Suplemento cultural: premios, premios, premios

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Arte y Humanidades, The Conversation

Imagen de la película de Studio Ghibli _Ponyo en el acantilado_. Studio Ghibli

Una versión de este texto se publicó por primera vez en nuestro boletín Suplemento cultural, un resumen quincenal de la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música. Si quiere recibirlo, puede suscribirse aquí.


Como asturiana que soy, cada vez está más cerca mi época favorita del año: los Premios Princesa de Asturias. Todos los otoños (ya, entiendo que he utilizado “cerca” de forma algo optimista), algunas de las mentes más creativas e inteligentes del mundo se dan cita en Oviedo para recibir esos galardones y, sobre todo, para interactuar con el público en decenas de eventos en los que los meros mortales podemos aprender de ellos y celebrar su legado.

La Fundación Princesa de Asturias comenzó la semana pasada a reunir a los jurados que otorgan los premios y, de momento, han concedido dos, que conciernen a este Suplemento de lleno. Por un lado, el de las Artes irá a parar a la multifacética Patti Smith. Y, por el otro, el de Comunicación y Humanidades viajará a Japón, al Studio Ghibli, en los que parece una suerte de segundo galardón de las Artes. Pero, al fin y al cabo, la línea entre las humanidades, la comunicación y el arte es finísima.

Es curioso lo propicio que es para el galardón una de sus reflexiones. Cuenta Smith, en el prólogo de su estupendo libro Éramos unos niños, que esto fue lo que sucedió cuando supo que su íntimo amigo Robert Mapplethorpe había muerto:

“Me quedé inmóvil, paralizada; luego, despacio, como si estuviera inmersa en un sueño, volví a sentarme. En aquel instante, Tosca comenzó la magnífica aria ‘Vissi d’arte’. ‘He vivido para el amor, he vivido para el arte’. Cerré los ojos y entrelacé las manos. La Providencia había dictado cómo sería mi despedida”.

La bullente creatividad de la artista, que toca infinitos palos en un intento constante por expresarse, queda patente en los dos artículos que hemos publicado sobre su figura, esencial en la música y, desde hace unos años, también en la literatura.

Por otro lado, la redondez y aparente amabilidad de las propuestas del Studio Ghibli merecen también un análisis. Porque el color, la fantasía y el optimismo que transpiran sus películas esconden en realidad una forma de mirar el mundo en la que no hay certezas pero sí intención de tender puentes.

El hábito hace al cine

Le he robado vilmente el título al último (y fantástico) libro de Manuela Partearroyo para hablar de vestuario, películas y… dinero. Muchas veces las lecturas en las que una está inmersa resuenan con lo que sucede en el mundo. Y casualmente, su análisis del vestuario en el cine español -y, por asociación, en la historia del país… o viceversa- ha caído en mis manos a la vez que El diablo viste de Prada 2 llegaba a las pantallas.

Además de la taquilla que está haciendo, bastante alegre, merece la pena detenernos en el filme para ver un ejemplo más del vínculo que muchas grandes marcas de ropa han tenido con el cine. Como Partearroyo explica en su investigación, muchas veces colocar una firma concreta en una historia responde más a campañas de marketing que a una necesidad real de incluir ese tipo de vestuario en la caracterización.

No obstante, la moda no deja de ser un espacio más –cotidiano y, por ello, lleno de posibilidades– de expresar creatividad. ¿Es la moda arte? De acuerdo con la propuesta de la última Met Gala, sí. De acuerdo con algunas reflexiones posteriores a la alfombra roja, la referencia pictórica de muchos de los vestidos quedó opacada por la sensación de que quienes los vestían “no iban guapos”. Tampoco fue nunca ese el objetivo inicial.

Las mujeres (y los hombres que las agreden)

En algún momento a todos nos gustaría que los abusos del pasado dejasen de tener eco en el presente pero, lamentablemente, eso todavía no ha sucedido. La investigación de los medievalistas Íñigo Mugueta y Alicia Inés Montero sobre la guerra civil del reino de Navarra demuestra una estrategia consciente de uso y abuso de las mujeres de la nobleza como “arma” contra el enemigo. Algo que está a la orden del día en el mundo actual.

Sin utilizar la violencia ni la coacción, pero también con agresividad latente, se ha abordado la figura de Sydney Sweeney en la última temporada de Euphoria. La recepción del personaje y de la actriz han propiciado juicios masculinos sobre la belleza que llevan siglos determinando la vida de las mujeres.

¿Acaso no es todo arte?

En los comienzos de The Conversation ES, cuando dudábamos de la sección a la que pertenecía un tema, Luis Torrente, antiguo director, decía “Cultura, ¿no? Porque, después de todo, ¿acaso no es todo cultura?”. Siempre me hizo gracia la reflexión porque, efectivamente, puestos a pensar en ello, (casi) todo podría denominarse así. 

Hoy traigo un ejemplo nuevo, porque, si miramos algo de cerca, ¿acaso no es todo arte?

De entrada, si echamos la vista atrás, podemos ver que los conocimientos arqueológicos que tenemos sobre el ser humano están muy entrelazados con las representaciones artísticas que nos dejaron los ancestros. Para cuidarlas y preservarlas, la tecnología ha puesto a nuestra disposición los facsímiles.

Otra disciplina en la que se puede ver nítidamente el vínculo con el arte es la medicina. Durante décadas reputados escultores se dedicaron a la figuración anatómica para hacer que los estudiantes aprendiesen todo sobre el cuerpo humano gracias a sus obras.

Y por último, ¿qué sería del urbanismo sin el dibujo? Hoy, gracias al trabajo del arquitecto Pier Maria Baldi, acompañante de Cosme III de Médici en su paseíllo por España a finales del siglo XVII, sabemos cómo era la villa de Cadaqués entonces y cómo ha evolucionado hasta ser el destino turístico de moda.

The Conversation

ref. Suplemento cultural: premios, premios, premios – https://theconversation.com/suplemento-cultural-premios-premios-premios-282079

Comment une découverte enrichit notre compréhension des origines du fer au Sénégal et en Afrique de l’Ouest

Source: The Conversation – in French – By Anne Mayor, Maître d’enseignement et de recherche en archéologie et anthropologie, Université de Genève

Comment fabriquait-on du fer il y a 2000 ans au Sénégal ? Une étude sur le site archéologique de Didé West 1, dans la vallée de la Falémé, à l’est du pays, permet de reconstituer une technique ancienne de production de fer. Celle-ci a été transmise de génération en génération pendant huit siècles pour répondre à des besoins locaux. Les auteurs de l’étude, Anne Mayor, Mélissa Morel et Ladji Dianifaba, spécialistes de l’archéologie africaine, expliquent, dans cet entretien avec The Conversation Africa, les enjeux de cette découverte et comment ce savoir-faire a traversé des siècles.


Qu’avez-vous découvert au Sénégal et en quoi cette découverte est-elle importante ?

Depuis plus de 2000 ans, des métallurgistes ont produit du fer sur le territoire actuel du Sénégal. L’étude des vestiges qu’ils ont laissés nous permet de reconstituer leurs choix techniques, les ressources naturelles utilisées et, en partie, leur mode de vie. Au-delà de leur valeur scientifique, ces travaux valorisent les savoir-faire anciens des forgerons, car le fer constitue une véritable révolution technique et sociale, notamment pour l’agriculture.

Au Sénégal oriental, dans la vallée de la Falémé, au sein de la réserve naturelle communautaire du Boundou, de nombreux sites anciens de production du fer ont été identifiés ces dernières années. Les prospections et fouilles archéologiques menées par une équipe internationale intégrant des chercheurs des universités de Genève et de Fribourg en Suisse, et de l’Institut fondamental d’Afrique noire (IFAN) de l’université Cheikh Anta Diop à Dakar, ont mis en évidence au moins cinq traditions techniques distinctes.

