Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel José Olaz Capitán, Profesor Titular de Sociología, Métodos y Técnicas de Investigación Social, Universidad de Murcia
La sociedad occidental y sus hábitos de consumo invitan a practicar, casi de forma compulsiva, el comprar-usar-tirar. El ritmo es tan vertiginoso que reparar o sustituir un producto se convierte en algo complejo. ¿Las razones?: es difícil localizar la pieza averiada, el coste de reparación (coste de oportunidad) es mayor que si se compra uno nuevo, faltan personas cualificadas para hacer el trabajo y puede, incluso, que ya no se fabrique el componente necesario.
Acortar la vida útil
El concepto de lo desechable o eliminable está asociado a su reposición y, sin duda, guarda relación con la vida útil del producto. Cuando ya han cumplido su ciclo de vida, las cosas dejan de servir. Entonces, deben reponerse en su integridad por otras que cumplan las mismas funciones. Generalmente versiones mejoradas pero que aportan nuevas utilidades (no especialmente necesarias) y que, en su mayoría, se venden como una necesidad real. Recuerden lo que sucede con los móviles, los ordenadores, los televisores, los coches, etc.
Hace poco más de 100 años, el 23 de diciembre de 1924, nueve representantes de los principales fabricantes de bombillas acordaron estandarizar la duración de sus productos para que no existiera una sola bombilla que durara más de 1 000 horas. Así nació la obsolescencia programada. La idea era acortar su vida útil para poder vender más lámparas incandescentes. Hay una que se salvó y todavía puede verse encendida en el parque de bomberos de Livermore (California, EE. UU.).
¿Trabajadores obsolescentes?
A principios del siglo XX surgieron nuevos modelos productivos. Con el taylorismo y su organización científica del trabajo se estableció el control de los tiempos de realización de las tareas, y se dividieron y especializaron al máximo las funciones de los trabajadores para una mayor eficiencia.
¿Hasta qué punto los trabajadores pueden estar siendo sometidos a un proceso de obsolescencia programada?
Menos experiencia, mejor formación
Cumplir años genera efectos también en el mercado de trabajo. Aunque posible, es improbable ver a personas mayores de 55 años trabajando de dependientes en una franquicia de comida rápida o en una tienda de las grandes marcas globales de moda.
Las jubilaciones (sobre todo las anticipadas) marcan el fin de la vida laboral, la llegada de la obsolescencia laboral, y motivan la contratación de profesionales de nueva generación: trabajadores versión 2.0 con menos experiencia pero con una mejor formación, más adaptados a las innovaciones. A menudo, este reemplazo está peor pagado en aras de la reducción de costes y la mejora de la productividad.
Desde una perspectiva quizás más subjetiva, en determinados oficios de cara al público también puede observarse una cierta obsolescencia en el empleo juvenil: hostelería, tiendas de ropa low cost o de cosmética, gimnasios, entre otros.
Recambios laborales
La triada comprar-usar-tirar genera tensiones en el mercado de trabajo. Cuando se cosifica a las personas pueden acabar convertidas en excedentes y ser gestionadas como tales hasta quedar obsoletas al final de su ciclo de vida laboral. Hay serios indicios.
Un ejemplo: los contratos realizados a personas mayores de 55 años no alcanzan el 17 % del total. Además, este colectivo es el que más personas desempleadas tiene, con cifras cercanas al 60 %.
Queda preguntarse si habrá empleo para todos y por siempre tal y como está concebido el sistema. Lógicamente, esto comporta que solo los individuos competencialmente mejor formados se afiancen, asegurando la mejor rentabilidad en los procesos de trabajo, mientras que quienes no lo estén quedarán más expuestos a los vaivenes del mercado de trabajo.
Ángel José Olaz Capitán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Rodrigo Moriche, Prof. Ayudante Doctor del departamento de Pedagogía – Directora Escuela UAM de Animación, Universidad Autónoma de Madrid
Dos estudiantes de arte participan en un evento de The Conversation con el Parque de las Ciencias de Granada sobre bienestar digital. Elena Sanz.
Las redes sociales virtuales han cambiado la forma en que las personas nos relacionamos y participamos en causas sociales: facilitan, por un lado, el acceso y la comunicación, pero por otro acaban frecuentemente llevando al cansancio emocional, al exceso de exposición y a la sensación de soledad. Así lo cuenta Marina, una joven activista que participó en nuestra investigación: “Son un arma de doble filo: muy útiles para algunas cosas pero también te quitan mucho tiempo y energía”.
En nuestro proyecto de investigación HEBE, centrado en el empoderamiento y la participación social, exploramos cómo las personas jóvenes encuentran sentido, crean vínculos y se sienten bien en espacios fuera de internet. Los resultados indican que participar en la comunidad en persona y de forma voluntaria no solo fortalece su bienestar, sino que también los protege. Por ejemplo, Marina hace años que participa en una entidad cultural y social de su municipio. Junto a otros jóvenes organizan actividades de ocio, en defensa del territorio o en respuesta a emergencias sociales.
Individualismo y desafección colectiva
Los jóvenes que participan en asociaciones, grupos culturales, deportivos o de ocio educativo desarrollan un fuerte sentido de pertenencia. Este sentimiento surge en la interacción cara a cara y en la acción compartida. Además, actúa como factor de protección frente al malestar psicológico.
Otros estudios confirman la diferencia entre la participación real y la que se realiza en línea: las plataformas de internet facilitan las interacciones sociales, pero que estas interacciones sean realmente valiosas depende de cómo sean de significativas, cuánto nos importen y con quiénes las mantengamos.
“Estar en el grupo me ayuda a desconectar del ruido de las redes”, nos han dicho algunos de los jóvenes que han participado en nuestro estudio. “Aquí puedo ser yo sin filtros” o “Me siento útil” son observaciones frecuentes, que muestran cómo los espacios de interacción física, cara a cara, no solo sirven para socializar, también ayudan a organizarse y afrontar retos personales y colectivos.
Aprendizajes fuera de internet
La investigación también muestra que estos espacios de participación permiten desarrollar capacidades muy valiosas para la vida. Entre ellas encontramos el saber comunicarse, controlar emociones, resolver conflictos, pensar de forma crítica y organizarse. Son aprendizajes esenciales para vivir mejor y para que la sociedad funcione. Por ejemplo, ayudan a identificar y expresar sentimientos y motivaciones, reflexionar y cuestionar prejuicios y estereotipos; o bien a desarrollar capacidad de agencia individual o colectiva, es decir, la convicción de poder efectuar cambios en sus contextos.
Adquirir estas habilidades hace que los jóvenes se sientan empoderados, porque ellos y ellas son quienes deciden y actúan sobre lo que afecta a sus propias vidas. Y también, participan en decisiones y colaboran de forma responsable en lo que afecta al grupo del que forman parte.
