Academias de la lengua española: ¿descriptoras o prescriptoras del lenguaje?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Adrián Granados Navarro, Profesor de Lingüística Aplicada, Universidad Pablo de Olavide

ItzaVU/Shutterstock

¿Cuál es la función de una academia de la lengua? ¿Debe limitarse a registrar el uso que los hablantes hacen del idioma, o está ahí para distinguir lo correcto de lo incorrecto y establecer unas normas? Lo primero, el “descriptivismo”, y lo segundo, el “prescriptivismo”, son dos corrientes lingüísticas históricamente opuestas, que hoy vuelven a ponerse de manifiesto en el reciente artículo del académico y escritor español Arturo Pérez Reverte y las reacciones que ha suscitado.

Reverte denuncia en su artículo que la Real Academia Española (RAE) está abandonando su papel normativo, doblegándose a usos mayoritarios en prensa y redes sociales y perdiendo de vista la “autoridad superior de los grandes escritores”. Las respuestas apuntan al papel de la academia como “descriptora”, aunque fuentes internas de la RAE afirman que se analizarán las críticas de Pérez Reverte y se abordarán debates y propuestas.

Prescriptivismo: cómo debe usarse la lengua

Durante siglos, la lengua que interesaba en los entornos académicos y las universidades no era la cotidiana, sino la lengua escrita de prestigio, especialmente textos literarios canónicos u obras de grandes autores. El objetivo principal no era entender cómo hablaba la gente, sino cómo debía escribirse y hablarse correctamente, tomando como modelo a esos escritores. Esta tradición es la raíz del prescriptivismo.

El prescriptivismo lingüístico sostiene que existen formas correctas e incorrectas de usar la lengua, y que una de las tareas del lingüista es establecer normas, basadas en la lengua escrita, los autores prestigiosos, o el uso por parte de las élites culturales y educativas. En este enfoque, el cambio lingüístico suele verse como corrupción, y la variación, como error.




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Durante la mayor parte de la historia de la RAE, desde su creación en 1713, esta ha sido su misión, tal y como atestigua su lema: “Limpia, fija y da esplendor”, que data de 1715. Y esta es la función que, según Pérez Reverte, está abandonando lamentablemente la RAE, en una visión que dice compartir con otros académicos literatos.

El giro descriptivista: la lengua como objeto científico

A finales del siglo XIX y sobre todo en el XX, la lingüística empieza a definirse como ciencia empírica. Aquí surge el descriptivismo, que propone que la lingüística no debe decir cómo se debe hablar, sino describir cómo hablan realmente los hablantes. Para esta corriente, todas las variedades (dialectales, coloquiales, no estándar) son sistemas completos, no versiones “defectuosas”. Este cambio implica un desplazamiento del interés académico: de los textos literarios a los hablantes reales y sus usos lingüísticos.

Sede de la Escuela de Lexicografía de la ASALE, en Madrid.
Serrano, (187-189) en Madrid (foto: RAE) / Wikimedia, CC BY-SA

El descriptivismo lingüístico en la RAE no aparece de golpe, sino como un proceso gradual que se consolida a lo largo del siglo XX, especialmente cuando la Academia deja de concebir el español exclusivamente desde España y empieza a asumirlo como una lengua pluricéntrica.




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El verdadero punto de inflexión llega con la incorporación activa de las academias fuera de España y la creación de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) en 1951. Actualmente cuenta con 23 corporaciones, en América, España, Filipinas y Guinea Ecuatorial, e incluye países en los que el español nunca ha sido lengua oficial pero en los que hay una gran cantidad de hablantes. Por ejemplo, la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), que atiende a más de 60 millones de hispanohablantes en Estados Unidos.

El descriptivismo se consolida claramente en obras panhispánicas elaboradas conjuntamente por todas las academias, como la Nueva gramática de la lengua española (2009), el Diccionario panhispánico de dudas (2005), o el Diccionario de americanismos(2010). En estas obras, se describen usos reales antes de valorarlos, se reconoce la variación geográfica y social, y la norma se presenta como resultado del uso, no como imposición externa.

El conflicto de fondo

El debate no es solo técnico, sino ideológico y académico. El prescriptivismo está ligado a autoridad cultural, tradición literaria, estandarización y educación formal. El descriptivismo está ligado a método científico, observación empírica e igualdad entre variedades lingüísticas.

Lo que es innegable es que el lenguaje y los hablantes evolucionan. “Ca si no fuessen, errarían en las cosas que ouiessen de fazer” (“Porque, de no ser así, se equivocarían en lo que deben hacer”, dicho en castellano alfonsí, del siglo XIII) y los textos actuales se leerían con este estilo.

Es cierto que los nuevos usos pueden chirriar a oídos de numerosos hablantes (incluso de los que se consideran descriptivistas), pero muchos de dichos usos son pasajeros y, si perduran, es porque habrán pasado el filtro democrático del uso mayoritario sostenido.

Evolución y tensión histórica

Este conflicto no es exclusivo del español, sino que se da en todas las lenguas. El escritor británico Stephen Fry, en su contribución a la obra What makes us human? (“¿Qué nos hace humanos?), dedica estas líneas a los prescriptivistas del inglés, entre los que él mismo se incluía en el pasado (traducción propia):

“¿Pero sienten burbujas en el estómago y salivan de disfrute por el lenguaje? ¿Dejan que el deslizar de la punta de la lengua sobre el paladar los sumerja en un éxtasis eufórico y embriagador? ¿Emparejan palabras imposibles por puro sexo fonético? ¿Usan la lengua para seducir, encandilar, excitar, satisfacer, reafirmar y estimular a sus interlocutores? ¿Hacen algo de esto? Lo dudo. Están demasiado ocupados mirando con desdén al dependiente de la tienda por su errata en un cartel”.

En conclusión, el debate suscitado por las palabras de Pérez Reverte no es, en realidad, una disputa coyuntural ni un simple desacuerdo personal, sino la manifestación visible de una tensión histórica que atraviesa toda la reflexión sobre el lenguaje.

La RAE se encuentra hoy en un punto de equilibrio complejo entre dos misiones legítimas pero potencialmente contradictorias: orientar normativamente a los hablantes y describir con rigor científico una lengua viva, diversa y en permanente cambio.

Quizás un término medio sería la creación de una sección con palabras o usos en cuarentena, hasta que el paso del tiempo dicte sentencia. En cualquier caso, es en esa tensión permanente –incómoda, imperfecta, pero necesaria– donde reside la función real de una academia de la lengua hoy.

The Conversation

Adrián Granados Navarro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Academias de la lengua española: ¿descriptoras o prescriptoras del lenguaje? – https://theconversation.com/academias-de-la-lengua-espanola-descriptoras-o-prescriptoras-del-lenguaje-273489

Ontario’s proposed nuclear waste repository poses millennia-long ethical questions

Source: The Conversation – Canada – By Maxime Polleri, Assistant Professor, Université Laval

The heat produced by the radioactive waste strikes you when you enter the storage site of Ontario Power Generation at the Bruce Nuclear Generating Station, near the shore of Lake Huron in Ontario.

Massive white containers encase spent nuclear fuel, protecting me from the deadly radiation that emanates from them. The number of containers is impressive, and my guide explained this waste is stored on an interim basis, as they wait for a more permanent solution.

I visited the site in August 2023 as part of my research into the social acceptability of nuclear waste disposal and governance. The situation in Ontario is not unique, as radioactive waste from nuclear power plants poses management problems worldwide. It’s too dangerous to dispose of spent nuclear fuel in traditional landfills, as its radioactive emissions remain lethal for thousands of years.

To get rid of this waste, organizations like the International Atomic Energy Agency believe that spent fuel could be buried in deep geological repositories. The Canadian government has plans for such a repository, and has delegated the task of building one to the Nuclear Waste Management Organization (NWMO) that’s funded by Canadian nuclear energy producers.

