cambia una actitud. Por ejemplo, si yo apruebo o desapruebo una política ambiental determinada, eso es una actitud. Pero hay una larga distancia entre que uno apruebe determinada política o que uno apruebe una determinada acción como puede ser reciclar o cambiar su coche de gasolina por uno eléctrico y dar el paso hacia la acción.

Es muy importante poder identificar a priori cuáles son las creencias que llevan al cambio de una acción. En esa misma dirección, uno de los abordajes de mi estudio ha sido ver que, por ejemplo, si bien cambiar la conducta es difícil, se hace más fácil cuando se le pide a la persona que haga más cambios, cosa que es un poco paradójica. Es decir, si yo le digo a una persona que haga más ejercicio, que salga a correr, que recicle, que se ponga sus vacunas… todas esas indicaciones son más efectivas que una sola porque la meta es más elevada. Eso tiene varias razones. Una de ellas es que a medida que la gente empieza a ejecutar un cambio se va sintiendo con más confianza con una primera conducta y avanza hacia otras.

En un contexto donde las actitudes parecen cada vez más rígidas y emocionales, y cada día hay más tensión social, ¿sigue siendo posible modificarlas a través de la persuasión racional?

Muy pocas cosas se pueden cambiar, y eso es algo que estoy estudiando en este momento, concretamente cuando se piensa que una determinada idea es de otra persona. Uno cambia realmente cuando piensa que la idea es suya. Así que uno de los secretos de que alguien cambie es que llegue a esa conclusión de manera que parezca bastante espontánea y no introducida desde afuera. Si eso ocurre, es cuando aparece una resistencia masiva. Cualquier intento de cambiar ideas obligatoriamente siempre encuentra resistencia. Por lo general, en el contexto de este hemisferio en el que vivimos, las personas quieren sentirse como individuos y no sentir que otros les manejan, y esa es la gran dificultad. Lo mejor es que las situaciones sean espontáneas y no forzadas.

¿Qué diferencias fundamentales diría que existen entre el escepticismo saludable y el descreimiento radical que parece expandirse por la sociedad?

No sé si lo llamaría descreimiento radical, pero sí que es radical la rebelión contra lo que eran las fuentes aceptadas de información.

Una creció en un tiempo en el que los científicos y los expertos merecían cierto respeto. Pero en algunos sitios como Estados Unidos, que es donde yo trabajo, hay grupos que han decidido que esos expertos tienen demasiado poder, por eso están siendo atacados. Sin embargo, no creo que estemos ante un descreimiento total. Es como una especie de pasaje de la credibilidad que va desde las instituciones que tenían una base hasta los medios o cualquiera que presente teorías descabelladas.

¿La proliferación de bulos y desinformación responde más a un problema cognitivo individual o a una transformación colectiva de nuestra forma de pensar?

Creo que aquí hay varios aspectos diferentes a tener en cuenta. Hay sesgos individuales como, por ejemplo, la convicción de que, si una teoría tiene sentido, puede tener cierta credibilidad (hasta que empiezas a investigar y ves que no, claro). Como nuestro cerebro nos capacita para formar cualquier tipo de teoría coherente, esa puede ser tan buena como cualquier otra.

El tema social, por supuesto, es fundamental porque, lamentablemente, las teorías son compartidas masivamente en muchos casos, con lo cual nos pueden llegar a través de los medios o de familiares o amigos.

Otro factor es que estas teorías llenan un vacío de educación o de información. Cuando ambas son muy precarias, nos pueden introducir cualquier idea en la cabeza. Por ejemplo, si no sabes nada sobre cómo funciona el ARN mensajero, puedes pensar que si te ponen la vacuna de la covid-19 te van a alterar tu ADN, cosa que es absolutamente imposible. Si una persona no entiende ni cómo funciona una vacuna ni cómo funciona la transmisión viral, queda presa de la introducción de cualquiera de estas ideas. Entonces, son tres factores los que entran en juego en estas teorías: el individual, el social y la falta de base educativa o algo que la fortalezca.

En un entorno digital, saturado de información, ¿cómo explicaría desde la perspectiva de la psicología el auge de las teorías de la conspiración y qué papel juega la tecnología en ello?

Hay retazos de esas teorías que terminan siendo ciertas. Políticamente, las teorías conspirativas tienen una buena función, y es que mantienen a la población alerta sobre qué están haciendo las esferas de liderazgo. Por supuesto, muchas son totalmente disparatadas, y socialmente nefastas en algunos casos, especialmente las que van en contra de la vacunación o en contra de alimentos que mejoran la salud o que nos protegen.

¿Por qué se da credibilidad a estas teorías locas? ¿De dónde llegan?

Por lo general, tienen dos tipos de fuentes. Una es cierto nivel de miedo o ansiedad en la población y está alimentada por la vida en general y por el propio ser humano, que experimenta miedo. Y eso es normal. Lo que ocurre es que eso te predispone a darle una explicación coherente, si de repente aparece una posible fuente que explique todo ese miedo que sentimos.

Otra de las fuentes sería tener la misma idea que muchas personas. Es decir, si pienso algo malo sobre un vecino, por ejemplo, ya no se trata solo de un posible delirio psicótico mío, puesto que mi teoría es compartida con otros individuos que piensan igual que yo. Estas teorías tienen que ser introducidas por una fuente social. Y los medios de comunicación son, muchas veces, la fuente principal, al menos en los Estados Unidos, donde yo he hecho mis investigaciones. Ni siquiera son las redes sociales, como tendemos a creer.

Usted ha explorado métodos para desacreditar la desinformación y las teorías conspirativas. ¿Me puede explicar alguno?

He explorado métodos para desacreditar algunas teorías, pero lo cierto es que esas teorías conspirativas no son muy modificables. Las cosas que sí pueden funcionar consisten en no contradecirlas. Es decir, ir al debate con alguien que tiene una idea fijada no es muy efectivo, lo único que produce es distanciamiento. Lo podemos ver, por ejemplo, en algunos entornos familiares y en muchas relaciones entre personas. Pero si realmente queremos conseguir algún efecto, la idea de mi investigación es introducir ideas paralelas. Por ejemplo, si alguien dice que una vacuna limita la fertilidad, atacar eso no sirve para nada. Pero si uno tiene información de que esa vacuna protege, no solo para el sarampión, sino para diez enfermedades diferentes, o que te aumenta la inmunidad más globalmente, introducir esa idea secundaria es más efectivo que ir a contradecir la idea principal. A eso se le llama tomar un desvío, es decir, no ir a la confrontación, sino tomar caminos diferentes para no centrarnos en cambiar una idea. Hay que tener una cosa clara: lo importante, a veces, no es la idea, sino las consecuencias. Y hay que centrarnos en esas consecuencias. Contradecir esas ideas, al final, solo logra reforzarlas.

¿Podría decirse que el descreimiento generalizado es un síntoma de una conciencia social que se está reconfigurando o más bien se trata de un problema en nuestra alfabetización crítica?

Yo no diría que hay descreimiento en la sociedad. Puede haber descreimiento en las fuentes tradicionales, pero en realidad hay bastante creimiento (NO EXISTE) si piensas en la polarización de ideas y en la inserción de ideas que son rígidas y difíciles de cambiar. Lo que ha pasado es probablemente un desvío de creencias que pertenecían a las corrientes principales (mainstream) de la sociedad. Hay ideas fragmentarias de grupos previamente marginales que empiezan a tomar mucha fuerza, como ocurre con el tema antivacunas en Estados Unidos, que al principio era una cosa de algunos grupos hippies en California y ahora mismo son una fuente de brotes de sarampión y muertes de niños.

Desde su perspectiva, ¿existe una relación entre la velocidad del cambio tecnológico y la ansiedad social que se percibe en algunos sectores de la población?