Ciberactivismo frente a participación real
Las redes sociales han creado nuevas formas de activismo juvenil. Son rápidas, visibles y llegan a todo el mundo, pero también son inestables.
El ciberactivismo usa las redes para organizarse y difundir ideas. Esto plantea debates interesantes entre los jóvenes, que observan cómo participar en espacios comunitarios ofrece una dimensión más profunda y sostenida del compromiso social. No se trata de recibir me gusta, sino de crear vínculos. No de viralidad, sino de transformación.
Los jóvenes que hemos entrevistado consideran que el activismo digital es un complemento al activismo tradicional, no un sustituto. Marina lo pregunta claramente: “¿Entonces compartes una publicación y ya no te organizas ni te movilizas?”.
El proyecto HEBE muestra que muchos jóvenes combinan ambas formas. Sin embargo, valoran más las que les permiten “poner el cuerpo”, “sentirse parte” y “ver el impacto directo” de sus acciones.
Aunque hoy cuesta imaginar la participación sin internet, ellos y ellas se preguntan si estas prácticas son efectivas. Especialmente cuando no se conectan con acciones reales en el mundo físico.
Ocio educativo y bienestar
Hoy existe una gran preocupación por la salud mental juvenil. Por eso, es importante mirar más allá de las pantallas.
Fomentar el voluntariado –como colaborar en actividades solidarias–, el ocio educativo –vivir experiencias de ocio que enseñan, como un taller de teatro–, la educación en el tiempo libre –aprovechar ese espacio para formarse, por ejemplo, en un curso de monitor de tiempo libre– y la participación comunitaria —implicarse en proyectos comunitarios— no solo es una estrategia educativa, sino que también mejora el bienestar personal y colectivo.
Un ejemplo es la Escuela UAM de Animación, que ofrece formación en ocio y tiempo libre. La escuela crea un escenario donde descubren las oportunidades del campus y las redes que les conectan con la comunidad desde este ámbito. A través de acciones de formación, dinamización y participación se visibilizan posibilidades y se activa la implicación de los jóvenes en proyectos de la comunidad universitaria. De este modo, no solo se adquieren competencias, sino que también conectamos y nos transformamos.
Los estudios muestran que cuando participan, estos chicos y chicas se sienten mejor y más conectados. No obstante, cabe recordar que no debemos aspirar a que la participación “surja” siempre de manera espontánea de los jóvenes: el entorno familiar y personal, así como el contexto social, político e institucional, influyen y pueden favorecerlo u obstaculizarlo.
Las políticas públicas, los profesionales de juventud y las comunidades tienen la capacidad de abrir espacios y valorar estas prácticas. Deben facilitar que todos los jóvenes que lo deseen puedan acceder a estos espacios y oportunidades, con la garantía de condiciones equitativas y sin barreras.
Porque participar no es solo opinar o compartir una publicación digital. Es construir, convivir, transformar. Y también, cuidar(se).
Mª Pilar Rodrigo Moriche recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)
Lara Morcillo Sanchez recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)
Aunque pueda sonar a ciencia ficción, en Madrid ya existe una red de comunicaciones cuánticas en funcionamiento. Se llama MadQCI (Madrid Quantum Communication Infrastructure) y conecta, mediante 700 kilómetros de red, 25 localizaciones repartidas por toda la Comunidad de Madrid.
Esta red cuántica no es un prototipo de laboratorio, sino una red real, que ya realiza ensayos dirigidos a diseñar las comunicaciones del futuro. Aunque de momento es solo un embrión, se espera que crezca hasta dar forma a la primera red cuántica que conecte Europa.
La clave está en la seguridad
A diferencia de la criptografía tradicional, cuya seguridad depende de la complejidad matemática de resolver ciertos problemas, la seguridad cuántica se apoya en principios físicos fundamentales. Mientras que los ordenadores clásicos operan con bits que solo pueden valer 0 o 1, los sistemas cuánticos utilizan qubits, capaces de existir en múltiples estados simultáneamente gracias a fenómenos cuánticos como la superposición o el entrelazamiento.
Esta propiedad permite crear redes en las que cualquier intento de observar o copiar la información altera inevitablemente el sistema, dejando en él una huella fácilmente detectable.
El equipo de MadQCI trabaja en el desarrollo de nuevas estrategias para compartir datos de forma segura entre distintos usuarios, sin que la comunicación suponga un riesgo. Su enfoque se basa justamente en aprovechar las leyes de la física cuántica para construir redes quantum safe.
El centro de la tecnología de MadQCI radica en la distribución cuántica de claves, o QKD (Quantum Key Distribution). Esta técnica permite intercambiar claves criptográficas con un nivel de seguridad sin precedentes, ya que, tal y como hemos visto, cualquier intento de interceptar la comunicación modifica el estado cuántico de la señal y queda inmediatamente al descubierto.
Primer paso hacia el internet cuántico
El proyecto MadQCI representa un primer paso hacia el cada vez más conocido internet cuántico: una red capaz de ofrecer comunicaciones intrínsecamente seguras y nuevas funcionalidades que a día de hoy no resultan accesibles.
Más allá de la seguridad de datos, el proyecto abre la puerta a nuevas formas de diseñar y gestionar las redes de telecomunicaciones, integrando tecnologías cuánticas y clásicas mediante arquitecturas avanzadas y soluciones definidas por software.
La red
La mayoría de las comunicaciones cuánticas basan su seguridad en el intercambio de claves cuánticas punto a punto: un emisor y un receptor conectados directamente comparten una clave secreta utilizando las propiedades de la física cuántica.
Pero una red cuántica va un paso más allá. En lugar de conectar únicamente dos puntos, interconecta múltiples nodos –como universidades, centros de datos o instituciones– formando una infraestructura compartida. Esto permite que diferentes usuarios intercambien información de manera flexible, dinámica y segura, de forma similar a cómo hoy funciona Internet, pero apoyándose en tecnologías cuánticas.
Cuando hablamos de redes de comunicaciones cuánticas, uno de los elementos clave son los llamados dispositivos cuánticos: equipos que permiten generar, enviar, recibir y medir claves seguras utilizando las leyes de la física cuántica.
A diferencia de los dispositivos electrónicos convencionales, que trabajan con señales clásicas –impulsos eléctricos o luminosos que representan unos y ceros–, los dispositivos cuánticos operan con partículas de luz, los fotones, en estados cuánticos muy delicados.
La Red MadQCI cuenta con 30 dispositivos cuánticos destinados a la experimentación y al desarrollo de aplicaciones avanzadas. Una cifra para nada trivial.
