I=I: el mensaje que ha cambiado la prevención del VIH y reducido el estigma

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Ryan Murúa, Especialista en Medicina Interna (Hospital Infanta Leonor). Investigador (CIBERINFEC e IiSGM). Presidente de SEISIDA y Vicepresidente de GEITS. Profesor de Medicina (Facultad de Medicina), Universidad Complutense de Madrid

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He aquí uno de los avances más relevantes en la respuesta científica y social frente al virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) que, sin embargo aún no es conocido por una parte importante de la población. Se trata de un hecho clave: si una persona que vive con VIH toma su tratamiento y mantiene una carga viral indetectable, no transmite el virus por vía sexual. Este es el significado tras el concepto de “I=I”. Es decir, que indetectable es igual a intransmisible.

A pesar de la importancia de este hecho, todavía existe confusión al respecto. Recientemente en un programa de televisión de ámbito nacional, el programa de TVE La Revuelta, se compartió un mensaje que aseguraba que “todo el mundo con VIH en España es indetectable”. Días después la viróloga Jara Llenas-García puntualizaba en el mismo programa que, para poder decir que “indetectable = intransmisible”, primero la persona haya sido diagnosticada y tratada.

¿Qué significa indetectable?

La carga viral es la cantidad de VIH que circula en la sangre. Con tratamiento antirretroviral esa cantidad disminuye hasta niveles tan bajos que las pruebas de laboratorio habituales no detectan el virus en sangre. A esto lo llamamos “tener una carga viral indetectable”.

En la práctica, cuando el tratamiento se toma de forma constante, la carga viral se vuelve indetectable en los primeros meses y, con una toma regular y continuada se mantiene así a largo plazo.

Estar indetectable no significa que el VIH haya desaparecido del organismo. Significa que el virus está controlado, la salud se protege y, además, no se produce la transmisión sexual.

Indetectable=Instransmisible (I=I) no es un eslogan: es evidencia científica

La afirmación de que el VIH no se transmite por vía sexual cuando la carga viral es indetectable se apoya en más de una década de estudios clínicos y observacionales de alta calidad.

El primer gran punto de inflexión llegó con el ensayo clínico HPTN 052, cuyos resultados se publicaron en 2016. Este estudio se realizó con parejas serodiferentes, en las que solo uno de los miembros vivía con VIH. En el estudio no hubo ninguna transmisión del virus cuando el miembro de la pareja con VIH estaba indetectable tomando su tratamiento.




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Las escasas transmisiones documentadas se dieron exclusivamente cuando la supresión viral aún no se había alcanzado, o cuando el tratamiento había fallado o se había interrumpido.

Este hallazgo fue confirmado y reforzado por tres grandes estudios observacionales diseñados específicamente para detectar transmisiones: PARTNER y PARTNER2 y Opposites Attract que incluyeron en conjunto a parejas serodiferentes, heterosexuales y de hombres que tienen sexo con hombres, en distintos países.

Durante el seguimiento, estas parejas mantuvieron más de 125.000 relaciones sexuales sin preservativo. El resultado fue consistente en todos los estudios: no se observó ninguna transmisión genéticamente vinculada cuando la persona que vivía con VIH estaba indetectable

Desde el punto de vista estadístico, las estimaciones del riesgo de transmisión fueron 0,00 por cada 100 parejas por año, con intervalos de confianza estrechos.

Aquí el lenguaje importa: Hablar de “riesgo casi nulo” no refleja la evidencia de maneja justa y mantiene dudas innecesarias. Los datos permiten, y exigen, un mensaje claro. Indetectable significa intransmisible por vía sexual. Así lo reconocen la OMS, ONUSIDA y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC).

No es una opinión ni una consigna activista, sino uno de los hechos mejor demostrados en la historia de la prevención del VIH.

Dónde aplica I=I (y dónde no)

“Indetectable es igual a intransmisible” se refiere a la transmisión sexual. ONUSIDA lo expresa de forma explícita: con carga viral indetectable sostenida no hay riesgo de transmisión a través de sexo vaginal o anal desprotegido.

Durante el embarazo y el parto, el inicio precoz del tratamiento antirretroviral y la supresión sostenida de la carga viral permiten evitar la transmisión del VIH al bebé.Así, hoy en día, muchas mujeres con VIH tienen hijos sin VIH gracias a estar indetectables por la toma del tratamiento.
En la lactancia materna, el riesgo de transmisión se reduce mucho, aunque no pueda considerarse cero. Disponemos de estudios y revisiones muy recientes, como el metaanálisis publicado en The Lancet en 2025, en el cual se expone que los datos disponibles actualmente son muy tranquilizadores pero escasos. Por eso, las guías a día de hoy recomiendan una decisión compartida en la elección del tipo de lactancia cuando la madre tiene VIH, con un seguimiento estrecho y apoyo continuo.

Tampoco podemos afirmar que haya riesgo cero en otras situaciones como compartir material de inyección o en caso de accidentes con agujas.

Por qué I=I es un mensaje de salud pública

I=I es salud pública porque tratar es prevenir. Cuando el VIH se diagnostica y se trata a tiempo, la transmisión se interrumpe. La mayoría de las nuevas infecciones no proceden de personas con VIH en tratamiento e indetectables, sino de personas no diagnosticadas.

El mensaje es claro: hacerse la prueba y acceder al tratamiento protege a toda la comunidad. Con diagnóstico y seguimiento, el VIH es una infección crónica manejable y, sexualmente, intransmisible.

I=I contra el estigma

I=I no solo ha cambiado la prevención del VIH; también ha transformado el estigma. Durante años, vivir con VIH se ha asociado a ser un riesgo para otras personas. Este mensaje rompe esa idea: una persona con VIH en tratamiento eficaz e indetectable no transmite el virus por vía sexual. Esto tiene un impacto profundo en la autoestima, las relaciones y la vida cotidiana.

La evidencia muestra que la comunicación de I=I se asocia a menor estigma y mayor comprensión del VIH, lo que puede facilitar el acceso a la prueba y la atención, y mejorar el bienestar de las personas y parejas afectadas.

Aun así, ONUSIDA advierte que I=I no debe utilizarse para clasificar a las personas. La carga viral no define el valor de nadie ni puede usarse para estigmatizar, discriminar o criminalizar.

Además, alcanzar y mantener unos niveles indetectables del virus en sangre no siempre depende solo de la persona. Existen factores sociales y de acceso a la atención sanitaria que no podemos obviar. Por eso, el enfoque de salud pública debe ser apoyar y acompañar, nunca señalar.

I=I es ciencia, pero también es derechos y dignidad. Este mensaje nos recuerda que, con acceso al diagnóstico y al tratamiento, las personas que viven con VIH pueden vivir una vida plena. Porque cuidar la salud también es cuidar la dignidad.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. I=I: el mensaje que ha cambiado la prevención del VIH y reducido el estigma – https://theconversation.com/i-i-el-mensaje-que-ha-cambiado-la-prevencion-del-vih-y-reducido-el-estigma-272409

Cuanto más confiamos en la inteligencia artificial, menos aprendemos con ella

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Martín Moncunill, Profesor Investigador en Interacción con IA, Universidad Camilo José Cela

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa está cambiando cómo nos relacionamos con la tecnología. Un sistema con IA puede devolvernos un resultado inadecuado sin estar rota o sin que la estemos empleando de manera inadecuada. Simplemente puede “equivocarse” y, como haríamos con un humano, tenemos la opción de corregirle.

Esta posibilidad hace que la confianza que depositamos en la inteligencia artificial y la forma de emplearla cambien sustancialmente respecto de cómo utilizamos otras herramientas tecnológicas donde suele estar mucho más claro si se ha producido algún error. Los sistemas con IA nos obligan a plantearnos si están funcionando mal y verificar los resultados que nos van ofreciendo.

Esta diferencia afecta muy directamente al sector educativo, tanto a profesores como a alumnos. En este ámbito, las posibilidades de la IA van desde usarla para aprender mejor hasta un uso contraproducente para el aprendizaje. Y la confianza que depositamos en ella está estrechamente relacionada con cada una de estas dos opciones.

Tecnología y confianza: una relación modificada

La confianza es un factor esencial en el uso de la tecnología. Mientras que el exceso de confianza puede generar dependencia y quedar expuesto cuando esa tecnología falla (o se “equivoca”), la falta de confianza puede llevar a un uso ineficiente o incluso a rechazar frontalmente su utilización. En el contexto educativo es menos problemático lo segundo que lo primero: la desconfianza impulsaría al alumno a comprobar que la información obtenida es correcta, lo que debería resultar positivo para su aprendizaje.