Sí, sin ninguna duda. Cada vez que irrumpe una nueva tecnología o un nuevo medio de comunicación, la sociedad cree que va a llegar el fin del mundo. Pero ese fin del mundo no llegó con la introducción de la prensa, ni con la aparición de la televisión, de la radio o de la electricidad. Tiende a haber cierta sobrerreacción o miedo, pero, en general, no se producen cambios tan dramáticos. Sin embargo, es la rapidez de los cambios lo que aumenta la ansiedad. Pero no solo en la tecnología. Los cambios tecnológicos van asociados a otros sociales, de poder, de quién tiene acceso a distintos recursos y quién no. Y todo eso creo que trae a la sociedad más ansiedad que los propios medios de comunicación. Hay asuntos como la falta de trabajo o la inmigración que producen más ansiedad social que los cambios tecnológicos.

¿Qué herramientas cognitivas necesitan desarrollar las nuevas generaciones para adaptarse a un futuro cuya lógica y reglas aún no se han definido?

La inteligencia se define por la posibilidad de solucionar situaciones y problemas nuevos, aunque a eso también contribuye la propia educación. Por eso es tan importante mantener la inversión en educación y, sobre todo, en el entrenamiento de habilidades amplias como la capacidad de razonar y discutir o saber averiguar cuáles son las fuentes de un tema. Esas habilidades las debería tener cualquier ciudadano. Son las herramientas que nos preparan a todos para cualquier cambio.

Mirando hacia delante, ¿qué desafíos psicológicos serán los más críticos cuando enfrentemos avances disruptivos en la IA, la biotecnología o las realidades inmersivas? ¿Cómo podemos prepararnos mentalmente para afrontarlos?

Creo que con las mismas herramientas que necesitamos para un funcionamiento psicológico efectivo: poder manejar y regular las emociones para tener cierto control de nuestra situación y tener la capacidad de establecer metas que sean personalmente importantes. Al mismo tiempo, debemos manejar la fragmentación de la información y tener un entendimiento, por lo menos básico, para poder diferenciar lo que es cierto de lo que no lo es o cuál ha sido el método utilizado para que parezca que algunas cosas son reales, sobre todo ahora con los deepfakes. Debemos tener capacidad para discriminar fuentes. Creo que esa es una de las cosas más importantes, porque cada vez disponemos de más fuentes y todas parecen similares. Debemos aprender a identificar una fuente fiable.

¿Y cómo se identifica una fuente fiable?

Es una pregunta muy difícil porque para algunos pueden ir desde un gurú que dé vueltas por ahí hasta charlatanes de distintos tipos, pasando por tu amigo o un tío que cree en determinada teoría conspirativa. Por eso, una posibilidad sería hacer alguna formación, educar a los más jóvenes en el consumo de medios para que desde muy pequeños todos aprendamos que, por ejemplo, en el tema de salud, la autoridad tiene que ser el Ministerio de Sanidad y no un partido político o un gurú de internet. Creo que el momento de hacerlo sería en la infancia, para que todos tengamos automatizada cuál debe ser la fuente principal en cada caso. Y eso es importantísimo, por ejemplo, con la politización de los temas de ambientales y de salud, muy susceptibles de generar teorías e informaciones falsas. Lo ideal sería que pudiéramos penalizar y, al mismo tiempo, instruir.

_Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.

The Conversation

ref. Dolores Albarracín, psicóloga: “Contradecir una teoría conspirativa suele reforzarla” – https://theconversation.com/dolores-albarracin-psicologa-contradecir-una-teoria-conspirativa-suele-reforzarla-282898

Implantar la sostenibilidad en las empresas pasa por involucrar a las personas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Ramos-Camacho, Investigadora en Dirección de Recursos Humanos, Universidad de Cádiz

Una empresa mediana instala contenedores de reciclaje en cada planta de su sede, lanza una campaña interna con carteles y correos electrónicos y pide a sus empleados que cambien sus hábitos. Tres meses después, los contenedores están mal utilizados, nadie recuerda la campaña y todo ha vuelto a ser como antes.

Este escenario se repite en miles de organizaciones. Y lo más desconcertante es que el problema casi nunca es la falta de interés. La mayoría de las personas afirma preocuparse por la sostenibilidad y el medioambiente. Entonces, ¿por qué cuesta tanto transformar esas intenciones en comportamientos estables dentro de las empresas?

La respuesta no está en los empleados. Está en cómo se diseña el cambio.
La presión regulatoria europea, con la Directiva CSRD y las exigencias ESG, está acelerando la incorporación de la sostenibilidad en empresas de todos los tamaños. Sin embargo, muchas organizaciones están descubriendo que adoptar políticas sostenibles es mucho más sencillo que conseguir que formen parte de la rutina laboral de las personas.

El error más común: confundir sostenibilidad con cumplimiento

Muchas empresas abordan la sostenibilidad como un problema técnico: nuevos protocolos, campañas internas o normas que los empleados deben seguir. El mensaje implícito suele ser claro: “Esto es lo que hay que hacer a partir de ahora”.

Pero cambiar comportamientos humanos es mucho más complejo que enviar instrucciones. La sostenibilidad organizativa no es solo una cuestión técnica. Es, sobre todo, una cuestión social.

No es lo mismo recibir un correo diciendo “a partir de ahora reciclamos” que participar en cómo reducir residuos en el propio puesto de trabajo. En el primer caso, los empleados obedecen. En el segundo, construyen. Y lo que se construye suele durar más que lo que se impone.

Por qué las personas se implican

La psicología lleva años mostrando que las personas se implican más cuando sienten que participan en las decisiones, perciben resultados concretos y forman parte de un grupo con objetivos compartidos. Es lo que defiende la teoría de la autodeterminación, desarrollada por los psicólogos estadounidenses Edward L. Deci y Richard Ryan y respaldada por décadas de investigación en contextos organizativos. Cuando estas condiciones no existen, la motivación se desgasta y los cambios se diluyen. También ocurre con la sostenibilidad.

Pero nuestras investigaciones sobre sostenibilidad y gestión de personas en empresas europeas añaden un elemento que muchas organizaciones pasan por alto: no basta con que los empleados estén motivados. Para que la sostenibilidad se convierta en parte real del funcionamiento de una empresa, alguien tiene que tener capacidad real para traducirla en prácticas cotidianas.

La persona clave para incorporar la sostenibilidad

Esa persona suele ser quien lidera la gestión de personas en la organización. Nuestra investigación muestra que uno de los factores más importantes, además de la propia estrategia que diseña la dirección general, es el margen de actuación real que tienen los responsables de recursos humanos para incorporar la sostenibilidad en la gestión diaria: en la selección, la formación, la evaluación o el reconocimiento de las personas.

La diferencia es más concreta de lo que parece. No es lo mismo un responsable de recursos humanos que puede rediseñar cómo se evalúa y reconoce el trabajo sostenible, que uno que solo puede colgar carteles en la sala de descanso. En el primer caso, la sostenibilidad entra en la vida laboral de las personas. En el segundo, se queda en la pared.

Cuando ese margen existe, la sostenibilidad deja de ser un discurso corporativo y empieza a convertirse en algo que los empleados experimentan cada día. Cuando no existe, incluso las iniciativas mejor intencionadas se quedan en la superficie.

Las personas que tienen voz en cómo se implantan los cambios sostenibles se implican de forma muy distinta que quienes simplemente reciben instrucciones. Porque las personas no sostienen durante mucho tiempo aquello que sienten impuesto desde fuera.

El problema de no ver resultados

Otro obstáculo frecuente aparece cuando los empleados no perciben el impacto real de lo que hacen. Muchas empresas impulsan iniciativas sostenibles pero no muestran resultados concretos. Los empleados separan residuos o reducen impresiones sin saber realmente si eso sirve para algo. Y cuando el esfuerzo no tiene un impacto visible, la motivación se erosiona rápidamente.

La solución no requiere grandes sistemas de medición. A veces basta con hacer visibles los avances: cuánto se ha reducido el consumo energético, qué cambios ha propuesto un equipo, qué mejoras concretas se han conseguido. Los pequeños resultados, cuando se comunican, ayudan a consolidar los comportamientos sostenibles en el tiempo.

