El mercado regulado de electricidad en España busca ser menos volátil en 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis Sancha Gonzalo, Profesor del Máster Universitario en Sector Eléctrico. Experto en Sistema Energético Español, Universidad Pontificia Comillas

cunaplus/Shutterstock

La factura regulada de la luz comenzó a funcionar en España el 1 de julio de 2009, marcando el fin del proceso de liberalización del mercado eléctrico.

Con la liberalización, los pequeños consumidores (aquellos cuya potencia contratada no supera los 10 kW) pudieron elegir entre las ofertas de mercado libre de las distintas comercializadoras o una comercialización regulada a través de una Tarifa de Último Recurso (TUR), que imputaba los costes del servicio eléctrico a través de los términos fijo (potencia contratada) y variable (energía consumida) de la factura.

En abril de 2014, el Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor (PVPC) sustituye a la tarifa de último recurso y el coste de la energía pasa a tomarse directamente de los precios, por franjas horarias, que marque el mercado eléctrico.

La última modificación de calado acaba de producirse el 1 de enero de 2026 y es la fase final del proceso de aplicación de la reforma en la metodología de cálculo del PVPC que se aprobó en abril de 2023.

Con esa reforma, el precio de la energía del mercado diario para los clientes PVPC pasó a ajustarse teniendo en cuenta el precio de los mercados organizados a plazos: anual, trimestral y mensual. En 2024, el primer año de aplicación, el precio de la luz dependía en un 25 % de los mercados a plazos y el 75 % restante del precio diario. Al año siguiente, en 2025, el porcentaje del primer concepto aumentó hasta el 40 %. A partir de este año, el precio se calcula con una ponderación de 55 % para los mercados a plazos y 45 % para el mercado diario. De este modo se busca depender menos de los vaivenes de este último y dar más estabilidad a los precios para los pequeños consumidores del mercado regulado.

Por su parte, los precios para quienes acuden al mercado libre de la energía se ajustan en los contratos y tarifas que las comercializadoras ofrecen a sus clientes.

La factura PVPC en 2026

La factura PVPC consta de seis términos y su importe es la suma de:

  • El término fijo, que consta de tres componentes: el coste de la potencia contratada (la cantidad de kilovatios que se puede consumir en un momento concreto) en horario de alta demanda (0,0759 €/kW día) y de baja demanda (0,0020 €/kW día), y el coste de comercialización (compra de energía, facturación, atención al cliente), cuyo precio regulado es 0,0086 €/kW día.

  • El término variable: se calcula por franjas horarias y es el producto de multiplicar la energía consumida a una determinada hora por el precio de la energía en esa misma hora. El precio se determina ponderando el precio de la electricidad en el mercado que se celebra cada 15 minutos (45 %) y los precios de los mercados a plazos (55 %). Dentro de estos últimos, el peso del mercado anual es del 54 %, el del trimestral del 36 % y el mensual del 10 %. Además, el precio de la energía incorpora los costes de operación del sistema y la parte variable de los peajes y cargos.

  • La financiación del bono social, que se aplica por normativa y es obligatorio. Tiene un valor de 0,019 €/día.

  • El impuesto eléctrico: es del 5,11 % y se aplica a los tres términos previos (término fijo, término variable y la financiación del bono social).

  • Alquiler del contador eléctrico (0,0266 €/día).

  • El IVA (21 %), que se aplica a la suma de los cinco términos anteriores (término fijo, término variable, financiación del bono social, impuesto eléctrico, alquiler del contador).

  • En el caso de autoconsumo, aparece un término adicional que refleja la compensación económica por la energía excedentaria vertida a la red (energía vertida X el precio regulado horario).

Importancia de los términos

Los términos más importantes de la factura son los dos primeros (el fijo y el variable). Además, son los de mayor cuantía y los únicos que pueden ser gestionados por el consumidor. En 2025, el término de potencia (fijo) supuso el 20 % y el de energía (variable) el 56 % de la factura del consumidor medio PVPC (4 kW de potencia contratada y 200 kWh de consumo mensual).

Con respecto a 2025, en 2026 aumenta el precio del término de potencia (coste fijo de la factura). Además, el hecho de incluir en el cálculo de la energía consumida (término variable de la factura eléctrica) los precios de los mercados a plazos hace prever una reducción del precio en un 16 %. Se mantiene la discriminación horaria para costes y peajes: dos periodos en el término de potencia y tres en el término de energía.

Gasto eficiente en la potencia contratada

Contratar la potencia punta que realmente se necesita puede suponer un ahorro importante en el gasto eléctrico anual.

Las facturas incluyen un gráfico con la potencia punta realmente utilizada en el último año. Este dato debe servir de guía para contratar la potencia adecuada. El cambio de potencia (que tiene un coste para los clientes eléctricos) se puede hacer en escalones de 0,1 kW.

Gasto eficiente de la energía eléctrica

Aprovechar la diferencia horaria del precio de la energía para trasladar, en la medida de lo posible, consumos de horas caras a horas más baratas dentro del día o de la semana es una buena manera de optimizar el gasto en electricidad.

En el día, la influencia de la generación fotovoltaica hace que las horas más baratas sean las comprendidas entre las 15.00 y las 18.00 horas, mientras que entre las 04.00 y las 06.00 son horas valle. Las horas más caras son las comprendidas entre las 19.00 y las 22.00 horas (horas punta domésticas).

Dentro de la semana, todas las horas de los sábados, domingos y festivos son valle y tienen precios inferiores a los de los días laborables.

En 2025, en el 20 % de los días la diferencia de precio entre la hora más cara y la más barata fue 20,62 €/kWh, un valor muy sustancial.

Un cliente informado

Es útil recordar que el consumidor PVPC puede conocer cada día el precio horario de la energía de la jornada siguiente utilizando plataformas como e·sios de Red Eléctrica (REE), o cualquier aplicación específica.

Finalmente es aconsejable revisar periódicamente el comparador de facturas de la CNMC, que establece un ranking ordenado con las ofertas de todas las comercializadoras eléctricas de precio libre y PVPC.

The Conversation

José Luis Sancha Gonzalo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El mercado regulado de electricidad en España busca ser menos volátil en 2026 – https://theconversation.com/el-mercado-regulado-de-electricidad-en-espana-busca-ser-menos-volatil-en-2026-273916

Faltan datos sobre salud mental infantil: una ‘app’ para llenar la laguna y mejorar la prevención

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Llabrés Bordoy, Profesor de Psicología, Universitat de les Illes Balears

Budimir Jevtic/Shutterstock

En los últimos años se habla mucho de salud mental, pero los datos siguen centrados casi exclusivamente en la población adulta. En 2025, uno de cada cinco españoles declara haber tenido algún problema emocional o de ansiedad, según el Barómetro Sanitario del Ministerio de Sanidad. Sin embargo, cuando preguntamos por los niños, el silencio estadístico es evidente: faltan datos.

La realidad es que en España no existen registros homogéneos sobre bienestar psicológico infantil, ni estudios que sigan a los mismos niños y niñas a lo largo del tiempo. Las encuestas nacionales apenas incluyen preguntas sobre emociones, relaciones o estrategias de afrontamiento. Y sin datos, es imposible prevenir.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la mitad de los trastornos psicológicos aparecen antes de los 14 años, pero solo una minoría recibe atención temprana.

Una brecha invisible: infancia sin indicadores

A nivel autonómico, la comunidad de Illes Balears ha lanzado un plan para reforzar los servicios psicológicos en atención primaria y en centros educativos. Sin embargo, los propios informes oficiales reconocen que faltan indicadores sólidos sobre salud psicológica infantil. Ya lo contamos en la Memoria del Consejo Económico y Social del 2023.

Esa carencia no es solo un problema técnico. Sin información, no se pueden diseñar políticas basadas en la evidencia ni detectar desigualdades entre contextos sociales. Tampoco se podrán centrar nuestros esfuerzos en la prevención de los problemas psicológicos ni en la promoción del bienestar emocional.

Una respuesta desde la investigación: el proyecto GrowinApp

En la Universitat de les Illes Balears (UIB), varios expertos integrados en un equipo multidisciplinar estamos trabajando para llenar ese vacío con el proyecto GrowinApp. Tiene un objetivo claro: mejorar la comprensión y la prevención de los problemas de salud psicológica infantil a partir de datos reales obtenidos en contextos cotidianos.

Concretamente, estamos desarrollando una aplicación móvil que permite obtener esa información y volcarla, completamente anonimizada, a un portal de datos abiertos. A través de la app, familias y profesionales pueden participar en estudios longitudinales (realizados con un mismo grupo de personas a lo largo del tiempo) que ayudan a detectar factores de riesgo y a promover estrategias de regulación emocional adaptativas.