Las dificultades
A pesar de los avances logrados, el despliegue de redes cuánticas terrestres a gran escala sigue afrontando retos importantes. Las señales cuánticas son extremadamente frágiles y se degradan con rapidez al propagarse por la fibra óptica, sin posibilidad de ser amplificadas como en las comunicaciones clásicas, lo que limita su alcance. Para superar esta barrera se están desarrollando tecnologías como los repetidores y las memorias cuánticas, aún en fases tempranas, que permitirán extender las comunicaciones sin comprometer su seguridad.
A ello se suma el desafío de integrar las redes cuánticas con las infraestructuras de telecomunicaciones tradicionales y de crear nuevas capas de software y componentes más robustos que hagan viable su operación a gran escala.
Pero no hay que tirar la toalla. Aunque el camino es complejo, los avances actuales apuntan a un futuro próximo en el que las comunicaciones cuánticas pasarán del laboratorio a formar parte de nuestra vida cotidiana.
MadQCI forma parte de los Planes Complementarios de I+D+I del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, dentro del área dedicada a la comunicación cuántica. Además, está alineado con la iniciativa europea EuroQCI, cuyo objetivo es construir una red cuántica segura que conecte a los países de la Unión Europea.
David Rincón Llorente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
La transición energética es el camino que establecen los países para pasar del modelo actual de producción de energía basado en combustibles fósiles, que emiten gases de efecto invernadero, a un nuevo modelo energético descarbonizado que no genere esas emisiones. En la actualidad, los planes de transición energética involucran la masificación de las energías renovables, la electromovilidad, la electrificación de todos los procesos posibles y el uso de hidrógeno de bajas emisiones, conocido como hidrógeno verde.
Éste es un vector energético muy prometedor para descarbonizar, directamente o a través de compuestos derivados de él, procesos industriales y agrícolas, así como el transporte pesado, marítimo y aéreo. El hidrógeno verde se produce utilizando energía limpia, como la solar o eólica, para separar el agua en sus dos componentes: hidrógeno y oxígeno. Y se usa directamente como combustible en motores de combustión interna y turbinas, sin emitir carbono a la atomósfera, o alimentándose a dispositivos electroquímicos que producen electricidad directamente, conocidos como pilas de combustible, que solo emiten agua como subproducto.
El hidrógeno también se puede usar para producir combustibles sintéticos como el e-metanol, el amoníaco verde y los combustibles sostenibles de aviación, reduciendo las emisiones globales de carbono de estos procesos. Sin embargo, el hidrógeno verde es un combustible costoso que sólo se produce mediante electricidad renovable, como solar o eólica. Por eso, los países deben primero masificar las energías renovables y luego construir instalaciones para producirlo.
El potencial y los retos del hidrógeno verde
La producción de hidrógeno verde será costo-efectiva sólo en regiones de alto potencial solar o eólico, como Chile, el norte de África, Medio Oriente y algunas zonas de Asia, pero estos países deben avanzar decididamente en el despliegue de las energías renovables base. Además, este combustible deberá transportarse a las regiones del norte global, con agendas ambiciosas de descarbonización, y a otros países tradicionalmente productores de combustibles fósiles, que deberán reestructurar su economía.
Muchos de estos países, ubicados en la franja del trópico, cuentan además con una gran producción agrícola, lo que puede ayudarles a ser protagonistas de la transición energética global. Sus residuos agroindustriales suponen una fuente estratégica para producir hidrógeno de bajas emisiones y combustibles derivados, como amoníaco, metanol, biojet (usado en aviación) y biohidrógeno.
Este nuevo tipo de hidrógeno es abundante y asequible en muchas regiones, pero aún no figura en la mayoría de las hojas de ruta energéticas ni en las estrategias de importación del norte global. Su producción se basa en tecnologías maduras, ya consolidadas y fiables, y puede incluso alcanzar una emisión netamente negativa de carbono. Es una oportunidad para que países como Colombia, Brasil, India y Malasia, entre otros, impulsen sus economías de hidrógeno mediante soluciones locales, accesibles y alineadas con la transición energética mundial.
Como ejemplo, Colombia podría desarrollar una estrategia de producción energética pionera combinada, con el 37 % de su hidrógeno producido a partir de energías renovables, como la solar y la eólica, y el 63 % restante como biohidrógeno a partir de residuos de su agroindustria, proveyendo de esta forma el 1,2 % del mercado de hidrógeno mundial estimado para 2050.
Dado que el sector energético es uno de los principales contribuyentes al cambio climático, los planes de transición energética son protagonistas en las discusiones de la cumbre anual sobre el cambio climático (COP), que este año se celebró en Brasil, un país altamente agrícola y con gran potencial para la producción de biohidrógeno.
Durante la COP30, el hidrógeno verde ocupó un lugar central en la agenda energética global, especialmente tras el lanzamiento de la iniciativa Belém 4X, respaldada por 23 países con el objetivo de cuadruplicar la producción y uso de combustibles sostenibles hacia 2035. Esta hoja de ruta incluye biocombustibles avanzados, biogás, combustibles sintéticos e hidrógeno de bajas emisiones.
No obstante, la discusión internacional en torno a esta última categoría estuvo fuertemente orientada hacia el hidrógeno verde generado a partir de energías renovables como la eólica o solar, dejando en un segundo plano al biohidrógeno producto de los desechos agrícolas.
A pesar de ello, la iniciativa Belém4X reconoció explícitamente los esquemas “biomass-to-x”, que promueven la conversión de biomasas residuales en combustibles de bajas emisiones. Este enfoque abre la puerta a que tecnologías para producir biohidrógeno sean consideradas dentro de las estrategias de descarbonización, especialmente en países con alto potencial agrícola y forestal, lo que permitiría abordar múltiples retos en la lucha contra el cambio climático.
Uno de ellos sería la transición de las economías de países productores de petróleo y agrícolas hacia las de productores de hidrógeno y de combustibles de bajas emisiones. Además, reduciría la incertidumbre económica de implementar compromisos estrictos de reducción de emisiones que limiten su crecimiento económico, como ha expresado India este año.
Este nuevo escenario ofrecerá nuevas oportunidades de ingresos y de industrialización para estos países.
Hacia una transición energética justa
Finalmente, al establecer convenios de oferta y demanda de biohidrógeno desde el sur al norte globales se abordaría dos pilares fundamentales de la COP: la justicia ambiental y la responsabilidad diferenciada. A través de esta última, los grandes emisores de gases de efecto invernadero adquieren la responsabilidad de acompañar la transición energética de los países menos productores pero más afectados por el calentamiento global.
