El coste psicológico del acoso digital que sufren las deportistas en las redes sociales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Erika Borrajo Mena, Doctora en Ciencias Sociales/Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, Universidad de Deusto

Con cada victoria, las deportistas ganan seguidores, pero también detractores que las observan desde la trinchera del anonimato. La tenista británica Katie Boulter, número uno del circuito en su país, lo vivió tras un torneo internacional: mensajes anónimos en redes le desearon la muerte a ella y a su familia.

Aunque pueda parecerlo, no es un caso aislado. En España, la campeona olímpica de waterpolo Paula Leitón tuvo que enfrentarse a una oleada de insultos por su físico, justo después de ganar el oro en París 2024. Tal y como contó en RTVE, en lugar de celebraciones tuvo que leer mensajes como “¿se valen focas?” o “¿no se vació la piscina?”.

Sus testimonios reflejan una realidad cada vez más presente en el deporte: el acoso digital que muchas mujeres reciben en redes y que afecta a su bienestar personal y profesional. En otras palabras, una forma contemporánea de violencia simbólica que se disfraza de opinión.

Visibilidad + algoritmos = exposición

La visibilidad trae consigo logros y reconocimiento, pero también exposición.
Una investigación de World Athletics reveló que, en recientes campeonatos internacionales, el 59 % de los abusos en redes se dirigieron a deportistas mujeres, y un 36 % tenían carácter sexual.

En redes sociales, la visibilidad no se mide por mérito, sino por reacción. Plataformas como Instagram, X o TikTok premian lo que genera debate, sin distinguir si es apoyo u odio. Un comentario ofensivo o una imagen viral pueden alcanzar miles de personas en segundos. En ese juego de algoritmos, las deportistas quedan doblemente expuestas: por lo que hacen y por cómo se ven.

Sexualización

La raíz del problema no se encuentra en la tecnología, sino en el hecho social. Es la versión 2.0 del sexismo que ha existido históricamente en el deporte. Las redes sociales se han convertido en un espacio donde se repiten las mismas lógicas de sexualización que antes se daban en otros medios.

A ellas se las juzga no solo por su rendimiento, sino por su aspecto, su ropa o su forma de expresarse. El anonimato refuerza la impunidad: decir en línea lo que no se diría cara a cara. Y la falta de estructuras de apoyo –protocolos, recursos, acompañamiento psicológico– deja a muchas deportistas enfrentándose solas a un problema que es colectivo.

Consecuencias psicológicas, sociales y profesionales

Recibir insultos o críticas constantes no es algo “normal” ni debería asumirse como parte del juego. El acoso digital deja huellas invisibles que van más allá de la pantalla: ansiedad, inseguridad, insomnio o aislamiento son algunas de sus consecuencias más comunes. El abuso y el acoso en línea están entre los factores que más dañan la salud mental y el bienestar de las mujeres deportistas. Muchas optan por reducir su presencia en redes o delegar su gestión a otras personas para protegerse, aunque eso implique perder visibilidad u oportunidades profesionales. Todo esto sabiendo que el rendimiento mediático pesa casi tanto como el deportivo, y que desconectarse también tiene coste.

Hacia entornos digitales seguros

El acoso digital a las deportistas no es una cuestión de sensibilidad, sino de responsabilidad colectiva. No basta con denunciar los ataques: hacen falta medidas estructurales que garanticen entornos digitales seguros.

Algunos torneos internacionales ya están dando pasos en esa dirección. Uno de los más destacados es el sistema Threat Matrix, creado por la empresa británica Signify Group y adoptado por Wimbledon y la Asociación de Tenis Femenino (WTA), entre otros. Esta tecnología analiza en tiempo real miles de mensajes en redes sociales para detectar amenazas, insultos o comentarios sexistas en más de treinta idiomas. Cuando identifica contenido abusivo, alerta a un equipo humano que decide si debe avisar a las plataformas o a las autoridades competentes.

De forma parecida, el torneo de Roland Garros utiliza Bodyguard, un software que filtra automáticamente los mensajes de odio antes de que lleguen a las deportistas. Si bien es cierto que estas herramientas no eliminan el problema, intentan prevenirlo. Y, sobre todo, buscan proteger la salud mental de quienes compiten fomentando una cultura digital más segura y respetuosa.

Los clubes, las federaciones y los medios de comunicación deben dejar de mirar hacia otro lado. Las plataformas tecnológicas también tienen una responsabilidad: actuar con la misma rapidez para detener el odio que cuando impulsan una polémica. Y el público debe recordar que, detrás de cada mensaje, hay una persona que lo lee, lo siente y lo sufre.

Conquista del respeto

Cuando las deportistas ganan visibilidad, inspiran a miles de niñas que las miran como referentes. Esta inspiración solo tiene sentido si el entorno digital es un espacio seguro, donde puedan mostrarse sin miedo al juicio o al insulto. Es curioso hablar de ello cuando el deporte femenino ha conquistado por fin su espacio en los estadios. Ahora le toca conquistar también su espacio en las redes: libre de miedo, de insultos y de juicios sobre cuerpos o voces. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué sirve ganar una medalla si después hay que seguir luchando para ser respetadas?

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El coste psicológico del acoso digital que sufren las deportistas en las redes sociales – https://theconversation.com/el-coste-psicologico-del-acoso-digital-que-sufren-las-deportistas-en-las-redes-sociales-267952

Hombres y mujeres que votan a la derecha radical populista: ¿les mueven las mismas preocupaciones?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonia María Ruiz Jiménez, Associate Professor (Sociology Department), Universidad Pablo de Olavide

Mitin de Santiago Abascal, líder de Vox, en Valencia el 13 de julio de 2023. Aitor Serra Martin/Shutterstock

El fortalecimiento de la democracia europea exige comprender por qué amplios sectores de la población han dejado de sentirse representados por los partidos tradicionales.

El proyecto UNTWIST, financiado por la Unión Europea, ha estudiado este fenómeno desde una perspectiva de género, revelando que la falta de respuesta a las necesidades reales de hombres y mujeres ha contribuido al auge de las formaciones de derecha radical populista en Europa.

Su informe Fortalecer la democracia mejorando la representación de género sintetiza los resultados de 18 grupos de discusión desarrollados en seis países –España, Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Hungría y Suiza– con personas que habían votado previamente a partidos tradicionales y que en las últimas elecciones optaron por partidos de derecha radical populista.

Los hallazgos muestran que la mayoría de estos electores no rechazan la igualdad ni los valores democráticos, sino que expresan una profunda desafección hacia los partidos tradicionales, a quienes culpan de su situación.

Ignorados por un sistema que no responde a las preocupaciones cotidianas

Lo que une a estos votantes no es una ideología extremista: es más bien la percepción de haber sido ignorados por un sistema que no responde a sus preocupaciones cotidianas.

El estudio de UNTWIST plantea que la crisis de representación no es un simple cambio de preferencias electorales, sino un reto de fondo para la calidad de la democracia.

Cuando los partidos tradicionales dejan de reflejar las preocupaciones de los sectores más vulnerables, se debilitan los principios de equidad, legitimidad e inclusión sobre los que se asienta el sistema democrático.

Esta falta de conexión genera un terreno fértil para los discursos populistas, que prometen dar voz a quienes se sienten ignorados. Sin embargo, la representación que ofrecen está distorsionada por una ideología antiliberal que tiende a instrumentalizar las demandas sociales y de género, reinterpretándolas desde valores conservadores y nacionalistas.

Allí donde estas fuerzas políticas han alcanzado poder, se observan retrocesos en derechos de las mujeres y en libertades individuales, lo que confirma el carácter regresivo de su propuesta.

Frente a ello, el proyecto UNTWIST subraya la necesidad de reconstruir la representación democrática a partir de un conocimiento más preciso de las necesidades y experiencias de los distintos grupos sociales, reconociendo las diferencias entre hombres y mujeres y atendiendo a las condiciones materiales que estructuran sus vidas.

Motivaciones de los nuevos votantes

Los grupos de discusión realizados en los seis países muestran que los votantes que cambian su apoyo hacia partidos de derecha radical populista suelen ser personas que buscan expresar su frustración con las opciones políticas tradicionales. No esperan necesariamente soluciones concretas por parte de los nuevos partidos, pero utilizan el voto como medio de protesta.

En España, el análisis de los grupos revela que el ámbito familiar ocupa un lugar central en los discursos de hombres y mujeres, independientemente de la clase social.