In 2024, NWMO selected an area in northwestern Ontario near the Township of Ignace and the Wabigoon Lake Ojibway Nation as a potential site for a deep geological repository. Now, a federal review has begun bringing the project closer to potential reality.

Such repositories raise complex ethical questions around public safety, particularly given the millennia-long timescales of nuclear waste: How to address intergenerational issues for citizens who did not produce this waste but will inherit it? How to manage the potential dangers of these facilities amid short-term political cycles and changing public expectations?

Rethinking the cost-benefit calculus

While NWMO describes the deep geological repository as the safest way to protect the population and the environment, its current management plan does not extend beyond 160 years, a relatively short time frame in comparison with the lifespan of nuclear waste. This gap creates long-term public safety challenges, particularly regarding intergenerational ethics. There are specific issues that should be considered during the federal review.

NWMO argues that the deep geological repository will bring a wide range of benefits to Canadians through job creation and local investment. Based on this narrative, risk is assessed through a cost-benefit calculus that evaluates benefits over potential costs.

Academics working in nuclear contexts have, however, criticized the imbalance of this calculus, as it prioritizes semi-immediate economic benefits, like job creation, over the long-term potential impacts to future generations.

In many official documents, a disproportionate emphasis on short-term economic benefits is present over the potential dangers of long-term burial. When risks are discussed, they’re framed in optimistic language and argue that nuclear waste burial is safe, low risk, technically sound and consistent with best practices accepted around the world.

This doesn’t take into account the fact that the feasibility of a deep geological repository has not been proven empirically. For the federal review, discussions surrounding risks should receive an equal amount of independent coverage as those pertaining to benefits.

Intergenerational responsibilities and risks

After 160 years, the deep geological repository will be decommissioned and NWMO will submit an Abandonment License application, meaning the site will cease being looked after.

Yet nuclear waste can remain dangerous for thousands of years. The long lifespan of nuclear waste complicates social, economic and legal responsibility. While the communities of Ignace and Wabigoon Lake Ojibway Nation have accepted the potential risks associated with a repository, future generations will not be able to decide what constitutes an acceptable risk.

Social scientists argue that an “acceptable” risk is not something universally shared, but a political process that evolves over time. The reasons communities cite to decide what risks are acceptable will change dramatically as they face new challenges. The same goes for the legal or financial responsibility surrounding the project over the centuries.

In the space of a few decades, northwestern Ontario has undergone significant municipal mergers that altered its governance. Present municipal boundaries might not be guarantees of accountability when millennia-old nuclear waste is buried underground. The very meaning of “responsibility” may also undergo significant changes.

NWMO is highly confident about the technical isolation of nuclear waste, while also stating that there’s a low risk for human intrusion. Scientists that I’ve spoken with supported this point, stating that a deep geological repository should not be located in an area where people might want to dig.

The area proposed for the Ontario repository was considered suitable because it does not contain significant raw materials, such as diamonds or oil. Still, there are many uncertainties regarding the types of resources people will seek in the future. It’s difficult to make plausible assumptions about what people might do centuries from now.

Communicating long-term hazards

a yellow triangular sign with a nuclear symbol.
Current governing plans around nuclear waste disposal have limited time frames which do not fully consider intergenerational public safety.
(Unsplash)



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When the repository is completed, NWMO anticipates a prolonged monitoring phase and decades of surveillance. But in the post-operation phase, there is no plan for communicating risks to generations of people centuries into the future. The long time frame of nuclear materials complicates the challenges of communicating hazards. To date, several attempts have surrounded the semiotics of nuclear risk; that is, the use of symbols and modes of communication to inform future generations.

For example, the Waste Isolation Pilot Plan in New Mexico tried to use various messages to communicate the risk of burying nuclear waste. However, the lifespan of nuclear waste vastly exceeds the typical lifespan of any known human languages.

Some scientists even proposed a “ray cat solution.” The project proposed genetically engineering cats that could change color near radiation sources, and creating a culture that taught people to move away from an area if their cat changed colour. Such projects may seem outlandish, but they demonstrate the difficulties of developing pragmatic long-term ways of communicating risk.

Current governing plans around nuclear waste disposal have limited time frames that don’t fully consider intergenerational public safety. As the Canadian federal review for a repository goes forward, we should seriously consider these shortcomings and their potential impacts on our society. It is crucial to foster thinking about the long-term issues posed by highly toxic waste and the way it is stored, be it nuclear or not.

The Conversation

Maxime Polleri has received funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Ontario’s proposed nuclear waste repository poses millennia-long ethical questions – https://theconversation.com/ontarios-proposed-nuclear-waste-repository-poses-millennia-long-ethical-questions-273181

AI disruptions reveal the folly of clinging to an idealized modern university

Source: The Conversation – Canada – By Dani Dilkes, PhD student, Digital Learning, Ontario Institute for Studies in Education, University of Toronto

In the past five years, higher education has been in a seemingly endless state of disruption.

In early 2020, the COVID-19 pandemic resulted in a mass rapid pivot to emergency remote teaching. In shifting to unfamiliar digital learning environments, instructors scrambled to replicate classroom learning online. When restrictions lifted, many institutions pushed for a “return to normal,” as though the pre-pandemic educational standard was ideal.

Now, with generative AI disruptions, we are seeing a similar desire to cling to an idealized vision of the modern university. AI has unsettled long-established forms of assessment, simultaneously instigating a return to older assessment models in the interest of “academic integrity.”

If students navigating higher education believe the goal is to pass rather than to learn, then student misuse of generative AI technologies is nothing more than a rational action by a rational agent.

For meaningful university education, we need to shift to a process of building relations and knowledge with others through dialogue and critical inquiry. Part of this means taking lessons from pre-industrial forms of learning and contemporary educational movements.

We also need to shift from compliance-based assessments and grading to meaningful and supportive feedback and opportunities for growth, rooted in teaching and learning with care.

‘Knowledge factory’ invites generative AI misuse

Modern higher education systems in North America often function as a “production enterprise” or a “knowledge factory” focused on research outputs and producing skilled graduates.

Philosopher Jean-François Lyotard described how contemporary education is designed to manufacture educated individuals whose primary role is to contribute to the optimal functioning of society — a class of people he refers to as “intelligentsia.”

He argued that education produces two categories of intelligentsia: “professional intelligentsia” capable of fulfilling pre-existing social roles, and “technical intelligentsia” capable of learning new techniques and technologies to contribute to social progress and advancement.

These roles align with some actions being taken in higher education institutions to respond to generative AI interruptions. For example, institutions are:

If we concede that the primary purpose of higher education is to feed the workforce and enable social and economic progress — a “knowledge factory” or “production enterprise” — then ensuring graduates are authentically skilled at AI or enabling them to develop AI literacy can be seen as rational responses to generative AI disruption.

Misalignment with meaningful learning

Mirroring the observations of Lyotard, cultural critic Henry Giroux argues that when shaped by market-driven forces, the purpose of higher education shifts from democratic learning and critical citizenship to producing “robots, technocrats and compliant workers.”

This infusion of corporate culture in higher education has created the conditions that make it particularly vulnerable to generative AI.

Some key characteristics of the knowledge factory model of education include standardized tests and assignments, large class sizes, an emphasis on productivity over process and the use of grades to indicate performance. Many of these existing practices are outdated and often misaligned with meaningful learning.

For example, traditional exams shift learners’ focus from learning to performing, often amplifying existing inequities. Debates around the efficacy of lectures have been raging for years.

Grading practices are inconsistent and have a detrimental effect on learners’ desire to learn and willingness to take risks. When students feel a lack of autonomy, they tend towards avoiding failing rather than learning. This is another compelling reason for students to adopt technologies that remove any friction or discomfort caused by learning.