La sostenibilidad también se contagia

En equipos pequeños, las conductas no solo se enseñan: también se observan, se imitan y se normalizan. Cuando las prácticas sostenibles forman parte de la dinámica habitual del grupo, dejan de percibirse como una exigencia externa y pasan a convertirse en “la forma en que aquí se hacen las cosas”.

Además, el reconocimiento dentro del equipo (agradecer una iniciativa, compartir logros colectivos o visibilizar propuestas útiles) fortalece el sentimiento de pertenencia y aumenta la disposición a colaborar. La sostenibilidad no se construye solo con normas. También se construye a través de las relaciones cotidianas.

Una oportunidad real para las pymes

Las pymes representan el 99 % de las empresas europeas y generan dos de cada tres empleos en la UE. Sin embargo, afrontan la transición hacia la sostenibilidad con recursos mucho más limitados que las grandes corporaciones.

Sin embargo, tienen una ventaja que a menudo infravaloran: su cercanía. La relación directa entre dirección y empleados, la flexibilidad para adaptar procesos y la rapidez para tomar decisiones crean condiciones muy favorables para impulsar cambios culturales reales. Lo que en una gran organización puede requerir meses de planificación, en una pyme puede surgir de una conversación de equipo.

La clave está en no tratar la sostenibilidad como un trámite, sino como una forma distinta de trabajar. Y en asegurarse de que quien gestiona personas tenga el margen real para hacerlo posible. Porque la falta de implicación de los empleados en las iniciativas sostenibles no suele ser un problema de actitud. Es, sobre todo, un problema de diseño.

Los cambios no se decretan desde arriba. Se construyen desde dentro. Y la sostenibilidad que no llega a las personas no es sostenibilidad. Es solo una campaña.

The Conversation

Los autores han recibido financiación del proyecto PID2023-148080NB-I00, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la Agencia Estatal de Investigación y FEDER, Unión Europea. Este trabajo también ha sido financiado por el Proyecto de Excelencia ProyExcel_01003 de la Junta de Andalucía.

Los autores están afiliados al Instituto Europeo de Sostenibilidad en Gestión (iESG), centro de investigación especializado en sostenibilidad y gestión empresarial.

Pedro M. Romero Fernández ha recibido han recibido financiación del proyecto PID2023-148080NB-I00, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la Agencia Estatal de Investigación y FEDER, Unión Europea. Este trabajo también ha sido financiado por el Proyecto de Excelencia ProyExcel_01003 de la Junta de Andalucía. Los autores están afiliados al Instituto Europeo de Sostenibilidad en Gestión (iESG), centro de investigación especializado en sostenibilidad y gestión empresarial

Marta Ramos-Camacho y Teresa Jiménez-García no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Implantar la sostenibilidad en las empresas pasa por involucrar a las personas – https://theconversation.com/implantar-la-sostenibilidad-en-las-empresas-pasa-por-involucrar-a-las-personas-284200

Esta diminuta araña usa una potente catapulta de seda con más aceleración que un avión de combate

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ajay Narendra, Associate Professor of Insect Neuroethology, Macquarie University

Ajay Narendra, Pranav Joshi, Daniele Liprandi, Gregory J Anderson, Jonas Wolff, CC BY

Hay más de una forma en que una araña puede tejer su tela: mientras que algunas construyen grandes estructuras circulares y verticales, otras crean telas horizontales a base de láminas o telarañas enmarañadas que atrapan insectos rastreros.

Las arañas también pueden capturar su cena de diferentes maneras. Las lanzadoras arrojan pequeñas redes de seda sobre presas desprevenidas, mientras que las arañas tirachinas utilizan sus telas cónicas como catapultas, lanzándose a sí mismas e incluso la propia tela hacia presas cercanas.

En las selvas tropicales de la península del cabo York, en Queensland (Australia), descubrimos una araña con una nueva estrategia de caza. Es un diminuto animal nocturno del género Propostira al que llamamos araña ballesta.

Como describimos en el artículo publicado en Current Biology, construye una trampa accionada por resorte que solo se activa para atrapar una única presa: la agresiva y altamente territorial hormiga tejedora u hormiga verde (Oecophylla smaragdina).

Cómo captura hormigas la araña ballesta

Una araña fijando hebras de seda a una hoja.
La araña ballesta construye pacientemente su trampa cónica.
Ajay Narendra, Pranav Joshi, Daniele Liprandi, Gregory J Anderson, Jonas Wolff, CC BY

Durante el día, esta araña descansa dentro de un refugio de seda en la parte inferior de las hojas. A medida que avanza la noche, desciende lentamente por un hilo de seda hasta encontrar una estructura adecuada donde establecer un punto de anclaje.

Después regresa a la tela principal, dejando tras de sí una “línea de tensión”, y repite el proceso con una precisión increíble para construir una red de líneas de tensión de seda con forma de abanico. Esto culmina gradualmente en la formación de un pequeño armazón cónico que la araña envuelve después con un tipo más fino de seda antes de retirarse a la tela principal.

La seda más fina parece atraer a las hormigas y provocar la respuesta de ataque, posiblemente mediante feromonas. Una vez que han colocado la seda más fina, las hormigas tejedoras obreras aparecen al instante, reaccionan agresivamente y muerden el cono.

La mordedura desprende el cono de la superficie, y esto genera el efecto catapulta: la hormiga es arrastrada hacia arriba y proyectada a la tela principal en una fracción de segundo. El lanzamiento tiene aceleraciones de hasta 1 367 metros por segundo al cuadrado; eso equivale aproximadamente a 140 veces la aceleración de la gravedad, o 15 veces las fuerzas g más extremas experimentadas por los pilotos de aviones de combate.

La araña espera a que la hormiga quede completamente enredada en su tela. Cuando es seguro acercarse, la envuelve en seda hasta que está lista para comérsela.

Un sistema superior

La trampa biológica de la araña ballesta es la más eficiente y potente del mundo en términos de almacenamiento y liberación de energía acumulada en seda.

Gramo por gramo, las telas almacenan más energía y ejercen más potencia que cualquier catapulta biológica conocida. Un kilogramo de esta tela llega a almacenar 78,17 kilojulios de energía cinética y ejercer brevemente una potencia de 11,73 megavatios.

La potencia excepcionalmente alta de la trampa de la araña ballesta probablemente ha evolucionado para arrancar rápidamente a las hormigas de las proximidades de sus nidos y senderos, donde otras hormigas podrían acudir en su defensa.

Hormiga modiendo una telaraña.
Una hormiga desprevenida ataca la trampa de la araña ballesta.
Ajay Narendra, Pranav Joshi, Daniele Liprandi, Gregory J Anderson, Jonas Wolff, CC BY

Especialización extrema

Hay otros dos aspectos inusuales de la araña ballesta.

El primero es su extrema especialización en una única especie de presa. Esto sugiere que podrían añadir feromonas específicas a la fina seda envolvente de sus trampas para atraer a las hormigas verdes arborícolas.

El segundo es que la trampa la activa la propia presa, en lugar de la situación más común en la que el depredador detecta a la presa y activa la trampa.

La araña ballesta demuestra cómo una especialización extrema en una presa puede impulsar la evolución de un rendimiento biomecánico excepcional.

The Conversation

Ajay Narendra recibe financiación del Consejo Australiano de Investigación y de la Fundación Herman Slade.

ref. Esta diminuta araña usa una potente catapulta de seda con más aceleración que un avión de combate – https://theconversation.com/esta-diminuta-arana-usa-una-potente-catapulta-de-seda-con-mas-aceleracion-que-un-avion-de-combate-286058

De Los Álamos a Silicon Valley: el punto ciego del cerebro humano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Saúl Sal Sarria, Investigador Postdoctoral en Neurociencias, Universidad de Oviedo

Lia Koltyrina/Shutterstock

QUIEN NO CONOCE SU HISTORIA…

Agosto, 1939. Leo Szilard convence a Einstein de firmar una carta dirigida al presidente Frankiln D. Roosevelt advirtiendo del peligro de que la Alemania nazi desarrolle una bomba atómica. La carta funciona: nace el Proyecto Manhattan, que congrega a algunos de los científicos más brillantes de la historia en el desierto de Nuevo México para crear el artefacto más destructivo jamás construido.

