Sara G. Alonso, astronauta: “Si tengo que elegir entre valentía y resiliencia, me quedo con valentía”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Sanz, Directora editorial, The Conversation

La biotecnóloga vive tres vidas en una: investiga el cáncer en su laboratorio del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), es astronauta de la Agencia Espacial Europea (ESA) en calidad de reserva y, allá donde la convocan (y la convocan mucho), acude como referente de mujer científica a dispersar semillas para que broten vocaciones STEAM entre las niñas. Podría estar agotada, pero no pierde la sonrisa y hablar con ella transmite una enorme paz.

Firme defensora de que deberíamos sentirnos libres para tomar decisiones propias y desafiar lo establecido, Sara comparte canciones en su playlist que invitan a “coger el cielo con las manos” (Fito & Fitipaldis) y reivindican “vamos afuera a hacer que suceda / si hay que morir es de vivir” (Biznaga).

Recientemente ha publicado Órbitas. Apuntes de una vida en continua exploración (Ediciones B, 2025), libro autobiográfico en el que analiza su trayectoria y señala que la curiosidad es el motor que la mueve desde que tiene uso de razón.

Escoger no es nada sencillo, sobre todo cuando lo que tienes que elegir es la profesión a la que te vas a dedicar toda una vida. En tu caso, ¿recuerdas qué te llevó a especializarte en biotecnología?

Precisamente opté por estudiar biotecnología para no tener que elegir tan pronto a qué quería dedicarme. Con 18 años no me sentía preparada para saber cuál era la profesión de “mis sueños”, porque ni siquiera entendía las opciones que se desplegaban ante mí. Entonces, descubrí que la biotecnología consistía en aplicar el conocimiento biológico para solucionar problemas o mejorar productos y servicios. Es decir, darle una aplicación al conocimiento. Y eso es lo único que tenía claro desde niña, que quería avanzar en el conocimiento y que eso tuviese una aplicación, que sirviese para mejorar la sociedad. La biotecnología permitía posponer la especialización, porque tiene colores: puedes optar por la biotecnología roja y enfocarte en el ámbito de la salud, o por la verde para contribuir en la agricultura, o apostar por la azul y los océanos…

Me parece muy inteligente hacer una elección que implicaba pocas renuncias. Porque, en general, elegir es renunciar, y a veces eso da vértigo. En tu libro hablas de lo paralizante que puede llegar a ser el miedo.

Más que el miedo, lo paralizante es pensar que existe un camino perfecto, un camino idóneo para ti, y dedicar la mitad de tu vida a identificarlo. Yo aquí tiro mucho de un verso que todos conocemos, del poeta Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Aunque elegir implique renuncias, al dar un paso en una dirección concreta surgen nuevos estímulos, conectas con ciertas personas y con otras realidades que, de alguna manera, te van indicando hacia dónde avanzar. Si pienso en las decisiones que he tomado en mi vida no me arrepiento, porque alterarlas trastocaría completamente mi mundo actual. Todos y cada uno de los pequeños pasos que he dado, cada cosa que he elegido y las que he descartado, me han servido para estar donde estoy.

Lo paralizante no es tener miedo: es pensar que existe un camino perfecto, un camino idóneo para ti, y dedicar la mitad de tu vida a identificarlo.

Hoy, precisamente, vives con un pie en la investigación contra el cáncer y otro pie en el espacio. Empecemos por el cáncer que, aunque lo nombramos en singular, engloba distintas enfermedades.

Bajo el paraguas de la palabra cáncer confluyen varias enfermedades con un nexo común: ocurren cuando nuestras propias células pierden el control sobre su división. Quizá por eso optamos por darles un único nombre, pensando que puede existir una única cura común. El problema es que los mecanismos que llevan a que las células cancerosas pierdan el control son tremendamente variados. Generalmente se debe a una acumulación de errores, de mutaciones en nuestro código genético. Pero esos errores ocurren de manera natural, por el simple hecho de estar vivos, y se pueden incrementar en función de nuestro estilo de vida.

Para colmo, cada cáncer evoluciona de una manera única y genera una respuesta a los medicamentos distinta, una agresividad diferente en cada caso. Ante tanta complejidad, tiene sentido que uno de los principales caballos de batalla sea trabajar mucho la prevención. No se puede evitar una enfermedad que se produce por la acumulación de errores en células propias, pero se lo podemos poner difícil haciendo deporte, llevando una alimentación saludable, renunciando a fumar, evitando exponernos a la luz ultravioleta del sol. Eso mejoraría bastante la situación actual respecto al cáncer.

El reto de pararle los pies al cáncer convive con otro menos “terrenal”: hace tres años te convertiste en miembro de la reserva de astronautas de la ESA. ¿Qué implica eso? Has explicado varias veces que ser astronauta no es solo viajar al espacio…

Los astronautas somos profesionales seleccionados por agencias espaciales como la NASA, la ESA, JAXA (la agencia japonesa)… Estamos entrenados y capacitados para subirnos en naves espaciales, ir al espacio y ejecutar experimentos científicos sabiendo operar la tecnología necesaria para ello. Una astronauta debe ser capaz de reaccionar en situaciones extremas, mantener la calma bajo presión, trabajar en equipo y lidiar con distintos tipos de situaciones de una manera efectiva. También es importante saber dar soporte desde la Tierra a las misiones que están en el espacio. En definitiva, se trata de ser profesionales en todo lo que implica la exploración espacial, aunque viajemos al espacio una, dos o, a lo sumo, tres veces a lo largo de la carrera. Eso requiere someterse a un entrenamiento constante.

Una astronauta debe ser capaz de reaccionar en situaciones extremas, mantener la calma bajo presión, trabajar en equipo y lidiar con distintos tipos de situaciones de una manera efectiva

¿En qué consiste exactamente ese entrenamiento?

Todos los implicados en las misiones espaciales deben hablar el mismo lenguaje. Todos, sin excepción, necesitan tener conocimientos teóricos básicos de medicina, mecánica orbital, astronomía, naves, astrofísica… Pero también conocimientos prácticos que abarcan desde técnicas de supervivencia en condiciones de frío hasta aprender a manejarse en condiciones de microgravedad, trabajar en equipo y saber reaccionar rápido en situaciones límite. Todo eso se entrena. En realidad es un entrenamiento vitalicio, nunca llegamos a adquirir todo el conocimiento necesario. Si me asignan una misión espacial, con un proyecto concreto, entonces la ESA, junto con la NASA, me daría la formación específica para esa misión.

Hablas del trabajo en equipo. Sin embargo, en retos científicos de grandes dimensiones suele haber mucha competencia entre países. De hecho, se usa el término de “carrera espacial”. En tu opinión, ¿pesa más cooperar o competir?

La competitividad es sana mientras funciona como un estímulo para dar lo mejor de ti e impulsarte a llegar un pasito más allá, alentado por la presión de que hay otros que lo están haciendo igual o incluso mejor que tú. También es cierto que, a nivel de países, cierta competitividad estimula de alguna forma el progreso. Sin embargo, y esto es algo completamente subjetivo, yo siempre abogaré más por la dimensión colaborativa. Creo que cuando confluyen distintas disciplinas y distintas formas de pensar el resultado no es aditivo: multiplicamos, en vez de sumar. Y eso nos permite llegar más lejos. Frente a lo que consiguen grupos muy homogéneos, quienes integran distintas perspectivas amplían sus posibilidades, porque están menos sesgados.

Aunque en los 70 vivimos una tensa carrera espacial entre Rusia y Estados Unidos para alcanzar la Luna, que ahora se ha trasladado a Estados Unidos y China, al mismo tiempo tenemos el ejemplo paradigmático de la Estación Espacial Internacional. Es la mayor obra de ingeniería que el ser humano ha construido a lo largo de la historia. Y fue posible gracias al esfuerzo colaborativo de Estados Unidos, Europa, Japón, Canadá y Rusia. De hecho, se sustenta sobre la idea de explorar y usar de forma pacífica el espacio para el beneficio de la humanidad. Para mí, esa colaboración no tiene parangón.

Mencionabas las próximas misiones a la Luna y hay mucha gente que cuestiona su valor cuando tenemos tantos problemas más, por así decirlo, “cercanos” a los que dar prioridad. La exploración espacial ¿es un capricho? ¿Responde a la necesidad de satisfacer nuestra curiosidad? ¿O queremos demostrar de qué somos capaces los seres humanos?

Muchas veces creamos falsas dicotomías, como la de por qué invertir en el espacio cuando sufrimos catástrofes naturales aquí o hay gente que se está muriendo de hambre. Pero no es cuestión de elegir A o B. Al apostar por la ciencia y la tecnología espaciales no estamos simplemente lanzando a seres humanos para demostrar poder y colocar allí una bandera: se trata de desarrollar tecnología que luego se puede traducir en aplicaciones tan interesantes como sistemas de reciclaje de agua, sistemas de soporte vital o nuevos combustibles.

