Charles Aznavour, una vida en canciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana María Iglesias Botrán, Profesora del Departamento de Filología Francesa en la Facultad de Filosofía y Letras. Doctora especialista en estudios culturales franceses y Análisis del Discurso, Universidad de Valladolid

Charles Aznavour, en el concierto por su 90 aniversario en Ereván, capital de Armenia. President of the Republic of Armenia/Wikimedia Commons

Tras ocho décadas de carrera musical, 80 películas, más de 180 millones de discos vendidos –cantados en hasta 8 idiomas– y conciertos en 110 países, el legendario cantante Charles Aznavour murió en octubre de 2018 a los 94 años, plenamente en activo. De hecho, su último concierto en España fue el 20 de abril de ese mismo año.

Su contribución a la canción francesa fue de tal importancia que Francia le dedicó un funeral de estado al que asistieron, entre otras muchas personalidades, el presidente de Francia y el primer ministro de Armenia, país natal de sus padres, y fue retrasmitido en directo por los medios de comunicación franceses. Emmanuel Macron, en un emotivo discurso, terminó diciendo “Parce qu’en France, les poètes ne meurent jamais” (“Porque en Francia, los poetas nunca mueren”).

Y así es, porque Charles Aznavour es universal y sigue de total actualidad. La prueba: tras un éxito rotundo de taquilla en Francia y cuatro nominaciones a los premios César, llega a España la película francesa que cuenta su travesía vital, Monsieur Aznavour (2024). Una ocasión perfecta para repasar sus canciones más inolvidables.

“La bohème” (1965)

Su canción quizá más icónica y que nunca dejó de interpretar en sus conciertos. Aparece en el álbum con el mismo nombre en 1966 y estuvo en el número 1 en Francia durante varias semanas. La cantó también en español, inglés, alemán y portugués.

La letra nos transporta al París bohemio de finales del siglo XIX. Además del amor por el arte, es una reflexión sobre el paso del tiempo, de un mundo artístico que ya no existe y del efímero optimismo de la juventud.

Se compuso para la opereta Monsieur Carnaval, con libreto del escritor Frédéric Dard. Aznavour la cantó antes del estreno, lo cual generó algunas tensiones entre su discográfica y la del cantante que la interpretaría en la opereta, Georges Guétary. Sin embargo, el éxito fue tan rotundo que el desencuentro se disipó. En escena, Aznavour llevaba siempre un pañuelo blanco que dejaba caer al final de la canción, metáfora de la juventud que se escapa.

Hoy, en Montmartre (París), el Belvédère de la Bohème recuerda su legado, un mirador que celebra la magia de su voz y la eternidad de sus sueños.

“Tous les visages de l’amour” (1974)

Se asocia en las últimas décadas a la banda sonora de la película Notting Hill (1999), cuyo tema central en inglés, “She”, está interpretado por Elvis Costello.

En esta versión, la original, la música es de Aznavour y la letra de Herbert Kretzmeren. Se compuso para la serie de televisión británica Seven Faces of woman (1974) y fue durante cuatro semanas el número 1 en el Reino Unido. Después, Aznavour la grabó también en alemán, italiano y francés, con el título “Tous les visages de l’amour” (“Todos los rostros del amor”).

“Hier encore” (1964)

Esta canción también retoma el tema de la nostalgia de la juventud pero con una tonalidad triste, desde la mirada que aporta la madurez, haciendo una profunda reflexión en el presente sobre las decisiones tomadas y los errores cometidos.

La letra es de Aznavour y la música de Georges Garvarentze. El texto se tradujo y se adaptó a varios idiomas: al español como “Ayer aún”, al inglés como “Yesterday When I was Young” y a otros, como el armenio o japonés.

Su melodía sigue estando de moda sesenta años después. No sólo porque el cantante Bad Bunny haya insertado un sample en su canción “Mónaco”, sino también porque su letra continua siendo atemporal y universal:

Hier encore/

J’avais vingt ans/

Mais j’ai perdu mon temps/

À faire des folies/

Qui ne me laissent au fond/

Rien de vraiment précis/

Que quelques rides au front/

Et la peur de l’ennui.

(Ayer todavía/ tenía veinte años/ pero perdí mi tiempo/ haciendo locuras/ que no me dejan, en el fondo/ nada realmente concreto/ salvo algunas arrugas en la frente/ y el miedo al aburrimiento)

“Emmenez-moi”(1967)

Un sueño convertido en canción, una invitación a escapar y dejar atrás la rutina. Charles Aznavour nos conduce hacia lugares lejanos, exóticos, llenos de luz y felicidad. Por eso fue la última canción que sonó en su funeral al salir de los Inválidos de París.

“Llévame hasta los confines de la tierra, llévame al país de las maravillas; me parece que la miseria sería menos dolorosa al sol.”

La estela brillante de la canción trascendió al cine con la película homónima (2005), donde un fan de Aznavour decide emprender un viaje para encontrarse con su ídolo, mostrando cómo la música puede inspirar, guiar e influir en la vida de quienes la escuchan.

No se pierdan esta interpretación de 1972: magistral y emocionante.

Cantante poéticamente comprometido

Aznavour se consideraba política y poéticamente incorrecto, y no faltan pruebas.

Aunque él mismo reconoció que le costó mucho escribirla, en 1974 lanzó “J’ai connu”, sobre el Holocausto. Nunca olvidó que sus padres huyeron del genocidio armenio y que él mismo asistió a los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

En 1972 publicó una canción sobre la homosexualidad, “Comme ils disent”. Fue pionero, arriesgado y adelantado a su tiempo cuando en Francia no se trataba este tema abiertamente. Sin embargo, el público la recibió con respeto, precisamente por tratarse de él.

Canciones para otros artistas

Interpretó sus temas en dúos con cantantes como Frank Sinatra, Plácido Domingo, Julio Iglesias, Céline Dion, Elton John, Laura Pausini, Johnny Hallyday, Nana Mouskori o Sting, entre otros. También con Édith Piaf, su descubridora y gran amiga, para la que compuso “Jezebel” (1951) y “C’est un gars” (1950).

Entre las canciones que escribió para otros, todas ellas de gran éxito, se encuentran “Retiens la nuit” para Johnny Hallyday, “La plus belle pour aller danser” para la joven yeyé Sylvie Vartan, o “Je hais les dimanches” para Juliette Gréco. También compuso para artistas actuales, como la cantante Amel Bent, para quien creó “Je reste seule”.

Aznavour inolvidable, hasta en los Juegos Olímpicos

Las competiciones y ceremonias de los Juegos Olímpicos de París en 2024 estuvieron repletas de referencias culturales francesas. Las canciones de Charles Aznavour también fueron protagonistas.

En la inauguración, la cantante Aya Nakamura interpretó un mix de dos de sus canciones con segmentos de “For me, Formidable”, que previamente había sido interpretada a capela por la Guardia Republicana. Asimismo, incluyó la melodía de “La bohème” para anunciar su aparición. Además, uno de los momentos más emotivos de la clausura fue cuando sonó “Emmènez-moi”, cantada a coro por las miles de personas que asistían como público.

Charles Aznavour es la prueba de que, efectivamente, los poetas no mueren nunca.

The Conversation

Ana María Iglesias Botrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Charles Aznavour, una vida en canciones – https://theconversation.com/charles-aznavour-una-vida-en-canciones-266731

¿Queda mucho por saber sobre la vida en los océanos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oihane Díaz de Cerio Arruabarrena, Profesora de Biología Celular, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Un buceador explora los corales del mar de Célebes, en la parte occidental del océano Pacífico. Bahaman Hashim/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


“¿Dónde están las llaves? ¡En el fondo del mar!”, dice la canción infantil. La llave al conocimiento se encuentra en el fondo de los océanos. Aunque la vida se formó bajo el agua, realmente no sabemos apenas nada sobre lo que habita allí y aún menos sobre cómo viven esos habitantes.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el término “vida” tiene 18 acepciones. La cuarta es la más estudiada en la investigación del océano: “Existencia de seres vivos en un lugar”. En otras palabras, la biodiversidad. Pero la vida tiene más dimensiones: relacionarse, producir energía para no morir, adaptarse al lugar y mantenerse vivo un tiempo, entre otras. Esto es, la ecología marina.

¿Conocemos qué vida hay en los océanos?