Si bien la COP30 no otorgó un protagonismo directo al biohidrógeno, el marco de acción acordado sí creó un espacio para su desarrollo futuro. Para América Latina –una región rica en recursos de biomasa– este biocombustible podría convertirse en un vector energético clave, complementario al hidrógeno verde producido por la solar y la eólica, así como en una oportunidad para transformar residuos en energía limpia mientras se impulsa el desarrollo rural y la economía circular.
¿Sabes esos días en los que todo parece estar mal? El despertador no ha sonado, llegas tarde al trabajo, discutes con una amiga y, por si fuera poco, se vierte el café por encima de tu pantalón recién lavado. Estas pequeñas incidencias forman parte del estrés diario que todas y todos experimentamos.
Cuando estamos estresados, a menudo suponemos que la solución pasa, sencillamente, por calmarnos. Pero la realidad es más compleja: la ciencia ha demostrado que utilizamos una gama de estrategias para reducir las sensaciones desagradables que aparecen en momentos vitales difíciles, ya sea suspender un examen, perder algo importante o discutir con una persona querida.
¿Qué revela la ciencia sobre cómo manejar el estrés?
Para gestionar las emociones desagradables, utilizamos distintas estrategias de regulación emocional. Una de ellas es la reestructuración cognitiva, que implica cambiar la forma en que interpretamos una situación estresante, dándole otro sentido.
Otra estrategia común consiste en buscar apoyo social: hablar con alguien de confianza o pedir consejo puede hacer que los problemas resulten más llevaderos.
La aceptación también resulta útil: implica permitirnos reconocer las emociones negativas sin intentar cambiarlas.
Y a veces, basta distraernos, por ejemplo mirando una película divertida, para darnos un respiro mental y recuperar el equilibrio emocional.
Estas cuatro estrategias, entre muchas otras, nos ayudan a navegar por los altibajos emocionales con mayor eficacia. Pero ¿y si esto sólo es la mitad de la historia? Las últimas investigaciones científicas sugieren que fomentar emociones positivas puede ser tan importante para enfrentarnos al estrés como reducir las emociones desagradables.
¿Cómo ayudan las emociones positivas a soportar las situaciones difíciles?
En 1997, la psicóloga Susan Folkman publicó un estudio longitudinal en el que exploraba la presencia de emociones tanto positivas como negativas durante uno de los acontecimientos más estresantes que la mayoría de nosotros enfrentará en algún momento de la vida: la muerte de una persona querida. Durante dos años, recogió datos sobre los estados emocionales de las personas cuidadoras. Aunque podríamos suponer que los participantes informarían sólo de niveles altos de emociones negativas en una situación así, éstos fueron capaces de experimentar emociones positivas con la misma frecuencia, excepto en el período inmediatamente posterior al fallecimiento.
El hecho de que las personas puedan experimentar al mismo tiempo emociones positivas y negativas, incluso en situaciones de intenso estrés, cuestiona la visión tradicional de cómo hacemos frente a la adversidad. Desde que se descubrió este hecho, han surgido nuevas perspectivas teóricas que demuestran que las emociones positivas no sólo coexisten con el estrés, sino que también desempeñan un papel significativo en cómo las personas se adaptan y recuperan. Sin embargo, hasta ahora no se había explorado cómo la generación de estas emociones positivas influye en la forma de afrontar el estrés.
Nuestro último estudio, publicado en la revista Emotion, aporta pruebas convincentes de que generar emociones positivas tiene un papel mucho más crucial en la gestión del estrés de lo que se pensaba hasta ahora. Seguimos a un grupo de participantes durante dos semanas, preguntándoles tres veces al día a través de una aplicación en el móvil cómo se sentían y qué estrategias usaban para gestionar el estrés cotidiano. Las personas informaban de su nivel percibido de estrés en diferentes situaciones del día, ya fuera una situación tensa en el trabajo, un período de exámenes o la gestión de horarios familiares caóticos.
Lo que encontramos es que, cuando las personas reportaban niveles más altos de estrés, tendían a usar más estrategias para generar emociones positivas en las horas siguientes, lo que a su vez se traducía en más emociones positivas y menos estrés al final del día.
¿Y cómo conseguimos aumentar las emociones positivas en la vida real? Puede ser tan sencillo como saborear los pequeños placeres del momento presente, desde una taza de café caliente por la mañana hasta estirarse sin prisas al despertar, disfrutando del calor de la cama. Puede significar encontrar alegría en momentos cotidianos, como cuando nuestra mascota, de forma juguetona, nos invita a lanzarle la pelota. A veces, se trata simplemente de compartir una sonrisa o una carcajada con alguien que tienes cerca.
El estrés, ya sea intenso o leve, es una parte inevitable de nuestra vida cotidiana. Aun así, estos breves momentos que generan emociones positivas, aparentemente insignificantes, sobre todo en un día estresante, nos ayudan a recuperarnos emocionalmente. Y pueden cambiar el rumbo de un día difícil.
Maja Wrzesien recibe fondos de la Generalitat Valenciana (CISEJI/2022/46) y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades español (PID2024-162732OA-I00). Es también formadora de atención plena y prácticas contemplativas.
Desirée Colombo recibe fondos desde el contrato Ramón y Cajal RYC2024-050836-I, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y por el Fondo Sociale Europeo Plus (FSE+)
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Lázaro Real, Investigadora colaboradora en el Instituto de Estudios de las Mujeres y de Género, Universidad de Granada
La imagen en cuestión.SC.INAH.SINAFO.FN No. de inventario 453737
A la primera Constitución Española la parieron en Cádiz. Fue en 1812 y la llamaron “La Pepa”. Al primer manifiesto feminista español también lo parieron en Cádiz, en 1857. Aquí, otra Pepa actuó de matrona.
Publicación de ‘La mujer en la sociedad’ en El Pénsil Gaditano. Ayuntamiento de Cádiz
Fue Josefa Zapata, fundadora, junto a Margarita Pérez de Celis, de El Pensil Gaditano, el periódico responsable de la publicación de “La mujer y la sociedad”, bautizado en las redes como el primer manifiesto feminista español (con permiso de una tercera Pepa: Josefa Amar y Borbón y su trabajo “Discurso en defensa del talento de las mujeres”, fechado en 1786).
“La mujer y la sociedad” está firmado por Rosa Marina, pseudónimo tras el que se podrían haber ocultado las mismas Zapata y Pérez de Celis. Como no hay acuerdo sobre esto en la comunidad investigadora, dejaremos a Josefa y a Margarita en el papel de “matronas” y no en el de madres de una criatura tan relevante para la construcción de una genealogía del pensamiento feminista español.
La figura de ambas pensadoras comenzó a ser recuperada casi al mismo tiempo que la democracia. En los años 70 del siglo XX, la coincidencia de la tercera ola feminista con el proceso de la Transición fue el caldo de cultivo perfecto para que la historiografía pusiera su vista en las socialistas gaditanas quienes, como muchos de sus contemporáneos, creían posible construir sociedades más igualitarias a través de la educación y el ejercicio de la justicia social.