Sin embargo, existen diferencias significativas en la forma de expresar el malestar. Los hombres, especialmente los de clase media, emplean un lenguaje más abstracto y político, mientras que las mujeres, sobre todo de clase trabajadora, articulan sus preocupaciones desde la experiencia cotidiana, vinculándolas con la conciliación, el cuidado y la precariedad laboral.

El estudio también identifica una sensación compartida de fatiga social y emocional, descrita como “fatiga de emancipación”: la percepción de que, a pesar de los avances formales en igualdad, las condiciones materiales no garantizan una vida digna ni equilibrada. Este sentimiento es más pronunciado entre las mujeres, que combinan el trabajo remunerado con una carga desigual de tareas domésticas y de cuidado.

Los datos obtenidos muestran que las preocupaciones económicas son el principal motor del voto hacia los partidos populistas. Para los hombres, la atención se centra en la legislación laboral y en la sensación de desigualdad percibida en políticas de empleo o cuotas. Las mujeres, por su parte, destacan la dificultad de equilibrar trabajo y familia y reclaman condiciones laborales que les permitan atender sus responsabilidades de cuidado, que reivindican como propias, sin perder autonomía económica.

El Estado del bienestar es otro ámbito de preocupación. Hombres y mujeres comparten una visión crítica del uso político de las ayudas sociales y expresan la sensación de que ciertos colectivos reciben apoyo inmerecido.

En el terreno educativo, los hombres tienden a preocuparse por la pérdida de referentes culturales, mientras que las mujeres subrayan la falta de oportunidades laborales para sus hijos, incluso con estudios superiores.

En la esfera familiar, los discursos muestran tensiones entre los roles tradicionales y las nuevas realidades económicas. Los hombres, especialmente los de clase trabajadora, lamentan no poder sostener el hogar con un solo salario, mientras que las mujeres reclaman más apoyo institucional y una corresponsabilidad efectiva en los cuidados.

Hacia políticas sensibles al género

A partir de estos resultados, UNTWIST propone repensar la acción política desde una sensibilidad de género que supere la retórica y se traduzca en medidas concretas. El objetivo no es reforzar una agenda identitaria, sino desarrollar políticas que reconozcan las diferencias en las experiencias de hombres y mujeres y que beneficien a la ciudadanía en su conjunto.

Este enfoque implica priorizar la seguridad económica, la conciliación y la educación pública como pilares de una democracia inclusiva. Las políticas de igualdad, señala el informe, deben presentarse como instrumentos de cohesión social y no como campos de confrontación ideológica.

The Conversation

Antonia María Ruiz Jiménez es la Coordinadora Científica del proyecto UNTWIST.

Este proyecto ha recibido financiación del programa de investigación e innovación Horizonte Europa de la Unión Europea en virtud del acuerdo de subvención n.º 101060836. El consorcio del Reino Unido está financiado por UK Research and Innovation (UKRI) en virtud de la garantía de financiación Horizonte Europa del Gobierno del Reino Unido (número de subvención n.º 10066730). El consorcio suizo está financiado por la Secretaría de Estado de Educación, Investigación e Innovación (SERI) de Suiza (acuerdo de subvención n.º 22.00615).

Financiado por la Unión Europea, UK Research and Innovation y la Secretaría de Estado suiza para la Educación, la Investigación y la Innovación. No obstante, las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente los de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea, la Agencia Ejecutiva de Investigación Europea (REA) ni los demás financiadores. Ni la Unión Europea, ni la autoridad concedente, ni los demás financiadores pueden ser considerados responsables de ellos.

ref. Hombres y mujeres que votan a la derecha radical populista: ¿les mueven las mismas preocupaciones? – https://theconversation.com/hombres-y-mujeres-que-votan-a-la-derecha-radical-populista-les-mueven-las-mismas-preocupaciones-266935

Existe una burbuja de la inteligencia artificial y esto es lo que podría pasar si estallase

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergi Basco, Profesor Agregado de Economia, Universitat de Barcelona

Koshiro K/Shutterstock

Los auges y las crisis son una característica recurrente de la economía moderna, pero cuando el valor de un activo se infla en exceso, un auge se convierte rápidamente en una burbuja.

Los dos episodios de este tipo más recientes fueron la burbuja puntocom en Estados Unidos (1996-2000) y las burbujas inmobiliarias que surgieron alrededor de 2006 en diferentes países. Ambas terminaron en recesión: la primera fue relativamente leve y la segunda, catastróficamente grave. Los recientes y vertiginosos aumentos en los precios de las acciones de las empresas relacionadas con la IA han llevado a muchos inversores a preguntarse: “¿Estamos presenciando otra burbuja de precios de activos?”.

Es importante situar el actual auge de la IA en su contexto. El precio de las acciones de Nvidia, que fabrica muchos de los chips informáticos que alimentan la industria de la IA, se ha multiplicado por 13 desde principios de 2023. Las acciones de otras empresas relacionadas con la IA, como Microsoft y Alphabet, la empresa matriz de Google, se han multiplicado por 2,1 y 3,2, respectivamente. En comparación, el índice S&P 500, que sigue la evolución de las acciones de las empresas más importantes de Estados Unidos, solo se ha multiplicado por 1,8 en el mismo periodo.

Es importante destacar que estas empresas relacionadas con la IA están incluidas en el S&P 500, lo que aumenta aún más la diferencia con las empresas no relacionadas con la IA. Por lo tanto, parece que existe una burbuja de IA, pero no tiene por qué acabar repitiéndose lo ocurrido en 2008.

Cómo se forma una burbuja

El precio de cualquier acción se puede desglosar en dos componentes: su valor fundamental y el valor inflado de la burbuja. Si el precio de la acción está por encima de su valor fundamental, existe una burbuja en su precio.

El valor fundamental de un activo es la suma descontada de sus dividendos futuros esperados. La palabra clave aquí es “esperados”. Dado que nadie, ni siquiera ChatGPT, puede predecir el futuro, el valor fundamental depende de las expectativas subjetivas de cada inversor. Pueden ser optimistas o pesimistas; con el tiempo, algunos tendrán razón y otros se equivocarán.

Los inversores optimistas esperan que la IA cambie el mundo y que los propietarios de esta tecnología obtengan beneficios (casi) infinitos. Al no saber qué empresa saldrá victoriosa, invierten en todas las empresas relacionadas con la IA.

Por el contrario, los inversores pesimistas piensan que la IA es solo un programa informático complejo, en lugar de una tecnología verdaderamente innovadora, y ven burbujas por todas partes.

Una tercera posibilidad son los inversores más sofisticados. Se trata de personas que piensan, o saben, que hay una burbuja, pero siguen invirtiendo con la esperanza de poder aprovechar la ola y salir antes de que sea demasiado tarde.

La última de estas posibilidades recuerda la infame cita del director ejecutivo de Citigroup, Chuck Prince, antes de que estallara la burbuja inmobiliaria de 2008: “Mientras suene la música, hay que levantarse y bailar”.

Como economista, puedo afirmar con seguridad que es imposible que todas las empresas relacionadas con la IA acaben dominando el mercado. Esto significa, sin lugar a dudas, que el valor de al menos algunas acciones relacionadas con la IA tiene un gran componente de burbuja.




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Escasez de activos

Las burbujas de los precios de los activos pueden ser la respuesta natural del mercado a la escasez de activos. En un momento en el que la demanda de activos supera la oferta (especialmente en el caso de activos seguros como los bonos del Estado), hay margen para que surjan otros activos más nuevos.

Este patrón explica la aparición, por ejemplo, de la burbuja puntocom de la década de 1990 y la posterior burbuja inmobiliaria de la década de 2000. En ese contexto, el papel cada vez más importante de China en los mercados financieros aumentó la demanda de activos en Occidente: el dinero se destinó primero a las empresas puntocom en la década de 1990 y, cuando estalló esa burbuja, a financiar la vivienda a través de valores respaldados por hipotecas.

En el contexto actual, una combinación de factores ha allanado el camino para la burbuja de la IA: el entusiasmo por las nuevas tecnologías, los bajos tipos de interés (otro indicio de la escasez de activos) y las enormes cantidades de efectivo que fluyen hacia las grandes empresas.




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El estallido de la burbuja: escenarios buenos, malos y feos

Como mínimo, parte del aumento vertiginoso del valor de las acciones relacionadas con la IA es una burbuja, y una burbuja no puede mantenerse inflada para siempre. Tiene que estallar por sí sola o, en el mejor de los casos, desinflarse cuidadosamente mediante medidas específicas del Gobierno o del Banco Central. La actual burbuja de la IA podría terminar en uno de estos tres escenarios: bueno, malo o feo.

