Millones de personas tienen la bacteria que causa la tuberculosis sin saberlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Felipe Reyes, Profesor de muy alto prestigio en Enfermedades Infecciosas, Universidad de La Sabana

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Cada 24 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Tuberculosis. Y, sin embargo, es una fecha que pasa casi desapercibida, quizá porque muchos la ven como una enfermedad del pasado. Algo lejano, asociado a otra época, a novelas o a contextos muy específicos.

Pero la realidad es mucho menos cómoda: la tuberculosis sigue siendo una de las principales causas de muerte por infección en el mundo. Y, sorprendentemente, convive silenciosamente con muchos de nosotros.

Una bacteria que vive en millones de personas

Se estima que una de cada cuatro personas en el planeta tiene en su organismo la bacteria que causa la tuberculosis. Sí, una de cada cuatro. En la mayoría de los casos, este microorganismo (Mycobacterium tuberculosis) permanece “dormido”. No causa síntomas, no se detecta fácilmente y no genera enfermedad. Es lo que se conoce como infección latente.

Pero esa aparente tranquilidad es engañosa. En determinadas circunstancias –por ejemplo, cuando el sistema inmune se debilita–, la bacteria puede activarse y provocar una enfermedad que afecta principalmente a los pulmones, pero que también puede comprometer otros órganos.

Esto significa que la tuberculosis no es solo un problema de quienes enferman: es una infección ampliamente distribuida, una especie de “reserva silenciosa” global que puede reactivarse en cualquier momento.

Un problema global, pero profundamente desigual

En 2021, se detectaron alrededor de 9,4 millones de casos nuevos de tuberculosis y se produjeron 1,35 millones de muertes a manos de esta enfermedad en el mundo. Son cifras tremendas, pero por sí solas no cuentan toda la historia. Lo más importante es cómo se distribuyen.

La tuberculosis no afecta a todos por igual. En muchos países de ingresos altos, la enfermedad ha disminuido de forma sostenida en las últimas décadas. Es poco frecuente, suele diagnosticarse de manera temprana y el tratamiento está disponible.

En cambio, en regiones de África, Asia y América Latina sigue siendo una realidad cotidiana. Allí, factores como el hacinamiento, la pobreza, la desnutrición o el acceso limitado a los servicios de salud favorecen la transmisión y progresión de la enfermedad.

En otras palabras, la tuberculosis no es solo una infección: también es un reflejo de las desigualdades globales.

Avances reales… pero demasiado lentos

Sería injusto decir que no ha habido progreso: lo ha habido, y es importante reconocerlo. Desde la década de 1990, la incidencia y la mortalidad por tuberculosis han disminuido a nivel global. La expansión de los programas de control, el acceso a tratamientos eficaces y el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia han contribuido a estos avances. Sin embargo, el ritmo de mejora no es suficiente.

La Organización Mundial de la Salud estableció metas ambiciosas en la estrategia “End TB”, con objetivos intermedios para 2020. Entre ellos, reducir la incidencia en un 20 % y la mortalidad en un 35 % respecto a 2015. Pero el mundo no alcanzó esos objetivos. Entre 2015 y 2020, la incidencia global de tuberculosis disminuyó solo un 6,3 % y la mortalidad un 11,9 %. Avanzamos, pero mucho más despacio de lo necesario.

Si mantenemos este ritmo, será muy difícil alcanzar las metas planteadas para 2035.

No todos avanzan al mismo ritmo

Además, el progreso ha sido desigual. Algunos países han logrado avances notables, gracias a estrategias innovadoras como la búsqueda activa de casos, el uso de tecnologías diagnósticas más rápidas o programas de apoyo social para garantizar que los pacientes completen el tratamiento. Pero estos ejemplos siguen siendo la excepción, no la regla.

También hay diferencias entre las poblaciones. Por ejemplo, los datos muestran que los avances han sido más rápidos en niños, pero lentos en adultos mayores, que corren mayor riesgo de morir por tuberculosiss.

Esto relevante porque la población mundial envejece rápidamente y porque, si no se adoptan las estrategias de control, este grupo podría convertirse en foco creciente de la enfermedad.

Factores que siguen impulsando la enfermedad

Parte del desafío radica en que la tuberculosis no depende únicamente de la bacteria, sino también de factores que aumentan el riesgo de desarrollarla. Entre ellos destacan el tabaquismo, el consumo de alcohol y la diabetes. De hecho, estimaciones recientes sugieren que una proporción importante de las muertes por tuberculosis podría evitarse si estos factores se redujeran. Esto refuerza la idea de que la enfermedad no puede abordarse de forma aislada: requiere un enfoque integral que combine intervenciones médicas, sociales y de salud pública.

A este escenario se suma un problema más preocupante: la tuberculosis resistente a los antibióticos. El tratamiento estándar es largo y complejo, y exige una adherencia estricta. Cuando estos tratamientos no se completan adecuadamente, o cuando los sistemas de salud no garantizan el acceso continuo a los medicamentos, pueden aparecer cepas resistentes.

Estas formas de tuberculosis son mucho más difíciles de tratar: requieren terapias más prolongadas, más costosas y con más efectos adversos. Y lo más preocupante es que ya están presentes en múltiples regiones del mundo.

El reto de implementar de forma equitativa el conocimiento

Más allá de los números, la tuberculosis nos habla de algo más profundo: nos habla de desigualdad, de sistemas de salud que no siempre llegan a quienes más lo necesitan, de condiciones de vida que facilitan la transmisión de enfermedades que podemos prevenir. Pero también nos habla de oportunidades.

La tuberculosis se puede prevenir. Es diagnosticable y tratable. Sabemos qué funciona y cómo reducir su impacto. El problema no es la falta de conocimiento, es la falta de implementación equitativa de ese conocimiento.

Reducir su impacto en América Latina, especialmente en las poblaciones más vulnerables de la región, exige una respuesta global coordinada, equitativa y ambiciosa. Las enfermedades que creemos lejanas suelen ser las que más nos sorprenden cuando vuelven a aparecer.

The Conversation

Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Millones de personas tienen la bacteria que causa la tuberculosis sin saberlo – https://theconversation.com/millones-de-personas-tienen-la-bacteria-que-causa-la-tuberculosis-sin-saberlo-278578

¿Deberíamos educar ciudadanos más empáticos con las desigualdades sociales?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sheila López Prados, PDI didáctica y orientación académica, Universidad de Alcalá

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En algunos discursos mediáticos y políticos, la pobreza se presenta como resultado de una supuesta “falta de esfuerzo individual” o de decisiones personales irresponsables. Estos mensajes sitúan la causa del empobrecimiento en la ausencia de voluntad para trabajar o progresar, o en una dependencia voluntaria de las ayudas sociales.

Así, no se tienen en cuenta circunstancias tan fuera del propio control como la precariedad laboral, la desigualdad de oportunidades o las barreras sociales. En cambio, se apela a la responsabilidad individual, aludiendo a una moralidad o carácter débiles en las personas empobrecidas.

Por ejemplo, al criticar determinadas decisiones económicas como gastos supuestamentes “innecesarios” (ropa de marca, dispositivos electrónicos o pequeños lujos) se da a entender que si las personas pobres simplemente priorizaran mejor sus gastos, podrían “salir adelante”, un tipo de creencia que se denomina “cultura de la pobreza”. Junto con estereotipos como el del “pobre no merecedor”, contribuyen a deslegitimar las demandas sociales de redistribución y justicia.

Prejuicios hacia los desfavorecidos

En los últimos años, diferentes estudios y observaciones muestran un aumento de la aporofobia, entendida como el rechazo o prejuicio hacia las personas con escasos recursos económicos.

La aporofobia es resultado de un ecosistema en el que la dignidad humana se mide con frecuencia por el nivel de consumo. Como advierte la filósofa española Adela Cortina, esta fobia no se basa en el origen étnico o la religión, sino en la pobreza misma. Y su crecimiento está estrechamente ligado a mensajes mediáticos que refuerzan estereotipos y a políticas que perpetúan la desigualdad estructural.