Julio, 1945. El mismo Szilard redacta una petición con 70 firmas de científicos del Proyecto pidiendo que no se use la bomba contra Japón. Esta vez fracasa: la petición nunca llega a manos del presidente Harry S. Truman. El 6 de agosto de 1945, Little Boy cae sobre Hiroshima. Antes de que termine el año, más de 140 000 personas habrán muerto por el impacto y la radiación residual.

Entre esas dos cartas hay seis años, la misma mente, y una de las paradojas más reveladoras de la historia de la ciencia. Szilard no ignoraba el riesgo: lo había anticipado, articulado y firmado. Y aun así no pudo detener lo que había contribuido a crear.

El patrón se repite

Marzo, 2023. Más de 1 000 investigadores en inteligencia artificial –entre ellos, algunos de los arquitectos de los sistemas más potentes del mundo, como Yoshua Bengio o Geoffrey Hinton– firman una carta abierta pidiendo una pausa en el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial. El argumento: estamos ante una “carrera fuera de control” para desarrollar mentes digitales que “nadie, ni siquiera sus creadores, puede entender, predecir o controlar de forma fiable”.

La carta se publica, pero el desarrollo continúa. La estructura recuerda a la de 1939-1945: los mismos agentes que construyen la tecnología identifican el riesgo, lo articulan públicamente y no son capaces detenerla. ¿Por qué?

La respuesta está en el cerebro

La neurociencia de la toma de decisiones ofrece dos mecanismos que explican este patrón con precisión:

  • Sesgo de disponibilidad. El cerebro humano genera predicciones continuas sobre el entorno a partir de la experiencia previa. Este sistema predictivo –anclado en el córtex prefrontal y el sistema límbico– es extraordinariamente eficiente para amenazas conocidas: un depredador, una enfermedad, un conflicto armado convencional. Pero ante amenazas sin precedente histórico, falla de forma estrepitosa: sin experiencia previa que sirva de referencia, el sistema no genera una señal de alarma proporcional a la magnitud real del riesgo.

    Esto no es negación voluntaria ni falta de intelecto, es un límite neuro-arquitectónico. Una bomba capaz de destruir una ciudad entera era, en 1939, literalmente inconcebible para cualquier cerebro humano, incluido el de Szilard. Que él pudiera anticiparla intelectualmente no significa que su sistema de valoración emocional del riesgo respondiera con la intensidad correspondiente: la disociación entre comprensión intelectual y respuesta afectiva ante el riesgo es uno de los hallazgos más robustos de la neurociencia de la decisión.

    Hoy, con la inteligencia artificial general (AGI), operamos bajo el mismo límite: podemos describir el riesgo con precisión milimétrica y seguir sin asimilar sus posibles consecuencias.

  • Descuento temporal hiperbólico. El segundo mecanismo es más insidioso. El córtex prefrontal valora las consecuencias futuras de forma no lineal: una amenaza a veinte años se descuenta hasta casi desaparecer frente a la recompensa inmediata. En contextos de alta motivación intrínseca –y pocos contextos generan mayor motivación que resolver un problema científico en tiempos de guerra, o construir la herramienta cognitiva más poderosa de la historia–, este descuento se descontrola. El proyecto se convierte en un fin en sí mismo.

    El propio J. Robert Oppenheimer, eje vertebral del Proyecto Manhattan, lo formuló con una claridad que ningún neurocientífico ha superado: “Cuando ves algo técnicamente fascinante, lo llevas a cabo, y solo después de lograr el éxito te preguntas qué hacer con ello”. La recompensa del problema inmediato –su elegancia matemática, su complejidad técnica– superaba el peso de consecuencias que, aunque descriptibles numéricamente, eran abstractas y demasiado lejanas.

Los firmantes de ambas cartas –1945 y 2023– son, según cualquier métrica, mentes excepcionales. Sin embargo, el problema es algo más profundo: partimos de un hardware biológico diseñado para otro tipo de mundo, uno en el que las amenazas eran inmediatas, concretas, uno en el que sin precedente era sinónimo de inexistente.

La implicación es incómoda: no podemos abordar críticamente este problema con el mismo cerebro que lo está creando.

Ingeniería institucional para un cerebro limitado

Cuando la memoria individual se volvió insuficiente, externalizamos el conocimiento en libros e instituciones. El problema actual no es de capacidad de almacenamiento, es de arquitectura de valoración del riesgo. Por eso necesitamos una externalización de un tipo distinto: no de memoria, sino de juicio. No porque los científicos sean irresponsables, sino porque ningún cerebro humano, por brillante que sea, está equipado para razonar de forma fiable sobre lo que nunca ha ocurrido.

Diseñar planes sobre tecnologías de riesgo existencial exige compensar activamente estos sesgos: instituciones con horizontes temporales largos, mecanismos de disidencia estructurada, separación entre quienes desarrollan y quienes evalúan el riesgo. No es una cuestión de voluntad individual, sino ingeniería institucional para suplir lo que la arquitectura cognitiva humana no puede dar.

Szilard lo intentó desde dentro del sistema que él mismo había contribuido a construir. Redactó la petición, recogió las firmas, buscó los canales. No fue suficiente. La pregunta relevante no es si Szilard hizo todo lo que podía, es si el sistema en el que operaba estaba diseñado para contrarrestar los sesgos que él, como cualquier ser humano, no podía superar solo.

…ESTÁ CONDENADO A REPETIRLA

Szilard murió en 1964 sin ver una guerra nuclear. Quizás el sistema funcionó. O quizás tuvimos suerte. La diferencia entre ambas explicaciones importa más de lo que parece: si fue suerte, ¿confiaría a la suerte el futuro de nuestro planeta?

The Conversation

Saúl Sal Sarria no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Los Álamos a Silicon Valley: el punto ciego del cerebro humano – https://theconversation.com/de-los-alamos-a-silicon-valley-el-punto-ciego-del-cerebro-humano-285720

Interactuar con tecnologías digitales de forma moderada puede reducir el riesgo de deterioro cognitivo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vanesa Perez Cabrera, Profesora de Facultad de Ciencias de la Salud, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

shutterstock Lucigerma/Shutterstock

Durante años las nuevas tecnologías, desde móviles a redes sociales, han sido señaladas como una posible amenaza para el cerebro. El miedo está ahí: ¿están las pantallas arruinando nuestra mente? Algunos expertos ya hablan de demencia digital.

La hipótesis parte de una preocupación: ¿qué ocurre cuando dejamos de esforzarnos mentalmente? Hoy delegamos cada vez más tareas en nuestros dispositivos móviles. Ya no memorizamos números de teléfono, apenas nos orientamos sin GPS y muchas dudas se resuelven con un clic. Según esta idea, al ceder estas funciones a la tecnología podríamos estar desentrenando el cerebro.

En las personas mayores este supuesto proceso podría favorecer el deterioro cognitivo a través de tres vías principales. La primera sería el sedentarismo mental, cuando el tiempo pasivo frente a la pantalla sustituye actividades que exigen mayor esfuerzo intelectual.

En segundo lugar, al transferir tareas como recordar información, planificar u orientarnos tiene lugar una delegación cognitiva. Que reduce el uso de funciones como la memoria y la planificación.

La tercera es la fragmentación de la atención, que viene provocada por la exposición constante a notificaciones, interrupciones y distracciones digitales. Y puede dificultar una concentración profunda y sostenida.

No todo son malas noticias en el panorama digital. Frente a esto, surge un nuevo concepto: la “reserva tecnológica”.