El bueno: auge, no burbuja

Durante la burbuja puntocom, muchas empresas malas recibieron demasiado dinero; el ejemplo clásico fue Pets.com. Pero la burbuja también proporcionó financiación a empresas como Google, lo que (posiblemente) contribuyó a convertir internet en una tecnología que mejora la productividad.

Algo similar podría ocurrir con la IA, ya que la actual avalancha de inversiones podría, a largo plazo, crear algo bueno: una tecnología que beneficie a la humanidad y que, con el tiempo, genere un retorno de la inversión. Sin los niveles de flujo de caja propios de una burbuja, no se financiaría.

En este escenario optimista, la IA, aunque pueda desplazar algunos puestos de trabajo a corto plazo (como ocurre con la mayoría de las tecnologías), resultará positiva para los trabajadores. También supongo que, obviamente, no conducirá a la extinción de la humanidad. Para que esto sea así, los Gobiernos deben introducir regulaciones adecuadas y sólidas. También es importante destacar que no es necesario que los países inventen o inviertan en nuevas tecnologías, sino que deben adaptarlas y proporcionar aplicaciones para que sean útiles.

El malo: un estallido suave

Todas las burbujas acaban estallando. Tal y como están las cosas, no sabemos cuándo ocurrirá esto, ni el alcance de los posibles daños, pero probablemente se producirá una corrección del mercado cuando un número suficiente de inversores se dé cuenta de que muchas empresas están sobrevaloradas. Esta caída del mercado bursátil provocará inevitablemente una recesión.

Esperemos que sea de corta duración, como la recesión de 2001 que siguió al estallido de la burbuja puntocom. Aunque ninguna recesión es indolora, esta fue relativamente leve y duró menos de un año en Estados Unidos.

Sin embargo, el estallido de la burbuja de la IA puede ser más doloroso porque hay más hogares que participan (ya sea directamente o indirectamente a través de fondos de inversión) en el mercado de valores que hace 20 años.

Aunque la función de los bancos centrales no es controlar los precios de los activos, es posible que tengan que plantearse subir los tipos de interés para desinflar la burbuja antes de que crezca demasiado. Cuanto más repentino sea el colapso, más profunda y costosa será la recesión posterior.

El feo: colapso y caída

El estallido de la burbuja de la IA sería grave si compartiera más características de las que imaginamos con la burbuja inmobiliaria de la década de 2000. En el lado positivo, las acciones de IA no son viviendas. Esto es bueno porque, cuando estallan las burbujas inmobiliarias, los efectos sobre la economía son mayores y más duraderos que con otros activos.

La burbuja inmobiliaria no solo causó la crisis financiera de 2008: también provocó el colapso del sistema financiero mundial. Otra razón para ser optimistas es que el papel de los bancos comerciales en las finanzas de la IA es mucho menor que en la vivienda, ya que una gran cantidad del dinero de cada banco está perpetuamente inmovilizado en hipotecas.

Sin embargo, una advertencia importante es que no sabemos cómo reaccionará el sistema financiero si estas grandes empresas de IA incumplen el pago de su deuda. Resulta alarmante que esta parezca ser la forma en que están financiando actualmente nuevas inversiones: un análisis reciente del Bank of America advirtió que las grandes empresas tecnológicas dependen en gran medida de la deuda para construir nuevos centros de datos, muchos de los cuales están destinados a cubrir una demanda que aún no existe.

The Conversation

Sergi Basco no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Existe una burbuja de la inteligencia artificial y esto es lo que podría pasar si estallase – https://theconversation.com/existe-una-burbuja-de-la-inteligencia-artificial-y-esto-es-lo-que-podria-pasar-si-estallase-269731

Para comprender y gestionar mejor los incendios forestales debemos observar el paisaje

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Irene Repeto Deudero, Doctoranda en Biología, Universidad de Cádiz

Plantación de Pino marítimo (_Pinus pinaster_) en la Sierra de la Culebra (Zamora) un año después del incendio de 2022. Juli G. Pausas

En los últimos años, los incendios forestales se han vuelto más extensos, más frecuentes y más graves en muchas partes del mundo. Los veranos son más calurosos, las sequías más largas y los incendios que hace unas décadas eran excepcionales hoy resultan algo habitual.

Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, en agosto de 2025 ardieron más de 540 000 hectáreas en la península ibérica, la cifra más alta desde que empezaron estos registros.

Paisajes ricos en combustible

Ante la pregunta de si el cambio climático está detrás de ellos, la respuesta no es nada sencilla. Sin duda, el cambio climático alarga las temporadas de riesgo y crea condiciones más propicias para que ocurra un incendio, pero no es la única causa. Los incendios forestales también dependen de las fuentes de ignición, del terreno y de la vegetación que los alimenta.

Para entender los incendios actuales también tenemos que mirar al paisaje que hemos construido.

Desde el siglo XIX se extendieron por toda Europa diversos programas de plantación a gran escala diseñados con el fin de producir madera, proteger el suelo o potenciar el desarrollo económico. En España, se plantaron más de 5 millones de hectáreas, la mayoría con especies de pino, un legado que ha marcado profundamente el paisaje actual.

Con el tiempo, el abandono rural ha aumentado la cantidad y la continuidad de la biomasa, creando paisajes ricos en combustible que ahora son muy vulnerables al fuego. Pero, ¿cómo influyen los diferentes tipos de combustible en la severidad de un incendio y en su recuperación? ¿Puede la gestión reducir el impacto del fuego en los paisajes dominados por plantaciones?




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Lecciones aprendidas de los incendios en España

Nuestro equipo estudió tres grandes incendios en España (Sierra Bermeja, La Culebra y Las Hurdes, ocurridos entre 2021 y 2023) y encontramos que las plantaciones de pino ardieron con mayor severidad que robledales, bosques mixtos o matorrales. Además, estos tres últimos tipos de vegetación mostraban signos claros de recuperación después de un año, mientras que las plantaciones continuaron prácticamente desérticas.

Un año después del incendio, el paisaje de las áreas forestadas no se parecía al ecosistema original, pero tampoco a una plantación funcional. También observamos que las plantaciones pueden poner en riesgo a sus vecinos. En los tres incendios, la intensidad del fuego en la vegetación colindante fue mayor cuanto más cerca estuvieran de dichas plantaciones.

Sin embargo, no todas las plantaciones se quemaron por igual. Detectamos un umbral en torno a los 440 pinos por hectárea: por encima de esa densidad, la severidad del incendio se dispara. En cambio, en aquellas plantaciones en las que se había gestionado la densidad de árboles y el sotobosque, las consecuencias del incendio fueron mucho menos graves.

Estas observaciones suponen una buena noticia, porque significa que en estas plantaciones la gestión puede marcar la diferencia. Prácticas como los clareos, las podas o la tala selectiva bajan la carga y la continuidad del combustible, y fueron efectivas para reducir el impacto del fuego en esas zonas. Pasar de una plantación abandonada a una gestionada podría marcar la diferencia entre un incendio que se puede apagar u otro extremadamente difícil de manejar.




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Fomentar un paisaje más diverso y menos inflamable

En el pasado, las plantaciones de pino tuvieron un papel clave en la economía europea y configuraron gran parte del paisaje que vemos hoy en día. Algunas repoblaciones ayudaron a frenar la pérdida de suelo tras décadas de sobreexplotación de los montes, y los salarios de la actividad forestal permitieron que muchas familias vivieran con dignidad en una economía de posguerra.

Sin embargo, en un contexto donde las condiciones climáticas son cada vez más duras, esas plantaciones están en riesgo de convertirse en puntos críticos para los grandes incendios.

Sierra Bermeja (2021, Málaga, España) un año después del incendio
Paisaje en Sierra Bermeja (Málaga) un año después del incendio de 2021.
Juli G. Pausas

Los resultados de nuestra investigación demuestran que no toda la vegetación arde de la misma forma, sino que el tipo, la densidad y la conectividad del combustible determinan las consecuencias del fuego en el ecosistema y su capacidad para recuperarse. Este hallazgo es importante: implica que hacer inversiones fuertes en gestión forestal ya no es opcional.

Debemos dejar atrás el enfoque centrado en la extinción de incendios una vez han ocurrido y empezar a apostar por reducir la vulnerabilidad del territorio antes de que se origine el fuego.

Fomentar un paisaje más diverso y menos inflamable, además de mantener las plantaciones bajo manejo activo, es una estrategia realista y eficaz. Las medidas que implica no solo aportan beneficios a corto plazo, sino que también fortalecen los planes regionales de prevención y adaptación al fuego. Además, complementan, que no sustituyen, las estrategias globales enfocadas a mitigar el cambio climático.