Tenemos un ejemplo en las máquinas de resonancia magnética nuclear que usamos para explorar el cuerpo por dentro y detectar tumores: la tecnología que las hace posibles surgió de alguien que quería estudiar estrellas. Las próximas misiones Artemis aspiran a crear bases permanentes para ir de forma sostenida y que, explorando la superficie lunar, logremos entender un poco mejor el origen de nuestro planeta y de otros cuerpos del sistema solar. Se ha visto que en el polo sur de la Luna hay agua congelada: ¿seremos capaces de descomponer ese agua para obtener hidrógeno y usarlo como combustible para cohetes y para obtener oxígeno que respirar? ¿Lograremos hacer crecer allí cultivos con cantidades de agua ínfimas?

Dada tu apuesta por lo multidisciplinar y tu amor a todas las ramas del conocimiento, ¿quién debería vivir en esas bases lunares permanentes? ¿Físicos y biólogos? ¿O también filósofos y poetas?

El conocimiento es algo intrínsecamente bueno, y en las bases futuras dependerá un poco del objetivo. Creo que las primeras personas que viajarán a la Luna en el siglo XXI lo harán exclusivamente con fines científicos de recolección de muestras, de probar tecnología que se ha desarrollado para ver si funciona. Y eso implica una primera oleada de científicos, tecnólogos e ingenieros que consoliden lo que necesitamos para que esas bases permanentes sean habitables. Una vez lo consigan, los habitantes de esas bases lunares deberían representar al conjunto de la sociedad, con toda su diversidad. Si reunimos a personas con distinto bagaje cultural y profesional, aprovecharemos esa mente colectiva que nos hace tan poderosos. Necesitamos poblar la Luna con personas de diferentes países y edades para evitar sesgos. Y sí: lo interesante es que la habiten poetas junto con filósofos, científicos, ingenieros, artistas y profesionales de todo tipo.

Son muchos los científicos que últimamente reclaman colocar la ciencia en el corazón de Europa. ¿Qué crees que necesitamos para hacer ese deseo realidad?

Los países más desarrollados son los que favorecen una sociedad educada capaz de adquirir pensamiento crítico y conciencia de que, en una rutina de 24 horas de cualquier persona, la ciencia y la tecnología están presentes todo el tiempo. Nadie puede decir “esto no va conmigo” al hablar de ciencia. Si somos conscientes de que esto es así, mantendremos la ciencia en el centro de cada país y, por extensión, de Europa.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.


The Conversation

– ref. Sara G. Alonso, astronauta: “Si tengo que elegir entre valentía y resiliencia, me quedo con valentía” – https://theconversation.com/sara-g-alonso-astronauta-si-tengo-que-elegir-entre-valentia-y-resiliencia-me-quedo-con-valentia-285021

La historia del Parque Nacional de Doñana: así comenzaron los esfuerzos de conservación en medio de una dictadura

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan José Negro, Investigador en Biología Evolutiva y Biología de la Conservación, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Aves sobrevolando una laguna en el Parque Nacional de Doñana. Right Perspective Images/Shutterstock

El Parque Nacional de Doñana es hoy un emblema de la biodiversidad y la conservación. Pero esto último no ha sido siempre así. Para conocer los inicios de la protección de este enclave andaluz hay que remontarse a los años 60.

La protección de Doñana como reducto de vida salvaje y valor cultural echó a andar en 1964, cuando el biólogo y naturalista José Antonio Valverde consiguió fondos para adquirir una substancial porción de terreno en el centro del coto, por entonces enteramente en manos privadas. Se trataba de terrenos de monte bajo con matorral, pinos y alcornoques, algunas lagunas y una estrecha banda de marisma que pertenecían a una sociedad de cazadores.

La adquisición se hizo inicialmente con la aportación mayoritaria de uno de los primeros crowdfundings de la historia para una causa ambiental. Lo organizó el Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF, por sus siglas en inglés), que se había creado precisamente para recolectar dinero destinado a conservar lugares de interés natural.

WWF aportó 25,7 millones de pesetas para la compra del terreno. El CSIC añadió 18 millones más. La finca adquirida tenía 6 794 Hectáreas y comprendía también un tercio del Palacio de Doñana. Pasó a llamarse La Reserva, declarándose así desde su nacimiento como santuario de naturaleza destinado a la conservación y estudio de biodiversidad.

Las personalidades que visitaron y apoyaron Doñana

Hay que aclarar, no obstante, que la compra de Doñana se venía gestando desde tiempo atrás. Mauricio González, hijo de uno de los dueños y gran aficionado a las aves, había invitado a varias y sucesivas expediciones británicas desde los años 50, a las que se sumó Valverde como naturalista local. Estas visitas de expertos habían revelado la enorme diversidad del coto, particularmente en lo que se refería a las aves.

Los expedicionarios eran todos celebridades de talla mundial. Entre ellas figuraban el mariscal de campo Alan Brooke, mano derecha de W. Churchill y jefe del Estado Mayor británico durante la Segunda Guerra Mundial (apasionado de la ornitología, se dice que prohibió un bombardeo sobre una isla para proteger una colonia de charrán rosado); Sir Peter Scott, hijo del malogrado explorador antártico y un héroe británico por sí mismo; Roger Peterson y Guy Mountfort, autores de la más famosa guía de aves europeas, y Julian Huxley, primer director general de la UNESCO.

Once hombres y dos mujeres, miembros de la expedición británica a Doñana del año 1957, posan para la foto en dos filas
Los componentes de la expedición británica a Doñana del año 1957. Fila trasera, de izquierda a derecha: George Shannon, Tono Valverde, James Gerguson-Lees, Mauricio González, Tony Miller y Phil Hollom. Fila delantera, de izquierda a derecha: Max Nicholson, Guy Mountfort, Lady Huxley, Lord Alanbrooke, Lady Alanbrooke, Sir Julian Huxley y Eric Hosking.
Erik Hosking/Archivo EBD-CSIC

Valverde se apoyó en hombros de gigantes, incluyendo muy destacadamente al magnate y filántropo suizo Luc Hoffmann, de la familia propietaria de la gran empresa biotecnológica Roche. Hoffmann aportó 8 millones de pesetas y así Valverde consiguió apoyos dentro y fuera de España para, primero, comprar una parte del tesoro y asegurar su conservación; y, segundo, crear una estación biológica, con el fin de que la preservación se basara en evidencia científica.

Un entorno natural en riesgo durante la dictadura

No hay que olvidar que España estaba bajo un régimen dictatorial. Valverde hubo de convencer por carta al mismísimo general Franco de que era mucho más provechoso mantener el coto tal cual era que convertirlo en un monocultivo de eucaliptos para alimentar la papelera de San Juan del Puerto (Huelva) y de guayules para obtención de caucho, tal como pretendían algunos tecnócratas del momento.

Por otro lado, las marismas de la margen izquierda del Guadalquivir estaban siendo convertidas en regadíos por las excavadoras. Y los colonos acudían en oleadas a los recién construidos pueblos de colonización agrícola que aprovecharían las aguas del también reciente Canal del Bajo Guadalquivir.

Una vez colonizada la margen izquierda, con decenas de miles de hectáreas transformadas, Valverde temía que los ingenieros y las excavadoras continuaran en la margen derecha, que de hecho socavaron en gran parte salvo lo que pudo salvar para el Parque Nacional de Doñana en 1969. De las 200 000 hectáreas marismeñas del gran estuario del Guadalquivir, se preservaron unas 25 000.




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La “operación” de rescate

Una vez asegurada la reserva, Valverde comenzó la segunda fase de la “operación” de rescate, como la llamaba el ornitólogo y naturalista británico Peter Scott con ciertas resonancias bélicas. Había que crear un centro de investigación científico. Y lo que a principios de los años 60 se denominaba la Estación Biológica del Guadalquivir pasó a llamarse Estación Biológica de Doñana.

Los valedores internacionales de Valverde deseaban una estación y laboratorio en el corazón de Doñana. Es lo que había hecho antes Luc Hoffmann en La Camarga francesa. Su Estación Biológica Tour du Valat se había creado en el interior de una finca de 2 800 hectáreas en 1954 situada en el centro del mayor humedal de Francia. Hoffmann había comprendido la interconexión de las zonas húmedas por parte de las aves migratorias, había adquirido la finca en 1948 y deseaba exportar ese modelo a otras zonas mediterráneas.

El arquitecto jerezano Olegario del Junco diseñó en 1972 el esbelto laboratorio y observatorio que existe ahora en el centro techado con castañuela, a la usanza marismeña. El laboratorio se llamó Luis Bolín en honor al principal donante para su construcción. Bolín era un convencido conservacionista de los humedales y dejó en herencia 2,5 millones de pesetas que entregó al CSIC su viuda Cecilia Parker. La Ley de Memoria Histórica ha propiciado el cambio de nombre del laboratorio, que desde hace algún tiempo se llama Castañuela, como la planta que lo techa.

Dos casas con techo de paja en una franja de tierra con vegetación en medio de dos grandes lagunas
Laboratorio antes llamado Luis Bolín.
Archivo EBD-CSIC

La primera sede de la Estación Biológica de Doñana

Portada de las memorias de José Antonio Valverde con el el título:
Portada de las memorias de José Antonio Valverde.
Editorial Quercus

Valverde no hizo caso de sus amigos y mecenas. Consideraba, y así lo consigna en el tomo IV de sus memorias, que un centro de investigación en medio de Doñana iba a estar aislado del mundo. Tras un intento infructuoso en Alcalá de Guadaira (provincia de Sevilla), decidió alquilar una vivienda en el sevillano barrio de Heliópolis y allí, en la calle Paraguay, tuvo su primera sede la incipiente Estación Biológica de Doñana.

