Crear empresas desde la universidad, la mejor manera de fomentar el emprendimiento

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Guillermo José Navarro del Toro, Research Professor at the University of Guadalajara – Centro Universitario de Los Altos, Universidad de Guadalajara, Universidad de Guadalajara

Xavier Lorenzo/Shutterstock

Cada semestre recibo decenas de estudiantes en mi facultad con ideas que podrían transformarse en empresas reales. Cuatro años después, la mayoría gradúa con un título y esas mismas ideas archivadas en carpetas que nadie volverá a abrir.

Como profesor en la Universidad de Guadalajara, he visto esta paradoja repetirse durante años. No es falta de talento. Es que seguimos enseñando emprendimiento como si fuera historia medieval: datos para memorizar, teorías para el examen, cero aplicación real.

Mientras debatimos en academias si actualizar el temario, algunas instituciones llevan décadas logrando que sus estudiantes combinen la teoría y la práctica, creando empresas al tiempo que estudian cómo funcionan: los estadounidenses MIT (Massachussets Institute of Technology), cuyo ecosistema de emprendimiento académico se articula desde el Martin Trust Center for MIT Entrepreneurship; Babson College, líder global en educación emprendedora con su enfoque de Entrepreneurial Thought & Action; UC Berkeley, a través de Berkeley SkyDeck, donde los proyectos académicos se convierten en startups; y Harvard, mediante el Harvard Innovation Labs, que integra cursos, mentorías y creación de empresas. En Finlandia, la Aalto University es reconocida por su modelo universidad–startup y el ecosistema Aalto Ventures Program.

La diferencia no es, o no únicamente, presupuesto ni ubicación. Es arquitectura.

Cuando la teoría se encuentra con la realidad

El Centro Universitario de los Altos (CUAltos) de la Universidad de Guadalajara implementó desde 2021 algo que debería ser obvio pero resulta revolucionario: convertir cada asignatura en una herramienta para construir proyectos reales.

En lugar de estudiar contabilidad con ejercicios inventados, los estudiantes registran transacciones de sus propios emprendimientos. En vez de memorizar las 4 P del marketing (producto, precio, punto de venta y promoción), diseñan estrategias para adquirir sus primeros cien clientes reales. Cuando estudian derecho empresarial, redactan los contratos que necesitarán para constituir legalmente sus empresas.

El CUAltos creó un repositorio de difusión del emprendimiento que documenta estos proyectos. No son simulaciones académicas. Son empresas operando en mercados reales, con clientes pagando y estudiantes aprendiendo más en un semestre que en cuatro años de clases tradicionales.




Leer más:
¿Estamos enseñando suficiente emprendimiento digital?


Tres ingredientes que cambian todo

Después de observar casos exitosos en México, España y otros países, identifiqué tres elementos que separan el teatro académico de la transformación real:

  1. La integración curricular total. Cuando Juan de Antonio fundó Cabify mientras estudiaba un MBA en Stanford, cada asignatura contribuía directamente a su proyecto. Hoy Cabify opera en más de noventa ciudades y factura 800 millones de euros. No esperó a graduarse. Construyó desde el primer día.

    El Tecnológico de Monterrey lleva esto al extremo con su modelo Tec21, donde todo el programa se estructura alrededor de retos empresariales reales. Los estudiantes no estudian disciplinas aisladas, resuelven problemas complejos que exigen conocimiento de finanzas, marketing, operaciones y tecnología simultáneamente.

  2. Mentoría con cicatrices. Las mejores universidades no contratan solo profesores con doctorados. Buscan emprendedores que fracasaron y reconstruyeron. Alguien que perdió una empresa te enseña más en una conversación que diez papers académicos.

    Por ejemplo, Alicia Asín y David Gascón fundaron Libelium con apenas 3 000 euros nada más licenciarse en la Universidad de Zaragoza. Fracasaron repetidamente. Pivotaron tres veces. Casi se quedan sin dinero dos veces. Hoy lideran mercados globales del Internet de las Cosas en 120 países. David fue reconocido como Innovador del Año por la revista MIT Technology Review en 2012, y la Real Academia de Ingeniería lo distinguió como investigador destacado en 2018. Alicia fue la primera mujer en recibir el premio Joven Emprendedor Nacional de CEAJE en 2014. Su conocimiento sobre qué hacer cuando todo falla no viene de libros. Viene de sobrevivir.

  3. Consecuencias reales. El Tecnológico de Monterrey conecta estudiantes con capital genuino desde primer semestre mediante colaboraciones con fondos como FEMSA Ventures. Cuando uno presenta ante inversores que controlan dinero real, la investigación de mercado no puede ser superficial.

    ESADE estructura competiciones con financiamiento real que los equipos pueden usar inmediatamente. Esta inyección de consecuencias transforma comportamientos. Los estudiantes dejan de optimizar para aprobar exámenes y empiezan a optimizar para resultados reales.




Leer más:
La importancia del emprendimiento en las universidades de América Latina


Lo que realmente están aprendiendo

Incluso cuando los proyectos fracasan comercialmente, estos estudiantes desarrollan competencias que graduados tradicionales tardan años en adquirir.

Por ejemplo, Juan Urdiales y Felipe Navío fundaron Jobandtalen mientras estudiaban en la Universidad Politécnica de Madrid. La empresa creció hasta convertirse en líder de empleo temporal en Europa y Latinoamérica, recaudó más de 500 millones de dólares y alcanzó una valoración superior a 2 000 millones. Opera en más de diez países.

No tenían experiencia corporativa previa, tenían algo mejor: capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, construir equipos funcionales, gestionar conflictos cuando los intereses no están alineados y pivotar rápidamente cuando los datos contradicen sus hipótesis.

El mercado laboral refleja esto. Las empresas tecnológicas priorizan candidatos con proyectos demostrables sobre aquellos con credenciales impecables pero sin experiencia ejecutiva real.

La oportunidad que estamos perdiendo

Cada año, miles de estudiantes talentosos entran a nuestras facultades en México. La mayoría los procesamos mediante el mismo sistema que lleva décadas produciendo resultados mediocres: clases magistrales, exámenes memorísticos, proyectos simulados.

Cuatro años después salen con títulos, deudas y sus ideas archivadas. Buscarán empleos en empresas creadas por gente que nunca perdió tiempo en aulas desconectadas de la realidad.

En el CUAltos estamos intentando cambiar esto. Los catorce programas académicos, que se imparten llevan contenidos de emprendimiento, de manera que cualquier médico, dentista o abogado que egresa sabe cómo comenzar un negocio, cuánto cobrar, cómo vender y cómo posicionarse en el mercado. No con más teoría sino con más práctica. No con simulaciones sino con consecuencias reales. No preparando empleados sino formando creadores.

Esta transformación no requiere presupuestos millonarios. Requiere valentía para demoler lo que “siempre hemos hecho así” y reconstruir desde cimientos completamente nuevos.

The Conversation

Guillermo José Navarro del Toro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Crear empresas desde la universidad, la mejor manera de fomentar el emprendimiento – https://theconversation.com/crear-empresas-desde-la-universidad-la-mejor-manera-de-fomentar-el-emprendimiento-235024

Con la gasolina disparada, correr sale mucho más caro de lo que parece

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Antonio Aguilar Saavedra, Investigador científico del CSIC en física teórica de partículas elementales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Coches circulando por una carretera nocturna sinuosa en Malta Goinyk Production/Shutterstock

Intentar emular a Fernando Alonso en los desplazamientos diarios de casa al trabajo no es una buena idea. Porque aparte de generar más estrés y más situaciones de riesgo, afecta a nuestro bolsillo más de lo que podríamos pensar.

Es evidente que conduciendo más rápido se llega antes, aunque la diferencia puede ser pequeña cuando el tráfico está condicionado por atascos, semáforos, etc. Sin embargo, conduciendo más rápido visitamos la gasolinera más a menudo. Entonces, ¿cuánto tiempo se gana en realidad? ¿Cuánto sube el consumo? ¿Merece realmente la pena apostar por la velocidad?

Consumo frente a velocidad

El consumo de combustible depende de la velocidad de una forma bastante simple de entender. Por un lado, el funcionamiento de los motores de combustión, incluso con el coche completamente parado, consume. Así, si nos desplazamos a una velocidad muy baja, del orden de 20 km/h, el gasto será grande en relación al espacio recorrido.

Por otro lado, la fricción con el aire crece con el cuadrado de la velocidad, por lo que conducir por encima de los 100 km/h también implica un consumo considerable. Además, están las pérdidas por rodadura, prácticamente independientes de la velocidad y sujetas a la distancia recorrida.