Importantly, these conditions pre-date the arrival of generative AI. Generative AI simply highlights how instrumental logic — the factory model of university — can hinder learning.

Alternative ways to imagine education

In a time of information abundance and overlapping crises of deepening social divides, climate breakdown and rising authoritarianism, those with the agency to shape higher education (including educators, policymakers, staff and students) can draw on alternative visions of higher education to create meaningful places of learning.

Pre-industrial education served markedly different purposes than the current model of education, creating environments that would likely have been much more resistant to generative AI disruption.

In the ancient world, Plato’s Academy was a place of educational inquiry fostered through discussion, a multiplicity of perspectives and a focus on student well-being.

Access to the academy was exclusive, with the majority of students being wealthy enough to cover their own expenses — and only two documented female students. However, in spite of this elitism, the absence of standardized curricula, exams and formal grading allowed learning to be built on relationships and dialogue.

Contemporary educational movements

Higher education can, and historically has, offered more than a pathway to economic advancement. Multiple emerging ways of teaching and engaging learners also offer alternative visions of higher education that recentre learning and the learner.

The ungrading movement refocuses education on learning by emphasizing meaningful feedback and curiosity and moving away from compliance-motivated grading practices.

The open education movement resists the transactional nature of industrial education. It empowers learners to become producers of knowledge and reimagines the boundaries of education to expand beyond the classroom walls.

Other modern educational movements, commonly associated with the work of philosopher Nel Noddings in the 1980s, place an ethic of care at the centre of teaching and learning. Teaching with care focuses on creating learning climates that holistically support learners and educators. It also recognizes and embraces diversity, and acknowledges the need to repair educational systems.

Each of these approaches offer alternative visions of higher education, which may be less susceptible to AI automation — and more aligned with higher education as places of democratic learning and connection.

The university of the future

The knowledge factory model is outdated and ill-suited to meaningful
learning. In this form of education, generative AI technologies will increasingly outperform students.

Reimagining higher education today is neither nostalgic nor Utopian. The students of today come to post-secondary institutions needing, above all, hope; we owe it to them to help them find meaningful purpose while learning to navigate an increasingly complex world.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. AI disruptions reveal the folly of clinging to an idealized modern university – https://theconversation.com/ai-disruptions-reveal-the-folly-of-clinging-to-an-idealized-modern-university-266720

Russia’s full-scale invasion of Ukraine outlasts the Soviet fight with the Nazis – here’s what history tells us about Kyiv’s prospects

Source: The Conversation – UK – By Stefan Wolff, Professor of International Security, University of Birmingham

Russia’s so-called “special military operation” in Ukraine passed a significant milestone on January 13. It has now outlasted the 1,418 days it took Vladimir Putin’s notorious predecessor, the Soviet dictator Joseph Stalin, to bring his war against Nazi Germany to a successful conclusion.

The two wars are hard to compare in any reasonable way. But there are nonetheless some important parallels worth pointing out. Perhaps the most wishful parallel is that aggression never pays.

After some initial setbacks, Stalin’s Soviet Union turned things around on the battlefield and drove the German aggressors and their allies out of the country. This was possible because of the heroism of many ordinary Soviet citizens and because of the massive support the US gave to the Soviet war effort.

Ukrainian heroism is unquestionably key to understanding why Russia has not prevailed in its aggression against Ukraine. Support from western allies is, of course, also part of this explanation. But the inconsistent, often hesitant and at times lacklustre nature of this support also explains why Kyiv is increasingly on the back foot.

It would be easy to put most of the blame for recent Ukrainian setbacks on the US president, Donald Trump, and his approach to ending the war. Back in the second world war, there were several German attempts to cut a deal with the western allies in order to be able to focus the entire war effort against the Soviet Union. Such efforts were consistently rebuffed and the anti-Nazi coalition remained intact until Germany’s surrender.

Now, by contrast, a deal is more likely than not to be made between Trump and Putin. Emboldening rather than weakening Russia, such a deal would come at the steep price of Ukrainian territorial concessions and the continuing threat of further Russian adventurism in Europe.

But it is also important to remember that Trump has only been back in the White House for a year, and that Russia’s full-scale invasion of Ukraine started almost four years ago. During the first three of these years, the western coalition supporting Ukraine firmly stood its ground against any concessions to Russia in the same way as the allies of the second world war rejected a deal with Germany.

What they did not do, however, is offer the unconditional and unlimited support that would have put Ukraine in a position to defeat the aggressor. Endless debates over what weapons systems should be delivered, in which quantities, how fast and with what conditions attached have rightly frustrated Ukrainians and their war effort. This may have become worse under Trump, but it did not start with him.

Nor can all the blame for the dire situation in which Ukraine now finds itself be attributed only to the imperfections of the support it received. Lest we forget, Russia committed the unprovoked crime of aggression against its neighbour and is violating key norms of international humanitarian law on a daily basis with its relentless campaign against Ukraine’s critical infrastructure.

Yet several major corruption scandals in Ukraine, including one that left key energy installations insufficiently protected against Russian air raids, have hampered Kyiv’s overall war effort as well. They have undermined the country’s resilience, weakened public and military morale and have made it easier for Ukraine’s detractors in the west to question whether defending the country is worth taxpayers’ money.

The parallel to the second world war is again interesting here. There is now much hand wringing in the west over corruption in Ukraine – a problem as old as the country has been independent – and the democratic legitimacy of its president, government and parliament.

Volodymyr Zelensky, the democratically elected and still widely supported leader of a country defending itself against an existential threat, also has to justify constantly why he will not violate his country’s constitution and sign over territory to its aggressive neighbour.

But back in the 1940s, western allies had few qualms to support Stalin. They supported Stalin despite him being a murderous dictator who had used starvation as a tactic to commit acts of genocide against Ukrainian farmers, executed almost the entire officer corps of the Polish army and was about to carry out brutal mass deportations of tens of millions of people.

On the fence

The choices the western allies made in the 1940s when they threw their support behind Stalin may have been morally questionable. But they were driven by a keen sense of priorities and a singular focus on defeating what was at the time the gravest threat.

That too is missing today, especially in Trump’s White House. Not only does Trump seem to find it hard to make up his mind whether it is Putin or Zelensky who is to blame for the war and the lack of a peace deal, he also lacks the sense of urgency to give this war his undivided attention.

Worse than that, some of the distractions Trump is pursuing are actively undermining efforts to achieve peace. Threatening to take over Greenland, an autonomous part of staunch US and Nato ally Denmark, hardly sends the message of western unity that Putin needs to hear to bring him to the negotiating table.

Other distractions, like the military operation against Venezuela and the threats of renewed strikes against Iran, create yet more uncertainty and instability in an already volatile world. They stretch American resources and highlight the hypocrisy and double standards that underpin Trump’s America-first approach to foreign policy.

Putin is neither Hitler nor Stalin. But Trump is not comparable to American wartime leaders Roosevelt or Truman either, and there is no strong leader like Churchill in sight in Europe. The war in Ukraine, therefore, is likely to mark a few more milestones of questionable achievement before there might be another opportunity to prove again that aggression never pays.

The Conversation

Stefan Wolff is a past recipient of grant funding from the Natural Environment Research Council of the UK, the United States Institute of Peace, the Economic and Social Research Council of the UK, the British Academy, the NATO Science for Peace Programme, the EU Framework Programmes 6 and 7 and Horizon 2020, as well as the EU’s Jean Monnet Programme. He is a Trustee and Honorary Treasurer of the Political Studies Association of the UK and a Senior Research Fellow at the Foreign Policy Centre in London.

ref. Russia’s full-scale invasion of Ukraine outlasts the Soviet fight with the Nazis – here’s what history tells us about Kyiv’s prospects – https://theconversation.com/russias-full-scale-invasion-of-ukraine-outlasts-the-soviet-fight-with-the-nazis-heres-what-history-tells-us-about-kyivs-prospects-273383

As US and Denmark fight, Greenland’s voices are being excluded once again

Source: The Conversation – UK – By Anna Katila, Presidential Fellow, School of Policy & Global Affairs, City St George’s, University of London

Danish foreign minister, Lars Løkke Rasmussen, has said there is still a “fundamental disagreement” over the future of Greenland following talks at the White House.