Les recherches se sont concentrées sur l’une d’entre elles, appelée FAL02, le nom donné par les archéologues à l’une des techniques de production du fer identifiées dans la région, particulièrement bien représentée sur une centaine de sites. Le site de Didé West 1 (DDW1), le plus grand et le mieux préservé, présente deux caractéristiques majeures : d’une part, l’une des plus anciennes dates connues pour des fourneaux de réduction du fer au Sénégal, et d’autre part une occupation longue, couvrant près de 800 ans d’activité métallurgique (de 400 avant notre ère à 400 de notre ère). Ces datations au radiocarbone ont été obtenues sur des charbons de bois directement associés aux fourneaux.

La conservation exceptionnelle de ce site nous a permis de documenter finement cette technique, d’en suivre les transformations au fil des siècles et de mieux comprendre les choix opérés par les métallurgistes.

Comment avez-vous pu déterminer cette ancienne production métallurgique avec précision ?

Les principaux témoins de la métallurgie ancienne du fer sont les scories, c’est-à-dire les déchets issus de la transformation du minerai en métal. Lors du processus, ces scories s’écoulent comme une lave en fusion dans le fourneau avant de se solidifier en masses rocheuses. À la fin, elles sont rejetées et s’accumulent progressivement en vastes amas.

L’étude de l’amas de scories de Didé West 1 a révélé 35 bases de fourneaux, témoignant d’une activité répétée sur plusieurs dizaines de générations. Certains éléments techniques caractérisent cette tradition, comme des tuyères à perforations multiples (des conduits en argile percés de trous permettant de diffuser l’air dans le four), ainsi que l’utilisation de noix de palmier rônier comme matériau de bourrage au fond du fourneau. Ce dispositif semble avoir facilité la séparation entre le métal et les scories.

En croisant ces observations, il a été possible de reconstituer le fonctionnement de cette technique : les métallurgistes utilisaient de petits fourneaux de plan circulaire, dotés d’une cheminée amovible plutôt que permanente. Le minerai de fer était probablement constitué de latérites collectées dans l’environnement immédiat. L’ensemble de ces éléments traduit des savoirs techniques bien maîtrisés.

Scories en forme de graines de noix du palmier rônier, disposées au fond du fourneau lors de l’opération de réduction du fer, reflétant un choix culturel unique à cette tradition métallurgique.
© David Glauser, Fourni par l’auteur

Qui étaient les habitants à l’origine de cette technologie et que nous apprend celle-ci sur leur mode de vie ?

L’étude des sociétés africaines aux premiers millénaires avant et après notre ère se heurte à un manque de sources écrites et à la mauvaise conservation des matériaux organiques, qui pourraient nous renseigner sur l’habitat ou l’alimentation. Même les objets en fer sont souvent trop dégradés pour être conservés.

Il ne reste bien souvent que des tessons de céramique sur les sites. Il est donc encore difficile d’identifier précisément les populations à l’origine de la technique FAL02, c’est-à-dire de cette tradition technique particulière reconnue grâce aux formes des fourneaux, des tuyères et des scories retrouvées sur les sites. Dans ce contexte, les vestiges sidérurgiques deviennent une source d’information essentielle. Les techniques de production du fer ne sont en effet pas seulement des procédés techniques, elles reflètent des traditions, des choix et des savoir-faire propres à chaque groupe culturel.

L’analyse des volumes de scories permet également d’estimer les quantités de fer produites. À Didé West 1, les données indiquent une production modeste et irrégulière, probablement saisonnière. Ces éléments suggèrent une activité destinée à répondre aux besoins locaux, plutôt qu’une production à grande échelle pour l’exportation.

Que change cette découverte dans notre compréhension des débuts de la métallurgie en Afrique de l’Ouest ?

Les origines de la métallurgie du fer en Afrique de l’Ouest restent débattues. Deux grandes hypothèses s’opposent : celle d’une diffusion depuis le monde hittite en Anatolie (en Turquie actuelle) via le Maghreb ou la vallée du Nil, et celle d’une invention indépendante en Afrique au sud du Sahara. À ce jour, les données disponibles ne permettent pas de trancher définitivement.

Cependant, plusieurs foyers anciens de production du fer datés du premier millénaire avant notre ère ont été identifiés en Afrique subsaharienne, comme au Nigeria, au Niger, au Togo ou au Burkina Faso, et maintenant au Sénégal. Ces découvertes tendent à renforcer l’hypothèse d’un développement local.

Dans ce cadre, les datations obtenues à Didé West 1, remontant au moins au IVe siècle avant notre ère, en font l’une des plus anciennes techniques sidérurgiques connues au Sénégal. Ce site vient ainsi enrichir un corpus de données encore limité. Il contribue à mieux documenter les débuts de la métallurgie dans la région.

Quels nouveaux axes de recherche cette découverte ouvre-t-elle ?

Cette étude marque une étape importante, mais plusieurs questions restent ouvertes. Le prochain défi consiste à mieux comprendre les autres techniques de production du fer identifiées dans la vallée de la Falémé, où au moins quatre autres traditions ont déjà été reconnues.

Certaines de ces techniques sont contemporaines, révélant un paysage métallurgique complexe, où coexistaient des traditions très différentes. Cette diversité soulève plusieurs questions : quels groupes de métallurgistes en étaient à l’origine ? Comment expliquer leurs transformations ? Pourquoi certaines techniques disparaissent-elles ? Certaines techniques étaient-elles plus efficaces que d’autres ?

L’étude de la technique FAL02 sur près de 800 ans montre que ces pratiques évoluent dans le temps, avec des phases de continuité et de transformation. En croisant ces données avec celles issues de l’étude des céramiques et des habitats, il devient possible de mieux comprendre les sociétés qui produisaient ce fer et la manière dont elles ont évolué.

Ces vestiges permettent ainsi de dépasser la seule question technique : ils offrent un aperçu des dynamiques de peuplement, des circulations de savoir-faire et des transformations des sociétés sur le temps long, avant même l’émergence des royaumes médiévaux et l’essor du commerce transsaharien.

Nous espérons que les recherches à venir pourront répondre à quelques-unes de ces questions.

The Conversation

Anne Mayor receives funding from the SNF (Swiss National Fund for Scientific research). She works for University of Geneva.

Mélissa Morel receives funding from the SNF (Swiss National Fund for Scientific Research).

Ladji Dianifaba does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Comment une découverte enrichit notre compréhension des origines du fer au Sénégal et en Afrique de l’Ouest – https://theconversation.com/comment-une-decouverte-enrichit-notre-comprehension-des-origines-du-fer-au-senegal-et-en-afrique-de-louest-281118

Why Nairobi Africa-France summit bears the hallmarks of Macron and Ruto priorities

Source: The Conversation – Africa (2) – By Frank Gerits, Research Fellow at the University of the Free State, South Africa and Assistant Professor in the History of International Relations, Utrecht University

The 2026 Africa-France summit in Nairobi on May 11-12 is the first to be held in an African country that is not a former French colony. It is also the first to be held since the dramatic collapse of relations between France and a number of west African countries – notably Mali, Burkina Faso and Niger.

The 2026 summit can be understood as the latest example of President Emmanuel Macron’s new Africa doctrine, which he laid out in Burkina Faso in 2017. The doctrine’s three notable messages were:

  • an apology for colonial wrongs

  • a neoliberal small-business approach to assistance programmes

  • the French resolve to develop new alliances outside French Africa.

In keeping with the new doctrine, the French president hesitantly apologised in 2021 for some aspects of French colonial policy in Algeria. These include the torture and assassination of the Algerian nationalist hero Ali Boumendjel.

But mostly, Macron has looked to strengthen the position of Paris as old alliances were becoming weaker.




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He has consciously invested time and effort beyond French west Africa. The official visit to Guinea-Bissau, a former Portuguese colony, is a case in point.

Right after his election in 2017, France’s development aid agency (AFD) and the Tony Elumelu Foundation signed an agreement in Nigeria to empower a new generation of business leaders. Tony Elumelu Foundation is a Lagos-based non-profit that promotes youth entrepreneurship across Africa.

Macron then promoted entrepreneurship during the New France-Africa Summit in 2021. He sought to inspire the youth of Africa to innovate and set up businesses.

This year’s conference is held under the banner: “Africa Forward: Partnerships between Africa and France for innovation and growth”. The business start-up vibe is no coincidence.