¿Qué hemos aprendido hasta ahora?

En un estudio piloto, realizamos una evaluación momentánea ecológica (EMA) con un grupo de niños y niñas de entre 6 y 12 años junto con sus familias. Los datos obtenidos con una EMA pueden ser más fiables que los obtenidos a través de cuestionarios tradicionales porque en vez de preguntar sobre el pasado (“¿Cómo te has sentido durante la última semana”) se hace, de forma repetida, sobre el presente (“¿Cómo te sientes ahora mismo?”). De este modo, durante una semana, cada familia registró en la aplicación todos los episodios emocionales significativos que vivieron: qué había pasado, cómo se sintieron y qué hicieron para manejarlo. Antes habían contestado cuestionarios sobre comportamiento y temperamento.

Los resultados fueron claros: las estrategias de planificación y revaluación positiva se asociaron con mayor bienestar, mientras que la rumia –dar vueltas una y otra vez a lo mismo– empeoraba el estado emocional, sobre todo en niños con temperamentos más inhibidos o sensibles.

En otra investigación transversal con 302 familias –sin publicar aún– hemos podido comprobar que la manera en que los niños y niñas gestionan sus emociones es clave para entender por qué las experiencias adversas o ciertos rasgos de temperamento pueden afectar a su salud psicológica. La dificultad para regular esas emociones es un mecanismo fundamental que explica la vulnerabilidad, lo que refuerza la necesidad de evaluar y entrenar competencias emocionales en la infancia como estrategia de prevención.

Estos hallazgos coinciden con los estudios recientes sobre flexibilidad emocional, lo cuales subrayan que no hay estrategias universalmente “buenas” o “malas”, sino respuestas más o menos adaptativas según el contexto.

Una plataforma abierta asistida por inteligencia artificial

Sabemos que la retroalimentación, el feedback, es el mejor incentivo para fidelizar a los participantes en este tipo de estudios, así que ya estamos trabajando en la nueva versión de la aplicación.

GrowinApp2 permitirá recoger, analizar y compartir datos sobre salud psicológica infantil con las máximas garantías éticas y de privacidad. En una misma app se podrán recibir informes automáticos y personalizados, comparando sus resultados con los del conjunto de participantes, así como recoger respuestas a cuestionarios tradicionales y realizar evaluaciones momentáneas ecológicas como la que hemos explicado más arriba.

En la misma línea, se integrará un asistente conversacional con inteligencia artificial –entrenado solo con información científica validada– que ofrecerá orientación general y detectará palabras sensibles (por ejemplo, relacionadas con riesgo de daño o violencia), activando protocolos de alerta supervisados por profesionales humanos.

Como en la versión actual, GrowinApp2 facilitará la publicación de los resultados anonimizados de los estudios que se lleven a cabo en un portal de ciencia abierta, siguiendo los principios FAIR (datos “encontrables”, “accesibles”, “interoperables” y “reutilizables”, por sus siglas en inglés).

En definitiva, avanzar hacia una verdadera protección de la salud psicológica infantil exige un compromiso colectivo. Se debería invertir en sistemas estables de recogida de datos y facilitar que las familias pudieran participar en estudios longitudinales. Con el proyecto GrowinApp, pretendemos pasar de hablar de salud psicológica infantil a medirla, entenderla y actuar sobre ella.

The Conversation

Este artículo es parte del proyecto PID2021-126704OB-I00 financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades / AEI /10.13039/501100011033/ y por FEDER Una manera de hacer Europa.

Alfonso Morillas Romero, Maria Balle Cabot y Maria Àngels Ollers Adrover no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Faltan datos sobre salud mental infantil: una ‘app’ para llenar la laguna y mejorar la prevención – https://theconversation.com/faltan-datos-sobre-salud-mental-infantil-una-app-para-llenar-la-laguna-y-mejorar-la-prevencion-271215

Irán en su laberinto: conceptos básicos para entender el descontento de la población y el origen de las protestas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas

Protestas en Irán durante los primeros días de 2026. RTVE

La caída del Muro de Berlín supuso no solo el fin de un sistema político, el comunismo, sino también el colapso de una forma de entender las relaciones internacionales. La intervención del entonces presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (1988), unida a la retirada de Afganistán, hizo ver a los ciudadanos de Europa del Este que Rusia nunca vendría a ayudar a sus gobernantes cuando hubiera protestas.

Eso significaba que ya no habría más otoños húngaros, primaveras de Praga ni leyes marciales en Polonia. Y, sobre todo, que el sistema podría colapsar si se elevaba la presión en las calles.

Lo vivido en los ochenta en Europa nos recuerda mucho a lo que vemos en Irán en los últimos años. Por un lado, el régimen es incapaz de hacer prosperar la economía y, por otro, su apoyo exterior se desvanece poco a poco. Analicemos estos dos asuntos:

La economía, uno de los grandes problemas del país

La economía iraní está lejos de ser próspera. A pesar de ser un país rico en recursos naturales, la República Islámica de Irán no ha logrado elevar el nivel de vida de sus ciudadanos.

Mientras que la renta per cápita de Irán apenas llega a los 5 000 dólares, sus vecinos ganan entre ocho (Arabia Saudí: 38 000 dólares) y quince veces más (Catar: 70 000 dólares). Además, la economía lleva años estancada y la inflación se ha convertido en el principal problema económico para los iraníes.

En el año 2025 los precios subieron un 42,2 % y los alimentos, un 72 %. Uno de los sectores más afectados por la inflación ha sido el de los comerciantes, quienes han visto reducidos sus ingresos como consecuencia de la pérdida generalizada del poder adquisitivo de los iraníes.

Por ello, a nadie sorprende que las revueltas de diciembre tuvieran su origen en el Bazar Jomeh, una especie de rastro que ocupa cinco plantas de un aparcamiento todos los viernes y al que acuden los habitantes de Teherán.

Fueron precisamente los comerciantes de este bazar quienes protestaron al ver cómo llegaban cada vez menos clientes a sus puestos. La respuesta del gobierno de Teherán no fue muy útil, ya que solo se le ocurrió aumentar en 7 dólares el exiguo subsidio que reciben sus ciudadanos para comprar en tiendas determinadas.

La caída del apoyo desde el exterior

El segundo gran pilar del Irán revolucionario es su apoyo exterior, un sector que también se ha tambaleado en el último año. Si bien es cierto que en 2009, 2014 o 2017 los ayatolás se sentían seguros al reprimir con el apoyo que les brindaba Moscú, desde que Putin se ha embarrado en Ucrania, ese apoyo se siente cada vez más lejano.

Además, en el último año, Irán ha asistido a la caída de regímenes como el sirio, a la captura de Maduro o a la exterminación de Hezbolá y Hamás ante la atónita mirada de un Putin que no puede más que contemplar cómo pierde cada vez más influencia.

Todos estos actores se mantenían en el poder porque gozaban del favor de Moscú, y ese hecho ha sido irrelevante cuando han tenido que hacer frente a su supervivencia.

No podemos olvidarnos de la cada vez más notable debilidad iraní en el exterior. A pesar de los esfuerzos de Teherán, estamos asistiendo al desmontaje del llamado “eje de la resistencia”, con la consiguiente pérdida de aliados tan importantes como Al Assad, Hezbolá o Hamás.

Esta reducción de la carga, lejos de ayudar a estabilizar sus problemas internos, está mostrándonos un Irán incapaz de protegerse de los golpes que Washington y Jerusalén le asestan al unísono y de forma coordinada. En general, los iraníes consideran que su régimen es débil e incapaz de resolver sus problemas internos y externos, por lo que ven en las protestas una forma de hacer que caiga.

Si todo esto fuera poco, el régimen de los ayatolás parece noqueado y la única forma que ha encontrado de responder a los manifestantes es mediante la represión. En las últimas semanas, los Guardianes de la Revolución han segado la vida de más de 3 000 personas, según la televisión estatal, lo que no ha hecho más que radicalizar las demandas de la población.

Posibles escenarios futuros

Los escenarios a corto y medio plazo no parecen halagüeños. Los Guardianes de la Revolución –una rama de las fuerzas armadas iraníes– siguen teniendo un poder muy elevado en las estructuras del Estado y la represión sigue siendo su principal herramienta.

Al igual que en Venezuela, Estados Unidos no parece muy partidario de intervenciones que impliquen un cambio de régimen. La sombra de Irak, Afganistán y Libia sigue siendo muy alargada para Trump, y sus votantes no quieren oír hablar de nuevas aventuras que supongan un gasto extra para el tesoro americano.