La respuesta es no. La ciencia estima que hemos visualizado el 0,001 % de los seres vivos gracias más de 44 000 inmersiones de diferentes expediciones. ¿Por qué un porcentaje tan pequeño? Porque en una vasta extensión el océano tiene 200 metros o más de profundidad. La presión a esas profundidades es tan alta que hacen falta tecnologías muy avanzadas que la soporten. A medida que se desarrollan, se descubren nuevas especies.

Por ejemplo, en septiembre de 2025 ha culminado la expedición Uruguaya (Uruguay sub200). Gracias al robot ROV SuBastian, los investigadores han explorado profundidades superiores a los 1 200 metros y han descubierto más de 30 especies potencialmente nuevas que ahora toca verificar. Pero su mayor hallazgo ha sido un arrecife de coral que vive en aguas más profundas de lo que está científicamente descrito. El siguiente paso es averiguar cómo se mantiene vivo en ese ambiente.

A vista de lupa o microscopio

No hace falta irse a las lejanas profundidades del océano para realizar nuevos descubrimientos. Si descendemos en la escala de observación, abrimos la puerta a otro universo de biodiversidad. Las lupas y microscopios siguen siendo hoy en día herramientas útiles.

Por ejemplo, en 2020, en la costa de Mutriku (Gipuzkoa), un grupo de científicos localizó entre la arena una nueva especie de acelo, un pequeño gusano aplanado al que bautizaron como Faerlea assembli. Y en 2022, un investigador de la estación marina PiE-UPV/EHU descubrió en pequeños crustáceos un parásito al que llamó Txikispora philomayo. Este nuevo género puede incluso ayudar a entender evolutivamente cómo se formaron los organismos multicelulares.

Bajemos aún mas en escala de tamaño. Las bacterias y arqueas que viven en aguas oceánicas constituyen el microbioma marino. Compone casi dos tercios de la biomasa oceánica, pero es el gran desconocido. Para estudiar su diversidad usamos una técnica molecular llamada metagenómica. Consiste en secuenciar el ADN extraído del agua de diferentes puntos y profundidades del océano. Con los resultados se identifican grupos y comunidades de microorganismos gracias a las habilidades de la bioinformática y la inteligencia artificial.




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Aquí surge un problema: no podemos identificar lo que ignoramos. Las identificaciones se basan en el conocimiento del ADN de microorganismos que hemos sido capaces de cultivar en el laboratorio, pero de muchos otros lugares extremos del océano no han sido cultivados aún. Por eso, numerosas secuencias de ADN quedan huérfanas de identificación. Es la llamada “materia oscura”.

Recapitulemos:

  • Desconocemos los organismos grandes (macroorganismos) que habitan zonas abisales. Faltan medios.

  • A escalas más pequeñas, ni siquiera conocemos los que pisamos al caminar por la arena de la playa.

  • Desconocemos los parásitos que cohabitan con especies ya conocidas.

  • Y si vamos a organismos más pequeños, en el caso del microbioma… ¡andamos entre materia oscura!

Un océano de desconocimiento

Y de lo que hemos identificado, ¿sabemos cómo se mantiene la vida en el océano?

Piensa en el cuerpo humano. Conocemos nuestra anatomía y los tejidos, que llevamos siglos investigando. Pero aún ignoramos muchos detalles: cómo funciona nuestra consciencia, cómo guardamos información o recuerdos en el cerebro, cómo reacciona nuestro cuerpo a nuevas enfermedades, cómo respondemos a la contaminación, cómo nos adaptamos en ambientes extremos, etc. No sabemos al 100 % cómo funcionan nuestras unidades de vida, las células.

Si lo extrapolamos a cada especie que habita en el océano, nos queda muchísimo por averiguar. Si no conocemos todo lo que vive en las aguas marinas, no podemos saber cómo interactúan con el medio; cómo se relacionan con otras especies; cuánto tiempo viven y pueden vivir en situaciones de contaminación; qué tipo de células tienen; cómo funcionan y se comunican esas células… Podríamos seguir así hasta el infinito y más allá.

En definitiva, el océano guarda la llave a muchos hallazgos a diferentes niveles, de ecosistemas y de biodiversidad, por no hablar de la vida a nivel celular y molecular. Si recopiláramos el código genético de todos los organismos marinos descubiertos y aún por descubrir, escribiríamos nuevas enciclopedias de la vida con volúmenes e idiomas nuevos para cada especie. Las baldas del conocimiento sobre los habitantes de los océanos aún están casi vacías.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Algunos de los ejemplos que he usado han sido descritos por compañeros de investigación del centro en el que trabajo o por investigadores invitados al centro.

ref. ¿Queda mucho por saber sobre la vida en los océanos? – https://theconversation.com/queda-mucho-por-saber-sobre-la-vida-en-los-oceanos-266177

Sí que existen los vampiros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Ejemplar de vampiro común (_Desmodus rotundus_), una especie de murciélago que se alimenta de sangre. Mendesbio/Shutterstock

Pocos mitos hay tan redondos como el del Conde Drácula. Es una creación literaria perfecta, tanto que ha trascendido la intención de Bram Stoker para hacerse eterno en la vida real. Porque aunque Drácula se ha ido metamorfoseando con los tiempos, adaptándose a estéticas y modas variadas, siempre ha mantenido su misterioso y ambiguo atractivo.

Empezó en el contexto más puro del romanticismo, inspirándose en ese tenebroso príncipe de Valaquia que pasó a la historia como Vlad III, el Empalador. Más tarde, y tras saltar de las páginas de los libros para hacerse pieza clave del terror clásico, terminó haciendo extrañas incursiones en escenografías tan insospechadas como la erótica o la cómica. Actualmente (y por desgracia), ha perdido una gran parte de su original glamour para pasar a ser uno más de los “cutredisfraces” del Halloween de bazar barato que nos invade.

Esperando que vuelva algún día a recuperar su dignidad aristocrática, me centro en lo que lo hace un personaje único: su hematofagia.

¿Qué significado biológico tiene ser hematófago?

Alimentarse es caro, biológicamente hablando. Hay que buscar el alimento, ingerirlo y trocearlo en la boca, digerirlo con los enzimas digestivos y absorber los principios inmediatos con el intestino. Estos pasan a la sangre, que los distribuye a todas y cada una de las células de nuestro cuerpo.

Lo mismo ocurre con la respiración. El oxígeno entra por la vías respiratorias y, al llegar a los capilarizados alveolos pulmonares, difunde hacia la sangre. La hemoglobina lo capta y, en el interior de los glóbulos rojos, lo reparte por todo el cuerpo.

Nutrientes y oxígeno. Los dos requisitos para mantener el metabolismo celular y, con ello, la vida. La sangre es vida y mantenerla es caro.

Pensemos una alternativa: alimentarnos a costa de la sangre de otro. Nos ahorraríamos gran parte del trabajo. La hematofagia, desde una óptica energética, es muy rentable biológicamente. Como la naturaleza no entiende de justicia ni de moral, ha seleccionado esta manera tan “poco ética” de vivir en grupos animales muy diferentes.

Vampiros de toda índole

La hematofagia constituye un caso típico de convergencia evolutiva, esto es, llegar a Roma (la suculenta sangre del vertebrado) por diferentes caminos (líneas evolutivas muy distintas y distantes).

Quizás el caso más conocido de todos sea el de los mosquitos. Su eficacia alimenticia depende de su sorprendente aparato bucal, una versión biológica de una auténtica aguja hipodérmica conectada a una bomba de aspiración. Detectan el vaso sanguíneo quimiotáctica y térmicamente, pinchan con precisión mejor que la cualquier enfermero y… ¡a tragar!

Las chinches (hemípteras y homópteras) y las pulgas (sifonápteros) presentan un pico chupador análogo, pero con diferentes piezas bucales. Aunque quizás, y siguiendo con los insectos, la lucha más desesperante es la que mantenemos contra los piojos. No solo se limitan a alimentarse a nuestra costa, sino que se se quedan a vivir y a reproducirse en nuestras cabezas.

Una pulga succionando sangre en una piel humana.
Tomasz Klejdysz/Shutterstock

Las sofisticadas sanguijuelas

No obstante, el invertebrado más sofisticado en este aspecto son las sanguijuelas. Aseguran que no se le escape su presa pegándose a ella mediante potentes ventosas. En el centro de una de ellas se abre la boca, de potentes mandíbulas que cortan la piel y producen una herida que sangra a borbotones.