De la demencia digital a la reserva tecnológica

Interactuar con tecnologías digitales puede actuar como un factor protector. Al igual que ocurre con actividades como la lectura o el aprendizaje de idiomas, el uso de la tecnología podría favorecer un mejor rendimiento cognitivo del esperado para la edad o el estado de salud. Es lo que se conoce como reserva tecnológica, y contribuiría a mantener el cerebro activo y funcional durante más tiempo.

El planteamiento se alinea con el concepto de reserva cognitiva. Según este, determinadas experiencias como la educación, el aprendizaje continuo y la participación en actividades mentalmente estimulantes ayudan al cerebro a resistir mejor el envejecimiento y el daño cerebral. En la práctica, es como si estuviéramos acumulando un capital neuronal. Cuanto más activa mantenemos nuestra mente, más robusta es nuestra arquitectura cerebral.

Lo que dice la evidencia científica

Un metaanálisis que analizó los resultados de numerosos estudios sobre el uso de tecnologías digitales y la cognición encontró un dato llamativo: las personas que interactúan con tecnologías digitales presentan un menor riesgo de deterioro cognitivo.

De hecho, esta relación fue comparable, y en algunos casos incluso superior, a la de factores protectores bien conocidos. Entre ellos se encuentra mantener la presión arterial controlada, realizar actividad física con regularidad, tener un mayor nivel educativo o participar en actividades de ocio intelectualmente estimulantes.

Estos resultados, obtenidos a partir de 411 430 adultos de más de 50 años, son especialmente relevantes para los llamados “pioneros digitales”. Es decir, las generaciones que han vivido la transición hacia el mundo digital y han incorporado estas tecnologías en su vida diaria, y que ya han alcanzado las edades a las que empiezan a aparecer las demencias.

Tres vías por las que la tecnología podría proteger el cerebro

La investigación sugiere al menos tres mecanismos principales que podrían explicar esta asociación positiva.

1. Estimulación cognitiva más compleja

Las tecnologías digitales ofrecen entornos mentalmente dinámicos y cambiantes. Por ejemplo, resolver un crucigrama en papel y hacerlo en una aplicación digital implican procesos mentales similares.

Sin embargo, el entorno digital añade nuevos desafíos. Por ejemplo, aprender a usar interfaces que cambian constantemente, gestionar múltiples fuentes de información, resolver problemas técnicos o filtrar distracciones. Todo ello puede suponer un entrenamiento adicional para el cerebro.

2. Mayor conexión social

El aislamiento social es uno de los factores de riesgo más importantes para el deterioro cognitivo en adultos mayores. Las tecnologías digitales, desde videollamadas hasta redes sociales, facilitan el contacto con familiares, amigos y comunidades, especialmente cuando las interacciones presenciales son limitadas.

Esta conexión social no solo mejora el bienestar emocional, sino que también se asocia con un mejor funcionamiento cognitivo.

3. Estrategias de compensación

La tecnología también puede actuar como una herramienta de apoyo. Recordatorios digitales, agendas electrónicas y sistemas de navegación ayudan a compensar pequeños fallos de memoria, permitiendo a las personas mantener su independencia y funcionalidad durante más tiempo.

Este andamiaje digital no reemplaza las capacidades cognitivas, sino que puede ayudar a preservarlas.

A pesar de los resultados prometedores, la tecnología no es una solución mágica. El mismo estudio advierte que no existe una respuesta simple a si la tecnología es siempre beneficiosa o perjudicial para el cerebro envejecido.

El uso moderado puede promover la estimulación cognitiva y la conexión social. Sin embargo, el uso excesivo o pasivo, como el consumo prolongado de contenidos sin interacción, podría tener efectos negativos.

Además, la tecnología también introduce nuevos riesgos, como la exposición a desinformación, el aumento del aislamiento presencial y la vulnerabilidad a fraudes digitales, especialmente en adultos mayores.

Una nueva perspectiva sobre el envejecimiento digital

Lejos de ser una amenaza inevitable, la tecnología podría convertirse en una aliada del envejecimiento cognitivo saludable, siempre en dosis moderada. Los pioneros digitales podrían estar beneficiándose de una forma moderna de estimulación cognitiva.

La clave, como en muchos aspectos de la salud, parece estar en el equilibrio: utilizar la tecnología de forma activa, significativa y moderada.

Más que preguntarnos si la tecnología está dañando nuestro cerebro, quizás debamos preguntarnos cómo usarla para mantenerlo activo durante más tiempo.

The Conversation

Vanesa Perez Cabrera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Interactuar con tecnologías digitales de forma moderada puede reducir el riesgo de deterioro cognitivo – https://theconversation.com/interactuar-con-tecnologias-digitales-de-forma-moderada-puede-reducir-el-riesgo-de-deterioro-cognitivo-280293

Algoritmos nómadas: el fin del aislamiento de las enfermedades raras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alba Garrido López, Investigadora predoctoral en Tecnologías y Sistemas de Comunicaciones, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Master1305/Shutterstock

En las facultades de medicina se enseña un mantra de prudencia: “Si oyes galopar, piensa en caballos, no en cebras”. Es una invitación a buscar lo común antes que lo exótico. Si un paciente llega con fiebre y tos, la lógica dicta pensar en una gripe y no en una patología tropical de un valle perdido. Sin embargo, el problema es que las cebras existen.

Aunque cada una de estas patologías afecta a menos de 5 por cada 10 000 habitantes, su impacto global es masivo. Se estima que existen más de 7 000 enfermedades raras –con 6 147 identificadas en el registro Orphanet– que afectan a más de 300 millones de personas en el mundo. Esta paradoja es el corazón del problema: los pacientes son muchos, pero están tan dispersos que el conocimiento sobre ellos permanece fragmentado. Las enfermedades poco frecuentes cargan con una “triple conDena” que bloquea el progreso médico:

  • Diagnóstico: el 57 % de los pacientes sufre una demora diagnóstica superior al año. En España, la media ronda los seis años de incertidumbre, un tiempo en el que el impacto psicosocial sobre el paciente y su familia se agrava profundamente ante la falta de respuestas.

  • Dinero: los llamados “medicamentos huérfanos” rara vez son rentables para el mercado farmacéutico tradicional. Al haber pocos pacientes, la inversión es difícil de recuperar, dejando a miles de patologías sin investigación activa.

  • Datos: el conocimiento médico está encerrado en silos. Un hospital en Madrid ha visto dos casos; otro en Tokio, tres. Cada centro posee una pieza vital del puzle, pero ninguna es suficiente por sí sola para entrenar a una inteligencia artificial.
    Hasta ahora, la solución lógica era “juntar los datos”. Pero un historial clínico es la información más íntima que poseemos. Por razones éticas y legales, los datos no pueden (ni deben) circular libremente. El resultado es que el conocimiento se queda aislado.

Aprendizaje federado: los datos no viajan, viaja el algoritmo

La respuesta pasa por invertir la lógica tradicional: en lugar de llevar los datos al algoritmo, llevamos el algoritmo a los datos. Esta técnica, denominada “aprendizaje federado”, permite que un modelo de IA “viaje” a cada hospital, aprenda localmente de sus historiales y regrese a una sede central llevando consigo únicamente parámetros matemáticos. Son patrones, no nombres; tendencias, no fechas.

Es como si cien investigadores estudiaran en bibliotecas distintas de todo el mundo: ninguno saca un solo libro, pero todos comparten sus notas finales
para escribir un manual común. Esta arquitectura ya no es teórica. Modelos federados han demostrado alcanzar hasta el 99 % de la eficacia de aquellos entrenados con datos centralizados.

En España, la lucha contra el aislamiento de estos datos tiene un rostro real: Julián Isla. Ingeniero y padre de un niño con una enfermedad rara, Isla vivió la “odisea del diagnóstico” y entendió que la informática debía ser el aliado perfecto, ya que el diagnóstico de estas patologías requiere analizar cantidades masivas de síntomas que superan la capacidad humana.