Para comprobar si esto es así, he investigado en qué medida los estudiantes universitarios confían en la información proporcionada por la inteligencia artificial y cómo la comprueban.

Los resultados del estudio muestran que casi el 80 % de los 132 estudiantes participantes la usan frecuente o muy frecuentemente. Ni uno solo de ellos afirmó no haber utilizado nunca esta herramienta con fines académicos.

Autopercepción frente a realidad

Más del 75 % de los estudiantes utilizan métodos considerados poco fiables para comprobar los resultados ofrecidos. En torno al 40 % ni siquiera realiza acciones básicas como solicitar las fuentes en las que se basa la respuesta. Algo particularmente preocupante teniendo en cuenta que más del 75 % admite que las herramientas de inteligencia artificial proporcionan respuestas inadecuadas algunas veces o muy frecuentemente.

Pero lo más interesante es que la inmensa mayoría (más del 90 % de los encuestados) se considera capaz de identificar respuestas inadecuadas al menos ocasionalmente, y ninguno informó ser incapaz de hacerlo. En cambio, perciben que los profesores no son capaces de detectar tales errores.

Subjetividad irracional

La mayor parte de las universidades están impulsando el uso de la IA con formaciones específicas tanto para docentes como para los estudiantes. Por ejemplo, la Universidad Camilo José Cela, donde enseño e investigo, está haciendo un notable esfuerzo que va desde formación continua hasta la organización de grandes eventos como el Global Education Forum o la financiación de investigaciones como la que nos ocupa.

Pero un elevado número de alumnos desconfía de las herramientas de inteligencia artificial de pago proporcionadas por la universidad porque les preocupa ver comprometida su privacidad. Creen que la universidad puede tener acceso a sus consultas y saber si han empleado la IA de manera inadecuada.




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Nuestro estudio evidencia un grado de subjetividad irracional por parte de los alumnos, que nos indica que el uso que se hace de esta herramienta no es el adecuado. Esto es así en cuanto a la verificación de la información, pero también respecto de cuáles son las herramientas más adecuadas para el uso académico y cómo emplearlas. Muchos docentes observamos en el día a día cómo los alumnos ni siquiera son conscientes de estar empleándola mal en su proceso de aprendizaje.

A más confianza, peor aprendizaje

La inteligencia artificial es útil para completar las tareas académicas, pero esto no implica necesariamente que lo sean para aprender. Cuando los alumnos confían en las respuestas proporcionadas por la IA y no comprueban sus indicaciones, el aprendizaje no puede ser el mismo.




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Este exceso de confianza en la IA dificulta su uso como herramienta de aprendizaje, pues no actúa el pensamiento crítico ni la metacognición: los procesos mentales en funcionamiento cuando necesitamos resolver un problema. Paradójicamente, gran parte del tiempo que los estudiantes se “ahorran” en estas tareas lo dedican a eliminar posibilidades de ser detectados en su uso de la IA.

Aunque la utilización de la IA pueda ser clave para su desempeño laboral, los estudiantes necesitan aprender a usarla como herramienta de aprendizaje, algo distinto de su hipotético uso en el ámbito profesional. Queda por tanto un largo camino para conseguir que la IA se integre de forma eficiente en el contexto educativo, y los estudios de este tipo son necesarios para ir tomando el pulso e ir adoptando las medidas necesarias.

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David Martín Moncunill no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Cuanto más confiamos en la inteligencia artificial, menos aprendemos con ella – https://theconversation.com/cuanto-mas-confiamos-en-la-inteligencia-artificial-menos-aprendemos-con-ella-270184

Inflación emocional: aunque los precios bajen, el malestar al pagar permanece

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Manuel Cerdá Suárez, Profesor e investigador en marketing e investigación de mercados, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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Tras un periodo de precios altos, aunque la inflación se modere y los indicadores apunten a una cierta recuperación, muchas personas siguen sintiendo que “todo está caro”. Esta brecha entre los datos y lo que sentimos no es un simple malentendido: la investigación en comportamiento del consumidor muestra que la inflación puede reducirse en las estadísticas antes de que baje en nuestra cabeza.

Cuando pagar duele: el precio como experiencia emocional

La economía conductual lleva décadas documentando el “dolor de pagar” (pain of paying). Pagar no es solo una operación contable: activa en el cerebro circuitos vinculados al malestar y puede reducir el placer asociado al consumo. Si consumir genera placer, pagar genera dolor, y ambas experiencias se entrelazan en cada decisión de compra.

En contextos de precios elevados o de incertidumbre económica, este dolor se intensifica: no importa tanto cuánto pagamos sino la sensación de que cada compra confirma una pérdida de capacidad económica. Investigaciones en salud pública alertan de que, tras varios años de inflación elevada, los consumidores reaccionan con más sensibilidad, incluso ante subidas moderadas, asociando los precios con estrés y pérdida de control.

Además, la mente se ancla a una tabla de precios internos: recordamos cuánto costaban las cosas hace unos años y cualquier desviación se interpreta como una pérdida, aunque la renta haya mejorado. Ahí empieza la carga emocional del consumo: actividades cotidianas como ir al supermercado, pagar la luz o repostar gasolina se convierten en evidencias de que “todo cuesta más”.

La inflación emocional no baja al ritmo del IPC

Las personas prestamos más atención a los precios de los bienes que compramos con más frecuencia –alimentación, energía, vivienda–, y tendemos a recordar más las subidas que las bajadas. Es el sesgo de frecuencia: nuestra percepción se sesga hacia los precios que vemos más a menudo. Esto explica por qué, aunque la inflación se modere, la sensación de carestía permanece.

El Banco de España señala que la inflación no afecta por igual a todos: los hogares con rentas más bajas destinan una proporción mayor de ingresos a bienes básicos, por lo que perciben las subidas con mucha más intensidad. A escala europea, un informe concluye que el coste de la vida afecta especialmente a jóvenes, familias con alquiler elevado y hogares expuestos a gastos esenciales crecientes.

Todo ello configura una inflación emocional que persiste incluso cuando la inflación baja, se alimenta de la memoria de subidas acumuladas y se refuerza cada vez que interactuamos con precios sensibles (alimentos, energía, vivienda).

Fatiga del coste de la vida: cuando vigilar los precios agota

A la tensión puntual de pagar más se suma una carga menos visible: la fatiga del coste de la vida, asociada a la vigilancia constante del gasto, la comparación repetida de precios y la sensación de estar siempre renunciando a algo para llegar a fin de mes.

Esta fatiga se manifiesta en tres comportamientos cada vez más frecuentes:

  1. La vigilancia de los precios: revisar ofertas, seguir aplicaciones de comparación, etc., actividades que consumen tiempo y energía mental.

  2. La culpa provocada por el consumo: gastar en ocio o en pequeños placeres genera tensión moral, incluso cuando la situación económica sea razonablemente estable.

  3. La sensación de pérdida continua: sentir que “antes se vivía mejor con lo mismo”, aunque los datos muestren una recuperación parcial de la renta familiar disponible.

En paralelo, las investigaciones en salud pública relacionan las tensiones económicas con mayores niveles de ansiedad, insomnio y síntomas depresivos. Parece que el estrés relacionado con la inflación tiene efectos negativos acumulativos sobre el bienestar. No es solo que “llegar a fin de mes” se haya vuelto más difícil: gestionar la inflación se ha convertido en una carga emocional añadida.

¿Podemos reducir la carga emocional del consumo?

Los precios no dependen de las decisiones individuales, pero sí puede mejorarse la forma de gestionarlos psicológicamente. La economía conductual sugiere varias estrategias útiles:

  • Fijar “anclas personales” de precios: decidir de antemano qué consideramos razonable pagar por ciertos bienes (por ejemplo, por un litro de aceite o salir a cenar), reduce la sensación de injusticia en cada compra y evita frustraciones repetidas.

  • Planificar, en lugar de improvisar: establecer presupuestos mensuales y limitar ciertas categorías de gasto disminuyen el dolor de pagar y convierten el gasto en algo esperado y no en una sorpresa desagradable.

  • Retrasar las decisiones de compra no esenciales: introducir una regla de “24 horas de espera” para adquisiciones compulsivas ayuda a desactivar decisiones tomadas bajo estrés o fatiga.