La razón estriba en su compleja y plural saliva, que contiene un anestésico insensibilizador de la zona sangrante que hace que la víctima ni se percate de lo que le está ocurriendo. También incluye en su composición un vasodilatador que procura el sangrado a borbotones. Termina esta sofisticada formulación química con hirudina, un potente inhibidor de la coagulación. Por todo ello, y en los tiempos en los que se creía que muchas enfermedades las causaba la “mala sangre”, las sanguijuelas se utilizaban en escenas de sangrías a enfermos más propias de una película de terror que de una técnica científica.

Ejemplar de sanguijuela.
Juta/Shutterestock

Actualmente ya no se utilizan estas drásticas terapias, aunque sí que se aprovechan las propiedades de la hirudina en el ensayo de nuevos fármacos para el tratamiento de pacientes con síndrome coronario agudo, trombosis venosa profunda o la embolia pulmonar donde los riesgos de trombosis son muy elevados.

Aunque la adaptación evolutiva de la hematofagia de quienes nos chupan la sangre “desde fuera” no está mal, es mejor hacerlo desde dentro. Nematodos (como Ancylostoma duodenale y _Necator americanus)_ o trematodos (como Schistosoma mansoni, S. haematobium o S. japonicum) son unos espantosos gusanos que pueden parasitarnos desde el interior de nuestros intestinos o nuestros vasos sanguíneos. No los rechazamos porque su adaptación parasitaria es tal que son capaces de producir moléculas inmunosupresoras para poder alimentarse de nuestra sangre sin ser eliminados por el sistema inmune. Horrible para nosotros, fascinante para la biología.

Vampiros de leyenda

Pero de todos los “chupasangre”, los más noveleros son los que encarnan la universal leyenda de los vampiros. Quizás sea debido a que estos quirópteros (mamíferos alados), tres especies de murciélago pertenecientes a la subfamilia Desmodontinae, funcionan de una manera bastante bruta y cruenta. Con sus afilados incisivos (no caninos, como los de su alter ego el Conde Drácula) cortan la piel y la musculatura subyacente de su víctima para que la herida produzca sangre.

Para que el delicioso “maná” no deje de brotar, también utilizan su anticoagulante saliva, pero la aplican de una manera mucho más espeluznante. Con el fin de evitar la formación del tapón plaquetario (que los dejaría sin postre), los vampiros, cada ratito, dejan de succionar y lamen la herida. Desde nuestro antropomórfico punto de vista, este hecho nos produce, cuanto menos, escalofríos.

La fuerza potencial del gesto lo supo ver muy bien Francis Ford Coppola. En su película Drácula (1992), un espléndidamente caracterizado Gary Oldman lame el borde de la sangrienta navaja en una escena de terror con una estética difícil de olvidar.

Más que chupasangres

Está clara la acción desvitalizante que nos producen todos estos organismos, pero es que hay mucho más. Mosquitos, pulgas o chinches pican a unos y saltan a otros, lo que trasforman a sus “agujas biológicas” en vehículos de transmisión de enfermedades bacterianas, víricas y protozoáricas. La malaria, por poner un ejemplo de una de las primeras causas de muerte de la humanidad, es causada por un protozoo transmitido a través de picaduras de mosquitos del género Anopheles.

Y después están los vampiros de dos patas, esos que te chupan la ilusión, la confianza y la filantropía. Pero esos se escapan del campo de la biología.

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A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Un microbio dio origen a la tradición de tallar calabazas en Halloween

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología., Universidad de Salamanca

Bogdan Sonjachnyj/Shutterstock

El elemento visual más icónico de la festividad de Halloween es, sin duda, la Jack O’Lantern, una calabaza vaciada y tallada con apariencia de rostro, a menudo de aspecto grotesco o sonriente, que sirve de linterna. En el interior hueco de la calabaza se coloca una fuente de luz, tradicionalmente una vela, cuyo parpadeo proyecta sombras fantasmales y da vida a la mueca tallada, creando una atmósfera inconfundible de misterio y celebración.

La especie de calabaza más utilizada para Halloween –contracción de la expresión inglesa All Hallows’ Eve, que significa “víspera de Todos los Santos”– es la Cucurbita pepo; por ejemplo, las variedades Connecticut field o Jack O’Lantern. Debido a su color, forma redondeada y corteza resistente, resulta ideal para tallar. Pero ojo, porque no siempre se utilizó una calabaza: al principio se tallaban otras hortalizas. Concretamente, nabos.

Jack, el Tacaño

La leyenda más famosa asociada con el origen de la tradición de las hortalizas talladas de Halloween nos lleva a la Irlanda del siglo XVIII y está vinculada a una figura del folclore irlandés conocida como Jack el Tacaño, aunque también recibe los nombres de Jack el Herrero, Jack el Borracho o Jack el Excéntrico.

Jack engañó al diablo dos veces. Primero le convenció para que se transformara en una moneda con la que pagar una última bebida antes de llevárselo al infierno, y después lo dejó atrapado en la copa de un árbol. Para conseguir la libertad, el diablo tuvo que prometer a Jack que jamás volvería a reclamar su alma.

Sin embargo, cuando Jack murió, no pudo entrar en el cielo debido a su vida pecaminosa. El diablo cumplió el trato y nuestro hombre quedó condenado a vagar por la Tierra en la oscuridad eterna, sin poder descansar ni en el cielo ni en el infierno. El maligno, a modo de burla, le arrojó una brasa encendida del averno para que iluminara su camino. Jack puso la brasa dentro de un nabo hueco, que usó a modo de linterna. Y así quedó convertido en Jack O’Lantern (Jack, el de la linterna).

Samhain, la festividad gaélica

La celebración de Halloween tiene raíces arcaicas vinculadas, en gran parte, al festival celta conocido como Samhain, que marcaba el final de la temporada de cosechas y el comienzo del año nuevo celta. En el siglo XVIII, mucha gente de Irlanda celebraba el Samhain, la festividad gaélica, con sus rituales de ir de casa en casa en busca de comida y bebida. De ahí la tradición del “truco o trato”.

Como en la Irlanda preindustrial reinaba la oscuridad, muchos tallaban nabos, patatas y otras hortalizas de raíz y les añadían carbón o velas para crear faroles improvisados que sirvieran de guía a los asistentes. En ocasiones, incluso tallaban rostros en ellas.

Además, existía la creencia antigua que, en la noche de Halloween, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se debilitaba, permitiendo a los espíritus buenos y malos regresar. Por esta razón, esa noche las linternas vegetales eran colocadas en las ventanas o entradas de las casas para ahuyentar a esos espíritus, incluido el de Jack O’Lantern. Con el tiempo, los lugareños comenzaron a tallar caras terroríficas en los nabos para ahuyentar a los espíritus malignos.

Un microorganismo cambió los nabos y las patatas por calabazas

La Gran Hambruna irlandesa, también conocida como “hambruna de la patata”, fue un periodo devastador de inanición, enfermedad y migraciones masivas que afectó a Irlanda entre 1845 y 1849, aunque las consecuencias se extendieron hasta 1852.

Aunque se desconocen las cifras exactas, los registros apuntan que al menos se produjeron 1 100 000 de muertes y una emigración masiva de otro millón de personas, lo que supuso un descenso poblacional de casi el 30 %. En realidad, el funesto desenlace del acontecimiento fue multifactorial: confluyeron motivos políticos, religiosos, económicos y, sobre todo, microbiológicos. En concreto, una plaga provocada por el oomiceto Phytophthora infestans, conocido como tizón tardío, destruyó la cosecha de patatas, el alimento básico para gran parte de la población irlandesa pobre. El patógeno es muy agresivo, y los vegetales y cultivos más importantes a los que afecta son la patata y el tomate.

Para desgracia de los irlandeses, el oomiceto se estableció en el suelo. Los siguientes años fueron demoledores, ya que el patógeno persistía y las patatas desaparecían o malograban. Por entonces, no existían sustancias químicas ni métodos genéticos para combatir a Phytophthora. La hambruna y las enfermedades asociadas se cebaron con los más pobres. La desnutrición facilitó la incidencia de infecciones severas como la fiebre tifoidea, la tuberculosis, la difteria o el cólera. Cientos de miles de personas no pudieron superar la debacle y perecieron.

Los irlandeses llevaron Halloween a Estados Unidos

Los más afortunados consiguieron emigrar en busca de nuevas oportunidades, aunque muchos lo hicieron en condiciones deplorables y sucumbieron durante la travesía. La colonia de emigrantes irlandeses más numerosa se estableció en Estados Unidos, un país de mayoría protestante. Sin embargo, más del 90 % de los migrantes irlandeses eran católicos, lo que supuso un impacto notable en la sociedad estadounidense.