A pesar de su carácter plenamente urbano, tuvo algo de zoológico. Mantuvo Valverde en ella algunos ejemplares exóticos, como una hiena rayada y alguna serpiente. Además de los vivos, empezó a acumular una importante colección de vertebrados preparados para su estudio. Se convertiría con el tiempo en la segunda colección más importante de España, tras las colecciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales, también del CSIC.

Cien años del nacimiento de Valverde

Este año 2026 celebramos el centenario del nacimiento de J. A. Valverde (1926, Valladolid – 2003, Sevilla). El que fuera primer director de la Estación Biológica de Doñana y del parque nacional reconoció en sus memorias que tales esfuerzos le costaron su salud. Sufrió varios infartos y dimitió como director en 1975 alegando problemas cardiacos.

Su legado quedará unido a la conservación de Doñana, a la creación de un centro de investigación puntero internacionalmente en estudios de biodiversidad y también a sus propias contribuciones como zoólogo y biólogo evolucionista. Entre otros logros, determinó varios vertebrados nuevos para la ciencia. Entre ellos, varios eslizones y una subespecie de ardilla que dedicó a su amigo Luc Hoffmann.

The Conversation

Juan José Negro fue director de la Estación Biológica de Doñana-CSIC entre 2012 y 2015.

Abilio Reig Ferrer no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La historia del Parque Nacional de Doñana: así comenzaron los esfuerzos de conservación en medio de una dictadura – https://theconversation.com/la-historia-del-parque-nacional-de-donana-asi-comenzaron-los-esfuerzos-de-conservacion-en-medio-de-una-dictadura-283707

La Ley del Juego: no es lo mismo apostar que echar una partida de ‘Catán’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Emiliano Labrador Ruiz de la Hermosa, Assistant researcher, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Las máquinas tragaperras o las casas de apuestas animan a ‘jugar’ en ellas, aunque el término tenga poco que ver con lo que hacemos cuando jugamos al escondite, por ejemplo. Elmer Laahne PHOTOGRAPHY/Shutterstock

El Gobierno de España ha impulsado una reforma integral de la Ley de Regulación del Juego. Su prioridad es actualizar un marco normativo que ya arrastra 15 años de antigüedad frente al auge exponencial del juego digital y las nuevas tecnologías. La iniciativa se encuentra actualmente en fase de consulta pública (abierta hasta el 22 de junio de 2026) para recoger aportaciones de la ciudadanía y colectivos implicados.

Si se fija, el párrafo anterior menciona, con lenguaje utilizado por el Gobierno, dos veces la palabra juego. Pero no se refiere a “Acción y efecto de jugar por entretenimiento” ni a un “ejercicio recreativo o de competición sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde”. Está hablando de ‘apuestas’: “pactar con otra u otras [personas] que aquel que se equivoque o no tenga razón, perderá la cantidad de dinero que se determine o cualquier otra cosa”, también según la RAE.

Pero no es lo mismo la Lotería Primitiva que el juego de mesa Virus!. En inglés se diferencia el “game” del “gambling”, al igual que en muchos otros idiomas. Esto no ocurre en castellano, lo que trae no pocos problemas a la hora de diferenciar ambos conceptos.

Breve repaso de la historia del juego

El primer juego de mesa documentado es el babilónico Real juego de Ur, que –se estima– tiene unos 4 500 años. Por “documentado” entendemos que hay un tablero, fichas y algunas indicaciones por escrito de cómo se juega. El arqueólogo británico Sir Leonard Wolley lo encontró cuando excavaba en la ciudad de Ur (antigua Mesopotamia, actual Irak) entre 1922 y 1934.

Tablero de juego de madera; la superficie está formada por 20 placas cuadradas de concha con incrustaciones variadas; los bordes están hechos de pequeñas placas y tiras, algunas esculpidas con un ojo y otras, posiblemente, con rosetas; en el reverso hay t
Uno de los cinco tableros de juego hallados por Sir Leonard Woolley en el Cementerio Real de Ur, que actualmente se conserva en el Museo Británico.
British Museum/Wikimedia Commons

No obstante, se tiene constancia de juegos egipcios más antiguos (y de hecho similares a este) como el Senet o el Mehen, con más de 5 000 años de antigüedad. Si seguimos hacia atrás, se han encontrado, datados en el Pleistoceno, hace unos 12 000 años, dados de hueso y madera en América del Norte y, en el Neolítico, tableros hechos de losas de piedra con agujeros en las actuales Jordania, Siria e Irán.

Pero la necesidad humana de jugar es realmente heredada de nuestro pasado animal, como demuestran diversas investigaciones. Y es que el juego es un excelente “simulador” de supervivencia, que ayuda a aumentar la flexibilidad cognitiva y enseña cohesión social y empatía, entre otros muchos beneficios.

Desde hace miles de años

Aunque hoy asociamos el juego al ocio, nace de sistematizar el azar. El juego en la antigüedad servía como herramienta trascendental, se empleaba para la adivinación (como los astrágalos grecorromanos en la guerra o el amor), como mapa del inframundo (el Senet y el viaje del alma), para predecir el destino (el Juego Real de Ur), o incluso para resolver conflictos políticos y religiosos sustituyendo batallas a muerte, como ocurría con el juego de pelota mesoamericano.

Se han encontrado dados de 4, 6 o 20 caras, huesos tallados, piedras inscritas, y tablillas planas o redondeadas, quemadas o talladas. La posición en que caían, el número, los símbolos e incluso el sonido que provocaban eran usados como guía.

Pero además, estos múltiples y sofisticados sistemas de azar se usaban con otro propósito. Estamos hablando de las apuestas. La evidencia más antigua, unas pirámides de cuatro caras, la encontramos en la Ciudad Quemada (la actual Irán), hace alrededor de 4 800 años. También hay apuestas documentadas en Mesopotamia, Egipto, en el poema épico Mahabharata (hacia el siglo IV a. e. c.), y a lo largo de toda la historia y en (casi) todas las culturas.

La adicción que provocan las apuestas no pasó desapercibida por los gobernantes, que las usaron para financiar obras públicas, como la construcción de algunas secciones de la Gran Muralla China, o para reparaciones de la ciudad de Roma por parte del emperador Augusto. En las apuestas se ha perdido de todo, según el contexto (guerras, festivales u olimpiadas): desde mantas, joyas y fortunas hasta la propia libertad.

Las apuestas no son un juego

Con tal relevancia histórica, cuesta creer que hasta 1938, fecha en que se publica Homo Ludens del historiador cultural holandés Johan Huizinga, no se comenzase a estudiar seriamente el juego. Aunque ampliado posteriormente, este texto sentó las bases actuales de análisis, al proponer características esenciales que delimitaban qué es el concepto.

Entre ellas enunciaba que es libre (no se puede obligar a jugar), se produce en un momento del tiempo y del espacio (tiene un principio y un fin), exige toma de decisiones (no sirve quedase de brazos cruzados), tiene reglas y objetivos (si no, estamos hablando de juguetes), es una simulación (no tiene relación con el mundo real), es gratuito (no puede implicar interés o beneficio material) e introduce el concepto de círculo mágico (en el juego uno entra, se transforma en algo o alguien, y al salir vuelve a ser la misma persona).

Diferentes cajas de juegos de mesa.
¿Buscamos regular esto?
mailcaroline/Shutterstock

Estos elementos, con algunas variantes menores, son los más aceptados hoy en día para definir el juego. Y precisamente ellos demuestran que las apuestas no lo son, pues rompen sus pilares más relevantes.

Los sistemas de apuestas no suelen ser libres. Como sucede en la popular serie El juego del calamar, muchas personas participan desesperadas por ganar dinero. Los dueños de los negocios de apuestas lo saben, por eso sitúan las casas de apuestas generalmente en barrios vulnerables. Las apuestas tampoco son una simulación, ni gratuitas. Pero, sobre todo, rompen el círculo mágico: en casos en los que deriva en adicción, una vez que se cae en la ludopatía, es muy difícil salir, y raramente al hacerlo uno es la misma persona.

El lenguaje construye

Los gobiernos han promovido históricamente los juegos de azar atraídos por sus altos beneficios, permitiendo a las empresas lucrarse al vender esperanza de enriquecimiento.

Pero utilizar la palabra ‘juego’ en lugar de ‘apuestas’ puede hacer parecer que la actividad es más neutra de lo que realmente es. Llamar Dirección General de Ordenación del Juego a un departamento que se ocupa del deporte y las apuestas, o Ley del juego a una regulación que penaliza a los sistemas de apuestas, es la forma más directa de blanquear a estas últimas. Porque no estamos hablando de hacer una redada en un campeonato de Catán, o de registrar las oficinas de una editorial de juegos.