Al final, si la inflación se mide en porcentajes, su impacto emocional se manifiesta en preocupación, cansancio y renuncias cotidianas. Entender que los precios afectan tanto al bolsillo como al bienestar es clave para diseñar políticas económicas sensibles a la experiencia real de los hogares. Y para que, como consumidores, podamos cuidarnos mejor en medio de la incertidumbre.

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Luis Manuel Cerdá Suárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Inflación emocional: aunque los precios bajen, el malestar al pagar permanece – https://theconversation.com/inflacion-emocional-aunque-los-precios-bajen-el-malestar-al-pagar-permanece-270770

Bienestar digital 2025: los móviles como calabozos de aire

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Sanz, Directora editorial, The Conversation

Rawpixel.com/Shutterstock

En su Historia de cronopios y famas, el escritor argentino Julio Cortázar tiene un relato que perfectamente podría haber dedicado al teléfono móvil si hubiese nacido en el siglo XXI. Se titula “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj”. Y dice así:

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure […]. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben–, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo […] Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”

Con los teléfonos móviles, podríamos tener esa misma sensación de ser nosotros “los regalados”. Y el obsequio puede ser, en efecto, un “calabozo de aire”, parafraseando a Cortázar. Un calabozo donde involuntariamente perdemos la noción del tiempo, donde los algoritmos tienden a amplificar mensajes polarizados y desinformativos, donde uno de cada diez adolescentes sufre ciberacoso y los jóvenes son perpetradores y víctimas de nuevas formas de violencia,

Además, lejos de acabar con los estereotipos, las redes sociales acentúan algunas desigualdades. Por ejemplo, como nos explicaba Milagros Sáinz, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en las redes “la excesiva importancia de la imagen corporal, y la cosificación y sexualización del cuerpo de las mujeres que implica, hace a las chicas especialmente vulnerables a determinados problemas de salud mental”.

Estos son los temas en los que profundizan algunos de los artículos que hemos publicado en torno a una temática que preocupaba a la sociedad: el bienestar digital de los menores. A través de más de sesenta textos hemos funcionado como agregadores de conocimiento multidisciplinar sobre bienestar digital aportado por sociólogos, educadores, psicólogos, pediatras, legisladores, expertos en ciberseguridad, psiquiatras, lingüistas…

Con algunos de ellos mantuvimos, además, una decena de conversaciones en persona en las que fuimos testigos de la creación de nuevas conexiones entre investigadores e iniciativas sociales que comparten (compartimos) el interés por el bienestar digital. Y esas redes de conexiones incluyeron a los propios jóvenes, parte esencial de los eventos, que agradecían encarecidamente que su voz se escuchara en este tipo de foros y soñaban con que se convirtiera en algo habitual.

Lo que los menores tienen que decir

Sin menospreciar todo lo que hemos aprendido de los debates con expertos, queremos subrayar cuánto nos ha sumado escuchar a los chavales. En uno de los últimos eventos celebrados, cuando le preguntamos a un grupo de jóvenes qué mensaje le mandarían “a su yo del pasado”, una de ellas respondía:

“Mejor se lo mandaría a mis padres, y a los padres de mis amigos (risas). Les insistiría en que un móvil es una bomba de dopamina y de estímulos que no se debe poner en manos de un niño, porque es incapaz de dosificarse. Y le diría: ¿por qué no te esperas unos añitos más?”.

Mientras sus compañeras y compañeros asentían, ella continuaba:

“Hace poco subí con amigos al Albaicín, en Granada, a contemplar una puesta de sol maravillosa. Y nos encontramos con un niño va en un cochecito de bebé mirando absorto una pantalla… ¡con lo bien que le vendría neurológicamente admirar ese atardecer! Es desolador que adultos tomen esa decisión por ellos y les priven de experiencias reales”.

Finalmente, añadía que en su generación, en su entorno y en las propias redes, empiezan a aparecer voces que reclaman tiempo sin pantallas, que ponen en valor la desconexión y cuestionan cada vez más lo que les aportan las pantallas en comparación con lo que les resta, lo que desplaza. Que hablan de reconectar con los otros, del contacto en persona y el contacto con la naturaleza. Hay esperanza…

Entender primero, usar después

Tras un año con los oídos bien abiertos, resuenan en mi cabeza demandas de los jóvenes que están muy lejos del “Todo va bien” o “Dejadnos tranquilos, que sabemos lo que hacemos” que podríamos pronosticar. “Por favor, explicadnos cómo funciona Internet –y eso de la economía del dato, la seguridad y la privacidad– antes de poner un móvil en nuestras manos (y ponedlo más tarde que pronto)”, reclamaba un chaval de 14 años. “Envidio a mis padres, que fueron adolescentes en un mundo sin móviles”, reconocía un grupo de alumnos de 4º de la ESO. Notando su desesperación, en una ocasión les pregunté: “Imaginad que aquí hay un botón y si lo pulso ninguno de vuestros compañeros y amigos usa redes sociales, vosotros mismos no podéis usarlas, todas vuestras cuentas de redes sociales desaparecen, ¿lo pulso?” Un 90 % respondió con un rotundo sí.

“Yo desconecto del móvil en la cena, pero mis padres no: es difícil hablar con ellos, supongo que porque por el móvil les llegan mensajes del trabajo a todas horas”, lamentaba una chica, respaldada por los “Yo igual”, “Y yo”, “En mi casa también” de sus compañeros. Las expertas y los expertos, por su parte, aunque no habían escuchado estos comentarios, coincidían en que si hubiese que cambiar un solo hábito en el mundo ese sería “cenar cada día juntos, en familia, sin pantallas”.

Es más, ni siquiera deberíamos dejar el móvil sobre la mesa porque, como nos insistía Estrella Montolío, de la Universidad de Barcelona, “la simple presencia de un móvil, aunque esté en modo silencio, divide la atención de los participantes entre las personas reales presentes y la gente virtual”. Ese móvil silencioso “inhibe la posibilidad de iniciar y compartir conversaciones de interés, dado que los participantes sospechan de manera inconsciente que el dispositivo puede reclamar la atención de su propietario en cualquier momento desde un universo virtual paralelo, por lo que deciden ‘surfear’ los temas de conversación en lugar de profundizar en ellos”.

Conocer para tener el control

Para que cuando nos regalen un móvil no seamos nosotros los regalados, la mejor vacuna es el conocimiento. Entender la economía del dato, entender el algoritmo, analizar de forma crítica nuestras renuncias a la privacidad, etc. nos permitirá tomar el control y decidir de manera consciente cómo, dónde, cuánto y con qué contenido usamos la tecnología (y dejamos a los menores a nuestro cargo que lo hagan).

“Queremos educar ciudadanos y ciudadanas capaces de usar la tecnología de una manera competente, adecuada y responsable en su vida diaria”, declaraba Victoria Marín Juarros, de la Universitat de Lleida, aportando ideas para desarrollar una mirada crítica hacia la tecnología desde las aulas. Desde las aulas y, por supuesto, desde casa.

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– ref. Bienestar digital 2025: los móviles como calabozos de aire – https://theconversation.com/bienestar-digital-2025-los-moviles-como-calabozos-de-aire-272580

Neurodiversidad y neurodivergencia en redes: ¿se puede divulgar con rigor?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ingrid Mosquera Gende, Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Investigadora Principal del Grupo TEKINDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Gerd Altmann / Pixabay, CC BY-NC

Los términos neurodiversidad y neurodivergencia están adquiriendo un gran protagonismo en la actualidad. Aunque su origen no es clínico ni técnico, sino social, ya se emplean en revistas e investigaciones de carácter académico. Estamos viviendo un periodo de adaptación, quizás similar a cuando la Real Academia de la Lengua incorpora una palabra a su diccionario.

El término “neurodiversidad” se usa cada vez más, tanto entre la población en general, como en investigaciones.

Se trata de una palabra que pudo tener su origen en comunidades virtuales de personas con autismo, impulsadas por el discurso que defendía en los años 90 Jim Sinclair, un activista y escritor con autismo. Sinclair apelaba a los padres de niños y niñas con autismo para que no sintiesen pena por ellos, sino que abrazasen sus diferencias y luchasen por sus necesidades.

Esas voces sirvieron para sentar la base de una idea (los humanos somos todos diversos, pero no peores o mejores) a la que la socióloga australiana Judy Singer pondría nombre en 1998. Aunque otras personas consideran que la primera mención del término lo realizó el periodista Harvey Blume en 1997.

Paralelamente, otro término iba adquiriendo protagonismo. El concepto de “neurodivergencia”, incluyendo, entre otros, el autismo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o la dislexia, surgió a comienzos de los años 2000 y se considera acuñado por la activista con autismo Kassiane Asasumasu.