De hecho, con los emigrantes irlandeses muchas tradiciones cruzaron el Atlántico. Cuando llegó el momento de celebrar Halloween, hubo un problema de gran magnitud: en América los nabos no eran fáciles de encontrar. Por suerte, los irlandeses inmigrantes encontraron una hortaliza nativa, mucho más grande, llamativa, abundante en otoño y fácil de vaciar y tallar: la calabaza. De inmediato, ésta sustituyó a los nabos y a cualquier otra hortaliza candidata.

Las calabazas talladas con rostros espeluznantes no tardaron en volverse esenciales en las celebraciones de Halloween. Aunque inicialmente servían para ahuyentar el espíritu de Jack y otras almas errantes, con el tiempo, la Jack O’Lantern evolucionó a un simple símbolo festivo. Hoy adorna las casas, mezclando terror y diversión durante todo el mes de octubre.

Calabazas divertidas, pero también peligrosas

Pero ojo, porque las calabazas pueden esconder un peligro. Un estudio publicado en el año 2006, analizó la rápida descomposición fúngica de las calabazas de Halloween (Cucurbita pepo) en Irlanda del Norte durante octubre de 2005. Encontraron que, tras ser talladas y exhibidas, desarrollaban un notorio deterioro microbiano. La investigación reveló la presencia de al menos cinco géneros de hongos (Penicillium, Gibberella, Mucor, Nectria y Fusarium), tres de ellos conocidos por causar infecciones en personas inmunocomprometidas, un riesgo que no había sido documentado previamente.

Por lo tanto, aunque estas hortalizas pueden seguir siendo parte de las festividades, en entornos sanitarios con pacientes vulnerables se recomienda la inspección periódica de las calabazas talladas para procurar minimizar la dispersión de esporas y realizar su descarte inmediato si se observa contaminación fúngica.

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Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un microbio dio origen a la tradición de tallar calabazas en Halloween – https://theconversation.com/un-microbio-dio-origen-a-la-tradicion-de-tallar-calabazas-en-halloween-268602

¿Qué hacer cuando mi hijo no quiere salir porque está enganchado a los videojuegos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dominica Díez Marcet, Doctora en Psicología. Psicóloga Clínica responsable de la Unidad de Adicciones Comportamentales de la Fundació Althaia, Xarxa Assistencial Universitària de Manresa. Profesora asociada de la UVic-UCC., Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

La adicción a los videojuegos está reconocida en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V). Kelly Sikkema / Unsplash., CC BY

Hoy en día, jugar a videojuegos se ha convertido en una práctica habitual dentro de las actividades de ocio de muchos niños y adolescentes. Es frecuente que los padres duden sobre la conveniencia de permitirles jugar a demanda, así como el tiempo aconsejado y en qué momentos. ¿Dejarlos jugar durante la semana o únicamente el fin de semana? ¿Después de los deberes o antes, para que no los haga deprisa y corriendo?

También refieren lo complicado que es lidiar con los argumentos de los menores: “si todos mis amigos juegan a este juego, ¿por qué a mí no me dejáis?”. A menudo, el miedo de los padres a que su hijo quede excluido del grupo hace que se sean más permisivos de lo que en realidad desearían respecto a los horarios y el tipo de juego.

De este modo, empiezan a consentir que los videojuegos se vayan convirtiendo en un hábito, a pesar de que tengan el convencimiento o duden sobre si no sería mejor que jugaran a otras cosas, leyeran o salieran más de casa.

Así, progresivamente, si no se marcan límites, se va generando una adicción. Es posible empezamos a observar un cambio en el carácter: “está más irritable”, “va más a la suya que antes”,“ parece que no le importa nada”, “cada vez que sale menos con amigos”.

Los videojuegos con más potencial adictivo son los juegos de rol online. Son juegos multijugador en los que se realizan tareas en equipos, también llamados guild. Están diseñados utilizando técnicas psicológicas para que el jugador pase el máximo tiempo conectado. Por ejemplo, el refuerzo intermitente propio de las cajas botín es el mismo mecanismo que el utilizado en las máquinas tragaperras.

El papel de los padres

Es importante, cuando vemos que nuestro hijo empieza a estar más tiempo jugando, intentar respondernos a estas tres cuestiones:

  • ¿Ha perdido interés por actividades que antes hacía (académicas, extraescolares, salir con amigos, colaborar en casa…)?

  • ¿Sabemos si le ha pasado alguna cosa en la vida “real” de la cual necesite evadirse? En este caso tendremos que actuar sobre la causa y, si es necesario, buscar ayuda especializada.

  • ¿Se irrita con más frecuencia y pasa más de las cosas?

Después de reflexionar sobre estas preguntas, nos centraremos en dos conceptos esenciales que guían cómo nos posicionamos respecto a nuestros hijos: vínculo afectivo y autoridad (que no es lo mismo que el autoritarismo).

Lazos de confianza y autoridad

El vínculo afectivo hace referencia a los lazos de amor que se establecen entre padres e hijos y que son la base para generar confianza y bienestar. Hablamos de autoridad respecto a la responsabilidad de los padres para tomar todas las decisiones necesarias para el bienestar de sus hijos e hijas. De hecho, la patria potestad otorga a los padres ese derecho. Ello implica establecer reglas, expectativas y límites y, al mismo tiempo, guiar y enseñar a los niños sobre comportamientos y valores aceptables, así como protegerlos de lo que no les conviene.

Por otra parte, “la autoridad se tiene, no se gana”, en palabras de un amigo mío profesor de adolescentes. Es algo intrínseco al papel de ser padres, para quienes es un derecho y un deber aplicarla.

¿Qué podemos hacer para ayudarlo a recuperar su bienestar?

El primer consejo es mantener una conversación tranquila, incluyendo a otros familiares significativos para él o ella. Debemos evitar juicios y podemos interesarnos por el juego y compartir qué hemos observado (pérdida de intereses, cambio carácter, menos comunicación etc.).

Podemos proponer, con cariño y decisión, establecer unas normas y horarios de juego que preserven los espacios familiares (hora desconexión noche, comidas juntos, tareas casa, etc.).

También es útil facilitar alternativas al juego individuales y familiares, pueden incluir actividades con pantallas juntos.

Sabemos que a los hijos les importa la opinión que los padres y madres tienen sobre ellos, pero ¿qué pasa si no quiere escucharnos y sigue manteniendo la conducta de juego?

Cuando no escuchan

Cuando no escucha, será nuestra responsabilidad ayudar al menor activamente a desengancharse. Es importante recordar el principio de autoridad, para evitar que el uso de videojuegos se convierta en una conducta adictiva con serias implicaciones para su salud, tanto cognitiva como emocional, física y social.

Unos padres que acudían a nuestra consulta habían intentado todo tipo de estrategias para desenganchar a su hijo de 15 años de los videojuegos. Hasta que un día, sacaron el ordenador de la habitación con buen humor y determinación y le dijeron: “el ordenador se ha ido de vacaciones”. Comentaron que fue el mejor verano de los últimos años. El chico estuvo de mal humor tres días, pero rápidamente observaron un cambio de carácter. Fue recuperando la empatía que aparentemente había perdido y retomando los intereses que había aparcado los últimos meses. Explicaron en consulta: “ya vuelve a ser él”, un comentario frecuente de padres que han pasado por procesos similares.

No obstante, debemos tener en cuenta que no siempre es posible, sobre todo, cuando observamos una escalada a nivel de agresividad o cuando se ha intentado varias veces sin conseguir un cambio. Asimismo debemos tener en cuenta que diversos trastornos de salud mental como el TDAH o TEA pueden predisponer a generar una adicción a videojuegos.

Será necesario, en estos casos, buscar ayuda psicológica especializada para recibir la orientación necesaria y poder aplicar las estrategias adecuadas para ayudarlo, cuanto antes mejor.