Por eso, dejemos de utilizar la palabra “juego” para denominar aquello que sucede fuera de entornos puramente lúdicos, y abracemos el cambio de sintagma. La primera que debe hacerlo es la propia Administración pública, que llama a su departamento “Loterías y Apuestas del Estado” pero anima a sus usuarios a “jugar”.

The Conversation

Emiliano Labrador Ruiz de la Hermosa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La Ley del Juego: no es lo mismo apostar que echar una partida de ‘Catán’ – https://theconversation.com/la-ley-del-juego-no-es-lo-mismo-apostar-que-echar-una-partida-de-catan-284245

‘Backrooms’: ¿qué son los espacios liminales y por qué internet está volviendo extraño lo cotidiano?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sofía Esteban Moreno, Investigadora Predoctoral Teoría de la Literatura , Universidad de Valladolid

Fotograma de _Backrooms_. A24

Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado, una tienda de muebles iluminada de madrugada, un restaurante de comida rápida de carretera decorado por Navidad. ¿Hay alguien ahí? No hay amenaza visible, tan solo espacios huecos y silenciosos. Ante ese vacío surge una pregunta: ¿ha llegado el Apocalipsis? ¿Dónde están los humanos?

Es como volver a la casa de la infancia y encontrar solo ruinas. Como conservar una fotografía de nuestros seres queridos cuando ya no están vivos: ¿por qué siguen apareciendo en la imagen? Lo cotidiano se experimenta como extraño. Esa extrañeza tiene un nombre cada vez más frecuente en la cultura digital: liminalidad.

El éxito de los backrooms (“trastiendas”), nacidos en internet y convertidos ahora en película, ha dado forma narrativa a una sensibilidad que Valentina Tanni analiza en Estéticas liminales, publicado originalmente como Exit Reality, y traducido recientemente al español.

Tráiler de Backrooms.

No se trata solo de una moda visual de internet hecha de paredes amarillo nicotina, moquetas viejas y luces fluorescentes zumbando sin descanso en un laberinto infinito y onírico de habitaciones vacías. Está en juego una pregunta mucho más radical: qué le está pasando a la idea misma de lugar.

¿Dónde está nuestro hogar?

Una habitación se vuelve lugar cuando alguien puede orientarse en ella, recordarla y sedimentar allí su existencia. El lugar exige tiempo, repetición y vínculo. Por eso una casa no es solo arquitectura, es donde habitamos. El filósofo Gaston Bachelard señaló que el espacio vivido no es simplemente un espacio geométrico delimitado, ya que la casa, el rincón o la habitación nos importan porque organizan imaginariamente nuestra relación con el mundo. En esa intimidad resuena todavía una memoria arcaica de refugio, casi de cueva o incluso útero. Lo que convierte un espacio en hogar es la huella de nuestros gestos y de nuestra pertenencia.

Una casa llena de arena.
Hasta que llega a ser hogar una casa es todavía solo un espacio.
Edoardo Tommasini / Pexels

El sujeto necesita arraigo, pero no permanece inmóvil. Crece, se desplaza, reconfigura roles, atraviesa duelos, nacimientos, separaciones y pérdidas. Los ritos de paso dan reconocimiento comunitario a esos tránsitos. El antropólogo Arnold van Gennep distinguió tres momentos en todo cambio de estado: separación, margen y agregación.

El sujeto se desprende de su posición anterior, atraviesa una fase intermedia y se reincorpora a la comunidad bajo una nueva condición. Victor Turner, estudioso de símbolos y ritos, describió el estado de transición cultural y antropológico como un limbo: un “entre”, un estado ambiguo, por ejemplo, entre la infancia y la adultez, la soltería y el matrimonio, la vigilia y el sueño. Liminalidad proviene, precisamente, del latín limen, umbral.

Ahí aparece la diferencia con nuestra experiencia contemporánea. En el rito, la liminalidad tenía dirección y se atravesaba para transformar el vínculo entre individuo y comunidad. Hoy, en cambio, se multiplican las plataformas, los perfiles, las contraseñas, los videojuegos, los foros e incluso las comunidades digitales, aunque ese tejido social aparece muchas veces mediado por una relación solitaria con la pantalla. En la contemporaneidad postdigital, lo liminal ya no es una fase, se ha convertido en una atmósfera de suspensión desarraigada.

La realidad hecha imagen: ¿vivimos en la pantalla?

Marc Augé llamó no-lugares a los espacios de circulación donde pasamos sin arraigar: los aeropuertos, hoteles de cadena, hospitales, centros comerciales o autopistas. Si bien están llenos de gente, rara vez producen pertenencia. Internet radicaliza esa intuición. Antes de llegar a un restaurante, ya conocemos su decoración. Antes de visitar una ciudad, ya hemos visto sus calles. Antes de conocer a nuestra pareja, ya la hemos seleccionado con un like. Antes de vivir una experiencia, intuimos cómo podría ser publicada.

Unas mesas de diner americano ante unas ventanas, en un espacio vacío sin gente.
Un no-lugar en un aeropuerto.
Dennis Schmidt / Unsplash

La vida queda al servicio de la representación. De ahí que muchos espacios contemporáneos parezcan diseñados para ser fotografiados antes que habitados. Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento como el paso de las cosas a las no-cosas. Las cosas tienen peso, imperfección, duración, resistencia, tacto. Las no-cosas pertenecen al orden de la información, la disponibilidad y la circulación del dato. Cuando el mundo se vuelve imagen, es accesible e intocable al mismo tiempo.

Según Valentina Tanni, estéticas de internet como los backrooms, el vaporwave o el weirdcore no son solo intentos de escapar hacia dimensiones virtuales, sino que también buscan una nueva forma de relacionarnos con el concepto de realidad. La pantalla sería entonces un umbral, un portal. Pero esta zona-umbral tiene una sombra: “la tecnología nos ha puesto en un lugar muy extraño en el que nunca estamos completamente presentes”.

Quizá de ahí proceda la nostalgia que caracteriza a la estética liminal, poblada de imágenes de lugares reconocibles, como un parque infantil de noche, un colegio abandonado, una casa en venta o una piscina fuera de temporada, que conservan la huella espectral de lo humano. Estos lugares extrañamente familiares existen en una dimensión virtual y descorporeizada. Su atmósfera inquietante, o espeluznante, se acrecienta por la ausencia de seres humanos o por el aspecto sintético de la imagen. No sabemos dónde se tomaron esas fotografías, quién las tomó ni cuándo. Esa falta de información parece conceder a la imagen vida propia, casi sobrenatural.

El miedo a la desmaterialización del mundo: Backrooms

Una frase recogida por Tanni condensa la potencia de este imaginario: “Los backrooms son seres informes producto del caos, toman la forma de nuestro inconsciente colectivo”, e inquietan porque parecen los restos degradados de nuestra propia realidad.

Fotografía de una serie de espacios de oficina vacíos, con luz intermitente, moqueta y papel en las paredes.
Imagen original del popular meme de internet conocido como ‘The Backrooms’. Se hizo en un edificio ubicado en 811 Oregon St., Oshkosh, Wisconsin, Estados Unidos. La fotografía fue tomada antes de una renovación.
Bill Magritz/Wikimedia Commons

La película Backrooms ilustra esta angustia al convertir esa dimensión imposible en una copia defectuosa del mundo. En un espacio inhabitable, también la identidad se desintegra. Los alter egos monstruosos atrapados en ese laberinto sin tiempo pueden leerse más como restos deformados de identidad que como criaturas de terror. Son miedos, recuerdos e imágenes separadas del cuerpo vivo que les daba sentido. Ahí emerge el vértigo contemporáneo ante la posibilidad de que nuestros perfiles, avatares, fotografías y duplicados sobrevivan a nuestra presencia. Paradójicamente, esos no-lugares pueden incluso convertirse en refugio cuando la existencia virtual parece menos dolorosa, menos finita y exigente que nuestra realidad material.

La IA generativa ha intensificado esta sospecha. En internet, una habitación puede parecer real sin haber existido nunca, y un rostro puede parecer humano sin pertenecer a nadie. Como escribe Tanni, “Internet […] como un archivo gigantesco y monstruoso, ha absorbido una masa incalculable de ideas, emociones, sentimientos y miedos”. Los backrooms son la imagen espacial de ese archivo: un mundo convertido en resto de sí mismo.


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– ref. ‘Backrooms’: ¿qué son los espacios liminales y por qué internet está volviendo extraño lo cotidiano? – https://theconversation.com/backrooms-que-son-los-espacios-liminales-y-por-que-internet-esta-volviendo-extrano-lo-cotidiano-285117

De Mazinger Z a las armas láser actuales: así se usa la energía fotónica que nos salvó del Dr. Infierno

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Manuel Peña García, Catedrático del Área de Ingeniería Eléctrica, Universidad de Granada

Cuando el malvado Dr. Infierno construyó un ejército de robots para dominar el mundo, el profesor Jūzō Kabuto diseñó un ingenio aún más avanzado para proteger a la humanidad: Mazinger Z.