Si bien su puesta en marcha supone grandes costes y retos logísticos, también ofrece oportunidades para impulsar una industria forestal más sostenible, paliar las consecuencias del abandono rural y promover paisajes donde las plantaciones formen parte de un equilibrio entre la productividad económica y la conservación de los ecosistemas.

En un mundo cada vez más cálido y propenso a los incendios, plantar árboles como estrategia de mitigación climática conlleva riesgos importantes. Sin embargo, a diferencia del clima o la topografía, el combustible sí está bajo nuestro control.

Repensar qué especies, dónde y cómo las plantamos, y sobre todo, qué ocurre con ellas después, es una condición esencial para construir paisajes más resilientes al fuego y, en definitiva, para aprender a convivir con él.

The Conversation

Irene Repeto Deudero recibió fondos de la Universidad de Cádiz.

ref. Para comprender y gestionar mejor los incendios forestales debemos observar el paisaje – https://theconversation.com/para-comprender-y-gestionar-mejor-los-incendios-forestales-debemos-observar-el-paisaje-268444

Sensores basados en bacterias, los nuevos guardianes invisibles del agua

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anna Salvian, Investigadora posdoctoral del Grupo BioE, IMDEA AGUA

“El agua es la fuerza motriz de toda la naturaleza”, escribió Leonardo Da Vinci. Abrir el grifo y que salga agua limpia parece sencillo, pero detrás hay un sistema complejo que va desde la captación y distribución hasta la depuración y, cada vez más, la reutilización.

Hoy ese equilibrio se complica: el cambio climático, la escasez de recursos, la contaminación y el elevado consumo energético del tratamiento hacen cada vez más difícil garantizar un suministro seguro y sostenible. Afrontar estas amenazas exige avanzar hacia una economía circular del agua, con decisiones estratégicas basadas en datos y más orientadas a la eficiencia y la resiliencia.

La revolución de los biosensores bioelectroquímicos

Hasta ahora, controlar la calidad del agua en cada etapa de su ciclo significaba recoger muestras y analizarlas en el laboratorio. El método es fiable, pero lento y costoso, y no siempre refleja lo que ocurre en tiempo real. Por eso, disponer de tecnologías que permitan controlar al instante y con fiabilidad la calidad del agua es esencial para optimizar su gestión a lo largo de todo el ciclo, desde la captación hasta su uso, tratamiento y reutilización.

En este contexto, los biosensores bioelectroquímicos destacan por su versatilidad y capacidad de adaptación a las distintas fases del ciclo del agua. Estos dispositivos emplean microorganismos capaces de “alimentarse” de los contaminantes presentes en el agua, utilizando esas sustancias como fuente de energía.

Durante este proceso metabólico, las bacterias liberan electrones –partículas atómicas cargadas negativamente–, que son captados por el sensor y transformados en una señal eléctrica medible. De esta manera, el nivel de corriente generado refleja directamente la actividad biológica y el grado de contaminación del agua en tiempo real.

Colocados en diferentes puntos del ciclo del agua, estos dispositivos permiten:

  • Detectar la contaminación en origen, antes de que llegue al consumidor.

  • Optimizar el tratamiento en las depuradoras.

  • Garantizar la seguridad de la reutilización.

Antes de la depuración: función preventiva

El ciclo comienza en manantiales, ríos y acuíferos, fuentes cada vez más expuestas a contaminantes químicos, vertidos ilegales o infiltraciones de aguas residuales.

Aquí, los biosensores instalados en aguas subterráneas o superficiales permiten detectar en continuo la presencia de contaminantes. Su función es preventiva: ayudan a evitar intoxicaciones y a garantizar que el agua llegue en condiciones seguras a las plantas de potabilización.

Por ejemplo, se ha demostrado que los biosensores bioelectroquímicos pueden detectar la presencia de hidrocarburos derivados del petróleo, un avance fundamental, ya que estos compuestos se encuentran entre los contaminantes más comunes de las aguas subterráneas.

Durante: tratamientos más eficientes

Tras su uso, el agua llega a las estaciones depuradoras, donde se eliminan los contaminantes antes de devolverla al medio natural. En esta fase, los biosensores bioelectroquímicos desempeñan un doble papel.

Por un lado, permiten monitorizar la carga total de contaminantes orgánicos de entrada: cuanto mayor es la carga orgánica, más electricidad generan las bacterias del sensor, y esa corriente eléctrica puede medirse para estimar la cantidad de materia que debe ser tratada.

En un estudio desarrollado por científicos de España y Reino Unido, demostramos que las comunidades bacterianas que crecen en el ánodo (uno de los electrodos) de estos sensores son muy resistentes, lo que les permite funcionar incluso en aguas sucias o entornos adversos sin perder eficacia.

Esta información es especialmente útil porque las depuradoras, aunque son instalaciones esenciales, tienen un alto consumo energético: gran parte de la electricidad se destina a la aireación de los reactores biológicos necesaria para que los microorganismos degraden los contaminantes orgánicos.

Al medir en tiempo real la demanda de oxígeno de los microorganismos para la degradación o la carga contaminante, los operadores pueden ajustar la aireación de forma dinámica. De esta forma, reducen el consumo eléctrico, disminuyen las emisiones de gases de efecto invernadero y mantienen la calidad del agua tratada. Una ventaja doble: económica y ambiental.

Por otro lado, estos sensores también pueden detectar la presencia de sustancias tóxicas que alteran la actividad de las bacterias encargadas de depurar el agua. Dado que el tratamiento biológico depende de la salud de estos microorganismos, es crucial asegurarse de que no estén expuestos a compuestos que los dañen.

En este contexto, se han desarrollado biosensores bioelectroquímicos capaces de identificar cambios en la actividad metabólica microbiana provocados por floculantes –sustancias empleadas en procesos industriales o en las depuradoras para aglomerar partículas– o sus residuos tóxicos, metales pesados y biocidas, como los pesticidas. Este sistema ofrece una señal temprana de toxicidad, permitiendo actuar de inmediato y proteger el equilibrio biológico del proceso de depuración.

Después: agua segura para su reutilización

Cada vez más, el ciclo del agua se cierra con la reutilización. En un contexto de sequías, el agua regenerada se destina al riego agrícola, la limpieza urbana o incluso a procesos industriales.




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Pero para reutilizar el agua se necesita garantizar su buena calidad. Los biosensores permiten vigilar en tiempo real el agua depurada, asegurando que cumple los estándares de seguridad antes de darle un nuevo uso. Gracias a ello, se fortalece la confianza en la reutilización y se avanza hacia un modelo de economía circular.

Además, este tipo de sensores no se limita al agua. También pueden aplicarse al estudio del suelo, especialmente en terrenos regados con agua depurada. Es posible monitorizar cómo evoluciona la actividad microbiana y las condiciones del suelo para garantizar que la reutilización del agua no altere su equilibrio biológico.

Esa información es muy valiosa porque la vida microbiana del suelo está directamente ligada a su fertilidad: un suelo con un microbioma equilibrado y activo favorece una mejor disponibilidad de nutrientes y, en consecuencia, una mayor productividad de los cultivos.




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Del control al futuro predictivo

La gran ventaja de los biosensores es que permiten pasar de un sistema reactivo a un sistema predictivo. Ya no se trata solo de comprobar la calidad del agua cuando el problema ya ha ocurrido, sino de anticiparse, gestionar mejor los recursos y responder en tiempo real.

Estos modelos predictivos son posibles gracias a la recopilación de grandes volúmenes de datos (big data) y al uso de herramientas de aprendizaje automático (machine learning) y aprendizaje profundo (deep learning). Todo ello permite analizar patrones y predecir el comportamiento futuro con gran precisión.

Un grupo de investigación en Estados Unidos ya ha aplicado estas técnicas a biosensores bioelectroquímicos, logrando identificar las variables que influyen en la generación de corriente eléctrica del sensor y predecir la eliminación de carbono y nitrógeno durante el proceso de depuración.

Integrados en la digitalización del ciclo del agua, estos avances abren la puerta a un modelo de gestión más transparente, eficiente y respetuoso con el medio ambiente, que protege la salud pública, mejora la eficiencia energética y reduce la huella de carbono de las infraestructuras hídricas.

Un futuro más seguro y sostenible

En un mundo donde la demanda de agua podría superar en un 40 % a los recursos disponibles en 2030, apostar por la innovación tecnológica es imprescindible. Los biosensores se perfilan como aliados clave para garantizar un agua limpia, segura y gestionada con criterios de sostenibilidad.