Frente a ello, la escuela emerge como un espacio esencial para formar ciudadanos críticos, empáticos y solidarios capaces de contrarrestar el miedo y el desprecio hacia la pobreza.

Aporofobia y sensibilidad intercultural

Recientemente he investigado la relación entre aporofobia y sensibilidad intercultural a partir de una muestra representativa de 1 031 participantes.

La sensibilidad o competencia intercultural se entiende como la capacidad para reconocer, comprender y gestionar de forma respetuosa las diferencias culturales en la interacción social, integrando dimensiones cognitivas, afectivas y conductuales, y se evaluó a través de una escala centrada en la empatía, la apertura y la comodidad ante la diversidad cultural.

Así, se pudieron identificar cuatro perfiles sociales que combinan distintos niveles de prejuicio económico y competencia intercultural: el perfil mayoritario corresponde a personas con alta sensibilidad intercultural y baja aporofobia (en torno a un tercio de la muestra), caracterizado por actitudes más inclusivas hacia la diversidad y la pobreza.




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Le sigue un grupo con baja sensibilidad intercultural y alta aporofobia (aproximadamente una cuarta parte), que concentra las actitudes más excluyentes.

Junto a ellos aparecen dos perfiles intermedios: uno con alta sensibilidad intercultural y también altos niveles de aporofobia, que representa alrededor de una quinta parte de los participantes, y otro con baja sensibilidad intercultural y baja aporofobia. Ambos tienen un peso similar, lo que muestra que la apertura cultural no siempre se traduce automáticamente en menor rechazo hacia la pobreza y que la aporofobia responde a dinámicas sociales más complejas.

Pese a estos dos últimos grupos, los resultados muestran que, en general, cuanto mayor es la sensibilidad intercultural, menor es el rechazo hacia las personas en situación de pobreza.

Las mujeres, las personas con experiencia internacional previa y quienes participaban en voluntariado mostraron actitudes más inclusivas y empáticas. En cambio, los grupos con menor exposición a la diversidad presentaron mayores niveles de prejuicio económico.

Estos hallazgos confirman que la competencia intercultural actúa como un factor protector frente a los estereotipos y el miedo hacia la pobreza. A nivel educativo, los datos sugieren que promover esa sensibilidad intercultural en el alumnado puede reducir significativamente las actitudes aporofóbicas, reforzando la cohesión social y la empatía colectiva.

La escuela como espacio de transformación social

A partir de los resultados de la investigación, se proponen cuatro estrategias educativas con evidencia empírica para aplicar en escuelas, institutos y universidades (trabajándolas de manera trasversal):

  1. Proyectos de aprendizaje-servicio: combinar contenidos curriculares con acciones solidarias en la comunidad (por ejemplo, campañas de apoyo a familias vulnerables o colaboraciones con oenegés). Esta metodología potencia la empatía y reduce el prejuicio al permitir contacto directo con realidades diversas.

  2. Juegos de rol y simulaciones: representar situaciones de desigualdad o exclusión económica favorece la reflexión emocional y cognitiva del alumnado sobre los efectos del rechazo y la injusticia.

  3. Debates éticos y estudios de caso: analizar noticias o productos mediáticos que presenten estereotipos de pobreza, fomentando el pensamiento crítico y la alfabetización mediática.

  4. Proyectos interculturales y cooperativos: promover el trabajo conjunto entre estudiantes de distintos orígenes socioeconómicos y culturales, desarrollando la empatía y la valoración positiva de la diferencia.




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Sensibilidad y desarrollo sostenible como antídotos

Combatir la aporofobia no es solo un objetivo educativo, sino un compromiso con la dignidad humana, la justicia social y la erradicación de la pobreza, en línea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente el fin de la pobreza, la educación de calidad y la reducción de las desigualdades.

En un contexto donde la desigualdad se normaliza, la escuela tiene el potencial de rehumanizar la mirada colectiva, promover la empatía y enseñar a reconocer la vulnerabilidad como parte de nuestra condición común. Así, la formación de ciudadanos sensibles, críticos y solidarios no solo fortalece la cohesión social, sino que contribuye a una sociedad más justa, inclusiva, comprometida con el desarrollo sostenible y libre de pobreza.

The Conversation

Sheila López Prados no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Deberíamos educar ciudadanos más empáticos con las desigualdades sociales? – https://theconversation.com/deberiamos-educar-ciudadanos-mas-empaticos-con-las-desigualdades-sociales-269301

IA en la universidad, una bomba para el pensamiento crítico: ¿cómo podemos evitar que nos explote en la cara?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miren Gutiérrez, Investigadora, Universidad de Deusto

La inteligencia artificial puede dañar el pensamiento crítico en la universidad, según diversos estudios. Zoya Yasmine / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

La adopción masiva y acrítica de la inteligencia artificial generativa (IAG), con grandes modelos de lenguaje como ChatGPT y otros similares, puede degradar la experiencia universitaria y socavar la misión de la universidad. Aunque esta tecnología ofrece aplicaciones interesantes, cuando se utiliza sin reflexión ni encaje pedagógico, estudios emergentes indican que tiende a vaciar el aprendizaje de contenido, precarizar el trabajo académico y reforzar las desigualdades y las formas de control.

De la innovación a la enshitificación

Las IAG se han introducido en la docencia con la promesa de personalizar el aprendizaje y aumentar la eficiencia, pero pueden acabar por homogeneizar tareas y evaluación y degradar la experiencia pedagógica. Hay ya indicios de que las AIG producen trabajos suficientes –que no excelentes–, plantillas repetitivas y evaluaciones rutinarias que incentivan adaptarse al formato más que reflexionar.

La AIG se vende a las universidades como una herramienta capaz de personalizar la evaluación, ahorrar tiempo, al analizar miles de textos, y generar comentarios inmediatos. Sin embargo, en la práctica, tienden a favorecer estructuras estandarizadas (introducción–tres argumentos–conclusión, frases cortas, vocabulario neutro). Al mismo tiempo, penalizan estilos más complejos, creativos o arriesgados porque sus modelos se han entrenado con textos convencionales.

Como consecuencia, el alumnado aprende qué tipo de redacción gusta al sistema y ajusta sus trabajos para maximizar su puntuación, aunque ello implique empobrecer el contenido y evitar posiciones originales. Es decir, una tecnología presentada como personalización termina por homogeneizar las tareas, estandarizar la evaluación y animar a escribir para la máquina.

El concepto de enshitificación, acuñado por el periodista tecnológico Cory Doctorow a partir de la palabra anglosajona shit (“mierda”), ayuda a entenderlo: al principio, la tecnología parece aportar valor, pero poco a poco su funcionamiento se orienta hacia métricas, extracción de datos y dependencia de proveedores, de modo que sirve más a los intereses corporativos que a los pedagógicos.

Así, las aulas digitales se vuelven espacios saturados de automatismos mediocres, donde se enseña, sobre todo, a generar prompts eficaces y contenidos que pueden rastrearse.

Daños cognitivos

El uso intensivo de la IAG para generar tareas puede desencadenar un proceso de externalización y deuda cognitiva. Algunos estudios asocian un mayor uso de IAG con un deterioro del pensamiento crítico. Su empleo continuado para escribir ensayos podría reducir la implicación cognitiva y generar un peor rendimiento a nivel neuronal, aunque la tarea se perciba como más fluida y fácil.

Surge, así, el concepto de chatversity –una contracción de “universidad” y “chatbot” en inglés–: el objetivo deja de ser comprender el mundo y se transforma en cumplir plazos y producir textos solventes rápidamente. Esta dinámica puede erosionar la tolerancia a la ambigüedad y al esfuerzo intelectual sostenido, pilares de una educación emancipadora, y debilitar los hábitos de verificación, lectura profunda y discusión argumentativa.