The US president, Donald Trump, has repeatedly stated that he wants Greenland to become part of the US, warning that only America can protect Greenland from Russia and China. As Vice-President J.D. Vance and Secretary of State Marco Rubio were meeting the Danish and Greenlandic foreign ministers, the White House posted an image on X portraying Greenland at crossroads between the sunny US and the doom of Russia and China.

The meeting was held amid announcements that Denmark and Greenland are strengthening military presence in the Arctic with European Nato allies.

Denmark’s leaders have reacted strongly in rejecting the push by Trump to acquire Greenland, saying that the island, as a territory of the Kingdom of Denmark, must not be either sold or taken by force. But Greenlandic politicians were dissatisfied with the early exclusion of their voices in Copenhagen’s action.

Representatives of Greenland were angered following a fractious online meeting on January 6 between Danish and Greenlandic politicians. Pipaluk Lynge, the co-chair of Greenland’s foreign affairs committee, criticised the failure to invite Greenlanders to participate in an important meeting about the unfolding situation.

Lynge stated that the exclusion was “neo-colonialist”. With around 90% of Greenlanders being Indigenous Inuit, the Danish failed to respect the Indigenous rights and follow the principle: nothing about Greenland without Greenlanders.

Leaders of Greenland’s five political parties recently released a statement, underlining their right to self-determination: “We don’t want to be Americans, we don’t want to be Danish, we want to be Greenlanders. The future of Greenland must be decided by Greenlanders.”

The US threats to acquire Greenland – if necessary by force – and the Danish government’s firm response revealed the issues of who has authority in Greenland’s foreign affairs, and whether Indigenous voices are being listened to.

Some Greenlanders feel that the Danish government should let Greenland lead its foreign policy. Greenland’s foreign minister, Vivian Motzfeldt, suggested they meet with the US alone..

Under the Danish constitution, Denmark controls foreign affairs for the kingdom as a whole, including Greenland. But the 2009 Self-Government Act mandates cooperation with Greenland.

Also Greenland’s government, the Naalakkersuisut, has powers to act on its own in limited foreign policy matters that exclusively concern Greenland. The Greenlandic government and parliament extensively decide about the domestic affairs.

Denmark recognises Greenland’s right to seek independence. If the people of Greenland are in favour of independence, they can initiate a process of negotiations between the Danish government and Naalakkersuisut. The agreement would be put to a referendum in Greenland, and it would need the consent of the Danish parliament.

Relationship between Denmark and Greenland

Over centuries, the relationship between Denmark and Greenland has been chequered by a number of issues. The legacy of the colonial period, underdevelopment, and the way in which historic and ongoing human rights violations have been addressed remain significant points of contention.

In the 1960s and 1970s, Indigenous women faced forced birth control measures by Danish doctors. The Danish prime minister, Mette Frederiksen, made a formal apology on behalf of Denmark last September after the conclusion of a three-year long investigation into the scandal.

Danish social services only stopped using parental competency tests, which failed to account for cultural and language differences, on Greenlandic families last May. The tests had been used to justify the removal of Indigenous children from their families. Greenlandic parents were nearly six times more likely to have their children taken by social services, with the Danish government now looking to review 300 cases of forced removal.

In 2014, Denmark rejected the invitation to participate in the Greenland Reconciliation Commission established by the Greenland’s parliament, Inatsisartut, indicating there was no need for reconciliation. Things have improved since and, in 2022, Denmark and Greenland agreed to collaborate on a research project to examine the colonial past. But this project only began last year.

Road to self-determination

Greenland’s independence appears unlikely in the near future, despite the burdened relationship with Denmark and strong popular support.

A poll conducted in January 2025 indicated that 56% of Greenlanders were in favour of independence. This figure was 68% as recently as 2019. Crucially, in 2025 85% of Greenlanders were against joining the US.

The poll also showed 45% were opposed to independence if it meant a decrease in living standards. The economic future of Greenland is a key issue in the independence debate with approximately a half of the government’s revenue coming from an annual grant from Denmark.

In the 2025 general election, in which independence and Trump’s earlier statements were key issues, five of the six main parties supported Greenland becoming fully autonomous. However, they disagreed on how fast this should happen.

The Democratic party won, arguing for a gradual approach and entered into a coalition with three other parties. The second largest party, Naleraq, campaigned on having a referendum in the next few years but became the sole opposition.

The question of Greenland’s future is about the next generations of its Indigenous people. With the Danish commitment to allow progress towards independence, becoming part of the US represents a more uncertain future with possibly reduced rights and self-determination. Listening to the Indigenous leaders and decision-makers would allow a more nuanced understanding of the current security crisis and its human consequences.

The Conversation

Anna Katila does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. As US and Denmark fight, Greenland’s voices are being excluded once again – https://theconversation.com/as-us-and-denmark-fight-greenlands-voices-are-being-excluded-once-again-273131

Most of the world just agreed on something: a new treaty to protect our oceans

Source: The Conversation – UK – By Gemma Ware, Host, The Conversation Weekly Podcast, The Conversation

gabrielvieiracosta/Shutterstock

In a moment being celebrated by global marine conservationists, a new UN high seas treaty comes into force on January 17 providing a new way to govern the world’s oceans.

Formally known as the Biodiversity Beyond National Jurisdiction agreement, it will allow for the creation of protected areas in international waters, like national parks. It will also set out ways of sharing genetic materials from the high seas – and any future profits derived from them.

Agreed in June 2023, the treaty enters into force after Morocco became the 60th country to ratify it in September. Since then it has been ratified by a further 21 countries, and signed by another 64 who are committed to doing so. There are some notable absences. Russia has not signed the treaty. The US signed it in 2023 under the Biden administration, but has not ratified it.

The treaty has some grey areas – notably its powers to regulating fishing in international waters. It also won’t be able to regulate mining on the seabed, something already covered by the International Seabed Authority.

Yet, at a time of heightened geopolitical tensions, this is a rare moment when most of the world has come together in agreement to try and protect our oceans. In this episode of The Conversation Weekly podcast, we speak to Callum Roberts, professor of marine conservation at the University of Exeter in the UK, about how the treaty came to be and the challenges now facing its implementation.

“I think that the high seas treaty will be breaking new ground for international regulation because at the moment what we have doesn’t do the job effectively,” says Roberts, adding that “this will be a test of our ability to move in a cooperative direction.”

Listen to the interview with Callum Roberts on The Conversation Weekly podcast. You can also read more about the high seas treaty on The Conversation.

This episode of The Conversation Weekly was written and produced by Mend Mariwany and Gemma Ware. Mixing by Michelle Macklem and theme music by Neeta Sarl. Gemma Ware is the executive producer.

Newsclips in this episode from France 24 English.

Listen to The Conversation Weekly via any of the apps listed above, download it directly via our RSS feedor find out how else to listen here. A transcript of this episode is available via the Apple Podcasts or Spotify apps.