El agua, como decía Da Vinci, es la fuerza que mueve la naturaleza. Hoy, gracias a la ciencia, tenemos nuevos guardianes invisibles para protegerla: biosensores que la vigilan gota a gota, en tiempo real.

The Conversation

Anna Salvian recibe financiación del Programa de Investigación e Innovación Horizonte Europa de la Unión Europea (proyecto n.º 101058174 “TrineFlex”).

ref. Sensores basados en bacterias, los nuevos guardianes invisibles del agua – https://theconversation.com/sensores-basados-en-bacterias-los-nuevos-guardianes-invisibles-del-agua-268042

Pautas para seguir una verdadera dieta mediterránea

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Belén Ropero Lara, Profesora Titular de Nutrición y Bromatología – Directora del proyecto BADALI, web de Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández

El pescado, las frutas y las hortalizas constituyen una parte esencial de la dieta mediterránea. monticello/Shutterstock

Inscrita en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO desde 2013, la dieta mediterránea es una parte esencial de nuestra cultura que, además, produce efectos beneficiosos en la salud. Pero su poder protector no reside en los hábitos alimentarios actuales o en los productos manufacturados en la región mediterránea. En realidad, proviene del patrón dietético clásico cuyos efectos han sido validados por decenas de estudios científicos con la participación de miles de personas.

Entonces, ¿a qué podemos llamar dieta mediterránea?

Según la definición de la UNESCO, “comprende un conjunto de conocimientos, competencias prácticas, rituales, tradiciones y símbolos relacionados con los cultivos y cosechas agrícolas, la pesca y la cría de animales, y también con la forma de conservar, transformar, cocinar, compartir y consumir los alimentos”. Por lo tanto, constituye también un patrón social.

De todos modos, el componente fundamental de este patrimonio cultural es, como su nombre indica, la dieta propiamente dicha. Para saber cómo de mediterránea es nuestra alimentación, debemos tener en cuenta 14 puntos. A mayor puntuación, más se le parece.

En primer lugar, los alimentos recomendados que suman puntos son:

  • El aceite de oliva.

  • Las verduras y hortalizas.

  • Las frutas.

  • Las legumbres.

  • El pescado y el marisco.

  • Los frutos secos.

  • La carne blanca (pollo, pavo, conejo).

  • El tradicional sofrito para acompañar platos principales.

Y los productos a evitar, los que nos alejan de la dieta mediterránea, son:

  • Las carnes rojas y procesadas.

  • La mantequilla, margarina o nata.

  • Las bebidas carbonatadas, ya sean azucaradas o no.

  • La repostería comercial.

Beneficios probados para la salud

El primer estudio sobre la dieta mediterránea se publicó en 1970, pero tuvieron que pasar aún más de 20 años para que volviera a despertar interés. Desde entonces ha sido foco de intensa investigación en nutrición.

Uno de los principales trabajos es español y en él participaron más de 90 investigadores. Se trata del estudio PREDIMED, diseñado para evaluar los efectos de este patrón alimentario en personas mayores con alto riesgo de enfermedad cardiovascular. Las conclusiones fueron inapelables: la incidencia de eventos cardiovasculares era claramente menor en los grupos de dieta mediterránea.

Ahora, después de décadas de investigaciones, los resultados no dejan lugar a dudas: la dieta mediterránea es una firme aliada para nuestra salud. Seguirla reduce el riesgo de mortalidad y de sufrir tres de las enfermedades más frecuentes de nuestro tiempo: las dolencias cardiovasculares, el cáncer y la diabetes tipo 2. Además, también protege contra el deterioro cognitivo, la demencia y el alzhéimer.

Menús poco mediterráneos

A pesar de todas estas evidencias, la realidad es que nuestra alimentación actual se parece poco o nada a la dieta mediterránea. Además, solemos creer erróneamente que alimentos muy consumidos, como el cerdo, el jamón o el queso, forman parte de ella.

Si echamos un vistazo a los 14 puntos mencionados en el estudio PREDIMED, leemos que uno de ellos es: “¿consume usted preferentemente carne de pollo, pavo o conejo en vez de ternera, cerdo, hamburguesas o salchichas?”. Para obtener un punto, la respuesta debe ser sí. Además, una de las recomendaciones adicionales es no tomar más de una ración de jamón curado o de carne roja a la semana.

La principal razón para esta restricción es que tanto el jamón curado como cualquier otro embutido son carnes procesadas, y estas aumentan las probabilidades de sufrir cáncer colorrectal, el segundo cáncer más mortal del mundo. Otra razón es su alto contenido de sal, que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales.

Además, en términos de salud, el cerdo se clasifica como carne roja, un riesgo adicional para contraer el citado cáncer colorrectal. Por si fuera poco, tomar mucha carne roja y procesada también aumenta las posibilidades de morir por problemas cardiovasculares.

En lo que se refiere a los quesos, los bajos en grasa no tienen límites estrictos en la dieta mediterránea, mientras que los curados o grasos (la gran mayoría) están restringidos a un máximo de una ración semanal. Esto se debe a su elevado contenido de sal y a que predominan las grasas saturadas, dos riesgos considerables para la salud.

¿Vino sí o vino no?

Uno de los aspectos más controvertidos de la dieta mediterránea es el vino. Aunque puntúa positivamente en el estudio PREDIMED, no se fomenta su consumo, sino que se limita la cantidad a quienes ya son consumidores habituales.

El vino, particularmente el tinto, goza de buena fama por la presencia de polifenoles procedentes de la uva. De hecho, en el propio estudio PREDIMED se observó que tomar más polifenoles puede disminuir el riesgo de mortalidad. Sin embargo, estos compuestos naturales también se encuentran en alimentos muy consumidos, como el aceite de oliva virgen, los frutos secos, las frutas y las verduras.

Además, el vino no deja de ser una bebida alcohólica y la conclusión de la Organización Mundial de la Salud al respecto es que beber alcohol puede causar más de 200 problemas de salud. De hecho, esta institución considera que no hay un nivel que no suponga un riesgo, por bajo que sea.




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Lo positivo es que siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra salud. No importa la edad a la que lo hagamos: cualquier momento es bueno para acercar nuestra alimentación a los 14 puntos de la dieta mediterránea. Cada paso que demos hacia un mayor cumplimiento de este patrón alimentario, por pequeño que sea, supone un beneficio en la prevención de enfermedades.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Pautas para seguir una verdadera dieta mediterránea – https://theconversation.com/pautas-para-seguir-una-verdadera-dieta-mediterranea-266678

¿Cómo podemos conocer la historia de la Tierra?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Damas Mollá, Investigadora en Geología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Formaciones con estratos bien visibles en Zumaia (Gipuzkoa, España). Guillermo Guerao Serra/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 2º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, en Gasteiz (Álava)


Nuestro planeta es mucho, muchísimo más antiguo que cualquier civilización humana. Sus 4 500 millones de años de historia han dejado numerosas huellas en las rocas, y la geología es la ciencia que se encarga de descifrarlas para que podamos leer los diferentes capítulos del “libro de la Tierra”, con tramas que se entrelazan.

Hablan los sedimentos

Antes que nada, recordemos que las rocas tienen varios orígenes: a través de magma o lava se forman las ígneas y por transformación de otras rocas, las metamórficas. Pero aquí las que más nos interesan, de momento, son las del tercer grupo: las sedimentarias.

Las rocas sedimentarias nacen al acumularse partículas, más o menos finas, generadas por la descomposición y erosión de rocas que afloran en relieves elevados como montañas. Estas partículas son transportadas por distintas vías (ríos, viento, glaciares…) hacia las zonas de acumulación. Así, los sedimentos se van depositando, capa a capa, en niveles más o menos horizontales: los estratos.

Estratos de roca en Muskiz (Bizkaia, España).
Laura Damas Mollá

Según la llamada ley de horizontalidad de los estratos, establecida por el científico danés Nicolás Steno en el siglo XVII, el estrato inferior es el más antiguo. El problema es que no nos los encontramos siempre así.

Acantilados del Eoceno (hace entre 56 y 33,9 millones de años) formados por una alternancia de dos tipos de rocas: areniscas y lutitas. Aquí, los estratos se disponen verticalmente. San Sebastián, Gipuzkoa.
Laura Damas Mollá

Al estudiar las rocas sedimentarias, el primer dato que debemos deducir es dónde se depositaron sus materiales, o sea, saber si se formaron en mares, ríos, lagos…. Los restos fósiles de seres vivos nos pueden proporcionar la solución del problema. Así, una roca caliza con fósiles de organismos marinos, como moluscos o corales, surgió en un ambiente tropical de aguas poco profundas, porque la fauna es similar a la actual. Si esos fósiles se encuentran enteros podemos incluso llegar a reconstruir los arrecifes.