De aquellos años son los trabajos del historiador y ensayista Antonio Elorza sobre el socialismo utópico español en el que quedan enmarcadas estas dos periodistas. En los noventa y principios de los 2000 la historiografía feminista las termina de sacar del olvido y las convierte en protagonistas centrales de estudios como los de Inmaculada Jiménez Morel, Mónica Bolufer y, probablemente, una de las historiadoras que más profundamente conoce a Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis: Gloria Espigado Tocino, profesora de la Universidad de Cádiz.
Y con esos mimbres académicos llegaron Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis a la cuarta ola feminista y a la divulgación en redes sociales.
Querer poner un rostro
Una búsqueda rápida en internet ofrece no pocas entradas en las que es posible conocer a las dos periodistas y pensadoras gaditanas. Hay textos, pódcast y algún vídeo. Son presentadas como lo que fueron: mujeres que cuestionaron el sistema y defendieron la igualdad entre sexos. Hay pocos detalles sobre sus vidas personales, aunque en algunos contenidos se subraya el hecho de que ninguna de ellas se casara y mantuvieran una amistad romántica, relación muy habitual entre las mujeres que encontraban en otras la seguridad y el espacio para desarrollar sus inquietudes intelectuales y, según estudios queer, sexuales.
La imagen en cuestión. SC.INAH.SINAFO.FN No. de inventario 453737
En buena parte de esas entradas y contenidos aparece una imagen que permite ponerles cara y reforzar la idea de intimidad entre Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis. Ambas posan de pie muy juntas leyendo un libro que sostiene una de ellas, mientras la otra apoya sus manos sobre los hombros de su compañera. Pero ¿quién es quién? Ninguno de los pies de foto lo explica. Primera red flag.
Los escasos datos biográficos que las historiadoras han logrado documentar dicen que Josefa era 16 años mayor que Margarita. Sin embargo, en la imagen no parece haber una diferencia de edad tan evidente. Segunda red flag.
La verdad de esa imagen
De hecho, esas dos mujeres no son Josefa Zapata ni Margarita Pérez de Celis. Son dos jóvenes burguesas de Ciudad de México (entonces, México D.F.) fotografiadas por el estudio “Cruces y Campas” en 1868. Así consta en la ficha de inventario número 453737 de la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, facilitada por Juan Carlos Valdez, director de Sistema Nacional de Fototecas de México.
Según los estudios de la investigadora mexicana Patricia Massé, “Cruces y Campas” se especializó en el retrato de personajes de la burguesía local y en la producción de tarjetas de visita en las que se representaban escenas donde sus protagonistas aparecían en acciones con las que pretendían comunicar su estatus, además de sus gustos y aficiones. No es casual que dos mujeres jóvenes eligiesen ser inmortalizadas en la imagen de esa forma. La lectura –en muchos casos– y la escritura –en una minoría de ellos– fueron la vía de escape para las señoras del XIX que no se conformaban con el rol doméstico que el sistema liberal pretendía otorgarles.
Josefa y Margarita no fueron retratadas juntas –que sepamos–. Pero a buen seguro que, como editoras de los Pensiles, compartieron multitud de veces la misma escena, leyendo y comentando los textos llegados a su redacción. Así que, aunque la imagen difundida no sea real, quizás no resulte tan imposible.
Elena Lázaro Real no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Estudio y taller del artista Juan Miro, en el Museo de la Fundación Miró, Palma de Mallorca.Mark Green/Shutterstock
La verdad es que la coincidencia estuvo, cuando menos, simpática. Hace un mes edité para The Conversation una entrevista con la historiadora del arte Estrella de Diego en la que ella consideraba que, de un tiempo a esta parte, se habían superado muchos de los prejuicios del público general hacia el arte abstracto. Y decía, textualmente: “Ahora ya sabemos que no, que su niño no puede pintar un Miró. Ojalá”.
No quiero yo estar tirando de la entrevista con esta sabia mujer todos los suplementos, pero fue inevitable no pensar en ella cuando días más tarde, hablando en un entorno totalmente ajeno a esta publicación, una persona expresó su enfado por la vez que había ido a una exposición de Miró y al ver lo que estaba colgado pensó: “Eso lo podría haber hecho mi hijo”. No sé qué tendrá Miró para ser receptor de tanta ira, pero imagino que el arte contemporáneo todavía tiene un salto que dar a la hora de acercarse a parte del público y explicarle su razón de ser.
Centrándose en una expresión parecida a esa de los niños, Juan Olvido Perea García y Larissa M. Straffon plantearon un estudio para determinar si a la hora de observar cuadros abstractos, los seres humanos sabemos distinguir si su autoría corresponde a una persona o a un animal. Pueden leer en su artículo las conclusiones de su investigación y asumir que no, un mono no puede pintar como un ser humano ni un niño (a no ser que sea un genio precoz) como un artista consolidado, incluso si este se aleja de lo figurativo.
Amenazas de paz
Aunque en el resto del mundo la mayor parte de las fiestas navideñas acaban con el inicio de año, en España estábamos todavía en plenas celebraciones cuando el presidente de Estados Unidos decidió secuestrar al mandatario de Venezuela y causar una conmoción internacional. Las implicaciones sociales, geopolíticas y económicas de esa actuación son muy complejas y en The Conversation hemos ido desgranando todos sus matices.
Pero además, casi dos semanas antes de la incursión habíamos publicado un artículo de Enrique García Riaza, historiador de la Antigüedad, en el que comparaba la paz que Donald Trump preconiza (y cree que merece un Nobel) con la de Augusto, que se pavoneó sin disimulo de sus éxitos como pacificador. Pero, ay, si uno consigue que sus adversarios dejen de pelear a fuerza de amenazarles con su extinción, ¿se sigue considerando eso paz?
Haríamos mucho mejor en echar la vista un poco más atrás, a la antigua Grecia, y rescatar dos conceptos: la isegoria, el derecho a hablar desde la responsabilidad y el compromiso, y la parresía, la libertad de expresarse desde la valentía ética.
Keep Drawing Palestine
Hablando de decir la verdad, incluso cuando esta provoca incomodidad, prestemos nuevamente atención a Gaza. Más de 400 personas han sido asesinadas en la Franja a manos de Israel desde que se anunció el alto el fuego, y 21 niños (incluyendo bebés) han muerto de frío desde el inicio de la ofensiva en 2023, los últimos en estas semanas. Siguen las injusticias en el territorio palestino, pero otras noticias ocupan ya las portadas de los medios.