Creatividad domesticada

La IAG trabaja recombinando datos históricos que reflejan una sociedad imperfecta, por lo que tiende a reforzar patrones dominantes, sesgos y cánones consolidados, en lugar de impulsar rupturas o perspectivas minoritarias. Esto se traduce en textos pulidos, pero conformistas, poco abiertos a imaginar soluciones radicales o a otorgar centralidad a epistemologías feministas, decoloniales o del Sur Global.

Relacionado con esto, la inteligencia artificial parece aumentar la creatividad percibida, pero limitar la diversidad de las historias producidas. Además, la AIG recomienda menos trabajos de mujeres y reproduce jerarquías de género en la visibilidad de la autoría.

De esta forma, los sistemas educativos basados en IA incorporan supuestos normativos que tienden a privilegiar perfiles y saberes hegemónicos, mientras que su uso acrítico en la docencia puede reforzar exclusiones. En la misma línea, la UNESCO confirma que la IAG en la educación tiende a invisibilizar el trabajo de las autoras y a reforzar estereotipos, lo que alimenta una ecología del conocimiento menos plural.

Cuando docentes y estudiantes la usan para elegir lecturas y generar casos, los sesgos de los datos se cuelan en la selección de referencias y voces. Así, se corre el riesgo de profundizar la invisibilidad de autoras, disciplinas críticas y comunidades marginadas, normalizando una universidad más homogénea.

Autoría fantasma

Redactar trabajos, resolver problemas, escribir código y elaborar comentarios con esta tecnología también pone en cuestión qué significa ser autor o autora. Si una parte sustancial del trabajo la realiza la máquina, los títulos universitarios pueden convertirse en credenciales de pega, cada vez menos vinculadas al esfuerzo intelectual de quien los obtiene.

Para ponerle freno, muchas instituciones están recurriendo a detectores de IA y sistemas de vigilancia poco fiables y discriminatorios que pueden generar falsos positivos y afectar a estudiantes que escriben en una segunda lengua o con estilos no normativos. Esto puede erosionar la confianza entre profesorado y alumnado, en lugar de fortalecer la responsabilidad, la integridad y el acompañamiento.

Extractivismo de datos

Otra preocupación es política y económica: se está viendo cómo algunas universidades norteamericanas se convierten en proveedoras de datos, legitimidad y usuarios/as cautivos/as para grandes empresas de IA, a menudo mediante contratos opacos. Los comportamientos, contenidos docentes y tareas se usan como materia prima para entrenar modelos, con cláusulas de uso indiscriminado o cuyo consentimiento es difícil de ejercer, lo que debilita la autonomía académica.

Además, el mantenimiento de estos sistemas descansa en cadenas de trabajo precarizado en el Sur Global (etiquetado de datos, moderación de contenidos traumáticos) y daño medioambiental. Mientras, en el Norte Global, se justifican recortes de personal y el cierre de programas, en nombre de la modernización. En este escenario, la universidad corre el riesgo de ser reconfigurada como un nodo de distribución y entrenamiento para infraestructuras corporativas, lo que desvía recursos de la docencia y del empleo estable hacia la financiación de plataformas privadas.

Erosión de la misión democrática

Por otro lado, los chatbots y asistentes de IA de apoyo al estudio también pueden generar dependencia emocional, incluso situaciones extremas de autolesión. Para estudiantes vulnerables, la simulación de empatía, las respuestas inadecuadas y la falta de una detección fiable del riesgo pueden agravar la soledad y retrasar el acceso a la ayuda profesional.

En el plano epistemológico y democrático, la expansión de contenidos sintéticos, la cultura posalfabética (leer por encima, centrar las habilidades en la creación de resúmenes y prompts) y la dependencia de infraestructuras cerradas pueden minar la capacidad de la universidad para ser un espacio de reflexión crítica.

Tengamos en cuenta que, en algunos casos, los acuerdos con proveedores de IA a veces se toman sin la participación de estudiantes, sindicatos y profesorado, mientras se recortan precisamente las áreas más capacitadas para cuestionar estos procesos, como los estudios de género, la filosofía o los estudios críticos de medios.

¿Qué hacer desde la universidad?

No se trata de desterrar la IAG de la universidad, sino de subordinarla a un proyecto centrado en el pensamiento crítico, la creatividad y la igualdad. Esto implica al menos tres cosas:

  • Reforzar la alfabetización digital crítica y el trabajo sobre desinformación, sesgos, límites y formas de contestación a los outputs de IA en todos los niveles formativos.

  • Desarrollar marcos de gobernanza de los sistemas de IA basados en derechos fundamentales, transparencia, participación y responsabilidad, especialmente en usos de alto riesgo como la evaluación o el apoyo psicológico.

  • Proteger y financiar las disciplinas y pedagogías que sostienen la lectura profunda, la creatividad, la imaginación política y las perspectivas alternativas. Se trata de resistir el giro hacia una universidad entendida como fábrica de credenciales optimizadas por plataformas.

Hay evidencias de que el abuso de la IAG en la universidad puede causar daños que van más allá del plagio: las AIG pueden reconfigurar qué significa aprender, enseñar e investigar. Esto obliga a decidir si las instituciones se plegarán a la lógica corporativa de la enshitification o si transformarán esta tecnología desde un compromiso con la justicia.

The Conversation

Miren Gutiérrez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. IA en la universidad, una bomba para el pensamiento crítico: ¿cómo podemos evitar que nos explote en la cara? – https://theconversation.com/ia-en-la-universidad-una-bomba-para-el-pensamiento-critico-como-podemos-evitar-que-nos-explote-en-la-cara-273920

La selección: la ciencia con buenas historias entra

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

Logomaker691/Shutterstock

Nos gusta que nos cuenten historias, lo llevamos en los genes. Son adaptativas, porque gracias a ellas el ser humano podía aprender en pescuezo ajeno a prevenir riesgos, a aspirar a éxitos, a soñar. Por eso, cuando ciencia y narrativa se dan la mano, nuestra imaginación alza el vuelo y conectamos con el corazón de esos investigadores, exploradores, aventureros que saben llevarnos bajo el ala.

Por eso, nos entusiasman relatos con tintes míticos como el del Paleodyction, un misterioso organismo que dibuja patrones en el mar profundo desde hace millones de años y del que, por el momento, solo tenemos sus huellas y sus fósiles. Leyendo sobre esta misteriosa criatura que persiguen los biólogos casi podemos sentir que vamos en esa expedición a la zona Clarion Clippertone, perdida en medio del océano Pacífico, de la que volvían los autores de este artículo justo cuando este se publicaba.

Lo mismo nos pasa cuando nos hablan de las posibilidades de encontrar vida extraterrestre: durante los minutos que dura la lectura, podemos fantasear con que atravesamos la zona habitable de la galaxia Andrómeda siguiendo señales enviadas a la Tierra por una civilización desconocida. O quizá nos guste más imaginar que trabajamos con esos grandes telescopios que ven cómo el Sol engulle un cometa viajero cuya órbita se originó en la Nube de Oort –que existe, aunque parezca un nombre de ciencia ficción–, descubren la posible primera luna fuera del sistema solar o sorprenden in fraganti una estrella masiva que desaparece de golpe.

Como hay gustos para todo, otros querrán intuir la sensación de triunfo que experimentó ese científico consagrado a su laboratorio con olor a plátano fermentado cuando por primera vez dio con una mosca mutante, gracias a la cual se lograron explicar las bases de la herencia genética ligada al sexo.

De los mutantes podemos pasar a un drama psicológico, sumergirnos en el océano profundo de las redes sociales y ver con una lupa cómo la biometría de la conducta nos delata solo con un puñado de “me gusta”. O, por qué no, meternos en una película de intriga y espías, aprendiendo las raíces profundas del conflicto entre Anthropic y el Pentágono de EE. UU. y visualizando cómo Elon Musk planea convertir el espacio cercano en una red de computación satelital gigante.

Así somos. Nos encanta que nos cuenten buenas historias. Lo necesitamos casi tanto como aprender, respirar, vivir.