Una nomenclatura difusa

Ambos vocablos no tienen su origen en el ámbito clínico, sino en el “modelo social de la discapacidad”: este enfoque se centra en las necesidades del entorno para la persona con discapacidad, en sus apoyos y habilidades. Desde esta perspectiva, se intenta subrayar que no solo la persona debe hacer cambios para adaptarse sino que, y sobre todo, es la sociedad la que necesita poner de su parte.

Por lo tanto, en la actualidad, no constituyen diagnósticos clínicos. Sin embargo, se trata de dos términos con una gran frecuencia de uso en redes sociales, a menudo con tintes reivindicativos. A través de frases como “nada sobre nosotros, sin nosotros”, las personas autodenominadas como neurodiversas o neurodivergentes reclaman que se cuente con ellas para hablar sobre estos asuntos, así como para promover medidas o políticas que les afecten.

A pesar de los puntos positivos que subyacen en estas reivindicaciones, desde el punto de vista clínico, algunas voces han empezado a señalar que esta perspectiva social de entender la neurodiversidad o la neurodivergencia puede tener consecuencias no deseadas para las personas implicadas, así como para sus familias.

Por ejemplo, al defender que la neurodiversidad supone una diversidad neurológica no patológica, es decir, que no hay un problema sino una diferencia, podemos limitar o dificultar el acceso a ayudas, subvenciones o atención médica o psicológica adecuadas.

Separar el grano de la paja

En este sentido, divulgar sobre neurodiversidad y neurodivergencia en redes sociales puede suponer un gran apoyo para personas que se sienten identificadas, así como para familias de niños y niñas que, empleando esta terminología, podríamos considerar como neurodiversas o neurodivergentes.

Sin embargo, como en otras áreas que se ponen de moda, se suman muchos perfiles no especializados, por lo que es preciso distinguir las voces rigurosas y autorizadas de las que no lo son. Por ello, además de las preguntas generales que podemos plantearnos para no dejarnos atrapar por perfiles vacíos, deberíamos reflexionar acerca de algunos puntos clave:

  • ¿Quién está detrás del perfil? Lo ideal es no guiarnos únicamente por una red social, sino salir de ella y poder buscar a la persona real que está detrás: en otras redes, webs, páginas institucionales, etc. Esto nos permitirá valorar la fiabilidad de la fuente y la solidez de su discurso. En este sentido, también es esencial revisar si la persona está habilitada para hablar de determinado tema.

  • ¿Se están ofreciendo soluciones fáciles a problemas complejos? Las neurodivergencias no entienden de recetas mágicas. Si un perfil promete curas, resultados inmediatos o plantea respuestas simples ante cuestiones educativas o de neurodiversidad, no se tratará una fuente recomendable.

  • ¿Qué tipo de publicaciones encontramos en el perfil? Si se trata de un perfil en el que se publica sobre temas dispares, no estaremos, sin duda, ante un perfil divulgativo especializado. Revisar el historial y bucear un poco en el timeline, nos ofrecerá muchas pistas al respecto.

Si se cumplen los criterios adecuados, estaremos ante un perfil que valdrá la pena no solo seguir, sino también compartirlo para que pueda llegar a más gente.

No perder el norte

Aunque ahora mismo no lo están, es posible que estas palabras acaben incorporándose al ámbito clínico. Sea como sea, hablar de neurodiversidad y de neurodivergencia desde la evidencia científica, la experiencia y la transparencia puede ayudar a mejorar calidad de vida de las personas implicadas y contribuir al diálogo entre los profesionales, las comunidades neurodiversas adultas y las familias. Este debe ser el objetivo que no podemos perder de vista.

Sin embargo, desde otra perspectiva, debemos recordar que los profesionales de la educación, la psicología o la salud deben disponer de marcos conceptuales precisos y operativos a través de los cuales poder identificar necesidades específicas, diseñar apoyos adecuados y evaluar sus resultados, evitando sobresimplificaciones y generalizaciones que no se corresponde con la realidad de los diagnósticos individuales.

Contar con ese punto de partida contribuirá a una mejor y más rápida atención personalizada. De ahí la importancia de la detección temprana. Tendremos que esperar para ver cómo evolucionan estos términos y su uso.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Neurodiversidad y neurodivergencia en redes: ¿se puede divulgar con rigor? – https://theconversation.com/neurodiversidad-y-neurodivergencia-en-redes-se-puede-divulgar-con-rigor-266918

Ciencia 2025: six seven o el estado digital de la cuestión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

N Universe/Shutterstock

Si no lo entiende, es normal. Es un título en clave que solo podrían descifrar los adolescentes de la casa, si no fuera porque aquí les traigo el spoiler. “6 7” (six seven) ha sido elegido el vocablo del año 2025 por Dyctionary.com, en encarnizada competencia con “rage bait” –ganadora según Diccionario Cambridge de inglés– y “parasocial” –la seleccionada por Diccionario Oxford–. Las tres nos interesan mucho, pero vayamos por partes.

6 7 es eso que no es nada y, a la vez, tiene el poderío suficiente para servir de respuesta para todo. Sirve como sustituto perfecto a “no sé”, “quizá”, “y a mí qué”, “quién sabe”, “me da igual”, “como quieras”, “paso de todo” o “vaya novedad”, por ejemplo. Pertenece, como escriben los autores de este interesante artículo, a la “jerga brainrot”, es decir, “términos intencionalmente absurdos y sin sentido diseñados para ser remezclados infinitamente y utilizados, incluso, como elemento de burla o incordio hacia adultos o profesores”. Por cierto, eso de “brainrot” significa “cerebro podrido” en inglés, que es como se nos queda la sesera cuando sucumbimos a los algoritmos adictivos de internet: dejamos de pensar, de ser, de saber… y nos convertimos en un pedazo de carne con un dedo que hace scroll.

¿Y qué tiene que ver con el resumen de 2025? 6 7 es la cara que ponemos cuando nos enteramos de que todos esos superpoderes que prometía tener la inteligencia artificial son, en lo que nos toca como ciudadanos de a pie, un jardín lleno de cacas de vaca. Porque, aparte de su papel estrella en la automatización de la industria y la investigación, en su uso doméstico está siendo algo que beneficia sobre todo a las plataformas digitales que usamos –o nos usan–.

Hora de analizar los efectos secundarios

Si 2024 destacó por ser el año en que todos, hasta el jurado de los Nobel, quedamos deslumbrados por la maravillosa promesa que el aprendizaje automático podía suponer para el avance de la humanidad, su hermano pequeño, 2025, es la revancha del sentido crítico.

Hemos sabido cómo, con analizar solo una foto nuestra, existen programas de inteligencia artificial que pueden hacer un retrato robot detallado de cómo somos, hasta de cuánto ganamos. No es que los algoritmos nos lean la mente, es que están diseñados para satisfacer los intereses económicos de las plataformas que hay detrás.

Hay quienes definen la tecnología mediática moderna como “técnicas que nos sumergen en una realidad constantemente retocada, filtrada y cada vez más distante de la experiencia directa”. A esa fabricación de lo real que sustituye lo vivido, Gunter Anders la llamó “fantasmas”“. Un riesgo que encaja con otra de las palabras del año, “parasocial”, entendida como aquello que finge el contacto entre personas, pero no es más que puro aislamiento: exactamente lo que hacen las redes sociales, cuando nos comunicamos con cientos de personas a base de corazoncitos… pero lo hacemos desde la inmensa soledad de nuestra pantalla rectangular. Y eso sin hablar de esos chatbots que se convierten en compañeros y confidentes, haciéndonos olvidar que son solo programas de ordenador.

Otra cosa que debemos recordar es que, al ser pura estadística, la IA se puede equivocar y no es fácil saber quién pagaría por esos errores, sean grandes o pequeños. Todo apunta a que es hora de adaptar las normas para prevenir los riesgos de la inteligencia artificial, de verdad y en la práctica.

Unos y ceros sin emociones

Por otra parte, cuando hablamos con ChatGPT como si fuera una persona y, peor aún, nos responde de la misma manera que lo haría una persona, podemos entrar un bucle pantanoso. Y es que otorgar cualidades humanas a la tecnología no nos ayuda a comprenderla, eso está claro. “El imaginario en torno a una tecnología determina el modo en que el público la entiende y, por lo tanto, guía su uso, su diseño y su impacto social”. Para empezar, la IA que tenemos hoy no siente ni padece: “no es una mente no biológica: es un proceso de optimización estadística”.