Tampoco se prevé una alternativa basada en el Shah, ya que una parte de la población nunca ha vivido fuera del paraguas de los ayatolás y la otra todavía recuerda que episodios como la masacre de plaza Jaleh o el incendio del Cinema Rex fueron la alfombra para la llegada de Jomeinei.

Los dos escenarios más probables son el colapso del régimen o un escenario a la venezolana. El colapso se traduciría en un empecinamiento en la represión y en el empeoramiento de los problemas económicos del país. Si estos dos elementos se mantienen, podríamos ver colapsar la República Islámica de Irán y extender el caos por todo Oriente Medio.

El otro escenario implicaría un pacto con sectores pragmáticos del régimen, que permitiría a Estados Unidos acceder a las reservas de petróleo a cambio de una relajación de las sanciones. Si esto ocurriera, podría llegar una mejora en el nivel de vida de los iraníes lo que, en el fondo, apuntalaría el régimen.

En todo caso, habrá que ver el interés de un Estados Unidos gobernado por alguien que cambia de prioridades cada 24 horas.

Al igual que ocurrió en 1979, Irán necesita un cambio y ese cambio debe suponer una mejora en las condiciones de vida de los iraníes, tanto en lo político como en lo económico.

Hay un proverbio persa que dice “quien conoce la salida, no se pierde en el laberinto”. El problema de Irán es que nadie parece conocer la salida, lo que condena a la población a estar en el laberinto.

The Conversation

Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Irán en su laberinto: conceptos básicos para entender el descontento de la población y el origen de las protestas – https://theconversation.com/iran-en-su-laberinto-conceptos-basicos-para-entender-el-descontento-de-la-poblacion-y-el-origen-de-las-protestas-273874

Ce que les consultations citoyennes et le jet de soupe sur « la Joconde » ont en commun

Source: The Conversation – France in French (3) – By Chiara Armeni, Professeure de droit de l’environnement, Université Libre de Bruxelles (ULB)

Les manifestations et actions de désobéissance civile pour le climat sont de plus en plus réprimées, et souvent perçues comme incompatibles avec les consultations publiques, le mode classique de participation aux décisions environnementales. Pourtant, les deux relèvent du même édifice juridique environnemental.


Au cours des dernières années, les manifestations exigeant – souvent de façon créative – que les États et les entreprises agissent contre le changement climatique se sont multipliées dans de nombreux pays européens, suscitant souvent une forte répression.

À première vue, il n’y a pas nécessairement de lien direct entre, d’une part, ces actions de protestation et, d’autre part, la pratique moins médiatisée, plus routinière – et certainement moins risquée – de la consultation publique sur des sujets tels que la mise en place d’un parc d’énergie renouvelable ou la destruction d’un espace vert local. Et pourtant, ces consultations publiques, les manifestations et la désobéissance civile sont plus liées qu’on pourrait le croire. De fait, les unes comme les autres font partie du même édifice juridique environnemental.

La participation publique aux questions environnementales, un salon parisien du XVIIIᵉ siècle

Dans notre dernier article, nous explorons les liens entre consultation, protestation et désobéissance civile en matière environnementale. Nous suggérons que la participation politique se constitue comme un continuum de trois pratiques interdépendantes : la participation à des processus juridiques formels, tels que les consultations publiques sur les décisions d’aménagement du territoire (concernant des projets très divers, ayant trait aussi bien à l’énergie renouvelable qu’au logement ou au traitement des déchets) ; les manifestations de rue, telles que les marches « Friday for Future » ; et les pratiques de désobéissance civile conçues pour maximiser les perturbations ou attirer l’attention en enfreignant les règles, telles que les barrages routiers des militants pour le climat ou la dégradation du verre protégeant le tableau le plus célèbre du monde.

Ces trois types d’activités coexistent dans l’espace civique, c’est-à-dire « la couche entre l’État, les entreprises et la famille dans laquelle les citoyens s’organisent, débattent et agissent ». Et lorsque les organisations, les débats et les actions concernent l’environnement, notre espace civique devient un espace civique environnemental.

Nous pouvons appréhender la participation comme un salon parisien du XVIIIe siècle, caractérisé par une enfilade, « une succession de pièces dont les portes sont alignées le long d’un axe où [« l »]es invités découvraient une série d’espaces soigneusement aménagés par les propriétaires et conçus comme une composition en plusieurs mouvements ».

À l’instar d’un salon parisien, les différentes formes de participation au sein de l’espace civique environnemental sont reliées au sein d’un même espace, mais les différentes pièces ont des caractéristiques juridiques et des implications différentes pour les visiteurs.

Les trois salles de participation et le rôle du droit

S’appuyant sur les travaux de Brian Wynne relatifs à la participation « invitée » et « non invitée » et les développant, nos trois salles de participation comprennent la participation invitée, la participation non invitée et – ajoutons-nous – la participation interdite.

Les citoyens peuvent être invités dans une salle ; ils peuvent explorer légalement une autre salle sans invitation formelle ; et ils peuvent décider d’entrer illégalement dans la salle suivante, même si l’entrée leur est interdite.

Dans la première salle, les citoyens sont invités à participer, exerçant pleinement leur droit de débattre et d’exprimer leurs opinions sur une décision. Ce droit est juridiquement protégé, conformément notamment à la Convention d’Aarhus (1998), un traité international clé qui protège l’accès des citoyens et des ONG à l’information, la participation du public et l’accès à la justice en matière d’environnement. L’Union européenne et ses États membres, ainsi que le Royaume-Uni, sont parties à la Convention d’Aarhus et sont donc légalement tenus à s’y conformer. La participation au sein de cette chambre peut consister à être consultés (« invités ») sur une décision relative à une activité spécifique (par exemple, l’octroi d’un permis d’environnement pour l’extension d’un aéroport, ou sur un plan, un programme ou une politique en matière environnementale, notamment en ce qui concerne les activités pouvant être autorisées dans une certaine zone).

Les citoyens ne sont pas expressément invités à entrer dans la deuxième pièce de l’enfilade, mais le droit protège la participation non invitée – à savoir, en l’occurrence, la protestation – en tant qu’exercice légitime des droits humains, en particulier les droits à la liberté d’expression et de réunion pacifique protégés par les articles 10 et 11 de la Convention européenne des droits de l’homme ; ainsi que par d’autres accords internationaux.

La troisième salle est fermée par le droit, qui interdit certaines formes de participation, rendant les manifestations illégales et les actions civiles désobéissantes. On y retrouve un éventail de pratiques allant de l’organisation de manifestations spontanées, non déclarées à l’avance, devant des lieux de prise de décision politique pour protester contre le report et le détricotage d’une loi environnementale (comme la loi européenne contre la déforestation), jusqu’à des actions spectaculaires de désobéissance civile telles que l’interruption d’une étape du Tour de France ou le jet de soupe sur la Joconde.

Le continuum de la participation en Europe

En tant que spécialistes du droit de l’environnement, nous avons travaillé ensemble et séparément pendant plusieurs années, principalement sur la participation sur invitation, sur ce qui se passe dans la première salle. Même si cela ne se traduisait pas toujours par une véritable inclusion, la valeur de la participation du public dans la prise de décision environnementale était plus ou moins admise, et il n’était certainement pas nécessaire de défendre la prise de décision démocratique à partir des principes fondamentaux.

Ce n’est plus le cas aujourd’hui. Les droits et les protections procédurales nécessaires à la participation sur invitation sont remis en cause par des mouvements populistes situés aux deux extrémités du spectre politique qui pensent déjà connaître la bonne réponse : d’un côté, ceux qui contestent l’existence ou la gravité du changement climatique, de l’autre, le populisme climatique qui estime que l’urgence climatique justifie de s’affranchir des temporalités et des procédures démocratiques.

En même temps, l’urgence de nos diverses crises environnementales peut détourner les anciens partisans de la participation citoyenne vers des processus dirigés par des experts qui voient les réponses dans des solutions techniques plutôt que dans le débat démocratique. Prise entre les populistes et les technocrates, la valeur de l’engagement citoyen – des décisions mieux informés et plus solides sur le plan politique – est oubliée.

L’espace réservé à la participation invitée, ouvert à tous et à toutes les opinions, est de moins en moins bien entretenu et protégé. Mais le salon de l’espace civique va au-delà de ces occasions ordinaires, bien qu’importantes, pour les citoyens de s’engager auprès du pouvoir.