De esa urgencia nació la Fundación 29 y herramientas como DxGPT, que ya utilizan más de 6 000 médicos en Madrid para navegar por la complejidad de lo desconocido. Como afirma Isla al reflexionar sobre este avance: “Hemos transformado un problema personal en algo que puede ayudar a los demás”. Si iniciativas como la suya abrieron el camino al demostrar el potencial de la IA en la nube, el aprendizaje federado propone ahora la infraestructura definitiva para el sistema sanitario; la evolución necesaria para que la IA se convierta, siempre con respeto a la privacidad, en ese copiloto que guía al médico cuando los síntomas no encajan en ningún manual conocido.

Contra la ceguera algorítmica

Aquí reside la verdadera justicia social de esta tecnología. La IA no sabe medicina de forma innata; aprende exclusivamente de los datos que le enseñamos. Si un algoritmo se entrena únicamente con historiales de grandes centros urbanos, desarrollará una ceguera algorítmica ante el paciente rural o aquel con una mutación poco frecuente.

El aprendizaje federado actúa como un democratizador de la inteligencia médica: permite que un hospital comarcal aporte sus escasos casos a un modelo global sin ceder la soberanía sobre sus datos y, a cambio, recibe una herramienta enriquecida con la experiencia de instituciones de élite de todo el mundo. Así, la excelencia clínica deja de ser un privilegio geográfico.

Que el médico no esté solo

La meta final es que, cuando un médico se enfrente a una “cebra” clínica, no tenga que recurrir a una búsqueda desesperada en navegadores genéricos.

Imaginemos el escenario: un pediatra detecta un síntoma inusual, introduce su caso en un modelo federado y el sistema lanza un aviso: “He detectado patrones clínicos similares en la red global. Considera analizar este marcador genético”. No es ciencia ficción: herramientas como DxGPT ya permiten a más de 6 000 médicos en Madrid navegar por la complejidad de lo desconocido.

La IA no llega para sustituir al médico, sino para dotarlo de una memoria global compartida. Porque si bien la privacidad es un derecho, el acceso al conocimiento es una cuestión de supervivencia. Los datos se quedan en casa para proteger al paciente; el conocimiento viaja por el mundo para salvarlo.

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Alba Garrido López recibe fondos para su investigación a través de proyectos gestionados por la Universidad Politécnica de Madrid. No es asalariada, ni consultora, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de otros vínculos relevantes más allá de su cargo académico.

ref. Algoritmos nómadas: el fin del aislamiento de las enfermedades raras – https://theconversation.com/algoritmos-nomadas-el-fin-del-aislamiento-de-las-enfermedades-raras-285713

Todas las músicas que se esconden en ‘La península de las casas vacías’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan José Pastor Comín, Catedrático de Universidad. Área: Música. Investigación: Relaciones entre Música y Literatura. CIDoM (UCLM-CSIC). Premio de Investigación e Innovación en Arte y Humanidades (Gobierno de Castilla-La Mancha), Universidad de Castilla-La Mancha

Edificios semiderruidos por la guerra civil española. Otto Wunderlich. Archivo Wunderlich, IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte

David Uclés se define en su página web como escritor, músico y dibujante, y allí aloja sus propias composiciones. Pertenece a esa nómina de talentos que cultivaron la música y la literatura, desde Juan del Encina a Julio Cortázar, pasando por Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Galdós, Gerardo Diego o Federico García Lorca, una escritura renovada que busca un apoyo constante en la participación de las artes.

Así, por su última novela, La ciudad de las luces muertas, desfilan, en espacios emblemáticos como el Palau de la Música, Pau Casals, Montserrat Caballé o Jordi Savall, al tiempo que el joven escritor selecciona quince piezas musicales para acompañar su lectura.

¿Qué sentido tienen estos referentes musicales recurrentes integrados en sus novelas? Más allá del realismo mágico –o realismo uclesiano– que define su estilo, ¿no será, quizá, una de sus propuestas más innovadoras hacernos ver que la música trasciende y da sentido al espacio silencioso de la lectura?

‘La península de las casas vacías’, un tapiz sonoro elocuente

La península de las casas vacías refiere la descomposición y desaparición de una familia durante los años de la Guerra Civil española. En ella la música tiene un papel vertebrador.

Sus cuatro partes diferenciadas bien podrían ser cuatro movimientos sinfónicos en los que Odisto –imagen de Odiseo–, el personaje principal, sentirá las voces de la guerra que arrastra el viento. Él deberá evitar estas voces aniquiladoras, que recuerdan a las de las sirenas que Ulises escucha atado al mástil en la Odisea. A pesar de que los cantos representan la tentación del conocimiento absoluto y el olvido del hogar, ambos héroes, Odisto y Ulises, cruzarán esa experiencia musical y lograrán regresar a su patria.

En este largo viaje el lector contemplará el paisaje sonoro cotidiano de los años 1920 y 1930. En él se encuentran las coplillas que se hicieron a raíz del atentado contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg el 31 de mayo de 1906:

“En la Plaza Mayor

ha caído una bomba

ha ido a parar a la reina Victoria.

Victoria está mala

y el rey no la quiere,

por eso Victoria

de pena se muere”.

También las parodias y las nuevas letras para el Himno de Riego que se cantaban en la España republicana:

“Si los curas y Franco supieran

la paliza que les van a dar,

subirían al coro cantando

¡libertad, libertad, libertad!”

Igualmente, Uclés incluye la versión popular de Los cuatro muleros titulada Los cuatro generales, que hacía referencia a Franco, Sanjurjo, Mola y Queipo de Llano. Todas ellas presentan un auténtico tapiz sonoro de la realidad del momento que recuerda al lector que en una guerra civil nada, y mucho menos la música, es inocente.

Más allá de estas músicas contextuales, Uclés introduce otras obras que interfieren como anacronías en la ficción. Al igual que hace Miguel de Unamuno en Niebla, el autor rompe la “cuarta pared” narrativa, establece un diálogo con sus personajes y, gracias a esta capacidad de interacción, les concede en momentos esenciales músicas a las que el lector deberá acudir si quiere participar en una experiencia interartística inmersiva.

Un ejemplo claro es el regreso de Odisto a su pueblo:

“Hice que, algo lejana, sonara en sus oídos una melodía que lo iba a acompañar en aquella última estación del viacrucis de vuelta. Para quien desee escucharla al mismo tiempo, se trata del ”Himno de los querubines“ de Piotr Ilich Tchaikovsky”.

Esto mismo sucede en la descripción de la toma de Badajoz por el coronel Yagüe, donde advierte “os dejo antes el nombre de una pista de audio, por si queréis finalizar el capítulo con la misma música con la que estoy escribiendo yo: Miserere mei, Deus, de Gregorio Allegri”, marcando así la matriz emocional del episodio.

Este recurso evocando el patrimonio histórico musical se repite en distintas ocasiones. En la batalla del Jarama, el corneta Camilo “decidió improvisar un aire parecido al Tuba mirum de Verdi, pero el doble de lento y de largo”, acentuando la dimensión fúnebre de la guerra fratricida.

Otras veces el narrador introduce músicas más próximas a los personajes para consolar por la pérdida de los fallecidos: “Antes de seguir con la lectura, os animo a que pongáis el Andante festivo de Sibelius que fue reorquestado en 1938 y lo escuchéis mientras leéis el siguiente capítulo”.

Las músicas del futuro

Pero también, y de una forma audaz, Uclés hace que sus personajes escuchen obras que fueron compuestas mucho tiempo después de la Guerra Civil. Sucede así, por ejemplo, cuando decide suspender el relato sobre la masacre en la carretera de Málaga-Almería para hacer que los soviéticos de las Brigadas Internacionales canten Sacred Love, de Georgui Svirídov, compuesto en 1973.