Somos nosotros, los usuarios humanos, los que sí tenemos emociones: descubrir cómo las plataformas digitales las explotan para engancharnos está detrás de otra de las palabras estrella de este año. “Rage bait” hace alusión a eso, a cómo hacemos clic, compartimos o comentamos un post o noticia solo porque ha encendido el botón de nuestra ira.

Pepitos Grillo imprescindibles

Los investigadores que firman nuestros artículos nos ayudan a aclarar confusiones. Hemos aprendido, por ejemplo, que Alphafold, el programa de IA para predecir la estructura de las proteínas por el que sus creadores recibieron el Nobel de Química, no es código abierto. No es ciencia abierta, como se nos dio a entender, sino un producto que la empresa privada DeepMind (Google-Alphabet) deja usar a los científicos, sin dejarles conocer sus entrañas ni modificarlo.

Otras voces denuncian que el lado oscuro de la tecnología está dando pie a una nueva especie de trabajadores, los neoesclavos digitales.

Científicos comprometidos

No es cuestión de ponernos sombríos, solo de ser conscientes de la realidad poliédrica. El avance tecnológico está bien, sí, de acuerdo. Pero también debemos exponer su lado no tan amable –o directamente oscuro–, esa otra cara de la moneda. Es necesario para avanzar de forma limpia y ética… y para que los tomadores de decisiones no tengan que sonrojarse a la hora de rendir cuentas a la ciudadanía.

Porque cada innovación debe ir acompañada de la evaluación de sus riesgos y de sus consecuencias no deseadas o no imaginadas. “La ciencia no puede desligarse de la sociedad, pues siempre está impregnada de valores, visiones del mundo y consecuencias prácticas”, tal y como señala otro de nuestros autores. Hoy, más que nunca, necesitamos científicos comprometidos, que hagan estudios independientes y ayuden a los gobernantes a emprender acciones mejor informadas, en beneficio de la gente.

La transición digital contamina

También hemos dado voz a interesantes estudios sobre los efectos secundarios del progreso informático: el impacto medioambiental de la inteligencia artificial. Por ejemplo, las consultas a ChatGPT consumen 1000 MWh cada día en el mundo, hasta el punto de que Microsoft, Alphabet (Google) y Amazon han firmado acuerdos para comprar energía de plantas nucleares, asegurando el flujo de vatios para sus centros de dato. En este contexto, varias investigaciones confían en la fotónica y en la nanotecnología para que la IA sostenible no quede en utopía.

Al mismo tiempo, hemos aprendido que solo una de cada díez baterías de litio (las que usan nuestros smartphones y portátiles) se recicla y que existen científicos devanándose los sesos para encontrar la manera en que el binomio “transición verde” e “impacto medioambiental de los minerales críticos” (como litio o silicio) no nos cree disonancia cognitiva.

Otra vertiente del progreso mal entendido son los tóxicos que llegan a la gente desde muy diversas fuentes, incluso juguetes con plomo, retardantes de llama y ftalatos, ropa con formaldehído y disruptores endocrinos o esos microplásticos persistentes que podrían invadir el perfecto y bello ecosistema que late en una gota del océano. Pero lo interesante no es quejarse, sino buscar soluciones: ya hay tecnologías que permiten descomponer plásticos usando bacterias o crear biomateriales de verdad biodegradables. Solo falta invertir en ellas e implementarlas.

La vida en cúbits

En el resumen de este año tampoco pueden faltar la mención al entrelazamiento entre luz y materia, con esos maravillosos artículos que nos ayudan a entender quién mató al pobre gato de Schrödinger o cómo la física cuántica entra de lleno en nuestras vidas. Este tema ha sido el protagonista del Nobel de Física 2025, otorgado a los experimentos pioneros que allanaron el camino para las computadoras cuánticas.

Forman parte de esos misterios apasionantes que nuestros autores se aventuran a explicarnos, como el origen de la primera superkilonova observada en el cosmos, las claves de la vida halladas en el asteroide Bennu o la materia oscura observada por primera vez. Porque el cielo siempre ha fascinado al ser humano y lo sigue haciendo. Si no que se lo digan a todos los amantes de contemplar eclipses, que el año que se avecina disfrutarán de lo lindo.

Nosotros seguiremos aquí, al pie del cañón, tratando de ofrecerles un fiel rompecabezas de la realidad científica y tecnológica para que puedan formarse una idea lo más completa e informada posible del lugar que quieren ocupar en el mundo.

The Conversation

– ref. Ciencia 2025: six seven o el estado digital de la cuestión – https://theconversation.com/ciencia-2025-six-seven-o-el-estado-digital-de-la-cuestion-272619

Política y Sociedad 2025: el año en el que el carisma del mal puso al mundo en alerta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation

¿Y si les dijera que el artículo más leído de nuestra sección de Política y Sociedad de 2025 se titula El carisma del mal: cómo los rasgos psicopáticos se han normalizado en la cultura del éxito? Pues resulta que no se trata de una hipótesis. Es real. Así que vayan pensando ya en eso, en qué me dirían, porque me encantaría saber lo que piensan.

Les contaré lo que pienso yo: creo que quizá hay demasiado narcisista megalómano a nuestro alrededor y que tal vez tenemos la necesidad de saber qué hay detrás de ellos para tratar de entender lo que les lleva a comportarse como lo hacen. Pero acepto interpretaciones diferentes.

Sí, ellos son la causa de los grandes males de la sociedad, esos que han llevado este año a muchos hombres y mujeres de este planeta a vivir con miedo.

Tengo la maravillosa tarea de editar artículos de dos secciones que cada mañana me colocan en el mundo, me hacen ser más consciente de cómo es, de las penalidades que millones de personas viven para sacar cabeza, solo para poder respirar, para dar una bocanada de aire y volver a meterse en el horror de una guerra, por ejemplo; en el pavor a ser deportado al país que no te dio nada más que desesperanza; en el esfuerzo de trabajar día a día lejos de tu casa o en el miedo que dan la soledad no deseada o el intento de suicidio de un hijo.

Me dirán que vaya manera tan negativa de recordar el año, ¿verdad? Y tienen toda la razón.

¿Un resumen catastroflista?

Los resúmenes del año hechos por periodistas tienden a ser catastrofistas en muchas ocasiones, pero no son más que el reflejo de lo que vivimos. Qué hacer o qué contarles si el año comenzó con la firma de decretos, uno detrás de otro, por parte del flamante presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mediante los cuales desafiaba al planeta.

Sí, Trump ha sido el gran protagonista este año, mucho más que el papa León XIV, –Robert Francis Prevost– que, recuerden, fue elegido por un cónclave rodeado de marketing tras la muerte del papa Francisco en el pasado mes de abril.

Para ese mes Donald Trump estaba ya en plena locura arancelaria, expandiendo la política de deportaciones y de estrictas medidas migratorias, desmantelando programas de diversidad, equidad e inclusión o con la puesta en marcha de sus medidas para la reducción masiva de empleados federales, congelando fondos para investigación o supervisando las protestas en los campus universitarios para detener a estudiantes que él consideraba peligrosos.

Lo de Venezuela llegó más tarde, con el “bloqueo total” de petroleros que entran o salen del país sudamericano como parte de su campaña para presionar al régimen de Nicolás Maduro y cortar sus ingresos principales.

Pero los grandes dramas del año han seguido siendo las guerras y las muertes en esas guerras. “Grande es la culpa de una guerra innecesaria”, dijo John Adams, padre de la Constitución de Estados Unidos y segundo presidente del país. Cualquiera de ellas lo es. Lo es la que enfrenta a Rusia y a Ucrania y lo ha sido también la de Israel y Palestina.

Desde el inicio de la tregua el pasado 10 de octubre hasta escribir estas líneas han muerto ya más de 400 palestinos. Un número más que añadir a los más de 70 000 que habían fallecido hasta entonces desde 2023. La cifra varía, según quién la ofrezca. Pero qué más da, las muertes son miles, todas ellas innecesarias.

Si la cifra varía es porque, efectivamente, todos estamos siendo víctimas de la desinformación en los últimos tiempos y siempre hay quien intenta que unas cifras sean otras. El virus de las noticias falsas ha ido penetrando por todos los poros de la sociedad sin hacer distinciones. Verificación, regulación y alfabetización digital son antídotos útiles para democracias consolidadas, pero difíciles de aplicar en países con “tendencias” autocráticas –léase Rusia, China, Venezuela, Hungría, República Democrática del Congo–.