Nos recherches ouvrent les portes de l’enfilade et explorent le continuum entre la participation invitée, non invitée et interdite à travers l’Europe. Nous examinons le rôle joué par le droit (par exemple le droit environnemental, public, routier, pénal) dans la détermination de la possibilité pour les citoyens d’entrer dans l’une des salles de participation et de quelle manière. Nous avons constaté, conformément aux signaux d’alarme internationaux et européens, que l’évolution des règles juridiques qui façonne l’espace civique environnemental en Europe démontre une « tendance répressive » croissante.

Cette répression se manifeste par une combinaison de réformes législatives qui criminalisent les pratiques des manifestants, telles que les barrages routiers ou le verrouillage (« lock-in »), ainsi que par un durcissement des pratiques policières, judiciaires et pénales, telles que le recours accru à la force, augmentation des arrestations et alourdissement des peines.

Ces réformes sont accompagnées par une multitude d’autres pratiques intimidantes allant des poursuites stratégiques des grandes compagnies pétrolières contre les ONG environnementales, comme dans le cas de Energy Transfer contre Greenpeace (souvent appelées « poursuites-bâillons ») à la surveillance des manifestants.

La répression pousse les citoyens vers la troisième salle. Ici, le droit punit très sévèrement ceux qui ont réussi à y entrer et à exprimer leur désaccord, comme les condamnations à des peines d’emprisonnement inédites pour les activistes de Just Stop Oil au Royaume-Uni. Le droit restreint simultanément la portée de la participation invitée, interdit ce qui était auparavant non invité mais légal, et augmente le coût personnel de la désobéissance civile interdite (mais pacifique).

Toute la maison compte

Nous ne sommes pas les premières à affirmer que la consultation des citoyens et les manifestations de rue peuvent constituer une forme de participation politique, ou que l’espace public se réduit dans toute l’Europe.

Nous sommes convaincues que l’espace civique se trouve dans la routine quotidienne et banale qui consiste à s’adresser au pouvoir, ainsi que dans des moments clés telles que les élections. Et qu’il se trouve aussi dans la théâtralité des pratiques de protestation, même si elles sont criminalisées, ainsi que dans les institutions sobres de la délibération démocratique, comme la Convention citoyenne pour le climat en France. Mais la tendance transnationale à limiter simultanément ces approches très différentes de la participation politique souligne la profondeur du rétrécissement de l’espace public environnemental.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Ce que les consultations citoyennes et le jet de soupe sur « la Joconde » ont en commun – https://theconversation.com/ce-que-les-consultations-citoyennes-et-le-jet-de-soupe-sur-la-joconde-ont-en-commun-272203

Les secrets des entreprises japonaises pour embarquer leurs salariés grâce au principe du « ba » (場)

Source: The Conversation – France (in French) – By Mélia Arras-Djabi, Maîtresse de conférences en management et GRH, IAE Paris – Sorbonne Business School

Les nouveaux salariés sont encouragés à apprendre en observant et en imitant leurs aînés. Une expression décrit cette réalité : « Apprendre en regardant le dos des _senpai_. » Metamorworks/Shutterstock

La réussite de l’intégration au Japon n’apparaît dans aucun manuel de gestion en ressources humaines. Tout se joue dans le ba, un espace-temps relationnel où la nouvelle recrue apprend l’implicite, où l’apprentissage se fait au contact direct des équipes dans et en dehors du lieu de travail. Plongée dans les coulisses de cette immersion pas comme les autres.


Dans de nombreuses organisations, le processus d’intégration est structuré par des dispositifs d’onboarding mettant principalement l’accent sur la formation formelle, la transmission explicite des règles du métier et la diffusion d’informations relatives au fonctionnement des différents services.

Cette manière de concevoir l’intégration n’a rien d’évident ni de généralisable. Elle reflète des choix organisationnels et culturels particuliers. Les entreprises japonaises offrent, à cet égard, un contrepoint éclairant, en s’appuyant sur des formes de socialisation plus informelles, relationnelles et situées.

Notre étude récente met en lumière trois caractéristiques clés pour comprendre les pratiques d’intégration japonaises : leur nature tacite, leur déploiement hors situation de travail et leur organisation au plus près des équipes, sans pilotage centralisé. Bien que distinctes, ces pratiques s’articulent autour du ba, cet espace-temps relationnel au sein duquel les nouveaux arrivants apprennent progressivement leur métier à travers les interactions, l’observation et le partage du quotidien.

Le ba (場), l’espace-temps de relations émergentes

Pour une nouvelle recrue dans une entreprise japonaise, s’intégrer ne signifie pas seulement apprendre un poste ou acquérir des compétences. Il s’agit avant tout de trouver sa place au sein d’une équipe, avec ses habitudes, ses relations et ses contraintes propres. Cette manière de concevoir l’intégration repose sur un concept culturel japonais central, le ba (場), défini comme un « espace-temps de relations émergentes ».

Dans l’entreprise, le ba le plus important est le genba (現場), le lieu réel où le travail se fait. C’est là que se construit la compréhension du travail réel et que se transmettent les manières de faire. Le genba est l’unité de base où se déroule la socialisation. Cela explique pourquoi l’intégration au Japon est si décentralisée. Plutôt que de suivre un programme en ressources humaines unique et standardisé, l’intégration se fait au sein de la microculture de l’équipe. Pour une nouvelle recrue, l’objectif est de « se fondre dans le lieu » (genba ni tokekomu).

« Se fondre dans le lieu (littéralement “se dissoudre dans le ba”). […] Se fondre dans l’équipe de travail, oui, et être proactif, je pense que c’est la meilleure façon de progresser », rappelle une manager interviewée.

Cet accent mis sur l’harmonie entre l’individu et le contexte collectif est peut-être la différence la plus fondamentale avec les approches occidentales. Ces dernières tendent davantage à se concentrer sur le rôle, les objectifs et les compétences de l’individu, souvent détachés de son environnement immédiat. Cette forte décentralisation permet un ajustement fin aux réalités locales du travail, mais peut aussi conduire à des expériences d’intégration très contrastées selon les équipes.

« Apprendre en regardant le dos des senpai (先輩) »

Dans les grandes entreprises en Occident, l’apprentissage d’un nouveau poste passe souvent par des formations structurées et une documentation détaillée. A contrario, au cœur de l’approche japonaise se trouve la relation senpai–kohai (senior-junior), où le senpai (先輩), qu’il soit officiellement désigné comme tuteur ou non, sert de repère au quotidien pour le nouveau venu.

L’apprentissage auprès du senpai est avant tout tacite. Les nouvelles recrues sont encouragées à apprendre en observant attentivement et en imitant leurs aînés. Cette philosophie est résumée par l’expression « apprendre en regardant le dos des senpai », ou senpai no senaka wo mite oboeru.

Cette méthode repose sur l’idée d’une appropriation des savoir-faire par immersion et par observation, désignée par l’expression japonaise shigoto wo nusumu – littéralement, « voler le travail ». Ici, le terme « voler » décrit une démarche proactive où le nouvel employé s’approprie les connaissances par l’observation active.

« J’ai appris le travail en le suivant, en regardant comment il (le « senpai ») faisait », témoigne un salarié qualité junior.

Cette approche repose sur l’idée que les savoirs du métier sont indissociables des situations de travail ; ils se construisent par l’immersion, l’observation et l’ajustement progressif au contexte, plutôt que par une transmission formalisée et détachée de l’activité. Si ce mode d’apprentissage favorise une compréhension fine du travail réel, il rend l’intégration dépendante de la qualité des relations et de la stabilité dans l’équipe, ainsi que de la disponibilité des senpai.

Se connaître en dehors du bureau

Les relations professionnelles prennent une dimension quasi institutionnelle au Japon avec la pratique de « nomunication ». Ce mot-valise, combinant le verbe japonais nomu (boire) et le mot anglais communication, désigne les réunions informelles autour d’un verre, appelées nomi-kai.

Ces réunions ne sont pas de simples sorties entre collègues, elles jouent un rôle important dans l’intégration, en permettant de construire une confiance mutuelle et une compréhension partagée des non-dits, indispensables dans une culture où la communication s’appuie sur l’implicite plutôt que sur des échanges explicites.

Dans ces contextes détendus, les barrières hiérarchiques et formelles s’abaissent. C’est l’occasion de construire des relations plus profondes, de comprendre l’histoire non officielle du service et, pour les kohai (le junior), de faire part des éventuelles difficultés qu’ils rencontrent.

« On parle de “nomunication”. On sympathise en parlant de tout et de rien en mangeant ; on développe de bonnes relations, et puis ça facilite le travail », rappelle une chargée de publicité senior interviewée.