Kenya has also stressed the groundbreaking nature of the meeting for its focus on Africa as a major partner for Europe. Europe is looking for new allies in the midst of a war in Ukraine; and the US is unreliable, with Donald Trump imposing tariffs and questioning the North Atlantic Treaty Organisation.

As a historian of global north-global south relations, I see the meeting less as groundbreaking, and more as a continuation of an older, mutually beneficial relationship between Kenya and France.

Kenya hopes its relationship with France will elevate its influence across Africa, allowing it to rival the diplomatic weight of South Africa, which hosted the G20 summit in November 2025.

By transcending the classic divide between French and British Africa, Nairobi can present itself as a continental leader and as a diplomacy city.

History of the relationship between France and Kenya

The economic and diplomatic relationship goes back to the 1960s and 1970s. Back in September 1970 France sent a little-known legal expert called Jaques Mollet to advise the Kenyan Ministry of Industry and Commerce on the newly-formed East African Community.

France also sought cooperation with institutions of the East African Community such as the East African Development Bank. By becoming a close partner of a newly established regional economic bloc in Africa, in which Nairobi played a pivotal role, the French Ministry of Foreign Affairs sought to weaken the British influence of Africa while strengthening its own position within the European Economic Community, now the EU.

Paris somewhat cynically justified its meddling as a way to strengthen continental unity since a French and a British sphere of influence in Africa would lead to unnecessary internal competition between the Commonwealth countries in Africa and Françafrique.

Kenya sought to strengthen its trade relations with France and the EEC in the 1960s. This was partly an attempt to become more independent of the Commonwealth. When negotiating with the EEC in 1963, an east African delegation that included Kenya’s Minister of Labour Tom Mboya stressed that maintaining the East African Common Market was key – not the Commonwealth.

Ruto and Macron’s shared understanding

The similarities between Kenya’s President William Ruto and Macron further strengthen this historical bond between Kenya and France. They share the same diplomatic goals. They are both focusing on climate change funding and security, and they share a preference for neoliberal privatisation as a mode for governance at home and abroad.

Ruto’s election campaign in 2022 touted the “hustler nation” – a focus on enabling small businesses. Macron has acted as a businessman-diplomat abroad, pushing small businesses as a solution for underdevelopment.

It’s no accident therefore that the 2026 summit will host a business forum and talks will focus on the potential benefits of artificial intelligence. AI, climate initiatives and weapons manufacturing, as well as the small-business ventures that have emerged through these priorities, are areas of cooperation and investment between African countries and the former colonial powers. Politicians like to flaunt this.

Part of the reason is that these are yet unproven ventures with no long history of unequal exchange between the two sides. They are natural common ground for two sides seeking a renewed relationship that is less burdened by the dark history of colonial oppression.

Yet France and Kenya’s agreement about the need to address security, climate change and artificial intelligence obscures the fact that both countries often find themselves on opposing sides of these issues.

As the Russian invasion of Ukraine in 2022 has shown, African and European leaders do not necessarily share the same analysis of the global security situation. European countries assumed they would get complete support from African countries but only 28 out of 54 African countries voted in favour of a United Nations resolution that condemned the Russian invasion of Ukraine. Kenya abstained.

On issues like climate change and artificial intelligence, France and Kenya again agree on the broad principle that these issues require urgent action, but disagree on the form the action should take.

For instance, climate change has hit Kenya hard. Extended droughts require genuine climate action. At the same time, France and the EU have been talking about loosening climate regulations to address the energy crisis caused by the US war on Iran. This includes easing emission regulations for cars.

The same problem presents itself in relation to the AI economy, which is being championed by France. It is cheap labourers in Kenya that have been doing much of the legwork to keep AI applications going. Large language models and other applications need to be trained and monitored by humans and they are often trained in Kenya’s so-called “AI sweat shops”. Kenyans are doing much of the data labelling and content moderation AI work.

Long term relationship?

In essence, the summit illustrates how climate finance, security and AI are being used to bolster commercial interests in both Africa and France, a strategic attempt to redefine a relationship long shadowed by colonialism.

However, the future of this entrepreneur-led approach remains uncertain. Its success hinges on whether France and Kenya can ensure that the wealth generated by these emerging sectors is distributed broadly, or if it will merely enrich a small circle of tech elites.

The Conversation

Frank Gerits does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why Nairobi Africa-France summit bears the hallmarks of Macron and Ruto priorities – https://theconversation.com/why-nairobi-africa-france-summit-bears-the-hallmarks-of-macron-and-ruto-priorities-282414

Por qué cada vez hay menos bicicletas y patinetes eléctricos compartidos en las ciudades

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andres Camacho Donezar, Profesor de Estrategia Empresarial y modelos de negocio, Universidad Pontificia Comillas

Parilov/Shutterstock

La movilidad compartida se consideró uno de los pilares de la ciudad sostenible. Proponía un cambio sencillo pero transformador: en lugar de poseer un vehículo, accederíamos a ellos temporalmente a través de plataformas digitales. La promesa era un “triple beneficio”: económico (transporte asequible), social (movilidad para todos, independientemente del nivel de ingresos) y ambiental (menos vehículos privados, menos atascos y menos emisiones).

En torno a 2018, varias ciudades españolas se convirtieron en laboratorios de esta visión. Una ola de operadores desplegó flotas de coches eléctricos, patinetes y bicicletas bajo el lema de ofrecer “movilidad verde compartida para todos”. El discurso era inclusivo, la tecnología innovadora y las aspiraciones ambientales ambiciosas. Sin embargo, la fase de entusiasmo duró poco.

Nuestro trabajo, recién publicado, examina cómo han evolucionado estos modelos de movilidad compartida. Para ello, examinamos 10 operadores, con más de 20 entrevistas en profundidad a gestores y expertos en movilidad, además del análisis de 450 noticias.

Cuando el ideal llegó a la calle

A medida que las flotas se expandían, las empresas se enfrentaron a un desafío que los planes de negocio habían subestimado: el mal comportamiento de los usuarios. No se trataba solo de suciedad o desgaste. Fue una crisis operativa de gran escala.

El vandalismo se volvió frecuente: patinetes arrojados a los árboles, códigos QR pintados con spray e incluso vehículos incendiados. El robo también generó pérdidas importantes: baterías y otros componentes de alto valor eran sustraídos para su venta en mercados informales. A ello se sumaba el uso negligente: carreras ilegales, abandono de vehículos en aceras o estacionamientos indebidos que acarreaban elevadas multas municipales.

Las consecuencias financieras fueron severas. Los costes de reposición de baterías llegaron a rozar el millón de euros mensuales en algunos casos, mientras que las primas de seguros se disparaban.




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La lucha por sobrevivir

Para mantenerse a flote, las empresas transformaron rápidamente su modelo. Esta evolución puede describirse en 3 fases.

La primera fue un repliegue territorial. En un movimiento defensivo, las compañías restringieron sus áreas de servicio. Se retiraron de barrios de menor renta, donde el vandalismo era más elevado, y concentraron su actividad en zonas acomodadas o turísticas consideradas “seguras”. Un servicio concebido como universal comenzó a reducir su alcance geográfico y social.

Después llegó el endurecimiento tecnológico. Para contener las pérdidas, las empresas intensificaron el control tecnológico. Incorporaron sensores a bordo, alarmas y sistemas de geolocalización (geofencing) para evitar estacionamientos indebidos. La experiencia de uso se volvió más exigente: los usuarios debían subir fotografías del vehículo correctamente aparcado o enfrentarse a sanciones automáticas. El acceso fácil evolucionó hacia un modelo basado en la supervisión y la disuasión.

Por último, se dio una reducción o salida del mercado. Para muchas compañías, ni siquiera estas medidas fueron suficientes. Algunas declararon la quiebra. Otras abandonaron el modelo dirigido al consumidor final y pivotaron hacia contratos business-to-business, un modelo de negocio que consiste en los servicios que una compañía entrega a otra con el objetivo de mejorar las ventas de los productos y bienes que ofrece, o suscripciones de gama alta. La movilidad compartida dejó de parecer un servicio urbano de carácter público para convertirse en una oferta más exclusiva.