Creado por Gō Nagai, el manga de Mazinger Z fue adaptado al anime por Toei Animation y Dynamic Planning, debutando en la televisión japonesa en 1972. España, en 1978, fue el primer país europeo en estrenar la mítica serie del robot gigante que lanzaba los puños como cohetes al grito de “¡puños fuera!” y basaba su poder en dos pilares: la Aleación Z y la energía fotónica.

Medio siglo después del estreno de Mazinger Z, las armas basadas en la energía fotónica y los materiales estratégicos han saltado del anime a la realidad. El desarrollo de los sistemas láser militares y la carrera por las tierras raras marcan el ritmo de la guerra moderna.

El Bien y el Mal en la batalla

Con una pléyade de sofisticados robots, el Dr. Infierno y su asimétrico aliado, el Barón Ashler, estuvieron cerca de culminar sus planes en muchas ocasiones. Afortunadamente, el tenaz Kōji, nieto de Kabuto y piloto de Mazinger, logró siempre derrotarlos con ayuda de Afrodita A, un robot ginomorfo dirigido por la osada Sayaka. La eterna pugna entre el Bien y el Mal se dirimía, como ahora, en los laboratorios. Concretamente en el laboratorio de fotónica que había fundado el profesor Kabuto.

Mazinger Z utilizaba la energía fotónica como fuente de combustible principal y para alimentar sus sistemas de defensa y ataque. Extraída de un misterioso mineral llamado japanium, se canalizaba en su reactor interno para impulsar sus movimientos y desplegar su letal armamento, incluyendo su fuego de pecho y rayos fotónicos que, físicamente, tienen la misma naturaleza electromagnética.

Décadas después, la tecnología con la que Mazinger nos salvaba despierta más interés que nunca.

Armas y escudos láser

El láser táctico de alta energía, conocido como sistema láser Nautilus, es un láser para uso militar desarrollado en conjunto por Estados Unidos e Israel.
Wikimedia commons, CC BY

Desde hace años, el láser se usa para neutralizar misiles en pleno vuelo en la guerra real. Lo que antes se hacía disparando otros misiles, como los famosos Patriot que interceptaban a los Scud en la guerra del Golfo, hoy puede conseguirse apuntando rayos de alta potencia a un misil o a un dron hasta que la enorme cantidad de calor que le transfieren lo inutiliza o hace explotar su carga. Todo ello en segundos y sobre un objetivo móvil que vuela a una velocidad endiablada. Además, es mucho más barato que los misiles antimisil.

Así, en los últimos tiempos y por desgracia, hemos escuchado hablar, por ejemplo, del proyecto Nautilus, un láser táctico de alta energía (THEL, del inglés Tactical High Energy Laser), desarrollado por EE UU e Israel. Y del Iron Beam, un sistema de defensa antiaérea israelí que utiliza un láser de fibra de alta energía para interceptar cohetes, drones, morteros y misiles de corto alcance. Su uso principal es destruir objetivos en vuelo mediante la concentración de calor extremo, desintegrándolos en apenas unos segundos. El Iron Beam es una de las revoluciones tácticas más importantes en defensa aérea, marcando un hito tras su primer despliegue real en combate y pruebas recientes.

El empleo de sistemas de láser contra drones de ataque y enjambres de armas y vehículos aéreos no tripulados es ya una realidad.

Usar la energía fotónica

Llamamos energía a la capacidad de producir cambios y transformaciones. Un paseo a pleno sol demuestra que los rayos de nuestra estrella los producen. Estos rayos son radiación electromagnética que podemos imaginar como chorros de partículas (fotones) o como paquetes de ondas con distintas energías. Los forman principalmente la radiación infrarroja –que tan pronto nos calienta como nos permite ver galaxias lejanas-, la luz visible–con fotones más energéticos que, al llegar a nuestra retina, desencadenan el proceso visual– y la ultravioleta –que nos broncea a riesgo de dañar la piel –.

En todos estos procesos, los fotones producen cambios y transformaciones. Aunque carecen de masa en reposo, poseen energía y además, ejercen presión sobre los objetos que impactan. Ese “momento fotónico” puede empujar a la materia originando, por ejemplo, las preciosas colas de los cometas. Y, podría emplearse para impulsar naves en viajes interplanetarios, una hipotética propuesta.

El dilema: ¿fotones muy energéticos o muy concentrados?

En el anime, Kabuto y sus colaboradores debieron plantearse los mismos interrogantes que en los laboratorios reales en los que se investigaba y se investiga la energía fotónica.

— ¿Podríamos destruir robots (o drones) disparando fotones?

— Seguramente, pero necesitaríamos concentrar mucha energía en muy poco tiempo.

— ¿Y si usamos rayos gamma producidos en reacciones nucleares?

— Pues no está claro: nosotros recibimos fotones gamma del espacio y de la atmósfera sin derretirnos. Aunque también es cierto que son pocos, cada uno es de su padre y de su madre, y llegan desordenados.

— ¡Un momento! La cuestión no es la energía de cada fotón, sino la concentración. Para destrozar un robot del Dr. Infierno hay que dispararle muchísimos fotones, muy juntos e idénticos entre sí.

— ¡Pues disparemos fotones gamma muy energéticos, idénticos y muy concentrados!

— ¡No tan rápido! ¡Eso aún no sabemos como hacerlo!

Efectivamente, el láser gamma o “graser” sigue sin conseguirse bien entrado el siglo XXI. Los creadores Mazinger Z decidieron concentran rayos infrarrojos desde el pecho del robot. Pero aquello requeriría tanta energía que le dejaría exhausto, por lo que también dotaron a sus ojos de la capacidad de emitir otro tipo de energía fotónica: el láser.

Átomos excitados por el láser

El láser se basa en la emisión estimulada, un proceso físico mediante el cual un átomo excitado es excitado por un fotón y, como resultado, emite un nuevo fotón idéntico al primero. Esta “duplicación” de luz es la base del funcionamiento de los láseres, teorizada por Einstein en 1917. Casi medio siglo después, Theodore Maiman construyó el primer láser que, curiosamente, no parecía muy práctico. Pero pasaron los años y aquellos rayos tan “ordenaditos” e intensos permitieron crear los primeros hologramas y despertaron el interés de la medicina, la metalurgia y, en los años de la Guerra Fría, también de la industria bélica. De ahí dio el paso a la ciencia ficción y a las pantallas.

El rayo fotónico de Mazinger solo se vería sobre su objetivo segundos antes de explotar. Porque el láser no se esparce en aire limpio y no podemos ver pasar los rayos.
@KORAOFICIAL @ToeiAnimation, CC BY

Pero la energía fotónica de Mazinger, tanto infrarroja como láser, tiene su origen en la estructura de los misteriosos materiales que lo constituyen.

El secreto de la aleación Z

Mazinger Z estaba hecho de una aleación basada en un elemento secreto descubierto por el profesor Kabuto: el japanium. Cuando su creador lo imaginó para el manga, en la realidad ya se conocían todos los elementos estables de la tabla periódica , y que los más pesados son inestables. Quizás la “genialidad” de Kabuto le permitió ser el primero en llegar a lo que conocemos como isla de estabilidad, una serie de elementos con número atómico superior a 120, muy pesados y con propiedades desconocidas, y los suficientemente estables para usarlos en un robot gigante. Los físicos nucleares llevan décadas prediciéndolos sin que hasta ahora se hayan podido sintetizar.

Prácticamente indestructible y capaz de incorporar los mecanismos para emitir una energía fotónica letal, Mazinger Z mantuvo su superioridad porque el Dr. Infierno nunca consiguió la aleación.

¿Le suena a la pugna por las tierras raras y otros elementos estratégicos? Da la impresión de que la tecnología que nos deleitaba de niños a muchos de nosotros abre hoy los telediarios de medio mundo. ¡Larga vida a Mazinger Z!

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Antonio Manuel Peña García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. De Mazinger Z a las armas láser actuales: así se usa la energía fotónica que nos salvó del Dr. Infierno – https://theconversation.com/de-mazinger-z-a-las-armas-laser-actuales-asi-se-usa-la-energia-fotonica-que-nos-salvo-del-dr-infierno-284349

El efecto LinkedIn: cuando todos parecen tener más éxito que nosotros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Universidad de Deusto

Shutterstock / Prostock-studio

Cada mañana, millones de profesionales abren LinkedIn para consultar novedades en su sector, ampliar contactos o compartir sus logros. Lo que encuentran suele ser inspirador: ascensos, premios, publicaciones científicas, nuevos proyectos, conferencias internacionales o cambios de empleo en apariencia a una mejor posición deseada. ¿Cómo afecta esta exposición continua al éxito ajeno a la forma en que valoramos nuestra propia carrera profesional?

La investigación reciente nos señala que, por un lado, ofrece beneficios claros para la empleabilidad, el networking (creación de redes de contactos profesionales) y la difusión del conocimiento. Pero también puede dar lugar a efectos psicológicos menos visibles, relacionados con la comparación social, la autoestima profesional y la necesidad de validación externa.

La trampa psicológica de compararnos demasiado

La teoría de la comparación social, formulada por Leon Festinger en 1954, sostiene que las personas evaluamos nuestras capacidades y nuestro valor comparándonos con los demás. En circunstancias normales, estas comparaciones pueden ayudarnos a orientarnos. El problema aparece cuando la información está sesgada.