Combinando todos los factores, el consumo óptimo se obtiene a una velocidad que, en función del coche, está entre los 60-90 km/h.

La Agencia Europea de Medio Ambiente usa el modelo matemático COPERT para calcular las curvas de consumo de coches típicos, tanto de gasolina como híbridos y otros combustibles. En nuestro estudio, realizado específicamente para este artículo, hemos hecho los cálculos para un coche híbrido de tamaño medio/grande.

Consumo en función de la velocidad para un coche híbrido medio/grande según COPERT.
J. A. Aguilar y Cristina Álvarez.

Cuestión de física

Los valores de referencia son representativos de una gran variedad de coches, tanto berlinas como SUV. En cualquier caso, aquí el dato de interés no es el valor absoluto del consumo, que para nuestro coche particular puede ser menor. El factor clave es cómo aumenta el consumo a grandes velocidades. Este es un comportamiento universal, basado en leyes físicas.

Por otro lado, está el sobreconsumo asociado a un estilo de conducción más agresivo, con aceleraciones y frenadas. Esta componente penaliza el consumo a mayor velocidad, sin disminuir significativamente el tiempo de desplazamiento. Por eso, ignoraremos en nuestros cálculos ese efecto, que por otra parte es imposible de modelar.

Estudiando trayectos reales

Queremos estudiar el impacto de la velocidad en situaciones como las de miles de personas que diariamente se desplazan en coche. Para ello, hemos tomado como ejemplo cinco trayectos reales desde casa hasta el trabajo en la Comunidad de Madrid. Los trayectos comprenden tramos urbanos –en Alcobendas, Madrid, Móstoles, Las Rozas, Tres Cantos y Vallecas– y tramos en las carreteras A3, A5, A6, M30, M40, y M607 de distinta consideración. Como ejemplo, la fracción de recorrido en carretera con límite de velocidad superior a 90 km/h varía entre el 73 % y el 43 %.

Trayectos considerados en este estudio.
Juan A. Aguilar y Cristina Álvarez.

Hemos calculado las rutas usando Google Maps y hemos obtenido información de los límites de velocidad a través de OpenStreetMap. Como resultado, para cada una de las cinco rutas, preparamos una tabla que agrupa tramos por límite máximo de velocidad.

Ejemplo de rutas consideradas.
J. A. Aguilar y Cristina Álvarez.

Estos límites nos proporcionarán valores de referencia para la velocidad en cada tramo. Así, conocida la longitud de cada tramo y su velocidad de referencia, un cálculo simple nos permite calcular el tiempo total empleado en el desplazamiento –suponiendo el caso ideal de ausencia de atascos y semáforos–.

Además, usando los datos de consumo típico, podemos calcular también el consumo de gasolina, suponiendo que existe una velocidad constante.

¿Más rápido es mejor?

A continuación, investigamos cuánto tiempo se ahorra desplazándose más rápido y cuánto más se consume. Aquí, hacemos una suposición razonable:

  • Para los tramos urbanos con límite hasta 50 km/h, siempre consideraremos velocidad igual al límite legalmente establecido. Esta simplificación es necesaria porque, al aumentar la velocidad, también aumentan las pérdidas por frenada (algo frecuente en entorno urbano) y, como se ha mencionado, es imposible modelar adecuadamente estas variaciones.

  • Para los tramos en carretera, consideraremos dos casos: velocidades 20 % mayores al límite y velocidades 40 % mayores. Es decir, si el límite está en 100 km/h, supondremos velocidades de 120 km/h y 140 km/h, respectivamente. Lo cual está bastante en línea con lo observado diariamente.

Ahorro de tiempo frente a consumo extra a mayor velocidad.
J. A. Aguilar y Cristina Álvarez.

Los resultados no dejan lugar a dudas: pisar el acelerador sale muy caro. Para ahorrar un 10 % de tiempo gastamos ¡30 % más de combustible! Y esto es similar para todos los trayectos. Con una velocidad 20 % mayor al límite, el gasto de combustible triplica al ahorro de tiempo en los trayectos 1, 2, 3 y 5 y casi lo quintuplica en el trayecto 4. Y, para una velocidad 40 % mayor, las cifras de consumo se disparan.

Por otro lado, si no apuramos el límite de velocidad, el ahorro relativo de combustible es bastante comparable al incremento relativo del tiempo de viaje. La gran disparidad entre ambos solo aparece a velocidades elevadas.


Rui Lourenco / Unsplash., CC BY-SA

Pisar el acelerador hace daño al bolsillo y al planeta

Naturalmente, los detalles de consumo varían de un modelo de automóvil a otro, dependiendo del motor, la aerodinámica, el combustible y otras características. No obstante, los resultados cualitativos obtenidos aquí son extrapolables a coches de gasolina o diésel de diversos tamaños. Como hemos señalado, el incremento de consumo a gran velocidad es exponencial y está basado en leyes físicas. Por tanto, la conclusión de que el gasto adicional excede con creces el ahorro de tiempo tiene un carácter bastante general.

Asimismo, pisar el acelerador también sale muy caro para el planeta. Las emisiones de CO₂ y otros gases son proporcionales al consumo. Por lo que ahorrar unos pocos minutos se traduce en una contaminación bastante mayor.

En términos generales, como sabemos, la huella de emisiones por viajero es inferior en transporte público que en coche privado, y más aún en áreas urbanas. Encima, cuando el vehículo viaja con un solo ocupante, este consumo y esas emisiones recaen íntegramente sobre un único viajero, empeorando aún más el balance.

Para esos casos en que el uso del coche es inevitable, no deberíamos olvidar que la velocidad no compensa, ni para el bolsillo ni para el planeta.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Con la gasolina disparada, correr sale mucho más caro de lo que parece – https://theconversation.com/con-la-gasolina-disparada-correr-sale-mucho-mas-caro-de-lo-que-parece-275334

¿Puede una imagen generada por IA ser ‘demasiado’ real?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ricardo Fernández Rafael, Investigador Predoctoral en Ocio, Cultura y Comunicación, Universidad de Deusto

Imagen renderizada en 3D de una mujer joven. Aitor Serra Martín/Shutterstock

¿Por qué a veces una imagen o vídeo generado por inteligencia artificial nos desasosiega aunque parezca casi real? El fenómeno conocido como “valle inquietante” describe precisamente esa respuesta de extrañeza o rechazo que sentimos ante reproducciones casi humanas.

Originalmente formulado en 1970 por el roboticista Masahiro Mori, el valle inquietante plantea que cuanto más se parecen un robot o figura artificial a un ser humano, más positiva es la reacción… hasta que la similitud casi perfecta provoca repulsión.

En los últimos años, con IA generativa capaz de producir rostros e incluso vídeos realistas, esto ha cobrado nueva relevancia: ¿cómo percibimos los humanos estas creaciones sintéticas? ¿Somos capaces de notar que son artificiales? ¿Por qué a veces no logramos detectarlo?

¿Qué es el valle inquietante y por qué ocurre?

El valle inquietante es una hipótesis que describe la reacción emocional negativa ante entidades artificiales muy humanas, pero no del todo auténticas. Cuando una figura antropomórfica, un robot, un avatar digital, un rostro generado por IA, se acerca mucho a la apariencia humana pero muestra algo sutilmente “fuera de lugar”, suele provocarnos desasosiego. Nuestro cerebro percibe que “algo no encaja”, generando inquietud o simple rechazo.

Un robot que se intenta parecer a una mujer de carne y hueso vestido de uniforme.
Un robot recepcionista en un hotel en Tokio.
New Snowman/Shutterstock

Diversas teorías intentan explicar las causas de este efecto: desde razones evolutivas (nuestro cerebro asociaría las distorsiones faciales con enfermedad o peligro, activando una respuesta de aversión instintiva) hasta cognitivas (la incertidumbre de no poder clasificar algo como humano o no humano genera rechazo) y existenciales (un doble artificial casi idéntico a nosotros puede recordarnos nuestra propia mortalidad o reemplazabilidad).

Desde la neurociencia cognitiva, comienzan a hallarse mecanismos cerebrales detrás del valle inquietante. Investigadores de la Universidad de Cambridge mostraron imágenes de humanos reales, rostros virtuales y robots a voluntarios mientras medían su actividad cerebral por imagen por resonancia magnética funciona (fMRI). Encontraron que el cerebro funciona como una especie de “detector de humanidad”: la corteza prefrontal ventromedial aumentaba su actividad ante figuras más humanizadas pero caía abruptamente al rozar el límite de lo humano sin serlo, mientras que la amígdala se activaba con intensidad, sugiriendo una respuesta emocional de alarma.