The Conversation

Callum Roberts receives funding from Convex Insurance Group and EU Synergy, and UK Natural Environment Research Council. He is a board member of Nekton and Maldives Coral Institute. He was awarded a Pew Fellowship in Marine Conservation in 2000.

ref. Most of the world just agreed on something: a new treaty to protect our oceans – https://theconversation.com/most-of-the-world-just-agreed-on-something-a-new-treaty-to-protect-our-oceans-273500

Comme aux mondiaux junior ou aux JO de Milan-Cortina, les hockeyeurs québécois sont plus absents que jamais dans la LNH

Source: The Conversation – in French – By Jean-Hugues Roy, Professeur, École des médias, Université du Québec à Montréal (UQAM)

Ils fondent comme glace au soleil. Aux Jeux olympiques de Milan-Cortina, en février, aucun joueur québécois ne portera l’uniforme de l’équipe nationale canadienne. Un fait inédit, qui s’inscrit dans un déclin beaucoup plus large : jamais, en plus de cent ans d’histoire, les joueurs du Québec n’ont été aussi peu nombreux, et aussi peu dominants, dans la Ligue nationale de hockey (LNH) que ces dernières années.

C’est ce qui ressort d’une analyse de la totalité de la base de données de la LNH qui couvre ses 108 années d’histoire. Cette analyse fait écho aux inquiétudes, relayées récemment dans plusieurs médias, sur la raréfaction des joueurs québécois dans le hockey masculin. Le déclin est multi-factoriel : popularité d’autres sports chez les jeunes et coût de plus en plus important pour progresser font partie des causes probables rapportées.

Quatre « équipes »

Pour mesurer l’évolution de la place des joueurs québécois, je les ai regroupés selon leur lieu de naissance en quatre ensembles : Québec, reste du Canada, États-Unis et reste du monde.

Sur les 7826 patineurs ayant disputé au moins un match dans l’histoire de la LNH, moins d’un sur dix est né au Québec. Un simple décompte sous-estime toutefois leur contribution réelle : des légendes comme Ray Bourque, qui a joué 1612 matches en saison régulière pendant 23 saisons, ou Luc Robitaille, qui a participé à 1431 parties en 19 saisons, valent autant que George McNaughton, Stéphane Brochu ou les 26 autres n’ayant joué qu’une seule partie en carrière. Ce n’est pas juste.

C’est pour cela que j’ai compté le nombre de fois que chaque joueur apparaît dans l’alignement de chacune des parties de l’histoire de la ligue. Cela permet de pondérer les données en calculant presque le temps de glace de tout le monde.

Les Québécois jouent plus et « scorent » plus

En faisant ce calcul, on obtient un total de 2,2 millions de « présences par parties ». Plus de 223 000 l’ont été par des joueurs québécois, une proportion de 10 %. Cela signifie que les attaquants et défenseurs du Québec ont été mis sur la glace relativement souvent par rapport aux autres.

Autrement dit, chaque Québécois a joué plus souvent que la moyenne : près de 299 matches en carrière. Le joueur moyen de la LNH en a joué 15 de moins, comme le montre le tableau ci-dessous.

Non seulement les joueurs du Québec ont-ils davantage joué, mais ils ont aussi marqué un plus grand nombre de points chacun. Un peu plus d’un million de points ont été enregistrés dans l’histoire de la LNH (buts et assistances). Plus de 115 000 l’ont été par des attaquants ou des défenseurs du Québec. C’est 11,1 % de l’ensemble, ce qui signifie que les Québécois ont été les hockeyeurs les plus productifs de l’histoire de la ligue avec 154 points en carrière chacun, en moyenne, contre 132 pour le joueur lambda.

Un lent déclin

Mais ce portrait flatteur appartient de plus en plus au passé. Saison après saison, la proportion de joueurs québécois, leur temps de jeu et leur contribution offensive déclinent.

En un coup d’œil, que la nostalgie peut rendre humide, on voit que les saisons 1955-56 à 1975-76 ont été l’âge d’or du hockey québécois. Grâce aux Maurice Richard, Guy Lafleur et autres compatriotes, la Sainte-Flanelle a gagné 12 des 20 coupes Stanley en jeu dans cette période.

En 1957-58, des joueurs du Québec ont marqué près de 29 % de tous les points dans la Ligue nationale, alors qu’ils ne représentaient que 18 % des troupes.

Depuis cette glorieuse époque, cependant, la proportion québécoise pour le nombre de joueurs, de parties auxquelles ils participent, de points qu’ils marquent ou de temps qu’ils passent sur la glace diminue inexorablement.

La débandade depuis la pandémie

Examinons de plus près les 20 dernières années, après le lockout de 2004-05.

Si on se concentre sur la ligne rouge (nombre de points), on s’aperçoit que jusqu’en 2012, les hockeyeurs d’ici ont tout de même continué de s’inscrire souvent au pointage par rapport à leur nombre sur la patinoire. La proportion de points marqués par des Québécois (entre 7 % et 9 % de tous les points marqués dans la LNH) est supérieure à la proportion de joueurs québécois dans les alignements et sur la glace (autour de 6 %).

En d’autres mots, ils étaient peut-être peu présents, mais ils étaient bons !

À partir de la pandémie, par contre, c’est la débandade. Les joueurs du Québec ne marquent plus que 4 % à 5 % des points dans la ligue, un pourcentage inférieur à leur place dans les alignements et sur la glace.

Dans la première moitié de la saison actuelle, seulement 3,8 % des points marqués dans le circuit Bettman l’ont été par des hockeyeurs québécois. Jamais leur productivité n’a été aussi faible de toute l’histoire de la LNH.

Productivité anémique

À partir de la décennie 1980, la LNH a accueilli de plus en plus de joueurs européens. Il est donc normal que la place des joueurs du Québec ait diminué à partir de cette époque. Mais la productivité des hockeyeurs québécois a-t-elle baissé pour autant ?

Pour le mesurer, j’ai utilisé le nombre de points comptés par partie. L’ensemble des joueurs depuis 1917 a compté en moyenne 0,46 point à chaque partie. On trouve 75 joueurs qui ont même enregistré plus d’un point dans chacune des parties auxquelles ils ont participé. Wayne Gretzy est le champion, à ce chapitre, avec 2857 points en 1487 matches, ou 1,92 point par match en moyenne !

Le Québec (ligne en bleu) est souvent le groupe le plus productif. C’est le cas, et de loin, au cours des années 1950. Ce l’est également à quelques reprises dans les années 1970 et 1980.

Mais le graphique ci-dessous, qui se concentre sur les 20 dernières années, montre que les joueurs québécois dans la LNH ont été les plus productifs entre 2010-11 et 2012-13, ainsi qu’au cours des saisons 2015-16 et 2018-19.

Il montre aussi que la dernière saison et l’actuelle sont les moins productives de l’histoire de la LNH pour les hockeyeurs du Québec.

Et les gardiens ?

Le constat est similaire chez les gardiens. Bien que le Québec ait fourni une proportion élevée de gardiens à la LNH, leur efficacité moyenne est désormais inférieure à celle de leurs homologues américains et européens. Et ils sont passablement utilisés. Dans près d’une partie sur cinq, de toute l’histoire de la Ligue nationale de hockey, il y avait un Québécois dans les buts.

Chez un gardien, une mesure de l’efficacité est la proportion de tirs au buts qu’il parvient à arrêter. Feu Ken Dryden, n’a accordé que 1230 buts, ce qui signifie qu’il a arrêté plus de 92,2 % des lancers dirigés contre lui, un des meilleurs taux de l’histoire. La moyenne de tous les gardiens ayant joué dans la LNH est de 89,1 %.

Les gardiens québécois ont une efficacité à peine supérieure. Qui plus est, ils se font dépasser par les gardiens américains et par les gardiens du reste du monde.

Le pays qui a fourni les meilleurs gardiens ? Le Kazakhstan ! Ses cinq cerbères ont eu un taux d’efficacité de 91,2 % dans les 972 parties au cours lesquelles ils ont été placés devant les filets.

Conclusion : les joueurs québécois qui évoluent dans la LNH, qu’ils soient attaquants, défenseurs ou gardiens de but, n’ont jamais été aussi mauvais qu’en cette première moitié de la saison 2025-2026.