Estas referencias extemporáneas transforman hechos históricos puntuales en universales. De este modo los personajes de 1936 pueden ver en Madrid la escultura de Agustín Lara realizada por Humberto Peraza en 1975 frente a las Escuelas Pías. La pieza alude a la canción “Solamente una vez”, y en su pedestal se puede leer la letra del famoso chotis de 1948: “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací… en México se piensa mucho en ti”. En la novela no se menciona esta canción, pero es extraordinariamente elocuente en su recuerdo del exilio.

En el relato de la evacuación de los niños vascos en 1937 se intensifica el dolor de las madres, haciéndoles llegar como consuelo “una melodía balcánica llamada Ederlezi, hoy día bellamente interpretada por Nigel Kennedy y Goran Bregovic”.

La dulzura de esta obra se contrapone con la brutalidad y densidad sonora del Requiem II. Kyrie de Ligeti, que enmarca la cuarta parte de la novela y el estallido del volcán que fractura la península. A estas músicas imposibles hay que añadir el bálsamo que concede el narrador a uno de los personajes tras matar a un miliciano: “Hice que sonara muy tibiamente una pieza en su cabeza: la melancólica interpretación que Miles Davis haría tiempo después del adagio del Concierto de Aranjuez”.

Las piezas empleadas por Uclés no solo ayudan a comprender una época: expanden el mundo de los lectores. La península de las casas vacías es así un lugar donde la experiencia musical –las obras clásicas, coetáneas y futuras que aparecen en la particular odisea de Odisto– transforma la vivencia del tiempo.

El sentido se desplaza más allá del reino de la palabra y solo parece encontrarse donde la música, vivida en primera persona, se expresa poderosamente e invade el terreno silencioso de la novela.


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The Conversation

Juan José Pastor Comín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Todas las músicas que se esconden en ‘La península de las casas vacías’ – https://theconversation.com/todas-las-musicas-que-se-esconden-en-la-peninsula-de-las-casas-vacias-281090

Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que creía ciegamente en la autorregulación de los mercados

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Echeverry, Assistant Professor of Finance and affiliate researcher, ICS-NCID, Universidad de Navarra

Alan Greenspan (1926-2026). Rob Crandall/Shutterstock

El pasado 22 de junio murió a los 100 años Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadounidense (FED) entre 1987 y 2006, desde donde supervisó la expansión económica estadounidense más larga de una generación.

Greenspan, que llegó a ser aclamado como el mejor banquero central de la historia, también fue, apenas dos años después de su retiro, uno de los rostros de la crisis financiera que estalló en 2008, el mayor desplome financiero global desde la Gran Depresión.

Riesgo o incertidumbre

Es en esa doble cara donde Kevin Warsh, recién llegado a la presidencia de la FED, hará bien en estudiar para decidir qué conviene heredar y qué conviene desechar del legado de Greenspan.

No fue un académico de carrera sino un consultor de Wall Street obsesionado con los datos. The Economist lo ha retratado como “el músico de jazz que confiaba en los números igual que en las notas de una partitura”. Pero dejó una aportación intelectual de primer orden: el enfoque de gestión de riesgos de la política monetaria, que presentó en 2004.

A partir de la idea de que los bancos centrales operan siempre en la incertidumbre, Greenspan distinguía entre el riesgo –cuando se conoce la probabilidad del resultado– y la incertidumbre knightiana –cuando no se conoce–, y concebía la política monetaria como una decisión de ajuste estadístico. Así, el responsable de tomar las decisiones monetarias no debe fijarse solo en el escenario más probable sino en toda la distribución de desenlaces posibles, sopesando costes y beneficios, casi siempre asimétricos.

En su discurso sobre la energía de 2004, defendió que las señales de precios acaban resolviendo hasta los desequilibrios que parecen insalvables, y opuso el poder de los mercados al poder sobre ellos. Confió también en la tecnología y apostó a que el alza en la productividad que esta conllevaba contendría la inflación, aunque el paro cayera a mínimos, tomando en cuenta la premisa de que a menor desempleo mayor consumo y más riesgo de subida en los precios.

Fe ciega

Esa misma fe puede haber sido su debilidad. El gurú que antes de llegar a la FED criticaba el poder de los bancos centrales, no dudó luego en emplear a fondo sus herramientas: inyectar liquidez y bajar tipos en cada crisis, lo que el mercado bautizó como Greenspan put. Prefería no pinchar las burbujas sino limpiar después los destrozos. Un ejemplo: a finales de 1996 advirtió de que la “exuberancia irracional” de los inversores inflaba los precios en los mercados y advirtió del riesgo de una inminente burbuja financiera, pero no actuó en consecuencia. Y se opuso a la regulación de instrumentos financieros complejos, persuadido de que las entidades se vigilarían a sí mismas por puro interés.

La crisis de 2008 desmintió su exceso de confianza en la autorregulación de los mercados.

En su histórica comparecencia ante el Congreso estadounidense de octubre de ese mismo año, Greenspan reconoció haber “encontrado un defecto” en su visión del mundo: su fe en el libre mercado había sido demasiado ciega y los mercados deberían estar más regulados.

Economistas como Paul Krugman, John Taylor o Alan Blinder le reprocharon mantener los tipos demasiado bajos durante demasiado tiempo y arrastrar un punto ciego en materia regulatoria.

¿Qué preservar de la herencia de Greenspan?

Lo primero que merece conservarse es su marco de gestión de riesgos. Partiendo de que los modelos y previsiones son solo aproximaciones a una economía real que cambia sin cesar (y por tanto se mueve en la incertidumbre), abogaba por dar la primacía al juicio personal sobre el piloto automático en la toma de decisiones y comprar seguros contra las catástrofes de cola.

También está su defensa de la independencia del banco central, que Greenspan ejerció cuando plantó cara a la Casa Blanca de George H. W. Bush ante sus exigencias de dinero más barato. Es una lección incómoda para Warsh, nombrado bajo la presidencia de Donald Trump y, por tanto, bajo sospecha de docilidad.

En cambio, lo que debe desecharse es su excesiva confianza en la autorregulación de los mercados. Es una gran ironía que el colapso de 2008 fuese exactamente una de esas incertidumbres knightianas que el propio marco de gestión de riesgos de Greenspan exigía vigilar, pero que sus prejuicios ideológicos silenciaron. Aplicar la humildad ante el riesgo no solo a la inflación sino sobre todo a la estabilidad financiera –revisando la doctrina de “limpiar después” y tomando en serio la supervisión y control de los mercados–, es quizá la gran lección que deja.

Greenspan escribió, mejor que casi nadie, sobre los límites del conocimiento del banquero central. Su tragedia fue no aplicarse del todo su propia receta. Si Warsh quiere honrar al Maestro, hará bien en leer su música y corregir una que otra nota falsa.

The Conversation

David Echeverry no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que creía ciegamente en la autorregulación de los mercados – https://theconversation.com/alan-greenspan-el-presidente-de-la-reserva-federal-que-creia-ciegamente-en-la-autorregulacion-de-los-mercados-285894

Désinformation en santé : pourquoi les IA conversationnelles doivent entrer dans le débat

Source: The Conversation – in French – By Karen Nuvoli, Maître de conférences en Sciences de l’Information et de la Communication à l’Université de Lorraine | Centre de Recherche sur les Médiations (Crem, UR 3476), Université de Lorraine


L’essentiel

  • La désinformation en santé n’est pas un phénomène nouveau, mais les crises sanitaires successives, de l’affaire du sang contaminé à la pandémie de Covid-19, ont contribué à en accroître la visibilité.
  • Les réseaux sociaux ont amplifié la circulation de la désinformation en santé tandis que les IA conversationnelles redéfinissent les pratiques d’accès à l’information.
  • Le gouvernement français a émis des recommandations pour former les citoyens à démêler le vrai du faux dans ce nouvel écosystème informationnel complexe.