The Conversation

– ref. La selección: la ciencia con buenas historias entra – https://theconversation.com/la-seleccion-la-ciencia-con-buenas-historias-entra-278854

¿A más lluvia, más flores?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Navarro, Catedrático de Botánica, Universidade de Vigo

Ernest Rose/Shutterstock

Las lluvias abundantes de los últimos meses han transformado amplias zonas de España. El agua ha recargado los suelos, reverdecido los paisajes y ha dejado una sensación general de alivio tras periodos prolongados de sequía. A primera vista, podría parecer lógico anticipar una primavera especialmente florida. Sin embargo, desde la perspectiva de las plantas, la relación entre lluvia y floración es bastante más compleja.

Florecer no es simplemente “tener agua suficiente”. Es el resultado de un delicado ajuste entre múltiples señales ambientales que las plantas han afinado a lo largo de su historia evolutiva.

Crecer no es lo mismo que florecer

El efecto de las lluvias varía según la región. En la Iberia mediterránea, donde la disponibilidad hídrica suele ser el principal factor limitante, episodios húmedos tras periodos secos pueden tener efectos especialmente visibles. En cambio, en la Iberia atlántica, donde el agua rara vez es el recurso limitante, la respuesta suele ser más amortiguada.

No obstante, crecer no es lo mismo que florecer. Cuando aumenta la disponibilidad de agua en invierno, muchas plantas responden incrementando su crecimiento vegetativo. Los tejidos se desarrollan con mayor rapidez, las raíces exploran mejor el suelo y el conjunto de la planta entra en primavera con mayor “capacidad” fisiológica.

Pero ese vigor no se traduce automáticamente en más flores.

La transición a la floración no depende simplemente de que haya agua disponible. En la mayoría de las plantas, este cambio está regulado sobre todo por señales bastante más predecibles, como la temperatura acumulada a lo largo de las semanas o la duración del día, que actúan como un calendario extremadamente fiable año tras año.

El agua, en este contexto, no suele ser el desencadenante directo, sino más bien un modulador: facilita que la planta alcance el estado fisiológico necesario para florecer o, por el contrario, puede limitarlo si las condiciones no son adecuadas.

Esto no significa que la lluvia sea irrelevante, ni mucho menos. En sistemas mediterráneos, por ejemplo, muchas especies anuales dependen de las precipitaciones para germinar, lo que condiciona todo su ciclo vital posterior.




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De hecho, en condiciones de exceso hídrico, algunas especies pueden priorizar el crecimiento frente a la reproducción, especialmente si las condiciones de luz o temperatura no son óptimas. Por eso, un invierno muy lluvioso puede derivar tanto en una primavera adelantada como en una ligeramente retrasada, dependiendo de cómo hayan evolucionado otros factores ambientales en paralelo.

Cuando llueve en el desierto

Las diferencias entre regiones se hacen especialmente evidentes al comparar el dominio atlántico y el mediterráneo. En ambientes mediterráneos, muchas especies, en particular las anuales, están adaptadas a aprovechar ventanas breves de disponibilidad de agua. Cuando esas ventanas se amplían, la respuesta puede ser intensa: germinaciones masivas, desarrollo rápido y, en algunos casos, floraciones particularmente llamativas.

En cambio, en ambientes atlánticos, donde la humedad es más constante, las plantas suelen estar menos condicionadas por pulsos puntuales de precipitación. Aquí, el calendario fenológico depende en mayor medida de la temperatura y de la luz, lo que tiende a suavizar las respuestas frente a episodios húmedos excepcionales.

Es en los desiertos donde la relación entre lluvia y floración se vuelve más evidente (y más espectacular). En regiones como el norte de África, donde venimos trabajando en los últimos años, o el desierto de Atacama, lluvias inusuales pueden activar bancos de semillas que han permanecido latentes durante años. El resultado son las conocidas “explosiones de floración” o desiertos floridos: eventos efímeros en los que el paisaje se transforma radicalmente en cuestión de semanas.

Pero incluso en esos casos, la floración como tal sigue dependiendo de cómo interactúan esa disponibilidad de agua con la temperatura y la luz.




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Muchas flores rosadas en un terreno marrón con montañas al fondo
Floración en la región de Atacama, Chile.
Pontificia Universidad Católica de Chile/Flickr, CC BY-SA

La sincronía entre flores y polinizadores

Estos fenómenos de floración también ponen de manifiesto una cuestión menos visible, pero ecológicamente crucial: la sincronización entre plantas y polinizadores.

Para muchas especies de plantas, producir flores no es suficiente. Su reproducción depende de que los polinizadores estén activos en el momento adecuado. En condiciones climáticas relativamente estables, esta sincronía suele mantenerse. Pero cuando las precipitaciones alteran el calendario, por ejemplo, adelantando o intensificando la floración, puede producirse un desfase fenológico. Las plantas florecen, pero los polinizadores aún no han emergido en número suficiente o no están en su pico de actividad.




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Este tipo de desajuste ya ha sido documentado en distintos sistemas ecológicos y actualmente se considera una de las consecuencias potenciales del cambio climático sobre las interacciones biológicas. No implica necesariamente un colapso inmediato, pero sí puede reducir el éxito reproductivo de las plantas y afectar a las poblaciones de polinizadores a medio plazo.

En el caso concreto de las floraciones masivas en desiertos, la evidencia disponible sugiere que muchos polinizadores pueden ajustar rápidamente su actividad a la aparición de recursos florales tras los episodios de lluvia, lo que ayuda a restablecer la sincronía. Sin embargo, no siempre lo hacen con la misma intensidad ni en los mismos tiempos, especialmente cuando los eventos de precipitación son anómalos en frecuencia o magnitud. Es decir, incluso en estos sistemas aparentemente “explosivos”, el equilibrio sigue siendo delicado.

Una abeja sobre una flor amarilla
Animales como las abejas y las mariposas transportan el polen entre flores, permitiendo su reproducción.
Thomas Bresson/Flickr, CC BY

Un sistema que empieza a desajustarse

Aunque las lluvias recientes puedan interpretarse como un episodio aislado, los datos de organismos como la Agencia Estatal de Meteorología y la European Environment Agency apuntan a una tendencia más amplia: una creciente irregularidad en el régimen de precipitaciones. No se trata solo de cuánto llueve, sino de cómo se reparte esa lluvia.

Periodos prolongados de sequía seguidos de episodios intensos de precipitación pueden alterar profundamente los ciclos biológicos de las plantas. Y en este contexto, las floraciones pueden volverse más variables, menos predecibles y, en algunos casos, menos sincronizadas con los organismos de los que dependen. Es algo que no está pasando desapercibido a los que nos dedicamos a observar la naturaleza con detalle.

La imagen de una primavera exuberante tras un invierno lluvioso resulta intuitiva, pero simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. Las plantas no responden únicamente a la abundancia de agua, sino a la combinación precisa de señales que indican cuándo es el momento óptimo para reproducirse. Cuando esas señales cambian, ya sea por exceso de lluvia, por su distribución irregular o por su interacción con la temperatura, el resultado no siempre es más flores. A veces, es simplemente un sistema que empieza a desajustarse.

The Conversation

Luis Navarro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿A más lluvia, más flores? – https://theconversation.com/a-mas-lluvia-mas-flores-278729

En España no falta electricidad, pero empieza a escasear la infraestructura para conectarla

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

Richard Semik/Shutterstock

En el universo de la película de ciencia ficción Dune, quien controla la única fuente de la vital sustancia, conocida como “especia”, gobierna el imperio. Esto no se debe a que sea el único recurso importante. Pero sin él, no funciona nada: ni la navegación interestelar ni el comercio entre planetas. En la película, la “especia” no es el objetivo final, pero sí el elemento que hace posible todo lo demás.

En la transición energética ocurre algo parecido. El debate público normalmente pone el foco en los paneles solares, los aerogeneradores y los coches eléctricos. Sin embargo, el verdadero recurso crítico es mucho menos visible: la capacidad de la red eléctrica. En España, la noticia que acapara titulares es que se están batiendo récords de generación renovable. Pero se omite que este hito está empezando a padecer los problemas de una limitación de la que pocos hablan: según los datos publicados por el operador del sistema eléctrico, aproximadamente, el 75 % de los nodos de la red de transporte ya no admiten nueva demanda eléctrica.