El ojo humano ante las imágenes de IA: detectar lo artificial

Los seres humanos somos expertos en rostros y en descifrar señales sociales sutiles; desde bebés aprendemos a leer expresiones, seguir miradas y distinguir individuos. Esta maestría perceptiva explica por qué podemos notar detalles ínfimos fuera de lugar en una imagen de rostro humano. Ante fotografías o vídeos generados por IA, muchos usuarios reportan que “hay algo en la mirada” o “una sensación rara” que les delata que no son reales.

Una azafata saluda a un hombre en una imagen hecha con IA.
Antes era fácil diferenciar una imagen hecha con IA porque los seres humanos tenían más dedos de lo habitual en las manos.
Rhetos/Wikimedia Commons

Hasta hace poco, las imágenes sintéticas solían delatarse por fallos evidentes: manos con seis dedos, ojos asimétricos, texturas de piel irreales. Pero incluso sin errores obvios, nuestro cerebro capta algo: una mirada sin brillo, un gesto congelado, una falta de sincronía entre apariencia y “vida” interior.

Los datos recientes son elocuentes. Las imágenes faciales generadas con ChatGPT y DALL·E resultan virtualmente indistinguibles de fotografías auténticas para la mayoría de observadores. Los programas de IA alcanzan un 97 % de precisión detectando rostros sintéticos en fotos, pero los humanos no superamos el porcentaje atribuible al azar; curiosamente, con vídeos deepfake la situación se invertía y los humanos acertaban dos tercios de las veces. Incluso los “súper-reconocedores”, el 2 % superior en reconocimiento facial, apenas detectan el 41 % de los rostros falsos, una tasa inferior al azar.

Sin embargo, cinco minutos de entrenamiento sobre errores comunes de renderizado mejoró sustancialmente su precisión. Es decir, que nuestro sistema perceptivo no está calibrado para esta amenaza, pero puede entrenarse.

IA avanzadas: ¿se está superando el valle inquietante?

Dado el rápido progreso de la inteligencia artificial generativa, surge la pregunta: ¿podrán las máquinas cruzar el valle inquietante, eliminando esa inquietud por completo? Los avances recientes apuntan en esa dirección.

En el campo de las imágenes estáticas, los generadores basados en redes antagónicas generativas (GAN) y modelos de difusión han logrado crear rostros y cuerpos virtuales indistinguibles de fotografías reales. Las caras generadas por StyleGAN2 ya alcanzan un nivel de detalle anatómico y calidad fotográfica que engaña a la mayoría de observadores.

Lo estamos viendo también en ejemplos cotidianos. Los verificadores de contenido ahora hablan de una “perfección inquietante” como nueva señal: fotogramas con personas de belleza impecable, sin ninguna arruga fuera de lugar, con simetrías casi matemáticas.

Paradójicamente, la IA crea imágenes tan pulidas que producen otra forma de artificio: no por defectos grotescos, sino por ausencia de las pequeñas imperfecciones que dan autenticidad. Aun así, para la mayoría del público esas minucias pasan inadvertidas.

Las imágenes no se mueven, corren

El desafío mayor, sin embargo, está en el vídeo. No basta con un fotograma realista; hay que encadenar miles por segundo sin caer en gestos espasmódicos o inexpresivos. Hasta hace poco, los primeros sistemas de texto a vídeo producían resultados entre lo cómico y lo espeluznante: clips borrosos, figuras humanas inestables que parecían salidas de un sueño raro… Pero la velocidad con la que está cambiando esto resulta difícil de exagerar.

En los últimos meses se han sucedido lanzamientos que redefinen lo posible. Google DeepMind presentó Veo 3.1 en octubre de 2025, un modelo que trata el sonido como parte integral del vídeo: genera diálogos con labios sincronizados, efectos de sonido alineados con la acción y paisajes sonoros ambientales. No es un detalle menor: una de las pistas clásicas para detectar un vídeo falso era la desincronización entre labios y voz. Cuando eso desaparece, una barrera perceptiva cae con ello.

En febrero de 2026, la empresa china Kuaishou lanzó Kling 3.0, que permite generar hasta seis tomas distintas dentro de un mismo clip de 15 segundos manteniendo la coherencia de personajes y escenarios, con resolución 4K y sincronización labial en múltiples idiomas. Lo que importa para el valle inquietante es la consistencia temporal: cuando cada fotograma se genera teniendo en cuenta decenas de fotogramas adyacentes, las “mutaciones” faciales que antes delataban el origen artificial se reducen drásticamente.

Pero el modelo que más debate ha generado es Seedance 2.0, de ByteDance. Clips virales mostraron a Brad Pitt y Tom Cruise en una pelea coreografiada tan convincente que Disney envió una carta de cese y desistimiento y Paramount acusó a la compañía de infracción de propiedad intelectual.

¿Se ha cruzado entonces el valle? No del todo. Los modelos de 2026 todavía luchan con acciones cotidianas: comer, manipular cubiertos, interactuar con objetos pequeños. No tenemos referencia de cómo se mueve un dragón, pero hemos visto a miles de personas comer pasta, y cualquier desviación salta a la vista. A esto se suma que los modelos de imagen estática, como la familia Nano Banana de Google, ya sirven como fotogramas de referencia para los generadores de vídeo, minimizando las incoherencias entre cuadros que antes delataban el contenido sintético.

Un último dato que ayuda a enmarcar la velocidad del cambio: el número de deepfakes en internet pasó de unos 500 000 en 2023 a unos 8 millones en 2025, con un crecimiento anual cercano al 900 %. Un investigador de la Universidad de Buffalo especializado en medios sintéticos escribió en Fortune que la clonación de voz ha cruzado lo que él llama el “umbral de la indistinguibilidad”: unos pocos segundos de audio bastan para generar un clon convincente con entonación, ritmo, pausas y hasta ruido de respiración naturales.

Nuestros ojos ya no bastan

No parece que el valle inquietante se limite a lo visual: también se manifiesta en interacciones textuales con chatbots. Sin embargo, los usuarios siguen prefiriendo la naturalidad y las imperfecciones humanas: mientras que los defectos humanos aumentan la cercanía, las desviaciones que rompen la percepción de humanidad disparan el rechazo.

El sector tecnológico está respondiendo con soluciones de verificación que funcionan donde nuestros ojos ya no pueden. La lógica es sencilla: si no podemos ver la diferencia, al menos podemos marcar el contenido en el momento de su creación. Estas marcas sobreviven a compresiones, recortes y conversiones de formato habituales.

Desde mayo de 2025, un portal de verificación de Google DeepMind permite comprobar si un archivo contiene SynthID, una marca de agua imperceptible que se inserta durante la generación. En paralelo, la C2PA (Coalition for Content Provenance and Authenticity), impulsada por Adobe, Microsoft, Google, OpenAI y Meta, desarrolla un estándar abierto que adjunta al archivo información criptográfica verificable sobre su origen y ediciones. Mientras SynthID es la huella invisible que persiste cuando se pierde el metadato, C2PA ofrece la trazabilidad cuando las plataformas lo preservan.

La regulación también avanza, aunque fragmentada. El Reglamento de IA de la Unión Europea, en vigor desde agosto de 2024, exige que todo contenido generado por IA sea marcado en formato legible por máquinas, con pleno cumplimiento requerido para agosto de 2026. Pero el panorama industrial muestra a cada gran empresa desarrollando su propio sistema, sin un estándar universal de detección.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.


Cambio de concepto

La percepción del valle inquietante es un fascinante cruce entre biología, mente y tecnología. Sentimos inquietud ante lo casi humano porque nuestros cerebros están calibrados finamente para reconocer a nuestros semejantes y detectar lo que se aparta de la norma. Esa misma agudeza se activa con las creaciones de IA que casi logran imitarnos.

A comienzos de 2026, el estado de la cuestión es claro: la frontera se desplaza a una velocidad vertiginosa. Lo que en enero de 2026 era limitación de un modelo, en febrero ya lo resolvía el siguiente. Quizás el cambio más profundo no sea visual sino conceptual: en lugar de detectar “algo extraño”, empezaremos a desconfiar de “algo demasiado perfecto”.

¿Desaparecerá por completo el valle inquietante? Probablemente no: seguiremos teniendo reparo ante un robot físico que intenta ser nuestro doble perfecto. Pero en el terreno visual digital, la distinción entre lo generado y lo real dependerá cada vez cada vez más de la tecnología que nos asiste. Cuando ya no podamos confiar en “lo noto en mi estómago, se ve falsa”, necesitaremos marcas de agua universales, credenciales de procedencia y, sobre todo, educación mediática para orientarnos en un mundo donde lo artificial se camufla con total naturalidad.