À l’heure où les fausses informations circulent plus vite que les savoirs établis, le dialogue entre science et société semble fragilisé. Méfiance envers les experts, controverses amplifiées par les réseaux sociaux, brouillage des repères… comment rétablir une discussion constructive fondée sur les faits, sans nier les doutes et les questionnements citoyens ?

Loin d’être cantonnée aux sphères politiques, la désinformation se répand largement dans le domaine de la santé. Informations erronées sur les vaccins, thérapies alternatives ou régimes miracles prolifèrent dans un espace numérique où les frontières entre savoirs légitimes et opinions infondées sont floues.




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Plusieurs facteurs s’entrecroisent pour expliquer cette vulnérabilité. À cet égard, nous pouvons rappeler :

Cette défiance s’inscrit dans les fractures sociales et politiques contemporaines où les divisions sociales, politiques et économiques sont prononcées. Dans une société fragmentée, la désinformation trouve un public particulièrement réceptif au sein de groupes déjà enclins à se méfier des institutions.

Défiance et information en santé à l’ère numérique

Les travaux de la Fondation Descartes montrent que les personnes qui s’informent surtout par l’intermédiaire d’Internet et des réseaux sociaux ont un niveau de connaissances en santé plus faible, une confiance moindre envers la science, la médecine et les institutions, et une sensibilité plus forte aux croyances, aux thérapies alternatives et à l’ésotérisme.

Ce contexte constitue un véritable écosystème informationnel de défiance, au sein duquel les fausses informations circulent plus facilement et peuvent encourager des comportements à risque. La désinformation en santé est même devenue récemment une démarche politique aux États-Unis dans le cadre du mouvement MAHA (pour Make America Healthy Again, en français « Que l’Amérique soit de nouveau en bonne santé ») qui bourgeonne également en Europe.

Ainsi, la désinformation en santé n’est pas seulement un problème de communication, mais aussi un enjeu de gouvernance démocratique. Une démocratie repose, en effet, sur la capacité des citoyens à prendre des décisions éclairées. Or, une information biaisée ou mensongère altère cette rationalité collective.

Une nouvelle étape dans la lutte contre la désinformation en santé

Le gouvernement français a fait de la lutte contre la désinformation médicale une priorité politique. Dans ce sens, la Stratégie nationale de lutte contre la désinformation en santé, présentée en janvier 2026 par la ministre de la santé, fixe quatre axes d’actions dans le prolongement du rapport Molimard.

Le premier concerne l’écoute et la participation citoyenne. Le rapport des assises citoyennes numériques en santé, tout juste publié, dresse le constat d’une mésinformation massive et rappelle que, en matière de santé, protéger l’information, c’est protéger les Français. Il recommande de rendre l’information visible, lisible, pertinente et accessible au bon moment pour les bonnes personnes, et de faire évoluer en conséquence le cadre réglementaire. À ce propos, des sanctions vis-à-vis des désinformateurs existent déjà. Mais leur application semble difficile.

Le deuxième axe concerne la création d’un observatoire de la désinformation en santé qui devra assurer veille, analyse et alerte en lien avec le troisième axe du dispositif, l’« info-vigilance ».

Le dernier axe du plan, « bâtir un socle de confiance propice à l’information en santé », vise à responsabiliser les plateformes numériques et à renforcer l’éducation critique à la santé dès l’école, notamment au moyen des kits pédagogiques conçus avec le Centre pour l’éducation aux médias et à l’information (Clemi).

Pour réussir, la stratégie devra sortir des formats institutionnels traditionnels et trouver des relais crédibles auprès des communautés sceptiques, sans tomber dans une posture moralisatrice qui aggraverait encore la fracture. Le succès du plan dépendra de sa capacité à restaurer la confiance et à toucher tous les publics. La stratégie française s’inscrit à la fois dans la perspective européenne, en continuité du rapport sur la santé publique à l’âge de la mésinformation, et dans le cadre des recommandations internationales.

Dans ce contexte l’Organisation mondiale de la santé (OMS) insiste d’ailleurs depuis plusieurs années sur la nécessité de développer la littératie en santé, c’est-à-dire la capacité des individus à comprendre, évaluer et utiliser l’information médicale pour faire des choix éclairés.

Un point tout aussi important concerne l’accès aux soins. La désinformation et le recours aux thérapies alternatives touchent davantage les « déserts médicaux », où il est difficile de consulter un médecin traitant – pourtant considéré parmi les sources les plus crédibles.




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Cette approche met en lumière une idée clé : lutter contre la désinformation, ce n’est pas seulement corriger les fausses nouvelles. Il s’agit aussi d’outiller intellectuellement les citoyens pour qu’ils puissent s’orienter dans un écosystème informationnel complexe.

L’angle mort : les IA conversationnelles et les usages citoyens

Le rapport du ministère mérite d’être salué, notamment pour sa volonté de renforcer la confiance collective. Mais une question se pose : quelle place accorder aux IA conversationnelles en santé, d’autant que les outils et les usages se multiplient à l’international comme en France ?

Le rapport prévoit des formations à l’IA générative pour les journalistes et son intégration sur Sante.fr, mais passe à côté des citoyens – pourtant les principaux concernés – et des professionnels de santé. Ce choix surprend d’autant plus que l’usage de ces outils et la confiance qu’ils suscitent semblent déjà bien ancrés.

Ainsi, 62 % des médecins généralistes auraient recours ponctuellement à ChatGPT dans leur pratique et 45 % des Français seraient en accord avec cet usage. Mais ces estimations sont à prendre avec prudence puisqu’elles émanent d’acteurs eux-mêmes investis dans l’IA.

Cette question est néanmoins pertinente dans un contexte où les IA dans le domaine de la santé ne cessent d’évoluer. ChatGPT Santé a été lancé aux États-unis, le 7 janvier 2026, rapidement suivi par Claude for Healthcare, l’IA d’Anthropic, qui peut se connecter à des données individuelles de santé via iOS et Android.

Le premier se concentre sur une assistance conversationnelle personnalisée pour accompagner les individus dans la compréhension de leurs données de santé, leurs résultats d’examen et la préparation de consultations. Anthropic mise, quant à lui, sur l’intégration des outils dans les écosystèmes professionnels et de recherche. Tous les géants du Web proposent déjà des solutions, sans oublier les licornes françaises, comme Mistral et Doctolib. Quelle sera leur acceptabilité respective dans l’avenir ?

L’usage de ces outils par le grand public apparaît en effet souvent désordonné, faute de comparaison claire des mécanismes de fonctionnement. Si les usages techniques en imagerie (radiologie, pathologie) sont prometteurs, les applications en diagnostic médical individuel sont plus problématiques.

Les risques à l’usage sont nombreux et les publications se multiplient. Pour ne citer que les plus récentes : erreurs d’interprétation des situations cliniques (en particulier en conditions d’urgence), biais vers des diagnostics rares, difficultés des patients à établir un dialogue performant avec les LLM actuels (les LLM ou grands modèles de langages sont les systèmes d’intelligence artificielle type ChatGPT, ndlr), problèmes éthiques concernant l’utilisation des données personnelles, ou encore risque de piratage des données de santé individuelles.




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Cette situation soulève donc plusieurs interrogations majeures vis-à-vis d’un accès responsable à l’information médicale et en santé : comment les utilisateurs vont-ils s’approprier les outils ? Jusqu’où un assistant conversationnel peut‑il accompagner les patients dans le diagnostic médical ? Quelles formations pour les médecins ?

Intégrer ce type de réflexion dans la stratégie nationale permettrait d’orienter les citoyens vers des usages plus responsables de ces outils.

The Conversation

Karen Nuvoli est membre du SFSIC (Société Française des Sciences de l’Information & de la Communication).

Gilbert Faure est fondateur et animateur du réseau HESIVAXs.

ref. Désinformation en santé : pourquoi les IA conversationnelles doivent entrer dans le débat – https://theconversation.com/desinformation-en-sante-pourquoi-les-ia-conversationnelles-doivent-entrer-dans-le-debat-285520