Ces formes de sociabilité professionnelle témoignent d’une porosité historiquement marquée entre sphère professionnelle et sphère personnelle dans de nombreuses organisations japonaises.

Comprendre le contexte institutionnel japonais et ses évolutions

Les pratiques d’intégration observées dans les entreprises japonaises s’inscrivent dans un cadre institutionnel spécifique et… en évolution. La formation initiale des Japonais et Japonaises y est largement généraliste, et le lien entre diplôme et poste occupé reste relativement faible.




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Le modèle d’emploi de longue durée, longtemps dominant, a favorisé des carrières internes marquées par la mobilité et la polyvalence, plutôt que par une spécialisation immédiate. L’intégration n’est alors pas pensée comme une étape brève, mais comme un processus progressif, étalé dans le temps, au plus près du terrain.

Des enquêtes indiquent une évolution des attentes des travailleurs en matière d’équilibre entre vie professionnelle et vie privée, pouvant venir entraver les pratiques de socialisation hors travail.

Repenser l’intégration au-delà des manuels

Selon le modèle japonais, intégrer durablement un nouveau collaborateur, c’est avant tout lui faire une place au sein d’un « nous ». Même évolutive, cette vision japonaise invite à interroger nos propres standards d’intégration.

Aller au-delà du « kit d’accueil »

L’intégration ne se joue pas seulement au niveau du siège, des modules en e-learning ou des journées d’onboarding. Elle dépend fortement de ce qui se passe dans l’équipe, dans le quotidien du travail, dans la manière dont on montre et laisse découvrir les coulisses du métier.

Reconnaître le rôle clé des situations informelles

Les moments informels jouent un rôle décisif sur le fonctionnement des collectifs, la prise de décision et la transmission des savoirs et savoir-faire clés. La question n’est pas de les multiplier à tout prix, mais de les penser comme des espaces de socialisation à part entière.

Travailler l’implicite

L’étude rappelle que beaucoup de règles du jeu sont implicites. Une bonne socialisation suppose, sinon de rendre explicite ces attendus, d’inviter des tuteurs/mentors à acculturer les nouvelles recrues à cette part invisible des kits d’intégration et des modules de formation formels.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Les secrets des entreprises japonaises pour embarquer leurs salariés grâce au principe du « ba » (場) – https://theconversation.com/les-secrets-des-entreprises-japonaises-pour-embarquer-leurs-salaries-grace-au-principe-du-ba-272521

Qu’est-ce qui remplit les salles de concerts ? La nostalgie, pardi !

Source: The Conversation – France (in French) – By Joan Le Goff, Professeur des universités en sciences de gestion, Université Paris-Est Créteil Val de Marne (UPEC)

Le spectacle « One night of Queen » vise à faire revivre au public le mythique concert de Queen à Wembley, en 1986. Youtube/capture d’écran.

Sur les scènes françaises, les tournées « best of » ou les « tribute bands » occupent le terrain, remplissent les salles et structurent un véritable marché de la « nostalgie live ». Portés par une demande de réconfort émotionnel et de communion mémorielle, ces spectacles du passé remixés au présent interrogent. Comment comprendre un tel engouement pour ces pastiches et jusqu’où cette économie de la copie peut-elle prospérer sans trop étouffer la création ?


Une semaine ordinaire en France permet d’aller voir « One Night of Queen » (le plus célèbre tribute band de Queen) le 20 janvier à Paris, « Covertramp » (hommage à Supertramp), le 24 janvier à Reims et « Cloudbusting » (tribute à Kate Bush) le même jour à Paris. D’autres préféreront « Génération Céline » (Céline Dion) à Aix-en-Provence, le 21 janvier, « Balavoine, ma bataille » à Nantes (23 janvier) ou « Soul Cages Trio » (un hommage jazzy à Sting), le 28 janvier à Paris. Il y en a pour tous les goûts ! Le défilé de ces groupes qui rendent hommage à un artiste est ininterrompu sur les scènes françaises et les salles ne désemplissent pas.

Notre recherche sur cette tendance nostalgique du spectacle vivant a conduit à distinguer trois registres différents, tout aussi couronnés de succès.

D’abord, les tournées « best of » où les artistes rejouent leur propre catalogue : les Rolling Stones (tournée Sixty, 2022) enchaînent 14 concerts en Europe devant plus de 750 000 spectateurs pour environ 120 millions de dollars (102,2 millions d’euros) de revenus, complétés par un merchandising intensif qui donne lieu, en moyenne, à deux achats à 40 euros par spectateur. La célébration d’albums iconiques renforce le mécanisme à l’image de U2 et de son LP emblématique The Joshua Tree avec ses 2,7 millions de spectateurs sur une cinquantaine de dates. En France, les chiffres illustrent la robustesse et le caractère massif de cette demande, qu’incarne par exemple Étienne Daho porté par ses 50 concerts pour environ 300 000 billets vendus. Dans cet ensemble, on peut inclure des groupes qui persévèrent à jouer leur catalogue et à se produire sur scène, alors même qu’aucun des membres fondateurs n’est encore présent, à l’instar de Dr Feelgood !

Ensuite, les concerts de reprises réalisés par des artistes déjà identifiés, qui utilisent des standards pour élargir l’audience et sécuriser la billetterie. L’exemple central est la tournée associée à l’album Imposteur de Julien Doré daté de 2024, fondée sur des reprises et présentée comme un succès majeur correspondant à plus de 500 000 billets sur environ 60 dates, dont la majorité vendue avant le lancement.

Poussée à son paroxysme, cette logique mène des artistes à s’approprier non pas quelques chansons, mais tout le répertoire d’un autre, plus connu et suffisamment fédérateur pour remplir des salles. C’est le cas de la chanteuse américaine minimaliste Cat Power qui, en 2022, a sorti un album reprenant un concert entier de Bob Dylan, celui de 1966 à Manchester. Elle ne se contente pas de chanter ses chansons : elle recrée l’ambiance, l’ordre des morceaux, l’intensité de l’époque. C’est une façon de rendre hommage, mais aussi d’augmenter sensiblement son audience personnelle, alors que la carrière de Cat Power connaissait un creux. Le succès est tel que la chanteuse a élargi le répertoire, en se focalisant toujours sur le Dylan première période et les titres qu’il refuse obstinément de jouer sur scène.

Enfin, il apparaît que le phénomène le plus structurant est celui des « groupes hommage » (tribute bands), qui reproduisent le répertoire
– et souvent l’esthétique – d’un groupe mythique. Il met en lumière la professionnalisation des artistes via des tourneurs spécialisés. En France, une entreprise, comme Richard Walter Productions, revendique à elle seule environ 700 000 entrées payantes en 2025 aux hommages à plusieurs artistes ou groupes qualifiés souvent de « mythiques », tels que Queen, ABBA, Pink Floyd, Genesis, etc. Sur ce segment spécifique des tribute bands, le marché mondial était évalué en 2018 entre 500 millions et 750 millions de dollars (soit entre 425 millions et 638,9 millions d’euros) et reste en forte croissance.

Alors que les tournées best of sont appelées à disparaître avec la mise à la retraite inévitable des groupes phares de la fin du XXᵉ siècle et qu’un artiste qui ne fait que des reprises risque d’y perdre son identité, les tribute bands constituent la tendance majeure de l’expression de la nostalgie sur scène.

Une salle, deux ambiances : un atout majeur pour tous les artistes

Le public qui se rend aux concerts de simili-Queen ou de faux Beatles correspond à deux catégories de consommateurs, aux logiques d’achat assez différentes. La première est constituée de fans « historiques », plus âgés et plus aisés, recherchant l’authenticité (musicale, visuelle, narrative) et dépensant davantage en produits dérivés. Les tribute bands qui s’adressent à cette frange fanatique du public font dans le haut de gamme, avec des shows à la qualité musicale très travaillée, aux costumes, décors et effets visuels reproduisant scrupuleusement les spectacles connus des adeptes présents dans la salle.

La seconde est plus orientée « grand public ». Elle est attirée par la dimension festive et intergénérationnelle, et par des prix plus accessibles : des tribute bands proposent des billets autour de 30–40 €, quand certains concerts de stars atteignent des niveaux nettement supérieurs. C’est le cas pour U2 (autour de 300 euros, contre 30 euros pour son cover band 4U2) comme ce le fut pour Beyoncé au Stade de France… avec des places à plus de 600 euros !