Una versión de este artículo se publicó en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Ricardo Fernández Rafael no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Puede una imagen generada por IA ser ‘demasiado’ real? – https://theconversation.com/puede-una-imagen-generada-por-ia-ser-demasiado-real-272540

Podemos convertir la ropa que desechamos en combustible y otros recursos para evitar que acabe en vertederos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Inés Moreno García, Investigadora Titular Asociada, IMDEA ENERGÍA

Ernest Rose/Shutterstock

¿Sabías que la ropa que usamos nos la ponemos, de media, solo siete veces antes de desecharla? La industria textil es uno de los sectores con mayor impacto ambiental: genera alrededor del 10 % de las emisiones globales de CO₂, más que todos los vuelos transatlánticos juntos, y consume enormes cantidades de agua. Fabricar una camiseta de algodón requiere unos 2 700 litros, el equivalente al agua que bebe una persona en dos años y medio.

En los últimos años, estos problemas se han agravado con el fenómeno de la moda rápida o fast fashion, un modelo basado en producir grandes cantidades de ropa barata a gran velocidad, siguiendo tendencias casi inmediatas. Compramos más prendas, más baratas y con mayor frecuencia, pero a costa de un impacto ambiental creciente.

Reciclar más textiles sería parte de la solución, pero no es sencillo. En España, cada persona genera unos 20 kg de residuos textiles al año y solo se recicla el 1 %. El resto acaba en vertederos, formando auténticas montañas de ropa.

¿Cómo se recicla la ropa que desechamos?

La opción más extendida es el reciclado mecánico, que tritura y desfibra las prendas para obtener nuevas fibras. Sin embargo, este proceso las acorta y debilita, reduciendo su calidad y limitando su uso para fabricar ropa nueva. Además, es poco eficaz con tejidos mezclados, muy comunes hoy en día.

El reciclaje químico permite descomponer los tejidos hasta sus moléculas básicas para reconstruir las fibras originales; es como desmontar un puzle pieza a pieza y volver a montarlo. Así se recuperan materiales similares a los iniciales. Este método está más desarrollado para fibras sintéticas como el poliéster, utilizando disolventes, temperatura y presión para romper sus cadenas y obtener los componentes de partida, que luego se purifican y transforman en nuevas fibras. Aunque es prometedor, su impacto ambiental y sus limitaciones con tejidos mixtos o fibras naturales impiden que sea una solución universal.

En este contexto, la pirólisis surge como alternativa con gran potencial, ya que permite tratar prendas de tejidos complejos sin separar previamente las fibras.




Leer más:
El precio ambiental de la moda rápida


Cómo convertir los tejidos en combustibles

El proceso consiste en calentar el residuo textil a altas temperaturas en ausencia de oxígeno. En lugar de quemarse, el material se descompone en tres fracciones: un gas, un sólido y un líquido.

El gas puede utilizarse como combustible para aportar el calor que requiere el propio proceso. El sólido carbonoso tiene múltiples aplicaciones: como combustible sólido, mejorador del suelo o material filtrante para eliminar contaminantes en corrientes líquidas o gaseosas. Y el líquido, conocido como aceite pirolítico, es una mezcla compleja de compuestos orgánicos cuya composición depende del tejido original y que puede revalorizarse para obtener combustibles o productos químicos.

En la Unidad de Procesos Termoquímicos de IMDEA Energía trabajamos desde hace años en la pirólisis de distintos residuos –orgánicos, agrícolas, forestales, plásticos o neumáticos– con el objetivo de producir aceites transformables en combustibles líquidos o compuestos similares a los derivados del petróleo.

No obstante, el aceite pirolítico es muy complejo. Contiene numerosos compuestos y, a diferencia del crudo de petróleo, presenta cantidades significativas de oxígeno, nitrógeno, cloro o azufre. Estos elementos dificultan su uso directo como combustible y su integración en procesos industriales.

Para superar esta limitación, el proyecto HYPY-CAT explora una solución innovadora: la hidropirólisis catalítica a baja presión. Este proceso realiza la pirólisis en presencia de hidrógeno, que ayuda a eliminar elementos indeseados y mejora la calidad del aceite obtenido. Y al hacerlo a baja presión, reduce los costes de operación.

Nuevos catalizadores

Un elemento clave es el catalizador, que facilita la ruptura de las largas cadenas de los polímeros y favorece la eliminación de compuestos no deseados. En el proyecto se proponen un tipo especial de zeolitas. Se trata de sólidos porosos, similares a esponjas con pequeños canales por los que deben entrar las moléculas para reaccionar.

Las zeolitas son excelentes catalizadores, pero sus poros suelen ser tan pequeños que muchas moléculas procedentes de los residuos textiles no pueden acceder por su gran tamaño. Pensemos en un camión o un autobús intentando pasar por una calle muy estrecha. Nuestra propuesta consiste en crear “avenidas”, es decir, poros de mayor tamaño que permitan el acceso de moléculas voluminosas. Una vez dentro, pueden transformarse en otras más pequeñas capaces de penetrar en los poros más estrechos y completar las reacciones deseadas.

Con esta iniciativa, abrimos una nueva vía para reciclar residuos textiles, reducir su impacto ambiental y convertirlos en recursos útiles para la industria, avanzando hacia una verdadera economía circular en el sector textil

The Conversation

Inés Moreno García recibe fondos del proyecto PID2023-153368OB-I00, financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.

María del Mar Alonso Doncel recibe fondos de PID2023-147355OB-C21.

– ref. Podemos convertir la ropa que desechamos en combustible y otros recursos para evitar que acabe en vertederos – https://theconversation.com/podemos-convertir-la-ropa-que-desechamos-en-combustible-y-otros-recursos-para-evitar-que-acabe-en-vertederos-277391

Del objeto al significado: el nuevo poder cultural de las marcas más conocidas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Herencia, Director Máster en Branding. Profesor en grado de Publicidad y Branding., UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Los Starbucks cambiaron la experiencia de ir a tomar un café. Happycreator/Shutterstock

Starbucks redefinió el café como “el tercer espacio”. El producto –un café de mayor calidad que el del bar tradicional– servido en un entorno cómodo donde se puede pasar un largo tiempo de calidad tras la vivienda y el trabajo. El impacto cultural no se debió a la marca, sino a una propuesta de producto y experiencia que fue revolucionaria en su momento. Además, junto a Nespresso, contribuyó al inicio de la nueva cultura del café de calidad que ha evolucionado mucho después y dejando atrás a estas referencias.

Desde que existe el comercio, las empresas productoras han visto el mercado como una competencia técnica. Ganaba quien hacía el mejor producto: más confiable, más innovador, más eficiente o más barato. Automoción, ropa, alimentación, la batalla se libraba en la fábrica. El producto era el centro del pensamiento empresarial.

Sin embargo, el enorme desarrollo del mercado y la estandarización de la producción y del gusto han modificado esa lógica. Los productos se han vuelto tan parecidos que es difícil distinguirlos: los vehículos de gama media son intercambiables entre marcas, los teléfonos móviles son casi idénticos, la moda usa patrones clonados y el sabor de los refrescos no es el factor de decisión.

En este entorno donde todo se parece, la diferencia ya no está en lo que el producto es, sino en lo que significa cuando lo elegimos. Esto es lo que hace la marca, son las dos caras de una misma moneda: el producto satisface una necesidad; la marca le da un significado.

La visión tradicional habla de cómo el análisis de la cultura social acaba por crear nuevas propuestas de consumo o experiencias diarias, o al menos que la interacción y retroalimentación entre ambos lados es lo que hace evolucionar este ecosistema social. Pero ahora vamos a analizar cómo también puede ser en el orden opuesto.

Las nuevas dinámicas del mercado han traído una consecuencia más profunda: los productos y las marcas pueden estar moldeando la cultura social contemporánea, modificando nuestros hábitos, nuestros imaginarios, nuestra forma de relacionarnos e incluso nuestros valores. Existen dos perspectivas de esto: cuando es el producto el que influye en la cultura y cuando lo hace la marca.

Cuando el producto modifica las costumbres

A veces, no es la marca, sino el producto en sí –el objeto físico, el servicio o la institución– lo que modifica comportamientos y costumbres. Su influencia no depende de una narrativa, sino de la innovación o del diseño que aporta a la vida diaria:

  • Airbnb no transformó el turismo con una marca atractiva, sino ofreciendo un producto y narrativa radicalmente distintos: la posibilidad de “vivir en una ciudad por unos días”. Esto cambió nuestros hábitos de viaje, la relación con las ciudades, la economía de alquileres e incluso las normativas urbanas.