Junto al auge de la desinformación ha ido creciendo en paralelo la ultraderecha, especialmente esa que acoge con los brazos abiertos a los jóvenes, aquellos que también abrazan ideas antifeministas. Parece que la juventud está empezando a mirar la democracia con desconfianza y a pensar que los tiempos pasados fueron mejores.

De esos tiempos se han cumplido en 2025 los 50 años. Medio siglo desde que el dictador Francisco Franco murió en el Palacio de El Pardo (Madrid) y esa muerte dio paso a una época de transición hacia la democracia en España. Abordamos la efeméride desde distintos ángulos y con diferentes miradas: su oratoria, las diferentes formas de represión del franquismo, cómo vivían las mujeres… Y miramos la evolución de la sociedad en estos 50 años con una mirada amplia y larga.

Este año fue también el de la muerte del uruguayo Pepe Mujica, el icono internacional de la izquierda.

La familia bien, ¿y usted?

Pero este año dedicamos nuestros artículos a hablar de otras muchas cosas. Por ejemplo de la infancia, de las personas mayores y de familias en todas sus variedades y modelos. Porque abordar los asuntos sociales y los vínculos humanos exige mirar la realidad con matices, evidencias y empatía.

Analizamos desigualdades, cuidados, políticas públicas y cambios demográficos para comprender cómo se transforman derechos, identidades y convivencias. Nuestro objetivo es ofrecer contexto, rigor y debate informado que ayude a los lectores a tomar mirar a su alrededor con una mirada justa.

No podemos despedir 2025 sin guiñar un ojo a dos episodios que, cada uno a su manera, condensan el espíritu del año. El robo del Louvre, tan cinematográfico como inquietante, nos recordó la fragilidad de los símbolos culturales incluso en los templos del prestigio global. Y, casi al mismo tiempo, los enfrentamientos entre Venezuela y Estados Unidos bajo la presión directa de Donald Trump devolvieron a la actualidad una política internacional basada en la fuerza, el bloqueo y la amenaza.

Quizá este repaso nos haya ayudado a todos a entender mejor por qué nuestros lectores han tenido tanto interés en adentrarse en las características de aquellas personas con rasgos psicopáticos que forman parte de la cultura del éxito.

Tal vez leer y analizar y saber sea hoy un acto de resistencia. Frente al ruido, el miedo y la simplificación, apostar por el conocimiento compartido nos permite comprender mejor el mundo sin rendirnos a sus monstruos. Ese es, al fin y al cabo, el sentido último de contar lo que pasa: pensar juntos para no normalizar lo intolerable.

¡Feliz año y espero volverles a encontrar al otro lado en 2026!

The Conversation

– ref. Política y Sociedad 2025: el año en el que el carisma del mal puso al mundo en alerta – https://theconversation.com/politica-y-sociedad-2025-el-ano-en-el-que-el-carisma-del-mal-puso-al-mundo-en-alerta-272551

Cultura 2025: dejar atrás la prisa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Roman Samborskyi/Shutterstock

Es una verdad universalmente reconocida que el fin de año y las festividades navideñas necesitan un resumen. Por eso estamos aquí.

Allá por los años 80, cuando el cineasta Martin Scorsese estaba en uno de sus abismos psicológicos, su amigo Robert De Niro fue a verle para convencerle de que le dirigiese en un proyecto que le encantaba. Tanta turra debió darle que incluso en el estado emocional lamentable en el que se encontraba Scorsese le dijo que sí, que la haría. Pero, como hablante minucioso y pulcro del lenguaje audiovisual, le pidió “paciencia”. No porque fuese a tardar mucho en arrancar la filmación, sino porque esta iba a ser precisa y rigurosa; alcanzar la excelencia que se exigía requería repeticiones, tiempo y entereza. La película era Toro salvaje y esta anécdota se cuenta en la estupenda serie documental dirigida por Rebecca Miller Mr. Scorsese.

Paciencia. Tiempo. Las cosas no salen bien porque se hagan rápido. Tal vez no sea necesariamente lentitud lo que buscamos, pero sí una mente calmada. Así, en medio de esta voluntad por huir de las prisas y el ajetreo diario, les invitamos a subirse con nosotros al tren de la filósofa Simone Weil y “suspender el pensamiento”.

Del baile a la mística

La narración comienza con un golpe de cadera y una búsqueda espiritual. Dos nombres han ocupado los titulares musicales del año, en un momento en el que es raro que hablemos de alguien durante más de día y medio.

En enero, Bad Bunny lanzó DeBÍ TiRAR MáS FOToS, un álbum en el que recuperaba los ritmos de su tierra, Puerto Rico. Al rescatar melodías tradicionales consiguió seducir a una parte de la población que había ignorado hasta entonces sus canciones. No ha sido un pionero –desde Rozalén hasta La M.O.D.A., desde Nathy Peluso a Rodrigo Cuevas, los artistas han rebuscado en el pasado para encontrar inspiración– pero ha arrasado en escuchas, conciertos e influencia. De hecho, es el encargado del espectáculo del intermedio de la Super Bowl y se convertirá en el primero que haga ese show en español. A mí me queda la satisfacción de constatar que sí, que gracias a estas recuperaciones la salsa ha vuelto… y el baile también.

La de Rosalía ha sido la fiebre del otoño, un fenómeno que nos ha servido para analizar (y conocer) términos como el bricolaje lingüístico o el christiancore. Y si llevamos semanas repitiendo mentalmente la letra de “La perla”, es un consuelo saber que hay una explicación neurocientífica a esta manía de nuestro cerebro de agarrarse a una canción y no soltarla.

Cerramos este relato de puro disfrute con la combinación de cuerpo y alma, misticismo y baile, y la voluntad de dejarse llevar por el ritmo. O, lo que es lo mismo, nos acercamos al fenómeno cinematográfico español del año –Sirat– y a las múltiples dimensiones de la cultura rave.

Todo el cine y el mundo

No será la letra de “Bad Romance”, pero lo que sí suelta el cerebro, y en ocasiones con más rapidez de la que nos gustaría, son nuestros recuerdos sobre las series de televisión. Acostumbrados a darnos verdaderos atracones audiovisuales, igual que vemos, olvidamos. Afortunadamente, el cerebro es plástico y si estamos presentes y dejamos de consumir contenido audiovisual como quien se empacha de polvorones, conseguiremos que las tramas y los personajes se asienten en la cabeza.

Merece la pena hacerlo, porque el poder de las historias es infinito. Aunque leamos eternos reportajes sobre datos y hechos, ponerle cara a un relato hace que inevitablemente nos impliquemos con él. Es reseñable que el cine, por ejemplo, ponga el foco en los menos desfavorecidos, los habitantes de la Franja de Gaza, y nos cuente directamente sus vidas y sus muertes.

Y mientras intentamos entender cómo es posible que los palestinos resistan, ante la mirada del mundo entero, en esas condiciones, la historia nos enseña que no siempre fue así. Si en el pasado hubo paz, podría haberla en el futuro… un futuro en el que, como dice Omar El Akkad con cierta ironía, todos habremos estado siempre en contra del genocidio.

El revuelto de la historia

Quien tiene siempre prisa por hacer y por contarlo es Donald Trump. El presidente de Estados Unidos parece desear que la posteridad se acuerde de él con tanta admiración como la que él despliega ante ese idílico pasado de la Humanidad que fue mejor, más boyante, más exitoso, más… imperial.

Han sido muchos los historiadores que han analizado su insistencia en hacerse eco de lo que sucedía en la antigua Roma de forma errónea, y aquí hemos desmontado algunos de los empeños de Trump, y de la ultraderecha, por apropiarse de un periodo histórico que, aunque muy avanzado, tenía sus aristas.

Lo interesante es que la antigua Roma nunca se acaba. Los romanos nos demuestran que tener una relación cercana con las mascotas, protestar contra los turistas o prevenir incendios no es algo que hayamos puesto de moda en este siglo. Ni en el pasado.

Las grandes autoras

2025, como indica mi inicio de artículo, ha sido el año Austen. Se cumplían 250 años del nacimiento de la autora inglesa y, aunque en español no hemos superado ni la intensidad de los fastos británicos ni la amplia cobertura de nuestros compañeros de The Conversation Reino Unido, sí que hemos reunido a un amplio grupo de investigadoras que desglosaron matices de sus novelas para invitar a los lectores a zambullirse en sus historias.