Eso es precisamente lo que sucede en muchas redes sociales. Mientras Instagram suele mostrar una visión idealizada de la vida personal, LinkedIn presenta una visión idealizada de la vida profesional. Rara vez vemos proyectos que han salido mal, artículos rechazados, errores estratégicos o procesos de aprendizaje difíciles. Lo habitual es encontrarnos con los resultados finales (y exitosos): el ascenso, la publicación, el premio o el nuevo puesto.

Esta dinámica no es inocua. Algunos estudios han observado que la comparación social en LinkedIn puede incrementar la ansiedad relacionada con la búsqueda de empleo al afectar a la percepción de autoeficacia profesional.

Resulta paradójico que una herramienta diseñada para impulsar el desarrollo profesional pueda acabar generando la sensación de que siempre vamos por detrás.

Una autoestima profesional dependiente

Los psicólogos distinguen entre una autoestima relativamente estable y una autoestima contingente, es decir, aquella que depende de factores externos como el reconocimiento, los logros o la aprobación social.

Esta segunda puede llega a pesar mucho más de lo conveniente en el contexto de las redes sociales. Muchos usuarios de estas plataformas llegan a vincular una parte importante de su autovaloración a la respuesta obtenida en las plataformas digitales. Cuanto mayor es esta dependencia psicológica, mayor suele ser también la intensidad de uso de las redes sociales y el riesgo de desarrollar patrones problemáticos de utilización.




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Llevado esto al terreno profesional, la cuestión es preocupante. Si nuestra percepción de competencia depende cada vez más de las visualizaciones, comentarios o felicitaciones recibidas en LinkedIn, corremos el riesgo de sustituir los indicadores internos de progreso por indicadores externos de popularidad.

En otras palabras, podríamos empezar a confundir reconocimiento con valor profesional.

El gran escaparate de la identidad profesional

Hace décadas, el sociólogo Ervin Goffman describió la vida social como una representación teatral en la que las personas intentan gestionar la impresión que producen en los demás. Las redes sociales han llevado este fenómeno a una escala sin precedentes.

La investigación reciente sobre identidad profesional digital muestra que los usuarios desarrollan estrategias conscientes para construir una determinada imagen profesional. Entre ellas aparecen la selección estratégica de contenidos, la gestión cuidadosa de la reputación digital o la vigilancia constante de la propia presencia online. Estas prácticas no son necesariamente negativas, sino más bien al contrario. Pueden resultar útiles para comunicar competencias y generar oportunidades profesionales. Pero también pueden fomentar una preocupación excesiva por la imagen proyectada.

De lo contrario, podemos acabar dedicando más tiempo a comunicar lo que hacemos que a hacer aquello que comunicamos.

¿Promoción profesional o narcisismo?

Promocionar el propio trabajo no implica automáticamente narcisismo. De hecho, en muchos sectores resulta imprescindible visibilizar proyectos, publicaciones o logros para generar oportunidades profesionales.

Sin embargo, cuando la identidad profesional se construye principalmente sobre las reacciones obtenidas en línea, el éxito deja de medirse por la calidad del trabajo realizado y comienza a hacerlo por la atención recibida.

La diferencia es sutil pero importante. Una cosa es compartir un logro porque puede resultar útil e inspirador; otra muy distinta es necesitar constantemente la aprobación ajena para confirmar nuestro valor profesional.

Especialmente porque, cuando el reconocimiento se convierte en una necesidad permanente, cualquier silencio digital puede interpretarse como un fracaso.




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El riesgo de olvidar el aprendizaje

Otro riesgo de las dinámicas comparativas y de validación externa que se establecen en redes sociales, y en concreto de carácter profesional como LinkedIn, es la pérdida de humildad intelectual. Las investigaciones sobre aprendizaje y desarrollo profesional muestran que el progreso suele estar asociado a la capacidad para reconocer errores, aceptar limitaciones y aprender de la experiencia. Sin embargo, los algoritmos tienden a premiar los resultados visibles mucho más que los procesos invisibles.

Por eso nos encontramos muchas publicaciones celebrando éxitos y relativamente pocas analizando fracasos, dudas o aprendizajes difíciles. La consecuencia es la construcción de una narrativa profesional poco realista en la que el progreso lineal y el éxito parecen permanentes.

La realidad es muy distinta. Detrás de cada ascenso suelen existir años de esfuerzo. Detrás de cada artículo publicado suelen haber revisiones por pares, correcciones y rechazos. Detrás de cada trayectoria brillante suelen encontrarse momentos de incertidumbre que rara vez aparecen en el muro de LinkedIn.

Esta reflexión es lo que llevó al profesor de Princeton Johannes Haushofer a publicar un CV de fracasos. Acostumbrados a utilizar las redes para mostrar lo bien que nos lo pasamos (Instagram) o lo buenos que somos (LinkedIn) o cuántos amigos tenemos (Facebook), acabamos alimentando un escaparate abierto todos los días de la semana donde sólo se proyectan películas de éxitos.

Una herramienta valiosa, con distancia

La solución no pasa por abandonar LinkedIn. La plataforma ofrece oportunidades extraordinarias para aprender, establecer contactos y difundir conocimiento. Buena parte de la transferencia de conocimiento profesional y científico actual se produce gracias a herramientas de este tipo.

La cuestión es utilizarla sin convertirla en un espejo de nuestra autoestima.

Una carrera profesional sólida no se construye acumulando reacciones digitales, sino desarrollando competencias, aprendiendo de los errores y generando impacto real sobre las personas. Los “me gusta” pueden aportar visibilidad. Las felicitaciones pueden resultar agradables. Pero ninguna de ellas debería convertirse en la medida definitiva de nuestro valor profesional.

Porque, al final, la mejor carrera no es la que parece más brillante en una pantalla, sino la que sigue creciendo cuando la pantalla se apaga.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. El efecto LinkedIn: cuando todos parecen tener más éxito que nosotros – https://theconversation.com/el-efecto-linkedin-cuando-todos-parecen-tener-mas-exito-que-nosotros-285019

Por qué es tan importante que las empresas protejan la propiedad intelectual de sus innovaciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maite Couto-Ortega, Docente investigadora en Mondragon Unibertsitatea, Mondragon Unibertsitatea

La innovación es uno de los activos más valiosos de una empresa. Así lo señalan desde la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual:

“Los activos intangibles son el tesoro oculto que impulsa las economías mundiales basadas en el conocimiento”.

No obstante, también es muy vulnerable, pues depende de la aceptación del mercado y sufre el riesgo de ser imitada o quedarse obsoleta. Proteger la propiedad intelectual es crucial para que las empresas se aseguren su ventaja competitiva y recuperen las inversiones realizadas en investigación y desarrollo.

Sin una protección adecuada, los competidores podrían copiar fácilmente las innovaciones, reduciendo los beneficios y debilitando las ventajas en el mercado de la empresa innovadora. De ahí que deban utilizar diferentes métodos legales para tratar de proteger sus activos.

¿Qué es la propiedad industrial e intelectual?

El formato de protección más conocido es el de patentes (un derecho exclusivo que se concede sobre una invención). Estas protegen los intereses de las personas que hayan inventado y desarrollado tecnologías, y les asegura que puedan tener el control sobre el uso comercial de sus productos.

De todas formas, no todo es patentable, ya que tiene que cumplir tres requisitos:

  1. Que sea una novedad mundial.

  2. Que tenga actividad inventiva.

  3. Que tenga aplicación industrial.

Una opción para proteger los desarrollos que no muestren tanta actividad inventiva serían los modelos de utilidad (una forma de proteger invenciones que aportan mejoras, pero con un grado de innovación menor que el exigido para una patente).

¿Patentar es siempre la mejor opción?

Ni siempre lo es ni siempre es posible. También hay que considerar que, cuando se patenta un producto, en algún momento se convierte en público, por lo que acaban dando todos los detalles de la receta que tanto ha costado crear.

Elegir la estrategia de protección adecuada depende de dos factores:

  1. La naturaleza de la innovación: cada tipo de activo tiene sus formas concretas de protección. Por ejemplo, un diseño (o creación de forma) o un logotipo no se pueden patentar (el diseño se protege mediante diseño industrial y el logotipo mediante marca). Y un software, en principio, se protege mediante derechos de autor (aunque sí se puede patentar su efecto técnico).

  2. El nivel de exposición: cuando la invención puede analizarse y copiarse fácilmente, las patentes suelen ser la mejor opción, ya que aseguran que los inventores puedan tener control sobre su uso comercial.

¿Qué ocurre en las empresas?

Una estrategia basada en patentes es útil en industrias donde la imitación ocurre rápidamente y la exclusividad legal es crucial. Una estrategia de secretos comerciales (cualquier información confidencial sobre productos, procesos o estrategias que otorgan a una empresa una ventaja competitiva) es más apropiada cuando se puede mantener la confidencialidad sobre las innovaciones. En la práctica, muchas empresas utilizan un enfoque híbrido, combinando ambos métodos.