  • BlablaCar permite una nueva forma de desplazarse que no solo es lowcost, sino que además llega donde los servicios de transporte no lo hacen, entre pequeñas ciudades que exigirían una intermodalidad inexistente. Por otro lado, el propio nombre hace referencia a otro de los beneficios: conocer gente y hacer un viaje entretenido.

  • Netflix, Spotify, Amazon y Deliveroo/Glovo trajeron una forma nueva de tener todos los contenidos y productos disponibles en cualquier lugar y dispositivo, y así cumplir con una necesidad de inmediatez, independencia y libertad deseada por los consumidores. Además, modificaron la propia industria de creación del entretenimiento.

En estos ejemplos el producto funcionó como una innovación cultural. No vendían solo una historia; introdujeron una nueva forma de vivir que la marca, en paralelo, se encargó de potenciar.

Del pollo en Navidad a las chanclas brasileñas

En otras ocasiones, no es una innovación funcional lo que transforma la sociedad, sino una postura cultural explícita. La marca, no el producto, genera debates, modifica percepciones y desplaza normas sociales. Los ejemplos más claros proceden de marcas con un propósito activista.

En una época de poca conciencia social por parte de las marcas, Benetton, con las imágenes provocadoras de Oliviero Toscani, convirtió la publicidad en una plataforma global para temáticas sociales difíciles: racismo, VIH y mezcla de culturas/religiones.

La narrativa sobre la idea y el origen de las costumbres de la Navidad actual tiene muchas versiones relacionadas con marcas comerciales. Más desconocida es la historia de cómo llegó a Japón, a mediados de los años 70, la idea de que, para sustituir el típico pavo de la cultura anglo, en Nochebuena se comiera pollo de KFC. La idea cuajó de tal manera que aún sigue siendo un ritual social para gran parte de la población de cualquier religión, no solo de la católica.

  • Dove no cambió el jabón, cambió la conversación sobre la belleza. Con su campaña por la belleza real introdujo narrativas que ampliaron los cánones fuera de la belleza normativa. Fue la marca, no la fórmula del producto, la que abrió el diálogo público y generó impacto cultural.

  • The Body Shop hizo del activismo su seña de identidad, al menos antes de ser comprada por L’Oreal. No vendía productos de belleza, promovía una visión de la sociedad. Sus campañas contra las pruebas en animales y a favor del comercio justo generaron presión política, impulsaron cambios regulatorios y fomentaron una cultura de consumo más ética.

  • Patagonia llevó el propósito ambiental a un nivel casi político. La campaña “No compres esta chaqueta” no promocionaba un producto, cuestionaba el consumismo a través de hacer productos de alta calidad y larga vida. Sus acciones impulsaron a competidores y otras muchas marcas a adoptar prácticas más sostenibles.

En todos estos ejemplos, la marca actúa como un poder fáctico. No innova en lo funcional, innova en la narrativa. Fueron las marcas, y no la idea de producto, las que impulsaron el cambio.

La marca de calzado Havaianas, como muchos otros, es un caso que podría atribuirse a ambos lados, porque aunque rescata el diseño de las populares chanclas, lo hace actualizando la experiencia de producto a través del rediseño, colores, texturas, etc. También con colaboraciones con diseñadores famosos y diseñando un espíritu de marca nuevo y muy atractivo. Especialmente en Brasil, Havaianas cambió el imaginario construido alrededor de la marca, redefinió la informalidad, democratizó el “glamour”, mostró cómo un objeto humilde puede convertirse en un símbolo, reescribiendo normas de estilo aspiracional de la moda.

Propósito social frente a lucro

Si una marca cambia la cultura, ¿lo hace por compromiso genuino o por estrategia comercial? ¿Puede una empresa actuar éticamente sin tener en cuenta los ingresos?

El propósito no es un eslogan, es una promesa de valor a la sociedad que guía cualquier decisión. Cuando el propósito es auténtico, se implementa y se respeta, puede dirigir la influencia cultural hacia resultados positivos. Cuando es superficial, deriva en lavado de imagen y por tanto, en posible pérdida de confianza.

¿Deben las marcas ejercer su poder cultural?

Las marcas ahora comparten estructuras culturales similares a la religión, la política o los deportes más populares. Generan significado, moldean identidades, crean rituales y construyen aspiraciones. Si una marca determina cómo nos vestimos, cómo viajamos o qué causas apoyamos, actúa como una institución social.

Si las marcas tienen el poder de cambiar la sociedad, ¿deberían ejercerlo?

La respuesta es compleja. Las marcas “comerciales” son entidades económicas, no ONG. Su objetivo principal es el lucro. Sin embargo, en un mundo donde los límites entre consumo y cultura se han difuminado y los consumidores buscan marcas con las que compartir valores, ignorar la responsabilidad social sería irresponsable. Cuando una marca puede desactivar estereotipos dañinos o promover narrativas positivas para la sociedad, no posicionarse es, en sí mismo, una elección deseable pero no criticable.

Si las marcas tienen tanto poder, entonces el asunto es que tomen conciencia de si tienen una visión del mundo y con qué compromiso van a desarrollar su misión. Cuando se moldea la cultura, no solo se construye un mercado, se construye el mundo.

The Conversation

Alberto Herencia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Del objeto al significado: el nuevo poder cultural de las marcas más conocidas – https://theconversation.com/del-objeto-al-significado-el-nuevo-poder-cultural-de-las-marcas-mas-conocidas-271708

Cómo ha cambiado la bahía de Cádiz desde el siglo XVIII: lo que revela una carta náutica de 1789

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Bismarck Jigena Antelo, Profesor Titular de Unversidad, Area de Ciencias y Técnicas de la Navegación y Ciencias Marinas, Universidad de Cádiz

Carta náutica de la bahía de Cádiz (1798). Brigadier de la Real Armada Vicente Tofiño de San Miguel Director de las Academias de Guardias Marinas / Instituto Geográfico Nacional. , CC BY

Acostumbrados a consultar mapas digitales en el móvil o en el coche, puede parecer que los mapas antiguos ya no tienen utilidad práctica. A menudo, se consideran piezas de archivo, valiosas desde el punto de vista histórico, pero poco relevantes para el análisis científico actual. Sin embargo, esta percepción es engañosa. Algunos mapas históricos siguen siendo una fuente fundamental de información para entender cómo ha cambiado el territorio a lo largo del tiempo.

La carta náutica de Tofiño de 1789

Vicente de Tofiño de San Miguel, jefe de escuadra de la real Armada. Anónimo.
Wikimedia Commons.

Un buen ejemplo es la carta náutica de la bahía de Cádiz elaborada en 1789 por Vicente Tofiño de San Miguel. A pesar de haber sido realizada hace más de tres siglos, esta cartografía permite reconstruir con notable detalle la configuración del litoral en el siglo XVIII y compararla con la bahía que conocemos hoy.

Vicente Tofiño fue una figura clave de la Ilustración española. Marino y científico, dirigió el proyecto del Atlas Marítimo de España, concebido para mejorar la navegación y el conocimiento de las costas mediante observaciones sistemáticas. La carta de la bahía de Cádiz no fue un dibujo aproximado ni una representación artística, sino un documento técnico elaborado con los métodos más avanzados disponibles en su época.

Combinando la historia con las nuevas tecnologías

Trabajar hoy con este tipo de cartografía plantea, no obstante, algunas dificultades. El mapa de 1789 no incluye coordenadas geográficas modernas, ni especifica su proyección cartográfica. Además, su orientación difiere de la habitual en los mapas actuales. Durante mucho tiempo, estas limitaciones llevaron a considerar los mapas históricos como poco útiles para el análisis espacial riguroso.

Esta situación ha cambiado gracias al desarrollo de nuevas tecnologías. Actualmente, los mapas antiguos pueden integrarse con herramientas como los sistemas de información geográfica (GIS), el posicionamiento por satélite (GNSS), la teledetección y técnicas modernas de cartografía digital. Mediante procesos
de georreferenciación, es posible ajustar la cartografía histórica a los sistemas de referencia actuales, utilizando elementos del territorio que se mantienen reconocibles con el paso del tiempo.

Primera página del Atlas Marítimo de España, obra de Vicente Tofiño en el siglo XVIII.
Biblioteca Nacional de España.

El valor actual de la cartografía antigua

Un ejemplo concreto ayuda a entender el valor de este enfoque. Al superponer el mapa de 1789 con la cartografía actual, se observa que amplias zonas que hoy forman parte del frente urbano y portuario de la bahía eran entonces espacios intermareales o marismas.