La Conversation Canada

Jean-Hugues Roy ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comme aux mondiaux junior ou aux JO de Milan-Cortina, les hockeyeurs québécois sont plus absents que jamais dans la LNH – https://theconversation.com/comme-aux-mondiaux-junior-ou-aux-jo-de-milan-cortina-les-hockeyeurs-quebecois-sont-plus-absents-que-jamais-dans-la-lnh-273063

‘Heated Rivalry’ : quand la joie queer perturbe la culture masculine du hockey

Source: The Conversation – in French – By JJ Wright, Assistant Professor, Sociology and Gender Studies, MacEwan University

La fascination pour Heated Rivalry, la nouvelle romance de Crave adaptée du roman populaire de Rachel Reid, ne tient pas seulement à l’originalité de l’intrigue, mais aussi au fait que les deux personnages principaux s’épanouissent dans « une joie queer » malgré des circonstances difficiles.

Ainsi, la série ouvre de nouvelles perspectives sur les relations, la masculinité et la société.

La série est centrée sur une romance entre deux joueurs de hockey professionnels, Ilya Rozanov (Connor Storrie) et Shane Hollander (Hudson Williams), qui sont rivaux dans une ligue de hockey fictive.

La joie queer dans Heated Rivalry bouscule l’ordre de la masculinité traditionnelle dans le hockey et rend possibles de nouvelles façons de se connecter aux autres. Comme l’explique ma recherche sur la joie queer, cette forme de joie possède un pouvoir transformateur et collectif, capable de réinventer le monde au-delà des normes oppressives.

Il n’est donc pas surprenant que, loin de se limiter à sa large base de fans queer, les femmes hétérosexuelles soient également accros. Les hommes attentifs à leurs émotions et capables de montrer leur vulnérabilité restent rares dans un monde dominé par la manosphère et sa misogynie violente.


25-35 ans : vos enjeux, est une série produite par La Conversation/The Conversation.

Chacun vit sa vingtaine et sa trentaine à sa façon. Certains économisent pour contracter un prêt hypothécaire quand d’autres se démènent pour payer leur loyer. Certains passent tout leur temps sur les applications de rencontres quand d’autres essaient de comprendre comment élever un enfant. Notre série sur les 25-35 ans aborde vos défis et enjeux de tous les jours.


Culture du hockey et masculinité

Dans l’univers de Heated Rivalry, Ilya et Shane sont constamment confrontés à la dure réalité de la culture du hockey et à ses attentes envers les hommes. Ces attentes reflètent fidèlement la réalité du hockey professionnel.

Comme le dit le joueur vétéran Scott Hunter (joué par François Arnaud) aux médias après avoir révélé publiquement son homosexualité : « Je ne voulais pas être cette chose que les joueurs de hockey utilisent comme une insulte. » Sa déclaration montre clairement que la masculinité dans le hockey repose sur la nécessité de prouver que l’on n’est ni faible, ni efféminé, ni homosexuel.

Scott et Kip s’embrassent dans « Heated Rivalry ». (Crave).

Dans cette culture, le stoïcisme émotionnel, la domination physique et l’objectivation systématique des femmes sont utilisés pour affirmer son pouvoir sur les autres.

Ce contexte explique l’absence actuelle de joueurs ouvertement gais dans la Ligue nationale de hockey (LNH).

Répression émotionnelle

La colère est la seule émotion que les hommes sont autorisés à exprimer dans le hockey. Les bagarres alimentées par la rage et le jeu physique punitif sont récompensées par des acclamations et des gestes érigés en spectacle. Cette restriction émotionnelle a des conséquences au-delà de la patinoire.

Elle contribue à normaliser une culture où la misogynie, le racisme, l’homophobie, la transphobie et le capacitisme sont souvent rejetés comme des « propos de vestiaire ».

Un rapport publié en 2022 par Hockey Canada a révélé que sur les 512 pénalités infligées pour harcèlement sur la glace, 61 % visaient l’orientation sexuelle ou l’identité de genre, devant celles liées à la race (18 %) et au handicap (11 %).

Ce n’est pas un environnement où les joueurs homosexuels, en particulier ceux qui sont racisés ou handicapés, peuvent se sentir en sécurité, et encore moins s’épanouir dans leur homosexualité.

Pourtant, Heated Rivalry met l’accent sur la joie, ce qui rend la série particulièrement captivante. Voir Ilya et Shane tisser une connexion profonde et passionnée dans un sport conçu pour maintenir les hommes émotionnellement fermés est particulièrement marquant. La joie queer émerge malgré la dureté de la culture du hockey et se forge dans un milieu hostile.

Visibilité et résistance

Heated Rivalry a suscité un véritable engouement sur Internet qui a donné lieu à des soirées de visionnage publiques, des discussions de groupe et des conversations en ligne sur les types d’hommes — et de relations sexuelles — que nous pouvons imaginer. Cette excitation partagée reflète le plaisir de voir quelque chose qui était longtemps tabou devenir visible et célébré.

La représentation queer reste largement axée sur la douleur et la souffrance, mais Heated Rivalry ne se limite pas à un scénario queer tragique et insiste sur la joie, bouleversant l’ordre social qui cherchait historiquement à priver les personnes queers de plaisir et d’épanouissement.

Cette perturbation est particulièrement puissante lorsqu’elle est mise en parallèle avec les réalités du hockey contemporain. En 2024, la LNH a brièvement interdit le ruban arc-en-ciel, confirmant ainsi que le hockey n’est pas accessible à tous.

À peu près à la même époque, certains joueurs ont refusé de porter les maillots Pride lors de matchs spéciaux, invoquant principalement leurs convictions religieuses ou les lois anti-LGBT du Kremlin. La LNH a réagi en interdisant complètement ces maillots.

L’interdiction du ruban Pride a été levée après un tollé général, mais celle des maillots spéciaux reste en vigueur. Ces réalités expliquent pourquoi les joueurs homosexuels continuent de se cacher et pourquoi l’histoire d’un joueur russe contraint au secret résonne autant.

Il en va de même pour le choix de Hudson Williams, qui est à moitié coréen, pour incarner Shane Hollander dans un sport encore largement dominé par les Blancs.


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Consentement et intimité

L’hypermasculinité du hockey a des conséquences réelles. En 2022, il a été révélé que Hockey Canada avait versé 8,9 millions de dollars depuis 1989 dans le cadre d’accords à l’amiable pour des affaires d’abus sexuels, mettant au jour une culture du droit acquis, du silence et de l’impunité.




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Acquittement des hockeyeurs : le système judiciaire est inhospitalier aux victimes d’agression sexuelle. Il faut trouver d’autres façons de les soutenir


La joie queer dans Heated Rivalry se révèle transformatrice grâce à son érotisme éthique. Dans mes recherches, j’ai montré que la joie sexuelle queer peut détourner les cultures sexuelles de celle du viol, favorisant la réciprocité, l’authenticité et un plaisir pleinement vécu.

C’est pourquoi les moments où Ilya demande le consentement à Shane avant l’acte sexuel sont si importants : ils démantèlent l’idée selon laquelle les hommes ont droit au corps des autres et que les processus de consentement gâchent le moment.

Ce qui rend les scènes de sexe de Heated Rivalry différentes, c’est qu’elles ne reposent pas sur le cliché familier des hommes gais qui se battent pendant les rapports sexuels alors qu’ils luttent contre leur homophobie intériorisée. Au contraire, elles montrent de la tendresse, de la curiosité érotique et un engagement affectif.

Même les podcasts populaires de type « hockey bros » Empty Netters et What Chaos ont abordé la série avec sérieux, commentant ouvertement son impact émotionnel et son érotisme.

De telles conversations commencent à assouplir les normes rigides autour de la masculinité, du désir et du plaisir accepté. Une fois la joie queer rendue visible, il devient plus difficile d’accepter une culture sportive — et une société — qui insiste pour la rendre impossible.