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La degradación del “triple beneficio”

El principal hallazgo que se desprende de esta trayectoria puede describirse como una “degradación triple del valor”. Las decisiones adoptadas para asegurar la viabilidad financiera terminaron erosionando los objetivos originales de sostenibilidad. Por un lado, derivó en una pérdida social: el aumento de precios, los controles de crédito más estrictos y la retirada de barrios vulnerables hicieron que el servicio dejara de ser “para todos” y pasara a dirigirse a un segmento más acomodado. Por otro, en una perdida ambiental. En algunos casos, para reducir costes, se incorporaron vehículos de combustión, alejándose del compromiso inicial con flotas completamente eléctricas.

La viabilidad económica se logró, en ciertos casos, a costa de los componentes socialambientales que justificaban el modelo.




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Repensar el futuro de la movilidad compartida

Existe, no obstante, una excepción relevante: los sistemas financiados y gestionados por el sector público, como los servicios municipales de bicicletas compartidas. Al no estar sometidos a la presión inmediata de rentabilidad de inversores privados, pudieron mantener tarifas asequibles y cobertura en toda la ciudad, incluso en zonas de mayor riesgo. Su estructura de gobernanza les permitió priorizar el interés colectivo frente al beneficio a corto plazo.

La experiencia española invita a reflexionar sobre los límites de los modelos de plataforma cuando se enfrentan a realidades sociales complejas y a expectativas financieras exigentes. Si la movilidad compartida quiere recuperar su promesa original de sostenibilidad e inclusión, será necesario reconsiderar el equilibrio entre iniciativa privada y liderazgo público en la provisión de servicios urbanos esenciales.

El sueño verde no desapareció, pero en muchos casos se transformó en un nicho premium. La cuestión ahora es si es posible reconciliar innovación, inclusión y sostenibilidad sin que una dimensión se imponga sobre las demás.

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Carmen Valor Martínez recibe fondos de la Unión Europea, Fundación La Caixa y CaixaBank a través del IIT y la Cátedra para una Longevidad Activa y Saludable.

Andres Camacho Donezar no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Por qué cada vez hay menos bicicletas y patinetes eléctricos compartidos en las ciudades – https://theconversation.com/por-que-cada-vez-hay-menos-bicicletas-y-patinetes-electricos-compartidos-en-las-ciudades-276327

Qué son las evidencias científicas en educación (y por qué no son recetas universales)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Ardura, Profesor Titular de Universidad (Educación), UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

marekuliasz/Shutterstock

Durante casi 1 500 años, la ciencia, con honrosas excepciones, dio por hecho que el universo se organizaba en torno al planeta Tierra. La razón, más allá de dogmas, fue que el modelo geocéntrico funcionaba para explicar fenómenos naturales como los eclipses o las estaciones. Descubrimientos posteriores demostraron la falsedad de este modelo y la necesidad de proponer otro.

Este no es más que un ejemplo de que la ciencia no es un conjunto de verdades absolutas, sino una sucesión de modelos provisionales que nos ayudan a entender la naturaleza con las observaciones empíricas disponibles en cada momento.

Estos modelos surgen de lo que llamamos evidencias científicas, que se pueden entender como datos, pruebas o resultados, obtenidos mediante investigación, observación y experimentación, que apoyan o refutan una hipótesis.




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Las evidencias en educación

Aunque la provisionalidad de los conocimientos científicos afecta a todas las ciencias, la dimensión y alcance de las evidencias que se generan mediante la aplicación del método científico dependen fuertemente del área de conocimiento. Para que la educación basada en evidencias no se convierta en una moda más, conviene aprender a utilizarla.

A priori, debemos tener en cuenta dos cuestiones esenciales a la hora de interpretar los resultados que se derivan de la investigación educativa: su naturaleza probabilística y su dependencia contextual.

En primer lugar, en el contexto de las ciencias sociales y, en concreto de la educación, las evidencias científicas se enmarcan en una aproximación probabilística en lugar de determinista. Esto quiere decir que podemos establecer la probabilidad de que se produzca un fenómeno o una relación, pero no afirmar rotundamente su ocurrencia en todos los casos.

Cuestiones de probabilidad, no certeza

Por ejemplo, según el sistema estatal de indicadores de la educación en España (2023), la titulación de la madre afecta se asocia a la probabilidad de que sus hijos e hijas abandonen sus estudios. Según este informe, la probabilidad de abandono prematuro de los estudios es diez veces mayor en el caso de jóvenes cuya madre tiene estudios primarios o inferiores, que en aquellos cuyas madres tienen una titulación superior.

Esto no implica que una niña cuya madre tiene estudios primarios acabe abandonando prematuramente el sistema educativo, sino que tendrá una probabilidad mayor de hacerlo. Es interesante detenerse en este ejemplo, pues también nos da una idea de la provisionalidad de los resultados de la investigación que comentábamos anteriormente, ya que, aunque este efecto persiste, se ha visto atenuado en los últimos años en comparación con décadas anteriores.

Dependencia del contexto

Además de su naturaleza probabilística, las evidencias educativas presentan otra característica clave: su fuerte dependencia del contexto. De ahí que no sea posible el establecimiento de reglas generales más allá de las tendencias que se observan en los estudios que se realizan: lo que se demuestra que funciona en un contexto determinado, puede no funcionar en otro.

Por esta razón, cuando leemos evidencias científicas en educación, es crucial comprender la descripción del contexto en el que se realiza la investigación de modo que podamos interpretar el alcance de las evidencias que genera.

Estudios primarios y metanálisis

La investigación empírica en educación se recoge principalmente en lo que llamamos estudios primarios. Estos, por lo general, presentan evidencias que, como indicábamos antes, se circunscriben a un determinado contexto. Por ejemplo, una investigación puede realizarse con alumnado universitario y esto limitará el horizonte de aplicación de sus resultados a estudiantes de esta etapa. Por tanto, no podríamos extrapolar las conclusiones de este estudio a alumnado de etapas educativas anteriores.

Complementariamente a los estudios primarios, se realizan trabajos de síntesis. Entre ellos, los estudios llamados de metanálisis son particularmente relevantes. Estos trabajos buscan la agregación de los resultados obtenidos en investigaciones sobre un mismo tema. La idea es encontrar promedios de los efectos reportados en los estudios primarios y la consecuencia es que aumenta la robustez de las conclusiones, ya que estas dependen de un conjunto de trabajos y no solo de uno.

Este tipo de trabajos permite, además, evaluar críticamente los estudios primarios. Por ejemplo, en un metanálisis del profesor Samuel Parra se concluye que para obtener resultados generalizables sobre los efectos del método Montessori es necesario abordar estudios con mayor rigor metodológico que los que hay publicados hasta la fecha.




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Traer las evidencias a la práctica

En la comunidad científica, existe cada vez más un esfuerzo deliberado en la producción de estudios metanalíticos como los referidos anteriormente, que permitan generar evidencias sólidas que las personas que están en la práctica educativa puedan tener en cuenta para diseñar la enseñanza. Aunque hay muchos ejemplos, podríamos destacar los trabajos del profesor Samuel Parra o la profesora Marta Ferrero.

También cada vez más docentes de distintas etapas se interesan por el uso de evidencias en educación. Algunos ejemplos destacados son Albert Reverter, maestro e impulsor del blog El McGuffin Educativo, o Héctor Ruiz Martín, que trabajan para tender puentes entre las evidencias científicas y la práctica docente

En definitiva, en un contexto educativo cada vez más complejo, la educación basada en evidencias no consiste en buscar recetas universales, sino en tomar decisiones informadas, críticas y contextualizadas. Las evidencias no sustituyen al juicio profesional docente, pero sí pueden hacerlo más sólido.


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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Qué son las evidencias científicas en educación (y por qué no son recetas universales) – https://theconversation.com/que-son-las-evidencias-cientificas-en-educacion-y-por-que-no-son-recetas-universales-277928

¿Gafas amarillas de 200 euros? Toda la verdad sobre el ‘biohacking’ visual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Antonio Matamoros, Investigador posdoctoral, Universidad Complutense de Madrid

En los últimos meses, conocidos futbolistas y otras figuras populares han desatado la polémica en redes sociales luciendo llamativas gafas de cristales amarillentos o anaranjados. El “qué” de esta tendencia es la promesa de mejorar el sueño y el rendimiento mediante el bloqueo de luz azul. El “quiénes” son influencers y marcas de estilo de vida que han convertido un accesorio en una supuesta herramienta de salud.