Por eso Elena Pérez Elena y Francisco Saez de Adana aprovechan su análisis de las viñetas que han informado y denunciado este genocidio en medios y redes sociales para mandar un mensaje: que los ilustradores e historietistas sigan dibujando lo que sucede en Gaza.
Un idioma para unirlos a todos
No parece ser una sorpresa para nadie, después de ver cómo arrasan los artistas latinoamericanos en la península ibérica, pero ahora los datos confirman el éxito de la música de ambos lados del Atlántico. Desde el Observatorio Nebrija del Español, Lourdes Moreno Cazalla ha podido constatar lo que muchos percibimos al poner la radio o abrir las listas de Spotify: cada vez se escucha más música en español, pero esta ya no proviene, mayoritariamente, de España.
El vuelco se explica por múltiples razones y todas ellas tienen un vínculo común: los nacionalismos han dado paso a un sentimiento de identidad compartida basado en el idioma. Y eso, creo, nos enriquece a todos.
Las mujeres que leen y las mujeres que escriben
Yo misma lo anuncié hace quince días. 2026 va a ser el año de la Odisea y Homero. Pero estaríamos equivocados si considerásemos que el padre de la tradición literaria occidental es el primer autor conocido. Porque mucho antes, hace más de 4 000 años, una mujer, Enheduanna, firmó su obra con su propio nombre.
Una osada, si me preguntan. Porque aunque ahora parezca que las mujeres copan las librerías, es una percepción errónea. En 2024 en España, un 39,7 % de los libros con un solo autor estaban escritos por mujeres, frente a un 60,1 % de hombres. Y eso sabiendo que nosotras somos la mayoría del público lector.
Sin embargo, a dos autoras de éxito me remito. Por un lado, la visionaria Margaret Atwood lanzó sus memorias hace un par de meses, una perspectiva de la vida narrada por una señora ya entrada en años. La vejez es, precisamente, un tema recurrente en su obra, y de eso se ocupa el análisis de Daniel Nisa Cáceres, en un momento en el que se oyen voces que enfrentan a unas generaciones con otras. Atwood sabe mucho, porque ha visto mucho, y nunca está de más prestarle atención.
Otra escritora que triunfa entre público y crítica es la argentina Mariana Enriquez, quien ha colocado la literatura de género en un lugar de prestigio hasta ahora poco transitado. ¿Cuál es entonces el secreto de su éxito? Tal vez que utiliza un marco insospechado para hablar de la esencia de los seres, estén vivos o muertos.
Me despido no sin antes recomendar una de las películas más gozosas que se han estrenado en los últimos tiempos: Nouvelle Vague. Estamos en temporada alta para los cinéfilos, así que les deseo una buena visita a las salas.
Es posible que, al sumergirnos en estos artículos, igual que ocurre cuando nos zambullimos en el mar, se nos pase por la cabeza que la naturaleza es una verdadera obra de arte. Y, como la naturaleza somos todos, tal vez por eso, ciencia, arte y vida van tan de la mano. Más allá de la evidente relación entre ellas, artes y ciencias se necesitan. Cuando personas de distintas disciplinas colaboran, producen interpretaciones más profundas, diversas y sensibles de la realidad. No hay más que ver los primeros mapas del mundo, las láminas de historia natural o las bellas neuronas retratadas por Santiago Ramón y Cajal.
El mundo está utilizando tanta agua dulce, en un contexto marcado por el cambio climático, que ha caído en bancarrota hídrica, y muchas regiones ya no pueden recuperarse de las frecuentes escaseces de agua.
Alrededor de 4 000 millones de personas, casi la mitad de la población mundial, viven con una grave escasez de agua durante al menos un mes al año, sin acceso a agua suficiente para satisfacer todas sus necesidades. Y muchas más están viendo las consecuencias del déficit de agua: embalses secos, ciudades que se hunden, malas cosechas, racionamiento de agua, incendios forestales y tormentas de polvo.
Las señales de la crisis hídrica están por todas partes, desde Teherán, donde las sequías y el uso insostenible del agua han agotado los embalses de los que depende la capital iraní, lo que ha avivado las tensiones políticas, hasta Estados Unidos, donde la demanda de agua ha superado el suministro del río Colorado, una fuente crucial de agua potable y riego para siete estados.
Las sequías han dificultado la búsqueda de agua para el ganado y han provocado una malnutrición generalizada en algunas zonas de Etiopía en los últimos años. En 2022, UNICEF estimó que hasta 600 000 niños necesitarían tratamiento por malnutrición grave. Demissew Bizuwerk/UNICEF Etiopía, CC BY
La bancarrota hídrica no es solo una metáfora del déficit de agua. Es una condición crónica que se desarrolla cuando un lugar utiliza más agua de la que la naturaleza puede reemplazar de forma fiable, y cuando el daño a los activos naturales que almacenan y filtran esa agua, como los acuíferos y los humedales, se vuelve difícil de revertir.
En la quiebra financiera, las primeras señales de alerta suelen parecer manejables: retrasos en los pagos, préstamos y venta de bienes que se esperaban conservar. Luego, la espiral se acelera.
La quiebra hídrica tiene etapas similares.
Al principio, extraemos un poco más de agua subterránea durante los años secos. Utilizamos bombas más grandes y pozos más profundos. Transferimos agua de una cuenca a otra. Drenamos humedales y enderezamos ríos para hacer espacio para granjas y ciudades.
Así se redujo el mar de Aral entre 2000 y 2011. El lago de agua salada era antes más ovalado y cubría las zonas de color claro hasta la década de 1980, pero el uso excesivo para la agricultura de varios países lo redujo. NASA
Este último, el hundimiento, suele sorprender a la gente. Pero es un síntoma de la escasez de agua. Cuando se extrae agua subterránea en exceso, la estructura subterránea, que retiene el agua casi como una esponja, puede colapsar. En Ciudad de México, el terreno se hunde unos 25 centímetros al año. Una vez que los poros se compactan, no se pueden rellenar fácilmente.
El informe Global Water Bankruptcy, publicado el 20 de enero de 2026, documenta lo extendido que se está volviendo este fenómeno. La extracción de agua subterránea ha contribuido a un importante hundimiento del terreno en más de 6 millones de kilómetros cuadrados, incluidas zonas urbanas donde viven cerca de 2 000 millones de personas. Yakarta, Bangkok y Ciudad Ho Chi Minh son algunos de los ejemplos más conocidos en Asia.
Un sumidero en el corazón agrícola de Turquía muestra cómo el paisaje puede colapsar cuando se extrae más agua subterránea de la que la naturaleza puede reponer. Ekrem07/Wikimedia Commons, CC BY
Alrededor de 3 000 millones de personas y más de la mitad de la producción mundial de alimentos se concentran en zonas donde el almacenamiento de agua ya está disminuyendo o es inestable. Más de 1,7 millones de kilómetros cuadrados de tierras de cultivo irrigadas sufren un estrés hídrico alto o muy alto. Esto amenaza la estabilidad del suministro de alimentos en todo el mundo.