La Conversation Canada

JJ Wright reçoit des financements du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada et de Sécurité publique Canada. 

ref. ‘Heated Rivalry’ : quand la joie queer perturbe la culture masculine du hockey – https://theconversation.com/heated-rivalry-quand-la-joie-queer-perturbe-la-culture-masculine-du-hockey-273300

En 2026, à quoi vont ressembler les nouveaux deepfakes qui vont déferler sur nos écrans

Source: The Conversation – France in French (2) – By Siwei Lyu, Professor of Computer Science and Engineering; Director, UB Media Forensic Lab, University at Buffalo

La barrière technologique à l’entrée a sauté : générer des deepfakes est désormais plus accessible _via_ les outils IA grand public. Image générée par Siwei Lyu/IA Google Gemini 3

En 2025, la génération de deepfakes a explosé : visages, voix et mouvements du corps créés par des systèmes d’intelligence artificielle deviennent presque indiscernables des humains, bouleversant la perception et la sécurité des contenus en ligne.


Au cours de l’année 2025, les techniques de génération de deepfakes ont connu une évolution spectaculaire. Les visuels de visages, de voix et de corps entiers générés des systèmes d’IA ont gagné en qualité – bien au-delà de ce que beaucoup d’experts imaginaient encore il y a quelques années. Ces vidéos sont aussi davantage utilisées pour tromper ceux qui les regardent.

Dans de nombreuses situations du quotidien – en particulier les appels vidéo de faible résolution et les contenus diffusés sur les réseaux sociaux –, leur réalisme est désormais suffisant pour berner à coup sûr des publics non spécialistes. Concrètement, les médias synthétiques sont devenus indiscernables d’enregistrements authentiques pour le grand public et, dans certains cas, même pour des institutions.

Et cette flambée ne se limite pas à la qualité. Le volume de deepfakes générés a lui aussi explosé : l’entreprise de cybersécurité DeepStrike estime qu’on est passé d’environ 500 000 vidéos de ce type présentes en ligne en 2023 à près de 8 millions en 2025, avec une croissance annuelle proche de 900 %.

Je suis informaticien et je mène des recherches sur les deepfakes et d’autres médias synthétiques. De mon point de vue, la situation risque encore de s’aggraver en 2026, à mesure que les deepfakes évolueront vers des entités synthétiques capables d’interagir en temps réel avec des humains.

Des améliorations spectaculaires

Plusieurs évolutions techniques expliquent cette escalade. Tout d’abord, le réalisme a franchi un cap grâce à des modèles de génération de vidéos conçus spécifiquement pour maintenir la cohérence temporelle. Ces modèles produisent des vidéos aux mouvements cohérents, avec des identités stables pour les personnes représentées et un contenu logique d’une image à l’autre. Ils dissocient les informations liées à la représentation de l’identité d’une personne de celles relatives au mouvement, ce qui permet d’appliquer un même mouvement à différentes identités ou, inversement, d’associer une même identité à plusieurs types de mouvements.

Ces modèles génèrent des visages stables et cohérents, sans les scintillements, déformations ou anomalies structurelles autour des yeux et de la mâchoire qui constituaient des signes techniques fiables de deepfakes auparavant.

Deuxièmement, le clonage vocal a franchi ce que j’appellerais le « seuil d’indiscernabilité ». Quelques secondes d’audio suffisent désormais pour générer un clone convaincant – avec une intonation, un rythme, des accents, des émotions, des pauses et même des bruits de respiration naturels. Cette capacité alimente déjà des fraudes à grande échelle. De grands distributeurs indiquent recevoir plus de 1 000 appels frauduleux générés par l’IA chaque jour. Les indices perceptifs qui permettaient autrefois d’identifier des voix synthétiques ont en grande partie disparu.

Troisièmement, les outils grand public ont fait chuter la barrière technique à un niveau proche de zéro. Les évolutions d’OpenAI avec Sora 2, de Google avec Veo 3 et l’émergence d’une vague de start-up font qu’il suffit aujourd’hui de décrire une idée et de laisser un grand modèle de langage comme ChatGPT d’OpenAI ou Gemini de Google rédiger un script, pour générer en quelques minutes des contenus audiovisuels aboutis. Des agents d’IA peuvent automatiser l’ensemble du processus. La capacité à produire à grande échelle des deepfakes cohérents et construits autour d’un récit s’est ainsi largement démocratisée.

Cette combinaison d’une explosion des volumes et de figures synthétiques devenues presque indiscernables d’êtres humains réels pose de sérieux défis pour la détection des deepfakes, en particulier dans un environnement médiatique où l’attention est fragmentée et où les contenus circulent plus vite qu’ils ne peuvent être vérifiés. Des dommages bien réels ont déjà été constatés – de la désinformation au harcèlement ciblé et aux arnaques financières – facilités par des deepfakes qui se propagent avant que le public n’ait le temps de comprendre ce qui se passe.

Le temps réel, nouvelle frontière

Pour l’année à venir, la trajectoire est claire : les deepfakes se dirigent vers une synthèse en temps réel capable de produire des vidéos reproduisant fidèlement les subtilités de l’apparence humaine, ce qui facilitera le contournement des systèmes de détection. La frontière évolue du réalisme visuel statique vers la cohérence temporelle et comportementale : des modèles qui génèrent du contenu en direct ou quasi direct plutôt que des séquences préenregistrées.

La modélisation de l’identité converge vers des systèmes unifiés qui capturent non seulement l’apparence d’une personne, mais aussi sa façon de bouger et de parler selon les contextes. Le résultat dépasse le simple « cela ressemble à la personne X » pour devenir « cela se comporte comme la personne X sur la durée ». Je m’attends à ce que des participants à des appels vidéo soient synthétisés en temps réel ; à voir des acteurs de synthèse pilotés par l’IA dont le visage, la voix et les gestes s’adaptent instantanément à une consigne ; et à ce que des arnaqueurs déploient des avatars réactifs plutôt que des vidéos fixes.

À mesure que ces capacités se développent, l’écart perceptuel entre humains authentiques et synthétiques continuera de se réduire. La véritable ligne de défense ne reposera plus sur le jugement humain, mais sur des protections au niveau des infrastructures. Cela inclut des mécanismes de traçabilité sécurisée, comme la signature cryptographique des médias et l’adoption par les outils de génération IA des spécifications de la Coalition for Content Provenance and Authenticity. Cela dépendra également d’outils d’analyse multimodaux, comme le Deepfake-o-Meter que je développe avec mes équipes dans mon laboratoire.

Se contenter d’examiner les pixels attentivement ne suffira plus.

The Conversation

Siwei Lyu ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. En 2026, à quoi vont ressembler les nouveaux deepfakes qui vont déferler sur nos écrans – https://theconversation.com/en-2026-a-quoi-vont-ressembler-les-nouveaux-deepfakes-qui-vont-deferler-sur-nos-ecrans-273595

Streaming de jeux vidéo : femmes, LGBTQIA+ et personnes racisées face à la cyberviolence

Source: The Conversation – France in French (3) – By Thomas Jammet, Professeur associé, Haute école spécialisée de Suisse occidentale (HES-SO)

Maghla, une des streameuses les plus connues en francophonie, a dénoncé publiquement le cyberharcèlement sexiste dont elle était victime. Maghla, CC BY

La cyberviolence est omniprésente dans le domaine du streaming – en particulier de jeux vidéo – et touche particulièrement les personnes minorisées, au point d’infléchir carrières et pratiques. Quels mécanismes sont à l’œuvre ? À l’heure où la visibilité se paie cher, comment rendre ces espaces numériques plus vivables ?