La carta de Tofiño, ajustada utilizando metodologías de GNSS y GIS, utilizando 9 puntos de control y la técnica del ajuste elástico (rubbersheeting).
Bismarck Jigena Antelo et al.

En algunos sectores del interior de la bahía, la línea de costa histórica aparece desplazada varios cientos de metros respecto a la actual, lo que permite visualizar con claridad la magnitud de las transformaciones experimentadas por el litoral. Estos cambios no son solo historia: siguen influyendo en el comportamiento actual de la bahía.

Así, la comparación entre ambos momentos históricos pone de manifiesto transformaciones profundas en la bahía de Cádiz. La línea de costa ha sido modificada de forma significativa, especialmente en las áreas más urbanizadas. Zonas que en el siglo XVIII estaban poco alteradas muestran hoy una intensa ocupación y una morfología claramente distinta, fruto de la interacción entre procesos naturales y la acción humana.

Saber cómo era la bahía antes de las grandes obras ayuda a explicar por qué hoy algunas zonas son más vulnerables que otras.

Un testigo de cómo afectan los cambios a la costa

De esta manera, más allá de la simple descripción visual, el mapa de 1789 actúa como una referencia histórica que ayuda a contextualizar las transformaciones del litoral y a comprender mejor su evolución a lo largo de casi tres siglos. Disponer de esta perspectiva temporal amplia resulta especialmente valioso en un entorno costero tan dinámico y sensible como la bahía de Cádiz.

El interés de este enfoque no se limita a este caso concreto. La combinación de cartografía histórica y tecnologías actuales se está utilizando en numerosas zonas costeras para estudiar la evolución de la costa, los cambios en estuarios y puertos históricos y la transformación de frentes urbanos.

Cambios morfológicos en la línea de costa y áreas urbanas de la Bahía de Cádiz.
Bismarck Jigena Antelo et al.

A menudo, los mapas antiguos son la única fuente disponible para conocer el estado del territorio antes de las grandes intervenciones del siglo XX.

En un momento de creciente presión sobre las costas, mirar al pasado con herramientas del presente puede ser una de las mejores formas de tomar decisiones más informadas de cara al futuro.

Imagen satelital de la Bahía de Cádiz.
Google Earth Pro 2026.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Cómo ha cambiado la bahía de Cádiz desde el siglo XVIII: lo que revela una carta náutica de 1789 – https://theconversation.com/como-ha-cambiado-la-bahia-de-cadiz-desde-el-siglo-xviii-lo-que-revela-una-carta-nautica-de-1789-273491

El lado oscuro del glucógeno: lo que revela la enfermedad de Lafora

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pascual Sanz, Chair professor, Instituto de Biomedicina de Valencia (IBV – CSIC)

shutterstock

Algunas veces ocurre que durante la infancia, o en la adolescencia temprana, se produce una inesperada crisis epiléptica en un paciente previamente asintomático. Después vienen más crisis, que se van haciendo cada vez más frecuentes. Es más, los pacientes pronto se vuelven resistentes al efecto de fármacos antiepilépticos tradicionales. Y todo por una enfermedad rara llamada enfermedad de Lafora que, como describió en 1911 el neurólogo español Gonzalo Rodríguez Lafora, se caracteriza por la acumulación de formas aberrantes de glucógeno en el cerebro de los pacientes. Como fiel discípulo de Santiago Ramón y Cajal, Lafora dibujó estos acúmulos de glucógeno en el interior de las neuronas, que él llamó cuerpos amiloides.

La enfermedad continúa con la aparición progresiva de espasmos musculares constantes, demencia y pérdida de capacidad auditiva y visual. Finalmente, el paciente fallece como consecuencia de crisis epilépticas prolongadas.

Rara entre las raras

Con una prevalencia de menos de 4 pacientes por cada millón de habitantes [https://genotipia.com/revista_gm/revision-enfermedad-de-lafora/], la enfermedad de Lafora forma parte del grupo de enfermedades ultrarraras. Rara entre las raras. De hecho, a día de hoy en España se conocen solo entre 8 y 10 pacientes, según el Centro de Referencia para esta patología,situado en el Hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid.

La enfermedad tiene un origen genético, con una herencia autosómica recesiva, lo que quiere decir que los pacientes afectados son hijos e hijas de portadores asintomáticos de la enfermedad.

Tuvieron que pasar 80 años desde el descubrimiento de Lafora para que, en 1998, se conociera el primer gen cuyas mutaciones estaban asociadas a la enfermedad. En la Universidad de California en Los Ángeles, en Estados Unidos, un equipo de investigadores identificó mutaciones en el gen EPM2 como responsables de la enfermedad [https://genotipia.com/revista_gm/revision-enfermedad-de-lafora/]. Posteriormente, este gen se denominó EPM2A, al descubrirse un segundo gen cuyas mutaciones también estaban asociadas con la patología, el EPM2B o NHLRC1.

Los productos de ambos genes son dos proteínas llamadas laforina y malina, respectivamente. Juntas forman una especie de tándem, un complejo funcional, que regula la síntesis de glucógeno. En el cerebro, este azúcar, además de almacenar energía, tiene propiedades esenciales para el funcionamiento de las neuronas y otras células cerebrales.

Para cumplir su función, el glucógeno necesita estar en una forma soluble. Pero si el complejo laforina/malina falla, como sucede en la enfermedad de Lafora, se acumula una forma aberrante de glucógeno que no se disuelve y que altera la funcionalidad de las neuronas, los astrocitos y la microglia. Las consecuencias son terribles si tenemos en cuenta que los astrocitos y las células de la microglía cumplen un papel regulador esencial para que las neuronas hagan su trabajo. Si se trastocan se inicia, además, un proceso neuroinflamatorio muy típico de la enfermedad.

Dependiendo del efecto de las mutaciones en los genes EPM2A y EPM2B sobre la actividad del tándem laforina/malina, la presentación clínica puede variar desde un cuadro muy grave y de evolución rápida, a cuadros con aparición tardía y evolución más lenta de la enfermedad.

Un ensayo clínico con 10 pacientes

¿Cuál es la solución? Dado que lo que distingue a la enfermedad es la acumulación de un glucógeno aberrante, se han propuesto diferentes estrategias dirigidas a frenar su producción. Por una parte, se han desarrollado diferentes aproximaciones con el fin de reducir la actividad de la proteína que sintetiza el glucógeno, como es el uso de oligonucleótidos antisentido (ASO). Los ASO son compuestos que reducen la expresión genética y, como consecuencia, la producción de la proteína que codifica [https://genotipia.com/revista_gm/revision-enfermedad-de-lafora/].

En estos momentos hay un ensayo clínico en marcha en el Hospital UT Southwestern de Dallas, en Estados Unidos, en el que participan 10 pacientes con enfermedad de Lafora a los que se les administra dosis crecientes de ASO mediante punción lumbar. La asociación americana para la enfermedad de Lafora, Chelsea’s Hope, ha sido capaz de recaudar el dinero suficiente para que este estudio esté en funcionamiento.

Otra aproximación interesante consiste en la utilización de fármacos de reposicionamiento, es decir, fármacos que actualmente usamos para al tratamiento de otras enfermedades. En concreto, la Agencia Europea de Medicamento aprobó [https://european-union.europa.eu/institutions-law-budget/institutions-and-bodies/search-all-eu-institutions-and-bodies/european-medicines-agency-ema_es)] la designación de medicamento huérfano –fármaco desarrollado específicamente para diagnosticar, prevenir o tratar enfermedades raras, graves o crónicas que afectan a un número muy reducido de personas–de la metformina, un antidiabético de uso oral, para el tratamiento de la enfermedad de Lafora. Resultados recientes [https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1878747923001186] indican que la administración de metformina en pacientes Lafora ralentiza la progresión de la enfermedad.

La convergencia de estas diferentes aproximaciones terapéuticas podrían dar fruto y permitir que, más pronto que tarde, la enfermedad de Lafora tenga un tratamiento eficaz.

The Conversation

Pascual Sanz recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (AEI).

– ref. El lado oscuro del glucógeno: lo que revela la enfermedad de Lafora – https://theconversation.com/el-lado-oscuro-del-glucogeno-lo-que-revela-la-enfermedad-de-lafora-277167

¿Y si mi sartén contiene una sustancia eternamente tóxica?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vanessa Tabernero, Profesora contratada doctora / Decana Adjunta Grado Química, Universidad de Alcalá

Anastasia Kamysheva/shutterstock

Todos sabemos qué es el teflón o, al menos, sabemos que características tiene: es ignífugo –no arde cuando cocinamos con él–, es hidrófugo –no absorbe el agua– y es resistente. Por eso, las sartenes recubiertas de teflón se presentaron hace unas décadas como la panacea en la cocina, ya que no se pegaba nada y, además, eran muy fáciles de limpiar.