Sin embargo, esta fiebre por el llamado biohacking ocurre ahora mismo en un mercado digital donde el bombo o hype publicitario a menudo llega más lejos que la evidencia científica. ¿Qué hay realmente detrás de estas afirmaciones? La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, estamos ante un producto más cercano a la moda que a la ciencia.

Los ojos no sirven solo para ver

Para entender por qué generan tanto interés estas gafas, hay que empezar explicando algo poco conocido: no todas las neuronas del ojo sirven para ver imágenes. Algunas tienen una función completamente distinta, que es decirle al cerebro si es de día o de noche. Se llaman células ganglionares intrínsecamente fotosensibles (ipRGC) y contienen un pigmento especial llamado melanopsina, que reacciona ante la luz azul. Su trabajo no es reconocer formas ni colores, sino medir la intensidad de la luz del entorno.

Existen varios tipos, y cada uno cumple una función vital: regular el sueño, mantener el estado de alerta o controlar el tamaño de la pupila. En conjunto, actúan como sensores que sincronizan nuestro reloj biológico interno con el ciclo del sol.

Son, sin saberlo, las células que deciden cuándo tenemos sueño.

Por qué el uso de dispositivos por la noche no nos deja dormir

El interés por las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles ha crecido junto con la preocupación por el efecto de las pantallas en el sueño. Si usted es de los que revisa TikTok o Instagram en la cama antes de dormir, hay una explicación fisiológica clara: la luz de la pantalla activa estas células. Les manda una señal equivocada al cerebro, diciéndole que todavía es de día. Nuestro cuerpo lleva millones de años sincronizado con el sol, pero nuestros hábitos modernos han roto esa coordinación.

Mientras esas neuronas siguen activas, el cuerpo no arranca los mecanismos naturales que inducen el sueño. Es decir: no podemos dormir porque nuestra biología cree que aún no toca. En esa contradicción, nuestra necesidad de usar pantallas y el deseo de descansar, es donde han proliferado las soluciones comerciales mágicas.

El negocio de vender plástico a precio de oro

Y aquí entran las famosas “gafas de fototerapia” de 200 euros. El argumento de las marcas es sencillo: si la luz azul es el problema, su producto sirve de escudo. Sin embargo, gastar una fortuna en este tipo de accesorios supone comprar un objeto de diseño que carece totalmente de las características técnicas necesarias para ser un dispositivo de salud.




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Existe una diferencia enorme entre un filtro de corte selectivo y unas gafas de colorines comerciales. El primero es un dispositivo sanitario diseñado con precisión para bloquear longitudes de onda concretas y proteger retinas con patologías reales, como son la degeneración macular asociada a la edad o la retinosis pigmentaria. Por el contrario, las gafas que promocionan los influencers suelen ser simples tintes coloreados sobre plástico.

La diferencia no es solo de precio. Un filtro de corte selectivo, a la venta en algunas ópticas, pasa por mediciones rigurosas en un laboratorio. Se comprueba que bloquea exactamente lo que dice bloquear. Para conseguirlo, la lente incorpora en su propia masa unas moléculas llamadas cromóforos, compuestos orgánicos que absorben selectivamente la radiación según sus propiedades espectrales. El filtrado no está, pues, en un barniz o coloreado superficial que puede degradarse con el tiempo, sino integrado en el material.

Según el uso previsto, estos filtros tienen distintos “puntos de corte”: a 400 nanómetros (milmillonésimas parte de metro, nm) bloquean toda la radiación ultravioleta; a 450 nm eliminan además la franja violeta del espectro visible; y a 500 nm cortan también buena parte del azul. Cada corte estará indicado para una patología diferente. Las gafas de moda no tienen ese control y no es un detalle menor: usar un tinte de mala calidad puede ser peor que no llevar nada.

Porque la fotofobia, las migrañas o los trastornos graves del sueño requieren diagnósticos realizados por profesionales de la salud, no soluciones estandarizadas vendidas como biohacking.

En definitiva, el revuelo por las gafas de 200 euros es el ejemplo perfecto de cómo la promoción publicitaria puede vencer temporalmente a la ciencia. Debemos recordar la idea clave: nuestro reloj biológico tiene ojos que regulan nuestra vida de forma mucho más sutil y compleja de lo que una marca de moda nos quiere hacer creer. Al final del día, la mejor “gafa” para dormir bien sigue siendo, sencillamente, apagar la luz.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Gafas amarillas de 200 euros? Toda la verdad sobre el ‘biohacking’ visual – https://theconversation.com/gafas-amarillas-de-200-euros-toda-la-verdad-sobre-el-biohacking-visual-281688

Nuevo estudio: el azúcar de los zumos y el de los refrescos no tienen el mismo efecto en el organismo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco A. Tomás-Barberán, Profesor de Investigación CSIC, Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS-CSIC)

SrideeStudio/Shutterstock

Las recomendaciones dietéticas consideran el azúcar de los zumos de fruta y de ciertos refrescos metabólicamente idénticos. De hecho, la propia OMS cataloga a ambos como “azúcares libres”, suponiendo se comportan igual en nuestro organismo y alcanzan la circulación sanguínea de manera similar, produciendo la misma respuesta metabólica.

No obstante, la experiencia de nuestro equipo de investigación con compuestos bioactivos de frutas sugiere que esta forma de clasificación no tiene en cuenta la matriz de los alimentos, el entorno complejo constituido por nutrientes que interactúan entre sí. ¿Cómo lo sabemos?

En un estudio que publicamos este año quisimos determinar si los azúcares del zumo de naranja 100 %, aquel que contiene sólo los propios de la fruta, se absorben de manera diferente que los añadidos de una bebida. Pues bien, además de responder de forma afirmativa a nuestra pregunta, los resultados mostraron que la matriz natural de los azúcares de la naranja (fibras, minerales, compuestos fitoquímicos) tendría un beneficio clave en nuestro organismo: una absorción de glucosa más lenta y, por lo tanto, picos más bajos en nuestro organismo.

Comparación de los distintos azúcares en jóvenes sanos

Para evaluar el efecto de dicha matriz en ambos casos, nuestro trabajo comparó cuatro bebidas con diversas concentraciones. Por un lado, zumo de naranja 100 %, una mezcla de zumo al 50 % y una bebida solo con azúcares añadidos (0 % de zumo). Las tres contenían 25 gramos de una mezcla idéntica de glucosa, fructosa y sacarosa, con una diferencia importante: la matriz de su zumo estaba integrada componentes no-azúcares en un 100 %, 50 % y 0 % respectivamente.

Por otro lado, agregamos una bebida control que contenía sólo 25 g de glucosa de uso alimentario en agua para que nos ayudara con las mediciones del índice glucémico.

El estudio, que se realizó en un grupo de jóvenes y sanos, encontró que el nivel de glucosa solo 15 minutos después del consumo del zumo de naranja 100 % era significativamente inferior (95,9 mg/dL) que el de la bebida con 0 % de zumo (108,7 mg/dL). Esto apunta a una moderación de la velocidad de absorción atribuible a la propia química de los componentes de la fruta.

Los resultados mostraron también una reducción escalonada en la concentración máxima o pico de glucosa. Mientras que el control de glucosa alcanzó un pico de 134,6 mg/dL, el “agua con azúcar” (en la bebida con 0 % de zumo) llegó a 121,6 mg/dL. El zumo de naranja 100 % –a pesar de tener los mismos 25 g de azúcares– atenuó el pico aún más, hasta 113,8 mg/dL.

Es decir, cuanto mayor es la proporción de componentes la matriz natural del zumo, mayor es el efecto reductor del pico de glucosa en sangre, aplanando la curva de glucemia.