En California, una grave sequía y la escasez de agua obligaron a algunos agricultores en 2021 a retirar los cultivos que requieren mucho riego, incluidos los almendros. Robyn Beck/AFP via Getty Images
Cada año, la naturaleza proporciona a cada región una cantidad de agua, en forma de lluvia y nieve. Piense en ello como una cuenta corriente. Esa es la cantidad de agua que recibimos cada año para gastar y compartir con la naturaleza.
Cuando la demanda aumenta, podemos recurrir a nuestra cuenta de ahorros. Extraemos más agua subterránea de la que se repone. Robamos la parte de agua que necesita la naturaleza y, en el proceso, drenamos los humedales. Esto puede funcionar durante un tiempo, al igual que la deuda puede financiar un estilo de vida derrochador durante un tiempo.
Las orillas expuesta en la presa de Latyan (cerca de Teherán, Irán) muestra unos niveles de agua significativamente bajos el 10 de noviembre de 2025. El embalse, que suministra parte del agua potable de la capital, ha experimentado un fuerte descenso debido a la prolongada sequía y al aumento de la demanda en la región. Bahram/Middle East Images/AFP via Getty Images
Esas fuentes de agua a largo plazo están desapareciendo ahora. El mundo ha perdido más de 4,1 millones de kilómetros cuadrados de humedales naturales en cinco décadas. Los humedales no solo retienen el agua. También la limpian, amortiguan las inundaciones y sustentan la flora y la fauna.
La calidad de agua también está disminuyendo. La contaminación, la intrusión de agua salada y la salinización del suelo pueden hacer que el agua esté demasiado sucia y salada para su uso, lo que contribuye a la escasez de agua.
El cambio climático está agravando la situación al reducir las precipitaciones en muchas zonas del mundo. El calentamiento aumenta la demanda de agua de los cultivos y la necesidad de electricidad para bombear más agua. También derrite los glaciares que almacenan agua dulce.
A pesar de estos problemas, los países siguen aumentando la extracción de agua para apoyar la expansión de las ciudades, las tierras de cultivo, las industrias y ahora los centros de datos.
No todas las cuencas hidrográficas y naciones están en bancarrota hídrica, pero las cuencas están interconectadas a través del comercio, la migración, el clima y otros elementos clave de la naturaleza. El colapso hídrico en una zona ejercerá más presión sobre otras y puede aumentar las tensiones locales e internacionales.
Detener la hemorragia: el primer paso es admitir que el balance está roto. Eso significa establecer límites de uso del agua que reflejen la cantidad de agua realmente disponible, en lugar de limitarse a perforar más profundamente y trasladar la carga al futuro.
Proteger el capital natural, no solo el agua: proteger los humedales, restaurar los ríos, recuperar la salud del suelo y gestionar la recarga de las aguas subterráneas no son solo algo deseable. Son esenciales para mantener un suministro de agua saludable, al igual que un clima estable.
En pequeños Estados insulares como Maldivas, el aumento del nivel del mar amenaza el suministro de agua cuando el agua salada penetra en los acuíferos subterráneos y arruina los pozos. PNUD Maldivas, 2021, CC BY
Usar menos, pero hacerlo de forma justa: gestionar la demanda de agua se ha convertido en algo inevitable en muchos lugares, pero los planes de quiebra hídrica que recortan el suministro a los pobres mientras protegen a los poderosos fracasarán. Entre los enfoques serios se incluyen las protecciones sociales, el apoyo a los agricultores para que realicen la transición a cultivos y sistemas que requieran menos agua y la inversión en eficiencia hídrica.
Medir lo que importa: muchos países siguen gestionando el agua con información parcial. La teledetección por satélite puede supervisar los suministros y las tendencias del agua y proporcionar alertas tempranas sobre el agotamiento de las aguas subterráneas, el hundimiento del terreno, la pérdida de humedales, el retroceso de los glaciares y el deterioro de la calidad del agua.
Planificar para menos agua: la parte más difícil de solucionar la quiebra es psicológica. Nos obliga a abandonar las antiguas referencias. El colapso hídrico requiere rediseñar las ciudades, los sistemas alimentarios y las economías para vivir dentro de nuevos límites antes de que esos límites se estrechen aún más.
Con el agua, al igual que con las finanzas, la bancarrota puede ser un punto de inflexión. La humanidad puede seguir gastando como si la naturaleza ofreciera crédito ilimitado, o puede aprender a vivir dentro de sus medios hidrológicos.
Kaveh Madani no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco López Cantos, Ciencias de la Comunicación, experto en comunicación pública de la ciencia., Universitat Jaume I
El siglo XX fue un espejo terrible al que seguimos asomados para entender algunas formas de dominio total basadas en la ideología y el poder del relato. Destacan episodios escalofriantes de ingeniería social, que tuvieron como finalidad lograr que los individuos siguieran ciegamente mecanismos de obediencia absoluta.
En algunos casos, el objetivo fue la reeducación de disidentes a través de la violencia y la coerción. Otras veces se persiguió poner a prueba la capacidad del ser humano de infligir dolor a sus semejantes mediante un reflejo condicionado, que activa mecanismos de obediencia y sumisión.
Dos hitos de manipulación ideológica
El experimento Pitesti se implementó en una cárcel de Rumanía durante el régimen comunista entre 1949 y 1951. Una década más tarde, en 1961, el experimento Milgram recreó una experiencia de modelado social en un entorno de laboratorio en la Universidad de Yale (EE.UU.).
El experimento Milgram tuvo como finalidad analizar el uso y conformación del poder y la asignación de roles carcelario/preso o dominante/dominado, en un entorno controlado y supervisado por investigadores. Lo acabaron interrumpiendo dada la barbarie de violencia en que se había sumido el entorno carcelario simulado que sirvió para el experimento.
Los experimentos Pitesti y Milgram se desarrollaron en el contexto de irreconciliable confrontación ideológica y crecientes tensiones geopolíticas posteriores a la II Guerra Mundial, en lo que se ha venido denominando Guerra Fría.
Pitesti, una cárcel para “reeducar”
Hacia 1949 se empezó a trasladar a la cárcel de Pitesti, ciudad cercana a Bucarest y capital de la región histórica de Valaquia, a algunos de los presos que se consideraba contrarios a la doctrina del régimen.
Entre ellos se encontraba un grupo de fervientes creyentes que seguían manteniendo su fe cristiana y que, a pesar de todos los recursos que el aparato del Estado había movilizado para erradicar las creencias religiosas y construir una sociedad comunista y laica, seguían sin renunciar a su religión.