Durante más de 60 años, los polímeros con cadenas de carbono perfluoradas (todos los demás sustituyentes –átomos que se encuentran unidos a una cadena hidrocarbonada– son flúor) o polifluoradas (con algunos enlaces con flúor), PFAS por sus siglas en inglés, han penetrado en todas las industrias. Se usan en la fabricación de productos como espumas contra incendios, ropa protectora, muebles, adhesivos, envases de alimentos, superficies de cocina antiadherentes resistentes al calor y aislamiento de cables eléctricos.

Entre ellos, el más conocido es el politetrafluoroetileno (PTFE), conocido como teflón por la marca que lo comercializó. Sus características responden a las especiales propiedades del enlace carbono-flúor, que es uno de los más fuertes conocidos, lo que le hace bastante inerte y difícil de degradar. De ahí que, por su durabilidad, se llamen sustancias químicas eternas.

Europa pone límites

La Unión Europea (UE) está legislando para disminuir el uso de los PFAS: las clasifica como sustancias persistentes y bioacumulativas que, además, migran en el planeta y se encuentran no solo en suelos, sino también en aguas y en el aire.

Se estima que, solo en Europa, cada año acaban en el medioambiente 75 000 toneladas de PFAS. El proyecto Forever Pollution ha calculado que hay alrededor de 23 000 sitios contaminados con PFAS en Europa y un 10 % de estos son «puntos críticos», con altos niveles de contaminación.

Por qué el tóxico el teflón

Si hemos dicho que son sustancias eternas –que no se descomponen fácilmente en la naturaleza–, ¿por qué son peligrosos? La razón es que, una vez obtenidos, los PFAS son estables, pero las sustancias químicas utilizadas para fabricar los polímeros o las emitidas a lo largo de su ciclo de vida son altamente tóxicas.

En el primer caso, tenemos como ejemplo el trifluorometano (HFC-23), que se forma como subproducto en la obtención de teflón y tiene un potencial de calentamiento global 12 400 veces mayor que el CO₂. En el segundo, podemos considerar los microplásticos que se liberan al lavar textiles que contienen PFAS, terminan en el agua de la naturaleza, provenientes de las plantas de tratamiento de aguas residuales, ya sea por las aguas de descarga o por los lodos de depuradora que a veces se esparcen sobre suelos agrícolas.

¿Qué hago con mi sartén?

¿Debo dejar de usar mis utensilios de cocina? Como este material es muy estable, las sartenes de teflón en buen estado no representan un riesgo, pero si su recubrimiento se deteriora o se expone a temperaturas superiores a 260 °C, pueden liberar partículas con residuos de PFAS.

No podemos demonizar los PFAS, ya que son materiales importantes en nuestra vida diaria. Se usan además en dispositivos médicos, de defensa y aeroespaciales, porque tienen buenas prestaciones y alta durabilidad. Pero sería mejor que buscáramos sustitutos que garanticen estas prestaciones sin afectar nuestra salud a largo plazo.

Por ejemplo, podríamos elegir sartenes de hierro o de porcelana que no tengan este antiadherente.

El problema de los acuíferos

Aparte del menaje de cocina, los niveles de PFAs en aguas están siendo cada vez más preocupantes y las directivas son escasas y muy variables. Pensemos en zonas cercanas a industrias productoras de este tipo de sustancias, pero también en aeropuertos, instalaciones militares, zonas de entrenamiento contra incendios o lugares donde se han producido incendios importantes, en los que se utiliza AFFF fluorado (una espuma contra incendios).

Estos compuestos se pueden filtrar a los acuíferos y la ingestión de agua potable contaminada es una de las principales vías por las que los seres humanos pueden estar expuestos a los PFAS.

Estados Unidos tiene ahora un límite de cuatro nanogramos por litro (ng/L) por producto fabricado con PFAS, mientras que la Directiva sobre agua potable de la UE establece que 20 PFAS muy extendidos no deben superar colectivamente los 100 ng/L.

Cáncer y disfunciones hormonales

Cada vez hay más pruebas de que algunos PFAS conllevan graves riesgos para la salud, y pueden provocar cáncer, enfermedades tiroideas y problemas de fertilidad, así como defectos en el desarrollo de los fetos.

Está en nuestras responsabilidades ciudadanas exigir a los gobiernos un mayor control sobre estas sustancias para que la normativa sea restrictiva al respecto y se garanticen sistemas como el filtrado de aguas, que permita que los niveles sean los suficientemente bajos para no producir daños.

La UE ya ha considerado los PFAS dentro de su Estrategia sostenible de productos químicos, donde se busca minimizar y sustituir a aquellos productos que están en el foco. Sin duda, los PFAS son uno de ellos.

The Conversation

Vanessa Tabernero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Y si mi sartén contiene una sustancia eternamente tóxica? – https://theconversation.com/y-si-mi-sarten-contiene-una-sustancia-eternamente-toxica-277100

Dar una nueva vida a las neuronas para luchar contra el párkinson

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Tania Payo Serafín, Investigadora predoctoral en Biomedicina y Ciencias de la Salud, Universidad de León

Neuronas marcadas con fluorescencia verde bajo microscopio ManuelSchottdorf / Wikimedia Commons, CC BY-SA

La enfermedad de Parkinson afecta a más de diez millones de personas en el mundo. Se trata de un trastorno neurodegenerativo en el que algunas neuronas del cerebro mueren progresivamente. Estas células afectadas se encuentran en una región llamada “sustancia negra” y tienen una función clave: producir dopamina, una molécula esencial para controlar el movimiento. Cuando estas neuronas desaparecen surgen los síntomas más conocidos como temblores, rigidez muscular, lentitud y dificultades para caminar.

Durante décadas, los tratamientos se han basado en compensar la pérdida de dopamina en el cerebro. Si bien es cierto que fármacos como la levodopa pueden mejorar notablemente los síntomas, presentan una limitación: no detienen la enfermedad ni recuperan las neuronas perdidas.

En otras palabras, se actúa sobre las consecuencias del problema (la pérdida de dopamina), pero no se arregla su origen (la muerte de neuronas). Una nueva estrategia está empezando a cambiar ese enfoque. En lugar de limitarse a compensar el daño, intenta repararlo.

¿Y si pudiésemos reemplazar las neuronas?

La terapia celular parte de un concepto sorprendentemente sencillo. Si el párkinson destruye las neuronas que producen la dopamina, ¿por qué no reemplazarlas por otras nuevas?

Durante años esta idea fue más un sueño que una posibilidad real. Las neuronas son extremadamente complejas. No basta con introducir cualquier célula en el cerebro: deben ser del tipo correcto, sobrevivir al trasplante, integrarse en los circuitos neuronales y producir dopamina de manera controlada.

El gran salto llegó con el desarrollo de las células madre pluripotentes inducidas (iPSC). Estas fueron descritas por el grupo de investigación liderado por el científico japonés Shinya Yamanaka, que recibió por ello el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2012.

Las iPSC se obtienen reprogramando células adultas, como las de la piel, para devolverlas a un estado similar al embrionario. Desde ahí pueden convertirse en muchos tipos celulares, incluidas las neuronas productoras de dopamina.

Gracias a esta tecnología, la idea de reemplazar neuronas dejó de ser ciencia ficción.

Dos ensayos clínicos que marcan un antes y un después

En 2025 se publicaron en la revista Nature dos ensayos clínicos pioneros que han llevado esta estrategia al cerebro humano.

En uno de ellos los investigadores trasplantaron neuronas productoras de dopamina derivadas de células madre pluripotentes inducidas a pacientes con párkinson. El estudio mostró que el procedimiento era seguro y que las células implantadas podían sobrevivir durante largos periodos de tiempo y producir dopamina en el cerebro humano.

El segundo ensayo utilizó neuronas derivadas de células embrionarias humanas (hES). De nuevo, los resultados indicaron una buena tolerabilidad y mostraron señales de beneficio clínico duradero.

Comprobación de la producción de dopamina por parte de las neuronas trasplantadas en un paciente a los 12 y 24 meses tras la operación. Imagen traducida del estudio https://www.nature.com/articles/s41586-025-08700-0.
CC BY-NC-ND

¿Qué se ha observado en los pacientes?

Aunque todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas, los estudios han mostrado varios resultados prometedores:

  • Las células trasplantadas sobreviven en el cerebro.

  • Producen dopamina de forma detectable.

  • Algunos pacientes presentan mejoría en sus síntomas motores.

  • No se han observado problemas graves de seguridad a corto plazo.