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El papel clave de la matriz de los alimentos

Estos datos contradicen la suposición de que todo el azúcar es absorbido igual y revelan que la “matriz de la fruta” actúa como un complejo regulador interno del azúcar en sangre, atenuando los picos de glucosa en hombres jóvenes sanos. Las diferencias observadas no son accidentales: están inducidas por mecanismos moleculares implicados en distintos efectos observados.

Por un lado, el de la interferencia con transportadores, las proteínas que facilitan el movimiento de nutrientes, iones y desechos a través de las membranas celulares. Los polifenoles presentes en el zumo de naranja, como la hesperidina y la narirutina, actúan como inhibidores de los transportadores de glucosa, SGLT1 y GLUT2. Esencialmente, compiten con el azúcar para entrar en el torrente sanguíneo.

Por otro lado, la modulación mineral que ejercen el potasio, el magnesio y el calcio, también presentes en el zumo, son esenciales para el buen funcionamiento de las bombas que transportan la glucosa a través de las membranas celulares, potenciando su entrada en tejidos como el músculo o el tejido adiposo.

Fundamental así mismo es el papel de las barreras estructurales de la matriz.
Trazas de fibra y el pH específico del zumo 100 %, sin azúcares añadidos, pueden ralentizar el vaciamiento gástrico, asegurando que el azúcar entre al intestino delgado a un ritmo más moderado.

En la variabilidad está la respuesta

Nuestro trabajo sugiere además una interpretación de los resultados hasta ahora no planteada y que va más allá de los valores medios obtenidos en función de las distintas matrices de los azúcares, enfocándose en las claras diferencias en la respuesta de los individuos. A pesar de que todos los participantes eran chicos jóvenes y sanos, no reaccionaron de manera uniforme al consumo de las bebidas, y en particular al zumo de naranja 100 %.

Por eso planteamos una clasificación de los individuos en dos categorías según su respuesta de glucosa al consumo de azúcares del zumo de naranja.

  • “Respondedores altos”: aquellas personas que muestran unos picos de glucosa elevados tras el consumo de alimentos ricos en azúcares. Este grupo experimentó todo el poder de la matriz de la fruta y sus picos de glucosa fueron drásticamente más bajos al beber zumo 100 % en comparación con la bebida de solo azúcar.

  • “Respondedores bajos”: aquellos que reaccionan con picos de glucosa mucho más bajos aunque consumen los mismos alimentos ricos en azúcares. Estos mostraron, además, diferencias mínimas entre el zumo y la bebida azucarada, lo que sugiere que en su organismo no se activaron con la misma eficacia los efectos protectores de la matriz del zumo.

Para los respondedores altos, por lo tanto, el zumo de naranja 100 % es una opción mejor que cualquier otra bebida azucarada, ya que les proporciona un perfil metabólico de glucosa más suave. En los respondedores bajos, la ingesta de una bebida u otra no tiene efectos distintos; ya están protegidos internamente frente a grandes picos de glucosa.




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¿Y si dejamos de buscar el zumo perfecto?

El estudio subraya la importancia de considerar tanto la matriz alimentaria como las diferencias fisiológicas individuales al evaluar el impacto glucémico de los zumos de frutas y señala las limitaciones de las reglas dietéticas “de talla única”: ni todos los azúcares son iguales, ni todas las personas responden igual al consumo de los mismos azúcares.

El zumo de fruta 100 % es una entidad biológicamente distinta, no simplemente un refresco natural con azúcares. Su matriz contiene compuestos que actúan como un regulador que las bebidas azucaradas no puede replicar. Sin embargo, es importante notar un límite de nuestro estudio: los participantes eran hombres jóvenes y sanos. Cómo se traducen estos hallazgos en poblaciones mayores o con condiciones metabólicas preexistentes constituye objeto de futuras investigaciones.

Lo que sí evidencia es que nos estamos alejando de un mundo de alimentos “buenos” y “malos” hacia uno de “respondedores diversos”. Si nuestros cuerpos procesan el mismo vaso de zumo de maneras diferentes, tal vez sea hora de que dejemos de buscar la dieta “perfecta” y empecemos a buscar nuestro propio perfil de respuesta.

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Francisco A. Tomás-Barberán recibe fondos para investigación de la Agencia Estatal de Investigación, del Fruit Science Center de la European Fruit Juice Association (AIJN), que financió este estudio, y de la Fundación Séneca de la Región de Murcia (grupos de excelencia).

ref. Nuevo estudio: el azúcar de los zumos y el de los refrescos no tienen el mismo efecto en el organismo – https://theconversation.com/nuevo-estudio-el-azucar-de-los-zumos-y-el-de-los-refrescos-no-tienen-el-mismo-efecto-en-el-organismo-280563

De la fruta madura al bloqueo: un siglo de tensiones entre Cuba y EE. UU. explicado paso a paso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raisiel Damián Rodríguez González, Profesor de Teoría Política y Humanidades en la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno., Universidad Francisco de Vitoria

Raúl Castro y Barack Obama se estrechan la mano durante la Cumbre de las Américas celebrada en Ciudad de Panamá en 2015. Pete Souza/White House, CC BY

Las relaciones entre Cuba y Estados Unidos suelen analizarse bajo el prisma de la Guerra Fría, pero su naturaleza responde a una tensión histórica que se remonta al siglo XIX.

Ya en 1823, John Quincy Adams, el sexto presidente de Estados Unidos, formuló la “teoría de la fruta madura” argumentando que, por leyes de gravitación política, Cuba acabaría anexionada a la Unión tras separarse de España. Adams veía al Caribe como un apéndice natural del continente:

“Hay leyes de gravitación política, como leyes de gravitación física, y Cuba, separada de España, tiene que gravitar hacia la Unión… No hay territorio extranjero que pueda compararse para los Estados Unidos como la Isla de Cuba. Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión”.

Sin embargo, a diferencia de Puerto Rico, el destino de Cuba no fue la integración territorial. La isla poseía una identidad nacional forjada en un Ejército Libertador con décadas de experiencia combativa, una industria azucarera de vanguardia y una cohesión cultural que actuó como muro de contención. Una anexión total habría supuesto para Washington una resistencia inasumible.

Mientras Puerto Rico fue asimilado rápidamente como territorio no incorporado, Cuba optó por el ejercicio de la soberanía, forzando a EE. UU. a diseñar un modelo de control indirecto.

La república tutelada y el modelo de subordinación

Este esquema de dominación se definió tras la guerra de 1898 mediante la Enmienda Platt (1901). Este apéndice constitucional otorgaba a Washington el derecho de intervención militar y limitaba la capacidad de la isla para gestionar su deuda o firmar tratados. Bajo esta independencia tutelada, el capital estadounidense fluyó hacia sectores estratégicos, convirtiendo a Cuba en líder industrial azucarero, pero también en un mercado cautivo para las manufacturas del norte.

A mediados del siglo XX, Fulgencio Batista personificó el último intento de estabilizar esta relación asimétrica. Tras su golpe de Estado en 1952, contó con el respaldo total de Washington para garantizar el orden y las inversiones. No obstante, la brutal represión y la corrupción socavaron esta alianza.

En marzo de 1958, el gobierno de Eisenhower impuso un embargo de armas al régimen, una señal crítica que debilitó logísticamente a Batista. Simultáneamente, la opinión pública estadounidense, influenciada por crónicas como la de Herbert Matthews en el New York Times, comenzó a simpatizar con un Fidel Castro visto entonces como un líder idealista que restauraría la democracia.

La ruptura definitiva

El triunfo de la Revolución en 1959 liquidó el sistema republicano y marcó la divergencia definitiva con el modelo puertorriqueño. Lo que inició como una pugna por la soberanía sobre recursos nacionales –con la Reforma Agraria y las nacionalizaciones de 1960–, escaló rápidamente. Para marzo de 1960, Eisenhower ya había aprobado planes encubiertos para derrocar al nuevo Gobierno.

La escalada de tensiones diplomáticas y económicas culminó en la invasión de Playa Girón (1961). La derrota de la brigada mercenaria llevó a Washington a intensificar la presión mediante la Operación Mangosta, un programa de guerra sucia que combinaba sabotajes económicos, espionaje y guerra psicológica para forzar una sublevación interna.