L’inflation du prix des places de concert alimente mécaniquement la demande de substituts crédibles. Cela s’est avéré flagrant lors de la reformation du groupe Oasis : le manque de billets et la spéculation à la hausse des enchères (officielles ou non) ont entraîné un report du public vers des groupes comme Definitely Oasis, à moins de 20 livres sterling (23 euros environ) l’entrée.

Si les tarifs des tribute bands augmentent d’environ 15 % lorsque l’artiste original est décédé, il y a aussi des effets d’entraînement avec les artistes toujours en activité : quand l’original repart en tournée, la promotion bénéficie indirectement aux copies tandis que la rareté et la concentration des dates dans les grandes villes laissent des territoires entiers accessibles aux tribute bands, sans cannibaliser frontalement les tournées des stars dont ils s’inspirent.

La nostalgie musicale, un réconfort émotionnel attesté

Pourquoi cette tristesse douce-amère qui se mêle à la quête d’expériences révolues est-elle tant recherchée par les fans qui communient lors de shows passéistes ? L’explication n’est pas seulement économique.

La nostalgie est un mécanisme de réconfort émotionnel, de réduction du stress et de renforcement du sentiment d’appartenance, particulièrement recherché en périodes d’incertitude (crises sanitaires, géopolitiques, climatiques). Ces résultats scientifiques qui attestent des effets positifs du sentiment de nostalgie montrent aussi que la musique s’avère justement le meilleur moyen de générer ces réactions analgésiques et apaisantes.

En outre, le concert nostalgique fonctionne comme une « communion mémorielle » : on y revit une époque, on y transmet (parents/enfants), et l’on y partage une identité culturelle. Cet aspect positif de la nostalgie n’a pas échappé au marketing, qui s’en est largement emparé : packaging rétro, rééditions, retours de marques et d’objets…

La lassitude peut-elle gagner le public ?

Cette exploitation intensive de la nostalgie live n’est pas sans risque. D’une part, si les tribute bands se calquent sur les logiques inflationnistes des concerts originaux, le public acceptera-t-il de payer très cher pour une copie, même (presque) parfaite ? C’est loin d’être acquis et pourtant c’est le mouvement constaté par les professionnels. D’autre part, la saturation est de plus en plus probable. Les gains potentiels attirent de nouveaux entrants, au risque d’une baisse de qualité et d’une fatigue du public. Sans compter qu’une industrie trop centrée sur l’hommage peut freiner la création et la rupture, alors même que la musique est aussi un laboratoire d’innovation.

À l’heure où le numéro 1 des ventes d’album en Angleterre est Wish You Were Here des Pink Floyd, sorti en septembre 1975, la nostalgie musicale live en tant que spectacle vivant innovant apparaît comme un marché robuste, structuré et technologiquement dopé (notamment par les hologrammes et par l’intelligence artificielle). Il est tiré par une demande de réconfort et par des modèles économiques efficaces fondés sur une billetterie et un merchandising habile. Toutefois, sa durabilité dépendra de sa capacité à éviter l’inflation mimétique, la saturation qualitative et le basculement vers une « nostalgie de substitution » qui étoufferait l’émergence des nouveautés.

À moins que le « mashup 100 % live » vienne au contraire réinventer la nostalgie et la marier avec le présent comme le proposent des groupes, comme Analog Society dont le succès récent est tout à fait rafraîchissant.

The Conversation

Pour cette recherche, Joan Le Goff a bénéficié d’un financement du Centre national de la musique.

Marc Bidan a reçu, pour cette recherche, un financement en provenance du centre national de la musique (CNM Lab)

Pour cette recherche, Sylvie Michel a bénéficié d’un financement en provenance du Centre national de la musique.

ref. Qu’est-ce qui remplit les salles de concerts ?
La nostalgie, pardi ! – https://theconversation.com/quest-ce-qui-remplit-les-salles-de-concerts-la-nostalgie-pardi-272744

With ‘KPop Demon Hunters,’ Korean women hold the sword, the microphone — and possibly an Oscar

Source: The Conversation – Canada – By Hyounjeong Yoo, Instructor, School of Linguistics and Language Studies, Carleton University

When I was a child in South Korea, the New Year often began with a familiar song: “Kkachi Kkachi Seollal.” Seollal refers to the Lunar New Year, one of Korea’s most important family holidays, and kkachi means “magpie,” a bird associated with good fortune and joyful beginnings.

Singing the song, we believed, would invite pleasant guests into the home. For my siblings and me, those guests were usually our grandparents — and their arrival marked warmth, continuity and belonging.

Decades later, I now live in Canada, where distance has made such visits from my home country rare. Yet it feels as though the magpie has arrived again — this time on a global screen.

Netflix’s animated film KPop Demon Hunters, which follows adventures of a fictional Kpop girl group (Huntrix) whose members hunts demons by night, now has an Academy Award nomination for Best Animated Feature and Best Original Song. This follows recent Golden Globe wins.

The film, created by Korean Canadian Maggie Kang, has musical production by Teddy Park and is voiced by Korean American actors such as Arden Cho, Ji-young Yoo and Audrey Nuna.

I’m interested in how KPop Demon Hunters marks a new phase of the Korean Wave. In this phase, folklore and women’s musical labour come together to challenge how Asian stories have long been sidelined in western media.




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In music and film, a new Korean wave is challenging Asian stereotypes


KPop Demon Hunters, like the success of some other recent popular Korean cultural production in the West, reflects diasporic creativity, notes scholar Michelle Cho, whose research focuses on on Korean film, media and popular culture.

Folklore as cultural authority

One of KPop Demon Hunters’s most striking features is its unapologetic use of Korean symbols. The demon hunters wear gattraditional horsehair hats associated with scholars during Korea’s Joseon dynasty — while battling demons alongside the tiger, long regarded as a guardian spirit of Korea. These elements function as assertions of cultural authority.

Historically, western film and animation have often relegated Asian characters to stereotypes or erased them altogether through whitewashing.

By contrast, KPop Demon Hunters places Korean folklore at its narrative centre. The gat evokes dignity and discipline; the tiger represents protection and resilience. Together, they counter the lingering assumption that mainstream entertainment led by Asian characters is somehow niche or inferior.

By using distinctly Korean imagery — such as the satirical minhwa art style of the film’s Derpy Tiger — the movie firmly anchors itself in a specific Korean context that cannot be generalized or mistaken for a broad, pan-Asian esthetic.

For many in the Korean diaspora — including myself, who grew up rarely seeing people like me centred in mainstream media — this visibility carries emotional weight.

Research in media and cultural studies shows that representation matters not only for how groups are seen by others, but also for how people understand their own place in society. Seeing Korean symbols treated with respect offers a quiet but powerful form of cultural validation.

A matrilineal line of survival

One of the film’s powerful moments is the opening montage. Through a rapid succession of shamanic figures, flappers and disco-era performers, the sequence offers what can be read as matrilineal homage to female Korean musicians across generations.

As writer Iris (Yi Youn) Kim notes, citing a lecture by Asian American studies scholar Elaine Andres, this lineage echoes the real-life story of the Kim Sisters, often described as Korea’s first internationally successful female pop group. After losing their father during the Korean War, the sisters were trained by their mother, the renowned singer Lee Nan-young — best known for the anti-colonial song “Tears of Mokpo” — to perform at U.S. military bases as a means of survival.

The Kim Sisters perform ‘Fever’ on the Ed Sullivan show.

The Kim Sisters later became regular performers on The Ed Sullivan Show, captivating American audiences while navigating racist expectations that framed Asian women as approachable, non-threatening and exotic.

Symbolic labour of representing a nation

The fictional group Huntrix inherits this legacy. Like the Kim Sisters, they are expected to embody discipline, professionalism and national representation.

For example, the film shows the group grappling with perfectionism and the intense discipline demanded of them, often maintaining polished public performances while suppressing personal vulnerability to fulfil their dual roles as idols and protectors. On a meta-narrative level, Huntrix is framed as a cultural representative through the use of Korean folklore imagery, like the gat and the tiger.

As “cultural diplomats” both on and off the screen, Huntrix carry not only entertainment value but also the symbolic labour of representing a nation to a global audience.

By embedding this lineage into a mainstream animated film, KPop Demon Hunters acknowledges that KPop’s global success rests on decades of women’s labour, sacrifice and negotiation with western power structures.

Beyond soft power

The film’s success arrives amid the continued expansion of the Korean Wave across global media.

South Korean cinema and television have already reshaped international perceptions through landmark works such as Parasite and globally streamed series like Squid Game. Netflix has publicly committed hundreds of millions of dollars to Korean content, signalling that this cultural shift is structural rather than fleeting.