The Conversation

Dominica Díez Marcet no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué hacer cuando mi hijo no quiere salir porque está enganchado a los videojuegos? – https://theconversation.com/que-hacer-cuando-mi-hijo-no-quiere-salir-porque-esta-enganchado-a-los-videojuegos-247375

‘Tú y la bomba atómica’: George Orwell predijo en 1945 la Guerra Fría y la proliferación nuclear

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibrahim Al-Marashi, Adjunct Professor, IE School of Humanities, IE University; California State University San Marcos

Bombardero estadounidense Boeing B-29 Superfortress, igual que los que lanzaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, dirigiéndose a bombardear Osaka en 1945. United States Army Air Force

En agosto de 2025 se cumplieron 80 años de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Apenas un mes después de los ataques, el 19 de octubre de 1945, George Orwell publicó un ensayo en el London Tribune titulado Tú y la bomba atómica. En él, planteaba la hipótesis de qué pasaría si “las grandes naciones llegaran a un acuerdo tácito para no utilizar nunca la bomba atómica entre ellas”. Escribió que lo que surgiría sería una “paz que no es paz” y un “estado permanente de ‘guerra fría’”, introduciendo una metáfora perdurable que definiría la geopolítica durante décadas.

En el ensayo, Orwell también predijo la proliferación nuclear: “La bomba es increíblemente cara y su fabricación exige un enorme esfuerzo industrial, del que solo son capaces tres o cuatro países en el mundo”. De hecho, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), que también se creó hace 80 años, tienen ahora “la bomba”. La URSS fue la segunda en conseguirla, en 1949.

George Orwell.
Branch of the National Union of Journalists

Desde entonces, su amenaza ha configurado y justificado los conflictos mundiales. Tanto Irak como Irán han sido acusados de buscar la bomba, pero en lugar de la no proliferación diplomática, Estados Unidos e Israel han utilizado la fuerza armada para impedir que estas naciones obtengan armas nucleares.

Una de las razones por las que la ONU aprobó la Guerra del Golfo de 1991 fue la existencia de información de inteligencia que indicaba que Irak tenía un programa de armas nucleares. En 2003, Estados Unidos y Reino Unido intentaron que la organización aprobara una guerra similar para desmantelar las supuestas armas nucleares de Irak, basándose en información errónea que había sido plagiada de mi propia tesis de la Universidad de Oxford.

En junio de 2025, Israel atacó Irán por supuestamente buscar un arma nuclear, también basándose en informes de “inteligencia”. El mundo contuvo la respiración durante los 12 días que duró la guerra, que fácilmente podría haber degenerado en un conflicto nuclear.

Hoy en día, la inteligencia artificial (IA) puede permitir a una nación o a un grupo terrorista construir una bomba atómica de formas que los contemporáneos de Orwell, como Einstein y Oppenheimer, nunca hubieran podido imaginar.

Las novelas y la Guerra Fría

En 1949, solo cuatro años después de Tú y la bomba atómica, Orwell publicó 1984. Se trata de una novela distópica que presagia la Guerra Fría que él había predicho en 1945, con tres bloques geopolíticos ficticios –Oceanía (América del Norte y Gran Bretaña), Eurasia (URSS y Europa) y Eastasia (China y sus vecinos)– que forman una serie de alianzas siempre cambiantes para controlar los “territorios en disputa”.

Edición en español de 1984 de George Orwell.

Penguin Libros

La novela fue profética, ya que se escribió antes de la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y del Pacto de Varsovia, y antes de que se acuñaran términos como “Primer”, “Segundo” y “Tercer Mundo”.

Sin embargo, fue su contemporáneo, el oficial británico de Inteligencia Naval durante la Segunda Guerra Mundial Ian Fleming, quien consiguió adivinar en sus novelas una faceta diferente de la dinámica del poder en el siglo XXI. En su exitosa serie de James Bond (y sus aún más populares adaptaciones cinematográficas), la mayor amenaza para la seguridad mundial no son los gobiernos nacionales como la URSS, sino actores individuales superpoderosos, como el genio criminal Ernst Stavro Blofeld y el científico Dr. No.

En las últimas décadas, esta visión de un poder concentrado en una persona como corazón de la amenaza geopolítica se ha materializado una y otra vez. En 2001, Osama bin Laden desencadenó la guerra contra el terrorismo, que duró 20 años. El magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch ejerce un poder desmesurado sobre la política internacional, influyendo en elecciones y votaciones importantes, como el Brexit de 2016. Y fue Elon Musk, no la NASA, quien creó un programa espacial y proporcionó conexión a internet a Ucrania tras la invasión rusa de 2022, lo que otorgó a SpaceX un poder sin precedentes desde los tiempos de la Compañía Británica de las Indias Orientales.

IA atómica y bombas sucias

El camino para obtener un arma nuclear no ha cambiado mucho desde Hiroshima, aunque la IA podría ayudar a los Estados que buscan bombas atómicas. Los avances en inteligencia artificial también pueden facilitar a los grupos terroristas la producción y detonación de explosivos convencionales combinados con material radiactivo, también conocidos como “bombas sucias”, lo que causaría enormes trastornos psicológicos y económicos.

Los escritos de Orwell ponen de manifiesto la hipocresía de este término, ya que nos obliga a preguntarnos si eso significa que las armas nucleares normales son, por defecto, “bombas limpias”. Sin embargo, a pesar del temor a un ataque terrorista improvisado con una bomba sucia, las más sucias son las que están recubiertas de uranio empobrecido (DU), ampliamente utilizadas por las fuerzas militares occidentales.

El DU se produjo inicialmente hace 80 años como un subproducto “residual” del enriquecimiento de uranio durante el Proyecto Manhattan. Sus científicos descubrieron que podía utilizarse para crear armas perforantes.

Estados Unidos y Reino Unido utilizaron estas armas durante la Guerra del Golfo de 1991 y la Guerra de Irak de 2003. Todavía contaminan el suelo, provocando cáncer, defectos congénitos y otras enfermedades. Hoy en día, Ucrania sufre las consecuencias de Chernóbil, pero además, tanto este país como Rusia, han utilizado armas perforantes desde 2022.


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Noticias falsas en 1945

Si bien la IA ha potenciado lo que normalmente consideramos orwelliano (estados de vigilancia como los descritos en 1984), Orwell también escribió sobre cómo la tecnología permitía la desinformación. En 1944, cuestionó las noticias falsas de inexistentes ataques aéreos alemanes sobre Gran Bretaña que se emitieron en la radio nazi, y destacó su valor como propaganda en caso de una posible victoria alemana.

Hoy, 80 años después, sigue ocurriendo lo mismo. En junio de 2025, durante la guerra de 12 días entre Israel e Irán, se difundieron vídeos deepfake fabricados por IA que mostraban nubes nucleares en forma de hongo detonando sobre instalaciones atómicas iraníes destruidas.

Algunos sostienen que la guerra fría entre Washington y Moscú nunca terminó, lo que da a la metáfora de Orwell un legado perdurable. No obstante, se suele atribuir al escritor y comentarista político estadounidense Walter Lippman la invención del término en 1947, lo que demuestra la afirmación de Orwell en la novela 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.

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Ibrahim Al-Marashi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Tú y la bomba atómica’: George Orwell predijo en 1945 la Guerra Fría y la proliferación nuclear – https://theconversation.com/tu-y-la-bomba-atomica-george-orwell-predijo-en-1945-la-guerra-fria-y-la-proliferacion-nuclear-268252

El nivel del mar está subiendo, pero no al mismo ritmo en todas partes: el caso de Perú

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan J. Muñoz, Profesor de Ingeniería Costera, Universidad de Cádiz

Costa de Paracas, Perú. Wikimedia Commons., CC BY

La subida del nivel del mar es uno de los efectos más visibles del cambio climático. Pero, aunque solemos pensar en un fenómeno global, cada región del planeta vive su propia historia.

En la costa peruana, esa historia empieza a contarse en 1942, cuando se instalaron los primeros mareógrafos –instrumento que registra y mide las oscilaciones del nivel del mar (mareas) de forma automática– en Talara, Callao y Matarani. Desde entonces, esas estaciones han registrado casi ocho décadas de variaciones del nivel del mar. Hoy, gracias a ese archivo único, podemos afirmar con claridad que el mar está subiendo en Perú, y que lo hace de manera desigual según la región y el periodo analizado.

Los diferentes niveles de referencia vertical en cada una de las estaciones. Alturas de cada uno de los niveles utilizados están referidas al punto de referencia mareográfico del Callao.
Bismarck J. A. et al.

Una tendencia clara, con altibajos marcados

Un equipo de investigadores de la Universidad de Cádiz comprobamos en un estudio reciente que, entre 1942 y 2019, el nivel del mar ha subido en los tres puntos estudiados. Sin embargo, la magnitud del aumento depende del intervalo que se mire. En algunos periodos, la subida fue moderada (menos de 1 mm por año), mientras que en otros llegó a ser muy acelerada, con valores de más de 10 mm anuales, especialmente en los años más recientes.