Por otro lado, si nos encontramos los fósiles rotos y mezclados, supondremos que algún tipo de corriente los ha removido y desplazado de su hábitat. En otras ocasiones, como ocurre con las areniscas, presentan finas líneas o lineaciones que marcan la dirección e incluso el sentido de las corrientes que transportaban los sedimentos, igual que pasa actualmente en la playa.

Estas piezas del puzle de la historia terrestre se interpretan según el principio del “actualismo”. Acuñado por el geólogo británico Charles Lyell en 1830, indica que “el presente es la clave para entender el pasado”.

Sección longitudinal de molusco bivalvo (rudista) del Cretácico, hace entre 143 millones y 66 millones de años. Cantera de Andrabide (Gautegiz Arteaga, Bizkaia).
Laura Damas Mollá

Detalles que delatan la edad

Con estas pistas es posible interpretar el ambiente donde se depositaron las rocas sedimentarias, pero aún no sabemos su edad. Para averiguarla también existen varias técnicas.

En primer lugar, los minerales que forman esas rocas contienen isótopos radioactivos, componentes químicos cuyo análisis nos permite saber cuánto tiempo llevan en la Tierra. Este método se basa en la desintegración de un isótopo “padre” que se va transformando de forma progresiva a lo largo del tiempo en su “hijo”. Al conocer la proporción existente entre ellos en la muestra se puede obtener su edad.

En el caso de la célebre técnica del carbono-14 se necesitan muestras con un origen orgánico, por lo que no se puede aplicar en muchas rocas y minerales. Además, la “vida” de ese isótopo es de poco más de 60 000 años. Para rocas, minerales y fósiles utilizamos otras relaciones de isótopos radioactivos, como el uranio/torio o el uranio/plomo, que permiten dataciones de entre 500 000 años y varios miles de millones de años, más adecuadas para conocer la larga historia de la Tierra.

Y una curiosidad: ¿sabías que existe también una técnica para saber la edad de la última vez que ha visto la luz del sol un grano de cuarzo? Se llama luminiscencia ópticamente estimulada y se utiliza para estimar la antigüedad de muestras de entre 1 000 y 500 000 años.

Pero estas herramientas no sirven para todo tipo de rocas, así que también usamos otros métodos de datación. El más conocido consiste en examinar la variación del contenido fósil a lo largo del tiempo; es decir, la evolución. La vida de la Tierra se transforma a lo largo del tiempo, y encontrar determinadas asociaciones de fósiles nos permite establecer un rango de edad para los estratos. Aunque los más famosos son los grandes fósiles, como los dinosaurios, normalmente utilizamos microfósiles que se estudian con lupas.

Rocas sometidas a “torturas” geológicas

Pero la historia de las rocas está incompleta si solo averiguamos el ambiente donde se forjaron y su edad. Diferentes procesos geológicos hacen que rocas nacidas en fondos marinos, por ejemplo, formen parte de las montañas actuales. Porque desde que se produce el depósito de los materiales hasta la actualidad, las rocas sedimentarias sufren un proceso que se llama diagénesis: se calientan, se aplastan por enterramiento y experimentan diversos cambios en sus componentes (algunos se disuelven, otros se transforman, otros se fracturan…).

La mayor parte del tiempo, una roca sedimentaria está sometida a esas “torturas”, que podemos entender y ordenar cronológicamente. Para ello utilizados unos microscopios especiales, llamados petrográficos, y láminas de rocas de 0,3 mm de espesor.

Y por si esto fuera poco, los estratos no siempre se encuentran en posición horizontal, como las capas de una tarta. Igual que cuando empujamos un mantel con la mano, las fuerzas de las placas tectónicas pliegan los estratos rocosos. Los geólogos tenemos que “leer” también los capítulos protagonizados por las rocas ígneas, que nos cuentan la historia de las erupciones volcánicas del pasado, y las metamórficas, que nos hablan de transformaciones de unas rocas en otras.

Así, poco a poco, reconstruimos la biografía del planeta, desde las variaciones ambientales a la evolución de la vida. Comprender esa historia nos permite entender los cambios que están ocurriendo hoy en día y reflexionar sobre nuestro breve capítulo como homínidos, ya que la Tierra seguirá transformándose más allá de nuestra presencia en ella.

Si miras a tu alrededor y te pones las gafas de geólogo o geóloga, descubrirás qué historias conservan las rocas para saber hacia dónde vamos.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


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Laura Damas Mollá no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cómo podemos conocer la historia de la Tierra? – https://theconversation.com/como-podemos-conocer-la-historia-de-la-tierra-266404

Así son las auroras rojas que han iluminado (y pueden volver a iluminar) los cielos de España y toda Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep M. Trigo Rodríguez, Investigador Principal del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

La pasada noche del 11 noviembre fue posible disfrutar desde toda Europa, Norteamérica y Centroamérica del espectáculo de las auroras. Desde España se han visto y fotografiado las llamadas auroras SAR (acrónimo de Arcos Rojos Estables o Stable Aurora Red arch), una especie de reflejo lejano de las que se dan a gran altura en latitudes boreales. Se aprecian como una luminosidad rojiza cercana al horizonte norte que se aprecia a simple vista, aunque las cámaras la captan maravillosamente dada su mayor sensibilidad.

Que veamos auroras SAR es normal, incluso que cambien de intensidad según el devenir de la actividad geomagnética. También se produjeron en mayo del año pasado, en un momento álgido (como ahora) de la actividad solar.

En estos momentos, el Sol se encuentra en una fase especialmente activa en la que sufre grandes erupciones, acompañadas de la emisión masiva de protones y partículas alfa (núcleos de helio) a grandes velocidades (algunas del orden de 1 800 km/s).

Muchos astrofotógrafos aprovechan estos días para tomar imágenes increíbles de la fotosfera solar que muestran la gran actividad del astro rey.

El origen de las auroras y sus preciosos colores

Tras la emisión de masa coronal del Sol, las partículas atómicas, en buena parte cargadas eléctricamente, pasan a formar parte del llamado viento solar y se difunden por el medio interplanetario. Esa gigantesca ola de átomos e iones tardará entre 1,5 y 4 días en llegar a la Tierra, en función de la velocidad de la ráfaga de masa coronal eyectada.

Los cinturones de Van Allen nos protegen de la radiación llegada del Sol.
Nasa Space Place

Las energéticas partículas quedan retenidas en el campo magnético de nuestro planeta. Posteriormente, viajan por las líneas de dicho campo hasta golpear la atmósfera superior de la Tierra, cerca de los polos Norte y Sur. Cuando estos átomos interactúan con los gases de nuestra atmósfera, producen las auroras boreales y australes, respectivamente.

Y, aunque en latitudes medias como las de España se suelan ver únicamente las auroras SAR rojas, desde latitudes más boreales o australes es posible contemplar hermosas cortinas de colores. El cromatismo de los hermosos arcos de la luz que se mueven por el cielo dependen de las moléculas ionizadas que emiten esa luz. Por ejemplo, el oxígeno emite luz verde y roja, mientras que el nitrógeno molecular brilla intensamente en colores azules y púrpuras.

El Sol dispara y los planetas reciben

Precisamente, el 11 de noviembre hubo una enorme emisión de masa coronal desde la región solar activa catalogada AR14274. Debido a la magnitud de esa erupción, esperamos que haya actividad geomagnética extraordinaria también en las próximas noches.

Precisamente las regiones más activas están asociadas a los grupos de manchas solares, a veces vinculados a brillantes segmentos llamados fáculas. Desde esas regiones suelen producirse las erupciones solares, desencadenadas por los cambios magnéticos que tienen lugar en la fotosfera solar.

El grupo activo 14274 fotografiado el 11 de noviembre desde el Observatori de Gualba, Barcelona, una hora después de la erupción que protagonizó y que ahora está produciendo auroras. Podemos apreciar una brillante fácula debajo de las manchas principales.
Albert Sànchez Caso/MPC442-Gualba Obs./AstroMontseny

Muy atentos a las próximas noches

Es una gran oportunidad para los astrofotógrafos, pero cualquiera que disponga de un teléfono móvil también puede capturar alguna imagen nocturna de pocos segundos si se apoya en algún objeto o tiene un buen pulso. Precisamente esta misma tarde, la del 12 de noviembre, ya desde el crepúsculo tendremos muchas posibilidades de volver a ver auroras SAR desde la península ibérica.