¿Y esto qué quiere decir? No falta electricidad: lo que empieza a escasear es la infraestructura que permite conectarla.




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La columna vertebral del sistema eléctrico

La red de transporte es la estructura básica del sistema eléctrico. Se encarga de conectar las zonas de generación de energía con los grandes centros de consumo. Es decir, alimenta ciudades, industrias y todo tipo de servicios. Para conseguirlo, está formada por más de 45 000 kilómetros de líneas de alta tensión que trabajan, principalmente, a 220 y 400 kilovoltios.

Desde el punto de vista de la generación, el sistema eléctrico español tiene más de 129 gigavatios de potencia instalada (dato publicado por red eléctrica el 31 de diciembre de 2024). Y de esta cantidad, el 66 % corresponde la energía renovable. La capacidad de generación, por tanto, no es el principal límite del sistema.

El desafío aparece en otro punto: la capacidad de conexión a la red. Las redes eléctricas tienen límites físicos asociados a la capacidad de las líneas, los transformadores y los criterios de seguridad que garantizan la estabilidad del sistema. Cuando esos límites se alcanzan en un nodo, no es posible conectar nuevas instalaciones sin reforzar previamente la infraestructura existente.

¿Qué significa que la red esté “llena”?

El funcionamiento del sistema eléctrico se basa en un mecanismo administrativo conocido como acceso y conexión. Cualquier instalación que quiera conectarse a la red (para generar electricidad o para consumir grandes cantidades de energía) debe solicitar un permiso en un punto concreto del sistema. Si existe capacidad disponible en ese nodo, el operador del sistema puede conceder el acceso. Ese permiso reserva capacidad en la red mientras el proyecto avanza en sus distintas fases administrativas y de construcción.

De esta forma, se garantiza que el funcionamiento del sistema eléctrico sea seguro y estable. Sin embargo, también implica que la capacidad disponible puede quedar comprometida durante varios años mientras los proyectos se desarrollan. Actualmente, existen decenas de gigavatios de potencia con permisos de acceso concedidos, asociados a proyectos industriales, energéticos o tecnológicos que todavía no se han construido.

Si estos proyectos no alcanzan determinados hitos administrativos dentro de los plazos establecidos por la regulación, los permisos caducan y la capacidad reservada vuelve a liberarse. Por lo que, en los próximos años, cuando venzan muchos de esos plazos asociados a permisos concedidos desde 2020, parte de esta capacidad podría volver a estar disponible.




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Electrificación e industria

La cuestión no es trivial. Adquiere especial relevancia en el contexto europeo. Las políticas climáticas impulsan la sustitución progresiva de combustibles fósiles por electricidad en sectores como el transporte, la climatización de edificios o numerosos procesos industriales. Obviamente, este cambio aumenta la demanda eléctrica a medio y largo plazo.

Al mismo tiempo, están surgiendo nuevas actividades intensivas en consumo eléctrico, como los centros de datos o la producción de hidrógeno renovable. Estas requieren grandes cantidades de energía y acceso estable a la red. Y no es algo que ocurra en “un lugar muy muy lejano”, como en los cuentos infantiles: España aspira a atraer parte de estas inversiones gracias a su abundancia de recursos renovables y a la posibilidad de producir electricidad con bajas emisiones.

¿Y podemos atraerlos y mantenerlos solo con renovables en cualquier lugar geográfico del país? No. Para que estos proyectos se materialicen es imprescindible que exista capacidad de conexión en la red eléctrica. Si esa capacidad no está disponible en determinados territorios, las inversiones pueden retrasarse o desplazarse hacia otras regiones con infraestructuras más accesibles. Esto supone que la red eléctrica se está convirtiendo en un factor cada vez más relevante en la competitividad industrial.

Un problema que se repite en muchos países

La congestión de redes eléctricas no es un fenómeno exclusivo de España. En numerosos países están apareciendo problemas similares. Por ejemplo, en Estados Unidos, la cola de proyectos energéticos que esperan conexión a la red supera ampliamente la capacidad eléctrica actualmente instalada.

En Europa, la expansión de las energías renovables y la electrificación de la economía están obligando a replantear sistemas eléctricos diseñados en gran medida para el modelo energético del siglo XX. Durante décadas, el sistema eléctrico se organizó alrededor de un número relativamente reducido de grandes centrales térmicas o nucleares. La electricidad se generaba en unos pocos puntos y se distribuía hacia los centros de consumo. Ahora, las energías renovables han cambiado esa lógica. Los parques eólicos y solares se instalan donde existen recursos naturales adecuados, lo que produce un sistema mucho más distribuido y con flujos eléctricos más variables.

El reto de ampliar la red

Las redes existentes no siempre están dimensionadas para este nuevo patrón de generación y consumo. Así, en España, el desarrollo de la red de transporte se planifica mediante ciclos regulatorios plurianuales. El Plan de Desarrollo de la Red de Transporte de Electricidad 2021-2026 contempla inversiones superiores a 7 000 millones de euros destinadas a reforzar la infraestructura eléctrica, integrar energías renovables y mejorar la seguridad del sistema. Estas actuaciones incluyen nuevas líneas de alta tensión, ampliaciones de subestaciones y refuerzos de las interconexiones internacionales con Francia y Portugal.

Sin embargo, el desarrollo de infraestructuras eléctricas es un proceso complejo. Requiere planificación a largo plazo, autorizaciones administrativas y, en muchos casos, la construcción de infraestructuras lineales que atraviesan grandes extensiones de territorio. Esto significa que ampliar la red eléctrica suele llevar años.




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El desafío invisible de la transición energética

Para el común de los mortales, sin conocimientos profundos del funcionamiento de la red, la transición energética suele imaginarse como un despliegue de tecnologías visibles: parques solares, aerogeneradores o vehículos eléctricos. Pero detrás de esa transformación existe una infraestructura mucho menos visible que es imprescindible para que todo el sistema funcione.

Si volvemos al símil con el universo presentado en la película de Dune, donde la especia sostiene todo el sistema político y económico, la capacidad de la red eléctrica puede convertirse en el recurso crítico que determine la velocidad real de la transición energética. Porque en una economía cada vez más electrificada, producir electricidad limpia es solo una parte del desafío. La otra consiste en construir las infraestructuras necesarias para que esa electricidad pueda llegar allí donde se necesita.

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Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, este trabajo fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”. Además, fue financiado parcialmente por la Consejería de Educación, Formación y Universidades del Gobierno de Cantabria a través del Contrato Programa del Gobierno de Cantabria y la Universidad de Cantabria a través del proyecto 04.50.00.VQ25.541A.646.62, “Habilitando entornos residenciales más sostenibles mediante la transformación inteligente y activa de la energía eléctrica”.

– ref. En España no falta electricidad, pero empieza a escasear la infraestructura para conectarla – https://theconversation.com/en-espana-no-falta-electricidad-pero-empieza-a-escasear-la-infraestructura-para-conectarla-277589

¿Es la IA la nueva constructora de valores culturales?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José María Bolufer Francia, Doctorando Investigador de la Sociedad Digital, Universidad Villanueva

¿Cómo afectarán las narrativas creadas por inteligencia artificial generativa en la construcción de principios morales de los más jóvenes? Kathryn Conrad / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

Piensen lo que significa educar a los niños en un mundo donde, desde el primer día, la mayoría de sus interacciones son con un sistema de inteligencia artificial (IA) y no con un ser humano. Es el mayor y más aterrador experimento psicológico de la historia, y nosotros lo estamos llevando a cabo.

Así terminó el historiador Yuval Noah Harari su intervención en el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos el pasado mes de febrero.