Esto significa que no basta con hablar de un único valor promedio. La subida del mar en el Perú es un proceso altamente variable, que responde tanto a tendencias globales como a fenómenos regionales y locales.

El impacto de El Niño

Una de las razones de esa variabilidad es bien conocida por los peruanos: el fenómeno de El Niño. Durante los eventos extraordinarios de 1982-83 y 1997-98, el mar en Talara, Callao y Matarani llegó a elevarse hasta 40 centímetros por encima de su promedio normal.

Consecuencias de las inundaciones traídas por El Niño en 1983 en Perú.
IDESEP.

Estos picos temporales muestran cómo la interacción entre el clima y el océano puede intensificar los riesgos de inundaciones costeras y erosión.

De hecho, el análisis estadístico confirma una fuerte correlación entre la temperatura y el nivel del mar en la costa peruana: cuando sube la temperatura superficial, también lo hace el mar. Y cuando las aguas se enfrían (como en los episodios de La Niña), el nivel tiende a descender.

Perú frente a los reportes del IPCC

Si comparamos los resultados con los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), encontramos coincidencias y también diferencias. Hasta comienzos de los años 2000, las tasas de aumento en Perú eran algo menores que el promedio global. Sin embargo, en la última década analizada (2006-2015) ocurrió lo contrario: los registros de Talara, Callao y Matarani muestran un aumento mucho más rápido que la media mundial reportada por el IPCC.

Esto nos recuerda que las cifras globales sirven como referencia, pero las decisiones de gestión costera deben basarse en estudios locales. El mar no sube al mismo ritmo en todas partes.

Resumen gráfico del trabajo realizado, donde se muestra el mapa de la costa peruana y la ubicaión de las tres estaciones utilizadas (Talara, Callao, Matarani). La gráfica de barras muestra la comparativa en las tres estaciones, de las variaciones del aumento del nivel del mar (SLR) de los datos obtenidos
C. Estrada, B. Jigena-Antelo, J. J. Muñoz-Pérez.

¿Por qué importa?

La costa peruana concentra gran parte de la población y de la infraestructura crítica del país. La subida del nivel del mar amenaza puertos, viviendas, playas, humedales y acuíferos. También puede agravar los impactos de tsunamis y tormentas.

Para planificar defensas costeras, gestionar el agua o proteger los ecosistemas, es vital contar con información detallada y específica, como la que aportan estas series de mareógrafos.

Mirando al futuro

Nuestro estudio no solo confirma la tendencia ascendente, sino que también muestra que los cambios pueden ser bruscos en lapsos cortos, asociados a ciclos climáticos como El Niño o la Oscilación Decadal del Pacífico. Esto significa que los próximos años podrían traer tanto aceleraciones como pausas temporales en la subida del mar, pero la tendencia de fondo es clara: el océano está ganando terreno.

La conclusión es ineludible: Perú necesita políticas costeras basadas en datos locales, que consideren la variabilidad natural y el impacto del cambio climático global. Solo así se podrán anticipar riesgos y reducir la vulnerabilidad de millones de personas que viven frente al Pacífico.

The Conversation

Bismarck Jigena Antelo recibió fondos de Universidad de Cádiz, para realizar una estancia en la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina del Perú (DHNM).
Los datos de niveles del mar de los mareografos de Talara, Callao y Matarani, que se utilizaron en el artículo de investigación fueron cedidos por la DHNM.
¿Es posible incluir a un tercer autor, la Ing. Carol Estrada Ludeña, funcionaria de la DHNM.

Juan J. Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El nivel del mar está subiendo, pero no al mismo ritmo en todas partes: el caso de Perú – https://theconversation.com/el-nivel-del-mar-esta-subiendo-pero-no-al-mismo-ritmo-en-todas-partes-el-caso-de-peru-266603

Italia reconoce la obesidad como enfermedad crónica: un paso histórico en la salud pública

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

El 9 octubre de 2025, Italia dio un paso sin precedentes en Europa al aprobar una ley que reconoce legalmente la obesidad como una enfermedad crónica, progresiva y con tendencia a la recaída. Su entrada en vigor se produjo el pasado 25 de octubre.

Hasta la fecha, ningún otro país europeo ha promulgado una ley nacional que reconociera la obesidad con tal amplitud: como una patología crónica y con garantías específicas de prevención, tratamiento y seguimiento incluidas en la atención sanitaria pública.

Pasos en la misma dirección

No obstante, algunos países del entorno también han avanzado parcialmente en la misma dirección. Así, mediante el Despacho n.º 12634/2023, Portugal aprobó en diciembre de 2023 implementar un Modelo Integrado de Cuidados para la Prevención y Tratamiento de la Obesidad, dentro de su Servicio Nacional de Salud. Aunque no se trata de una ley, la define como un problema crónico de salud pública e impulsa redes especializadas de tratamiento.

En Alemania, el Bundestag la reconoció en 2020 como una enfermedad en sentido médico y social, dentro de la Estrategia Nacional contra la Diabetes y la Obesidad, aunque sin dotarla aún de un marco legal que garantice prestaciones o cobertura sanitaria específica.

Y, por último, Reino Unido tampoco cuenta con una ley como la de Italia, pero su Servicio Nacional de Salud sí incluye la obesidad entre las condiciones crónicas de manejo prioritario, con énfasis en la prevención y el tratamiento a largo plazo.

De “culpa personal” a problema estructural

En consecuencia, la legislación italiana, a la que la revista The Lancet Diabetes & Endocrinology le ha dedicado unas páginas en el número de este mes, marca un antes y un después en Europa: es la primera que convierte en norma legal al máximo nivel una visión médica y social moderna de la obesidad.

Durante décadas, la acumulación anormal de grasa en el cuerpo fue interpretada como una consecuencia de malos hábitos, falta de disciplina o elecciones alimentarias equivocadas. Sin embargo, la evidencia científica ha demostrado que su origen es complejo, resultado de la interacción entre factores genéticos, ambientales, metabólicos y sociales.

La nueva legislación italiana asume esa visión moderna, y al hacerlo, rompe con el estigma que ha acompañado a millones de personas. Reconocer la obesidad como enfermedad significa reconocer también que requiere atención médica especializada, no juicios morales.

Una pandemia silenciosa

La Organización Mundial de la Salud ha calificado la expansión de la obesidad como “globesidad”, una pandemia en constante aumento. El World Obesity Atlas 2025 estima que su prevalencia mundial habrá aumentado entre 2010 y 2030 más de un 115 %. Si no se mejoran las medidas de prevención y tratamiento, el coste económico podría alcanzar 4,32 billones de dólares anuales en 2035, casi el 3 % del PIB mundial. Esta cifra es comparable al impacto de la covid-19 en 2020, o al del cambio climático en la actualidad.

Este problema no se limita a la salud individual: está asociado a un incremento sustancial en enfermedades cardiovasculares, metabólicas y oncológicas. Los investigadores incluso han introducido un nuevo término, adiponcosis, para describir la relación entre exceso de tejido adiposo y el desarrollo de hasta 13 tipos de cáncer.

Más allá de la atención médica

Al reconocer la obesidad como una enfermedad crónica con implicaciones sanitarias, sociales y económicas, la Ley n. º 149 del 3 de octubre de 2025 también impulsa políticas integradas para su prevención y tratamiento. Su enfoque combina prevención, educación, investigación y asistencia, mediante la creación de un programa nacional y un observatorio especializado

Entre sus disposiciones, promueve campañas de información y educación sobre alimentación saludable y actividad física, así como iniciativas comunitarias y escolares destinadas a crear entornos que favorezcan estilos de vida sanos. Aunque no contempla medidas fiscales ni de etiquetado, la norma sienta las bases para una estrategia nacional multisectorial.

Cambio de mentalidad

El reconocimiento de la obesidad como una enfermedad crónica con repercusiones sociales y sanitarias implica un cambio simbólico importante: las personas afectadas pasan a ser consideradas sujetos de derecho sanitario, merecedores de atención y respeto. La nueva norma promueve la educación, sensibilización y formación profesional para mejorar la comprensión social del problema, sentando las bases para reducir el estigma y fomentar una visión más sensible y estructurada de la obesidad.

En definitiva, el reconocimiento oficial puede contribuir a cambiar el discurso público, promoviendo empatía y comprensión en lugar de juicio y culpa.