En España también ha sido el centenario de dos grandes de la literatura: Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. Las hemos homenajeado como se merecen aunque siempre me queda la espinita de descubrir que son las investigadoras –mujeres– las que siguen explicándonos a las escritoras –mujeres–, como si solo las leyésemos nosotras.

Por cierto, despedimos también al último Premio Nobel de Literatura en español: Mario Vargas Llosa. Tal vez sea hora de que los suecos añadan otro (u otra) a la lista.

La urgencia tecnológica

Se acaba de estrenar –con gran alegría para la taquilla cinematográfica– la tercera entrega de Avatar, probablemente una de las pocas películas que aprovechó a su favor aquel fenómeno acelerado y capitalista que fue el cine en 3D (igual que llegó, se desinfló). Esta burbuja recuerda que, aunque la tecnología siempre ha ayudado al avance de la cultura (desde la imprenta hasta el cine sonoro o el tocadiscos), ella por sí sola nunca ha logrado dar grandes saltos humanistas. Está ahí para arrimar el hombro pero no para sustituir.

Por eso está bien no entrar en pánico cuando aparecen nuevas herramientas como la inteligencia artificial (que creativamente todavía está en pañales) y utilizar el arte y el pensamiento para plantearnos, una vez que las tenemos, qué queremos hacer con ellas.

Ha habido otros nombres que han pasado por la sección de Cultura este año: Robert Redford, Francis Scott Fitzgerald, Diane Keaton, Cervantes… Pero como no queremos acelerar al final y aturullar al personal, simplemente recuerdo que en 2025 lanzamos el Suplemento cultural, un boletín quincenal en el que recopilamos muchos de los artículos e investigaciones a los que hago referencia para que los que se suscriban puedan leer, de forma calmada, los mejores textos de la sección.

Ya lo decía Scorsese: “paciencia”. A ver si ejercitándola más abrimos huecos en el tiempo y encontramos un espacio en silencio para pensar.

The Conversation

– ref. Cultura 2025: dejar atrás la prisa – https://theconversation.com/cultura-2025-dejar-atras-la-prisa-272451

Bienestar digital 2025: los móviles son calabozos de aire

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Sanz, Directora editorial, The Conversation

Rawpixel.com/Shutterstock

En su Historia de cronopios y famas, el escritor argentino Julio Cortázar tiene un relato que perfectamente podría haber dedicado al teléfono móvil si hubiese nacido en el siglo XXI. Se titula “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj”. Y dice así:

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure […]. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben–, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo […] Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”

Con los teléfonos móviles, podríamos tener esa misma sensación de ser nosotros “los regalados”. Y el obsequio puede ser, en efecto, un “calabozo de aire”, parafraseando a Cortázar. Un calabozo donde involuntariamente perdemos la noción del tiempo, donde los algoritmos tienden a amplificar mensajes polarizados y desinformativos, donde uno de cada diez adolescentes sufre ciberacoso y los jóvenes son perpetradores y víctimas de nuevas formas de violencia,

Además, lejos de acabar con los estereotipos, las redes sociales acentúan algunas desigualdades. Por ejemplo, como nos explicaba Milagros Sáinz, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en las redes “la excesiva importancia de la imagen corporal, y la cosificación y sexualización del cuerpo de las mujeres que implica, hace a las chicas especialmente vulnerables a determinados problemas de salud mental”.

Estos son los temas en los que profundizan algunos de los artículos que hemos publicado en torno a una temática que preocupaba a la sociedad: el bienestar digital de los menores. A través de más de sesenta textos hemos funcionado como agregadores de conocimiento multidisciplinar sobre bienestar digital aportado por sociólogos, educadores, psicólogos, pediatras, legisladores, expertos en ciberseguridad, psiquiatras, lingüistas…

Con algunos de ellos mantuvimos, además, una decena de conversaciones en persona en las que fuimos testigos de la creación de nuevas conexiones entre investigadores e iniciativas sociales que comparten (compartimos) el interés por el bienestar digital. Y esas redes de conexiones incluyeron a los propios jóvenes, parte esencial de los eventos, que agradecían encarecidamente que su voz se escuchara en este tipo de foros y soñaban con que se convirtiera en algo habitual.

Lo que los menores tienen que decir

Sin menospreciar todo lo que hemos aprendido de los debates con expertos, queremos subrayar cuánto nos ha sumado escuchar a los chavales. En uno de los últimos eventos celebrados, cuando le preguntamos a un grupo de jóvenes qué mensaje le mandarían “a su yo del pasado”, una de ellas respondía:

“Mejor se lo mandaría a mis padres, y a los padres de mis amigos (risas). Les insistiría en que un móvil es una bomba de dopamina y de estímulos que no se debe poner en manos de un niño, porque es incapaz de dosificarse. Y le diría: ¿por qué no te esperas unos añitos más?”.

Mientras sus compañeras y compañeros asentían, ella continuaba:

“Hace poco subí con amigos al Albaicín, en Granada, a contemplar una puesta de sol maravillosa. Y nos encontramos con un niño va en un cochecito de bebé mirando absorto una pantalla… ¡con lo bien que le vendría neurológicamente admirar ese atardecer! Es desolador que adultos tomen esa decisión por ellos y les priven de experiencias reales”.

Finalmente, añadía que en su generación, en su entorno y en las propias redes, empiezan a aparecer voces que reclaman tiempo sin pantallas, que ponen en valor la desconexión y cuestionan cada vez más lo que les aportan las pantallas en comparación con lo que les resta, lo que desplaza. Que hablan de reconectar con los otros, del contacto en persona y el contacto con la naturaleza. Hay esperanza…

Entender primero, usar después

Tras un año con los oídos bien abiertos, resuenan en mi cabeza demandas de los jóvenes que están muy lejos del “Todo va bien” o “Dejadnos tranquilos, que sabemos lo que hacemos” que podríamos pronosticar. “Por favor, explicadnos cómo funciona Internet –y eso de la economía del dato, la seguridad y la privacidad– antes de poner un móvil en nuestras manos (y ponedlo más tarde que pronto)”, reclamaba un chaval de 14 años. “Envidio a mis padres, que fueron adolescentes en un mundo sin móviles”, reconocía un grupo de alumnos de 4º de la ESO. Notando su desesperación, en una ocasión les pregunté: “Imaginad que aquí hay un botón y si lo pulso ninguno de vuestros compañeros y amigos usa redes sociales, vosotros mismos no podéis usarlas, todas vuestras cuentas de redes sociales desaparecen, ¿lo pulso?” Un 90 % respondió con un rotundo sí.

“Yo desconecto del móvil en la cena, pero mis padres no: es difícil hablar con ellos, supongo que porque por el móvil les llegan mensajes del trabajo a todas horas”, lamentaba una chica, respaldada por los “Yo igual”, “Y yo”, “En mi casa también” de sus compañeros. Las expertas y los expertos, por su parte, aunque no habían escuchado estos comentarios, coincidían en que si hubiese que cambiar un solo hábito en el mundo ese sería “cenar cada día juntos, en familia, sin pantallas”.

Es más, ni siquiera deberías dejar el móvil sobre la mesa porque, como nos insistía Estrella Montolío, de la Universidad de Barcelona, “la simple presencia de un móvil, aunque esté en modo silencio, divide la atención de los participantes entre las personas reales presentes y la gente virtual”. Ese móvil silencioso “inhibe la posibilidad de iniciar y compartir conversaciones de interés, dado que los participantes sospechan de manera inconsciente que el dispositivo puede reclamar la atención de su propietario en cualquier momento desde un universo virtual paralelo, por lo que deciden ‘surfear’ los temas de conversación en lugar de profundizar en ellos”.

Conocer para tener el control

Para que cuando nos regalen un móvil no seamos nosotros los regalados, la mejor vacuna es el conocimiento. Entender la economía del dato, entender el algoritmo, analizar de forma crítica nuestras renuncias a la privacidad, etc. nos permitirá tomar el control y decidir de manera consciente cómo, dónde, cuánto y con qué contenido usamos la tecnología (y dejamos a los menores a nuestro cargo que lo hagan).

“Queremos educar ciudadanos y ciudadanas capaces de usar la tecnología de una manera competente, adecuada y responsable en su vida diaria”, declaraba Victoria Marín Juarros, de la Universitat de Lleida, aportando ideas para desarrollar una mirada crítica hacia la tecnología desde las aulas. Desde las aulas y, por supuesto, desde casa.