Ante esa amenaza, y con el deseo de alcanzar los favores de la URSS, Castro aceptó el despliegue de misiles nucleares soviéticos, provocando la Crisis de los misiles en 1962, que situó al mundo al borde de la aniquilación. El conflicto se saldó con la promesa de EE. UU. de no intervenir militarmente en la isla, compromiso que ha perdurado, al menos hasta ahora.

Ante la imposibilidad de la vía armada, el bloqueo económico formalizado por Kennedy en 1962 se convirtió en la herramienta de asfixia permanente. Durante décadas, la relación fue una espiral de hostilidad con breves paréntesis, como la apertura de “secciones de intereses” –oficinas que representaban los intereses estadounidenses en Cuba– bajo Jimmy Carter en 1977. Sin embargo, la era Reagan devolvió el conflicto a su punto álgido al incluir a Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo en 1982, una etiqueta que hoy, bajo la influencia de la administración Trump, vuelve a bloquear cualquier normalización financiera.

Giros tras la caída de la URSS

Tras la caída de la URSS, las relaciones experimentaron giros paradójicos. El hito más significativo fue el proceso de normalización iniciado el 17 de diciembre de 2014 por Raúl Castro y Barack Obama. Este “deshielo” restableció relaciones diplomáticas y facilitó viajes y remesas. No obstante, el objetivo estratégico de Obama era claro: influir en una transición hacia el capitalismo cambiando el garrote por métodos de influencia cultural y apoyo al sector privado.

Esta ventana se cerró abruptamente en 2017 con Donald Trump, quien endureció el bloqueo y activó el Título III de la Ley Helms-Burton para castigar a inversores extranjeros. Los intentos iniciales de la administración Biden por retomar la apertura terminaron en parálisis institucional, dejando paso a un clima de tensiones exacerbadas tras el retorno de Trump a la presidencia.

¿Soberanía o anexión?

En el escenario actual, parte de la sociedad cubana vuelve a mirar hacia el norte. Ante el estancamiento y la crisis sistémica derivada de décadas de gestión ineficiente, algunos sectores recuperan el viejo sueño de Adams, viendo en la anexión una salida desesperada. Miami se percibe hoy como una realidad a imitar, movilizando deseos de cambio que cuestionan el proyecto nacional revolucionario.

Sin embargo, es imperativo comprender que la resistencia a la hegemonía extranjera ha sido la constante que ha permitido a Cuba construirse como nación soberana. La posibilidad de convertirse hoy en un territorio libre asociado, como lo es Puerto Rico, no solo transformaría la identidad histórica de la isla, sino que alteraría la geopolítica global: convertiría a la llave del Caribe en un laboratorio de pruebas de nuevos modelos neoliberales y cuestionaría el principio de soberanía que ha sostenido las relaciones internacionales durante el último siglo.

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Raisiel Damián Rodríguez González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De la fruta madura al bloqueo: un siglo de tensiones entre Cuba y EE. UU. explicado paso a paso – https://theconversation.com/de-la-fruta-madura-al-bloqueo-un-siglo-de-tensiones-entre-cuba-y-ee-uu-explicado-paso-a-paso-282090

Estas son las funciones sociales y emocionales que nunca podrá cubrir un chatbot

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Millones de personas conversan con chatbots de forma habitual. Brett Jordan / Unsplash. , CC BY-SA

Millones de personas interactúan a diario con sistemas conversacionales, no solo para resolver dudas o aumentar su productividad, sino también para desahogarse, ordenar pensamientos o sentirse acompañadas.

Lo relevante no es únicamente el avance tecnológico, sino el tipo de vínculo que empieza a emerger. Aplicaciones diseñadas específicamente para ofrecer compañía –como Replika o Character.AI– y herramientas más generalistas como ChatGPT están ocupando un espacio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a las relaciones humanas: el de la interacción emocional cotidiana.

La cuestión ya no es si estas tecnologías pueden conversar de forma convincente sino qué ocurre cuando empezamos a relacionarnos con máquinas que simulan escucharnos, comprendernos y acompañarnos.

Cuando una herramienta se percibe como “alguien”

Desde la psicología social, sabemos que los seres humanos no necesitamos demasiado para activar nuestros mecanismos de interacción social. Basta con que algo responda de forma contingente, coherente y mínimamente personalizada. Este fenómeno, conocido como antropomorfización, describe la tendencia a atribuir mente, intención y emociones a sistemas no humanos.

Los sistemas conversacionales actuales cumplen con creces esas condiciones. Responden rápido, ajustan el lenguaje, recuerdan información previa y simulan estados emocionales. No es que confundamos una IA con una persona; es que nuestro sistema cognitivo no está diseñado para interactuar con entidades que “parecen sociales” sin tratarlas como tales. Como ya mostraron los investigadores de la Universidad de Standford Clifford Reeves y Byron Nass en su informe The Media Equation, tendemos a aplicar normas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando sabemos que no son humanos.

En la práctica, esto significa que hablar con una IA no es una interacción neutra. Es una interacción psicológicamente social, aunque uno de los interlocutores no sea una persona.

El atractivo de una relación sin fricción

Las relaciones humanas son complejas por definición. Implican tiempos de espera, malentendidos, reciprocidad, conflicto y ajuste continuo. Los compañeros artificiales o AI companions eliminan gran parte de esa fricción. Están disponibles en cualquier momento, responden de forma inmediata y rara vez introducen disonancia o desacuerdo.

Desde el punto de vista del aprendizaje, esto genera un entorno especialmente reforzante. Las interacciones tienden a ser satisfactorias o, al menos, no aversivas, lo que incrementa su repetición. Este tipo de dinámica se entiende bien desde los modelos de refuerzo: cuando una conducta (en este caso, interactuar con la IA) produce consecuencias positivas de forma consistente, su probabilidad de repetición aumenta.

Además, la ausencia de evaluación social negativa reduce el coste de exponerse. Sabemos que las personas pueden llegar a compartir más información personal con sistemas automatizados que con otros humanos, precisamente porque perciben menor riesgo de juicio. En otras palabras, la IA ofrece algo difícil de encontrar en la vida cotidiana: escucha constante sin consecuencias sociales inmediatas (posibles juicios, críticas, burlas, etc.).

Qué necesidades emocionales pueden estar cubriendo

En este contexto, no resulta sorprendente que muchas personas empiecen a utilizar estos sistemas para funciones que antes cumplían otras personas. Una de ellas es la regulación emocional básica. Verbalizar pensamientos, ordenar lo que sentimos o recibir una respuesta estructurada puede reducir la activación emocional. Este efecto está bien documentado en la literatura sobre escritura expresiva: poner en palabras la experiencia emocional facilita su procesamiento.

También aparece la sensación de compañía. Aunque sepamos que la IA no tiene conciencia, la interacción continuada puede generar una percepción subjetiva de presencia. Este fenómeno conecta con las relaciones parasociales, donde los individuos desarrollan vínculos emocionales con figuras mediáticas o virtuales, sin reciprocidad real.

A esto se suma la validación. Los sistemas están diseñados para responder de forma comprensiva y ajustada, lo que facilita una experiencia de escucha difícil de sostener en relaciones humanas, en las que el otro también tiene límites, emociones y necesidades.

Lo que no está: reciprocidad, conflicto y reconocimiento real

Sin embargo, hay elementos fundamentales que no aparecen en este tipo de interacción y que son clave para el desarrollo psicológico. El primero es la reciprocidad real. En una relación humana, el otro no está ahí solo para responder. También tiene necesidades, puede retirarse, puede no entendernos o puede no estar de acuerdo. Esa interdependencia es parte esencial del vínculo.

El segundo es el conflicto. Aunque tendamos a evitarlo, el desacuerdo, la frustración y la necesidad de negociación son contextos donde se ponen en juego habilidades fundamentales: tolerancia a la frustración, regulación emocional, empatía recíproca y corregulación interpersonal. En las relaciones humanas, el conflicto obliga a ajustar la propia respuesta al estado emocional del otro. Las interacciones con IA, en cambio, tienden a reducir esta fricción: no solo facilitan la conversación, sino que a veces disminuyen la exposición a información incómoda o discrepante. Esa “fricción de verdad” es precisamente una de las dimensiones problemáticas de la bautizada en inglés como AI sycophancy –“adulación de la IA”–, entendida como la tendencia de los modelos de lenguaje a estar de acuerdo, halagar y validar al usuario.