Un modelo para el mundo

Ahora, el desafío radica en implantar con eficacia y sostenidamente las medidas que impulsa, garantizando la coordinación entre los niveles institucionales y el seguimiento continuo de los resultados. Pero si el modelo tiene éxito, podría inspirar una transformación global en la manera de entender y afrontar la obesidad.

Como concluyen los autores del artículo en The Lancet, la decisión italiana “representa un paso crucial para reducir los costes del tratamiento y frenar la mortalidad”.

En una época en la que las enfermedades crónicas amenazan la sostenibilidad de los sistemas sanitarios, reconocer la obesidad como una enfermedad es, ante todo, un acto de realismo y de justicia sanitaria, que debe ser tratada por los profesionales de la nutrición.

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José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Italia reconoce la obesidad como enfermedad crónica: un paso histórico en la salud pública – https://theconversation.com/italia-reconoce-la-obesidad-como-enfermedad-cronica-un-paso-historico-en-la-salud-publica-268403

Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara López Millán, Docente Universitaria de Artes y Educación, Universidad Camilo José Cela

Oscar Isaac en una imagen del último _Frankenstein_ dirigido por Guillermo del Toro. Netflix

El miedo siempre estuvo ahí, pero el cine lo convirtió en espectáculo. Desde las primeras proyecciones, el público acudió a las salas para sentir esa descarga controlada de adrenalina.

Cuando Nosferatu (1922) extendió su sombra, no fue sólo un vampiro lo que hizo que la audiencia se estremeciese: era la Europa de entreguerras viéndose reflejada en una criatura enfermiza y extranjera, una amenaza que llegaba de fuera para romper un orden social que ya tambaleaba. Desde entonces, cada generación ha encontrado su propio engendro en la pantalla.

Sombras y mutaciones

El terror funciona como un espejo. Los castillos en ruinas y las nieblas góticas de los años treinta no eran simples decorados: representaban un mundo que parecía haberse detenido, que miraba con nostalgia y temor al pasado.

Los monstruos de Universal –Drácula (1931), Frankenstein (1931), El hombre lobo (1941)– eran a la vez temibles y fascinantes, porque encarnaban miedos muy contemporáneos: la ciencia que se descontrola, el cuerpo que enferma, lo diferente que amenaza lo familiar. La gente entraba en el cine buscando escalofríos, pero salía habiéndose enfrentado, de forma simbólica, a sus propias ansiedades.

Un hombre deforme yace en el suelo y otro con joroba lo observa iluminándose con una antorcha.
Fotograma de Frankenstein (James Whale, 1931).
Universal Pictures

Con el tiempo, las nieblas se despejaron y el terror empezó a mirar hacia el futuro. Las décadas de posguerra trajeron un pánico nuevo, más tecnológico, más científico. De pronto, las amenazas venían del espacio exterior o de laboratorios secretos: alienígenas, mutantes, experimentos que se salían de control.

Películas como Ultimátum a la Tierra (1951) y El enigma de otro mundo (1951) capturaban la paranoia de un planeta dividido en bloques, mientras que La humanidad en peligro (1954) y Godzilla (1954) daban forma grotesca a la amenaza nuclear con hormigas gigantes y criaturas surgidas de la radiación. La bomba atómica estaba en la mente de todos, y el cine lo canalizó en forma de invasiones, mutaciones y sospechas colectivas.

El enemigo está en casa

El susto más inquietante todavía estaba por llegar: el que no depende de criaturas sobrenaturales.

Cuando Alfred Hitchcock estrenó Psicosis (1960), el público descubrió que el peligro podía estar en la puerta de al lado. Norman Bates era un hombre normal, tímido, amable. No necesitaba colmillos ni garras para matar. Se plasmaba así la incertidumbre de una época marcada por cambios sociales y la erosión de la confianza en las instituciones: los años sesenta traían consigo tensiones urbanas, movimientos sociales y la sensación de que la amenaza podía venir del vecino o el propio núcleo familiar.

Un hombre mira a cámara con la cabeza baja y sonríe.
Anthony Perkins interpretando a Norman Bates, un hombre… ¿normal?
Paramount Pictures

A partir de ese momento, el horror se volvió más íntimo: el motel de carretera, la casa suburbana y la niñez misma podían convertirse en escenarios de pesadilla. Películas como La matanza de Texas (1974) o Halloween (1978) consolidaron esa sensación. Su violencia evidenciaba la desconfianza y el malestar de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam y la crisis económica de los setenta: lo que parecía seguro –el hogar, la comunidad– podía volverse mortal.

Esa invasión de lo cotidiano continuó durante los ochenta, una década de consumismo, cultura pop y miedo al crimen urbano, donde el género se llenó de ruido, sangre y espectáculo. Freddy Krueger, Jason Voorhees o el muñeco Chucky se convirtieron en iconos de la cultura pop, con máscaras y frases ingeniosas incluidas.

Pero en medio del exceso, hubo cineastas que exploraron terrores más psicológicos: El resplandor (1980) convirtió a un padre en monstruo, miesntras que La cosa (1982) reflejó la paranoia y el aislamiento propios de la Guerra Fría, donde el enemigo podía estar más cerca de lo que pensábamos. Lo verdaderamente espeluznante no era la criatura, sino la posibilidad de que estuviera dentro de nosotros.

A finales de los noventa, este cine se tornó autorreflexivo. Scream (1996) jugaba con los clichés y los convertía en parte de la diversión; el espectador ya era un cómplice. Este conocimiento de las reglas del juego preparó el terreno para un nuevo tipo de terror: el que utilizaba la cámara y la estructura narrativa para hacer que el miedo pareciera más real y cercano al espectador.

En el nuevo milenio el género empezó a experimentar con nuevas formas de asustar. Surgió el found footage (metraje encontrado) con El proyecto de la bruja de Blair (1999) y después Paranormal Activity (2007), que hicieron que el espanto fuese casi documental, revelando la ansiedad de una sociedad cada vez más vigilada, hiperconectada y acostumbrada a consumir imágenes de lo real a través de cámaras y móviles.

También hubo un auge de remakes estadounidenses de clásicos japoneses como The Ring (2002) o El grito (2004), que introdujeron a Occidente en un miedo atmosférico, más basado en el silencio y la sugerencia que en el susto fácil. Esto coincidió con la apertura cultural global y el interés por historias que venían de fuera, mostrando un mundo interconectado donde lo desconocido podía llegar de cualquier parte.

El arte de atemorizar hoy

Así, tras la experimentación formal de los primeros años del milenio, el género se abrió a propuestas en las que no solo se sobresaltaba al espectador, sino que también se comentaba la sociedad y se exploraba la psicología humana.

La década de 2010 supuso un punto de inflexión. Productoras como A24 y Blumhouse apostaron por un terror más ambicioso y autoral. Por ejemplo, Déjame salir (2017) convirtió el miedo en un comentario social directo sobre los conflictos raciales y la polarización política.

Hereditary (2018) y Midsommar (2019), por el contrario, llevaron el género a un horror casi operístico, en el que la fractura familiar y las dinámicas comunitarias provocan espanto, un espejo de sociedades contemporáneas cada vez más fragmentadas e impacientes. The Babadook (2014) e It Follows (2014) se encargaron de explorar el trauma, la ansiedad y la transmisión del pavor como si fueran enfermedades. Incluso el slasher regresó en versiones más sofisticadas como X (2022) y Pearl (2022), que mezclan nostalgia y reflexión metacinematográfica.

En los años 2020, el género sigue expandiéndose en todas direcciones. Películas como Barbarian (2022) o Háblame (2023) juegan con las expectativas del espectador, construyendo giros radicales en un contexto de incertidumbre global: pandemias, crisis climáticas y cambios tecnológicos acelerados. También vemos un resurgir del folk horror en propuestas como Men (2022) o The Witch (2015), donde lo rural y lo ancestral vuelven a ser fuente de amenaza, recordando cómo la modernidad puede despertar miedos arcaicos.

En los tres últimos años el género ha seguido explorando nuevas formas de provocar escalofríos: It Lives Inside (2023) combina terror sobrenatural y exploración cultural, mientras que La sustancia (2024) ofrece una sátira que critica la industria del bienestar. Incluso Robert Eggers presentó su reinterpretación gótica del clásico Nosferatu (2024) y, en 2025, Weapons introdujo una narrativa fragmentada sobre la desaparición de niños, mezclando horror psicológico y social mientras hablaba de la infancia, la vigilancia y la seguridad en la vida cotidiana.