Esto no significa que la terapia esté lista para uso clínico general, pero sí que el enfoque es biológicamente viable.

¿Por qué este avance es tan importante?

El párkinson es una enfermedad neurodegenerativa progresiva. Con el tiempo la pérdida neuronal continúa y los tratamientos actuales se vuelven menos eficaces. La terapia celular podría ofrecer varias ventajas clave:

  1. Actuar sobre la causa del problema, no únicamente sobre sus consecuencias.

  2. Restaurar la producción natural de dopamina en lugar de administrarla de manera externa.

  3. Proporcionar beneficios duraderos, potencialmente durante años.

Pero aún no es una cura

Es importante mantener expectativas realistas: estos avances no significan que exista ya una cura disponible.

Los ensayos realizados hasta ahora incluyen pocos pacientes, y el seguimiento aún es limitado. Es necesario comprobar que las células trasplantadas sobreviven durante muchos años y que los beneficios se mantienen en el tiempo.

Además, no todos los pacientes con párkinson son iguales. La enfermedad evoluciona de forma distinta en cada persona y todavía no está claro quiénes se beneficiarán más del trasplante.

Por último, el párkinson es una enfermedad compleja que, con el tiempo, afecta a más sistemas además de las neuronas productoras de dopamina. Reemplazar estas células podría mejorar mucho los síntomas motores, pero probablemente no resolverá todos los aspectos de la enfermedad.

Un camino largo, pero prometedor

A pesar de las limitaciones, estos ensayos representan un hito histórico. Por primera vez la comunidad científica dispone de evidencia clínica de que reemplazar neuronas productoras de dopamina en humanos es factible y potencialmente beneficioso.

La terapia celular aún está en sus primeras fases, pero marca una dirección clara. La ruta consiste en avanzar desde tratamientos puramente sintomáticos hacia estrategias capaces de reparar el cerebro.

Para millones de personas que viven con la enfermedad de Parkinson este camino todavía es largo. Pero, por primera vez en décadas, la pregunta ya no es si podremos intentar reconstruir las neuronas perdidas, sino cuándo y en qué pacientes podrá hacerse de forma segura y eficaz.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Dar una nueva vida a las neuronas para luchar contra el párkinson – https://theconversation.com/dar-una-nueva-vida-a-las-neuronas-para-luchar-contra-el-parkinson-276099

El agua como arma de guerra

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Lillo Ramos, Colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental, Universidad Rey Juan Carlos

Países del golfo Pérsico como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Catar dependen en gran medida de la desalación para obtener recursos hídricos. Stanislav71/Shutterstock

En el conflicto entre Israel-Estados Unidos (EE. UU.) e Irán parece que se han atacado infraestructuras de suministro de agua por los dos bandos. Mientras Irán denuncia el bombardeo estadounidense de la planta desalinizadora de la isla de Qeshm, el mismo Irán parece haber atacado la planta desalinizadora de Bahréin, un pequeño país del golfo Pérsico.

Las fuentes de agua dulce en el golfo Pérsico

El agua es un recurso crítico en los países del Golfo y, en muchos de ellos, son las plantas desalinizadoras las que proveen la mayor parte del suministro de agua potable (el 93 % en Kuwait, 86 % en Oman, 70 % en Arabia Saudi, 48 % en Qatar, 42 % en Emiratos Árabes Unidos).

Las desalinizadoras de Irán, en contraste, solo aportan el 3 % del suministro de agua potable, que se basa fundamentalmente –los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía– en el aprovechamiento de las aguas subterráneas, que ya ha sobrepasado el umbral de sobreexplotación.

En Israel, con más recursos de aguas superficiales, el suministro del 50 % de agua potable es proporcionado por cinco grandes desalinizadoras.

Un recurso bélico en conflictos armados

El uso del agua como arma no es nuevo. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en diferentes zonas del globo. Muchos de ellos implican la destrucción de infraestructuras de captación y distribución.

Los ataques más recientes se registraron en los conflictos de Gaza, Siria y Ucrania. Entre ellos se incluyen la supuesta destrucción intencionada de la presa de Kakhovka en Ucrania, de la que se acusan mutuamente Rusia y Ucrania, así como la destrucción y daños de presas en el río Irpin y en Oskil por el ejército ucraniano y de una presa en el río Inhulets por las tropas rusas.

Otros actos relativamente cercanos en el tiempo han sido aquellos perpetrados por el Estado Islámico en Irak y Siria. También en la I Guerra Mundial y en la II Guerra Mundial ocurrieron casos similares en Europa y Asia. Las inundaciones provocadas han sido utilizadas de manera recurrente en los últimos siglos como estrategia ofensiva o defensiva en conflictos en algunas áreas de los Países Bajos.

Implicaciones del uso del agua como arma

El agua empleada como recurso estratégico con fines bélicos tiene diferentes implicaciones que conviene considerar. Una de ellas está relacionada con la rapidez de los efectos generados cuando se produce una intervención (por ejemplo, la destrucción de una instalación). Otra, más importante, tiene que ver con los graves daños extensivos a la población –a corto y largo plazo– que esa intervención puede ocasionar.

Si bien estos daños pueden permanecer y prolongarse en el tiempo –lo cual puede ser contraproducente para quien los ha provocado en el caso de una invasión–, tienen un impacto poco decisivo en el curso del conflicto, incluso en el control de la población a escala local.

Aunque el objetivo sea infligir un grave daño al oponente, hay varias formas de hacerlo, dependiendo de si el propósito es estratégico, táctico, represivo, terrorista o extorsionador. Una de ellas consiste en provocar un corte en el suministro de agua, que a su vez puede estar causado por daños en instalaciones de captación y potabilización –sean presas, pozos, plantas de potabilización, o desalinizadoras–, por daños en infraestructuras de distribución –canales, conducciones, depósitos, etc.– o simplemente por una contención de caudales en cauces de cuencas transfronterizas.

Otra modalidad de ataque consiste en utilizar el agua como un factor de riesgo directo. Por ejemplo, por inundaciones provocadas, contaminación inducida, etc.

Hay que destacar que tanto las intervenciones en el corte de suministro como las inundaciones provocadas pueden causar impactos negativos en infraestructuras de generación de energía y centros de operaciones informáticas, como objetivos adicionales.

La destrucción de infraestructuras de saneamiento –plantas de tratamiento de aguas residuales, alcantarillado, etc.– puede tener impactos muy negativos. No solo afecta al suministro de agua potable, que puede contaminarse, sino que también genera un entorno propicio para el desarrollo de enfermedades que van a tener un mayor impacto en los sectores de la población más vulnerables, especialmente en la infancia.

Todos estos efectos (estén relacionados con cortes en el suministro, con daños en los sistemas de saneamiento, con inundaciones provocadas o con contaminación inducida) van a tener una mayor incidencia en la población en aquellas regiones donde el agua es más escasa. Y donde, además, a la afección directa a la población se añaden otros graves impactos acumulativos en áreas cultivables, con implicaciones en el suministro alimentario, y en ecosistemas.

A la destrucción física de infraestructuras hídricas causada por bombardeos se le suman otro tipo de ataques que están adquiriendo mayor relevancia en los últimos conflictos: aquellos que pueden determinar la parada y bloqueo de tales instalaciones –causados por cortes en el suministro energético y ataques a los sistemas informáticos que controlan las infraestructuras hidrológicas– y aquellos basados en la desinformación a través de medios y redes sociales. Estos últimos tienen como objetivo sembrar el pánico en la población a través de la la diseminación de noticias falsas como, por ejemplo, la posible contaminación biológica del agua potable.




Leer más:
Irán y Estados Unidos llevan décadas en guerra, y no se vislumbra un final


La necesidad de abandonar el campo de batalla hídrico

Así, considerando los graves impactos que causa emplear el agua como un arma contra la población civil, es crítico que no se utilice como tal. Pero también es esencial proteger los recursos hídricos –incluyendo instalaciones e infraestructuras– y ecosistemas asociados. Por ello, se hace necesaria la aplicación de las normas del derecho internacional humanitario y del derecho internacional sobre medio ambiente con el fin de limitar y mitigar tales impactos en conflictos armados.

Aunque tal y como señalaba al comienzo de este texto, el agua se sigue utilizando como arma, también se está produciendo una mayor reacción internacional ante ello. Así, en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas como documento de referencia para su uso por las partes en conflictos armados, con recomendaciones que van más allá de la legislación vigente. Pero es imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global. Si no es así, todos perderemos en las guerras.

The Conversation

Javier Lillo Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El agua como arma de guerra – https://theconversation.com/el-agua-como-arma-de-guerra-278447