Este mensaje advierte de las capacidad que sistemas autónomos tienen para definir y alterar marcos sociales y en cómo se transmiten los rasgos culturales a las siguientes generaciones. Precisamente, en su último libro, Nexus, destaca la importancia de los relatos en el proceso de transmisión de valores y tradiciones culturales y, por tanto, en la propia construcción de la sociedad.

Por lo tanto, si el lenguaje y la creación de historias y relatos son tan determinantes en el desarrollo social, ¿a qué riesgos nos estamos enfrentando ahora que los sistemas de IA pueden crear nuevos contenidos sin ningún tipo de supervisión humana? ¿Podrán definir cómo serán en el futuro los valores humanos?

Tecnología que crea narrativas

Actualmente, millones de personas utilizamos la IA para infinidad de tareas. En concreto, los últimos datos publicados por Eurostat señalan que tres de cada cuatro jóvenes españoles entre 16 y 24 años –en pleno proceso de desarrollo personal– han usado la IA generativa en los últimos meses.

Desde su irrupción, se ha hablado mucho de sus implicaciones éticas y económicas. Sin embargo, menos conocidos son sus potenciales efectos en el proceso de formación cultural de los más jóvenes.

Para comprender mejor la influencia que pueden llegar a tener, podemos definir evolución cultural como el proceso por el cual transmitimos información relacionada con los conocimientos, creencias, valores, costumbres o cualesquiera otros hábitos adquiridos por una persona como miembro de la sociedad.

Este proceso tiene tres propiedades fundamentales: la aparición de nuevos rasgos culturales, la selección y adaptación de las costumbres más compatibles con la situación social existente y, finalmente, la transmisión a las siguientes generaciones.

Hasta la fecha, estas tres características habían sido controladas por seres humanos. Sin embargo, esto está cambiando. No es que la tecnología sea solo una mera intermediaria de la información y el conocimiento, como ha sucedido a lo largo de la historia con los libros, la radio y televisión o, más recientemente, con las redes sociales: ahora actúa como una entidad totalmente independiente, capaz de distorsionar la información y, sobre todo, de crear nuevos contenidos.

Sustitución de valores existentes

En particular, las herramientas de IA generativa están demostrando ser muy efectivas a la hora de crear textos o imágenes. Lo hacen recombinando información, integrando y mezclando datos disponibles.

De este modo, contribuyen a la generación de nuevos relatos, que tienen el potencial de interferir en los procesos de desarrollo y aprendizaje, sobre todo, teniendo en cuenta que más de un 60 % de los jóvenes consideran que la relación con la IA reemplaza, en cierta medida, la conversación con las personas.

Hagamos un experimento

Un sencillo experimento, para entender mejor este riesgo, consiste en pedirle a una IA generativa: “cuéntame un cuento y explícame su moraleja”.

Los resultados de este ejercicio son realmente interesantes, cuando se analizan desde una visión crítica. No es difícil encontrar rastros de relatos clásicos que la IA integra al generar su respuesta. Lo que hace es seleccionar ciertos contenidos existentes, ajustar los mensajes y amplificar o silenciar aquellos que el algoritmo considera más o menos relevantes.

El resultado es un relato original que puede ser transmitido a las nuevas generaciones. De este modo, influiría en el proceso de desarrollo social y en los valores aceptados socialmente en cada momento.

¿Máquina constructora de cultura?

La aparición de sistemas inteligentes con capacidad de generar nuevos relatos a una escala y velocidad sin precedentes rompe drásticamente con los marcos tradicionales de evolución cultural. El principal impacto lo encontramos en los más jóvenes, que se encuentran en una etapa vital en la que se definen cuáles serán sus pilares morales y rasgos culturales.

El experimento global que implica el uso de inteligencia artificial por la población a gran escala, tal y como lo señalaba Harari, nos obliga a replantearnos seriamente la manera en la que debemos gestionar y supervisar estas incipientes tecnologías. Es necesario ir más allá de los parámetros éticos para identificar los riesgos que conlleva su uso. Lo que está en juego es la definición de los marcos y valores culturales que sustentarán a las futuras generaciones.

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Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación e Universidades, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).

José María Bolufer Francia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Es la IA la nueva constructora de valores culturales? – https://theconversation.com/es-la-ia-la-nueva-constructora-de-valores-culturales-276587

Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas

zef art/Shutterstock

El ataque de Israel y EE. UU. sobre Irán está teniendo consecuencias más allá del Golfo Pérsico. El precio del petróleo se ha disparado, Oriente Medio está en llamas y la UE ha firmado el divorcio con Washington.

Al tratarse de una guerra con consecuencias globales, no nos debe sorprender que las fantasías bélicas de Benjamin Netanyahu y Donald Trump también tengan consecuencias decisivas en el devenir de la guerra en Ucrania.

Podemos dividir esta repercusión en Ucrania en tres frentes claramente diferenciados: el tecnológico-militar, el económico y el político.

Efectos en el campo tecnológico-militar

El campo en el que más cooperación existe entre Teherán y Moscú es el tecnológico-militar. En el año 2025, Rusia lanzó contra Ucrania 54 000 drones Sahed o Gerán (derivado del Sahed), lo que supone un 94,73 % del total usado sobre Ucrania.

Aunque es cierto que Rusia fabrica su propio modelo –el Gerán– en una planta industrial propia en Alabuga (Tartaristán), Moscú sigue dependiendo de la tecnología iraní. De hecho, cuando se han intentado usar motores y componentes rusos, el resultado ha sido negativo: menor velocidad, peor rendimiento y menor eficiencia.

Aunque los componentes mecánicos rusos son peores que los iraníes, la mayor preocupación rusa no es esta, sino la guerra electrónica. Los drones rusos necesitan tecnología iraní para hacer frente a la guerra electrónica que llevan a cabo los ucranianos. Ucrania es muy competitiva en jamming (interfaz) –interferencia intencional de las señales de radiofrecuencia– y en otros tipos de guerra electrónica.

Los Gerán solo pueden sortear los ataques contra sus sistemas de navegación mediante sistemas INS o de navegación inercial de fabricación iraní. Sin esta tecnología, Rusia no podría mantener su estrategia en Ucrania.

En cierta medida, Rusia ha cedido a Irán su estrategia de castigo aéreo, ya que la saturación de los cielos ucranianos puede llevarse a cabo gracias a los métodos de producción de bajo coste importados de Irán.

Esta dependencia no solo se circunscribe a los drones, sino que también se extiende a los misiles de corto alcance. Rusia está usando misiles Fateh-110 y Zolfaghar, que son más baratos que los de fabricación rusa y que también le permiten saturar el espacio aéreo y “entretener” a las defensas antiaéreas ucranianas para que sus misiles (Oréshnik, Iskender, etc.) alcancen sus objetivos.

Gracias a los misiles iraníes, Rusia puede mantener llena su maltrecha reserva armamentística.

Tampoco podemos dejar de mencionar la cooperación iraní en “inteligencia operativa”, una labor que ha desarrollado directamente la Guardia Revolucionaria en la península de Crimea. Las bases rusas han sido escenario de entrenamiento de drones dotados de IA y de pilotos adiestrados para derribar las defensas antiaéreas ucranianas. Sin este entrenamiento, los drones rusos nunca hubieran podido alcanzar sus objetivos.

Por todos estos motivos, una guerra prolongada en Irán supondría una merma significativa para Rusia en Ucrania.

La economía tampoco se libra

Desde el punto de vista económico, la guerra en Irán puede afectar a todas las partes en conflicto en Ucrania. Por un lado, Rusia puede perder un aliado fundamental en su estrategia para sortear las sanciones internacionales. Irán lleva años desarrollando habilidades que le permiten sortear las sanciones impuestas por Estados Unidos y, por ello, Rusia está usando estos recursos y estas prácticas para hacer lo mismo.

Irán ha desarrollado redes paralelas e informales de comercio, así como el acceso a componentes de doble origen que se venden en mercados occidentales o a métodos virtuales (criptomonedas) para evitar controles financieros. Si Irán pierde esta capacidad, Rusia vería mermada su proyección internacional en los ámbitos comercial y financiero.