De hecho, podremos seguir en tiempo real la actividad geomagnética en esta página de la Universidad de Kioto (Japón). Una web muy útil para comprobar el grado de actividad geomagnética es Heliomon, creada por Josep Maria Llenas, director del Observatori Astronòmic i Meteorològic de Pujalt, en Barcelona.

En particular existe un índice representativo de las condiciones geomagnéticas globales, conocido como Kp. Estos valores indican la actividad geomagnética esperada para cualquier período de tres horas durante los próximos tres días, como refleja la gráfica que sigue a este párrafo.

El índice Kp da cuenta de la actividad geomagnética global en períodos de tres horas durante los próximos tres días. Las horas son en tiempo universal coordinado (súmese una hora para la hora local peninsular, CET).
NOAA/SWPC Boulder, Col, EUA

Un buen ejemplo de las sesiones fotográficas que espero incentivar fue la realizada anoche por el astrofotógrafo Joan Manuel Bullón desde el pico de la Travina, en el municipio valenciano de Aras de Alpuente. Imágenes como esta precisamente me han animado a escribir el presente artículo para enfatizar que la próxima noche podría también ser histórica, una gran oportunidad para los amantes del tiempo (espacial).

Aurora captada la pasada noche desde Aras de Alpuente, Valencia.
Joan Manuel Bullón i Lahuerta

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Josep M. Trigo Rodríguez recibe fondos del proyecto del Plan Nacional de Astronomía y Astrofísica PID2021-128062NB-I00 financiado por el MICINN y la Agencia Estatal de Investigación.

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¿Podemos aprender igual de bien en un segundo idioma?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Reyes Sánchez, Profesora de Psicología de la Memoria y de Aprendizaje y Condicionamiento. Área de especialización: estrategias de metamemoria en contextos bilingües., Universidad Loyola Andalucía

EQRoy/Shutterstock

Hoy en día, el uso de un segundo idioma se ha vuelto casi imprescindible y el inglés a menudo se utiliza como lengua vehicular (o lengua franca) en la educación superior. Esta tendencia no es casual: los programas de inglés como medio de instrucción (EMI) se han multiplicado en las últimas décadas, incluso en países no anglófonos. Para quienes no somos personas nativas, trabajar en esa lengua puede suponer un reto que exige un esfuerzo extra.

¿Afecta esta “carga adicional” al modo en que aprendemos? ¿Somos capaces de estudiar y recordar información en inglés igual que en nuestra lengua materna? ¿O estudiar en inglés nos obliga a invertir recursos cognitivos que podrían limitar nuestras estrategias de aprendizaje y penalizar el resultado final?

La respuesta a estas preguntas es, para muchas personas, que leer y estudiar en inglés cuesta más, resulta más difícil y deja la sensación de que el aprendizaje no es tan exitoso.

Pero estudios recientes muestran que la cuestión es más compleja: depende de qué tipo de prueba usemos para evaluar el aprendizaje, del nivel en inglés y de las estrategias cognitivas y metacognitivas que se pongan en marcha.

Recordar no siempre significa lo mismo

Para evaluar el aprendizaje es habitual utilizar pruebas directas de memoria en las que se solicita abiertamente que se recupere la información. Pueden ser de dos tipos: recuerdo libre (recordar lo estudiado sin apoyos) y reconocimiento (identificar de entre varias opciones la correcta).

Por ejemplo, tras haber estudiado definiciones de conceptos, una prueba de recuerdo libre implicaría generar las definiciones libremente como cuando se pregunta “¿Qué entendemos por bilingüismo?” y se evalúa nuestra producción escrita.




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Este tipo de pruebas requieren que la información se organice adecuadamente en el momento de estudio y que se seleccionen estrategias de recuperación adecuadas. Eso implica que, si la tarea se hace en inglés, parte de los recursos cognitivos se destinan a procesar aspectos lingüísticos –vocabulario y gramática–, lo que deja menos recursos disponibles para organizar la información y seleccionar estrategias adecuadas de recuperación.

En cambio, una prueba de reconocimiento podría ser simplemente decidir si cada definición es verdadera/falsa. Siguiendo con nuestro ejemplo, “Las personas bilingües lo son porque hablan dos idiomas desde la infancia. ¿Verdadero o falso?”. (Esta definición de bilingüismo, por cierto, es falsa). En este sentido, las pruebas de reconocimiento suelen ser más fáciles de superar.




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Al comparar el recuerdo inmediato de estudiantes en lengua nativa e inglés (o segunda lengua) en una tarea de lectura comprensiva de textos, se observa una desventaja en el segundo idioma en tareas de recuerdo libre. En cambio, el rendimiento es similar en ambas lenguas cuando se utilizan pruebas de reconocimiento con respuestas de verdadero/falso. Además, recordamos lo estudiado en un segundo idioma igual de bien a lo largo del tiempo.

Reproducir frente a reconocer

Esto significa que no podemos hablar de un “déficit general” del aprendizaje en inglés, sino que hay que matizar: el coste se observa cuando necesitamos recuperar la información de manera activa (prueba de recuerdo libre), no tanto cuando debemos reconocerla entre opciones (prueba de reconocimiento).

Es posible que esto se vea modulado por el nivel de inglés que muestre la persona, siendo especialmente vulnerables a este efecto aquellas personas con bajo dominio (pues esto conlleva dificultades para construir oraciones complejas gramaticalmente, poco vocabulario, etc.)

¿Qué pasa mientras estudiamos?

Ahora bien, ¿qué ocurre durante el propio proceso de estudio? ¿Cómo afecta el inglés a la forma en que nos enfrentamos a un texto? Estudios con seguimiento del movimiento ocular durante la lectura muestran que al leer en inglés se producen más fijaciones (es decir, más paradas ante palabra/idea concreta), más regresiones (volver atrás en el texto) y tiempos de lectura más largos.

En otras palabras, los estudiantes leen más despacio y dedican más recursos atencionales en inglés o una segunda lengua. Esto no significa que no aprendan, sino que el proceso requiere más control cognitivo.

¿Y nuestras estrategias de aprendizaje?

Podríamos ir un paso más allá y preguntarnos si estudiar en inglés afecta también a la capacidad de evaluar y regular el propio aprendizaje. Para ello, se utilizan “juicios de aprendizaje” (JOLs, por las siglas en inglés de judgments of learning). En ellos, los estudiantes valoran con un porcentaje hasta qué punto creen haber aprendido el material que acaban de estudiar.

Lo que sabemos es que, aunque los estudiantes suelen percibir el material en inglés como más difícil, su capacidad para evaluar el aprendizaje en base a características intrínsecas del material (por ejemplo, el nivel de cohesión del texto) es igual de buena que en su lengua nativa. Es decir, las autoevaluaciones les permiten anticipar qué fragmentos se recordarán mejor y cuáles peor, ajustándose correctamente en ambos idiomas.

Las estrategias que ponemos en marcha son distintas según la lengua en la que estemos estudiando. Incluso con baja competencia lingüística, aunque el aprendizaje en inglés se vuelve más costoso debido al control atencional y cognitivo, esto no implica necesariamente que sea ineficaz.

En ambos idiomas, los estudiantes son capaces de detectar párrafos que tienen baja cohesión, están peor estructurados o abusan de sinónimos y no conectan las ideas de forma clara, y los juzgan como más difíciles de comprender. Esta correcta monitorización (evaluación), es necesaria para poner en marcha mecanismos compensatorios –por ejemplo, de relectura– para lograr una buena comprensión del texto.

Cuesta más pero se aprende igual

La evidencia disponible nos dice que estudiar en un segundo idioma no condena el éxito del aprendizaje. Es cierto que percibimos más dificultad, que leemos más despacio y que el recuerdo libre puede verse penalizado (especialmente para aquellas personas que dominan menos el segundo idioma). Sin embargo, también sabemos que la memoria de reconocimiento no se ve afectada (tampoco a largo plazo), y que las personas son capaces de evaluar su propio aprendizaje en ambos idiomas.

Por tanto, como estudiantes no debemos desanimarnos por la sensación de que “en inglés nos cuesta más”. Esa dificultad percibida no implica que el aprendizaje vaya a ser peor. Podemos entrenar nuestra conciencia metacognitiva (para ser capaces de detectar cuándo la atención decae o cuándo una parte del texto no se ha comprendido bien) con el fin de reajustar el estudio; incorporar descansos periódicos para evitar la fatiga cognitiva; aplicar estrategias activas como elaborar mapas conceptuales, y realizar autoevaluaciones o pruebas intermedias. Todas estas estrategias nos ayudarán más que releer o subrayar el material.