Depuis le milieu des années 2010, l’intérêt porté par la recherche et par le grand public s’est progressivement déplacé des « effets des jeux vidéo violents » ou des jeux vidéo « qui rendent violents » à la place de la violence ordinaire dans les interactions entre membres d’une situation de jeu. Parmi les terrains de la cyberviolence, la diffusion en direct de sessions de jeux vidéo (streaming) est fortement concernée.

Cette violence s’observe entre les joueurs et joueuses, au cours des parties en ligne, mais également de la part du public qui peut participer activement à travers l’interface de discussion (chat). Selon une récente étude de l’ADL Center for Technology and Society, plus du trois quarts des joueurs adultes aux États-Unis ont subi une forme de cyberviolence, allant de l’insulte en ligne au harcèlement.

Le streaming prend aujourd’hui des formes variées et se déploie sur une pluralité de plateformes, dont Twitch, YouTube ou Kick. Twitch demeure la plus utilisée : en 2024, elle représentait environ 61 % du total des heures de visionnage live dans le secteur de la webdiffusion.

Dans nos travaux, nous nous intéressons aux violences que subissent les streameurs et streameuses de jeux vidéo, un phénomène encore largement sous-estimé malgré ses effets concrets sur les pratiques et la carrière des vidéastes.

Les personnes minorisées tenues à l’écart

La cyberviolence touche durement Twitch, un « environnement communicationnel » où la personne qui diffuse est placée dans une « position exposée », livrée aux regards et aux prises de parole – parfois peu amènes – d’un large public. Le streaming fonctionne comme un régime de visibilité qui valorise l’« authenticité », la « proximité », l’humour et la « spontanéité ». Il se caractérise par une forte dimension spectatorielle et spectaculaire, qui cristallise la cyberviolence.

D’une part, les comportements violents surgissent de manière cyclique dans les environnements multijoueurs et les chats : les provocations et la toxicité entre les joueurs et joueuses sont monnaie courante, la violence peut même être encouragée par les streameurs et streameuses. D’autre part, le public peut se comporter en perturbateur intentionnel et faire dérailler la performance de la webdiffusion par des propos inappropriés, voire violents, publiés dans le chat, surtout quand ces propos deviennent collectifs et prennent la forme de « raids haineux ».

Comme en témoignait, en 2023, une vidéaste de Suisse romande déplorant la banalité et la violence de ces actes de harcèlement :

« On reçoit des compliments, des propositions sexuelles, mais aussi des menaces de mort. »

Ces agressions semblent même encouragées par le modèle économique des plateformes, dans la mesure où elles suscitent des controverses qui permettent d’augmenter le nombre de vues, mais aussi d’abonnés (followers) et de dons monétaires de leur part.

Les micro-agressions s’y accumulent de telle sorte qu’elles peuvent créer un environnement hostile et excluant pour les personnes minorisées qui s’adonnent à l’activité de webdiffusion. Par « groupes minorisés », on désigne notamment les femmes, les personnes racisées ou encore les personnes LGBTQIA+, qui sont statistiquement très exposées aux attaques : 49 % des femmes, 42 % des personnes noires et 39 % des personnes LGBTQIA+ déclarent avoir été harcelées en ligne sur la base de leur identité, tandis que 82 % des victimes de violences sexistes ou sexuelles sont des femmes ou des filles.

Une brutalisation croissante

Dans le contexte de la culture vidéoludique, historiquement façonnée par la masculinité hégémonique toxique et geek, la position exposée des streameurs et streameuses est loin de garantir aux personnes minorisées la légitimité accrue qu’elle confère aux joueurs (blancs et) masculins.

Cette visibilité fonctionne de manière différenciée : si elle tend à renforcer la crédibilité des hommes, elle offre en revanche davantage de prises aux critiques et aux attaques visant celles et ceux qui n’appartiennent pas à cette catégorie, les exposant à la surveillance de leurs comportements en jeu, à la mise en cause de leur légitimité et à du cyberharcèlement, ce qui rend leur maintien dans les environnements en ligne comparable à une course d’obstacles.

Participant à part entière à la dynamique de la webdiffusion, que ce soit par le soutien ou la moquerie, mais aussi l’insulte, le public contribue à la présence systémique de comportements sexistes, racistes, et parfois à l’humiliation constante de streameurs et streameuses. Ce dernier point s’est tristement et fatalement illustré avec le décès en direct du streameur Jean Pormanove en août 2025 sur Kick, une plateforme critiquée pour la faiblesse de son système de modération. Ici, les encouragements du public ont conduit au pire, poussant les personnes humiliant Jean Pormanove à poursuivre leurs sévices des jours durant.

Les recherches les plus récentes semblent indiquer ainsi une brutalisation croissante dans les usages quotidiens du Web, caractérisée par un double processus de banalisation et de légitimation de la violence dans les espaces (publics) numériques.

Une régulation déficiente, des stratégies d’adaptation épuisantes

Les règles de modération sur les plateformes de streaming oscillent entre approches réactives punitives – fondées sur la sanction a posteriori et, dans les cas les plus extrêmes, le bannissement définitif – et approches proactives, qui visent à prévenir les comportements offensants.

Sur Twitch, la régulation consiste essentiellement à punir les fauteurs de troubles. Elle s’exerce, d’une part, de manière centralisée, via des algorithmes et des lignes de conduite générales. Ces règles peuvent mener à la suppression de contenus, une suspension temporaire ou un bannissement, mais leur application dépend largement des signalements et du travail de modérateurs et modératrices bénévoles. D’autre part, la régulation s’opère de manière décentralisée par l’entremise des streameurs et streameuses (qui disposent d’un pouvoir discrétionnaire sur leur chaîne) et de leurs équipes. Son efficacité est limitée puisqu’elle repose aussi en grande partie sur le travail gratuit des modérateurs et modératrices qui font face à des offenses massives et continues.

Dans ce contexte, les streameurs et streameuses subissant des agressions entreprennent de nombreux efforts pour se préserver en essayant de « recadrer » les membres de leur audience qui les agressent. Nous avons étudié à ce propos le cas de l’expulsion d’un spectateur sexiste par une streameuse amatrice, et celui d’un streameur à succès qui, confronté à des sous-entendus racistes et par ailleurs harcelé en dehors de la plateforme, a fini par renoncer à son activité. D’autres travaux montrent que, face à l’absence de communication et de soutien technique de Twitch, certains streameurs et streameuses s’organisent en réseau pour partager des outils et des stratégies permettant de gérer le public pendant les attaques et d’apporter un soutien émotionnel à leurs pairs.

Ces exemples témoignent d’un important travail de sensibilisation du public, souvent épuisant, entrepris par les streameurs et streameuses_minorisés pour pallier le manque de régulation offert par les plateformes qui hébergent leur activité. Ce travail, destiné à rendre moins acceptables les actes de cyberviolence, est encore insuffisamment étudié à ce jour.

Accompagner les streameurs et streameuses dans leur travail de régulation

La recherche pourrait venir prêter main-forte aux acteurs et actrices du streaming dans leur effort crucial pour favoriser une dynamique saine des interactions avec le public. Mobiliser le savoir expérientiel des joueurs et des joueuses, des modérateurs et des modératrices est essentiel pour comprendre comment les streameurs et streameuses peuvent transformer, au quotidien, un environnement parfois hostile en espace viable.

Dans cette optique, une démarche participative associant chercheurs et communautés vidéoludiques permettrait d’identifier des moyens de réparer l’offense et de formaliser des dispositifs de régulation plus inclusifs que les outils techniques existants. À l’heure où la cyberviolence pousse nombre de personnes minorisées à abandonner leur activité de streaming, il est urgent de débrutaliser les pratiques vidéoludiques.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Streaming de jeux vidéo : femmes, LGBTQIA+ et personnes racisées face à la cyberviolence – https://theconversation.com/streaming-de-jeux-video-femmes-lgbtqia-et-personnes-racisees-face-a-la-cyberviolence-271563