Sin embargo, no todo son malas noticias para el Kremlin. Hace unos días, Trump anunció que levantaba la limitación del precio del barril de petróleo ruso y que, por lo tanto, podía volver a venderse por encima de los 40 dólares. Esta medida puede dar aire a Moscú y dotarle de recursos para buscar otros proveedores tecnológicos para su guerra, aunque las cadenas de suministro están afectadas por la guerra en Irán.

En lo que respecta a Ucrania, un enfriamiento de la economía global puede suponer una reducción de la ayuda que Europa le brinda para sostener la guerra. En el año 2025, Ucrania recibió 70 000 millones de euros procedentes de la UE, lo que supuso el 70 % del total. Si se produjera una crisis económica, la capacidad asistencial de Europa se vería seriamente mermada.

¿Una guerra usada como pantalla?

Uno de los principales problemas que ha tenido Ucrania desde el comienzo de la guerra ha sido la ostentación de la asistencia. Cuando los medios internacionales se han hecho eco de la transferencia de armas a Ucrania, Rusia ha usado sus canales internacionales para asustar a los donantes con posibles represalias nucleares. La guerra de Irán puede desviar la atención del envío de tecnologías críticas a Ucrania, limitando la capacidad de protesta rusa HE CAMBIADO ESTA FRASE, REVISA.

Un ejemplo de esto lo encontramos en el momento en que se transfirieron los Patriots: diciembre de 2022 y enero de 2023. En estos dos meses se produjeron varios acontecimientos internacionales (revueltas en Irán o maniobras militares chinas tras la visita de Nancy Pelosi) que distrajeron a la opinión pública internacional, lo que favoreció una cesión de tecnología militar sin sobresaltos.

Lo mismo ocurrió con la transferencia de los Storm Shadow (mayo de 2023), un hecho que se hizo coincidir con el acuerdo entre Irán y Arabia Saudí. También hay que destacar el envío de los famosos ATAMAC, cuya transferencia se hizo coincidir con las semanas posteriores al ataque del 7 de octubre.

Con esta tendencia, la guerra en Irán podría servir de escudo mediático para realizar envíos de armas a Ucrania, envíos que Moscú podría calificar como líneas rojas.

Los costes para EE. UU.

Otro aspecto que puede favorecer a Ucrania es su capacidad para desarrollar tecnología antiaérea. EE. UU. no puede aguantar durante mucho tiempo una guerra con Irán. La economía americana comienza a resentirse por el alto coste de la guerra, en especial por los sistemas antiaéreos destinados a proteger a sus aliados. Concretamente, me refiero a las baterías Patriots, cuyo coste es de 1 000 millones de dólares. Cada disparo les cuesta entre 4 y 7 millones, y en estas primeras semanas se han utilizado unos 2 000 misiles, lo que eleva la factura de la guerra a entre 8 000 y 14 000 millones de dólares.

En este punto, la clave parece tenerla Ucrania, que ha sido capaz de desarrollar drones interceptadores a un precio que va desde los 2 100 de euros hasta los 15 000. Zelenski ya ha ofrecido su producción a EE. UU. pero, evidentemente, a cambio es muy posible que pida algo.

A pesar de que la guerra en Irán parece no tener nada que ver con lo que ocurre en Ucrania, el alto grado de dependencia tecnológica rusa, los efectos que esta tiene en la economía global y la capacidad de Bladimir Zelenski para hacerse fuerte en situaciones complicadas pueden provocar que lo que ocurra en Oriente Medio tenga efectos decisivos en Ucrania.

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Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania – https://theconversation.com/las-grandes-consecuencias-de-la-guerra-de-iran-sobre-ucrania-278371

Tengo una hernia discal, ¿puedo moverme? El diagnóstico que provoca más miedo del necesario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrés Ráfales Perucha, Fisioterapeuta y Personal Docente e Investigador de la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación UNLOC., Universidad San Jorge

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Pocas palabras en medicina generan tanta inquietud como “hernia discal”. Para muchas personas, escuchar este diagnóstico es casi sinónimo de “espalda dañada”, reposo absoluto e incluso el temor a una cirugía inevitable.

Este miedo no surge de la nada. Durante años, el lenguaje utilizado en informes médicos, junto con mensajes alarmistas del tipo “tienes la espalda dañada”, “detente si sientes cualquier tipo de dolor”, “todo el dolor se debe a la hernia” o “tienes la espalda débil”, han contribuido a asociar automáticamente diagnóstico de hernia discal con gravedad. El problema es que ese temor puede acabar siendo más incapacitante que la propia lesión.

Lo paradójico es que afrontar una hernia discal con miedo y evitando la actividad física se ha relacionado con mayor dolor, peor recuperación y más discapacidad, independientemente del daño real en la columna. Por eso, entender qué significa realmente tener una hernia discal es el primer paso para dejar de verla como una sentencia y empezar a abordarla desde el conocimiento.




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¿Qué es realmente una hernia discal y por qué no siempre duele?

Llamamos disco a una estructura que se encuentra entre dos vértebras. Está formado por una parte externa más resistente (el anillo fibroso) y una parte interna más gelatinosa (el núcleo pulposo). Estos discos intervertebrales permiten la flexibilidad de la columna y actúan como amortiguadores durante actividades diarias como caminar, correr y saltar. Con el paso del tiempo y la influencia del estilo de vida, estos discos pueden cambiar de forma.

Una hernia discal ocurre cuando parte del contenido interno del disco sobresale más allá de sus límites habituales. Pero esto no significa siempre que la columna esté dañada. En muchos casos, simplemente es una variación estructural, comparable a las arrugas de la piel: una señal de adaptación o envejecimiento.

Un estudio ampliamente citado publicado en The American Journal of Neuroradiology analizó miles de resonancias en personas sin dolor lumbar y encontró que muchas presentaban protrusiones o hernias discales sin ningún síntoma, lo que sugiere que estos cambios son procesos normales del paso del tiempo y no una patología. De hecho, a los 50 años, más del 30 % de personas asintomáticas ya muestran protrusiones discales en pruebas de imagen.

Esto nos obliga a cambiar la pregunta de “¿hay una hernia?” por “¿esa hernia te está generando problemas?”. Cuando aparecen síntomas como dolor irradiado, comúnmente llamado “ciática”, no siempre se deben únicamente a que el disco comprime el nervio. También interviene un proceso inflamatorio alrededor de la raíz nerviosa que puede aumentar la sensibilidad y generar dolor. Por eso, en algunos casos agudos se utilizan tratamientos dirigidos a reducir esa inflamación.

Además, otros factores psicosociales como el nivel de actividad, el estrés, la calidad del sueño e incluso las expectativas de la persona afectada pueden influir en la recuperación. Por tanto, basar todo el tratamiento en lo que muestra una resonancia puede llevar a interpretaciones erróneas y a generar más miedo que soluciones.




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No siempre acaba en cirugía

Un diagnóstico de hernia discal no significa que el siguiente paso sea pasar por quirófano. De hecho, la evidencia científica muestra algo distinto: el tratamiento conservador es la primera opción recomendada en la mayoría de los casos. Estudios comparativos han observado que, aunque la cirugía puede aliviar los síntomas más rápidamente en algunas personas, a medio y largo plazo los resultados en dolor y función son similares a los del tratamiento no quirúrgico.

Por eso, las guías clínicas internacionales recomiendan iniciar el tratamiento con ejercicio terapéutico, educación y manejo activo durante varias semanas antes de plantear una operación. Eso sí, si aparecen síntomas como pérdida progresiva de fuerza en la pierna, alteraciones en el control de esfínteres o dolor que no permite realizar ninguna actividad básica, es importante consultar un profesional sanitario para obtener una valoración adecuada.

¿Qué ejercicios hacer y cómo iniciarlos?