Un niño con una sonrisa pintada mira a cámara mientras sus compañeros duermen sobre los pupitres.
Imagen de Weapons, de Zach Cregger (2025).
Warner Bros.

Estas producciones demuestran que el cine de terror continúa adaptándose, mostrando ansiedades contemporáneas y ofreciendo nuevas perspectivas al público. Lo que se mantiene constante es nuestra necesidad de mirar, tal vez porque lo consideramos un laboratorio emocional. Nos permite ensayar el miedo sin consecuencias, sentirlo de manera segura y controlada. Cuando las luces se apagan, podemos enfrentarnos a aquello que más nos perturba –la muerte, el caos, la desintegración de la familia, el fin del mundo– y salir ilesos.

En un presente lleno de amenazas difusas, desde pandemias hasta crisis climáticas, el género sigue evolucionando para darles forma. Así, cada Halloween volvemos a las salas buscando ese escalofrío. Puede que ya no haya vampiros con capa ni lobos aullando a la luna, pero el vecino inquietante, el monstruo invisible o el silencio en una casa demasiado tranquila siguen funcionando. Y quizás por eso el terror nunca muere: porque siempre encuentra un nuevo rostro para nuestros miedos.

The Conversation

Lara López Millán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine – https://theconversation.com/del-vampiro-al-vecino-inquietante-como-ha-cambiado-nuestra-forma-de-asustarnos-en-el-cine-265552

El legado de los luditas: de la destrucción de telares al cuestionamiento de la IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mauro Hernández, Profesor Titular de Historia Económica, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

_El líder de los luditas_, grabado de 1813. Wikimedia Commons, CC BY

En los tiempos que corren, cualquiera que se atreva a cuestionar las ventajas de la innovación tecnológica se arriesga a ser tachado de ludita. En la imagen popular, el ludita es un personaje agrio, reaccionario, visceralmente opuesto a cualquiera de los inventos que supuestamente nos mejoran la vida –del teléfono móvil a la roomba–, y que se resiste más o menos activamente a usarlas, e incluso a que las usen los demás.

Inglaterra, comienzos del XIX: el ludismo

Sin embargo, hubo un tiempo en que el ludismo y los luditas significaron algo muy distinto. Ser ludita en la Inglaterra de las primeras décadas del siglo XIX era una cosa muy seria, y a menudo peligrosa. Pero la imagen que circula de estos “destructores de máquinas” de la primera Revolución Industrial es inexacta e inmerecida.

El mítico Ned Ludd, alias General Ludd o Rey Ludd –de cuyo nombre deriva el término luditas–, probablemente no fue una persona de carne y hueso. Pero sus seguidores formaron a comienzos de la década de 1810 un auténtico ejército de trabajadores, la mayoría de ellos artesanos cualificados, embarcados en una campaña de asaltos a fábricas textiles y destrucción de maquinaria.

Esta movilización alcanzó su apogeo entre 1811 y 1813, pero sus ecos perdurarían. Unos veinte años después, las multitudinarias revueltas del capitán Swing de 1830-1831, movilizaron en veinte condados del sur de Inglaterra a miles de trabajadores agrarios que buscaban mejorar sus salarios destruyendo trilladoras mecánicas. Estos disturbios se saldaron con más de 2 000 detenciones, 500 encarcelados y 19 ejecutados.

Pero la destrucción de máquinas o el asalto a fábricas, como la que defendió a tiros Edmund Cartwright, inventor del primer telar mecánico, eran sólo una parte del repertorio de la protesta ludita. En realidad, combinaban la acción política (peticiones al Parlamento), la sindical (sociedades de socorro mutuo, negociación con los patronos) y la violencia tumultuaria.

La destrucción de unos 1 000 telares llevó al gobierno inglés a movilizar tropas (en plena guerra con Napoleón fueron enviados a Nottingham 2 000 soldados) y castigar la destrucción de maquinaria con pena de muerte. Ser ludita no era cosa de broma.

Ludismo: un movimiento no tan irracional

Aunque los movimientos luditas se han contemplado a menudo como una reacción desesperada contra un progreso inexorable, tenían una racionalidad mucho mayor de la que se les suele reconoce.

Para empezar, formaban parte de acciones de negociación salarial (o de precios, pues muchos artesanos trabajaban a destajo para fabricantes o comerciantes). En ocasiones estaban conectados a corrientes revolucionarias clandestinas como el jacobinismo, inspirado en las ideas de la Revolución francesa, o bien movimientos de corte democrático reformista como el cartismo que allanó el camino para la gran confederación de las Trade Unions (sindicatos obreros) en 1834.

Los luditas representaban, sobre todo, la lucha de muchos trabajadores y sus familias para influir en el reparto del pastel de los beneficios de la mecanización. En ese sentido, alcanzaron algunos éxitos y abrieron el camino a muchas décadas de lucha obrera.

Todo esto lo conocen bien los historiadores, especialmente los británicos, que han dedicado amplia atención al fenómeno, desde los clásicos E. P. Thompson o Eric Hobsbawm hasta más recientemente Brian Merchant, cuyo apasionante libro Sangre en las máquinas acaba de ser publicado en español por una editorial llamada (¿casualmente?) Capitán Swing.

¿Qué es el neoludismo del siglo XXI?

A día de hoy, el término puede utilizarse en dos sentidos. Despectivamente, para retratar a personas refractarias a la tecnología en general, y en especial a la que tiene que ver con la computación (IA incluida) y las comunicaciones móviles. Es casi un epíteto burlón, que abarca tanto al boomer que “pasa de WhatsApp” como a quienes niegan a sus hijos el acceso libre a las pantallas (algo que no necesariamente hacen, pese a lo que a veces se dice, los magnates de las tecnologías. Gente opuesta al progreso, incluso partidarios del decrecimiento económico, a quienes acabará barriendo el viento de la historia.

Desde otro punto de vista, también se reivindican como neoluditas sesudos analistas de las repercusiones indeseadas de las tecnologías, especialmente la IA.

Para estos expertos, a menudo conocedores de primera mano del mundo de los gigantes tecnológicos, la tecnología no siempre significa progreso. La IA generativa, por ejemplo, es una herramienta potentísima para la educación, pero que puede emplearse para estudiar menos.

También puede funcionar como un potenciador y acelerador en el análisis de pruebas médicas pero, a la vez, desplegar sesgos notables, probablemente por el origen de los datos con que se entrena. Eso puede provocar errores en los diagnósticos que varían según el género, la etnia, la edad o, incluso, el nivel socioeconómico.

Valiosa aliada en la lucha contra el crimen o la corrupción, la IA puede ser un arma igualmente poderosa para la persecución política.

También está la espinosa cuestión de cómo se ha alimentado la IA con una ingente masa de materiales que tienen creadores concretos cuyos derechos de autor fueron vulnerados. En el debate sobre estas y otras muchas cuestiones, ciertos neoluditas tienen mucho que decir.




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La tecnología no es el problema

Ni las caricaturas de los luditas de la Inglaterra de la Revolución Industrial ni las de los neoluditas de nuestros días hacen justicia a sus reivindicaciones. Unos neoluditas que, por ejemplo, plantean el debate sobre los costes medioambientales de ciertas tecnologías, la regulación de las llamadas tecnologías destructivas, los riesgos de los oligopolios del sector, los efectos sobre derechos y libertades básicos o la participación ciudadana en las decisiones sobre el desarrollo tecnológico. Se trata de debates imprescindibles desde el punto de vista político, ético, social y medioambiental.

Las tecnologías en sí mismas no son casi nunca el problema, pero sí su uso y cómo se reparte el pastel que generan. Los luditas de 1810 lo sabían. A nosotros nos toca decidir, y empieza a ser urgente, cómo va a regularse la inteligencia artificial y cómo van a asignarse los costes y beneficios de su implantación.

The Conversation

Mauro Hernández recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia e Innovación) como investigador del proyecto “Transformaciones sociales en Madrid y la Monarquía hispánica en la edad moderna. Movimientos ascendentes y descendentes. Entre cambios y resistencias” (PID2022-142050NB-C22) coordinado por José Antolín Nieto (UAM).

ref. El legado de los luditas: de la destrucción de telares al cuestionamiento de la IA – https://theconversation.com/el-legado-de-los-luditas-de-la-destruccion-de-telares-al-cuestionamiento-de-la-ia-268041