The Conversation

– ref. Bienestar digital 2025: los móviles son calabozos de aire – https://theconversation.com/bienestar-digital-2025-los-moviles-son-calabozos-de-aire-272580

Medio ambiente 2025: de fuego y agua

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucía Caballero, Coordinadora internacional / Editora de Medio Ambiente y Energía, The Conversation

Roman Samborskyi/Shutterstock

2025 será sin duda memorable por distintos motivos, dependiendo de a quién preguntemos. Lamentablemente, muchos en España lo recordarán porque el pasado verano tuvieron que luchar contra el fuego para proteger sus pueblos. El año que despedimos se ha convertido en el peor en incendios forestales de las últimas tres décadas. Las llamas han calcinado cerca de 400 000 hectáreas, concentradas en el mes de agosto y con particular incidencia en Galicia, Castilla y León y Extremadura.

Además de graves perjuicios ecológicos y económicos, el fuego dejó un balance de cuatro muertos y numerosos municipios afectados, cuyos vecinos se vieron obligados a sofocar las llamas por falta de medios de extinción.

Son varias las causas que explican la intensidad de los incendios de este año. Por un lado, las naturales: las abundantes precipitaciones primaverales, el calor y la sequía de los meses estivales. Por otro, las estructurales: el abandono del campo, la falta de gestión forestal y de aprovechamiento de los montes. Y por último, los pirómanos, que en muchos casos aportan la chispa que desencadena la catástrofe.

Una vez extinguidas las llamas, y con las condiciones adecuadas, la naturaleza es capaz de regenerarse, aunque regresar a un ecosistema maduro necesita décadas y, en algunos casos, la intervención humana. Y mientras la vegetación reconquista el paisaje dominado por las cenizas, es hora de hacer balance y actuar.

Las acciones necesarias para evitar que se produzca una situación similar en el futuro pasan por invertir más en prevención y gestión del paisaje y del fuego, y por revitalizar el mundo rural, impulsando la ganadería de pastoreo. Todo ello sumado a las medidas dirigidas a mitigar el cambio climático, que agrava las olas de calor y las sequías y al que, paradójicamente, contribuyen a su vez los incendios al liberar enormes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera.

El cambio climático y los océanos

El calentamiento global es el responsable del incremento en fenómenos extremos, también denominados “latigazos hidroclimáticos”, como los incendios de este año, más virulentos en todo el mundo, pero también de grandes tormentas como la dana que afectó al este de la península ibérica a finales de 2024. El detonante es una atmósfera anormalmente cálida que acumula gran humedad, dejando, sin embargo, ecosistemas y paisajes sumamente secos.

El agua constituye uno de los componentes principales del sistema climático. De ahí que los cambios en los patrones de precipitación, en la acumulación de hielo y en las corrientes oceánicas actúen como un altavoz del cambio climático y sus efectos.

Groenlandia, la Antártida y el Ártico están experimentando episodios acelerados de fusión que suponen una pérdida de hielo que ya no se compensa por las nevadas y la congelación en los meses más fríos. Algo similar ocurre en las montañas de todo el planeta, donde se está reduciendo el manto de nieve y los glaciares desaparecen poco a poco.

Todo ello repercute al mismo tiempo a escala global, en los equilibrios climáticos de la Tierra y en el aumento del nivel del mar, que en países costeros amenaza puertos, viviendas, playas, humedales y acuíferos, y puede agravar los impactos de tsunamis y tormentas.

Las olas de calor ocurren también en el océano, y cada vez con más frecuencia debido al cambio climático. Estos fenómenos, que se dan en todo el mundo, desde Australia hasta España, provocan una gran mortandad de organismos marinos, altera sus patrones migratorios y reproductivos y puede contribuir a la colonización de ecosistemas por especies invasoras.

Asimismo, se está produciendo un aumento en la frecuencia e intensidad de un oleaje que erosiona la costa, sobre todo durante los temporales, provocando el retroceso de las playas y los acantilados.

Pese a todos estos efectos, y las consecuencias sociales y económicas del cambio climático, como la acentuación de la pobreza energética, la cumbre del clima de Naciones Unidas de este año (la COP30) no ha supuesto un gran cambio en cuanto a las acciones de los países para reducir sus emisiones y mitigar el calentamiento global. No obstante, algunos han tomado la iniciativa de comenzar una hoja de ruta para abandonar los combustibles fósiles.

Exceso y escasez de agua

En octubre se cumplió un año de la dana que afectó sobre todo a la Comunidad Valenciana, y analizamos las lecciones aprendidas y tareas pendientes para evitar una catástrofe similar en el futuro. Y también hablamos de su impacto en la salud mental de la sociedad española, pues los desastres naturales ligados al cambio climático pueden generar ecoansiedad, es decir, un estado de miedo crónico a la ocurrencia de desastres naturales.

El agua en exceso, como en una crecida, puede convertirse en un problema, pero también su escasez. Las regiones mediterráneas se enfrentan a un futuro más seco debido al calentamiento global. En otras palabras, tendremos que vivir con menos agua. El aumento de temperaturas provocará, además, que se pierda más agua en los embalses: cada año se evapora cerca del 10 % del volumen almacenado.

Es necesario, por tanto, gestionar este recurso escaso de forma óptima, por ejemplo, reduciendo el gasto hídrico. Una de los grandes involucrados en este sentido es el sistema alimentario, que supone alrededor del 70 % del consumo de agua dulce. Disminuir el desperdicio alimentario, aumentar la ingesta de productos marinos y controlar el riego (las malas prácticas generan desertificación) ayudaría bastante. Además, debemos potenciar nuevas fuentes, como la regeneración de aguas residuales y la desalación.

El persistente problema de los plásticos

En 2025 hemos seguido hablando de la contaminación por plásticos porque, de momento, sigue causando estragos sin que se estén aplicando soluciones totalmente eficaces. Cuando se acumulan en vertederos, las aves se encargan de transportarlos hasta los humedales donde descansan, donde tanto estos residuos como los aditivos que contienen generan contaminación química y causan perjuicios a los seres vivos y los ecosistemas.

La buena noticia, además de aumentar las tasas de reciclaje, es que se siguen buscando estrategias para acabar con el problema. Por ejemplo, convertir los plásticos no reciclables de los residuos electrónicos en productos valiosos, desarrollar polímeros alternativos biodegradables y convertir los microplásticos nada menos que en grafeno.

En el océano, estos residuos, que también pueden provenir de redes de pesca, han llegado incluso a la Antártida, donde son colonizados por comunidades microbianas que forman lo que se conoce como “plastisfera”. Estos hábitats artificiales contribuyen a la dispersion de patógenos, como Escherichia coli, y de bacterias portadoras de genes de resistencia a antibióticos.

Siguen preocupando también otras formas de contaminación química, como aquella presente en la ropa que utilizamos y la provocada por los fármacos vertidos al medio ambiente, como los antibióticos, que llegan a las aguas subterráneas y a nuestros grifos. Afortunadamente, también se están buscando soluciones, como el uso de bacterias capaces de eliminar estos productos de las aguas residuales.

Especies que desaparecen silenciosamente

Los plásticos, junto con el cambio climático, la pesca y el tráfico marítimo, suponen una amenaza para los grandes animales marinos, como tortugas, delfines, ballenas y focas. Si bien se ha planteado el objetivo de proteger el 30 % de los océanos, esta meta no es suficiente cuando consideramos el movimiento de estos animales, puesto que no cubriría muchas zonas críticas para su supervivencia.

También hay que considerar el impacto en las especies marinas a la hora de instalar energías renovables. La eólica genera ruidos, vibraciones, puede dar lugar a colisiones y puede alterar o destruir los hábitats. A menudo, zonas de alto potencial energético (con mucho viento y oleaje) coinciden con áreas de alto valor ecológico.

Animales como el salmón atlántico y las anguilas se encuentran gravemente amenazadas por la acción del hombre. Muchas especies desaparecen sin que nos demos cuenta, incluso (o especialmente), algunas comunes como el gorrión o la golondrina porque suelen recibir más recursos y atención otras emblemáticas como los osos y los lobos.

Pero no todo son malas noticias. O al menos estas no tienen por qué persistir. En medio ambiente abunda la información sobre los problemas ambientales, porque debemos ser conscientes de su existencia, aunque también de la posibilidad de encontrar remedios para, si no eliminarlos, sí mitigarlos. Quedémonos con esa idea para despedir 2025 y dar la bienvenida a un 2026 que no estará exento de retos, pero esperemos que tampoco de soluciones.

The Conversation

– ref. Medio ambiente 2025: de fuego y agua – https://theconversation.com/medio-ambiente-2025-de-fuego-y-agua-272571