Antes de empezar, es importante dejar algo claro: cada caso es distinto y requiere una valoración individualizada por parte de un profesional sanitario. Aclarado esto, el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) de Gran Bretaña recomienda las siguientes medidas:

  • Mantenerse activo. En la mayoría de casos, la recomendación no es parar, sino mantenerse lo más activo posible dentro de lo tolerable. Caminar, moverse por casa y realizar ejercicio adaptado favorece la recuperación.

  • Elegir movimientos tolerables. En fases iniciales, pueden ser útiles ejercicios suaves como movilizaciones de columna y cadera, ejercicios de control lumbopélvico, respiraciones profundas o contracciones isométricas. La clave no es hacer mucho, sino hacerlo de forma constante y progresiva.

  • Progresión a fuerza y función. A medida que los síntomas mejoran, el objetivo principal es recuperar capacidad. Esto puede implicar fortalecer piernas, glúteos y tronco, mejorar la tolerancia a la carga y volver gradualmente a actividades cotidianas o deportivas.




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Puntos clave sobre las hernias discales

En definitiva, hay varios puntos clave que debemos tener en cuenta. El primero es considerar la columna como una estructura fuerte que se adapta cuando se le expone a carga de forma progresiva. Además, una hernia discal no es sinónimo de gravedad: a menudo no causa dolor y muchas personas mejoran sin cirugía. Teniendo esto en consideración, una resonancia no determina nuestra capacidad. Las imágenes muestran estructuras, pero el dolor y la función dependen de muchos más factores.

Con respecto al tratamiento, la cirugía no suele ser la primera opción. En ausencia de signos neurológicos graves, el tratamiento conservador es el enfoque recomendado.

Es imprescindible entender que el movimiento es parte del tratamiento: mantenerse activo, progresar hacia el fortalecimiento y recuperar la función es más eficaz que el reposo prolongado. Asimismo, la educación cambia el pronóstico. Entender lo que ocurre reduce el miedo y mejora la recuperación. Y por último, es necesario subrayar que la valoración profesional es fundamental: cada caso debe evaluarse de forma individual para ajustar el tratamiento y descartar complicaciones.

Tener una hernia discal no significa que nuestra espalda esté “rota”. En la mayoría de los casos, el cuerpo tiene capacidad de adaptación y recuperación si se le da el estímulo adecuado. Así que, más que centrarnos en lo que muestra una resonancia, conviene centrarnos en lo que somos capaces de hacer. El objetivo no es “arreglar un disco”, sino recuperar movimiento, confianza y calidad de vida.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Tengo una hernia discal, ¿puedo moverme? El diagnóstico que provoca más miedo del necesario – https://theconversation.com/tengo-una-hernia-discal-puedo-moverme-el-diagnostico-que-provoca-mas-miedo-del-necesario-270019

Antibióticos en la infancia: necesarios pero no inocuos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Taida García Ascaso, Responsable de la Sección de Enfermedades Infecciosas Pediátricas Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)

Chinnapong/Shutterstock

Los antibióticos están entre los medicamentos más utilizados en niños, tanto en el hospital como en los hogares. Junto con las vacunas, la mejora de la nutrición y las medidas de higiene y prevención, han contribuido decisivamente a reducir la mortalidad infantil en las últimas décadas. Pero que sean muy útiles no significa que sean inocuos.

Desde el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, los antibióticos han transformado la medicina. También desde muy pronto quedó claro que las bacterias podían desarrollar resistencia a ellos. Hoy, el abuso y el mal uso de estos fármacos –en medicina humana y veterinaria, así como por la automedicación o la presión asistencial– han favorecido la expansión de bacterias resistentes, hasta convertir infecciones que antes eran fáciles de tratar en problemas cada vez más complicados de resolver.

Impacto en la microbiota

Sin embargo, el problema no se limita a las resistencias. En los últimos años, el avance en el conocimiento de la microbiota humana ha abierto otra línea de preocupación.

La microbiota es el conjunto de microorganismos que habitan nuestro cuerpo, especialmente el intestino, y participa en funciones clave como la digestión, la regulación inmunológica y la señalización neuroendocrina (comunicación entre hormonas y neuronas para controlar las funciones del cuerpo). Cuando administramos antibióticos, no solo eliminamos bacterias patógenas: también alteramos esas comunidades microbianas beneficiosas y el equilibrio natural.

Dicho desequilibrio preocupa especialmente en la infancia, ya que es una etapa crítica para la colonización bacteriana normal. Cuanto más pequeño es el niño, mayor puede ser el impacto de los antibióticos sobre la microbiota. Por eso, en neonatología y pediatría, la prescripción de estos tratamientos debe valorarse con especial cuidado: no se trata de negar un antibiótico necesario, sino de usarlo solo cuando esté indicado, con el fármaco más adecuado y durante el menor tiempo que sea eficaz.

Efectos más allá de la infección

La evidencia reciente sugiere, de hecho, que los efectos de los antibióticos pueden ir más allá del episodio infeccioso agudo. Un estudio publicado en Nature Communications observó que la exposición neonatal a estos medicamentos se asociaba con alteraciones persistentes de la microbiota intestinal y con un crecimiento más desfavorable en peso y talla durante los seis primeros años de vida en algunos grupos de niños. Es un hallazgo especialmente relevante porque apunta a que intervenir sobre la comunidad microbiana intestinal en etapas muy tempranas podría tener consecuencias prolongadas.

Otros trabajos han relacionado la exposición precoz con un mayor riesgo posterior de sobrepeso u obesidad. Por ejemplo, uno de ellos descubrió una asociación entre antibióticos en el primer año de vida, cambios en la microbiota y más riesgo de exceso de peso. No todos los estudios encuentran la misma magnitud del efecto, pero la hipótesis de que el uso temprano de antibióticos pueda influir en el metabolismo infantil está cada vez más presente en la investigación.

También han aparecido asociaciones con enfermedades inmunológicas e inflamatorias. Una revisión sistemática concluyó que el uso de antibióticos en los dos primeros años de vida se relacionaba con un mayor riesgo de trastornos gastrointestinales crónicos, sobre todo enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celíaca.

En paralelo, otro trabajo poblacional halló una vinculación entre exposición antibiótica temprana y algunas trayectorias de asma infantil persistente. Eso sí, conviene interpretar tales resultados con prudencia: en ese tipo de estudios no siempre es fácil distinguir cuánto corresponde al antibiótico y cuánto a la propia infección que motivó su uso.

Uno de los efectos adversos mejor conocidos es la diarrea asociada a antibióticos. En su forma más grave puede aparecer la infección por Clostridioides difficile, una bacteria capaz de causar colitis severa e incluso complicaciones muy importantes en pacientes vulnerables. Hoy continúa siendo una de las principales complicaciones infecciosas asociadas al uso previo de estos medicamentos en niños.

Además, pueden producir los efectos nocivos “clásicos” de cualquier fármaco: diarrea, exantemas, anemia, alteraciones hepáticas o renales y, en algunos casos, reacciones alérgicas graves. Una investigación en niños hospitalizados encontró que más de uno de cada cinco tratamientos antibióticos se asociaba a algún de esos acontecimientos adversos.

¿Y qué ocurre con el neurodesarrollo? Es un terreno de gran interés, pero también uno de los más delicados. Están apareciendo estudios que relacionan la exposición muy precoz a antibióticos con síntomas emocionales o conductuales posteriores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea y todavía no permite extraer conclusiones firmes sobre trastornos concretos.

El mensaje final, por tanto, debe ser de responsabilidad y equilibrio. Los antibióticos siguen salvando vidas y ningún niño con una infección bacteriana importante debe quedarse sin tratamiento por miedo a sus efectos adversos. Pero precisamente porque son fármacos valiosos, deben utilizarse bien: solo cuando están indicados, con la molécula adecuada, la dosis correcta y la duración mínima eficaz.

Prescribir menos antibióticos cuando no hacen falta no es tratar peor, sino todo lo contrario.

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Marta Taida García Ascaso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Antibióticos en la infancia: necesarios pero no inocuos – https://theconversation.com/antibioticos-en-la-infancia-necesarios-pero-no-inocuos-277274