KPop Demon Hunters demonstrates how Korean popular culture now moves fluidly across media forms — music, animation, film and streaming — while retaining cultural specificity. Its reception challenges the persistent assumption that stories rooted in Asian experiences lack universal resonance.

Recognition alone does not erase inequality, nor does it dismantle the racialized hierarchies built into global media industries either. But sustained visibility can matter. Studies suggest that repeated exposure to multidimensional, humanized portrayals of marginalized groups helps reduce racial bias by normalizing difference rather than exoticizing it.

Holding the sword and the microphone

While the film grows out of cultural histories shaped by U.S. military presence and Cold War politics, it reshapes those influences through diasporic storytelling that centres Korean voices and perspectives.

The magpie’s promise has finally been kept. Korean characters are no longer merely “pleasant guests” or supporting figures in someone else’s narrative. They are protagonists — holding the sword, the microphone and perhaps, one day, an Oscar.

Recently, I found myself rewatching KPop Demon Hunters while eating kimbap and instant noodles, the same comfort foods the characters share on screen. The moment felt small, but meaningful.

It reminded me of something one of my students once said: seeing this level of representation allows those who have long felt wounded by exclusion to finally feel seen.

The Conversation

Hyounjeong Yoo does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. With ‘KPop Demon Hunters,’ Korean women hold the sword, the microphone — and possibly an Oscar – https://theconversation.com/with-kpop-demon-hunters-korean-women-hold-the-sword-the-microphone-and-possibly-an-oscar-273443

How to include fossil fuel communities in Canada’s clean energy transition

Source: The Conversation – Canada – By Ekaterina Rhodes, Associate Professor, School of Public Administration, University of Victoria

Fossil fuel-dependent communities in Western Canada sit at the centre of Canada’s energy decisions. A just and inclusive clean energy transition will depend on how well governments listen to these communities and how fast they deal with the forces working to slow down energy decarbonization.

When it comes to the energy transition, public discussion tends to focus on emissions targets and policies to achieve them. These are important, but they’re just one aspect of the issue. In the oil- and gas-producing regions of Western Canada, conversations and concerns centre on livelihoods, identity and a nagging doubt: does anyone in power grasp rural realities?

Our ongoing research across the region — based on large citizen surveys to focus groups with municipal leaders and analysis of disinformation — highlights that emotions, narratives and perspectives of communities at the heart of Canada’s energy transition politics. As we mark the United Nation’s International Day of Clean Energy today, these voices demand attention before divides deepen further.

Focus groups with municipal staff from 10 oil- and gas-producing communities in British Columbia and Alberta revealed a delicate balancing act. They’re actively pursuing diversification — geothermal projects, hydrogen pilots, tourism expansion, data centres, manufacturing hubs, even rare-earth mineral processing — but most of these efforts build around, rather than beyond, oil and gas.

For many communities, the industry isn’t just jobs. It’s the economic engine funding hospitals, schools, arenas, roads and the very existence of their towns. Abstract talk of an energy transition can feel threatening when it overlooks this.

An Alberta official captured the fear bluntly:

“If you took oil and gas out of our community, I would suggest that there would be no hospital. There would be no schools. There would be no town. The only reason our community exists is to service the oil and gas industry.”

Deep emotional divides

Our 2025 survey of 3,400 residents in non-metropolitan communities across British Columbia, Alberta, Saskatchewan and Manitoba helps explains why climate policy ignites public backlash.

Affective climate polarization, which describes the emotional distance between those who support and oppose climate policy, rivals partisan left-right divides in intensity. These emotional climate identities help explain differences in support for climate policy that ideology alone can’t capture — particularly on the political right, where views on climate action are more diverse.

Policy design nuances are critical but complicated by affective polarization. Clean technology mandates and renewable electricity requirements tend to draw broader backing than carbon taxes, which are generally less popular and spark fierce resistance from right-leaning citizens.

Bundling climate policies with just transition measures, such as government-funded training for new jobs, community-owned energy, low-carbon incentives and public transit, can boost support for carbon pricing among the less polarized. However, for those with stronger emotional commitments, these just transition supports are often ineffective and can even trigger backlash.

Climate policy details matter less to people who score high on affective climate polarization. This helps explain why climate policy debates remain so deeply politicized: when emotional attachments to climate identities are strong, people respond more to elite cues and identity-based judgments than to policy design itself.

Municipalities grapple with limitations

Municipal officials battle structural voids. Officials in northeastern B.C. and Alberta juggle economic ambitions and governance limitations. They craft economic strategies and chase low-carbon investments, while being hamstrung by thin staffing and permitting delays stalling projects for years.

The sharpest barrier to the clean energy transition is the absence of coherent, regionally tailored visions from other levels of government. Federal clean growth plans promote critical minerals and hydrogen. Provincial strategies mix liquefied natural gas with renewables.

Locally, these strategies ring hollow — they seem contradictory and urban-centric. A municipal official in B.C. we spoke to decried a “one-size-fits- all” approach, citing propane-powered electric vehicle chargers in -40 C winters: “How do you gain the support … when even the province isn’t actually addressing” regional realities?

We’ve found that public attitudes differ by age, with youth embracing climate sustainability but veterans of oil-tied lives viewing transition as a “hard sell.” Without a common vision recognizing municipal governance limitations, community leaders hesitate on bold plans, wary of backlash in towns deeply connected to the promise and precarity of oil’s boom–bust cycles.

These tensions are being wilfully intensified by the fossil-fuel industry’s propaganda machine, which uses bad-faith arguments to suggest that climate policies and fossil-fuel communities are at odds.




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These arguments often ignore the potential for a well-managed energy transition to improve public health, foster regional development and increase community resilience in these regions.

These are not the only narratives the fossil-fuel industry is using to slow climate action. Our research on Canada’s climate delays shows that fossil-fuel propaganda is being used to falsely portray Canadian oil as low-emissions, to urge Canada to wait for others to act first and to claim that climate policies are more detrimental to workers more than climate change.

Fostering a just energy transition

Governments must engage in genuine listening. Fossil-fuel communities aren’t barriers, but key participants in all energy transition risks and benefits. Co-creating policies with them rather than imposing top-down visions can help grow jobs, revenues and services in Western Canada.

Engagement with communities must also be emotionally attuned. Overcoming climate polarization means restoring trust via local messengers, consistent follow-through and deliberative forums like public assemblies.

At the same time, governments must confront misinformation and propaganda. They can can step in with policies that challenge disinformation legally, regulate ads and fund community energy transformations beyond fossil fuel extraction.

The International Day of Clean Energy spotlights promise. In Western Canada, it also spotlights peril. The energy transition’s success hinges on centring fossil fuel communities as protagonists, not peripherals — turning the transition into a shared opportunity.

The Conversation

Ekaterina Rhodes receives funding from Canada First Research Excellence Fund as part of the University of Victoria-led Accelerating Community Energy Transformation Initiative.

Megan Egler received funding from the Canada First Research Excellence Fund as part of the University of Victoria-led Accelerating Community Energy Transformation Initiative.

Rowan Hargreaves received funding from the Canada First Research Excellence Fund as part of the University of Victoria-led Accelerating Community Energy Transformation Initiative.

Samuel Lloyd receives funding from the Canada First Research Excellence Fund as part of the University of Victoria-led Accelerating Community Energy Transformation Initiative. He also received funding from the Pacific Institute for Climate Solutions for a research project that inspired one of the papers included in this article.

ref. How to include fossil fuel communities in Canada’s clean energy transition – https://theconversation.com/how-to-include-fossil-fuel-communities-in-canadas-clean-energy-transition-273331

DNA evidence: A double-edged sword that can actually deny justice for some wrongfully accused

Source: The Conversation – Canada – By Kent Roach, Professor of Law, University of Toronto

Jon-Adrian (JJ) Velazquez, a New York man who spent half his life in prison for a crime he didn’t commit, recently sued New York City and its police for US$100 million for his wrongful murder conviction. Velazquez may be known by film buffs for his role in the Oscar-nominated film Sing Sing.

Velazquez may be entitled to millions in compensation if he can prove his factual innocence, typically through DNA evidence at the crime scene. Alas, such evidence is often not available.

The United States has paid almost US$4 billion in damages and settlements to 901 people who have been exonerated of crimes since 1989. This history of wrongful convictions is a warped form of American exceptionalism that I document in my new book Justice for Some: A Comparative Examination of Miscarriages of Justice and Wrongful Convictions .

Proving innocence

Proven factual innocence is a powerful, populist idea. It’s easier to understand and more widely accepted than concepts such as miscarriages of justice, conviction safety or judicial error, which are used to address wrongful convictions in many other countries, including England, Canada and countries in continental Europe.