El objetivo del experimento Pitesti consistía en reeducar a los prisioneros, alterando su personalidad para obtener de ellos una obediencia absoluta. Existen diferentes estimaciones del número de presos que sufrieron torturas, con cifras que van de los 700 a los 5 000 reclusos.
En paralelo, se establecieron algunas negociaciones con la Iglesia, ya que resultaba más sencillo y práctico mantener a los poderes religiosos contenidos y controlados para utilizar su capacidad de influencia en la población.
El régimen, que por entonces lideraba Gheorghe Gheorghiu-Dej, a quien sucedería Nicolae Ceaușescu tras su muerte en 1965, lo había intentado todo. Adoctrinaban a la población con la censura y la prensa, empleaban la represión y el terror y tenían al poder eclesiástico domesticado. Pero no conseguían convertir a los irreductibles. Y a algunos de ellos los llevaban a Pitesti, a ver si se enderezaban en la cárcel y asumían la doctrina “correcta”.
Personas normales convertidas en torturadores
En Pitesti se utilizaron los métodos de reeducación popular más extremos, tras fracasar otros esfuerzos previos por controlar y adoctrinar a la población mediante el discurso propio del aparato del estado y su ideología.
Para reeducarles en la “virtud”, en este caso del comunismo, les hacían comer y cagar en el mismo recipiente, pisotear y escupir los crucifijos y recibían violentas palizas. Pobres personas en manos de unos transmisores del régimen que, como ocurría en el Holocausto, sentían que solo cumplían ordenes y estaban haciendo lo “correcto”. Incluso algunos eran creativos e imaginaban formas de tortura nuevas. Lo importante era cumplir con los preceptos que marcaba la ideología.
El terror se prolongó hasta 1951. El 12 de julio de ese año, el médico Ion Simionescu, de 67 años, sometido al proceso de reeducación, se arrojó contra el alambre de espino para que los guardias lo mataran. Su muerte se hizo pública y las autoridades iniciaron una investigación. Esta se saldó con la ejecución de algunos implicados y una cortina de humo por parte de la justicia comunista.
Cómo imponer un ideal de sociedad
Pitesti no era un laboratorio de investigación, ni siquiera fue un experimento en sentido estricto, aunque así se ha conocido. Más bien era parte de un proyecto institucional de reeducación moral de las masas. Representaba al régimen comunista y al ideal de sociedad que se pretendía.
Una sociedad en la que los diferentes roles estaban perfectamente establecidos entre quienes ostentaban el poder y el resto. Aquellos que no los asumieran, ya sabían el destino que les esperaba. La cárcel era el lugar asignado a las personas “desviadas” y difíciles de convertir a la ideología del régimen. Todo ello como forma de reeducación, si habían tenido la suerte de no ser aniquilados físicamente antes.
El resultado de tales intentos de ocupar el espacio público, y las mentes de la ciudadanía, utilizando el discurso o la violencia no fue el esperado. Bien al contrario, tras el asesinato de Ceaușescu se produjo una eclosión religiosa inmediata y masiva. A día de hoy, en Rumanía, el 85 % de la población se declara cristiana ortodoxa y practicante, sin distinciones significativas entre franjas de edad.
Milgram y la sumisión social
A diferencia de lo sucedido en Pitesti, el experimento Milgram estaba diseñado para analizar el ejercicio del poder y la sumisión e intentar explicar, desde la psicología social, el Holocausto. Por ello se simuló en unas condiciones de laboratorio, sin que existiera un poder omnisciente como el que sí se daba en Rumanía.
Stanley Milgram, un psicólogo estadounidense, estableció un mecanismo para medir el grado de obediencia a la autoridad. Este se basaba en una experiencia mediante la cual unos voluntarios, reclutados a cambio del pago de cuatro dólares, seguían órdenes que provocaban graves daños a otros mediante descargas eléctricas.
En realidad, las supuestas descargas eléctricas eran simuladas, al igual que el sufrimiento de las víctimas. Pero los verdugos voluntarios desconocían este hecho.
El experimento de Stanley Milgram mostró con crudeza la vigencia de las reflexiones de Hannah Arendt en torno a la banalidad del mal y la irracional condición humana. También pretendía revelar los peligros que supone el uso de la violencia física o simbólica cuando se utiliza para la conformación de discursos políticos extremistas.
De aquellos barros, estos lodos.
En aquellas agitadas décadas posteriores a la segunda guerra mundial, germen de los profundos cambios sociales que llegan hasta la actualidad, se desarrollaron los experimentos Pitesti y Milgram. También se produjeron significativas confrontaciones académicas estrechamente ligadas a las diferentes perspectivas ideológicas propias de los bloques enfrentados. Muestra de ello son los históricos debates entre Noam Chomsky y Michel Focault en torno a la validez de la ciencia frente al poder del discurso. O el que sostuvieron Jean-Paul Sartre y Marcel Camus en relación a la justificación de los medios para la consecución de los fines ideológicos.
Estos debates, y aquellos “experimentos”, nos acercan lecciones de la historia en torno a los nocivos efectos derivados de la simplificación y confrontación ideológica y la ingenua confianza en la eficacia y los efectos de la comunicación y el poder del relato para promover el cambio social.
El lado perverso del relato
Se ha creído ingenuamente que el poder del relato puede servir para implementar masivamente una determinada transformación social, sea de la ideología que sea. Cuando esto sucede, los resultados son impredecibles a corto y medio plazo. Oscilan entre sus efectos narcotizantes y las devastadoras consecuencias gobbelianas de su extensión y adopción irracional. En cualquier caso, sus frutos no son otros que el incremento de la polarización y la confrontación pública.
El exceso del relato y la comunicación siempre es bienvenido como práctica extensiva de carácter cultural, como ficción en sí misma que explora los límites y características de la propia condición humana y la sociedad de cada época. Pero no debería ser una práctica común en el ámbito de la comunicación pública, tal como estamos viendo en estos tiempos en que todo el mundo parece haber asumido que el éxito político y social consiste en “ganar el relato”.
Hay que tener cuidado con los experimentos sociales y la confianza en las bondades de la comunicación para imponer una particular visión ideológica. Resulta bastante sencillo convertir un inocuo club de fans de tal o cual saga literia o cinematográfica en un bastante peligroso club de fanáticos de la ideología de turno que promueve tal relato, o de la opuesta.
Y en las democracias europeas, de larga tradición académica pero cada vez más amenazadas por los extremismos ideológicos, parece que las Humanidades todavía tienen algo que decir frente el progresivo deterioro de la política y el conocimiento. Un deterioro resultado de la extrema simplificación y mitificación del relato académico en torno al poder y bondades de la comunicación.
Francisco López Cantos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.