Por otra parte, como docentes, ya sabemos que conviene diversificar los tipos de evaluación: si solo medimos recuerdo libre, quizá estemos exagerando la desventaja del inglés; incluir pruebas de reconocimiento puede dar una imagen más justa del aprendizaje real.

Estudiar en una segunda lengua supone un reto que no siempre conecta con peores resultados. En muchos casos, el aprendizaje, la memoria y las estrategias de regulación del estudio siguen desplegándose de forma tan eficiente como en el idioma nativo.

El bilingüismo no solo abre puertas a nivel cultural y profesional, sino que también nos reta como estudiantes a perfeccionar nuestras estrategias de aprendizaje.

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Marta Reyes Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Podemos aprender igual de bien en un segundo idioma? – https://theconversation.com/podemos-aprender-igual-de-bien-en-un-segundo-idioma-266743

Nuevo estudio: muchas mujeres podrían vivir con toxinas de hongos procedentes de alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manuel Lozano Relaño, Profesor Titular del Área de Nutrición y Bromatología, Universitat de València

Cultivo de hongos en un laboratorio. Pattar.w092/Shutterstock

¿Es posible seguir una dieta “saludable” y, aun así, estar expuestos a sustancias tóxicas sin saberlo? La respuesta, según nuestro último estudio, es afirmativa. Y no por aditivos artificiales ni de pesticidas, sino por compuestos naturales producidos por hongos: las llamadas micotoxinas.

En nuestro laboratorio de la Universitat de València y de la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica de la Comunidad Valenciana (FISABIO) llevamos años investigando contaminantes invisibles en los alimentos.

No obstante, incluso nosotros nos sorprendimos con este hallazgo: el 81 % de las mujeres analizadas presentaba micotoxinas en su organismo.

¿Qué son las micotoxinas y dónde se encuentran?

Los hongos están presentes de forma natural en el ambiente. Cuando encuentran condiciones de temperatura y humedad adecuadas, especialmente durante la cosecha o el almacenamiento, producen micotoxinas.

Estas sustancias, que llevamos décadas ingiriendo en pequeñas cantidades sin darnos cuenta, no se eliminan completamente con el cocinado ni con los procesos industriales. Por eso pueden aparecer en productos cotidianos como cereales, pan, pasta, galletas, frutas, zumos, frutos secos, cerveza, vino y otras bebidas fermentadas e incluso en comida “saludable” como alimentos integrales o ecológicos.

Algunas micotoxinas están reguladas porque se sabe que pueden causar cáncer, como las aflatoxinas, capaces de contaminar alimentos como cereales, cacahuates, semillas y frutos secos. Pero existe otro grupo menos conocido: las micotoxinas emergentes. Y aquí empieza la preocupación.




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¿Qué analizamos en nuestro estudio?

Nuestro equipo de investigación forma parte del Proyecto INMA (Infancia y Medio Ambiente), una gran cohorte española que sigue a madres e hijos desde el embarazo para entender cómo el entorno influye en la salud infantil.

Lo que hicimos fue analizar 524 muestras de orina de mujeres de la Comunitat Valenciana cuando sus hijos tenían 4 años. Para ello, utilizamos una técnica altamente sensible (HPLC-Q-TOF-MS) capaz de detectar múltiples micotoxinas y sus metabolitos (sustancias generadas por el metabolismo). Nuestro objetivo era saber cuántas mujeres están expuestas a estos agentes y qué factores (dieta, entorno, nivel socioeconómico) influyen en esa exposición.

¿Y qué encontramos?

Lo primero que arrojó la investigación es que la exposición de estos tóxicos provenientes de la dieta es muy alta en las mujeres: hasta el 81 % de ellas presentaba al menos una micotoxina detectable y el 29 % niveles cuantificables. Muchas de ellas estaban expuestas a varias al mismo tiempo.

También descubrimos que las micotoxinas emergentes son las más frecuentes, y entre ellas destacaba la enniatina B, no regulada por la legislación europea. En estudios celulares y animales, se ha asociado con efectos neurotóxicos, genotóxicos (capaces de ocasionar daño en los genes) y alteraciones en las mitocondrias.

Estos agentes pueden además atravesar barreras biológicas, lo que significa que si una mujer embarazada está expuesta, el feto también podría estarlo, lo que debería preocuparnos. El cerebro en desarrollo es extremadamente sensible a sustancias tóxicas y algunas micotoxinas emergentes pueden alterar la comunicación neuronal, inducir inflamación, dañar el ADN e interferir en la producción de energía celular.

Todavía no tenemos pruebas concluyentes en humanos, pero la señal de alerta es evidente. Si se combinan con factores como dieta, contaminación o estrés, podrían contribuir al desarrollo de problemas del neurodesarrollo infantil, como dificultades cognitivas o de conducta. Por eso necesitamos investigar más, y rápido.




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¿Quién está más expuesto a estas toxinas?

Los [datos de nuestro estudio] revelaron tres patrones clave. Por un lado, vivir en zonas rurales implica una mayor exposición a micotoxinas emergentes. Y entre las posibles causas destaca el almacenamiento tradicional de alimentos, las condiciones agrícolas o el menor control industrial.

La investigación también concluyó que el nivel socioeconómico bajo es un factor determinante. De acuerdo con los resultados, las mujeres con menos recursos presentaban niveles más altos de estas sustancias. Lo que sugiere desigualdad ambiental y alimentaria, es decir, no todas las personas pueden acceder a alimentos igual de seguros.

Por otro lado, la dieta importa (y sorprende). Encontramos que alimentos como productos derivados de cereales y frutas y bebidas como cerveza, zumos y refrescos light aumentan la exposición a las toxinas emergentes. Y, que por el contrario, las carnes procesadas como salchichas o embutidos otros la disminuyen.

¿La razón? Estos productos se someten a secado, salado o tecnologías que reducen la humedad y frenan el crecimiento de hongos. No obstante, no se trata de recomendar comer más embutidos, sino de entender que la tecnología alimentaria influye en la seguridad.

¿Y qué hay de los alimentos “saludables”?

Frutas, verduras o productos integrales pueden contener trazas de micotoxinas, pero también antioxidantes y compuestos protectores. De hecho, algunos estudios sugieren que estos nutrientes podrían reducir el daño causado por micotoxinas.

Por tanto, la solución no es dejar de comer sano, sino mejorar los controles de calidad y diversificar la dieta para evitar exposiciones repetidas.




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Implicaciones para la salud pública

Nuestro estudio pone sobre la mesa varias cuestiones urgentes. La población general está expuesta a estos agentes tóxicos sin saberlo y las micotoxinas emergentes, no reguladas, son muy frecuentes. Lo más grave es que éstas podrían
afectar al neurodesarrollo infantil. Además, como evidencia nuestro trabajo, existen desigualdades sociales en la exposición a estos tóxicos y algunos alimentos concretos merecen vigilancia especial.

¿Y qué se puede hacer? Lo primero sería incluir las micotoxinas emergentes en la legislación alimentaria y mejorar el almacenamiento agrícola y la vigilancia. Se debe, además, estudiar la exposición combinada a varias micotoxinas e incorporar el embarazo y la infancia en la evaluación de riesgos. Por último, hay que reducir las desigualdades: entender que la seguridad alimentaria es igual a justicia social.

Los ciudadanos también podemos jugar un papel clave como consumidores. No se trata de alarmarse, sino de actuar con conciencia. ¿Cómo? Variando nuestra dieta, almacenando bien los alimentos, priorizando productos de origen fiable y exigiendo transparencia a la industria.

Un mensaje final

Cuando iniciamos este estudio esperábamos encontrar cierta exposición en nuestra muestra. Lo que no imaginábamos era descubrir que hasta 8 de cada 10 mujeres presentaban micotoxinas, que las no reguladas eran las más frecuentes y que las clases sociales más vulnerables están más expuestas.

Nuestro trabajo es solo el principio para acabar con un gran problema de salud pública. Para ello necesitamos más investigación, más regulación y más conciencia social. La seguridad alimentaria no solo consiste en asegurar que un alimento no nos haga daño hoy, sino en que no comprometa la salud de las próximas generaciones.

The Conversation

El proyecto INMA del que Manuel Lozano Relaño forma parte, recibe fondos de la Generalitat Valenciana, el Ministerio de Universidades, el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y el Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER).

ref. Nuevo estudio: muchas mujeres podrían vivir con toxinas de hongos procedentes de alimentos – https://theconversation.com/nuevo-estudio-muchas-mujeres-podrian-vivir-con-toxinas-de-hongos-procedentes-de-alimentos-267806