These more generous approaches used outside the United States better respect the fundamental principle of giving people the benefit of reasonable doubt about their guilt.

It’s very difficult to prove factual innocence. In 2016, a New York court held that Velazquez had failed to prove his innocence despite many weaknesses in the case that led to his 2000 murder conviction.

By 2016, two eyewitness who identifed Velazquez as the person who killed a retired New York police officer had recanted. Some witnesses had initially identified the perpetrator as a Black man with long braided hair; Velazquez is Hispanic and had very short hair. Some said the perpetrator used his right hand to shoot the victim; Velazquez is left-handed.

Consistent with the popular appeal of proven factual innocence, Velazquez was freed in 2021 not by the courts but by New York Gov. Andrew Cuomo, with President Joe Biden apologizing to him the following year. They were responding to investigative reporting and new DNA testing that excluded Velazquez from a betting slip that the killer touched.

The fact that politicians who may have been hoping for re-election were ahead of the American courts in exonerating Velazquez reveals a lot about the decline of the rule of law in the United States.

DNA exonerations

Prominent American lawyers Peter Neufeld and Barry Scheck, the founders of the Innocence Project, argued 26 years ago that DNA exonerations were largely a matter of luck. They predicted in a 2000 book that DNA exonerations would eventually dry up as police only use DNA testing in the small minority of crimes where the perpetrator leaves biological evidence at the crime scene.

Scheck and Neufeld may have been overly optimistic about the competence of American police and prosecutors in their book. Post-conviction, DNA-based exonerations, like Velazquez’s, continue to this day.

DNA is a double-edged sword: it offers compelling evidence of innocence while simultaneously raising the threshold for overturning wrongful convictions. In the U.S., the wrongfully convicted are often expected to prove their innocence through DNA, even though many crimes leave no biological evidence and existing samples are frequently mishandled or unavailable. DNA, in short, serves only a fraction of those wrongfully convicted.

Mass imprisonment in China and the U.S.

The country most closely resembling the U.S. in its insistence on proof of factual innocence is the People’s Republic of China.

Like the U.S., China typically remedies miscarriages of justice only after multiple court proceedings. Intervention by politicians also plays a critical role in obtaining justice for the wrongfully convicted, as it did in the Velazquez case. China has also begun providing more generous compensation to those who can prove their factual innocence.

In both countries, generous compensation for the few who can prove factual innocence risks legitimizing unjust systems that harshly punish the many, including those with wrongful convictions but no meaningful path to justice.

American legal reformers have proposed that a right to claim factual innocence should be added to international law. I argue in Justice for Some, however, that proof of factual innocence would have regressive implications in many other parts of the world that correct miscarriages of justice without such onerous proof. In short, factual innocence would provide justice for fewer people.




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Factual innocence spreads to England

Countries other than the U.S. and China are not immune from the populist appeal of factual innocence.

Since 2014, England has required proven innocence for compensation. This has drastically reduced compensation payments. It’s even resulted in the denial of compensation to people like Velazquez who have been exonerated by DNA.

Victor Nealon spent 17 years in a British prison after being convicted of attempted rape. His lawyers eventually discovered an unknown person’s DNA on clothing that had not been disclosed by investigators, and his conviction was quashed.

Nealon took his compensation claim to the European Court of Human Rights. It ruled in a divided decision that states can require proven innocence without breaching the presumption of innocence. In essence, this allows the wrongfully accused to be denied compensation without regard to the fundamental legal principle that people are presumed innocent until proven guilty. Factual innocence requirements can spread from compensation to appeals from convictions.




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Those who can prove their innocence deserve justice — but justice should not be limited to them alone. Proven innocence rations justice too narrowly.

It may be the best that mass-incarceration societies like the U.S. and China have to offer. But even though factual innocence is popular and easy to grasp, applying this standard broadly across liberal democracies would likely have regressive effects.

The Conversation

Kent Roach is affiliated with the Canadian Registry of Wrongful Conviction. His book received funding to assist in it being published in open access from the Jackman School of Law at the University of Toronto.

ref. DNA evidence: A double-edged sword that can actually deny justice for some wrongfully accused – https://theconversation.com/dna-evidence-a-double-edged-sword-that-can-actually-deny-justice-for-some-wrongfully-accused-273788

#GoodVibesOnly: The shared emotions we don’t quite name

Source: The Conversation – Canada – By Lei Yu, PhD Candidate in Comparative Literature, Western University

Our contemporary lives are saturated with vibes. You buy an ambient lamp to set a vibe, scroll through shopping sites selling “Tuscan vibes” or walk into a room and instantly sense this party has a buzzing vibe.

Yet when someone asks where the vibe comes from, the answer gets slippery. Is it in the light? Not quite. The light blends into the room, mixing with voices, colours and furniture. It’s not just one thing. Vibe is elusive. It spreads, permeates and connects. It’s in the relationship between things — how people, sounds and materials work together to create a shared feeling.

This is where literary and philosophical thinkers come in. For decades, they’ve explored such elusive sensations — the collective moods that organize everyday life even when we can’t quite name them.

Thinking seriously about vibe reveals something crucial: feeling is a shared form of knowledge shaped by environments — a human experience that may matter more as technology advances.

Long before vibes had a name

The word itself is quite recent. According to the Oxford English Dictionary, vibe appeared in the 1960s as U.S. slang shortened from vibration as a way of describing the emotional charge a person or place gives off.

To say something “has a vibe” is to say your body has vibrated to it in a particular way. It’s not just a thought but a physical adjustment: the space, sound or presence around you has moved you, subtly shifting how you feel.

Philosophers, of course, have long been interested in this same experience, though they called it by a different name. Long before vibe entered everyday speech, thinkers used words like atmosphere or ambience to describe the shared feeling that fills a space and shapes our response to it.

Vibe, in this sense, updates an old philosophical question: how does the world around us make itself felt, not just known?

One of the first modern critics to take this question seriously was Welsh cultural theorist Raymond Williams, who coined the phrase “structure of feeling” in 1954. Williams argued that every historical moment has its own emotional texture; the felt sense of what it’s like to live in that time.

It isn’t a single mood but the background hum of experience that connects people before they can describe it. Think of the buoyant optimism of the 1950s or the political turmoil of the 1960s, similar to what we’re experiencing now. We can sense the mood immediately.

For Williams, this “structure of feeling” made art and culture matter. They recorded not just what people thought but what life felt like.

The business of engineered feeling

A few decades later, German philosopher Gernot Böhme gave this idea a physical body. In The Aesthetics of Atmospheres, he argued that atmosphere is something we encounter, not imagine.

Walk into a cathedral, a café or a store, and the air itself feels different. Your senses are triggered and combine to shape how you experience the ambience. Atmosphere, as Böhme sees it, exists in the space between object and subject, sound and listener, light and body.

Companies and marketers understand this better than anyone. They don’t simply sell objects, they sell worlds of feeling.

Step into a boutique and you’re greeted not by bright displays but by a carefully tuned vibe. The air swirls with fragrance as a salesperson asks if you’d like to sample one. By answering, you fall into the illusion that the perfume alone produces your feeling, when in fact it’s the entire composition — soft jazz, the scent of citrus wood — that moves you.

We are enveloped in these designed environments, and we know that the same scent wouldn’t move us the same way elsewhere.

Brands no longer sell perfume or soap so much as an atmosphere of belonging. They offer a shared world we learn to recognize and desire through our senses. This commercial atmosphere reminds us that our emotional lives are increasingly shaped by design.

Why sensing atmosphere remains human

As artificial intelligence grows ever more capable of performing the tasks we once called creative — writing, composing, painting — it also changes how we think about perception itself.

If machines can analyze patterns and generate words or images, what remains distinctly human may not be our ability to produce things but to feel them. Catching the tone of a voice, noticing how light shifts across a face or sensing the vibe of a room are forms of knowledge no algorithm yet replicates.

That doesn’t mean AI and feeling must be opposites. As we outsource more of our labour to artificial systems, the art of cultivating and interpreting atmosphere may become even more essential.

Learning to name a mood, to notice how spaces and technologies shape emotion, could be one way we stay alert to what connects us as human beings. If AI teaches us efficiency, vibe-thinking teaches us sensitivity. It reminds us that meaning doesn’t live only in data or design but in the air between us — the moods we co-create, the atmospheres we learn to share, the vibe.

The Conversation

Lei Yu does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. #GoodVibesOnly: The shared emotions we don’t quite name – https://theconversation.com/goodvibesonly-the-shared-emotions-we-dont-quite-name-269996