El tercero es el reconocimiento genuino. Ser validado por otra persona implica una contingencia real, podría no ocurrir. Esa posibilidad es lo que da valor al reconocimiento. En una IA, la validación está garantizada por diseño. No hay riesgo de rechazo, pero tampoco autenticidad en sentido estricto.

Sustitución funcional y dependencia sin conflicto

El escenario más probable no es una sustitución total de las relaciones humanas, sino una sustitución funcional. Es decir, que determinadas funciones –desahogo emocional, toma de decisiones, compañía puntual– empiecen a desplazarse hacia la interacción con sistemas artificiales.

Este cambio es sutil, pero relevante. Reduce la exposición a la complejidad relacional humana y puede favorecer un patrón particular: dependencia sin conflicto. Una forma de relación que no exige adaptación, no genera rechazo y no obliga a revisar el propio comportamiento.

A corto plazo, esto puede resultar altamente eficaz para reducir el malestar. A largo plazo, puede limitar el desarrollo de habilidades psicológicas que solo se adquieren en contextos donde hay fricción, incertidumbre y reciprocidad real. Como advierte la investigadora del Massachusetts Institute of Technology Sherry Turkle en su ensayo Alone Together, la tecnología puede ofrecer la ilusión de compañía sin las demandas de la relación, pero eso no es equivalente a una relación.

Una nueva categoría de vínculo

Más que sustituir a las relaciones humanas, los AI companions parecen estar configurando una categoría intermedia: espacios psicológicos de baja exigencia donde es posible hablar, organizarse emocionalmente o sentirse acompañado sin asumir el coste de una relación.

La cuestión no es si debemos utilizar estas herramientas, sino cómo integrarlas sin que desplacen aquello que las relaciones humanas aportan y que no puede ser replicado: la negociación, la diferencia, la imprevisibilidad y, en última instancia, la capacidad de transformarnos a través del otro.

Y es que una conversación que siempre funciona puede ser cómoda. Pero no necesariamente es la que más nos hace crecer.

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Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Pueden ver las plantas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio E. Encina García, Personal del Área de Fisiología Vegetal. Catedrático de Universidad, Universidad de León

Las plantas, a su manera, ven la luz del entorno y, así, regular sus ciclos vitales, como la floración. Ilie Barna / Unsplash., CC BY-SA

Decir que las plantas “ven” es una licencia poética. Obviamente las plantas no tienen retina, ni ojos, ni cerebro y, por tanto, no tienen el tipo de visión que asumimos para otros organismos. Ahora bien, pensemos en una definición amplia del término visión, esa que dice que es la capacidad mediante la cual un organismo capta luz del entorno, la transforma en señales biológicas y la interpreta para representar de manera útil el mundo que lo rodea. En ese sentido, podríamos llegar a convencernos de que las plantas “ven”.

La luz, mucho más que energía

Como organismos fotosintéticos, las plantas son capaces de absorber y utilizar la luz con una sofisticación y eficiencia extraordinaria. Pero, para ellas, la luz no es sólo la energía que alimenta la fotosíntesis, es también información. La luz es una señal ambiental de primer orden sobre la alternancia día-noche, sobre si están rodeadas de competidoras, cuándo deben germinar, abrir los estomas o en qué momento conviene florecer, entre otras cosas.

Un estoma en la epidermis de una hoja tal como se ve al microscopio. Consta de dos células oclusivas unidas entre sí en sus extremos que, juntas, delimitan un poro u ostiolo.
Wikimedia Commons., CC BY

La clave de esta percepción está en los fotorreceptores, biomoléculas que funcionan como sensores capaces de absorber luz y transformar esa información física en respuestas biológicas. Hoy en día, se sabe que las plantas disponen de fotorreceptores especializados en interpretar la información lumínica asociada a rangos discretos de radiación electromagnética. Esto implica que son capaces de interpretar su calidad espectral, es decir, “perciben colores”.

Por ejemplo, los fitocromos están especializados en percibir luz en la región del rojo –longitudes de onda de luz entre 600 y 700nm– y del rojo lejano –entre 700 y 800 nm, justo fuera del rango de la luz visible para los humanos–. Mientras, los criptocromos y las fototropinas y receptores UV-B, son sensibles a la luz azul y ultravioleta. Los fotorreceptores en plantas no se encuentran en estructuras organizadas, se encuentran en tipos celulares muy diversos, que pueden encontrarse en todos los órganos.

Fitocromos: interruptores biológicos de luz roja

Los fitocromos, una amplia familia de fotorreceptores, están entre los mejor caracterizados. Se trata de proteínas unidas una especie de “antena” (cromóforo) capaz de absorber fotones en la zona del rojo y rojo lejano (entre 600 y 800 nm aprox.). La luz modula la actividad del fotorreceptor induciendo cambios en el plegamiento de la proteína.

Se sabe que los fitocromos existen en dos formas interconvertibles: Pr, que absorbe luz roja y Pfr, que absorbe luz roja lejana. La luz roja convierte Pr en Pfr, la forma activa; la roja lejana favorece el proceso inverso.

Cuando el fitocromo está en su forma activa o Pfr, puede desplazarse desde el citoplasma al núcleo celular. Una vez allí, activa o reprime la expresión de una compleja red de genes que controlan programas de desarrollo. De esta manera, actúa como un interruptor reversible que informa a la planta sobre la calidad espectral de la luz que la rodea. Este mecanismo de acción ilustra muy bien el funcionamiento general de todos los fotorreceptores conocidos en plantas.

¿Cómo detectan las plantas a sus vecinas?

Uno de los aspectos más fascinantes es que las plantas pueden detectar a sus vecinas en función del grado de sombreo utilizando como sensores a los fitocromos. Lo logran midiendo la proporción entre luz roja y luz roja lejana. La luz solar directa contiene ambas, pero las hojas absorben mucha luz roja para la fotosíntesis y dejan pasar o reflejan más luz roja lejana.

Así, cuando una planta percibe una caída en la relación rojo/rojo lejano, interpreta que hay otras plantas cerca. Esta lectura del ambiente activa el llamado síndrome de evitación de la sombra. La planta cambia su arquitectura: alarga tallos, modifica la orientación de sus hojas y reduce la ramificación. No está “pensando”, pero está tomando decisiones de desarrollo. Su cuerpo se reorganiza para alcanzar la luz antes o mejor que sus competidoras.

Esta capacidad tiene enormes implicaciones agrícolas. En un cultivo denso, por ejemplo, las plantas invierten demasiada energía en competir por luz en lugar de producir semillas, frutos o biomasa útil. Por eso, comprender los fotorreceptores ayuda a seleccionar variedades más tolerantes al sombreado, capaces de crecer en alta densidad sin activar en exceso respuestas de escape.

La luz marca su calendario

Además, la luz a través de los fotorreceptores regula el calendario interno de muchas especies. El cambio de proporción de luz roja/roja lejana en la transición luz-oscuridad puede ser percibida por los fitocromos, lo que permite a las plantas medir la duración relativa del día y la noche. Gracias a ello, algunas especies florecen cuando los días se alargan, otras cuando se acortan. De esa manera, ajustan su ciclo vital a la estación más favorable.

La floración es un momento clave de su ciclo vital y su éxito depende, en buena medida, de interpretar correctamente qué condiciones ambientales son las más favorables.

Mirarlas con otros ojos

Si este artículo ha llegado a ustedes, espero que haya contribuido a que “vean” a las plantas de otra manera, digamos que con “otros ojos”. Quizás ahora piensen que son más que organismos pasivos expuesto al sol.

Las plantas exploran su entorno luminoso, comparan señales, anticipan competencia y ajustan su desarrollo. Son capaces de percibir un mundo de colores invisibles para nuestra experiencia cotidiana. Para ellas, cada amanecer no solo trae energía: trae un libro de instrucciones.

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Antonio E. Encina García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Pueden ver las plantas? – https://theconversation.com/pueden-ver-las-plantas-279774