Es difícil resumir el número de secretos empresariales que tienen las empresas. Por poner un ejemplo muy conocido, la fórmula de la Coca-Cola es confidencial y la empresa la protege de forma activa.

En conclusión

La protección de la propiedad intelectual es un recurso esencial para que las empresas aseguren sus activos más valiosos, recuperen inversiones y mantengan una ventaja competitiva frente a imitaciones de terceros.

Sin embargo, no existe una única estrategia válida. La elección entre patentes, derechos de autor, marcas o secretos empresariales depende de factores como la naturaleza de la innovación, el riesgo de copia o la ingeniería inversa (analizar un producto ya existente para comprender su diseño, estructura y funcionamiento), los costes y el nivel de exposición que se esté dispuesto a asumir.

Por este motivo, en la práctica, la mayoría de las empresas optan por estrategias híbridas, combinando diferentes mecanismos de protección. Este enfoque permite maximizar los beneficios de cada herramienta y adaptarse mejor a entornos competitivos y cambiantes.

Gestionar adecuadamente la propiedad intelectual y proteger la innovación, son elementos clave de la estrategia empresarial y del valor a largo plazo de las organizaciones.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Por qué es tan importante que las empresas protejan la propiedad intelectual de sus innovaciones – https://theconversation.com/por-que-es-tan-importante-que-las-empresas-protejan-la-propiedad-intelectual-de-sus-innovaciones-283724

La selección: ‘Toy Story’ y la tristeza de los juguetes sin usar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

Un muñeco de Woody, protagonista de la saga _Toy Story_. WFI Photos/Shutterstock

A veces me dan envidia los padres y madres de la generación Z (nacidos entre 1997 y 2012). La mayoría todavía ni siquiera lo son. Pero pienso que cuando lo sean, tendrán algunas ideas mucho más claras que las generaciones anteriores en cuanto al papel de la tecnología en la vida de sus hijos. No serán los conejillos de Indias a quienes determinadas innovaciones tecnológicas como el teléfono móvil inteligente y las redes sociales pillaron desprevenidos cuando sus hijos eran adolescente o preadolescentes.

Otras veces, paseando por un parque, veo a una bebé en su carrito con el móvil en las manos, mirando unos dibujos en lugar de los árboles, las nubes y la gente; o en el autobús, un niño de apenas dos años pide más y más vídeos de la tablet a sus padres… y dudo.

Mucho antes de ser yo madre, en el año 1995, se estrenó una película de animación como ninguna otra: Toy Story. Como su título indica, es una historia de juguetes. Juguetes que cobran vida y se enfrentan a desafíos existenciales, en otras palabras, a la muerte. La muerte para un juguete, claro: que ningún niño juegue con él. Con cada nueva entrega (van cuatro), el enemigo ha cambiado de forma. La amenaza de ser relegados al olvido llega en forma de un juguete más moderno, con luces y voces; un vecino malévolo que disfruta destruyéndolos o, sencillamente, el paso del tiempo: el terror de pasar a una caja en el desván cuando su dueño se va a la universidad.

La semana que viene se estrena su quinta entrega y ya sabemos dos cosas importantes sobre ella: que la canción original es de Taylor Swift y que esta vez el enemigo de los juguetes es… una pantalla. Más allá de la ironía (al final, Toy Story no deja de ser una película, es decir, algo a lo que también nos referimos cuando hablamos de niños y pantallas), tiene todo el sentido en el contexto de la historia que los juguetes estén aterrados con la llegada de una tablet. Ningún “enemigo” tiene el mismo poder de persuasión; cuando las pantallas interactivas entran en el cuarto infantil, el juego se transforma, a veces para siempre.

El cerebro humano se desarrolla en íntima interacción, a través de todos los sentidos, con el mundo que lo rodea. Por supuesto, con los demás humanos, con el resto de seres vivos y, muy especialmente, con los objetos. Su textura, su temperatura, su peso, su sonido, su sabor, su forma… toda esta información ayuda a crear conexiones neuronales, a crecer y aprender. Por eso en los primeros meses de vida podemos considerar “juguete” casi cualquier objeto de tamaño mediano y sin aristas o pinchos. Algo que manipular con seguridad, y con lo que explorar y desarrollar la mente. La pedagoga Elinor Goldschmied hablaba, con propiedad, de “cesta de los tesoros”, y es muy fácil de preparar en cualquier hogar.

¿Qué pasa cuando nos saltamos esta etapa de exploración del medio físico y el niño interactúa más y más tiempo con una tablet? Incluso aunque los contenidos sean educativos, el aprendizaje es totalmente diferente. Además, como argumenta María Lidia Platas Ferreiro, de la Universidade de Santiago de Compostela, incluso a esas tiernas edades las pantallas acaban creando dependencia: cuanto más recurrimos a ellas para evitar que el niño “se aburra” (una noción discutible en una etapa de la vida en la que casi todo es nuevo e “interesante”), más aburridos le resultarán los objetos físicos. Esto no quiere decir que haya que inundar al niño de juguetes, todo lo contrario. Es mejor que haya pocos y bien elegidos.

Y es que entretener a los niños es un ejercicio minimalista más que acumulativo: unos minutos de atención completa, una tarea doméstica compartida, nutren más que grandes planes y actividades excesivamente estructuradas. Esto no quiere decir que no sea un plan excelente ir a ver Toy Story 5. Y ojalá su mensaje “cale” entre niños y adultos. Quizá, que una pantalla interactiva sea el malo de la película tenga un impacto positivo mucho más allá del cine.

The Conversation

– ref. La selección: ‘Toy Story’ y la tristeza de los juguetes sin usar – https://theconversation.com/la-seleccion-toy-story-y-la-tristeza-de-los-juguetes-sin-usar-285168

No todas las muertes causadas por las olas de calor se deben a las altas temperaturas: el efecto de la contaminación

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio Díaz, Codirector de la Unidad de Referencia de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano. Profesor de Investigación. ISCIII, Instituto de Salud Carlos III

Vista de Barcelona en agosto. Rai Kirti/Shutterstock

Estamos a las puertas del verano en España y ya hemos experimentado los primeros coletazos de calor intenso. No sabemos qué nos depararán los meses próximos, pero el año pasado desde el punto de vista meteorológico
se registraron tres olas de calor estivales, con un total de 33 días.

Las altas temperaturas afectan negativamente a nuestra salud. En general, incrementan la mortalidad al producir un empeoramiento de patologías previas: personas con enfermedades respiratorias, cardiovasculares, renales, neurológicas y endocrinas crónicas ven agravados sus síntomas y esto hace que ingresen en un hospital o que fallezcan. Sin embargo, el impacto en la salud de las olas de calor no se debe únicamente a la temperatura. También tiene que ver con la contaminación.

Cómo se generan las olas de calor

Las situaciones meteorológicas que producen las olas de calor en la península ibérica suelen ser de dos tipos:

  • Un anticiclón que se sitúa sobre la Península que dificulta tanto los movimientos verticales del aire (convección) como los movimientos horizontales (advección). Esta ausencia de viento, junto con la fuerte insolación, hace que las temperaturas vayan aumentando día a día hasta que el anticiclón se desplace o se debilite.

  • La otra situación meteorológica que se relaciona con la ocurrencia de olas de calor es la existencia de patrones atmosféricos que impulsan hacia la Península aire muy cálido y seco procedente de África.

Altas temperaturas y contaminación

Las situaciones anticiclónicas impiden la dispersión de contaminantes, con lo que se produce un incremento en las concentraciones de los contaminantes primarios –aquellos emitidos directamente a la atmósfera–, como el dióxido de nitrógeno (NO₂). La existencia de dióxido de nitrógeno y las condiciones de estabilidad atmosférica, alta insolación y temperaturas elevadas son además propicias para la formación de un contaminante secundario como es el ozono troposférico (O₃).

En las olas de calor por entrada de aire sahariano lo que se favorece es un mayor transporte de material particulado (PM) de origen desértico a la atmósfera local. Las condiciones atmosféricas en estas situaciones también propician el incremento de concentraciones de dióxido de nitrógeno y ozono en el aire.

Por otro lado, las condiciones de sequedad extrema pueden provocar incendios que también liberan partículas tóxicas y compuestos orgánicos volátiles que pueden producir picos de ozono troposférico.

Todo esto significa que los días de ola de calor en la Península también suelen estar acompañados de altos niveles de contaminación atmosférica que afectan a la calidad del aire que respiramos.




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Efectos de las partículas en la salud: no solo el tamaño importa


Efectos en la mortalidad diaria

Tanto la contaminación atmosférica como la temperatura durante las olas de calor actúan sobre la salud de grupos de vulnerabilidad similar, agravando el mismo tipo de enfermedades de carácter respiratorio y cardiovascular fundamentalmente. Por lo tanto, durante una ola de calor habrá un exceso de mortalidad atribuible a la temperatura, pero también a las mayores concentraciones de contaminación atmosférica.

La Oficina Española de Cambio Climático en su Evaluación de Riesgos e Impactos derivados del Cambio Climático de 2025 (ERICC-2025) menciona la necesidad de integrar el efecto de la contaminación junto con el impacto de la propia temperatura en la temperatura de definición de ola de calor.

En relación con la activación de los planes de prevención en salud pública ante olas de calor en Europa, la Organización Mundial de la Salud establece que la temperatura de definición de ola de calor debe basarse en criterios epidemiológicos y no exclusivamente meteorológicos. Es decir, se debe determinar la temperatura a partir de la cual aumenta la mortalidad de forma estadísticamente significativa. Este nivel debe ser la temperatura umbral de definición de ola de calor que se debe utilizar para prevenir los efectos de las altas temperaturas sobre la salud.




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Por qué los avisos meteorológicos no reflejan toda la realidad sobre las olas de calor


Actualmente las temperaturas umbrales que utiliza el Ministerio de Sanidad en su “Plan Nacional de actuaciones preventivas de los efectos del exceso de temperaturas sobre la salud” no tiene en cuenta el posible efecto de la contaminación atribuyendo todo el exceso de mortalidad a la temperatura. Sin embargo, existen métodos estadísticos que permiten identificar separadamente qué mortalidad es atribuible a la temperatura y cuál a la contaminación.

En un estudio pendiente de publicación hemos comprobado que al aplicar este enfoque a todas las provincias españolas, las temperaturas de definición de ola de calor resultantes, una vez considerado el efecto de la contaminación, aumentan en promedio de 0,5 °C para el conjunto de España, con variaciones geográficas a nivel provincial que oscilan entre 0,1 °C y 2,9 °C.

Mapa que muestra las diferencias en ºC entre las temperaturas de definición de ola de calor teniendo en cuenta el efecto de la contaminación y sin considerarlo para las provincias españolas
Diferencias en ºC entre las temperaturas de definición de ola de calor (OC) teniendo en cuenta el efecto de la contaminación y sin considerarlo para las provincias españolas. Las zonas en blanco sin número indican que una de las dos temperaturas de definición de ola de calor no se ha podido calcular.
Los autores

Implicaciones en salud pública

Aunque 0,5 °C pueda parecer un incremento marginal, en términos epidemiológicos puede desplazar de forma relevante los umbrales de riesgo poblacional. Esto implica modificar la temperatura a partir de la cual se activan las alertas sanitarias, se movilizan recursos preventivos y se considera que la exposición al calor supone un riesgo significativo para la salud. Supondría también emitir menos alertas por calor y que estas fuesen más precisas y efectivas.

Por otro lado, hay un exceso de mortalidad durante las olas de calor que se está atribuyendo a la temperatura, pero que en realidad se debe a la contaminación. Según nuestras estimaciones, de media para toda España esta mortalidad atribuida inadecuadamente a la temperatura en olas de calor es del 18,7 %, pero sube hasta un 22,5 % en los días de ola de calor que se originan por la entrada de polvo del Sahara.

Pero quizá lo más relevante es que en la actualidad solo se estarían generando medidas preventivas para evitar ese exceso de mortalidad basadas en los efectos de la temperatura en la salud: mayor hidratación, no exponerse al sol, utilizar aire acondicionado. Pero no actuaciones dirigidas a la protección de la ciudadanía frente a la contaminación (utilización de mascarillas, no realizar ejercicio al aire libre) ni medidas por parte de las Administraciones encaminadas a disminuir esta contaminación atmosférica. Estas últimas incluirían, por ejemplo, la limitación del tráfico y de las actividades industriales y de producción de energía que supongan un incremento aún mayor de las concentraciones de los contaminantes atmosféricos, sobre todo en las zonas urbanas.


En la elaboración de este artículo ha colaborado Gerardo Sánchez Martínez, experto en Salud y Medio Ambiente de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA).


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Julio Díaz recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III.

Cristina Linares Gil recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III y FECYT (FC-24-20138)

Pedro Salvador Martínez recibe fondos de MITECO.

José Antonio López Bueno y Miguel Ángel Navas Martín no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

– ref. No todas las muertes causadas por las olas de calor se deben a las altas temperaturas: el efecto de la contaminación – https://theconversation.com/no-todas-las-muertes-causadas-por-las-olas-de-calor-se-deben-a-las-altas-temperaturas-el-efecto-de-la-contaminacion-284198

La generación que nunca desconecta tampoco duerme

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid

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Son las doce y media de la noche y un adolescente está tumbado en la cama. La luz de la habitación está apagada, pero el día todavía no ha terminado. El grupo de WhatsApp sigue activo. Llegan vídeos de TikTok, alguien comenta una foto en Instagram y otro propone una partida online. Técnicamente está solo en su habitación. Socialmente, sigue rodeado de gente.

Durante siglos acostarse significaba desaparecer unas horas del mundo. La noche imponía una desconexión natural. Los amigos dejaban de estar disponibles, las conversaciones terminaban y el descanso encontraba un espacio protegido. Hoy esa frontera ha desaparecido.

Cuando hablamos del deterioro del sueño adolescente solemos señalar a las pantallas y, especialmente, a la luz azul que emiten los dispositivos electrónicos. No es una preocupación infundada. Sabemos que la exposición nocturna a este tipo de luz puede alterar la producción de melatonina y dificultar el inicio del sueño.

Sin embargo, la luz azul es solo una parte de la historia. La estimulación cognitiva, la interacción social permanente y la dificultad para desconectar parecen desempeñar también un papel fundamental en la forma en que la tecnología está transformando el descanso de los adolescentes.

El problema no está solo en las pantallas

La gran transformación no es solo tecnológica, sino social. Por primera vez en la historia, los adolescentes pueden permanecer conectados a su grupo de iguales prácticamente las veinticuatro horas del día. La tecnología ha eliminado los límites temporales de la vida social. Antes existía una separación relativamente clara entre el día y la noche; hoy el grupo “entra en la cama”.

Lo hace con una intensidad difícil de ignorar. Un estudio reciente que monitorizó objetivamente el uso del smartphone en más de seiscientos adolescentes estadounidenses encontró que los jóvenes pasaban, de media, más de 50 minutos utilizando el teléfono entre las diez de la noche y las seis de la mañana durante los días lectivos. Más llamativo aún: el 52 % utilizaba el móvil entre medianoche y las cuatro de la madrugada, una franja horaria que debería estar dedicada casi exclusivamente al sueño.

La evidencia científica reciente sugiere precisamente que el principal problema no es el uso general del móvil, sino su utilización durante la noche. En un estudio con seguimiento diario de adolescentes estadounidenses, los días en los que los jóvenes utilizaban más de lo habitual el teléfono durante la noche, se asociaban con una peor calidad de sueño y con una hora de conciliación más tardía.

No estamos simplemente ante un problema de pantallas, sino de noches invadidas. La luz de las pantallas forma parte de esa transformación, pero también las notificaciones, los mensajes, las redes sociales y la sensación de que siempre ocurre algo de lo que no conviene perderse.

Miedo a perderse cosas

A ello se suma el miedo a quedarse fuera; la sensación de que, mientras uno duerme, los demás siguen participando en conversaciones, experiencias y acontecimientos importantes. Este fenómeno es conocido en la literatura científica como FOMO (del inglés fear of missing out, “temor a perderse algo”). Y resulta especialmente relevante en una etapa de la vida en la que pertenecer al grupo ocupa un lugar central.

Las investigaciones sugieren, además, que muchos adolescentes utilizan el móvil en la cama no solo para entretenerse, sino también para gestionar emociones, combatir el aburrimiento y mantener el contacto con los demás. Aquellos que presentan patrones de uso más emocionales o compulsivos suelen mostrar también peores indicadores de sueño y bienestar psicológico.

Las consecuencias van mucho más allá del cansancio. El sueño desempeña un papel fundamental en el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional y la salud mental. Además de afectar al rendimiento académico, dormir poco incrementa la irritabilidad, dificulta la gestión emocional y aumenta el riesgo de ansiedad y otros problemas psicológicos.

La punta del iceberg de una situación que se normaliza

Lo preocupante es que esta situación se está normalizando. Cada vez resulta más habitual encontrar adolescentes que duermen menos de lo recomendable y consideran ese agotamiento como una parte inevitable de la vida cotidiana.

Pero los adolescentes son, en realidad, la punta del iceberg. Vivimos en una cultura que ha convertido la disponibilidad permanente en una norma. Contestamos correos por la noche, revisamos mensajes al despertar y llevamos el trabajo y las redes sociales en el bolsillo a todas horas. Los jóvenes, simplemente, representan la versión más visible de un problema que afecta al conjunto de la sociedad.

Por eso, quizá ,la pregunta ya no sea solo cómo reducir el tiempo de pantalla antes de dormir. La cuestión de fondo es cómo proteger espacios reales de desconexión en un mundo diseñado para captar nuestra atención de forma permanente. Tal vez el desafío no consista únicamente en aprender a convivir con la tecnología, sino en recuperar la capacidad de desaparecer durante unas horas del mundo.

En otras palabras, descolonizar la noche y devolver al descanso un espacio propio. Porque dormir no es desconectarse de la vida, sino una condición para vivirla mejor.

The Conversation

Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La generación que nunca desconecta tampoco duerme – https://theconversation.com/la-generacion-que-nunca-desconecta-tampoco-duerme-284131